Muy buenas a todxs los que os habéis animado a leer esta historia.

Este capítulo es un poco lento, debido a que es un capítulo introductorio y que casi todo el tiempo se juega con la falta de información y conocimiento de los personajes. Por esta razón, este capítulo se encuentra situado la mayor parte del tiempo en Berk. Pero paciencia, porque pronto se desatarán el resto de sucesos.

Por lo demás, aclarar que estos personajes no me pertenecen y agradecer el tiempo de todxs aquellos que se hayan detenido a leer esta aventura. Normalmente siempre contexto a la reviews, así que no temáis dejadme feedback, me ayuda mucho a seguir escribiendo :)

Sin más, el capi!

¡Muchas gracias! Espero que os guste.


LA NOCHE QUE EL FUEGO INUNDÓ EL CIELO DE HIELO.

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Elsa miraba pensativa el cielo nocturno de Arendelle apoyada sobre barandilla del balcón de su habitación, mientras de fondo se oían las risas de Anna y Kristoff. No pudo evitar sonreír al oírles, pese a que su mirada mantuviera un brillo triste. Estaba perdida en el cielo nocturno, tan manso y tranquilo, tan oscuro y misterioso. Mirar al cielo siempre la acongojaba, como si la desnudaran de toda grandeza y quedase reducida a un instante perecedero en la eternidad. Suspiró, revolviendo sus pensamientos, donde su cabeza la traicionaba una y otra vez. No le gustaba sentirse así pero no podía evitarlo. Anna pronto se casaría y esta idea, aunque la colmaba de felicidad también le producía una inmensa sensación de tristeza. Y lo peor es que se sentía muy egoísta por sus sentimientos pero no podía evitar tener miedo a volver a estar sola.

De repente, una línea de fuego atravesó el cielo nocturno, poniendo un inciso en sus pensamientos y dando lugar a un resplandor tremendamente bello y desconcertante. Elsa se incorporó dando un paso atrás y elevó la vista al cielo, fijando la mirada en aquella hermosa línea rojiza. No obstante, la expectación embelesada fue sustituida por terror al ver que una segunda estela brillante caía del cielo, esta vez sobre el pueblo de Arendelle, prendiendo en llamas varios árboles.

El resto de la noche, nadie la recuerda con claridad.

Solo los cánticos para la posteridad albergan algo de verdad en lo que sucedió. Sin embargo, nadie jamás pudo expresar el horror que vivió el reino de Arendelle aquella noche; ni las almas que se perdieron, las casas que se quemaron o las vidas que cambiaron para siempre.

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Brusca y Chusco peleaban en el gran comedor sobre quién de ambos moriría antes en un ataque de yaks devora-hombres.

—Por supuesto que moriría yo—gritó Brusca desafiante escupiendo migas de pan—, soy mucho más sabrosa que tú.

Chusco no iba a dejarse amedrentar por dicha acusación y levantándose de su asiento y colocando ambas manos sobre la mesa se defendió:

—¿Sabrosa tú? Yo bebo mucho más hidromiel, mi sangre es más dulce—dedujo—, y todos saben que los yaks devora-hombres adoran el sabor de la sangre dulce.

—¡¿Qué tú bebes más hidromiel que yo?!

Brusca también se levantó de su silla e imitó a su hermano. Sus frentes casi podían tocarse y eso que estaban sentados el uno frente a la otra en la mesa.

—¡Eso no te lo crees ni tú! —siguió ella—. Te reto a un duelo de beber hidromiel, quien caiga antes inconsciente pierde.

Chusco le dio un cabezazo a su hermana en señal de que aceptaba el reto y Brusca respondió de la misma manera. Mocoso, quien observaba en medio toda la escena, bostezó soñoliento mientras se intentaba acabar su desayuno. Estoico observaba de fondo la escena sonriendo y temiendo lo peor por parte de los gemelos. También se fijó en un detalle que no debía ser una sorpresa para nadie, pero en el cual debía empezar a intervenir: Astrid e Hipo no estaban.

Estoico se incorporó levemente para acercarse a preguntar por su hijo cuando de repente Patapez entró muy agitado en la gran sala.

—¡Jefe! —consiguió pronunciar.

Estoico se levantó de golpe, haciendo tambalear su plato sobre la mesa y dirigiendo el rumbo de todas las miradas.

—¡Patapez! ¡Qué ocurre!

—La… la playa…—consiguió decir mientras intentaba recuperar el aliento.

—¿La playa? ¿Qué ha pasado? —Estoico se apresuró en acercarse al chico.

Varios vikingos también se le acercaron intentando ayudarle.

—He ido… he ido a dar un paseo con… con las crías, como hago siempre y entonces… —hizo una pequeña pausa para incorporarse—, entonces he visto un barco…

—¿Un barco? ¿Enemigos?

A Estoico no le hizo falta decir más para que todo el mundo del gran salón se levantara en son de guerra y tomando sus cubiertos salieron corriendo hacia la playa. Estoico pasó por delante de Patapez y apretó su hombro en señal de agradecimiento. El chico se dio la vuelta a toda prisa, intentando seguir a los vikingos y explicarles lo que realmente había encontrado en la playa.

