Muy buenas a todxs!
Ya que estamos en fechas navideñas y estos son los primeros capítulos, voy a dejar por aquí el segundo capítulo, para que podáis avanzar un poquito más en la historia. Mi intención es publicar el tercer capítulo también en los próximos días aunque como comprenderéis este no será el ritmo habitual de publicación.
Pese a que nadie se haya animado a comentar, me ha sorprendido enormemente el número de lectores del primer capítulo: WUAU, GRACIAS! Me anima mucho a seguir escribiendo.
Y mil gracias también a las personas que han añadido la historia a favoritos. ¡Qué ilusión! Espero no decepcionaros.
Una cosita más: posiblemente suba a M la categoría del fic, ya que este capítulo contiene una escena de sexo cuyo contenido es bastante explícito y creo que se escapa de las limitaciones de la categoría T, por mucho que el fic contenga otras cosas inocentes, como el humor de los gemelos.
Sin más dilación, ¡qué disfrutéis la lectura!
Bss
CAPÍTULO 2: NEGOCIACIONES
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Una nube de humo invadía el cielo nocturno mientras se propagaba imparable un eco ensordecedor de voces que pedían auxilio. Elsa no veía nada, le escocían los ojos por el humo y se le hacía difícil respirar. Intentaba buscar a Anna por todas partes, pero no la encontraba.
—¡Cuidado! —quiso gritar al ver un rayo de fuego caer sobre un grupo de gente, pero la voz no le salía del cuerpo.
No obstante, actuó con la suficiente rapidez como para detener aquel fuego con una ráfaga de hielo que se convirtió al instante en vapor abrasador. La gente corrió despavorida, quemados sin duda por la temperatura de aquel vapor, pero al menos salvados de morir calcinados. Elsa estaba desbordada. Aquello no terminaría bien. No podía permitir que su pueblo muriera ante aquella amenaza.
Entonces una sombra atrajo su atención: el dragón alfa y su jinete. No lo pensó ni un segundo cuando se lanzó en su búsqueda. Estaba demasiado cansada para elevarse en el aire con un camino de hielo, pero al menos todavía le quedaban fuerzas para correr. Y eso hizo, persiguiendo la sombra de ese asesino a través de las calles de Arendelle, las cuales intentaba apagar a su paso.
Sin embargo, fue sorprendida por una masa despavorida de gente que empezó a correr en su dirección, inundando toda la estrechez de la calle, o lo que quedaba de ella.
—¡Parad! —quiso pedirles sin éxito.
La voz no le salía del cuerpo.
Luchó por contenerlos, pero fue imposible y pese a sus esfuerzos la arrollaron. Peleó por mantenerse en pie entre la confusión, pero fue golpeada por un hombre robusto y cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra unos escombros. La conmoción llegó inmediatamente mientras se le nublaba la vista. Parpadeó varias veces y con las manos destrozadas por la caída intento incorporarse para impedir que aquella bestia captara a sus presas, pero fue demasiado tarde. Al fondo, toda aquella gente se prendió en el fuego de dragón, el cual ahogó instantáneamente sus gritos. El olor a carne quemada era insoportable y Elsa pensó que moriría allí mismo de miedo. Contuvo la bilis mientras se levantaba. Se había magullado las rodillas y tuvo que apoyarse en unos escombros para no volverse a caer. La cabeza le dolía horrores y la sangre empezó a empapar sus mechones de pelo rubio.
Y entonces vio a Anna a lo lejos. Y nada más importó.
Elsa echó a correr tambaleándose, intentando no pensar en el dolor.
—¡Anna!
El dragón alfa y su jinete iban a por ella. No lo permitiría.
Haciendo uso de sus últimas fuerzas creó una gran ráfaga de hielo que alcanzó al dragón, atravesándolo como una cuchilla. Sus gritos eran espantosos y comenzó a tambalearse en el cielo. No obstante, su jinete no había perdido la calma y tras un aterrizaje forzoso que tiró abajo una casa, el jinete apareció entre humo, arrancando aquel trozo gigantesco de hielo del pecho de su dragón.
—¡Anna corre! ¡Sal de ahí!
Elsa no podía moverse. Ni siquiera podía respirar. Anna no la escuchaba y aquel hombre inmenso la miraba con una despiadada sonrisa. Todo ardía a su alrededor. Y entonces, de repente, el dragón dejó de chillar y se levantó mientras sus vísceras volvían a entrar en su cuerpo y la herida desaparecía. El jinete rio.
—¡Anna! —intentó gritar sin voz—. ¡Anna!
Y entonces se desmayó.
—.—.—.—.—.—.—.—.
—Elsa, tranquila— susurró una voz amable que media su temperatura y le acariciaba la frente.
Elsa abrió los ojos incomodada por la luz de la habitación. Todavía olía a humo y la cabeza le dolía horrores.
—¡Elsa! —gritó la voz de su hermana.
Anna corrió a abrazar a Elsa, la cual consiguió incorporarse levemente en la cama.
—¡Elsa gracias a Dios que estás bien! —Anna tenía los ojos llenos de lágrimas—. Tenía miedo de que no despertaras.
—Con cuidado—pidió la curandera, una mujer morena de mediana edad—, todavía no está del todo recuperada.
Elsa se sentía muy confusa y agotada. Tenía la boca seca y todo le daba vueltas.
—¿Anna? — consiguió decir.
Anna deshizo el abrazo y tomó las manos vendadas de su hermana, dejándola de nuevo recostada en la cama.
—Sí, soy yo, estoy aquí —expresó mientras se limpiaba las lágrimas.
—Llevaba un rato llamándote—le dijo la curandera a Anna—. Tiene mucha fiebre, no he conseguido que le baje, pero parece estar mejor.
