Capítulo 8 – Recuerdo desvelado

En una gran nave espacial...

– Toser – llamaba Oriam desde el comunicador de una lujosa nave a su compañero – Al habla Oriam.

– Te escucho.

– El saiyan está en ello, cumpliendo la misión. Ahora mismo debe estar matando a esas abominaciones a nuestro cargo.

– ¡Perfecto!

– El chantaje emocional siempre es lo más útil contra tipos duros como él.

– Buen plan, Oriam. Nada original, pero bueno al fin y al cabo.

– Menos mal que estoy yo para salvarnos el culo – rio él.

– ¿Qué ocurrirá con sus familiares?

– Ahora mismo están en una lanzadera en su planeta de origen. En cuanto Glova nos entregue al monstruo, los soltaremos y el trato quedará saldado.

– Está bien – suspiró Toser – Perfecto.

Allá en un inhóspito planeta no bautizado...

El Sol aún bañaba el horizonte con un tinte cobrizo, pero el constante viento arenoso parecía mucho más calmado.

– Hala – suspiró Glova soltando a su presa maniatada en el suelo, justo delante de su nave – ¡Glacier, ya he vuelto!

La compuerta de la nave se abrió y por ella bajaron Glacier y el soldado vestido de negro.

– Lo siento. Este tío no sabe nada.

– Vaya... – el saiyan creía en la posibilidad de que el soldado tuviera alguna noción sobre los líderes que le comandaban, pero aquel saliente de esperanza se había roto. No parecía que hubiera alguna manera de llegar hasta ellos.

– Sé quién es y dónde encontrar a su capitán, pero como vayamos de uno en uno escalando por una jerarquía de comandantes, quizás jamás terminemos.

– Lo sé – respondió Glova – Sería una mala idea.

Tras un segundo de silencio, Glacier volvió a hablar.

– Parece que te ha costado un buen rato – le sonrió – Y veo que te ha parecido más difícil de lo que pensabas – añadió señalando su armadura chamuscada.

– Bah – le quitó importancia – Ahora te contaré. Antes de nada, libera a éste para cumplir mi parte del trato.

Un brillo recorrió los ojos de Glacier y un pequeño espasmo sacudió la cabeza del soldado, aún cubierta con su casco oscuro.

– ¿Eh? – se preguntó asustado – ¿Qué ha pasado?

– Te has desmayado al ver al monstruo – se burló Glacier – Eres todo un militar.

Aquel soldado parecía atónito. Padecía una laguna mental. No recordaba qué había estado haciendo desde que cedió el localizador al saiyan.

– Aquí tienes al bicho este – Glova se dirigió a él – Es el más fuerte que encontré – mintió – Ya puedes decirle a tu superior que cumpla con lo prometido.

El soldado, aún vacilante y confundido, siguió las órdenes asignadas y encadenó con unos gruesos hierros inmovilizantes de pies y manos al monstruo púrpura de pantalones oscuros.

Cuando pulsó un botón desde un mando a control remoto, las cadenas levitaron y levantaron al ser, manteniéndole en el aire, bocarriba. Su cabeza colgaba hacia atrás y la posición le hacía abrir la boca, mostrando su lengua azul y sus blancos dientes, de entre los que destacaban unos afilados caninos. Su maligna expresión ahora irradiaba inocencia bajo la sombra de la inconsciencia.

De esta manera, el cuerpo del monstruo acompañó levitando al soldado hasta el portal, el cual se encendió justo cuando el militar se dispuso a sobrepasarlo.

En cuanto se cerró, Glova y Glacier volvieron a la nave.

– Qué calor – se quejó el saiyan cuando entró en su vehículo e hizo cerrar la escotilla.

– Y que lo digas – admitió el praio – Es un planeta muy templado.

Glova se desvistió y se fue a la ducha mientras alzaba la voz para que Glacier pudiera oírle desde el puente de mando.

