Enredado en las palabras
Fatum: (Latín) El destino que tenemos al nacer. Propuesta por HikariCaelum
8.
Koromon suspiró. El silencio había llenado el aire cuando Tokomon hizo la pregunta que estaba en la mente de todos ellos y parecía negarse a dejarlos.
Las noches no eran frías todavía pero pronto el clima cambiaría. Él tenía conciencia del paso del tiempo por esos pequeños cambios que se sucedían. A veces era la brisa, que susurraba el paso de los días. En ocasiones era la lluvia, llorando los momentos olvidados y lamento fugaz de la espera. Alguna que otra vez, él se había perdido con los cambios en las estrellas.
Koromon pensaba que, con todo, no estaba tan mal: no estaba solo. En esa espera que por momentos se le aparecía interminable, infinita, tenía compañía.
Tsunomon cerró los ojos un momento, como si la frustración de Koromon hubiese contaminado su suspiro y llenado el aire, extendiendo la desazón. Tanemon bostezó, ajena como a veces estaba, y luego se acurrucó más cerca de Pyokomon, haciéndole cosquillas con sus hojas.
Tokomon estaba abatido en cuestión de minutos. Su cuerpo diminuto sacudido por algo más que la brisa ausente y la lluvia que no lloraba y Koromon tuvo el impulso de hablar, irrefrenable y furioso, emergiendo como lava ardiente desde lo más profundo.
—Ellos llegarán cuando deban llegar, solo debemos esperar —dijo, elevando los ojos hacia el cielo estrellado.
Uno a uno, en sincronía silenciosa, en intermitentes movimientos, seis digimons lo imitaron.
Koromon se preguntó brevemente cómo se verían desde arriba. Quería saber si formaban un círculo perfecto en ese preciso instante, si alguien estaba mirándolos. Quería saber si Taichi podía verlo, si podía sentir que lo llamaba desde el fondo de su corazón. Él no sabía quién era Taichi así como Bukamon no tenía idea de la forma de Jou. Ni Motimon, que tanto sabía, era capaz de asegurar si Koushiro sería o no más grande que un Kuwagamon.
No, no sabía mucho sobre Taichi más que sería alguien precioso para él, que ya estaba escrito en su código, en lo más hondo. Koromon sólo sabía que Taichi era su compañero, la mitad de su alma, y él lo esperaría sin importar lo que les guardase el futuro.
Koromon no preguntaba cuándo sucedería como lo hacía Tokomon: él no quería preguntarse, no quería darle entidad a la posibilidad que no sucedería lo que estaba anhelando. Taichi tendría que ir a buscarlo, tendría que ir a verlo. Él tenía que encontrase con Taichi, no, todos ellos deberían tener la oportunidad de conocer a sus compañeros. Ese era el destino que tenían escrito desde que habían abierto los ojos al mundo que no conocían del todo.
Por eso, por ellos, seguirían esperando.
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