Yu-Gi-Oh! NO me pertenece ni sus personajes; es de la propiedad de Kazuki Takahashi. La ideología de esta historia SI me pertenece.

Capitulo II: Pesadillas

Dos semanas.

Hoy se cumplían dos semanas de aquella desconcertante noche, y él aún seguía igual de consternado. Tan así, que su número de apariciones en el cuerpo de Yugi disminuyó drásticamente, limitándose a simplemente algunas pocas hasta la fecha. Él sabía que los amigos del más pequeño preguntaban por él, y bien sabido tenía también que había despertado una creciente preocupación en el menor.

Mas no le importaba tanto como su nuevo descubrimiento... porque todo había cambiado.

Su manera de mirar... su manera de pensar...

No lograba explicarlo de forma coherente; es que vamos, ni siquiera él mismo podía comprenderse. No encontraba las palabras para describir lo realmente extraño que se sentía sentir...

Él, acostumbrado a arraigar sus emociones con el juego; él, empecinado en simplemente proteger a sus más allegados y al destino del mundo... él, que lo que antes no advertía, ahora lo notaba en cada minúsculo movimiento. Y cada uno de esos movimientos eran ejecutados por Anzu; una femenina, delicada e inocente Anzu, la cual no podría ni imaginar lo que estaba generando en la mente del faraón solo con ser ella. Era interesante que después de tanto tiempo, recién ahora notase lo encantadora que podía ser ella en el sentido más literal de la palabra. Fascinado y perezoso, la contemplaba en el más sepulcral de los silencios, detallando en su memoria uno a uno sus gestos, expresiones y ademanes... hasta el punto de enrojecer y sentir un cosquilleo extraño en la zona de su vientre al mirarla a escondidas haciendo trivialidades.

Como cuando leía. Oh, Ra... era tan placentero para él observarla leer, moviendo sus rojos labios en un mudo cántico que lo hechizaba cual serpiente ante la más sensual melodía, mordiéndose al no comprender la letra de algún ejercicio o frunciendo levemente su entrecejo con absoluta desconformidad. Ella no era consciente de los estragos que provocaba en su recién descubierta masculinidad, y más de una vez se sorprendió a sí mismo rememorando una y otra vez su níveo rostro, sus dulces iris, y su respingona boca.

De manera inconsciente, pasó la yema de sus dedos por su labio inferior, pensando en soledad lo raro que era para él manifestarse de esta manera. Todos estos últimos días lo único que hizo fue analizar la situación, ante su inicial negación y rechazo por lo que se estaba gestando en su interior, llegando a la conclusión de que sea lo que fuese eso, no era dominable... o bueno, al menos no del todo, porque por extraño que sonara, había desarrollado cierta especie de anhelo por la muchacha.

Por eso se escabullía de los demás... y de ella.

Un estruendoso estornudo sobresaltó a todos en el salón de clase, cortando incluso el camino de los pensamientos de Yami. Yugi dejó de escribir sobre su prueba y se giró un poco para contemplar a una pálida y ojerosa Anzu, la cual se disculpó con la profesora por cortar el silencio de su examen parcial. La mirada del chico entristeció antes de volver a posarla sobre su hoja.

«Anzu parece estar enfermando» dijo hacia sus pensamientos él, tomando a nueva cuenta su bolígrafo. Al igual que en los últimos tiempos, Yami no emitió respuesta alguna, tensando la mandíbula al escuchar el nombre de la aludida. Dejó que el verdadero residente de aquel cuerpo continuara concentrándose en su prueba y se ocupó entonces de seguir con su rutina de las últimas semanas: observarla.

Más que parecer, se dijo, ella realmente estaba enferma. Su nariz rojiza y sus ojos hinchados y lacrimosos, eran solo un indicio de la segura fiebre que estaba sufriendo, a juzgar por la palidez y resequedad de la piel de su rostro y la azulina coloración de sus labios. Aún así, ella había tomado la decisión de presentarse a los parciales más importantes del semestre, dando lo mejor de sí en cuanto a conocimiento y responsabilidad para con sus estudios. Un resfriado no era la gran cosa, pero Yami con el tiempo notó lo sensibles que podían ser los adolescentes de esa época y lo rápido que podían utilizar ese tipo de situaciones a su favor para no ir al instituto.

