Seis:

"Me estás volviendo loca Rachel."

La mañana siguiente me desperté envuelta en los brazos de Quinn, y jamás podría haber imaginado lo mucho que me gustaría esa sensación. Seguía lloviendo con fuerza, y podía ver las gotas rebotar en una ventana del techo. La habitación del ático era preciosa. Jamás había sido tan feliz en mi vida. Recordaba lo que había pasado la noche anterior y se me aceleraba la sangre. Quinn me besó bajo la lluvia y yo no podía pensar en un primer beso mejor que ese, ni más romántico. No sé cuánto tiempo estuvimos besándonos, podrían haber sido minutos u horas, pero cuando entramos a su casa, estábamos las dos empapadas. Fue todo tan natural, como si lo hubiese hecho toda la vida. Mi nuevo pasatiempo preferido se había convertido en besar a Quinn Fabray. Era la sensación más maravillosa del mundo.

Nos pasamos horas y horas besándonos en la cama hasta que nos quedamos dormidas, abrazadas, y aunque la tensión no paraba de subir constantemente, Quinn no había intentado nada a parte de besarme, y eso me tranquilizaba porque me hacía sentir segura y respetada. Podía notar como había momentos en los que me abrazaba con fuerza y tenía que parar unos instantes, como si tuviese que contenerse. Las dos nos habíamos quedado vestidas. Estaba un poco nerviosa porque jamás lo había hecho con nadie. ¿Y si Quinn quería… pues eso… hacerlo conmigo? El tema me asustaba un poco, la verdad. Y por alguna razón, si tenía que hacerlo algún día, quería que fuese cuando fuera mayor de edad. No me quedaba mucho, pero todavía era menor. No sé por qué, y puede parecer estúpido, pero siempre había querido que fuese así. Estaba un poco nerviosa por decírselo a Quinn, pero sabía que me respetaría y que no haría nada con lo que yo no estuviese de acuerdo. Entre tanto beso, ni siquiera nos acordamos de hablar sobre lo de mis padres.

Me paré un segundo a pensar todo lo que había ocurrido desde el 12 de septiembre cuando comencé las clases. En poco más de tres semanas mi vida había cambiado por completo. Tenía ganas de ver a Brittany y contarle todo lo que había ocurrido. Me podía imaginar la cara que pondría con su gran sonrisa y su inocencia con los unicornios.

Me giré para poder ver a Quinn mientras dormía. Era hermosa incluso durmiendo. Le acaricié la frente y Quinn despertó, pero no abrió los ojos.

Sonrió mientras acariciaba mi mano con ternura. Abrió los ojos un poco y volvió a sonreír. Yo también sonreí. Me dio un beso en los labios.

— ¡Buenos días princesa! —susurró con su dulce voz.

— ¡Hola! —le respondí sonrojada.

— ¿Has dormido bien?

— ¡Mejor que nunca!

Me volvió a dar otro beso y empezó a acariciarme un lado de la cara.

— Eres hermosa.

Su mirada era tan intensa, y a la vez tan dulce, y su tacto tan suave, pero a su vez tenso.

Me volvió a besar.

— Te quiero Rach —susurró mirándome a los ojos.

— Yo también te quiero, más que a nada en el mundo —le contesté.

— Tenía ganas de besarte desde el momento en que te vi —confesó dándome otro beso en los labios.

— Bueno, eso hubiese sido un poco raro —le dije bromeando.

Me miró y rió.

— Pensé que jamás te tendría. Ayer, cuando llamaste a la puerta, eras la última persona que esperaba encontrar —relató aliviada por la sensación de angustia que sólo pensarlole causaba—No sabes lo contenta que me puse cuando vi que eras tú.

Nos pasamos unos minutos besándonos intensamente, y después nos quedamos analizando la una a la otra mientras enredaba mis dedos en su cabello.

— ¿Tienes hambre? —me preguntó.

— Sí, un poco.

— Pues quédate aquí tranquila un momento que te voy a traer el desayuno a la cama ¿Qué te parecen unos waffles y jugo de uva? —cuestionó ilusionada.

— ¡Perfecto! Me encantan los waffles—le sonreí. — ¿Segura que no quieres que te ayude?

