Muy buenas!

WOW! MIL GRACIAS A TODXS!

Estoy muy contenta con todas las visitas que recibe el fic a diario. Y mil gracias también por haberos atrevido a dejarme algún comentario, me hace mucha ilusión saber que os entusiasma la historia tanto como a mí. Al final del capi contestaré a las reviews ;).

Tengo que decir que me ha costado más de lo que pensaba escribir este capítulo, ya que hice una primera versión que se me quedó algo floja y en la reescritura lo amplié tanto que finalmente he decidido dividirlo en dos. ¿Lo malo? Que quizás el capi es un poco aburrido y sirve más bien para nexo del siguiente. ¿Lo bueno? Que el capi 4 ya está prácticamente escrito y es algo taquicardico.

Así que nada, espero que lo disfrutéis y que os preparéis para lo que se avecina!

XoXo


CAPÍTULO 3: ARENDELLE Y LA CÚPULA DE HIELO

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El consejo de vikingos llevaba días viajando. Sólo hacían tres pausas al día, dos de ellas para que descansaran los dragones y comer algo y una última para dormir. Hasta ahora habían evitado las poblaciones y los reinos cercanos, pernoctando casi siempre en bosques o islotes deshabitados. Todavía no estaban muy seguros de si aquel viaje no era más que una trampa, pero al menos, de ser así, no se expondrían tan fácilmente. No podían correr el riesgo de delatar su posición a los espías de Drago, si es que éste realmente los estaba buscando.

Después de días de viaje, muchos de los miembros del consejo tenían el ánimo nublado, ya que no acostumbran a volar tantas horas y el agotamiento empezaba a hacer mella en ellos. Hipo y el niño, Finn, parecían ser los únicos que estaban disfrutando realmente aquel viaje.

El vikingo estaba maravillado por la belleza de aquellos paisajes. Le sorprendía ver lo diferente que era el color del cielo a medida que se acercaban a Arendelle. También cambiaron las nubes, el clima y los árboles, cada vez más altos y robustos; y las montañas, blancas y altivas. No obstante, lo que más le impactó fue la dimensión del continente. A medida que avanzaban, las islas aumentaban sus dimensiones y su cercanía las unas a las otras, como si al final de aquel viaje acabaran uniéndose todas juntas en una isla enorme que pudiera hospedar varios pueblos. Aquella idea le fascinaba. ¿Cómo convivirían distintas tribus en una sola isla? ¿Serían pacíficos o lucharían por la tierra?

De haber ido solo o con los jinetes, sin duda hubiese explorado aquellas tierras y se hubiese infiltrado entre las gentes de sus pueblos, para observarles y estudiar sus costumbres. Sin embargo, nada era tan idílico y tenía que conformarse con tomar notas y hacer algunos dibujos mientras escuchaba las quejas de fondo de todos los del consejo. Pues, si los vikingos de costumbre peleaban, los vikingos aburridos, hambrientos y cansados podrían matarse los unos a los otros solo por romper la monotonía. Así fue cómo Hipo pasó horas escuchándoles gritar y discutir sobre temas sin importancia; como sobre quien sabía más o no cocinar la anguila o quien entrenaba mejor o peor a su dragón. También hablaron sobre Arendelle, tema que realmente interesaba al vikingo. Le fascinaba y aterraba por igual la idea de un ser con poderes mágicos. Algunos decían que esto se debía a que la reina había nacido bruja; otros, por el contrario, decían simplemente fue maldecida —o bendecida, depende de quien lo contara— por seres mágicos, fuente de la cual extraía sus poderes. No obstante, el tema más polémico sin duda fue el de las creencias religiosas de Arendelle. Hipo se cansó de escucharles así que no prestó demasiada atención, pero le parecía extraña la idea de tener un solo Dios que además pudiera intervenir en los hombres con una relación casi de esclavismo. De todos modos, sus Dioses tampoco eran mejores, así que decidió dedicarse a dibujar mientras discutían.

Al caer la noche decidieron parar en una de las montañas próximas a Arendelle. Al fondo ya podía divisarse las luces del reino mágico reflejadas en una especie de burbuja de hielo que cubría el castillo y que brillaba con luz candente, reflejando en el cielo colores que inspiraban miedo y magia. Estoico, como sabio líder, pensó que lo mejor sería llegar a la mañana, ya que dada la oscuridad podrían tomarles por enemigos. Nadie se opuso a aquella decisión y sin pensarlo demasiado acamparon en un claro del bosque.

Lo primero que hicieron nada más bajar de los dragones fue discutir. Hipo, acostumbrado ya, acarició a su dragón con cariño, el cual parecía agotado. No le gustaba ver así a Desdentao, así que le pidió que descansara, dejándolo hecho un ovillo en el suelo, acurrucado. Mientras todos seguían gritando, Hipo, con su naturaleza curiosa, observó cómo el niño de Arendelle se alejaba ladera arriba y lo siguió.

—Así que esta es tu casa, ¿no? —le dijo finalmente Hipo a Finn, quien lo había alcanzado en lo alto de la colina mientras observaba taciturno el horizonte.

Los vikingos por su parte seguían peleando de fondo, mientras discutían cómo iban a repartir las tiendas aquella noche y quién se iba a quedar con qué manta. También peleaban sobre la idea de hacer o no fuego. Estoico se opuso, pero el frío era devastador por lo que se abrió un referéndum a mano alzada sobre si encender fuego o no y quién haría guardia.

El niño se tomó un momento para responder, terminando simplemente por asentir.

—¿Esa cúpula de hielo siempre ha estado ahí? —preguntó Hipo, recordando las palabras de terror de la princesa Anna en su carta.

El niño negó, confirmando las sospechas del vikingo.

—Se están protegiendo… —dedujo—, ¿sabes cómo podremos entrar?

—La reina Elsa—respondió el niño.

—¿La reina Elsa? —contestó Hipo con una pregunta—, ¿abrirá la cúpula para dejarnos pasar?

El niño volvió a asentir, pero luego añadió:

—A los vikingos sí, pero no dejará pasar a los dragones.

Ante esto Hipo frunció el ceño, desconcertado.

—Nuestros dragones no son malos—expuso.

—Ella piensa que los dragones son malos—explicó el niño.

—Bueno—dijo Hipo agachándose y colocándose a la altura del niño—, le enseñaremos que se equivoca y les ayudaremos a no tener miedo de ellos.

—Yo ya no tengo miedo—afirmó Finn.

Hipo le sonrió con ternura.

—Pero tú es que eres muy valiente.

El niño se encogió de hombros, dándole la razón. Hipo no pudo evitar reírse. Se incorporó y oteó el horizonte. Nunca había estado tan nervioso por llegar a ninguna parte. De alguna forma él mismo podía sentir la naturaleza mágica de aquellas tierras y esto le creaba cierto temor.

—Vamos—le dijo entonces al niño—. Aquí hace mucho frío y no queremos congelarnos.

Finn obedeció inmediatamente, pero Hipo se quedó allí arriba unos minutos más, observando la cúpula de hielo. ¿Realmente Drago se había hecho tan poderoso como para desafiar a una criatura mágica? Sólo pensarlo le dio escalofríos, llevándose las manos a sus brazos y metiéndolas en sus bolsillos para calentarlas. Fue ahí cuando se sorprendió de encontrar algo. Con cuidado sacó aquella rugosidad de su bolsillo, encontrando un trozo de papel mal doblado. Lo abrió y no pudo evitar soltar una risa tonta al ver su contenido. Sin duda Astrid dibujaba fatal. ¿Cuándo le había metido ese papel ahí?

