Disclaimer: Esta increíble historia es obra de Dakkaman777, basada en los personajes de los libros de George R. R. Martin y la serie producida por HBO, la traducción es completamente mía, con el debido permiso del autor.
Muchas gracias a todas las personas que se tomar el tiempo de dejarme un review el capítulo pasado :) La verdad es que me hicieron muy feliz.
Considero importante decir que este capítulo es una de las razones por la que esta historia es M, la última escena es algo violenta, básicamente es para demostrar la persona tan sádica, violente y loca en que Cersei se convirtió, así que si hay alguien que prefiera saltársela, adelante.
Y pues bueno, solo invitarlos una vez más que sigan apoyando con sus reviews, favoritos y follows, y por supuesto, now and always, FUCK CANON!
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Capítulo 4
Ninguno más Fiero
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El viento que aullaba a sus espaldas parecía apagarse; la tormenta ahora estaba atrás de ellos, mientras montaban a travez de la profunda nieve. Los cascos de los caballas apenas se registraban, mientras las monturas dejaban escapar respiraciones calientes, claramente disgustados por lo mucho que sus jinetes los habían espoleados para que fueran a todo galope.
Tormund dejó escapar un gruñido largo y aliviado, como un oso pelirrojo. Se alegraba de estar lejos de esas jodidas arañas, podía con los Espectros, osos y Gigantes también, demonios, dale un Caminante… cualquier cosa menos esas jodidas arañas.
Sin embargo, Edd tenía sus ojos fijos en el hombre encapuchado que había venido a su rescate, cabalgando ligeramente apartado de ellos. El Lord Comandante de lo que quedaba de la Guardia de la Noche no pudo evitar notar sus manos, negras de congelación, pero aún capaces de agarrarse a las rindas del caballo o la empuñadura de una espada.
Beric se inclinó cerca de Edd, y en voz baja le preguntó, —¿es uno de los tuyos?—
—Esta vistiendo el negro… debe ser,— respondió Edd.
El hombre simplemente siguió cabalgando, ni siquiera miraba a los hombres que hablaban de él. Los ojos de Edd volvieron a la espada en su cadera, vió los patrones ondulados en la hoja antes, y había estado cerca de Longclaw lo suficiente para reconocer el Acero Valyrio.
—Esa espada… es Acero Valyrio, ¿cierto?— preguntó Edd, obteniendo una simple mirada del hombre.
—Tienes buen ojo,— respondió con brusquedad.
—El antiguo Comandante tenía una espada de Acero Valyrio… esas no son fáciles de conseguir,— continuó Edd.
El hombre simplemente siguió montando como si apenas hubiera escuchado las palabras de Edd, balanceándose hacia adelante y hacia tras en la silla de su caballo. Por su acento definitivamente era del Norte, con lo bruscas y excesivamente pronunciadas que eran sus palabras. Sus manos definitivamente valían la pena mencionarlas, si las manos de una persona se ponían aunque sea la mitad que eso, perdería las manos.
Sin embrago, aquí estaba, cabalgando como si nada.
—No es que no apreciemos la ayuda allá atrás, pero sería agradable saber la identidad de nuestro nuevo hermano de armas,— dijo Beric cortésmente.
—¡Oh por el amor de Dios! ¡Solo dinos quién carajos eres, Cuervo!— escupió Tormund ansiosamente. Estaba entendidamente perturbado y no era un hombre que disfrutara los misterios.
El caballo del hombre se detuvo y lentamente bajo su capucha, revelando el largo cabello negro firmemente recogido, y cuando bajo su bufanda, reveló un rostro con cicatrices y cansados ojos azules, un rostro que Edd reconoció.
—¿Primer Explorador?— cuestionó, con la boca abierta.
Ahí, sentado en su caballo negro, vestido en el negro de la Guardia de la Noche, estaba el hijo mas joven del gran Lord Rickard Stark, el hermano menor de Brandon, Eddard y Lyanna. El Primer Explorador de la Guardia de la Noche, el Lobo Solitario, un verdadero hijo del Norte, el más viejo Stark que estaba vivo.
Benjen.
—Lord Comandante… ciertamente hiciste un nombre por ti mismo, Edd,— sonrió con cansancio.
—¿Primer Explorador… Benjen Stark?— Tormund fulminó con la mirada al recién revelado Stark.
Tormund sabía de Benjen, tenía bastante reputación entre la Gente Libre, lo mismo que Qhorin Mediamano y él Lord Comandante Mormont. Había rastreado, cazado y matado a su gente como animales por años, y aun, aquí estaba el bastardo como si todo estuviera bien.
Benjen Stark, la Pesadilla de la Gente Libre, como Mance solía llamarlo.
—Pensamos que había muerto al Norte del Muro,— contestó Edd.
—Lo hice… por un tiempo,— dijo Benjen, antes de espolear a su caballo en un ligero trote, todos los demás apresurándose para igualar su ritmo.
—Pero… ¿cómo?— preguntó Edd.
—Es una larga historia, una que se cuenta mejor frente a un fuego tibio y una cena caliente… la divulgaré cuando lleguemos a Winterfell,— contestó Benjen, su voz ronca y cansada.
A Tormund no le gustó la forma en que Stark estaba hablando, actuando como si todas las cosas que había hecho en el pasado no fueran para preocuparse. Jon era una cosa, pero Stark era otra, él personalmente había masacrado a cientos de la Gente Libre, muchos de los cuales eran amigos de Tormund y Mance. El Salvaje pelirrojo dejo escapar un resoplido enojado mientras se acercaba a Benjen.
—¿Sabes quién soy?,— preguntó Tormund con los dientes apretados, la mano sobre su cuchilla.
—Eres Tormund Matagigantes,— contestó Benjen sin dudarlo un momento.
