Disclaimer: Esta increíble historia es obra de Dakkaman777, basada en los personajes de los libros de George R. R. Martin y la serie producida por HBO, la traducción es completamente mía, con el debido permiso del autor.
Nota: Esta vez no hay un mensaje kilométrico, simplemente quiero agradecer a todas las personas que leyeron el primer capítulo y a quien se tomo el tiempo de dejarme un bello review :) ¡Gracias! La verdad es que me gustaría saber qué opinan de esta historia, si están disfrutándola, les gusta por dónde van los personajes y la trama en general. Así que sí tiene tiempo y ganitas, por favor dejen algún review. Ahora sí, adelante con el capítulo y ahora y siempre, FUCK CANON!
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Capítulo 2
La rein que elegí
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El camino hacia el Norte no era fácil, no uno que Jaime encontrar fácil para ser honesto. Mientras se sentaba en la mesa de una posada sucia, con un tarro de cerveza y una ligera comida a base de pan seco, un tazón de estofado y queso duro; la verdad es que no podía recordar la ultima vez que fue realmente feliz.
¿Fue cuando él y Tyrion bromearon acerca de el primo Orson antes de su juicio por combate?
¿Fue cuándo regreso a Kings Landing, de vuelta con Cersei?
¿Fue incluso durante sus muchas aventuras con Bronn?
¿Fue cuándo se reunió con Myrcella en Dorne?
No, Jaime no podía recordar la ultima vez que fue genuinamente feliz, cada vez que sentía aunque sea una chispa de alegría, era instantáneamente derribada con un recordatorio de su vergüenza, lo que era, lo que era su hermana, lo que fueron sus hijos.
Jaime había amado a sus hijos y amaba a Cersei, deseó que ella hubiera visto más allá del maldito Trono el tiempo suficiente para darse cuenta de lo que era importante. Si lo hubiera hecho, entonces Tommen y Myrcella tal vez habrían sobrevivido; Joffrey siempre fue una causa perdida, había una locura en él que Jaime jamás habría podido curar.
Cuando Tommen y Myrcella murieron, Cersei se deslizó en la misma locura en la que había caído Aerys. Jaime había querido mantenerse a su lado después de la muerte de Tommen, con la esperanza de poder ayudarla a sanar, que de alguna manera, el podría traer de vuelta a la feliz joven Cersei que él amaba, la Cersei que se había arrojado a si misma frente a un ejercito para defender a sus hijos.
Pero eso era una fantasía, esa Cersei había muerto hace mucho tiempo.
Recordó la forma en que lo miró cuando le dijo que se iba, la mirada enloquecida en sus ojos, la forma en que ella asintió a esa abominación que solía ser Gregor Clegane. Desprovista del mismo amor que él solía compartir con ella.
Su relación no era perfecta para empezar, lo sabía bien, pero al final del día él la amaba y ella lo amaba a él. La forma en la que lo trato esos últimos días no era amor, lo miraba como a una posesión, como a un juguete.
Tomando un sorbo de cerveza desabrida, Jaime trato de sacarse de la cabeza esos pensamientos, Cersei estaba detrás de él ahora, y tenía mayores preocupaciones, llamadas el Ejercito de los Muertos, que amenazaban la vida de todos, no solo en Poniente, sino el mundo entro. El viaje a Winterfell iba a ser menos glamouroso de lo que había esperado; en lugar de viajar con el ejercito de los Lannister, se alojaba en posadas sucias y solo.
No era ideal, pero él había jurado pelear por los vivos.
Se debía a sí mismo no romper este juramento.
—¿Más cerveza?— preguntó la camarera mientras se aceraba a Jaime.
Era bonita, cabello castaño, linda cara, encantadora de una forma más bien modesta. Jaime simplemente sonrió y dijo —no, gracias, estoy bien,— y regreso a su "comida".
—Solo grita si necesitas algo,— le guiñó el ojo antes de volver a sus deberes.
Jaime solo sonrió, sabiendo que si él y los otros en el norte no tenían éxito, la camarera y todos en esta posada estarían marchando en un ejercito sin pulso. Sumergiendo su pan en el estofado y tomando algunos mordiscos, Jaime hizo lo mejor que pudo para mantener su mente en buen camino.
Ya no estaba muy lejos de Winterfell, un día mas o dos a caballo y estaría ahí, listo para comenzar a hacer planes de batalla y ayudar con la defensa de la fortaleza. Por otra parte, no estaba ansioso por la bienvenida, su hermana había prometido el ejercito de los Lannister completo, en su lugar solo tendrían un hombre con una sola mano.
Bastante triste, si era honesto.
Jaime distinguió un grupo de cuatro asesinos una mesas hacia atrás, por sus ropas viejas y raídas, rostros con cicatrices y dagas enfundadas en un costado; podía ver la forma en la que lo miraban, sabían que no era un vagabundo de cuna humilde, había enguatado su mano y cubierto a Widow's wail (a) para que nadie pudiera ver el oro de los Lannister, pero Jaime entendía por sus miradas; lo sano y tonificado que estaba, que nadie lo confundiría con alguien de cuna humilde. Los cuatro hombres comenzaron a ponerse de pie lentamente, viéndolo mientras lo hacían, las manos dirigiéndose a sus dagas.
Justo cuando Jaime estaba a punto de alcanzar Widow's wail, de la nada una cuchilla de acero se incrusto en la mesa frente a él con un audible *SLAM*. La mesa se sacudió y la cerveza se derramo sobre toda la mesa, Jaime levantó la vista para ver qué la daga pertenecía aun hombre encapuchado, la forma en la que estaba parado le parecía familiar.
