Hola de nuevo!

Muchas gracias por la buena acogida del capi anterior! Me alegra saber que os interesa la historia :3.

Este capi advierto que es el más largo hasta ahora y no sé si ha quedado como en un principio me lo imaginé, pero espero que igualmente os guste. Ya me contaréis qué tal.

Quiero también aclarar que la historia se desarrolla en un contexto histórico, por ello que haya muchas cosas que para los personajes sean tabús. De hecho me interesa bastante hablar de estos temas, ya que a veces también son un poco tabús en la propia literatura romántica e idealizada contemporánea y bueno, pues eso, iré dejando igualmente algunas notas finales de vez en cuando sobre los capis, con curiosidades y tal ;)

Y poco más, espero que lo disfrutéis tanto como yo escribiéndolo. ¡La historia no ha hecho más que empezar!


CAPÍTULO 4: LA BODA

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Estoico repartía mantas entre los ciudadanos temerosos con la ayuda de Alea y Bocón. El resto de vikingos se había retirado a descansar al ala oeste del castillo, la cual habían habilitado para acogerles. Pese a que actualmente el castillo se viera totalmente abarrotado y destrozado por la necesidad, los vikingos pudieron ver la riqueza que algún día albergó. Estoico intentaba recordar aquellos salones como los vio hace años, llenos de lujo, limpios y con grandes cortinas de seda y oro bordado. Ahora toda aquella opulencia había desaparecido. Decenas de personas se esparcían por el suelo de las distintas salas, compartiendo la escasa comida como bien podían y usando las cortinas de seda y oro para taparse a modo de mantas.

Estoico miró por los grandes ventanales desnudos, escrutando la noche ya bien cerrada, preguntándose donde estaría Hipo. No quería alarmar a los vikingos, pero el hecho de que no hubiese llegado todavía le preocupaba, ya que temía que pudiera haber sido capturado por Drago o algo peor. Suspiró intranquilo. Quizás simplemente se estaba resguardando de la tormenta de nieve que golpeaba amenazante el exterior de la cúpula de hielo.

Tampoco sabía cómo iba a darle aquella noticia a su hijo. Cómo le iba a explicar que tenía que casarse con aquella reina para sellar la paz entre pueblos. Estoico era consciente que aquello destrozaría el corazón de su hijo y no solo eso, sino que de alguna forma también destrozaría el suyo propio, ya que Hipo jamás le perdonaría. Él tuvo la suerte de poder casarse con Valka, su esposa, por amor; pero comprendía que esto no era lo usual y debería haberle hecho conocedor a su hijo de que en la gran mayoría de los casos los jefes de las tribus se casan por conveniencia, para firmar la paz y los intereses económicos entre pueblos.

—Vendrá—dijo Bocón a su espalda, mientras ponía una mano en el hombro de Estoico.

—No va a perdonarme jamás—le respondió Estoico, mirando con tristeza a través de la ventana.

Bocón no le contestó, simplemente le dio unos suaves golpes en el hombro a modo de apoyo y se alejó cojeando para dejarle espacio a su amigo.

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—Reina Elsa, todo ese esfuerzo ha sido una imprudencia—le regañó Miranda mientras le colocaba una gasa temblada sobre la frente.

Elsa ardía en fiebre en la cama. Nada más cerrar el pacto con los vikingos, Anna había llevado aprisa a su hermana junto a la curandera, ya que apenas se podía sostener en pie por sí misma y juntas la habían tumbado para que descansara.

—No podía hacer otra cosa—se defendió Elsa a media voz.

—No hables—le ordenó la curandera—. Tienes que descansar.

Elsa obedeció sin rechistar. Estaba completamente exhausta y lo peor es que se sentía fuera de control. Todo el cuerpo le dolía y la cabeza le daba vueltas. No solo sus heridas todavía no habían sanado, sino que sus poderes no obedecían a sus intenciones sino a sus emociones. Llevaba mucho tiempo sin sentirse así de frágil y sin embargo ahí estaba, tumbada sin poder moverse y desatando una tormenta de hielo afuera de una cúpula que no sabía cuánto tiempo más podría mantener en pie.

—Anna, tú también deberías ir a descansar—le pidió Miranda.

Los ojos de Anna estaban surcados por enormes líneas negras de agotamiento y al igual que su hermana se encontraba completamente abatida.

—¿Podéis dejarnos un momento a solas? —pidió la princesa a la curandera y a Kristoff, quien también estaba en la habitación.

Ambos cruzaron miradas y asintieron, dejando solas a las dos hermanas. Estuvieron un largo rato en silencio, hasta que Anna reunió el valor y la fuerza para hablar.

—No puedes casarte Elsa—expresó rotunda.

Elsa suspiró cansada, con los ojos cerrados. Todavía resonaban las palabras del consejo vikingo en su cabeza y podía ver con claridad los ojos envenenados del más viejo de los vikingos expresando que aceptaban la proposición. "El consejo ha sometido a votación la proposición nupcial de la reina—dijo aquel viejo— y tras un momento de deliberación, aceptamos la oferta a cambio de la paz y el hermanamiento de nuestros pueblos."

Ahora se preguntaba si realmente este era el plan de los vikingos desde el principio y había cometido una imprudencia al plantear casarse con el maestro de dragones.

—Sabes que no tenemos más opciones—respondió la reina.

Anna sabía que su hermana tenía razón, pero sentía que las cosas no podían terminar de aquella manera.

—Elsa, fuiste tú quien me dijo que no podía casarme con alguien que acababa de conocer—argumentó—. Y tú ni siquiera le has conocido todavía.

—Bueno, al menos no me casaré con un hombre que podría ser nuestro padre—intentó sonar divertida—. Pagaría por haber visto nuestras caras.

Anna dibujó una sonrisa irónica. No entendía cómo Elsa podía tener fuerzas para bromear en un momento tan serio. Seguramente era la fiebre.

Durante la respuesta del consejo vikingo, tanto Elsa como Anna habían pensado en todo momento que Estoico era el maestro de dragones. Sin duda su porte era el de todo un vikingo y su dragón era tres veces más grande que el del resto. Por esta razón nunca se cuestionaron si era o no el maestro de dragones. No hasta que el más anciano de los vikingos les dijo que la boda se celebraría cuando el maestro de dragones llegara. Ambas princesas se miraron sin comprender, hasta que el propio Estoico explicó que el vikingo que faltaba por llegar era el maestro de dragones y, además, su propio hijo.

—Pues no sé yo qué es peor—resopló Anna, sentándose en una silla junto a su hermana. A ella también le dolía la cabeza—. ¿Cómo será la versión joven de Estoico?

Elsa rio para sí, algo cansada. Prefería no pensarlo.

—Pues seguramente igual de grande, peludo, estoico y vikingo que el padre, solo que más joven y arrogante—expresó—. Se hace llamar maestro de dragones, no quiero ni pensarlo…

—No puedo imaginarme una versión joven de Estoico… —respondió Anna socarrona ante la idea de un Estoico sin barba o algo por el estilo.

La reina rio suave. Era raro escuchar a Elsa reír en una situación como aquella. Seguramente era agotamiento, pero a su hermana le gustó verla así, aunque solo fuera un instante. En el fondo Anna sentía una profunda tristeza ante el destino de Elsa. Toda su vida había estado sacrificándose por todos y parecía que nunca fuera a cambiar.

—Ay Anna… —expresó—. ¿Te puedo contar un secreto?

—¡Claro! Lo que sea—dijo acercándose más a su hermana.

Elsa se incorporó un poco, mostrando que tenía los ojos humedecidos.

—Yo…—intentó buscar las palabras—. Yo no sé qué tengo que hacer… Estoy aterrada.

Anna comprendió a qué se refería su hermana. Y no pudo evitar sonrojarse.

—Esto… te refieres a… —Anna tampoco sabía qué decirle.

Elsa asintió, abochornada.

—¿Crees que debería pedirle consejo a Miranda? —preguntó Elsa dubitativa.

—Bueno… claro, ella seguro que te puede dar mejores consejos que yo…

Elsa percibió algo extraño en su hermana.

—Anna, pero tú y Kristoff… —le dio vergüenza preguntar.

—¡No! —se apresuró en responder—. Lo intentamos…—se sinceró—, varias veces —especificó para sorpresa de Elsa—, pero no… no hemos… vamos que… sabemos lo que hay que hacer, pero no estamos seguros…

Elsa se dio cuenta que no quería saber más del tema.

—Vale, vale, no te preocupes, lo hablaré con Miranda—respondió precipitadamente cortando a su hermana.

Anna suspiró aliviada. Era un poco incómodo hablar aquello con Elsa.

De repente un gran estruendo las sorprendió. Algo había chocado contra la cúpula de hielo. Ambas princesas se dirigieron hacia la ventana. Elsa se mareó un poco, pero le pidió a Anna que la ayudara de nuevo a vestirse.

Corriendo, bajaron las escaleras hasta el Hall, donde las puertas ya estaban abiertas al jardín interior, donde se acumulaba la gente.

—Majestad—se escuchó una voz a sus espaldas.

Ambas se voltearon. Eran Estoico y Bocón.

—Debe abrir la cúpula—le dijo—no es una amenaza, se trata de mi hijo.

Elsa miró al cielo, viendo las señales luminosas que se extendían afuera en la cúpula. Intentó concentrarse y calmarse. Respiró profundamente y poco a poco afuera de la cúpula paró la ventisca. Todos los presentes miraron a la reina. Los vikingos se acongojaron ante semejante poder y volvieron a alzar la vista para comprobar que efectivamente el cielo se había calmado y podía divisarse en él a un furia nocturna y su jinete.

Aquel esfuerzo supuso una tortura para Elsa, pero el hecho de que la tormenta se calmara le proporcionó cierta paz. Con cuidado de no perder el equilibrio se quitó ambos guantes, y alzó al cielo sus manos vendadas, abriendo la cúpula de hielo desde arriba para dejar paso al jinete. Los aldeanos de Arendelle gritaron de asombro y terror al ver cómo la criatura entraba volando y bordeaba el castillo. El resto de vikingos y sus dragones habían entrado a pie, pero el hecho de ver a uno de ellos volar resultaba completamente aterrador para aquellos que lo habían perdido todo a manos de aquellas bestias. Elsa volvió a ponerse los guantes, para evitar que la vieran herida. Esta vez no solo Anna la sujetaba, sino que Kristoff se acercó a sostenerla por el otro brazo. Lanzó una mirada de preocupación a Anna, quien le respondió con la misma angustia.

