Capítulo 5 – Una dueña indócil
En un planeta tres veces mayor que La Tierra, una población de emergente paz se acostumbraba a una vida sin demasiadas desigualdades. El planeta era conocido como Taulinea por sus habitantes, los Taulin.
El astro era bañado por el calor de una estrella a miles de años luz y rodeado por tres pequeñas lunas que orbitaban a su alrededor. Los Taulin eran una raza de poca variedad física: el color de piel de la gran mayoría era negro como el carbón, al igual que sus cabellos, que solían dejar largos según la tradición. Era un pueblo de gran orgullo, pero generalmente pacífico.
Akkaia nació entre una familia de recursos, pero a medida que creció, fue transformándose en una persona extrovertida y temeraria, algo no muy común entre los jóvenes de aquellos tiempos. Aun así, era solitaria, vivía por y para la aventura y, a pesar de querer a su hogar, a menudo se separaba de él para vivir experiencias entre los bosques que abundaban por sus tierras. A decir verdad, siempre soñó con viajar a otros lugares, otros planetas, otros mundos.
En una ocasión conoció a un elemento del bosque al que llamó Lume, una criatura inocente ligada a la naturaleza y a la sabiduría del planeta. Su aspecto era diferente cada día, tomando formas arbóreas, vegetales e incluso animales, pero siempre saludaba a Akkaia con una fresca brisa de viento con olor a moras.
Intercambiaban y creaban historias juntos y compartieron aventuras por toda aquella naturaleza por descubrir. El curioso ser le dio la confianza en sí misma para realizar proezas a las que nunca se atrevió: escalar altos desfiladeros, cataratas y senderos foráneos, cruzar a nado bravos ríos y profundos cenagales, trepar por todo tipo de árboles, huir, esquivar y enfrentar a peligros de aquel mundo... Gracias a ello, su cuerpo se fortaleció y obtuvo una figura curtida y definida.
Cada vez que visitaba a Lume, se introducía en una nueva aventura que demoraba meses.
Una noche de otoño, mientras se disponía a dormir, Lume compartió con ella una historia terrible, llena de fuego, destrucción y sufrimiento. Cuando terminó su narración, aquel ser de gran sabiduría miró a los ojos a Akkaia y con pesar en su expresión admitió que lo que había visto era el destino de su pueblo. La chica, asustada, decidió volver a su hogar a pesar de la súplica de Lume.
– Si te vas, te unirás al dolor – insistió.
– Si lo que dices es cierto, entonces debo marchar y salvar a mi familia – sentenció Akkaia.
– Entonces llévate parte de mí – insistió Lume – Para guiarte siempre que estés perdida – entonces le otorgó una habilidad especial, a su entender tan abstracta como incomprensible, tornando sus ojos de un extraño color pirita. De esta forma nunca se separó de ella.
Cuando Akkaia regresó a la cuarta noche, ya era demasiado tarde. Las casas estaban destruidas, incendios inmensos y ríos de sangre cubrían las calles y la ciudad. Malvados secuaces mataban a la inútil resistencia de la población.
Akkaia, gracias a sus cualidades entrenadas en sus aventuras, se escabulló de la vigilancia de los asesinos y fue de tejado en tejado de las casas más altas para llegar hasta su vivienda para rescatar y huir con su familia.
Sin embargo, a mitad de trayecto, se percató de que aquellos malhechores estaban reuniendo a toda la población en una gran plaza de la ciudad. Allí, además de un gran pelotón de soldados con ropas idénticas, se encontraban un par de extraños: un demonio de tez rojiza y ojos serpentinos que vestía con una gran capa blanca y unos ropajes verdes oscuros junto a un alien enano de aspecto viejo y arrugado, con un gorro negro que le cubría la cabeza y una extravagante capa naranja que casi rozaba el suelo. Su voz era chillona y se oía en toda la avenida, pero parecía feliz.
