Tres:

¿Quieres té con leche?

Estaba en un lugar precioso, un prado lleno de flores amarillas, con una luz dorada de atardecer. Estaba tumbada mirando algunas nubes esponjosas que pasaban lentamente. Cuando me giré a un costado, Quinn estaba allí, tumbada conmigo. Me sorprendí un poco, pero ella me sonrió y poco a poco se acercó más a mí. Primero me tocó el cabello, acariciándolo hacia atrás dulcemente. Movió su dedo pulgar y lo pasó por mis cejas lentamente, acercando su cuerpo al mío cada vez más. Bajó por la nariz sin dejar de mirarme con aquella mirada intensa y penetrante. Siguió por la mejilla hasta deslizarse lentamente en mis labios. Los rozó lentamente, varias veces, con aquél tacto eléctrico que me estaba volviendo loca. Finalmente deslizó su mano detrás de mi cabeza, suavemente, entrelazando sus dedos con mi cabello. Me apretó suave pero fuertemente hacia ella, y cuando estaba a punto de juntar sus labios con los míos… desperté.

Aquel fue el único sueño bonito que había podido tener en las a penas dos horas que había conseguido dormir. No me sentía bien del todo. Aquel sueño, a la vez de haber sido el más bonito que había tenido desde hacía mucho tiempo, me dejó una sensación extraña en el cuerpo. Las nubes que volvían a cubrir el cielo, no hacían más que acompañar mi estado de ánimo. Me sentía agotada y con los ojos hinchados. Ya hacía dos noches que no dormía bien. Me había pasado horas dibujando y escribiendo intentando conciliar el sueño, en vano. Las palabras de Quinn, pidiéndome que la dejara leer una de mis historias, me habían dado una gran motivación para seguir y aplicarme más que nunca. Por lo menos, la ceja iba curándose bien, y con un poco de suerte, no dejaría apenas cicatriz.

Las primeras horas de clase pasaron muy lentamente y me alegró escuchar la sirena que anunciaba el comienzo del recreo. Por lo menos estaba más cerca de la última clase, en la que estaría Quinn, y el simple hecho de pensar que la volvería a ver, me ponía nerviosa.

Cuando salí al patio, me senté como siempre en unos de los bancos más alejados del colegio, donde normalmente solían dejarme en paz, y esos escasos treinta minutos, los pasaba leyendo, escribiendo o dibujando, pero no sería el caso de ese día.

— ¿Qué haces aquí tan sola? —me saludó Santana en un tono forzado como si le hiciese ilusión verme, acompañada de sus perritos falderos.

Me tomaron completamente desprevenida. Estaba sumergida con uno de los dibujos que estaba acabando para una de mis historias, la que había empezado para Quinn, y ni siquiera vi que se acercaban. Intenté esconderlo disimuladamente antes de que Santana pudiese verlo, pero ya era tarde, y sin que pudiese darme cuenta, lo tomó.

— ¿Qué es esto? —curioseó maléficamente mientras lo ojeaba. — ¡Oh!, así que también dibujas, ¿eh?

La miré desafiante mientras me levantaba para intentar recuperar mi cuaderno. Intenté arrebatárselo, pero lo apartó, riéndose.

— Oh, ya veo. Quieres que te lo devuelva, ¿no? —y se burló mirando a las demás, que también rieron. —No sé, chicas, ¿qué les parece?

Se volvieron a reír. Intenté arrebatárselo de nuevo y nuevamente lo apartó. La rabia me estaba empezando a hervir la sangre, y tenía ganas de pegarle un puñetazo en toda la cara de maldita que tenía, pero sabía que no debía rebajarme a su nivel. Tenía que mantener la calma, sin mostrarles ni un signo de debilidad. Santana volvió a contemplar los dibujos, pasando las páginas con cara de desprecio.

— A mí me parece que son una basura. ¿Por qué querrías tener esta mierda? —bufó arrancando una de las páginas y rompiéndola por la mitad mientras soltaba su irritante risa.

Vi, con dolor, cómo arrancaba varias páginas, y poco a poco las iba rompiendo. Mis dibujos iban cayendo al suelo hecho añicos. Cuando terminó, se fue, no sin antes pisar mis dibujos rotos y soltar algún que otro insulto. Esperé a que se fuera para recoger los trozos y guardarlos en mi mochila. Tendría que haberlo impedido, le tendría que haber pegado, o por lo menos intimidado, pero no pude.

Cuando lo recogí todo, me dirigí hacia el lavabo. Tenía ganas de llorar, así que si tenía que hacerlo por lo menos sería en privado. No les daría el gusto de que me viesen. Me sentía sola y débil, y sólo podía pensar en lo bien que me iría un abrazo de Quinn en aquel momento, un abrazo fuerte, que me hiciese sentir protegida, y entonces, cuando me tuviese sujeta, me diría con aquella linda sonrisa que todo iría bien. Pero tenía que hacerme a la idea de que Quinn jamás me abrazaría, y jamás me besaría como estuvo a punto de hacerlo en ese bonito sueño.

