Cinco:

"Tu Quinn."

Me desperté completamente repuesta. Hacía tiempo que no dormía tan bien y que me despertaba con tanta ilusión. Todo me parecía posible.

¡Tenía ganas de correr y saltar, e incluso de cantar! Se me habían ocurrido un montón de nuevas ideas que anoté en mi cuaderno antes de salir para clase, para que no se me olvidaran. El golpe en mi frente casi no se me notaba, y la cicatriz de la ceja estaba casi curada. Me pasé todo el domingo haciendo cosas creativas y avanzando mis deberes, sin dejar de pensar en Quinn.

Al día siguiente, lunes 16 de septiembre, cuando iba de camino a clase, me sorprendió una vibración en el bolsillo. Era Quinn 'la fotógrafa'.

"Sólo quería enviarte un mensaje rápido para darte los buenos días. Nos vemos en clase. Y acuerda ponerlo en silencio, o tendré que confiscarlo"

Me tuve que parar un momento para contestarle. Lo de caminar y escribir aún no lo tenía dominado.

"¡Gracias, me ha hecho ilusión ver tu mensaje! Buenos días a ti también. Hasta luego"

Seguí caminando. Tenía ganas de que empezase su clase. Había trabajado por lo menos 3 horas sólo en la redacción de la obra de arte. Siempre me aplicaba mucho en todas las clases y sacaba muy buenas notas, pero en aquella especialmente tenía que aplicarme todavía más. Quería que estuviera orgullosa de mí.

Las horas pasaron lentamente, pero afortunadamente, Santana protagonizó un incidente que tardaría años en olvidar. Esto ocurrió cuando, desde la fila de atrás, intentaba tirarme bolas de papel mascado con un tubo que había conseguido quitando la tinta de un bolígrafo. Se pasó un buen rato así, hasta que unas de las bolas llenas de saliva fue a parar justo en el escritorio de la entrenadora Roz Washington de educación física, casi tocando su mano.

— ¿Se puede saber quién se dedica a hacer estas bromas? —dijo con voz amenazante levantando la mirada para inspeccionar la clase.

Santana intentó esconder el bolígrafo rápidamente, pero a todas sus fieles amigas se le empezaban a saltar las lágrimas intentando aguantar la risa.

— Claro… eres tú salsa caliente... —refunfuñó cuando la descubrió infraganti escondiendo las bolas que le quedaban y que tenía en la mesa listas para ser proyectadas hacia mí.

La entrenadora Washington se levantó con aire amenazante y se dirigió lentamente hacia Santana de la misma manera que lo hace un tigre cuando se acerca a su presa. La risa pronto paró. Hacía cuatro años que teníamos a Roz de profesora, y la verdad, aunque físicamente parecía poca cosa, cuando se enfadaba imponía mucho respeto.

— Me gustaría poder decir que me sorprende que esto venga de ti, pero no es el caso. — repuso con sarcasmo tomándose su tiempo para decir cada palabra. —Esto sólo puede significar que te aburres en mis clases.

Santana abrió la boca para hablar pero la mirada de la entrenadora Washington bastó para que entendiese que era mejor que estuviese callada. Se giró un momento y fue hacia su mesa. Buscó en una libreta que tenía, y saco unos folios con algo escrito.

Volvió a dirigirse a Santana.

— Me parece que necesitas una motivación extra, así que para la clase de mañana quiero que hagas estos ejercicios —y le puso las hojas sobre la mesa. —Ya sé que pueden parecer muchos, pero te irán bien —finalizó con una voz irónica que daba miedo.

Hubiese dado cualquier cosa por poder hacer una foto a la cara de Santana. A Roz Whashington aún le quedaban hojas en la mano.

— Y lo mismo digo para ustedes—y repartió las hojas restantes a su grupito.

Ahora sí que hubiese dado cualquier cosa por retratar aquella estampa. Algunas parecían incluso al borde de las lágrimas, pero esta vez no era por las risas.

— Y por último —continuó mientras volvía a su escritorio en un tono un poco más elevado que antes, haciendo saltar a media clase del susto, —Santana López, quiero que me traigas trescientas bolitas de estas que me acabas de lanzar. Tráelas en una bolsa de plástico, no quiero tocar tu saliva. Las quiero todas, las trescientas, porque te aseguro que las contaré aunque me tenga que poner guantes. Si no las traes, no hará falta que vuelvas a aparecer por clase, porque tu trimestre estará suspendido. A ver si así se te pasan las ganas de mascar papel.