– Hechas las presentaciones, os recomiendo que no acabéis con mi paciencia, que es muy poca. He venido desde muy lejos para reclutar a uno de vosotros. Son muchos los soldados que tengo e igual el número de especies diferentes que me sirven, y necesito a alguien que, de corazón, quiera unirse a mis tropas.
Las personas presentes se miraban sin comprender absolutamente nada, aún absortos en el miedo y el sufrimiento.
– Claro que antes os incentivaré a ello.
Entonces sacó del interior de su capa un objeto que no podía caber materialmente bajo ella, era una bola de cristal oscura algo más grande que su cabeza. La hizo levitar y sus ojos relampaguearon al utilizarla, como si en ella estuviera escrito lo que tenía que decir a continuación.
– Si os unís a mí, obtendréis poderes que ni podéis imaginar, uniréis vuestra vida a un objetivo superior a todo lo que hayáis conocido hasta ahora y correréis la suerte de viajar por el universo en incontables galaxias en busca de la felicidad y la perfección – hablaba Bibidí con gran euforia.
– ¡Ejem! – le avisó su siervo Hazam.
Bibidí, al percatarse del terror de su público, recordó que olvidaba una parte crucial para incentivar a aquellos seres insignificantes.
– Y, por supuesto – carraspeó tragando saliva – dejaré en paz a vuestra gente. No provocaré más muertes ni más dolor – dijo con la mano en el pecho, como si conservara algo de empatía, pero a la vez sonriendo como si aquello fuera divertido – Os doy un minuto para que lo meditéis bien.
Entonces Akkaia, agachada en el tejado de un edificio cercano, maldijo a aquel ser – Bastardo hijo de... – pero entonces se dio cuenta de que a dos metros de ella se encontraba uno de los soldados del brujo. Él miraba en su dirección, como si hubiera escuchado aquella voz, pero parecía no ver ningún intruso. Tras unos segundos de escrutinio hacia la oscuridad de la noche sobre los tejados cercanos, el soldado se fue.
Akkaia notó entonces la habilidad que Lume le había entregado, sentía a Lume en su interior.
Tras un largo minuto de impaciente espera, el brujo habló de nuevo.
– ¿Nadie? – gritó Bibidí con voz aguda.
– Yo – dijo uno que se abría paso entre la multitud.
– ¡Por fin! – exclamó Babidí – Arrodíllate.
El hombre hizo lo que le pidió.
– Concéntrate en todo lo que te hace unirte a mis tropas – le dijo el brujo una vez arrodillado.
Hazam retiró el cabello de su nuca a un lado y Bibidí hizo aparecer una especie de hierro que tenía un signo o runa desconocida en su terminación. Entonces marcó la nuca de aquel hombre y este cayó al suelo, sin vida.
– ¡Pf! – bufó el brujo – Una pena que no os haya mencionado que vuestro deseo para uniros a mí debe ser mayor que vuestro odio o miedo a hacerlo ¿Hay alguien más que realmente esté dispuesto a hacerlo? Vamos – incitaba él con normalidad – Es por una buena causa, salvar a los que queréis, salvaros a vosotros mismos.
Durante unos segundos, nadie contestó al malvado hechicero y este se dio la vuelta, indignado.
– Entonces probaré en otra ciudad y os aniquilaré – sonreía con una mirada de intensa calma.
– ¡Espera! – escucharon todos.
A unos metros por detrás del demonio Hazam, Akkaia miraba a los intrusos con severidad, escondiendo el temor que sentía.
– ¿Cómo has llegado tú ahí? – le preguntó Bibidí, impresionado por no haberla avistado antes. Hazam, por su parte, también mostraba cierta curiosidad.
– Yo iré con usted – dijo sin vacilar.
– ¡Vaya, vaya! – celebró el brujo – Por fin tenemos una candidata.
– ¡No! – oyeron de entre la multitud. El padre y la madre de Akkaia se abrían paso al reconocer la voz de su hija – No lo hagas, Akkaia.
El brujo, molesto, apuntó con una mano al alborotador, pero Akkaia le interrumpió.
– Si les haces algo más, olvídalo. No me uniré a ti.