Cuando estaba a punto de llegar al lavabo con el nudo de la garganta causándome mucho dolor, la voz de Quinn me sorprendió.

— ¡Rachel! —me llamó desde mis espaldas al final de pasillo.

La ignoré, como si no la hubiese oído, e intenté acelerar el paso. Si había alguien que no quería que me viese llorar esa era Quinn. Oí como ella aceleraba el paso también y corrió hacia mí.

— ¡Rachel, espera, por favor! —me suplicó ya casi a mi lado.

Me paré frustrada por el hecho de que me era imposible ignorarla. Estaba demasiado cerca. Me sequé las lágrimas rápidamente deseando que no se diese cuenta.

— Rachel, ¿estás bien? —me preguntó ya a mi lado.

— Sí —mentí un poco seca sin girarme.

— ¿Qué pasó allí a fuera? Salí justo cuando, ya se iban, y te vi recoger unos papeles del suelo —relató preocupada

— No ha pasado nada —mentí de nuevo intentando camuflar mi tono cada vez más enfadado.

El nudo en la garganta se hacía cada vez más grande y me costaba incluso respirar con normalidad. Quinn se quedó allí parada, sin saber qué decir. Hice un movimiento como para seguir hacia el lavabo. Ella se adelantó y me tomó por el brazo con suavidad y me giró hacía ella.

— ¡Escúchame Rachel, no tienes porque dejar que te humillen! Si tú quieres, podemos hacer que les abran un expediente y que te dejen en paz —informó con una voz, suave pero a la vez con desesperación y preocupación.

La miré, y no pude contener las lágrimas.

— Siempre ha sido así y ahora no va a cambiar. Sabe tan bien como yo que un expediente no les hará parar. Sólo quiero pasar el año y que me dejen tranquila en mi rincón. Si consigo que piensen que no existo, será un buen año para, mí —y de un gesto seco, me solté de su brazo y seguí caminando.

Oí como volvía a pedirme que esperase, pero no me detuve. Me encerré en el lavabo y lloré en silencio hasta que toda la rabia se me había agotado, y entonces me sentí mal por haberle hablado mal a Quinn.

Las siguientes clases las pasé como siempre, intentando que nadie se fijase en mí, hasta que llegó la clase de Historia del Arte, con Quinn. Las ganas que tenía por la mañana ya no las tenía entonces. Me había visto llorar, y si había algo que de verdad me daba vergüenza, era que me viesen llorar. Mi papá siempre me había dicho que llorar no era malo, pero a mí siempre me había parecido un signo de debilidad.

La clase con Quinn fue muy interesante, pero me sentía mal al recordar el tono que había empleado con ella. Intenté no cruzarme con su mirada y me concentré en su voz que me calmaba. Santana y las otras seguían intentando todo tipo de trucos llamar su atención, pero a Quinn no parecía interesarle. Los demás chicos de la clase, nerviosos, las miraban deseando ser ellos los que recibieran tanta atención.

De vez en cuando miraba a Quinn cuando estaba segura que ella no me veía, y recordaba aquel sueño, y cada vez me volvía a entrar aquel fervor repentino y desconocido. No paraba de repetirme que tenía que dejar de pensar en ella. Hacía veinticuatro horas que lo único que había en mi cabeza era Quinn Fabray. ¿Cómo iba a quererme a mí? Simplemente había sido amable, preocupándose como cualquier otra profesora lo haría por su alumna. Brittany podía creer lo que quisiese, pero yo sabía que ella no sentía nada por mí.

— Para la próxima clase quiero que hagan una redacción de una página sobre su pintura preferida y que expliquen el porqué. También quiero que contesten qué quería el autor transmitir con esa obra. Puntuará para la nota final, así que aplíquense.

Anoté rápidamente en la agenda lo que había dicho y salí la primera de la clase justo cuando sonó la sirena. Vi de reojo que Quinn me hacía un gesto, pero no me paré. No quería volver a hablar con ella del tema porqué seguro que me habría puesto a llorar otra vez.

Caminé rápido y con rabia. Me hubiera gustado que lloviese, porque así podría haberme concentrado en el frío, o en las macetas asesinas, o en cualquier otra cosa mientras no fuese en Quinn. Pero no, las nubes se habían disipado y, muy a mi pesar, el sol brillaba con fuerza. Quería llegar a casa y olvidarme de todo. Estaba empezando a notar el cansancio acumulado de las dos noches anteriores en las que apenas pude dormir y quería intentar descansar aunque fuese una hora, pero no fue posible.

Cuando llegué a casa y me acosté, no pude parar de darle vueltas, y los recuerdos y pesadillas se mezclaban en una agobiante agonía, y lo que se suponía que tendría que haber sido una siesta reparadora acabó siendo todo lo contrario. Cuando me levanté estaba todavía más agotada que cuando me acosté, y con los ojos aún más hinchados.

