Capítulo 13 – La ruta hacia el maestro
"Espero su regreso a Gelarpa en unos días" fue el mensaje enviado por Cliv, acompañado del documento que cerraba el trato.
– De acuerdo. Saldré hoy al atardecer – se dijo Glova a sí mismo.
Sus tutores habían estado inspeccionando la nave por petición del saiyan mientras este último entrenaba. Así, descubrieron algunos aparatos que enviaban prácticamente todas las acciones que se realizaban en el vehículo a un receptor desconocido, además de varios puntos de grabación de voz. Todo fue desinstalado para evitar el espionaje de Cliv.
– Entonces ya estoy listo – comentó Glova a los científicos, uniformado cual saiyan, tal y como vestía la primera vez que salió de Glasq.
– ¿No hay manera de que nos reveles el por qué debes marchar? – preguntó la doctora.
– No. Lo siento, Nasera. No quiero inmiscuir a nadie en este asunto.
– Déjale, anda – bromeó Lachi, alegre – ¿No ves que el muchacho conoció a alguien especial ahí fuera?
– Exacto – rio Glova – Alguien especial me espera.
Todos rieron, pero los tres estaban tristes por la despedida.
– Adiós, Glova – susurró a su hijo adoptivo mientras le abrazaba – No olvides contactar con nosotros.
– Adiós. No sé cuándo volveré, pero no será un viaje demasiado largo.
– Adiós – susurró Nasera al oído de su hijo adoptivo tras besarle en la mejilla – Eres libre.
A pesar de lo extraño que podía sonar aquello, Glova imaginó que la doctora había asimilado que ya era suficientemente mayor para hacer su propia vida.
– Sí, Nasera – respondió el saiyan, algo conmovido – Os quiero a ambos. Volveré.
El saiyan se embarcó en un nuevo viaje.
– Directo a Gelarpa – dijo en voz alta.
– Ruta automática activada. Destino: Gelarpa.
Por fin, Glova se sintió vivo por primera vez en mucho tiempo. Era independiente. Sabía que su extraña enfermedad no le molestaría hasta bastante tiempo después, o eso esperaba, tal y como ocurrió la última vez.
No había vivenciado una real existencia. Pero sabía la verdad (o creía saberla), y daba gracias por conocerla. Su verdadera vida había comenzado con el primer viaje como mercenario y asesino; y la continuaría ahora, como un auténtico vengador. Cliv y sus brujos pagarían por lo que habían hecho.
– Pero, necesitas un entrenamiento mental, jovencísimo saiyan – le hablaba el desconocido de sus sueños mientras, obviamente, dormía.
– Dijo Khän que para usar el Halio Kian requería dividir mi mente – contestó Glova – Y yo no sé cómo hacer eso.
– Es cierto. El viejo quería enseñarte una valiosísima técnica para la que dudo que estuvieras preparado. En realidad – añadió con tono burlón – no podrás controlarla.
– Si él pretendía enseñarme, significa que estoy listo para aprenderlo.
– No tienes ninguna práctica entrenando el poder de la mente. La telepatía es un truco de niños pequeños, no significa que puedas aprender una cualidad tan avanzada. Además, ese viejo no lo sabe todo.
– Bueno, lo he captado. ¿Pretendes enseñarme tú?
– Para nada. No todos estamos capacitados con el don de enseñar. Y yo nunca he sido maestro de nadie. Quítate eso de la mente. Es cuestión de capacidad; no tienes posibilidades.
– ¿Cómo voy a aprender entonces lo que Khän comenzó a enseñarme?
– No es mi problema. Mi opinión es que necesitas un entrenamiento que ahora mismo nadie puede darte. Uno diferente, olvida el Halio Kian y busca tu propio camino.
Glova abrió los ojos. Quedaba un día para su llegada y su impaciencia le estaba matando. Pero, al menos, estaba saboreando su tiempo como nunca lo había hecho antes.
Tras levantarse, fue directo a la sala deportiva instalada. No podía mantener un nivel alto de Ki mientras entrenaba, ya que la nave no estaba diseñada para cubrir ese tipo de necesidades.
De este modo, Glova empleó su tiempo únicamente en entrenar durante muchas horas a muy baja intensidad y a descansar mientras leía datos históricos de su interés en la base de datos de la nave, ya que su meditación estaba infectada por aquel brujo, Yigull.
– No sabía que Freezer tuviera un hermano – dijo Glova para sí mientras leía acerca de la historia del milenario imperio del frío y comía de una especie de bol de conservas – ¿Qué habrá sido de él?
Haría ya medio año que Cooler había visitado el pequeño planeta Tierra para derrocar al saiyan que había asesinado a su única familia. No encontró al responsable, pero sí a alguien que parecía serlo.