Los asesinos se giraron rápidamente y se fueron cuando vieron a este nuevo hombre llegar, y Jaime se preguntó si era un salvador o un enemigo. Pero cuando el hombre desenterró su cuchillo de la mesa y lo enfundo en su espalda, se volvió y Jaime se encontró con un hombre que pensó haber dejado atrás.
—Eres una mierda para pasar desapercibido, ¿sabias eso?— Bronn preguntó con una ceja levantada mientas se sentaba frente a Jaime.
—¿Bronn? ¿Que haces… te envío Cersei?— preguntó Jaime, mientras intentaba adivinar la respuesta de si Cersei le había pagado a Bronn para venir a asesinarlo por irse. Era mucho más fácil matar a alguien cuando ya no puedes verlo, después de todo.
—Si quisiera matarte, ya estarías muerto. Y no, tu hermana no me mandó, aunque lo ofreció… o esa pequeña mierda en túnica lo hizo,— Bronn cogió el tarro de cerveza de Jaime y le dio un trago.
—…y ¿aceptaste?— preguntó Jaime, pensando sí debería esperar un cuchillo en la cara de parte de Bronn en algún momento cercano.
—No, no jodidos acepte. Sin ofender, pero… de hecho sí, con mucha ofensa, tu hermana es una maldita perra loca,— replicó Bronn mientras ponía sus pies sobre la mesa. Jaime le dio una mirad que practicante decía "no hables así de ella", pero Bronn sonrió en respuesta.
—¿Qué? Es una perra loca, y no me digas que no puedo llamarla así, porque ya no me estas pagando,— el mercenario se inclinó y cogió un poco de queso del plato de Jaime y lo masticó.
—¿Alguna razón por la que me estes siguiendo, entonces?— Jaime preguntó levantando una ceja.
—¿Porque crees tú? Voy al Note contigo, imbécil,— respondió Bronn, tomando otro trago de cerveza y haciéndole señas a la camarera para que les trajera más.
—No creía que fueras tan leal,— contestó Jaime, sorprendido.
—¡Pha! ¿Leal? Joder, ¿has olvidado con quién estas hablando? Solo te salve el culo en Aguasnegras porque me estabas pagando, solo me quede a tu lado porque me estaba pagando. Tú y tu pequeña mierdecilla de hermano me pagaron bien… menos el castillo y la esposa, pero eso no es el punto,— Bronn continuo; la camarera se acerco con una jarra de cerveza.
—¿Más cerveza, caballeros?— preguntó.
—Oh por favor… no dejes de traerla, cariño,— Bronn le guiño un ojo a la camarera, que se sonrojó.
—Creo que le gustas,— dijo Jaime una vez se fue.
—La voy a follar antes de irnos, parece que prefiere a hombres mayores,— Bronn agitó sus cejas antes de tomar otro trago de cerveza. Jaime tenía que admitir, la franqueza de Bronn siempre era refrescante, y a pesar de su total falta de tacto, siempre conseguir hacerlo sonreír.
—Ahora, ¿en qué iba?— preguntó Bronn.
—Las razones para venir al Norte conmigo…— Jaime asintió con la cabeza.
—Oh sí, ese pequeño castaño. A diferencia de esos idiotas en tu ejercito, yo planeo sobrevivir el Invierno y eso implica no esperar en el sur por un ejercito que marcha con cadaveres que me van a destripar mientras duermo,— replicó Bronn, estirándose y tomando el tazón de estofado de Jaime.
—… si quisieras sobrevivir podrías simplemente haber zarpado hacia Essos, Pentos, Braavos o Lys; le darían la bienvenida a un mercenario como tú en cualquier momento,— respondió Jaime.
—Estaba llegando a eso, tu pedazo de culo. Si zarpo hacia Essos sin lo que tu me prometiste, entonces eso significa que, o muero pobre, o tendría que seguir trabajando, y en caso de que no lo hayas notado, los mercenarios no tiene una expectativa de vida muy larga,— Bronn hizo una pausa para dar otro trago.
—Espera… ¿vas a venir al Norte a pelear en la guerra… para que la Reina Dragón pueda recompensarte una vez que haya terminado?— preguntó Jaime con el ceño fruncido.
—Y aquí estamos, parece que no eres tan jodidamente estúpido como todos dicen que eres,— Bronn aplaudió condescendientemente.
—Estas tomando muchos riesgos aquí, Bronn. ¿Cómo sabes siquiera si la Reina Dragón querrá recompensarte? ¿Qué pasa si hace que me ejecuten en el momento que vean que no hay ningún ejercito marchado detrás de nosotros?— Jaime preguntó.
—Número uno, tomar riesgos es lo que hacen los mercenarios, número dos, ella lo hará porque le voy a dar informaron importante respecto a la perra loca de tu hermana y lo que ha planeado, y número tres, seré el hombre que entrego a Jaime Lannister, el hombre que mató a su padre y traicionó su confianza directamente… suena como una victoria, no importa como lo mires,— Bronn sonrió mientras llevaba el tarro a sus labios.
—… Y qué pasa si se me escapa que eres quien hirió a su Dragón en la batalla de Aguasnegras?— preguntó Jaime con una sonrisa por sus propia cuenta; Bronn casi se ahogó y se sentó derecho cuando Jaime dijo eso.
—No lo harías,— declaró.
—¿Estas seguro?— preguntó Jaime con la cabeza inclinada y haciendo un puchero.
—… Malditos Lannister,— Bronn maldijo con una sacudida de cabeza.
—Supongo que tus días como mi guardaespaldas no han terminado todavía, Ser Bronn,— sonrió Jaime mientras se recostaba.