Bibidí sonrió y bajó la mano – Arrodíllate – le ordenó.
– Antes debes prometerme que cumplirás con tu palabra y no dañarás más a esta gente. Te irás de aquí sin ni una sola muerte más.
– Eso está hecho, jovencita. Ahora arrodíllate de una vez para ver si estás preparada.
Akkaia cayó de rodillas y despejó su melena de la nuca. Acto seguido, Bibidí hizo aparecer de nuevo el mismo hierro. Los sollozos de la familia de la joven taulin suplicaban a los dioses ayuda, pero ningún dios acudió. Los latidos de la chica eran rápidos como los de un pequeño roedor, no sabía si aquellos segundos serían los últimos de su vida.
La runa se clavó en su cuello y Akkaia apreció la quemazón. Pero fue rápido y no sintió morir. Sin embargo, algo en su interior lloraba por ella.
– ¡Perfecto! – concluyó Bibidí – Creí que este planeta iba a ser otro fracaso, como los tres anteriores – le hablaba a Hazam – Pero hemos obtenido nuestro premio en menos de dos días.
– Así es, señor. El grupo está completo.
– ¡Nos vamos!
Akkaia temblaba de pies a cabeza y, mientras los dos malvados hablaban, ella buscaba la mirada de sus padres, que lloraban su pérdida desde la distancia.
– Os quiero – vocalizó con un nudo en la garganta.
En menos de un minuto, un centenar de soldados mismamente uniformados se apelotonaron enfrente del brujo.
– ¿Cuál es tu nombre? – la pregunta de Bibidí sacó a la taulin de su ensimismamiento.
– Akkaia – contestó ella.
– Muy bien – dijo el brujo sonriente – Ven aquí, junto a mis hombres.
Cuando la joven se situó, el brujo se dirigió de nuevo a ella.
– Desde ahora te llamarás Badavin – algo a lo que ella respondió con una mirada de incomprensión.
– ¡PAPARAPÁ! – exclamó Bibidí, alzando sus manos hacia el cielo.
De repente Akkaia vio un resplandor, como si sus ojos pestañearan sin el uso de los párpados. Entonces vislumbró otro lugar. Aquel hechicero los había transportado al interior de un castillo, a saber en qué recóndito planeta. Se hallaban en un gran aposento decorado con pocos muebles oscuros y lámparas de vela que iluminaban perfectamente el entorno, pero de un tono extraño para la vista de Akkaia. A lo largo de toda la sala, además, podían verse decenas de retratos. Los aliens dibujados eran muy parecidos a Bibidí, algunos con más pelo en la cabeza, otros con diferentes ropajes, pero todos con una misma sonrisa maligna y la gran mayoría de ellos portaba una esfera de cristal en la mano o la hacían levitar en una postura altiva y orgullosa.
– De acuerdo. Comencemos con los preparativos – ordenó el viejo mostrando los dientes y frotándose las manos, emocionado.
– ¡Sí, señor! – respondió el centenar de soldados al unísono antes de esparcirse por todos los rincones del castillo.
– Reuniré a los quince restantes para que acojan a nuestra nueva aliada – dijo Hazam, esperando recibir el asentimiento de su amo.
– Yo ya tengo un nombre – le interrumpió una voz.
Bibidí, sorprendido por la intervención de su nueva aliada, la miró con curiosidad.
– ¿Qué?
– He dicho que ya tengo un nombre. No cambiaré mi identidad solo porque vaya a servirte.
Hazam miró tranquilo a la chica y clavó sus ojos de nuevo en Bibidí. Ambos sabían que no debían tratarla mal, al menos, por el momento.
– ¡Oh! Sin problemas, chica – le dijo restándole importancia – ¿Cómo decías que te llamabas?
– Akkaia.
– Bien, Akkaia. Acompaña al gran Hazam. Él te presentará a otros que, como tú, han decidido servirme voluntariamente.
Sin volver a hablar, la taulin siguió al demonio hasta una habitación amplia, donde se encontraban acomodadas catorce personas. Todas de diferentes razas.