Elsa intentaba recordar qué había pasado, pero el dolor de cabeza le nublaba los sentidos y le impedía pensar con claridad.
—¿Dónde estoy? —preguntó—. ¿Qué ha pasado?
Anna no pudo contener el llanto y soltó las manos de su hermana para intentar tapar su rostro y apartar las lágrimas de su cara.
—Todo está bien, estamos en casa, en el castillo —comenzó a relatar—. Hace una semana Arendelle fue atacado, ¿recuerdas?
Anna temía que el golpe en la cabeza de Elsa pudiera ser más grave de lo que aparentaba, pero para su alivio su hermana parecía recordar.
—El jinete de dragón… —dijo Elsa entre susurros— ¿Dónde está?
Elsa trató de incorporarse, pero la mujer se lo impidió.
—Elsa tiene que descansar Anna—la reprimió.
Anna asintió y ayudó a la curandera a tumbar a Elsa completamente en la cama. La reina de hielo se quejó por el dolor, pero obedeció.
—Anna… —volvía a pelear Elsa, cerrando los ojos para no marearse—. ¿Dónde está el jinete?
Anna acarició la cara de su hermana, la cual tenía sudada a causa de la fiebre.
—No está aquí para hacernos daño… —intentó tranquilizarla su hermana—. Ahora descansa y recupérate, por favor.
—Tenemos que sacar a la gente de aquí… —dictaminó Elsa en su desvarío—. Tenemos que pedir ayuda…
Anna siguió acariciando la cara de su hermana y sonrió con tristeza.
—La ayuda está en camino, tranquila.
Aquellas palabras tuvieron un efecto calmante sobre la reina y sin darse cuenta volvió a caer en un profundo sueño.
—.—.—.—.—.—.—.—.
—No podemos responder a esta llamada de auxilio—dictaminó Patón en el gran salón —. Es un suicidio.
El consejo vikingo y los jinetes habían vuelto a reunirse aquella misma noche, en cuanto despertó el niño extranjero y desde entonces seguían reunidos pese a que el sol ya había salido. La mayoría luchaba contra el sueño y el cansancio, pero el inminente estado de alarma tenía mayor peso en aquel instante.
Todos discutían acaloradamente sobre qué era lo correcto en una situación como aquella. A esas horas ya nadie respetaba los turnos de palabra y todos opinaban atropelladamente sin escucharse. Estoico sentía que iba a perder los papeles en cualquier momento si aquella panda de cabezotas y zoquetes no se callaban y llegaban a un acuerdo.
—Lo que es un suicidio es quedarnos aquí sin hacer nada mientras Drago Bludvist arrasa islas enteras —dijo Alea.
—Islas que están fuera de nuestra jurisdicción y con las cuales no tenemos ningún tipo de alianza —rebatió un anciano llamado Gervasio.
—No podemos marcharnos a territorio extranjero y dejar desprotegida nuestra isla—añadió otro en señal de apoyo.
—Tampoco podemos esperar aquí a que Drago se haga más fuerte y sea imparable—intervino Astrid.
—Deberíamos avisar al resto de islas, quizás si luchamos juntos podemos vencerles— propuso Patapez.
—¿Y a quién pensáis llamar? ¿A los Berserker?
—Esos rufianes zampan demasiado, nos dejarían sin alimentos en una guerra.
—¡No vamos a entrar en una guerra! —Intentó calmar Hipo a los vikingos—. ¿Olvidáis que tenemos al alfa con nosotros?
Aquello pareció acallar un poco a los vikingos quienes seguían hablando atropelladamente, pero al menos ya no gritaban.
—Lo siento hijo, pero no creo que Drago haya vuelto a subirse a un dragón si no está seguro de que tu dragón no puede controlarlo—, expresó su padre sagazmente.
Hipo resopló y la marea de gritos continuó.
—Además esa isla está embrujada —escupió Gervasio—. Los vikingos no ayudan a las brujas.
—Si Desdentado no puede controlar a sus dragones, quizás la magia de la reina de hielo es la única opción para vencerle—dedujo Patapez.
—Si esa reina fuera tan poderosa no estaría pidiendo nuestra ayuda.
—O quizás ni ella puede matar a un dragón inmortal.
—O todo esto no es más una trampa de Drago para atraernos a territorio hostil.
—Puede que la bruja trabaje para él.
—O puede que él trabaje para ella.
—Eso no tienen ningún sentido—rebatió Brusca—, por qué sino hundiría su propio barco.
—Son villanos hermana—le contestó Chusco—, hacen cosas malas, matan a gente, destripan cabras y adoran a los yaks devora-hombres.
—¡Cállate imbécil!
—¡Cállate tú!
—¡No, cállate tú!
—¡Yo me callaré cuando quiera!
—¡Cállate de una vez, mujer! —intervino otro.
—¡Oye nadie le dice a mi hermana que se calle salvo yo!
—¡Callaos los dos!
—¡No nos callamos!
—¡Se calla él!
Astrid no soportaba más la riña de vikingos.
—¡Bueno ya está bien! —gritó dando un golpe en la mesa y poniéndose en pie.
Todo el mundo se quedó atónito ante la reacción de la vikinga y por un momento el silencio absoluto hizo que todos fueran conscientes de lo cansados que estaban.
—Si seguimos discutiendo de esta manera nunca nos pondremos de acuerdo, así que a partir de ahora quien no vaya a proponer soluciones —dijo mirando a los gemelos—, que escuche.
Astrid volvió a sentarse y Estoico la miró lleno de orgullo ante su coraje. El cansancio había hecho mella en todos y aquella pausa parecía haber despertado a más de uno.