Curvó sutilmente la comisura de sus labios hacia arriba, complacido: cuando se lo proponía, ella podía ser un hueso duro de roer.


―Oye Anzu, ¿por qué no vas a la enfermería?

―Ya déjalo, Jounouchi.

Yugi levantó sus orbes y miró, por quinta vez, con gesto preocupante a su amiga, la cual no dejaba de toser cada las pocas palabras que se decidía a enunciar. Honda sacó la lengua en un falso gesto asqueado.

―Diablos, si sigues así no serás la única de nosotros con peste. ―manifestó entonces, pasándole un pañuelo descartable sin detener su caminata por los pasillos ―¿Al menos valió la pena salir de tu casa en este estado para presentarte a las pruebas semestrales?

Pod supuedto que sí, ¡edtudié sin parar un mes entero! No iba a dejar que un tomto dresfriado me pdohibieda venir hoy.

Yugi sonrió un poco, deslumbrado por la fuerza de voluntad de la fémina del grupo.

―No cualquiera lo haría en tu lugar. ―reconoció el menor, echándoles un vistazo de reojo a sus otros dos amigos tras imaginarlos enfermos en período de pruebas. La escucharon soltar un suspiro dramático.

―Lo único que en verdad me moledta de edto, son las constantes pesadillas que últimamente intedrumpen mi dedcanso.

Dieron vuelta en una de las esquinas, ingresando al comedor en busca de alguna mesa.

―¿Pesadillas? ―repitió el rubio, interesado ―¿Qué tipo de pesadillas?

Anzu se encogió de hombros, rehuyendo su mirada de una manera que pasó por inadvertido para casi todos.

Honedtamente no las drecuerdo... pero la semsación que me dejan al despedtar es hodrible.


Un 98% relucía con orgullo en la hoja del parcial de Anzu, el cual había dado junto a sus amigos dos días atrás. Aún después de tres horas de haber salido de la secundaria, ella y los chicos continuaban compartiendo tiempo de calidad en la sala de estar de su solitaria casa: por lo visto, sus padres habían partido a uno de sus acostumbrados viajes. Todo había ido con normalidad hasta que Jounouchi y Honda se fueron, dejando a Yugi a solas con la muchacha que todavía transitaba el camino de recuperación de su gripe.

Yugi había ido a llevar alguno de los trastos sucios que habían quedado sobre la mesa ratona del living en el que previamente habían jugado y charlado todos, procurando limpiarlos y colocarlos en su sitio correspondiente con tal de que Anzu hiciese lo menos posible; no contaba con que la encontraría dormida al regresar, con su cabeza inclinada en un ángulo notoriamente de lo más incómodo y su cuerpo expuesto al frio.

Ni siquiera dudó en pedirle a Yami su ayuda para cargarla hasta su habitación, viéndose incapaz de poder levantarla del sofá por sus propios medios: él no tenía la fuerza ni el tamaño apropiado, siendo realistas.

―Vamos, ella despertará de un sopetón en el suelo si lo intento... ―sintió sus orejas arder un poco, avergonzado ante su incapacidad ―, tú puedes hacerlo en mi lugar.

¿Por qué no traes una manta? ―intentó esquivarlo el ex-rey, retratado de pie al lado del menor con una de sus manos en su cintura y la otra relajada a un lado del cuerpo, forjando su gesto ilegible.

―No luce cómoda aquí.

Y de esa manera fue que él terminó ocupando el cuerpo de Yugi esa vez, quedando de pie en el mismo sitio frente a Anzu durante al menos los siguientes sesenta segundos.