Tras una dura batalla, Goku, usando el Super Saiyan, desintegró al último demonio del frío enviándolo al Sol. Claro que esto no lo sabía Glova. De hecho, la desaparición de las deidades del imperio provocó en el mismo un gran desorden público, revueltas en muchos planetas y revoluciones de cientos de razas esclavizadas.
A su vez, la duda de la muerte de los emperadores hizo resurgir y fortalecer en multitud de planetas la adoración a los Demonios del frío como dioses. Claro está, el sometimiento militar de muchos pueblos empezó a mermar sin el liderazgo claro de un vasto reino que ya empezaba a desmoronarse.
Toda aquella información acerca de sublevaciones y guerras civiles no estaba a disposición de la ciudadanía corriente. Era secreto militar, tanto como podían ocultarlo. Pero, como siempre, la expansión de los rumores crecía en todos sitios imparablemente.
La nave aterrizó y, tras pasar el control ordinario del puerto espacial, una persona uniformada se acercó a Glova para guiarle hasta Cliv.
– Sígame, por favor.
Tras un buen rato caminando, el guía le señaló la entrada a una gran mansión. Impoluta y de estilo mampuesto, se accedía a ella subiendo unas escaleras marmóreas.
Se adentró en el recibidor. El techo era alto y de un gran esplendor decorado.
– ¡Por fin está aquí nuestro salvador! – la voz surgió del piso de arriba. Por unas anchas escaleras bajaba Cliv sonriente – Estoy ansioso por verte hacer tal heroica tarea.
– Hola, Cliv. Hace ya tiempo de nuestra última reunión.
– Por supuesto – le tendió la mano y Glova se la estrechó – Estoy seguro de que has tenido muchos otros trabajos de gran relevancia por todo el sistema.
– ¿Dónde aclararemos la misión?
– Acompáñame – Cliv parecía radiante – Esos demonios de los que te hablé: son resistentes a la magia y mis soldados no pueden hacer nada. Han tomado el planeta. Obviamente desactivamos el portal para que ninguno de esos monstruos pueda llegar hasta nuestro planeta.
– Creí en un principio que eran soldados tuyos. ¿Qué les diste de comer?
– Es una larga historia. No tiene importancia – hizo un gesto con la mano, como si soltara un papel en el aire – ¿Recuerdas qué debes hacer?
– Matar a todos y dejar vivo al más poderoso.
– Pero tienes que reducirlo, al menos. Ya sabes, tenerle controlado.
– Sí – una media sonrisa apareció en el rostro de Glova – Pero sabes que, si son tan poderosos, necesitaré la ayuda de tus magos. ¿Dónde están?
Entonces entraron en una habitación pequeña, pero llena de estanterías. Una chimenea llameaba en la pared y a su alrededor estaban sentados Yigull y Crewinch.
– Cuánto tiempo, chicos – saludó Glova.
Yigull asintió con la cabeza y Crewinch alzó la mano con un leve gesto cordial.
Otras dos reconfortantes sillas esperaban a los recién llegados.
– Bien – dijo Cliv mientras se ponía cómodo – Estoy muy ilusionado con esto. Adelante, hablad y planead lo que necesitéis – pidió mirando a Glova.
– Sabes, Cliv. He cambiado de opinión – comenzó a decir Glova – Antes de realizar la misión, quiero proponerte lo que querría a cambio.
– ¡Vaya, vaya! – rio Cliv – Vamos allá. Suéltalo.
– Tu vida – sonrió el saiyan.
Cliv dejó de sonreír. Su expresión confusa divirtió a Glova. Tras un segundo, lanzó un rayo de Ki disparado desde los dedos de su mano que atravesó a Cliv en el centro del pecho. Su víctima voló un metro hacia atrás chocando contra la pared y cayendo al suelo, vencido.
Yigull se levantó rápidamente y asió su báculo, de cuya esfera brotó una extraña energía amarilla que, como si fuera una ola de viento, se rompió contra el cuerpo de Glova, adhiriéndose a él y haciendo su cuerpo pesado, inamovible.
– ¿¡Qué coño has hecho!? – gritó Crewinch yendo rápidamente hasta Cliv y posando sus manos en la herida. Entonces empezó a murmurar algo.
– ¿Dónde está Khän, Yigull? – exclamó Glova mientras luchaba por zafarse de la energía que le presionaba – Dímelo, bastardo, y me lo pensaré antes de mataros.
– Sabía que todo esto era muy extraño – comentaba el brujo mientras mantenía a su presa entre la extraña neblina mágica – El saiyan sabe más de lo que creíamos.
Cliv se levantó con un agujero en la ropa, pero con el cuerpo intacto.
– Vaya, vaya. Tenemos aquí a un negociador descontento – rio Cliv, acariciando la zona de su pecho recién curada por Crewinch y limpiando de su boca la sangre.