—Así que me conoces, bien. Ahora dame una buena razón por la que no debería arrancarte la jodida columna,— gruñó Tormund mientras se acercaba a Benjen con su caballo.
—Te daré 500,000,— Benjen señaló con el dedo a la tormenta que esperaba detrás de ellos.
Todos los ojos se abrieron y Tormund sintió detenerse su corazón. ¿500,000? Esos eran los que marchaban en el Ejercito de los Muertos, estaban preparados para 100,000, tal vez incluso 200,000, ¿pero 500,000? Tormund nunca había escuchado de un ejercito de ese tamaño.
Y a juzgar por las expresiones en los rostros de Beric y Edd, ellos tampoco.
—Ahora, podemos sentarnos aquí y discutir sobre el pasado, acerca de cuantos de tus amigos Salvajes he matado y yo podría contar todas las aldeas del Norte que tu gente asaltó, agredió y voló, o podemos continuar nuestro camino hacia Winterfell para advertirles de lo que viene,— Benjen dijo severamente a Tormund, sus ojos fijos en el Salvaje.
Tormund tenía que admitir, las historias no le hacían justicia a Benjen, se requería valor para mirar al enemigo a los ojos y decirle que era qué. Solo otro hombre del sur del Muro había hecho eso, y era un hombre por el que Tormund moriría si se lo pidiera.
—Suenas justo como tu sobrino,— Tormund se rió entre dientes.
—A Winterfell entonces,— los dirigió Beric.
El frío en Winterfell era algo extraño, si los hombres al sur de El Cuello alguna vez sentían un frío así, simplemente se quedarían en la cama con sus esposas todo el día mientras sus hijos mas jóvenes hacen todo el trabajo. Sin embargo, aquí en el Norte, el frío hacía a lo hombres trabajar tan duro como podían, talando arboles, afilando picas y armas.
Los hombres del Norte eran tipos resistentes, como el antiguo refrán decía: lugares difíciles, carian hombres duros, y los hombres del Norte ciertamente lo eran. Los hombres de Essos parecían tener eso en común con ellos, era extraño ver Inmaculados talando arboles junto a los hombres del Norte, y ayudarlos en cualquier tarea que tuvieran designada.
Solo unos días habían pasado desde la llegada del Ejercito Targaryen, y ya parecía que los Norteños comenzaban a ablandarse lentamente con los Inmaculados. El ejercito de eunucos estaban haciendo todo lo que su Reina esperaba de ellos, sus acciones metódicas y llenas de propósito mientras trabajaba como una sola unidad.
Tyrion Lannister, alguien no apto para trabajos tan pesados, no pudo evitar sonreír cuando vió un grupo mixto de rudos Norteños y silencioso Inmaculados transportando suministros. Cundo un Norteño viejo, de unos 60 años por su aspecto, tropezó y cayó, un Inmaculado rápidamente lo ayudo a levantarse y se ganó un asentimiento cortes y una palmada en la espalda por ayudar al viejo.
—Saludos muchacho, ¿te importaría ayudar a un viejo?— preguntó el Norteño entre jadeos cansados.
—Este ayuda,— contesto él Inmaculado con un rápido asentimiento, su lengua común probablemente no tan buena como su Valyrio.
—¿Cuál es tu nombre, chico?— pregunto el viejo Norteño con una sonrisa cuando el Inmaculado se agacho y recogió la caja que había dejado caer.
—Hormiga Blanca,— contestó; el viejo Norteño solo asintió con una expresión confundida antes de pasar el brazo alrededor de los hombros del joven Inmaculado y caminar con él.
El pequeño intercambio la dió a Tyrion un poco de esperanza, de que la Reina Daenerys hiciera amigos rápidamente aquí en el Norte. En retrospectiva, los hombres y mujeres del Norte eran muy parecidos a la gente de Essos. Ambos venían de zonas inhóspitas, eran vistos como salvajes por las altas clases sociales que abusaban de ellos y los usaban.
En esos aspectos parecían compartir mucho, realmente ¿qué tan diferente era el calor abrasador que podía matar en horas cuando lo comparas al glaciares tormentas de nieve que pueden matar en minutos? ¿qué tan diferentes eran los Dothraki Señores de los caballos a la Gente Libre del lejano Norte? ¿Cuán diferentes eran realmente?
Después de pasar tiempo con los Señores de las Tierras del Oeste, la gente en Kings Landing, los hombres del Norte y los ejércitos de la Reina Daenerys, daba miedo lo parecidos que eran estos dos últimos. Parecía su destino que sus respectivos lideres se enamoraran, ahora que lo pensaba.
Aunque esos pensamientos fueron rápidamente silenciados por la llegada de un hombre que se había echo un nombre por sí mismo en el Norte, a pesar de ser un Sureño, que sirvió a un Rey Sureño hasta hace poco. Ser Davos Seaworth, el Caballero de la Cebolla y antigua Mano del Rey Jon del Norte.
—Así que, ¿cómo lo esta tratando el Norte, Lord Mano?— preguntó Davos con sus manos, o mas bien mano y media, agarradas a su espalda.
—Honestamente, puedo ver porque Mormont y Snow se ven tan melancólicos y fruncen el ceño todo el jodido tiempo,— Tyrion sonrió en respuesta, Davos rió mientras comenzaban a caminar juntos por Winterfell.
—Considero que la melancolía y el ceño fruncido son algo natural en la vida del Norte, incluso si no eres de aquí… quédate el tiempo suficiente y vas a encontrarte mirando hacia el horizonte con una mirada severa en la cara,— se rió Davos.
—Debo admitir que el Norte es muy diferente a la ultima vez que vine aquí. Una vida diferente, aun no habían sucedido tantos conflictos, y yo era considerablemente más guapo que ahora,— se refirió Tyrion a su cicatriz facial.
—Oh, no sabría decir, mi Lord, las cicatrices pueden ser my atractivas,— contestó Davos.