– Ya os habéis reunido – dijo Hazam – Estupendo. Esta es Akkaia, una nueva aliada. Haced que se sienta como en casa. Mañana comenzaremos con el esperado ritual – entonces se marchó sin decir más.
Al cerrar la puerta, los presentes miraron a la recién llegada y esta les escrutó de uno en uno. Todos menos un par tenían formas humanoides, con características diferenciables.
– Buenas – se presentó ella, pero solo unos pocos le devolvían la mirada.
– Buenas – le respondió un ser azulado de orejas cilíndricas y ojos amarillos que carecía de ropajes – Mi nombre es Bum.
Akkaia le estrechó la mano – ¿Ese es tu nombre o es el que te han dado aquí?
Todos miraron a la chica, algo nerviosos y temerosos.
Bum escrutó con interés los ojos de Akkaia.
– Parece que no encajas aquí.
– En absoluto.
– Me gustas – sentenció Bum antes de darse la vuelta – Presentémonos todos y charlemos – dijo vivaracho mientras tomaba asiento y le ofrecía uno a la nueva.
Tras unas cortas presentaciones, la conversación se alargó con calma, pero Akkaia fue rápidamente al grano.
– ¿Qué ocurre mañana? – pero nadie contestó hasta que, tras unos segundos de paciencia, Bum contestó.
– Se supone que nos harán más fuertes para servirles con eficacia.
– Eso no tiene mucho sentido – pensaba Akkaia para sí. Demasiados cables sueltos, demasiado que asimilar. Solo quería irse de allí y llorar a solas por su destino. Por otro lado, había algo que realmente le ilusionaba en cierta medida: poder, viajar por el universo... Todo eso fue lo que mencionó Bibidí, algo con lo que siempre había soñado, aunque no exactamente en aquellas circunstancias.
– Tienes suerte – continuó hablando él – Yo llevo esperando este día desde hace un año, por lo menos.
Tras una cena bien servida, cada uno fue a su respectiva habitación y descansó hasta el día siguiente. Akkaia, a pesar de la horrible situación que le acompañaba, se sentía cómoda allí y, aunque la tristeza no se iba, un sentimiento extraño de júbilo la invadía poco a poco en esa extraña mansión.
A la mañana siguiente, un soldado fue llamando de habitación en habitación, anunciando el turno de cada persona. Sin embargo, un día entero esperó la chica hasta que el soldado se dirigió a su dormitorio.
– ¡Toc, Toc! – resonó en su puerta.
Cuando la abrió, un hombre con ojos claros y una gran "M" en la frente le esperaba.
– Tu turno – leyó en una hoja que sujetaba – Akkaia.
La taulin acompañó al guardia hasta fuera de la mansión, pasando de nuevo por la larga estancia llena de retratos. Fuera, en mitad de una llana y verde pradera, se encontraban Bibidí y Hazam. Una brisa confortable pero intensa hacía bailar sus capas hacia un lado.
Cuando llegó a su lado, pudo observar un círculo en el suelo donde no había hierba alguna y su tierra era tan negra como su piel.
– Bienvenida – le saludó Bibidí – Debes entrar en él y esperar pacientemente – dijo al percatarse de que la chica miraba el círculo con curiosidad. Ella obedeció.
– Ahora – continuó el brujo – concéntrate en porqué quieres servirme y deja a un lado la añoranza de tu hogar. Eso es algo que solucionaremos más adelante – la intentaba tranquilizar él – Cierra los ojos y focaliza lo que he dicho.
Mientras tanto, Babidí ya había hecho aparecer una gran bola trasparente que se mantenía en el aire por arte de magia. En su mano derecha portaba un libro abierto de gran grosor y apuntó con su palma izquierda a Akkaia. Entonces sus labios comenzaron a moverse, y un terrible conjuro emergió oscuro e infernal a través de su voz en un lenguaje desconocido.
