Hola!

Lo primero de todo, mucha salud y ánimo para todos y todas los que léeis, espero que vosotrxs y vuestras familias os encontréis bien.

Lo siguiente que me gustaría hacer es dar la bienvenida a todxs los que habéis unido al fic, no sólo es la primera vez que crecen tanto las visitas sino que más gente se anima a comentar. ¡Mil gracias! ¡Qué ilusión!

Espero que os gustara el capi anterior y como dije, traigo aquí la segunda parte.

Un besito enorme! Nos leemos abajo! ;)


EL SOL TRAS LA CÚPULA II

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Hipo, movido por el entusiasmo de la reina, la siguió de nuevo por el castillo.

Ante la imposibilidad de llevarse a los dragones consigo, la reina le pidió paciencia al chico con la promesa de que no estarían encerrados en aquellas mazmorras por mucho más tiempo. De hecho y como muestra de que pensaba cumplir su promesa, ni siquiera volvió a alzar los barrotes de hielo, dejando a aquellas bestias danzar por las mazmorras a sus anchas. La reina solo rezó porque nadie bajara allí aquella noche o se llevaría un susto de muerte.

Tras esto desaparecieron por una cuarta salida de aquellas mazmorras, que seguían siendo un laberinto sin sentido para Hipo, como el resto del castillo en general. Lo que más le sorprendió es que volvieron a pasar por las cocinas, que también parecían formar parte del corazón de todo aquel entramado. No obstante, y para su sorpresa, no quedaba ni rastro de las mujeres que antes habitaban aquella sala, que aún conservaba el fuego encendido, junto al cual dormía un gato pardo que no levantó ni una oreja al verlos pasar.

Hipo se sentía totalmente desconcertado, ya que era la primera vez que veía en la reina un atisbo de felicidad o jovialidad. Su rostro serio o su actitud frígida habían desaparecido para dar lugar a una Elsa taciturna pero enérgica que podría haber subido los escalones de dos en dos sino fuera porque todavía estaba resentida por sus heridas y porque Hipo no podía ir más rápido con sus prótesis.

El vikingo no supo cuánto tiempo estuvieron subiendo escaleras, pero lo que era seguro es que no paraban de subir más y más. Ni siquiera se percató de cuánto tiempo habían estado en las mazmorras hablando hasta que a través de una ventana pudo divisar la caída del sol. Faltaba nada para el atardecer.

Tras varios minutos que se hicieron eternos subiendo y traspasando puertas cerradas, Hipo notó cómo los pasillos comenzaron a estrellarse, las escaleras a inclinarse y el polvo a incrementarse. Parecía que nadie debía haber usado aquella parte del castillo en años. A ratos Elsa paraba para tomar algo de aire, sujetándose con cuidado por debajo de las costillas y haciendo esfuerzo para disimular que estaba bien. Hipo le hubiese preguntando por su salud sino fuera porque esos escasos momentos los usaba para prácticamente coger aire para seguir.

—Ya casi estamos—prometió la reina rompiendo el candado de una puerta con la misma técnica que había usado en las mazmorras.

Hipo asintió y la siguió al interior de aquella especie de torreón con escaleras. Era difícil ver allí dentro, así que tuvieron que descender el ritmo para evitar darse un susto y caer por aquel entresijo de escaleras retorcidas, ya que no había ventanas y apenas entraban algunos rayos de luz por entre los ladrillos.

El vikingo se sintió dichoso al notar como Elsa paraba, denotando el fin de su subida y sobre todo de aquel ritmo frenético, ya que el dolor del muñón lo estaba matando.

—Es aquí—dijo Elsa al final de las escaleras, prácticamente rozando el bajo techo con su cabeza, frente a una puerta aún más pequeña.

La puerta era de madera tallada donde claramente podía distinguirse el sello de Arendelle. A diferencia de las puertas que Elsa había ido abriendo sin ningún cuidado a su paso, esta vez la chica se dedicó a acariciar con mimo la hendidura de la puerta con sus dedos, donde debería haber una llave. Hipo se dio cuenta de la oscuridad en la que habían deambulado allí dentro cuando Elsa iluminó con su magia la instancia, creando de la nada una pequeña llave en su mano. El vikingo no pudo evitar mirar embelesado la cara de satisfacción de la reina iluminada por su propia magia, y más cuando la llave encajó a la perfección.

Elsa empujó la puerta con suavidad tras abrir el cerrojo, pero no tuvo éxito, comprobando que la madera se había hinchado debido a la humedad. Empujó con ambas manos, pero obtuvo el mismo resultado.

—Espera, te ayudo—se ofreció Hipo, apartando una telaraña sobre su cabeza y empujando ambas manos contra la puerta, con todas sus fuerzas.

No obstante, el vikingo tampoco tuvo mucho éxito.

—Pensé que me había casado con un vikingo—dijo Elsa, quien volvió a intentar abrir ella ante el fracaso del chico.

Hipo se sorprendió de que la reina por primera vez empezara a devolverle las ironías, y aun con el orgullo herido, sonrió para sus adentros.

—No hace falta que te recuerde que no te casaste conmigo por mis músculos, alteza—bramó sarcástico el chico, colocándose junto a ella para empujar los dos a la vez—. A la de tres…

La chica se preparó y ambos empezaron a dar pequeños empujones a la puerta hasta que esta comenzó a ceder. Por la rendija comenzó a aparecer una hermosa luz tostada, anaranjada, como la puesta de sol.

—Un poco más… —pidió Elsa, intentando animar a ambos.

La puerta crujió y se abrió un poco más, pero también se quedó atascada. Elsa se secó abochornada el sudor de la frente y le hizo una señal a Hipo para que dejara de empujar.

—Se ha atascado —dijo, todavía fatigada—. ¿Crees que podrás pasar?

—Intentémoslo, de algo me tenía que servir no parecerme a mi padre—respondió Hipo con ese extraño humor al que empezaba a acostumbrarse la reina.

Con cuidado el chico pasó por la hendidura de la puerta, aguantando un poco el aire. No obstante, no tuvo problema alguno. No era la primera vez que se adentraba por lugares estrechos. De hecho, en el último año había estado explorando algunas cuevas con Astrid en busca de ciertas especies de dragón y materiales raros. Al principio apenas habían cruzado unas cuantas galerías y demás, pero con el tiempo se habían adentrado más y más en ellas, explorando cada rincón y hendidura tras la pista de algún tesoro oculto o algún huevo de dragón, quienes tenían por costumbre ser escondidos por sus madres en las zonas más frescas y estrechas de las cuevas.

Claro que eso no era lo único que iban a hacer allí, sólo que Hipo evitaba pensar aquellas cosas en público.

Al verlo desaparecer por la estrechura de la puerta, Elsa se aventuró en seguirle. Ella pudo pasar con menos dificultad y se quedó sin respiración una vez fuera. Habían subido hasta el pico más alto de todo el castillo.

Literalmente.

Se encontraban en la parte más alta del torreón central, acompañada por un pequeño balconcito donde algunas golondrinas habían hecho nido tiempo atrás. El espacio no era muy grande, ya que aquel sitio estaba pensado más que nada para salir a reparar el tejado si era necesario o para poder defender el castillo desde arriba en caso de guerra.

Aquella misma torre llevaba cerrada desde antes de que murieran los padres de Elsa, ya que según oyó, el hijo del ama de llaves se había caído por esas escaleras jugando con otros niños cuando un escalón se precipitó como si nada. Su padre pensó que era peligroso tener un lugar así tan accesible en el castillo y para evitar más sustos simplemente lo cerró por precaución.