—Desafortunadamente, no importa cuan atractivas mis cicatrices sean… los Lannister no son vistos favorablemente aquí,— dijo Tyrion. Desde que pisó fiera del carruaje había recibido sucias miradas de cada Norteño que había visto.
—No me preocuparía por eso, Lord Mano, solo mire por allá,— Davos señaló hacia un monto de Norteños que se ocupan de sus asuntos, construyendo fortificaciones de Vidrio de Dragon; sus armaduras eran lo suficientemente diferentes, así como los sellos que las adornaban.
El Lobo Huargo de la Casa Stark, las cadenas cruzadas de la Casa Umber y el Sol Blanco de la Casa Karstark.
—Stark, Karstark, Umber trabajando juntos. Es curioso cómo se necesita el fin del mundo para hacer que las Casas trabajen juntas,— comentó Tyrion.
—Hace no mucho que los Umber y Karstark se oponían contra la Casa Stark. Pero míralos ahora, trabajando juntos, Jon Snow los unió y trajo paz entre sus Casas cuando todos los demás pensaban que era imposible,— continuó Davos.
—Y la Reina Daenerys esta agradecida por el esfuerzo de Lord Snow,— contestó Tyrion.
—Ambos son grandes lideres. Él se las arregló para convencer a los Salvajes y Norteños, que se odiaban entre sí, para trabajar juntos. Y ella, por lo que he escuchado, convencido a los Dothraki y los Hijos del Hierro, que eran famosos saqueadores y violadores… de dejar sus tradiciones a un lado y pelear por su nuevo mundo,— respondió Davos mientras continuaban caminando.
—¿Por qué presiento que harás una propuesta?— preguntó Tyrion.
—Porque una propuesta es lo que estoy proponiendo,— Davos se giró hacia Tyrion con una sonrisa.
—Ah… la temida cuestión del matrimonio,— Tyrion sonrió de vuelta.
—Jon y Daenerys son lideres fuertes; su gente los ama, pero aun están divididos, les va a tomar mucho tiempo a los Norteños aceptarla como su Reina. Después de su experiencia con gobernantes del Sur va a ser duro para ella ganarse su confianza y lealtad,— explicó Davos.
—Un matrimonio entre los dos sería un paso en la dirección correcta para remediar eso,— asintió Tyrion.
—Solo hay aspectos positivos si deciden casarse. Por un lado, el Norte tendría a uno de sus hijos sentado junto a la Reina en el Sur, eso aliviaría mucho la tensión que los Norteños sienten hacia ella, y si sobrevivimos la Larga Noche… ¿no sería buena idea que por una vez en su jodida existencia los Siete Reinos fueran gobernados por una mujer justa… y un hombre honorable?— preguntó Davos cuando entraron en el área de la herrería.
—He de admitir… hacen una hermosa pareja. Y tienes que admitirlo, no sería muy difícil convencerlos,— Tyrion rió para sí mismo.
—No son conocidos por ser sutiles,— rió Davos de vuelta, recordando todas las veces en el barco que vió a Jon tratando y fallando en dejar las habitaciones de la Reina tan silenciosamente como podía.
Era lindo a veces, hermoso otras, ciertamente le dió a Davos la esperanza de que dos buenas personas enamoradas pudieran traer un verdadero cambian al Reino si se les daba la oportunidad. Jon era un hombre noble y honorable, pero tenía la desagradable costumbre de ser pasivo cuando afrontaba ciertos problemas. Daenerys era amable y justa, pero tenía un problema de impulsos y la costumbre de ser despiadada con sus enemigos.
Ambos eran buenas personas en sus núcleos, pero tenían defectos como cualquier otro.
Lo que le daba esperanza a Davos era que juntos se equilibraban el uno al otro. Ella lo llenaba con un fuego que incluso los Dragones no podían igualar, mientras él la templaba y traía hielo a sus ardientes impulsos. Juntos hacían una gran pareja, individualmente reían grandes gobernantes, pero juntos, como Rey y Reina, podía cambiar los reinos para mejor.
Era un pensamiento alentador.
—Supongo que si Varys estuviera aquí, nos daría una broma ingeniosa sobre como el amor no tiene sentido, o sobre como son tontos por tener sentimientos el uno por el otro,— sonrió Tyrion para sí mismo.
—Entones supongo que es algo bueno que este en Dragonstone, siendo útil,— respondió Davos.
—Tenemos que creer en ellos Davos, si no lo hacemos… entonces no estaríamos haciendo nuestro trabajo,— continuó Tyrion.
—Si, la creencia es algo importante para gobernantes como ellos, pero tenemos que darles espacio para que tomen sus propias desiciones. Necesitan nuestro concejo, pero no son marionetas para ser controlados,— respondió Davos con una mirada cortante.
—¿Por qué siento que eso va dirigido a mí?— contestó Tyrion.
—No solo a ti, a Varys también. Están tan acostumbrados a aconsejar a gobernantes con malas intenciones y locura llenado sus mentes, que no están aconcejandola de la forma que deberían. Los asesores deben dar concejos, no intimidar a sus Reyes y Reinas para someterlos y después sorprenderse cuando ellos muestran disgusto cuando sus concejos les hicieron mal,— continuó Davos mientras avanzaban por las almenas.
—¿Por qué estas diciéndome esto?— preguntó Tyrion.
—Porque se me ocurrió que nuestra Reina se encuentra en un ambiente muy hostil; he visto lo que lugares así pueden hacer a buenos gobernantes, con buenas intenciones. Es difícil de entender cómo los Reyes y Reinas piensan y toman sus decisiones, créeme, tengo problemas para entender a Jon la mayor parte de los días, pero cada vez que lo cuestiono, me demuestra que me equivoque en hacerlo. Daenerys es lo mismo… ella necesita asesores leales que puedan apoyarla cuando las cosas parecen difíciles, pero también necesitamos saber cuando dar un paso atrás y dejarlos hacer lo que necesitan hacer,— respondió Davos.