— No, tú relájate. De haber sabido que ibas a venir hubiese preparado algo más elaborado —concluyó antes de bajar por las escaleras.

La espera se me hizo eterna. No quería estar ni un segundo sin ella. El olor iba invadiendo la casa y hacían que me rugiera el estómago. Quinn había puesto la radio de fondo mientras preparaba el desayuno y tarareaba.

De vez en cuando iba soltando algunas frases como '¿estás bien?' o 'ya casi estoy'. Le oí salir un segundo al exterior por la puerta de la cocina, pero pocos minutos después subió el desayuno en una gran bandeja, y había una rosa roja preciosa en un vaso con agua.

— Ya te estaba echando de menos allí abajo —dejó la bandeja en una silla al lado de la cama.

— Yo también.

Se acercó a mí y me dio un beso rápido en los labios.

— Me puse nerviosa pensando que cuando volviera tal vez no estarías aquí, como si todo hubiese sido un sueño —musitó un poco nerviosa.

Y entonces le di una cachetada que sonó muy fuerte. Quinn me miró con los ojos bien abiertos sorprendida por lo que acababa de pasar.

— ¿Te dolió? —acaricié su mejilla.

— ¡Un poco! —asintió confundida.

— Pues no es un sueño —y sonreí.

Quinn se quedó unos segundos sorprendida, pero después estalló en risas.

— Con que esas tenemos, ¿eh pequeña?—advirtió mirándome traviesa —Pues ahora verás.

Y se tiró sobre mí haciéndome cosquillas.

— Para… para Quinn —le supliqué entre risas.

Estuvo un rato haciéndome cosquillas, que todo acabó en otro montón de besos apasionados.

— ¡Esa sí que no me la esperaba! —murmuró sonriendo.

— Es que me lo has puesto en bandeja —le contesté feliz. —Y hablando de bandeja, vamos a desayunar que me muero de hambre.

Los waffles estaban buenísimos, sobre todo con el jarabe de arce que Quinn había traído y que estaba delicioso. Cuando acabamos de desayunar, seguimos besándonos durante un rato. Por lo menos nos quedamos otra hora más enredadas en los labios de la otra.

Era una sensación tan agradable… la hubiera besado hasta el fin del mundo, y así hubiera sido de no ser porque sonó el teléfono de Quinn. La primera vez lo dejó sonar, pero cuando vio que insistían, me pidió disculpas y respondió.

— Es mi madre —me informó antes de responder la insistente llamada.

— Tranquila, tómate tu tiempo.

Se levantó de la cama y bajó las escaleras.

— Hola mamá, ¿cómo estás? —pude oírle decir desde la planta baja.

Yo también me levanté. Me quité la camiseta y los 'shorts' que Quinn me había dejado para dormir, y me puse un jersey suyo mientras mi ropa se secaba.

— Ya lo sé, lo siento, pero estuve muy ocupada estos últimos días. Iba a llamarte hoy. ¿Qué tal todo por ahí? —le decía a su madre amablemente. —¿Ah sí? Pero si yo pensaba que no le gustaban los perros…

Cuando acabé de hacer la cama y recoger lo del desayuno, bajé y ordené un poco la cocina.

— Mamá, ya te he dicho que no quiero hablar de ese tema. ¿Para eso me llamas? — Gruñó y después resopló cambiando el tono drásticamente intentando hablar más bajo como si no quisiera que la escuchara — ¡Ya te he dicho que no hay vuelta atrás… no… no va a ocurrir jamás, y por favor, no insistas más en hablar de ello! —rezongó enfadada. —Te voy a dejar que estoy ocupada. Te llamaré mañana. Dale besos a papá de mi parte —se despidió. —Está bien, adiós.

Colgó el teléfono y se frotó la frente un poco estresada. Se quedó un segundo inspeccionando al teléfono y luego me miró.

— Te digo una cosa, las madres pueden acabar volviéndote loca —resopló intentando disimular.