—Será mejor que obtenga ese jodido castillo cuando todo esto haya terminado,— gruñó Bronn antes de tomar un particularmente violento trago de cerveza.
Los vientos fríos aullaban en los confines del Norte, nieve y hielo soplaban tan fuerte que podían causar congelación en unos momentos. El Norte mas allá del Muro estaba totalmente desprovisto de vida estos días, apenas unos conejos y ratones arrelgandoselas para sobrevivir en sus madrigueras, a salvo del aullido del viento y las criaturas que rondaban las planicies del hielo implacable.
Ni un solo humano vivo habitaba el Norte del Muro, los últimos en morir ahí habían sido Thoros de Myr y unos cuantos Salvajes que acompañaron a Jon Snow en su misión para capturar un Espectro.
El aullido del viento ahogaba la mayoría de los sonidos ahora que el Invierno había llegado; muchos arboles serían arrancados de sus raíces por las fuertes ventiscas y cualquier cosa viva atrapada en en dichas ventiscas compartiría el mismo destino.
Pero eso no detuvo a quien fuera que estaba cabalgando a travez de la nieve.
Muy pocos animales sobrevivieron la llegada de los Caminantes Blancos, los caballos se convirtieron en sus monturas, lobos huargo, osos, y mamuts se unieron a sus filas, como muchos otros animales depredadores en el lejano Norte. Pero aquí, caminar por la nieve era una vista muy extraña.
Un bestia enorme y magnifica con su grueso pelaje y dos masivas astas que brotaban de su cabeza, un alce. Y montando este poderoso alce, estaba un hombre, vestido de negro y gris moteado con un a capa rallada y bufanda negra que cubría un frío y plácido rostro.
El frío no molestaba a este hombre en lo más mínimo, como cualquiera que pudiera ver sabría que sus manos estaban negras y congeladas, aun así eso no lo detuvo de aferrarse a las astas del poderoso alce.
—Tranquilo chico, no estamos lejos ya,— el hombre habló con un fuerte acento Norteño.
Pronto, el hombre y su alce se encontraron con la devastada cascara del Árbol Corazón, su corteza era ahora de un negro ébano tan opuesto al usual blanco de esos árboles, todas las hojas se habían quemado y la entrad a la cueva frente a este estaba llena de las huellas de los restos de los Espectros.
—Whoa, whoa, tranquilo chico, tranquilo… ya estamos aquí,— habló otra vez, reconfortando a su montura, que continuaba resoplando y enfurruñado, el vapor brotaba de sus fosas nasales.
El hombre desmontó del alce y lo guío hacia la boca de la cueva, lejos del punzante frío, a él no le importaban los vientos abrazadores, pero necesitaba su montura por el previsible futuro. Una vez que tuviera lo que venia a buscar, necesitaba irse rápidamente.
—Quédate aquí, chico. Caliéntate,— el hombre acaricio al alce antes de adentrarse en las cuevas.
Los sellos y runas de la cueva ya no surtían efecto, ya que su creadores yacían muertos; esparcidos en su interior, masacrados como animales y dejados para pudrirse. El hombre cuidadosa y respetuosamente caminó alrededor de los cuerpos de los últimos Niños del Bosque, cerrando sus ojos antes de llegar a las raíces.
Chi, suspendido en las raíces del gran Árbol Corazón estaba el cuerpo del antiguo Cuervo de Tres Ojos, Brynden Rivers, el ultimo Verdevidente (1) del Norte del Muro. Con una herida masiva que casi lo había partido en dos.
El hombre inclinó su cabeza en un símbolo de respeto antes de aproximarse y cerrar los ojos del Cuervo también, los Caminantes mágicamente no se habían llevado a el Cuervo, ¿de qué les servía un anciana lisiado eternamente enredado en las raíces del árbol?
Mirando debajo del cuerpo del antiguo Cuervo, el hombre vió por lo que había venido. Golpeando su puño en las raíces, rompiéndolas y tirándolas a un lado, el hombre gruñó mientras sacaba el objeto de su misión.
Una espada envainada, toda envuelta en tela negra.
El hombre desenredo la tela, revelando que era un estandarte completo, decorado con un solo Dragón blanco con ojos rojos. La espada en sí misma era una pieza de arte, su guarda aparentaba un par de las de Dragón desplegadas, un solo rubí yacía incrustado en el centro de su empuñadura. Desenvainando la espada hasta la mitad, el hombre miró las hermosas marcas Valyrias que bailaban a lo largo de hoja.
Una espada de acero Valyrio.
Dark Sister (b), la espada de Visenya Targaryen.
Una espada que sería necesaria para la guerra por venir.
Abrochando la espada a su cinturón, el hombre aseguro su preciosa carga antes de reunirse con su montura aguardando en le entrada de la cueva. Mientras el hombre ataba la espada a su cinturón, revelo que su pecho estaba lleno de puñaladas y heridas que habrían matado a un hombre normal.
Pero él no era un hombre normal.
Ya no era un hombre, fue traído de vuelta con un propósito y él aun tenía que cumplir ese propósito.
El pelear por los vivos.
—¡HYEA!— rugió el hombre mientras espoleaba al alce, nieve salpicado el aire mientras el alce hacía en una carrera loca.
Mientras el hombre montaba a velocidades vertiginosas entre la nieve y el hielo, tenia un solo pensamiento, que no llegaría tarde, podría llegar a tiempo.
Jon tenía una sonrisa pegada en el rostro mientras caminaba por los corredores de Winterfell con Fantasma a su lado, tenía que admitir que se sentí bien estar en casa. Caminar en los pasillos que componían su infancia, recordando los buenos tiempos que tuvo con Robb, Theon, Bran, Arya, Sansa, e incluso Rickon. Pero el recuerdo en el frente de su mente justo ahora, eran recuerdos nuevos.