Desde entonces Elsa no había subido allí arriba, pero las vistas de Arendelle la hicieron arrepentirse al instante de no haberlo hecho antes. Desde allí arriba podía divisarse la gran anchura del bosque a las faldas de Arendelle, al igual que podía verse el gran río cruzar las montañas del fiordo. Su padre incluso le dijo una vez que desde allí arriba, los días realmente claros de verano, podía avistarse a lo lejos el continente. También se divisaba todo el pueblo, enturbiado por la neblina de la cúpula, que filtraba los últimos rayos del sol, todavía anaranjados, que comenzaban a morir en el mar.

—Es increíble... —susurró Hipo, absorto en la inmensidad del paisaje.

Elsa le lanzó una mirada discreta, complacida. Estaba segura que a Hipo le gustaría aquella vista, ya que empezaba a ver la extraña sensibilidad que tenía el vikingo.

—Sólo le falta algo—le dijo Elsa antes de alzar sus brazos.

Hipo observó curioso cómo la reina cerraba sus ojos y repetía de alguna forma lo que aquella mañana había hecho en las mazmorras. Con los brazos en alto, respiró hondo y entonces una luz azul comenzó a emanar de las palmas de sus manos. Al instante el vikingo dirigió su mirada a la cúpula, la cual también empezó a brillar con una estela celeste. De repente un filo hilo blanco comenzó a rodear la capa translúcida. Elsa parecía extremadamente concentrada. Un brillo blanco comenzó a salir poco a poco de sus manos, transformándose en un rayo blanco que salió despedido de sus manos hacia el techo de la cúpula con una luz cegadora. Hipo tuvo que entrecerrar los ojos, desviándolos hacia la cúpula y notando como la temperatura había descendido de golpe. En apenas un instante, toda la cúpula cambió, como si se materializara de un destello mágico a un material mucho más opaco, como el cristal o el hielo pulido. Se solidificó de arriba abajo, crujiendo y quejándose.

Y entonces, con un suspiro, se quebró en mil pedazos.

Sobre el castillo de Arendelle comenzó entonces a caer con suavidad todos los pedazos de la cúpula, mecidos por el viento. Eran tan pequeños, que realmente era como si nevara. Diminutos trozos de nieve al viento, derritiéndose antes de llegar al suelto por los últimos rayos de sol. Era una imagen preciosa y mágica.

Algunos habitantes de Arendelle salieron fuera alertados por el destello blanco, encontrándose con la bella imagen del jardín interior nevado. Algunos miraron al cielo con cierto temor, y otros maravillados por la sensación de libertad.

Anna no tardó en salir también, sin poder creerse que Elsa hubiese cedido. Abrazó a Kristoff con fuerza y sin perder mucho tiempo salió decida a buscar al coronel Roston, a quien iba a alertar de las nuevas medidas de seguridad. Y esta vez la escucharía sí o sí.

Arriba, en lo más alto del castillo, Hipo tenía a Elsa sujeta por la cintura, ya que tras salir de su trance se había desplomado sobre sus pies.

—Perdona—se apresuró en responder Elsa avergonzada, poniendo una mano sobre el pecho del vikingo y recuperando la estabilidad sobre sus pies.

—¿Estás bien? —dijo Hipo preocupado, ya que parecía que aquella proeza la había desgastado.

Sin embargo, la reina, todavía agarrada al hombro del vikingo, comprobó cómo en su mano libre la magia volvía a fluir con fuerza.

—Mejor que nunca—respondió Elsa, quien pese al esfuerzo notó que sus poderes volvían a ella—Perdona de nuevo.

Fue entonces cuando se separó de él, abochornada.

—No pasa nada—le quitó importancia Hipo, contemplando el horizonte, ahora sin cúpula—. Caray…

Elsa lo observó. Cómo su pelo se tornaba cobrizo con los últimos rayos del sol y era alborotado por el aire.

—¿Lo notas? —le preguntó entonces la reina, cerrando los ojos y tomando aire.

El vikingo sabía perfectamente a qué se refería.

—Sabes— comenzó a relatar mientras el viento desordenaba su trenza rubia—, lo que más me gustaba de salir al balcón de mi habitación cuando tenía un problema es que sentía la brisa en la cara—explicó—. Es como… como si pudiera viajar con el viento, sentirme realmente libre. Siempre he pensado que está lleno de sabiduría, como si al oír al viento pudiera escuchar las voces que trae y lleva consigo.

Hipo no sabía por qué, pero no podía apartar la vista de Elsa y de su pelo blanco. Es como si hubiese encontrado por primera vez a una persona con sus mismas inquietudes, más allá de las preocupaciones mundanas que compartía con el resto. Era extraño oírla y sentir que de alguna forma ya se conocían.

—Perdona—se disculpó entonces, ante el silencio del chico—. No quiero aburrirte con mis ideas estúpidas…

—No para nada—se apresuró en responder—. Yo… yo pienso lo mismo.

Elsa lo miró entonces con curiosidad.

—Cuando vuelvo con Desdentao y noto el viento en la cara es como si ya no sintiera el frío, el hambre o el tiempo… es como si ahí arriba fuera realmente libre y completamente eterno.

Elsa sonrió para sí y luego apartó la mirada con cierta melancolía. Ella anhelaba sentirse así algún día, como cuando se marchó de Arendelle la primera vez.

—Deberías… si quisieras…—buscó Hipo las palabras—, podrías venir conmigo y Desdentao al bosque encantado a investigar—le propuso entonces, sin saber muy bien por qué—. Creo que te encantaría la sensación de volar, créeme, es mucho más liberador que el viento en la cara. Sólo si quieres, claro.

Elsa dudó un momento.

—No sé… —respondió—. No creo que mi hermana acepte que vuele en este estado…

Hipo había olvidado por completo que Elsa seguía herida y eso que llevaba los hombros desnudos y podía ver las marcas en su piel.

—Pero en cuanto me recupere estaré encantada de hacerlo—se apresuró en responder.

—Genial… —dijo Hipo, con una cierta timidez que llevaba años sin manifestar.

El sol seguía bajando, coloreando la nieve y las montañas de ocres y tiñendo el cielo de un intenso color púrpura.

—Oye—llamó su atención el vikingo—, entonces, lo de los trolls ¿es cierto?

Elsa no pudo evitar sonreír, sabiendo que Hipo seguía sin creerse aquello. En el fondo ambos solo querían una excusa para seguir allí arriba, como si así no tuvieran que enfrentarse a su realidad.

—Tan cierto como mis poderes.

—Y… ¿alguna vez los has visto en persona? —preguntó curioso— ¿cómo son?

Elsa hizo memoria, intentando explicarle a Hipo.

—Pues… los he visto sólo en dos ocasiones y una de ellas era muy pequeña, pero son como seres totalmente integrados con la naturaleza—intentó describir—, como… como rocas.

El vikingo por supuesto mostró su extrañeza arrugando el entrecejo. Elsa bufó al verle.

—Está bien—dijo ésta— ¿tenías contigo tu libreta de dibujos no?

Hipo asintió y sacó el cuaderno para dárselo a la reina, quien tardó unos segundos en aprender a sujetar su extraño lápiz. Con cuidado Elsa comenzó a trazar en una página en blanco.