No podía estar más contenta. Tenía muchas ganas de contárselo a Quinn.

"Te vas a reír cuando te cuente lo que ha pasado hoy en clase de educación física"

le escribí durante la hora del recreo escondida en los lavabos.

Me contestó enseguida.

"¿Ahora me vas a dejar con la intriga? Estoy en mi despacho. ¡Ven y cuéntamelo!

Puerta 112 en la segunda planta."

No sabía qué contestar. ¿Yo en su despacho? Ya me estaba poniendo nerviosa sólo de pensarlo. ¿Y si nos veía alguien? Aunque seguro que había más alumnos que iban a su despacho. Que yo fuese a su despacho tampoco podía parecer tan raro, y además tenía muchas ganas de verla y de contarle todo lo que había pasado.

"Sip. Ahora voy"

Contesté nerviosa.

El nerviosismo iba aumentando a medida que me iba acercando a la puerta 112. Esos nervios eran cada vez más habituales, pero no por ello más fáciles de llevar. Cuando pensaba en ella, en sus palabras y en su beso, un calambre me recorría todo el cuerpo, empezando siempre por el estómago. Cuando llegué, llamé a la puerta y esperé unos segundos hasta que su voz me dijo que entrara. Su despacho era muy luminoso y estaba muy ordenado. Olía muy bien, seguramente por el té que tenía humeando en la mesa.

Quinn estaba sentada escribiendo algo en el teclado del ordenador.

— ¡Hola! —me saludó con una gran sonrisa.

Se levantó enseguida y se dirigió a mí. Pareció que quería darme un abrazo, pero en el último momento se paró y tomó una silla que había al lado de la puerta, intentando disimular.

— ¡Hola!

— Ponte cómoda —me pidió amablemente poniendo su silla al lado de su mesa. — ¿Te apetece una taza de té?

— Ajam, gracias.

— Bueno, cuéntame, me tienes intrigada —pidió expectante mientras tomaba una taza y me servía el té.

Le conté lo que había ocurrido.

— Roz Whashington es la mejor —respondió entre carcajadas.

— Sí. La verdad es que cuando la ves no parece que pueda dar tanto miedo.

— Se lo tiene bien merecido. Se va a pasar toda la noche mascando papel —se burló volviendo a reír. —Con un poco de suerte hará más bolitas en mi clase y así le puedo mandar otras trescientas bolas más.

Me reí. Imaginarme a Santana pasándolo mal me hacía sentir mejor, aunque sabía que en el fondo no estaba bien pensar ese tipo de cosas. Quinn se quedó un momento mirándome, reponiéndose de la risa.

— Oye, una cosa que no te dije, espero que tus padres no se enfadasen cuando te quedaste por la noche en mi casa.

Me puse nerviosa, pero intenté disimularlo lo mejor posible.

— No te preocupes. Aun están fuera —mentí.

— ¿Y cuando vuelven? Pensar que estás sola en esa casa tan grande y tan alejada me pone un poco nerviosa — susurró con dulzura.

— El sábado, creo —inventé sobre la marcha —Pero no te preocupes. Ya estoy acostumbrada.

— Bueno, ahora ya sabes que cualquier cosa me puedes contactar.

Me acordé del regalo. Aún no le había dado las gracias personalmente.

— Es verdad… perdona… soy una mal educada. Ni siquiera te he dado las gracias al entrar —me disculpé avergonzada.

— No te preocupes —sonrió amablemente.

— Es un regalo demasiado caro. Me siento mal porque te hayas gastado tanto dinero en mí.

La sirena sonó anunciando el final del recreo.

— No pienses más en eso. Me hace feliz poder hablar contigo, y así sé que si te pasa algo tienes algo para poder comunicarte.

Me levanté para ir a la puerta. Quinn se levantó para acompañarme. Fui a abrir la puerta, pero justo en aquél momento Quinn avanzó un poco y me dio un beso en la mejilla mientras ponía su mano en el otro lado de mi cara, como deteniéndome la cabeza. Me sonrojé al instante y se me volvió a cortar la respiración. El contacto de su mano con mi piel me supo a terciopelo y sus labios suaves en mi mejilla me sacudieron el cuerpo como si le hubiese dado una leve descarga eléctrica. La observé tímida y sonreí. Quinn también sonrió

— Te veo de aquí una hora —se despidió con dulzura.

— Sí.

