Temporada 2
Capítulo 1 – Redentor
– Pero yo soy yo; y no pienso subordinar mis habilidades al juicio de la humanidad – criticaba la persona sin rostro.
– ¿Es esa tu elección?
– Sí – contestó tajantemente – Lo es.
– Ya estás perdido.
Despertó otro día bajo el techo de la cueva a la que ya podía llamar casa. Estaba seguro de que dos semanas más de entrenamiento (después de todo su esfuerzo en aquel planeta) serían suficientes para adaptar su físico de modo natural. Sus hombros y sus pectorales tomaron forma rápidamente en aquel mes consciente. Glova se enorgullecía de su aspecto corporal como nunca lo había hecho. Sus deltoides, dorsales y abdominales crecieron avivadamente cuando empezó a entrenarlos con firmeza. Sus piernas se tonificaron y dejaron de parecer ridículas y su rostro, antes escuálido, engordó haciendo que su mandíbula le diera un aspecto más maduro en vez de enfermizo.
– "Debes entrenar por nuestro bien" – le dijeron sus tutores – "Tú protegerás a esta familia y serás tú quien la vengue".
El odio hacia el pueblo saiyano era muy obvio. Pero todo ello se complicaba con la existencia del imperio del Emperador Freezer. La especie de los Saiyans ya no existía y el rencor hacia todo tipo de nación bélica y expansionista era abrumador. Todo estaba bien inculcado en su educación – "Algún día serás el soldado más poderoso el universo" – aseguraban los científicos que le cuidaban. Creció creyendo aquella afirmación, pero en el fondo sabía que no era cierta. Claro que tenía expectativas sobre un poder elevado, pero era un saiyan, y ningún saiyan ha llegado a levantarle la mano a razas tan poderosas como los famosos Yarsianos, una raza alienígena presuntamente extinta, pero de la que se da a conocer ser de las más poderosas del universo; y menos aún a ningún demonio del frío como Freezer, del cual habían mencionado Lachi y Nasera que algún día caería a los pies de Glova, pagando por todo lo que había hecho.
Con la edad, ya había madurado lo suficiente como para aceptar la imposibilidad de esa utopía, pero obviando lo idílico, sentía que su poder alcanzaba un nivel que no conocía realmente. Y estaba orgulloso de ello.
Entrenaba para matar al emperador del universo. Aquello era algo ridículo, y se sentía obligado a intentar tal locura. Por ello, todos los días se escapaba de la cueva para entrenar junto a Khän.
Antes de llegar al planeta, Glova no recordaba haber tenido contacto con él desde aquel suceso terrible: su primera transformación en Ozaru. Lo recordaba como algo extraño y triste; quizás porque su mentor y amigo desapareció desde entonces. El saiyan no dudó en reprochárselo el día que volvió a verle en persona.
– ¿Que salude al monarca?
– No, él saluda al monarca – contestó Khän con su reconocible tono grave.
– Déjate de pamplinas – Glova se acercaba a él a paso ligero, con un deje de voz alterado – ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué te fuiste?
El gigante sonrió – Culpa al destino, él no tuvo alternativa.
Entonces Glova se sentó en frente del trono de su maestro, cerró los ojos, cruzó brazos y piernas y se calmó – En realidad me alegro de verte.
– Recuerdas a un roedor asustado, que a conciencia respira y a destiempo su tembleque germina.
– Sí, tengo miedo.
– De un ser terrible.
– Ya lo sabes – Glova mantuvo su mirada en el suelo, avergonzado.
– Puede contar con los miembros de la mano quiénes le han hecho frente – comentó Khän – Actualmente tendría una extremidad menos si de sus dedos dependieran las vidas de aquellos valientes.
– Eso me reconforta – bromeó Glova, sarcástico.
– Un año.
Glova subió la mirada hasta la de Khän – ¿Un año?
– Un año de entrenamiento y estarás más que preparado para ello.
– no hablas en serio – de brazos cruzados, las facciones de Glova marcaban la gravedad del asunto.
– Tus dudas son motivo de ofensa para vuestra cultura. Si fuera un saiyan, su enfado sería real.
– Explícate.
– Como tu maestro, te enseñará la forma de combatir de un verdadero artista marcial. Te mostrará que, aunque seas más poderoso, requerirás mucha más velocidad de lo que parece para atrapar a un mejor luchador, que hará falta mucha más fuerza para tumbarle y que necesitarás mucha más energía para defenderte de sus ataques.
El joven saiyan ciertamente no se lo creía, pero comenzó a fiarse de la palabra de Khän, porque todo lo que había afirmado que Glova podía aprender, fue aprendido. Y todo lo que había afirmado que Glova contradecía, se hizo realidad.
Los primeros tres meses de entrenamiento, Glova aprendió el arte de la percepción energética, cortando los invisibles hilos de acero que aprisionaban sus párpados.