Glova le miró sorprendido – Imposible… – pensó para sí.
– Estaba de acuerdo con tu petición, pero te has excedido al intentar sentenciar el trato antes de realizar tu trabajo – sonreía burlonamente – Ahora me has faltado el respeto y morirás aquí y ahora. Un placer hacer tratos contigo ehm... ¿Cómo se llamaba? – preguntó a Yigull.
– Glova – contestó él.
– Eso. Un placer, señor Glova.
Entonces Crewinch creó un portal en el aire y Cliv entró en él, desapareciendo al mismo tiempo.
– ¡Maldita sea! – gritó Glova, impotente.
– Eres idiota – le dijo Crewinch – Debiste haberte olvidado del tema.
En unos segundos, la tierra de al rededor del saiyan comenzó a romperse y el aura azulada de Glova fluyó con más brío, haciendo resistencia a la magia que le inmovilizaba.
Yigull, al percatarse de ello, dio unos pasos atrás antes de hacer brillar su cabeza. Cuando Glova dispersó la extraña energía amarilla pudo contemplar al brujo con un casco acorde a su armadura. Sostenía el báculo apuntándole, amenazante.
– Decidme qué habéis hecho con mi maestro – masculló Glova, furioso.
– Tu maestro está muerto – oyó la voz de Yigull resurgir del yelmo.
– ¡Deja de mentir! – atacó acertando un puñetazo en la cara del brujo.
Yugul atravesó la pared que tenía detrás y salió disparado por el aire.
Crewinch murmuró algo y apuntó a Glova antes de saltar en dirección a Yigull. Un hilo fino y brillante había enredado todas las extremidades del saiyan y ahora éste intentaba zafarse y desenmarañar el lío – Menudo incordio de técnicas – pero descubrió que su brazo izquierdo no estaba enredado, los hilos se deshacían por donde el escudo rozaba y gracias a él se libró con suma facilidad.
Cuando se asomó por el boquete de la pared, siguiendo a sus presas, contempló que sus rivales le estaban esperando en los jardines de la mansión, una plaza enorme llena de arbustos y setos pomposos.
– Ese yelmo le ha protegido bien de mi ataque – pensó Glova para sí – Veremos cuánta resistencia opone.
– Déjalo ya, Glova – le advirtió la hechicera – Será peor.
– Te aconsejo que te vayas, Crewinch – Glova hablaba en serio – Sin una armadura mágica como la suya, morirás. Te lo aseguro – su mirada era perversa.
– No me das miedo – le respondió ella.
– Tiene razón – cortó Yigull – No estamos a la altura de un rival como éste sin objetos poderosos como mi armazón.
– Pero...
– No te metas a no ser que estés segura de que vaya a matarme.
– Está claro que voy a matarte, si lo que dices es cierto – le interrumpió el saiyan – Si asesinaste a Khän, sufrirás como el perro que eres.
– ¿No recuerdas quién soy yo? – preguntó Yigull – ¡Maestro de la niebla luminosa! – exclamó con ímpetu.
– ¡Bah! – le despechó Glova – ¡Cállate! – entonces lanzó una ráfaga de Ki con su puño izquierdo que, al impactar en el brujo, éste se evaporó como la energía amarillenta de antes y apareció en frente de Glova, colocando su báculo en su frente – ¡Gamus! – gritó.
Pero el joven saiyan esquivó el bastón, propinando un puñetazo en el estómago a su oponente, quien fue derribado, cayendo en el suelo estrepitosamente.
– Parece que tu armadura absorbe bien mis golpes – se burló.
– Pues sí – respondió Yigull, levantándose como si nada – Es un prodigioso objeto de gran cuantía.
Glova no pudo evitar expresar su cara de asombro.
– De hecho, hasta hace poco, era mi objeto de mayor valor – sonrió – Pero hará ya dos años que ese estatus se lo decoro a otro instrumento que cayó en mi poder – alzó la mano y en un segundo apareció una esfera de cristal en ella – ¡Una Blantir! – el yelmo le cubría casi toda la cara, pero dejaba ver sus intensos ojos centellear.
– ¡La Blantir! – exclamó Glova, notando de repente el trozo de esfera en su paladar.
– Exacto, saiyan. De tu exmaestro.
– Hijo de...
– Tan perfecta y tan imperfecta a su vez – dijo mostrando el hueco de la parte que en su día Khän arrancó para Glova – Aun incompleta, la Blantir es suficientemente poderosa para, en manos de un mago de mi nivel, hacerte suplicar clemencia.
Alzó su báculo apuntando a Glova – ¡Rauro! – un rayo veloz como la luz alcanzó a Glova, quien cayó de rodillas, como si su cuerpo ya no le perteneciera.
– Argh... – pudo maldecir – ¿Qué es esto?