Recuerdos como despertarse con la mujer mas hermosa en el mundo durmiendo suave y pacíficamente en sus brazos. Recuerdos que atesoraría hasta el día de su muerte, Jon estaba ansioso por crear mas recuerdos con Dany en el futuro.
—Bueno, chico ¿te gusta ella?— preguntó Jon con unas sonrisa.
La lengua colgando de Fantasma y su cara feliz hablaba por sí mismos. Los Lobos Huargo, eran geniales para sentir la bondad en alguien, tenían un agudo sentido para eso. Incluso en el Muro, Fantasma parecía saber quienes de sus hermanos tenían buen corazón y quienes eran basuras. Fantasma adoraba a Sam, Grenn, al Maestre Aemon, Pyp, al Comandante Mormont y Edd, pero odiaba a Slynt, odiaba a Thorne y espacialmente odiaba a Tanner.
La forma en que Fantasma había actuado con Dany calentaba su corazón, así como la forma en la que ella reaccionó a él, abrazando al Lobo Huargo como si fuera un cachorro recién nacido y no una enorme bestia que podría destrozar a un hombre. Si Fantasma la amaba, entonces Jon estaba convencido, había escogido a la mujer correcta para darle su corazón y su lealtad.
Al doblar una esquina, se encontró cara a cara con una visión que le molestaba mas cada día que pasaba. Davos Seaworth, parado con sus manos detrás de la espalda… sonriendo.
—Ni siquiera empieces,— suspiró Jon mientras caminaba hacia las puertas de sus habitaciones.
—Empezar, ¿qué? No tengo idea de que estas implicando, mi Señor,— sonrió Davos a sabiendas.
Entrado en sus habitaciones, Jon dejo que Fantasma y Davos lo siguieran, arrojando unos nuevos troncos dentro de la chimenea y encendiendo el fuego; Jon podía sentir el brillo de los ojos de Davos sobre él. La insistencia del hombre realmente no conocía limites.
—Empieza entonces… dilo,— suspiró Jon mientras encendía el fuego.
—Estoy feliz por ti,— Davos sonrió genuinamente.
Jon solo miró a Davos con una ceja arqueada, estaba esperando algún comentario sarcástico como "¿disfrutaste la noche?" O "¿Estamos haciendo que duren las alianzas?" Pero en su lugar fue un simple "estoy feliz por ti".
A veces la naturaleza paterna de Davos calentaba el corazón de Jon.
—¿Perdón?— preguntó Jon.
—Es una joven muy hermosa; por lo que Lady Missandei me ha dicho, ha pasado por un infierno, igual que tú, ambos merecen ser felices,— sonrió Davos.
—Aprecio el sentimiento, Davos,— Jon sonrió de vuelta, avivando el fuego.
—Entonces… ¿cuándo le vas a preguntar?— Davos tomo asiento.
—¿Preguntarle qué?— preguntó Jon con una mirada sorprendida, sabía lo que Davos quería decir, pero la pregunta era ciertamente un shock.
—Creo que sabes de lo que hablo,— sonrió Davos mientras Jon se sentaba a su lado.
—Tenemos una guerra en el horizonte, ahora no es el momento de propuestas tontas. Ademas, no creo que los Señores del Norte aprecien que me case con una Reina Targaryen a pocos días de haberla traído a Winterfell,— contestó Jon con un suspiro, frotándose las sienes.
—Sabes, tal ves sea tiempo de que dejes de tener demasiado en cuenta lo que los Señores del Norte piensan,— ofreció Davos.
—Ya no eres mi mano y ya no soy Rey, así que no tienes que aconsejarme,— contestó Jon.
—Tienes razón… no tengo porque hacerlo, per lo voy a hacer de todas formas,— sonrió Davos.
Jon sacudió su cabeza, tenia que admitir que le gustaba la dedicación de Davos a ayudarlo, a diferencia de otros asesores que Jon había visto y tratado, él quería que la gente que servía fuera feliz. Había visto cómo Davos interactuaba con la Princesa Shireen, e incluso con Stannis durante su corto tiempo en Castle Black.
—La amas, ¿no es cierto?
—La amo,— Jon no tenía que esconder nada de Davos.
—Y ¿ella te ama?
—Si, me ama,— sonrió Jon, recordando la forma en que Dany lo miraba cuando estaban solos.
—La mayoría de la gente no encueran la felicidad en este mundo, Jon. Pero he visto la forma en que se miran, eso no es algo que nadie deba dejar ir,— Davos puso una mano sobre el hombro de Jon.
—Hubo un tiempo, Davos, que nunca considere establecerme, tomar una esposa, tener hijos. Pero desde que la conocí… nunca he querido nada más que eso,— respondió Jon mientras Davos se recargaba con la mano en su hombro.
—Míralo de esta manera, cuando los Muertos vengan… ¿quieres tener algún arrepentimiento?— preguntó Davos.
El soplo del viento y el rocío de agua de mar siempre era un sentimiento bienvenido para un Hijo del Hierro, la absoluta libertad de las aguas abiertas y los sonidos del agua chocando contra el costado de su barco.
Estas eran las cosas por las que Yara Greyjoy vivía.
Para ella, ser una Hija del hierro nunca fue por el botín o el saqueo, nunca se trató de masacrar aldeas y establecer su dominio. Se trataba de ser libre; libre de ir a donde quiera, de ser lo que quisiera ser.
Nosotros no sembramos. Las palabras de su casa eran unas que su padre había dicho constantemente; no aramos los campos, ni sembramos cultivos. Para su padre, simplemente significaba quitarle a los demás, nunca hacer cosas por ti mismo. Pero para Yara era diferente, los granjeros eran pobres, subyugados por los señores bajo cuya protección vivían, esclavos sin cadenas ni collares.
