Hola a todxs!

¿Qué tal estáis? Espero que todxs os encontréis bien de salud y que vuestras familias también, que es lo realmente importante en esta extraña situación que vivimos. Yo hoy me paso por aquí para dejaros un capi con el que hacer más amena la cuarentena.

Tengo que confesar que he tenido muchas dudas porque me estaba quedando suuuuuuper largo con todo lo que quería contar en esta parte y tras mucho pensarlo he decidido dividir el capi en dos partes, ya que sino no habría podido publicar hasta el final de esta semana y realmente creo que en dos dosis es mucho más ameno para los que leéis y me permite a mí también poder publicar más seguido, ya que creo que publicaré la segunda parte del capi el viernes. Y bueno, así también me dáis feedback del ritmo, que de momento es bastante lento.

Mi idea a partir de ahora es intentar publicar un capi a la semana, salvo que sean excepcionalmente largos, que entonces tardaré un poquito más; eso o los divido como este, y así dejo un trozo al inicio de semana y otro al final. ¿Qué preferís vosotrxs?

¡Por lo demás desead que estéis bien y que si alguien tiene una situación difícil, que sepa que no está solo!

Espero que lo disfrutéis tanto como yo escribiéndolo y no temáis dejadme review, que me hacen muchísima ilusión. ^^

Un besito enorme desde España.


EL SOL TRAS LA CÚPULA I

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El ruido incipiente en la puerta hizo despertar a Elsa de golpe, agitada, sintiendo una fuerte jaqueca debido a las horas de insomnio. De he hecho había visto incluso salir el sol a través de la cúpula aquella mañana, por lo que imaginaba que había dormido como mucho unas tres horas.

—Alteza, ¿estáis visibles? —dijo la voz al otro lado de la puerta.

Al escuchar aquello Elsa reparó en Hipo y recordó que se suponía que debían compartir cama. Se incorporó de golpe, perdiendo la respiración y mareándose levemente mientras se encontraba con la mirada desubicada de Hipo al otro lado de la habitación. El chico estaba despeinado y sin lugar a dudas se había despertado tan sobresaltado como ella ante el sonido de la puerta.

—¿Alteza? —repitió la voz, volviendo a llamar.

Ambos palidecieron, intercambiando una leve mirada de terror.

—Un momento—dijo ella, intentando sonar calmada.

Tras esto le hizo una seña a Hipo para que el chico reaccionara, haciendo que éste se levantara de un salto y agarrara todas las sábanas del suelo y las volcara a toda prisa sobre la cama. Elsa quiso matar al vikingo por su torpeza al ver cómo se enredaba entre las mantas, pero no dijo nada debido a los nervios.

—Adelante—expresó Elsa con la elegancia de una soberana, mientras se acomodaba el camisón.

Puede que Elsa se hubiese mostrado completamente desnuda frente al vikingo, pero en aquel momento a plena luz del día sintió un gran pudor, aferrándose al cuello de aquel camisón para evitar mostrar cualquier ápice de piel.

Sin apenas vacilar, dos guardias abrieron la puerta de par en par, agachando la mirada con educación hacia su reina y haciéndose a un lado para dejar paso a una mujer regordeta y bien dotada, de mejillas sonrosadas y rostro amable. Elsa jamás la había visto en su vida y de haberlo hecho habría olvidado su rostro.

—Mi señora—dijo mientras se reverenciaba—. Me envían su hermana y su prometido Kristoff para informarle que el desayuno está listo y que les gustaría contar con vuestra presencia y de la de su esposo.

La mujer le lanzó una mirada de soslayo al chico, sin atreverse a mantenerla mucho tiempo. También le hizo una reverencia a él, a modo de una especie de disculpa.

—Muchas gracias buena dama—agradeció protocolariamente Elsa—. ¿Desean algo más?

—Nada más mi señora—volvió a reverenciarse.

La cándida mujer se marchó junto a los guardias, quienes cerraron la puerta con el mismo estruendo con el que las abrieron. Después reinó el silencio durante unos instantes eternos hasta que Hipo comenzó a moverse incómodo. Aquel despertar no había sido el más placentero y encima las sábanas se le habían enredado en la prótesis, algo que no era ninguna novedad para el vikingo. Lo más duro de perder una pierna nunca fue la pérdida en sí, sino adaptar a su cuerpo un objeto externo, ya que éste no respondía a los deseos del vikingo y solía causarle más de un problema como aquel. Por esta razón nunca dormía con la prótesis a menos que se tratara de alguna pernoctación con los jinetes u ocasiones donde no estuviera realmente cómodo, como aquella.

Debido a las prisas por aparentar normalidad y meterse en la cama, uno de los engranajes de la prótesis se le había quedado enganchado a las sábanas bajeras. Agradecía enormemente que la puerta principal de aquella habitación estuviera orientada al lado de la cama de la reina, porque de no ser así lo habrían pillado con media pierna fuera, en una situación un tanto extraña.

—¿Necesitas ayuda?

—No, tranquila… me pasa constantemente—se excusó.

Hipo siguió forcejeando con la sábana hasta que las manos de Elsa se posaron sobre las suyas, apartándolas en pos de desatar la tela aprisionada. El chico sintió cierto nerviosismo por su cercanía con ella, quien prácticamente se había inclinado sobre él para desatarle la pierna. La trenza, todavía intacta y perfecta, le resbaló por el hombro al igual que algunos mechones de pelo que cayeron sobre su rostro. Se la veía concentrada, con una extraña aura fantasmal debido al blanco de su pelo, —aún más claro por la luz diurna.

—Listo—dijo cuándo liberó los engranajes.

—Gracias—respondió abrumado por su cercanía.

—No ha sido nada, bueno—cambió ella el tono—será mejor que nos vistamos y bajemos.

Hipo obedeció de inmediato y salió de la cama en dirección a su baúl. Elsa hizo lo mismo, solo que ésta vez acordaron que Hipo se cambiaría en la habitación y ella en el cuartito, donde las doncellas le habían dejado muda limpia. Elsa podría haberse cambiado en un instante con su magia, pero Miranda le había prohibido estrictamente que la usara si quería reponerse lo antes posible, así que obedeció y tras asearse un poco se puso uno sus antiguos vestidos con los que cubrirse las heridas que seguían adornando todo su cuerpo. También se trenzó el pelo como solía hacerlo su madre y se puso los guantes.

Se dispuso a salir cuando un pequeño y ennegrecido espejo le devolvió su imagen por casualidad, donde irremediablemente la reina descubrió a su antiguo yo. Volvía a verse cómo aquella mujer sombría que tanto había odiado, solitaria, invisible y asustada de sí misma.

Volvía a ocultarse.

La Elsa del espejo torció el gesto y se dio cuenta que no quería eso para ella. No podía seguir ocultando sus heridas como si no estuvieran al igual que no podía seguir ausente como reina para su pueblo. Por supuesto que no deseaba preocupar a nadie, pero tenía que parar de fingir que todo estaba bien y que lo tenía todo bajo control.

Porque indudablemente no tenía nada bajo control.

Se soltó entonces el recogido, dejándolo sólo en una trenza simple. También se quitó los guantes y la capa fucsia que solía llevar con el vestido, desnudando con su magia sus hombros y sus brazos.

'Se acabó esconderse', se dijo frente al espejo, decidida.

Fue entonces cuando se percató en la existencia de un pequeño tarro que había junto al espejo con un extraño mejunje verde. Elsa lo reconoció de inmediato, ya que llevaba semanas untándose esa misma pringue en su cuerpo.

Hoy hablaría con Hipo sobre el incidente sí o sí.

Cuando salió de la habitación el vikingo todavía seguía vistiéndose. La reina no pudo evitar fruncir el ceño intentando averiguar los entresijos de su vestimenta, llena de correas de cuero que se iban interconectando a través del atuendo.

—Ya casi estoy—le dijo Hipo, volteándose hacia ella mientras terminaba de abrocharse la correa del pecho a su hombro—. He revisado mis cuadernos y puedo enseñarte algunos de los símbolos de los que te hablé…

Cuando levantó la vista se sorprendió de ver a Elsa así vestida. Era la primera que veía sus heridas desde la noche en que la vio desnuda. Seguía teniendo hematomas en ambos brazos, aunque sin duda mostraban cierta mejoría. También tenía los codos raspados en una amalgama de arañazos que parecían al fin haber cicatrizado.