Pasó la prueba a la que Khän le sometió para asegurar su aprendizaje – Cerrarás tus ojos y ciego dirás dónde están las esferas de energía que ha creado. Dirección, distancia e intensidad de las mismas.
Los tres meses siguientes, Glova recordó, o más bien practicó los movimientos y el estilo de combate que Khän ya le había mostrado en sus recuerdos artificiales.
– ¿Cómo voy a practicar aquí sin un campo de entrenamiento adaptado?
Entonces Khän, sentado en su trono, se puso en pie. La cabeza de Glova le llegaba a la altura del pecho del gigante, quien alzó la mano en forma de garra, dirigida al suelo. Del mismo surgió de entre roca y piedra un ser algo más alto que el saiyan, pero de una constitución física parecida.
– Aquí tienes a tu preparador físico – dijo mientras se sentaba. Inclinó la cabeza hacia abajo, como si se hubiera dormido, y el nuevo ser miró a Glova mientras se ponía en guardia – Aquí tienes un campo de entrenamiento – resonó en su cabeza.
Pasaron otros noventa días cuyo entrenamiento consistió en la comprensión y el uso de la energía corpórea – Siempre que pretendas utilizar esta técnica deberás mantener el aura de tu Ki en movimiento, ya que de ella te valdrás. Lo que hace eficaz a esta técnica de combate es su uso repetitivo, pero de baja intensidad. Las ondas explosivas son ataques de alto coste energético, poco preciso, pero demoledor. Es el extremo opuesto a la eficiencia del arte de la energía corpórea.
De esta forma, Glova aprendió como nunca antes lo había hecho, pero el mismo día que Khän anunció a su aprendiz la última fase de entrenamiento, otra noticia le esperaría antes de acabar la noche.
– Es tarde, maestro. Debo regresar a mi hogar – aquellas palabras salían forzadas de la boca del saiyan. Preferiría entrenar durante varios días seguidos a volver a la cueva donde estaba viviendo. Aquel sitio entristecía a Glova, aun pareciéndose a la casa subterránea de Khän. A pesar de todo, amaba a sus tutores, y volvía para estar con ellos, porque agradecía y necesitaba la compañía que le aportaban.
– Ya comprendiste la técnica que quiso enseñarte.
– ¿De veras? – Khän siempre había sido inesperado a la hora de cortar un entrenamiento y empezar otro. Eso le gustaba a Glova; eran como pequeños regalos sorpresa.
– Así es. Y, por ende, mañana comenzaréis con el desarrollo mental y la Técnica del Halio Kian.
– ¡Oh, técnicas nuevas! – los ojos de Glova brillaron de emoción.
– Una técnica mental que sólo podrás aprender si te esfuerzas al máximo.
– Lo haré – dijo mientras corría ya hacia la salida.
Voló de vuelta a su hogar, como siempre, a ras del suelo. Era tarde y la noche ocultaba la selva de forma segura. Podía contemplar mientras viajaba las luces de la ciudad al sudoeste. Aquel paisaje le parecía atractivo, le recordaba a su planeta natal; por ello, apartó la mirada con una mueca molesta y aumentó la velocidad.
Cuando llegó a la cueva, Nasera y Lachi estaban acostumbrados a sus escapadas diarias para entrenar.
– Por fin llegaste, Glova – dijo Nasera.
– Siento la tardanza.
– Glova – siguió hablando Lachi – Hemos esperado bastante tiempo. Te observamos y vemos en ti a un saiyan hecho y derecho.
– Pero no soy uno de ellos – aclaró Glova, acostumbrado a distanciarse de ese calificativo.
– Es por ello por lo que te queremos. Y hemos decidido que lo mejor es que comiences nuestra venganza.
– ¿Ya? – exclamó el saiyan – ¿Tan pronto?
– Eres mayor. Te has hecho adulto y tus poderes son superiores a los de cualquiera. Es ahora o nunca.
– ¿Por qué decís eso?
– Nosotros envejecemos – siguió Nasera – Y vivir en estas condiciones acortará nuestras vidas. Queremos ver nuestra venganza cumplida; eres nuestra única esperanza.
Glova calló. Lachi se acercó más al joven. Su altura ya era menor que la de este último y tenía que inclinar un poco la cabeza para mirar fijamente a sus ojos.
– Tenemos que dar ya el primer paso.
Tras unos silenciosos segundos, Glova aceptó – ¿Qué tengo que hacer?
– No, Glova. Lo haremos los tres juntos – le sonrió el doctor.
Glova le devolvió la sonrisa y se animó. En el fondo, él también deseaba venganza, y tenía la suerte de que la realizarían sus manos.
Un día cálido iluminaba la pequeña ciudad, llena de robustos edificios. El más llamativo era la sede central militar, situada justo en el centro de la metrópolis.