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—Hipo—susurró Astrid mientras intentaba escapar de los brazos del vikingo.

Hipo solo gruñó algo ininteligible y la abrazó con más fuerza, atrayendo la espalda desnuda de la chica hacia su pecho.

—Hipo—volvió a decir ella suavemente, intentando voltearse hacia el chico—ya ha amanecido, tienes que irte.

Hipo escondió su cabeza en el hombro de ella, mientras enredaba sus piernas con la vikinga.

—Solo cinco minutos más…

Astrid escapó una risa suave al escuchar su excusa más recurrente.

—Hipo, tienes que irte, tu padre tiene que estar ya en el gran salón preguntándose dónde estamos.

El chico no respondió, simplemente se puso a darle cortos besos en el hombro, ascendiendo hasta su cuello y su oreja.

—No vale jugar sucio, Hipo.

Astrid encogió el cuello al sentir como se le erizaba la piel y aprovechando que Hipo había aflojado su abrazo se giró para enfrentarle. No obstante, el vikingo volvió a abrazarse a ella en esta nueva posición, escondiendo la cabeza entre su pecho.

—Solo dos minutos y nos vamos—, sentenció la vikinga mientras acariciaba su cabeza cobriza.

Astrid sabía que lo que estaban haciendo no estaba bien y sin duda estaba poniendo en peligro su honra, aunque en el fondo nada de todo aquello le importara. Llevaba enamorada de Hipo desde hacía años y aquello no había sido más que una evolución natural en su relación. Al principio no habían compartido más que besos fugaces, pero a medida que fueron creciendo una extraña hambre se apoderó de ellos cada vez que se veían. Un hambre que no sabían cómo saciar y que simplemente avanzaba en una dirección que ambos conocían aunque no quisieran admitirlo. Astrid todavía recordaba aquella primera vez torpe y confusa, donde ninguno sabía muy bien qué estaba haciendo. De ahí llegó el respeto y la complicidad en las noches furtivas.

Y con el tiempo, el placer.

Sin embargo, ambos sabían que todo aquello se les estaba yendo de las manos y que sus visitas nocturnas comenzaban a ser de todo menos discretas. Media aldea ya debía saber de sus encuentros. Los vikingos no eran grandes amigos del decoro y los modales, pero la situación empezaba a incomodar a algunos y posiblemente pronto deberían pensar en dar el siguiente paso, aunque a ambos les aterrara.

Un ruido en la puerta de casa hizo que a Astrid se le acelerara el corazón. Hipo también debió de notarlo porque se irguió confuso, buscando la mirada cómplice de Astrid.

—¿Están llamando? —preguntó el vikingo.

—Eso creo…—Astrid no pudo ocultar su cara de preocupación—, voy a ver quién es, tú vístete.

Hipo liberó a Astrid de su abrazo y ésta se incorporó con rapidez, saliendo de la cama y buscando algo con lo que vestirse. Hipo la imitó, sentándose sobre la cama mientras se ponía su prótesis y buscaba su ropa en el suelo.

Astrid consiguió ponerse un batín de lana largo que cubría su desnudez hasta los tobillos y abriendo la puerta de la habitación salió escaleras abajo hacia la entrada principal. Volvieron a golpear la puerta cuando Astrid abrió, con el pelo suelto y el batín. Era Bocón.

—¡Astrid! —tras esto se ruborizó al ver a la vikinga así vestida—, perdona… esto…

—¿Qué ha pasado? —preguntó Astrid preocupada, ya que Bocón nunca llamaba a su puerta a esas horas.

—Han encontrado un barco en la playa, al parecer ha naufragado—dijo atropelladamente.

Astrid asintió entendiendo la emergencia.

—Me visto y voy ahora mismo.

La vikinga se dispuso a cerrar la puerta cuando la voz de Bocón la interrumpió.

—Esto… —carraspeó—. Dile que se dé prisa… su padre lo está buscando.

Astrid asintió sonrojada y cerró la puerta, dejando el semblante avergonzado de Bocón al otro lado. Nada más cerrar y con cierto nerviosismo, Astrid subió las escaleras apresurada, chocándose de frente con Hipo en la puerta de la habitación, con quien casi se da un cabezazo.

—¡Hipo qué susto!

—Perdona —dijo el vikingo sujetando a Astrid por la cadera en un acto reflejo— ¿Quién era?

El vikingo ya estaba vestido y lucía perfectamente fresco, como si hace diez minutos no hubiese estado sumido en el más profundo de los sueños.

—Era Bocón—dijo ella—, al parecer han encontrado un barco naufragado en la playa.

—¿Un naufragio? ¿Hay supervivientes?

—No lo sé, no me lo ha dicho.

Hipo frunció las cejas, intentando pensar. Astrid lo apartó levemente para entrar en el cuarto y buscar su ropa.

—Voy a vestirme—le explicó—, ve yendo tú y te alcanzo en un momento.

Hipo iba a rechistar para decirle que pensaba esperarla cuando Astrid, comenzando a vendarse el pecho, le dijo:

—Tu padre te está buscando.