Aquella nota contenía un autorretrato de ella misma sobre su dragón, con el hacha en alto con y una inscripción que decía así: "Ten cuidado Haddock. No me hagas ir al mismísimo Valhala a por ti. Nos vemos pronto. Te quiere, Astrid."

Hipo sonrió como un tonto. La caligrafía de Astrid era espantosa, como la de todos los vikingos, pero sus dibujos no dejaban de sorprenderle. Siempre tenía que mirarlos varias veces para entenderlos y esto le encantaba.

—Qué idiota…—dijo para sí, guardando aquel papel en su bolsillo, todavía sonriendo, pero con cierta preocupación.

La temperatura había descendido considerablemente con el atardecer y la hierba de aquella colina estaba húmeda por el rocío. Sin duda al alba todo aquello amanecería nevado.

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—¡Anna! —gritó Kristoff al ver a la princesa fuera del castillo, en el patio exterior.

Anna seguía mirando con preocupación al cielo oculto bajo la cúpula de hielo. Kristoff se acercó a ella y la rodeó con sus brazos.

—¿Qué haces aquí fuera con este frío? —le preguntó al notarla helada—. Llevo buscándote un buen rato.

Anna no dijo nada, simplemente se abrazó al chico, escondiendo la cabeza en su pecho.

—¿Estas bien? —se sorprendió él de su reacción.

Anna negó contra su pecho, sin decir palabra.

—Vamos dentro, ¿vale?

Anna asintió, dejándose llevar por el chico, pero echando una última mirada al cielo.

—Vendrán—dijo él con convicción—. Ya oíste a los Trolls, nuestro enemigo también es el enemigo del maestro de Dragones. Nos necesitamos.

—Elsa no mejora—dijo de repente Anna, conteniendo cualquier expresión.

Kristoff bajó la mirada y la apretó en su regazo.

—Esa cosa que creó para protegernos la está debilitando—explicó a Kristoff—. Hoy no ha podido ni levantarse de la cama.

—Tu hermana es muy fuerte Ana—dijo él reconfortante, mirándola a los ojos—. Elsa saldrá de esta y la ayuda llegará pronto, estoy seguro.

Anna se sintió aliviada por sus palabras, pero en la cabeza de Kristoff todavía seguían resonando las palabras de Trolls.

Aquella fatídica noche, él, Sven y Olaf partieron en busca de los Trolls para pedir ayuda y protección. Ellos fueron quienes conjugaron a las piedras para buscar la forma de encontrar aquello con lo que derrotar al jinete sanguinario y su dragón inmortal. Fue ahí, cuando la magia del bosque les reveló que solo el maestro de dragones podría salvarles. Y estas mismas palabras fue las que transmitió a la princesa y a la corte.

Lo que no le había dicho a Anna todavía es que los Trolls vieron algo más en las piedras: que la paz sería sellada con un pacto de sangre.

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El sol todavía no había salido entre las montañas cuando el consejo vikingo se puso en pie. El cielo ya había clareado y las cenizas de una hoguera ponían fin a la gélida y silenciosa noche. Estoico fue el primero en salir de su tienda y preparar su silla de montar. Junto a él se unieron el resto de vikingos. La temperatura había descendido considerablemente y algunos copos de nieves se movían entre viento sin llegar a cuajar en la tierra embarrada.

Todos se movían de aquí para allá, atando cajas y empacando las tiendas. Hipo por su parte ayudó a Bocón a alimentar a los dragones y revisar que todo estuviera en orden.

Llevaban una gran cantidad de alimentos, mantas y armas; demasiados para un viaje tan largo y era cierto que los dragones parecían agotados. Las marcas de las correas comenzaban a dañar a algunas especies que se quejaban por las ataduras y que intentaban librarse de ellas a mordiscos. Hipo los tranquilizó untando aceite y ceniza en sus rozaduras, pero comprendió que aquella situación tenía que acabar por el bien de sus dragones. Acarició con cariño la cabeza de una Nadder mortífera de color naranja y amarillo que se movía nerviosa de un lado a otro. Respiraba con dificultad, posiblemente por el frío y la falta de descanso.

—Tranquila chica—le susurró a la dragona—. Ya no queda nada, te prometo que descansarás como te mereces en unas horas.

Hipo escuchó entonces la llamada de su padre, que los instaba a reunirse a todos juntos en el centro de aquel campamento improvisado.

—Vikingos—expresó para iniciar su discurso, materializando sus palabras en vaho—. Hoy es el gran día.

Los vikingos gruñeron algo ininteligible, como un vítore cansado.

—Arendelle ya se divisa a lo lejos y es hora de poner en marcha el plan fijado.

Pese a que Estoico ya explicó aquel plan durante la asamblea en Berk, este se había ido perfeccionando a lo largo del viaje. Tal y como les había pedido el niño, entrarían por tierra, ya que seguramente en el aire los ciudadanos solo verían dragones enemigos. No obstante, el plan de Estoico conllevaba también una división del grupo.

En primer lugar, irían los guerreros más experimentados y los más veteranos del consejo junto con Estoico. Y, unas horas más tarde en otra segunda tanda, les seguiría el resto. De este modo se aseguraría de que, si se trataba de una trampa, no los cogerían a todos y los más jóvenes y rápidos podrían volar de vuelta a Berk a pedir ayuda.

La señal de paz sería el hondear de una bandera blanca desde el castillo. De no tenerla, les lanzarían una señal luminosa desde el castillo o, en caso de ser imposible, unas antorchas erguidas a la entrada del castillo. Si ninguna de estas tres cosas pasaba, debían temerse lo peor y tenían orden directa de retirarse a Berk.

Hipo coincidía en que era un buen plan, sino fuera porque su padre no le había dejado ir junto a él. Le había dicho que por su seguridad debía ir en la segunda unidad. Quiso quejarse, pero en el fondo comprendía que él era el más rápido de los jinetes y que no le serviría de ayuda a su padre si lo capturaban también.

—Dicho esto—terminó Estoico de repasar el plan—, ¡en marcha!

—¿Y qué pasa con el niño? —dijo de repente Gervasio, el más anciano del consejo.

Estoico sabía que ese conflicto saldría tarde o temprano.

—Vendrá con nosotros—expresó rotundo.

Gervasio no pareció estar de acuerdo.

—Me parece una imprudencia Estoico—expuso, señalándole con su Hacha la cual llevaba un rato intentándose acomodar en el cinturón—. El niño es lo único con lo que podemos negociar.

—Si llegamos hasta sus tierras sin el mensajero pensarán que lo hemos matado—explicó Estoico—. No pienso iniciar una guerra estúpida. El niño es una carta de paz.

—Ya…— dijo Gervasio—, pero también es la única cosa con la que podríamos negociar si nos capturan. Es el perfecto rehén.

Al escuchar esto Hipo no tardó en intervenir, sobre todo porque notó que Finn estaba escuchando toda aquella conversación y se apretaba asustado contra la pierna de palo de Bocón, quien lo acogió en su regazo.

—Ah no, no —se interpuso Hipo entre el hombre y su padre—. No vamos a tener ningún rehén—sentenció—. Como bien ha expresado mi padre, venimos en son de paz y así es como queremos que nos vean. No sabemos si se trata de una trampa o no, pero somos astutos y tenemos dragones—explicó—. Nosotros no somos nuestros enemigos y no voy a permitir que actuemos como ellos.