—Gracias Astrid—carraspeó Estoico—. Está bien —y se levantó de su asiento—, teniendo en cuenta todas las opiniones arrojadas sobre la mesa, me veo en la obligación como jefe de tomar una decisión consecuente con lo hablado aquí esta noche.
Hipo miró a su padre mientras su cabeza no paraba de maquinar planes.
—Lo más importante ahora es mantener la calma y evitar una guerra—expuso—. No sé si podemos confiar en la bruja de hielo, o si su naturaleza mágica es real, pero si el regreso de Drago es cierto y tiene un dragón inmortal la única verdad segura es que todo cuanto queremos está en peligro y si para protegerlo debemos aliarnos con esta isla que así sea.
Los vikingos comenzaron a hablar entre ellos, pero callaron en cuanto Estoico volvió a alzar la voz.
—Hoy mismo enviaré un comunicado a nuestras islas vecinas para que estén en alerta—todos asintieron—, y vosotros jinetes, quiero que en los próximos días reviséis cada rincón del archipiélago en busca de alguna pista que pueda ayudarnos a saber a qué nos enfrentamos—ellos también asintieron, mostrando su acuerdo—. El resto de los aquí presentes partiremos esta misma tarde hacia Arendelle para iniciar los pactos diplomáticos. Jinetes, os reuniréis con nosotros en el reino de Arendelle dentro de una semana con toda la información que tengáis. ¿Alguna pregunta?
Los vikingos se miraron entre sí y Gervasio, el mayor de ellos, alzó la voz.
—¿Cómo sabemos que no nos espera una emboscada en Arendelle?
—Nos dividiremos en dos grupos—explicó y señaló el mapa de Arendelle que tenían sobre la mesa—. Unos descenderán de los dragones y llegaran por tierra y el resto vigilará desde el aire para evitar sorpresas. Cuando nos reunamos todos en Arendelle, os haremos una señal luminosa desde el castillo. Si no es así, temed que se trata de una trampa.
—Según el crío, su reina de hielo atravesó al corazón del dragón de Drago y éste se repuso de inmediato… si esto es cierto, ¿qué posibilidades tenemos nosotros frente a ese dragón? —preguntó Alea cauta.
—Todo dragón tiene un punto débil—respondió Hipo—. Y este no va a ser la excepción.
Alea asintió ante la seguridad que mostraba el joven vikingo.
—¿Alguna pregunta más?
Nadie respondió y ante este silencio unánime Estoico dio el consejo de emergencia por zanjado.
—Está bien, podéis id todos a descansar, —sentenció—, ha sido una noche muy larga.
Los vikingos se levantaron de sus asientos, agradecidos por poder irse a descansar después de toda la noche discutiendo. Normalmente las asambleas solían durar varias horas, pero la bien conocida tozudez de los vikingos hacía que a veces están se demoraran días y noches enteras.
Hipo era el único de todos los presentes que todavía seguía sentado en su sitio, pensativo. Seguía mirando el mapa, analizando aquella pequeña península helada sobre la que se encontraba Arendelle. Estaba totalmente protegida de las tormentas y las mareas debido a la cala sobre la que brotaba la península, pero totalmente acorralada si se trataba del fuego, ya que todo a su alrededor eran bosques y la única salida al exterior era el mar, protegido por una cala que era fácil de invadir con barcos. Aquel pueblo no era guerrero, eso podía deducirse a simple vista sobre el mapa. Estaban demasiado expuestos a sus enemigos.
El vikingo se frotó los ojos cansado. Necesitaba dormir para pensar con claridad. Levantó la vista hacia el otro lado de la mesa, donde estaba Astrid, recogiendo sus cosas. La vikinga había estado tomando notas al principio de la noche y ahora enrollaba el papel para guardarlo en su bolsa de cuero. Lo cierto es que Hipo odiaba esa dejadez suya con la que trataba el papel. Lo enrollaba sin ningún cuidado y luego lo guardaba en cualquier sitio. Esta era la razón por la que la mayoría de las veces la vikinga no encontraba nada de lo que guardaba. Hipo no pudo evitar soltar una sonrisa cansada al verla meter a presión todos aquellos papeles en la bolsa, arrugándolos por la presión. 'Mañana seguramente ya los habrá perdido', pensó. También observó los surcos oscuros bajos sus ojos. Ella también se veía exhausta.
En aquel momento Astrid lo miró y rodó los ojos, sonriendo con picardía, como si supusiera que Hipo se estaba quejando mentalmente de lo mal que había guardado los papeles. El vikingo también le sonrió y deseó con todas sus fuerzas poder irse a dormir con ella aquella noche-mañana.
—Hipo, hijo.
Hipo se sobresaltó al sentir la mano de su padre sobre su hombro.
—Papá…
—Vamos a casa, nos espera un largo viaje esta tarde.
Hipo asintió por inercia, pero al levantarse cayó en la cuenta de lo que había dicho su padre.
—¿Esta tarde? —preguntó.
—Sí Hipo, vendrás con nosotros como diplomático.
Hipo meditó aquello unos segundos.
—Pero los jinetes me necesitan—expuso—. Desdentado es el dragón más rápido que tenemos, puedo ayudar a patrullar la zona.
—Hijo… —Estoico no quería discutir más con su hijo—por favor, si quieres lo hablamos en casa.
Hipo iba a quejarse, pero se reprimió al ver la cara de su padre. Estoico parecía haber envejecido décadas en una sola noche y por primera vez Hipo se dio cuenta que su padre estaba mayor. Y que no viviría para siempre.
—Anda, ve a despedirte de Astrid—añadió mientras se daba la vuelta para irse—, pero no tardes mucho.
—.—.—.—.—.—.—.—.