Todos los aldeanos se apartaron cuando el dragón y su jinete empezaron a descender. Estoico se abrió paso entre la multitud, lanzándose hacia el dragón una vez aterrizó.

—¡Hipo! —dijo preocupado.

La gente contenía la respiración ante la imagen de aquel dragón negro de ojos verdes y mirada amenazante. Sin duda, para aquellas personas era la viva imagen del demonio y la muerte. No obstante, todas las miradas se redirigieron inmediatamente hacia su jinete, quien bajó del dragón de un salto. Iba todo de negro, cubierto con un traje que recordaba más a un animal que a un ser humano. Llevaba puesto un casco también del mismo color, el cual se quitó al instante cuando puso un pie en el suelo.

—¡Papá! —exclamó.

El chico estaba empapado y tenía las manos y la armadura cubiertas de sangre.

—Hipo, pero ¿qué ha pasado? —dijo mientras lo sostenía por los hombros, a modo de abrazo.

—Papá, no te lo vas a creer…

—¿Y la sangre? —inquirió el jefe vikingo preocupado.

—Tranquilo, no es mía—siguió intentando coger aire.

Todo el mundo los observaba.

—Venía de camino cuando Desdentao percibió algo en el bosque —el vikingo hablaba atropelladamente—. Estaba todo completamente calcinado y los árboles arrancados, era una atrocidad… estoy seguro que era Drago.

—Hijo… —intentó detener a Hipo, ya que el vikingo se estaba saltando todos los protocolos.

—Había sangre y marcas por todas partes papá, era como una especie de ritual de magia Seidr. Tenemos que darnos prisa, temo que tenga algo que ver con la inmortalidad de los dragones de Drago…

—Hipo…

—Aquello era una carnicería, había sangre y tripas por todas partes y luego todos esos símbolos —siguió relatando—, y lo peor es que había otro furia nocturna…

Aquella última frase desconcertó a Estoico, que por primera vez olvidó dónde estaban y se concentró en las palabras de su hijo.

—¿Otro furia nocturna? —preguntó el vikingo desconcertado.

No obstante Hipo no tuvo tiempo de contestarle, ya que una voz a las espaldas de su padre se interpuso entre ellos.

—Maestro de dragones.

Estoico al escuchar la voz de la reina se apartó de su hijo, quien no comprendía nada. Fue entonces cuando Hipo vio por primera vez a la reina de hielo. Por un instante se quedó abrumado por su extraña belleza. La reina Elsa tenía la piel pálida como la luna y su pelo brillaba con un tono tan rubio que casi podía confundirse con la nieve. No obstante, Hipo no podía apartar la mirada de sus ojos azul intenso que, aunque en primera instancia le parecieron bellos, escondían una determinación gélida y sombría que hizo que todo el vello de su cuerpo se le erizara. Sin duda, Elsa era una criatura mágica, ya que ningún otro ser humano irradiaba ese carácter depredador y grácil que tenía la reina.

Elsa y Anna por su parte tampoco podían ocultar el asombro que les provocó la figura de Hipo. El hijo de Estoico no se parecía en nada a su padre; por el contrario, era un joven menudo y bajito, con una complexión que lo alejaba de los canones vikingos. Sin duda compartía el temperamento de su padre, pero en sus ojos había una extraña inocencia que Elsa no supo descifrar. Las princesas también repararon en su extraña prótesis y su traje, completamente ajeno a nada que pudieran haber visto anteriormente.

Luego todas las miradas se redirigieron a Desdentao, quien consciente de ser observado se encontraba al acecho. Hipo, sumado al desconcierto miró a su padre.

—Ella es la reina Elsa de Arendelle, hijo—le explicó.

Hipo desvió la mirada de su padre a la reina, haciendo una ligera reverencia, como se suponía que debía hacer para mostrar respecto. No obstante, nadie habló ni dijo nada. Hipo no se había dado cuenta de que era el centro de todas las miradas hasta ese instante. Volvió a escrutar a la reina, quien seguía con esa expresión inexistente y gélida y supo que algo no iba bien. El vikingo volvió a mirar a su padre. ¿A caso nadie le había escuchado cuando había dicho que había encontrado un ritual de magia negra en mitad del bosque? ¿O es que había ocurrido algo peor?

—¿Qué está pasando? —inquirió con seriedad casi en un murmuro a su padre, sin perder de vista a la reina de hielo y todo Arendelle.

Estoico suspiró y alzó la voz, a modo de proclama.

—Este es mi hijo Hipo Horrendous Haddock III, futuro jefe de Berk y maestro de dragones.

—Papá… no hay tiempo para esto… —se quejó por lo bajo Hipo, sin apenas moverse.

Desdentao estaba intranquilo, como si algo en aquel lugar lo perturbara. Todos los aldeanos, juntos con las princesas observaban a Estoico con atención.

—Esta tarde Arendelle y el pueblo de Berk han firmado un sólido acuerdo de paz y unión para derrotar a Drago y la gran amenaza que proyecta sobre nuestros pueblos.

Hipo empezó a sospechar que algo no iba bien. Volvió a interrogar a su padre con la mirada, mucho más serio.

—Papá… ¿qué está pasando?

—Hipo—dijo entonces mirando con mesura a su hijo—. Mañana al atardecer te casarás con la reina Elsa.

—.—.—.—.—.—.—.—.

Hipo estaba hecho una furia, tanto que el consejo vikingo decidió encerrarlo en una de las habitaciones del castillo bajo llave. El vikingo no solo se había quejado y opuesto públicamente a su compromiso con la reina, sino que además se había negado rotundamente a que encerraran a Desdentao en una jaula de hielo. La reina, exhausta y abrumada por la situación, había pedido a la guardia real que se llevaran a Hipo a que se relajara a la sala donde todavía seguía encerrado. El consejo vikingo, consecuente, había accedido y Desdentao, pese a toda súplica de Hipo, fue encerrado junto al resto.

Aquella revuelta generó cierto malestar entre la multitud, haciendo que vikingos y aldeanos desconfiaran los unos de los otros. Ya existía este clima antes de la llegada de Hipo, pero ahora que la línea de paz se tambaleaba, todos estaban inquietos. Además, había otra razón que preocupaba a la gran mayoría: Hipo no parecía precisamente ser el salvador que todos esperaban.

La propia Anna tenía sus dudas si había hecho bien en pedir ayuda a los vikingos y al gran maestro de dragones. Hipo no era la clase de héroe que parecía poder derrotar a un ejército de dragones, de hecho, aquella noche mojado por la lluvia y manchado de sangre mientras pedía clemencia por su dragón parecía solo un niño.

Elsa también parecía decepcionada, con la salvedad de que su propio cansancio había nublado su juicio. Había actuado autoritaria y fría sin saber muy bien por qué. En el fondo la reina temía la vida de infelicidad que le esperaba junto a Hipo, no solo porque éste no la amara, sino porque además parecía odiarla.

Desde ese momento Elsa estaba en cama, dormida gracias a un brebaje que le había ofrecido Miranda para que descansara. Elsa no estaba en condiciones de casarse, —ni siquiera de levantarse de la cama—, pero eso era algo que no estaba dispuesta a exponer públicamente.

Aquella mañana los rayos del sol no entraron a través de la cúpula, ya que afuera había vuelto el vendaval, dejando al castillo cubierto por una luz grisácea y sombría.

—Creo que me he equivocado —le confesó Anna a Kristoff mientras preparaban la pequeña capilla del castillo.

La iglesia de Arendelle era una de las más bellas de todos los pueblos de alrededor, pero al igual que la mayoría del pueblo, había sido calcinada por los dragones y ahora su campanario no era más que una serie de escombros precipitados en el suelo. Por esta razón habían habilitado la capilla real para que los ciudadanos tuvieran un lugar donde acogerse a la misericordia de Dios. No obstante, esa mañana no hubo misa, ya que era necesario preparar todo precipitadamente para la boda que tendría lugar al atardecer.

Los vikingos no creían en el mismo Dios que Arendelle, así que durante toda la mañana Anna estuvo intentando llegar a un acuerdo con el consejo vikingo sobre cómo realizar la unión. Los vikingos aceptaron que la boda sería oficiada por uno de los sacerdotes cristianos, pero que en vez de anillos se usaría el rito vikingo del lazo para unir destinos. Tras esto se harían los votos en ambas lenguas y se organizaría un modesto festín para todos los aldeanos. Todo el mundo pareció contento así que comenzaron con los preparativos de la forma más rápida que pudieron.

—Has hecho lo que creías correcto, Anna—la alentó Kristoff, mientras colocaba sillas en la capilla—. Deberías dormir, tu hermana te necesita esta noche.

—Hay mucho que preparar… —se justificó ella.

Anna parecía haber crecido años en tan solo unas semanas. Unos enormes surcos negros le habían invadido los ojos, cuya mirada parecía haber perdido el brillo que siempre tuvo. A Kristoff se le partía el alma de verla así.

—Yo me ocupo—dijo el chico acercándose a ella y haciendo que Anna parara de mover sillas—. Hay muchas manos que querrán ayudar, tú vete a descansar.

—Pero Kristoff… ¿cómo quieres que concilie el sueño sabiendo que en unas horas Elsa será propiedad de esos bárbaros? —dijo con la voz entrecortada—Todo es mi culpa.

—Anna, tú solo has hecho lo que creías correcto, no podías saber que esto pasaría.

—¿Y qué esperaba que pasara? ¿Qué vinieran y nos ayudaran sin pedir nada a cambio? —se auto preguntó en voz alta—. Cómo puedo ser tan idiota…

—Anna…—intentó calmarla—, era la profecía que los Trolls leyeron en las piedras—se acercó a ella—. Estoy seguro que todo tiene un por qué.