Decidí ir a dar una vuelta por el bosque y escribir un rato. Así me despejaría y pensaría en otras cosas.

Un poco de aire fresco no le hacía daño a nadie. Me encantaba estar en el bosque rodeada de naturaleza. Me gustaba prestar atención a los diferentes sonidos y olores que encontraba por mi camino, y ver todo tipos de animales y plantas. Siempre que podía me escapaba a dar una gran vuelta de unas dos horas, y así encontraba serenidad. A veces encontraba un lugar bonito y me sentaba a escribir, dibujar o leer. Estar en el bosque me inspiraba.

Me pasé un buen rato caminando hasta que llegué a un bonito claro en el bosque que me recordó al que había visitado en mi sueño con Quinn, y la corriente eléctrica me volvió a sacudir, justo cuando me imaginaba a qué habría sabido ese beso, aunque hubiese sido en el sueño. Aquella sensación me cortaba la respiración. La luz era preciosa y los pájaros cantaban animados. Me tumbé en el suelo, mirando los árboles dejando que el sol calentase mi piel. Era una sensación maravillosa. Intenté no pensar en nada, concentrándome en lo que me rodeaba y nada más. Y allí llevaba ya como unos diez minutos, tranquila y relajada, cuando de repente apareció una cara sonriente justo encima de mí que casi me provoca un paro cardíaco.

— ¡Aaaah! —chillé dándome el susto de mi vida.

Cuando pude concentrarme un poco en lo que estaba pasando, el corazón me dio un vuelco. Era Quinn Fabray.

— Perdona, no quería asustarte. Llevo un rato llamándote pero no me escuchabas —se disculpó sin poder reprimir una sonrisa.

— ¿Pero a ti qué te pasa? —la regañé un poco enfadada mientras me levantaba aún alterada. — ¿Me quieres matar del susto o qué?

— Lo siento de verdad —se disculpó mientras no podía evitar sonreír.

— Y encima te hace gracia.

— No, no es eso, es que tienes la cabeza llena de hierbas —y siguió intentando evitar sonreír, en vano.

Me sacudí un poco para quitármelas, pero estaban por todas partes.

— Espera, yo te ayudo —se ofreció amablemente.

Se acercó a mí y fue quitando las hierbas de mi cabello, y a mí se me aceleró el corazón al tenerla tan cerca. La observé sonrojada intentando no parecer muy nerviosa.

— No te preocupes, da igual. Ya se caerán.

— Ya están casi todas —y sonrió mirándome a los ojos mientras quitaba las últimas hierbas.

Intenté acicalarme lo mejor que pude y respiré para tranquilizarme. Me fijé en ella, que también tenía la respiración acelerada, y me di cuenta de que había estado corriendo.

Llevaba un conjunto de deporte que le quedaba increíble. Estaba un poco sudada y con las mejillas sonrojadas. Estaba muy sexy y yo estaba sufriendo por verla así. Ahora el infarto me iba a dar por otras razones.

— ¿Cómo me encontraste? —le pregunté extrañada dándome cuenta de la rareza del evento, aún un poco alterada — ¿O es que te dedicas a dar sustos así como así?

— Bueno, al principio no sabía que eras tú. Estaba corriendo por el camino y vi a alguien en el suelo. Me acerqué para asegurarme que estuviera bien, y luego vi que eras tú —explicó.

— ¿Y cómo es que vienes a correr por aquí? —le pregunté recogiendo mi mochila del suelo.

— Es un circuito que hago que da una vuelta entera y me lleva de vuelta a mi casa — contó mientras sacaba un teléfono móvil de los táctiles y toqueteaba la pantalla— Perdona, voy a parar esto un segundo que sino sigue contando.

— Bueno, por mi no lo hagas, sigue si quieres. Estoy bien.

— No, tranquila, ya estoy cansada de correr por hoy. Hace unos días que no he salido y estoy un poco oxidada —guardó el teléfono y se puso a estirar los cuádriceps. —Y tú por aquí sola ¿crees que es seguro? —Inquirió un poco preocupada.

— Mucho —Le contesté. —Te aseguro que cuando pongo mi cara de loca no hay quien se acerque. Además sé defenderme sola —balbucee sintiéndome orgullosa de mi seguridad.

— Pues tal vez tendrías que empezar a defenderte de según qué personas, ¿no? Porque a mí me parece que lo de la ceja no fue un tropiezo —soltó como si hubiese sido un impulso, aunque sin perder su tono amable.

Me cambió la expresión de golpe y ella se dio cuenta.

— Lo siento pero no voy a hablar de eso. Es mi vida y sé cómo manejarla. No necesito que nadie me ayude. Sé cuidarme sola —y me giré enfadada para irme.

Rápidamente se acercó a mí con su mejor expresión de disculpa.

— Perdona, Rachel. Lo he dicho casi sin pensar. No sacaré más el tema —se disculpó.

