Fue buena idea el levantarse tan temprano, no se había percatado de cuanto le faltaba para terminar de empacar.

No es que fuera grande su departamento, todo lo contrario, era relativamente pequeño; una habitación, un baño, sala, cocina y un pequeño balcón. Perfecto para una sola persona, teniendo solo el espacio necesario para no sentirse asfixiado.

Le gustaba el lugar, después de todo había sido ahí donde paso la mayoría de sus años universitarios; tristeza, desesperación, alegría, frustración… tantas emociones que esas cuatro paredes vieron de ella en el transcurso de esos cuatro años y medio.

Comenzó a empacar lo que le faltaba, llenando caja tras caja de sus pertenencias, teniendo cuidado de no romper nada en el proceso y asegurándose de no dejar nada atrás. Para cuando llegaron los de mudanza, todo estaba listo.

Dos hombres fornidos; de tez morena, cabello oscuro y con tatuajes tribales, se encargaron de llevar todo al camión. Anna ayudó con algunas cajas, sintiéndose mal de dejarles hacer todo el trabajo, pero ellos le dijeron que no había problema y que se asegurara de no dejar nada olvidado.

Sin nada más que hacer, se quedó un rato mirando el interior de su antiguo departamento. Había algo, no sabía bien qué era, pero había cierto sentimiento de incertidumbre y nerviosismo en su interior. No se debía al hecho de que estaba por cambiarse de vivienda, o por comenzar su vida laboral como parte de la sociedad, sino que era algo más… algo mucho más importante. Era como si algo fuera a pasar, como si algo estuviera esperando por ella.

No pudo seguir centrándose en ese pensamiento, ya que uno de la mudanza entró a informarle que todo estaba listo y que debían partir. Sin perder más tiempo, subió a su pequeño Volkswagen y comenzó el camino a su nueva residencia.

El viaje tardó un par de horas, en las que Anna las había pasado escuchando música de su celular y una bocina que traía en el asiento trasero. ¿El motivo del que se cambiara de residencia? La nueva vivienda quedaba mucho más cerca de la ciudad, pues su anterior departamento quedaba solamente a unas cuadras de la universidad, lo cual era muy favorable para ella en ese momento, pero un inconveniente ahora que debía de ir a la ciudad y trabajar.

Al llegar, no pudo evitar el sentimiento de nostalgia al ver la residencia, tal y como la recordaba. La última vez que había estado ahí fue el verano antes de comenzar su carrera, festejando su cumpleaños junto a la mujer que la había cuidado desde que nació. Su abuela siempre había estado a su lado, cuidándola como si fuera su propia hija, ya que los padres de Anna siempre estaban ocupados.

Fue raro para ella al bajar de su carro y no verla en el pórtico, dándole la bienvenida como siempre lo hacía, pero sabía que ahora estaba en un lugar más cómodo para su edad. La ciudad de Lillehammer tenía un clima demasiado frío para su edad, provocándole dolores en sus articulaciones. Por lo que llegó a la decisión de mudarse a un lugar más cálido, pero no quería dejar su amado hogar a manos de algún desconocido. Fue por eso que, cuando Anna le comentó su plan para cambiar de residencia y acercarse a la ciudad, su abuela alegremente le entregó las llaves de la casa para así evitar el gasto innecesario de renta.

Sin perder tiempo, abrió la puerta de su nuevo hogar y entró. Pudo darse cuenta a simple vista que no había demasiado muebles, probablemente se había llevado consigo solo los que necesitaría y dejó atrás los demás.

Dejó que los chicos metieran las cajas a la casa en lo que ella acomodaba las cosas para que todo pudiera entrar. Todo el proceso duró no más de dos horas, por lo que, al terminar, les agradeció y procedió a poner todo en orden.

Cargó un par de cajas, llevándolas a la que anteriormente era su habitación. Al abrir la puerta, se sorprendió de encontrarla exactamente igual; cada cuadro, poster, incluso las mismas cortinas seguían ahí. Rio leve, imaginando a su abuela entrar a su cuarto y tomar la decisión de dejar todo como estaba quizá con la finalidad de tener un pedazo de ella en la casa.

El organizarlo todo fue más tardío y tedioso de lo que fue empacarlo, no tenía idea de cuántas cosas su abuela guardaba que, a su opinión, era pura basura; lámparas descompuestas, cuadros extraños, adornos de cerámica de diversas formas, casetes antiguos, y un sinfín de cosas más que no iba a revisar. Si así estaba la casa en lugares comunes, no quería ni imaginar lo que podría encontrar en el sótano.

Las cajas que anteriormente guardaban sus pertenencias, ahora estaban llenas de todos los cachivaches que había encontrado. Alzó su vista hacia la ventana, notando que el sol se había ocultado dando paso al cielo nocturno. No era de extrañar que ya se sintiera exhausta y que su estómago protestara por alimento. Decidiendo que le echaría un vistazo al sótano para finalizar el día, descendió las escaleras que su abuela siempre le había prohibido descender.