Tyrion entendió la importancia de la sabiduría que venía con la edad, Davos había llevado un larga vida, y había visto mucho. Sirvió a Stannis Baratheon, un hombre que se aprecia mucho a la mezcla entre Jon y Dany. El Rey Baratheon era despiadado cuando necesitas serlo, como Daenerys, y era un hombre con honor y principios, como Jon.
Tyrion podía ver porque Davos veía a Jon y Daenerys como un recordatorio de su antiguo Rey. Muy en el fondo, Tyrion deseaba haber servido a un Rey digno de su conejo antes de servir a Daenerys, así estaría mejor preparado para el desafío de aconsejar a un buen líder.
Joffrey no era un buen líder; siete infiernos, no era un líder en lo absoluto, solo un hijo de puta cruel que disfrutaba viendo sufrir a otros. Stannis, con todos sus defectos, al menos era un líder, así que Davos entendía que los gobernantes no apreciaban que se le hablara con niños que no saben lo que hacen.
—Lo se… desde que regresé a casa, la mayoría de mis desiciones han llevado al desastre. No soy un hombre militar Davos, no tengo idea de cómo conquistar Poniente, todo lo que sé de mi tiempo como Mano de Joffrey, fue como evitar que la ciudad se desgarrara a sí misma,— respondió Tyrion.
—Bueno, Jon es experto en la guerra… como lo son muchos de lo Señores aquí en Winterfell, como lo son muchos de los Señores que vienen en camino de las Tierras del Oeste, por lo que he escuchado. Parece que lo único que tenemos que hacer es guiarlos hacia el gobernante correcto,— sonrió Davos.
—Eso es cierto. Cersei no vendrá al Norte, eso lo sé. Así que mientras los Señores de las Tierras del Oeste y el Norte están en la presencia de Jon y Daenerys… tal vez sería bueno sí sus lealtades… ¿cambiaran?— sonrió Tyrion.
—Me gusta cómo piensa, Lord Mano,— sonrío Davos de vuelta.
Los cielos sobre Dragonstone solían ser más claros de lo que eran ahora, ni una pulgada de cielo azul se podía ver ahora que el Invierno comenzaba a surtir un lento efecto sobre la mayoría de los reinos del Sur. La playa de Dragonstone siempre había sido ventosa, el clima más frió ciertamente no iban a ayudar con eso.
Un solo bote de remos llegó a las playas, dentro habían 6 hombres, todos armados y vistiendo pesadas capas.
Esperando en la playa, estaba un pequeño contingente de Inmaculados, de los miles que fueron al Norte, solo 100 se quedaron para mantener la isla de Dragonstone segura. De pie entre ellos, estaba la Araña en persona, Lord Varys, el Consejero de Rumores de la Reina Daenerys.
El bote se detuvo, y el mas grande de los hombres saltó por el costado, pesadas botas de cuero aplastando la arena húmeda debajo. Quitándose la capucha y frotando el agua de mar de su mostacho, estaba el Jabalí mismo, Lyle Crakehall.
No estaba adornado con su armadura plateada y sello familiar como de costumbre, en su lugar vestía simples pieles marrones de combate, ligeras y con fácil movimiento, también hacían que resaltara menos.
Había sido enviado a Dragonstone por su padre para hablar con Lord Varys. Lyle era un honorable caballero y un probado comandante en batalla. Tenía una mente afilada cuando se trataba de tácticas, y era muy valorado en las Tierras del Oeste. Sin Ser Jaime ahí, Lyle era lo más cercano al hijo favorito que tenían las Tierras del Oeste. Era fuerte, honorable, afilado como un cuchillo e incluso, aunque algunos lo veían como un bruto, era noble y feroz, tanto como un hombre de las Tierras del Oeste podía serlo.
Era la encarnación de las palabras de su Casas, "Ninguno más Fiero", mas alto que todos los presentes con un rostro lleno de cicatrices de batalla y una melena de cabello negro. A su lado estaba una espada larga y una maza, había venido preparado.
—Bienvenido a Dragonstone, Lord Crakehall,— Varys se inclino cortezmente.
—Lord Varys… gracias por invitarme,— respondió Lyle mirando de un lado al otro, entre todos los Inmaculados presentes.
—Confío en que mi mensaje los encontró sin problemas a su padre y a usted,— Varys sonrió.
—A mi padre, y a la mayoría de los Señores de las Tierras del Oeste,— respondió Lyle.
—Un gran riesgo, pero como siempre lo he dicho, grandes riesgos llevan a grandes recompensas,— sonrió Varys de vuelta.
Lyle solo pudo entrecerrar los ojos sospechosamente, mientras fueron de una tropa de Inmaculados, a otra. Había escuchado historias de la Araña, que era uno de los más listos e inteligentes hombres en el reino. Los únicos que alguna vez se acercaron a su intelecto fueron Lord Baelish, Lord Tyrion y el gran Lord Tywin. Ahora, mientras los últimos dos eran Señores de las Tierras del Oeste y podrían de alguna forma ser confiables, Baelish y Varys eran mentirosos, manipuladores; nunca hicieron algo sin motivos ocultos.
Enviar ese mensaje fue un gran riesgo, es cierto. No solo para Varys, pero para todos los Señores de las Tierras del Oeste. Solo un traidor en medio de ellos hacia falta para que el mensaje llegara a Cersei, pero solo Lyle, Leo Lefford y Roland Crakehall habían leído el rollo.
