Cuatro:
"Para que te acuerdes de mí mientras no estoy a tu lado."
Cuando desperté me costó orientarme. No sabía dónde estaba. Delante de mí había un ángel que me acariciaba la frente tiernamente, así que empezaba a dudar si estaba despierta o tal vez era un sueño. En cualquier caso, la sensación era tranquilizadora.
— ¡Buenos días! —susurró una voz muy dulce.
Aquella voz me era familiar, pero no acababa de situarla. El dolor punzante de la cabeza me impedía pensar con claridad. Poco a poco abrí más los ojos, y entonces vi quién era y recordé lo que había pasado. La rabia me volvía a invadir, sobre todo por la osadía que tenía Quinn de estar acariciándome después de lo que había hecho. Empecé a incorporarme y recordé que me había dado un golpe con la puerta y seguramente me habría desmayado, pero lo que no podía olvidar era el motivo por el cual quería irme.
— Rachel, espera un segundo. Te lo puedo explicar. No es lo que parece —intentó tranquilizarme, pero sus palabras sólo me sonaban a mentira. —La chica que viste en la foto es mi hermana.
¿Su hermana? ¿Así tan cariñosa? Me paré un segundo aún metida en la cama. La miré directamente a los ojos, desafiante. Si me iba a mentir por lo menos que lo hiciese a la cara. La miré durante un buen rato, intentando encontrar en sus ojos la culpa de la mentira, pero su expresión era sincera. ¿Y si realmente era su hermana? Una sensación abrumadora de vergüenza estaba empezando a apoderarse de mí.
— Mira. Aquí hay más fotos —me acercó un sobre. —Éstas son de cuando éramos pequeñas —explicó mientras me iba pasando las fotos, —Y aquí con quince años.
Me volvían las ganas de llorar con cada foto que iba viendo. Me vio preocupada, pero a la vez aliviada.
— ¿Lo ves? No es mi novia. No tengo novia Rachel. Jamás habría hecho algo así.
Volví a tumbarme en la cama para tapar mi llanto con la manta y ocultar mi rostro lleno de vergüenza.
— ¡Lo siento! —conseguí decirle avergonzada.
— Olvídalo, no tiene importa. La culpa también es mía por no haberte dicho nada — asintió con dulzura.
— Me he comportado como una idiota —negué aún debajo de la manta.
— No pienses más en eso, y sal de ahí abajo que te vas a asfixiar —advirtió dulcemente.
Quinn se acercó un poco más a mí, hasta destapar mi cara, y volvió a acariciarme la frente, pero las lágrimas seguían cayéndome por la cara.
— No me gusta que nadie me vea llorar —le confesé intentando calmarme un poco.
— ¿Por qué? —me preguntó con cariño.
— No lo sé, creo que es porque siempre lo he asociado con la debilidad.
— Llorar no es de débiles. Si el cuerpo te pide que necesites llorar entonces es porque algo no va bien y hay que dejar salir la tensión. Además, conmigo no tienes por qué avergonzarte de nada.
— Ayer cuando vi la foto me asusté. Pensé que te estabas riendo de mí como hacen los demás. En el instituto, Santana y las demás siempre se han burlado de mí. El otro día en el patio me rompieron unos dibujos que estaba haciendo para una historia para ti. Cuando viniste a buscarme, me gustó que me preguntaras qué me pasaba. Sé que te contesté mal, y lo siento, pero es que nunca nadie antes se había preocupado por mí de esa manera. Los demás profesores prefieren no intervenir. No te lo digo porque quiera que me ayudes, sino porque creo que te debía una explicación.
Me había quitado un peso de encima, pero seguía llorando, como si haber contado eso me hubiese abierto una puerta cerrada desde hacía mucho tiempo llena de lágrimas que había que vaciar.
— Lo sé Rach, ya vi que había un problema. Yo acepto que tú quieras ocuparte del tema sola, pero quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites, y quiero que sepas que jamás te haría daño. Por eso no tienes que preocuparte.
Me puse a llorar con más fuerza pero en silencio. Quinn se tumbó a mi lado y me abrazó.
— No quiero que temas nada conmigo Rach. Mi primera regla es respetarte siempre. Si puedo ganarme tu amistad con eso ya sería la persona más feliz del mundo. Ya sé que soy algo mayor que tú y que no tengo posibilidades, pero quiero que sepas que estaré aquí siempre que me necesites. No quiero verte sufrir.