– El primer monstruo que vino a atacarme superaba mi poder con creces – comenzó a explicar Glova – Era el más poderoso de todos.

Glacier no pudo evitar arquear las cejas – Sorprendente – susurró mientras jugaba sentado con un cachivache de decoración.

Glova dejó que el chorro de la ducha masajeara su espalda mientras miraba al suelo, intentando asimilar lo que acababa de pasar.

– Casi uso mi transformación contra él, pero no me hizo falta al final.

– ¿Tu transformación de super saiyan?

– No – suspiró Glova – Aún no sé cómo controlar eso.

– ¿Por qué no te hizo falta transformarte en primate gigante?

– Un montón de monstruos nos rodearon. Muchos rostros, muchas formas. Todas con una única intención.

– Matarte – supuso Glacier.

– No. Querían asesinar al monstruo que me estaba plantando cara.

– ¿Todos contra uno? – se extrañó Glacier – ¿Los cincuenta y cuatro?

– Eran más de sesenta. Y ni aun así pudieron reducir a su objetivo – Glova salió de la ducha, secándose con una impoluta toalla blanca. Antes de volver con Glacier, se vistió con unos pantalones y se estiró como pocas veces hacía – Aquel monstruo mantenía a raya a los demás bichos. Yo les dejé hacer su trabajo.

– Comprendo – Glacier intentaba recrear la escena en su cabeza.

– Cuando transcurrieron las horas y la mayoría de los adversarios estaban muertos, usé mi metamorfosis y me libré de los restantes, capturando al más fuerte de entre todos ellos.

– Vaya, qué fácil lo pones.

– Aún no he terminado – le cortó – Cuando recogí mi escudo de la arena, ese monstruo violeta se tragó a mi presa.

– ¿Cómo? – le desconcertó – ¿El mismo que...

– Sí. El monstruo que he entregado se tragó al más poderoso. Tras ello, no resistió si quiera una de mis patadas. No es el más fuerte que encontré, pero tampoco había nadie más vivo.

– ¿Cómo que se lo comió?

– Se lo tragó haciendo aparecer un extraño agujero en su pecho. No me pidas detalles, no tengo ni idea de lo que son esos bichos.

Un pitido llamó sus atenciones. Era una llamada. Cuando Glova contestó, la voz habló sin dilación.

– Gracias, señor Glova. Un trato es un trato. Sus familiares se encuentran ahora en el mismo planeta de donde los sacamos. Es un placer haber hecho negocios con usted.

– Te advierto una cosa, Cleff – la voz del saiyan parecía amenazante – Si me mientes y no están allí, te las verás conmigo. Y te encontraré.

– Para su información, no le temo lo más mínimo – le contestó seriamente – Es imposible que pueda encontrarme. Sólo tiene un nombre falso con lo que empezar a buscar. Pero confíe en nosotros. No somos tan traicioneros como puede llegar a pensar. Simplemente, nos gusta el orden.

La transmisión se cortó y Glova intercambió una mirada nerviosa con la calmada expresión de Glacier.

– Bueno, entonces ya podemos volver – murmuró el saiyan dejándose caer en el asiento del piloto.

– Aún no.

– ¿Por qué?

– Porque tenemos un polizón – Glacier señaló la esquina de la nave. Pero allí no había nada. O, al menos, no se le veía hasta que apareció la figura de una persona, como si hubiera estado camuflada en la pared.

Glova se levantó rápidamente y apuntó con su puño al extraño. Entonces pudo observarle mejor: era una mujer de pantalones negros holgados y algo sucios por la arena del planeta. Eso significaba que, efectivamente, provenía de aquel lugar. Su piel era literalmente blanca, tanto como la de Glacier, pero con un brillo inusual. Su figura era fina, aunque sus músculos se realzaban claros ante la luz artificial de la nave. No llevaba ropa en su mitad superior; sus pechos no eran demasiado prominentes, pero su musculatura los hacía firmes. Su largo cabello negro estaba recogido en una coleta alta, sus ojos brillaban con el color de la pirita y miraban fijamente a Glova y a Glacier, desafiantes. Ella también les apuntaba con sus manos en alto.