Estoico suspiró agradecido al comprender que su hijo mantenía la cordura que todo líder que quisiera proteger a su pueblo debía tener. No obstante, también sabía que el viejo consejo no aprobaba demasiado la manera pacífica que tenía de actuar ante todo.

—Ya me diréis que os lo advertí cuando nos capturen— terminó Gervasio, marchándose fanfarrón hacia su dragón.

Los vikingos, que seguían agrupados empezaron a dispersarse y a subir a sus dragones. Estoico se acercó a su hijo.

—No vayas a hacer ninguna estupidez si nos capturan—le dijo de repente.

—No creo que tenga que ir a rescatarte a ningún sitio… —respondió Hipo con tranquilidad.

Estoico asintió, robusto. Apretó el hombro de su hijo a modo de despedida y se subió a su dragón.

—Nos vemos en unas horas—le dijo casi autoritario—. No salgáis antes.

El resto de vikingos se había acercado a despedir al primer grupo, compuesto por Estoico, Bocón, el pequeño Finn, Patón, Gervasio y Alea. El resto les seguiría después.

—Ten cuidado papá—le dijo Hipo casi en un susurro a su padre, quien asintió con entereza y cariño hacia su hijo.

Los vikingos despidieron a sus compatriotas y rápidamente comenzaron a prepararlo todo para su propia partida. Los primeros rayos de sol comenzaban a divisarse en el cielo, mezclados con destellos lilas y azules de su reflejo en el hielo. El sol tardaría todavía unas horas en posicionarse en lo alto del cielo, pero igualmente debían ir preparándose.

Lo primero que hicieron fue volver a encender el fuego, ya que el frío gélido les estaba congelando los músculos y los dedos. Hipo obligó a todo el mundo a llevarse algo al estómago para entrar en calor y reponer fuerzas. Apenas tenía relación con los vikingos que estaban a su lado, pero como buen líder intentó hacer piña. Les pidió que se sentaran un rato y descansaran un poco más antes de ponerse en marcha, ya que necesitarían fuerzas tanto si todo salía bien como si salía mal.

Tras esto hizo recuento de las provisiones y puso a punto a los dragones. Desdentao no se separó de él en toda la mañana, yendo de un lado a otro junto al vikingo. El dragón parecía estar más nervioso que de costumbre, pero Hipo lo achacó a su instinto de supervivencia al encontrarse en un entorno desconocido. Además, los furia nocturna no era bueno amigos del frío, por lo que realmente su amigo necesitaba moverse para no congelarse.

—Sí, yo también tengo frío—le dijo Hipo a Desdentado cuando este empezó a lamerle las manos con las cuales intentaba atar el nudo de una cuerda sin éxito—, pero no es necesario…

Hipo se limpió la saliva del dragón en su traje y siguió atando cajas. Estaba buscando la mejor manera de calibrar el peso, para no hacer daño a los dragones.

—Jefe Hipo—le llamó una voz de mujer.

Hipo se volteó para ver a Briel, la jefa de artillería.

—El sol está ascendiendo, ¿deberíamos ir preparándonos?

Hipo alzó la vista y comprobó que tenía razón.

—Sí—le confirmó—. Borrad también cualquier rastro que pueda delatarnos.

La segunda tanda de vikingos peinó la zona hasta hacer desaparecer la más mínima huella que pudiera revelar que alguien había hecho noche en aquellas montañas. Todos se subieron a sus dragones y comprobaron que nada estuviese fuera de lugar.

La temperatura había mejorado pero el cielo comenzaba a llenarse de nubes que indicaban tormenta. A lo lejos se divisaba Arendelle y su bella cúpula de hielo. Hipo calculó que no tardarían más de dos hora en llegar. En silencio dio la señal a los demás vikingos de alzar el vuelo y con la gracia de los pájaros conquistaron el cielo.

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Anna agarraba una taza de té de caliente entre sus manos mientras miraba el rostro tranquilo de su hermana. El único ruido que inundaba la estancia era un tintineo mecánico que manaba del fondo de la sala, donde Miranda preparaba algún tipo de ungüento en un mortero. Para Anna aquel sonido casi formaba parte ya del ambiente natural de aquella sala. Elsa había mejorado un poco en los últimos días, pero seguía muy débil. La herida de su cabeza ya no estaba hinchada y los puntos se había cerrado casi por completo. Su cuerpo, sin embargo, seguía malherido y completamente magullado.

Desde su irrupción el día de la reunión del consejo apenas se había levantado de la cama, como si necesitara recuperar fuerzas de manera acelerada por lo que pudiera ocurrir a continuación. La reina de hielo había dejado claras sus intenciones de proteger a su pueblo a toda costa y había declarado el estado de emergencia, comenzando por racionar la comida y ofrecer a todo el mundo ropas y mantas limpias. También había reforzado las guardias y duplicado el número de relevos diarios, para que todo el mundo pudiera descansar y reponer fuerzas por si se avecinaba lo peor. Otras de las medidas que tomó fue planificar una ruta de huida para los niños en caso de que Drago volviera a atacar. De esta forma al menos los niños podrían escapar al bosque.

Desde entonces, la reina solo se levantaba dos veces de la cama para comer y poco más; y salvo por las noches, la fiebre parecía haber dejado de visitarla.

Anna miraba su té pensativa cuando de repente una irrupción rompió la monotonía de la sala. Era un guardia de la corte. Anna se levantó de inmediato y Elsa se despertó confusa.

—Princesa, reina—expresó en un saludo nervioso.

—¿Qué ha pasado? —se apresuró en responder Anna.

—Hemos divisado algo en el cielo.

Anna se sobresaltó al escuchar aquello.

—Creemos que debe venir a verlo—expresó.

—Vamos—dijo para sorpresa de ambos Elsa, quien se irguió en la cama.

El guardia, avergonzado al ver a la reina en ropa de cama, asintió y agachó la cabeza.

—Anna ve con él— le ordenó—. Voy en un segundo.

Anna asintió y salió corriendo tras el guardia.

La princesa sentía que el corazón se le saldría por la boca. No estaban preparados para otro ataque de dragones. No podía ser. Arendelle no resistiría.

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Hipo seguía la ruta marcada pensativo. Arendelle ya se divisaba con claridad. Salvo por una pequeña conversación de fondo, todos volaban en silencio. El vikingo miró a sus compañeros y luego a sus dragones, comprendiendo que necesitaban descansar urgentemente.

Aunque todo el mundo en Berk tuviera su propio dragón, no todos los vikingos acostumbraban a volar tantas horas. En aquel momento echó de menos estar en compañía de los jinetes. Ellos estaban hechos de otra pasta, eran curiosos y temerarios por naturaleza, algo que hacía de cualquier viaje una aventura. No obstante, en aquel momento Hipo solo vio personas cansadas que estaban hartas de volar.

De repente, Hipo notó cierto nerviosismo en Desdentado, quien irguió sus orejas y tensó todo su cuerpo.

—¿Eh? ¿Estás bien amigo? —le dijo, acariciando su cabeza para tranquilizarlo.

Hipo alzó la mirada, preocupado. Las nubes prácticamente habían cerrado el cielo y lo que fue un día soleado se había transformado en un mar de grises y blancos.

Desdentao giró entonces la cabeza en dirección al bosque y sacó los dientes, desafiante.

—Tranquilo campeón…—intentó calmarlo—. ¿Has visto algo ahí?

Hipo intentaba afinar la vista, con dificultad. ¿Los estarían siguiendo? Por si acaso decidió actuar.

—Creo que Desdentao ha visto algo en el bosque—anunció al grupo—. Voy a asegurarme de que no nos estén siguiendo, continuad vosotros.