—Son como piedras hechizadas—siguió relatando—, que despiertan a la vida cuando quieren ser vistas o presienten que alguien las necesita. Su líder se hace llamar Gran Pabbie y es un ser lleno de sabiduría, que controla la magia blanca—Elsa seguía dibujando bajo la atenta mirada de Hipo—. Mis padres al parecer sabían de su existencia y fueron a visitarlo por primera vez cuando Anna y yo éramos muy pequeñas.

—¿Y por qué fueron a buscar a los trolls? —preguntó curioso, sin apartar la vista del dibujo de Elsa.

La reina paró de dibujar un segundo, antes de retomar su esbozo.

—Herí a mi hermana con mi magia sin querer—se confesó—. Los trolls eran los únicos que podían evitar que Anna muriera bajo mi hechizo.

Aquella información sorprendió a Hipo, quien no podía imaginar a la reina haciéndole daño a su hermana.

—Fue un accidente—siguió Elsa—, pero desde entonces mis padres me prohibieron verla y volver a mostrar mis poderes.

Hipo recordó entonces que algo así vagamente le había explicado su padre.

—¿Qué edad tenías cuando pasó eso?

—Siete u ocho años, creo recordar.

A Hipo le sorprendió que hubiesen separado a las hermanas tan pequeñas.

—¿Y cómo es que ahora…?

—¿Todo mi pueblo acepte mis poderes? —terminó por él.

Ante la insistente mirada de Hipo y el ambiente de confesiones que habían establecido ese día, Elsa decidió contarle toda la historia que había tenido lugar en su reino. Por supuesto se ahorró algunos detalles, pero básicamente no se dejó mucho atrás. Le contó sobre su coronación y su problema para ocultar sus poderes y cómo se había enfadado con Anna por su compromiso repentino.

—Y mírame, ahora voy yo y me caso con un desconocido—dijo irónica sacándole una sonrisa al vikingo.

También le habló de su huida al bosque y de su palacio de cristal y de cómo había vuelto a herir a su hermana sin querer. También le contó acerca de Hans y de su plan para hacerse con su reino.

—Ya decía yo que te conocías demasiado bien las mazmorras… —no pudo evitar comentar Hipo cuando la reina le contó que Hans la había encerrado allí.

La reina ya le dijo el día anterior que ya había conocido la traición y ahora podía comprenderla mejor.

Por último, le explicó que su pueblo la había aceptado como reina, a pesar de sus poderes y que, aunque en el fondo sabía que la temían más que amaban, sentía que al fin Arendelle podía ser un lugar para ella.

Cuando terminó aquel relato Hipo se sintió mucho más cercano a la reina, no sólo porque él también hubiese pasado por el rechazo colectivo, sino porque entendía mejor su actitud fría y taciturna. Al fin y al cabo, vivir alejada y oculta de todos durante años con el peso de la culpabilidad era algo que sin duda hacía a una persona mucho más reservada y temerosa de mostrarse tal y como es.

Hipo también se fijó en los dibujos de Elsa, quien no había parado de dibujar mientras hablaba, como si le fuera más fácil explicar todo aquello si no se enfrentaba a la mirada de Hipo y a su posible juicio de ella.

Aquellos dibujos eran muy buenos. Elsa no solo había pintado a los trolls, sino también al palacio de hielo, el bosque, algunos copos de nieve y un esbozo rápido de su hermana.

—Caray… son muy buenos—dijo Hipo, tomando la libreta.

—¿Tú crees? —preguntó Elsa insegura, recuperando el cuaderno, abochornada—. De niñas Anna y yo pintábamos mucho juntas.

El sol se había escondido por completo en el horizonte, dejando todavía un rastro púrpura junto a las últimas luces del día.

—Tú también pintas muy bien—dijo entonces, pasando algunas páginas de la libreta, dónde Hipo tenía otros dibujos—. ¿Puedo? —pidió permiso, con sus modales de reina.

—Claro, claro.

Elsa se puso a curiosear en la libreta de Hipo, llena de dibujos de dragones y paisajes de fantasía.

—¿Son reales? —preguntó señalando unas cascadas.

Hipo asintió, haciendo que Elsa dibujara una sonrisa de emoción.

El vikingo también tenía bocetos de inventos, anotaciones rápidas, dibujos de casas, plantas comestibles y garabatos sin mucho sentido. Elsa tenía que reconocer que Hipo tenía mucho talento para plasmar la realidad y mucho ingenio con sus inventos. Fue entonces cuando entre las páginas apareció un dibujo de una mujer sonriente que se recogía el pelo tras la oreja. Elsa no evitar escrutar su hermoso rostro y la naturalidad y felicidad que recogía aquel retrato. La siguiente página también tenía retratada a la chica, esta vez con una mirada más pensativa, sentada sobre una roca mientras afilaba la punta de un hacha. El siguiente dibujo volvía a mostrarla, ésta vez sonriente, con el pelo suelto y los hombros desnudos.

—Es guapísima —susurró la reina.

Cuando Hipo se dio cuenta que Elsa había encontrado esos dibujos se le encendieron las mejillas.

—Dioses—maldijo en vikingo, pues se había olvidado que tenía esos dibujos allí.

—¿Es…? —inquirió la reina.

Hipo bufó, muerto de vergüenza.

—Sí, es Astrid—confirmó, mordiéndose el labio, avergonzado.

—Es muy hermosa—apuntó la reina, que no podía apartar la mirada de aquel retrato.

—Sí, sí que lo es…

—¿Cómo la llamaste?

Hipo no entendió a qué se refería.

—Mmm… ¿Astrid?

—No, la otra noche —especificó la reina—, cuando me hablaste de ella. Me dijiste que parecía…

—Una valkiria—recordó Hipo.

—¡Eso! —confirmó Elsa—. Una valkiria. ¿Son cómo los ángeles?

Hipo no entendió muy bien la comparación, ya que apenas sabía nada del Dios ni de la mitología en la que creían los cristianos.

—Son algo así como…—se intentó explicar—, son guerreras de Odín, uno de nuestros dioses, que combaten bajo las órdenes de la Diosa Freyja, la Diosa del amor, la guerra y la belleza. Las valkirias son extraordinarias guerreras que luchan las batallas mundanas y deciden quien muere y quien será llevado hacia el Valhalla. La leyenda dice que son asombrosamente hermosas y fuertes, de ahí la comparación.

Elsa no se esperaba esa respuesta, ya que ella tampoco sabía mucho de la cultura de los vikingos y le sorprendió que el chico compara a su novia con algo así como una diosa de la muerte.

— ¿Se parece a vuestros ángeles? —preguntó Hipo curioso, pronunciando con un terrible acento vikingo la palabra 'ángel'.

Elsa sonrió.

—Los ángeles son algo así como seres puros que sirven a Dios… así que bueno, tal vez haya relación—dijo no muy segura, tras lo cual se echó a reír.

Hipo al verla sonrió, sin comprender.

—¿De qué te ríes? —le inquirió divertido.

Elsa no podía contener su melodiosa risa.

—De que no puedo creerme todavía que nuestros consejos estuvieran tan desesperados como para celebrar una boda pagano-cristiana.

Hipo bufó, burlón.

—Ya… yo tampoco puedo creérmelo todavía—se llevó la mano a la frente—. Que mi padre dejara que la boda de su hijo la procesara un sacerdote cristiano.

Ambos se miraron y no ocultaron que realmente aquello tenía su gracia.

—Por todos los Dioses...

—Madre mía... y yo sin velo.

Seguía riendo Elsa, quien sabía que en su cultura casarse sin velo ponía en duda su pureza como doncella.