Su voz era tan sincera que no pude renunciar a perdonarla. Miré al suelo unos segundos pensando e intentando calmarme.

— No te preocupes. No pasa nada —susurré suavizando mi expresión de enfado.

— Pero bueno, tengo que decirte que tu técnica de esquivo es buena, como la de esta mañana. Estoy sorprendida, la verdad —musitó un poco traviesa tentando el terreno.

Me miró sonriendo. Yo le sonreí.

— Si quieres podemos dar una vuelta —me propuso.

— Sip—le contesté después de pensarlo unos segundos.

— ¿Quieres que te lleve la mochila? —se ofreció amable.

— No, tranquila, ya puedo —le contesté sonriéndole, y nos pusimos a andar por el camino.

— Si llego a saber que te encuentro aquí no hubiese ido a correr, así ahora no estaría sudada —repuso un poco avergonzada y mordiéndose el labio.

— No te preocupes, de momento no hueles mucho —bromeé, y ella me vio divertida.

Si ella supiese lo bien que le quedaba esas gotas de sudor, iría sudado a todos sitios.

Hubo unos segundos de silencio hasta que llegamos al camino, pero no fueron incómodos. No podía creer lo que estaba pasando.

— ¿Vienes muy a menudo por aquí?

— Sí, siempre que puedo me escapo. Me tranquiliza estar en el bosque, y así aprovecho para escribir y dibujar.

— Así que ahí llevas las historias que me prometiste que me dejarías leer —murmuró graciosa.

— Bueno, aún no están listas —negué arrepintiéndome de haber hecho esa promesa. — Cuando tenga una que esté bien te la enseño, pero puede que tarde un tiempo aún.

— Esperaré —aceptó amablemente, pero su voz sonó muy sensual, con aquel acento que a veces se le escapaba — ¿De dónde eres? Tienes acento pero no consigo ponerlo en ningún sitio.

— Con que tengo acento ¿eh? —Bajó la mirada— Mira, intento que no se me note, pero sé que se me escapa en algunas palabras. No me gusta mucho que se note.

— ¡A mí me encanta! —interrumpí sin poder controlar las palabras que acababan de salir por mi boca.

Seguro que se dio cuenta de la cara de sorpresa que se me tuvo que quedar, y sobre todo, de las mejillas al rojo vivo. Me miró y sonrió.

— ¡Gracias! —agradeció divertida y sorprendida por mi comentario y mi reacción. — Soy medio inglesa y medio irlandesa. Mi padre, Russel, es de ese pueblo, y mi madre, Judy, es de Irlanda, de la zona de Galway.

— ¡Irlanda! ¡Qué genial! —solté un gritito emocionada. —Siempre he querido ir a Irlanda. Allí hay unos paisajes increíbles. Si algún día tengo dinero será el primer lugar que visite.

— ¿Ah sí? ¿Y por qué Irlanda? —me preguntó con curiosidad.

— Pues no sé, siempre que he visto fotos o libros de Irlanda me encantó. Tiene algo que me llama la atención.

— Sí, es un sitio muy bonito.

— Y, ¿cómo es que has venido aquí? La gente de este pueblo daría un riñón por irse — curioseé sin ni siquiera darme cuenta de que tal vez le estaba haciendo preguntas demasiado personales.

— Bueno, necesitaba un cambio de vida, y un poco más de sol —me explicó relajada. – Además, aquí tengo la casa de mis padres, así que era conveniente.

— Si ves que te hago preguntas que no quieres contestar me lo dices y ya está, es que habló demasiado y pregunto sin pensar que tal vez no quieras contarlo —me disculpé.

— Si ves que me paso de la raya me lo dices. Es que como eres nueva me cuesta acordarme de que eres mi profesora —le expliqué sin mirarla, un poco ruborizada.

— No, tranquila —aceptó sonriendo sorprendida por mi espontaneidad. —Yo quiero que estés tranquila, no pienses en mí como una profesora, si no como a una amiga, ¿Sí?

Le sonreí un poco tímida en modo de afirmación mientras sentía como mis mejillas volvían a arder.

Me paré un segundo a pensar. La verdad es que la situación era surrealista. Estaba en mi sitio preferido con mi chica preferida que acababa de decirme que la tratase como a una amiga. Me pellizqué discretamente para asegurarme que no estaba soñando.

— ¿Entonces allí también eras profesora?

— Sí, daba clases de Literatura, pero en realidad yo soy fotógrafa. Estos últimos años no he tenido tiempo de dedicarme a ello, así que decidí venir aquí para poder dedicarme más en profundidad e intentar conseguir exposiciones en galerías y conseguir alguna publicación. A veces también hago fotografías para artículos de revistas, pero sólo cuando me lo piden.

— ¡Uauuu! —chillé sin poder ocultar mi asombro. —¿Y qué tipo de fotos haces?