– ¿Quién eres tú? – le preguntó Glova, amenazante.

– Mi nombre es Akkaia – respondió ella, nerviosa por la situación, pero totalmente alerta.

– ¿Por qué te has colado en mi nave? ¿Qué quieres?

Glacier no había cambiado de postura en el sillón.

– Quiero salir de aquí – le contesta ella.

– ¿De dónde?

– Del planeta. Quiero que me llevéis a cualquier otro sitio.

– ¿No es este tu planeta natal?

Akkaia negó con la cabeza.

– No puedo ayudarte. No puedo confiar en ti.

– Por favor – su voz no tembló, pero la desesperación se hacía tangente en sus palabras.

Glova miró a Glacier y éste se levantó, recordando a todos su alta figura. Entonces se acercó a ella.

– No te resistas mentalmente a mí. Si lo haces, lo sabré.

La mujer dejó de apuntarles con las manos, pero su expresión confusa evidenciaba que desconocía lo que aquel gigante se proponía a hacer. Al igual que Glova.

– Te haré sólo un par de preguntas – continuó Glacier inclinándose para mirar fijamente los ojos de la muchacha – ¿Tienes oscuras intenciones contra nosotros? ¿El único objetivo de haberte colado en la nave es el de huir a otro planeta?

La chica de piel clara se sorprendió por la pregunta y notó cómo aquel ser, de alguna manera, le vigilaba desde dentro de su cabeza. Podría resistírsele e intentar impedir que continuara haciéndolo, pero sabía que no le beneficiaría.

– No – contestó ella – No tengo otras intenciones contra vosotros. Y sí, vine para salir de aquí, nada más.

Glacier sonrió y se irguió, dándole la espalda para volver a su sillón.

– Dice la verdad – concluyó.

– ¿Qué? – cuestionó anonadado el saiyan – ¿Estás seguro? ¿Cómo has...

– Sí, estoy seguro – le interrumpió.

Glova volvió a mirar a aquella mujer y deseó por un momento tener los poderes de Glacier. Él no podía saber si le mentían con tan sólo mirar a los ojos. Eso le hubiera servido hace mucho tiempo.

– ¿Quieres que se quede? – le preguntó a Glacier.

– Me alaga que me consideres alguien a quien tener en cuenta para tomar esta decisión, pero esta es tu nave y tú decides. A mí, sinceramente, me da igual.

Akkaia los miraba mientras conversaban y cuando tuvo una oportunidad para insistir, no dudó.

– Por favor – se dirigía a Glova.

– Uf... – suspiró él – De acuerdo. Pero te adaptarás a mis normas.

La chica respiró calmadamente – Gracias. Prometo no ser una carga.

– No pienso desviar mi ruta – prosiguió el saiyan. Te aguantarás y viajarás a mi destino.

– No me importa.

– Aun así, yo no he desvelado tus intenciones como ha hecho mi compañero. No confío en ti. Así que no hagas ninguna tontería que pueda hacerme pensar lo contrario a lo que te conviene.

– Vamos, Glova – le dijo Glacier – Está más asustada que tú por embarcarse en una travesía con nosotros. Lo he notado. Relájate.

Ella echó una mirada hostil al praio, ofendida por su comentario.

– No tengo miedo.

Glova se frotó la sien y se sentó en el sillón paralelo al de Glacier.

– Bueno – su voz parecía cansada – Entonces acomódate, supongo. En el baño podrás ducharte si te apetece y en el armario hay ropa de material elástico–adaptable que puedes usar.

– Gracias – contestó seriamente ella.

Entonces se fue directa al baño y desde la sala de mandos donde se hallaban Glacier y Glova, pudieron oír el sonido de la ducha.

