Capítulo 11 – Formación lente

El sol del atardecer ya empezaba a caer, dejando en la tierra del desierto de aquel planeta un cierto tinte anaranjado.

– Mierda – susurró Glova – No puede ser, uf… - suspiraba – Esa mole parece que sigue viva – había controlado muy bien la colisión de energía, pero mantenerla hasta que llegara el momento propicio fue agotador.

– ¡Formación Lente! – repitió Palter, ahora por su scouter.

– ¡Khum! – gritaron los miembros del escuadrón que aún seguían en pie.

Freeves apareció en un instante detrás de Zord, a quien dio su scouter, aún funcional. Zord se lo colocó – ¡Listo! – gritó él.

Entonces el alienígena verduzco empezó a levitar y cruzó sus piernas en posición de loto. Sus verdes ojos se tornaron púrpuras y de detrás de su espalda salieron dos gruesas agujas volando, de unos treinta centímetros de longitud.

Glova miraba impresionado el cambio de color de ojos de Freeves y aquellos extraños pinchos. Palter, mientras tanto, trasladaba el cuerpo de Luppa con rapidez hacia una zona más alejada, junto a Fiutzer, quien estaba casi inconsciente todavía. Tras ello, el capitán apareció en un segundo delante de Zord, apuntando a Glova con su índice – Nos sentimos orgullosos por haber combatido contigo, joven saiyan, pero ahora caerás ante el Escuadrón Palter, en nombre del Emperador – bajó el brazo – ¡Freeves! – dijo sin apartar la mirada del saiyan – ¡Ahora!

Glova subió la guardia. No sabía qué se proponían. Zord parecía tener la función de proteger a Freeves y probablemente las dos agujas que controlaba aquel alienígena verduzco serían un modo de ataque. Aun prediciendo todo aquello, a Glova le ponía nervioso el capitán del escuadrón, que todavía no había actuado.

Las saetas de metal volaron hacia él y no pudo hacer otra cosa que comenzar a esquivar. Eran muy rápidas, incluso para Glova, era costoso mantener tal velocidad durante un tiempo indefinido.

De repente, entre un esquive donde el metal le rozó la cabeza, vio de soslayo una luz amarilla que impactó contra el pecho del muchacho.

La explosión tiró a Glova al suelo. El dolor recorría todos sus músculos. Súbitamente, atisbó sendas agujas dirigidas hacia su rostro y, con furia, agarró las dos con una sola mano, como si hubiera atrapado a un par de insectos en el aire. Aún tirado en el suelo, las apretaba con toda su fuerza, pero parecía que se le resistían.

Sin aminorar la presión que sometía a las agujas, Glova consiguió levantarse y agarró los palillos por sus extremos, dispuesto a partirlos en cuatro. Sin embargo, la resistencia de aquel metal sobrepasaba la fuerza del pequeño.

– ¡Ja, ja, ja! – Palter se disponía a lanzar otro ataque a distancia, pero paró al ver a Glova intentar lo imposible – ¿Es que no reconoces el color de ese metal?

Glova miró lo que aprisionaba entre las manos. Su color era negro, brillante; y el tacto era liso, suave, frío como la escarcha.

– Eso que tienes ahí es Katchin. Irrompible. Su kilo es casi tan caro como cualquier sistema planetario de por aquí – la cola del capitán se deslizaba por la arena a sus pies.

Glova desconocía la existencia de un metal irrompible. Sus ojos se posaban en aquel duro material creado a partir de alguna costosa aleación o sacado de las profundidades de algún planeta único.

Una gota de sudor recorrió su frente hasta la comisura derecha. Levantó el puño que sostenía las agujas y en un instante, Glova hizo explosionar una onda de energía de su mano, impulsando las agujas hacia el lado opuesto, hacia el capitán.

Las estacas de Katchin fueron disparadas, pero pararon antes de llegar al suelo; como por arte de magia.

El aura púrpura de Palter comenzó a fluir de manera estrepitosa. Fue entonces a por el saiyan, dejando un surco de energía flameante a su paso.

Cuando llegó a la altura de Glova, este ya había preparado su guardia. Los golpes secos que Palter daba eran más fluidos que los de Luppa, pero el saiyan notaba que, por si fuera poco, tenían una potencia similar.

Al pequeño le costaba habituarse a los ataques bien definidos del capitán. Y Palter estaba cada vez más convencido de su victoria al ganarle terreno. Glova, sin embargo, tenía un miedo superficial; un miedo extraño de explicar. Temía a su enemigo, pero no temía que pudiera causarle la muerte. Temía a sus ataques curtidos por la experiencia guerrera. No, no del todo; temía a su propio cuerpo, porque en el fondo conocía su verdadero límite. Sabía que aquella no era su mejor defensa.

¡Yiahh! – Glova explosionó su aura, obligando a Palter a retroceder – ¡Pam! – el capitán recibió una patada lateral en pleno estómago.

¡Uf! – dejó escapar su voz sin involuntariamente.

