N/A: Importante, este fanfic es continuación directa de "Dos hombres y un frasco de caramelos rancios", el capítulo anterior. Si se preguntan por qué está omitida la palabra "rancios", fue por falta de caracteres e-è.

Summary: Moe intenta no estropear su cena con Smithers, ¿lo logrará?


Una cita poco convencional


La Trufa Dorada lucía distinguido y pulcro como siempre. Había muchas mesas y la gran mayoría estaban siendo ocupadas por gente famosa o de alto nivel económico. Pero sin lugar a dudas, lo que más destacaba del sitio era la decoración que había sido colocada acorde a la época del año. Los manteles eran blancos y tenían motivos navideños dorados, los cuales combinaban con los lazos que adornaban las sillas. Y sobre cada mesa se podían apreciar un par de velas rojas con rayas blancas.

Moe y Smithers eligieron un lugar apartado, en una de las pocas mesas que quedaban. Era algo pequeña, pero servía para los dos.

Tomaron asiento y al poco rato apareció Luigi Risotto a atenderlos.

—¡No sabía que eras uno de ellos! —exclamó Luigi con su característico acento fingido italiano—Aunque siempre lo sospeché del buen Moe.

—¡No lo soy! Solo es una cena especial muy íntima entre dos amigos —aclaró refunfuñando y cruzándose de brazos—Además, tú ni siquiera trabajas aquí.

—Las cosas no han ido bien últimamente, así que ahora tengo dos trabajos—lamentó el chef con un semblante muy triste—Salvatore, traiga rápidini dos copas di vino ordinarias para la principessa* y el sapo.

—Maldito imbécil, te rompería la...

Quiso gritar una serie de improperios, pero se abstuvo porque el aludido ya estaba lejos.

—Lo siento por eso, Waylon, por cierto, no creo que esté mal tu, ehm, "estilo de vida" ni nada de eso, ni me incomoda estar cenando contigo, es solo que, pues, no me agrada... —Moe habló apresuradamente, pero se detuvo en seco cuando se percató de que Smithers arqueaba una ceja con un atisbo de reprobación en el rostro—Ay, mejor me callo y veo que hay en el menú.

Sonrió forzadamente y colocó la carta en frente suyo, cubriéndose completo, con la intención de esconderse. Estaba muy avergonzado, siempre se las arreglaba para hacer un comentario que terminaba siendo inadecuado, lo peor es que no parecía darse cuenta hasta que ya era muy tarde. De hecho, muchas de sus citas habían acabado mal, justo en aquel lugar por su impertinencia. Así que normalmente le arrojaban un vaso de vino o era abandonado con la excusa de "que tenían que ir al baño", para posteriormente nunca volver.

Para su suerte Smithers parecía ya haber olvidado el asunto. Tampoco era su pareja de todas formas, solo era un amigo, así que era una situación menos tensa y no tenía porqué medirse más de lo necesario. Sin embargo, no podía dejar de estar algo nervioso.

—La decoración es estupenda, ¿no te parece? —Interrumpió sus pensamientos, Waylon.

Moe dejó el menú a un lado y asintió. Intentó concentrarse en los adornos para dar una opinión más amplia al respecto, pero no pudo. Por alguna razón, se había plantado en él la inquietud de que Smithers terminaría dejándolo tirado. Y realmente no quería arruinarlo porque se sentía muy bien a su lado.

Contempló a Smithers, se fijó en como la luz de las velas Iluminaban sus ojos que se posaban con admiración en el árbol que había sido colocado al centro del lugar. Sus ojos no tenían nada de especial, pero su mirada siempre mantenía una serenidad que, ahora notaba, le contagiaba. Moe, por el contrario, poseía una más hosca y amenazante, parecía ser el tipo de persona que sacaría un arma en cualquier momento y te apuntaría con recelo. Y ciertamente era así.

Smithers no. Él resolvía las cosas con sensatez y rara vez lo veía perder sus estribos. Incluso cuando actuó como un idiota postulándose a alcalde, a costa de engañar a la gente, Smithers solo le reprendió, jamás recurrió a la violencia (aún si lo merecía). Ahora que divagaba, tal vez el hombre de lentes merecía más ese puesto que cualquiera. En cualquier caso, no es como si hubiesen opciones más competentes.

Además tenía mucho mejor presentación que Diamante en todo sentido. Incluso había sido él quien le había ayudado a escoger los trajes que comenzó a usar cuando eran socios. Habían sido buenos tiempos.

En ese entonces hacían una dupla perfecta. A Smithers se le daba muy bien convertir su basurero en un lugar sofisticado y él sabía como ahorrar de más.

Lastimosamente luego de su fraude, perdió a sus clientes y tuvo que cerrar el bar. Una vez más lo arruinaba todo. Y tal vez por eso le asustaba hacerlo ahora.

—Moe, ¿estás escuchándome?

—Sí, sí, claro, la decoración es excepcional —El cantinero rió rascando su cuello energéticamente.