Los Hombres del Hierro no tenía agricultores, no sembraban, ni araban los campos porque hacían lo que querían. Sus hombres la siguieron hasta las fauces del infierno porque querían, porque la eligieron para ser su líder. El nombre Greyjoy era solo una formalidad para ella, no algo a lo que se aferrara, incluso si no tuviera el nombre de Greyjoy, si hubiera nacido Yara Pyke, todavía tendría el respeto que tenía entre su tripulación.
Porque se lo había ganado ella misma.
Ser Hijo del Hierro significaba que tenias que ganarte lo que querías, nadie te lo iba a entregar simplemente. Y eso incluía tu libertad.
Pero aquí, atrapada en las entrañas del Silencio, con los brazos encadenados detrás de la espalda y un collar de metal alrededor de su cuello, Yara no era libre. Lejos de eso, era tan esclava como esos giripollas tristes que trabajan en los campos en el Dominio.
Pero aún, ellos al menos podrían caminar y disfrutar de un poco de aire fresco.
—¿Disfrutando el viaje, sobrina?— vino la voz de su captor.
Yara se quedó en silencio, había sido ferozmente golpeada por su tripulación la noche anterior, una forma enfermiza de mantener a la tripulación de mudos entretenidos. Tenían que dejar salir su frustración de alguna manera, ciertamente no podían hablar con su capitán acerca de sus enojos y frustraciones.
—Oh, anímate Yara. No pasará mucho tiempo hasta que estemos de vuelta en el Kings Landing, entonces la verdadera diversión puede comenzar— Euron sonrió, mientras se sentaba junto a Yara, sosteniendo un bota (2) llena de ron. Yara notó que su cabello había crecido, ahora llegando a sus hombros; parecía más harapiento y desgarrado de lo habitual, pero esa mirada enloquecida aún llenaba sus ojos.
A medida que los días pasaban, parecía deslizarse lentamente cada vez mas hacia la locura, un tipo de locura autoconsciente, una locura narcisista que su silenciosa tripulación y súbditos obedientes alimentaban. No se había ganado el Trono de Sal por grandes obras, lo consiguió porque era brutal, porque era un hombre, porque cualquiera que dijera lo contrario terminaría desollado y clavado en el mástil del Silencio como una advertencia para los demás.
—¿Por qué no solo me matas?— preguntó Yara, los ojos fijos en el suelo, su rostro inexpresivo.
—¿Matarte? ¿Dónde estaría la diversión en eso? Si te matara, ¿con quién hablaría? ¿Esos jodidos mercenarios allá arriba?— dijo Euron antes de tomar un trago.
—Otro día navegando y la Reina Cersei tendrá su ejército. Si puedes llamarlos así, un montón de putos elegantes en armadura dorada… ¿quién diablos lleva una armadura de oro? Ricos, elegantes hijos de puta, ellos son quienes,— Euron se rió mientras se limpiaba la boca.
Yara no podía soportar siquiera estar cerca de él, podría ser su tío pero ellos no eran familia. La mayoría de las personas en este mundo tenían un código, algún tipo de límites, líneas que no cruzarían, cosas que eran sagradas.
Euron no.
Cada vez que ella pensaba que había alcanzado un nuevo fondo, alcanzado su límite, él cavaba más profundo. Mató a su padre, su propio hermano para reclamar un trono, mutilaba a los hombres para evitar que intrigaran a sus espaldas, le causaba placer provocar dolor y miseria. Sabía que ser Rey de las Islas del Hierro no era su tirada más alta, no se conformaría con lo que tenía ahora.
—¿No te sientes platicadora?— preguntó Euron, sacudiendo la bota frente a su cara.
Euron soltó una carcajada antes de tomar otro trago de ron, escupiendo la mayor parte en el suelo frente a ella con una sonrisa maníaca en su rostro. Poniendose de pie, Euron dió la vuelta y se agachó frente a su sobrina, Yara habría hecho un movimiento para patearlo, pero el bastardo había encadenada sus piernas y manos en el mismo palo.
—Esa paliza que recibiste anoche, tengo que admitir que la tomaste bien, me hace pensar qué otra cosa podrías soportar,— Euron sonrió mientras pasaba su mano por el muslo de Yara hasta su cintura.
—¿Qué está mal contigo?— Yara se estremeció ante su toque.
—¿Mal? Nada. Soy uno de los hombres más sensatos que hayas conocido— Euron sonrió cuando su mano subió, violándola.
—Eres peor que ella— siseó Yara antes de escupirle en la cara. El Rey de los Hijos del Hierros simplemente sonrió, limpió el escupitajo y le dio un golpe viscoso en la cara.
—¿Ella? ¿Te refieres a Cersei? Oh, por favor, dame un poco de crédito. Esa perra tonta no es mi objetivo final, ella siempre fue un escalón,— Euron se rió cuando se puso de pie y caminó hacia una mesa cercana.
—¿De qué estás hablando?— Yara gimió cuando escupió un diente que se desprendió del golpe.
—¿Crees que eso es lo que quiero? ¿Ser el esclavo sexual de una loca folla-hermanos? No, no, no… ella es solo un medio, para un fin,— Euron sonrió mientras buscaba en sus posesiones.
—Le entregué la Flota de Hierro, le llevé un ejército de mercenarios, me gané su confianza, me abre las piernas como agradecimiento. Pero, ¿cuánto tiempo duraría un imperio de mercenarios bajo un gobernante que no exige respeto?— Euron caminaba delante de Yara, ahora sosteniendo un cuchillo de aspecto espeluznante con un borde serrado.