Todos y cada uno de ellos se alarmaron al escuchar aquel comentario. Estoico jamás les perdonaría si algo le pasara a su hijo, pero no tuvieron tiempo de rechistar, puesto que Hipo y Desdentao ya giraban en el aire y descendían hacia el bosque.

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Anna corría por los pasillos del castillo y descendía acelerada por las escaleras de la entrada central. Junto al guardia atravesó el gran hall que estaba repleto de mesas y sillas donde algunos grupos se reunían para recibir su dosis diaria de comida. Anna casi se tropieza con una mujer, pero logró esquivarla en el último momento. Apresurada y con el corazón latiéndole a mil por hora consiguió llegar hasta el jardín interior donde varios guardias señalaban al cielo.

—¡Coronel Roston! —expresó como pudo al ver al coronel mirar a través de un catalejo.

—Princesa…—dijo él cortés—¿Y la reina Elsa?

Anna intentó recuperar el aire, mientras se erguía.

—Ya viene—fue lo único que alumbró a decir—¿Son malas noticias?

El coronel torció el gesto. Anna se apresuró a mirar al cielo. La figura enorme de un dragón se movía en círculos sobre la cúpula de hielo. 'Qué raro', pensó al verlo solo.

—Compruébelo usted misma—dijo ofreciéndole el catalejo.

Anna aceptó con ímpetu y se llevó el objeto al ojo izquierdo. Aquella figura solitaria era sin duda un dragón, pero no se parecía a las bestias que los atacaron aquella terrible noche. Se movía torpe en el cielo y llevaba a dos jinetes. Anna intentó enfocar mejor la vista, viendo que levantaban una bandera blanca. Eran un hombre gordo rubio y un niño.

—¡FINN! —gritó de alegría, tanto que casi se pone a llorar.

Con un golpe en el pecho le devolvió el catalejo al coronel Roston.

—¡Es el maestro de dragones! —exclamó entusiasmada, mientras agitaba los brazos en el aire, devolviéndoles la señal—¡Han venido!

—Princesa Anna, no se precipite —recordó el coronel—. Podría ser una trampa.

—Cierto Anna—dijo una voz al fondo.

La princesa se giró para ver salir por las puertas del castillo a su hermana Elsa ayudada de Miranda y un bastón blanco. La reina de hielo se había recogido el pelo trenzado y llevaba un vestido que recordaba al de su coronación. También llevaba guantes y Anna comprendió que Elsa no quería mostrar sus heridas a nadie, como si por mantenerlas ocultas no estuvieran ahí.

El coronel le acercó el catalejo a Elsa, quien pudo comprobar con sus ojos que en lo alto del cielo volaba un dragón naranja con un hombre rubio y gordo y Finn, uno de los hijos de Joseph el herrero. Elsa recordó que no pudo salvarles y ver a aquel niño vivo supuso un gran alivio, y más cuando se enteró que se había metido de polizón entre los mensajeros de Anna.

—¿Qué hacemos majestad? —preguntó cauto el coronel.

—Respondamos a su señal—sentenció la reina.

Elsa mandó que varios guardias prendieran algunas antorchas y las movieran para que pudieran verlo desde arriba. Ambos parecieron comprender ya que el dragón empezó a hacer señas y descendió hacia la entrada del castillo.

La cúpula de hielo cubría por completo el castillo y parte del puente. Gracias justo a este puente que separaba el castillo del resto del fiordo sobre el que se erguía Arendelle, el palacio se había convertido en un lugar perfectamente estratégico para protegerse. La cúpula alcanzaba hasta prácticamente la mitad del puente, por lo que Elsa pidió que bajaran las puertas de la muralla del castillo, sabiendo que así podría ver a sus enemigos en el puente sin exponerse al peligro.

Elsa apretó los puños mientras abrían las puertas, sintiendo gran nerviosismo. No dejaría que su pueblo corriera peligro.

Un gran corrillo de gente salió también del palacio y se agrupó a ver qué estaba pasando.

—Que todos se queden atrás—ordenó Elsa al coronel quien ordenó a su vez a sus guaridas que formaran una muralla humana entre los campesinos y la entrada de la muralla.

A Anna se le cortó la respiración cuando la puerta se abrió por completo y un grupo de vikingos y dragones se mostraron tras ella. Aquellos seres eran enormes y robustos y el simple hecho de encontrarles pacíficamente junto a aquellas bestias los hacían lucir como una amenaza inminente. De repente, el dragón que estaba en el cielo aterrizó, haciendo que todos los presentes dentro de la cúpula echaran un paso atrás, incluso sabiendo que estaban protegidos por el muro de hielo. Elsa intentó mostrarse impasible, pero el temor invadió cada poro de su cuerpo. Anna fue la única que reaccionó al ver cómo del dragón descendía el pequeño Finn. El pequeño fue ayudado por el hombre a bajar. Aquel vikingo tenía una pinta horrible. Le faltaba una mano y un pie y apenas tenía dientes en la boca. Sin embargo, el niño le sonreía y él le devolvía la sonrisa, instándolo a que se acercara a los suyos. Finn asintió y echó a correr hacia la muralla de hielo, la cual tocó con las manos. Anna también corrió hacia él, agachándose para colocar sus manos frente a las suyas, al otro lado del hielo.

—¡Finn! —dijo emocionada la princesa —¡Ábrele Elsa! —miró a su hermana.

Elsa no sabía qué hacer. ¿Podría fiarse de los vikingos? Todas las miradas se posaron en ella. La reina alzó la mirada a los vikingos y respiró hondo. Con cuidado se quitó un guante, mostrando una mano completamente vendada y con los dedos llenos de heridas. Con ella apuntó a la muralla de hielo y con un gesto rápido, el hielo donde se encontraba el niño desapareció, haciendo que éste cayera prácticamente sobre los brazos de Anna, quien lo apretó con fuerza. Tras esto Elsa volvió a cerrar el hielo, para evitar sorpresas.

La gente comenzó a aplaudir ante la llegada del niño ileso. Elsa volvió a ponerse el guante e intentó disimular el agotamiento que algo tan sencillo le había causado. Tras esto se acercó también al niño y se acercó para ver que estaba de una pieza.

—¿Estas bien? —dijo poniéndose a su altura—. ¿Te han hecho daño?

El niño negó.

—Son amigos—respondió el pequeño—. Me han traído a casa.

Elsa se abrazó al pequeño.

—Ya estás a salvo—le aseguró—¿Dónde están los demás?

—Nos atacaron y destruyeron el barco—explicó el niño, un poco confuso—. No recuerdo apenas nada, solo sé que me encontraron en la arena y me salvaron.

El niño señaló a los vikingos que seguían al otro lado de la cúpula.

—Vienen a ayudarnos reina Elsa.

El niño tenía los ojos iluminados de alegría y Anna comprendió que aquello que decía era cierto.

—Elsa—le dijo a su hermana—. El bosque ha escuchado nuestras plegarias, son la ayuda que esperábamos.

Elsa no parecía tan convenida. Al contrario que su hermana, no era la primera vez que trataba con islas vecinas y comprendía que nadie a ayudaba a nadie a cambio de nada. Siempre había un interés y no sabía si Arendelle podía pagarlo.

Elsa se levantó con la ayuda de Anna y les habló a sus súbditos.

—Está bien—expresó en voz alta—. Vamos a permitir la entrada de los vikingos en Arendelle—proclamó.