— Bueno, tengo muchas técnicas. Hago paisajes, naturaleza, macro… pero ahora quiero concentrarme en una técnica que estuve probando hace unos años que combina retratos y paisajes. Consiste en sobreponer dos imágenes y buscar una combinación que quede bien.

Intenté poner una expresión normal para que no se diese cuenta de que no entendía bien lo que me estaba contando, pero se dio cuenta. No se le escapaba ni una, como a Britt.

— Si quieres te puedo enseñar algunas fotos que tengo en casa, así sabrás de lo que hablo. No estamos lejos —propuso un poco dudosa por el atrevimiento de su oferta.

¿Yo? ¿En casa de Quinn? ¡Infarto! ¡Infarto seguro!

— No quiero ser una carga—bajé mi mirada y me mordí el labio— Seguro que tienes muchas cosas que hacer –le contesté sonrojada deseando que siguiera insistiendo para que fuera.

— No eres ninguna carga, así te invito un buen té irlandés y unas galletas que hice ayer —agregó emocionada intentando convencerme.

— ¿Así que también cocinas? —asentí sorprendida.

— Bueno, no soy una chef profesional, pero lo intento.

Y allí estaba de nuevo aquella mirada. Nos quedamos un segundo mirándonos. Acabé por apartar la mirada un poco nerviosa, pero vi como sonreía. Tenía un aspecto tierno y dulce que la hacía irresistible, con esa ropa deportiva, y ese cabello rubio alborotado por el ejercicio. Debería tener unos veinticinco y pocos como mucho. No sé si era muy normal que me gustase alguien mucho más mayor que yo, porque por lo menos nos llevábamos ocho años, pero la verdad es que me sentía tan bien a su lado… cuando estaba con ella, lo último en lo que pensaba era la edad.

— ¡Vamos entonces! —Dije sonriendo—Todo sea por probar esas galletas.

Me dieron unas ganas repentinas de abrazarla y apoyar mi cabeza en su pecho, aprisionarla con fuerza y que no me soltara, pero no lo hice. Tenía que mantener la cabeza fría y recordar que no sabía apenas nada de ella. ¿Y si tenía novio? O incluso peor, ¿Y si estaba casada y con hijos? Me quedé un poco triste por el dolor que me causaba pensar que alguien más estaba ya con ella, y que todo lo que estaba pasando eran imaginaciones mías.

— ¿Estás bien? —me preguntó al verme sumida en aquellos pensamientos.

— Sí —contesté y sonreí intentando que no pareciese muy forzado.

— Eres muy linda cuando sonríes —susurró de repente sin poder ocultar el nerviosismo y la timidez en su voz.

Me le quedé viendo un poco sorprendida, con el corazón a mil. Esto sí que no me lo esperaba. Quinn acababa de decirme a MÍ que estaba linda cuando sonreía.

— Bueno, cuando no sonríes también, quiero decir que estás linda siempre, pero que cuando sonríes… pues…. —se estaba poniendo nerviosa y eso lo hacía todavía más irresistible. —Es que la luz es perfecta y quedaría una foto muy expresiva —intentó disimular.

Le sonreí un poco nerviosa. No estaba acostumbrada a que nadie me dijera cosas lindas, pero la verdad es que me gustaba.

— Gracias —agradecí un poco tímida.

Aquella mirada de conexión se volvió todavía más intensa. Había como una complicidad entre las dos. Estaba cada vez más convencida de que algo tenía que sentir por mí, por poco que fuese, porque si no, ¿por qué me habría dicho eso? No podía estar imaginándomelo todo. Ya sé que no tenía ninguna práctica en esto de las relaciones amorosas, pero a mí me parecía que yo también le gustaba. Pero, por otra parte…. ¿Y si se estaba burlando de mi como todos los demás? No podía ser… ella era educada, y se preocupaba por mí, seguro que no lo había dicho para burlarse. Pero también puede que le gustara mi sonrisa y ya está, desde un punto fotográfico. Pero prefería pensar en aquella remota posibilidad de que tal vez sintiera algo por mí.

— Bueno, cuéntame un poco de tu vida. Ya sabes casi todo de la mía pero yo no sé nada de la tuya —cambió de tema.

— No hay mucho sobre mí si tengo que ser sincera. Siempre he vivido aquí, en este pueblo, deseando poder escapar algún día.

— ¿Tan malo es este sitio?

— El sitio no es malo, es la gente en general. Si pudiese pasarme todo el día en el bosque y por los campos, sería la persona más feliz del mundo, pero por desgracia tengo que estudiar.

— Sí, es una época que puede ser un poco pesada, pero no es para siempre, ya verás — trató de darme apoyo moral — ¿Entonces vives aquí con tus padres?

— Sí —mentí, —pero viajan muy a menudo por trabajo. Ahora están fuera toda la semana y puede que se alargue un poco más.

— ¿Y vives sola durante ese tiempo? —me preguntó preocupada.

— Sí, pero estoy acostumbrada.

— Se ve que eres muy responsable y madura para tu edad —me comentó con admiración.