Los coches pasaban y personas uniformadas acarreaban materiales de construcción. El ensanchamiento de la ciudad era constante. La contaminación acústica aún no era muy fuerte allí; de hecho, ningún sonido en toda la construcción igualó al que tronó con el primer ataque de Glova.
– ¡Boom! – la gran cúpula de la sede militar fue quebrada, dejando un boquete en su lateral.
Glova yacía en medio del cielo, como un ángel emanado de la explosión.
En unos segundos, decenas de agentes y soldados salieron de sus puestos para apuntar al intruso desde tierra y aire y, sin dudarlo, disparar.
Cientos de rayos láseres rojos y celestes colisionaron en Glova, pero no había ningún tipo de riesgo en recibirlos. El saiyan observó que los solados militares, con armas de mayor calibre que los agentes de pie, poseían localizadores parecidos al que llevaba él puesto en aquel momento con el objetivo de comunicarse con sus tutores.
Alzó la mano y dio un amplio corte en el aire con el brazo. La ráfaga de viento fue suficiente para derribar a todos los soldados aéreos y tumbar a los de tierra – ¿Dónde está vuestro general? – oyeron gritar a Glova.
En un segundo, el que parecía ser el general del ejército, voló hasta situarse enfrente del saiyan.
– General Bulb al cargo de la defensa de la ciudad – dijo mientras se retocaba el grueso bigote blanco que decoraba sus labios.
– Está usted despedido – dijo Glova serio y tranquilo – Yo supliré sus funciones.
– ¿Qué? – se puso en guardia y su mirada tembló – Fuera de aquí, no queremos intrusos.
– Si no abandona el planeta todo rastro militar del imperio de Freezer, me veré obligado a aniquilarlo – dijo alzando la voz para que le oyeran todos.
– ¿Estás de broma? – soltó el general, con una sonrisa nerviosa – El imperio enviará aquí su potencia militar y te harán pedazos.
– No temo a nadie; solo al emperador mismo, así que ya podéis estar llamándole para que venga él mismo.
– Estás loco… - ¡Flash! – Una ráfaga de luz atravesó el pecho del general, quien cayó al suelo como una mosca abatida.
Unas exclamaciones de júbilo provenientes de la ciudad llamaron la atención de Glova. Eran los trabajadores uniformados, que habían tirado sus cargas y herramientas al suelo y vitoreaban la muerte del general.
– No sabía que toda la mano de obra fuera esclava – Glova pareció más contento – Esto facilita las cosas.
El ejército comenzó a disparar y antes de dar en el blanco, ya habían muerto. Glova lanzó una ráfaga de energía que impactó contra la gran mayoría de los soldados.
Naves y aviones atacaron al saiyan en pocos minutos tras el asalto, pero fueron igual de eficaces que la guarnición militar y corrieron la misma suerte.
En media hora, el saiyan libró batalla contra todo aquel que le brindaba guerra. En pocos minutos pereció toda resistencia. Decenas de soldados huyeron del planeta en naves espaciales ante la catástrofe que se les venía encima.
Cuando la ciudad quedó en silencio, Glova bajó volando a la plaza central, delante de la sede militar. Allí se habían reunido todos aquellos esclavos que hacían el trabajo físico y pesado. Sus pieles poseían un color similar a las de los Saiyans, pero casi todos poseían una tez más clara.
– ¡Tú nos salvaste! – gritó uno de ellos, un anciano encorvado, calvo y con barba – te damos las gracias, pero el imperio no dejará esto así.
– Ahora este será vuestro nuevo hogar. La ciudad es vuestra – contestó el saiyan – Pero, si queréis sobrevivir, debéis ayudarme a contactar con el imperio con el objetivo de librarnos de él para siempre.
Un barullo resonaba entre aclamaciones, quejas y protestas.
– ¡Nos has condenado! – gritaba alguno.
– ¡Imbécil, ya estábamos condenados! – exclamó otro.
– Lo hecho, hecho está – alzó Glova su voz – Yo os protegeré de cualquier enemigo que ose enfrentar a este nuevo orden.
– ¿Cómo podemos confiar en ti? – resonó una voz de entre la multitud.
– No podéis – contestó el saiyan – Nadie puede; porque nadie me conoce.
– ¿Y cómo una sola persona derruirá el vasto imperio? – preguntó el viejo, desconfiado.
– Acabando con su emperador.
Aquellas palabras acallaron todo murmullo entre los espectadores. Ni un ruido, todo fue silencio hasta que recibió una respuesta.
– Estáis loco – dijo el anciano, tembloroso.
– Sea como sea, estáis conectados a mi destino, porque soy vuestra única esperanza de vivir como seres libres – empezó a volar para que todos pudieran oírle – Loco o no, prometo ser vuestro protector, si vosotros prometéis ser el puente hacia mi venganza.