Waylon estuvo a punto de corregirlo diciendo que, en realidad, hablaba de las manías del señor Burns y como había tenido que hacer cosas absurdas para satisfacerlas, pero no pudo porque, antes de decir palabra, ya venían a entregar sus respectivos platos.

El asistente se había limitado a pedir una ensalada variada, mientras que Moe había pedido un plato de spagueti. Smithers ya había empezado a comer, pero el cantinero aún no era capaz de probar bocado.

Este último había estado observando que la mesa era muy pequeña (incluso sus rodillas se rozaban un poco), así que cualquier movimiento en falso podría hacer que derramara ambos vasos o, peor, las velas, terminando en un desastre. Tenía que ser cuidadoso. Así que procuró tomar el tenedor con lentitud y proceder a comer de la misma forma. Si hacía todo a esa velocidad nada podría salir mal y podría calcular mejor cualquier acción.

Asimismo intentaba no hablar demasiado y dar respuestas escuetas a su acompañante para no dar pie a comentarios fuera de lugar. Pensaba que lo estaba haciendo bien, hasta que con horror se dio cuenta de un detalle.

—¡Estuve usando el tenedor del postre todo este tiempo! Soy un idiota —Moe había soltado el utencilio de forma repentina y se había agarrado la cabeza con las manos.

Smithers mentiría si dijera que no lo había notado antes. Anteriormente rememoraba aquel beso (que, por cierto, no había estado nada mal) y había sido inevitable no dirigir su mirada a los labios de Moe. En aquella instancia fue cuando se dio cuenta, pero tampoco le era relevante y creía que Syzslak exageraba. No era propio de él preocuparse por cosas así, ni hablar poco y, aunque no lo conocía lo suficiente, apostaría a que Moe era el tipo de persona que tendía a engullir la comida. Algo debía pasarle.

—Te noto extraño, ¿sucede algo? —cuestionó el hombre de lentes con una expresión que denotaba inquietud.

Moe exhaló un suspiro profundo. Dicidió que lo mejor sería que supiera.

—Bueno, te seré honesto, no quería arruinar la cena, así que me esforcé en no hacerlo. Al parecer, fallé... —se lamentó, se sentía incapaz de fijar su vista en su antiguo socio de negocios.

Waylon se enterneció. Apenas podía digerir todas las molestias que se había tomado para conseguir su objetivo. Pero desaprobaba que el cantinero no fuera como realmente era.

—Moe, no has arruinado nada, ha sido una maravillosa velada para mí... y me gustaría que de la misma manera lo fuera para ti —confesó colocando su mano en el antebrazo del otro hombre—Así que quiero que puedas sentirte cómodo conmigo.

Szyslak quedó tan conmovido que quiso besarlo, pero eso era gay, así que se limitó a darle las gracias.

—¡Qué lindo es el amore! ¡Un aplauso para estos gentili signori*! —Luigi apareció repentinamente de una de las columnas del lugar, llamando la atención de todos los presentes.

Los comensales comenzaron a aplaudir y los vitorearon, unos cuantos pidieron el beso. Todo esto seguido de algunos destellos cegadores producto de una cámara. Al ver que no tenían ánimo de parar, Waylon tomó a Moe de la muñeca y corrió raudo hasta salir del lugar, atravesando el tumulto como pudo.

—Sube al auto —ordenó Smithers mientras abría la puerta de su coche y se introducía en él.

El cantinero no lo pensó dos veces y lo imitó. Se abrochó el cinturón y bajó la ventana, asomando un arma, que recientemente había sacado de su bolsillo, por ella.

—Moe, no creo que eso sea necesario —dijo el conductor, junto a un suave gruñido.

—Pensé que si ibas a infringir la ley, debíamos hacerlo juntos —al notar la confusión de su compañero, explicó—Lo digo porque ya van dos semáforos en rojo que pasas.

Waylon ahogó un gritó al tiempo que frenaba abruptamente. Para su fortuna, la calles parecían desiertas a esa hora y era muy tarde para que el jefe Górgory estuviese patrullando.

—Oh, justo en mi taberna, ¡gracias!

En efecto, había parado frente al lugar sin notarlo, algo conveniente, si se lo preguntaban.

Observó como el hombre bajaba de su auto y le sonreía.

—Fue una buena noche, creo que deberíamos hacerlo más seguido.

Smithers estuvo de acuerdo, pese a que sentía que el corazón se le iba a salir minutos antes y que tuvo que escapar de una situación social incómoda, fuera de eso, sí, había sido "una buena noche".

Para Moe esos problemas no le habían supuesto inconveniente, se alegraba de haberse ido sin pagar y si al final resultaba que salía su fotografía con el asistente de Burns, en un periódico de mala muerte, obtendría una jugosa publicidad a su bar, dejando las burlas de los muchachos a un lado.

No había sido una noche buena, había sido una perfecta. Lo mejor es que volvería a ver a Smithers de nuevo y no lo había arruinado.

Lo que Moe no sabía es que no había forma alguna de que lo estropeara, ya que Waylon comenzaba a tolerar sus manías tal y como lo hacía con el señor Burns.


Principessa: Princesa.

Gentili signori: Estimados señores.