Tenía que dejar de mentirle y tenía que encontrar la manera de decirle la verdad. Esos fueron mis únicos pensamientos durante la siguiente hora, y los que me habían atormentado unos días atrás. Estaba asustada de qué pensaría cuando supiese que le había mentido, pero no podía seguir adelante sin decirle la verdad, pero, ¿y si después de eso no querría verme nunca más? Sabía que no podía seguir mintiendo, pero me daba miedo perderla. Esos últimos días habían sido increíbles para mí. Había sentido cosas que jamás había sentido antes, y cada vez me sentía más enamorada de Quinn Fabray.

— Rachel, te toca —me sobresaltó Quinn mientras estaba sumida en mis pensamientos.

Quinn había decidido que fuésemos saliendo de uno en uno delante de toda la clase a leer la redacción. Después nos hacía preguntas sobre por qué habíamos escogido la obra y qué entendíamos de ella. Arthie, un chico en silla de ruedas y el más tímido de la clase, volvía a su pupitre al haber acabado su presentación. Estaba pálido y sudoroso, y parecía que en cualquier momento fuese a vomitar. Alguna vez había intentado hablar con él, en cursos anteriores, pero era tan tímido que no conseguía apenas contestarme.

Me levanté y fui hacia la pizarra. Quinn me sonrió discretamente. Respiré hondo. La verdad es que a mí tampoco me hacía mucha gracia hablar en público, sobre todo cuando Santana y su clan me miraban fijamente para hacer que estuviese todavía más incómoda.

— La pintura que he escogido es Ophelia, de John Everett Millais.

Quinn me contempló interesada. Escribió en un ordenador que había en su mesa buscando la obra como hacía con los demás. Una vez la encontró, la proyectó justo a mi lado para que todo el mundo pudiese verla.

— Muy bien. Ya puedes empezar a leer tu redacción.

Cuando empecé, todos se quedaron raramente callados. Incluso hubiese podido decir que estaban interesados. Cuando acabé, todos me estaban mirando, como si quisieran que continuase.

— ¡Muy buena redacción, Rachel! —me felicitó Quinn entusiasmada.

Notaba cómo mis mejillas se ponían sonrojadas. Quinn me miraba, como si quisiera decir más cosas pero se estuviese conteniendo.

— ¿Por qué es tu obra preferida? —preguntó como había hecho con los demás.

— La historia que representa para mí es muy bonita. Es una pintura basada en un personaje de Hamlet de Shakespeare, y éste es el momento justo antes de morir ahogada después de caer al río. La historia cuenta que su vestido la mantiene a flote durante un tiempo, y ella, sin darse cuenta de cuál será su destino, canta canciones mientras es arrastrada lentamente hacia su muerte. Esta pintura me gusta porque de alguna manera demuestra como algo tan bonito, como es la pintura, esconde un mensaje tan triste. Aun así, me parece que es una de las muertes más bonitas en la literatura y que la pintura no hace más que añadir belleza a ese momento.

Quinn volvió a observarme asombrada. Yo seguía sintiendo mis mejillas al rojo vivo.

La clase seguía en silencio escuchando cada palabra que decía.

— ¿Y puedes ver algún simbolismo en la obra?

— Sí. Los colores juegan un papel importante en el simbolismo. Por ejemplo, la amapola que flota en el agua significa sueño y muerte, lo cual tiene que ver con la historia — expliqué señalando la flor. —También hay gente que dice que la posición en la que se encuentra Ophelia tiene connotaciones religiosas.

Quinn anotó en un cuaderno que tenía. Me miró y sonrió.

— Muy bien, ya puedes sentarte.

La tensión disminuyó, la clase volvió a tener los habituales murmullos y pude al fin relajarme un poco sentada de nuevo en mi pupitre. Los demás fueron pasando uno tras otro hasta que todos leyeron su redacción.

— Para la próxima clase no les voy a poner deberes. Los que no presentaron esta redacción espero que sepan que si no la entregan para la próxima clase se quedará un cero que hará promedio con los otros trabajos y el examen final. De todos modos, aunque lo traigan para la próxima clase, sólo podré contarlo sobre 5, ya que no sería justo que les puntuara sobre 10 como a los demás que lo han entregado a tiempo.

Santana no parecía muy preocupada. Tres personas no habían entregado el trabajo y ella era una de ellas, lo cual no era de extrañar. Sonó la sirena.