Por lo demás seguía teniendo ese aspecto mágico que Hipo veía en ella.

—¿Tan mal se ve? —preguntó algo insegura, al ver que Hipo no le quitaba el ojo de encima a sus heridas.

—Sólo estás algo pálida —dijo sonriendo el vikingo, quitándole importancia—. Por lo demás te ves estupenda.

Elsa también le sonrió.

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—¿Más leche majestad?

—No, muchas gracias —declinó Hipo, haciendo que el sirviente se retirara.

Hipo jamás desayunó, almorzó o cenó en un lugar tan majestuoso como aquel. Era una sala enorme con una mesa de gran tamaño rectangular que podía dar lugar mínimo a veinte comensales pero que apenas tenía unas pocas sillas. Sobre el techo colgaba una espectacular lámpara de araña que hacía juego con las vidrieras y que reflectaba a ratos pequeños haces de luz sobre los cuadros en las paredes. Pese a todo el lujo, sin embargo, la comida era bastante normal debido a la escasez y estaban tomando básicamente una pasta echa a base de cereales y leche y algunas frutas confitadas que tenían cierto regusto a vinagre.

Anna se asombró de ver a su hermana así vestida, mostrando por primera vez sus heridas en público. Por supuesto no dijo nada, pero se alegró de su decisión. Anna presentó a Kristoff y a Hipo, quienes sólo habían coincidido en momento puntuales y quienes apenas habían cruzado palabra. Ambos chicos estrecharon sus manos, agradeciendo la enorme calidez del otro.

Se habían sentado en una de las esquinas de la gran mesa donde Kristoff y Anna los habían estado esperando. Elsa se sentó en su asiento habitual, presidiendo la mesa e Hipo se sentó a su lado, quedando en frente de la pareja.

—¿Y qué tal, habéis dormido bien? —empezó Kristoff rompiendo un poco el hielo mientras comía.

Elsa intercambió una mirada con Hipo, sin saber muy bien qué decir.

—Sí, bastante bien—respondió el chico—. No nos podemos quejar, aquí en Arendelle las camas son muy cómodas —dijo con una ironía que sólo Elsa captó.

—Sí, yo es a lo primero que me acostumbré—le explicó—. Antes era nómada porque soy vendedor de hielo y la verdad, cuando pasas tanto tiempo durmiendo en establos agradeces una buena cama.

—¿Vendías hielo?

A Hipo aquello le sonó completamente extravagante.

—Sé que ahora no tiene ningún sentido ese oficio, por mucho que insista Anna, pero…

Antes de seguir con todo aquel intercambio de palabras vacías y agradables Anna decidió poner sobre la mesa el asunto del que realmente quería hablar.

—Nos he reunido porque necesito hablar con vosotros —cortó la conversación la princesa.

Elsa tragó saliva, sorprendida por la seriedad de su hermana. ¿Desde cuándo Anna parecía tan madura?

—Claro, dinos—expresó con calma la reina.

Anna hizo un gesto a su hermana, bajando la voz para hablar:

—A solas los cuatro…

Elsa comprendió inmediatamente, alzando la cabeza para ordenar a los sirvientes y guardias que abandonaran la sala, los cuales obedecieron inmediatamente a su reina. Nada más se quedaron realmente solos Anna se disparó a hablar.

—Elsa, necesito que hablemos de lo que nadie del consejo quiere hablar y empecemos a tomar medidas de verdad de una vez—clarificó—. Estoy harta de esperar y tomar notas tontas sobre cómo se va a repartir la comida o las mantas…

—Que también es necesario…—apuntó Kristoff.

—Que también es necesario—repitió ella—, pero lo que realmente creo que debemos hacer es hablar de un posible ataque y de qué vamos a hacer cuando eso suceda.

De las dos hermanas, Anna siempre había sido la que tenía fama de tonta y bonachona. Su espíritu soñador y enamoradizo había hecho que todos en el reino la vieran como una niña dulce que vivía en las nubes y de la cual había que cuidar para que no se metiera en líos. Sin embargo, desde hacía años atrás aquella niña revoltosa se había convertido en una mujer sabia, llena de energía y con los mismos pájaros en la cabeza pero que pisaba con pies de plomo el suelo.

Desde que Elsa se coronó por segunda vez como reina legítima de Arendelle, Anna había participado en el consejo de sabios de la reina. No obstante, notaba que salvo su hermana pocos allí tenían en cuenta su opinión. De hecho, el otoño pasado, cuando llegó la plaga que arrasaría con gran parte de la cosecha, Anna ya advirtió que era necesario proteger los cultivos con alguna tela hasta que llegaran las heladas. En aquel momento Elsa tampoco la escuchó, ya que el consejo le había asegurado que desde hacía más de cincuenta años no había habido plaga que arrasara el campo.

Aquel invierno, cuando todo murió en la tierra, Elsa supo que jamás volvería a obviar la opinión de su hermana y Anna aprendió que no toleraría que la vieran nunca más como una niña estúpida.

Y esta vez sí que no estaba dispuesta a que la hicieran a un lado una panda de soberbios que estaban más preocupados en tener la razón y beneficiarse que en la seguridad de todo un reino.

—¿Y bien? —reclamó la atención de su hermana, que seguía pensativa.

Hipo, desde que había llegado, sintió que por fin alguien tomaba las riendas de la situación y se sintió tremendamente agradecido a la princesa.

—Tienes razón, tenemos que hacer algo—contestó a media voz Elsa—. El coronel Roston va a empezar a reunir jóvenes para entrenarlos y reponer parte del ejército, calculo que serán unos ochenta hombres, algunos más cuando contemos a los heridos que se vayan recuperando.

—Eso no bastará—dijo Hipo que hasta entonces había escuchado con atención—. En una guerra todo el mundo tiene que saber defenderse. Cuanto más podamos reducir el número de los que tienen que ser protegidos, mejor. Necesitamos a todos los guerreros que podamos y eso, aunque sé que no está en vuestras costumbres, también incluye a las mujeres.

—¿A las mujeres? —preguntó Anna—. ¿Dices que también se las entrenen?

Hipo asintió.

—No creo que el coronel esté muy acuerdo con eso… —añadió Kristoff.

—Pues tendrá que estarlo—sentenció Anna que no tragaba al coronel.

—Suena maravilloso Hipo—expresó Elsa, más cauta—, pero conozco a mis guerreros y son muy tozudos, no querrán entrenar a las mujeres y menos que los vikingos las entrenen.

Elsa no quiso decírselo, pero el rumor de que los vikingos iban por ahí violando mujeres era algo muy asentado entre las gentes de Arendelle, quienes miraban con temor a aquellos extranjeros rudos y grotescos.

—Tenemos muchas guerreras que pueden hacerlo—dijo pensando irremediablemente en Astrid—, estoy seguro que ellas estarían dispuestas a encargarse de ello.

Anna miró a Elsa buscando su aprobación, terminando por asentir.

—De acuerdo, entrenaremos también a las mujeres —aceptó—. ¿Qué más propones?

—También necesitamos dragones—explicó Hipo.

—¿Y dónde podemos conseguirlos?

—Pues…—comenzó pensativo—, hay muchos dragones en nuestras tierras, pero no sé si es posible encontrarlos en Arendelle, aunque—recordó—, cuando venía hacia aquí encontré uno en vuestros bosques.

Anna miró con extrañeza.

—El bosque encantado—le especificó Elsa.

Las hermanas compartieron una mirada inquieta.

—Si es necesario, iremos hasta allí—aceptó Anna—. Está solo a cuatro días de camino.

—Podemos llegar antes con los dragones, son solo dos horas de vuelo, pero me temo que no es seguro y tampoco sé a ciencia cierta si realmente hay dragones como tal…

Anna y Kristoff no entendieron a qué se refería el vikingo con eso.

—Hipo encontró a un dragón, pero estaba muerto—le explicó Elsa a la pareja—. Alguien había realizado un ritual de brujería con él.

A ambos se le cortó la respiración cuando oyeron aquello. Anna apenas sabía mucho sobre el asunto, ya que sólo había conocido la magia de Elsa y los rituales de magia blanca de los Trolls. Sin embargo, Kristoff sí que había oído hablar de estas prácticas a los Trolls y de lo peligrosas que eran.