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La playa estaba astillada por los distintos trozos de madera que inundaban la costa. Las olas acariciaban la madera húmeda y pintada bajo el símbolo de una flor de azafrán. Junto aquellos trozos, había un niño tumbado en la arena. Su rostro estaba pálido y un surco negro bajo sus párpados le daba un aspecto adulto a su rostro inexpresivo. Sus ropas también estaban rasgadas y su cuerpo magullado. No obstante, y pese a su aspecto, todavía respiraba.

Estoico fue el primero en llegar a la cala y divisar al chiquillo entre los escombros. Sin dudarlo, se acercó al niño rubio y lo recogió con dulzura de la húmeda arena, acercándose su pecho al oído para comprobar agradecido que su corazón todavía latía.

—¡Busquen más supervivientes! ¡Aprisa! —ordenó al resto de vikingos que invadía la playa.

Estoico cargó al niño con cuidado y se apresuró a llevárselo a Gothi. En aquel momento Hipo llegó a la playa, deslizándose duna abajo hacia donde estaba su padre.

—¿Qué ha pasado? —dijo apresurado, sin apenas respiración.

—¿Dónde estabas? —inquirió su padre.

Hipo bajó la mirada y torció el gesto. Su padre suspiró, con la mirada cansada.

—Anda, ayúdame y ve avisar a Gothi—rompió Estoico el silencio—, ya hablaremos en casa.

Hipo asintió y salió corriendo ladera arriba a avisar a la anciana. Astrid llegó en ese momento a la playa, cruzándose con Hipo. Ambos se dirigieron una mirada fugaz que se perdió con la marcha de Hipo. Astrid bajó hasta donde estaba Estoico, que emprendía su paso ladera arriba con el niño en brazos.

—¿Hay más supervivientes? —le preguntó Astrid, quien no supo identificar la mirada del vikingo.

—Temo que no… ve a ayudar al resto—le ordenó.

Astrid asintió y obedeció, acudiendo al encuentro de sus compañeros. El oleaje había traído pedazos de lo que fue un barco. Madera. Cuerdas. Y la vela rasgada que había llegado a nado enrollada en un trozo que debió de ser el máster del barco. Era hermoso y espeluznante verla mecerse por las olas atrapada entre las rocas de la orilla. Obviando eso, Astrid pudo intuir que nada más había llegado a la isla. No había más supervivientes en ese naufragio.

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—Colocadlo boca arriba—dijo Bocón mientras Gothi le hacía indicaciones con el bastón.

Hipo ayudó a su padre a colocar al niño sobre la mesa de madera del salón de Gothi. La anciana los apartó de un bastonazo nada más el joven quedó tumbado, subiéndose sobre la mesa y apoyando su oído sobre el pecho del chico. Tranquila, sacó un objeto de madera parecido a una caracola y volvió a repetir la misma acción. Hipo y Estoico estaban expectantes a la anciana, quien ahora rasgaba la camiseta del niño y palpaba con la mano su pecho. Bocón se mordía las uñas con nerviosismo mientras la anciana parecía no encontrar lo que estaba buscando. Entonces, alzando su bastón, señaló a Hipo y le pidió que se acercara a levantar el mentón del niño. Hipo no tardó ni un segundo en obedecer y como por arte de magia, la anciana dio un golpe seco con la mano sobre el pecho del niño y un brote de agua y tierra salió despedido por la boca de éste. Hipo sujetó su cabeza y al ver salir aquel líquido lo ladeó un poco, para evitar que se ahogara. El niño dio entonces una fuerte bocanada de aire y comenzó a toser agitado. Gothi asintió complacida y se bajó de la mesa, en dirección a una pequeña estantería llena de hierbas.

Estoico se acercó al pequeño y lo incorporó un poco.

—¡Es un milagro! —gritó de alegría Bocón.

Estoico lo miró con una mirada preocupada mientras suspiraba de alivio.

Gothi, con una rapidez absoluta, se acercó al niño y le dio de beber un mejunje verde que acababa de preparar y que olía a ortigas frescas. El chico todavía seguía inconsciente cuando comenzó a vomitar con violencia tras ingerir aquel brebaje. Hipo y su padre lo ladearon mientras intentaban controlar sus movimientos espasmódicos, ya que seguía inconsciente.

Gothi hizo una señal a Bocón y éste habló por ella.

—Dice que el chico está fuera de peligro—expresó en nombre de la anciana—. Y que, con un poco de descanso, mañana estará completamente recuperado, —hizo una pausa y añadió—: Dice que ha tenido mucha suerte y pregunta sobre la procedencia del barco.

—No lo sabemos todavía—contestó Hipo a la anciana.

Gothi frunció el entrecejo. Estoico suspiró, con la mirada cansada.

—Creo que sé de dónde viene— expresó rotundo, para la sorpresa de su hijo.

