Capítulo 8


El silencio es tal que hasta el movimiento de los insectos nocturnos pueden escucharse.

— Rayos, espero no hacer mucho ruido — se escucha la voz de una joven hablar muy bajo. Una capucha cubre su rostro y casi todo su cuerpo —. Espero que jamás dude de mi amor.

Sin decir nada más, trepó un cerco y solo. Se puede escuchar el golpe seco de sus pies sobre la tierra. Escondiéndose lo mejor posible, revisa que nadie la pueda ver. Segura no ser vista, corre hacia un cuarto que parece a punto de caer. Al entrar puede ver una silueta en contra luz.

— Por fin estás aquí.

— Lo siento — responde ella —. Afuera parece un pueblo fantasma. ¿Sabes a qué se debe?

— No hablemos de eso — le corta el rollo —. Ven aquí.

Tomándola por la mano la jala contra si y la besa apasionadamente.

— Malachite...

— Te extrañe tanto, me moría por verte otra vez, temía que no regresaras.

— Aún trabajo para la misma empresa — dijo mientras pasaba sus manos tras el cuello del peliplata —. Ahí seguiré mientras me permita seguir mirándote. Aunque solo sea un par de meses al año.

— No quiero que dejes de vivir por mí — de un suave movimiento se soltó del agarre de la rubia —. Mina, su sabes que te amo, pero soy realista y sé que no puedo darte nada. Mucho menos siendo quién soy. Moría por verte de nuevo, pero…

— Es por eso que quiero pedirte que nos vayamos — dijo ella tomando el rostro de él logrando que sus miradas se conectaran —. Vámonos, escapemos. Iniciemos de nuevo, sé qué será difícil y tendremos muchos momentos donde no encontremos la salida, pero será solo al principio, sé que al final tendremos una recompensa. Por favor...

Malachite no dijo nada, la poca luz que entraba por las rendijas le permitía ver de manera tenue los ojos de Mina. Desde que la miro por primera vez quedó prendado de ella, pero fue cuando está apareció de la nada en el templo que supo que terminaría perdiendo la cabeza y la razón por ella.

Se acercó a ella y la besó. Dejando fluir todos los sentimientos que guardaba dentro, dejándose llevar por sus instintos cerrando una promesa destinada a no cumplirse.

— Que pesado es esto — se quejó Mina dejándose caer sobre la cama de su nueva amiga —. Jamás terminas de acostumbrarte, créeme. Las juntas siempre Durán horas y horas. No sé cómo logro no dormirme. Tres meses de juntas interminables.

— Bueno, pero según me has dicho también tiene sus recompensas — dijo Serena desabrochando el saco y colocándole sobre la silla del tocador — ¿Qué harás esta tarde?

— Ya lo sabes, esconderme por ahí para poder verlo en su recorrido. ¿Está vez vendrás conmigo o seguirás llorando en la orilla del mar?

— ¡Mina!

— ¿Qué? Sabes que es cierto — decía mientras se recargaba sobre ambos codos —. Aún no me has dicho porque lloras.

— Eso no es importante.

— Si tú lo dices... Entonces, ¿Me acompañaras? Anda, solo necesito verlo un momento y decirle que esta noche podremos vernos.

— Aun no entiendo cómo lo logran — Serena comenzaba a quitarse el calzado junto con las medias —. ¿No me habías mencionado algo sobre un voto de silencio?

— Si — respondió sacudiendo la mano como restándole importancia —. Pero después de todo lo que le han hecho pasar créeme que no le importa romper esa regla... Y otras más — su voz y mirada pícara, más el movimiento de sus cejas le dejaba claro a qué se refería.

— No tienes remedio — dijo Serena soltando una risita.

— Anda, vamos. Solo será cuestión de un minuto, incluso menos.

— Está bien — Mina salto sobre la cama lanzando un grito de victoria —. Pero que sea rápido.

— Entendido.

— Desde aquí podré verlo y el podrá verme. Es perfecto — declaró Mina sentándose sobre la silla mientras bebía un té —. Eres una buena compinche, Serena.

— Lo tomaré como un cumplido.

— ¡Justo a tiempo! Mira, se acercan.

A lo lejos, se podía observar como una fila de jóvenes, todos vestidos de gris caminaban en la cabeza gacha. Un tras de otro, sin perder el paso. Por la descripción de Mina sobre su amado pudo reconocerlo al instante. Parecía ser el más alto de todos. Mina rápidamente se colocó de cierta manera y giro su taza tomándola con la mano izquierda. Cuando volví mi vista hacia Malachite el volteo, cosa de un segundo o dos y siguió su camino. Pude ver una sonrisa en el rostro de Mina, definitivamente ellos tenían su propio idioma. Fue entonces que lo volví a ver, Darién iba atrás de todos, con la cabeza gacha, traté de no verlo, pero no pude. Algo dentro de mí se rompió al verlo de esa manera.

— Así que es el — la voz de Mina me saco de mi transe —. Sabía que era algo por el estilo… ya sabes, cuando te encontré llorando. Tu mirada era la misma que la mía cuando me di cuenta que me gustaba… ya sabes quién. Aunque no pensé que fuera el nuevo precisamente por quien llorabas.

Solo bajé la vista y comencé a jugar con la taza frente a mí.

— Ni siquiera tengo motivos para estar así, él y yo jamás fuimos algo, compartimos momentos como ir a comer, me llevaba a mi casa, pero nada más — deje escapar un suspiro y mire hacia el mar —. Jamás mostro interés en mí, solo me deja cautivar, supongo. Aunque, bueno, creo que eso queda de lado al ver lo que les ocurre a ellos.

— La verdad es muy triste, Malachite me ha contado como funciona todo eso y… ¡Santo cielo! Deberían encerrar a todas las familias, son unos dementes — voltee a verla curiosa —. Al parecer para poder venir aquí los hacen pasar por algo así como pruebas, físicas y espirituales. Una tontería… Malachite aún tiene marcas en su cuerpo. No le gusta hablar muchos sobre eso y lo puedo entender.

— ¿Por qué siguen con eso? — pregunte — ¿Por qué no dejar de hacerlo?

— No pueden, la mayoría viene aquí sacrificándose por decirlo de alguna manera, si no vienen ellos vendrá el hijo que nació después de ellos. Si alguno de aquí se fuera, otro vendría a remplazarlo.

— Los tratan como objetos…

— Son familias antiguas, horribles, inhumanos… es por eso que le pedí a Malachite huir — la miré totalmente sorprendida, la familia de Malachite era poderosa, igual que las demás. Retarlos de esa manera no era prudente, definitivamente no se quedarían de brazos cruzados —. Lo amo, nos amamos y por eso se lo pedí, aun no me responde, pero espero lo haga pronto. Ya tenemos un mes aquí y ya sabes, nuestros encuentros son contados. Tu deberías hacer lo mismo.

— ¿Yo?

— Si, busca al chico, ¿Cómo dices que se llama?

— Darién…

— Pues búscalo, has algo Serena, si te quedas ahí sentada llorando por el créeme, te arrepentirás toda tu vida.