Los detalles eran borrosos en el mejor de los casos, y el descontento de los Señores de del Oeste crecían cada día. Cersei no había hecho nada para ganarse su fidelidad, todo lo que hacía era sentarse en el Trono que su difunto esposo había ganado y perdido al morir por un jabalí. Ella había tratado de unirlos alimentando su amor por su país, advirtiéndoles sobre invasores foráneos, mientras, todo el tiempo planeaba hacer alianzas con los Hijos del Hierro y mercenarios de Essos que peleaban por oro, no por lealtad.
Esa era la razón por la que su padre lo había mandado a Dragonstone. Era el comandante más joven de las Tierras del Oeste junto con Ser Jaime; era su futuro.
—¿No va a pedir mis armas?— preguntó Lyle después de un largo silencio.
—Oh, creo que esas solicitud es increíblemente innecesaria. No soy mas que un humilde eunuco en servicio de la Reina, mientras usted, Ser Crakehall, es un honorable caballero de los Siete Reinos, y la última vez que revise un verdadero caballero como usted no mancharía su espada con la sangre de un hombre que no puede defenderse a si mismo,— respondió Varys rápidamente con una sonrisa.
Varys sabía de que el título de caballero no significaba nada en la gran intriga de las cosas, pero también sabía cómo pensaban los hombres como Lyle. Era uno de los hombres criados con historias de Ser Duncan el alto y Aemon el Caballero Dragón, criado para creer en el honor, deber y lealtad. Era un hombre que prefería caer en batalla contras mieles, en lugar de deshonrarse a sí mismo con la sangre de uno que no pudiera defenderse. Era un pensamiento reconfortante, no tener que preocuparte por tu vida en presencia de un asesinó bien entrenado.
Ser Lyle era muy parecido a los Norteños, su sentido de lealtad y deber le daban un desventaja sustancial en el jugo de tronos. Habían muchos caballeros en el reino que Varys sabía que no mantenían los ideales de lealtad, deber y honor en tal alta estima. Ser Meryn Trant, Ser Gregor Clegane, Ser Illyn Payne, casi todos los caballeros de la guardia Real de Cersei, nada mas que asesinos a sangre fría en una bonita armadura.
Ser Lyle era miembro de un raza moribunda. Una raza que podría ayudar a los Siete Reinos volver a su grandeza, bajo el reinado correcto, claro.
Lyle confirmó los pensamientos de Varys cuando esbozo una sonrisa y le dió un profunda risa, los otros hombre de Crakehall dejaron el bote para unirse a su Señor.
—Es tan rápido como dicen, Lord Varys… por favor, señale el camino,— sonrió Lyle.
Muy pronto, Lyle se encontró de pie en la Sala de la Mesa Pintada, la sala en donde Aegon el Conquistador planeo su conquista de los Siete Reinos. Es lógico que su último descendiente haya usado este lugar para llevar a acabo su retoma de los mismos reinos.
—Su mensaje tuvo a mi padre tambaleándose por días, Loras Varys,— dijo Lyle mientras corría las manos sobre la sección de la mesa que representaba Kings Landing.
—Me alegra poder seguir teniendo ese efecto sobre hombres poderosos, mi Señor,— Varys se sentó cerca, los brazos aun dentro de las mangas de su túnica.
—Entiende que su mensaje puede haber puesto la vida de mi padre, Lord Lefford y todos los Señores de las Tierras del Oeste en peligro, ¿cierto?— preguntó Lyle con sus manos descansando sobre la Mesa Pintada.
—Su padre, Lord Lefford y todos los Señores de las Tierras del Oeste ya estaban en peligro, mi Señor. Habían hablado en contra de la Reina Cersei en medio de la Sala del Trono llena. Mis pequeños pajaritos estaba viendo eso pasar, y puede apostar que los pequeños pajaritos de Cersei estaban observando de cerca su conversación en la sala de reuniones,— respondió Varys rápida y elegantemente como solía hacerlo.
El color desapareció del rostro de Lyle, había dejado a su padre y Lord Lefford en Kings Landing, justo en medio del pozo de la serpiente. Los ejércitos de las Tierras del Oeste aun permanecían en el Oeste y nada se interponía entre el padre de Lyle, Roland y Leo Lefford.
La Casa Lefford y Casa Crakehall eran las siguientes más grandes potencias en las Tierras del Oeste después de la Casa Lannister. Ahora sin Tywin, Tyrion en el Norte y Jaime dirigiéndose hacia ella, la Casa Lannister era un caparazón amargo de lo que solía ser.
Lyle recordó las palabras que había leído en el pergamino que le fue dado a su padre y Lord Lefford, toda su simplicidad ahora tenía sentido.
Lord Roland de la Casas Crakehall, Lord Leo de la Casa Lefford, Señores de las Tierras del Oeste. Les traigo este mensaje con la esperanza de encontrarlos bien, y para ofrecer una alternativa al amargo, cruel reinado en el que se encuentran.
Hubo un tiempo en el que se arrodillaron ante los Dragones, en donde los Leones en el Oeste mantuvieron la paz entre sus tierras, cuando los Lobos en el Norte, el Ciervos en el Este y las Serpientes en el Sur se arrodillaron ante su poder y soberanía. Ahora la amenaza en el Lejano Norte, una amenaza conocida por Ser Jaime Lannister, hijo de su Lord Tywin, él que esta siendo cuestionado por su llamada "Reina".
La incompetencia ciega no debe ser recompensada con lealtad, tampoco el impudente peligro con la vida. Las vidas de sus familias, su gente, la gente de Poniente misma instan en gran peligro. Tel vez sea hora de que un Dragón gobierne nuevamente.
Si mi oferta les interesa, envíen a el Jabalí a las costas de Dragonstone para hablar sobre los términos. Ninguno daño sufrirá su hijo favorito, sus palabras serán protegidas bajo el estandarte de tregua que la Reina Cersei decidió ignorar al negarse a enviar a sus ejércitos al Norte.
Lord Varys, Consejero de Rumores de la Reina Daenerys de la Casa Targaryen, primera de su nombre, Protectora del Reino.