—¿Y si no lo tiene? —rechazó ella su contacto—. En unas horas Arendelle tendrá un lazo sagrado con los vikingos y… y, ¿qué pasará si ni siquiera ellos pueden luchar contra esa cosa? ¿Qué pasará si ese maestro de dragones no sabe qué hacer? O… o si Elsa se excede en sus poderes y…

Anna estaba al borde de las lágrimas.

—No puedo perder a Elsa otra vez.

Kristoff se acercó a ella y la abrazó.

—No vas a perder a Elsa, tonta.

Kristoff suspiró cansado. Anna nunca se había mostrado tan pesimista.

—Voy a impedir esa boda—sentenció Anna muy segura de sí misma.

Por un lado, el chico quería creer que eso era posible, pero se dio cuenta que quizás Anna estaba equivocada. Quizás debería contarle lo de las piedras.

—Anna no te precipites—le pidió—. Hay algo… —midió las palabras—, que no te he contado.

La princesa lo miró sin comprender, entre sorprendida y enfadada.

—¿Qué no me has contado? —inquirió con el ceño fruncido.

El chico se tomó un momento, buscando la mejor manera de que aquello tuviera sentido.

—Cuando fui a ver a los Trolls—empezó a relatar—, ellos conjuraron a las piedras para encontrar la forma de detener el mal que nos acechaba.

Anna asintió. Ya se conocía esa parte de la historia.

—¿Y…? —lo instó a continuar.

—Y… bueno, dijeron que solo el maestro de dragones podría ayudarnos a acabar con Drago—hizo una pequeña pausa antes de continuar—. Pero las piedras advirtieron algo más.

—Por el amor de Dios—se desesperó Anna—, dímelo ya Kristoff.

El chico tomó aire.

—Dijeron que la paz solo sería sellada con sangre.

Anna palideció al escuchar aquello. ¿Quería decir aquello que su hermana estaba en peligro? Kristoff se dio cuenta inmediatamente que su novia no estaba siguiendo el mismo pensamiento que él.

—Sé que puede sonar espantoso—expuso—, pero quizás no se refería a muerte, sino a unión.

La princesa meditó esto unos segundos. Igualmente le parecía injusto, pues fuera como fuese aquella sangre, sería la de su hermana.

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Hipo caminaba en círculos en la habitación, nervioso. No había conciliado el sueño en toda la noche y no podía parar de pensar en cómo diablos podía parar toda aquella locura. Había intentado escapar por la ventana, pero ésta estaba cerrada a cal y canto y además, aunque consiguiera escapar de allí y sacar a Desdentao de su cárcel de hielo, jamás podrían salir de la cúpula. Nunca se había sentido tan aprisionado y acorralado.

En el fondo también sabía que, aunque quisiera no podía huir de allí así sin más. Si se marchaba condenaría a su padre y al resto de vikingos, a quienes tomarían por traidores y posiblemente iniciaría una absurda guerra entre pueblos. Lo peor de todo es que no podía parar de pensar en Astrid.

—¡Dioses! —maldijo desesperado.

¿Cómo iba a hacerle eso Astrid? Ni siquiera tenía forma de decirle lo que estaba pasando. La vikinga jamás lo perdonaría.

Hipo no podía respirar de la presión que sentía en el pecho. Los ojos se le empezaron a humedecer. Se pasó las manos por la cabeza, intentando buscar una respuesta que lo reconfortara, pero no fue así. ¿Qué se supone que podía hacer? Aunque pudiera volver a derrotar a Drago siempre estaría atado a esa mujer. Esa reina de mirada cínica y gélida. ¿En qué estaba pensando el consejo? ¿Cómo se suponía que iba a traer paz un matrimonio? Lo único que tenían que hacer era presentar su respeto y buena voluntad y trabajar juntos por parar una guerra. ¿Tan difícil era? Hipo se estaba asfixiando entre esas cuatro paredes. Ya ni siquiera tenía fuerzas para gritar de impotencia, como horas antes.

De repente el pomo de la puerta se movió y una figura entró en la habitación. Era Estoico.

—Hijo… —dijo con delicadeza mientras dos guardias cerraban a sus espaldas.

Su padre era la última persona a la que quería ver.

—Yo ya no soy tu hijo, papá—escupió Hipo malhumorado, recuperando la compostura.

No quería que su padre lo viera llorando así que se pasó las manos por los ojos.

—Hipo, sé que esto no es justo para ti, pero a veces un líder tiene que aceptar sus responsabilidades.

Al escuchar aquello Hipo soltó un bufido irónico.

—Oh venga, claro, por supuesto—argumentó mientras le daba la espalda a su padre y miraba por la ventana—. Si has venido a darme una charla sobre mis responsabilidades, por favor, lárgate.

Estoico no respondió ante la acusación de su hijo. Conocía perfectamente a Hipo y sabía que debajo de toda aquella ironía y enojo el chico estaba destrozado.

—He intentado evitarlo, pero no teníamos muchas opciones.

Hipo no pudo evitar interrumpir aquel discurso lastimero.

—¿Qué no has podido evitarlo? ¡Por los Dioses papá!, hemos venido a esta isla a defender a gente de Drago, gente a la que no conocemos ni a la que debemos nada —expuso—, ¿y te parece bien que encima tengamos que darles algo más a cambio? ¿Una prueba de lealtad eterna? ¿En serio?

—Hipo cálmate.

—No, papá, no puedo calmarme —le chilló Hipo, intentando contenerse—. No pienso casarme con esa reina. Nos marchamos de aquí y se acabó.

—Hipo las cosas no son tan fáciles—le explicó su padre—. Los pueblos no se juran lealtad solo con palabras, pero las guerras se inician con la facilidad del viento.

—¿Y qué más quieren? ¿Qué más lealtad que llegar a su pueblo y ofrecerles recursos, comida, armas… y jurar que lucharemos a su lado contra Drago y su ejército de dragones? —Hipo volvía a hablar atropelladamente—. Además, que si esa reina piensa traicionarnos lo hará se case conmigo o no, de hecho, si nos traiciona —expresó con saña—, que alegría saber que yo seré el primero al que mate mientras duerma.

Estoico comenzó a llenarse de ira también.

—Si hubieses llegado cuando debías, tú mismo habrías visto que no teníamos muchas más opciones —revolvió—. Por una vez podrías haber hecho caso de lo que se te dice y no tomarte todo por tu mano.

Hipo no se podía creer la acusación de su padre.

—¿Ahora la culpa es mía? Oh, por favor papá—se quejó—. Aunque hubiese llegado a tiempo no creo que me hubieseis escuchado o te recuerdo que me tenéis aquí encerrado por opinar.

—No era forma de hablarle a una reina enfrente de su pueblo—castigó Estoico el comportamiento de su hijo.

Hipo simplemente había denegado la propuesta de casarse con Elsa. El problema fue hacerlo en caliente, mientras le obligaban a separarse de su dragón y frente a todas las miradas de Arendelle.

—¿Y qué querías que hiciera? —volvió a la ironía—, ¿Qué me acercara y le jurara amor eterno?

Estoico gruñó.

—Al menos podrías haberle mostrado un poco de respecto—Estoico estaba perdiendo los papeles—. Te recuerdo que será tú futura esposa en unas horas.

Algo dentro de Hipo se rompió en ese instante.

—Tú ya lo sabías… —dedujo envenenadamente el vikingo, clavando los ojos en su padre—. Por eso me echaste toda la charla sobre Astrid.

—No digas tonterías.

Hipo estaba atando cabos, sin saber cómo sentirse.

—¿Por qué sino ibas a decirme eso? —temblaba de ira—. Tú sabías que tendríais que casarme y querías que dejara de verme con Astrid.

—Te estás equivocando Hipo—advirtió su padre—. Yo solo pretendía que no tiraras tus responsabilidades a pique por una mujer.

—¿Por una mujer? —Hipo no se lo podía creer—. Por todos los dioses papá, ¿una mujer?, no es una mujer, ¡es Astrid!

—Hipo…

—¡Papá llevo enamorado de Astrid desde que tenía diez años! ¡Cómo puedes decir que es solo una mujer!

—¡Bueno ya está bien! —le gritó Estoico severo, haciendo callar a su hijo, quien dio inconscientemente un paso hacia atrás—. Asumirás tus responsabilidades como jefe de una vez y te casarás con la reina. ¡Y se acabó!

Hipo tragó saliva. Hacía años que su padre no le hablaba así. Quiso decir algo más pero no tenía ganas de seguir discutiendo. Sentía que se iba a echar a llorar de un momento a otro. El silencio se interpuso entre ellos y como si las paredes hablaran un profundo eco tomó la habitación.

—Por favor, márchate—le pidió Hipo con calma, inexpresivo.

Estoico suspiró, abatido.

—Hipo…—intentó encontrar las palabras, conciliador—. Te prometo que yo mismo me he opuesto a este enlace, pero el consejo tenía sus dudas respecto a la reina. No podemos permitirnos enfrentarnos a ella y mucho menos tener miedo a luchar codo con codo con un enemigo cuando una amenaza mayor nos espera. Sé que no lo entiendes y no te culpo, porque es injusto. Yo he sido injusto. Pero a veces un jefe tiene que aceptar responsabilidades y en tus manos está detener una guerra inútil.

Hipo sentía cómo se le encogía el corazón. Se sorbió la nariz, incapaz de mirar a su padre.

—Quizás no he nacido para ser jefe, papá.

Estoico no sabía qué contestarle. Hizo amago de acercarse a su hijo, pero las palabras de Hipo lo detuvieron:

—Vete por favor—le suplicó el vikingo.

Estoico abrió la boca para decirle algo, pero no pudo. Se alejó arrastrando los pies hasta la puerta, la cual volvió abrirse para dejarle salir. Tras esto Hipo escuchó la llave cerrarse de nuevo. Aunque quisiera, no había forma de escapar de su destino.

—.—.—.—.—.—.—.—.

Quedaban menos de dos horas para el atardecer cuando Miranda despertó a Elsa. La reina de hielo se levantó con dificultad, totalmente destrozada por el esfuerzo del día anterior. Tenía todo el cuerpo resentido y dolorido y la cabeza le daba vueltas por el efecto del calmante que le había suministrado la curandera.

