Capítulo 9 – Corazón de piedra
En el laboratorio principal de Glasq todo estaba en orden. Todo, excepto los nervios de los científicos.
– La única salida es contarle la verdad – susurró triste Lachi.
– ¿Qué estás diciendo? – se burló Nasera – Estás loco. Nos matará.
– Simplemente hay que dejarle claro que le queremos porque le hemos cuidado como a un hijo.
– No seas tonto – cortó ella – No se lo va a tragar.
– Que le queremos y que sentimos mucho todo lo que le hemos hecho pasar – una lágrima resbaló por su rostro, pero su mano fue más rápida que la mirada de la doctora, que restregó y limpió el llanto de su semblante.
– Cállate ya. Tengo un plan – aclaró ella – Y si no sale bien, estamos muertos. Así que coopera y escucha.
La hechicera guio a Glova por un pasillo largo hasta una habitación oscura y sin ventanas. La decoración era algo sombría. Huesos varios decoraban las paredes y una mesa redonda con demasiados cachivaches destacaba en medio. En la esquina izquierda había una cama y en la derecha una cómoda con muchas cosas extrañas encima.
Crewinch llegó a la mesa y tiró al suelo todos los objetos que sostenía, menos algo parecido a un mapa antiguo y un pergamino.
Glova se sentó cuando ella le cedió uno de los dos sillones que rodeaban la mesa y puso en ella un vaso de cristal no mucho más grande que un dedal.
– Necesito una gota de sangre tuya en ese recipiente.
– Qué cliché – bromeó el saiyan.
– Abriré un portal donde sólo irá usted – siguió aclarando ella – Es un mundo muy diferente a este. La mayoría de los demonios tienen un poder que impresionaría a cualquiera de entre nosotros. No son amigables con los forasteros.
– Una pena.
– Los últimos conocimientos que he podido reunir nos confirman que el Rey está ausente, pero no sabemos si ha vuelto o si ha sido ya sustituido.
– ¿Qué más da eso? Mi objetivo es el Ex–rey.
– No lo comprendes – miró a Glova a los ojos – Allí el líder es el más fuerte. Allí, el hijo de Hazam es el más poderoso. Y vamos a aprovechar que no está, actuando cuanto antes.
– Entonces mi objetivo fue antaño uno de los más destacados.
– Y lo sigue siendo. Pero su fuerza no es la que era antes. Es ya anciano para su raza.
– Tampoco supondrá ningún problema.
– No es tan fácil, joven.
– Vamos, he matado de un soplido al monstruo que os aterraba tanto.
– Esto no es igual de simple que matar al emperador.
Glova se quedó petrificado. ¿Cómo sabía ella esa información?
– Sí – continuó – Conozco tu poder y he visto lo que hiciste – su boca no sonreía, no mostraba emoción alguna – ¿Por qué crees que estás aquí? No hay nadie más fuerte que tú en todo el imperio, pero los reyes del desconocido reino de los demonios han estado siempre a otro nivel. En sus días de gloria y juventud, no se les puede comparar a nada de este mundo.
El saiyan seguía atento, pero miraba firmemente a Crewinch. Esa mujer era peligrosa. Aun así, escuchó todo el plan a seguir y la forma de infiltración en la que debía confiar para llegar hasta el objetivo.
– Bien – siguió explicando la hechicera – Ahora abriré un portal para que puedas pasar a la otra dimensión.
Cuando Glova asintió, ella puso su mano en el pergamino de la mesa, que se iluminó rojo carmesí. Un círculo negro y blanco surgió de la nada en plena habitación y Glova se levantó para adentrarse en él. El agujero era brillante, del tamaño de una persona. Se podía apreciar color en su interior y de su circunferencia emanaban pequeños espasmos eléctricos.
– Cuando acabes tu misión, yo lo sabré – dijo Crewinch – Y abriré para ti un portal de vuelta.
– Está bien – contestó el saiyan. Pero cuando se dispuso a entrar, agarró el antebrazo de la hechicera y la arrastró de un salto, adentrándose en el portal con ella.
Cuando pisó tierra firme, Glova comprobó que el cielo que les rodeaba era rojizo y que se hallaban en un lugar rocoso, con plantas solitarias, separadas entre sí. Tal y como estaba previsto en el plan, tras aquellos montes pedregosos debería estar la ciudad principal.
– ¡¿Qué mierda has hecho?! – exclamó Crewinch cuando el portal se cerró antes de que ella pudiera llegar a él – ¡¿Eres idiota?!