Aquellas eran las palabras más bonitas que jamás había oído pero a la vez las más tristes. No sabía que contestar. Me había quedado paralizada. Me dio un beso en la frente y me abrazó con más fuerza, como cuando uno se aferra a algo de lo que no quiere separarse jamás, pero que sabe que tarde o temprano ya no estará.
— No llores más —pidió volviéndome a acariciar la frente. —Verte llorar es lo más triste del mundo.
Me sequé las lágrimas e intenté tranquilizarme un poco. Me sentía mejor, pero aun avergonzada por el espectáculo de la noche anterior.
— De verdad que lo siento mucho por lo de anoche — volví a disculparme.
— No pasa nada, de verdad —y sonrió.
— Aunque te digo una cosa —confesé mirándola, —Esa puerta es asesina.
Soltó unas carcajadas, y yo también reí. Luego me miró y sonrió.
— ¿Qué te parece si te quedas aquí tranquila un momento mientras preparo el desayuno?
Parecía contenta de que todo se hubiese aclarado, y yo también lo estaba. Le sonreí un poco tímida mientras me secaba las últimas lágrimas. Inspeccioné un poco a mi alrededor. El sofá estaba apartado hacia un lado, y yo estaba acostada en un colchón, lo cual quería decir que había bajado el colchón desde la parte de arriba. ¿Y dónde había dormido ella? Empecé a incorporarme poco a poco.
— ¿Este colchón sale de arriba? —le pregunté.
— Sí. No quería dejarte durmiendo en el sofá —explicó mientras preparaba unos waffles.
— ¿Y dónde has dormido tú?
— En el sofá —contestó.
— Ahora me siento aun peor.
— No pasa nada, no es la primera vez que duermo en un sofá —no le dio importancia.
—Lo que no sabía era si tenía que llamar a alguien. ¿Tus padres no estarán preocupados?
— No, tranquila. Nunca llaman cuando están de viaje —mentí.
Quinn no parecía muy convencida sobre la historia de mis padres, pero tampoco preguntaba sobre ello. Me levanté, me puse los zapatos y me di cuenta de que había dormido con la ropa puesta. Me senté en la silla al lado de la mesa de la cocina, alimentándome del olor de los waffles recién hechos que me recordaba lo hambrienta que estaba.
— ¿Te gustan los waffles con mantequilla? —me preguntó.
— Sí.
— Y también tengo batido de fresa.
— Gracias.
Quinn volvía a tener esa ilusión en la cara. Tenía el cabello un poco despeinado, de haberse recién despertado y estaba hermosa. Llevaba una blusa azul que se le pegaba al cuerpo y que marcaba unos músculos bien definidos. Acabó de traer el batido y los waffles y se sentó a mi lado.
Empezamos a desayunar disfrutando cada bocado.
— Entonces, ¿vas a querer ver mis fotos? —cuestionó divertida.
Se me escaparon algunas carcajadas.
— ¡Sí!
Se levantó un momento y tomó la caja que había en la mesita de la sala de estar que había apartado para poner el colchón. El sol volvía a brillar con fuerza por las ventanas.
Era otro día estupendo.
Se sentó a mi lado, un poco nerviosa, mientras me entregaba la caja. La abrí y dentro había láminas y cada lámina contenía una foto.
— No están todas, sólo son las mejores de mi trabajo hasta el momento —me explicó un poco nerviosa mientras iba pasando cada lámina.
Eran increíbles. Las de paisajes eran cautivadoras, con unos colores y una luz increíbles, como sacadas de revistas de 'National Geographic'. Había también fotos tomadas en la calle de gente en diferentes situaciones, en blanco y negro, que eran muy interesantes, pero las que más me gustaron fueron las que ella me había explicado, las de doble exposición. Había retratos de los cuales salían formas de montañas, o de edificios, incluso de árboles y flores. Estaban realmente muy bien hechas.
— Bueno, ¿qué te parecen?
— ¡Son increíbles Quinn, tienes muchísimo talento! — le dije honestamente sin poder apartar la mirada de las últimas fotos que había sacado.
— ¿De verdad lo crees?
Al principio me pareció que lo preguntaba en broma. ¿Cómo podía alguien que había hecho fotos de esa manera preguntar si me gustaban? Pero su pregunta era sincera. De verdad dudaba de su trabajo.