Anduvimos un rato en silencio, pero no fue incomodo. Simplemente disfrutando de los olores del bosque mezclados con su olor dulce y encantador. ¿Cómo podía un día empezar tan mal y acabar tan bien? Todas aquellas sensaciones eran completamente nuevas para mí. Estaba un poco asustada, pero a la vez emocionada. ¿Y qué pasaba si intentaba besarme?

Jamás había besado a nadie y no tenía ni idea de cómo se hacía. ¿Y si no me salía bien?

Me estaba poniendo nerviosa. Tenía que recordar que estábamos hablando de mi profesora. No se me podía olvidar. Seguramente sería ilegal besar a una profesora, pero el hecho de que fuese mi profesora le añadía drama interesante. Tenía que calmarme.

Aquellos sentimientos no eran normales.

— Aquella es mi casa —señaló mientras caminábamos hacia ella.

A lo lejos se veía una casita de madera preciosa. El sol la iluminaba y daba una sensación de bienestar. Me encantaba. Siempre me habían encantado las casas de maderas. Entre mis sueños estaba el de poder tener muna casita de madera en el bosque algún día y tener mi huertecito y mis gallinas. Una gran chimenea y alguien con quién pasar el resto de mis días escribiendo mis historias y dibujando. Quinn, por ejemplo. Al acercarnos a la casa, iban apareciendo pequeños detalles que hacían esa casa todavía más encantadora.

— ¡Me encanta! —le dije de corazón.

— Sí, es preciosa. La construyó mi padre para el amor de su vida.

— ¿Ah sí? —le pregunté sorprendida. — ¡Qué romántico, tu madre es muy afortunada!.

— No era para mi madre —me contestó un poco triste. —Fue para su primera novia con la que él se quería casar. A mi madre no le gusta el campo.

— Lo siento, no lo sabía —me disculpé.

— No pasa nada —negó amablemente.

Me fijé unos segundos en los detalles cuando llegamos al porche, un poco avergonzada por haber metido la pata de tal manera.

— ¡Es preciosa de verdad! Tu padre tiene mucho talento.

— Sí… Es muy bonita… Espera a verla por dentro — asintió un poco más animada.

La tarde ya estaba bien adentrada y empezaba a oscurecer un poco, pero en aquél momento había esa preciosa luz dorada que lo hacía todo todavía más acogedor. Quinn se acercó a la puerta, y después de girar la llave, la abrió con un buen empujón.

— Tengo que arreglarla. Se ha hinchado un poco por todo este tiempo que ha estado cerrada —me explicó para aclarar el porqué había tenido que hacer casi un placaje para abrirla. — ¡Adelante princesa! —me invitó, haciendo una pequeña reverencia muy graciosa.

Dentro todo era precioso. Todo era de madera, y había plantas de todo tipo por todos sitios, y pequeñas decoraciones aquí y allí. Era de concepto abierto, así que el comedor, cocina y sala de estar estaban juntos. Había una escalera de madera que daba a un altillo que seguramente sería una habitación. A un lado había dos puertas, una sería para el lavabo y la otra para otra habitación.

— ¡Es hermosa, me encanta Quinn! —chillé completamente enamorada. — ¿La has decorado tú?

— Sí. Muchas de las ideas las encontré en internet y otras ya las tenía mi padre puestas, pero yo he acabado de arreglarlo todo un poco más a mi gusto. Todas las decoraciones de gardenias son de mi padre. Le encantan las gardenias y siempre lo decora todo con esos motivos.

Me fijé en las gardenias, y había muchas, pero eran discretas y quedaban muy bien.

— Está genial. Es como una de esas casas de revistas.

— Pues ponte cómoda, como si fuese tu casa —dijo despreocupada mientras iba hacía la cocina. — ¿Entonces te preparo un té?

— Sí, gracias.

Después de dejar la mochila en la entrada, me senté en una de las sillas de la mesa de la

ñ cocina. En la mesa había una bonita maceta con una planta preciosa que colgaba un poco. Tenía las hojas violetas con el centro plateado y a las hojas que le daba el sol parecía que tenían purpurina.

— Es original, ¿verdad? —me asustó cuándo me vio examinándolas. —Se llama Zebrina Pendula. Tiene unas flores muy hermosas, pero lo que más me gusta es como brillan las hojas.

— Sí, ya me he fijado. Es muy curiosa.

— Toma, aquí están las galletas —me acercó un plato con unas cuantas galletas.

— ¡Gracias! —y volvió hacia el tarro de agua que había puesto a hervir.

Observé como acababa de preparar el té. Tomó unas tazas preciosas y sirvió el té cuyo olor ya impregnaba toda la sala. Primero trajo las tazas a la mesa, luego el azúcar y una pequeña jarra con leche.

— ¿Lo quieres con leche? —me preguntó mientras se sentaba.

— ¿El té? —le pregunté un poco confusa.