El niño comía tímidamente los huevos revueltos que Bocón había preparado en casa de Gothi mientras que intentaba descifrar la lengua que ambos hablaban. Bocón discutía con Gothi sobre los remedios para los gases y la anciana no hacía más que dar golpes con su bastón en el suelo, mostrando desacuerdo. No obstante, lo que realmente mantenía inquieto al niño eran los dragones. Más de ocho terrores terribles volaban por la estancia, persiguiéndose los unos a los otros o descansando sobre la cabeza de la anciana. Aquello era algo que fascinaba al pequeño y lo aterraba por igual.
—Toma, hijo—expresó Bocón con su mejor acento, poniendo sobre la mesa un vaso de leche de yak.
El niño se quedó mirando el vaso, sin saber muy bien qué hacer.
—Es para ti—le dijo señalando el vaso—Bébetelo todo, te sentara bien.
El niño asintió y agarró el vaso, engullendo con rapidez su contenido.
—Vaya, parece que estaba hambriento—le dijo a Gothi.
La anciana hizo un gesto para decirle que era obvio, que aquel pobre no debía de tener nada en el estómago desde hace días, más allá de agua salada.
Bocón rodó los ojos y se sentó en un taburete al lado del muchacho, poniendo su garfio sobre la mesa.
—¿Cómo decías que era tu nombre pequeñín?
El niño lo miró un momento pensativo y luego respondió:
—Finn—carraspeó—. Mi nombre es Finn señor.
—¡Señor! —Bocón echó a reír ante la sorpresa del niño—. Dioses, qué educados son los niños norteños.
El niño parecía no comprender, pero torció una sonrisa a medio lado.
Lo cierto es que pese a hablar la misma lengua en ambas tierras, los vikingos habían ido deformando la lengua hasta construir un dialecto propio. No obstante, debido a su condición de viajeros, era común que pudieran entender a la perfección la lengua madre que todavía conservaban los norteños. No obstante, esto no era recíproco y en el lugar de donde provenía aquel muchacho se les hacía difícil entender el dialecto de los vikingos, sobre todo por su jerga grosera y su acento tosco. Hipo y Patapez eran de los pocos vikingos en Berk que podían disimular su acento cuando hablan nórdico común. El resto de ellos, podía asustar a un bebé solo con desearle buenas noches.
—¿Te encuentras mejor esta mañana? —dijo mientras le revolvía el pelo con el garfio.
El niño sonrió tímidamente y asintió.
—Eso está bien, muchacho, ahora come.
En aquel momento alguien abrió la puerta entreabierta de la casa de Gothi. Era Estoico, quien tenía mal aspecto.
—Buenos días—dijo al entrar.
—Buenos días Estoico—respondió Bocón—. Llegas justo a tiempo para el desayuno ¿todavía no te has ido a dormir?—dijo mientras se levantaba para cederle el asiento e ir a un plato de huevos revueltos—. Muchacho saluda al jefe—, dijo dándole un codazo cómplice al niño.
—Buenos días señor.
Estoico sonrió. Pensar que tuvo a ese niño en los brazos al borde de la muerte todavía le ponía el vello erizado.
—Veo que estás recuperado—dijo sentándose donde estaba Bocón—. ¿Has desayunado bien?
El niño asintió tímido.
—Esta tarde pondremos rumbo a Arendelle—le informó en tono amable—. ¿Podrías volver a enseñarme el mensaje de la reina de hielo?
El niño volvió a asentir y rebuscó en su bolsillo sacando un pequeño cilindro de hielo, donde guardaba el mensaje.
Estoico desenrolló el mensaje y volvió a leerlo. La noche anterior el niño había insistido en que él debía guardar el mensaje y al ver su cara de terror Estoico pensó que lo mejor sería que se lo quedara. Ahora no obstante necesitaba volver a leerlo. La caligrafía era perfecta y elegante y pese al naufragio el mensaje se había conservado a la perfección dentro del cilindro de hielo. Estoico releyó de nuevo aquel mensaje, aunque había palabras que no llegaba a comprender. Quizás debería pedirle ayuda a su hijo.
—Anna…—leyó al final la firma—. ¿La reina de hielo se llama Anna?
El niño lo miró sin comprender y negó con la cabeza.
—No, Anna, no—dijo el pequeño—. Anna, princesa.
Estoico asintió, logrando recordar que el rey tenía dos hijas.
—¿Anna ha escrito este mensaje?
El niño volvió a asentir.
—¿Por qué no lo ha escrito la reina?
El niño se quedó un momento pensativo. Estoico no pudo evitar ver a su propio hijo en aquel muchacho rubio flacucho. Tenía la misma mirada tímida y parecía muy listo. No aparentaba tener más de diez años.
—La reina Elsa está enferma—explicó— Anna ha escrito el mensaje.
'Elsa' repitió Estoico en su mente. Intentaría recordarlo para los próximos días.
—El mensaje—inquirió el chico, quien insistía todo el tiempo en tener el mensaje.
Estoico le explicó que se lo devolvería, pero que tenía que enseñárselo a su hijo primero, ya que había cosas que no entendía. El niño no pareció muy convencido sobre aquello, pero la promesa de Bocón de llevarlo a ver dragones hizo que terminara por ceder.
Estoico salió de la casa de Gothi descubriendo que el sol ya estaba alto en el cielo. Necesitaba descansar, ya que empezaba a encontrarse enfermo.
Cuando llegó a casa encontró a Hipo todavía despierto, quitándose sus ropas de montar. Hipo lo saludó por inercia, mientras se desabrochaba las cuerdas de su peto y lo colgaba sobre las barras de madera junto a la chimenea.
—Tienes mala cara papá…—dijo mientras se quitaba la camiseta para ponerse el camisón de dormir.
—Hoy ha sido un día muy largo—sentenció mientras acariciaba a Desdentado, que se contorneó alrededor del vikingo, dándole la bienvenida.