— Son preciosas. Todas me gustan muchísimo. Tienes mucha sensibilidad y consigues que eso se vea en las fotos que haces, sobretodo en estas de doble exposición. Me encantan.
— Me alegra mucho que te gusten —asintió más aliviada.
— ¿Cómo puedes pensar que no me iban a gustar? —repuse sorprendida. —Ya sé que yo no soy una experta en esto, pero estoy convencida que incluso un experto pensaría que son muy buenas.
— No sé, nunca he sido muy valiente a la hora de que otros ven mi trabajo. Jamás he hecho una exposición por miedo a las críticas de los demás —confesó de corazón. — Pero ahora quiero intentar hacer alguna exposición y que mi trabajo sea criticado, porque es la única manera de poder mejorar. Si puedo hacer eso, que es lo que más apuro me da, seré capaz de hacer cualquier cosa —se mordió el labio inocentemente.
— Seguro que conseguirás las exposiciones que quieras —le contesté animándola —No va a haber sala que no quiera exponer tus fotos, te lo aseguro. Se pelearán y todo por exponer tus fotos.
Sonrió un poco avergonzada. Hubo un momento de silencio mientras Quinn guardaba el libro.
— ¿Me dejarías que te hiciera una sesión de fotos? — me preguntó.
— ¿A mí? —le respondí atragantándome con el batido de fresa que por poco me sale por la nariz.
— Sí. Me encantaría poder hacerte una sesión.
— Bueno, no sé, yo nunca salgo muy bien en las fotos. ¿Estás segura que quieres que sea yo?
— Sí —contestó contemplándome convencida. —Desde que te vi he tenido ganas de hacerte una sesión.
— Me da un poco de vergüenza la verdad.
— No te preocupes, ya verás que es muy fácil.
¿Quién era capaz de decirle que no a esa cara tan angelical? Yo por lo menos no. La observé rogándole con la mirada que no me hiciese hacerlo, pero se le veía tan motivada y entusiasmada.
— Bueno, de acuerdo, mientras no las pongas en una de tus exposiciones… —le advertí.
— ¿En serio que me dejas? —chilló muy contenta.
— Sé que me arrepentiré, pero sí.
— Gracias –—dio un salto y me abrazó.
Me quedé sorprendida por su reacción. Cuando se separó de mí me sonrió feliz.
— ¿Y cuándo la quieres hacer? —le pregunté un poco temerosa.
— ¿Qué tienes que hacer hoy? —curioseó con una sonrisa traviesa viendo venir lo que me iba a proponer.
— Hasta las tres nada —le contesté con miedo.
— Pues hoy mismo entonces. Antes de que cambies de opinión.
— ¿Hoy? —objeté asustada. — ¡Pero si tengo un cuerno en la frente y una ceja horrible!
— No te preocupes, todo eso lo arreglo con Photoshop —suplicó.
Dudé unos momentos, pero ya no podía negarme.
— Bueno, si te hace ilusión, está bien, pero te aviso que no sé, no se me da bien esto de posar y además no soy fotogénica.
— Te prometo que será muy fácil —contradijo contenta y aliviada, volviéndome a mostrar esa esplendida sonrisa. — ¿Qué te parece si la hacemos después de comer?
— Ajam, cuando tú quieras.
— ¿Te gustaría ir a buscar piñones? —me preguntó. —Podríamos hacer pasta al pesto con piñones frescos, si te gusta, claro.
— Sí, me encanta.
La mañana pasó genial. No quería que terminase nunca. Estuvimos en el bosque una hora más o menos buscando piñones. Hacía un día despejado y caluroso, casi de verano.
Los pájaros cantaban con ganas, y las golondrinas surcaban el cielo animados a aprovechar los últimos días de calor.
Vimos algunas ardillas e incluso un ciervo a lo lejos. No paramos de reír en todo el rato.
Quinn siempre encontraba algo divertido que hacer o decir que me hacía reír. Parecía muy feliz y relajada, se le veía ilusión en los ojos, y yo no podía acabar de creer lo que me estaba pasando. Ahora ya sabía que Quinn sentía algo por mí, y yo estaba completamente enamorada de ella, pero había un tema en mi cabeza que no podía parar de darle vueltas.
Cuando volvimos de buscar los piñones, Quinn preparó unos tallarines al pesto increíbles. Sin duda los más buenos que jamás había probado. Después nos preparamos para hacer la sesión.