Me sonrió y parecía más aliviada, pero algo me decía que había algo más que una simple disputa. De todos modos no iba a insistir a preguntar, y además aquello me había hecho recordar que tenía que contarle lo de mis padres. Quinn se acercó a mí por detrás y me dio un abrazo y un beso en el cuello que me sacudió el cuerpo. Me encendí de golpe. Quinn pareció notar mi reacción, aunque había intentado controlarlo, y me dio otro, pero esta vez más lento. Movió sus manos lentamente por mi estómago y me apretó más contra ella. Mi respiración se estaba acelerando. Era la primera vez que me besaba en el cuello, era como si me hubiera encontrado el punto sensible específico de mi cuerpo que me estaba haciendo perder el sentido, y Quinn parecía contenta de haberlo encontrado. Las piernas me flaqueaban y mi respiración cada vez iba más rápido.

— Para Quinn… por favor —le pedí después de haberme concentrado mucho para encontrar la voluntad de pedirle tal cosa.

Me miró traviesa, pero se detuvo. Me giró y me dio un beso en la boca.

— Quinn, quiero que hablemos un segundo. Tengo que explicarte algunas cosas —le expliqué un poco nerviosa.

— Sí. Todo lo que tú quieras Rach—aceptó cariñosamente. — No te preocupes, que sea lo que sea, verás que encontraremos alguna solución. No quiero que tengas miedo de decirme las cosas.

Nos sentamos en el sofá y me agarró de la mano. Me tomé unos segundos para concentrarme y empecé a hablar.

— Te mentí sobre lo de mis padres, y no tendría que haberlo hecho, pero nunca pensé que acabaría enamorada de ti. Cada vez que te tenía más cerca, peor me sentía por haberte mentido y ya no sabía cómo contártelo —empecé intentando disculparme de alguna manera. — Lo siento mucho Quinn. Tenía miedo de perderte.

— No te preocupes. Lo entiendo.

— Lo que te voy a contar ahora no es fácil para mí. No se lo he contado a nadie excepto a Brittany, que es básicamente como si fuese mi hermana. Llevo viviendo sola desde los quince años. Desde que tengo memoria, recuerdo a mi mamá maltratando a mi papá. Siempre lo insultaba e incluso, algunas veces, le pegaba. Muchas veces tenía golpes que intentaba ocultar, y cuando le preguntaba qué le había pasado siempre decía que se había caído —las lágrimas empezaban a empañarme la vista. — A pesar de que yo oía los golpes por las noches, jamás lo vi llorar. Siempre que estaba conmigo intentaba estar feliz y sonriente para hacer que mi vida fuese un poco más fácil. Cuando Shelby estaba fuera de casa éramos las personas más felices. Hacíamos un montón de cosas y reíamos mucho. Cuando regresé de mi primer día de clase del instituto, Shelby estaba muy alterada y ebria, e insultaba a Leroy. Cuando entré por la puerta, mi mamá me lanzó una copa con vino. Me dijo que no era más que una rata que no paraba de pedir. Por primera vez Leroy se reveló y se tiró sobre ella intentando detenerla con todas sus fuerzas, gritándole que no se le ocurriese tocarme jamás, pero mi la fuerza de ese momento de Shelby era más y lo empujó para quitárselo de encima. Leroy cayó en el suelo y se dio contra el bordillo de la escalera en la cabeza. Desde entonces está en coma y voy a verlo cada jueves y cada sábado. Por eso tuve que irme el otro día. Shelby me amenazó diciéndome que si decía algo me haría lo mismo que le había hecho a él, así que cuando vino la ambulancia, les conté que se había caído solo por las escaleras. Poco después Shelby desapareció, y mi tío, que es su hermano, se hizo cargo de mí, pero la cosa fue peor. Tuve que aprender a cuidarme sola porque él no se hacía cargo de mí. Fueron los años más difíciles de mi vida. Estaba mal alimentada y descuidada porque aquél idiota no quería que tocara nada de la casa. Se gastaba todo el dinero en cervezas y apenas compraba comida. Cuando tenía quince años, una noche, mi tío entró en mi habitación, ebrio—recordé mientras volvían a caerme lágrimas por la cara. Tomé un momento para respirar. Quinn me agarró la mano con fuerza. Podía ver su expresión de impotencia y dolor. — Empezó a decirme que si decía algo o chillaba le diría a todo el mundo lo que había hecho —las manos de Quinn temblaban. —Se metió en mi cama y empezó a tocarme. Estaba aterrorizada. No podía moverme del miedo que tenía —las lágrimas me estaban ahogando. —En un momento que se incorporó para ponerse sobre mí, no sé cómo, lo golpee en sus partes bajas. Como estaba tan ebrio, no le dio tiempo a reaccionar, y lo lancé. Se retorció de dolor, y justo en aquél momento conseguí escapar por la ventana. Estuve corriendo toda la noche, intentando encontrar mi casa, pero no había manera. Todo estaba oscuro y además estaba aterrada que en cualquier momento mi tío apareciese, así que me acurruqué bajo unos arbustos del bosque hasta que me quedé dormida. Al día siguiente la encontré y encontré la llave que Leroy guardaba debajo de un macetero. Nunca volví a ver a mi tío, aunque al principio lo pasé muy mal pensando que vendría en cualquier momento. Desde entonces vivo sola, y es por eso que me he aislado de todo y de todos, para intentar protegerme.