—O yo vestido con esas ropas tan extrañas que me sacaban dos tallas—siguió Hipo, negando con la cabeza—. ¿Cómo vuestros hombres pueden ponerse eso?

—Se supone que la ropa debía quedarte ceñida.

—¿Ceñida? —dijo incrédulo—. Peor me lo pones entonces.

—Ay Dios... que nos casamos incluso sin anillos.

—¿Anillos? —preguntó Hipo.

Elsa seguía sin comprender cómo Hipo y ella podían parecerse tanto teniendo culturas tan dispares.

—Sí—afirmó—, en nuestras bodas los novios se intercambian anillos que deberán llevar por siempre, hasta que la muerte los separe—le explicó—. Es un símbolo de unión, de pactos, de promesas y también un identificativo. Cuando la gente lo ve en tu mano sabes que estás casado.

—Vaya… eso ahorraría muchas peleas vikingas—apuntó Hipo con sarcasmo, recordando los numerosos problemas de faldas que había presenciado a lo largo de su escasa vida.

Elsa volvió a reírse ante el comentario, acompañada del chico. Apenas quedaba luz allí arriba, ya que el sol se había ocultado por completo y la luna todavía no había comenzado a brillar del todo en el cielo.

—Oye Hipo, ¿puedo hacerte una pregunta? —dijo entonces, mucho más seria.

—Sí, claro.

—¿Por qué no te has casado con esta mujer?

Aquella pregunta lo pilló claramente desprevenido, ya que pensó que se trataría de algo más banal. Tragó saliva, sin saber qué decirle.

—No quiero meterme dónde no me llaman —se sinceró la reina—, pero no sé, ¿qué edad tienes? ¿veintidós? ¿veintitrés?

—Veintiuno.

—Vaya, tienes la misma edad que Anna —comentó sorprendida al descubrir que el chico era más joven que ella—. El caso es que no sé, eres joven, estás enamorado y en edad de casarte. ¿Por qué no te casaste con ella? —preguntó sin maldad—. Podrías haberte ahorrado este mal rato…

Hipo sabía que la reina tenía razón. A su edad su padre ya se había casado con su madre y su abuelo incluso antes. Además, llevaba enamorado de Astrid toda la vida, a nadie le hubiese parecido precipitado.

—La verdad es que no lo sé—se sinceró—. Supongo que tenía muchas dudas…

—¿Con Astrid?

—No, no—se apresuró el chico—. Astrid es la única cosa que he tenido clara en mi vida. Llevo enamorado de ella desde que tengo uso de razón y sinceramente a veces creo que no merezco su amor.

Elsa lo miró, inquiriéndole a continuar.

—Es que ella es perfecta, créeme—sentenció—, no solo es guapísima, sino que además es la chica más inteligente, valiente y divertida que he conocido en mi vida. Cuando estoy con ella puedo ser yo mismo, el auténtico Hipo, no el líder que todos creen que debo ser. Es, a fin de cuentas, mi mejor amiga—el chico bajó la mirada, serio—. No sé… supongo que ninguno de los dos estábamos preparados para dar el paso y lo peor es que la he perdido para siempre…

Elsa pudo sentir su dolor en aquellas palabras y sin saber muy bien por qué posó su mano en el pecho del vikingo, como si intentara animarlo.

—Ya buscaremos la manera de que puedas estar con ella—propuso Elsa, conciliadora—. Que seas mi esposo no significa que tengas que serme fiel.

El chico se sorprendió de que Elsa le estuviera proponiendo aquello. Hipo nunca había sido una persona conservadora, pero sí que pensaba que el matrimonio era una unión sagrada bendecida por los dioses. Claro que precisamente su boda no había sido asistida por sus dioses.

—No sé Elsa—dudó—. No me malinterpretes, pero si no recuerdo mal juré serte fiel ante tu Dios hasta mi muerte.

Elsa se encogió de hombros, intentando quitarle importancia.

—Si te soy sincera nunca fui muy devota—le dijo—. Le he llorado mucho a Dios para que se llevara mis poderes y nunca me escuchó. Además, si existe un Dios o unos Dioses no creo que quisieran hacerte sufrir al lado de una mujer que no amas.

—Elsa no quiero faltarte al respeto—se sinceró Hipo—. Yo, no soy esa clase de persona y tú… realmente me parece que no te mereces eso por mi parte.

La reina se quedó pensativa, analizando las palabras del chico. Elsa tenía un concepto mucho más desagradable y desleal de los hombres y más cuando pensaba en los vikingos. De hecho, la integridad de Hipo la sorprendió gratamente.

—Además, no creo que Astrid quiera volver a verme cuando se entere que me he casado con otra sin decirle nada.

Hipo comenzó a jugar con el lápiz en las manos, dándole golpes a la barandilla sobre la que estaban apoyados, mientras el viento mecía su pelo en la oscuridad.

—Podemos anular nuestro matrimonio—propuso entonces Elsa—. No ahora, claro está, pero más adelante.

Hipo la miró inquieto.

—Yo soy doncella —confesó con pudor, algo que Hipo pudo imaginar por su nerviosismo la noche de bodas—. Podemos decir que nunca consumamos el matrimonio y lo darían por nulo.

—¿Harías eso por mí?

La reina asintió, intentando ocultar el rubor de sus mejillas. Hipo sabía que exponerse a algo así era devastador para ambos, ya que ponía en duda la hombría del vikingo y la validez de Elsa como mujer. Sin embargo, por primera vez desde que había aterrizado en Arendelle, no se sintió atrapado.

—Eres una buena persona Hipo y te mereces ser feliz —fue la única respuesta de la reina.

Elsa alejó la mano del pecho del chico y bajó la mirada. Así es como debía ser. Hipo debía estar con la mujer que amaba y ella volvería a estar sola. Al fin y al cabo, siempre lo había estado y no se sentía tan mal en esa soledad. O al menos así le gustaba engañarse.

Hipo sintió que en aquel instante podía leerle el pensamiento a aquella mujer. A su mente llegaron las palabras de Anna aquella mañana sobre su hermana 'Se piensa que tiene que cargar con todo ella sola'. Y se dio cuenta de que Elsa no sólo había sido alejada de todo para no hacer daño a nadie, sino que ella misma se alejaba de la gente cuando pensaba que podía salir herida.

Hipo se acercó a ella, tomándose la libertad de recogerle un mechón tras la oreja.

—Tú también te mereces ser feliz Elsa.

La chica no respondió, sorprendida por su contacto. No supo qué decir, así que simplemente le dedicó una sonrisa.

—Deberíamos bajar—dijo entonces—. Mi hermana me estará buscando como una loca por todo el castillo.

—Sí claro—asintió el vikingo, frotándose los hombros—, además, empieza a hacer frío aquí arriba.

—No me había dado cuenta—le dijo la reina alegre, sacándole una sonrisa.

Hipo asintió, echando un último vistazo al imponente paisaje nocturno antes de volver a deslizarse por esa vieja puerta que no volvería a usar en mucho tiempo.

—.—.—.—.—.—.—.—

—¡Elsa! —gritó Anna cuando encontró a su hermana, abalanzándose sobre ella en fuerte un abrazo.

Hipo y Elsa habían desecho el laberíntico camino de vuelta desde el torreón a los salones del castillo, donde los esperaban todos para la cena. Al parecer, durante su ausencia, todo el que podía caminar había salido al patio interior y se habían puesto a festejar la hermosa puesta de sol bajo el cielo real. Algunos comenzaron a lanzar malos augurios contra la desaparición de la cúpula, pero para la mayoría de aldeanos aquello fue como sentenciar que todo estaba bien y que de alguna forma volvían a la normalidad.