Se giró hacia sus guardias y con un movimiento de cabeza hacia el coronel mandó que todos estuvieran en alerta. Los guardias alzaron los escudos y levantaron las espadas. Elsa se volvió hacia los vikingos y quitándose ambos guantes hizo uso de su magia para abrir una vez más la cúpula de hielo.

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Hipo volaba bajo junto a Desdentao, quien miraba en todas direcciones. El vikingo hacia lo mismo, intentando ver qué era aquello que estaba percibiendo su amigo.

—¿Estás seguro que has visto algo, campeón? —preguntó Hipo a su dragón al ver que no encontraban nada.

De repente Desdentao pareció oler algo y descendió precipitándose entre los árboles. Hipo se tapó la cara con el brazo mientras las ramas le golpeaban.

—¡Eh! —le gritó—¿¡Se puede saber qué te pasa!?

Entonces se detuvieron en seco, encontrándose con que los árboles habían desaparecido. Hipo tuvo que parpadear varias veces. Le escocían los ojos del zarandeo con las ramas. Fue entonces cuando se percató que parte del bosque había sido quemado y los árboles talados.

—Dioses… —maldijo asombrado por la imagen de aquel lugar lleno de nieve negra por la ceniza.

Ambos descendieron un poco más hasta encontrarse volando prácticamente a ras del suelo.

—¿Quién ha podido hacer esto? —preguntó al aire Hipo.

'Drago'. Fue la primera respuesta que llegó a su mente. Aquel lugar no le daba buena espina. Lo mejor sería regresar y avisar a su padre cuando de repente Desdentao comenzó a detener el vuelo, sabiendo Hipo que quería aterrizar. Intentó hacerle cambiar de opinión, pero el dragón no se dejó doblegar en su decisión, así que Hipo terminó por acceder. Con cuidado bajaron sobre aquella nieve pantanosa. Desdentao buscaba en la nieve algo que Hipo no lograba entender. Al cabo de un rato, pudo comprobar que su amigo estaba desenterrando algo. De un salto se bajó de la montura y agarró con las manos aquello que habían encontrado.

—Escamas de dragón… —dijo Hipo, sacando de uno de sus bolsillos un pequeño cristal que usaba a modo de lupa.

Casi grita de la sorpresa cuando miró de cerca aquella escama negra y blanca.

—No puede ser…

Luego miró a Desdentao, quien compartía su expresión.

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Kristoff consiguió hacerse hueco entre la gente cuando Elsa abrió un paso en la cúpula a los vikingos. No obstante, por su seguridad, los guardias no le dejaron pasar.

El primero en entrar de todos ellos fue Estoico, con su gran porte y anchura y su larga y trenzada barba pelirroja. Tenía una mirada pacífica y levantó las manos hasta la altura de su cadera en son de paz. Detrás le seguía el grupo de vikingos y sus dragones.

Elsa contemplaba con mirada altiva y dura a los vikingos, como si necesitara ganarse su respeto. Todo el mundo ahogó un grito al ver a los dragones, levantando el rumor entre la gente que empezó a ponerse nerviosa. Estoico fue el primero en hablar.

—Reina Elsa—declaró, haciendo una leve reverencia con su cabeza, a modo de respeto.

Elsa hizo lo mismo.

—Bienvenido a Arendelle—expresó cordial—. Disculpe que no tenga conocimiento sobre a quién me dirijo.

Estoico sonrió. Ya se le había olvidado lo protocolarios que eran en aquellas tierras.

—Perdone mis modales majestad—se disculpó el vikingo con su acento tosco en nórdico—. Mi nombre es Estoico Haddock, también llamado Estoico el Inmenso, líder y jefe de isla Berk.

—Bienvenido a Arendelle señor Haddock, líder y jefe de isla Berk—respondió Elsa.

Luego, intentando no sonar maleducada, añadió:

—¿Qué le trae por nuestras tierras?

Estoico casi sonríe ante aquel paripé.

—Recibimos su mensaje de ayuda hace días y decidimos responder a él con nuestra presencia aquí hoy. Si los temores que acechaban vuestras palabras son ciertos, temo que todos nosotros nos encontremos en grave peligro.

A Estoico le sorprendió encontrar a la mismísima reina recibiéndole, ya que, según las palabras del niño, su reina estaba gravemente herida.

—Le estamos muy agradecidos su majestad—dijo de repente Anna hacia Estoico—. No sabe lo que esto significa para nosotros.

Elsa miró a su hermana incrédula por su osadía, pero no podía ponerla en evidencia.

—Comprendemos que han hecho un largo viaje y quizás quieran descansar.

Elsa iba a matarla.

—Agradecemos su calidez—expresó Estoico—. Llevamos días viajando y mis hombres y mujeres están agotados. Traemos también algunos menesteres como ofrenda—dijo señalando tras de sí—. Comprendemos que en una situación así pueden ser necesarios.

Elsa no se podía creer tanta amabilidad por parte de aquellas gentes a las que apenas conocía.

La situación era extraña, ya que las cálidas palabras de Anna parecían haber relajado la situación, pero todos los guardias seguían en alerta y nadie se había atrevido a dar un solo paso. Estoico escrutaba a la reina con detenimiento, como si por mirarla con atención pudiera ver su naturaleza mágica.

Fue entonces cuando Finn, que había desaparecido entre la muchedumbre llegó junto a otros niños que corrieron hacia los vikingos y sus dragones. Elsa casi grita de terror, intentando detenerlos, pero la risotada de otro vikingo la detuvo. El niño se había lanzado a los brazos del vikingo de una sola mano y un solo pie y éste lo había aupado en brazos.

—¡Os dije que tenía una sola mano! —gritó Finn al resto de niños.

Elsa seguía con cara de preocupación mientras una docena de niños se acercaban a los vikingos y sus dragones bajo el relato amistoso de Finn.

—No se preocupe reina Elsa, los niños—dijo el vikingo de repente—, nunca hacen caso a nadie.

Anna sonrió y decidió cerrar de una vez todo aquel protocolo.

—Por favor, no esperen aquí bajo el frío, pasen y caliéntense en el castillo—ofreció, agarrando la mano de su hermana.

Elsa pareció reaccionar ante aquello.

—Sí… —dijo de repente la reina, haciendo que los guardias bajaran sus armas—. Pasen por favor y siéntanse como en casa.

—.—.—.—.—.—.—.—.

A Hipo le dolían las manos del frío, pero no se detuvo en su tarea de rebuscar en la nieve más y más escamas, siguiendo aquel rastro de barro y nieve.

—No puede ser… —seguía repitiéndose mientras caminaba aprisa por la nieve seguido de Desdentao.

De repente el dragón pareció oler algo y volvió a sacar los dientes. Hipo reaccionó con rapidez y desenfundó su espada de fuego. Ambos se quedaron un momento en silencio. El vikingo respiraba completamente pausado, agudizando sus sentidos. Fue entonces cuando el dragón comenzó a moverse en la nieve. Hipo lo siguió sin bajar la guardia. A medida que avanzaban los árboles volvían a aparecer. Todos ellos también habían sido quemados, pero al menos seguían en pie. Solo podía tratarse de fuego de dragón, pensó Hipo; ya que en mitad de aquella nieve era imposible quemar nada.

Fue entonces cuando la nieve comenzó a tornarse roja. Hipo miró bajo sus pies, comprendiendo que lo que estaba pisando era sangre. Sangre fría y coagulaba bajo el hielo, formando un río helado que alimentaba la tierra y pudría los árboles que jamás volverían a nacer.

