Holi!
Lo primero de todo disculpad por la tardanza, pero como os podéis imaginar las últimas semanas han sido muy caóticas en España debido al coronavirus y las medidas que se han tomado para hacerle frente. Así que si leéis este mensaje, por favor, ¡quedaos en casa! y ayudemos a frenar su expansión. Es un pequeño esfuerzo individual que forma parte de nuestra responsabilidad como sociedad. Además, los museos, músicos y librerías han optado por ofrecer gratuitamente un montón de contenidos que os animo a descubrir! Y si no, aquí está Fanfiction, dónde un montón de gente escribe cosas muy chulas y de calidad dónde invertir el tiempo y llenar el alma.
Sin más, os dejo con el capi. Tengo que decir que me ha costado bastante escribirlo ya que aunque tengo muy claro el rumbo de la historia, esta parte en concreto me bailaba un poco. Espero que os guste el capi y que me deis un poquito de feedback ya que sin duda es el único 'sueldo' que recibo por esta historia. MUCHAS GRACIAS A TODOS POR LEER!
Besos!
El pacto
.
.
.
.
Elsa había estado toda la noche delirando por la fiebre.
Había tenido sueños confusos en los que era perseguida por sombras con garras que querían atraparla para devorarla y ojos sin alma que la vigilaban. Había corrido y corrido entre los árboles nevados intentando escapar, dejando atrás una estela de sangre a su paso. Giró la cabeza en varias ocasiones, horrorizada por la visión de su propia sangre abrasando la nieve. La reina se abrazó con congoja, sin parar de correr. Aquella sangre le manaba de lo más profundo de las entrañas y sentía que si se paraba nunca más podría volver a moverse. Por primera vez desde que era una niña sintió frío, frío real. Estaba completamente desnuda e indefensa en aquel enorme bosque congelado que la amenazaba con un fétido hedor a muerte. Había visto dragones sin rostro que se abalanzaban sobre ella para desgarrar sus carnes y vikingos enormes que intentaban forzarla. Había intentado zafarse de ellos con todas sus fuerzas, pero su magia no funcionaba y estaba tan cansada que lo único que podía hacer era correr, seguir corriendo. Era como si todos y cada uno de aquellos cuentos terroríficos que alguien le contó alguna vez de niña hubieran decidido hacerle una visita aquella noche. Intentó gritar, pedir ayuda, pero estaba sola, como siempre. Entonces un lobo se abalanzó sobre ella, aprisionando sus muñecas. Gritó hasta que le faltó el aire y tras esto el dulce rostro del fantasma de su madre la hizo tranquilizarse. No supo de dónde venía ni cómo había llegado hasta allí, pero todos aquellos diablos y monstruos desaparecieron. Oyó a lo lejos su voz cantarle una vieja canción de cuna. Ella recordaba aquella hermosa melodía a la perfección, pero no entendía la lengua en la que cantaba. Debía ser por la naturaleza mágica del fantasma de su madre, que le estaría cantando en el idioma de los ángeles. Aquello la tranquilizó. Pudiendo entrar en calor por primera vez en toda la noche.
Así pues, de este modo, en aquel desamparado bosque de nieve y sangre, Elsa se quedó profundamente dormida, acurrucada sobre aquel manto blanco al igual que una niña. Una niña tardía atrapada en el cuerpo de una mujer.
Un ruido repetitivo y grotesco apuñaló la puerta de la habitación nupcial, haciendo que Elsa se viera arrancada de golpe de la prisión de Morfeo. Se incorporó asustada por el estruendo y se llevó las manos rápidamente a los ojos, parpadeando varias veces hasta conseguir enfocar el mundo. Pese a las pesadillas, la reina de las nieves se sentía extrañamente descansada y despejada y los rastros de fiebre habían desaparecido por completo. Tardó un momento en reaccionar cuando oyó de nuevo el ruido de la puerta.
En un primer instante no reparó en la ausencia de Hipo, ya que por norma natural estaba acostumbrada a la soledad de su alcoba y al silencio en la mañana. No obstante, aquel ruido la había sacado por completo de su ensoñación y no había podido evitar que se le acelerara el corazón al descubrir que ni siquiera había rastros de su cama improvisada junto al fuego. Por el contrario, las mantas se hallaban cuidadosamente desordenadas a los pies del lecho y el lado contrario de la cama estaba abierto y revuelto, justo donde se suponía que realmente debía haber dormido.
Estuviese donde estuviera, sin duda el vikingo no era una persona que lo dejara todo al alzar, sino que lo había pensado todo meticulosamente para no levantar sospechas. Después de todo y para ser un vikingo, era más listo de lo que Elsa había pensado. Lo había subestimado.
El aire comenzó a entrar de nuevo en su maltratado cuerpo, todavía palpitante ante el repentino despertar. Ahora solo tenía que aparentar normalidad y todo estaría bien. No obstante, no paraba de preguntarse dónde diablos había ido el vikingo y por qué no la había despertado.
—¿Majestades? —llamaron tras la puerta.
Elsa carraspeó, acomodándose el camisón que llevaba ligeramente abierto.
—Adelante— intentó decir con su mejor tono de voz, disimulando la ronquera.
—¿Estáis visible? —preguntó educadamente la persona al otro lado.
Elsa se tranquilizó al oír la cálida voz de Miranda.
—Sí, podéis pasar.
La puerta se abrió y por ella entraron una fila de mujeres capitaneadas por Miranda y Anna. Elsa reconoció de inmediato a aquellas mujeres, ya que eran las mismas que la noche anterior la habían ayudado a desvestirse.
—Alteza—, la saludó Miranda con respeto, sin avanzar mucho más allá de la puerta.
—¡Elsa! —gritó por el contrario Anna, quien corrió hacia la cama a abrazar a su hermana.
—Eh, tranquila, que estoy bien—le pidió Elsa para zafarse del intenso agarre de su hermana.
—Oh Elsa—prosiguió Anna—. Estaba muy preocupada, las mujeres han dicho que anoche te oyeron gritar. ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo ese demonio? Quise venir cuanto antes, pero Miranda decía que tenías que descansar y…
Elsa la miró confusa sin comprender. ¿Había gritado?
—Y tenía que descansar—la interrumpió Miranda, quien también se acercó a la cama y sentó junto Anna, llevando la mano a la frente de Elsa—. Parece que no tenéis fiebre—se dirigió a la reina—. ¿Cómo os encontráis esta mañana? ¿Todo bien?
Elsa estaba algo abrumada por las palabras de su hermana y por haberse convertido en el centro de atención de todas las miradas en aquella habitación. ¿Realmente había gritado? ¿Cuándo?
—Mejor—respondió—. De hecho, me encuentro bastante bien.
Y no mentía, ya que por primera vez desde el incidente sentía que había descansado toda la noche. No había rastros de fiebre o dolor, como solía ser lo habitual, así que se alegró de notar al fin cierta mejoría, pese a la ya usual molestia y tirantez de sus heridas a medio cicatrizar. No obstante todavía tenía la desagradable sensación de haber estado en tensión toda la noche, huyendo de monstruos y sombras que de alguna forma todavía la perturbaban.
—Temí que anoche os hubiera dado fiebre—le explicó Mirada, con mirada maternal—. Con la confusión no os dejé brebaje de hierbas.
—No, tranquila—mintió Elsa—. No me visitó la fiebre.
La mujer asintió, no muy convencida. Y luego bajó la mirada hacia las sábanas manchadas de sangre.
—¿Todo bien anoche? ¿Te tomaste lo que te di?
Elsa no sabía qué decir. Le hubiese gustado contarle la verdad a Miranda y a Anna, pero por alguna razón no fue capaz, así que solo asintió, con cierto pudor. Miranda le devolvió el gesto.
—Te daré también algo para el dolor… —le respondió bajando el tono, como si no quisiera que el resto de mujeres la escucharan.
Elsa no dijo nada, ya que tenía posada sobre ella la mirada juiciosa de todo el mundo en aquella sala, pero le daba pena que realmente pensaran que Hipo le había hecho daño.
—Ahora tienes que vestirte, los consejos han decidido volver a reunirse— le explicó Miranda, quedándose un momento pensativa—. ¿Dónde está tu marido? No se le ha visto por el catillo, pensamos que seguía aquí contigo.
Elsa no sabía qué decirle. Realmente no tenía ni la más remota idea de dónde estaba Hipo, ni siquiera de cuándo se había marchado.
—Le oí salir esta mañana, pero no sé a dónde fue—mintió de nuevo.
Miranda volvió a asentir, levantándose de la cama y dirigiéndose al resto de mujeres. Debió decirles algo en voz baja, porque dos de ellas desaparecieron por la puerta. Elsa observaba toda la escena con agudeza, intentando escuchar lo que decían. Las suaves manos de Anna sobre las suyas la sacaron de sus pensamientos.
—¿Elsa seguro que estás bien? —preguntó Anna preocupada.
A la reina se le rompió el corazón al ver así a su hermana. Debía contarle la verdad, al menos a ella. Aunque aquel no parecía el momento más adecuado.
—Te lo contaré todo con más calma—le aseguró—. Pero tranquila, de verdad que estoy bien.
—Majestad—interrumpió una de las mujeres, la más mayor—. Le hemos preparado una cubeta de agua caliente para que se lave la sangre y pueda vestirse. Para nosotras sería un honor ayudarla.
Elsa sabía lo que aquello significaba. Bajo todas aquellas hermosas palabras había escondido un asqueroso y repugnante protocolo para declarar o no consumado el matrimonio. La reina tragó saliva e hizo lo que mejor sabía hacer: ocultar sus emociones.
—Muchas gracias, buenas señoras—comenzó, con una sonrisa—. Es un maravilloso detalle que me hayáis preparado un baño caliente, es justo lo que necesito. No obstante, me gustaría hacerlo en compañía de mi hermana y de Miranda, si me lo permiten. —Luego añadió, en un tono dulce totalmente ajeno a ella—: es que me da un poco de vergüenza.
Las mujeres torcieron una sonrisa a medias por las palabras de la reina. Todas y cada una de ellas conocían a Anna desde niña y conocían perfectamente su temperamento entusiasta y dulce. Con Elsa, sin embargo, todo había sido distinto, ya que les prohibieron el trato con la niña. Por esta razón, una vez tuvo lugar el incidente de la coronación y el regreso de Elsa, habían comenzado a estar a su servicio, pero con cierto temor y recelo, ya que realmente no conocían a su reina y todavía no habían aprendido a interpretar el tono oculto en sus palabras.