Trató de preguntarle en varias ocasiones el porqué no le dejaba bajar, a lo que siempre le respondía que era demasiado peligroso para ella con todas las cosas que tenía ahí almacenadas. De solo pensar que mañana tendría que limpiar todo ese desastre le causaba jaqueca. La oscuridad absoluta le dio la bienvenida una vez estuvo abajo; el frio ahí era mucho más intenso que arriba, el aire estaba cargado de un olor extrañamente… invernal.

No esperaba ese tipo de olor en un espacio reducido y del cual rara vez era ventilado. Esperaba un olor como musgo o humedad, quizá a lo mejor putrefacto de algún animal muerto entre toda la basura, pero no un olor tan limpio y fresco como el que inhaló una vez alcanzó sus fosas nasales.

A ciegas buscó el interruptor en la pared, tanteando hasta que dio con él. La repentina luz la cegó por unos segundos, teniendo que cubrir sus ojos con una mano quejándose en voz baja. Cuando se recupero lo suficiente, miró alrededor quedando completamente sin palabras.

Lo que anteriormente se había imaginado no era ni cercano a lo que tenía enfrente, ya que el lugar estaba completamente vacío. Ni una sola caja o artefacto había en esa habitación, ni una sola telaraña en las esquinas o rastro de polvo era visible ahí. Como si el lugar hubiera sido limpiado constantemente y de forma meticulosa, lo cual era extraño porque nunca había visto a su abuela bajar a ese lugar en ningún momento.

Las paredes eran de color blanco inmaculado, haciendo aún más sorprendente la apariencia de la habitación. Se sintió aliviada de que no tendría mucho que hacer al día siguiente. Estaba por apagar de nuevo la luz y terminar por ese día cuando algo llamó su atención. Al parecer el lugar no estaba tan vacío como había pensado al comienzo.

En la pared más lejana del lugar, había algo colgado cubierto por una tela que impedía ver qué era con exactitud. Lo quedó mirando por un tiempo, no sabiendo realmente qué hacer; se sentía cansada y en serio debía de comer algo, pero su curiosa naturaleza le gritaba que viera lo que ocultaba la tela.

Sin pensarlo más, lentamente se fue acercando al objeto, sintiendo su corazón latiendo desbocado por alguna razón que no comprendía y sus manos sentirse frías por el sudor que las cubría. ¿Por qué se sentiría ansiosa por descubrir lo que estaba ahí?

Alzó su mano, notando en ese instante el ligero temblor que tenía. Agarró la tela entre sus dedos y jaló de un tirón. Una capa de polvo descendió provocándole un ataque de tos y que sus ojos se cerraran involuntariamente. Una vez se controló, abrió sus ojos con su vista mirando al suelo.

Su mente dejó de funcionar por un momento con lo que estaba viendo, sin creer lo que estaba frente a sus ojos. No era polvo lo que había descendido de la tela, sino algo blanco y fresco descansaba sobre el suelo.

- Pero ¿qué…?

Por instinto, se agachó para averiguar qué era eso. Trató de tomarlo entre sus dedos, pero ni muy bien tocó su piel, se derritió como si hubiera estado bajo el sol abrazador del mediodía. Su ceño se frunció en confusión, no comprendiendo nada de lo que estaba pasando.

Un escalofrió recorrió su columna cuando una gota fría se deslizó por debajo de su ropa. Sacudió su cabello, viendo de nuevo caer ese polvo blanco de su cabeza. Lo hizo de nuevo, colocando su mano con la palma arriba para tratar de cachar lo que estaba cayendo y examinarlo de cerca. Cuando un poco se acumuló en su palma, la acercó a su rostro. Era frio, extrañamente frio a su tacto y para la temporada cálida que tenía la ciudad. Lo acercó un poco más a su rostro, percibiendo ese olor invernal que había notado cuando entró y no mucho después, lo que se había amontonado en su mano se había derretido.

Lo único que podría tener ese peculiar olor, que podría transmitir esa fría sensación y que tuviera esa reacción ante el tacto cálido era una sola cosa:

Nieve.

¿Pero qué podría haber ahí que provocara que se acumulara nieve en pleno verano?

Y recordando lo que estaba haciendo antes de descubrir eso, levantó la vista topándose con lo que estaba ocultando la tela.

Parecía antiguo, con cierto encanto que te atraía de forma casi hipnótica, como si una sirena estuviera cantando; incitándote a acercarte y averiguar lo que tenía por ofrecer. Su entorno tenía algo escrito en un idioma que no reconocía en absoluto, tallado delicadamente sobre madera oscura.

El objeto más usado del mundo, y del cual contaba con innumerables misterios a lo largo de la historia, estaba colgado frente suyo.

- Un espejo.