– Parece realmente necesitada – dijo Glova al levantarse – Supongo que, si estás en lo cierto y no es peligrosa, esté bien echarle una mano. No tiene ropa y puede que no haya comido en días. Nadie querría vivir en este planeta.

Puso en marcha el vehículo y activó la ruta a Glasq. Cuando la nave ya había despegado, se sentó de nuevo en el sillón, al lado de su compañero.

– Me duele la cabeza...

– Será de tanto pensar.

– ¿En serio crees que no nos causará problemas?

– Yo no dije eso.

– Déjate de bromas. Ya hemos despegado y antes dijiste que no era peligrosa.

– Y no lo es. Pero no veo el futuro – le sonrió.

– A veces me recuerdas a Khän – bromeó Glova sin abrir los ojos.

– Qué ofensivo – se burló.

Entonces Akkaia volvió a la aquella habitación. Llevaba la misma coleta rehecha y sus pantalones estaban limpios. Al igual que su piel, que ahora lucía más radiante.

– Perdonad por haber sido tan brusca antes. Supongo que os debo una.

– ¿No... quieres ropa nueva? – le preguntó Glova.

– ¿Ropa nueva? No, gracias. Estos pantalones aún me sirven.

– Bueno – se extrañó – Quería decir ropa de cintura para arriba.

– ¿Para qué? Aquí se está mucho mejor que en ese planeta, pero no tengo frío.

– Ah... – el saiyan parecía sorprendido – ¿Tú no lo ves raro? – le preguntó a Glacier

– ¿Me ves ropa puesta? – contestó él.

Akkaia se sentó en el sillón restante, enfrente de ellos. Les separaba una mesa blanca de baja estatura. Entonces se fijaron en que se había descalzado.

– Me presentaré en condiciones. Me llamo Akkaia, soy de una raza ya extinta, así que no la conoceréis. ¿Cómo os llamáis vosotros?

– Yo soy Glova – se presentó el saiyan – Y pertenezco a la raza saiyana.

– No la conozco – entonces dirigió su mirada al praio.

– Glacier, así me llaman.

– Glova y Glacier, gracias de nuevo.

Akkaia no retiraba la vista si la miraban fijamente. Eso tranquilizó al saiyan.

– ¿Eras una esclava o algo por el estilo y te abandonaron en ese planeta? – preguntó Glova.

– No.

– ¿Y cómo acabaste allí?

– No lo sé. Caí presa de un hechizo y cuando desperté, me encontré en este caluroso astro, rodeada de cientos de seres que, como yo, habían estado inmersos en un profundo sueño. Seres a los que, por cierto, has dado muerte hoy.

La sorpresa de Glova le hizo rabiar.

– ¡¿Qué?! ¿Eres uno de esos monstruos?

– No todos somos monstruos – contestó molesta.

– Sabía que me daría problemas – dijo mirando de soslayo a Glacier – Lo sabía.

– ¿Problemas? – se extrañó Akkaia, ahora más acomodada en su asiento.

– Mi misión era mataros a todos y entregar vivo al más fuerte. Y ahora estás tú aquí. Si lo descubren... – entonces se recostó de nuevo – Bah... Qué más da. Dudo que lo descubran. Y ya estoy harto de todo este embrollo.

Glacier ignoró el comentario de su compañero.

– Quizás si nos cuentas cómo acabaste hechizada nos desvele un poco más sobre los planes que tiene Cleff sobre el monstruo que les ha entregado Glova.

– Ya sabes qué le pasó, Glacier – le cortó el saiyan – El demonio Hazam les convirtió a todos en piedra con un hechizo. Esos aristócratas ya no me interesan en absoluto.

– ¿Cómo sabes tú eso? – Akkaia parecía preocupada.

– Los mismos que me han contratado para acabar con todos vosotros, me contrataron hace unos años para matar a Hazam y deshacer su magia.