Realmente Glova necesitaba ayuda para mantener aquella ciudad viva. Mientras tuvieran tecnología podía avanzar en la búsqueda del demonio del frío.
Los pocos ciudadanos de alta nobleza que ya vivían en aquella ciudad fueron obligados a quedarse en aquel planeta y a aceptar al nuevo pueblo, cuya raza se hacía llamar a sí misma "Hijos de Ulnaf". La realidad es que eran felices de volver de una vida esclava a una vida libre, además con una ciudad recién construida para ellos solos. Pero todos, sin excepción, sabían que aquel soldado salvador moriría cuando la élite imperial llegara al planeta. Y en ese instante, como Glova había afirmado, sus conectados destinos se unirían en la tragedia.
Lachi y Nasera se integraron en aquella sociedad con honores como Los padres del "Redentor", tal y como llamaban a Glova desde que juró ante todos servir como protector del planeta. Junto a los científicos, los aparatos técnicos que usaban en la cueva fueron fácilmente trasladados hasta las nuevas instalaciones.
Todo era felicidad en un principio y pasaron dos meses sin perturbaciones cuando el caos llegó en forma de naves espaciales. Decenas de ellas aterrizaron y cientos de soldados se dirigieron armados hasta la ciudad. Pero, para sorpresa de los Hijos de Unlaf, Glova se hizo cargo de la situación. Antes de que pudieran penetrar en la ciudad, el saiyan destruyó toda máquina de guerra de larga distancia, focalizando el punto de atención del ejército en él.
En menos de una hora, un solo saiyan destruyó una armada imperial.
Glova dejó vivo a todo el que quisiera huir. Sin embargo, antes de permitir la retirada, dejó claro el mensaje hacia el imperio: Si Freezer quiere este plantea, que venga él mismo.
– Nasera y yo estamos muy orgullosos de ti – le daban la bienvenida junto a la ciudadanía, que le condecoró con el título "Redentor" que tanto usaban los habitantes popularmente para referirse a él.
– Gracias, mi familia – respondió Glova – Pero así debe ser.
A los dos meses siguientes, una tropa de élite compuesta por tres soldados llegó hasta Glasq, pero fueron detectados por la tecnología de la ciudad y Glova no tardó más de unos segundos en darles muerte.
Debido al logro y la confianza que suscitó esta hazaña, bautizaron la ciudad con el nombre de "Mul Freezer" ("Fin de Freezer" en lenguaje de los Hijos de Ulnaf) mofándose de la actitud del emperador al apodar a las mayores y grandiosas ciudades y planetas del imperio con su nombre.
A las semanas siguientes, otra tropa de élite de mayor rango iba a estrellar sus naves en la ciudad, pero el aterrizaje se planeó en pleno día y Glova, atento a las energías que se aproximaban, las hizo estallar con ataques de Ki una a una antes de que pudieran hacer deterioros en la ciudad protegida.
Tal era su poder que los tripulantes murieron en las explosiones que sus ataques provocaron y de nuevo el saiyan triunfó. Estaba en plena forma física y no había rastro de su supuesta enfermedad. Pero se sentía vacío.
Algo en su interior le llamaba diciéndole que solucionara los problemas que estaba ignorando en aquellos momentos.
– Tengo que ver a Khän – se dijo a sí mismo – Siento que necesito de su consejo.
No tardó en llegar a la cueva subterránea y seguido a la sala del trono de su maestro. Pero allí no había nadie.
– ¿Khän? – llamó Glova – ¿Por qué no vine antes? – murmuró.
Entonces cayó en la cuenta de que había una luz extraña que provenía de un pasadizo abierto en la esquina de la gran sala. Se adentró en él y contempló de nuevo la fuente que Khän le mostró una vez hacía ya años. Seguía escupiendo aquel líquido maravilloso que embobaba la mirada de cualquiera – ¿Estás aquí? – de repente Glova escuchó pasos a su espalda y se giró bruscamente porque presintió que algo horrible pasaba.
Khän estaba allí delante, aproximándose a él con la mano abierta y apuntándole, como si quisiera herirle. La expresión de su rostro era nueva para el saiyan: era odio y peligrosidad – No debiste volver, joven saiyan.
Mientras Khän escupía aquellas palabras con un eco maligno y aterrador, Glova sintió cómo sus piernas se tambaleaban. Cayó de rodillas y alzó su mano para defenderse, pero su energía parecía ceder ante la del gigante, que ya estaba a un palmo de atraparle con aquella enorme garra.
Sus dedos rodearon el cuello de Glova y lo levantaron como si fuera un trapo. Los brazos y las piernas del muchacho colgaban sin fuerzas y su respiración se debilitó.
Los grandes ojos de Khän miraban fijamente los del saiyan. Apretó aún más el agarre y entre dientes silbó de nuevo – No debiste volver.