Bloqueó su vínculo con Yugi de la manera más disimulada que pudo, en un intento por prohibirle sentir su corazón acelerado y sus propios y desatados pensamientos. Se sentía apenado por su amigo, pero no podía permitir que él supiera más de lo que ya había dejado entrever sin darse cuenta en la fiesta de Halloween: Yugi no era nada tonto, y de hecho había dejado de insistir para saber el por qué del actual silencio del faraón porque sospechaba el motivo.

Tragó saliva inutilmente, pues de pronto su garganta se había cerrado: ella estaba allí, a un metro de distancia suyo... dormida. Hasta donde recordaba, era la primera vez que tenía la oportunidad de observarla en detalle a placer.

Se acercó un paso, dubitativo y receloso ante la posibilidad de que en cualquier momento la muchacha abriese sus ojos y le sorprendiera en su deleite visual. Al ver que ella no mostraba señales de despertar, cerró sus manos en dos puños adentro de los bolsillos de su pantalón antes de inclinarse hacia adelante hasta el punto de poder sentir su aroma floral en el aire. Entrecerró sus párpados muy lento, casi que con disfrute, notando con sorpresa que Anzu poseía una ínfima cantidad de pecas que reposaban sobre la piel del puente de su nariz, y parte del nacimiento de sus redondas mejillas. Si de él hubiera dependido, las habría contado una a una, hasta saber su número exacto y así memorizarlas en sus recuerdos por siempre... pero hubo otra cosa con la que sus orbes se distrajeron: un mechón de su castaño cabello, el cual se movía al compás del vaivén de su suave respirar, rozando en cada inhalación la superficie de sus resecos labios.

Soltó el aire que había estado conteniendo en un jadeo, absolutamente idiotizado con esa sencillez. Sus puños temblaron débilmente ante el aumento de fuerza, y de pronto sintió ese ténue cosquilleo en su bajo vientre, lamiendo como llamas de fuego la piel de su columna lumbar.

Con clara dificultad, se obligó a sacar la mirada de allí para recomponerse: ya era suficiente... o bueno, ya era momento de autolimitarse. Carraspeó con esfuerzo, erguiéndose y mirando a otro sitio de la sala, tratando de ignorar la para nada saludable velocidad en la que latía su corazón. Dió un paso hasta ella, tenso como la cuerda de una guitarra... era tremendamente diferente tener un cuerpo en el cual sentir de verdad los efectos de la espectación. Casi que conteniendo la respiración, la rodeó cual doncella entre sus brazos, y ella emitió un sonido confortante en cuanto se amoldó a su pecho sin abrir los ojos, continuando con su línea de sueño; Yami temía que el ruido de su pulso terminara por despertarla: el aroma a flores era mucho más fuerte, y de seguro quedaría impregnado en su ropa... bueno, en la de Yugi.

Él dió lo mejor de sí para subir las escaleras con ella a cuestas intentando no interrumpir su descanso, y en cuanto llegó a su cuarto, se quedó de pie en el umbral de su puerta abierta sin poder retener más el sonrojo que había tratado de esconder del exterior, pues le avergonzaba pensar que aquella era la típica imágen de los enamorados tras las nupcias que siempre aparecían en esas novelas que miraban algunas de las compañeras de clase de Yugi.

Se adentró hasta toparse con su cama, y con toda la calma que pudo recoger la depositó suavemente sobre el colchón, retirando sus manos de su cálido cuerpo con una lentitud tortuosa.

A punto estuvo de alejarse para partir, cuando un quejido lo frenó en seco. Se quedó estático y a la espera, oyendo que un segundo lamento se escapó de los labios temblorosos de Anzu, esta vez más fuerte que el primero.

Pesadillas...

Ella estaba sufriendo los efectos de sus últimas pesadillas, que hasta donde había escuchado en su conversación con sus amigos, no la dejaban descansar desde hacía días.

―Anzu... hey, despierta.