—Debemos darnos prisa—añadió entonces Miranda—. Anna, acompaña a tu hermana a lavarse, yo iré a avisar al consejo para que esperen a la reina. Elisa, ve luego a ayudarlas.
Elsa asintió agradecida de no tener que dar más explicaciones, aunque la idea de ser vigilada no le gustó demasiado. Sonrió y se levantó de la cama con la ayuda de su hermana. Sin duda se encontraba mucho más ágil que la noche anterior cuando, debido a la fiebre, Hipo tuvo que ayudarla a tumbarse.
Las mujeres no quedaron muy convencidas de aquello, ya que tenían órdenes de asegurar que el matrimonio se había consumado y que legalmente ambas tribus se habían emparentado por lazos de sangre. No obstante, decidieron no insistir. La sangre en las sábanas y los gritos de Elsa la noche anterior parecían una prueba suficientemente sólida. En el fondo ninguna de ellas deseaba estar en la piel de su reina. Todavía se santiguaban cuando recordaban la imagen del cuerpo de la chica la noche anterior. Era un milagro que el vikingo no la hubiese rechazado.
Con este pensamiento entre murmullos, cambiaron las sábanas y arreglaron la habitación para los novios. Tras esto, volvieron a sus quehaceres, que no eran pocos en aquel caos que reinaba en el castillo.
Justo en la instancia contigua, Anna comenzó a ayudar a Elsa desvestirse. Midió la temperatura del agua y pensó que estaba helada. Igualmente, a su hermana no le importaría, pero le pareció terrible tener que lavarse en agua fría tras imaginar la noche que habría pasado.
—Voy a pedir que calienten el agua—sugirió Anna.
—No voy a bañarme.
Anna miró extrañada a Elsa, quien comenzó a usar su magia para vestirse con un vestido largo de hielo azul. A diferencia de cómo solía llevarlo, esta vez era totalmente opaco, para evitar que se vieran sus heridas. También se recogió el pelo en una trenza rápida pero elegante y creó de la nada un bastón de color azul marino y violeta, con un refinado acabado en la empuñadura con flores de hielo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Anna sorprendida, sin comprender—. No debes usar tu magia, todavía estás débil.
—Me encuentro mucho mejor, de verdad—dijo, intentando tranquilizarla—. Vamos, no tenemos tiempo que perder, tenemos que encontrar a Hipo.
Anna no comprendía nada. Por un lado, se alegraba de ver a Elsa de nuevo activa y rebosante de energía, pero por otro lado no entendía su actitud. La noche anterior había sido prácticamente forzada por un bárbaro cuando todavía no se había recuperado de sus heridas, además de posiblemente haber tenido que lidiar con la fiebre. Anna en ningún momento había creído a su hermana cuando le había asegurado a Miranda que las fiebres no la habían visitado la noche anterior. La conocía demasiado bien y sabía cuándo mentía.
—¿Encontrar a Hipo? —preguntó intentando entender—. ¿Para qué quieres ver a ese bárbaro ahora?
Elsa se había acercado a la pequeña chimenea moribunda de aquella instancia, donde se manchó la mano derecha con ceniza, enturbiando con ella levemente el agua del barreño donde se suponía que debía bañarse.
—Necesito encontrarle antes de la reunión del consejo—le explicó—. Esta vez no pienso pactar cosas estúpidas sin saber a qué nos enfrentamos.
Anna seguía muda mientras miraba a su hermana de un lado a otro.
—¿Lo has visto esta mañana? —le preguntó Elsa, sacando de su ensoñación a Anna.
—¿Al vikingo…? —dudó—. No, no sé… se suponía que estaba contigo… ¿a qué hora se fue?
Elsa torció el gesto, intentando pensar.
—No lo sé, no le oí salir.
—Pero si se supone que dormía a tu lado.
—Hipo ha dormido en el suelo—soltó para sorpresa de su hermana—. No creo que esté con el consejo, Miranda ha dicho que pensaba que estaba conmigo… con un poco de suerte todavía no se habrá enterado de lo de la reunión.
—¿Cómo? —expresó Anna sin comprender—. ¿Cómo que no ha dormido contigo?
—Te lo explicaré todo, te lo prometo, pero ahora necesito hablar con Hipo.
Anna no entendía nada, pero decidió ayudar a su hermana. Al fin y al cabo, estaban juntas en aquel caos y la decisión de llamar al maestro de dragones había sido de la propia Anna, así que en el fondo se sentía responsable.
—Está bien, te ayudaré—expresó la princesa—. Las doncellas seguirán en la habitación y tras esta puerta hay varios soldados que esperan que salgamos—se quedó un momento pensando, llevándose la mano al mentón—. ¡La ventana! Debajo están los balcones de la segunda planta.
Elsa asintió, dirigiéndose a la ventana y abriéndola. Ambas echaron un ojo a los balcones que había en la planta más abajo. Tan solo había un guardia, que caminaba de un lado a otro con parsimonia.
—¿Cómo lo hacemos? —preguntó Anna.
—Le distraeré y haré una pequeña resbaladera de hielo—planeó, agarrando la mano de su hermana—. No tienes por qué venir conmigo si no quieres.
—Estamos juntas en esto—apretó su mano Anna—. Déjame bajar a mí primero.
Elsa accedió. Sin mucho esmero creó una pequeña roca de hielo que lanzó hacia uno de los extremos del largo balcón del edificio central. El guardia respondió inmediatamente, lanzándose en dirección al ruido. Elsa y Anna aprovecharon la confusión para dejarse caer por la estructura de hielo que creó Elsa desde la ventana al tejado, consiguiendo acceder sin mucho esfuerzo a los balcones. Anna fue primero y ayudó a Elsa a bajar, ya que, aunque disimulara, seguía malherida. Una vez en los balcones, se dieron prisa para entrar a la instancia principal, antes de que el guardia volviese.
Por suerte para ambas, entraron en una habitación prácticamente vacía. Tan solo había una mujer y su hija durmiendo entre la multitud de camastros vacíos en el suelo. Aquella sala había sido habilitada como habitación para los últimos grupos en entrar en la cúpula, así que era con suerte de las menos abarrotadas. Madre hija no dijeron nada al verlas entrar, simplemente le devolvieron la sonrisa a la reina cuando esta puso un dedo sobre sus labios para indicarles que no dijeran nada.
Tan pronto como cruzaron la instancia, desaparecieron por los pasillos.
—¿Dónde crees que puede estar? —le preguntó Anna a su hermana.
—¿Tú dónde irías si quieras marcharte, pero no pudieras?
Anna y Elsa siguieron deambulando por los pasillos, evitando aparecer en las zonas de enclave. Por suerte para Elsa, su hermana había pasado tanto tiempo sola recorriendo aquel castillo que no solo se lo conocía de memoria, sino que además sabía de rincones ocultos que conectaban algunas instancias con otras y cuya existencia era escasamente conocida.
—Creo que sé dónde puede estar…—dedujo Anna—. Al menos es lo que me gustaría pensar de un 'maestro de dragones'…
—Dragones…—musitó la reina.
No tardaron demasiado en bajar hasta la última planta del castillo, donde se encontraban las mazmorras. Elsa las conocía bien porque las había sufrido en sus propias carnes cuando Hans la mantuvo allí encerrada tras pensar que había matado a su hermana. No eran ni de lejos un buen lugar en el castillo y el solo hecho de pensar que vivían en un palacio con aquel horrible sitio bajo sus pies le ponía la piel de gallina.
Sin duda Anna tenía razón, ya que nada más bajar a aquel lugar divisaron al chico sentado en el suelo, apoyado contra los barrotes de hielo de una de las jaulas, donde estaba su dragón. Por alguna extraña razón, no había ningún guardia vigilando, haciendo que aquel lugar atestado de dragones enjaulados le creara cierto temor a la reina, como si pudieran escapar todos a la vez para matarla por haberlos encerrado.
El dragón fue el primero en notar su presencia, ya que su gruñido sorprendió a Hipo, quien desvió la mirada de su amigo hacia las hermanas.
—Eh tranquilo Desdentao…—intentó calmar al dragón, quien había adoptado una postura amenazante.
Hipo tenía las manos dentro de los barrotes, acariciando al animal.
—Ya te he dicho que no es una bruja… —siguió hablándole al animal, mientras se ponía en pie, haciéndose extender un eco metálico al apoyar su prótesis en el suelo de piedra— ¿Qué hacéis aquí?
—Los consejos han vuelto a reunirse—le explicó Elsa.
—¿Tan pronto? —se sorprendió el vikingo—. Pues vaya mañana de bodas más corta, eso no es propio de los vikingos…
Anna se sorprendió de que el chico usara aquella ironía tan cercana. Visto aquella mañana ya no le parecía tan amenazante como la noche en que llegó cubierto de sangre y a lomos de aquel monstruoso animal. Ni tampoco parecía enfadado, como en la boda.
—Tenemos que hablar—expresó la reina, de nuevo mostrándose fría y autoritaria.
Hipo suspiró al pensar que la reina volvería adoptar esa actitud hostil con él. En el fondo estaba cansado de todos esos protocolos. Parecía que llevaba años atrapado en aquella pesadilla y echaba de menos la cercanía y la transparencia de las gentes de Berk y de los vikingos en general. Por no hablar del trato con las mujeres. Desde que había llegado no paraba de toparse con patrones de comportamiento que no comprendía. Por alguna razón, hombres y mujeres tenían una distancia social muy distinta a los vikingos. Hipo nunca tenía que ser galante ni cortés con sus amigas, de hecho, no había distinción de género entre los jinetes, algo que se le había impuesto desde que había llegado a aquel reino. Estaba harto.
—Lo sé—respondió cansado—. Tengo muchas preguntas y peticiones. Tenemos que ponernos de acuerdo frente al consejo.
—Lo sé—se apresuró en responder Elsa.
Hipo echó una última mirada a su amigo, acariciándole la cabeza y susurrando palabras que las princesas no comprendieron. El dragón abrió los ojos con tristeza al comprender que Hipo se marchaba y berreó por lo bajo mientras lamía las manos del chico. Fue entonces cuando Elsa observó que las manos de Hipo parecían quemadas. ¿Cómo se había hecho aquello de la noche a la mañana?
—Volveré pronto, te lo prometo—le dijo con cariño al animal antes de alejarse de él y dirigirse a las chicas—. Por cierto, soy Hipo —hizo una leve pausa, observando con atención a Anna—, creo que no nos han presentado como es debido.
Hipo se acercó levemente a la chica y se llevó la mano al pecho, haciendo una leve reverencia.
—Yo soy Anna de Arendelle, la hermana de Elsa.
