Capítulo 12 – Seis muertes

En el hogar de los doctores, la tensión era máxima – Maldita sea ¿Cuánto van a durar esos cabrones? – Nasera parecía salida de un manicomio. Su pelo, ahora alborotado, brillaba algo cano con la luz artificial de la humilde casa que construyeron con tanto esfuerzo haría ya más de media década.

– Me parece que Glova no resistirá – dijo Lachi acariciándose la frente con los dedos.

– Tú tan idiota como siempre – en ese tipo de momentos, Nasera prefería un atisbo de optimismo antes que cualquier lloriqueo. Lachi generalmente huía de la esperanza; y ese era un rasgo odiado por su compañera.

– El sol de la tarde se pone – sentenció el doctor, mirando al despejado cielo con pequeños destellos de estrellas cercanas que hacían del panorama una verdadera contemplación artística.

Para Glova, escuchar aquella voz fue como cargar el desierto que pisaba a sus espaldas – Otro enemigo no… - pensó el saiyan.

Fiutzer estaba detrás del muchacho, a unos metros de distancia.

– Ya veo que lo que me hiciste no fue un golpe de suerte – evidenció al ver a su equipo en tan mal estado – Pero ahora estás hecho polvo y yo estoy en plena capacidad física – posó su mano en el estómago, justo en la rotura de su armadura – Bueno, creo que me hiciste un gran moratón, pero ahora me vengaré.

Glova estaba harto. Todo el escuadrón era un verdadero incordio. Su cuerpo se había convertido en un cadáver andante. Mantenía su fortaleza con mayor costo energético debido a sus heridas, se estaba desangrando progresivamente y, por si fuera poco, aún quedaban dos soldados en pie, dispuestos a luchar. Aquellas personas le molestaban, pero ya no sentía miedo hacia ellas; sentía rabia e impotencia, porque era cierto: podría haberlos matado rápidamente si estuviera en las condiciones física adecuadas, lo sabía.

– Te espero con ansias – dijo el joven sin apartar la mirada de Fiutzer.

– ¡Ahh! – el alienígena de pequeños cuernos comenzó a acumular energía, preparándose para un segundo asalto.

¡Bip, Bip! – sonó el scouter de Glova - ¡Vaya! ¡Treinta y tres mil unidades! Menuda basura rio entre dientes el saiyan, escondiendo la confusión de la situación y todo el intenso dolor que padecía.

Fiutzer atacó y el joven empezó a esquivar sus puñetazos y codazos. Estaba claro que no tenía comparación con Luppa o con Palter. Aun así, Glova se sentía muy cansado y en aquellos instantes pensaba en dejarse ganar para que el sufrimiento cesara. Pero algo palió su cobardía. Algo la hundió en el suelo y la restregó en el fango de la estupidez. Era su orgullo, que empezaba a aflorar en su pequeño corazón.

– Para vengarte de mí, primero deberías tener alguna oportunidad.

– ¡Ahora verás! – continuó él con la acometida.

¡Blam! – algo golpeó al muchacho por detrás. Era Zord, que sabía que Fiutzer tarde o temprano tendría problemas.

El crío cayó de bruces al suelo y notó algo frío con lo que su palma chocó. Al saber de qué se trataba, lo agarró con fuerza y al levantarse placó a Fiutzer con la estaca de Katchin en mano.

Le pegó dos patadas que hicieron retroceder al soldado y ya a dos metros de distancia, Glova lanzó el metal, hundiéndolo en el cuello de su oponente.

Zord, viendo ahí una posibilidad que no podía dejar escapar. Pegó un impulso furioso y desesperado acertando al saiyan con un codazo en la espalda y seguidamente un golpe de escudo dirigido a la cabeza.

Glova fue derribado de nuevo. Su cuerpo ya no podía aguantar golpes por sorpresa tan bien como quisiera.

El brusco deslizamiento en el suelo era lo peor. Consiguió erguirse como buenamente pudo y vio cargar de nuevo a Zord – Este tipo es más fuerte de lo que parece – pensó el chico.

Zord corría veloz con el escudo por delante. Glova puso la mano izquierda en frente con el objetivo de para su ataque, pero notó al intentar resistir el placaje que la vida de su mano desaparecía al tocar el duro metal del escudo. Sentía que su brazo no le fallaba, pero que, en cambio, los huesos de la muñeca se partirían en cualquier momento. Así que voló hacia atrás, relajando la mano izquierda y moviéndola para asegurarse de que seguía sus órdenes – Joder, ¿qué diantres tiene ese escudo? – preguntó, intentando ganar tiempo.