Akkaia sentía miedo; presentía que, si no se concentraba adecuadamente, su vida acabaría allí mismo. Aun así, pudo hacerlo sin demasiados inconvenientes, estaba realmente ilusionada por explorar nuevos mundos con poderes inimaginables.
Aquel rito duró horas. A medida que pasaba el tiempo, un aura blanquecina y extraña se hacía más y más grande, envolviendo a Akkaia hasta abarcarla por completo. Bibidí sudaba y sus brazos temblaban del cansancio mientras soltaba en susurros silenciosas palabras en un idioma parecido a la muerte, pero no desistió. Hazam les vigilaba, cruzado de brazos.
La bola de cristal iluminaba la escena, pero de repente se apagó y cayó al césped.
– ¡PAPANAFRÁS! – gritó el brujo alzando sus dos manos al cielo y soltando el grueso libro, que cayó al suelo de un golpe seco.
El aura que envolvía a Akkaia se tornó brillante y se insertó como un gas con vida propia por la boca de su víctima. El grito de la taulin fue aterrador, pero no duró demasiado. Se desplomó en el suelo mientras su cuerpo cambiaba y su piel se tornaba tan blanca como la luz que refulgió de aquella aura. Aun así, el color de sus ojos no cambió.
– ¡Lo he conseguido! – dijo el brujo con alegría – Siete éxitos de quince intentos. Nada mal ¿eh, Hazam?
– Una grandiosa labor, mi amo.
Akkaia se levantó, pero se sentía extraña. Miró sus manos blancas como la nieve y brillantes como un metal pulido. Lo veía todo mucho más nítido y sentía una gran cantidad de percepciones nuevas, tanto era así que un mareo constante la invadía.
– Desde ahora – dijo Bibidí mientras se acercaba sonriendo a la chica – tu apodo será Badavin – su frente brillaba del sudor y sus ojos parecían irritados de algún modo– Y ahora que eres oficialmente uno de mis súbditos, puedo castigarte a mi manera cuando lo vea conveniente – le aclaró antes de que se volviera a rebelar por su nuevo nombre.
Las piernas de la Taulin flaquearon y cayó de rodillas, sumida en un profundo cansancio. Antes de hundirse en un pesado sueño, la voz de su antiguo amigo resonó en su cabeza, llamándola por su nombre con una lejanía impotente – ¡Akkaia!
Durante una larga temporada, las siete personas, cuyos cuerpos habían sufrido serias transformaciones, descubrieron el verdadero rostro de aquel brujo. Supieron que, de alguna forma, estaban sometidos a él y que, si se les oponían, sufrirían unas consecuencias desconocidas pero temibles.
Además, les fueron revelados los verdaderos planes de Bibidí.
– ¡Lo que quiero hacer es postrar a los dioses ante mi poder, quiero reinar en el mundo! – gritaba sin miedo – Y uno de vosotros me ayudaréis, si estáis a la altura. Hoy mismo empezaréis el entrenamiento y dentro de un año os pondré a prueba. Hasta entonces, tengo cosas que hacer – así el brujo dio media vuelta y se esfumó del planeta junto con Hazam.
Allí, en aquellas praderas enfrente de la fortaleza del brujo, se escrutaban mutuamente los siete seres metamorfoseados por magia negra.
Akkaia apenas reconocía a las personas que se encontraban allí. Sabía que eran seis de los catorce que conoció hacía dos días, pero la tez no fue lo único que cambió en algunos. Sus expresiones faciales y sus morfologías sufrieron transformaciones radicales. Lo más llamativo eran sus colores de piel: un azul refulgente, un azul oscuro, un rojo vivo, un marrón terroso, un violeta brillante y un verde oscuro.
Ella descubrió en su nueva forma una fuerza, velocidad y resistencia sorprendentes, pero fue algo que todos los demás poseían en mayor o en menor medida. El más poderoso de todos era aquella persona que se le presentó el día de su llegada, ese tal Bum: su rostro era el mismo, pero su antiguo cuerpo azul había crecido y ahora su musculatura marrón le confería un tamaño descomunal de casi tres metros de alto.