—Un placer—respondió Hipo con una sonrisa triste.
Anna asintió como muestra de respeto. Era la primera vez que miraba al chico tan de cerca y se sorprendió al reconocer que le parecía muy guapo. Además, pese a las ojeras y su rostro cansado, su mirada era cálida y transparente, como si a pesar de toda la rudeza que lo recubría como vikingo no fuera más que un niño. Anna no pudo evitar reconocerse en su mirada y entonces algo en ella quiso hacerle creer que quizás no se había equivocado y realmente el maestro de dragones podía ayudarlas.
—Está bien, ¿cuánto tiempo tenemos? —preguntó el vikingo a la reina.
—Ya deben haber descubierto que no estás—se apresuró Anna en responder, dirigiéndose a su hermana—. Me adelantaré y los entretendré.
Elsa asintió, viendo cómo su hermana desaparecía corriendo entre los pasillos de las mazmorras.
—Tenemos menos de diez minutos—le explicó Elsa—. Contando que no nos topemos con nadie de aquí a la sala del consejo.
Hipo asintió, echando a andar tras Elsa quien le había hecho un gesto para que la siguiera, rehaciendo el camino que había hecho con su hermana. El vikingo tuvo que esforzarse en seguir su paso y se preguntó dónde había quedado la reina herida que había conocido la noche anterior.
—Está bien, cuéntame eso que visteis en el bosque la noche que llegasteis, eso que le estabas contando a vuestro padre ¿eran cadáveres de dragones? —preguntó Elsa, sin aperas mirar al chico, concentrada en sus pasos.
Hipo tuvo que hacer un primer esfuerzo por retomar una conversación que nunca tuvieron, pero que en su momento le era de gran prioridad. De hecho, —bufó para sus adentros—, en vez de encerrarlo y casarlo a la fuerza, deberían haber empezado por escuchar su terrorífico relato del bosque.
—No eran dragones, era un dragón en concreto—especificó el vikingo, siguiendo su paso— y no uno cualquiera, era un furia nocturna. ¿Conocéis de la existencia de dragones en vuestras tierras?
—¿Un furia nocturna? —preguntó sin comprender la reina—. ¿Se supone que son una especie extraña o algo así? —inquirió—. No hay dragones en estas tierras, y de hecho si os soy sincera hasta hace unos días no eran más que criaturas de fantasía para asustar a los niños.
Elsa recordaba haber oído cuentos sobre dragones cuando era niña. Su padre estuvo una temporada narrándole historias de dragones y cazadores que vivían en el fin del mundo, bajo la cascada de la vida y la muerte, —como su padre solía llamarla. La joven reina pasó meses fascinada con aquella idea de ver volar algún día alguna criatura como aquella y seguirla hasta encontrar la cascada de la vida y la muerte, como lo hacían los protagonistas de las historias de su padre. No obstante, Anna no compartía su entusiasmo y normalmente solía llorar en las noches en las que su padre hablaba de dragones. Elsa intentó hacer que Anna compartiera su ilusión fantasiosa por estos seres de leyenda, creando una noche enormes y preciosos dragones de nieve que danzaron por la habitación donde solían jugar. Sin embargo, Anna no compartió su ensueño, por el contrario, se llevó tal susto que esa noche se orinó en la cama. Desde entonces Elsa no había vuelto a sacar el tema de los dragones, ya que su padre le prohibió terminantemente seguir hablando de aquellas criaturas en presencia de Anna, para no seguir asustando a la niña, quien estuvo repitiendo durante años que vendría un dragón por su ventana y se la comería. Nada más lejos de la realidad actual.
—Son una especie casi extinta, hasta ahora mi dragón era el único furia nocturna que habíamos encontrado.
—Entonces vuestro dragón negro es un furia nocturna, ¿correcto?
—Correcto.
—¿Y son muy peligrosos?
—Los dragones no son peligrosos—se quejó Hipo—. No todos.
—Casi destruyen todo mi reino—rebatió la reina—. Algo de peligrosos deben tener… ¡A la derecha!
Hipo iba a rechistar cuando Elsa lo empujó contra una de las columnas. La brusquedad de la reina hizo que se golpeara levemente la cabeza contra el mármol, pero no tuvo tiempo para rechistar, ya que la reina le tapó la boca con la mano. Estuvieron así durante unos leves segundos mientras los pasos tranquilos de un guardia se desvanecían poco a poco por el largo pasillo. Hipo hubiese querido aparentar normalidad, pero lo cierto es que la reacción de la chica lo había tomado por sorpresa y no pudo evitar que se le acelerara el corazón, no solo por el sobresalto, sino también por la cercanía con ella. Lo cierto es que se sentía algo intimidado por la reina de las nieves.
—Es increíble que tenga que esconderme de mis guardias en mi propio castillo—se quejó por lo bajo la reina, apartando la mano de la boca del vikingo—. Perdona—, se disculpó inmediatamente, aleándose de él y avergonzada por su propia reacción.
—No pasa nada—se apresuró en responder, quitándole importancia— ¿Puedo preguntar al menos por qué nos estamos escondiendo?
—Pues porque se supone que yo tendría que estar siendo examinada de mi honra ahora mismo.
Aquello hizo que Hipo se ruborizara y decidiera no preguntar más sobre el tema.
—Por aquí—le indicó Elsa.
Hipo la siguió hasta una armadura mal colocada tras la cual se ocultaba un pequeño pasillo que daba a una escalera de caracol estrecha y mal iluminada. Aquello parecía sin duda un cuento de esos que su padre le contaba de niño.
Anduvieron en la oscuridad en silencio, hasta que Hipo decidió restaurar su conservación para evitar aquel silencio tan incómodo.
—Te ves muy ágil esta mañana—apuntó al verla subir por las escaleras con bastante ligereza, al contrario que él, ya que la prótesis no era muy estable en aquellas ocasiones y tenía que agarrarse a la pared—. ¿Te encuentras mejor?
—Mucho mejor, gracias—agradeció la reina.
De nuevo se impuso el extraño silencio que se mezcló con el ruido metálico de la prótesis de Hipo chocar contra el suelo y el crujir del bastón de hielo de Elsa.
—Entonces, —recapituló Elsa, tomando aire—, veníais aquí cuando descubriste a un dragón…
—A un furia nocturna—corrigió.
—A un furia nocturna —siguió—, ¿y creéis que esto tiene relación con el jinete que nos atacó?
—Drago no es un jinete cualquiera—le explicó el vikingo—, es un hombre cruel y vengativo, pero sobre todo astuto. Seguramente está buscando algo en estas tierras.
—¿Crees que lo ha hecho él?
—Estoy prácticamente seguro, había símbolos de brujería por todas partes y le habían arrancado el corazón del pecho, pero sigo sin entender por qué...
Elsa se paró en seco, haciendo que Hipo casi tropezara con ella.
—¿Signos de brujería? —lanzó con preocupación—. ¿A qué altura del bosque estábais?
—No conozco vuestros bosques, pero como a unas dos horas de vuelo…—hizo una pausa para calcular—como unos cuatro días de camino.
—El bosque prohibido… —susurró Elsa.
—¿El bosque prohibido? —preguntó Hipo—. Está bien, es mi turno de preguntas. ¿Qué es el bosque prohibido?
—El bosque prohibido se extiende más allá de los límites del reino—explicó, prosiguiendo su paso, pero bajando la voz—. Nuestros bosques nunca han sido del todo seguros, en ellos no solo habitan osos o lobos salvajes sino también criaturas mágicas.
—¿Criaturas mágicas? —preguntó Hipo con extrañeza.
—Eso es una larga historia, ya os la contaré—pidió Elsa—. El caso es que más allá de este bosque hay un bosque cubierto de niebla donde la magia es muy fuerte, pero del que nadie ha regresado jamás. Lo llamamos el bosque encantado.
Aquello hizo que a Hipo se le erizara el vello.
—Bueno… yo he regresado—dedujo.
—Solo habéis visto sus alrededores—le explicó la reina—, pero ese sitio está maldito y plagado de magia negra.
—¿Tú sabes hacer magia negra? —preguntó Hipo.
El solo hecho de mentarla hizo que todo el vello de la reina se erizara. Nunca había visto la magia negra, pero había oído hablar a los trolls de seres que la practicaban y de las horribles secuelas que conllevaba.
—No, la magia negra es muy peligrosa —determinó con dureza Elsa—, ¿podríais recordar los símbolos que visteis?
—Podría intentar dibujarlos—respondió Hipo—. ¿Si tus poderes no son brujería, de dónde vienen?
—No lo sé—respondió con rapidez— Por aquí.
Elsa e Hipo salieron de aquel túnel de oscuridad, llegando a uno de los pasillos centrales. Por suerte el ala donde se hallaba la sala del consejo estaba muy aislada y no había nadie en los pasillos.
—¿Sabes por qué os atacó Drago?
—No sé qué intenciones tenía ese hombre… somos un reino humilde… —explicó—. De hecho, pensábamos que los dragones eran una leyenda, meros cuentos.
— ¿Es cierto que su dragón era inmortal?
Elsa tragó saliva, reduciendo el ritmo de sus pasos. El vikingo agradeció el gesto, ya que dejó de seguirla a sus espaldas, pudiendo colocarse al fin a su lado. La reina bajó la mirada.
—Yo misma lo atravesé—recordó—. Vi… vi cómo… vi sus… —le costó hablar, agitada—, le maté, estoy segura de ello… e instantes más tarde… se… se recompuso… así sin más —explicó con un nudo en el estómago—. Todavía sigo sin entender cómo ha pasado todo, pero recuerdo perfectamente la risa de ese hombre a lomos del animal mientras quemaba viva a mi gente, era el mismísimo demonio.
Algo cambió en la mirada de Elsa mientras aquellas palabras salían temerosas de sus labios. Sin duda Hipo pudo sentirlo cuando la reina clavó su mirada azul sobre él. Parecía otra persona distinta a la que había conocido hasta ahora. Había en ella un brillo diferente, una especie de determinación que el vikingo bien conocía.
Ira.
—Lo siento mucho… —respondió, casi deteniéndose.
— ¿Cómo los controláis? —preguntó para sorpresa del chico.
—¿A quién? ¿A los dragones? Bueno, exactamente no los controlo.
—¿Y entonces qué hacéis para que te obedezcan? ¿Cómo se controla a un dragón?
—No es tan fácil de explicar… es como un vínculo… o al menos así lo entiendo yo—respondió—. ¿Qué crees que buscaba Drago en Arendelle?