– ¡Tiene la facultad de detener a cualquiera que ose enfrentarlo! – Zord atacó de nuevo tras una risa burlona.

Cuando Glova evitó su carga de un salto, una ráfaga de energía colisionó contra él, ocasionándole una caída giratoria hasta estamparse en el polvoriento suelo.

Fue Fiutzer que, aun con un sangrante agujero en la garganta, seguía en pie como si no pasara nada.

– Qué pesadez… - masculló el muchacho, sacudiendo la arena de su boca.

Cuando volvió su mirada hacia Fiutzer, vio detrás de él a Zord, escudo en mano.

– Ésta es la mía – pensó.

El saiyan salió disparado con toda la potencia que podía adquirir en su patético estado. Fiutzer no se esperaba tal velocidad. Simplemente no era capaz de verla. El puño de Glova encajó en el vientre del objetivo, atravesándolo esta vez.

Glova no tenía intención de parar la potencia de su placaje y con la mano dentro de Fiutzer, empujó su cuerpo usándolo de escudo contra el blasón de Zord.

El escudero fue empujado junto con su escudo hasta que no tuvo más remedio que caer de espaldas debajo del mismo, con el cuerpo de su compañero encima.

Zord retiró el lastre hacia un lado. El golpe seco sin reacción alguna le hizo deducir que Fiutzer estaba muerto. Cuando le dio la vuelta, vio la herida provocada por el chaval y confirmó el fin de su compañero con el scouter. Devolvió la mirada a Glova; una mirada amarilla que dejaba entrever el mismísimo terror a la muerte.

– Por… por favor… - comenzó a balbucear Zord – Soy un Gin, una persona con muchos contactos, puedo… puedo hacer mucho por ti si me dejas vivir.

– No sé qué es eso, pero no quiero nada de ti – apuntó con el puño la cara de su contrincante – Me das asco.

Entonces Zord puso el escudo en medio cubriéndole, esperando un ataque que nunca llegaba - ¡Bip Bip! - resonó el localizador del escudero.

El atardecer estaba dando paso a una noche oscura. Las figuras de los luchadores apenas se reconocían y las estrellas sin luna que las acompañase parecían bailar solas para alumbrar como podían la batalla de aquel planeta.

Glova se encontró de repente en el suelo. Tenía a Zord a dos metros en frente de él. Lo único que oía era un pitido irritante, como si el planeta vibrara en su tímpano. Miró hacia el lado por donde había recibido el ataque y su visión abarcó a Luppa, andando como un zombi hacia él.

Lo primero que hizo el joven fue quitarse el scouter de la oreja. Estaba destruido, y notó que el lado derecho de su rostro estaba magullado y sangrando.

– Malditas sanguijuelas… - susurró Glova con esfuerzo mientras se levantaba tambaleándose.

– Puto enano… - exclamó el gigante negruzco – ¿Cómo es posible… – sus jadeos interrumpían sus palabras – …que nos haya hecho esto?

El rostro grave de Glova posó su mirada en sus contrincantes de hito en hito – ¡Vosotros me habéis obligado a mataros! – la exclamación del saiyan llegó a los oídos de sus oponentes, pero no al suyo propio. El pitido seguía siendo abyecto e irritante.

En un segundo, Luppa cayó al suelo, derrotado e inconsciente. Zord, aunque dudaba si la extraña intervención que había acontecido sirvió para algo, vio a Glova demasiado cansado. Fue por eso por lo que decidió pasar a la ofensiva – Yo no tengo ningún rasguño, debo aprovecharme de la ventaja – pensó.

Glova seguía mirando incrédulo a Luppa en el suelo. La escena que acababa de contemplar era una fusión amarga y cómica; pero no duraría mucho. El saiyan esquivó un puñetazo que vio venir desde su izquierda en el último momento. Así continuó mientras el soldado, ahora sin escudo, atacaba a toda velocidad.

Glova no podía más, sus fuerzas estaban agotadas y sus músculos a punto de estallar. Aun así, Zord no conseguía dar un solo golpe y el pequeño quería terminar cuanto antes.

– Lo estoy dando todo y el muchacho me evade sin muchos problemas – recapacitaba el soldado de élite – Si quiero ganar, tengo que usar otros métodos.

Se separó de Glova de un salto y alzó la mano, creando un disco de energía.