Ella, por el contrario, conservaba una habilidad única muy eficaz. Cuando lo necesitaba, su cuerpo y ropaje dejaban de existir para los ojos de cualquiera, una cualidad que ya había testado antes, pero que nunca había utilizado de manera totalmente consciente.
Meses y meses de entrenamiento fueron suficientes para asentar sus poderes y comprobar sus recientes habilidades. En campo abierto, los seres transformados pelearon mutuamente en un combate libre, sin nadie que les enseñara pelear. Tan solo bajo la supervisión de Babidí, hijo de Bibidí, quien les arengaba con malas artes durante los descansos, corrompiendo sus mentes con pensamientos cada vez más oscuros.
Estos calaron más en Bum, quien se dejó llevar por las peores emociones que resurgieron en su interior.
– ¡Ya me he cansado! – soltó el coloso en mitad de un combate en el que participaban todos – Si os mato, Bibidí no tendrá más opción que elegirme a mí como aliado – rugió.
Desde ese instante, Bum fue a matar, pero todos los presentes se unieron en su contra.
– ¡Plam! – el terreno se agrietó cuando el puñetazo falló. Akkaia había saltado hacia atrás y al mismo tiempo el ser azul propinó una dura patada en la espalda de Bum.
Al darse la vuelta gruñendo, Bum atizó con el brazo a su víctima, pero Akkaia y su compañero de tez roja le atacaron juntos, haciéndole retroceder. Un puñetazo de Bum acertó en el pecho de este último, pero su puño entró en su tronco como si fuera mantequilla que enseguida se solidificó para no dejarle escapar. Entonces Akkaia aprovechó para asestar varios golpes con potencia. Además, el ser de tez azul oscura se unió al ataque.
Aun así, la ventaja no duró mucho tiempo. El gigante saltó a la ofensiva y repelió a los tres contrincantes con relativa facilidad, deshaciéndose del ser rojizo de un puñetazo que le noqueó y expeliendo una gran ola de energía con todo su cuerpo.
Cuando Akkaia cayó al suelo, no pudo evitar fijarse en que faltaba apoyo. Sus ojos buscaron por todo aquel campo de combate hasta que dieron con una figura violeta que, cruzada de brazos, escrutaba la pelea con interés.
– ¡Pelea! – le criticó ella, alterada y con altos niveles de adrenalina en el cuerpo. Pero aquel ser la ignoró.
La batalla se alargó durante horas y el combate los trasladó cada vez más lejos del castillo del brujo. Todos fueron cayendo, y cuando solo quedó Akkaia, su instinto la salvó.
– ¿Dónde se ha metido? – dijo Bum exhausto, con el brazo alzado antes de llegar a dar un martillazo a la chica que había desaparecido delante de sus propios ojos.
Akkaia se había escabullido, el poder de Lume seguía con ella, la mantenía a salvo.
Mientras volaba en dirección contraria al asesino, no distinguió los cadáveres de sus compañeros caídos en el terreno torturado por la dura batalla. Pero, al cabo de unos minutos de vuelo, reconoció a la persona restante que se había abstenido de luchar junto a ellos. Parecía que pretendía huir del lugar.
– ¿Por qué? – le preguntó ella cuando estuvo cerca, descubriendo su cuerpo maltratado por las heridas padecidas en combate.
El ser púrpura se sobresaltó y asustado la miró rápidamente subiendo la guardia.
– Ah... – se relajó – Me has dado un susto de muerte.
– Contigo quizás hubiéramos podido ganar – continuó criticándole ella – ¿Por qué diablos no has combatido? Por tu culpa estamos condenados a morir o a escondernos hasta que Bibidí regrese.
– No será necesario – alzó la mano, pidiendo que se calmara. Parecía realmente cansado – Dentro de cuatro días le haré frente y le mataré. Hasta entonces, te aconsejo que te escondas.
La taulin le miró como si estuviera loco y tras una mirada de odio, le abandonó y buscó un lugar donde ocultarse de Bum.
