Enredado en las palabras
Huraño: Que evita el trato con la gente. Propuesta por Selenee Nelia
13.
Yamato no esperaba encontrarla en el mismo lugar en el que la había visto la última vez, antes de entrar a la última clase.
La había reconocido a lo lejos por el opaco rosa que desentonaba con ella en más de un sentido y se quedó a mitad del patio, sin poder moverse. Congelado por un recuerdo, el llanto de ella había estado en el principio y en el final, a mitad del recorrido. Una constante, hubiera querido poder borrarla. En cierto modo, ellos eran amigos cercanos porque vivir en un mundo lleno de monstruos, al borde del peligro y con la oscuridad pisándole los talones no dejaba mucho margen para describir a tus camaradas más que justamente así. O tal vez la daba y solo funcionaba así en la mente de Yamato.
Simple y llanamente, no podía ignorar el impulso de acercarse aún cuando cada paso se sentía más difícil y más duro y el aire ensombrecido alrededor de ella le sabía amargo e incómodo. No era tan cercano a ella como lo era con Taichi y Sora, o incluso Jou pero Mimi, apagada como una flor marchita, le dejaba un peso desagradable en el estómago y en el pecho, que le recordaba ese sentimiento que las lágrimas de Takeru despertaban en su corazón.
Ella no levantó el rostro cuando sus sombras se cruzaron en el suelo.
—Vete.
Yamato sintió que se endurecía su espalda, él no lidiaba muy bien con el rechazo. Cerró sus dedos contra la armónica dormida en su bolsillo pero no respondió, ni con palabras o gestos hasta que Mimi alzó la vista, indignada en toda definición, y sus ojos se encontraron.
—Te dije que...
La ira se escurrió de su cara hasta dejar secas las huellas de sus viejas lágrimas.
—Yamato-san.
—Pensaste que era otra persona —replicó, escueto, conciso.
Mimi suspiró.
—Pensé que él le habría dicho algo a Jou-senpai.
No tenía idea a quién se refería pero el tono de Mimi no lo invitaba a preguntar. Sintiéndose repentinamente invasivo en ese paraje semi oculto del patio, se movió incómodo en la muda compañía de Mimi.
Dio un paso lento para irse, sintiendo que había fallado sin intentar, y no podía ser para menos si su presencia era más una excusa de patético consuelo a lo desconocido. Sora habría sabido qué hacer, seguro que Taichi habría tenido más iniciativa también.
Él, inmóvil, frustrado consigo mismo, se movió con incomodidad.
No podía irse.
—No tienes que quedarte si no quieres —le dijo Mimi, sus ojos estaban fijos en las sombras estiradas en el suelo.
Pero porque él era Yamato, y porque él sabía lo que significaba, hizo justamente eso. Se sentó en el otro extremo del banco, aún aferrado a su armónica y sus ojos se pasearon por el cielo como atraídos por el azul que reflejaban. Las nubes se movían en lento compás, en la melodía invisible del mundo girando en el universo y él podía perderse en ese ritmo de apariencia gentil.
—¿Los extrañas?
No tenía que preguntar a quiénes se refería.
—Todos los días.
Mimi se movió fugaz, difusa a su lado, distinguió su rosa desteñido por la esquina de su ojo. Para él, y su carácter huraño, la sinceridad al mirar a alguien a los ojos le cerraba la garganta. Por eso, Yamato no la miró. Con ella, lo cierto era lo contrario así que no le sorprendía que hubiese buscado la verdad en su mirada.
—¿Crees...? —Mimi dudó, encogiéndose en su lugar mientras luchaba con las palabras— Yamato-san, ¿crees que volveremos a verlos? Koushiro dice que...
Disgustada con Koushiro, por lo que sea que le haya dicho, Mimi parecía una niña triste en rosa desteñido.
—Él los extraña tanto como nosotros, Mimi-chan.
Ella torció el gesto y las palabras que no dejó escapar le humedecieron los ojos. Yamato se preguntó si Sora y Taichi estaban con Koushiro hablando en paralelo.
—No lo muestra de la misma forma que tú, pero eso no quiere decir que no lo sienta.
Él entendía sobre eso.
Mimi se enjugó los ojos, limpiando unas pocas lágrimas rebeldes que parecían incontenibles pero no rompió a llorar como él esperaba.
—Quiero volver a ver a Palmon y a los demás, a Ogremon y... Quiero verlos a todos.
—Lo sé.
—No quiero creer que no hay probabilidades.
Yamato sentía que podía recrear la discusión que habían tenido Koushiro y Mimi, por las palabras que sonaban ajenas en la voz de ella. Eran palabras de Koushiro fuera de contexto.
—Improbable no quiere decir imposible —susurró.
Por un instante, miró a Mimi y le dedicó una sonrisa para que pudiese ver la sinceridad que tanto le costaba, esa que regalaba a cuentagotas y que estaba reservada para sus casos excepcionales.
Tachikawa Mimi, con rosa desteñido, con lágrimas secas y tristeza solitaria, era uno de esos casos.
El gesto triste de Mimi mutó en una sonrisa tenue. Sus ojos se perdieron en una nube que le recordó a una flor y se le perdieron las palabras.
—Debería ir a disculparme con Koushiro.
Yamato se levantó con ella, sin decir palabra alguna, y Mimi parpadeó.
—Te acompaño.
Mimi sonrió un poco más.
Mientras se alejaban del rincón del patio, el sol que comenzaba a pintar al cielo de naranja como despedida, estiró las sombras en el suelo hasta que se cruzaron con otras, desdibujándose y confundiéndose. Ya no estaban solas.