— ¿Cómo me pongo? —le pregunté un poco incómoda cuando ya estábamos a punto de empezar.
Estábamos justo delante de su casa, pero con el paisaje de las montañas delante para que saliese de fondo. Me había dado una camisa de las suyas blancas para hacer la sesión, que por cierto me quedaba bastante grande, pero ella decía que quedaba muy bien. La verdad es que no tenía ni idea, así que la dejé hacer lo que quisiera.
— Tú tranquila, como si yo no estuviese aquí —explicó para que resultara fácil.
— Ya… — murmuré para mí misma notando como la cara se me tensaba por momentos.
— Cuando quieras, yo ya estoy lista —levantó la cámara hasta su cara y acercándose un poco más a mí.
Estuvimos un rato haciendo fotos, pero tenía claro que no estaban quedando bien. Quinn me iba dando indicaciones amablemente, pero podía notar que no era lo que ella buscaba. Mi cara estaba completamente tensa y no sabía cómo ponerme. Lo estaba pasando mal.
— Lo siento, está saliendo fatal, no consigo relajar la cara.
— No te preocupes. Te voy a traer un taburete, así estarás más relajada.
Salió con el taburete y me senté. Se acercó a mí y tiró de la goma que tenía que me recogía el cabello hacia atrás. Pasó sus dedos por mi cabello sacudiéndolo de un lado al otro para darle volumen. Seguramente eso lo hacía en todas sus sesiones, pero a mí me pareció muy sensual, y rápidamente se me volvieron a encender las mejillas. Me sonrió y se quedó mirándome, pero estaba tan nerviosa que aparté la mirada.
— No tienes que hacer nada, simplemente piensa en algo que te gusta, como por ejemplo cuando estás en el bosque acostada. Cada vez que yo te diga vas haciendo una pequeña variación, pero cuando veas que te estás poniendo nerviosa piensa en la sensación agradable otra vez — volvió a su posición.
— Deacuerdo—le contesté respirando profundamente. —Lo intento pero no te prometo nada.
Me tomé unos segundos para pensar. Lo que más me gustaba de todo era cuando Quinn me acariciaba la frente. Eso me calmaba de verdad. Respiré profundo y le hice una señal con la cabeza para indicarle que ya estaba lista, y Quinn empezó a hacer las fotos.
— Muy bien, lo estás haciendo genial.
Y así seguimos durante un rato. Quinn parecía cada vez más contenta y yo estaba cada vez más relajada. Luego empezó a hacer cosas para que me riera, y me iba haciendo las fotos mientras me reía. Fueron unos treinta minutos, pero mucho más fáciles de lo que yo me imaginé.
— ¡Lo has hecho genial! —aplaudió cuando acabamos mientras se acercaba para abrazarme.
— ¡Gracias! —le contesté sonriendo aliviada.
— Verás que van a quedar genial.
Se puso a mi lado mientras caminábamos hacia la casa, y levantando la cámara rápidamente, echó una foto de las dos. No me dio tiempo a reaccionar, y justo me fotografió mirándola cuando disparó.
— Ésta es para mí —susurró con una sonrisa de victoria.
Volvimos a entrar en la casa, me cambié en el cuarto de baño y me preparé para irme.
— Me tengo que ir ya —susurré un poco triste. Quinn parecía desolada.
—¿Quieres que te acerque?
— No, quiero andar un poco, no queda lejos.
— Nos vemos pronto entonces, en clase, supongo —se despidió un poco triste, haciéndome recordar que era mi profesora.
— Sí, claro.
— ¿Puedo tener tu número? Así puedo llamarte esta noche a ver cómo va el cuerno de unicornio —me pidió nerviosa.
— Es que no tengo móvil. No tengo ni internet ni nada de eso— Quinn se quedó sorprendida, pero no preguntó. Seguro que se preguntaría como era que no tenía ni móvil ni internet si mis dos padres trabajaban, además estando tanto tiempo fuera de casa sin saber nada de su hija.
— ¿Y en casa tienes línea?
— No, lo siento, está estropeado —mentí.
Quinn no insistió más.
— Bueno, pues si necesitas algo ya sabes dónde estoy. Lo que sea a la hora que sea — me dijo mientras me dirigía a la puerta. —Me hizo mucha ilusión estar contigo — intentó escucharse alegre, pero sin poder evitar el tono de pena en su voz.
— Sí, yo también lo he pasado muy bien.