— Sí. En Irlanda se toma así —me dijo divertida por mi expresión.

— ¿El té con leche? —le volví a preguntar con una mueca de asombro.

— Sí — y se rió.

— ¿Tú lo vas a tomar con leche? —insistí todavía incrédula pensando que me estaba tomando el pelo.

— Sí —y volvió a reír. — Si no quieres no pasa nada.

— No, no. Si tú lo tomas con leche yo también quiero probarlo, pero es la primera vez que oigo que alguien le echa leche al té.

Ella me observó divertida. Tomó la leche y echó un poco en cada taza, haciendo que el té adquiriese un color poco agradable a la vista.

— ¿Quieres azúcar?

— Sí, una cucharadita, gracias.

Removió un poco y me dio la taza. Hizo lo mismo con su té.

— Pues hay que brindar, entonces —levantó la taza sonriendo — ¡Por nuestra amistad!

Sonreí y choqué la taza con la suya y probé aquella extraña mezcla, no sin antes verla a ella probarlo primero, por si acaso.

— Bueno, ¿te gusta entonces? —me examinó curiosa cuando le había dado un sorbo.

— Sí, no está malo, es distinto, pero no me desagrada —le contesté agradablemente sorprendida por aquél nuevo sabor.

Quinn se rió.

— No me puedes negar que echarle leche al té no es raro —le dije espontánea.

— Bueno, para nosotros no lo es —contestó divirtiéndose con la situación.

— Tú di lo que quieras, pero a mí me parece un poco raro.

— Ahora me da miedo que pruebes las galletas —me dedicó una cara de expectación.

— No será una receta Irlandesa, ¿no?

— Mejor no te digo los ingredientes —negó seria.

La miré un poco extrañada.

— Llevan un champiñón que crece del estiércol de las ovejas de montaña. Son muy típicas en Irlanda, y muy apreciadas. Las he hecho con lo último que me quedaba de mi último viaje a Irlanda. Ese champiñón sólo se encuentra allí —me explicó.

— ¿En serio? —indagué completamente confundida.

— ¿Quieres una? —me aproximó la bandeja.

Ya no sabía si bromeaba o no. La verdad es que con la descripción no tenía muchas ganas de probarlas. Se quedó seria durante un rato, pero al cabo de unos segundos ya no pudo retenerlo más y explotó en risas.

— ¡Ah, ya veo! Muy graciosa, con que riéndote de mí —negué con una media sonrisa en la cara, un poco sonrojada.

— Lo siento, pero es que tenía que hacerlo, tenías una cara que tendría que haberla grabado —se burló entre lágrimas de risa.

— ¡Ya no te burles de mí! —musité intentando ponerme un poco más seria, en vano. Su risa era muy contagiosa.

— No te lo tomes a mal. No podía resistirlo. Estabas hermosa, así medio asustada —se recuperó del ataque de risa. —Me encanta tu inocencia Rach —y me miró con aquella mirada de complicidad que nuevamente me sacudió el cuerpo.

— Te estaba siguiendo el juego —intenté engañarla, pero no fue posible.

Mi sonrisa me delató. Tomé una galleta y le di un bocado.

— No está mal —acepté intentando parecer poco impresionada. —El champiñón de la caca de oveja es lo que le da el toque —y le sonreí.

Ella también sonrió y tomó una galleta que primero mojó en el té. La verdad es que eran unas galletas buenísimas. Volví a darle otro bocado.

— Dame un segundo que me duche rapidísimo mientras tú te acabas el té. Así me quito el sudor del ejercicio y te traigo las fotos también. Te prometo que no tardo nada — informó mientras se levantaba devorando lo que le quedaba de galleta y terminándose el té.

— No te preocupes. Tómate tu tiempo —acepté tranquila.

— Gracias — y sonrió. —Tú ponte cómoda que seguida vuelvo.

Se levantó y dejó su tasa en la cocina, y después se acercó hacia mí como si fuese a tomar mi taza, pero de repente, sin darme casi ni cuenda, me dio un beso en la mejilla, me miró con su bonita mirada y se fue hacia el cuarto de baño.

No pude ni reaccionar. El corazón se me había parado y no podía respirar. Quinn me acababa de dar un beso en la mejilla. En aquél momento era la persona más feliz del mundo. Sentía como me latía el corazón, con fuerza, en los oídos. Había sido tan sólo un instante, pero sólo había hecho falta eso para darme unas ganas enormes de chillar y saltar como una tonta enamorada.

Me quedé sentada unos minutos intentado calmarme y darme cuenta de lo que acababa de pasar. Había sido muy dulce e inocente, y me encantó la manera en la que me lo dio, sin que yo me lo esperase, así, tan normal.

Tuve que levantarme y pegar unos saltitos y gritos mudos de la tensión y emoción que sentía. No podía parar de sonreír.