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El gran salón se había cerrado a cal y canto para evitar los rumores de guerra que ya se extendían por toda la isla. Con ayuda de todos los vecinos de Berk y sus dragones, habían conseguido transportar todos los restos del barco al gran salón, donde se habían colocado sobre la mesa, intentando averiguar las causas del naufragio. Y esto sin duda fue el elemento detonante de todo aquel temor general. El barco presentaba fuertes quemaduras de dragón y sin duda aquello no podía ser una buena señal. Hipo caminaba de lado a lado en la sala, pasándose las manos por la cabeza inquieto, intentando comprender cómo un dragón había podido atacar un barco. Ninguno de sus dragones podría haber hecho algo así y menos a un barco pesquero. Era imposible.

Astrid lo miraba desde la otra punta de la mesa. Conocía esa mirada suya y sabía que algo no marchaba bien. Ella también lo presentía. Nunca antes un barco había naufragado en sus costas en circunstancias tan extrañas. La mar estaba en calma aquellos días así que sólo podía deberse a un ataque intencionado.

Estoico, presidiendo la mesa sobre la que se reunía todo el consejo vikingo y los jinetes de dragón, miraba pensativo el libro de insignias y banderas que Patapez revisaba a toda prisa. Encima de la mesa había trozo de madera del poco que se conservaba en buen estado. Y en él un símbolo: una flor de azafrán.

—¡Lo encontré! —exclamó Patapez satisfecho.

Hipo fue el primero en hacerse hueco entre los vikingos sentados en la mesa para examinar el símbolo que Patapez había encontrado. Efectivamente coincidían.

—Arendelle…—leyó casi en un susurro Hipo el nombre de pertenencia de aquel símbolo.

Todos en la mesa se pusieron a murmurar de repente. Todos salvo Estoico.

Hipo no perdió el tiempo y se acercó a una estantería para extraer un gran trozo enrollado de papel que cargó hasta la mesa, donde lo extendió. Un mapa. Patapez le ayudó a identificar el lugar que buscaban.

—¡Aquí Hipo! —le indicó.

Todos habían mantenido silencio expectantes cuando Hipo desenrolló el mapa, pero aquella noticia volvió a reanimar los murmullos en la sala.

La mirada de Hipo se clavó en el lugar que había marcado su amigo. Al noreste del archipiélago, lejos de sus tierras y prácticamente en los fiordos polares. Aquello no tenía sentido. El archipiélago vikingo no tenía acuerdos comerciales en esos territorios y la lejanía de aquellas tierras hacía imposible mantener cualquier tipo de amistad o enemistad. Hipo no paraba de preguntarse qué hacía un barco de aquellas tierras en sus playas y más hecho añicos por fuego de dragón. Ni si quiera sabía si los dragones habitaban aquellas tierras.

—No tiene sentido…— dijo para sí mismo.

—¿Qué vamos a hacer Jefe? —preguntó Patón.

—¿Qué cree que ha ocurrido? —preguntó Alea, la capitana de navegación de Berk.

Hipo no sabía qué responder pese a saber que aquellas preguntas eran lanzadas a su padre. Buscó la mirada cómplice de Astrid y se topó con que la vikinga estaba tan desconcertada como él.

—Por la humedad de las quemaduras en la madera, diría que el barco debió naufragar esta noche—expuso Patapez, intentando buscar respuestas—, eso significa que han sido atacados en nuestras costas.

—¿Y qué hacían en nuestras costas? —le rebatió Mocoso—. Quizás eran enemigos y nuestros dragones decidieron actuar.

—Eso es imposible—defendió Hipo rotundo, dirigiéndose a su primo—, nuestros dragones no atacan a barcos y menos si van desarmados.

—¿Y cómo sabes eso? —le respondió—, quizás las armas se han perdido en el océano.

Aquello levantó un gran revuelo entre los vikingos.

—¡Silencio! —pidió Astrid al notar que aquello se subía de tono.

—Insisto—replicó Hipo—, en que no se tratan de enemigos. Sean quienes sean, esos dragones que les han atacado no son nuestros y esto sin duda nos pone expone en el punto de mira.

La gente lo miró con desconcierto, lo cual lo instó a continuar.

—Si esa gente se encontraba en nuestras aguas en son de paz y fueron atacados por dragones quizás piensen que hemos sido responsables—aclaró Hipo—. Tenemos que encontrar ahora mismo a los verdaderos culpables, por nuestra seguridad y por la del archipiélago.

Aquello no pareció convencer demasiado al consejo, el cual volvió a alterarse. Hipo buscó la mirada de apoyo de su padre, pero lo que se encontró fue a un Estoico serio y taciturno.

—¿Papá? —le llamó la atención Hipo.

Estoico salió de su ensimismamiento, levantándose de su silla y haciendo callar a toda la sala con este simple hecho. Todos esperaban que el jefe aclarara lo que estaba sucediendo.

—Esperaremos a que el chico despierte—dijo solemne—. Hasta entonces no haremos nada más.

Hipo iba a quejarse, pero su padre alzó la voz acallándolo.

—Chusco, Brusca y Astrid—llamó—, id a hacer guardia por los alrededores de la isla y si veis algo extraño volver para notificarlo. Dicho esto, pongo fin a la reunión del consejo hasta mañana, cuando sepamos qué ha pasado.