El codazo del saiyan llegó a la cabeza de Palter más pronto de lo que se esperaba – ¡Crack!

De repente, algo agarró a Glova por el tobillo y paró su ataque frenético.

– ¿Eh? – fue todo lo que pudo decir después de ver la cola del capitán presionando su pie, limitando su movimiento.

Los golpes empezaron a caer sobre Glova como arietes. Los puñetazos eran certeros y la larga cola mantenía pasiva a su víctima. Una técnica habitual entre los seres con colas macizas y con forma de látigo.

Gova, en un intento de zafarse, lanzó una bola de energía rápida y sin demasiada potencia al rostro de Palter. Cuando le estalló en la cara, voló hacia arriba de forma brusca, pensando que al tirar del látigo que le agarraba, lo soltaría. El capitán ya había previsto su marcha y apretó el nudo que atenazaba al saiyan, de modo que Glova sufrió un tirón que paró su vuelo de forma inmediata y seguido le lanzó al suelo como si fuera de trapo.

Cuando quiso levantarse, Glova sintió una punzada de dolor en su muslo. Una de las estacas de Katchin había atravesado su pierna limpiamente mientras era arrojado a tierra.

Veía su sangre manchar el pantalón azul ajustado que llevaba puesto – Argh – aquel escozor era intenso.

Miro hacia arriba y vio el puño de Palter acercársele al rostro. Alzó la mano con confianza y paró su ataque. Sujetó el puño y, con su diestra, hirió el rostro de su oponente. Palter salió lanzado por el puñetazo docenas de metros atrás. Entonces Glova miró a Zord y a Freeves – Me van a seguir molestando. Si no puedo romper sus agujas, destruiré a su títere.

Sus manos se iluminaron de energía azul mientras apuntaba a ambos. Zord puso su escudo delante – ¡Para esto, si puedes! – apretó su puño - ¡Blaam! – su disparo fue abrumador; la ráfaga iba a toda velocidad y con una potencia mayor a la de la última vez que la usó.

¡Briimm! – de nuevo, aquel sonido vibrante y metálico acosó los oídos de Glova. Lo único que vio en su objetivo fue cómo su ráfaga se dispersaba en el escudo, dividiéndose en energía volátil hacia todos lados, bordeando a Zord y formando una estrella desde su visión.

– ¿Qué?

– Chico, tienes mucho que aprender – era la voz de Palter, que se alzaba desde lejos – Si esas agujas están formadas de un metal extraño, aquel escudo es único – Glova no sabía qué decir. El sudor no paraba de recorrer su cuerpo mientras su pierna seguía sangrando – Ya te acostumbrarás a él si sobrevives algún minuto más.

El saiyan vio aparecer las dos agujas delante de él y empezó a esquivarlas de nuevo, pero a ellas se les unió Palter en una acometida de golpes – ¿Estás seguro de no querer formar parte de la élite del emperador, chico?

– ¡Que… - pronunciaba mientras evitaba de un rodillazo - …te… - esquivó un latigazo de la cola y la dirección de las agujas - …den!

- ¡Pum! – Palter recibió una patada giratoria que vino desde la espalda de Glova.

El capitán mordió de nuevo el polvo del desierto mientras se ponía una mano en la cara en señal de dolor. Mientras tanto, el joven saiyan ya había expulsado otra vez de su radio de acción las agujas con su energía.

– Parece que ese escudo soporta todas mis ondas de Ki. No sé cómo lo hace, pero debo atacar físicamente al tipo verde para eliminar esas estacas del combate – se puso una mano en la herida – Son peligrosas.

Glova, usando la ultra velocidad, se colocó enfrente de Zord – ¡Zip! – Salió precipitado hacia Freeves por la derecha del protector con su puño izquierdo hacia atrás con intención de golpear.

¡Plank! – su mano chocó contra el escudo, pero este no se había movido. Notó en aquel golpe una extraña sensación: su mano vacía de vida. Algún hueso de la mano se había fracturado, seguro, pero era el dolor lo que le aseguraba que seguía teniendo mano.

¡Argh! - se apartó del blasón y seguido recibió una patada giratoria de Zord, quien, usando su escudo como sujeción, pudo dar una vuelta en el aire para acertar el golpe.

Cuando Glova cayó, notó un dolor punzante en el hombro derecho. Una de las agujas había aprovechado el desliz para volver a herirlo.

Debía pensar con rapidez para librarse cuanto antes de ellas, pero eran muy agobiantes y su brazo derecho había quedado prácticamente inutilizado debido a su mano fracturada y a su nueva herida en el hombro. Para colmo, el capitán acaba de levantarse, dispuesto a combatir – Joder, me has roto la nariz, chaval – miró al muchacho. Un hilo de sangre caía de sus fosas nasales – Eres fuerte.

Glova tenía que acabar rápido con Freeves, pero Zord y su escudo eran inquebrantables. Lanzó una onda de energía hacia arriba, a varios metros sobrepasando al escudero y la manipuló para que cayera en dirección del alienígena verde al que protegía.