Para intentar calmarme un poco, me puse a dar una vuelta por la sala, prestando atención a cada pequeño detalle, para distraer mi mente. Una de las paredes estaba recubierta por una gran estantería llena de libros sobre fotografía y arte. Pasé delante de un espejo que había al lado de la estantería y me sorprendí al ver las ojeras que tenía.

Me picaban un poco los ojos y sentía el cansancio acumulado, pero con tanta emoción

ñ del momento, no estaba cansada. Seguí mi recorrido y en la otra pared me encontré un rincón recubierto de fotografías.

La primera que vi fue una de Quinn tierna en un campo verde con unas montañas al fondo, pero su sonrisa distraía de cualquier paisaje de detrás. Estaba cubierta con una chaqueta, y en la mano tenía una cámara. La siguiente lo mostraba a ella, con el cabello un poco más corto, con un perro cachorro que en ese momento le chupaba un lado de la cara.

Quinn ponía una cara rara, riendo, como si el lametazo le hubiese tomado de improviso, pero aun así estaba muy hermosa. Había algunas más de ella con amigos, y con lo que parecían ser sus padres, pero de repente mis ojos se clavaron en una foto en particular.

Ahí estaba la foto que temía encontrar. Ella y una mujer muy linda que le estaba dando un beso muy tierno en la mejilla, y ella la contemplaba contenta. Se les veía muy enamoradas.

Me sentí mal al momento, como si tuviese ganas de vomitar.

Acababa de descubrir que Quinn tenía novia. La imagen se me clavó como un cuchillo en el pecho. ¿Cómo podía haber sido tan tonta de pensar que una mujer como ella estaría interesada por mí? Seguramente lo único que sentía era pena, y por eso era tan cariñosa conmigo. O quién sabe, tal vez quería a alguien con quien divertirse hasta que volviese a ver a su novia a donde fuese que estuviese. El dolor empezó en la espalda, como un calambre que se hacía cada vez más grande. Podía oír mi corazón en los oídos cada vez más fuerte y más rápido. No sé cuánto tiempo me quedé allí plantada sin poder apartar la mirada de esa foto que una y otra vez me recordaba lo estúpida que había sido, y lo mucho que me dolía el corazón.

Quinn salió de la habitación con una caja rectangular bajo del brazo, y el cabello aun mojado. La vi un segundo con odio y con lágrimas que nuevamente empezaban a brotar en mis ojos. Me dirigí a la puerta para salir.

— ¿Qué te pasa? ¿Estás bien? —me detuvo desconcertada y asustada.

No le contesté. Encima tenía el valor de preguntarme si estaba bien. Tenía ganas de llorar, pero sabía que tenía que contener la rabia que sentía como fuese. Si había algo que no se me daba bien era enfadarme, y aquello era más que un enfado. Estallaría como una olla a presión y no había quien me parara. Me volví medio loca. Tenía que controlarme, pero es que me sentía tan humillada.

— Rachel, espera, ¿qué te pasa? —volvió a preguntar esta vez totalmente preocupada.

— Quiero irme —ordené sin poder reprimir la rabia en mi voz.

Quinn, asustada, se acercó un poco a mí. Yo intentaba abrir la puerta pero estaba atascada.

— Dime por lo menos qué te pasa —suplicó desesperada sin saber qué hacer. —Por favor.

Entonces me tomó del brazo con suavidad, pero yo me solté bruscamente de un tirón y me giré hacia ella.

— ¿Quieres saber lo qué me pasa? —grité amenazante, llorando.

La expresión de Quinn era de completa confusión, y parecía muy alarmada. Se lo tenía que decir todo. No dejaría que se burlase de mí como hacían todos los demás.

— Lo que pasa es que me acabo de dar cuenta que eres otra más en el montón de mierda que hay en este mundo. Piensas que puedes venir aquí y hacerme pensar que estás interesada en mí y después burlarte de esta manera. Pues no, esta vez no voy a dejar que eso pase, porque ya estoy harta que la gente me humille de esta manera —le grité entre el llanto.

Hacía tiempo que no lloraba así. Me costaba incluso respirar.

— Rachel, no me estoy riendo de ti. No sé por qué dices eso. Por favor, cálmate y lo hablamos… —y me volvió a tomar por los brazos.

Los volví a soltar con brusquedad.

— No quiero hablar nada y no quiero que me toques. No quiero que me vuelvas a hablar jamás. Limítate a ser mi profesora y ya está. No quiero saber de ti, de nadie ni de nada —luego vi la foto de su novia en la pared. — ¿Por qué no le preguntas a tu novia que le parece que me des besos en la mejilla, o que te parezca que soy linda cuando sonrío?

Quinn se quedó sorprendida como si no entendiese de que hablaba pero se dio cuenta que me refería a la foto en la que su novia la besaba.

Parecía que quería contestar pero no la dejé. No quería oír más mentiras, así que me giré rápido y tirando con todas mis fuerzas, abrí la puerta, con tan mala suerte que me golpeé la cabeza. Tal era mi rabia con la que tiré, que caí inconsciente al suelo.