Sus dedos se situaron sobre su hombro al llamarla, sacudiéndola un poco para sacarla de su trance. El efecto fue inmediato: ella despegó sus ojos exageradamente, exclamando de terror y acabando sentada sobre su cama de un solo brinco. Sus iris buscaron con desesperación algo de lo cual aferrarse a la idea de que estaba en la realidad otra vez, y terminaron posándose sobre los del muchacho de pie a su lado, quien la contemplaba con gesto ilegible. Al reconocerlo, sus anteriores preocupaciones desaparecieron como por arte de magia, iniciando un camino de subida por parte de su sorpresa: ¿acaso estaban en su... cuarto?

―Lamento haberte despertado así, pero no parecías estar teniendo un buen sueño. ―decidió hacer una pausa, admirando el diseño de la colcha como si fuera la cosa más interesante del universo ―Yugi me pidió que te subiera.

Cualquiera que no lo conociera, hubiera visto al mismo Yami de siempre; pero Anzu lo conocía demasiado bien -y no porque hablaran-, por lo que supo que él estaba luchando por esconder algo debido a la tensión de sus hombros. Él podía dar lo mejor de sí para tapar detrás de su cara de póker sus verdaderas preocupaciones, como el íntegro y legendario líder que alguna vez fue... mas ella siempre notaba esas pequeñeces que el resto no.

―He estado... teniendo pesadillas. ―murmuró con sencillez, para después iniciar el camino sinuoso de una frágil sonrisa que llegó a iluminar sus ojos. Aquel gesto no hizo más que aumentar su postura incómoda, llevando a Anzu a la conclusión de que quizás lo turbaba estar en la habitación de una chica, ya que a lo mejor creía que era algo indecoroso que alguien del sexo opuesto se adentrara allí ―G-Gracias.

Asintió con la cabeza, de una manera tan robótica que por poco no se rompió el cuello: ella estaba despierta, junto a él, en su habitación, solos.

Quizás para ella y sus amigos era de lo más normal, y honestamente para él hubiera sido de lo más normal si no fuera por lo que últimamente había estado ocurriendo dentro de él... esos sentimientos que lo distorsionaban todo, incluso su inocente estadía en la habitación de aquella muchacha.

―¿Tienes algún indicio de qué podría ser? ―trató de sonar formal, de nuevo con sus manos escondidas dentro de sus bolsillos, las cuales le picaban por algún motivo que todavía no entendía -y que tampoco quería proponerse entender-. Ella se rascó la mejilla distraídamente, poniendo aquel gesto intrigante que desfilaba por sus facciones cuando se concentraba en clase.

A Yami le pareció que la temperatura de pronto había subido unos cuantos grados.

―No. ―dijo sin más, regresando su mirada hasta él. Un rubor algo sutil retozó sobre la piel de sus pómulos, obligándola a sonreír a nueva cuenta ―Algun día dejaré de tenerlas, de eso estoy segura.

La estaba viendo ahí... con sus manos de porcelana aferrándose débilmente al borde de los puños de su blusa beige, que si bien era suelta en la parte de sus brazos, marcaba cada una de las curvas que definían su femenino cuerpo. La imagen de Anzu bailando vestida de dorado pasó a la velocidad de la luz por su cabeza, arrasando con todo.

Ella ya podía respirar por la nariz, aunque aún cargaba con los vestigios de la gripe pues su voz se oía distorsionada y forzada, al igual que el color de su tez, visualmente más pálida y reseca de lo común.

Lo único que podía hacer era apreciar los dedos de la muchacha apretados contra sus propias mangas, como si escondieran con recelo un secreto oscuro del que ella jamás querría hablar; Yami entonces se sintió seguro de una única cosa: estaba jodido.

El cosquilleo en su vientre aumentó en demasía, deslizando sangre caliente por cada fibra de su ser. En cuanto sus iris conectaron con los suyos, su piel se erizó hasta su cuero cabelludo: sus grandes ojos celestes lo estaban mirando, como si fuese la única persona digna de su atención en el mundo en ese momento, pidiéndole a gritos desde las puertas de su alma un millón de cosas que no podría descifrar ni aunque lo tratara hasta el infinito. Y Dioses, , él quería sumergirse en esos pozos zafiro.

―Anzu. ―llamó entonces, con la voz un poco más grave de lo usual. Ella entreabrió sus labios, como si de pronto cayera en un embrujo.