—Obtengo respeto no solo mediante el miedo… también mediante la recompensa. Cuando mis hombres roban y saquean, apenas tomo parte del botín, el oro y las joyas son solo cosas bonitas a las que los hombres le ponen valor, lo mismo con la adoración a los dioses y títulos otorgados por la realeza… todo es una mierda al final del día. Los hombres con los que me rodeo lo saben, el resto de la Flota de Hierro está empezando a saberlo, y pronto lo sabrán tú y tu imbécil hermanito sin polla,— Euron levantó el cuchillo a la cara de Yara y lentamente arrastró la punta hacia abajo, no la suficiente presión para abrir una herida, pero sí para sentirse incómoda.
—Mis hombres saben que cualquier gloria o tesoro que tome, les pertenecen a través de mí. Títulos y tierras, oro y joyas, esposas e hijos… los hombres le dan valor en eso, pero yo no. El control sobre los demás es algo que ni los títulos, la fé o la riqueza puede sostener… lo único que importa son las muestras de poder,— Euron sonrió cuando comenzó a cortar la tela de la túnica de Yara, exponiendo lentamente su piel.
—Y cuando la poderosa Reina Dragón y sus dragones se inclinen ante mí… seré dueño de este mundo,— sonrió Euron.
—¿Cómo planeas lograr eso?— Yara escupió.
—Cersei cree que su Mano tiene una solución… es una jodidamente estúpida. Llenar a la Flota de Hierro con escorpiones y disparar a los dragones en el cielo… estúpida hija de puta. Las máquinas no muestran poder, si matas a tu enemigo, borras su poder de el mundo… pero hazlos inclinarse ante ti, haz que se sometan… y su poder se convierte en tuyo.— Euron rasgó la túnica de Yara, exponiendo sus pechos al aire salado y húmedo.
—Los dragones y su fuego forjaron una dinastía que duró más tiempo que cualquier otra en la historia. ¿Imaginas un gobernante que gobierna tanto los mares como los cielos? La flota más grande del mundo; protegida por fuego de Dragón, sin nadie que se pronuncie contra el hombre todopoderoso que hizo que se doblegaran a su voluntad… ese es un imperio que nunca podría caer— Euron sonrió cuando agarró el pecho izquierdo de Yara.
Yara sintió ganas de vomitar, la sensación de sus manos ásperas y callosas en su piel fue suficiente para hacerla estremecer, ella preferiría sufrir mil palizas más, a dejar que esto continúe. Su tío estaba loco, por adelante y por atrás. Un hombre sin limites era apenas un hombre; sin moral ni límites un hombre podría hacer cosas terribles. Pero lo que más la perturbó fue la calma con que lo dijo, como lo que dijo tenía sentido.
El poder residía donde los hombres creían que residía.
—No te quiero muerta, Yara. Realmente no quiero a Theon muerto… La muerte es una forma simple de atar cabos sueltos… como tu padre. Él nunca iba a inclinarse ante mí, así que tuve arrojarlo del puente para tomar su corona. Cuando Cersei crezca con mi hijo… no vivirá para ser rey, vivirá para ser otro miembro mudo de mi tripulación… siempre para servirme… ella habrá cumplido su propósito y esos bastardos con armadura de oro no durarán mucho en la guerra que viene,— continuó Euron.
—Hago uso de lo que tengo, y cuándo ha cumplido su propósito, lo descarto, eso es cordura, solo los débiles y los locos se aferran a las cosas que tienen sentido para ellos. Mi tripulación está llena de bastardos, muchos propios, algunos hombres dan importancia los lazos de sangre… pero yo no, soy el único verdadero Hijo del Hierro… veo algo que quiero y lo tomo, es así de simple,— sonrió Euron.
—El resto de la tripulación ya debería estar durmiendo… nadie que nos moleste,— sonrió mientras se inclinaba.
Yara desvió la cabeza hacia un lado cuando la lengua de Euron se deslizó por un lado de su cara. Sintió ganas de morir, este desagradable sentimiento trepando dentro de ella era demasiado para soportar. Si tuviera un cuchillo en ese momento, lo habría usado para cortar su propia garganta antes de soportar esta violación. De repente un fuego se encendió en los ojos de Yara.
Ella no era una damisela; era la maldita Yara Greyjoy, y no permitiría que esto sucediera sin pelear. Con un rápido movimiento de cabeza y un crujir de dientes, Yara mordió la cara de Euron, sus dientes encontraron su labio inferior.
El sabor de la sangre rápidamente llenó su boca mientras apretaba sus mandíbulas contra el labio de Euron y la desgarraba. Con un chorro de rojo carmesí y un grito de rabia y dolor, Euron se puso de pie, dejó caer su cuchillo y tocó la herida que ahora brotaba.
"¡AAAAAAAAGH! ¡HIJA DE PUTA!— rugió Euron; levantando el pie hacia atrás y pateando a Yara en la cara. La mujer escupió sangre y un diente por su atrevimiento, pero Yara simplemente sonrió, volvió a mirar a su desgraciado tío y se echó a reír.
—¿Qué te pasa, tío? ¿No esperabas que me defendiera?— Yara sonrió antes de escupir un trozo de su labio inferior al suelo.
—Te arrepentirás de esto pequeña zorra— Euron maldijo con los dientes apretados, sangre goteando en el suelo.
—No creo que lo haga,— gruñó Yara mientras luchaba contra sus ataduras.
—Oh… voy a disfrutar doblegándote,— Euron envolvió una mano alrededor de la garganta de Yara y la derribó con un rápido gancho de derecha en la cara.