Miranda consiguió sacar a la reina de la cama con la ayuda de otras mujeres, las cuales se habían ofrecido a preparar a la reina para su boda. Algunas de ellas enmudecieron al ver el cuerpo desnudo de su reina, todo magullado y amoratado. Elsa sintió una gran vergüenza al verse expuesta de aquella manera, pero no pudo hacer nada, ya que apenas podía moverse por sí sola. Con sumo mimo la lavaron y acicalaron, recogiendo su pelo en un tocado trenzado. Por lo general las mujeres solían lucir la cabellera suelta el día de su boda como símbolo de entrega y poder sensual, pero Elsa prefería no ser vista de aquella manera y menos frente a un vikingo. Había oído cosas terribles sobre las bodas vikingas y los cotilleos de las mujeres a su alrededor no ayudaban demasiado. Estaba tremendamente nerviosa y eso no ayuda a su recuperación física, ya que sus poderes volvían a estar descontrolados.

Cuando estuvo lista, las mujeres la acercaron frente a un espejo, para que pudiera verse mejor.

—Estáis preciosa reina Elsa—dijo una mujer.

Pero Elsa no se veía hermosa. Del vestido asomaban partes de su cuerpo que no quería mostrar, así que hizo uso de su magia para recomponer el vestido y cubrir de blanco cualquier ápice de piel que pudiera mostrar. No quería que su gente la viera herida, ni tampoco que los vikingos comentaran obscenidades sobre su cuerpo.

—Su marido va caer rendido a sus pies—dijo otra sin mala intención.

Elsa no quería pensar en Hipo. Lo peor es que no podía quitarse la mirada de odio de él de su cabeza. La había mirado como si ella fuera un monstruo. Todavía recordaba cómo se lo habían llevado los guardias mientras pedía que no enjaularan a su dragón. Quizás había sido demasiado drástica y el vikingo tenía razón al afirmar que aquella criatura era dócil y mansa. No obstante, no estaba dispuesta a correr riesgos.

Las mujeres comenzaron a abandonar la sala, Elsa iba a seguirlas cuando Miranda la agarró del brazo.

—Ahora vamos—le dijo al resto de mujeres.

Elsa la miró agradecida. Realmente necesitaba quedarse unos segundos a solas con aquella mujer, aunque no se atrevía a preguntar sobre el tema.

—Toma—dijo la curandera sacando un bote pequeño de su falda—. Bébetelo antes de esta noche, evitará que te quedes embarazada.

Elsa asintió, guardándose el frasco entre los pliegues del vestido.

—Miranda yo…—intentó decir.

—¿Tienes preguntas verdad? —adivinó la mujer.

Elsa volvió a asentir. Miranda le echó una mirada triste, intentando pensar cómo explicarle lo que tenía que hacer a la reina.

—Tenías que habérmelo preguntado antes, porque es un poco largo de explicar—le dijo la curandera, siendo consciente del poco tiempo que tenían antes de la boda—. ¿Tú cuánto sabes?

—No mucho… —se sinceró.

Miranda respiró hondo, sintiendo una profunda pena por el destino de su reina.

—Está bien…—bufó—. No tengo tiempo de explicarte todo, pero sí lo básico.

Elsa escuchó con atención.

—No sé cómo es ese chico ni sé qué costumbres tienen los vikingos, pero por lo general en estas ocasiones quien tiene experiencia da el primer paso.

Elsa asintió, sin saber si aquello realmente le estaba enseñando algo.

—Tú déjate llevar e intenta estar tranquila, él tomará la iniciativa—aconsejó—, mientras más relajada estés menos te dolerá.

—¿Me dolerá? —preguntó extrañada.

Miranda no pudo evitar verla como una niña asustada.

—Las primeras veces duele un poco, pero depende, cada mujer es un mundo.

Elsa volvió a asentir, intentando descifrar todo aquello. Su idea sobre el sexo era algo abstracto que nunca nadie le había explicado pero que además le habían prohibido incluso escuchar. En ese momento odió haber sido tan obediente, pues de otro modo al menos sabría a qué se enfrentaba.

—Si no quieres que te vea desnuda, métete en la cama antes de que llegue y túmbate cómoda.

A la reina se le revolvía el estómago de escuchar todo aquello. Elsa sentía gran vergüenza de su desnudez.

—¿Él también estará desnudo?

Miranda torció el gesto. Y asintió.

—¿Y entonces qué? —preguntó Elsa—. ¿Me quedo quieta y espero que pase?

La curandera le dedicó una sonrisa tierna, como si no supiera que otra cosa más decirle. Elsa estaba aterrada.

—No dejes que te trate mal, mi señora —dijo casi en un murmuro.

Elsa asintió, sin saber qué significaba aquello.

—No he oído cosas muy agradables de los vikingos—siguió—, pero no le des el gusto de verte dócil.

Fue lo último que dijo cuando un grupo de guardias llegó a la puerta para escoltarla hasta la capilla.

—.—.—.—.—.—.—.—.

Hipo esperaba en una especie de altar improvisado. A sus espaldas varios guardias le vigilaban, como si supieran que el vikingo podría planear escaparse. Los vikingos también estaban en aquella sala, pero Hipo evitó cruzar miradas con ellos. De alguna forma todos y cada uno de ellos lo habían traicionado. Su propio padre estaba allí sentando, mirándolo fijamente ante la impasividad de Hipo. El chico se mostraba serio y frío. Los que lo conocían jamás habían visto esa pasividad en él, como si estuviera muerto.

Habían ataviado al vikingo con un pantalón blanco y una camisa del mismo color que se notaba que le doblaba la talla. Los vikingos siempre solían llevar una capa bordada y una corona de flores el día de su boda, pero en aquel momento se prescindió de ambas prendas. Hipo se sentía muy estúpido allí plantado. Jamás se imaginó su boda así, en una capilla católica, con ropas que no le pertenecían y una mujer que no amaba. Por un momento fantaseó con la idea de ver entrar a Astrid por las puertas, con esa alegría y esa fuerza suya, vestida de blanco y sonriéndole. No obstante, la realidad era otra y la reina no tardó en llegar para eclipsar las miradas de todos los presentes. Iba vestida con un vestido largo blanco que no dejaba ver ni un rastro de piel y llevaba todo el pelo recogido, toda una declaración de intenciones para la cultura vikinga. Además, llevaba guantes y la corona puesta, en vez del velo nupcial propio de su tradición católica. Los vikingos no entendían por qué la reina iba a tapar su cara y ante la ignorancia de sus costumbres pidieron que fuera con el rostro al descubierto, algo que la propia reina agradeció.

Cuando llegó junto a Hipo ambos cruzaron la mirada durante un instante, pero la apartaron de inmediato. El vikingo se veía serio y triste, mientras que su futura esposa rezumaba dureza y frialdad. Al instante redirigieron la mirada al sacerdote, que comenzó a recitar la misa.

La mayoría de los vikingos no entendieron las palabras que el hombre leía. Hipo conseguía captar algunas cosas, ya que de niño estudió algo de latín, pero aun así estaba tan disperso en sus pensamientos que se asustó ligeramente cuando el sacerdote le acercó el lazo para unir sus manos. El hombre tosió con disimulo. Hipo no comprendía por qué el sacerdote hacía esto hasta que miró a la reina. Aquella llamada de atención iba dirigida a ella. La vio tragar saliva y por instante Hipo pudo vislumbrar su nerviosismo. La reina Elsa miró al sacerdote y se quitó los guantes. El vikingo automáticamente miró las manos de Elsa, sorprendiéndose al verlas vendadas y llenas de cortes y sangre seca bajos las uñas. Eran unas manos finas y bonitas, o al menos alguna vez lo fueron.

—Cogeos las manos—pidió el cura.

Elsa tomó uso de todo su autocontrol y agarró las manos de Hipo. El vikingo se sorprendió del contacto frío de la reina. Aquellas manos estaban heladas. Un extraño escalofrío le recorrió la espalda. Hipo miró a Elsa, pero esta parecía sumamente concentrada en sus manos.

El sacerdote ejecutó la tradición vikinga del lazo como buenamente pudo, haciéndose un poco de lio al principio. Luego ambos novios dijeron sus votos, Elsa en nórdico clásico e Hipo en la jerga vikinga.

—Puedes besar a la novia— confirmó el sacerdote, elevando los brazos y haciendo saber a los presentes que ambos jóvenes quedaban de esta forma unidos para siempre.

Hipo seguía sosteniendo las manos de Elsa. Sus propias manos se estaban quedando heladas. La chica seguía sin mirarle e Hipo lo agradeció en el fondo, así que se acercó a ella y le dio un beso corto en la frente. Todos se levantaron de sus asientos y aplaudieron.

Aquella escena podía parecer de cuento sino fuera porque muchos de los presentes estaban sentados en el suelo y otros tantos ni siquiera habían podido entrar en la capilla y se apiñaban en la puerta. Además, la falta de recursos hacía que la instancia estuviera solamente iluminada por algunas velas, dando un aspecto lúgubre a la ceremonia que iba a juego con el ánimo de los novios.

Había un gran alboroto. Puede que aquel día no fuera un día feliz para ninguno de los dos jóvenes, pero al menos parecía que la celebración había traído algo de esperanza a sus gentes, quienes agradecían poder olvidar un momento la guerra y miseria en la que vivía.

Hipo y Elsa soltaron sus manos precipitadamente. Elsa corrió a ponerse los guantes, haciendo que uno de ellos se le cayera al suelo. Hipo se agachó a recogerlo.

—Tu guante—dijo devolviéndoselo.

—Gracias—respondió ella, colocándoselo de inmediato.

Hipo no quería hablar con ella. De hecho, una extraña ira se apoderaba de él cada vez que la veía, como si ella fuera la responsable de haber destrozado su vida, pero su naturaleza curiosa no pudo evitar preguntarle:

—¿Cómo te has hecho eso? —le preguntó con sincera preocupación, refiriéndose a las heridas de sus manos.

—No es asunto tuyo—respondió Elsa a la defensiva.

Hipo recordó entonces que se había casado con una bruja. En aquel instante se acercó Anna, quien corrió a abrazar a su hermana.

El vikingo no se despidió, simplemente aprovechó para perderse entre la multitud.

—.—.—.—.—.—.—.—.