Los vikingos se levantaron, armando ruido. Hipo tenía la mirada clavada en el mapa. No entendía aquella indiferencia del jefe de Berk. Nada tenía sentido y algo le decía que su padre sabía más de lo que había mostrado al consejo. Necesitaba hablar con él.

Hipo agarró el libro de símbolos y decidió encararse a su padre, quien ya se marchaba del gran salón.

—Hipo espera—dijo de repente Astrid, quien lo sujetó del brazo cuando se disponía a seguir a su padre.

—Astrid, ¿qué pasa?

La chica lo miraba con cara de preocupación.

—Esto no me gusta Hipo…—expresó refiriéndose a los acontecimientos—, tengo un mal presentimiento. Nuestros dragones no han hecho esto y temo pensar que alguien más esté usando dragones para inculparnos.

Hipo tenía el mismo mal presentimiento que Astrid, pero sabía que sin la aprobación de su padre los vikingos no saldrían a buscar ningún enemigo.

—Voy a hablar con mi padre—le confesó—, creo que no nos ha contado todo lo que sabe sobre ese pueblo…

Hipo bajó la mirada y luego miró a Astrid con cierta preocupación.

—Ten cuidado patrullando—, la chica asintió e Hipo le dio un corto beso en la mejilla—. Voy a buscar a mi padre.

Y tras esto Hipo salió despedido a buscar a su padre, el cual se encontraba ya próximo a su casa. Hipo no tardó mucho en alcanzarle, aunque tuvo que sortear varios terrores nocturnos que volaban espantados por unos niños y a una anciana a la que casi tira al suelo.

—Papá—lo llamó Hipo cuando lo alcanzó a varios metros de casa—. Necesito hablar contigo.

Hipo transpiraba levemente por la caminata, con el libro en la mano. Su padre seguía con el mismo semblante.

—Yo también quería hablar contigo hijo.

Aquella respuesta desconcertó por completo a Hipo, quien se esforzaba por seguir el ritmo acelerado de su padre.

—Vale…—respondió el vikingo—, pues en ese caso perfecto. Mira, quería preguntarte por…—Hipo abrió el libro mientras caminaba, buscando la página de Arendelle.

—¿Dónde has dormido esta noche? —preguntó Estoico sin cambiar de expresión, pero parando en seco, haciendo que su hijo casi tropezara con él.

—¿Cómo? —respondió Hipo, cuya pregunta le había pillado desprevenido.

—Qué dónde has pasado la noche.

La mirada de Estoico se había vuelto austera y por primera vez en mucho tiempo Hipo volvió a sentir cierto temor hacia su padre. Hipo no sabía qué decir y ante la evasiva de su hijo, Estoico volvió a emprender la marcha. Hipo lo siguió en silencio, intentando organizar sus ideas.

No tardaron en llegar a casa, donde Desdentado seguía durmiendo junto al fuego casi extinguido de la chimenea. Cuando vio llegar a Hipo alzó sus orejas, listo para recibirlo, pero al notar la extraña tensión entre padre e hijo decidió obviarles y seguir durmiendo.

Estoico se quitó el casco y lo dejó sobre la mesa. Luego, en silencio, se acercó a la chimenea y se agachó, cogiendo unas tenazas para mover las ascuas y avivar el fuego. Hipo por su parte cerró la puerta de casa y colocó el libro sobre la mesa, junto al casco de su padre. No era la primera vez que padre e hijo hacían voto de silencio y sabía que, si no hablaban ahora, podrían quedarse días enteros sin dirigirse la palabra.

—Papá— llamó el vikingo.

Hipo suspiró y se removió el pelo de la nuca. Estoico no contestó.

—Está bien, he vuelto a pasar la noche con Astrid—confesó.

Estoico solo dejó escapar un bufido.

—Ya sé que no está bien… —comenzó antes de ser interrumpido.

—Has mancillado la honra de Astrid, Hipo—dijo su padre con rudeza.

Hipo no sabía dónde meterse ante tal acusación. No pudo evitar ruborizarse al mismo tiempo que una extraña rabia comenzaba a invadirlo.

—Papá… yo…

En el fondo no sabía qué decirle.

—Piensa en lo que comentan de ella algunos aldeanos…

—Papá—se quejó Hipo—, mis intenciones con Astrid son firmes y sinceras.

—Lo sé —Estoico seguía mirando al fuego—, pero no veo que estés pensando con la cabeza, hijo.

Hipo se pellizcó el tabique de la nariz mientras cruzaba sus brazos.

—¿Tenemos que hablar de esto ahora? —se quejó—. Papá, acaba de aparecer un náufrago de una tierra lejana en nuestra isla, ¿podemos hablar de eso? ¿O de que unos dragones desconocidos están atacando barcos en nuestras costas? ¿O de que creo que hay algo que no me estás contando sobre el pueblo de Arendelle?

Estoico se puso de pie y sin dirigir la mirada a su hijo se puso a rebuscar en la pequeña estantería que tenían en el salón.

—Papá… ¿estás escuchando algo de lo que digo?

—Qué pasaría con Astrid si mañana murieras o tuvieras que casarte con otra.

Aquella frase desconcertó a Hipo por completo, quien no se atrevió a contestar.

