Disclaimer: Los Simpson no me pertenece es propiedad de Matt Groening.
Palabra: Caramelo.
Summary: Moe intenta sacarle dinero al señor Burns. Tal vez no se vaya con las manos vacías.
Dos hombres y un frasco de caramelos rancios
Moe se encontraba en la oficina del señor Burns. Ese amplio salón con trampas desperdigadas por todas partes, que se podían activar tan sencilla y velozmente con solo apretar un botón. El cantinero tragó duro al imaginarlo, pero intentó concentrarse en la razón por la que estaba ahí parado, frente al hombre más rico de Spriengfield. El mismo que se encontraba escrutandolo como un ave rapaz a su insignificante presa. A su lado se encontraba Smithers quien le dio un saludo breve al verlo.
—Señor Burns, vine hasta aquí porque necesito dinero —Moe se rascaba el cuello, con algo de nerviosismo, al ver como el asistente le hacía señas desesperadas para que parara de hablar y corriera por su vida.
En realidad no lo necesitaba, no podía darse ningún lujo con lo que ganaba actualmente, sin embargo era suficiente para vivir. Solo pensó que sería una gran idea intentar usar las fechas navideñas a su favor para conmover al viejo.
—Smithers, ¿quién es ese vagabundo pestilente? —cuestionó con cierto tono despectivo.
—Es Moe Szyslak, mi antiguo socio en Mo's, ¿recuerda? —el aludido hizo esfuerzos por salvarle el pellejo.
—Oh —pareció meditar por un momento—. En ese caso, llene a ese hombre de fruición y obsequiele uno de nuestros bastoncillos de caramelo.
—Pero, señor, esos caramelos son de 1954.
—¡Dije que se los dé! —demandó el dueño de la planta nuclear removiéndose de su asiento visiblemente alterado.
Smithers asintió y no dijo nada, pero no pudo evitar proferir un leve gruñido en señal de desacuerdo, mientras se dirigía hacia Moe con un tarro de dulces con aspecto añejo. Estaban pegados todos entre sí, formando un gran homúnculo rojo y blanco desagradable.
—Muchas gracias —dijo el cantinero entre dientes, disimulando su disgusto—Bueno, ¿y qué hay del dinero?
Monty empezó a reír escandalosamente ante la propuesta de aquel joven. Cuando recuperó el aire, se removió un par de lágrimas de los ojos.
—Es muy jocoso, Szyslak —El anciano lo miraba severo ahora, tardó algunos minutos en caer en cuenta de que no bromeaba—Muy bien, temo que no podré darte lo que quieres, pero tal vez pueda ofrecerte algo diferente...
—Por favor, que no sean los perros, ya me han mordido al venir aquí y es muy doloroso.
El señor Burns dirigió su vista hacia Smithers, el cual parecía implorarle que no activara la trampa, a través de su expresión afligida. El hombre suspiró pesadamente.
—Usted gana, puede llevarse a mi fiel asistente para que le haga compañía esta noche, pero no obtendrá ni un solo centavo de mi parte.
—¡¿Qué?! —exclamaron casi al unísono, incrédulos.
—Pensé que ya habíamos hablado de no usarme para sus caprichos, señor.
—No es un capricho —sacó un contrato que tenía en el cajón, lo desenrrolló y luego apuntó un párrafo diminuto en el papel—Cuenta como acción benéfica, ¿ve?
Smithers se aproximó para verificar el documento, ignorando a Moe quien maldecía por lo bajo porque no obtendría su amado dinero.
—Temo que tiene razón, señor —Finalmente dijo, sintiéndose derrotado—Y yo debería repasar mejor sus contratos.
—Peor es nada —aceptó Moe encogiéndose de hombros y se acercó al asistente con una sonrisa cálida—¿Dónde te gustaría que saliéramos a cenar?
Smithers no supo muy bien como reaccionar, pero pensó que no sería tan horrible salir con alguien como Moe. Sabía que pese a todas sus peculiaridades era un buen sujeto.
—¿Qué tal La Trufa Dorada?
—Oh, ese lugar es muy elegante y huele bien, a diferencia de mi bar.
Waylon le dedicó una pequeña sonrisa, antes de apresurar el paso hasta llegar a las puertas que daban al pasillo de la central. Cuando estuvo ahí, le abrió la puerta a Moe.
El cantinero no recordaba que alguien, además de, quizá, Marge, hubiese actuado de forma tan gentil con él. Tal vez por eso no pudo evitar soltar una risita nerviosa y que al momento de agradecer lo hiciera con cierta timidez.
Una vez se despidieron de Burns, aunque también se podría decir que él terminó despidiéndolos, abandonaron el edificio.
En el cielo se veían solo un par de estrellas, además de tener aquella tonalidad ambigua que recibía antes de oscurecer de manera definitiva. Los postes de luz ya estaban encendidos y la calle no se encontraba concurrida. Todos debían estar en sus casas, celebrando con sus familiares.
Ambos intercambiaron algunos comentarios para ponerse al día con el otro después de haber cerrado Mo's. La conversación era amena.
—¿Ya puedo tirar esto? —dijo refiriéndose al frasco con la masa abominable que alguna vez fueron bastones de caramelo.
—Yo no lo haría, parecen ser una reliquia —bromeó Smithers.
Moe se echó a reír de forma despreocupada. Al final del día no había obtenido el dinero que quería, pero se iba con un frasco de caramelos rancios y una agradable compañía para pasar aquella Navidad. Y Moe estaba más que satisfecho con eso.