— Muchas gracias por su trabajo. Veo que hay mucho nivel. La semana que viene les entregaré las notas.

Todo el mundo empezó a salir lo más rápido posible. Era la última hora del día.

Mientras recogía mis cosas, Quinn se acercó a mi pupitre.

— Rachel, ¿puedes quedarte un segundo? Quiero hacerte algunas preguntas sobre la redacción.

Justo en aquel momento Santana pasaba por mi lado y clavó su mirada en mí y luego en Quinn. ¿Estaría pensando que tal vez había algo entre nosotras? ¿Qué pasaría si alguien se enterara de que estaba enamorada de Quinn y que Quinn también sentía algo por mí?

¿Pero cómo iba a saber nada si simplemente estábamos hablando? Su mirada me puso nerviosa, y yo tal vez me estaba empezando a volver un poco paranoica.

— De acuerdo—le contesté.

Cuando todos estuvieron fuera, me acerqué a su pupitre.

— Rachel, tu redacción está genial. Ya me habían dicho que eras muy buena alumna, pero lo que has leído es brillante.

Tal vez es porque he pasado tres horas trabajando en ello, pensé.

— Gracias —le contesté humildemente.

— ¿Quieres que te acerque a tu casa? —cambió de tema rápidamente.

— No te preocupes, gracias, tengo que hacer algunas compras por el camino.

— Entonces supongo que te veré el jueves —contestó intentando ocultar su pena.

Sólo tenía clase con ella los lunes, jueves y viernes. Eran muchos días sin verla, pero, a la vez, sentía una sensación de culpabilidad por todas las mentiras que le había dicho sobre mis padres y sobre mi vida. La situación me estaba empezando a agobiar. Si no le decía la verdad acabaría perdiéndola cuando se diese cuenta de que le había mentido.

De todos modos, era muy posible que ya fuese demasiado tarde.

Quinn sonrió pero algo en su mirada mostraba que se había dado cuenta de que algo no iba bien.

— ¿Estás bien? —me preguntó preocupada.

— Sí —mentí, intentando parecer un poco más animada.

No volvió a insistir, pero no parecía convencida.

— Ve con cuidado, ¿Sí? Cualquier cosa ya sabes que puedes llamarme en cualquier momento.

— Gracias.

Y entonces nos quedamos un momento paradas, otra vez con esa sensación incómoda en la que Quinn no sabía bien que hacer, y yo, con mis dudas y preocupaciones, no le daba pie a que hiciera nada. Fui hacia la puerta y Quinn se quedó mirándome sin saber qué hacer. Quería abrazarla con todas mis fuerzas y sentir esa protección que sus brazos me daban.

Tomé el pomo de la puerta y me paré un segundo. De repente, como si me hubiese dado una descarga eléctrica, me giré, caminé hacia ella y le di un abrazo. Ese arrebato, nos tomó de sorpresa tanto a ella como a mí. Me abracé fuerte y ella me envolvió en sus brazos y nos quedamos así unos segundos, solas en la clase. Tenía ganas de llorar.

Cuando parecía que Quinn iba a decir algo, me separé y me fui. Justo antes de salir pude ver de reojo como Quinn se había quedado allí plantada sin saber qué hacer, con una expresión de tristeza y de preocupación que no le había visto nunca antes. Sólo esperaba que no hubiese visto la lágrima que me caía por la cara justo antes de salir.

La tarde pasó lentamente. No me sentía bien. Había estado mintiendo a Quinn y estaba segura que no me lo perdonaría. Quinn era la persona más importante para mí y no podía seguir mintiéndole, así que tarde o temprano tendría que decirle la verdad y arriesgarme a perderla.

Me pasé las horas esperando un mensaje suyo. Contemplaba el teléfono a cada momento, pero nada. Estaba empezando a pensar que le había pasado algo, o que tal vez se había dado cuenta de la realidad de la situación. Se me hundía un puño helado en el pecho cada vez que pensaba en ella.

Escribí y dibujé toda la tarde hasta que cayó el sol en el horizonte. Era lo único que me tranquilizaba en aquel momento. Seguía a mis personajes en sus aventuras y de alguna manera sus mundos se convertían en el mío, donde cualquier cosa era posible.

De repente el teléfono sonó e hizo que me sobresaltara. No tardé ni un segundo en

tomar el teléfono deseando que fuera Quinn. 'Nuevo mensaje de Quinn 'la fotógrafa' ponía en una notificación. La sangre se me aceleró.