Quinn me miró con lágrimas en los ojos. Temblaba de rabia e impotencia. Yo observé al suelo nerviosa por lo que le había contado y agotada por los recuerdos.

— ¿Cómo pensaste que si me contabas esto no querría estar contigo? —me preguntó con la voz entrecortada.

— No lo sé. Creo que tenía miedo de tu reacción. La verdad es que no tengo ni idea de cómo tengo que tratar con las personas. Tenía miedo de perderte, pero a la vez quería protegerme para que no me hicieses daño. Todas las personas en mi vida me han hecho daño y no quería que volviera a ocurrir.

Quinn me tomó y me abrazó con fuerza.

— Rachel, yo jamás te haré daño. Lo que hicieron tu madre y tu tío es horrible. Tendrían que estar encerrados. Sólo pensarlo me dan ganas de matarlos —tomó aire para intentar tranquilizarse. — Tienes que creerme cuando te digo que no te haré daño jamás.

La observé sin poder evitar nuevas lágrimas.

— Te creo —susurré mirándola a los ojos.

Me volvió a besar con ese dulce sabor que desprendían sus labios. Me abrazó un rato hasta que conseguí tranquilizarme. Me sentía mucho más tranquila ahora que lo sabía.

— Hay otro tema que me preocupa –continué nerviosa.

— Dime —me contestó con su suave voz.

— No sé bien como decir esto… la verdad es que estoy un poco nerviosa.

— No te preocupes, lo que sea quiero que sepas que conmigo lo puedes hablar.

— Bueno… como ya te podrás imaginar… yo no he… ya sabes... no he tenido nunca ningún novio —murmuré deseando que lo captara.

— Ya —respondió confusa, pero me pareció que no acabó de captarlo.

— Bueno… pues eso... que no he estado nunca con ningún chico —expliqué pero en su expresión inocente y tierna quedaba claro que aun no lo entendía. —Soy virgen.

Noté cómo se me encendían las mejillas.

— ¡Ah! — exclamó captándolo por fin. — Pensaba que era más grave.

— Bueno, es un poco grave, la verdad. Tengo diecisiete años y experiencia nula en este tema — respondí seria.

Quinn me miró dulce y tiernamente.

— No te preocupes Rachel, no hay fecha de caducidad para esas cosas —y rió. — Además no haremos nada que tú no quieras y con lo que tú no te sientas cómoda. No tenemos que poner metas y desde luego no hay prisa. Quiero que estés tranquila en ese tema. Si finalmente quieres que pase conmigo… será cuando tú estés lista.

La verdad es que no podía haber encontrado a alguien mejor que a Quinn.

— No sé por qué, y puede que suene estúpido, pero siempre quise llegar virgen hasta los dieciocho como mínimo. Sé que es una estupidez, pero siempre lo pensé así —le expliqué tímida. — Bueno, en realidad pensé que moriría virgen… pero bueno… si había la posibilidad por lo menos hasta los 18.

— No te preocupes Rachel. Cuando tú estés lista. Estando a tu lado ya soy la chica más feliz del mundo.

Nos volvimos a besar, y nos pasamos todo el día haciéndolo. La lluvia seguía acompañándonos con su suave melodía al revotar contra las ventanas. Fue un día maravilloso. Hicimos bombones en el fuego y galletas, y jugamos a juegos de mesa, y después seguimos besándonos hasta que, cuando ya estaba entrada la noche, nos volvimos a quedar dormidas en los brazos de la otra.