La comida era un bien escaso en el castillo, pero con motivo de la celebración de la unión de ambos pueblos aquella noche la sopa llevaba verduras y se habían asado algunas patatas al fuego. Todo un festín.

Los niños corrían de un lado a otro divertidos por la música improvisada que algunos vikingos cantaban. Hipo había escuchado aquellas canciones cientos de veces, cantos de piratas y sirenas, de vikingos y dioses. La basta risa de Alea lo inundaba todo y por alguna extraña razón todos los hombres de Arendelle la miraban embelesados, como si nunca hubiesen visto a una mujer beberse un cuerno de hidromiel del tirón. La bebida de los vikingos también escaseaba en aquellas tierras, pero parecía que todos ellos se habían puesto de acuerdo en gastar aquella noche el barril que habían traído consigo. No solo ellos bebían, sino que de pronto todo el salón se había sumado a aquel mejunje alegre.

Habían conseguido reunir a todo el mundo en el gran salón del palacio, que desde hacía semanas funcionaba como cocina colectiva. Hipo se sentó al fondo de la mesa, junto al resto de vikingos mientras se terminaba su sopa en silencio. El consejo vikingo ya estaba borracho. Reían y rememoraban viejas batallitas mientras un corrillo de niños empezaba a formarse a su lado. Los niños, mucho más abiertos que los adultos, escuchaban embelesados aquellas historias sobre dragones escupe fuego y tesoros de tierras lejanas. El resto de los aldeanos, pese a seguir fingiendo cierto recelo hacia los extranjeros, no paraban de mirarles y escuchar atónitos sus historias. Solo Hipo y su padre parecían estar sobrios.

No se habían dirigido la mirada en toda la noche y salvo por alguna ligera tentativa de comentar algo sobre algún borracho, ambos seguían firmes en su voto de silencio.

Al otro lado del salón, en otra gran mesa estaban sentadas Elsa y Anna, junto a otros miembros de su corte. Por lo general el novio y la novia debían haberse sentado en la misma mesa, pero dada las tensiones en la capilla, nadie parecía dispuesto a objetar nada.

—Alteza, estáis bellísima—le dijo una joven a Elsa que estaba sentada en la mesa.

—Tú también Rose—le devolvió Elsa, educada.

La joven se acercó a ofrecerle a Elsa un pañuelo bordado como regalo de bodas. Siempre se les regalaban ajuares a los novios, pero debido a la precariedad solo algunas doncellas ociosas y viejos ricos se habían acercado a Elsa a ofrecerle algún detalle. La reina sonreía, intentando disimular su cansancio. Anna pareció notarlo, dándole la mano por debajo la mesa. Se sonrieron.

De vez en cuando Elsa no podía evitar mirar al fondo de la sala, donde estaba Hipo. Era muy incómodo ya que en alguna ocasión cruzaron la mirada, pero ambos disimularon y corrieron a aparatarla.

Algo dentro de ella le decía que en el fondo todo podría haber sido peor, pero aun no podía pensar en la idea de amar a ese hombre. En realidad, Elsa nunca había estado enamorada. De hecho, había luchado tanto por no sentir que no sabía siquiera si estaba capacitada para hacerlo. Además, desde hacía tiempo notaba que en ella había algo que no estaba bien, aunque luchaba por ocultarlo.

Hipo ni siquiera se habían planteado la idea de amar a alguien más. Todos y cada uno de sus pensamientos de aquella noche iban dirigidos a Astrid y por mucho que se esforzara no sabía cómo gestionar la situación.

—Majestad—dijo de repente un guardia a Hipo.

Éste lo miró desconcertado.

—¿Te refieres a mí? —preguntó el vikingo.

—Sí, su majestad—respondió, para luego añadir—: es la hora.

Aquello sobresaltó a Hipo. No pensó que lo presionarían para consumar su matrimonio en aquellas circunstancias. En el fondo creyó que debido al estado de guerra podrían posponerlo, pero ahora se daba cuenta de que aquella idea era una tontería. Hipo nunca fue un buen bebedor, pero sin pensarlo se acabó todo un vaso de hidromiel de un trago antes de levantarse y acompañar al guardia. Su padre lo observó marcharse por la puerta, sabiendo que definitivamente Hipo jamás lo perdonaría.

—.—.—.—.—.—.—.—.

La reina Elsa también había sido hecha llamar por el consejo, siendo finalmente acompañada por las mujeres que la habían ayudado a vestirse. Durante toda la celebración Elsa había intentado buscar a Miranda con la mirada, pero no pudo encontrarla. Seguramente la curandera se había quedado con los heridos y enfermos.

De alguna forma, al no tener a su madre consigo, Miranda era lo más parecido a una mirada femenina adulta y maternal que tenía cerca. Su breve conversación no había conseguido calmar sus nervios y se sentía igual de perdida que al principio.

—Relájate…—se dijo a sí misma.

Anna también le había dicho que tenía que estar tranquila y que todo saldría bien, pero, aunque sus palabras sonaran con cierta seguridad, su voz carecía de convicción.

—¿Nerviosa mi señora? —dijo una de las mujeres que la habían acompañado hasta allí.

Debido a la prisa con la que habían tenido lugar los hechos, los sirvientes apenas habían podido preparar nada, consiguiendo al menos acomodar una de las salas más alejadas del castillo para las nupcias de ambos, sin tener que desplazar a nadie dentro de lo abarrotado que se encontraba el palacio.

—Un poco—expresó Elsa.

—¿La ayudo a desvestirse?

Elsa iba a negarse rotundamente, pero sin saber muy bien por qué, accedió. Con cuidado las mujeres destrenzaron su cabello y la libraron de aquel vestido. Al desprenderse de él, el frasco que le había dado Miranda cayó al suelo, siendo recogido por una de las mujeres.

—Tome—se lo dio una de ellas.

Por su expresión Elsa supo que aquellas mujeres sabían perfectamente para qué era el contenido de aquel frasco, pero ninguna dijo nada. Ella lo abrió y te lo tomó de un solo trago.

Cuando Elsa estuvo lista, la taparon con una elegante bata blanca, con la que cubrió todo su cuerpo.

—Está muy hermosa majestad—le dijo una de las mujeres.

—Digna de una reina.

Elsa no las escuchaba. En el fondo sabía que aquellas mujeres mentían. Las había visto observar su cuerpo con cierta repulsión por sus heridas. Tampoco las culpaba por sentir lástima de ella. Odiaba que la vieran así. Ella no era una víctima ni nada por el estilo. Ella era la reina de las nieves y como tal no quería verse como un conejillo asustado ante un depredador.

—Ha tenido mucha suerte—dijo una de repente—. El muchacho está algo flacucho, pero de muy buen ver.

—Sí querida—reafirmó otra—. Por un momento pensamos que la casarían con alguno de esos vikingos peludos y bárbaros.

Entonces bajó la voz.

—No se hace una idea de las cosas que hemos oído que les hacen a las mujeres vikingas el día de su boda—luego se santiguó—. Menos mal que el chico éste no parece gran cosa, a ver si por lo menos cumple.

Aquel comentario las hizo reír. Elsa tragó saliva. ¿Por qué todo el mundo parecía saber lo que iba a pasarle, pero nadie se lo decía?

—Tú relájate, que luego no es para tanto—le dijo una al verla palidecer—. Con un poco de suerte a estas alturas estará tan borracho que ni te enterarás.

—No le des mucha conversación y se cansará rápido.

Elsa quiso creer en la buena intención de aquellas mujeres, que solo trataban de quitarle peso al asunto, pero ninguno de aquellos comentarios la ayudó. Con cuidado se puso de pie, sintiendo un fuerte dolor en el abdomen y la cabeza. Estaba mareada, pero la costumbre le restó importancia. Una mujer se acercó a atarle la bata. Elsa la miró extrañada.

—Es mejor que no se la quite—le aconsejó.

Elsa sabía por qué. Las mujeres la habían visto desnuda y sabían la mala impresión que ofrecía. En aquel momento Elsa supo que no quería sus consejos. La miraban como si aquello fuera un bonito cuento de hadas, pero ella discrepaba.

Aunque se adornara de cuento, esa no dejaba de ser la historia de compradores y vendidos.

—.—.—.—.—.—.—.—.

Hipo caminaba de un lado a otro de la instancia con una cierta sensación de deja vú. Desde que había llegado no había parado de estar encerrado. Si hubiese podido hubiese huido en aquel mismo momento, pero sabía que al otro lado de la puerta seguían los guardias, para detener cualquier plan de fuga por su parte. Aquello no podía estar pasándole realmente. No podía acostarse con aquella mujer, la sola idea le revolvía el estómago. Además, ¿cómo podía hacerle eso a Astrid? ¿Cómo se lo explicaría? Era hombre muerto.

El vikingo quiso gritar, pero se contuvo, llevándose las manos a la cabeza y revolviéndose el pelo como tenía costumbre de hacer. Luego se sentó sobre la cama, escondiendo la cabeza entre las manos. Nunca se había sentido tan cansado. La cabeza le iba a estallar.

De repente un ruido lo devolvió a la realidad. La puerta trasera de la habitación se había abierto y tras ella había aparecido Elsa, quien lo observaba el silencio. Hipo levantó la mirada para verla. De nuevo se topó con aquella mirada fría y hermética de la reina. Elsa ya no llevaba el vestido de novia y, además, para extrañeza de Hipo, llevaba el pelo completamente suelto. Era una imagen hipnótica ver a la reina de hielo con el pelo casi blanco cayendo sobre sus hombros y acompañado por un largo camisón del mismo color hasta los tobillos. Si no fuera por su actitud, Hipo la hubiese encontrado incluso hermosa.

—Hola—se aventuró Hipo tras un rato en silencio.

—Hola—le respondió Elsa con cierto titubeo en la voz.

La reina seguía allí inmóvil e Hipo no sabía muy bien qué esperaba de él. Seguía con aquella expresión opaca, inexpresiva y el vikingo no estaba dispuesto a dar ningún paso al frente. En otra situación posiblemente su hubiese puesto a hablar con nerviosismo o la hubiese invitado a hablar y a conocerse un poco al menos, pero la actitud de la reina era tan hermética que el chico no sabía qué hacer. Él no era el enemigo, de hecho, no quería nada de ella.