"Me parte el corazón verte triste, y de alguna manera me siento responsable por ello.

Puede que no haya sido cuidadosa y que te haya agobiado, y lo siento mucho. Por un momento pensé que tal vez algo pudiese ocurrir, dejándome llevar por mis emociones.

Lo único que quiero es lo mejor para ti, y ahora comprendo que no puedo dártelo. Te mereces estar con alguien de tu edad. Te dejaré más espacio para que puedas hacer tu vida. Lo siento mucho por todo, y espero que algún día pueda ganarme tu amistad."

Quinn pensaba que estaba rara por su culpa. Me sentía paralizada, como si algo muy pesado recorriera mis venas lentamente, haciéndome sentir incapaz de moverme. Me quedé varios minutos mirando el mensaje incapaz de contestar. Quinn ya no quería saber nada de mí.

Las horas pasaron y no le contesté. Seguía paralizada por el dolor que sentía por todo el cuerpo. A duras penas había conseguido meterme en la cama, y allí me quedé durante toda la noche, intentando dormir y despertándome a cada momento con dolores intensos en el corazón. Lo único en lo que podía pensar era que había perdido a Quinn por mis mentiras, y que volvía a estar sola.

El martes se despertó tan nublado como mi mente. No tenía ganas de hacer nada. Sólo podía pensar en Quinn y en todos los momentos que habíamos pasado juntas, aunque hubiesen sido pocos. Sus abrazos, sus besos… Cada vez que pensaba en ello se me llenaban los ojos de lágrimas.

El tiempo no hacía pasar el dolor que cada vez se aferraba más a mí haciéndome recordar cada detalle con más viveza. Miraba una y otra vez su mensaje y los que me había escrito con anterioridad. Me hacían sentir más cerca de ella por un momento, sólo para darme cuenta después de lo lejos que la tenía. Se había convertido en una obsesión.

No fui a sus clases ni el jueves ni el viernes. No salí de casa ni siquiera para ir a ver a Brittany. La depresión me envolvía. El sábado, 21 de septiembre, me supuso un gran esfuerzo salir de la cama. El cielo amenazaba tormenta.

— ¡Uf! Vaya cara traes —me regañó Britt al verme entrar.

Intenté parecer un poco más animada pero debería haber sabido que era inútil. No se le escapaba nada.

— Ven aquí y cuéntame que ha pasado —dio unos golpes en la silla que estaba a su lado.

La verdad es que no tenía muchas ganas de hablar del tema porque seguro que acabaría llorando, pero de alguna manera el cuerpo me lo pedía. Necesitaba un poco de apoyo y consejo, y Britt era la única que podía hacerlo.

— Todo estaba yendo muy bien y de repente… — no pude contener las lágrimas.

Empecé a llorar exasperadamente. Brittany se levantó y me abrazó.

— No llores Rach. Ya verás como encontramos una solución —me abrazó con cariño.

—Supongo que es por eso que no viniste el jueves.

— No hay solución. Yo le he mentido y seguro que ella jamás me perdonará. Además piensa que es por la diferencia de edad —agregué llorando.

— Tú cuéntamelo y verás como algo se nos ocurre, ¿Sí? —me limpió las lágrimas que me caían por las mejillas.

Volvió a toser con fuerza y me dio mucha pena al verla tan frágil pero tan llena de vida.

Su cuerpo empezaba a mostrar la extrema delgadez que la enfermedad le causaba. Cada vez tosía más, y cada vez sonaba peor.

Se sentó en su cama y me tomó la mano. Le conté todo lo que había ocurrido. Lo de su beso, lo de mis mentiras y lo del mensaje. No paré de llorar en todo el tiempo.

— Rachel, cielo, no llores más. Ya verás que todo irá bien. Quinn te quiere, eso te lo aseguro yo, lo único que pasa es que no sabe porqué estás preocupada y piensa que es por su culpa, por la diferencia de edad y porque es tu profesora. Tienes tus dudas porque te preocupa que te haga daño, y porque le mentiste acerca de tus padres, pero ella no lo sabe, y entonces piensa que es por otras razones.

— ¿Pero cómo voy a contarle lo de mis padres, o lo de mi tío? Cuando sepa que le mentí, no querrá estar conmigo —le recordé desesperada.