Estoico lo miraba cansado. Sin duda su hijo había crecido, pensó mientras observaba el poco vello que el vikingo tenía en el pecho. Estoico no sabía cuándo se había hecho mayor y sin embargo al mirarlo se dio cuenta de que su hijo ya no era un niño. Lo veía en su mirada, pero también en su cuerpo. Aquellas manos finas llenas de carboncillo se habían cubierto de cayos y cortes y la musculatura de su cuerpo se había desarrollado cubierta por un manto de cicatrices.
Hipo por su parte extendía absorto su ropa en las barras de madera, junto al resto de prendas de montar, como hacía cada vez que se iba a dormir, para evitar que la ropa se mojara por la humedad.
—Pensé que ya estarías durmiendo.
—He acompañado a Astrid a su casa—explicó tranquilo—. ¿Tú?
—He ido a ver al niño de Arendelle—dijo mientras extraía el cilindro de hielo—. Me ha dado el mensaje, para que lo leamos con calma.
Al oír aquello Hipo miró a su padre lleno de curiosidad y luego al objeto que portaba en sus manos. Su padre intentó extraer el mensaje enrollado de aquel recipiente pequeño pero sus dedos eran muy robustos.
—Déjame que te ayude— se ofreció Hipo.
El vikingo sacó con cuidado el mensaje del objeto de hielo y lo extendió entre sus manos.
—Siento lo que te dije ayer sobre Astrid, Hipo—soltó Estoico de repente, casi sorprendiéndose a sí mismo.
Hipo lo miró sin saber muy bien qué decirle.
—No pasa nada papá, lo entiendo. —Y luego añadió—: Astrid y yo lo hemos hablado al volver a casa y hemos decidido abandonar las visitas nocturnas hasta que el tema se olvide un poco en el pueblo.
Estoico asintió, queriendo cambiar de tema.
—¿Y bien? ¿Lo has leído ya?
Hipo se puso de inmediato a leer el mensaje. La caligrafía era alargada y elegante, digna de la realeza. Además, la calidad del papel y el sello verificaban que se trataba de una carta real. No obstante, Hipo detectó cierto temblor en la escritura de aquella carta, como si las últimas frases y la firma se hubiesen hecho a toda prisa.
La carta decía así:
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A quien pueda leer estas palabras de auxilio,
Escribimos estas líneas para pedir la ayuda del maestro de dragones ante el ataque que sufrimos la pasada noche por un ejército de dragones y su jinete solitario que se hace llamar a sí mismo Drago puño sangriento. El reino de Arendelle es un reino pacífico y este ataque nos ha tomado por sorpresa, llevándose la vida de muchos civiles inocentes. Suplicamos la ayuda de quien sepa cómo derrotar a estas bestias ya que nuestra reina atravesó el corazón de una de ellas sin causarle ningún daño y según relatan los marineros, solo usted, maestro de dragones, puede controlar a estas bestias. Estamos desesperados y atrapados en Arendelle, protegidos por una muralla de hielo. No obstante, no resistirá otro ataque y debido a la población civil y al número de heridos nos vemos atrapados en el castillo sin opción de huir. Tememos que este hombre está buscando algo en nuestras tierras. Sigan el hielo y sabrán cómo encontrarnos.
Anna.
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Aquellas palabras revolvieron el estómago de Hipo, causándole cierto desasosiego. Al llegar a casa pensó en pedirle a su padre quedarse a indagar por la zona junto a los jinetes, pero ahora comprendía que realmente lo necesitaban en aquellas tierras. No quería ni imaginarse la carnicería que habría dejado Drago a su paso, atacando a civiles inocentes tomados por sorpresa en mitad de la noche. La rabia comenzó a invadirle y al instante supo que debían darse prisa si realmente querían salvar a aquella gente.
—.—.—.—.—.—.—.—.
Faltaban pocas horas para el atardecer cuando el consejo vikingo se reunió en la plaza de Berk. Todos preparaban a sus dragones para la partida y cargaban provisiones para el viaje. Estoico también mandó llenar unas alforjas con bolsas de avena, harina y cereal ya que no sabía en qué condiciones estaría el reino de Arendelle y creyó conveniente ofrecerles víveres de primera necesidad. Eso también ayudaría a asegurar un pacto, ya que no sabía en qué condiciones podrían negociar con la bruja de hielo. Realmente Estoico no se fiaba de esa mujer y mucho menos de las costumbres de ese pueblo que tanto habían renegado y perseguido las tradiciones vikingas. Si había aceptado ir a socorrerles no era por otra razón que el miedo común a que Drago pudiera volverse imparable.
—¿De verdad estamos haciendo bien en ir a socorrer a esa gente? —le preguntó Patón a Estoico mientras cargaba su dragón.
—Drago es un enemigo poderoso y si está buscando algo en esa isla que pueda darle más poder tenemos que ir allí a impedirlo—dijo rotundo.
En el fondo Estoico no estaba nada seguro de la decisión que estaba tomando, pero algo le decía que era lo correcto. Ya intentó huir una vez de Drago y casi logra que mataran a su hijo. No iba a permitirse cometer el mismo error. Esta vez, ellos darían el primer paso.
—Nosotros ya estamos listos—dijo Bocón a sus espaldas.
El herrero había decidido hacerse cargo de Finn, el niño náufrago, así que había preparado una montura especial para llevarlo consigo en su dragón. Aquella tarde el chico tenía mejor aspecto, pero seguía mostrando una mirada tremendamente triste. Estoico y Bocón habían descubierto que sus padres murieron en el ataque de Arendelle y que por voluntad propia había decidido colarse en el barco de mensajeros que la princesa Anna envió. El porqué de cómo el chico se había hecho con el mensaje de la princesa Anna era algo que Estoico y Bocón no habían descubierto, ya que el chico no lo había mencionado y cuando le preguntaban no parecía comprender.