—¿Cómo estás? —preguntó Hipo cortésmente, sin ningún interés en su respuesta.

—Bien—contestó Elsa, agarrándose ambas manos intentando tranquilizarse.

Era una pose a la que estaba acostumbrada. Hipo vio que la reina seguía llevando los guantes. Lo cierto es que no entendía a esa mujer.

Tras unos instantes que parecieron eternos, Hipo le apartó la mirada y volvió a esconder la cabeza entre las manos. Elsa no sabía qué hacer, así que simplemente decidió no posponer más lo que tuviera que pasar. No iba a quedarse toda la noche allí plantada esperando que ningún hombre tomara la iniciativa de algo que realmente le afectaba directamente. Sentía que el agotamiento empezaba a nublarle la vista y la fiebre la visitaría pronto, como cada noche. Necesitaba dormir antes de desmayarse. Así que sin pensarlo más y disimulando la torpeza, comenzó a quitarse el nudo del camisón.

Hipo notó inmediatamente el zarandeo de Elsa con la ropa, así que no pudo evitar volver a mirarla. La reina lo interpelaba directamente, mientras se desabrochaba aquella prenda y una vez abierta la dejaba caer al suelo, mostrando su completa desnudez.

Si algo caracterizaba a Hipo era que era extremadamente pudoroso. De hecho, apenas había visto a unas cuantas mujeres desnudas en su vida. La mayoría de ellas habían sido las mujeres de su infancia, con las que se había bañado de niño en el lago y la propia Astrid, a la que realmente contaba como la única mujer de verdad que había visto desnuda siendo un hombre. Por esta misma razón el vikingo hubiese apartado la mirada inmediatamente de Elsa, incluso cuando era posiblemente una de las imágenes más eróticas que Hipo había visto en su vida. No obstante, y para su propia sorpresa, no lo hizo. No pudo evitar recorrer con la mirada todo el cuerpo desnudo de la chica, comparándolo inevitablemente con el de Astrid.

Observó su piel pálida, la más pálida que había visto en la vida, la cual pensó que no era difícil confundir con su pelo. Sin duda la reina hacía honor a sus poderes de hielo. El cuerpo de Elsa también era mucho más delgado y fino que el de Astrid y su musculatura no estaba tan marcada como la de la vikinga, cuyo estilo de vida la hacía lucir mucho más altiva. También sus pechos eran más pequeños, pero parecían más firmes y rígidos que los de Astrid. No obstante, pese a todo ese análisis rápido Hipo no podía apartar la mirada de Elsa por otras razones.

El cuerpo de la chica estaba totalmente destrozado. Tenía todas las extremidades magulladas, cerniéndose sobre sus rodillas grandes heridas a medio cicatrizar. También tenía marcas de quemaduras leves por todo el cuerpo, pero en concreto en la pierna izquierda, donde una gran mancha roja le cubría todo el muslo. Entre el pubis y las costillas también tenía un gran hematoma uniforme, que tornaba levemente el color según la zona exacta. Realmente su cuerpo entero estaba repleto de cardenales y cortes que no podían esconderse en aquella reluciente piel de porcelana.

Era una imagen cautivadora, sobre todo porque a pesar de estar herida, la reina parecía más un depredador que una presa. Sus ojos azules ya no miraban a Hipo, sino que estaban perdidos en otro lugar al que chico no tenía acceso, un lugar mucho más íntimo donde Elsa jamás le dejaría entrar, por mucho que estuviera ofreciéndole su cuerpo y su virtud.

Hipo se levantó de la cama despacio, sin dejar de mirarla. La reina sin embargo ni siquiera mostró asombro por su gesto, siguiendo allí inmóvil, mientras respiraba tranquila. Parecía incluso concentrada.

El chico siguió avanzando hasta plantarse frente a ella. Elsa cogió aire, evitando mirarle. El vello de todo el cuerpo se le había erizado por su cercanía. Sabía perfectamente que Hipo tenía la mirada clavada en ella y esperaba desesperada que hiciera lo que se suponía que tenía que hacer de una vez.

El vikingo, sin embargo, ya no la miraba como antes. No era una mirada lasciva, ni lastimosa. Se encontraba realmente intentando ver a través de ese escudo que se había puesto la reina. Y entonces, bajo toda aquella fachada, Hipo vio simplemente a una niña asustada. Tan sumamente aterrada y nerviosa como él.

Aunque Elsa había luchado por evitarlo, le temblaban las piernas y su propio nerviosismo delataba su respiración entrecortada. Hipo vio además que, bajo todo pudor, las mejillas de la reina no solo se habían tornado rojas de vergüenza, sino que además tenía fiebre.

El vikingo se acercó más, pudiendo casi rozar la punta de su nariz con la de ella. Elsa tuvo que controlar el impulso de cerrar los ojos para evitar mirarle. Nunca se le había acelerado el corazón de aquella manera.

Y entonces el chico se agachó, acariciando con el aire de su movimiento el cuerpo desnudo de Elsa.

—Toma—le dijo recogiendo su bata del suelo y echándosela por encima de los hombros para cubrirla—. Vas a coger frío.

Elsa de alguna forma cogió aire y agradeció el gesto. Pensó que el corazón se le saldría del pecho.

—Yo nunca tengo frío—dijo, controlando su respiración.

—No sé si tienes o no frío, pero lo que es seguro es que tienes fiebre.

Elsa se sorprendió al descubrir la mirada amable de Hipo. Era la primera vez que el chico la miraba de esa manera y agradeció enormemente que no la mirara de manera lastimosa como la habían mirado las mujeres.

—Voy a encender la chimenea—dijo alejándose a una esquina de la habitación—. No sé cómo nadie se queja del frío que hace en este castillo.

Hipo parecía más amigable con ella. Con tranquilidad se acercó a la chimenea de la habitación que estaba apagada y comenzó a verter en ella algunos palos de madera mientras hacía fuerza con dos piedras para encenderla. Elsa seguía intentando controlarse, ahora más relajada.

—Esto en mi tierra es más fácil—se quejó él en tono de broma, soplando—. Los dragones te encienden una hoguera en menos de lo que un yak se asoma al pasto.

Elsa no entendió la referencia del vikingo, pero pudo observar cómo una leve llama pareció brotar tímida entre la madera. El chico se levantó, esperando ver resultados, mientras se frotaba los hombros.

—¿Tenéis frío? —preguntó Elsa.

Hipo se asombró al oír en la reina un tono tan humano. Él asintió, viéndola cómo se quitaba los guantes, la única prenda de la que no se había desprendido al desnudarse momentos antes. Cerró los ojos a la vez que alzó las palmas de las manos hacia arriba. Hipo notó cómo la temperatura de la habitación subía levemente.

—Pensé que sólo tenías poderes de hielo—confesó.

—Y así es—le sonrió tímida—. Lo hago aparecer, pero también desaparecer.

Hipo apretó los labios, a modo de sonrisa. Se cruzó de brazos, junto al fuego.

—Pareces cansada—le dijo sin mala intención.

—Vos también—respondió.

Elsa bajó la mirada, imitando al vikingo y cruzándose de brazos.

—¿Cómo te has hecho eso? —preguntó Hipo señalándola con la cabeza e intentando no sonar demasiado entrometido.

Elsa suspiró.

—Tan horrible me veis…

Él comprendió enseguida que la reina debía haberse involucrado personalmente en la batalla.

—Tenías que haberle dicho al consejo que estabas herida—le regañó el vikingo, intentando no quedar malsonante—. Nadie te hubiese obligado a casarte si lo hubiesen sabido, o al menos hubiesen pospuesto este momento para más adelante.

Elsa sabía que el vikingo tenía razón, pero sus motivos eran mayores.

—No podía permitir que me vieran débil, ni los tuyos ni los míos.

—Ya…

Hipo dejó de abrazarse y se frotó las manos. La temperatura había ascendido unos grados y su cuerpo lo agradeció enormemente.

—Esto es por mi culpa—dijo él de repente, sorprendiendo a Elsa—. Si hubiese llegado antes no habríamos llegado a esto.

–¿Y cómo estáis tan seguro? —preguntó la reina—. No he visto tanta desconfianza y odio absurdo en mi vida. Tu pueblo me ve como una bruja y creo que tú también.

—No habéis sido muy amable si os soy sincero…—se quejó Hipo, sin perder la ironía en aquella frase cortés.

De alguna forma la reina había apresado a su dragón y a sí mismo sin mucha explicación.

—Vos acabáis de rechazarme… —se defendió la reina—, no es la primera vez que la sangre corre entre pueblos por esto.

—Perdona mis modales de vikingo—le recriminó—, pero tengo la fea costumbre de no acostarme con mujeres heridas.

Hipo bufó, sin saber qué decir.

—Lo siento—dijo al cabo de un momento—, créeme, lo último que quiero es discutir contigo—se confesó Hipo, pellizcándose la nariz—. Siento que mi pueblo haya desconfiado de ti, el consejo a veces es muy testarudo… nuestro estilo de vida nos crea muchos enemigos, supongo que solo querían cubrirse las espaldas—cayó—. Siento que hayas tenido que pagar este precio.

Elsa guardó silencio un momento.

—Yo también siento lo de anoche —se sinceró—. Yo…

Hipo le hizo un gesto para que no continuara.

—No pasa nada, yo también me alteré un poco.

De alguna forma era la primera vez desde que se habían conocido que compartían no solo una conversación sino también un momento a solas.

Elsa lo escrutó con detenimiento, mientras él volvía a pasearse por la sala, como si eso lo ayudara a pensar. Hipo no se parecía en nada a los suyos, ni física ni personalmente. Ni siquiera hablaban igual. La mayoría de los vikingos tenían un acento duro y rasposo mientras que Hipo parecía dominar a la perfección su dialecto. El chico parecía nervioso, mientras se rascaba el pelo. Fue entonces cuando Elsa descubrió por primera vez que el vikingo tenía algunos mechones trenzados. Jamás había visto eso en un hombre. De hecho, a ninguno de los hombres que conocía se les pasaría por la cabeza trenzarse el pelo como lo hacían las mujeres; todos eran caballeros de buen porte, masculinos, con modales exquisitos.