―¿Sí? ―susurró sin intención, afianzando un poco el agarre de los puños de su blusa. Ella le vió torcer su boca en una grácil pero peligrosa sonrisa, de esas que sólo él sabía hacer y ni siquiera Yugi tras la mejor de sus hazañas había igualado.

―Quizás pueda solucionar tu problema actual. ―soltó de sopetón, regresando a su gesto serio.

―¿De verdad? ―preguntó la castaña, ligeramente interesada y sorprendida ―Oh, sería maravilloso... siempre y cuando no llegara a molestarte, claro.

Lo último lo dijo entre risitas un poco nerviosas, bastante curiosa por dentro.

―Para nada, sería para mí un honor poder ayudar. ―Titubeó levemente antes de continuar, como si sopesara la idea de decir lo que estaba a punto de soltar; se decantó por hacerlo ―Como ya sabes, en el antiguo Egipto hubieron diversos hechiceros, los cuales se encargaban principalmente de la lucha entre el bien y el mal. Aunque también tenían otros deberes menores, como ocuparse de la gente del pueblo que caía enferma.

Anzu no tenía ni idea de por qué de pronto él le hablaba de su pasado como si no fuera la gran cosa, mas sentía tanta fascinación al oírlo que no le interesó nada más que el relato que le prestaba su voz.

―Habían épocas en las que nuestro ejército sufrían pesadillas constantes al dormir, lo cual los debilitaba y bajaba la calidad de sus reflejos y fuerza al momento del combate. ―un atisbo de añoranza se dejó entrever en su historia ―Era la magia enemiga actuando en nuestra contra... y es por eso, que los hechiceros de Egipto desarrollaron un hechizo para dormir sin sueños.

―¿Dormir sin sueños? ―repitió la chica, con asombro ―¿Quieres decir que bloqueaban sus pesadillas?

―Exactamente, sí. ―afirmó él ―Fue creado en tiempos incluso anteriores a mi existencia sobre la Tierra, y aunque no he sido un excelente aprendiz en su momento en esta área, es algo que sé hacer.

Pronto entendió el punto al que él quería llegar. Una sensación de plena gratitud sacudió su interior.

―Entonces, ¿quieres ver si puedes ayudarme de esa manera? ―se atrevió a preguntarle ella, volviendo a apretar la costura de sus mangas entre los dedos. Él tardó en enunciar el siguiente diálogo, entretenido con el mechón de cabello desobediente que se salía del acostumbrado peinado de su amiga, el cual rozaba apenas la piel de su quijada; el siguiente paso era el definitivo, en absoluto... era todo o nada.

―Siempre y cuando tú estés de acuerdo con ello.

Las palabras quedaron flotando entre ambos, y de alguna manera Anzu supo que escondían un trasfondo con otro significado que prometía mucho más que una simple ayuda a dejar de tener pesadillas: de pronto el aire pareció espeso y falto de oxígeno. Lo único que podía considerar era la soltura de la pose de aquel faraón parado en su habitación, con tanta particularidad que cualquiera hubiera determinado su antigua procedencia desde la realeza; la estancia no encajaba con el sujeto en cuestión, generando un contraste de lo más exótico. Sí, habitaba el cuerpo de su mejor amigo... el cuerpo de aquel inocente muchacho que ella se sentía en obligación de proteger para toda y con su vida, que le inspiraba el afecto más puro y fraternal de entre el resto de su grupo. Y aún así, en cuanto Yami ocupaba su lugar, su anatomía se transfiguraba: hombros firmes, espalda esbelta, postura rígida, manos delicadas... sus ojos se afilaban, y su rostro se endurecía en medio del traspaso de la adolescencia a la juventud. No era el chico con el que compartía esas tardes de charlas y risas cómplices, no... era un hombre.

Era un Rey.

―Sí.