Desdentao lanzó un gran graznido que sacó a Hipo de su momentáneo estado de shock y entonces fue cuando lo vio. Tuvo que reprimirse las ganas de vomitar al ver aquella carnicería, pero la incredulidad y el miedo de su amigo tuvieron más fuerza en él. Corrió a tranquilizar a Desdentao, sujetando su silla para que se calmara, ya que el dragón había entrado en una especie de crisis nerviosa.

—Tranquilo amigo, tranquilo—pidió Hipo, tapándole las orejas y acariciándole la cabeza.

Cuando consiguió que se calmara, el dragón se lanzó sin pensarlo ante el cadáver del otro dragón.

Hipo jamás había contemplado nada igual. Bajo sus pies había numerosas líneas pintadas con sangre que dibujaban varias runas en la nieve. El vikingo nunca había visto aquellos dibujos, pero sintió que algo diabólico se escondían tras ellos. Ante ellos también se erguían un conjunto de grandes rocas talladas con sangre, las cuales formaban un círculo que lo envolvía todo y en cuyo interior yacía el cadáver de un dragón. Y lo peor es que aquel dragón no era un dragón cualquiera: se trataba de un furia nocturna. Y alguien lo había abierto en canal y le había arrancado el corazón.

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La bandera blanca ondeaba en el cielo como símbolo de paz. Pese al cansancio colectivo, vikingos y aldeanos decidieron convocar un consejo de guerra inmediato, para hablar de la situación de Arendelle y de sus nuevos invitados. Abajo en el gran patio interior Kristoff y un grupo de hombres descargaban todas las mercancías y regalos de los vikingos. No obstante, los dragones no estaban junto a ellas.

Nada más los vikingos entraron en la cúpula, el coronel Roston pidió por motivos de seguridad que los dragones se quedaran fuera. Elsa accedió, pero Estoico alzó la voz para decir que esto era impensable. No entrarían sin sus dragones y menos aún los dejarían desprotegidos a expensas de Drago.

Aquella primera tensión entre pueblos puso en alerta a ambos consejos, quienes comprobaron que, aunque los vikingos habían venido a ayudar, no pensaban doblegarse así como así ante las leyes de Arendelle. Elsa, como reina y representante de su pueblo, se sentía totalmente expuesta, como si un paso en falso pudiera desatar una guerra. Al fin y al cabo, los vikingos tenían dragones y eran conocidos por ser grandes conquistadores y saqueadores de pueblos, —al igual que sus enemigos—, por lo que no tenerlos de su lado significaba la muerte segura. Tras un momento donde la paz pareció frágil, Elsa accedió a dejar entrar a los dragones, con la condición de que permanecerían encerrados en jaulas de hielo hasta probar su naturaleza dócil y pacífica. Los vikingos rechistaron, pero Estoico como sabio líder aceptó la propuesta de la reina. Sin duda era una forma de empezar el diálogo, aunque su decisión no pareció muy popular entre los suyos.

Tras esto, la bandera blanca se izó en el cielo para hacerle saber al resto del consejo vikingo que Arendelle era amigo y no enemigo. Estoico ya había adelantado a la reina que más de los suyos llegarían, ya que la pequeña tensión inicial había dejado claro que una llegada no informada de nuevos vikingos sobre dragones haría romper la efímera paz que se había predispuesto.

Elsa se retiró un momento a sus aposentos mientras los vikingos y el consejo se reunían en la gran sala. Con ayuda de Anna llegó a su habitación, donde casi se desmaya por el esfuerzo. El uso de su magia sumado a su intento de fingir normalidad había agotado todas sus fuerzas. Y eso que todavía le quedaba la peor parte: firmar un tratado de paz.

—Elsa necesitas descansar—exigió Anna—. No puedes continuar como si no pasara nada.

—Anna, no pienso desaparecer ahora— dijo prudente, mientras se echaba agua en la cara y Miranda le aflojaba el corsé.

Anna quiso rechistarle, pero en el fondo sabía que Elsa no podía desaparecer ahora en mitad de la tensión que se había generado con el asunto de los dragones.

—¿Crees que podemos fiarnos de ellos? —preguntó para la sorpresa de su hermana.

Anna no sabía que responder.

—Me gustaría pensar que sí… —respondió cauta—. Le han salvado la vida a Finn y nos han traído alimentos, mantas y medicinas. ¿Por qué habrían de traicionarnos?

Elsa se quedó un momento pensativa y suspiró hondo.

—Ya confiamos anteriormente en las buenas intenciones de quienes quisieron ayudar… —expresó cansada, refiriéndose a Hans y al pasado—, y fuimos traicionadas.

Anna comprendió el temor de su hermana.

—Esta vez estaremos alerta Elsa—dijo con seguridad.

—Ojalá tengas razón…

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La llegada de nuevos vikingos alteró a la población, quien volvió a reunirse junto al puente para ver la entrada de los extranjeros. Elsa hizo de nuevo acto presente de su magia y abrió la cúpula a los vikingos y dragones, los cuales fueron encerrados junto al resto. Estoico observaba esta vez la escena desde una de las ventanas del castillo, en uno de los largos pasillos que daban paso a la sala de reuniones donde se encontraban ambos consejos.

Un guardia flacucho se acercó al vikingo para comunicarle que el resto de los suyos había llegado. Estoico asintió y le dio las gracias, dirigiéndose al gran salón.

La reina Elsa no tardó en aparecer junto al resto de vikingos, todos ellos escoltados por la guardia real. Estoico era consciente de que estaban siendo tratados más bien como prisioneros que como salvadores. Esta sería una de las primeras cláusulas de las que hablaría. No obstante, por un segundo apartó toda aquella burocracia cuando vio cómo las puertas del salón se cerraban y que tras ellas no había entrado su hijo. No pudo evitar levantarse de su asiento, atrayendo todas las miradas. Como líder, disimuló su nerviosismo, acercándose a los recién llegados para saludarles e indicarles que se sentaran, pero también para preguntar con disimulo dónde diantres estaba Hipo.

—Se separó de nosotros, señor—susurró una de las vikingas del consejo cuando Estoico le preguntó por lo bajo—. Su dragón captó algo extraño… nos pidió que continuáramos, dijo que no tardaría…

—¿Todo bien? —interrumpió Elsa la conversación, invitando con un gesto elegante a la vikinga a sentarse junto al resto y a Estoico a hacer lo mismo.

—Todo bien—confirmó Estoico—. Nos falta un vikingo, pero no tardará en llegar.

La reina Elsa asintió con porte frío y elegante y dio comienzo a la asamblea.

—Pueblo de Arendelle, —dijo señalando a su gente—, pueblo de Berk—, señaló en dirección a los vikingos—. Abro este diálogo de paz hoy para honrar vuestro valeroso acto de coraje y bondad por acudir a nuestra llamada de auxilio ante nuestro enemigo, que también es el vuestro.

En aquel discurso Elsa expuso la situación en la que se encontraban y el estado de precariedad que vivía el castillo. Habló del número de heridos y desaparecidos y del tiempo que estimaba que podrían durar allí sitiados sin hacer nada. Tras esto, comenzó a relatar los hechos que realmente importaban a los vikingos: el ataque de Drago.

Elsa explicó de manera pausada y sin demasiados detalles el ataque que sufrieron. No obstante, aunque al principio todo fue una escucha silenciosa, este tema desató la curiosidad de los vikingos, quienes no pararon de preguntar por el carácter de este incidente.

—No recuerdo bien el número… —intentaba responder Anna ayudando a Elsa, quien se veía exhausta—, pero podrían ser cerca de cuarenta animales todos de la misma especie—explicó—; salvo el dragón que montaba el jinete, que era de mayor tamaño.