Las clases del lunes me supieron diferentes. Había vuelto a salir el sol y todo parecía que tenía colores más vivos de lo normal. El bosque estaba empezando a tomar unos tonos otoñales preciosos. Parecía un cuadro impresionista. La gente de la calle me parecía más amable y todo. Incluso Santana López me parecía menos agresiva.

Ni siquiera habían pasado quince minutos de la primera clase del lunes cuando me vibró el teléfono en el bolsillo. Lo puse en mi estuche y disimuladamente observé qué había sido esa notificación. Era un mensaje de mi Quinn.

'¡Hola cielo. Sólo quería decirte que te echo de menos y que te quiero!'

Al principio no quise contestarle. Moralmente estaba mal. No podía estar escribiendo mensajes durante la clase. Estar examinando el mensaje ya me hacía sentir culpable.

Siempre había sido muy correcta y me había comportado muy bien, y no podía manchar mi reputación si me descubrían mandando mensajes. Pero, ¿y si no me descubrían?

Tenía su emoción y dramatismo, la verdad. ¿Podía ser que me estuviera volviendo una rebelde?

'Pero si ni siquiera han pasado 20 minutos desde que me viste

'Ya son demasiados'

'Yo también te echo de menos'

Observé disimuladamente a mí alrededor a ver si alguien me veía. No estaba acostumbrada a quebrantar la ley, pero la verdad es que la adrenalina que me provocaba esa sensación me gustaba.

'No paro de pensar en todos los besos que nos dimos. Cada vez que lo recuerdo me recorre calor por el cuerpo…' —le escribí atrevida.

Esa morbosa sensación me estaba empezando a gustar demasiado.

'Hmmm... Y a mí… ¡Esta tarde te daré más y mejor!'

'Eso será si me dejo' –le contesté.

'Jaja. No podrás resistirte. Además recuerda que soy tu profesora y puedo castigarte si te rehúsas a hacer todo lo que yo quiera'

Tuve que disimular una sonrisa para que nadie me viera.

'Será mejor que me concentre porque si me descubre el Señor Shuster la cosa no va a

acabar nada bien. Además no sabes cómo me acabas de poner. Te quiero mi fotógrafa'

'Yo también te quiero mi princesa. Hasta luego'

A Quinn le tocaba guardia a la hora del recreo, así que no podía ir a verla a su despacho.

Me senté en un banco un poco más cerca del colegio para no darle ideas a Santana de cómo molestarme. Me sentía demasiado bien para que me lo estropeara. Seguí escribiendo la historia que estaba preparando para Quinn. Me sentía motivada y con un montón de nuevas ideas. Cuando habían pasado unos diez minutos, me sorprendió una voz adorable más que familiar.

— Señorita Berry. Ya veo que está muy ocupada —susurró Quinn con un tono serio, distante y formal muy divertido.

Había bastantes alumnos alrededor y nos podían oír. Seguramente ninguno prestaría atención, pero sí que algunas chicas la veían desde la distancia estarían odiándome por estar hablando con ella. Si tan solo supieran…

— Buenos días Miss Fabray ¿Cómo le va en este hermoso día?—le contesté siguiéndole el juego.

El jueguecito le añadía otro punto de dramatismo irresistible. Estaba pasando al lado oscuro muy rápido… y me estaba gustando.

— Bien de hecho, mejor dígame ¿Ha pasado usted un buen fin de semana? —me preguntó inocente.

— Podríamos decir que acabó mejor de lo que empezó.

Le dije sin mirarla, como si no estuviese interesada.

— Vaya día el de ayer. No paró de llover.

— Sí, imposible de hacer cualquier cosa fuera de casa.

Quinn se aclaró la garganta.

— La verdad es que se pueden hacer muchas cosas dentro de casa —susurró mirándome cada vez más traviesa e intensa pero sin perder su tono distante.

— Sí. Últimamente estoy descubriendo nuevas aficiones muy interesantes que hacer en el interior de una casa, específicamente sobre una cama, sobre un sofá o quizás sobre una barra de cocina. Parece que predicen un invierno muy frío y lluvioso.

Me miró e intentó reprimir una sonrisa.