– ¿Has matado a Hazam? – sus ojos de brillo metálico se abrieron como platos – Es imposible...

– Es la verdad ¿No me viste luchar transformado en una gigantesca bestia contra los otros seres como tú? En ese estado me fue fácil.

– Te vi, pero aun así... – la mirada de Akkaia se perdió en el suelo, pero no tardó en volver a Glova – ¿Por casualidad has matado también a su amo?

– ¿A su amo? – se extrañó el saiyan – ¿Qué amo podría tener el regente del mundo de los demonios?

– ¿Regente? – repitió ella en un murmullo – ¿Cuánto tiempo he estado petrificada? – preguntó retóricamente.

– Pareces sorprendida.

– Yo... – no sabía qué decir – Sólo es que...

– Cuéntanos tu historia – intervino por fin Glacier.

La chica dudó y ordenó sus pensamientos y recuerdos. Entonces aceptó.

– No sé hace cuánto tiempo hace de esto, pero antes de convertirme en piedra, yo no era como soy ahora. Vivía en mi planeta natal felizmente hasta que un brujo apareció. Poseía un pequeño grupo de soldados que en pocos años desoló todo cuanto yo conocía. Los escasos que apresaban eran tratados como basura y cuando capturó a toda mi familia… – un corto silencio lleno de vergüenza se apoderó de ella – Yo fui la única que aceptó trabajar para él a cambio… a cambio de una gran mentira.

– ¿Por qué le interesaba tener civiles voluntarios como sirvientes? – preguntó Glova, cautivado por la historia – ¿Para qué pedir lealtad si podía esclavizar?

Entonces Akkaia suspiró de nuevo, dolida por el recuerdo.

– Aquel brujo pretendía crear al ser más poderoso del universo para dominar como nadie gobernaría en la cronología de la historia cósmica – un aura misteriosa oscureció su narración – Su nombre era Bibidí.

Glacier se acomodó en el sillón – No me suena de nada – pensó para sí.

– Yo aún desconocía sus intenciones, pero en aquel entonces, él necesitaba a personas para intentar crear al ser imbatible. Los que aceptamos trabajar para él fuimos moldes de esa creación perfecta; y para realizar aquel oscuro conjuro, el brujo necesitaba que la voluntad de los moldes no fuera contraria a sus deseos, porque así lo requería el hechizo. De esta forma, Bibidí fue probando suerte. Mi transformación, como todas las demás, fue un fracaso; mi tono muscular, mi tez y mi color de piel... mi cuerpo mutó gracias a la magia y me convertí en un todopoderoso ser. Yo me sentí invencible, pero cuando él testó mi poder, resulté no ser más que otro fracaso.

– ¿Testar tu poder? – preguntó Glova.

– El brujo tenía un grandioso siervo, el rey del mundo de los demonios: Hazam.

La sorpresa de los oyentes fue notoria.

– ¿Hazam con un brujo? – se extrañó Glova – Qué extraño – pensó para sí – En la dimensión demoníaca odiaban a los brujos.

– Hazam era el gran Dakka, y, como ya suponéis, tenía una fuerza inimaginable. Me hizo combatir contra él y caí rendida a sus pies. Jamás olvidaré su sonrisa de superioridad, cómo miró a su amo Bibidí y cómo negó con la cabeza confirmándole que no daba la talla – bajó la mirada, como si le avergonzara aquello – Fue entonces cuando el brujo dio la señal y Hazam me escupió en la cara. En un principio creí que simplemente me seguía humillando, pero después me percaté de que mi cuerpo se convertía en piedra. Su saliva era mágica y quedé petrificada... hasta que hace unos años tú le mataste, y yo volví a respirar.

Notas del autor:

Espero que os guste.

Ha sido un capítulo calmadito, pero hay un nuevo miembro a bordo de la nave y tiene algo que decir sobre la trama de este fic

:)