Nos quedamos un segundo mirándonos sin saber qué decir, sintiendo esa complicidad, pero a la vez muchos nervios. Quinn hizo un movimiento como si fuese a acercarse a darme un beso, pero se quedó parada sin atreverse.
— Hasta el lunes entonces —me despedí.
— Sip— asintió nerviosa. — Hasta el lunes.
Y salí después de que Quinn abriera la puerta de otro fuerte tirón.
— Cuidado con los bordillos—gritó cuando ya estaba a unos metros de la casa.
Vi cómo hacía un gesto de arrepentimiento justo cuando acabó la frase. Sonreí, aunque sabía que a esa distancia no lo podía ver. Le hice un gesto con la mano y seguí caminando. Estaba feliz, pero algo dentro de mí me decía que enamorarse de una profesora no podía ser buena idea.
— Dime la verdad, ha sido una sesión nada profesional ¿no? —insistió Britt entusiasmada cuando acabé de contarle todo lo sucedido.
— Ya te he dicho que no. Ha sido una sesión normal — le volví a repetir.
— Sí, ya, las chicas de tu edad a cualquier cosa lo llaman normal —negó mirándome e intentando buscar indicios en mi mirada de que sus suposiciones fuesen verdad — Bueno, cuéntame entonces, ¿cómo ha sido tu sesión 'normal'?
No pude evitar reírme.
— Ya te he dicho que ha sido una sesión normal de verdad —la intenté convencer, pero cuando Brittany tenía algo entre ceja y ceja, era imposible hacerle cambiar de opinión— Al principio estaba un poco nerviosa, pero luego me solté y creo que quedaron mejor.
— ¡Oh! Con que te soltaste… —contestó sonriendo traviesa.
— ¡Brittany! —protesté, pero era imposible enfadarse con ella.
— ¿Te besó cuando te fuiste? —me preguntó de repente poniéndose seria.
— No. Creo que no sabía bien cómo hacerlo. Parecía un poco nerviosa.
Brittany se quedó un momento callada pensando.
— Eso sólo puede significar tres cosas, que es heterosexual, que quiere respetarte, o que es una idiota —se burló convencida de sus categorías.
— No le gustan los chicos—protesté con expresión de reproche. — Puede que estuviera nerviosa. Ella me explicó que ya sabía que no tenía oportunidades conmigo por lo de la edad, pero que si podía ser mi amiga sería la persona más feliz del mundo.
— Sí, ya… amigas… Si yo te contara lo que ella quiere… —y se rió como si estuviese recordando algo, perdiéndose en sus memorias unos segundos. —Bueno, ¿y tú qué le dijiste?
— Nada.
— ¡¿Nada?! — Chilló con los ojos bien abiertos. — ¿Cómo que nada? — Volvió a insistir. — ¿Pero no es el amor de tu vida?
— Sí, pero no sabía que contestar —le respondí un poco enfadada al darme cuenta de que debería haber dicho algo.
— Mira Rachel, chicas lindas como ella no aparecen todos los días. Si de verdad estás enamorada y ella lo está de ti, entonces no lo pienses más.
— No sé, me da miedo que me haga daño. Todos siempre me han hecho daño —negué recordando los peores momentos de mi vida y sacando el tema que me rondaba desde hacía unos días.
— No todos son como tu padre o como tu tío, Rachel. Has tenido mala suerte al principio pero eso no quiere decir que siempre la vayas a tener. No parece que Quinn te quiera hacer ningún daño. Por lo que me cuentas, parece respetuosa, y a veces hay que arriesgar para poder encontrar algo que valga la pena. Si no te pasará como a mí- susurró tomándome la mano.
El camino de vuelta a casa fue una tortura. Tenía tantos sentimientos mezclados que no sabía qué hacer. Estaba completamente confundida.
Sabía que Quinn sentía algo, pero a la vez todos en mi vida me habían hecho mucho daño. Había jurado y perjurado que jamás me fiaría en alguien, y aquí me veía, enamoradísima de Quinn. No podía parar de pensar en ella. Agregándole también que era mi profesora.
La noche estaba entrada y empezaba a refrescar, aunque se podía soportar. El cielo despejado dejaba ver bien las estrellas. El tren de vuelta estaba repleto de jóvenes que salían de fiesta y me paré a pensar que nunca había salido de fiesta, no por falta de interés, porque la verdad es que tenía curiosidad, pero más bien por falta de compañía.