— A veces pensamos que las personas reaccionarán de una manera y nos asustamos por la reacción que nos imaginamos que tendrán, pero muy pocas veces ocurre lo que uno se imagina. ¿Qué puedes perder? Ahora no la tienes, ¿verdad? —me dijo mirándome con ternura —Si le dices la verdad y resulta que no quiere estar contigo no pierdes nada, estarás en la misma situación.

Las lágrimas seguían cayéndome por la cara.

— Rachel, lo mejor es que le digas la verdad y así por lo menos podrás estar tranquila contigo misma. Quinn te quiere, y no te va a decir que no porque le hayas dicho una mentira. Cuando sepa el porqué, seguro que lo entenderá. Tienes que dejar de tener miedo, porque el miedo no lleva a ningún lado. Si no arriesgas, jamás podrás vivir las aventuras maravillosas que te depara la vida.

Sus palabras eran sabias, y me aliviaban, pero dudaba mucho que ese fuese a ser el caso. Britt se incorporó un poco hacia mí. De repente me sonó una notificación en el móvil.

Lo tomé un segundo y vi que era publicidad. Comprobé rápidamente si Quinn me había escrito, y entonces vi la foto.

— Mira, es ella—le enseñé la foto, notando otra ola de lágrimas bajar por mi cara.

— ¡Es muy linda! —se sorprendió sin poder quitarle los ojos de encima. —¿Y este teléfono?

— Me lo regaló ella. Yo no quería, pero insistió para que me lo quedara —le respondí sintiéndome culpable, mientras seguía llorando.

— Pues entonces no te preocupes. Si tiene dinero déjale que te haga regalos. Ojalá me los hiciese a mí —dijo despreocupada intentando animarme.

Me quedé unos minutos callada, mientras guardaba el teléfono, intentando tranquilizarme un poco.

— Te voy a contar mi historia de amor para que entiendas porqué tienes que arriesgar. Que sepas que no se la he contado nunca a nadie —advirtió sonriendo mientras se ponía cómoda en su cama. —Hace dos años, me enamoré de una chica muy linda, y ella se enamoró de mí. Nos conocimos mientras le daba clase de baile en la academia. Yo trabajaba de bailarina profesional y ella era mi mejor alumna, era más joven que yo.

Hacía ya tres meses que nos mirábamos, pero ninguna de las dos se atrevía a dar el primer paso. Un día, ya cansada de que no me dijera nada, dejé caer una bufanda que me había hecho mi madre, y ella, rápidamente se abrió paso entre la gente, lo tomó y me lo devolvió. Desde entonces nos hicimos inseparables, y el siguiente año fue el mejor de mi vida. Las cosas no iban tan rápido como ahora, y ella era muy adorable, así que me cortejaba tímidamente, y a mí eso me gustaba, me gustaba lo encantadora y sensible que era. Aunque ahora no me lo creas, yo antes era muy estricta. Cada vez que me veía me traía flores, porque sabía que eran mis preferidas. Me escribía poemas y cartas preciosas que leía una y otra vez hasta el punto de memorizarlas. Dábamos paseos, íbamos al cine, ya sabes, lo normal para entonces. Cuando hacía cuatro meses que salíamos juntas, me llevó a dar una vuelta por el bosque. Me llevó por unos caminos hasta llegar a un precioso prado. Una vez allí me dijo que había heredado ese terreno y una fortuna más y que me iba a hacer una casa en la que podríamos vivir juntas y tener una familia. Fue allí cuando me regaló este colgante en forma de margarita. Recuerdo aquel día como si fuera ayer —relató sin ocultar la melancolía en sus ojos, aprisionando el colgante que llevaba alrededor del cuello —Los meses pasaron y la casa iba avanzando. Era preciosa, no muy grande pero preciosa. Me dijo que cuando la tuviese lista me pediría que me casara con ella. Yo le hubiese dicho que sí sin dudarlo en cualquier momento, pero ella siempre estaba acomplejada de no tener nada que entregarme, y quería acabar la casa antes de pedirme que nos casáramos. Pero entonces su madre enfermó y tuvo que llevarla a un pueblo a 200km de éste y no tuvo más remedio que quedarse a cuidar de ella. Nos prometimos que nos esperaríamos, que ella seguiría construyendo la casa y que cuando volviese nos casaríamos y viviríamos juntas felices para siempre.

Respiró un segundo. Parecía que las memorias empezaban a ser demasiado pesadas para ella.

