Para MonoAzul, ¡feliz cumpleaños!
Enredado en las palabras
Natsukashi (japonés): nostalgia feliz, es el instante en el que la memoria de repente te transporta a un recuerdo que te llena de dulzura. Propuesta por mí.
28.
—¡Mira, mami! Es un sombrero como el de tu foto. ¡Es como el que usabas en tus aventuras!
Su hijo estaba enamorado de esa historia, la que había sido de ellos cuando niños y que todavía permanecía como un precioso tesoro en la memoria, la que Takeru escribió y regaló a otros para que compartieran lo que descubrieron. Con ese libro, Takeru les dio palabras evocadoras de fantasías a un mundo que no conocía más que mitos.
Mimi estaba acostumbrada a las miradas, a la atención, por lo que no se incomodó cuando los clientes de la tienda se volvieron a mirarla gracias a su pequeño.
—¿Lo podemos comprar, mami?
Sus ojos se fijaron en el rosa del sombrero, rosa mimi, y en la forma que tenía. No era exactamente igual al que había tenido en la niñez, pero era lo suficientemente similar para despertar la nostalgia y traer recuerdos a la superficie. Era una imagen tan cercana que, sentía ella, podía tocarla. Había muchas memorias atadas entre sí, enredadas unas con otras.
I.
Sus padres le habían regalado el sombrero rosado sin otra razón que ver su sonrisa. Mimi había pasado una etapa mezclando películas de vaqueros con vestidos de princesa, teniendo aventuras con seres del espacio a medida que su unicornio la esperaba para llevarla al castillo de su príncipe azul, y a ninguno le sorprendió ver que para su campamento de verano, ella insistía en llevarse cosas de ambos mundos.
Su madre sonreía con orgullo, sus propias mezclas en comidas que le habían dado a Mimi el gusto de los huevos con nata después de todo, y su padre jamás tenía un negativa firme para su hija pequeña.
—Te ves hermosa —afirmó Satoe.
Mimi se ajustó los guantes que le habían comprado.
—Espero que te diviertas mucho en tu campamento —dijo Keisuke.
II.
Jou Kido, el niño a cargo de su grupo y que iba a sexto, le había dicho que tuviese cuidado con su sombrero cuando el viento lo arrastró hasta lo más alto de sus brazos podían alcanzar. Mimi sintió las lágrimas nublándole los ojos hasta que el sombrero cayó delante de sus pies. El niño con cabello revuelto de quinto, (¿Taichi? ¿Itachi?), ese que siempre estaba con Koushiro, le guiñaba un ojo desde lo alto y Jou lo regañaba por subirse entre las ramas.
—Ese niño —protestó Jou y levantó el sombrero del suelo para entregárselo. Su voz era más suave cuando hablaba con ella—. No lo vuelvas a perder, Mimi-kun.
III.
—¿Te gusta mi sombrero, Koushiro? No me has dicho nada sobre mi cambio.
Alzó los ojos de la pantalla y parpadeó.
—Estás... Muy rosa.
—¿Te gusta?
—¿Es rosa Mimi? Aunque el vestido es de un color diferente.
—¡¿Hay un color con mi nombre?!
—Eh...
IV.
—Me gusta tu sombrero.
Un niño de grandes ojos azules la miraba con atención. Lo había visto antes, en la llegada, pero no podía precisar su nombre y no recordaba haberlo visto antes de ese día. En ese refugio improvisado contra la nieve, ella no podía hacer mucho más que quedarse allí, esperando. Había otros niños también, conocía a la mayoría.
El comentario del desconocido le sacó una sonrisa.
—Muchas gracias —dijo, con orgullo.
—¿Eres una princesa vaquera?
—¡Takeru! —Alguien llamó y Mimi sí reconocía al niño mayor de su escuela. Iba a quinto y se apellidaba Ishida—. Por favor, no te alejes.
El pequeño bajó la cabeza. —Lo siento, oniichan.
Taichi abrió la puerta de la casita de madera.
V.
—¿Qué es eso que tienes en la cabeza? —preguntó Palmon, curiosa—. No son pétalos.
—Es un sombrero —respondió Mimi.
Palmon y Agumon miraron a Tentomon.
—Son cosas de humanos.
—Accesorios —puntualizó Mimi.
—Son accesorios de humanos —dijo Tentomon.
Los otros digimon intercambiaron miradas y movieron la cabeza, como si entendieran. Ella suspiró.
—En nuestro mundo usamos ropa —murmuró, exasperada—. Ustedes llamarían mucho la atención si estuviesen así… Así como están.
—¿Si vamos a tu mundo tendremos que usar sombreros como el tuyo, Mimi? —preguntó Palmon.
VI.
La tormenta de arena los había alejado un poco y Mimi se aferró a su sombrero de la misma forma que Takeru se aferró a Yamato. Quedaban muy pocos del grupo que eran al principio y Mimi sentía ganas de llorar al mirar hacia atrás. Todo había comenzado cuando perdieron a Taichi y no había dejado de empeorar desde que Sora los dejó.
Mimi no quería soltar su sombrero rosado.
VII.
Sora le había acariciado el cabello en la noche y le había dicho que era una niña buena. Mimi dejó su vestido de princesa en el olvido y en el castillo y se sumó a su grupo recién encontrado. El sombrero rosado se sentía como una fuente de confort. No dejaría que Taichi volviese a llamarla princesa.
VIII.
—Me gusta verte de nuevo con tu sombrero, Mimi.
Sora había tenido unos días difíciles y sus ojos parecían tristes. Mimi se acercó en medio de la melodía de la armónica y le tomó las manos.
—A mí me gusta verte de nuevo, Sora.
Si lloraron un poco, a nadie le importó.
IX.
—Sora-san también usa un sombrero.
—¿Y cuál te gusta más, Hikari-chan? —preguntó Mimi. Palmon se había quedado dormida en sus brazos durante su turno de vigilancia pero la hermana de Taichi se negaba a seguir su ejemplo.
Hikari sonrió.
—El de Takeru-kun.
No era la respuesta que esperaba pero considerando que era la hermana de Taichi…
X.
Recordaba el adiós, también. Que Palmon no había aparecido hasta el final. Que los digimons corrieron por la orilla y que agitaban los brazos en despedida. Que su sombrero estaba en lo alto del cielo de repente y luego…
Y luego el eclipse se los tragó.