– Este es tu fin, señor Glova. No debiste haberte metido en un asunto de mayores. No te preocupes por Cliv, pronto él tampoco será nadie para mí.
– Estoy seguro de que, si salgo de este hechizo, podría arrebatarle la Blantir moviéndome con rapidez – pensó Glova para sí.
– Crewinch, mátale, ahora que le tengo bajo mi control.
– ¡Espera! – gritó Glova sin apenas poder mirar más que a su rival – Yo sé dónde está la porción de Blantir que te falta.
Yigull le devolvió la mirada – ¿Es cierto eso?
– Si... Si me matas ahora, nunca lo sabrás.
– ¡Ja, ja, ja! – rio el mago – ¿Crees que no tengo medios para sonsacártelo? – se burló – ¡Pamea!
Entonces Glova luchó por no dejarle entrar en su mente, pero fue en vano. Yigull penetró en ella y buscó vanidosamente lo que tanto ansiaba: el regalo de Khän estaba en el paladar del saiyan.
– ¡Ya es mío! – comentó el brujo.
El brazo de Glova se movía solo. Los dedos de su mano rozaron los labios al introducirlos en su boca. Cuando volvió a ver su mano, portaba en ella el pedazo de cristal rojo que brillaba en su paladar cada vez que se comunicaba con Khän.
Como si fuera de otra persona, el brazo lanzó el objeto al brujo, quien lo cazó en el aire.
– Gracias, joven incauto. Te debo un gran favor. Te ahorraré el sufrimiento antes de morir – entonces introdujo el extracto de Blantir en su lugar de origen. Una luz clara lo unió a ella y la esfera brilló como una estrella.
– Ya está hecho...
Yigull alzó la Blantir luminosa al cielo, pero cayó al segundo de rodillas y Glova pudo levantarse, liberado de su hechizo.
– ¡Genial! Tal y como planeó él... – sonrió Glova, estirando su cuerpo libre de ataduras.
El brujo gritaba manteniendo la cabeza entre sus manos mientras la Blantir seguía flotando en el aire, cada vez emitiendo más y más luz.
– Veamos quién se esconde entre mis sueños.
Dos semanas antes…
– ¿Cuál es tu idea?
– Tengo cierto potencial telequinético. Si pudiera conectarme a su mente a través de la Blantir, donde me hallo, el plan saldría bien.
– Si no puedes salir de ella, ¿servirán de algo tus poderes?
– Tú conseguirás mi liberación.
– ¿Cómo pretendes que haga eso?
– Estoy seguro de que cualquier brujo que se precie codicia poseer la esfera en su totalidad. El fragmento que le falta es clave para un funcionamiento pleno del instrumento, y él lo sabe.
– ¿Quieres que se la dé?
– Sí. Discretamente. Los brujos suelen ser muy audaces.
– ¿Para qué?
– No puedo salir de la esfera mientras ésta siga incompleta. Es como tener una puerta abierta ahora que Khän no está, pero no la alcanzo por culpa del obsequio que el viejo te hizo.
– Entonces si la esfera vuelve a completarse, tú saldrás. ¿Prometes entonces ayudarme en todo momento hasta que Khän vuelva?
– Prometido. Mientras sea liberado, todo irá bien.
– Bueno. Entonces tendré que pensar cómo encararme con el mago.
– Tranquilo. Lo tengo todo pensado, conozco a los brujos muy bien.
En el presente…
Crewinch hizo aparecer una red de espadas luminosas que formaba una pared entre Yigull y Glova. No se daba cuenta de que el saiyan nada tenía que ver con el dolor del brujo.
– ¿Qué está pasando? – la hechicera no entendía nada. Veía a Glova sonriendo mientras miraba a su contrincante, pero no parecía hacer nada más. Entonces se acercó a su compañero.
– Yigull, ¿estás bien? – le preguntó, mientras él gemía arrastrándose por el suelo.
– ¡Sal de mi cabeza! – ordenó él a gritos.
La Blantir, levitando, intensificó su brillo y provocó un estallido que vislumbró a todos los que allí se hallaban.
Cuando Glova se recuperó de la ceguera temporal, contempló a un nuevo ser que se encontraba justo donde estaba la esfera luminosa.
Una persona magna y alta sostenía la Blantir con la mano derecha. Estaba de espaldas a Glova y de frente a Yigull, por lo que el saiyan sólo podía ver su esbelta figura; musculada pero artística, así que parecía más delgado de lo que realmente era. Su piel blanca lucía mate una larga cola que se originaba en la zona coxígea y sus hombros brillaban resplandecientes con un color azul marino, con un extraño brillo morado.
Era la viva imagen del Rey Cold en su forma original, pero parecía algo más alto y menos forzudo. Su voz serena irrumpió entre el silencio que provocó su aparición.
– ¿Alguien sabe en qué año estamos?