Durante ese tiempo Estoico había buscado como loco a su hijo por todo el castillo. El consejo le había dicho que desistiera en la idea de encontrarle, ya que la reina también estaba desaparecida y quizás al final el chico le había salido 'más vikingo' de lo que su padre se había imaginado. Estoico no podía creer aquello, conocía demasiado bien a su hijo como para imaginárselo con la reina retozando desnudos en alguna habitación. Puede que su hijo hubiese cumplido con sus quehaceres conyugales, pero su cabezonería y su amor por la vikinga eran demasiados grandes como para perderse en las carnes de otra mujer.

No obstante, Estoico desistió la idea de convencerles de lo contrario, así que se fueron a buscar a los dragones para cuya sorpresa danzaban libres en las mazmorras. Estoico dividió entonces al consejo en tareas, ya que al no haber cúpula alguien debía vigilar por la seguridad y bienestar de aquellas gentes y no se fiaba precisamente de los guardias de Arendelle para confiarles sus vidas. No obstante, la vigilancia era algo que siempre hacían los jinetes, así que todos empezaron a quejarse de los achaques de la edad para evitar turno de vigilancia. Finalmente, ante la falta de consenso, Estoico y Alea se ofrecieron para vigilar aquella noche el cielo, a esperas de que llegaran los refuerzos.

Por lo demás, el resto de pueblerinos parecía estar celebrando unas segundas nupcias, ya que las mesas estaban llenas de comida y habían sacado hasta las reservas de hidromiel.

Elsa e Hipo no se lo podían creer, quienes miraban asombrados a su alrededor.

—He hablado con las mujeres y aunque muchas se han negado encarecidamente—les explicó Anna—, creo que he conseguido reunir un grupo bastante grande para mañana.

—Alea nos ha dicho que estaba encantada de instruirlas—agregó Kristoff.

Los reyes se habían sentado en una mesa aparte junto con Anna y Kristoff, quienes parecían haber vivido un día paralelo lo más de ajetreado.

Mientras Elsa e Hipo se habían pasado el día solos y hablando de sus respectivas vidas, Anna y Kristoff habían reunido un grupo de mujeres para entrenar, se habían enfrentado al coronel Roston y su teniente, habían mandado un mensajero para los trolls y se habían reunido de forma urgente con el consejo para hablar de qué hacer ahora que la cúpula había desaparecido.

—¿Dónde os habíais metido? —preguntó Anna—. Os hemos buscado por todas partes.

—Es una historia muy larga—le quitó importancia Elsa—. ¿Qué has hablado con el consejo?

—Hemos decidido levantar una guardia—explicó—. Los vikingos vigilarán desde el aire de día y de noche y nuestros guerreros lo harán desde tierra. Nos han dicho que cuando lleguen los jinetes enseñarán a los nuestros a volar también. ¿Cuándo crees que será eso Hipo?

El chico parecía estar ensimismado en sus propios pensamientos.

—Supongo que, si no ha pasado nada extraño, deberían llegar aquí en una semana o menos—calculó—Igualmente yo puedo intentar instruir a algunos mientras tantos.

—Estupendo—confirmó Anna—. ¿Encontrasteis algo acerca de los símbolos en la biblioteca?

Elsa e Hipo se intercambiaron la mirada.

—No, todavía no fuimos a la biblioteca—confesó Hipo.

—Podemos empezar a buscar esta noche antes de irnos a dormir—propuso Elsa, que se sentía algo culpable.

—Vale, genial—aceptó su hermana.

En ese momento Bocón se acercó a la mesa, abalanzándose sobre los hombros de Hipo, dándole un buen susto.

—¡Hijo! —le gritó borracho—. ¿Dónde te has metido en todo el día?

El vikingo estaba tan borracho que sólo podía hablar en su jerga, por lo que solo Hipo en aquella mesa entendió lo que decía.

—Apestas a alcohol Bocón—le respondió en la misma lengua, notando como la camisa del vikingo estaba empapada de hidromiel y sudor—. ¿Cuánto has bebido?

—Lo proporcional a mi cuerpo—dijo soltando una risotada—. Sin contar los miembros que no tengo.

Bocón le dio un gran trago a su jarra, mojándose el bigote.

—¿Y mi padre? —le preguntó Hipo, quien no lo había conseguido localizar entre el gentío.

—Le ha tocado turno de vigilancia con Alea, el muy rufián—le dio un codazo al chico.

Hipo rodó los ojos.

—Mañana vas a tener una buena resaca—opinó sonriente.

—¿Y qué hacéis que vosotros no estáis bebiendo nada? —preguntó Bocón al resto, desconcertado de que no compartieran la euforia colectiva.

Todos se miraron sin comprender. Entre el dialecto, el acento y la borrachera, era un milagro que al menos Hipo pudiera entenderle.

—Dice que por qué no estamos nosotros bebiendo también—tradujo Hipo.

—Qué orgulloso estoy de ti Hipo—siguió hablando Bocón—. Ni tu madre, que en paz descanse, dominaba tan bien su lengua.

Tras esto le dio otro sorbo a su jarra.

—¿A qué has venido Bocón? —preguntó Hipo, intentando despejar un poco a su instructor.

—Tenía que darte esto—dijo, sacando un papel de su bolsillo y entregándoselo al chico.

Hipo lo revisó rápidamente por encima, conociendo aquella caligrafía casi mejor que la suya.

—¿Es un listado de materiales?

—Sí—afirmó hipando—. Anna—la señaló— me ha pedido que buscara armas para su ejército de valkirias y como no hay, pues habrá que hacerlas. El coronel ese es un cretino que no quiere compartir. Ni a las mujeres me deja mirarlas.

Hipo comprendió entonces que aquella lista de materiales era para fabricar armas, pero allí no tenían forja como en Berk, así que tendría que pensar en una alternativa.

—Vale, mañana me encargo—le confirmó.

—Estupendo—se alegró el hombre—. Anda, vente a tomar una jarra con nosotros—pidió—, que desde que te has casado no hay quien te vea, pillín, que vas a dejar a la pobre chica sin poder caminar en una semana.

Hipo se pellizcó el tabique de la nariz, rojo como un tomate y agradecido de que nadie estuviera entiendo aquella conversación.

—Si me disculpáis—dijo Hipo levantándose de golpe de la mesa—. Vuelvo en un segundo, hay alguien que ha bebido más de lo que debería hoy.

Hipo puso una mano en la espalda de Bocón y lo obligó a caminar hasta la mesa en la que estaban el resto de vikingos. No obstante, tuvo que poner verdadero empeño, ya que Bocón se distraía cortejando mujeres y saludando amistosamente a amigos que acaba de hacer.

A lo lejos las caras de Elsa, Anna y Kristoff eran un poema de desconcierto, terminando por reírse ante la extrañan situación.

—¿Tú has entendido algo de lo que ha dicho? —le preguntó Anna a su hermana, la única que dominaba un poco la lengua de los vikingos—Me ha señalado.

—Sinceramente no he entendido ni una palabra—respondió divertida Elsa.

—Quizás nos estaba regalando una lección llena de sabiduría y no hemos sabido apreciarla—comentó Kristoff, que seguía observando cómo Hipo intentaba sentar a aquel hombre en una silla.

—Permítame que lo dude—le contestó Anna.