Zord lo tuvo fácil para volar y poner el escudo en su trayectoria, disipando el ataque cuando chocaba con el mismo.

Entonces, el saiyan aprovechó ese momento. El protector había se había movido. Tenía a Freeves delante, levitando con los ojos brillantes. Lanzó un relámpago de energía que, cuando estaba a no menos de veinte centímetros de su objetivo, otra onda de choque la desvió duramente.

– Mierda… – Glova miró a Palter.

– No vas a ganar tan fácilmente, chaval – el capitán sonrió y mostró unos dientes blancos manchados de rojo por la sangre brotada de su boca – Tres contra uno no suele ser nuestro modo de combatir, pero eres el cuarto oponente con el que nos hemos visto obligados a pelear de esta manera. Aunque pareces ser más peligroso que el anterior, confío en que acabarás igual que él – sus ojos amarillos escrutaban desafiantes los castaños del joven saiyan.

– ¡Cobardes! – Glova se sentía impotente. Todos los pensamientos motivacionales que había estado pensando antes de la batalla ahora eran polvo – Su naturaleza saiyana aceptaba aquel reto, pero el miedo por su familia era como taladrarle la cabeza.

Palter atacó de nuevo, golpeando sucesivamente a Glova. Con un brazo menos, el saiyan no podía dominar al rival. Un puñetazo en el hombro herido arrebató una gran cantidad de energía al saiyan. Comenzó a recibir todos los porrazos limpiamente.

El líder del escuadrón acabó tirándolo al suelo, pateándolo para levantarlo y seguir golpeando. El retroceso de Glova les llevó a una zona rocosa. Palter, confiado, agarró el cuello del saiyan que, ahora de rodillas, intentaba levantarse de nuevo. Aprisionó su garganta contra una roca enorme que hundía su base en la tierra y comenzó a apretar – Has sido un digno adversario, pero esto se acaba aquí – entonces alzó su mano en forma de garra.

¡Pam! – el pequeño Glova consiguió acertar una patada en la cabeza de su oponente. El capitán se había puesto demasiado cerca para hablarle, seguro de su victoria.

Cuando el joven quiso saber lo que había pasado, tanto él como su oponente ya estaban desplomados en el suelo. Una de las estacas, dirigidas a la frente del saiyan, había atravesado la cabeza de Palter accidentalmente, en cuyo centro resaltaba un agujero sangrante.

Freeves no pudo imaginar que su capitán situaría su cráneo entre la aguja y su objetivo. Fue la patada de Glova la que hizo tambalear al alienígena azulado, provocando el incidente y la muerte instantánea de su rival.

Glova, algo confuso, se dio cuenta del imprevisto que jugó a su favor y miró la estaca que había matado a su contrincante. Estaba clavada en la roca en la que ahora se apoyaba, a cuatro palmos por encima de su cabeza. Su corazón iba a mil por hora y la adrenalina surcaba su cuerpo, bombeándolo.

– Quedan todavía dos – dijo jadeando. Fue corriendo hacia Zord y Freeves. Cando llegó hasta sus posiciones, aún discutían.

– ¡Todo esto es culpa suya! ¿Quién le manda a combatir tan alejado de aquí? – Freeves estaba histérico casi parecía enloquecido – Él se ha saltado la formación, maldita sea. ¡Sabía perfectamente que mi percepción merma con la distancia!

– ¡Cállate ya, joder! Está aquí delante. Vuelve a la misma táctica – Le ordenó Zord.

Glova pasó a la ofensiva. Lanzó una ráfaga de energía azulada desde su puño cerrado. Rayos de electricidad energética cubrían su técnica.

Pff… - fue todo lo que Zord dijo mientras ponía el escudo en posición.

El ataque fue directo al escudo, pero antes de llegar al mismo, Glova abrió el puño con el que lanzaba la ráfaga y esta se dividió en cinco, bordeando a Zord y su protección.

El soldado no tuvo tiempo de reaccionar. Pegó una patada a una de aquellas divisiones de energía, pero las cuatro restantes dieron en el blanco.

Freeves estaba ya muy lejos del nivel de poder de Glova y las ráfagas le dieron de lleno. Una en el pecho, dos en la cara y otra en el brazo izquierdo. Cayó al suelo inmediatamente con un gemido vibrante – Argh¿Cómo puede este niñato… – con una fuerte expresión de dolor, miró a Glova a una docena de metros – ¡Lo pagarás caro!

Glova sintió cómo una de las agujas atravesó su lumbar, creándole otra herida interna – ¡Ugh! - notó su dolor aún más acrecentado, cuando creía que no podía aumentar.

Freeves reposó su cabeza en la arena, exhausto y moribundo. En ese instante, dos sonidos amortiguados alrededor de Glova le hicieron saber que las agujas estaban fuera de combate.

– Quedamos tú y yo – le dijo Glova a Zord, respirando de forma acelerada.

– No es verdad – escuchó una voz a su espalda.