El vikingo sin embargo tenía un aspecto salvaje, algo que ni ella misma sabía explicar con palabras. No solo era su pelo o sus ropas, sino la forma de moverse o comportarse, de expresarse y comunicar sus emociones. Nunca había conocido a alguien tan transparente, como si pudiera leer en todo momento sus intenciones.

—Supongo que fui un iluso al pensar que nos entenderíamos todos hablando sobre una mesa.

A Elsa aquello le recordó a alguien y por un instante decidió bajar la guardia.

—No sois el único iluso—lo alentó—. Mi hermana es quien os escribió la carta en busca de ayuda. Supongo que ella tampoco pensaba que esto acabaría así.

Hipo detuvo su devenir, apoyándose sobre la pared de la chimenea.

—Es la chica pelirroja que siempre está contigo ¿no? —preguntó, intentando adivinar—¿Anna?

Elsa asintió.

—También parece cansada—dijo el vikingo, mirando ahora al fuego.

Volvieron a quedarse en silencio. Elsa se llevó la mano con cuidado a la frente. Estaba ardiendo. Al menos el frescor de sus manos la aliviaba un poco.

—Deberías descansar— observó Hipo.

—Estoy bien.

De igual modo la reina de hielo siguió su consejo y por primera vez desde que entró a la habitación levantó sus pies del suelo y avanzó hacia la cama. Hipo se preguntaba cómo no se había dado cuenta antes del estado de Elsa al verla andar. La chica cojeaba levemente y se agarraba el abdomen para evitar sentir dolor. No quería importunarla y de hecho se sentía algo incómodo en su presencia, pero no pudo evitar acercarse a ayudarla.

—Espera—dijo él con dulzura ayudándola en la tarea de sentarse en la cama.

Elsa odiaba verse de aquella manera, pero lo cierto es que la ayuda de Hipo le ahorró algún que otro esfuerzo estúpido. Fue extraño sentir el contacto de él, ya que sus manos eran ásperas y cálidas, muy distintas a las de Miranda o Anna, las personas que siempre la atendían. Además de que los hombres de Arendelle nunca se acercaban a la reina más allá que para recibir instrucciones militares. Era raro tener a un desconocido tan cerca.

—Vaya, sí que disimulas bien—expresó el vikingo cuando la chica se encontró al fin sentada.

Ella soltó un bufido a modo de risa y sin darse cuenta imitó su ironía.

—Sentarme y levantarme es lo peor—se quejó agradecida—. Por lo demás nadie sospecha nada.

Hipo le dedicó una sonrisa.

—¿Y cómo os habéis hecho eso? —inquirió la reina señalando la prótesis de Hipo.

—La verdad es que esto es una larga historia—se miró la pierna metálica—. Me temo que nos esperan muchas noches soportándonos, así que ya te la contaré—luego añadió—: Por cierto, puedes tutearme, se me hace muy raro que me trates de usted.

Elsa volvió asentir, sofocada por la fiebre y sin quitar la vista de aquella extraña pierna metálica. Se asustó al sentir la mano del vikingo sobre su frente.

—Te está subiendo la fiebre… —dedujo preocupado—. ¿Quieres que llame a alguien?

Elsa se apresuró en responderle.

—No, por favor—pidió—. Si posponemos la consumación, la próxima vez la iglesia nos pondrá testigos. No quiero que nadie me vea así.

Hipo conocía aquella tradición que también se practicaba en algunos casos entre los vikingos, sobre todo con las familias importantes, para dar fe de la validez política y legitima de los matrimonios. Sólo pensarlo se le revolvió el estómago.

—Vale tranquila, no llamaré a nadie—le prometió el vikingo—. Pero tienes que descansar, ¿de acuerdo? Tienes mal aspecto—expresó, intentando inmediatamente quitarle hierro al asunto—, no quiero convertirme en viudo el mismo día de mi boda.

Elsa soltó una sonrisa cansada. Lo cierto es que se la veía más pálida que de costumbre y unas gotas finas de sudor cubrían su frente.

—Venga, déjame ayudarte.

Hipo abrió la cama y ayudó a Elsa a acomodarse dentro, arropándola posteriormente con cuidado, como si las sábanas pudieran dañar sus heridas. Elsa no era muy pesada, pero Hipo la había sujetado con mucha inseguridad, como si pudiera romperla en mil pedazos. La reina por su parte se dejó hacer, sosteniéndose del cuello del vikingo mientras intentaba tumbarse. Pensó que se sentiría incómoda por su cercanía, pero Hipo había sido tan respetuoso que lo único que podía pensar era que necesitaba cerrar los ojos o le explotaría la cabeza.

La reina cerró los ojos, pero no pudo evitar volver a abrirlos al escuchar los pasos inquietos de Hipo por la habitación.

—¿Qué buscas? —le preguntó la chica desconcertada.

Hipo abría y cerraba los cajones de una cómoda, uno de los pocos muebles que tenía aquella habitación.

—Algo afilado—dijo mientras sacaba algunos pañuelos de seda de un cajón.

La reina no entendía nada, de hecho, aquel comentario la alertó.

—¿Para qué quieres algo afilado?

El cajón se cerró emitiendo un sonido chirriante e Hipo se acercó de nuevo a la reina, con las manos vacías.

—Necesitamos fingir que hemos consumado el matrimonio—le explicó—. Voy a manchar un poco las sábanas.

—¿Mancharlas? —preguntó sin entender— ¿Con qué?

Evidentemente el nerviosismo volvió a apoderarse de la reina, no solo porque seguía sin entender nada, y la fiebre empezaba a distorsionar su percepción de la realidad.

—Con sangre—le respondió Hipo.

En aquel momento el vikingo sintió algo de pena por Elsa. La reina se veía una mujer sumamente inteligente y poderosa, además de tener un gran sentido del honor y la valentía. No cualquier soberano se hubiese lanzado a pie de guerra ni habría convertido su castillo en un refugio para el pueblo. Y, sin embargo, aquella extraordinaria mujer parecía que vivía ajena a todo lo mundano, como si se hubiese criado en una bola de cristal, lejos de cualquier tabú.

—No te preocupes, yo me encargo—le dijo para no hacerla sentir mal, intentando que descansara.

—Te ayudo—se ofreció ella.

Elsa cerró los ojos y en apenas unos segundos una daga de hielo se formó entre sus manos. Era la primera vez que el vikingo veía usar la magia de la reina de aquella manera y casi grita de asombro. Había creado algo a partir de la nada, solo con pensarlo.

—¿Te sirve? —le ofreció ella ante la mirada perpleja del chico.

—Sí…Sí—logró decir.

Elsa le tendió aquel objeto al vikingo, quien lo observó con atención. Era perfecto, una obra de los dioses.

—Es precioso—alagó.

—Gracias, supongo—respondió ella—. ¿Qué piensas hacer con él?

—Voy a hacerme un corte y pondré unas gotas de sangre sobre la cama—le explicó.

—Espera —detuvo al vikingo cuando éste iba a cortarse en un dedo—. ¿Y si te ven el corte y sospechan? Trae, mejor lo hago yo, no creo que se den cuentan entre tantos cortes.

—Ni hablar—se quejó el vikingo—. Tú ya has sangrado bastante, y a menos que me digas ahora que tu sangre es azul o algo por el estilo, me haré yo el corte—, se detuvo un momento—, ¿Por qué tu sangre no es azul ni mágica ni nada por el estilo no?

Elsa no pudo evitar reírse ante la inocencia de su pregunta.

—No, en ese aspecto soy totalmente mundana, como todos los reyes.

Hipo también sonrió.

—Qué estúpido—se dijo a sí mismo.

El chico se levantó un poco la camiseta, mostrando parte del bajo abdomen y el hueso de la cadera, donde terminaba su ombligo y comenzaba el vello púbico. Elsa apartó la mirada, avergonzada. Lo cierto es que nunca había visto a un hombre desnudo.

Hipo se hizo un pequeño corte en esa zona. Era una herida superficial, pero aun así no pudo evitar exhalar un leve gemido de dolor. La sangre comenzó a brotar tímida, así que el vikingo se presionó la zona hasta que esta empezó a salir con cierta opulencia. Con cuidado se manchó los dedos y rodeó la cama, colocándose al otro lado de Elsa y dejando caer unas cuantas gotas de sangre sobre las sábanas.

—¿Crees que con eso es suficiente? —preguntó Elsa.

—Sí, claro—le confirmó el vikingo—. Tampoco quiero que piensen que he sido un animal contigo.

Hipo se arrepintió inmediatamente de decir aquello. Sabía perfectamente lo que en aquellas tierras se pensaba sobre los vikingos y sintió vergüenza de que Elsa pudiera pensar que él también obraba de aquella manera.

No obstante, si la reina de las nieves lo pensó, no se lo hizo saber. Tras esto se instauró entre ellos un pequeño silencio incómodo, mientras Hipo se presionaba la herida para cortar la hemorragia.

—¿Te duele? —dijo entre despierta y dormida, al ver que no paraba de sangrar.

—No, tranquila.

Elsa observó la herida de Hipo. No era una herida muy profunda ni para nada grave, pero era cierto que el vikingo se había pasado en las dimensiones del corte.

—Anda ven aquí—le exigió ella, en tono amable.

La chica se veía exhausta, pero aun así quería ayudar al vikingo. Hipo no pareció muy seguro, pero rodeó de nuevo la cama para ponerse delante de Elsa, quien comenzó a erguirse para sentarse de nuevo. El chico intentó detenerla, pero ante la insistencia de ella terminó por ayudarla a incorporarse, sentándose él también en la cama.

—¿Puedo? —le pidió, para que Hipo se quitara la mano y le dejara ver la herida.

Él obedeció y se sorprendió al sentir el frío tacto de la reina sobre el corte, quien había posado su mano sobre el abdomen de él. La herida dejó de sangrar al instante, ya que la sangre se coaguló por el frío. Inmediatamente después Elsa retiró la mano, dejando a Hipo levemente desconcertado por el acercamiento. Era la segunda vez que tenía contacto físico con ella y al igual que durante la boda un escalofrío recorrió su cuerpo cuando Elsa le tocó. Por alguna razón, Hipo se sentía muy expuesto a la naturaleza mágica de ella. Sin duda la había tratado con demasiada rudeza y no había pensado que aquella boda no solo lo ataba a él, sino que también le afectaba a ella.