—Bueno—dijo entonces Kristoff, levantándose de la silla—, quizás sí que deberíamos relajarnos un poco y tomar algo, después del día de hoy nos lo merecemos. ¿Queréis que os traiga una?

—No/Sí—respondieron Elsa y Anna a la vez.

Ambas se miraron con cara divertida.

—Oh vamos Elsa, no seas aburrida—se quejó Anna—. Kristoff tráele una.

El chico le hizo una señal con la mano. 'A sus órdenes' y se marchó, desapareciendo entre la gente.

—Anna, todavía tengo que revisar libros esta noche—se quejó sonriente—, ya sabes que la bebida me da sueño.

Pero su hermana ni la escuchó.

—¿Dónde habéis estado todo el día? —preguntó cotilla, llena de entusiasmo.

Elsa conocía esa mirada en su hermana, así que luchó por controlar el rubor.

—Anna, no es lo que te estás pensando.

—Oh vamos Elsa, no sabes lo que estoy pensando—se quejó, pícara, guardando silencio— ¿Besa bien?

A Elsa se le subió los colores hasta las orejas.

—¡Anna! —le regañó Elsa, sonrojándose—. Baja la voz, qué vergüenza.

—¡Entonces es cierto! —confirmó Anna, abriendo los ojos.

—¡No! —intentó controlarse Elsa, bajando la voz—. No. No nos hemos besado ni hemos hecho nada de lo que estás pensando—respiró, preocupada de que alguien las estuviera oyendo, entre ellos Hipo—. Solo hemos estado hablando, como dos personas adultas que somos.

—Ya, ya… —rebatió Anna—. ¿Entonces no me vas a contar a nada?

—No, porque no hay nada que contar—se defendió Elsa—. No ha pasado nada ni lo va a pasar.

Anna sabía que Elsa no podía convencerse ni a sí misma.

—Oh vamos Elsa, no te engañes—le pidió—. Te he visto cómo le miras.

—¿Qué le miro cómo? —se sintió atacada Elsa.

—Pues no sé, cómo se mira a la gente cuando te gusta—intentó explicarse—. Oye que no te culpo, es bastante guapo y tiene su puntito…

—Anna—le cortó Elsa—. No me gusta Hipo.

Anna alzó una ceja, demandante e incrédula.

—A ver, es un chico muy agradable—se excusó Elsa— y es inteligente. Y bueno, si dices que es guapo, pues sí, no está mal… pero…

—Pero ¿qué? —la instó su hermana—. Oh vamos Elsa, no tiene nada de malo tener sentimientos o que te guste alguien. Además, yo también creo que le gustas.

Elsa lanzó una mirada preocupada al otro lado de la sala, dónde Hipo se había sentado con los vikingos, quienes armaban un gran escándalo mientras dos echaban un pulso. El chico se giró entonces, encontrándose con la mirada de Elsa y lanzando una sonrisa de resignación a la reina, quien le devolvió el gesto.

—Él está enamorado de otra mujer Anna—le explicó alicaída la reina, mirando a su hermana.

Aquello hizo decaer el ánimo de la princesa, viendo cómo la mirada de su hermana se nublaba.

—Vaya… no lo sabía—dijo más seria—. Bueno, quizás pueda cambiar de parecer, tú eres una mujer increíble y además ahora estáis casados y…

—Anna—la detuvo Elsa—. No pienso forzar fantasías que no existen. Me he casado con Hipo, sí, pero eso no significa que tengamos que amarnos. No sería ni el primer ni último matrimonio de la historia sin amor. Además, tenemos planeado anularlo en cuanto todo esto acabe.

Aquella noticia sorprendió a Anna.

—¿Anular vuestro matrimonio? —preguntó sin entender—. ¿Cómo?

Elsa bufó, bajando la voz y acercándose a su hermana.

—No lo hemos consumado, así que no es válido—confirmó las sospechas de la princesa—. Así que cuando todo termine, se acabó. Yo volveré a mi vida e Hipo a la suya.

Anna iba a decir algo más cuando llegó Kristoff con tres jarras de hidromiel.

—Espero que las disfrutéis, porque no creo que quede más bebida de aquí a un rato —dijo Kristoff mientras se sentaba— Qué gentes más extrañas, no había visto a nadie beber así antes.

Elsa sonrió para sí. Sí, sí que eran raros.

—.—.—.—.—.—.—.—

Pese al presagio de Kristoff, los tres pudieron disfrutar de una ronda más de hidromiel, donde se forzaron a no hablar más de guerras ni estrategias y dónde encontraron como tema de conversación perfecto hablar de Bocón. A Anna le parecía un hombre entrañable y muy extraño. Junto a Kristoff le explicaron a Elsa que aquel ruidoso vikingo había estado toda la tarde ayudándoles a conseguir cosas para su nueva tropa de mujeres. Además, Anna le dijo a Elsa que Hipo era antes discípulo de Bocón en su taller y cómo de raro le parecía ver al hijo de un jefe trabajar de una armería, como el resto de artesanos.

Elsa escuchó en silencio, riendo de las excentricidades de sus historias y sin poder parar de pensar en Hipo. ¿Realmente le gustaba el muchacho? Por supuesto que no, se respondía. Simplemente le parecía una buena persona, alguien con quien compartir una conversación amena. Además, ella todavía tenía muchas preguntas que hacerse antes de pensar en Hipo. Entonces se recordó a sí misma observándole la noche anterior mientras dormía y una extraña sensación de calidez se le removió en el bajo vientre.

—Elsa—dijo su hermana por segunda vez—. Vamos a bailar, ¿te vienes?

—Gracias Anna, pero no me apetece—le sonrío—. Id vosotros, pasadlo bien.

Anna tenía las mejillas encendidas por el licor y una sonrisa mientras tiraba con fuerza de la manga de su hermana, desistiendo finalmente en el intento de sacarla a bailar. Los ciudadanos de Arendelle habían improvisado un baile en el centro del salón y el corrillo comenzaba a hacerse más y más grande. Elsa los miró con envidia. Se veían tremendamente felices. ¿Realmente conocía a sus súbditos?

—¿No sales a bailar?

Elsa se giró al reconocer aquella voz.

—Legislador—lo nombró, a modo de saludo.

—Sólo Freud, mi alteza—dijo mientras tomaba asiento junto a ella.

—¿A qué debo el placer de su presencia? —preguntó Elsa algo molesta.

El legislador sonrió de oreja a oreja, mostrando su dentadura amarillenta.

—Solo me acercaba a preguntar por su salud.

—Me encuentro mucho mejor, gracias—lo despachó.

—Un placer oír esas palabras de su boca—contestó protocolario—. Por cierto, una fiesta muy agradable, ¿no cree?

Elsa no sabía a donde quería ir a parar aquel hombre, pero tuvo un mal presentimiento.

—La gente parece estar divirtiéndose—señaló Elsa.

—¿Usted no, majestad?

—Como bien sabe, tengo más asuntos en los que pensar que en unirme a esta fiesta—le respondió, sin entrar en su provocación—. Pero si le soy sincera, adoro ver a nuestra gente feliz, con esperanza. ¿Usted no?

El legislador asintió, sin perder la sonrisa.

—Por supuesto, por supuesto—concordó—, eso es lo más importante.

Elsa asintió, mostrándole una sonrisa falsa.

—Mi señora—dijo entonces, bajando la voz—. Quisiera disculparme por mi comportamiento y agradecer que me permita seguir formando parte de su consejo.