—¿Por qué no pediste que viniéramos los tres? ¿Y los otros Señores? Solo pediste por mí en el pergamino, ¿POR QUÉ?— cuestionó Lyle, golpeando la Mesa Pintada con la mano.
Lyle esta visiblemente conmocionado, no era un político, era un guerrero, un caballero simple y llanamente. No creía en el Juego de Tronos y no entendía los apuñalamientos por la espalda que venían con él. Así que, escuchar noticias como estas, que su padre y los otros Señores pueden haber estado en peligro lo sacudieron hasta su núcleo, peor que cualquier flecha o rayo de ballesta.
—Es el futuro de su Casa, Ser Lyle. Su padre lo sabía y Lord Lefford tiene una hija en Golden Tooth que tomaría su lugar si muriese. Su padre no es un experto en el Juego, pero sabía que en cuanto habló en contra de la Reina, su vida estaba perdida. Tú no hablaste en contra de Cersei, ella lo vera como un activo valioso, incluso con la muerte de su padre,— explicó Varys antes de ponerse de pie y acercarse al Jabalí.
Varys estaba en lo cierto, después de la Guerra de los Cinco Reyes, el asedio a Aguasdulces y las refriegas contras los Dothraki de la Reina Dragón, solo Lyle había sobrevivido como el heredero de Crakehall. Su hermano mayor Tybolt había muerto en la guerra con un disparo perdido de ballesta en el cuello, mientras su hermano menor, Merlon, su cabeza fue removida de sus hombros por un guerrero Dothraki que Lyle despacho en venganza. Su tío Burton fue asesinado por el Señor del Relámpago, Beric Dondarrion y la Hermandad sin Estandartes.
Lyle era el ultimo mojo vivo de la Casa Crakehall, su padre era viejo y estaba cansado de pelear. Tenía sentido porque Roland lo querría en otro lugar y no en el pozo de serpientes que era Kings Landing.
—Habla como su mi padre y Lord Lefford ya estuvieran muertos,— dijo Lyle, sus ojos fijos en King Landing. Sus pensamientos se llenaron con visiones de la sonriente perra rubia que se hacía llamar Reina, esa sanguijuela marchita que se llamaba su Mano, la abominación que se hacia pasar como caballero y la escoria de la Rata de Mar que pensaba en si mismo con Rey.
—Mis pequeños pajaritos cantan libremente y con frecuencia. Ya hay planes que conciernen a su padre y los otros Señores de las Tierras del Oeste que permanecen en la capital. Tú, la hija de Lord Lefford, los otros hijos de las grandes casas de las Tierras del Oeste deben mantearse con vida… todo bien acomodado para que Cersei haga su voluntad,— explicó Varys con tono suave antes de entregarle un pergamino a Lyle.
El Jabalí miró el pergamino y reconoció el sello sobre él. El sello de un Jabalí, el sello de su Casa. Rápidamente, Lyle tomó el pergamino y comenzó a leerlo, Varys podía ser un buen maestro de Rumores y un mentiroso con talento.
Pero el pergamino estaba escrito con la letra de su padre, sus palabras, no eran fáciles de replicar. Los ojos de Lyle se agrandaron mientras leía el mensaje, con cada frase su respiración se volvía mas irregular y su corazón se apretaba.
Hijo mío, escribo esto con la esperanza de que llegue a Dragonstone la mañana de tu arribo. Las paredes de Kings Landing tiene oídos, muchos de ellos leales a la mujer demente que se sienta en la silla de Aegon. Cuando hablé en contra de ella, firme la sentencia de mi propia muerte, sé que mi tiempo en este mundo esta llegando a su fin. Pero esto no tiene porque ser el final de nuestra Casa o nuestra gente.
No conozco a la Reina Dragón o al Rey Lobo en el Norte, pero conozco a Ser Jaime, a pesar de su reputación como Matarreyes siempre ha hecho que es mejor para el reino. Es un hombre de honor y si considera que Daenerys es digna de confianza, entonces también nosotros deberíamos.
Hay muchas cosas que jamás te he dicho, hijo mío. Nunca fuiste el mayor, nunca el más brillante de nuestra Casa, pero siempre te amé. Cuando perdía tu madre, tu tío y ambos de tus hermanos olvide decirte eso… olvide darte el amor que un padre debería dar a su hijo a cada paso. Pero con cada batalla que ganaste, cada logro que obtuviste, más orgulloso me hacías.
Ya he escuchado rumores de lo que la Reina tiene planeado para mí y los otros viejos Señores. No espero con ansias el horrible destino que ha planeado para nosotros, pero no me encogeré, ni huiré. Soy un Jabalí orgulloso del Oeste, mi destino servirá como testimonio de la verdad en la que nuestro Reino se ha convertido.
No exijo nada de ti, hijo mío, eres el líder de nuestra gente ahora, y confío en que tomes la decisión correcta. Me enfrento a mí muerto con la cabeza en alto, sabiendo que me harás sentir orgulloso.
Roland Crakehall, Señor de Crakehall. Ninguno más fiero.
Mientras Lyle leía las ultimas palabras que escucharía de su padre, una solitaria lagrima bajó por su mejilla y cayo sobre la Mesa Pintada.
Varys podía ver las emociones corriendo por el joven caballero mientras leía. No le dio ninguna alegría ver a un hijo darse cuenta del destino de su padre, pero era necesario.
El puño de Lyle se apretó tan fuerte que amenazo con sangrar. Después de toda la sangre que la gente de las Tierras del Oeste había derramado por Cersei, después de todos los siglos de lealtad y sacrificio, ¿así es cómo recompensaba a su familia? Las palabras de su padre hicieron eco en su cabeza, los hombre de las Tierras del Oeste jamas seguirían a Cersei después de una traición como esta.
—Ella… no es mi Reina,— gruñó Lyle.