—¿E Hipo? —preguntó Bocón, echando un vistazo a su alrededor.
Estoico le imitó y soltó un suspiro resignado.
—Ha ido a dar instrucciones a los jinetes y a por algunas herramientas antes de partir.
—.—.—.—.—.—.—.—.
Varios tornillos se precipitaron al suelo cuando Hipo subió a Astrid sobre la mesa. La vikinga prácticamente lo devoraba mientras que con las manos luchaba contra la hebilla de su pantalón. Hipo sujetaba con una mano la cintura de Astrid y con la otra, enredada en su pelo, la atraía hacia su boca.
Hacía un calor tremendo en aquel cuartucho de la herrería, lleno de trastos y piezas que Bocón decía necesitar pero que nunca usaba. No era la primera vez que se encontraban en aquel lugar, pero sí la primera vez que se veían a contrarreloj.
Hipo soltó un gemido ahogado cuando Astrid al fin pudo abrirse paso por su pantalón de volar negro y metió la mano en su entrepierna. La vikinga sonrió complacida al notar su erección y lo atrajo más hacia sí, envolviendo al vikingo con su cadera.
—No me lo has puesto nada fácil—dijo Hipo irónico mientras intentaba también librar a Astrid de sus pantalones de cuero entallados.
—Se supone que voy de misión de reconocimiento—suspiró Astrid cuando Hipo pasó la lengua por su cuello y conseguía desprender aquella prenda de sus piernas—. No esperarías que fuera en faldas.
Astrid pudo oír una leve risotada de su novio al oído mientras la besaba detrás de la oreja. Sentía su cuerpo arder de la excitación y el calor y no pudo evitar recostarse un poco para facilitar la entrada de él.
—Vaya… qué prisa tienes—expresó Hipo cuando la vikinga agarró su miembro.
—Eres tú el que tiene que irse—le recordó ella.
Hipo se mojó los dedos y la besó en la boca. Astrid respondió complacida a este beso y comenzó a reprimir gemidos ante las intenciones de Hipo, notando cómo los dedos del vikingo se habían posado sobre sus labios íntimos y frotaban su clítoris. Ella hizo lo mismo y comenzó a acariciar con violencia el miembro del chico.
—Astrid—gimió él—. Para o no voy a aguantar nada.
La vikinga rio, sin parar de besarle y aprovechó que su novio acariciaba su intimidad para introducir su pene en ella. Hipo, casi instintivamente se dejó llevar por Astrid y agarró su cadera para penetrarla. La chica jadeó ante el contacto y se aferró a su cuello, enredando sus manos en sus cabellos. Hipo comenzó a moverse lento dentro de ella mientras la besaba, intentando no hacer demasiado ruido. Era Astrid y su excitación la que lo instaban a moverse más rápido, ya que la vikinga no paraba de mover sus caderas, haciendo que Hipo la penetrara cada vez más rápido y con más fuerza.
Ambos jadeaban en voz baja mientras otras pequeñas piezas caían de la mesa. El calor de la habitación parecía haberse duplicado y ambos empezaron a sudar, haciendo que el pelo se les pegara a la cara. Astrid se dejó llevar por las embestidas del chico, notando su miembro duro dentro de ella. Las primeras veces apenas disfrutó de esa parte del sexo, pero a medida que aumentaban sus encuentros, la excitación de Astrid se hizo mayor cuando Hipo la penetraba. Jadeó complacida cuando el chico le mordió la oreja, aumentando la velocidad. Ella se aferró a su trasero, empujándolo con fuerza contra ella, lo que la hizo gemir. Hipo contuvo el aliento unos segundos, mareado de la excitación.
—Astrid yo no voy a aguantar mucho más—se sinceró Hipo mientras la miraba.
Astrid le sonrió y le dio un corto beso en los labios mientras bajaba su mano hasta su clítoris y comenzaba a friccionarlo. Aquella imagen hizo perder el sentido a Hipo, que comenzó a embestirla con más fuerza mientras Astrid ya no se molestaba en ocultar sus gemidos. La estrechez de la vikinga comenzó a hacerse cada vez más palpable e Hipo terminó corriéndose al notar cómo el cuerpo de ella se tensaba en el orgasmo.
Ambos respiraban todavía agitados.
Astrid se abrazó con cariño al cuerpo de Hipo. Él también hizo lo mismo, dándole un beso corto en la mejilla, donde los mechones rubios se le habían pegado por el sudor. Astrid le acarició la cabeza a Hipo, rezagada en su hombro.
—Recuérdame que nunca más lo hagamos con los trajes de volar—expresó Astrid divertida, notando como su espalda chorreaba en sudor bajo el traje de cuero con escamas azules.
Hipo rio, dándole la razón.
—Nunca más—confirmó, también empapado en sudor y dándole un beso.
—.—.—.—.—.—.—.—.
Estoico no dijo nada cuando vio aparecer a su hijo con una caja de herramientas en la mano y el pelo despeinado. Le hubiese echado la bronca por llegar tarde si no fuera porque el resto de vikingos también se retrasó y al final fue Hipo quien consiguió hacer que todos se dieran prisa por empaquetar y preparar las provisiones que faltaban.
Todavía no había atardecido cuando el consejo vikingo emprendió el vuelo. Los jinetes, por su parte, también emprendieron el vuelo minutos más tarde, divididos en grupos y liderados por Astrid, quien había tomado el cargo de líder ante la ausencia de Hipo. Sin duda era la más hábil volando del grupo y la que mejor conocía los protocolos de búsqueda. No obstante, fue la última en subirse a su dragón ya que se quedó un momento contemplando la partida del consejo. La chica tenía un mal presentimiento sobre aquella situación y podía notar que Hipo también lo sentía, aunque se hubiese esforzado por decirle que todo saldría bien minutos antes de marcharse.