—Disculpas aceptadas— expresó, intentando zanjar esa conversación—. El reino de Arendelle le agradece sus servicios.

—Por esta misma razón, mi reina—comenzó a ir al grano—, temo que su decisión de abrir la cúpula no haya sido la más acertada, si me permite mi más humilde opinión.

Elsa sabía desde el primer momento que aquella era la intención de aquel hombre, y no estaba dispuesta a que le llenara la cabeza de palabrerías.

—Acertada o no, ha sido mi decisión—le dio como respuesta—. Agradezco su opinión, pero la cúpula permanecerá abierta y los dragones libres.

—Todos mis respetos entonces —respondió cauto—, sólo quería asegurarme de que no había sido presionada por su marido para tomar una decisión como esta. Me alegra saber que nuestra reina no sucumbe así como así a los deseos de los vikingos.

Elsa tomó aire. No pensaba entrar en su juego.

—Así es—concordó—. Sigo sin escuchar lo que no me interesa.

—Maravilloso, simplemente velaba por sus intereses mi reina—sacó su as de la manga—, ya que bueno, sin cúpula y con los dragones sueltos temía que su marido pudiera marcharse y quebrar nuestro trato de paz. Ya sabe, sin el chico temía que los vikingos cambiaran de bando, pero solo son preocupaciones de un hombre que ha vivido demasiados tiempos difíciles.

Aquello sin embargo sí que consiguió desestabilizar a la reina. Le había dejado total libertad al vikingo para marcharse si quisiera. Lo buscó rápidamente con un vistazo por la sala, pero no lo encontró sentado junto al resto de vikingos. Con todo su autocontrol disimuló su nerviosismo, ya que no quería darle el gusto al legislador.

—Bueno, mi señora—dijo el legislador poniéndose en pie—. Cualquier cosa estoy a su disposición. Disfrute de la velada.

Elsa le sonrió y éste hizo una reverencia, marchándose del salón. Una vez lo vio desaparecer por la puerta princila, Elsa comenzó a buscar a Hipo con la mirada, pero no conseguía verlo. ¿Acaso el legislador lo había visto salir y por eso había ido a advertirla? Elsa intentó apartar aquella idea de la cabeza. No. Hipo no haría eso. Hace un momento le había prometido que mantendría su palabra y además Elsa le había dado la opción de anular el matrimonio, no tenía sentido que huyera. ¿O sí?

Elsa se puso de pie, consiguiendo mejor visibilidad. No lo veía por ninguna parte.

—¿Estás bien?

Elsa se asustó ante la voz en sus espaldas, agarrándose a la mesa y congelando un trozo de ella.

—Hipo qué susto me has dado—dijo con el corazón acelerado, pero sintiendo un profundo alivio.

—Lo siento, no quería asustarte.

El chico le lanzó una mirada preocupada, entiendo que Elsa estaba en alerta por alguna razón.

—¿Segura que estás bien? —volvió a preguntar.

—Sí de verdad… —asintió, relajándose— Espero que no hayas venido a sacarme a bailar —dijo entonces para intentar borrar la preocupación del vikingo.

—Oh no, no —se apresuró en responder Hipo—. Vamos, soy torpe y cojo—explicó con su característico humor—, bailar es lo último que querría esta noche, yo y toda esa gente—rio—. He venido porque los vikingos me están presionando para que te sientes con nosotros.

—¿Quieren que me siente con ellos? —preguntó con incredulidad, ya que nunca mostraron mucha simpatía por la reina.

—Sí, aunque te advierto que están muy borrachos y que ni yo mismo entiendo la mitad de las cosas que dicen.

Elsa echó una mirada rápida en dirección a los vikingos que reían de forma estrepitosa mientras contaban algo a otro grupo de hombres que se les había acercado.

—No sé… —dudó.

—Vamos, no te quedes a aquí sola.

Hipo le ofreció su mano y Elsa, pese a sus dudas, aceptó.

En un primer momento se hizo el silencio cuando la reina llegó. Elsa juntó las manos delante de ella, en esa pose de falsa seguridad que tan bien había aprendido de niña. Tragó saliva pensando que tal vez no había sido muy buena idea. Al fin y al cabo, todos esos hombres pensaban que ella era una bruja.

Los vikingos siguieron escrutándola un segundo más en silencio, observando sus heridas y su pose austera. Y tras esto, todos volvieron a echarse a reír, invitándola a sentarse. Elsa sonrió, todavía confundida por su reacción.

Bocón fue el primero en hablar con ella. Elsa le tenía mucha simpatía, no solo por el secreto que le había guardado el vikingo cuando la vio en el suelo sangrar por la nariz, sino también porque veía en él mucha bondad. Todavía recordaba cómo Finn había corrido a sus brazos, presentándolo al resto de niños. Sin duda era un buen hombre. No obstante, estaba terriblemente borracho y a Elsa le costaba horrores entender lo que decía. Básicamente Hipo tenía que traducirle cada frase, algunas de manera directa y otras al oído, para no mosquear al vikingo que decía que Hipo no lo estaba traduciendo literalmente.

—No voy a traducirle esas barbaridades —se quejaba el joven.

Elsa también se presentó informalmente con los otros miembros vikingos del consejo. Hipo le presentó a Patón, la mano derecha de su padre y a Briel, la jefa de artillería. Gervasio, el más viejo, no se molestó en saludarla y al poco rato se fue, pero al fin y al cabo era un viejo muy conservador, en palabras de Hipo.

La reina fruncía el ceño sin poder creerse sus extravagantes historias de miembros arrancados en batallas memorables, luchas contras seres del mar y tormentas, piratas y tesoros…

—No te creas la mitad de las cosas que dicen—le aconsejó Hipo, quien había oído esas historias cientos de veces.

Tras varios hidromieles fue la propia Elsa la que se animó a hablar, probando suerte con el lenguaje de los vikingos. De niña sus padres le habían insistido en que una reina debía dominar cuantos lenguajes pudiera y el aislamiento la ayudó a tener tiempo suficiente como para aprender a leer y escribir en otras lenguas. Otra cosa era hablarlas, ya que nunca tuvo ocasión de ponerlo en práctica con nadie. Sin embargo, aquella noche distraída por la amabilidad y la informalidad de los vikingos —y por el propio alcohol— decidió probar suerte. Y lo cierto es que no lo hacía nada mal, aunque los vikingos insistían en que tenía un acento demasiado refinado, que parecía una sirena.

—Es que haces las vocales muy abiertas—le explicó Hipo, hablando despacio en su lengua, para que Elsa pudiera entenderle.

—Tenéis un acento muy fuerte —se justificó la reina, divertida.

Hipo le dijo que él opinaba justo lo mismo de su lengua, brindando con ella.

Elsa no pudo evitar mirar a su alrededor y pensar que podía acostumbrarse a aquello. Era extraño y completamente ajeno al entorno de rectitud, modales y férreas normas en el que había crecido, pero aun así le gustaba. Pese a lo que alguna vez pensó, se sentía cómoda con las manos mojadas de hidromiel barato rebajado con agua, con los codos en la mesa y sin ningún protocolo de turno de palabra o escalas sociales con las que dirigirse.

El simple hecho de beber alcohol en una mesa repleta de hombres ya le parecía una locura, ya que por lo general las damas de alta cuna no solo no tomaban alcohol, sino que tampoco lo hacían en presencia de los hombres. Y sin embargo ahí estaba, con dos copas de más y bebiendo junto a un vikingo que se suponía que era su esposo. Si alguien se lo hubiesen dicho hace meses, lo hubiese tomado por loco.