—¿Habías hecho dibujos no? —preguntó Elsa.

—Sí, claro—expresó mientras sacaba una pequeña libreta de uno los numerosos bolsillos de su traje.

Hipo también extrajo una especie de pluma que nunca antes habían visto, compuesta en vez de tinta por carbón.

—Mirad—les mostró abriendo la libreta que llevaba consigo—. Conseguí dibujar estos símbolos y todavía recuerdo algunos más. Estaban por todas partes, sobre todo en el suelo —los señaló en la hoja— ¿os suena alguno?

Los tres negaron, confundidos y asombrados por la calidad de los dibujos del vikingo.

—Quizás en la biblioteca haya algo… —propuso Anna—. O quizás los Trolls sepan decirnos.

—Podemos hacerles llegar los dibujos a Gran Pabbie—formuló Kristoff, serio—. Estoy seguro que quizás él sabe algo que pueda guiarnos un poco.

—Un momento—dijo Hipo mirando a Elsa, completamente estupefacto—. ¿Lo de los trolls lo decías en serio?

Elsa asintió, luchando por ocultar una sonrisa que no pasó desapercibida por su hermana.

—Vale… —aceptó Hipo, frunciendo el ceño y comenzando a dibujar—. En ese caso y asumiendo que los trolls existen…

—Porque existen—confirmó Kristoff.

—Porque existen —aceptó el vikingo, no muy convencido—. Creo que sería buena idea volver al bosque e investigar un poco, ver si hay dragones y si no traer desde Berk. También tendríamos que enseñaros a entrenarlos —explicó—. No es muy difícil, pero tampoco podemos perder el tiempo. No sabemos cuándo atacará Drago ni qué está buscando realmente en Arendelle.

Pese a la honestidad de sus acciones, Hipo ocultaba una segunda intención en la idea de ir a investigar al bosque: se moría por saber si había más furias nocturnas.

—¿Vais entonces a liberar a los dragones? —preguntó Anna que llevaba desde el día anterior preocupada por el asunto.

Hipo volvió a mirar a Elsa.

—No lo sé… —comenzó—. No dudo en que vuestros dragones sean pacíficos—se dirigió a Hipo—. Pero tengo que pensar en la gente y no sé si están preparados para que haya dragones rondando el castillo. Mucha gente ha perdido a sus seres queridos a manos de esas criaturas…

—Elsa sé cómo te sientes—dijo Hipo, mirándola a los ojos—. Créeme, mi pueblo ya ha pasado por esto antes. Llevábamos generaciones matándonos los unos a los otros, había odio de sobra… —explicó—. Es una tragedia lo que ha pasado en vuestro reino y sé que te sientes responsable, pero confía en mí. Todo va a estar bien. Los dragones precisamente van a ayudarnos a proteger tu reino.

Elsa, todavía con cara de preocupación, bajó la mirada, observando sus manos que emanaban un cosquilleo gélido. Por supuesto que tenía miedo, estaba aterrada a equivocarse. Y su hermana lo sabía, ya que Elsa volvía a tener esa expresión suya de cuando se encerraba en sí misma y se culpaba de todo.

—Quizás no tengan que estar en el castillo —propuso de repente Anna, llevando la conversación justo a donde quería.

La reina miró a su hermana sin comprender.

—Podríamos… —se detuvo, reuniendo valor—, abrir la cúpula.

—¿Cómo? — mostró su negativa Elsa, frunciendo el ceño.

—Elsa, sé que la cúpula nos protege—expuso, algo nerviosa—, pero también nos aísla.

Anna notó la mano de Kristoff en su rodilla como señal de apoyo.

—Si vuelven a atacarnos—continuó el chico—, estaríamos completamente acorralados.

Elsa procesó aquella información, sabiendo que ambos tenían razón.

—Sé que tenéis razón, pero… —intentó ordenar sus ideas—, pero no sé si podría protegeros ante otro ataque para el que no estamos preparados y esa cúpula es la única cosa que puedo hacer por manteneos a salvo.

Hipo descubrió en ese instante la fragilidad de Elsa.

No era algo que estuviera en su voz, en su cuerpo o en su espíritu, ya que podía ver que a la chica le sobraba valor. No obstante, ahí estaba, ese brillo apagado en sus ojos, esa falta de confianza, ese miedo a equivocarse. Y entonces lo supo: el mayor miedo de aquella reina era no estar la altura y que ello pudiera hacer daño a los suyos.

—Pero Elsa—le rebatió su hermana—, es esa cosa la que te está debilitando.

—No, Anna…—negó Elsa, encerrándose cada vez más en sí misma— quizás no soy tan fuerte como todos pensáis.

—Pues claro que lo eres Elsa, pero esa cosa te está consumiendo, está absorbiendo toda tu magia…

—No puedes saberlo…

—¡Pero lo veo! —se alteró Anna, quien odiaba cuando su hermana tomaba esa actitud—. Veo cómo no has podido salir de la cama en semanas y cómo casi te… te vas.

Hipo se sorprendió de la ferocidad con la que hablaba Anna, asombrado del vínculo que compartían las hermanas.

—No pienso dejar que sigas así, te necesito bien y a mi lado, no puedo hacer esto yo sola.

—Anna, estoy bien…

—Por favor, no—expresó alterada—. No vuelvas a hacer eso, no vuelvas a apartarme Elsa, eso no me protege de nada… ya no soy una niña.

Elsa calló, sabiendo que Anna tenía razón. Le temblaban las manos.

—Elsa por favor—suplicó—. Te prometo que encontraremos la manera de defender Arendelle sin que tengas que hacer sacrificios…

—Todos hemos hecho ya sacrificios Anna —dijo con una crudeza que heló el corazón de Anna, sabiendo que se refería a su matrimonio con el vikingo, lo cual violentó al propio Hipo.

Anna se guardó sus palabras, quedándose callada. Elsa comenzó a respirar tranquila, intentando calmar sus emociones, sin poder evitar apretar los puños para contener su magia.

—Elsa… —dijo posando su mano sobre la de su hermana.

—¡Anna!

Elsa reaccionó con violencia, levantándose de golpe de la mesa y respirando agitada. Todavía no controlaba del todo sus poderes y menos cuando estaba alterada. Por un momento temió hacerle daño a Anna.

Elsa nunca se había perdonado helarle el corazón.

—Lo siento… —se disculpó Anna.

—No, lo siento yo… —recuperó Elsa la compostura—. Ne… necesito pensar. Lo voy a pensar —le prometió a su hermana.

Elsa lanzó una mirada a Hipo, pero inmediatamente la apartó por vergüenza. No podía creerse que hubiese reaccionado así delante del chico.

—Si me disculpáis—dijo antes de marcharse con paso ligero de la sala.

Hipo no entendía muy bien lo que estaba pasando ni qué se suponía que debía hacer él. ¿Debería seguirla o dejarle su espacio? El chico la observó desaparecer tras la puerta, la cual se quedó mirando un rato hasta la voz de Anna lo devolvió a la realidad:

—Elsa a veces no controla sus poderes como quisiera, no se lo tengas en cuenta.

Hipo se giró y miró a Anna que tenía una expresión mucho más apagada. En aquel momento pudo incluso encontrarles cierto parecido a ambas.

—¿Le pasa muy a menudo? —preguntó con inocencia el vikingo.

—Más de lo que quisiera… —argumentó Anna—. Lo peor es que se puede tirar semanas en su habitación sin hablar con nadie hasta que cree que vuelve a tener todo bajo control.

Aquella idea invadió de tristeza a Hipo.

—¿Creéis entonces que es por la cúpula? —les preguntó.

Los novios se miraron y asintieron.

—A diferencia de las estructuras de hielo que crea Elsa, esa cúpula es como una especie de escudo mágico—explicó—, tiene que mantenerlo activo en todo momento y bueno, como es más terca que una mula prefiere agotarse hasta desfallecer antes que sentir que no nos protege… Todavía se culpa de lo que pasó.

—No podía hacer nada frente a dragones que no mueren… —buscó Hipo cierto consuelo—. Ni siquiera sé si nosotros podemos hacer algo.

—El caso es que tiene que desactivar ese escudo—dijo Kristoff—. No volverá a estar al cien por cien hasta que lo haga y la necesitamos.

—Se piensa que tiene que cargar con todo ella sola… —expresó agotada Anna, escondiendo la cabeza entre las manos y masajeándose la frente.