—Mis más sinceras condolencias, mi Señor— Varys inclinó la cabeza.
—Lord Varys, ¿tiene pajareras?— preguntó Lyle, poniéndose de pie derecho, recuperando su compostura.
—Sería un mal Maestro de Susurros sin una pajarera,— contestó Varys con una sonrisa de complicidad.
—Transcriba el mensaje de mi padre y envíelo a todo Señor de Poniente. Envíelo a las Tierras del Oeste, a las Tierras de los Ríos, las Tierras de las Tormentas, a todos lados con ojos y oídos para recibirlo,— Lyle le entrego el pergamino de vuelta a Varys y comenzó a salir de la habitación.
—Mi Señor, ¿qué hará?— preguntó Varys con el pergamino aún en sus manos.
—Mis hombres son una fuerza de 3,000, haré lo que creo correcto… marcharé hacia el Norte,— dijo Lyle con una voz fuerte, digna de su apodo. El Jabalí se volteo y dejo la habitación de la Mesa Pintada, con propósito en sus pasos y confianza en su resolución.
Varys se quedo ahí, con el mensaje aun en sus dedos. Con una sonrisa genuina comenzó a caminar hacia sus aposentos, en donde podría comenzar a transcribir y enviar las ultimas palabras de Roland Crakehall. A veces disfrutaba mucho del juego, especialmente si estaba en el lado correcto.
La luz penetró en las celdas cómo una explosión de Fuego de Dragón, los ojos se estrecharon, mientas la luz del sol amenazaba con cegar a los dos hombres encadenados en sus celdas.
Roland Crakehall y Leo Lefford se sentaron ahí en sus celadas, encadenados y esposados. Sus túnicas, una vez opulentos y señoriales, ahora estaban sucias de barro y tierra. Los dos hombres viejos había estado esperando esto por días, cuando cuatro hombres en armadura de los Lannister marcharon hacia sus celdas, seguidos por un solo Guardia de la Reina y la Mano de la Reina, Qyburn.
—Mis Señores… es tiempo,— Qyburn sonrió.
Leo y Roland se dieron una mirada solemne de comprensión. Habían pasado los últimos días revolcándose en la suciedad, pero también habían pasado esos días hablando de los buenos tiempos. Hablando de los hijos que dejaban para continuar en su lugar, como conocieron a sus esposas, las grandes risas que tuvieron con sus amigos y vasallos.
Pero ahora, era tiempo para qué se encontraran con sus destinos.
En minutos, Roland y Leo se encontraron en la plaza de la ciudad. Ciudadanos reunidos por miles, sus ropas harapientas, manchadas de barro y tierra como la de los Señores. Dos lineas entras de hombre Lannister y capas doradas se interponían entre la multitud y el bloque del verdugo.
Ahí de pie, estaba el heraldo de la muerte, Ser Ilyn Payne, vistiendo una negra capucha y sosteniendo una espada de gran tamaño en sus manos. De pie hasta arriba de los escalones estaba Cersei, portando la misma sonrisa satisfecha que molestaba tanto a Roland. A un lado de ella estaba el monstruo que alguna vez había sido Gregor Clegane.
Roland no sabía quién de ellos lo haría, todo lo que sabía era que los dos hombres eran meros perros falderos de la "Reina".
Euron Greyjoy y Harry Strickland también estaban presentes, Euron con una mirada en el rostro de un niño listo para ser entretenido. Strickland viéndose profesional tanto como podía, sus manos detrás de la espalda y su postura erguida.
Roland vió que el bloque ya estaba manchado con sangre fresca, las suyas serían las últimas ejecuciones del día. Quien quiera que hayan sido los pobres idiotas que habían sido asesinados antes que ellos, ya se Señores que se opusieron a Cersei, caballeros que no siguieron las ordenes o ciudadanos que la habían disgustado de alguna forma, Roland lo no sabia, pero sentía pena por ellos.
—¡Traigan al traidor Leo Lefford hacia adelante!— anunció Qyburn.
Los hombres Lannister empujaron a Leo en su lugar detrás del bloque, sus manos y pies atados con cadenas. El traqueteo del acero creo un ambiente apropiado para la parodia que esto era.
—Esta acusado de traiciona contra la Reina Cersei de la Casa Lannister, Primera de su Nombre, Reina de los Ándalos y Rhoynar y los Primero Hombres, Lady de los Siete Reinos y Protectora del Reino. ¿Qué tiene para decir en su defensa?— anuncio en voz alta.
Leo miró a la multitud, viendo los rostros detonados y desinflados de todos los presentes. Esto no era justicia, era una demostración de la fuerza y poder de Cersei. Ejecuciones publicas eran comunes en esta sociedad, pero normalmente atraían a una multitud ansiosa de ver hacerse justicia.
Esta no era una de esas ocaciones.
—Toda mi vida hize lo que era mejor para mi gente. Seguí a Lord Tywin porque era lo mejor para mi gente, seguí a Ser Jaime porque era lo mejor para mi gente… pero tu…— Leo volteó y miró a Cersei directo a los ojos.
—…Tu no eres mi Reina,— escupió antes arrodillarse voluntariamente y poner su cuello en el bloque.
La presumida sonrisa de Cersei se convirtió en un ceño fruncido mientras se volteaba hacia Ser Ilyn quien ya estaba a medio levantar de su gran espada antes de que Cersei hablara.
—Yo, Cersei de la Casa Lannister, Primera de su Nombre, Reina de los Ándalos y Rhoynar y los Primero Hombres, Lady de los Siete Reinos y Protectora del Reino, ¡te sentencio a morir! Ser Ilyn, esta escoria traidora no merece una muerte rápida… ¡corta sus manos y pies!— escupido Cersei con ojos salvajes.