Se le cortó la respiración, fascinado ante la visión de una Anzu de pupilas sutilmente dilatadas y mejillas sonrojadas, sin dejarse acobardar por su mirada. Ella sintió un temblor en su cuerpo, como si éste ya supiera que algo increíble estaba por ocurrir, y se quedó a la espera, incapaz de romper el silencio.

―Me acercaré a ti. ―Tomó asiento dejándose caer a su lado, cuidando de no tocarla bajo ningún concepto; el rubor de la fémina aumentó todavía más, cubriendo sus orejas con su característico calor. Yami no contuvo su sonrisa, complacido con lo que generaba su cercanía en ella ―Tendrás que cerrar los ojos, Anzu.

―E-Está bien.

Entonces se hizo la noche. Inmediatamente después de pegar sus párpados, se mordió el labio en un gesto ansioso, sabiendo que sin su visión sus demás sentidos aumentarían su sensibilidad... y el primer indicio de aquello fue escucharlo respirar.

―Ahora recitaré el hechizo. ¿Estás lista?

―Sí.

Yami se detuvo en el acto, extasiado de tal manera ante el cuadro de su única acompañante que mordió la cara interna de su mejilla para no hacer nada estúpido, como levantar su mano y enredarla entre las cerdas de su cabello. Sus frágiles dedos se clavaban en la carne de sus palmas, cubiertas por su larga blusa beige. Se acercó hasta ubicarse cerca de su oreja, lo suficiente pero sin contacto, y despegó los labios fijando sus ojos en un característico lunar situado detrás de su delicado oído.

Nunca, en todos sus años de existencia, el aroma de alguien le había generado tantas ganas de dejar de ser lo que era y simplemente transformarse en un chico común y corriente.

Inició el cántico arrastrando cada letra en su idioma natal, aquella lengua muerta y enterrada en la profundidad de las arenas de Egipto, y Anzu juró que casi se desmaya. Apretó tanto sus párpados y sus mangas entre sus puños que sus nudillos se volvieron blancos, y endureció sus labios desesperada por no dejar escapar aquel gritito de sorpresa y anhelo que casi dejó entrever.

Oh... no podía ser bueno...

Vaya uno a saber qué diablos estaba diciéndole con esa voz tan sugerente y, por todos los cielos, sensual. Ya de por sí Yami exhibía masculinidad estando simplemente de pie en cualquier duelo, pero es que aquello no le daba tregua... era demasiado para que ella lo aguantara. Sencillamente, era el desarme perfecto.

«Solo está ayudándote... solo está ayudándote... solo está... mph»

Se vió cortada en cuando le sintió inclinar su cabeza hacia un costado, rozando la punta de su tricolor pelo contra su mejilla ardiente. En medio de su murmullo ronco e incomprensible, un suspiro rebelde se perdió sobre su expuesto cuello erizado, enviando descargas eléctricas por todo su cuerpo hasta morir en su bajo vientre. Y aunque ella no debería haber estado dejándose llevar por lo que sentía -pues el motivo por el que se hallaban en esa situación era uno completamente inocente-, Anzu decidió que aquel era, sin lugar a dudas, el momento más erótico de toda su corta vida.

Ni siquiera recordaba en dónde estaban, ni que era probable que su mejor amigo lo estuviese viendo todo... no recordaba lo que significaba el recato. Su dedo pequeño se salió del agarre del puño, y tanteó muy paulatinamente la superficie de su colcha, casi que con miedo de hacer lo que quería hacer, como un aventurero sin experiencia en tierras inexploradas lanzándose al precipicio sin paracaídas.

Y entonces, la voz del faraón se cortó en cuanto su huella dió con la piel de su mano.

El estómago del ex-rey dió un vuelco, y su frecuencia cardíaca aumentó tanto que no pudo evitar profundizar su respiración, oyéndose por encima del silencio. Su boca se secó, preso del ya innegable deseo que tenía de agarrar el rostro de la castaña y estamparle un beso... se sonrojó como nunca. Tomaba aquel ínfimo contacto de su meñique como un puñal en medio del corazón... como una súplica por cometer lo indebido, una promesa llena de reglas rotas y manzanas prohibidas por doquier.