— La echaba tanto de menos… pero no podía dejar a su madre sola. Cada día la echaba más y más de menos, y cada vez era más doloroso estar lejos de ella. Una vez al mes conseguía encontrar unas horas libre para venir a verme, pero recuerdo que parecían pasar volando. Cuando su madre murió al cabo de un año y medio, volvió al pueblo deseando poder verla y abrazarla. Fui sin decirle nada para poder darle una sorpresa, pero me encontré primero con una amiga. No tardó ni un minuto en decirme que corría el rumor de que ella se había comprometido con un chico por obligación —podía verle como los ojos se le llenaban de lágrimas. –Yo no sabía que pensar. De algún mod quería convencerme de que eso no era verdad. Cuando nos vimos, me abrazó con tanto amor que hubiese deseado fundirme en ese abrazo para siempre. Le dije lo que me había dicho mi amiga y me dijo que era verdad. La pobre lloraba y lloraba y no paraba de pedirme perdón. Me decía que la dejaría, que solo lo había hecho por su madre. Que me había echado muchísimo de menos, y que la noche que ocurrió estaba muy triste. Que no quería perderme, que había acabado la casa y quería casarse conmigo —se paró un momento para tomar aire.

Su mirada perdida me entristeció enormemente.

— No la perdoné jamás. Ella intentó por todos los medios demostrarme que me quería y lo mucho que se arrepentía, pero yo jamás la perdoné, y si te digo la verdad aquél fue el peor error de mi vida. Intentó recuperarme, pero después desapareció. Algunos decían que era porque no podía seguir viéndome y viviendo con la culpa de lo que había hecho. La he echado de menos cada segundo de mi vida, y no hay ni un solo día que no piense en ella, y en lo mucho que me arrepiento de no haberla perdonado. En mi vida ha habido más personas, por supuesto, pero nada se ha parecido a lo que una vez sentí por ella. Desde entonces vivo con la pena de pensar lo diferente que hubiese sido mi vida si me hubiese quedado con ella.

Me quedé un segundo intentando asimilar la triste historia.

— Es una historia muy triste Brittany. Lo siento muchísimo —respondió muy apenada.

— ¿Porqué no intentaste buscarla?

Pero de repente entró una enfermera.

— Ya es hora Brittany. Vengo a buscarte para ir a las pruebas médicas —informó la enfermera mientras entraba empujando una silla de ruedas.

Observé a Brittany con pena porque no quería que se fuese, pero ella me respondió con su gran sonrisa habitual.

— Te veo el jueves Rach y seguimos nuestra charla. No te preocupes. Ya verás como las cosas irán bien. Dale una oportunidad a la vida —concluyó antes de que se la llevaran por la puerta.

Empezó a llover, y para no perder la costumbre, me había vuelto a olvidar el paraguas, así que nuevamente me puse el abrigo. Había sido una semana muy dura, y la historia de Brittany era tan triste ¿Y si a mí me pasaba lo mismo que a ella? ¿Y si me quedaba sola toda la vida? ¿Y si jamás encontraba a alguien como Quinn? Tenía que decirle la verdad y arriesgarme. Como había dicho Brittany, no tenía nada que perder.

Llegué a casa tiritando de frío. Era tarde y estaba todo oscuro. Abrí la puerta deseando haber encontrado un hogar un poco más caliente, pero el frío empezaba a asentarse poco a poco y no tenía suficiente dinero para mantener la casa caliente. A duras penas me llegaba para el gas y el agua.

Al cerrar la puerta me di cuenta de que había un sobre en el suelo. Lo tomé y lo giré esperando encontrar facturas, pero no fue el caso. Reconocí la letra enseguida. Mi corazón se aceleró. Era de Quinn Fabray. Intenté abrirla, nerviosa, pero mis manos mojadas hacían la tarea bastante difícil. Cuando conseguí abrirla, comencé a leerla nerviosa.


Querida Rach:

Sé que es probable que no quieras leer esto. Seguramente te preguntarás por qué no te he enviado un mensaje o por qué no te he llamado. Me parecía que llamarte podría parecerte demasiado insolente, pero un mensaje me parecía demasiado frío, así que he preferido escribirte esta carta.

Quiero que entiendas que lo que te voy a decir a continuación no es fácil para mí, pero no puedo seguir así sin que lo sepas. Desde que te vi por primera vez no he podido dejar de pensar en ti. Tu mirada, tu sonrisa, tu forma de ser… me cautiva y me inspira de manera que nunca nadie antes lo había hecho en mis veinticinco años de vida. Nadie ha conseguido causar tal impacto en mí.