— ¿Vino solo? —preguntó Estoico.

—No vimos más jinetes— respondió el coronel Roston.

—¿Es cierto que le atravesó el corazón y se recompuso como si nada? —volvió a preguntar Estoico, intentando conseguir toda la información posible.

—Mi hermana Elsa lo atravesó de lado a lado, ninguna bestia puede sobrevivir a eso.

—¿Estás seguro de eso, niña? —inquirió de repente Gervasio, el más anciano de los vikingos, con el gesto torcido y huraño—. Es bien sabido que las mujeres tendéis a exagerar y dramatizar los hechos.

Alea, la capitana de navegación de Berk le echó una mirada fulminante pero el vikingo no pareció notarlo. Estoico coincidía con ella en que aquel comentario no era el más acertado.

—¿Estás poniendo en entre dicho estos sucesos? —dijo Elsa, quien elevó su voz para hablar, pero sin perder el gesto frío y amenazante—. No consentiré que nadie entre en mi reino y ose llamarme mentirosa a mí o a mi hermana.

—Le pido disculpas—dijo apresurado Estoico—. Por supuesto que creemos su relato, conocemos la naturaleza de nuestro enemigo—intentó arreglar—. Gervasio solo quería asegurarse de que realmente nos enfrentamos a un mal del inframundo.

Pero aquello no pareció calmar los humos.

—Lo único que quiero es asegurarme que todo esto no es una trampa para hacerse con el control de nuestros dragones—escupió Gervasio para sorpresa de todos—. Discúlpeme su majestad si desconfío, pero como comprenderá me parece extraño que casualmente nuestro mayor enemigo haya arrasado su isla con dragones inmortales y solo nuestra isla pueda ayudaros. Eso sin contar que usted, con su naturaleza mágica no ha podido derrotarlo—dedujo—, pero hace unos segundos ha mostrado que con un simple gesto podía construir y destruir una pared de hielo sin esfuerzo alguno. Y encima, encierra a nuestros dragones. ¿No cree que tengo motivos para desconfiar?

Ante aquella acusación el teniente Riell se levantó de la mesa.

—Exijo un respeto a la reina—apuntó con severidad—. No puede pensar que su osadía no se paga cara en nuestras tierras.

—¿A sí? —siguió el anciano—. Pues ajustícieme por querer saber a qué entregamos la vida.

Fue entonces cuando también entró el legislador de Arendelle.

—Permítame que le diga que su discurso no carece de heroísmo, pero créame que no es el único aquí con el juicio nublado—se expresó con tanta poética que los vikingos apenas pudieron entenderle—. ¿A caso cree que yo me fio de ustedes?

Anna tragó saliva y dirigió la mirada a Elsa, quien observaba tensa la escena. La princesa notaba cómo su hermana luchaba por ocultar sus emociones y controlar sus poderes. Desde que enfermó, apenas tenía control sobre ellos, habiendo descontrolado el clima de Arendelle y haciendo que cada dos por tres cayera desfallecida en la cama.

—Todos saben que los vikingos no son de fiar—expresó cínico—. Conquistan, roban, saquean y violan a las mujeres. ¿Por qué ibais a venir a ofrecernos vuestra ayuda a cambio de nada?

Estoico también hizo uso de todo su autocontrol para no estallar. Su voz eclipsó la conversación.

—No conocéis a Drago como lo conocemos nosotros—dijo sereno y con tono sombrío—. Ese hombre es capaz de lo inhumano por el poder. Ya le enfrentamos una vez y sabemos que cada pueblo que arrasa lo hace más fuerte. Estamos aquí para pararle y evitar que se haga indestructible—expuso con claridad—. Nosotros también tenemos familias a las que proteger.

—¿De verdad es vuestro enemigo? —siguió el legislador—. Porque a mí me parece que lo tenéis todo en común, empezando por esas bestias endemoniadas.

—Esas bestias podrían arrancarte la cabeza de un bocado—dijo entonces Patón, ofendido—. Así que muéstrales un respeto.

—Alteza—dijo obviando ese comentario el legislador—. ¿Sacaría a esas bestias de sus jaulas ahora mismo si os lo pidieran los vikingos?

Elsa sabía por dónde iba aquella pregunta. A veces se preguntaba de qué lado estaba el legislador. Aquella inquisición generó un gran silencio que cortaba el aire. Contuvo un momento la respiración antes de contestar.

—No—respondió sin titubeos—. No confío en esas bestias—añadió—; pero confío en las buenas intenciones de los vikingos.

El legislador la miró con mala cara y el coronel Roston se tensó al oír aquello. Al propio Estoico esa frase no le sonó a victoria.

—¿Y cuáles son esas buenas intenciones? —soltó de repente el teniente Riell, que llevaba un rato callado.

Elsa lo miró sin comprender y luego redirigió la mirada hacia el líder de los vikingos. Bajo la mesa Anna sujetó la mano de su hermana, la cual le había empezado a temblar.

—Nuestra intención es detener a Drago—sentenció el vikingo rotundo.

—¿Y si eso no pasa? —siguió el joven teniente.

—Moriremos en el intento— dijo Bocón con determinación, ayudando a su amigo y abriendo la boca por primera vez en toda la noche.

La reina intentó respirar, pero notaba cómo la vista se le nublaba. Le estaba volviendo la fiebre.

—¿Y cuándo lo derroten? —inquirió el legislador—. ¿Volverán a sus tierras así sin más, sin pedir nada a cambio?

Anna alzó la voz, en defensa de los vikingos, como si realmente ella misma necesitara creer en sus buenas intenciones.

—Tendrán por siempre el agradecimiento y pacto de lealtad con Arendelle.

—¿Solo una amistad? —dijo casi riéndose el legislador—. Disculpen a nuestra princesa, vive en un mundo de fantasía.

—¡Ya está bien!

Elsa se levantó de golpe y dio un manotazo en la mesa el cual hizo crecer un trozo afilado de hielo que se extendió por toda la mesa, haciendo que todos dieran un paso atrás. 'Brujería', pensaron muchos de los vikingos.

—Creo que todos necesitamos calmarnos—con cuidado volvió a sentarse.

Anna la miró con severa preocupación. Elsa estaba rozando su propio límite.

—Acuerdo que ambas partes tienen sus motivos para desconfiar—expresó la reina ante el silencio de todos los presentes—. Los vikingos están expuestos en nuestras tierras y les hemos privado de sus dragones, así que comprendo su malestar; pero —dijo luego refiriéndose a los vikingos—, entiendan que mi gente solo teme que las buenas intenciones no sean un pacto de paz duradero cuando todo esto acabe, si es que lo hace.

Ante esa última frase todos enmudecieron, viendo en la reina por primera vez cierta flaqueza.

—Pactemos pues—propuso el legislador, redirigiendo la mirada de su reina a los vikingos—. ¿Qué habéis venido a buscar realmente?

Estoico había estado en millones de consejos de guerra, pero sin duda nunca se había topado con nadie tan sumamente cínico e insufrible como ese hombre.

—Buscamos paz y justicia.

El legislador rio.

—Los vikingos buscando paz y justicia…—dijo irónico—. ¿Qué queréis realmente? ¿Poder? ¿Dinero? ¿Magia?

Elsa sabía que todo aquello estaba llegando demasiado lejos. Fue entonces cuando recordó las sabias palabras que un día le dijo su padre y se dio cuenta que por mucho que quisiera creer que mundo podía ofrecerle algo mejor, a veces una reina tenía que hacer sacrificios.