El muchacho ya había visto ese tipo de ataques antes y, aunque no sabía exactamente cómo crearlos, conocía su capacidad destructiva.

Zord lanzó su ataque desde el aire – ¡Para esto!

El pequeño, usando la ultra velocidad, se posicionó en un instante debajo de su oponente tras esquivar el disco y alzó los puños hacia el cielo.

¡Boom! - la explosión fue terrible. Pedazos del antiguo cuerpo de Zord salieron dispersados en todas direcciones. Ningún grito había precedido aquella muerte.

Glova se derrumbó de rodillas al suelo apoyando las manos en la tierra. Veía cómo el suelo se llenaba de gotas de sudor y sangre que caían de su rostro. Pensaba en todo lo que había hecho en un solo día. Quería que todo aquel sufrimiento acabase ya. Prefería haber muerto antes que seguir sintiendo aquel dolor. Pero su conciencia estaba tranquila – No. He hecho lo que debía. He protegido a mi familia, como ellos hicieron conmigo – mientras tanto, cientos de recuerdos surcaban su memoria. La cabeza le iba a estallar; tenía que cerrar los ojos porque le dolían como si se le fueran a salir de las cuencas oculares. Un hilo de sangre caía de su nariz y un golpe sordo sentenció su desmayo.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó Nasera – La frecuencia está bien, pero no se escuchaba nada.

– Le han roto el scouter – respondió su compañero - ¿Y si lo han matado?

– ¿Qué dices? – la doctora miró a Lachi con rabia – Deja de decir tonterías, nuestro soldado es cien veces más fuerte que esa pandilla de mentecatos.

– Quizás… - le cuestionó él - …si estuviera en plenas condiciones físicas. Pero está en las peores para pelear a un nivel como ese.

– Mira – Nasera elevó una mano como si fuese a parar algo – Mejor, cállate.

– Algo tendremos que hacer, ¿no? – Lachi se puso una mano en la sien, apoyando la cabeza – Glova puede que necesitar atención médica o… ¿quién sabe? A lo mejor podemos ayudar con nuestras armas.

– No digas tonterías – rio Nasera – Son soldados de élite. Los saiyans que conocimos no son nada en comparación – se rascó la cabeza para pensar – Esperaremos aquí una hora y saldremos en su busca.

Cuando Glova despertó, lo hizo bruscamente. Dio una pequeña convulsión cuando abrió los ojos, incorporándose en el suelo.

Miró a su alrededor. Era consciente de que no habían pasado más que unos minutos desde su desmayo o, al menos, eso le parecía. El horizonte aún dejaba escapar una agotada ristra de rayos solares que desaparecían y difuminaban las estrellas que se podían ya contemplar en el firmamento.

– ¡Aún viven! – se percató el saiyan en un instante.

Se levantó tambaleándose. Las heridas provocadas por las agujas de metal no dejaban de sangrar. Se dirigió como pudo hacia el cuerpo de Luppa, pasando a un lado del cadáver de Fiutzer.

Le quitó el scouter al gigante y se lo puso. Ninguno de los dos localizadores de sus maestros le quedaban demasiado bien; ambos eran de talla adulta y su colocación era algo holgada para él. El scouter de Luppa, sin embargo, era demasiado grande para una persona del tamaño de un saiyan adulto, y a Glova le ocupaba media cara. Aun así, se manejaba igual y pudo presenciar vida en el cuerpo de aquel titán negro – Qué incordio… eres demasiado resistente – dijo para sí en voz baja.

Alzó el puño y disparó una bola de energía a la cabeza, haciéndola estallar.

Seguidamente fue hasta el cuerpo de Freeves, el soldado con poderes telequinéticos. El scouter indicaba que aún vivía, así que Glova le pegó una patada a la cabeza del alienígena, partiéndole el cuello de inmediato.

Quedaba comprobar el cuerpo del capitán. Debía asegurarse.

Cada paso dado hacía más duro el camino. Apenas era consciente de que seguía caminando, pero sabía que debía continuar. Ya solo las estrellas iluminaban escasamente la noche, las lunas de Glasq no se asomaron aquella jornada.

El cuerpo de Palter estaba alejado de todos los demás, y el joven saiyan sabía que sería duro llegar hasta él, pero una vez logrado, solamente tenía que echarse a descansar o a morir. Todo estaría solucionado.

Se desplomó a unos seis metros de distancia del capitán y desde allí activó el localizador. Palter estaba muerto, confirmó. Ahora le tocaba a él dejarse llevar.