Rugidos de protestas surgieron de la multitud mientras hombres y mujeres comenzaban a gritar de terror. Ser Ilyn asintió hacia los hombres Lannister quienes levantaron a Leo y colocaron sus aun encadenadas manos en el bloque, en lugar de de su cabeza. Leo vi aterrorizado cuando Ilyn levantó las espada y la dejó caer sobre sus manos.
Con un destello de acero y rojo, las manos de Leo cayeron al cuelo, dejando dos muñones sangrientos en su lugar.
—¡AAAAAAAAAGH!— gritó Leo al tope de sus pulmones mientras la sangre roja carmesí brotaba de sus brazos sin manos. Los hombres Lannister estaban horrorizados por esto mientras daban unos pasas atrás, al ver a Leo gritar en agonía cuando perdió ambas manos.
—¡AHORA SUS PIES!— ordeno Cersei a los hombres Lannister que parecían conmocionados por la vista de uno de sus Señores gritando por haber perdido sus manos.
Dos soldados de la Compañía Dorada se aproximaron, desplazando a los hombres Lannister a un lado y sosteniendo los pies de Lefford. Quintando sus botas y las cadenas de sus pies, colocaron cada pie en el bloque y esperaron a que Ilyn blandiera la espada otra vez.
Dos cortes separados, y Leo se quedo sin manos y pies. Roland solo podía mirar horrorizado mientras su amigo de tantos años era brutalmente mutilado frente a sus ojos. La gente en la multitud estaba temblando y gritando aterrorizados mientras la ejecución se transformaba en una mutilación.
—¡NO! ¡No es suficiente, Ser Ilyn! ¡Corte pieza tras pieza de esta miserable traidor! ¡No quiero que su familia reconozca el cuerpo de este traidor cuando se los mande! ¡Saca sus ojos, su lengua, deja un cadáver destrozado que ni siquiera los gusanos quieran darse un festín con él!— Cersei gruño como una bestia, su compostura real remplazada por una mujer completamente loca.
Ser Ilyn sacó sus herramientas de tortura y se puso a trabajar en Lord Lefford.
Euron vió la forma en la que la multitud estaba reaccionando, miedo total. Miedo era algo que disfrutaba mucho, y sintió sus pantalones apretarse ante la vista de la gente gritando de miedo y terror.
—¡TU HIJA DE PUTA SIN CORAZÓN!— rugió Roland, los hombres Lannister lo inmovilizaron cuando se lanzó hacia la Reina. Cersei miró a Roland cuando las palabras dejaron su boca, la boca de ella se torció mientras miraba a Gregor y sonrió.
—Ser Gregor… destruyelo,— ordenó.
La Montaña bajó los escalones hacia Roland, ninguna de sus manos iban hacia la gran espada enfundada. Las manos en armadura del enorme caballero de flexionaron y los nudillos se tronaron mientras se aproximaba.
Roland había visto lo que la Montaña le había hecho a Oberyn Martell con esas manos. Lo que venía no iba a ser una muerte indolora, supo esto el momento en que los hombres Lannister lo arrinconaron en sus aposentos. Pero Roland Crakehall no iba a estremecerse, no se agacharía y correría como un cobarde. Era un Jabalí, un Crakehall, descendiente de los Primeros Hombres, un orgulloso guerrero. Se encontraría con la muerte de frente, con su compostura de Lord intacta.
Las manos de la Montaña agarraron a Roland por los brazos y lo levantaron a un pie del suelo. Los grilletes se sacudieron mientras lo hacia, y Gregor comenzó a jalar. Roland sintió las articulaciones de sus brazos desprenderse y sus ligamentos comenzaron a desgarrarse.
Músculo y piel comenzaron a ceder cuando los brazos de Roland se desprendieron de sus cuencas. Los huesos de sus brazos comenzaron a romperse bajo el agarre de hierro del monstruo que antes era conocido como Gregor Clegane. Con su último aliento, Roland dejo salir un largo y poderoso grito con las palabras de su Casa.
—¡NINGUNO… MAS… FIERO!—rigió antes de que sus gritos se ahogaran por el sonido de la piel desgarrándose y el chapoteo de la sangre.
Los brazos de Roland fueron arrancados de su cuerpo, sangre y carne suelta salpicaron todo debajo de él, manchando el piso de de rojo, mas de lo que jamas estuvo. Abajo en la calle, la gente estaba vomitando y llorando lagrimas de puro terror, de ser gobernado por semejante monstruo.
Roland cayó de rodillas, su conciencia desvaneciéndose con un dolor increíble y perdida de sangre.
Pero cuando Gregor Clegane alcanzo su cabeza, sus ojos comenzaron a cerrarse, su visión se torno borrosa, y la ultima visión de Roland Crakehall no fue la vista de la Montaña extendiéndose hacia adelante para romper su craneo como un huevo.
Fue su difunta esposa, alcanzando con sus suaves manos, una suave sonrisa adornando su rostro y sus largos mechones negros ondeando con el viento. Lo había estado esperando por mucho tiempo, y ahora él habla vuelto con ella.
Roland Crakehall no había vivido lo suficiente para sentir su cabeza dividirse por las manos de Gregor Clegane.
Cersei Lannister, de pie con una sonrisa enloquecida en el rostro, no entendía la gravedad de sus acciones. Con el brutal asesinato de Leo Lefford y Roland Crakehall, había tirado la lealtad de las Casas de las Tierras del Oeste.
Había descendido por el obscuro camino que muchos gobernantes solían tomar.
Estaba perfecta y verdaderamente perdida.
Pues si, era Benjen :)
Y ¿Qué piensan de esta última escena? ahora sí, Cersei se volvió total y completamente loca.
Solo les adelanto que el siguiente capítulo tiene mucho sobre Dragones y jinetes :)
Por cierto, ¿alguno de de ustedes escucho la canción del capitulo pasado "Stay a Thousand Years"? ¿Qué les pareció?
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