—Arendelle no tiene grandes riquezas y todo cuanto teníamos se ha perdido en el fuego—explicó, poniéndose levemente en pie y sujetándose con las manos a la mesa—; tampoco puedo daros la clave de mi naturaleza mágica, porque yo misma la desconozco, pero puedo ofrecerle mi mano al maestro de dragones como pacto de lealtad eterna.

Todo el mundo contuvo el aliento al escuchar aquello. La propia Anna no podía creer que su hermana estuviera dispuesta a pagar un precio tan caro. La línea entre la lealtad y el esclavismo era fácil de cruzar. Estoico nunca había visto tanta determinación en una persona.

—Majestad—se opuso el legislador.

La reina lo miró desafiante.

—No hay ley que decida sobre mí—expresó tajante—. Arendelle nunca podrá pagar su salvación y comprendo que la fe ciega en la bondad ajena no es una opción para ninguno de nosotros—Elsa hablaba decidida, notando cómo algo dentro de ella se moría—. Si ese es el precio de la paz, estoy dispuesta a pagarlo.

—Reina Elsa—intentó oponerse Estoico, cuando notó la mano de Bocón sobre su rodilla, quien le hizo un gesto de negación con la cabeza.

Bocón sabía que rechazar la oferta de la reina era firmar la guerra.

—Les dejaré que lo piensen en privado—ofreció Elsa, quien miró a los suyos y los invitó con la mirada a levantarse.

Todos obedecieron sin rechistar, saliendo de aquella sala en silencio y dejando a los vikingos solos en ella. La última en salir fue Elsa, agarrada del brazo de su hermana.

En cuanto cerraron la puerta y se alejaron lo suficiente de la sala, todo el consejo se le echó encima a la reina con cientos de preguntas. Muchos de ellos la recriminaron por su imprudencia. Todos coincidían que una vez fuera desposada por los vikingos, su marido tendría todo derecho sobre ella.

—No tenemos más opciones —se defendió Elsa—. ¿Qué queríais que hiciera? ¡Vuestras palabras casi ocasionan una guerra!

La reina jamás había usado un tono tan frío y acusatorio, tanto que todos enmudecieron, avergonzados. La propia Anna sentía cierto temor ante su hermana.

—Me habéis expuesto y humillado ante los vikingos—Elsa temblaba de ira, mientras se aferraba a su hermana para no caerse—. Si había alguna otra forma de llegar a un acuerdo con ellos la hemos perdido por vuestro orgullo y arrogancia. ¿Acaso os creéis mejor que ellos? —esto último lo dijo mirando al legislador—. Deberíais recordar que seguís respirando porque perdone la vida de todos los aquí presentes que me llamaron bruja.

Nadie se atrevió a decir ni una sola palabra. Elsa estaba tan furiosa que no era consciente que fuera de la cúpula había iniciado una tormenta de agua nieve. Eso y de que le había empezado a sangrar la nariz.

—Coronel Roston—expresó sin titubeos—. Llévese al legislador fuera de mi vista.

El coronel obedeció.

—A partir de ahora queda usted relevado de todas sus funciones—dijo cansada al legislador—. Y los demás, volved todos a vuestros quehaceres. Yo y mi hermana cerraremos el trato con los vikingos.

El legislador hubiese opuesto algún tipo de resistencia sino fuera porque por primera vez sintió terror hacia la reina. Así que obedeció, como todos, dejándola sola en aquel pasillo junto a su hermana. Cuando todos ellos desaparecieron, Elsa se derrumbó, dejándose caer lentamente en el suelo por el agarre de Anna, quien la intentaba sujetar sin éxito.

Elsa empezó a escupir sangre, además de toda la que ya salía de su nariz. Anna entró en pánico, agarrando los bajos de su falda e intentando limpiar con ellos a su hermana.

—¡Elsa! —gritó asustada—. No hagas esfuerzos—le rogó al ver cómo intentaba volver a ponerse de pie.

—Dios mío Anna… qué voy a hacer ahora…

A Anna se le partió el alma al ver a Elsa de aquel modo. Su hermana respiraba forzosamente por culpa de la sangre mientras intentaba contener sus emociones.

—Tranquila… buscaremos una forma de encontrar algo con lo que negociar y…

Elsa hizo callar a su hermana.

—Anna…—la enmudeció—. Esto no es un cuento de princesas que acaba bien… Papá ya me advirtió una vez que las reinas no se casan por amor…

—Elsa no voy a permitir que te hagas esto…

Elsa iba a replicarle cuando las puertas del salón se abrieron y tras ellas apareció Bocón. El vikingo, al verlas a ambas en el suelo llenas de sangre se quedó petrificado. De fondo se oía a los vikingos discutir en voz alta y agitada.

—Pero, ¿qué ha pasado? —preguntó sin comprender nada—. Voy a pedir ayuda…

—¡Espera!—rogó Anna intentando que nadie dentro las oyera—. Por favor, no digas nada.

Bocón dudó durante un instante, pero terminó saliendo y cerrando la puerta tras de sí, acercándose a ambas y maldiciendo por lo bajo en la lengua de los vikingos.

—¿Se puede saber qué os ha pasado?, majestad—le preguntó a la reina.

El vikingo se agachó junto a ellas y sacó un pañuelo de su pantalón, ofreciéndoselo a Elsa. Anna lo sujetó, limpiándole la sangre de la cara a su hermana y obligándola a echar la cabeza hacia atrás para cortar la hemorragia. No obstante, no hizo falta que las princesas le respondieran, ya que las palabras del niño Finn vinieron a su cabeza.

—Estáis enferma… —afirmó recordando el vikingo.

—Desde el ataque mi hermana está muy débil—explicó Anna—. Tanto esfuerzo no le hace bien.

—Por favor—pidió esta vez Elsa, con la hemorragia más controlada—. No le diga nada a su jefe.

Bocón asintió, comprendiendo la situación de la reina.

—Si la palabra de un vikingo tiene algún sentido para usted—expresó Bocón toscamente en nórdico—. Tiene mi palabra.

Elsa le sonrió agradecida. Bocón, que seguía con la mirada entristecida añadió:

—Por cierto, su majestad, vine a avisarlas...—explicó despacio, no muy seguro—. Ahí dentro ya se ha tomado una decisión.


No me maten por dejarlo así xD

NOTAS: En este capi aparece un poco de sangre y escenas que tienen cierta violencia. No sé si pensáis que no son un problema, pero si hay alguien un poco aprensivo empezaré a advertirlas al inicio de cada capítulo.

RESPUESTAS REVIWS:

Guest: Thanks so much to be the first one who give it to me feedback! I really really appreciate it. And about your review, this is not Diney's Frozen and it's not going to follow Disney's Frozen canon. BELIEVE ME xD. I won't tell a story of princes and princesses with happy endings. I'm going to talk about what Diney doesn't talk about. I will talk about diversity, friendship, sorority and bisexuality. I don't know if this is what you want to read, but, promise, it sure won't be Disney's Frozen over again.

ZAIKO23: Holi! Bienvenidx! Me alegra leerte y que pienses que la historia tiene potencial. Yo estoy muy motivada en escribirla, así que espero que la disfrutéis tanto como yo! Mil gracias por el comentario. Me ha animado muchísimo.

YamiHyuga22 : Hola! Muchas gracias! Espero que te guste como siguen avanzando los hechos. Un beso!

464S: Mil gracias! Continuaré! De eso no hay duda. Un beso!

Y mil gracias como siempre a todxs los que leen aunque no dejen review. Un saludo para todxs!