Intentó concretar Hipo, ya que la puerta de la sala de reuniones se vislumbraba al final del pasillo y sabía que debían entrar con las cosas claras.
—Ya os he dicho que somos un reino modesto, a parte de mis poderes no sé qué otra cosa podría querer.
—Si Drago está jugando con magia negra quizás quiera encontrar la forma de obtener tu magia—pensó—, ¿seguro que no sabes la fuente de tus poderes? ¿Crees que podría estar aquí o en ese bosque?
—Aunque la supiera, ¿podría confiárosla?
Aquella respuesta cogió a Hipo por sorpresa.
—Mi consejo cree que podéis estar trabajando con Drago para haceros con Arendelle y mis poderes—explicó con cierto recelo—. Por eso la obsesión por un lazo de lealtad, una boda, como si así no pudierais traicionarnos. ¿Realmente puedo confiar en ti Haddock?
—¿En serio me estás preguntando esto?
Esta vez sí que Hipo paró en seco, haciendo que Elsa se volteara.
—Oh por todos los dioses—se quejó el vikingo—. Desde que he llegado aquí he estado encerrado contra mi voluntad, por no decir que me habéis apartado de mi dragón y forzado a casarme contigo. ¡Vosotros fuisteis los que nos pedisteis ayuda! ¿Cómo sé que no sois vosotros los que estáis trabajando con Drago para capturarme? Cualquiera al que preguntéis sabe que Drago está deseando verme muerto.
Elsa pareció meditar un segundo, apartando la mirada del chico. En el fondo, por mucho miedo que pudiera sentir, algo le decía que podía confiar en el vikingo. Al fin y al cabo, desde que sentaron el hacha de guerra la noche anterior, él había sido bastante amable. No obstante, Elsa no tenía como referente el mejor de los ejemplos, ya que Anna pensó lo mismo de Hans. Suspiró.
—Lo siento—dijo de repente—. No quisiera volver a cometer los mismos errores que el consejo, pero entended que no he llegado a donde estoy por confiar ciegamente en la gente. Por desgracia he conocido la traición… Además, es extraño que de la partida que salió a buscaros solo haya regresado uno.
Hipo se pasó las manos por la nuca, pensativo.
—Si el problema es mío… —murmuró para sí mismo, quien sí que solía confiar en la gente sin apenas pedir explicaciones—. Mira, no quiero entrar en esa sala sin que dejemos las cosas claras entre nosotros.
Elsa lo miró sin comprender.
—Yo he venido aquí porque vosotros nos habéis pedido ayuda—expuso—. Siento que vuestro barco naufragara y que solo pudiéramos salvarle la vida a Finn, pero si te soy sincero no sé cómo nos encontrasteis ni por qué sabíais de nuestras existencias cuando me acabas de confesar que nunca habíais oído hablar de dragones—especificó, mirándola a los ojos y haciéndole entender que él también tenía sus reservas sobre la situación—. Yo también tengo mis motivos para desconfiar, pero lo único que sé con seguridad es que si Drago realmente tiene un ejército de dragones inmortales será mejor que unamos nuestras fuerzas para vencerle antes de que sea demasiado tarde—sentenció—. Y si el dragón que encontré en el bosque es una pista para detener todo esto pienso llegar hasta el final con o sin tu ayuda, porque lo que es seguro es que ni tu pueblo ni el mío están a salvo. Lo único que te pido es que al menos confíes en mí.
Elsa dudó un momento.
—Y si no… —siguió el vikingo debido a su silencio—, cogeremos a nuestros dragones y nos marcharemos esta misma noche —sentenció sin titubeos—. Nuestro matrimonio no es válido de todas formas, así que no nos debemos nada.
Elsa suspiró.
—Tenéis razón… —dijo al fin.
—Me basta con que confíes en mí y nos pongamos de acuerdo.
—¿Y qué proponéis?
Hipo meditó un instante. Elsa se había cruzado de brazos y se mordía el labio insegura. Realmente podía encontrarse en mejor estado que la noche anterior, pero aun así Hipo supo que Elsa seguía necesitando reposo. Los surcos negros bajo sus ojos azules la delataban.
—Lo primero, que me tutees —dijo el vikingo intentando quitarle hierro el asunto, conciliador—. Se me hace muy raro que me sigas hablando de usted.
Esto pareció relajar a la reina, quien cambió su expresión y atisbó una leve sonrisa.
—Disculpa, es la costumbre —asintió—, Hipo.
Fue extraño oír su propio nombre de manera tan forzada en los labios de Elsa, pero agradeció el gesto por parte de ella.
—Entonces… ¿empezamos de nuevo?
Hipo estiró la mano a modo de pacto, algo que sorprendió a la reina. No obstante, Elsa aceptó el gesto y estrechó la mano de Hipo. Fue un contacto agradable y cercano, algo que la sorprendió.
En Arendelle no tenían por costumbre cerrar pactos de aquella manera, no solo porque todo se decretaba bajo juramentos escritos, firmados y testificados por el legislador, sino porque además Elsa parecía odiar el contacto humano. Incluso ahora que tenía control sobre sus poderes seguía temiendo poder hacer peligrar a la gente en su presencia. Así que, desde su segunda coronación oficial, Elsa podría haber abierto las puertas de su castillo, pero había seguido manteniendo bajo llave ciertos temores y preocupaciones que no compartían con nadie. Ni siquiera con Anna. Y entre ellos estaba aquello, algo tan simple como dar un apretón de manos.
—Yo, Hipo Horrendous Haddock III —comenzó una especie de juramento, llevándose la mano que le quedaba libre al pecho—, te juro mi lealtad y la de todo mi pueblo y nuestros dragones a ti, reina Elsa de Arendelle, para derrotar cualquier mal que caiga sobre tu pueblo.
La voz y la mirada del vikingo eran firmes en aquel juramento, pese a la modestia de las formas en las que se estaba llevando a cabo.
—Juro defender tu sangre con mi sangre y si incumplo mi promesa que el padre de todos los dioses me destine al mismísimo Helheim.
Elsa no entendió la referencia del vikingo, pero por su convicción percibió que hablaba totalmente en serio. De hecho, por un momento estuvo tentada a apartarle la mirada, ya que nunca nadie la había mirado de aquella manera y menos con unos ojos tan verdes y llameantes como los de Hipo.
—Yo, Elsa de Arendelle—prosiguió ella, por la propia costumbre en los juramentos—, prometo jurar lealtad a ti y a tu pueblo, Hipo Horren… —se trabó.
Hipo no dudó en socorrerla, esta vez borrando toda seriedad y dibujando una sonrisa torcida.
—Hipo Horrendous Haddock III—la ayudó—. Un nombre terrible para espantar a los trolls, ya sé que suena horrible.
Elsa intentó mantener la seriedad, pero no pudo al escuchar aquello último.
—¿Para espantar a los trolls? —no pudo evitar soltar, curiosa.
—Claro—respondió el chico—, los trolls se llevan a los niños con nombres de príncipe.
Elsa no pudo evitar mostrar una mueca entre la extrañeza y picardía.
—Vaya… los trolls que yo conozco son un encanto, nunca se llevarían a los niños…
Nada más decir aquello no pudo evitar pensar en Kristoff y en que realmente él si era un niño que había sido de alguna forma 'acogido' ¿llevado?, por los trolls.
—Un momento—la cortó Hipo extrañado—. ¿De verdad existen los trolls?
—¡Majestad! —dijo de repente una voz.
Ambos se sobresaltaron, girando inmediatamente la cabeza hacia la voz que emanaba de la figura del teniente Riell, parado en la puerta de la sala del consejo.
—Les estamos esperando—declaró sin perder la compostura.
—Ya vamos—respondió con rapidez Elsa.
El teniente asintió con el mimetismo habitual de sus movimientos, entrando en la sala y dejándoles unos segundos de cortesía en el pasillo.
—Dioses, qué susto… —dijo con honestidad Hipo—. ¿Es normal que sienta miedo constante hacia tus guardias o…?
—Solo hasta hoy—declaró Elsa—. El resto de tu tiempo aquí te prometo que serán de confianza.
—Eso espero…
Sin duda Hipo no había tenido un buen comienzo en aquel reino.
—Por cierto… —dijo Elsa, volviéndose a morder el labio— ¿me devuelves mi mano?
Hipo se sobresaltó al darse cuenta de que seguía tomado de la mano con la reina. Por supuesto la soltó de inmediato, sintiéndose un poco idiota.
—Perdona… —carraspeó—. Vamos, nos tienen que estar esperando—recuperó la seriedad, reanudando el paso.
—No más desconfianzas—pidió entonces el vikingo, apretando los labios a modo de sonrisa cómplice.
—No más desconfianzas —aseguró ella, devolviéndosela.
—.—.—.—.—.—.—.—.—.
Nada más entrar en la sala, todos se quedaron en silencio, observándolos. Estoico en persona se puso en pie para recibir a su hijo, quien le apartó la mirada. El resto del consejo hizo lo mismo, a modo de respeto hacia la pareja, que de alguna forma unificaba territorios y hacía sentir a todos en aquella sala más cercanos los unos a los otros. No obstante, todavía existía cierto recelo, ya que el consejo de Arendelle sentía que tenía cierta superioridad moral sobre los vikingos. Esto era palpable en el ambiente, sobre todo porque vikingos y aldeanos se habían sentado separados los unos de los otros. Anna presidía la mesa, quien parecía haber estado escribiendo peticiones y quejas de todo el grupo mientras Hipo y Elsa hacían acto de presencia. Elsa se sentó junto a su hermana e Hipo hizo lo mismo con los suyos, sentándose en la otra punta de la mesa junto a su padre, a quien seguía sin dirigirle la palabra.
Al principio fue duro poder establecer un orden de prioridades, ya que ambos pueblos tenían formas muy distintas de proceder, además de que la mayoría de los presentes tenían una terrible resaca de la noche anterior. La primera decisión que se aprobó sobre la mesa fue la repartición de los bienes y enseres que habían traído los vikingos. Racionarían la comida y la repartirían para todos los habitantes de Arendelle, al igual que las mantas y el resto de objetos. Lo siguiente que se decretó fue trasladar a los vikingos a una sala aparte, ya que las dos noches anteriores las habían pasado mezclados entre campesinos y enfermos y lo cierto es que no se habían entendido demasiado bien. Al fin y al cabo, eran sus invitados, así que Elsa aceptó otorgarles una sala amplia y modesta donde pudieran estar más cómodos.