La visión de Yara se oscureció y todo se desvaneció en la oscuridad; cuando se despertara, sabía que estaría en una posición peor que antes.
Si solo supiera de lo que venía.
—Y, ¿esta seguro de que todo concuerda?— preguntó Sansa, sus manos reposaban contra la superficie de la mesa.
—Si, mi señora, suficiente comida para mantener alimentados a nuestros hombres durante la mayor parte del invierno,— contestó Wolkan.
—Tyrion… realmente vino preparado, ¿cierto?— murmuró Sansa para sí misa con una leve sonrisa adornando su cara.
—El enano siempre tuvo una mente astuta para la política, ¿qué mejor manera de ablandar el Norte que dándoles comida?— Lord Royce asintió con la cabeza.
Sansa, Lord Royce y el Maestre Wolkan se habían reunido en el estudio, que esta mañana se había convertido en una seudo sala de guerra. En la mesa estaba extendido un mapa de Winterfell y sus bosques circundantes, si los Muertos se las arreglaban para atravesar el Muro como Jon pensaba que harían, este sería el lugar para planear las defensas del castillo.
—Maestre Wolkan, ¿tomó en cuenta a los ciudadanos que viajan hacia el sur?— preguntó Sansa, casi esperando una fisura en los esfuerzos de la Reina Dragón.
—Lo hice, my Señora, la comida que la Reina Daenerys ha suministrado es suficiente no solo para sus fuerzas, si no para las nuestras también,— Continuó Wolkan.
Sanas miró el mapa de Winterfell y los marcadores reunidos que representaban sus fuerzas, aquellos marcados con el Lobo Huargo de los Stark representaban las fuerzas del Norte, la Luna y el Alcon para los caballeros del Valle y el Dragón de las tres cabezas para las fuerzas de Daenerys. Las fuerzas del Norte eran leales a Jon, los caballeros del Valle a ella, y los Inmaculados y Dothraki eran leales a Daenerys.
9,000 soldados del Norte, incluida la Gente Libre.
2,000 caballeros del Valle.
100,000 Dothraki Screamers.
9,000 Inmaculados.
Y 2 dragones adultos.
Menos el ejercito de los Lannister que estaba en camino, sus fuerzas eran un total de 120,002, una fuerza muy considerable que afortunadamente tenían los recursos para alimentarse. Probablemente el mas grande ejercito que el Norte haya visto en mucho tiempo, sin embargo, todavía no se acercaban a cualquiera que fuera el numero de soldados que marchaban en el Ejercito de los Muertos. Según Jon, Mance Rayder lideraba un ejercito de Salvajes de 100,000 mientras él estaba en la Guardia de la Noche, de los cuales la mayor parte fue masacrada en Hardhome por una fuerza superior de al menos 150,000 muertos.
No había una respuesta clara de cuantos hombres marchaban con el Rey de la Noche, tenían que tomar en cuenta los incontables Salvajes que habían muerto al norte del Muro, exactamente ¿cuanto tiempo podía durar un cuerpo antes de que los Caminantes Blancos no fueran capaces de resucitarlo?
Por todo lo que Sansa sabía, todo lo que alguna vez había muerto al norte del Muro podría estar marchando en el Ejercito de los Muertos.
Los asombrosos números a la disposición del Rey de la Noche eran suficientes para hacerla temblar, un ejercito de 100,000 era aterrador por sí mismo, ni imaginar el doble o mas.
—¿Cuántos hombres marchan en el ejercito de los Lannister, Lord Royce?— preguntó Sansa.
—Lo último que escuche, solo los Lannister tenían de seis a siete mil hombres a su disposición, mi señora; los últimos numero de las Tierras de la Tormenta eran alrededor de 3,000, las fuerzas combinadas de las Tierras de los Ríos también llegaban a 20,000, y lo que queda del ejercito Tarly son alrededor de 8,000 hombres,— explicó Royce, era mucho mas adecuado para la guerra que para la política, descartar las fuerzas enemigas era simplemente algo que uno aprendía.
La puerta del estudio se abrió, y por ella entró el antiguo Rey del Norte, el hermano de Sansa, Jon. Vestía su atuendo completo, capa de piel de lobo, jubón armado, y gorguera de acero con los dos Lobos Huargo, y por supuesto Longclaw colgaba de su cadera.
—Buenos días, Sansa, Lord Royce, Maester Wolkan,— saludó Jon con cortesía, mientras caminaba hacia la mesa y abrazaba a Sansa.
—Te vez feliz esta mañana, — Sansa levantó una ceja.
—Solo me siento refrescado, ayer fue un día ocupado,— sonrió Jon antes de volverse hacia la mesa.
—¿Me he perdido mucho?— preguntó.
—No, solo hicimos cuentas de todo a nuestra disposición,— contesto Sansa.
—Nuestro recuento total llega a los 120,000, las fuerzas Sureñas deberían ser alrededor de 38,000 si verdaderamente marchan con todas sus fuerzas al Norte, mi Señor,— Explicó Royce.
—Y ¿la preparación de armas?— preguntó Jon.
—Hemos dado ordenes de que cualquier herrero a nuestra disposición trabaje tiempo extra en la elaboración de armas de Vidrio de Dragón, que tu nos has suministrado…—
—Que la Reina Daenerys suministró,— corrigió Jon a Sansa con una ceja levantada.
Hubo un pequeño silencio en la habitación cuando Sansa y Jon se encontraron con la mirada, obviamente parecía que el aire entre ellos necesitaba ser despejado. Lord Royce estaba ya moviéndose incómodamente y el Maestre Wolkan no parecía querer estar presente para ver pelear a los hermanos.