El regreso de Drago no era una buena señal, pero Astrid temía que el ataque a Arendelle y su reina de hielo no fuera más que un cebo de Drago para acorralarlos en un lugar extraño. Otra cosa que la inquietaba era la idea de un dragón invencible y el hecho de que Drago estuviera buscando algo más. ¿Qué más podría querer obtener si ya tenía un dragón inmortal? Astrid en el fondo sabía la respuesta, pero se esforzaba en no pensarla en voz alta.
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—¡Anna!
Elsa volvió a despertar asustada, con la imagen de su hermana acorralada por aquel demonio. Las pesadillas estaban consiguiendo que mezclara la realidad con los sueños y ya no sabía que había sucedido realmente y qué había sido producto de la fiebre.
Elsa estuvo aturdida unos segundos, sujetándose la cabeza con ambas manos para intentar calmar el dolor que sentía. Al palparse el pelo, se dio cuenta que tenía una venda que le cubría el lado derecho de la cabeza y parte de la frente. Quizás el dolor se debía al golpe.
No tardó en llegar de nuevo la mujer que la atendió aquella mañana.
—¡Elsa! —se sorprendió al verla sentada en la cama—. Túmbate, tranquila.
Elsa negó con la mano, pidiéndole a aquella amable mujer que la dejara incorporarse, que necesitaba saber qué estaba pasando.
—¿Dónde está mi hermana? —preguntó.
—La princesa Anna está reunida con el consejo—le explicó.
—¿Se ha reunido el consejo? —aquello la puso nerviosa—. Ayúdame a levantarme, tenemos que declarar el estado de emergencia.
Elsa se agarró a los brazos de la mujer para intentar salir de la cama, pero ella la retuvo, intentando no sujetarla con demasiada fuerza, debido a sus heridas.
—Majestad—le imploró la mujer—, cálmese, no puede levantarse.
Elsa seguía resistiéndose a la mujer.
—Por favor, iré con o sin su ayuda— dictaminó decidida la reina.
La mujer tragó saliva, sin saber muy bien qué hacer.
—Bueno, déjame al menos que la ayude a vestirse primero.
Elsa se dejó ayudar por aquella mujer llamada Miranda. Al parecer era la mujer de uno de los guardias, la cual se encontraba en el castillo la noche del ataque atendiendo a un soldado enfermo de neumonía. Miranda no se dedicaba profesionalmente a la medicina, pero desde hacía años se había corrido el rumor por Arendelle de su buena mano para coser heridas y poco a poco fue especializándose en las labores de cuidado de enfermos. Ahora, atrapada en el castillo junto al resto, llevaba días sin dormir cuidando de enfermos y heridos, pero sobre todo prestando atención diaria a la reina Elsa, quien había estado a punto de morir de agotamiento.
Elsa por su parte tomó uso de toda su obstinación para ponerse en pie y salir de la cama, lo cual no fue una tarea fácil debido a sus heridas. Tenía todo el cuerpo magullado y arañado, siendo esto más notable en las rodillas y las manos, las cuales las tenía prácticamente en carne viva. Miranda le había incluso vendado las manos con unas gasas de aceite y aloe vera, procurando que estas cicatrizaran lo antes posible. También le había vendado el lado derecho de la cabeza, donde le había cosido una herida no demasiado profunda que todavía no había cicatrizado del todo y que hacía lucir su frente hinchada y morada. La reina también tenía varios hematomas por el cuerpo, pero el dolor dependía de la zona en donde estos se encontraban.
Ponerse en pie fue una de las tareas más difíciles a las que la reina se había enfrentado hasta ahora, sintiendo que se desmallaría por el esfuerzo. Miranda la ayudó a vestirse, evitando ponerle el corsé y las bajeras de la falda para no rozar las magulladuras. Elsa también le pidió que le trenzara el pelo, ya que era bien sabido que no estaba bien visto en el reino que las mujeres llevaran el cabello suelto, símbolo de sensualidad y desobediencia. Cuando la mujer terminó de vestirla, Elsa le pidió que la ayudara a llegar hasta el consejo. No obstante, y pese a que no tenía nada roto, Elsa no podía dar ni un paso sola. Miranda se la cargó al hombro, intentando mantenerla de pie, pero la reina se contraía de dolor por el estómago. Las lágrimas vinieron a sus ojos cuando la bilis le subió por el esófago, pero no se permitió llorar ni vomitar. Se irguió, respiró hondo y paso a paso, echó a caminar.
El castillo de Arendelle era sin duda un palacio enorme, lleno de instancias y recovecos infinitos que las princesas conocían de memoria. No obstante, a Elsa le costó un poco ubicarse cuando descubrió que todas las habitaciones y los pasillos estaban repletos de gente y heridos que se movían de un lado a otro. Elsa imaginó que Anna habría abierto las puertas para proteger a todos los ciudadanos, pero no se imaginó que podrían encontrarse en ese estado. Por todo el pasillo se oían llantos de niños y enfermos, además del sonido de gente que buscaba a sus familiares.
—¿Cuántas bajas hemos tenido? —preguntó la reina, con el corazón encogido.
Miranda hubiese preferido no contestarle, pero la reina merecía saber a qué se enfrentaban.
—No hay un recuento exacto—explicó—, ya que hay muchos desaparecidos, pero creemos que actualmente hay unos trescientos habitantes, entre adultos y niños.
Elsa pensó que se le había parado el corazón al escuchar eso.
—Trescientos…—repitió en voz baja mientras perdía las fuerzas.