Hipo torció el gesto, sintiendo que en aquello ambos se parecían.

—Además—añadió Anna—, la comida pronto se acabará y no podemos seguir aquí encerrados, es insostenible…

Hipo se quedó un momento pensativo.

—Si se abre la cúpula podríamos ir a pescar con los dragones—propuso—. Además, nosotros nos encargaríamos de vigilar y proteger Arendelle desde el aire —explicó—, y no sé, en Berk tenemos sistemas de defensa que podrían servir y ante cualquier indicio de peligro podríamos tener preparado un plan B de huida al bosque.

Anna pareció recuperar cierto brillo en los ojos.

—Podría funcionar…

—Voy a ir a hablar con ella, la convenceré —dijo seguro de sí mismo, poniéndose en pie— ¿Sabéis a dónde puede haber ido?

Anna no pudo evitar ver a Hipo como un iluso, pero le conmovió su energía por intentarlo. Realmente y pese a todo el caos inicial, se alegraba de haber pedido ayuda a los vikingos y se alegró de haberse equivocado en su juicio inicial del vikingo. Después de todo, Hipo parecía una buena persona.

—Tengo una ligera idea —respondió.

—Vale, pues entonces—agarró su libreta el vikingo y arrancó la página con sus dibujos—. Encargaos vosotros de hacerle llegar los símbolos a los… trolls —articuló—, yo y Elsa podemos buscar en la biblioteca, eso si la hago entrar en razón, claro está…

—Yo puedo hablar con las mujeres—se ofreció Anna—, les explicaré la situación e intentaré que acepten los entrenamientos.

—Genial—alentó Hipo—Si necesitas ayuda busca a una vikinga que se llama Alea, es una mujer así grandota rubia, ella te ayudará seguro.

—Vale.

Entonces le ofreció la libreta a Anna y le pidió que le hiciera un croquis simple del castillo, ya que siempre se andaba perdiendo y que le indicara por favor dónde se encontraba la biblioteca y por supuesto Elsa, si es que realmente podía encontrarla. La princesa no era tan buena como Hipo dibujando, pero tenía que reconocer que tenía una caligrafía preciosa. En un principio Anna no cayó en la cuenta de que los vikingos y ellos no usaban la misma escritura, así que Hipo tuvo que pedirle que le escribiera en latín, ya que era lo único que más o menos sabía leer con su alfabeto —ya que la única en la familia real que sabía escribir y leer vikingo era Elsa, dados los acuerdos diplomáticos.

Cuando Anna creyó que aquel garabato hacía justicia a una representación más o menos certera del castillo se lo entregó a Hipo, quien lo cogió como un niño toma un mapa del tesoro, guardándolo con cuidado en uno de sus múltiples bolsillos.

—Gracias—dijo cuándo lo cogió—. Os mantendremos informados de cualquier cosa.

—¡Hipo una cosa más! —dijo Anna, poniéndose en pie—. No le digas nada de momento a ninguno de los consejos.

Anna no quería que se interpusieran en sus decisiones y más ahora que por fin veía algo de progreso.

—Tranquila, no tenía pensado decirles nada.

—Gracias.

Kristoff se levantó también para despedir al vikingo, rodeando con su brazo a Anna mientras veían como aquel extraño chico desaparecía por la puerta.

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Pese al mapa, Hipo dio más vueltas de las que pensaba. En un principio había interpretado el mapa al revés y hasta que su buen sentido de la orientación no le advirtió de que estaba haciendo el idiota no pudo ubicarse en ese laberinto de paredes y escaleras simétricas. Bajó y subió, giró en todas direcciones y entró en varias salas por error. Finalmente terminó por preguntarle a unos guardias, los que se convirtieron en sus sombras una vez más hasta que pudo despistarlos gracias a uno de los atajos que le había dibujado Anna. Así fue cómo llego a la habitación de Elsa, su antigua habitación, la que había tenido desde que era niña hasta la noche del incidente, cuando la trasladaron a la planta de abajo para poder atenderla mejor. Su estado febril la debilitó tanto que pese a ser la reina de las nieves, aquella habitación era demasiado fría y comenzó a suponer un riesgo su salud. Por esta razón Miranda tomó la decisión de trasladarla.

Ahora aquella habitación estaba llena de cajas de conservas y muebles que habían movido los sirvientes del castillo para poder habilitar los grandes salones para alojar a todos los civiles y heridos.

Como Anna pudo prever, su hermana estaba allí, asomada al balcón y abrazada a sí misma.

Hipo empujó la puerta con delicadeza, pero aun así la vieja madera se quejó, emitiendo un chirrido agudo que alertó a Elsa, quien ni siquiera se giró.

—Anna por favor, vete, quiero estar sola—ordenó.

Hipo no sabía muy bien qué decir o hacer.

—No soy Anna—comenzó, dubitativo—, pero entiendo si quieres estar sola…

La reina se giró inmediatamente, avergonzaba.

—Perdona Hipo—expresó—, pensé que eras Anna y…

—¿Puedo pasar entonces?

Elsa torció la sonrisa, sin saber qué decir e Hipo quiso interpretar que su silencio era una especie de afirmación para aquella mujer de pocas palabras y gestos tácitos. Con cuidado se coló en la habitación y cerró la puerta.

Se quedaron un momento en silencio, sin saber qué decirse mientras Elsa miraba el suelo, incómoda.

—¿Recuerdas que me dijiste que no tendría que preocuparme más por los guardias? —empezó Hipo con calidez, intentando relajar el ambiente—. Pues no han parado de seguirme por todo el castillo hasta que los he despistado.

Aquello consiguió robarle una sonrisa triste a la reina.

—Vaya—suspiró, cruzando los brazos—. Tendré que hablar personalmente con el coronel.

—Por favor—suplicó él, sin moverse de la puerta, ahora cerrada e imitando la pose de ella.

—¿Cómo me has…? —quiso saber la reina.

—Anna.

Elsa tomó aire, expulsándolo lentamente. Se la veía algo inquieta, aunque a decir verdad desde que Hipo la había conocido pocas veces había borrado el gesto de preocupación de su rostro.

—Me dijo que probablemente habrías venido a tu habitación… —abrió la conversación el vikingo, mirando embelesado los altos techos—. Caray, es enorme.

—Se hace bastante pequeña cuando te pasas media vida encerrada en ella—respondió con cierta resignación.

Aquella respuesta incomodó al chico. Había conocido la miseria y el hambre en muchos de sus viajes y aunque el vikingo nunca las hubiera sufrido en sus carnes, no había tenido tampoco una vida de lujos, y eso que pertenecía a la familia de jefes de Berk. En un primer pensamiento fugaz pensó que no podía ser tan terrible la vida de una doncella en un castillo, en una habitación hermosa y amplia, rodeada de libros y con vistas al mar. No obstante, Hipo valoraba la libertad más que nada en el mundo y sabía que sin ella, cualquier habitación llena de lujos y comodidades no dejaba de ser una jaula adornada.

—Perdona Hipo—dijo entonces Elsa para su sorpresa—, me he comportado como una cría antes, no quería que te sintieras incómodo…

—No pasa nada—respondió con sinceridad el vikingo— ¿Estás bien?

—Sí, sí… —mintió, dándole la espalda a Hipo —. Es sólo que a veces me cuesta mantener el control y… bueno, mi hermana se preocupa demasiado…

—Se nota que le importas mucho…

Elsa soltó un bufido silencioso, sin tener respuesta para aquello. Se llevó la mano a la frente, intentando controlar sus emociones. Anna era la persona más importante del mundo para ella y odiaba cuando se peleaban, pero sin duda su hermana a veces pecaba de ilusa y Elsa sabía que realmente, por mucho que la quisiera, no llegaba a comprenderla del todo. Su ciega admiración de hermana pequeña le nublaba el juicio y perdía la mirada crítica con la que Elsa se observaba con tanta dureza. La reina no era perfecta, ni tenía control total sobre sus poderes. Ni tampoco tenía la solución para aquella situación por la que estaban pasando.