Al cuarto día, Akkaia sintió las poderosas energías en conflicto, pero cuando llegó hasta ellos, tan solo pudo ver al ser violáceo absorbiendo por el pecho luminoso el cuerpo sin vida del gigante marrón. Tras ello, el ganador cayó al suelo con las manos encima del esternón, ahora cerrado.
Akkaia se acercó a él. Estaba casi inconsciente, y tenía tenía serias heridas por haber peleado. Entonces se le ocurrió que, si le mataba en aquel instante de semiinconsciencia, ella sería la única a quien Bibidí podría aceptar.
– ¿Le matarás? – le habló una voz aguda y molesta. Era Babidí que, a sus espaldas, contemplaba la situación – Es lo más inteligente – rio entre dientes.
Akkaia se percató de que su mano apuntaba a la cabeza de aquel ser violeta, pero la apartó al instante y, sin mirar a Babidí, se marchó directa al castillo.
– No soy como querríais que fuera – pensó para sí misma. Aun así, la sonrisilla del pequeño aprendiz brujo no se había esfumado.
A las pocas semanas, Bibidí regresó al planeta junto con Hazam.
– ¡Vaya, vaya! – se sorprendió – ¡Si sólo quedan dos de mis creaciones!
Akkaia miró de soslayo a su compañero, durante el tiempo restante a la llegada del brujo, se había limitado a convivir con ella sin amenazas de ningún tipo.
– Entonces comencemos rápidamente con la guinda del pastel – dijo Bibidí – ¿Por quién deberíamos empezar? – le preguntó a su hijo, allí presente.
– Por Badavim – la señaló el joven.
– Muy bien, hijo mío. Veo que lo tienes muy claro. Adelante, Hazam.
El demonio dio un paso al frente y se dirigió a ella.
– Enséñame qué has aprendido en un año de supervivencia.
Akkaia, nerviosa, alzó la guardia y atacó al demonio de piel rojiza. Sus golpes acababan siendo interceptados por las manos de su oponente y tras el primer frenesí, Hazam no se había movido un centímetro de su sitio. Entonces miró a su amo y negó con la cabeza.
– No sirve para nada.
– Entonces deshazte de ella – sentenció el brujo – No me interesan los inútiles.
Hazam miró de nuevo a la chica y, sonriendo, se dispuso a finalizar aquella prueba, pero Akkaia, asustada, desapareció de la vista de todos.
– ¿Dónde...? – balbuceó el Dakka.
– ¿Se ha ido? – preguntó Bibidí.
– No estoy seguro – contestó Hazam.
Entonces el demonio comenzó a recibir golpes por todas partes y todos se sorprendieron.
– ¡Es invisible! – exclamó el brujo.
Hazam, hastiado de encajar tantos embates, se rodeó de un aura roja como el fuego y elevó su energía con una intensidad terrible.
– ¡Tus golpes no duelen, pequeña, pero estás empezando a dejar en mal lugar al rey de los demonios!
Así, Akkaia sintió de cerca todo el poder del Dakka, que fue más que suficiente como para repeler los ataques de la chica. Además, toda aquella energía en constante fluidez estaba levantando kilos de arena y tierra que entorpecían su vista.
– Ahí estás – dijo Hazam cuando sus ojos amarillos escrutaron una zona en el aire donde la arena levantada formaba una silueta irregular.
En menos de un parpadeo, Hazam agarró del invisible cuello a Akkaia. Toda aquella arena en movimiento cayó al suelo y la respiración de la taulin se complicó.
– Lo siento, chiquilla. Buen intento – le dijo el Dakka justo antes de escupirle en la cara.
Su rostro comenzó a ser visible, pero no tenía la palidez fulgente de su piel. Su cuerpo se petrificaba poco a poco, desvelándose progresivamente en forma rocosa.
– ¡Lume! – gritó ella en su interior. No pedía ayuda, no pedía salvarse; querría volver a verle una vez más.
Notas del autor:
Aquí tenemos el origen de Akkaia y su relación con una de las familias de brujos más poderosa del universo.
¡Espero que os guste!