Otro de los temas que rápidamente se pusieron sobre la mesa era el poder que se le confería se Hipo en aquella historia. Al principio los vikingos no comprendieron a qué se referían los aldeanos hasta que finalmente entendieron que a ojos del Dios de aquellas gentes Hipo era tan rey como Elsa al haberse casado con ella. No obstante, los aldeanos querían que Hipo rechazara aquel lugar por derecho divino y se asentara como rey consorte de la reina. Los vikingos pensaron que aquello no era justo, pero Hipo no dudó en aceptar y rechazar cualquier responsabilidad que le colocara en el poder de aquel reino. En el fondo él solo deseaba que aquella pesadilla terminara.
Por supuesto los vikingos se opusieron, entrando finalmente en razón no por el acto de humildad de Hipo, sino gracias al aumento de la dote de Elsa. Tal como les habían explicado a los vikingos en la primera reunión, Arendelle había perdido casi todas sus riquezas en el fuego y la reina poco podía ofrecerles más allá de aquel pacto eterno. No obstante, al consejo se le había ocurrido que quizás una parte de sus tierras fuera suficiente sumado al dinero que recuperarían cuando todo aquello pasara y volvieran a sus vidas de comerciantes. Además, debido a la unión de Hipo y Elsa, técnicamente no le estaban regalando las tierras a los vikingos, de hecho, era menos que la dote habitual que le hubiesen dado a cualquier otro rey. Pero los vikingos no podían saberlo, al menos no en aquel momento.
A Hipo todo aquello le parecía un sinsentido. No obstante, todos parecían estar de acuerdo; salvo su padre, que no abrió la boca prácticamente durante toda la reunión.
Anna también permaneció callada durante toda aquella parafernalia. Sin duda tampoco era partidaria de entregar de aquella forma su reino a manos desconocidas. No obstante, si aquello podía darles paz y seguridad, ella no sería quién para impedirlo.
La única ocasión por la que el líder de los vikingos alzó la voz fue para hacerle saber al consejo de Arendelle y a su reina que más de los suyos vendrían, ya que él mismo había pedido el refuerzo de los jinetes una vez tuvieran noticias sobre Drago y los pueblos del archipiélago. Este tema hizo que a Hipo le diera un vuelco al corazón, ya que aquello suponía encontrarse con Astrid y explicarle todo lo que estaba pasando. No obstante, nadie a parte de él mismo pareció darse cuenta de su nerviosismo.
Tras horas de lucha verbal que se hicieron eternas, iban a dar por cerrada la sesión cuando Hipo sacó el tema que todos parecían estar evitando.
—¿Qué va a pasar con nuestros dragones? —inquirió el muchacho—. No pueden seguir encerrados.
Por supuesto esto ocasionó de nuevo un gran descontento en el consejo. Los vikingos estaban deseando liberar a sus dragones, pero esta idea inquietaba sin duda a los aldeanos de Arendelle.
Hipo lanzó una mirada de súplica a Elsa desde el otro lado de la mesa y ésta no pudo evitar devolverle una mirada confusa. Le había prometido que confiaría en él y en el fondo sentía que era lo correcto, pero su propio miedo la paralizaba. Por un momento recordó la mirada alerta del dragón de Hipo aquella mañana. Esos ojos verdes salvajes, carentes de cualquier humanidad, más próximos a los de un monstruo que a los de un ser con alma… Estaba segura que de no ser por la jaula se habría abalanzado sobre ella para devorarla, como en la peor de sus pesadillas.
Las pesadillas.
Entonces no pudo evitar recordar cómo el dragón también había lamido las manos quemadas de Hipo, suplicándole que no lo dejara solo. Elsa se sentía culpable y aunque sabía que todo aquello le pasaría factura más adelante, iba a empezar a no escuchar tanto a su consejo.
—Serán liberados —sentenció para sorpresa de todos.
Anna fue la primera en abrir los ojos como platos, sin poder creerse las palabras de su hermana ya que en la reunión anterior expresó su clara y concisa negativa.
—Pero majestad—se quejó el legislador, quien pese a la amenaza de Elsa había vuelto al consejo.
El legislador había puesto en una situación muy delicada a Elsa en la reunión anterior, pero no obstante, su posición de letrado no era algo que pudieran reemplazar con facilidad y ante su insistencia casi lastimosa, Anna le había dado permiso para asistir al consejo, siempre y cuando no volviera a meter las narices donde no le llamaban.
—No puede hacer eso, —le siguió el coronel Roston—. Estaría poniendo en riesgo la seguridad de Arendelle.
—Tenemos al maestro de dragones—dijo señalando a Hipo—, creo que él podrá controlar la situación.
— Pero majestad… quizás sea mejor meditarlo con detenimiento… —sugirió el coronel, casi en súplica.
Elsa sabía que sus hombres también tenían parte de razón, ya que ella misma tenía sus dudas.
—Prometo hacerme responsable de los dragones—dijo Hipo solemne, poniéndose en pie.
—Majestad, por favor…
Elsa contuvo un suspiro.
—Lo… lo pensaré—expresó dubitativa—. Lo pensaremos—dijo entonces mirando a Hipo y buscando en él un respaldo.
Si a Hipo se le conocía por algo era por ser un cabezota testarudo sin remedio, sin embargo, aquella no era la ocasión para rebatirle a Elsa y más cuando su propio pueblo la estaba cuestionando. Así que se tragó su orgullo y asintió, zanjando así el tema por el momento.
De esta forma se levantó la sesión y todo el mundo fue saliendo de aquella sala entre palabras a regañadientes y quejas de dolores de cabeza. La mayoría de los allí presentes se volvió de nuevo a sus camas, siendo muchos los que no se despertarían hasta la mañana siguiente.
No obstante, todos sabían que quedaba mucho por hacer. Había que organizar a la gente y prepararla por si se aproximaba lo peor. Una de las propuestas de los vikingos había sido entrenar a la población para el combate, algo a lo que todo el consejo de Arendelle se opuso. Los civiles no lucharían y así lo mantendrían hasta el momento. No obstante, el coronel Roston sabía que necesitaba reclutar a más jóvenes y que aquello no podía esperar.
—Mi reina—intercedió a Elsa antes de marcharse—. Si me lo permite, desde hoy mismo empezaré a reclutar y entrenar a las tropas.
—Cuentas con mi apoyo—expresó ella consecuente.
En aquel momento Bocón no pudo evitar inmiscuirse en la conversación.
—Alteza—comenzó—. Disculpe si me meto donde no me llaman, pero si pudiera ayudar me gustaría echar una mano al coronel—buscó su aprobación, alzando su garfio—. Tengo buena mano para enseñar las artes del combate a los muchachos.
Elsa dudó durante un primer instante. Sin lugar a dudas un hombre al que le faltaba una mano y un pie, o bien era un guerrero muy curtido o uno muy malo. No obstante, aquel hombre había sido bueno y generoso con ella, guardando su secreto cuando la reunión anterior la vio sangrando por la nariz, al límite de sus fuerzas.
—Está bien—accedió—. De ahora en adelante trabajarás junto al coronel Roston—dijo señalándolo—. Él te explicará todo. ¿Verdad?
El coronel tragó saliva. No parecía gustarle demasiado la idea de trabajar codo con codo con el vikingo, pero no se atrevió a contrariar a su reina.
Hipo observó toda la escena desde el otro lado de la sala. Aldeanos de los fiordos y vikingos trabajando juntos… sin duda eso no terminaría bien. Tomó aire y lo soltó levemente, mientras observaba cómo el coronel se las apañaba para estrujar la mano a Bocón mientras este le hacía amago de darle el garfio. Elsa no pudo evitar reírse y el vikingo la imitó en la lejanía.
Quizás después de todo la reina no fuera una bruja frígida como pensó el vikingo.
—Hipo hijo—lo sorprendió la voz de su padre—. Quisiera hablar contigo un momento.
—Pues yo no quiero hablar contigo papá—cortó tajante el vikingo, dispuesto a marcharse.
—Hipo espera por favor.
Hipo tomó aire y se giró hacia su padre, conteniendo su rabia.
—Qué quieres —aceptó.
—Sabes que no podemos estar así.
—¿Así cómo?
Hipo sabía perfectamente a lo que se refería su padre. El vikingo se veía mayor y cansado, más que de costumbre.
—Así sin hablarnos—explicó—. Ahora más que nunca debemos estar unidos, esta gente nos necesita.
Hipo bajó la mirada, sintiéndose culpable por su egoísmo. Las charlas con su padre siempre terminaban teniendo ese efecto en él. Y lo peor es que esta vez realmente creía tener razones suficientes para no hablarle, pero la pesada carga que llevaba sobre sus hombros le golpeó como un jarro de agua fría. Nunca llegaría ser el líder que su padre quería que fuera.
—¿Y qué quieres que haga? —respondió resignado.
—Simplemente que hables conmigo—expresó, sin atreverse a ahondar más—. ¿Qué crees que debemos hacer?
—No lo sé papá…
Estoico miró a su hijo y reconoció en él una profunda pena. Él mismo se había opuesto al consejo para que no lo casaran, pero todo había sido inútil, teniendo él mismo que hacer entrar en razón a los vikingos cuando éstos pensaron en la posibilidad de tomar el control sobre aquel pueblo pesquero. Sin duda, Estoico estaba totalmente en contra de este tipo de práctica, pero también porque había conocido personalmente al antiguo soberano de aquellas tierras y le guardaba una especie de respeto de luto. Además, para él aquellas tierras estaban malditas y el hecho de tener una reina con poderes mágicos no hacía más que avivar su certeza. Por mucho que Hipo pudiera pensar lo contrario, que se hubiera casado con la reina de hielo era algo que más bien preocupaba a Estoico, ya que temía que la reina pudiera hacer peligrar la vida de su hijo.
—Creo que deberíamos intentar tranquilizar a la gente—dijo entonces Hipo, sacando a su padre de sus pensamientos—. Lo mejor es que reconstruyamos todo cuanto podamos, creemos líneas defensivas y ayudemos a esta gente a aprender a defenderse sola, como hacíamos en Berk hace años…
—¿Y qué hay de los dragones? —preguntó Estoico, sabiendo que Hipo se estaría preguntando lo mismo.
—Mientras esté en mi mano no se quedarán en las mazmorras—expresó en un tono amargo—. Haré entrar en razón a Elsa.
Estoico aguardó silencio un instante, mientras contemplaba a su hijo. ¿Cuándo se había hecho tan mayor?
—¿Todo bien con ella? —preguntó dubitativo.
Al principio Hipo no entendió a qué se refería su padre, hasta que recordó que se suponía que había desposado a Elsa.
—Por los Dioses papá, no voy a tener esta conversación contigo—dijo alterado.