Hipo vio a Elsa encaminarse hacia el balcón. Quizás no había hecho bien en decirle aquello. Realmente todavía no la conocía y lo poco que había podido ver de la chica eran aspectos superficiales que realmente no le daban herramientas con las que hablarle. No quería incomodarla ni importunarla. Hipo pensó en marcharse y dejarla pensar tranquila, pero esa vocecita que a veces le hablaba le dijo que tenía que hablar con ella; así que finalmente tomó la iniciativa, respiró hondo y se acercó hasta el balcón, poniéndose a su altura y mirando en la dirección que ella mantenía.

Era una imagen tan bella como perturbadora. Arriba en el cielo podía apreciarse el sol que brillaba sobre un mar en calma mecido por las olas. No obstante, aquel resplandor de la cúpula creaba una cierta neblina cristalizada que hacía que todo pareciera un espejismo, una ilusión.

—Son unas vistas increíbles —expresó el vikingo, absorto.

Las vistas desde aquel balcón mostraban la entrada del mar al fiordo, un lugar perfecto para divisar las llegadas de los comerciantes. También se veía a la derecha un enclave montañoso que acaba en valle desde el que descendía un pequeño riachuelo que moría en el mar y por el que salía el sol cada mañana.

—La verdad es que sí— coincidió ella—. Apenas han cambiado desde que era niña…

—Me falta la brisa...—dejó caer el vikingo, simpático— pero igualmente no creo que uno pueda cansarse de contemplar algo así.

—Bueno, yo siempre deseé ver qué habría más allá de este paisaje —apuntó con cierto brillo ausente en su mirada, captando la atención del vikingo—. Hasta que mi padre me dijo que más allá sólo había monstruos y paganos salvajes cuyas almas irían al infierno.

—Vaya — Hipo no pudo evitar abrir los ojos, irónico—. Guau, eso duele…

Elsa le sonrió, sin atreverse a mirarle a los ojos.

—No tenías qué haber venido Hipo, estoy bien, de verdad.

—¿Quién te ha dicho que he venido a darte un discurso motivador?

Elsa arqueó una ceja, asombrada por su descaro.

—¿Y entonces a qué has venido? —dijo, extrañándose de su propia picardía.

—He venido porque tenemos asuntos pendientes, alteza—dijo con su mejor acento, imitando la forma de hablar de los consejeros de Arendelle.

Elsa miró a otro lado, intentando esconder su sonrisa. Nunca había sabido cómo comportarse muy bien con la gente y menos cuando la sacaban de las conversaciones a las que estaba acostumbrada.

Elsa conocía todos los protocolos que una reina debe conocer, sabía hablar sobre política, ganadería, agricultura, ciencias y artes. También sabía cómo debía dirigirse a los campesinos y cómo debía hacerlo con el resto de componentes de la nobleza de otras tierras. Conocía las artes de los cubiertos, los enseres, la costura y todas las formas posibles de sentarse en una silla, aplaudir y esconder los bostezos inevitables en las largas discusiones entre consejos. Pero lo que no sabía y no tenía ni idea era de cómo hablar con Hipo.

De niña nunca la habían relacionado con chicos, por no decir que desde el incidente con Anna ni siquiera se había relacionado con otros niños y niñas de su edad. Había coincido en contadas ocasiones con algunos hijos de condes, duques o incluso príncipes, pero todos ellos seguían los patrones que le habían enseñado. Sabía de antemano lo que iban a preguntarle incluso antes de que lo hicieran. Y por supuesto ella se aprendía de memorias todas las respuestas a dar. No obstante, el vikingo no parecía tener manual de instrucciones. Era una persona extrovertida, imprevisible y transparente. Decía lo que pensaba y hacía lo que quería sin pensar en las consecuencias. De otra forma nunca la hubiese rechazado en público, se hubiese casado a regañadientes, hubiese evitado consumar el matrimonio o la buscaría a solas en una habitación. Claro que igualmente estaban casados, pero Elsa sabía que aquello no estaba bien visto, al menos en todo aquello que se habían esforzado en que aprendiera como reina.

—¿Has venido entonces a convencerme de que debo abrir la cúpula?

—He venido a convencerte de que sueltes a mis dragones.

Elsa se quedó pensativa.

—Hipo, no sé… honestamente no sé si es buena idea…

—Elsa, por favor—pidió.

La reina frunció el ceño, no muy convencida.

—No sé… creo que no es el mejor momento—dijo bajando la mirada hacia sus manos.

—¿No hay nada que pueda decir para convencerte?

Elsa suspiró, volviéndose a perder en el infinito.

—Vale, contéstame esto —le dio una oportunidad—. Si los dragones solo atacan porque alguien los controla o bien tú mismo los controlas para que sean dóciles… ¿cuál es su verdadera naturaleza? —preguntó—. Quiero decir, si pudieran elegir por sí mismos, ¿qué harían?

Aquella posiblemente era la pregunta más compleja que alguien le había hecho sobre dragones. Hipo miró en la misma dirección que ella, pasándose una mano por la nuca, indeciso. Él mismo se había hecho aquella pregunta millones de veces. Desdentado era el claro ejemplo de la nobleza y la amabilidad infinita de aquellas criaturas inteligentes, pero Hipo también había conocido dragones sanguinarios, crueles y con afán de sometimiento a los de su especie. Como los propios humanos, terminó por acertar siempre.

Suspiró, sin saber muy bien qué responderle.

—Supongo que… echarían a volar y— tomó aire—, y se alejarían todo lo que pudieran de nosotros.

No era la respuesta que la reina esperaba, pero no la pasó por alto. Al fin y al cabo, quien no querría huir lejos de todo aquello.

—¿Eso crees?

—La maldad es un defecto de dioses y humanos, los dragones no tienen culpa de nuestros actos—sentenció—. Sé que no dejan de ser criaturas salvajes, no soy idiota y bueno, hay que andarse con ojo ya que algunos son tremendamente peligrosos—explicó—, pero yo les he mirado a los ojos y he visto honestidad.

—Pareces muy seguro…

La reina escrutó a Hipo con detenimiento, quien además así vestido parecía aún más un vikingo. Puede que siguiera sin parecerse al resto de su tribu, pero indudablemente tenía aquel aspecto salvaje que desde el primer momento había visto en él. Además, ahora podía ver una determinación férrea en sus ojos.

—Déjame que te lo enseñe Elsa—pidió, abandonando su ensimismamiento y mirándola a los ojos, muy convencido.

El chico volvió a ofrecerle su mano.

—Te prometo que luego respetaré tu decisión, decidas lo que decidas.

Elsa tomó aire y aunque no fue capaz de apretar su mano por miedo a perder el control, aceptó.

.—.—.—.—.—.—.—.—

Huyendo de la mirada de guardias y civiles, Hipo y Elsa descendieron por los entresijos del castillo hasta los calabozos. Tuvieron que dar un gran rodeo, ya que casi tropiezan con el legislador y en aquel momento sin duda esa era la última persona que Elsa quería ver. De hecho, si lo mantenía en el consejo era por respeto hacia su padre, quien consideró a aquel hombre en algún momento un amigo. Sin embargo, la reina no soportaba su arrogancia y su avaricia. Y mucho menos que la hubiese expuesto a una decisión tan complicada frente a los vikingos.

Por esta razón tardaron más de lo que pensaron en llegar. También se toparon con algunos sirvientes del castillo que pararon a Elsa para preguntarle algunos pormenores rutinarios, como la cena de aquella noche, el uso de ciertas telas para los enfermos o la posibilidad de facilitar una salida a los alrededores de la cúpula a por plantas medicinales. Hipo se sorprendió de la habilidad de Elsa para tratar con estas personas y para resolver sus problemas de forma tan eficiente, educada y llena de gracia. Él todavía no se había acostumbrado a afrontar la mitad del trabajo que hacía su padre en su isla, no se quería ni imaginar lo que debía ser aquello, cuando además el reino de Arendelle triplicaba a los habitantes de su isla.

—Por aquí—lo agarró por sorpresa Elsa de la camisa, mientras bajaban por unas escaleras estrechas que conducían a las cocinas.

Al llegar allí el olor a sopa y estofado de verduras les inundó las fosas nasales, siendo recibidos por numerosas mujeres de risa fácil que soltaron algunos piropos a la pareja, como si se trataran de dos chiquillos enamorados huyendo de sus padres y buscando un lugar donde poder compartir sus besos entre las sombras ocultas de las cocinas. Por supuesto, aquella idea hizo que ambos se ruborizaran y negaran rápidamente ante las sonrisas pícaras de aquellas mujeres tristes que se pasan la vida sonriendo y trabajando para los demás.