– No pienso dejar que me dejéis aquí a vuestra merced – respondió calmado – Vendrás conmigo y tú me llevarás de vuelta.
– Serás imbécil... ¡No has cogido el pergamino y sin él no puedo abrir el portal!
A Glova le recorrió un escalofrío por la espalda – Mierda – pensó.
– ¿Insinúas que no puedes hacernos volver?
– Así de simple, mojigato – su furiosa mirada escrutaba a Glova sin piedad.
– Cliv enviará a alguien a buscarnos.
– Pues reza porque tenga suficiente imaginación como para acertar en la idiotez que acabas de hacer.
– Bueno... aquí podré forzar a alguien que nos pueda traer de vuelta.
Durante un corto silencio se miraron mutuamente – Tú eres tonto – sentenció ella.
– Deja ya de insultar. Sígueme y todo saldrá bien.
– ¿Sabes que los demonios que se dedican a la lucha tienen un poder medio superior al de Freezer? No confíes tanto en tu fuerza, porque aquí no destacas como en tu mundo.
– Bueno – rio Glova – Entonces deberías ser un poco más optimista, porque ahora compartes destino conmigo – hizo un ademán con la mano – Andando.
Ambos usaron las capuchas de sus túnicas y comenzaron a caminar hacia el norte, hacia la ciudad principal del reino: Alemno.
– ¡Señor! – gritaba una voz a lo lejos de la habitación entre ecos de pasos rápidos – ¡Crewinch no está, y el mercenario tampoco! Han... desaparecido ambos.
Cliv se levantó de su sillón y miró al soldado – Quiero a Yigull de vuelta y quiero que traiga consigo la Blantir. Hay que comunicarse con Crewinch antes de que todo salga mal.
– ¿El... el brujo, señor?
– ¿Quién va a ser? – le sonrió Cliv – ¿Conoces a otro maldito Yigull?
– ¡En seguida, señor!
– Este saiyan es más misterioso de lo que me parecía – dijo Cliv para sí – No me gusta, pero mientras vaya dos pasos por delante, le tendré donde quiero.
La ciudad era más rústica de lo que Glova imaginó. Apenas había medios de transporte y las togas encapuchadas no eran escasas entre los viandantes. De esta manera, pasaban desapercibidos por las calles. El lugar donde debían ir se podía ver desde antes de entrar en la ciudad. Se trataba de La Torre del Dakka; así era como llamaban a los monarcas en el reino demoníaco. Era una torre de cientos de metros de altitud, que superaba las viviendas y las demás infraestructuras por más del quíntuple de sus tamaños. Aun así, toda la fachada y las formas que decoraban el gran edificio eran tétricas y sin mucho colorido.
Glova pudo darse cuenta de la cantidad de esclavos que eran utilizados. Se veían por todas partes, al contrario que demonios de alta alcurnia. O, al menos, que pudiera distinguir él.
– ¿Cómo sé si ha vuelto el Rey? – susurró Glova a Crewinch.
– Lo sabremos cuando lleguemos a La Torre – contestó ella, andando a su lado.
Pasaron por la puerta de La Torre y al frente vieron un gran mostrador con varios demonios uniformados con trajes que cualquiera del otro mundo podría definir como militares. Había varios individuos en cola hablando con ellos.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención de la sala era su enorme amplitud, su decoración extravagante y un cuadro de unos diez metros de altura, cuya pintura mostraba a un demonio corpulento de tez rojiza, con pequeños cuernos en la cabeza y un gran mentón con una larga perilla canosa. Sus orejas puntiagudas combinaban a la perfección con la sonrisa soberbia que plasmaba, y su capa blanca combinaba con unos ropajes verduzcos y azules que resaltaban signos de realeza.
– Hazam está al mando, su hijo no ha vuelto aún – comentó en voz baja la hechicera.
– Perfecto, concertemos una entrevista.
Entonces Glova se dirigió a la zona izquierda de la entrada, que se alargaba en profundidad. El recorrido estaba lleno de puertas, cada una custodiada por un demonio uniformado.
Fue caminando, guiado por las instrucciones del plan, hacia la última puerta y, cuando tuvo delante al guardia, se dirigió a él.
– Tenemos una reunión con El Dakka.
– Sólo tengo registrado a un individuo – contestó el demonio rojizo con voz grave y serena.
– Ha habido un inconveniente. Si pudiera mi acompañante...
– No – le cortó – Sólo puedes pasar tú, entonces.
– Bueno – Glova miró de reojo a Crewinch – Ahora vuelvo. Ve a dar un paseo fuera, si te apetece.