Estoico despegó la mirada de su hijo, no pudiendo sin embargo alejar de su mente aquello que le rondaba la cabeza.
—Las mujeres dicen que anoche la oyeron gritar —expresó serio—. No soy quien para decirte cómo debes tratar a tu esposa, porque creo pensar que te he educado bien, pero...
A Hipo se le descompuso el cuerpo al escuchar aquellas palabras viniendo de su padre.
—¿Cómo? —preguntó incrédulo, mirando a su alrededor para comprobar agradecido que todos habían salido ya de la sala, Elsa incluida.
—Comprendo que ha sido muy precipitado y que te hemos forzado contra tu voluntad—comenzó su padre—. Pero aun así…
Hipo cortó a su padre.
—No me lo puedo creer—escupió—. Esto es el colmo… papá, se acabó. No sigas. No me puedo creer que estés pensando lo que estás pensando.
—Hijo… —intentó expresarse Estoico.
No obstante Hipo ya no le escuchaba puesto que salió enfurecido por la puerta. Estoico suspiró, sintiéndose más cansado que nunca.
—.—.—.—.—.—.—.—.
—¿Cómo que Elsa ha aceptado soltar a los dragones? —preguntó Kristoff incrédulo a Anna.
—Bueno, técnicamente no ha dicho que sí, pero tampoco que no…
Kristoff se quedó pensativo, torciendo el gesto.
Tras la reunión del consejo, Elsa había vuelto a sus aposentos, ya que Miranda le había pedido que descansara aunque creyera encontrarse bien. Por supuesto ella, como siempre, siguió fingiendo que todo estaba bien hasta que la sangre comenzó a brotar por su nariz y la curandera la envió directa a la habitación tras obligarla beber todo el contenido de un extraño brebaje que le había preparado a base de jengibre y raíces de rábano.
Anna también necesitaba descansar, ya que no había dormido en toda la noche por los nervios ante la incertidumbre de si Elsa estaría bien. La propia Miranda le había preparado una infusión para que se relajara, pero Anna siempre fue una persona hiperactiva y cuando le afloraban los nervios ni la más potente de las tilas podía hacerla dormir. Aquella noche Kristoff entró en su habitación bajo la supervisión de algunas doncellas, con la excusa de que la princesa le necesitaba debido a unos asuntos de magia y trolls. La realidad era que Anna quería y necesitaba estar a solas con Kristoff por el simple hecho de sentir el calor de alguien junto a ella entre todo aquel caos de desesperación.
Desde hacía meses ya había notado como algunas sirvientas los seguían cuando iban los dos solos por los pasillos del castillo o cómo algún guardia aparecía siempre que se veían a solas en los jardines del ala norte. Anna sabía que aquello no era cosa de Elsa, quien era una persona muy introvertida y que lo último que deseaba era inmiscuirse en la vida privada de su hermana y su relación con Kristoff. Al contrario, a Elsa parecía incluso alegrarle verlos en compañía el uno del otro, como si de esta forma pudiera compensar la soledad autoimpuesta a su hermana durante años y años de confinamiento.
No. Definitivamente no se trataba de Elsa. Anna sabía que aquella obsesión por defender su 'doncellez' era obra del legislador y el coronel Roston, quienes tras la muerte de sus padres parecían haber querido ser partícipes de un roll paternal y superprotector que Anna no soportaba. Elsa por su parte parecía no darse cuenta de lo que sucedía a sus espaldas, pero tampoco podía culparla. La reina siempre había tenido sus propios fantasmas persiguiéndola.
El caso es que la situación comenzaba a desbordar a Anna, quien realmente deseaba poder tumbarse en la cama y abrazarse a Kristoff. Los dos a solas. Y poder permitirse descansar al menos un par de horas. Sin embargo, cada vez le parecía más imposible compartir un momento a solas con el chico.
—¿Y dónde piensa meterlos? —siguió preguntando el vendedor de hielo.
—No sé… evidentemente en el castillo no pueden estar, la gente se aterraría y no hay mucho más margen…
—¿Crees…—comenzó a deducir el chico—, que Elsa podría…?
Anna le leyó la mente de inmediato.
—¿Abrir la cúpula? —respondió por él.
Aquella idea llevaba más de una semana rondándole la cabeza. Había visto sin duda a su hermana delirar de fiebre hasta desfallecer y sentía, sin miedo a equivocarse, que aquello estaba relacionado con aquella cúpula mágica. Sin duda Elsa era una mujer fuerte y su poder crecía cada día más dentro de ella. Por esta razón Anna seguía sin explicarse cómo su hermana no era capaz de notar mejorías en sus heridas. Es cierto que había sido herida de gravedad, sobre todo el golpe que recibió en la cabeza y la contusión en las costillas, —las cuales todavía la hacían perder el aire al erguirse. No obstante, Anna estaba segura que aquella cúpula era la causa principal por la que su hermana no mejoraba. Y lo peor es que la estaba consumiendo.
—Sé qué es muy arriesgado… —empezó ella.
—Pero tú también piensas que la está consumiendo, ¿verdad?
Anna asintió, agradecida de que Kristoff hubiera hecho el mismo análisis que ella.
—Quizás no sea tan mala idea…
—¿Qué no es tan mala idea? —dijo una voz que entraba por la puerta.
En aquel momento la oscuridad de aquella sala pequeña y seca se rompió con la entrada de Miranda y otras cuantas mujeres, quienes llevaban algunas hierbas y tarros en las manos. El momento de soledad de la pareja había terminado.
Kristoff le lanzó una mirada cómplice a Anna: 'te dije que no era buena idea vernos en la despensa', leyó Anna en sus ojos, quien solo pudo darle la razón con una mueca disgustada.
—¿Y bien? —inquirió la curandera mientras cogía un poco de menta de uno de los ramilletes de plantas secas que había colgadas de la alacena.
—Que… —comenzó Anna, sin saber muy bien qué excusa inventarse.
—Que debería tomarse algo y descansar ella también—terminó Kristoff—. Anna apenas ha dormido y aunque es muy testaruda le he dicho que no sería mala idea que se fuera a descansar como Elsa, de hecho—siguió hablando atropelladamente—, estábamos aquí buscando esas hierbas que le diste anoche… la…
—¿Flor de noche? —le ayudó la curandera con una sonrisa cansada.
Miranda era una mujer inteligente y por supuesto que sabía que aquellos dos no habían ido a parar allí a buscar una infusión para dormir. Igualmente, y como solía hacer, no dijo nada.
—Tome— le acercó las hierbas que supuestamente buscaban—. Le pediré que os preparen agua caliente.
Anna asintió y con un gesto Miranda mandó salir de la despensa a una de las chicas.
—No te pongas mucha cantidad—le explicó—. El abuso de esta planta genera irónicamente insomnio.
—Gracias Miranda.
La curandera hizo una leve reverencia con la cabeza, sonriéndole cansada.
Lo cierto es que ella también se veía exhausta. Sin duda no solo se había desvivido por la salud de Elsa, sino por la de la mayoría de heridos que inundaban las salas de aquel castillo. Anna ni siquiera se atrevía a visitar a los más graves ya que la primera noche que ayudó a ubicar a todo el mundo en el castillo terminó por vomitar hasta su propia bilis debido a la imagen de algunos de los heridos.
Ella y su hermana se habían criado en un hermoso palacio acogidas por la belleza de la soledad y la calma. Ninguna de las dos sabía lo que era la miseria o el horror de la guerra, no sabían cómo sonaba la muerte ni el olor de la carne quemada. Por esa razón, aquella situación desbordaba a Anna y más cuando apenas había tenido el soporte de su hermana, quien al poco de despertar había sido casada con un desconocido.
—De nada cariño—dijo con calidez—. Por cierto, Kristoff, ¿nos permites un momento a solas?
El chico asintió, lanzando una última mirada a su novia. 'Te veo ahora'.
Miranda también despachó al resto de mujeres, dejándolas solas en aquel cuartucho que olía a especias y a vinagre.
—Anna, quería preguntarte algo que me ha pedido el consejo.
—Sí, claro, dime.
Miranda suspiró, bajando el tono de voz como cuando las mujeres de antaño van hablar sobre los secretos de la feminidad.
—Las mujeres me han dicho que Elsa y tú os fuisteis antes de que examinaran la honra de tu hermana y bueno, yo misma me opuse a que la revisaran porque la pobre ya tiene bastante con lo suyo—explicó—. Pero el consejo me ha preguntado por la validez del matrimonio y tengo que darles una respuesta. Tú se supone que la ayudaste a lavarse. ¿Todo bien?
Anna se puso nerviosa, pero intentó disimularlo. Sinceramente ella no lo tenía muy claro, ya que su hermana se había negado a bañarse y le había dicho que Hipo y ella no habían dormido juntos. ¿Pero acaso aquello significaba una negativa? Las propias mujeres le habían dicho a Anna que habían oído a su hermana gritar. Quizás Elsa no había hablado del tema porque le daba vergüenza y en el fondo no la culpaba.
—Sí, todo bien—mintió—. Yo la ayudé y puedo dar fe de —siguió improvisando—, su validez.
Miranda la escrutó con detenimiento, como si pudiera leer en su rostro si decía o no la verdad. Lo que fuera que viera, nunca se lo dijo.
—Está bien, gracias —sentenció—. Y ahora vete a descansar.
—.—.—.—.—.—.—.—.
Cuando Hipo salió a buscar a Elsa tras la reunión del consejo no la encontró.
Estuvo un rato tratando de hallar a la reina, pero al ver que no había forma de dar con ella y de que su padre estaría con el resto de vikingos se decantó por darse una vuelta en solitario a curiosear por el castillo. Lo cierto era que de alguna forma era la primera vez en dos días que tenía libertad para moverse por aquel palacio, más allá de aquella mañana en las mazmorras. No obstante, aquella vaga sensación de libertad se desvanecía con rapidez cada vez que echaba la vista atrás y notaba cómo a lo lejos unos guardias lo seguían. Seguramente el consejo de Arendelle seguía sin fiarse totalmente de él o del resto de vikingos. Sin embargo, no le importó. La idea de curiosear era más que jugosa.