Pasó saliva, observando el intruso depositado sobre su mano, tembloroso pero firme. Mojó sus labios y retomó su hechizo aunque no tenía ni idea de en dónde se había quedado...

Qué más da...

Anzu también empezó a respirar superficialmente -¿era idea suya, o él arrimó sutilmente su mano hacia ella en invitación para proseguir?-; ya no parecía tan tranquilo como en un inicio: su voz vacilaba apenas, y su pecho subía y bajaba más veloz. Se mordió a sí misma encantada, sufriendo las mariposas que la recorrieron de pies a cabeza al recibir una reacción positiva de la otra parte ante su contacto. En un gesto valeroso, trazó un círculo alrededor del relieve del nudillo más cercano.

Yami jadeó... y a ella se le antojó como un sonido de lo más adictivo. Quería volver a escucharlo una, y otra, y otra vez... quería dejar a rienda suelta sus impulsos...

Otro roce, ésta vez atreviéndose a ir más lejos, trazando delicadamente sobre su dorso un camino lento de arriba hacia abajo, sin prisa alguna.

―A-Anzu... ―susurró entonces, tan cerca de su oreja que casi podía sentir su calor. A punto estuvo de inclinar su cuello hacia un costado, exponiendo así una zona peligrosa hacia él...

Pero entonces el teléfono de línea sonó, sobresaltándolos de tal manera que en un parpadeo Yami ya estaba literalmente a dos metros de su cama, y ella había rodado al lado opuesto bajando los pies hasta el suelo, con los ojos más abiertos que nunca. Se apresuró a atender intentando parecer normal, obviamente sin éxito.

―¿H-Hola? ―se hizo el silencio; la fémina se sentía incapaz de girarse y enfrentar a su acompañante, quien había adquirido una tonalidad carmesí intensa en cuanto salió de su pasado trance y cayó en cuenta de lo que había estado pasando.

Qué-fue-eso.

―¡C-Claro! Él está aquí, lo lamento mucho... no fue nuestra intención preocuparlo. ―Anzu se llevó las uñas a la boca, mordisqueándolas ―Sí, le diré... no es nada. Hasta luego.

En cuanto colgó el auricular, volvió a depositar el aparato contra la base, con un poco más fuerza de la necesaria. Inhaló aire, pasándose la mano por el pelo de forma histérica y, juntando valentía, volteó.

La sensación de alivio fue tan inmensa que por poco sus rodillas no se doblaron.

―¡Yugi! ―enrojeció hasta la punta de sus orejas, temiendo lo peor: que él lo hubiera visto todo. No es que no confiara en su amigo, sino que simplemente le avergonzaba en demasía la idea de que se hubiese sentido como el tercero en discordia ante, bueno... ante lo que sea que había pasado. Carraspeó, incómoda ―Tu abuelo acaba de llamar preguntando por ti, le preocupó no saber tu paradero y ya está por oscurecer.

―Lamento que su llamada te haya despertado, Anzu. ―entristeció su mirada él, dejándole un sabor amargo en el fondo de la garganta a la castaña... eran tan, pero tan diferentes. Se obligó a sonreír, ya más calmada: evidentemente él había creído hasta el momento que ella seguía dormida cuando la llamada resonó en la habitación.

Se sintió dividida entre una sensación de alivio y otra de alerta.

―No es nada, descuida. ―murmuró entonces, haciendo un ademán como si le restase importancia. Por dentro algo se quebró en ella, sintiéndose como basura por haber sido tan descarada escondiéndole la verdad―Vamos, te acompañaré hasta abajo.

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Hasta aquí la segunda entrega. Próximamente tardaré un poco más en actualizar debido a que estoy ingresando en época de pruebas en la universidad, pero me motivaría muchísimo a escribir que me dejasen algún review comentándome qué les pareció.

Dicho sea de paso, quiero agradecer al lector que se animó a dejar uno y que me emocionó bastante en cuando vi sus palabras :) muchísimas gracias. Nos vemos en la próxima.

Mayqui, ¡cambio y fuera!