Tras la ardua tarea de abandonar aquella instancia de calor sofocante, consiguieron salir al patio trasero, donde por suerte no había nadie. Una vez allí Elsa le explicó que la entrada a las mazmorras solía estar vigilada por guardias, pero que desde hacía días el coronel había decidido mover todos sus recursos a la preparación de soldados, ya que pensaba que los dragones no se iban a mover de sus jaulas.

—No se moverán, pero los ha subestimado—se quejó Hipo.

Elsa estaba de acuerdo con él, pero el día anterior estaba demasiado cansada como discutir con aquel hombre, mucho más comprensivo que el legislador, pero igual de tozudo en su área.

Cuando llegaron, la puerta de las mazmorras estaba cerrada con llave. No obstante Elsa no tuvo que hacer mucho esfuerzo para congelarla y romperla, lanzando una mirada triunfal a Hipo, que se seguía preguntándose por qué aquella reina parecía hacerlo todo a escondidas. ¿A quién temía? Si ella era la reina, la máxima autoridad.

El vikingo no dijo nada y se limitó a bajar con ella. Se sorprendió de aquella entrada, ya que él recordaba que los guardias lo habían guiado por otro lado la mañana anterior y las propias princesas hicieron su aparición por una tercera salida.

No tardaron mucho más en localizar a los dragones, encerrados en aquellas celdas con barrotes de hielo. Al fondo Hipo pudo divisar a su dragón que seguramente llevaba un rato notando su presencia. Desdentao levantó las orejas con ilusión al verlo aparecer, comenzando a emitir gruñidos de afecto y súplica. Hipo corrió hasta él, metiendo las manos por los barrotes, como la vez anterior.

—Eh tranquilo campeón—le dijo cariñoso—. Estoy aquí, te dije que volvería…

Entonces la actitud del dragón cambió por una mucho más austera, sacando los dientes y colocándose a la defensiva en dirección a Elsa, quien se encontraba a la entrada de aquellas mazmorras.

—Tranquilo, tranquilo—volvió a pedirle—, es una amiga, no va a hacerte daño.

Sus palabras no parecieron calmar a su amigo, quien siguió gruñendo con rostro amenazante.

—Ya te dije que no era una buena idea —apuntó Elsa, quien se sintió en aquel momento observada por todos los animales allí atrapados, como si quisieran devorar sus carnes como en sus pesadillas.

Hipo soltó algunas palabras a su dragón que la reina no pudo entender y con paso nervioso se acercó a ella, tomándola del brazo con suavidad. Elsa se tensó ante aquel contacto, ya que no acostumbraba a que la gente la tocara.

—Tranquila—le pidió también a ella—, te prometo que no te hará daño, pero necesito que les sueltes.

—¡Cómo! —exclamó sorprendida—. No, no puedo hacer eso Hipo…

—No van a hacerte daño, Elsa.

—¿Y cómo estas tan seguro? — preguntó nerviosa—. Yo los he encerrado aquí, entendería sus motivos para matarme.

—Confía en mí—pidió Hipo.

Elsa miró al chico en sus penetrantes ojos verdes y por alguna razón decidió confiar en él. Se adelantó un par de pasos, observando a su alrededor todas esas jaulas y se concentró, elevando las manos y cerrando los ojos. En aquel momento los barrotes de hielo comenzaron a emitir un brillo azul que se fue transformando en un halo que vagaba por el aire hacia las manos de Elsa. Poco a poco los barrotes se fueron desvaneciendo en un fino polvo blanco hasta desaparecer por completo, liberando a todos los dragones de su prisión.

Aquel esfuerzo hizo que Elsa se tambaleara levemente. No obstante, recuperó el equilibrio al abrir los ojos para comprobar que todos los dragones la miraban inquietos, sin moverse de su sitio. Hipo también la miraba asombrado, sin acostumbrarse todavía al funcionamiento de su magia. El único que pareció reaccionar fue Desdentao, quien salió de su jaula y se aproximó acechante.

Elsa, al verle avanzar se colocó detrás de Hipo lentamente, intentando controlar la magia que emanaban sus manos, a la defensiva. En otra circunstancia jamás habría reaccionado así, pero el temor le pudo.

—Tranquilo Desdentao… —pidió el vikingo elevando su mano hacia el dragón.

El dragón pareció pausar su avance, intentando gestionar las palabras de Hipo.

El vikingo se giró para mirar a Elsa, agarrándola de ambos brazos.

—¿Confías en mí?

Ella asintió, con auténtica cara de terror.

Hipo la rodeó entonces, colocándose detrás de ella y sujetando sus brazos, mostrándola frente a frente con el dragón.

—No va a hacerte daño—le dijo Hipo casi al oído por la cercanía.

Elsa estaba abrumada, no solo porque volvía a mirar a los ojos a una de esas criaturas que casi acaban con su vida, sino porque era la primera vez que tenía a Hipo tan cerca y por alguna razón que no comprendió aquello la perturbó. Podía notar la cálida respiración de él contra su pelo, al igual que se esforzaba porque sus cuerpos no se rozaran, pese a la cercanía de ambos. Le daba vergüenza que él pudiera notar su nerviosismo, aunque en aquel momento estaba más preocupada por el dragón.

Frente a sus ojos ser erguía curioso Desdentao, que todavía no había bajado la guardia y seguía en posición amenazante. Elsa lo escrutó con detenimiento dada la cercanía. Aquel dragón era negro como la misma noche, mitad león mitad murciélago, con unos increíbles ojos verdes donde Elsa podía verse reflejada. Se sorprendió de verse a sí misma tan aterrada.

—¿Có… cómo se llama? —preguntó a Hipo.

—Desdentao—pronunció Hipo con acento vikingo.

Elsa quiso saber qué clase de nombre era ese, pero no dijo nada, ya que la situación no era la más idónea.

—Está bien…

Elsa tomó aire, calmándose un poco. Cerró los ojos y alzó la mano, para sorpresa de Hipo, quien iba a instarla a hacer justamente aquel gesto.

La reina se concentró, buscando a su alrededor aquello que instantes antes había percibido pero que había ignorado por miedo. Había algo mágico en los dragones, algo que ella podía sentir en el aire, como cuando era consciente de la propia existencia de sus poderes. Podía sentir a aquel ser en toda su totalidad y su poder, su inmenso y cálido poder. Entonces Elsa alejó cualquier miedo, como si al percibirlo de aquella forma aquella criatura no fuera tan distinta a ella.

Cuando abrió a los ojos ya no vio a un monstruo, sino a un ser mágico como ella, salvaje y temeroso. El dragón pareció percibir su cambio, no solo en la mirada de la reina, mucho más brava ahora, sino también en la influencia mágica de aquella humana. El dragón bajó la guardia y se acercó poco a poco a ella, hasta pararse justo en frente, olisqueándola.

Elsa se sintió atraída a tocarle, pero el miedo la hizo dudar, apartando la mano temerosa. Fue entonces cuando Hipo agarró su mano y le dedicó una mirada cálida. Elsa lo supo y junto con aquella mano se acercó al animal para tocarlo.

Aquel contacto fue posiblemente el contacto más íntimo e intenso que Elsa había experimentado hasta la fecha, ya que no solo sintió la calidez de aquel ser, sino también todo su poder fluir bajo su piel escamada. Era sin duda la criatura más majestuosa que había visto en la vida.

—Lo siento—se disculpó muy bajo, sin apartar la mirada de los ojos del dragón, quien le respondió con una leve inclinación.

—Es precioso Hipo…—dijo entonces, abrumada por la conexión mágica.

—Sí que lo es… —respondió embelesado él, invadido de alguna manera por la extraña aura que habían creado.

Fue entonces cuando Desdentao se abalanzó sobre él, lamiéndole sin parar. Hipo comenzó a quejarse entre risas. 'Eso no se quita' gruñó varias veces ante la sonrisa incrédula de Elsa, a quien todavía le temblaban las piernas.

La reina echó un vistazo a su alrededor y se sorprendió al ver que el resto de dragones se le estaban acercando, curiosos. Elsa nunca había sido una apasionada de los animales, ya que sus padres nunca quisieron tenerlos en el castillo. El único animal que Elsa tuvo alguna vez fue un pájaro tropical que su padre trajo de uno de sus viajes. No obstante, a las semanas Elsa decidió soltarlo, ya que odiaba tenerlo enjaulado, como si otorgarle la libertad fuera un acto de piedad que ansiaba para sí misma.