—La has expuesto, hijo —Estoico sacó un pergamino de entre los libros—, y sé que piensas que los vikingos son tolerantes con la promiscuidad y puede que así sea, pero no con las mujeres como Astrid—Estoico se acercó a la mesa y apartó levemente su casco para dejar el pergamino—. Es demasiado rebelde y es tan buena luchadora que a veces pienso que no la merecemos. No es para nada una mujer que pueda llevar un hogar y por eso deberías saber que no cualquier vikingo querría casarse con ella y más sabiendo que ha perdido la honra. Yo no voy a vivir para siempre hijo, y quieras o no todos observan lo que haces.

Su padre desató la cuerda que aprisionaba aquel documento y lo extendió sobre la mesa. En otras circunstancias, Hipo se hubiese abalanzado sobre aquel trozo de papel, pero en aquel momento solo podía esforzarse por ocultar su vergüenza. Él no sentía que estuvieran haciendo nada malo, hasta escuchar las palabras de su padre.

—¿Estáis al menos tomando precauciones? —dijo Estoico alzando la mirada por primera vez a su hijo.

Hipo quería morirse y lo único que consiguió fue asentir mientras apartaba la mirada. Estoico pareció agradecer esa confirmación silenciosa.

Hipo sentía que de alguna forma tenía que pedirle disculpas a su padre. Estaba claro que sus intenciones hacia Astrid eran formales. Su padre más que nadie debería saber lo que aquella chica significaba para él. Astrid no solo era una vikinga hermosa, era su mejor amiga, su compañera de guerra y aventuras y de alguna forma la única que conseguía ver en él algo que ni él mismo se permitía. Pero por muy claro que Hipo y Astrid tuvieran su relación, en el fondo el vikingo sabía cómo era el mundo en el que vivían y lo que todos esperaban de él: que se casara con Astrid y se hiciera cargo de la jefatura de Berk. No obstante, ninguno de los dos estaba preparado para aquello. Hipo no quería renunciar a la libertad de la que gozaba y mucho menos quería arrebatársela a Astrid también. Ella tenía buenas dotes de mando y lucha, era la perfecta líder y sabía que pedirle casarse ahora supondría renunciar a ello en pos de formar una familia. Y él, por su lado, tendría que colgar la silla de montar y empezar a ejercer como un auténtico líder. De alguna forma aquello era renunciar a sus ambiciones y, sin duda, no estaban preparados para eso.

Su padre seguía absorto en aquel trozo de papel, moviendo los ojos rápidamente de un lado a otro del pergamino.

—Papá…—empezó dubitativo—, lo siento, sé que no estoy haciendo las cosas bien y sé qué esperabas algo mejor por mi parte... yo... yo me quiero casar con Astrid y algún día lo haré, no he tenido nada más claro en la vida —puntualizó—, pero no estamos preparados todavía… yo…

—Arendelle es un reino maldito… —rompió el discurso de su hijo el jefe vikingo.

Hipo calló de repente, sorprendido por aquellas palabras. La mirada de Estoico se había vuelto sombría y su gesto perecía esconder cierto temor.

—Hace años, cuando todavía eras muy pequeño, viajé a aquellas tierras para entablar relaciones diplomáticas —comenzó a relatar—. Eran gentes extrañas, mucho más pacíficas que los vikingos y muy avanzados en medicina. También adoraban a otro dios y tienen un extraño culto a la naturaleza y lo seres que allí la habitan. No obstante—hizo una pausa—, lo que llamó mi atención allí fue la hija mayor del rey, a la que siempre ocultaban—reveló—. Él nunca me lo hizo saber expresamente, pero los aldeanos rumoreaban leyendas sobre ella, sobre que estaba maldita. Unos meses más tarde tras mi regreso a Berk un buen amigo que hice allí me escribió para contarme un relato aterrador sobre cómo esta niña casi mata a su hermana al parecer por obra de brujería. Yo no le creí, pero hace poco más de dos años volvimos a establecer contacto y me relató sobre sucesos extraños que habían tenido lugar en los últimos años. Al parecer la niña, que ahora es la reina, es una bruja con poderes de hielo que congeló todo el reino y huyó al bosque. Me contó que al final consiguieron encontrarla y que tras una crisis entre pueblos por el poder de aquel lugar la reina se ha hecho con el trono y mantiene a todo aquel reino protegido y gobernado con magia de hielo.

Hipo no sabía qué pensar sobre este relato. Parecía más un cuento infantil para asustar a los niños que algo que realmente pudiera suceder. Estoico continuó relatando bajo la mirada incrédula de su hijo.

—Sé qué piensas que debe ser una leyenda— el jefe volvió a dirigirse a la estantería de donde cogió un pequeño cofre, sacando de su interior un trozo de tela que ocultaba un pequeño objeto punzante—, yo lo tomé por loco, pero como jefe mi labor es proteger a los míos así que seguí indagando sobre esta reina, temiendo que pudiera poner en peligro la seguridad de nuestro pueblo.

—Has dicho que era pacífica, ¿no? —preguntó Hipo inseguro.