Para Elsa aquel contacto suponía todo lo contrario. Tocar al vikingo le producía una extraña sensación de calor que no conseguía entender, tanto que la mareaba.

—Deberíamos ir a dormir—expresó cansada, intentando no prolongar demasiado aquel momento—Ayúdame anda.

Hipo la ayudó a recostarse de nuevo y la arropó. La fiebre parecía no parar de subirle y sus mejillas se habían tornado completamente rojas. Nunca supo si por vergüenza o por enfermedad.

Tras un momento de silencio que pareció eterno, Hipo se levantó dedicando un segundo a mirar la herida cicatrizada de su bajo vientre y sin darle mucha más importancia se bajó la camiseta y rodeó la cama, para coger algunos cojines y parte de un edredón. La reina se sintió mal cuando vio que Hipo se improvisaba una cama en el suelo, junto al fuego; pero de algún modo el puritanismo con el que había convivido y la creciente fiebre hicieron que no objetara nada al respecto.

La reina jamás se imaginó así su noche de bodas, si es que alguna vez imaginó una. Nunca pensó en casarse y mucho menos con un vikingo. De hecho, era Anna la que siempre había fantaseado con la idea de una boda digna de la realeza, con príncipes elegantes y caballerosos y adornos festivos por todo el palacio. Ahora que lo veía con perspectiva, aquello no era más que un trámite político.

Intentó abandonarse al sueño, pero no pudo evitar prestar atención a los sonidos del vikingo, quien parecía estar intentando acomodarse en el suelo. Sin duda era un chico de lo más extraño, pero agradeció su calidez, haciéndola cuestionarse con qué clase de personas de confianza se rodeaba teniendo en cuenta que aquel hombre la había visto como una igual cuando su propio consejo la había vendido como un trozo de carne. Cuando despertara, Elsa pensaba cambiar muchas cosas.

De fondo Hipo seguía moviéndose incómodo en el suelo. Elsa sintió pena por él y aunque estaba agotada, terminó por dar rienda suelta a sus pensamientos, los cuales parecían más dúctiles debido a la embriaguez de la fiebre.

—¿Cuál es su nombre? —dijo de repente la reina Elsa, interpelando a Hipo.

—¿Qué? —preguntó Hipo sorprendido, como saliendo de una ensoñación.

El vikingo se acomodó bocarriba, intentando cubrirse con la manta, ya que el suelo estaba helado y el fuego no tardaría en consumirse. La pregunta de Elsa lo pilló desprevenido, tanto que llegó a pensar que quizás solo estaba delirando.

—Que cual es el nombre de la mujer de la que estás enamorado—se expresó esta vez con más detalles—, no quisiera sonar entrometida, pero me gustaría pensar que el espantoso rechazo público de ayer era el de un hombre enamorado y no el de un necio. ¿Quién rechazaría sino convertirse en rey y casarse con una reina joven, hermosa y con poderes mágicos?

Hipo no sabía qué contestar.

—Vaya… sí que te tienes en alta estima… —intentó desviar la conversación, girándose hacia el fuego.

Elsa comprendió que no quería hablar del tema, así que decidió no insistir.

—Se llama Astrid—respondió Hipo para su sorpresa.

—Es un nombre precioso—dijo ella cauta.

—Es un nombre de valkiria—explicó Hipo—. La verdad, le hace justicia.

—Lo siento mucho—se disculpó Elsa— Espero que la noticia no la haga sufrir demasiado.

Hipo no pudo evitar soltar una sonrisa triste.

—La verdad es que Astrid no es una mujer que se vaya a quedar sentada a llorar por un hombre—le explicó—, pero igualmente me matará cuando se entere.

El vikingo no dijo más y Elsa no quiso seguir preguntando. Lo cierto es que no sabía si el vikingo hablaba en serio o no, ya que no conocía sus costumbres y de niña había oído relatos tan escalofriantes sobre los vikingos que tampoco le sonaría extraño que pudieran llegar a matarse por algo así. Sin apenas darse cuenta se quedó dormida, bailando toda la noche entre sueños extraños, vikingos y dragones.

A Hipo le costó mucho más conciliar el sueño, si es que consiguió quedarse realmente dormido en toda la noche. No obstante, antes de irse a dormir, sacó con cuidado del bolsillo de su pantalón el dibujo que le había hecho Astrid y que todavía llevaba consigo. "Ten cuidado Haddock. No me hagas ir al mismísimo Valhala a por ti. Nos vemos pronto. Te quiere, Astrid."

No pudo evitar que se le humedecieran los ojos y se le encogiera el estómago.

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La noche había caído sobre el grupo de jóvenes vikingos antes de lo esperado. Llevaban una semana entera patrullando la zona y alrededores y hasta ahora todo parecía estar en calma. Demasiada calma para la sorpresa de los jinetes. Los alrededores de isla mema nunca habían estado tan mansos, incluso el agua que golpeaba las rocas era dulce y suave, como si acariciara la isla.

En cuanto a los islotes vecinos, todo parecía en orden y nadie había notado nada extraño, incluso cuando los jinetes les explicaron que un barco había naufragado en sus costas.

A Astrid todo aquello le olía a rancio. No era normal que nadie hubiese percibido nada extraño cuando claramente algo había atacado a un barco frente a sus narices. Por esta razón decidieron alejarse un poco más, hacia las islas del suroeste del archipiélago, intentando buscar indicios de algo extraño. No obstante, salvo por unos tramperos algo torpes, todo parecía también en orden.

—Me quiero ir a casa tía—le dijo Brusca a Astrid, mientras se sentaba al lado de la vikinga, quien afilaba su hacha en la oscuridad—. Vaya mierda de viaje aburrido.

—Ten un poco de paciencia—le pidió Astrid, forzando la vista en la oscuridad para comprobar el filo de su arma—. ¿Dónde están estos?

—Vi-gi-lan-do—dijo mientras lanzaba unas comillas al aire con los dedos—. Hace un frío de cojones, ¿por qué no encendemos un fuego?

—Porque se supone que no estamos aquí—le volvió a explicar Astrid—. Diles a estos que dejen de espiar pueblerinas y que vuelvan cuanto antes, nos vamos nada más amanezca.

Aquel día los jinetes habían investigado una de las islas más alejadas de Berk, con la cual no tenían ningún tipo de acuerdo comercial más allá de intercambiar algunas telas y frutas. Por esta razón y por el escándalo que los gemelos habían montado en una taberna, Astrid decidió que lo mejor sería hacerles creer que se habían marchado. No obstante, se habían quedado ocultos en el bosque ya que quedaban pocas horas de luz y realmente estaban todos agotados.

—Díselo tú si quieres, yo ya no pienso moverme de aquí—expuso Brusca—. Me duele todo el cuerpo.

Astrid lanzó una mirada asesina a Brusca, quien se tumbó inmediatamente sobre la hierba. Suspiró. Tampoco podía culparla, apenas habían descansado en toda la semana. Lo cierto es que Astrid también estaba agotada, sin duda liderar a los jinetes no era una tarea fácil y echó de menos el apoyo de Hipo.

Sin hacer mucho caso a la vikinga, Astrid se levantó, hacha en mano, y se lanzó colina abajo para ir a buscar al resto de jinetes. No obstante, una hermosa y escalofriante imagen la detuvo.

Al fondo, donde se suponía que debía estar el pueblo, se erguía una fantasmagórica torre de humo y fuego, rodeada por una docena de dragones.

—Drago…—susurró espantada.

Por alguna razón desconocida, aquello los había pillado por sorpresa. De repente todos sus temores empezaron a cobrar sentido y pese al cansancio pudo entender que los habían estado siguiendo. De ninguna otra forma alguien desolaría una isla indefensa como aquella. Estaban en peligro. Aquellas gentes estaban en peligro. Berk estaba en peligro.

Tenían que salir de allí y encontrar a Hipo y al consejo cuanto antes.

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Hola de nuevo! Espero que les haya gustado el capi. No me maten por este final jajaja

Notas:

-Elsa se muestra como podéis ver ultra puritana en relación al sexo y demás; y es claro, tal y como yo entiendo al personaje, es una reina que ha vivido encerrada y alejada de todos, tan preocupada por esconder sus poderes que nunca ha pensado en el futuro más allá de aparentar normalidad. Además, el propio personaje es frío emocionalmente, por lo que he decidido que Elsa presente todos estos tabúes típicos de su época, donde literalmente muchas mujeres se casaban sin saber 'qué tenían que hacer'.

-Otra cosa un poco escalofriante que leí documentándome es que la mayoría de los matrimonios de la realeza y de los propios vikingos en algunas ocasiones tenían testigos, para presenciar que realmente se cumplía la consumación. Por esta razón, ambos hablan de esto en el capi. (muy malrollero)

-El mito de la virginidad: es un mito rancio que se salta Astrid con esa fuerza y valentía suya, pero que sí que está muy presente en la cultura de los personajes de Arendelle, así que también trataré este tema a través de Elsa. Pero eso, mi intención no es caer en este mito ni tampoco ensalzarlo.

Y nada más, paso a responder a las reviews!

REVIEWS

Xseyver: me alegra saber que el capítulo anterior te dejó con ganas de más! Espero que este haya estado a la altura de tus expectativas. Un saludo! Gracias por dejarme un comentario, me anima muchísimo.

Guest: I hope you can check for yourself that this is not a Disney's tale. :) Thanks so much for your review! Xoxo

Coatl9: muchas gracias por tu completa review! Siii, tengo siempre el defecto de empezar los fics algo lentos, pero bueno, creo que este es el capi de inflexión. A partir de ahora el ritmo de los acontecimientos será de todo menos pausado. Y sí, no habrá 'guerra por Hipo'. De hecho ya dije que hablaría de poliamor y bisexualidad. (No doy más pistas xD) El resto de misterios sobre los furia nocturna y su implicación con la historia se irán resolviendo poco a poco a medida que avancen los capis. Espero estar a la altura jajajaja Un beso enorme! Gracias por la review!