— Además es muy probable que este año ponga muchos deberes, lo cual hará que tenga que estar todavía más tiempo dentro de casa señorita Berry.

— Me parece correcto. Disciplina y trabajo duro es lo que hace falta —le contesté.

— No se preocupe que los deberes serán muy… duros.

La observé sonrojada. La conversación estaba empezando a ponerse interesante.

— Yo soy muy aplicada… Me gusta lo… duro.

Pude ver como Quinn también se sonrojaba. Me miró intentado parecer un poco seria pero podía ver sus esfuerzos por ocultar una sonrisa. Siguió caminando por el patio con las manos en su espalda vigilando a los demás alumnos, mientras yo intentaba reponerme de la intensidad de aquella conversación. Me quedé unos instantes contemplando su porte y elegancia. Se giró un momento y me descubrió examinándola.

Me guiñó un ojo y se volvió a girar. Luego seguí escribiendo mi historia hasta que sonó mi la sirena intentando controlar mi imaginación que empezaba a trasladarse al lado oscuro, el que me daba esa excitación por todo el cuerpo.

La siguiente clase era con ella y no paramos de enviarnos miraditas. Repartió las redacciones corregidas y con nota. Había sacado un 10 sobre 10. Era la única de toda la clase que había sacado un 10. Santana había sacado un 3 y no paraba de refunfuñar desde la fila de atrás. Quinn la ignoró sin piedad. Cuando quedaban quince minutos de clase Quinn nos dio tiempo para adelantar los deberes que nos había puesto. No habían pasado ni dos minutos cuando mi teléfono vibró. Observé a Quinn pero ella disimuló como si no fuera ella quien lo hubiera enviado. Observé alrededor para asegurarme que nadie veía y puse el teléfono en el estuche. Quinn se iba levantando según le iban llamando para resolver dudas.

'¿Qué te ha parecido mi tono de antes?'

'Bueno, puedes mejorar' —le contesté.

Vi cómo Quinn disimulaba entre sus libros detrás del pupitre para contestar a mi mensaje, como si estuviera entretenida corrigiendo.

'¿Sabes lo que me gustaría hacerte ahora?'

Me miró un segundo con cara de niña mala mordiéndose el labio.

'Me acercaría por detrás y te abrazaría por la cintura. Después te apretaría contra mí y te daría un mordisco en el cuello'

Tuve que respirar más profundamente. Sólo imaginarla me estaba volviendo loca. La observé un momento y me miró. Su mirada era intensa e inquietante, llena de deseo. A mí me encantaba que me contemplara de esa forma.

'¿Y qué te lo impide?' —la reté.

La observé un segundo y luego hice como si estuviese haciendo mis deberes. El teléfono volvió a vibrar.

'Me estás volviendo loca Rachel. No me tientes que tengo demasiadas ganas de besarte'

La excitación en mi cuerpo era cada vez era más fuerte.

'Me tienes justo delante'—la reté de nuevo.

Me miró desafiante y sorprendida por mi osadía. De repente se levantó y se dirigió a mí.

La clase seguía en silencio. Nadie pareció darse cuenta. Yo me quedé sorprendida y un poco asustada. Cuando estuvo a mi altura se sentó en el pupitre a mi lado que estaba vacío.

— Dime, ¿cuál es tu duda? —me preguntó.

Me quedé un segundo sin contestar. Me había tomado desprevenida.

— Pues… es este enunciado… no acabo de entenderlo — improvisé.

Sentí latir mi corazón con fuerza. Quinn se acercó un poco más a mí. La posición en la que estaba mi mesa era ideal porque los demás no podían ver bien lo que ocurría exactamente. Además Quinn había dejado que los que quisieran pusieran música con los auriculares, así que la mayoría estaban completamente en su mundo.

— Déjame que te lo explique —me contestó mirándome ardiente e intensamente.

Empezó a hablar explicándome el anunciado en voz baja. Pero pronto dejé de prestar atención. Quinn se había acercado todavía más y en un gesto disimulado había puesto su mano debajo el pupitre y después la colocó en mi rodilla. Ese gesto me sobresaltó y tuve que disimular para que no se me notara. Quinn sonrió un segundo y siguió explicándome el anunciado. Poco a poco fue subiendo su mano por mi entrepierna. Yo empezaba a descontrolarme. Quinn estaba tocándome delante de todo el mundo y aunque era lo más incorrecto del mundo, me estaba gustando… y mucho. Estaba nerviosa por si alguien podía vernos, pero a la vez me daba mucha excitación. Podía notar mi cuerpo temblar y tenía que contenerme para no soltar los gemidos que mi cuerpo me pedía tan desesperadamente.