Su padre agarró el pequeño objeto punzante y lo elevó para enseñárselo a su hijo. Parecía un simple trozo de cristal transparente.

—Puede que sea pacífica ahora—respondió Estoico— pero si llegaran tiempos de guerra, no sabemos si estamos preparados para enfrentar a una bruja con poderes de hielo y más si decide conquistar nuestras tierras.

Hipo se quedó pensativo un momento y comprendió a dónde quería llegar su padre. Si ese barco era una señal de guerra, posiblemente estaban en un gran peligro.

—Cógelo—dijo su padre mientras le cedía el trozo de cristal a su hijo.

Hipo tomó aquel objeto entre sus manos y comprobó para su sorpresa que estaba helado. Aquello no era cristal, sino hielo. Esto lo desconcertó.

—Cómo es que… —empezó a formular el vikingo.

–¿Qué no se derrite? —terminó su padre, tomando de nuevo el cristal de las manos de su hijo y acercándolo al fuego—. Porque está encantado, es una prueba de la magia de la reina de hielo.

Estoico colocó el trozo de hielo entre las tenazas y lo metió en el fuego. Al instante, lo sacó para demostrar que seguía intacto y se lo cedió a su hijo. Hipo no podía dar crédito. No hizo falta más palabras entre ambos. El chico entendía perfectamente el temor de su padre.

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La noche había caído sobre Berk cuando Hipo todavía observaba el horizonte desde los acantilados. Desdentado estaba tumbado a su lado mientras el vikingo acariciaba su cabeza abstraído. El dragón podía notar cierto conflicto en su amigo.

Hipo por su parte sostenía todavía el trozo de hielo en su mano, con el cual no paraba de jugar entre sus dedos, como si por familiarizarse con él pudiera realmente conseguir entender su magia. Suspiró derrotado. Sentía que la cabeza iba a estallarle. Eran demasiadas emociones en un solo día.

Estaba tan distraído que ni siquiera prestó atención a cómo la dragona de Astrid descendía sobre el acantilado. Giró la cabeza al verla aterrizar y decidió esconder rápidamente el trozo de hielo para no preocuparla.

—Te he estado buscando —dijo ella mientras tocaba su hombro y se sentaba a su lado.

—Lo siento, —se disculpó por su desaparición—, hoy es de esos días en los que no quiero que me encuentre nadie…—dijo el vikingo, más para sí mismo que para la chica.

—¿Estás bien? —pregunto Astrid preocupada, acercándose más al chico y colocando la mano sobre la rodilla de éste.

—Solo un poco cansado— respondió, tomando la mano de su novia y sonriendo levemente.

Astrid suspiró y atrajo a Hipo hasta ella para abrazarlo. El vikingo no opuso resistencia y se aferró al cuerpo de su novia, acogido por su abrazo. Al instante pudo sentir el olor de ella, esa mezcla de metal, tierra y flores que tanto la caracterizaba. Ella le acarició el pelo con dulzura.

—¿Has podido hablar con tu padre?

Hipo quería evitar el tema, pero sabía que tarde o temprano tendría que hablar con Astrid; no solo sobre el peligro al que podía enfrentarse Berk, sino también al carácter de su relación y la advertencia de su padre.

—Sí…—confirmó decaído mientras se deshacía de su abrazo con Astrid—, aunque si te soy sincero no ha sido una conversación alentadora.

Astrid veía de nuevo esa mirada de preocupación en Hipo, pero también algo más. Un conflicto en él. El chico agachó la mirada y se puso a jugar con la hierba sobre la que estaban sentados, arrancándola y rompiéndola con los dedos.

—Hemos hablado de ti…

Esto tomó por sorpresa a Astrid.

—¿De mí?

—Bueno, sobre nosotros —corrigió Hipo—. No está bien lo que estamos haciendo y creo que la gente está presionando a mi padre para que nos casemos.

Astrid no pudo evitar sonrojarse, sintiendo una mezcla de vergüenza y pudor.

—Guau… —soltó, perdiendo la mirada en el horizonte nocturno—. Caray, supongo que no estaba preparada para esta conversación…

Intentó sonar irónica y en otras circunstancias Hipo se hubiese reído, pero en aquel momento el silencio se interpuso entre ellos.

—¿Quieres que lo hablemos? —dijo más seria.

El chico negó con la cabeza, ensimismado en sus pensamientos.

—Hipo… sabes que a mí no me importa lo que piense la gente, ¿verdad?

Hipo suspiró y dejó de jugar con la hierba para mirar a su novia a los ojos.

—Ya lo sé Astrid, es solo que… —intentaba buscar las palabras—, no quiero que te hagan daño y mucho menos que pongan en duda tu valía por…

—¿Por no ser virgen? —terminó la frase Astrid, con cierto tono molesto en su voz—. ¿A caso crees que me importa que me juzguen por eso?

—Pero qué pasaría si a mí me pasara algo… o… —repitió Hipo las dudas de su padre.

—¿O qué? Podría tumbar a la mitad de los vikingos de esta isla yo sola —dijo Astrid, apartándose levemente de Hipo—. ¿Crees que necesito que me cuiden?