—Déjenos,— Jon habló en voz alta, Royce y Wolkan salieron agradecidos.
Una vez que los dos, el Señor del Valle y el Maestre de Winterfell, dejaron la habitación, Jon se enderezó y camino al rededor de la mesa. Con un suspiro profundo, se encontró de nuevo con los ojos de Sansa y rompió el silencio incomodo que colgaba entre los dos.
—Sabía que tendrías un problema en el momento que pusiste tus ojos sobre ella,— suspiro Jon.
—¿De qué estas hablando?— contesto Sansa.
—No soy un idiota, Sansa, cuando te saludó ayer, la miraste como si te hubiera abofeteado,— respondió rápidamente Jon, no de humor para juegos mentales o palabras remilgadas.
—No es una de nosotros, Jon. No confío en ella.
—Vino al Norte a ayudarnos, Sansa. Todos sus ejércitos y sus dos Dragones restantes,— respondió Jon, inclinándose hacia adelante con las palmas apoyadas contra la mesa.
—Y aprecio eso, pero nombra la ultima vez que un monarca fue así de desinteresado. ¿Cómo sabemos que ella no esta haciendo esto para promover su reclamo al Trono?— pregunto Sansa, la mirada en el rostro de Jon hablo por si sola.
—¿Honestamente estas pensado en esa maldita silla? Nada de eso importa justo ahora, todo lo que importa es hacer frente a la amenaza real,— la voz de Jon estaba mezclada con un todo de ira y frustración.
No quería estar enojado con Sansa, realmente no quería, pero su actitud empeoraba cada día, como si esta nueva fuerza y confianza que había encontrado se mezclara con la niña mimada que ella juraba que ya no era. Podía entender que tuviera problemas de confianza, pasar tiempo con gente como Cersei y Meñique obviamente había dejado una grave huella en ella.
—¿Cómo sabemos que no es una amenaza? Los Targaryen no son conocidos por su cordura o estabilidad,— respondió Sansa con la misma fría y acusadora voz que parecía usar mucho estos días.
—Salvo mi vida… no tenía que hacerlo. Hubiera sido más fácil para ella dejarme morir mas allá de Muro en una misión suicida en la que yo insistí, pero voló al Norte con sus Dragones y nos salvó, perdiendo uno en el proceso. Ella ve a los Dragones como sus hijos, y uno de ellos murió… uno de sus hijos. ¿Eso suena como una mujer loca para ti?— preguntó Jon, comenzando a apretar los puños de rabia.
—Ella no es su padre, Sansa,— Jon se levantó y trato lo mejor que pudo de apagar esa llama que seguía creciendo en él.
—Tienes razón, es mucho más bonita,— remarco Sansa.
Jon tenía que admitir, que tuvo problemas para resistir sonreírse a sí mismo; bonita era una severa subestimación.
—Dime… ¿te arrodillaste para salvar al Norte, o porque la amas?— preguntó Sansa con el mismo tono.
Jon sintió que el fuego se encendía de nuevo cuando miró a Sansa y se acerco lentamente, su andar no traicionó su conflicto interior.
—Me arrodille, después de que ella había jurado pelear con nosotros. No necesitaba mi lealtad, o mi palabra para tomar el trono de Cersei una vez que hayamos terminado, ni siquiera lo pidió. Elegí arrodillarme porque cuando ella me dijo eso, mientras lloraba por su hijo caído… la ví, no a la Reina Dragón, no a la Rompedora de Cadenas, no a ninguno de esos mucho títulos que tiene… vi a Daenerys, la ví, y vi que merecía mi lealtad mas que nadie que haya conocido,— Jon hablo lentamente, resistiendo el impulso de rechinar los dientes con rabia.
—E incluso entonces, cuando le jure mi lealtad, dijo que esperaba merecerla, con lagrimas llenado sus ojos. Ella es la Rina que escogí, Sansa. Y nada que digas va a cambiar eso,— termino Jon, sintiendo el fuego morir dentro de él.
Cuando dijo las palabras, pudo ver que Sansa absorbía sus palabras poco a poco, su desafiante mirada de desconfianza cambiando a una de vergüenza. Sabía que su hermano no era un mentiroso de ninguna manera, era el hombre más honorable que conocía junto a su padre. En ese momento, se veía y sonaba tanto como Eddard que daba miedo. Se sentía como una niña pequeña siendo regañada por su padre, por ser un dolor el el cuello.
—Yo… lo siento, Jon, no era mi intensión…— contestó Sansa.
—No te disculpes conmigo, Sansa. Si quieres saber qué tipo de persona es Daenerys, entonces habla con ella, con su gente, y veras porque me arrodillé,— Jon levantó la mano y acuno la mejilla de Sansa, ella todavía era su hermana pequeña… a pesar de ser más alta que él.
Repentinamente las puertas se abrieron de golpe, allí de pie, con una mirada aterrorizada y sudor que le goteaba por la frente, estaba un abanderado de los Stark. Lo que fuera que quería, era lo suficientemente importante como para irrumpir sin previo aviso.
—¡Mi señor! ¡Mi Señora!— su voz se quebró con un jadeo.
—¿Qué es?— preguntó Sansa.
—¡El Muro! ¡El Muro… ha caído!
(1) Es una persona con la habilidad de tener sueños proféticos, que son llamados "sueños verdes", estos sueños están llenos de significados simbólicos, imágenes y metáforas de lo que ocurrirá en el futuro.
(2) Es un recipiente para almacenas líquidos, generalmente se realizan con piel de cabra cocida a mano.
(a) Lamento de Viuda.
(b) Hermana Oscura.
P.D. Estoy en busca de beta para esta historia, si a alguien le interesa por favor mándenme un PM, gracias.
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