Paseó por los pasillos principales que llevaban al hall central y de ahí a los grandes salones que se habían convertido en campamentos para los habitantes de aquel reino. Aquel lujo de los ventanales apoteósicos y las lámparas colgantes le quedaba tan lejano que no paraba de asombrarse hasta por los detalles más mínimos de aquel castillo, desde los pomos de las puertas hasta el acabado trenzado de las cortinas que caían desde el techo. Sin embargo, su visión del palacio cambió drásticamente cuando entró en uno de estos salones. Hipo ojeó aquel lugar con la mirada de un extraño que se encuentra en mitad de un cataclismo. No era la primera vez que él o los jinetes se topaban con pueblos devastados por la guerra, los piratas o los tramperos, pero aquello tenía un matiz distinto. Hipo nunca había visto tantos civiles heridos.
Seguía con su ropa blanca de nupcias, la cual todavía no había podido cambiarse ya que no sabía adónde habían ido a parar sus cosas y no pensaba preguntárselo a su padre. Lo que era un hecho es que nada más adentrarse en la sala fue rápidamente el blanco de todas las miradas. Sin duda debía de llamar bastante la atención para aquellas gentes, ya no solo por la vestimenta, sino sobre todo por su pelo encrespado lleno de trenzas y su prótesis metálica.
—Disculpe señor…, majestad.
Una mujer joven vestida con un humilde vestido azul con el delantal lleno de sangre seca se adelantó a detener su tentativa de pasar, agachando la cabeza a modo de respeto mientras le hablaba.
—Ma… majestad, —repitió tímida—. Este lugar no es sitio para alguien como vos.
Hipo seguía sin acostumbrarse a que las gentes de aquel lugar lo llamaran 'majestad' cuando ni siquiera se hacía a que en su propia tierra lo llamaran jefe.
—No se preocupe—le dijo respetuoso—. Créame que he estado en sitios peores, ¿puedo ayudaros con algo?
La mujer palideció, entrando en una especie de shock. Intentó decir algo, pero se la veía bastante nerviosa.
—Déjale pasar—dijo una voz que le sonó familiar.
Tras esta mujer apareció otra mucho más robusta y tetuda, con la espalda y los hombros anchos y dos grandes trenzas rubias. Hipo no pensó encontrarse allí a Alea.
—¿Alea? ¿Qué haces aquí?
La capitana de navegación de Berk seguía vestida con su ropa de vikinga, pero llevaba al igual que el resto de mujeres un delantal blanco, el suyo algo más limpio que el de la primera mujer.
—Esos capullos del consejo de Arendelle no me dejan hacer nada—dijo sin rodeos, como solía hacer—. Me han dicho que me venga aquí a ayudar a las mujeres… verás cuando llegue Astrid y se entere.
El hecho de mentar a su novia hizo que Hipo se estremeciera. Por supuesto que Astrid montaría en cólera si empezaban a apartarla de sus tareas habituales en el arte del combate por ser mujer y la destinaban a cuidar enfermos. Eso después de que lo matara a él primero cuando se enterara de su boda, claro está.
—Vaya… lo siento—dijo entonces la mujer, cambiando a un tono más dulce—. Siento lo de tu boda.
—No pasa nada Alea, gracias por preocuparte.
El chico bajó la cabeza y la mujer lo imitó, sintiendo que había metido la mata con Hipo.
—Bueno—dijo intentando cambiar de tema—, ésta es Rose—señaló a la mujer que instantes antes le había pedido a Hipo que se marchara—. Aunque la veas jovencita es la encargada de organizar esta sala.
Hipo volvió a mirar a la chica, que seguía cabizbaja por la vergüenza. Tenía el pelo castaño recogido en un elegante moño, aunque algunos mechones se le salían desordenados y caían por su piel de aceituna, la cual parecía enfermiza por la falta de sueño y comenzaba a dibujarle oscuros surcos bajo sus ojos negros.
—Soy Hipo, encantado Rose—expresó Hipo intentando ser agradable, mientras acercaba su mano a la chica, para estrecharla.
La chica pareció dudar unos instantes, pero ante la mirada cálida de Hipo decidió aceptar su mano.
—Yo soy Rose, encantada—expresó con voz melodiosa—. Es todo un honor conocerle.
—El honor es mío—dijo él—. ¿Puedo ayudaros con algo?
—La verdad que no nos vendría mal una ayudita—dijo Alea mientras se pasaba una mano por la frente.
El calor humano sumado a la multitud era cuanto menos asfixiante en aquella habitación de grandes ventanales, techos altos y gritos desconsolados. Además, había algo en el ambiente que hacía imposible no sentir escalofríos en aquella constante sensación de ahogo: el olor a carne quemada y muerte.
—¿Tú cosías bien verdad Hipo?
El chico asintió. Llevaba cosiendo cuero para Bocón desde que tenía uso de razón.
—Estupendo, porque hay muchos heridos y no damos a bastos. Las mujeres están agotadas y con este calor insoportable no hay quien se centre.
Pese al asombro colectivo de las curanderas y el resto de pacientes, Hipo se pasó todo el día metido en aquella sala cosiendo y limpiando heridas de enfermos. No es que se le diera especialmente bien curar heridas infectadas y paliar las fiebres, pero era agradable con la gente y manejaba con maestría la aguja. Las mujeres no daban crédito. No entendían cómo el supuesto maestro de dragones, heredero de su tierra y nuevo rey de Arendelle se hallaba allí junto a ellas, todavía con sus ropas de nupcias, atendiendo a gente que ni siquiera conocía.
Al principio era más que evidente que nadie podía quitarle el ojo de encima, sobre todo porque la mayoría de las jovencitas en edad de casar pensaban que Hipo era muy atractivo. Más de una se llevó una leve colleja por parte de las mujeres de más edad, advirtiendo que alejaran cualquier fantasía con aquel vikingo, que eso solo les traería desgracias. Ellas por supuesto agachaban la cabeza y obedecían, aprovechando cualquier oportunidad para seguir mirando por el rabillo del ojo al chico delgado y de hombros anchos que emanaba aquel aspecto tan salvaje.
Pese a la división de opiniones entre las curanderas, al cabo de unas horas su presencia allí fue perdiendo importancia, terminando por ser unas manos más que ayudaban donde hacía falta.
—Deberías irte a descansar jovencito—le dijo entonces una mujer que rondaría la edad de Alea, pero a la que le faltaban varios dientes—. Ya has hecho bastante por hoy y tu mujer te estará buscando. No sé a quién se le ha ocurrido que estés aquí.
Como era obvio, con aquello se refería a Elsa, pero Hipo sabía que la reina no lo estaría buscando. De hecho y pese haber asentado las paces con ella, realmente seguía sintiéndose algo incómodo en su presencia y parecía querer dilatar el momento de volver a verla. Sentía que desde que había llegado realmente estaba siendo útil. Había cosido varias heridas, desde Dorea, la cociera que durante su cena de bodas casi se había rebanado un dedo hasta Obbe, el herrero del pueblo que había sufrido varias quemaduras y contusiones cuando su granero se le vino encima durante el incendio.
—Puedo quedarme un rato más si es necesario—respondió.
La mujer torció el gesto mirando con cierta ternura al muchacho. Por mucho que dijera, se le veía exhausto con las últimas luces del ocaso.
—Bueno, ayúdame a encender las velas antes de irte—le dijo con resignación.
Hipo obedeció y tras dejar encamado a un muchacho no mucho mayor que él se puso a encender junto con otras mujeres unas cuantas velas para alumbrar aquel lugar de pesadilla. Lo cierto es que si contaran con dragones aquella tarea sería mucho más fácil. Bufó agotado.
—¿Te marchas ya? —dijo una voz a su espalda.
El vikingo se giró para descubrir a Rose, la chica que le había presentado Alea.
—Sí, aquella señora lleva un rato insistiéndome.
Rose giró la cabeza en la dirección que había sugerido Hipo, sin poder evitar mostrar una sonrisa.
—Thea es muy protectora con todo el mundo, siempre nos está mandando irnos a descansar cuando ella es la primera que lleva semanas sin salir de aquí—explicó—. Es un poco gruñona al principio, pero tiene muy buen corazón.
Hipo también sonrió cansado.
—No hace falta que me lo jures, no me ha quitado la vista en todo el día.
—No se lo tengas en cuenta—respondió bajando el tono—. Por cierto, no te vayas sin cenar, estamos repartiendo sopa caliente y pastel de calabaza. Es lo mínimo que podemos ofrecerte por tu ayuda.
Las tripas del vikingo rugían de hambre y lo cierto es que no le apetecía cenar con su padre y el resto de vikingos. No obstante, no sabía si era lo más acertado quedarse a cenar con aquellas mujeres. Por mucho que quisiera posponerlo, tenía que hablar con Elsa sobre la liberación de los dragones.
—Me encantaría, pero creo que Thea tiene razón y debería irme a cenar con la reina.
—Disculpe, pues, la osadía…
Hipo sabía que bajo aquel tono solo había buenas intenciones, pero odiaba que la gente lo tratara de aquella manera.
—Osadía ninguna, te agradezco mucho la oferta, pero me la guardo para otro día—le sonrió, agradecido.
Rose asintió, haciendo una reverencia discreta con la mirada y disponiéndose a marchar.
—Por cierto—dijo girándose sobre sí misma—, se me olvidaba…
La chica rebuscó en su delantal, extrayendo un tarrito pequeñito que contenía una especie de mejunje verde.
—Es para las quemaduras—le explicó.
Hipo lo aceptó, entendiendo que ella se había fijado en sus manos.
—Vaya… muchas gracias.
—Gracias a usted, Alteza.
—.—.—.—.—.—.—.—.
Cuando Hipo llegó a la habitación ya había caído la noche en todo el castillo y la luz era casi inexistente en las ventanas. Le costó más de lo que pensó llegar hasta la habitación ya que el castillo estaba lleno de pasillos y escaleras de arquitectura siamesa. No obstante, y pese al esfuerzo consiguió encontrar la sala gracias a la ayuda de sus sombras: los dos guardias que lo seguían.
Llamó con delicadeza a la puerta, abriéndola cuando escuchó la voz de Elsa. Al entrar se encontró a la reina en camisón, uno mucho más discreto que la noche anterior y alejado de todo aquel erotismo y sensualidad. Tampoco llevaba el pelo suelto como la noche anterior, sino que se lo había recogido en una trenza baja perfectamente acabada. Era sin duda una reina.
—Hola—dijo con su tono seco y taciturno.
—Hola—le respondió Hipo, cerrando la puerta tras de sí, dejando al otro lado a los guardias.
La chica estaba asomada a la ventana, cerrándola con cuidado al ser consciente de que posiblemente hacía mucho frío para Hipo.
—Han traído tus cosas—le explicó, señalando un baúl en el suelo.