Crewinch le hizo una mirada extraña; no demasiado descarada, pero suficientemente forzada para que el saiyan comprendiera que quería decirle algo. El problema era que no sabía qué.
Aun así, siguiendo con su papel, la hechicera dio media vuelta y empezó a andar. Glova, por su parte, dejó que el guardia le abriera la puerta y entró.
Era la última planta de la torre. Aquella puerta de la planta baja le había enviado al más alto piso, pudo contemplar Glova por las ventanas de la sala dónde ahora se hallaba.
La habitación era amplia y con varias estanterías repletas de enormes y antiguos libros. Al final de la sala se encontraba Hazam, en el mismo gran trono en el que le vio Glova por primera vez, cuando contempló su retrato en los mostradores.
– Siéntate – ordenó al saiyan.
Glova fue a paso ligero y se sentó en una solitaria silla enfrente del gran trono. El Rey era más alto de lo que parecía en un principio.
– Gran Dakka, quisiera present...
– No – le interrumpió Hazam con una voz anciana pero enérgica – Quisiera presentarme yo – dijo serio, con la cabeza apoyada en su mano izquierda, que descansaba a su vez sobre el trono. Sus blancos dientes destacaban por unos colmillos más grandes y afilados de lo usual – Mi nombre es Hazam el Bendito, y como intruso forastero que eres, desconoces que no soy el Dakka, sino el Gakka; no soy Monarca, sino Regente – su mirada de pupilas finas ponía nervioso a Glova – Me gustaría preguntarte cómo has podido entrar en mis aposentos. Para esto, tienes que haber infiltrado entre mis citas una reunión conmigo. Y eso hace que piense que el sistema de mi orden está corrupto, o que tú y tu gente sois muy hábiles.
Glova sintió un escalofrío por la espalda. Le habían pillado y no había ni comenzado el plan.
– Pero, si has llegado tan lejos, me gustaría saber para qué es – le sonrió marcando más sus signos de vejez – Dime, forastero, ¿por qué venir y jugarte el pescuezo ante mí?
Glova calló y se dedicó a retener su mirada en la de Hazam.
– ¿No contestas? – siguió él – Bueno, déjame adivinar. ¿Te han traído para matarme? – se levantó y escrutó el rostro del saiyan – ¿Es eso? Claro que sí.
Glova no creía haber cambiado de expresión, pero tuvo que haber hecho algo inconscientemente. Hazam parecía más inteligente de lo que pensaba.
– Pues siento comunicarte que has fracasado.
Glova se levantó y en un instante Hazam había aparecido delante de él, propinándole una patada en el abdomen. El saiyan cayó en la silla, partiéndola de la potencia y terminando en el suelo.
– ¿He dicho que te levantes?
– Mi plan no ha fracasado – dijo Glova volviendo su mirada al Gakka – te tengo delante y te mataré aquí mismo – sonreía aún derribado, pero desafiante.
– No – respondió él – A menos que no te importe la vida de tu compañera.
– Mierda – pensó – ¿Por qué tuve que traerla?
– Exacto. Sabíamos de la llegada de una hechicera desde que entró en esta sagrada torre. Y tú... – le dio la espalda para volver al trono – ...mi verdugo.
– Hagamos un trato.
– ¡Ja ja ja! – las carcajadas le hicieron toser – ¿Estás en disposición de negociar?
– Peleemos – sonrió Glova – Si me ganas, te daré toda la información de quienes me han contratado. Pero, si gano yo, deberás soltar a la hechicera y me iré con mi misión cumplida, porque te mataré cuando te postres de rodillas ante mí.
– ¿Y por qué no te saco la verdad por medio de la tortura y os mato luego a ambos?
– Sabes que eres el único que me puede hacer frente.
– ¿Eso crees?
– Si te niegas, no tendré más opción que pelear aquí y ahora. No tendría oportunidad de salvar a mi acompañante.
– Hm... Bueno – rio maliciosamente entre dientes – En realidad sería un gran entretenimiento. Hace tiempo que no usamos el Ratrerio.
– ¿El qué?
– ¡De acuerdo! – dijo Hazam – No pienso mancillar esta sagrada torre peleando. Así que anunciaré nuestro combate a mi pueblo y lo haremos a lo grande – sonrió mirando a la nada – Hace tiempo que no damos diversión a nuestra sangre – volvió su mirada absorta en recuerdos de gloria a Glova – Acompañarás a dos de mis guardias apaciblemente hasta el Ratrerio. Nuestro combate se anunciará ahora y será dentro de dos horas.