—¡No! —se apresuró en responder Hipo—. Es solo que… No sé… Estamos en el punto de mira de mucha gente y…

—¿Y esperan que la mujer del jefe sea un ejemplo de decencia y obediencia?

Astrid no pudo evitar levantarse enfadada e Hipo hizo lo mismo al ver que la vikinga se disponía marchase.

—¡Espera Astrid! —pidió, agarrándola de la mano para que no se fuera—. Yo no pienso nada de eso, tú lo sabes mejor que nadie y también sabes que soy el primero que no quiere casarse todavía.

Astrid suspiró, con cara de pocos amigos.

—Solo quería pedirte disculpas si te he expuesto de alguna forma o te he llevado a hacer algo que no querías —expresó—, o te estoy presionando para hacer algo que no quieres, como vernos por las noches o casarte o…

A Hipo le temblaba levemente la voz y Astrid supo que se había precipitado. Conocía a Hipo perfectamente como para saber que el chico no compartía aquella opinión atrasada y denigrante que sometía a las mujeres vikingas, pero también notaba que algo en él había cambiado, quizás por la conversación con su padre.

—Hipo tú no me estás presionando a hacer nada que no quiera…—dijo más conciliadora—. Y entiendo la postura de tu padre, pero tranquilo, porque no estamos haciendo nada malo o al menos yo no lo siento así. Te quiero y sé que me quieres.

Astrid nunca solía verbalizar sus sentimientos en voz alta y menos fuera de la intimidad de su habitación, lo que cogió por sorpresa a Hipo. La vikinga solía demostrar su afecto a través de gestos o acciones, incluso a través del sexo, pero raras veces le había confesado su amor directamente.

—Y también sé que quiero casarme contigo—aquello la sonrojó levemente—, pero no ahora. No estoy lista y tú tampoco. Y no me importa frenar nuestros encuentros si eso tranquiliza a tu padre, pero por favor—pidió, acercándose a Hipo y colocando una mano sobre su mejilla—, no pienses que me has condenado o algo por el estilo, porque eso no cierto.

Hipo agradeció el contacto físico con ella y llevó su mano hasta la suya, sobre su mejilla. Astrid sonrió y se relajó.

—Eso sí—dijo ella divertida— Prométeme que lo que has escondido antes no era una joya de compromiso ni nada por el estilo, porque entonces he quedado fatal con este discurso.

Hipo no pudo evitar soltar una sonrisa burlona ante el comentario. Ella también rio, divertida. El vikingo volvió a abrazarla, esta vez con fuerza.

—Te quiero Astrid—le confesó, hundiendo la cabeza en su cuello.

—Y yo a ti Hipo —se aferró ella a su espalda.

—Y tranquila—dijo el vikingo, deshaciendo su abrazo—, que no he escondido ninguna reliquia familiar ni nada por el estilo.

Tras decir esto el vikingo rebuscó en su bolsillo y extrajo la punta de hielo que le había dado su padre. Astrid frunció el ceño ante la extrañeza de aquel objeto.

—¿Es una punta de cristal?

—Es hielo—le aclaró Hipo mientras le daba el objeto punzante a Astrid, quien se maravilló ante su contacto gélido.

—Es precioso...—respondió maravillada mientras lo giraba en el aire —¿Y cómo es que…?

—¿Qué no se derrite? —respondió él con una pregunta—. Es una larga historia… —Hipo se rascó la cabeza—, anda, volvamos y te la cuento por el camino.

—.—.—.—.—.—.—.—.

Cuando Astrid e Hipo aterrizaron frente a la herrería pudieron ver gran alboroto en el pueblo, demasiado para las horas que eran. Bocón, quien se disponía a salir de la herrería, se sorprendió al verles.

—¡Hipo, Astrid! —gritó al verles—. Por los dioses, os estaba buscando.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Hipo bajando de Desdentado.

—Es el chico—respondió Bocón mientras se ajustaba el garfio sobre el muñón—. Despertó hace un momento.

Astrid también bajó de Tormenta de un salto y se acercó a Bocón.

—¿Ha dicho algo? —preguntó ansiosa.

Bocón asintió mostrando sin tapujos su preocupación.

—¿Y bien? —inquirió Hipo.

—Será mejor que vayáis y habléis con tu padre—sugirió Bocón—, no son buenas noticias. Al parecer el chico viajaba bajo tripulación mínima para enviarnos un mensaje de auxilio de su reina.

Aquella noticia alivió en cierto modo a Hipo, quien descartaba una guerra con la reina de hielo. No obstante, la mirada de Bocón escondía un temor mayor.

—Ha sido Drago Bludvist —reveló Bocón—. Ha vuelto a reunir un ejército de dragones, solo que esta vez cuenta con un dragón inmortal.


Fin del primer capi! xO

Espero que les haya gustado y que perdonen la abruptación de acontecimientos.

Quería aclarar también que este fic es feminista, pero el contexto en el que se ambienta es un momento histórico bastante complicado para las mujeres, de ahí que Hipo y Astrid pasen por un conflicto de este tipo de cara a la sociedad en la que viven.

Sin más, ¡nos leemos pronto!