Siempre había estado sola, y claro, salir sola no debía ser ni muy interesante ni muy normal, y con mi suerte seguro que me encontraría con Santana y su clan.
Cuando llegué a casa encontré un paquete delante de la puerta, un poco más pequeño que el tamaño de una caja de zapatos. Por fuera había una bolsa negra, y dentro estaba la caja envuelta en papel de regalo muy bonito, con un lazo azul. Justo al lado había una nota que ponía:
Para mi musa, con cariño, Quinn.
Entré a casa nerviosa y sorprendida, pero a la vez contenta de recibir un regalo. La última vez que recibí un regalo fue en Hanukka antes que Leroy quedase en coma.
Estaba intrigada, así que subí rápido hacia mi habitación. Nada más entrar, solté mis cosas y lo abrí impaciente.
Era un teléfono móvil de los de última generación. Con pantalla táctil y todo. No me lo podía creer. Tenía pinta de ser carísimo. Encontré otra nota que cayó cuando lo desenvolví.
Por favor, acepta este regalo. Simplemente es para que podamos comunicarnos. No quiere decir nada más, es un regalo que me hacía ilusión hacerte. Ya está todo listo, sólo tienes que seguir el manual. Tienes línea e internet, así que vamos, ábrelo, que tienes un mensaje.
Y dibujó una cara sonriente. Lo abrí y tomé el teléfono un poco nerviosa. Me senté en la cama y empecé a leer el manual. Al cabo de unos minutos ya sabía desbloquearlo. De repente, el teléfono hizo un sonido como de campanitas y salió una notificación.
"Nuevo mensaje de Quinn 'la fotógrafa"
Seguro que se había sido ella quien se había puesto ese nombre. Sonreí. Toqué en la notificación y el mensaje se abrió. Había varios mensajes, pero leí primero el de más abajo.
"Éste es el último que envío, pero por favor cuando llegues a casa envíame un mensaje si puedes para saber que estás bien"
Cliqué en una barra que había para responder y me salieron unas letras. Poco a poco, fui escribiendo una respuesta.
"Hola. Acabo de llegar a casa. Muchas gracias por el regalo pero no lo puedo aceptar. Es demasiado"
Y lo envié. A los pocos segundos contestó haciendo otro sonido.
"Por favor, acéptalo. No es tanto como parece, quiero que lo tengas. Si no quieres ya no te haré más regalos, pero por favor, quédate con éste"
No sabía que contestar. ¿Cómo iba a pagar las facturas? Tenía el dinero justo para los mínimos.
"Quinn, no puedo pagar las facturas del teléfono, por poco que cueste. Lo siento"
Unos segundos y el sonido acompañó su respuesta.
"Está todo pagado para el primer año. Y cuando pase el primer año podrás ponerlo a prepago"
¿Para todo el año? ¿Cuánto le había costado todo eso? Me sentía mal por todo el dinero que se había gastado.
"Pero eso es mucho dinero. No puedo aceptar un regalo que vale tanto. No quiero que te gastes tanto dinero en un regalo para mí"
"Rachel, me lo puedo permitir, por favor, dame este único capricho"
La verdad es que no sabía qué decir, pero la sensación de pasar el dedo por la pantalla cada vez me gustaba más. Hacía tanto tiempo que no me regalaban nada que se me había olvidado la agradable sensación que causaba.
"Bueno, ya veremos…"
Pasaron unos segundos y volvió a escribir.
"Si en cualquier momento necesitas algo, sea la hora que sea me lo dices. Dejaré mi teléfono encendido. Que tengas dulces sueños Rach"
"Gracias pero intentaré no molestarte. Además me acabo de acordar que tengo que hacer tu redacción para el lunes. Que duermas bien tú también Quinn" –y le añadí un emoticono de una cara sonriente.
"¿Que obra escogiste?"
"Tendrás que esperar hasta el lunes para descubrirlo, profesora Fabray"
"¡Cómo te gusta hacerme sufrir…! Buenas noches, alumna Berry"
Y entonces me llegó otra notificación, pero esta vez con una imagen.
Era la foto en la que estábamos las dos, la que había hecho justo al final. Se me aceleró el corazón al verlo tan hermosa a mi lado.
"Para que te acuerdes de mí mientras no estoy a tu lado" –escribió, y lo acompañó con un emoticono de una cara sonriente.