– Me parece bien.
Glova siguió a los guardias, que llegaron como si todo estuviera programado. Salió de la Torre del Dakka y le escoltaron durante media hora por un camino subterráneo. Podía notar que había un gran barullo en la superficie. Cuando subió las escaleras de una de las bifurcaciones del túnel se adentró en una sala vacía, parecida a una gran mazmorra de arena y piedra.
– Siéntate aquí – señaló un guardia el suelo – Cuando suenen las trompetas, saldrás a combatir – entonces se puso firme y descansó su alabarda en la tierra seca.
Glova se tiró al suelo. Estaba algo nervioso y aún quedaba más de una hora para el combate. Así que se concentró y de su paladar emergió una luz roja.
Se encontraba en el espacio blanco de siempre, donde se comunicaba con Khän. Pero allí no había nadie.
– ¿Maestro? – preguntó alzando la voz – ¿Estás aquí?
Nadie respondió
– Qué extranó – susurró.
Algo llamó su atención. Era el mismo bicho negro de la otra vez. Un animal cabezón y negro, con una boca desproporcionalmente grande para su tamaño. Y a su lado había otro idéntico. Ya se acordaba: uno vomitó al otro y provocó náuseas a Glova la noche pasada.
– ¿Qué rayos sois?
Los animales le miraron, se sentaron como si fueran perros domésticos y le sonrieron, mostrando unas filas de afilados y peligrosos dientes.
– No me gustáis – les dijo Glova. Alzó su puño y lanzó un ataque de Ki a uno de ellos, quien cayó derribado.
El otro, sobresaltado por el disparo, miró a su gemelo y gruñó fuertemente frunciendo los pequeños ojos a Glova. Creció hasta doblar su tamaño de rata y vomitó seguidamente a otro clon, soltando por su boca un extraño líquido negruzco.
Glova, sentado, volvió su cara hacia un lado para vomitar. El maldito cachorro negro le repugnaba y le provocaba un extraño dolor de estómago siempre que escupía ese líquido oscuro.
Cuando levantó la mirada, se dio cuenta que acababa de vomitar encima de las botas del guardia que le vigilaba. Ahora éste le miraba, sorprendido y asqueado.
– ¡¿Estás de broma?! – le gritó, sosteniendo su alabarda para atacar a Glova.
El saiyan reaccionó todo lo rápido que pudo reaccionar en su estado y puso por delante su escudo, escondido hasta entonces bajo su túnica. Los metales sonaron y la alabarda volvió a ascender, preparada para otra embestida.
Glova alzó su puño derecho y atravesó de una ráfaga de ki la cabeza del demonio. Su rostro tenía un agujero casi perfecto y la alabarda cayó encima del cuerpo inerte.
Glova se levantó y limpió su barbilla con la túnica. Entonces oyó las trompetas tocar.
– Pero... ¿cuánto tiempo ha pasado? – se sorprendió – Apenas he estado un rato en conexión.
Se escuchaba un clamor de cientos de voces en el exterior. Cuando salió de la sala, pudo contemplar que se hallaba en una especie de anfiteatro gigante. Cientos de demonios ocupaban sus asientos y decenas de banderas lucían un desconocido estandarte en las columnas más altas.
Glova se adentró aún más en la arena y notó cómo caía lo que parecía, por su aspecto y olor, comida putrefacta en su zona.
Podía avistar a su contrincante saliendo de la puerta contraria. Por su área caían lo que parecían ramas grises con espinas, probablemente alguna planta desconocida para él.
Entonces hizo lo mismo que el Gakka: se dirigió al centro de la arena, donde les esperaba un demonio al lado de una mesa de piedra que sostenía muchas y diversas armas. Entonces el público calló.
– ¡El forastero elige primero! – se le escuchó al demonio de las armas, sorprendiendo a Glova por su gran torrente de voz.
Glova agarró su túnica y se la quitó con una mano, tirándola al suelo y mostrando su brillante blasón.
– Yo elijo mi escudo.
Un centenar de risas se burlaban de él.
– ¡Yo escojo a Drakia y Golia! – alardeó Hazam, recogiendo de la mesa un par de espadas anchas y resplandecientes.
El mismo centenar de burlas se convirtió en clamor hacia su Regente.
– ¡Que los guerreros se separen! – dijo el demonio de las armas, que parecía ser una especie de árbitro, mientras las recogía y se alejaba de la zona de combate.
Los rivales anduvieron hacia atrás unos diez metros y, sin esperarlo, el tañido de una campana resonó en todo el lugar. El combate había empezado.