Por esta razón nunca tuvo mucha maña con las bestias y pensaba que a ellas tampoco les gustaría la presencia hostil de Elsa. Sin embargo, sintió que había vivido toda la vida privada de aquella agradable compañía cuando pudo comprobar maravillada que aquellas criaturas parecían adorarla. Los dragones se acercaron en un primer momento temerosos, pero una vez Elsa se agachó para tocar a los más pequeños, el resto no dudó en abalanzarse sobre ella para que los acariciara.

—Vaya, estás hecha una domadora de dragones nata—sugirió Hipo al verla rodeada de dragones.

—¿Tú crees? —dijo con la ilusión de una niña—. Parece que les gusto… no lo entiendo.

La reina no estaba acostumbrada a tener la completa simpatía de sus súbditos, por lo que le sorprendió la sincera reacción de las criaturas.

—No creo que no pudieras gustarle a alguien—al momento se corrigió, arrepentido y abochornado por lo que acababa de decir—, quiero decir…

—Tranquilo Hipo—lo cortó ella con una sonrisa—, te he entendido.

El vikingo le devolvió la sonrisa y agachó la cabeza, buscando la mirada cómplice de su dragón. 'Qué vergüenza haberle dicho eso', pensó para sí.

Elsa e Hipo no supieron bien cuánto tiempo estuvieron allí abajo con los dragones. Al principio Hipo le fue explicando las especies que eran aquellos dragones, cómo se llamaban y a quién pertenecían. También le habló de sus habilidades, de la comida que solían tomar o cuan poderosos eran. Hipo, para curiosidad de la reina, también le explicó que tenía la teoría de que los dragones se parecían a sus dueños y sus dueños a los dragones, como su hubiese una simbiosis.

—¿Y entonces tú dices ser un furia nocturna? ¿El más poderoso de los dragones? —respondió Elsa divertida.

—Bueno, yo tal vez no sea el mejor ejemplo… —se quejó Hipo, divertido—. Pero, vamos…, mira el de mi padre o el de Bocón.

Elsa no pudo evitar reír al comprobar que algo de aquello sí que era cierto. Los dragones de aquellos dos hombres eran gigantes, simplones y robustos, como los dos vikingos.

Después de un rato hablando, terminaron por sentarse en el suelo de las mazmorras. A Hipo le sorprendió que fuera la propia Elsa la que tuviera la iniciativa de este gesto, ya que nunca pensó que la reina se fuera a sentar en el suelo; pero lo hizo y él la imitó. Elsa se apoyó contra una de las paredes y al instante la mayoría de los dragones se tumbaron a su lado, reclamando su atención. Hipo se sentó frente de ella, apoyado en su dragón, a quién acariciaba la cabeza.

—Entonces—intentó recapitular Elsa toda la información que le había estado explicando el vikingo—, tú y los… jinetes, os dedicáis a rescatar dragones por el archipiélago…

—Exacto.

—Y tú y… ¿patarres?

—Patapez—corrigió Hipo aguantando la risa.

—Patapez, eso—recordó Elsa—. Vosotros estáis escribiendo esta especie de enciclopedia de dragones.

—Sí, nos encargamos de anotar todas las especies que encontramos, su hábitat y sus características.

Elsa hojeaba el libro que Hipo le había mostrado y que había sacado de uno de sus múltiples bolsillos. La reina seguía sin comprender cómo Hipo podía llevar tantas cosas en su traje, ya que le constaba que también llevaba encima el cuaderno de dibujo.

—Es fascinante… —apuntó pasando las páginas y observando toda aquella información mientras un terror terrible se le acurrucaba en la pierna— Qué envidia me dais... —dijo cerrando y devolviéndole el cuaderno.

—No te engañaré, es bastante divertido —se echó hacia adelante él para cogerlo—. Quien sabe, quizás podrías unirte a nosotros.

—¿A los jinetes? —preguntó Elsa, sorprendida.

—Sólo si quieres, claro —Hipo ojeaba por encima su libro, orgulloso.

La reina se quedó pensativa ante aquella propuesta, acariciando al pequeño terror terrible junto a ella.

—Creo que no podría… —respondió con cierta tristeza en su voz—. Me necesitan aquí y bueno, no puedo dejar sola a Anna con mis responsabilidades.

—Pues no sabría qué decirte —le replicó Hipo—, esta mañana parecía bastante segura de saber lo que había que hacer.

Elsa rodó los ojos.

—¿Tú también piensas que debería abrir la cúpula no?

El vikingo arrugó la nariz.

—Sí te soy sincero—comenzó—, y teniendo en cuenta que vas a soltar a mis dragones…

—Que eso todavía no es seguro… —apuntó ella.

—Creo que sí, que deberías abrirla —se sinceró el chico—. No sé, no sé si es cierto que te está afectado en tus poderes porque no puedo saberlo pero—se explicó—, lo único que puedo decirte es que no podéis seguir escondiéndoos bajo esta cúpula.

Elsa se quedó pensando aquello, mientras se abrazaba ambas rodillas con los brazos.

—¿Y qué propones?

—Te contaré algo—dijo entonces Hipo—. Berk, nuestra isla, nunca ha sido un paraíso de dragones y humanos, de hecho, hasta hace bien poco seguíamos matándonos los unos a los otros —se cruzó de piernas y se incorporó levemente, para proyectar mejor la voz—. Te preguntarás por qué no dejamos Berk si era una isla infectada de dragones… pero bueno, es que somos vikingos, en tozudez no nos gana nadie.

Elsa le sonrió, atenta.

—El caso es que durante siete generaciones de vikingos estuvimos cazando y peleando con los dragones—resumió—, y sin duda, no habríamos podido sobrevivir sino fuera porque aprendimos a reponernos de cada ataque.

Desde niño he visto y sufrido los ataques de dragones, ver cómo se llevaban la comida, destruían casas o mataban a los nuestros, pero por muchas cosas horribles que pasaran esas noches de pesadilla, a la mañana siguiente Berk se ponía en pie y se reconstruían las casas, se iba a pescar y se trabajaba de sol a sol para proteger a los nuestros, para ser más listos y estar cada día más preparados. Lo que quiero decir es que nuestra última opción hubiese sido escondernos. Si hubiésemos hecho eso, ni yo ni ninguno de los míos estaría aquí hoy.

Elsa procesó aquel relato de pesadilla, sintiendo empatía por aquellas gentes que habían vivido bajo el miedo constante.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó entonces Elsa—. Quiero decir… Anna pidió tu ayuda porque los Trolls nos hablaron de ti, de un maestro de dragones que podía controlar a esas criaturas, pero no sabía que los vikingos luchabais contra los dragones... no al menos de esa manera —organizó sus ideas—, y si dices que viviste todo esto de niño… ¿qué pasó para que vikingos y dragones hayáis aprendido a convivir?

Hipo bufó, sabiendo que aquello era una historia muy larga.

—La verdad que no es una historia fácil de resumir… —recordó Hipo con una sonrisa volcada, mirando a su amigo.

Elsa siguió escrutando al chico y a su dragón con detenimiento, sin saber si Hipo le respondería o no. Con aire distraido terminó posando sus ojos de nuevo en aquello que no podía dejar de mirar.

—¿Puedo preguntar al menos quién le hizo eso a tu dragón? —preguntó de repente, señalando la cola del dragón y la prótesis que tenía fijada— Me parece una crueldad terrible.

En aquel momento una imagen vino fugaz a la mente de Elsa. Se trataba del sobrino del conde de Weselton. Elsa apenas era una niña, pero recordaba la fechoría de aquel muchacho con una claridad que casi aterraba. Fue durante un baile de la primavera dónde sus padres invitaron a toda la realeza de los alrededores. Elsa recordó que su padre le dio permiso para jugar con los demás niños, fue antes de su accidente con Anna. Recordaba perfectamente haberse acercado al grupo de niños, bien vestidos con sus trajecitos de gala, mientras hacían un corrillo en un lado del jardín. Elsa casi se echó llorar cuando vio lo que estaban tramando, ya que todos animaban entre vítores al sobrino del conde Weselton a arrancarle las alas a una mariposa viva que luchaba por escapar entre sus dedos.