Aquello le dio cierta energía a Hipo, como un niño en Snoggletog, pese a lo exhausto que estaba. El vikingo se acercó al baúl y comenzó a sacar todo su contenido. Estaban su traje de montar negro de escamas, dos mudas limpias y su traje de trabajo habitual. También le habían devuelto su zurrón de cuero donde tenía sus cuadernos, su brújula y un libro sobre especies de dragón que estaba reescribiendo junto a Patapez. Elsa lo observó mientras sacaba todo aquel batiburrillo de cosas, sin entender muy bien qué eran algunas de ellas.
—¿Está todo? —preguntó por educación.
—Sí, creo que no falta nada—confirmó Hipo—. Gracias por pedir que lo trajeran.
—No he sido yo—confesó la reina—. Creo que ha sido obra de vuestro… de tu padre.
Hipo cambió su expresión complaciente por una mucho más seria y resignada. Elsa no es que fuera una experta en emociones humanas —de hecho era terrible—, pero Hipo era un libro abierto y estaba claro que desde la boda no se hablaba con su padre.
—¿Dónde has estado? —preguntó, para cambiar de tema.
—He estado dando una vuelta por el palacio y ayudando con los heridos.
Elsa asintió, despertando una extraña sensación amarga en su vientre. Se sentía culpable por no haber reunido todavía el valor y la fuerza para hacer frente ella misma a aquella tarea de visitar a su pueblo en la necesidad.
—¿Qué tal tú? Fui al buscarte al acabar la reunión, pero me fue imposible encontrarte.
—Miranda me mandó reposo—le explicó—. Se preocupa demasiado.
—¿Pero estás bien?
—Sí, me encuentro mucho mejor, gracias—se cruzó de brazos—. Aunque no sé si podré conciliar el sueño ahora.
—Claro…
Hipo no supo qué responderle, así que simplemente le sonrió apretando los labios.
—Bueno, voy a preparar mi cama—expresó, intentando romper aquel silencio incómodo.
—Oh, claro por supuesto—dijo Elsa—. Te ayudo si quieres.
El vikingo se acercó a la cama para coger una de las mantas y un cojín mientras Elsa se aproximó para encender la chimenea. No es que tuviera mucha práctica en aquella tarea, pero se le daba bien aprender cosas nuevas, así que antes de que Hipo tuviera 'su cama' lista ella ya había conseguido encender un fuego más o menos decente.
Hipo se arrodilló sobre su cama improvisada y observó el trabajo de Elsa.
—¿Está bien así?
—Sí, estupendo, gracias.
La chica también se agachó observando complacida su obra.
—Genial—expresó ella—. Pues… si quieres cambiarte o algo, ponerte cómodo… puedo salir de la habitación…
—Ah… no, no hace falta—se ruborizó Hipo—. Bueno, a menos que sea incómodo para ti, entonces… puedo salir yo si quieres.
Hipo llevaba años superando su vergüenza al desnudo y sobre todo a su propio cuerpo. Había que aceptar que la pubertad lo había tratado realmente bien y sumado a las horas de vuelo podía decir que tenía un cuerpo bastante tonificado y esbelto. No obstante, en aquel momento y por el propio puritanismo de Elsa sintió una tremenda vergüenza a que la chica pudiera verlo desnudo.
—Mira mejor salgo yo—sentenció—. No me importa y no tardo nada.
—¿Estás seguro?
—Sí claro—dijo—. ¿Por dónde…?
—Por allí.
Elsa le señaló una de las puertas de la habitación por la que aquella mañana había salido con su hermana Anna. Por lo general todo el castillo estaba repleto de pequeñas salitas conectadas a una habitación principal que solían servir para el aseo y para que los sirvientes ayudaran a vestir y desvestir a los monarcas sin que tuvieran que entrar a sus alcobas.
—Vale, pues ahora vuelvo…
Hipo cogió la muda que usaba para dormir, una camiseta verde de algodón y unas mallas marrones. Lo cierto es que se había mal acostumbrado a dormir desnudo con Astrid y se le hacía muy raro volver a usar aquellas ropas que, comparadas con el camisón de Elsa que era digno de una reina, parecían ropas de un campesino que pasaba penurias.
Hipo no tardó demasiado en asearse y en ponerse aquella muda, pudiendo deshacerse por fin de aquellas ropas nupciales que le repugnaban. También se miró las manos quemadas y aprovechó para ponerse el ungüento que le había dejado Rose. Se observó cansando en una especie de espejo manchado que había junto a una pequeña pila con agua y descubrió lo mal que se veía.
La noche anterior no solo no había podido dormir pensando en Astrid, sino que al cabo de un rato Elsa empezó a balbucear en sueños y a moverse espasmódicamente sobre la cama. Hipo no pudo evitar levantarse, comprobando al llevarse la mano sobre su frente que la chica estaba ardiendo de fiebre. Estuvo un rato sentado en la cama junto a ella, sin saber muy bien qué hacer. Le había prometido que no llamaría a nadie, pero empezó a temerse lo peor al verla gritar. Por supuesto que la había agarrado cuando la vio chillar. ¿Cómo no hacerlo? ¿Cómo no intentar que se calmara? Al principio no notó dolor al tocarla, pues el frío quema como una muerte sigilosa. La estuvo agarrando hasta que se calmó, siendo ella misma la que le había cogido las manos, hablando en una lengua que el vikingo no comprendía. Recordó que Elsa había llamado a su madre en sueños y a Hipo no se le ocurrió otra cosa que acariciar su frente y cantarle lo que su padre solía cantarle de pequeño cuando tenía pesadillas. Hipo no supo cuánto tiempo estuvo así, pero sí el suficiente como para volverse a la cama completamente congelado y con las manos quemadas por el frío.
Ahora le daba vergüenza incluso pensarlo. Sobre todo porque la seriedad y el porte de Elsa le causaban mucho respeto. Eso y que no podía parar de recordarla desnuda.
—Ya estoy—dijo entrando de nuevo en la habitación.
La chica ya se había metido en su cama y se encontraba apoyada en unos cojines mientras miraba por la ventana. Hipo la imitó y también se metió en su cama improvisada, agradeciendo que el suelo no estuviera tan congelado como la noche anterior, aunque sí igual de duro. Se acomodó como pudo y aunque estuvo tentando de hacerlo, no se quitó la prótesis. Realmente no se sentía muy cómodo con la reina allí. Se desplomó sobre los cojines, escuchando a su propio cuerpo quejarse.
En un segundo fue como si todo el peso del mundo se le viniera encima y se dio cuenta de que llevaba literalmente casi tres noches sin dormir.
—Hipo… —lo llamó entonces Elsa.
—¿Si?
—¿Crees que será buena idea liberar a los dragones? —bajó la voz—. Tengo miedo de cómo pueda reaccionar mi gente.
—No te preocupes, al principio siempre es difícil pero luego la gente se acaba haciendo a ellos.
—¿Y si no es así?
—Estoy seguro que tu gente acabará adorando a los dragones tanto como nosotros—dijo tranquilo—. Son seres increíblemente nobles e inteligentes.
—Quizás tengas razón…
Elsa se removió inquieta en la cama. Había vuelto a tener fiebre durante todo el día y las imágenes de sus pesadillas habían seguido persiguiéndola en sueños toda la tarde.
—¿Y si atacan a alguien?
—No va a pasar nada… no le harán daño a nadie…
Elsa se quedó pensativa un instante. Hipo parecía estar completamente seguro de la posibilidad de convivencia entre especies pero ella tenía sus reservas. Al fin y al cabo, la gente estaba muy resentida con los dragones y ella compartía su terror. No obstante, en el fondo la propia Elsa sabía que aquellas gentes también la habían temido por no comprender su naturaleza mágica y no por ello Elsa suponía un peligro para Arendelle. Al menos no en todo momento.
Y entonces volvió a recordar aquello que le llevaba todo el día rondando la cabeza.
—Oye Hipo…—empezó casi susurrando—. ¿Por casualidad anoche… cuando tenía fiebre… —no sabía cómo preguntárselo sin sentirse mal—, me tocaste en algún momento?
Elsa estaba segura que había sido ella la causante de las heridas del chico.
No obstante Hipo no contestó. Y Elsa pensó que quizás lo había incomodado.
La reina se incorporó entre su nube de almohadas aguantándose un leve siseo de molestia por el movimiento.
Y entonces lo descubrió allí tumbado respirando tranquilo y pausadamente. Se había quedado profundamente dormido. No le había dado tiempo ni a cambiar de postura ni a taparse los pies —o el pie—, los cuales se le salían de manera desordenada por los bajos de la manta que le quedaba claramente pequeña. Era curioso ver cómo desde aquella visión parecía solo un niño, con su pelo casi pelirrojo, su escasa barba incipiente y las pecas de su cara acentuadas por la luz traviesa de la chimenea.
Elsa no supo decir cuánto tiempo lo estuvo observando en silencio, pero se quedó así durante un buen rato, escrutando las rarezas de aquel chico, como si por mirarlo pudiera comprender todos sus secretos. A ratos le daba incluso vergüenza mirarlo por si el chico despertaba y la pillaba.
Fue entonces cuando lanzó una mirada a su baúl lleno de extravagancias y descubrió que en el suelo junto al mismo se había caído un papel. Estuvo tentada de obviarlo, pero su curiosidad pudo con ella y terminó por hacer el esfuerzo de levantarse y rescatarlo del suelo. Se lo llevó a la cama, dónde volvió a tumbarse con cierto dolor. Tuvo que forzar un poco la vista, sobre todo porque la caligrafía era espantosa y había palabras que no llegaba a entender ya que estaban escritas en la jerga vikinga. No obstante, no pudo evitar sentir cómo se le encogía el corazón al leer la última frase, la única que se entendía a la perfección:
'Te quiere, Astrid'.
.
.
.
.
.
¡Espero que os haya gustado! Nos leemos pronto.
REVIEWS
Xseyver: me alegra saber que el capítulo anterior te dejó esas sensaciones, es justo lo que buscaba. Y sí, todo se irá cociendo a fuego lento pero habrá amistad, amor y pasión entre estos tres.
YamiHyuga22: que Elsa esté en esta situación forma parte de la historia pero tranquila porque la situación cambiará pronto. Elsa es un personaje muy fuerte.
ZAIKO23: muchas gracias por la review! Ya, pobre Hipo... veremos cómo reacciona Astrid cuando se entere (que será pronto jeje)
Nox Sprouse: ay muchísimas gracias! Me animó muchísimo leer tu review y saber qué te está gustando. Espero hacer honor al Hiccelsa jajaja.
MIL GRACIAS TAMBIÉN A TODOS LOS QUE LEEIS! UN ABRAZO!