Sé que hay cosas que no me dices, cosas que te preocupan, y quiero pedirte disculpas si en algún momento he parecido entrometida, pero lo que más me duele es verte sufrir.

Ojalá pudieses confiar en mí y me contaras lo que te preocupa, porque al menos intentaría ayudarte en lo que fuese posible. Quiero que sepas que entiendo que no quieras nada conmigo. Entiendo que la edad es el primer problema, y sé que tienes que ser feliz y experimentar con gente de tu edad. Lo siento si he sido demasiado aventurada en mis actos, pero es que cuando estoy contigo no me acuerdo de la edad que nos separa.

Cuando estoy contigo es todo tan normal y tan natural... Estos últimos días no he podido dejar de desear haber nacido más tarde para poder haber tenido alguna posibilidad contigo.

Lo que quiero decir es que te quiero, Rachel, y que estoy perdidamente enamorada de ti, y que espero que me perdones por escribir estas palabras, pero no puedo guardarlo en mi corazón. Aun sabiendo que te perderé, quiero que sepas qué es lo que siento y que jamás he sentido por nadie lo que siento por ti.

Todo mi amor para siempre, tu Quinn Fabray.


Todo el cuerpo me temblaba. Sentía una especie de emoción pero a la vez de tristeza.

Quinn estaba enamorada de mí, y eso me hacía la persona más feliz del mundo, pero a la vez la carta parecía una despedida. ¿Y si era demasiado tarde? Sin pensarlo, tomé las llaves, cerré la puerta y salí corriendo en dirección de la casa de Quinn. Tenía que decirle lo que sentía, que yo también estaba enamorada y que tenía que contarle la verdad sobre mi vida. Si aún quedaba una oportunidad no quería perderla. Corrí lo más rápido que pude sin parar ni un segundo a descansar. Nada pudo conmigo, ni la fuerte lluvia ni los rayos hicieron que aminorase el paso.

Llegué a su portal empapada y sin aliento. Mis zapatos estaban recubiertos de barro, y mi cuerpo temblaba, no sé bien si por el nerviosismo o por el frío. Intenté recuperarme un poco y llamé a la puerta.

Pude oír los pasos de Quinn acercándose a la puerta. El corazón m latía a mil. Cuando abrió la puerta nos quedamos un momento mirándonos. Quinn estaba sorprendida, y a la vez alarmada.

— Rachel, ¿estás bien? —preguntó sin poder ocultar su aflicción.

— Sí… bueno, no… pero sí –le contesté nerviosa aun recuperándome de la carrera.

Las lágrimas empezaron a mezclarse con las gotas de agua que aun tenía en la cara. Quinn parecía muy impacientada.

— Leí la carta —conseguí decirle.

La observé un segundo y tomé fuerzas para seguir hablando.

— Quiero que sepas que eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Lo siento por haber sido tan fría. Hace días que quería contarte la verdad… No vivo con mis padres, en realidad vivo sola. Quería contártelo desde hace tiempo pero me daba miedo perderte por haberte engañado, pero ahora ya es demasiado tarde. A mí lo de la edad siempre me ha dado igual. Cuando estoy a tu lado soy la persona más feliz del mundo, pero sé que por culpa de mis mentiras acabé perdiéndote —tomé aire un segundo para no ahogarme con tantos sollozos— No quería despedirme sin decirte que yo también te quiero y que me duele el corazón cada vez que pienso que ya no estarás en mi vida.

Tomé el aire de nuevo intentando calmar mis lágrimas, y sin mirarla, me giré y empecé a caminar sin mirar atrás, notando nuevamente las gotas frías en mi piel. Por lo menos lo había dicho, y ella ya sabía la verdad.

Pude oír como Quinn se aproximaba. No dijo nada, simplemente se acercó. Me paré. La podía sentir detrás de mí cada vez más cerca. Noté como me aprisionaba con una mano por la cintura, y con la otra por el brazo y me giró suavemente hacia ella. Me apretó con fuerza y a la vez con una dulzura indescriptible. Me miró a los ojos tiernamente. La lluvia empezaba a empaparla a ella también y las gotas le caían por sus mechones dorados cubriéndole su hermoso rostro. Me apretó todavía más a ella. Podía sentir su corazón latiendo con fuerza. Subió su mano hasta detrás de mi cabeza, me miró y me besó. Quinn Fabray me había besado como nunca nadie antes lo había hecho.