Miranda empleó más fuerza para sostenerla mientras Elsa se apoyaba a la pared. Aquella cifra era menos de la mitad de los habitantes de Arendelle. En ese momento, cuando pensó que se caería, una fuerza más poderosa que sus poderes instó a Elsa a continuar. La ira.
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El consejo de Arendelle no se había reunido como de costumbre en el salón de actos, sino que se habían trasladado al ala este del castillo, a una de las pequeñas habitaciones donde Elsa y Anna solían jugar de pequeñas. La inestable situación de reino hacía que la mayoría de las salas fueran requisadas para los enfermos y las familias. El consejo, huyendo del bullido, se había ocultado entre aquellas paredes para evitar que alguien pudiera oírles y mucho menos conocer la situación desesperanzadora en la que se encontraban.
—No podemos seguir esperando confiar nuestra seguridad a unos bárbaros—gritó el coronel Rostón.
—Bárbaros cuya ayuda no sabemos si recibiremos—agregó el teniente Riell.
—No tenemos otra opción—se defendió Anna, que ocupaba el asiento de Elsa en la mesa—. Ese maestro de dragones es la única opción que tenemos de vencer a esas bestias.
Anna miró a Kristoff, buscando alguna mirada de apoyo en la mesa.
—Ya le dijimos, su majestad—expresó de nuevo del coronel—, que fue imprudente enviar ese mensaje a los vikingos. No es consciente del peligro que esto supone si hemos confesado a amigos de nuestros enemigos que nos encontramos en una situación de debilidad extrema.
Anna se sentía impotente. Había actuado lo mejor que creyó conveniente, pensando en su pueblo y las opciones que este tenía de sobrevivir a más ataques.
La noche que Arendelle prendió en llamas, Anna mandó a Kristoff y Olaf al bosque en busca de los Trolls en un desesperado intento de encontrar una respuesta para vencer a aquellos demonios voladores. Los Trolls fueron quienes leyeron en las piedras que la única manera de acabar con aquel mal sería con la ayuda del maestro de dragones, el primer hombre en establecer la paz entre humanos y dragones.
Por esta razón, envió un barco en su búsqueda, para traerle hasta Arendelle en pos de encontrar una solución. No obstante, había pasado prácticamente una semana y empezaba a pensar que o bien no existía tal maestro de dragones o bien la ayuda nunca llegaría.
—Con mis respetos —dijo Kristoff—, no tenemos nada que perder si esa es la situación en la que nos encontramos—le lanzó una mirada tranquilizadora a Anna—. Igualmente, una muralla de hielo cubre Arendelle —expuso—, si vienen en son de guerra no llegarán muy lejos.
—Nuestra reina está muy débil—opinó el teniente—, la muralla no resistirá si ella no mejora.
El teniente Riell, pese a su juventud, había demostrado gran coraje durante la batalla, pero su desmesurado sentido de la responsabilidad le hacía desestimar cualquier plan guiado por agentes mágicos o corazonadas.
—Mi hermana está mejor— dijo con firmeza—, la muralla aguantará y vosotros mismos podréis juzgar al maestro de dragones cuando llegue.
—Si es que llega…
Anna lanzó una mirada de odio al legislador, quien había soltado ese comentario.
—Llegará— no iba a dejarse intimidar por ellos—, y si no lo hace encontraremos otra solución.
—Dígame princesa Anna—el legislador se echó hacia atrás en su silla, juntando las manos—, ¿con qué piensa negociar con los vikingos?
Anna no entendió la pregunta.
—¿A qué se refiere?
—Pues me refiero que qué piensa darle a cambio de su ayuda. Tengo entendido que se dedican a saquear islas y conquistar nuevos territorios. —Anna palideció al escuchar esto—. Tendrá que ser algo muy jugoso para que no se queden con Arendelle una vez derroten al tal Drago… ¿O pensaba que nos ayudarían porque creen en la justicia?
Anna pudo notar cómo algunos en la mesa se reían por lo bajo, achacando todo aquello a su falta de madurez e inocencia. En el fondo leía en sus caras que la tomaban por tonta por ser una mujer. Ninguno de aquellos hombres había digerido todavía que Arendelle tenía una reina y una princesa en el poder, pesara lo que les pesara.
—Claro que sé cómo funciona el mundo… —dijo dubitativa, pero sin dejarse amedrentar—. Pero no creo que haya nada mejor que ofrecerles que la amistad entre reinos y más teniendo en cuenta que se aliarían con una reina mágica de hielo.
La mayoría se miraron, poco convencidos.
—La reina Elsa no es que haya demostrado ser de gran ayuda en esta situación… —volvió a quejarse el legislador—. Y más teniendo en cuenta que después de una semana sigue en cama.
En ese momento, las puertas de la sala se abrieron de par en par, entrando una fría corriente de aire cuya fuerza abrió también las ventanas de la habitación. El legislador se colocó de nuevo recto en su silla, enmudeciendo, como todos en la sala. Elsa, pese a estar cubierta de heridas, tenía la mirada fría y decidida. Miranda estaba al fondo ya que la reina le había dicho que quería mostrarse de pie por sí sola, aunque para ello se apoyara en los pomos de ambas puertas.
—La reina de Arendelle ya no está en cama, señor legislador—dijo hablando sobre sí misma, con un tono severo—. Y lleguen o no esos vikingos, no voy a permitir que ese monstruo destruya Arendelle, cueste lo que cueste.
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Y hasta aquí el segundo capi!
Sé que posiblemente es el más burocrático de todos, pero era necesario para presentar el conflicto.
Los trajes de volar de Hipo y Astrid son los trajes de HTTYD3, por si no quedó muy claro.
Y nada, espero que les haya gustado! Gracias por leer y también a los que os animéis a dejar un comentario.
Muchos besos y felices fiestas!