¿Cómo era posible que Quinn me hiciese sentir de esa manera?

Poco a poco, fue subiendo, cada vez más cerca de… bueno…, pero sin tocarme. La verdad es que algo raro me estaba pasando, porque cuanto más se acercaba, más quería que siguiera subiendo. De repente paró, justo cuando estaba a punto de tocarme.

— Bueno, ¿lo has entendido? —me preguntó divertida.

Necesité unos segundo para saber ni siquiera dónde estaba.

— Sí, por supuesto… —tartamudeé acalorada intentando hablar de la manera más normal posible.

Se levantó y justo sonó la sirena que anunciaba el final de la clase. Observé alrededor para ver si alguien se había dado cuenta. Nadie parecía haber visto nada. Todos se levantaban apresurados por salir. Observé a Quinn que me miraba con una mirada triunfante y una sonrisa de satisfacción. Se sentó en su mesa y mi teléfono volvió a vibrar. Después empezó a recoger sus cosas.

'Ven a mi despacho un momento'

Era lo que más quería en ese momento pero no podía porque aun me quedaba una clase.

'No puedo. Tengo clase'

— '5 minutos sólo. Por favor' —y salió de clase sin mirarme.

Si iba a su despacho sería la primera vez que llegaría tarde a clase. Lo pensé un segundo. No me gustaba romper las leyes, pero el cuerpo me pedía ir, me pedía ir a ver a Quinn.

Llegué a la puerta de su despacho, y después de respirar hondo, llamé a la puerta. Quinn abrió enseguida, y tomándome suavemente del brazo me tiró hacia dentro, y empezó a besarme con intensidad. Las dos nos perdimos en con tal ímpetu que no hacía más que aumentar por segundos.

Apartó las cosas de su mesa que cayeron al suelo, y luego me levantó y me puso encima de la mesa mientras seguía besándome con fuerza. Era la primera vez que nos besábamos con tanta intensidad. Las dos íbamos soltando gemidos reprimidos que no hacían más que seguir subiendo la tensión. Me apartó el cabello del cuello y empezó a besarme. El poco control que intentaba mantener, desapareció cuando me tocó en ese punto. Entre gemidos, tomé a Quinn por la cabeza y la acerqué todavía más a mí. Me eché hacia atrás, y Quinn se puso encima de mí. Me tomó por las muñecas y las puso encima de mi cabeza, haciendo un poco de fuerza, y siguió besándome. Nunca la había visto tan excitada, y eso me excitaba todavía más. Al cabo de unos minutos, intentó calmarse un poco, y me iba dando besos mientras intentaba respirar.

— No sé cómo consigues hacerme sentir esto —jadeó. — Será mejor que vayas a clase, porque si seguimos no voy a poder parar —advirtió clavándome esa mirada llena de deseo.

— No quiero que me dejes ir —le susurré al oído.

Me volvió a besar con fuerza, pegando todo su cuerpo contra el mío. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para parar.

— Vete, Rachel, vete…—suplicó.

Me senté y ella se levantó, soltándome las muñecas. Aunque no tenía ningunas ganas de irme, tenía que ir a clase. Ya habían pasado diez minutos.

— ¿Te veo esta tarde? —me preguntó acomodase su falda.

— Ajam—le contesté mientras me dirigía hacia la puerta intentando ordenarme un poco el cabello.

Se acercó a mí y me volvió a dar otro beso.

— Te quiero Rach—me dijo dulcemente.

— Yo también te quiero —le contesté antes de salir.

Necesité unos segundos para calmarme. Quería estar en esa mesa y que Quinn me apretara las muñecas mientras me besaba el cuello. Quería entrar y dejarme llevar, ver a Quinn desearme de esa manera, sentir sus gemidos tan cerca y tan fuertes. Con tanta intensidad, no sé si llegaría a cumplir los 18.