Elsa luchó por hacer desaparecer aquella violenta imagen de su cabeza a la par que miraba a Hipo, mucho más serio, evitando mirarla.

—Se lo hice yo— confesó.

Por supuesto la reina no esperaba esa respuesta, sin poder explicarse que ese chico que sentía pasión por aquellas criaturas hubiese podido hacer algo tan cruel.

—Verás… yo no hace tanto tiempo que soy 'el maestro de dragones' como me llaman— se sinceró—. De hecho, hasta hace bien poco era la vergüenza de mi padre y de toda mi isla, el hijo inútil y patoso del gran Estoico el Vasto.

Elsa miró que algo en Hipo había cambiado, como si recordar aquello todavía le causara cierto dolor. Aun así, no dijo nada, y lo escuchó con atención. Hipo le explicó lo sucedido la noche en que supuestamente capturó a un furia nocturna y cómo su padre, al igual que los demás, no le creyeron, ya que pensaban que era el peor vikingo en generaciones. También le contó cómo encontró a Desdentao en el bosque y cómo no fue capaz de matarlo. El resto de la historia fue fluyendo con facilidad. Hipo era un narrador nato y la reina, si algo la caracterizaba bajo ese perfil gélido y silencioso es que sabía escuchar. Y eso hizo, hasta que Hipo terminó el relato.

—Cuando me desperté—casi concluyó Hipo—, pensé que directamente había muerto porque no me podía creer que Desdentao estuviera en mi habitación.

Hipo todavía recordaba con claridad ese momento que sin duda estaba cargado de felicidad, confusión y dolor.

—¿Y desde entonces los dragones viven con vosotros?

—Así es… Toda Berk está repleta de dragones que caminan a sus anchas por los tejados y las calles de nuestros hogares—explicó— Si algún día viajas conmigo hasta allí podrás verlo con tus propios ojos.

Hipo era tan amistoso con ella que a veces la reina se preguntaba si era consciente de que estaban casados y de lo que eso suponía. Ella como mujer, al casarse con Hipo había perdido su derecho de libertad, aunque parecía que Hipo no era consciente de ello. Pues claro que ella iría a Berk si el vikingo decía que debían vivir allí, por desgracia a las mujeres no les dejaban elegir su destino y si eso es lo que quería él ella no tendría mucha más opción.

—Suena muy utópico— señaló Elsa, intentando evadirse de aquel pensamiento.

—Lo es—aceptó Hipo—. De hecho, hay días que ni yo mismo puedo creerlo, no sé… ¿mi padre o Bocón volando en un dragón? Sí, definitivamente morí aquel día —dijo irónico, acariciando la cabeza del dragón.

Desdentao le lamió el brazo, cariñoso, sacando una sonrisa a la chica.

—Sé que no debo preguntarte esto—dijo entonces la reina, mucho más cauta—, pero ¿por qué no te hablas con tu padre?

Hipo cambió su expresión afable y miró a la reina mucho más serio, sin saber muy bien qué decirle. El chico se limitó a tomar aire.

—¿Es por lo de la boda? —respondió ella por él—. Si es así quiero pediros disculpas…

—Elsa tú no tienes la culpa…

—Tu padre tampoco.

Hipo sintió que aquellas palabras se le clavaban en el estómago, pero también sabía que eran ciertas.

—¿Hablarás con él? —pidió Elsa, ante su silencio.

Hipo simplemente asintió, sin estar muy convencido. No sabía cómo explicarle a Elsa la extraña relación que tenía con su padre. Por supuesto que Estoico no tenía la culpa de lo que lo hubiesen casado con ella, pero también podría haberse opuesto o al menos haber pedido que lo hubiesen esperado para poder ser partícipe de la decisión. Al fin y al cabo, tenía derecho a elegir que iba a pasar con su propia vida. Además, Hipo seguía sin perdonarle a su padre haber tratado a Astrid como si fuera un capricho del vikingo.

—Mi madre siempre decía que no hay dolor que sane peor en el alma que el de los padres con sus hijos—explicó de manera dulce con su melodiosa voz, haciendo que el vikingo sintiera una extraña sensación en el vientre—. Estoy segura que a tu madre tampoco le gustaría saber que estáis en tierra extranjera sin dirigiros la palabra el uno al otro.

Al vikingo le pareció un detalle que Elsa quisiera compartir aquello con él. Sabía que sus padres habían fallecido en un naufragio, como le había explicado su padre, y que desde entonces había tenido que afrontar la corona ella sola. Le agradeció el gesto de corazón, porque pensó que todavía debía ser doloroso para ella.

—Mi madre está muerta Elsa—le respondió con amabilidad Hipo.

Elsa se escandalizó ante aquello, sintiéndose horrible.

—Perdona Hipo, no lo sabía—se apresuró a decir, cambiando su postura relajada por una mucho más tensa.

—Tranquila no pasa nada, no podías saberlo—la tranquilizó el vikingo, al ver su cara de angustia—. De hecho, yo no llegué a conocerla, no era más que un bebé cuando murió.

Hipo le sonrió, con cierta tristeza en sus ojos. Siempre quiso conocer a su madre, porque el hecho de no hacerlo le había dejado una extraña sensación de vacío, como si le faltara algo de ella.

—Lo siento mucho—repitió angustiada.

—Tranquila de verdad, no se puede echar en falta algo que nunca has tenido… además, mi padre me habla mucho de ella—respondió para sorpresa de la reina, que pensó que sería un tema incómodo para él—. Dice que tenemos el mismo temperamento. Al parecer mi madre también pensaba que vikingos y dragones podíamos llegar a entendernos algún día…

Elsa no quería preguntar por si era meterse donde no la llamaban, pero por alguna extraña razón sintió que podía hacerlo. Era realmente fácil hablar con el vikingo.

—Qué… ¿Qué le pasó? —preguntó con timidez y sutileza.

Hipo también bajó la voz.

—Se… se la llevó un dragón cuando intentaba protegerme.

Algo dentro de Elsa hizo 'click' en ese instante, como si algo despertase dentro de ella. Aquel chico, aquel pueblo que había perdido tanto a manos de los dragones… aquellos tozudos hombres y mujeres corpulentos habían aprendido a convivir y a perdonar a sus enemigos. A enfrentar el miedo con coraje y a vivir en paz.

Necesitaba eso mismo para ella y para su pueblo.

—¿Elsa? —preguntó Hipo al ver que la chica se había quedado ensimismada.

—Hipo—respondió al instante—. Vamos, ven conmigo.

Elsa se puso en pie con rapidez, como si todas sus heridas o el cansancio hubiesen desaparecido.

—Esto… ¿a dónde vamos? —preguntó Hipo confundido, intentando levantarse, mucho más torpe que ella.

—Vamos a buscar un poco de brisa—dijo con determinación.


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Y hasta aquí por hoy! Espero que les haya gustado. Tuve mil dudas con los diálogos xD

Lo primero muchas gracias por leer, me ha sorprendido las visitas que tuvo el capi anterior aunque me da penita que tan poca gente se anime a comentar. Igualmente, mil gracias a todos por leer y a disfrutar tanto como yo.

REVIEW

ZAIKO23: ¡Muchas gracias por tus reviews! Sí, por favor, cuidense mucho por honduras. Aquí fuimos muy irresponsables y pensamos que no era tan grave y actualmente estamos en una gran crisis sanitaria. Yo por suerte estoy bien y mi familia también. Gracias! Espero que te haya gustado el capi. ^^ Un abrazo!

Fnix 99: ¡Bienvenido! Mil gracias por tu review! Me alegró mucho ver que gente nueva se sumaba al fic. ^^ Jo, mil gracias por el feedback, me alegraste el día, de verdad. Espero no decepcionaros y que siga funcionando la historia. (Que todavía queda muuuuchooo por llegar jajaja) De nuevo mil gracias. Un abrazo!

Nox Sprouse: Holiii! Mil gracias por la review! Y sí, no te equivocas. Se va a armar bien cuando llegue Astrid xD Y eso será más pronto que tarde, te lo aseguró jajaja. Mil gracias de nuevo, espero que te haya gustado el capi y que disfrutes lo que está por llegar.

Y en general muchas gracias a todxs los que leen, los anónimos y los amigos. Mil gracias! Nos leemos prontito!