En ese momento Bocón comenzó a relatar una de sus más famosas historias, la de cómo había perdido la pierna. Sabida por todos, pero tremendamente embaucadora para los forasteros.

—Oh Dioses—maldijo Hipo—. Ahí va otra vez…

El chico escondió la cabeza entre las manos, haciendo sonreír a la reina.

—¿Tan mala es la historia?

—Tan mala como mentira—dijo Hipo—. Cada vez que la cuenta se inventa un final distinto. Yo creo que me retiro ya.

—Os acompaño—coincidió Elsa, levantándose junto al vikingo.

—Puedes quedarte si quieres—se apresuró a decirle—. Creo que sé cómo llegar a la habitación.

—No, tranquilo—respondió—. Realmente ya estaba buscando una excusa para irme.

Por supuesto todos en la mesa se dieron cuenta de que la pareja se marchaba, así que comenzaron a pedir que se quedaran, además de algún que otro comentario subido de tono.

Sin embargo, la insistencia duró poco y pronto regresaron al relato de la gran historia de Bocón.

El camino de vuelta a la habitación fue bastante silencioso en comparación a la charla imparable que habían mantenido durante todo el día. Cada uno parecía ir distraído con sus propios pensamientos, analizando un poco quién era la persona que tenían al lado.

—Si quieres mejor vamos mañana a la biblioteca—rompió Elsa el silencio—. La verdad es que hoy ya estoy bastante cansada y… algo borracha—confesó.

—Ya, yo tampoco creo que pueda concentrarme ahora— concordó el vikingo— Lo único que mañana deberíamos salir a hacer un reconocimiento de los destrozos y empezar a reconstruir vuestro pueblo.

—De acuerdo—aceptó Elsa—. Puedo intentar ayudar con mis poderes.

Elsa se miró la palma derecha, creando una pequeña luz celeste que iluminó el pasillo.

—Al final Anna iba a tener razón con lo de la cúpula… siento que mis poderes vuelven a la normalidad.

Hipo miraba hipnotizado el resplandor mágico, sin poder evitar dirigir la mirada hacia el rostro iluminado de Elsa. Realmente le parecía que tenía una belleza que no era humana.

No tardaron en llegar a la habitación, repitiendo el proceso de la noche anterior. Elsa se cambió en la habitación mientras que Hipo lo se retiró al pequeño cuartito de al lado. Cuando salió ya listo se sorprendió de la rapidez de Elsa, quien no solo se había cambiado, sino que también había encendido el fuego y le había preparado su cama improvisada.

—Mañana mismo pediré que te preparen una habitación—dijo rehaciéndose la trenza de su pelo—No quiero que sigas durmiendo en el suelo.

—¿Puedes hacer realmente eso? —preguntó incrédulo el vikingo, mientras se sentaba en su 'cama'.

—Sí, claro —le respondió—. No seriamos los primeros reyes que duermen separados, de hecho, salvo mis padres, el resto de mis antepasados siempre han dormido en alcobas distintas.

A Hipo todo aquello le parecía muy extraño, pero agradecía la idea de dormir en una cama, ya que le dolía todo el cuerpo.

—¿Tan raro te parece? —dijo sonriente la reina mirando la cara de incredulidad de Hipo.

Elsa pensó en aquella idea incluso antes de casarse, pero tras no haber consumado el matrimonio pensó que quizás dormir en cuartos separados levantaría algunas sospechas. Sin embargo, todo el mundo parecía bastante convencido que el día de hoy se lo habían pasado celebrando una segunda luna de miel, así que Elsa se permitió relajarse respecto al tema.

—Pues un poco extraño sí—confirmó el chico—, pero es que los vikingos supongo que somos más pasionales con todo—le quitó importancia, preparando el tono que usaba cuando iba a decir alguna tontería—. Cualquiera le dice a un vikingo que no puede dormir con su mujer— exageró el acento.

—Me temo entonces que serás el primero—dijo pícara Elsa, terminándose la trenza.

La reina se acercó al vikingo y se sentó en el suelo junto a él, sorprendiendo a Hipo, quien no esperaba este acercamiento de la reina. Elsa suspiró, agradecida de que el alcohol le diera la valentía suficiente para preguntarle al chico lo que llevaba días en su cabeza. Al principio no dijo nada, haciendo que Hipo se sintiera un poco violento, sin saber si Elsa le estaba pidiendo hacer algo por su parte. No obstante, al momento la chica lo sujetó por las muñecas y volteó las palmas de sus manos hacia arriba.

Hipo observó las manos de Elsa, todavía con algo de sangre seca bajo las uñas y algún que otro arañazo y luego miró las suyas, llenas de callos y con quemaduras leves a medio cicatrizar.

—Me tocaste la noche de nuestra boda, ¿verdad?

Aquella pregunta sonó terriblemente violenta dicha en voz alta, haciendo que a Hipo se le encendieran las mejillas de nerviosismo. Elsa pareció notarlo, ya que no tardó en añadir:

—Conozco este tipo de quemaduras—explicó—, y sé que son obra mía.

Hipo no sabía qué decirle, no quería que Elsa pudiera pensar cualquier barbaridad.

—Te prometo que solo me acerqué porque estabas delirando en sueños—se justificó algo nervioso—. No era mi intención incomodarte.

Elsa le sonrió, dándose cuenta que Hipo se había puesto muy nervioso.

—Tranquilo, no pasa—lo relajó—. Durante estas semanas no eres la primera persona a la que hago daño sin querer…

Elsa recordaba haber visto esas mismas marcas en Miranda y Anna, solo que había estado demasiado enferma como para preguntarles. No obstante, la reina se conocía y estaba segura de que ella era la causante, ya que cuando estaba enferma no tenía control sobre sus poderes.

—A veces no controlo bien mis poderes Hipo—se confesó, con un tono amargo— Y más si estoy enferma.

Hipo recordó las confesiones de Elsa aquella tarde, cuando le había explicado que casi mata a su hermana en un arrebato en el que perdió el control. Entendía la preocupación de ésta, pero a la vez le daba vergüenza que Elsa pudiera descubrir que le había incluso tarareado cuando la chica estaba delirando. Recordando con distancia, le pareció un poco patético.

—No quiero que te sientas mal o que me temas—le dijo entonces Elsa, soltando sus manos—. Aunque tampoco te culparía…

Elsa bajó la cabeza, incapaz de seguir sosteniéndole la mirada a Hipo.

—Sólo quiero que tengas cuidado, no quisiera hacerte daño otra vez— terminó, alejándose un poco y preparándose para ponerse en pie.

Hipo sentía que debía decirle algo, pero no sabía el qué. Lo poco que había podido conocer a la reina había descubierto que esa extraña inseguridad la carcomía por dentro. Y tampoco quería que ambos se fueran a dormir bajo ese silencio incómodo o que ella se sintiera culpable.

—¿Qué se siente? —preguntó para sorpresa de la reina, obligándola a permanecer sentada e intentando distanciarse un poco del tema.

—¿Qué se siente el qué? —preguntó Elsa sin comprender.

—Tus poderes—especificó Hipo.

Elsa lo miró con cara titubeante.

—Pues no sé qué decirte, nunca nadie me había preguntado—le dijo sincera.

Elsa se llevó la mano a la barbilla, pensante bajo la mirada de Hipo.

—Vale—dijo entonces—dame tus manos otra vez—respondió algo más animada—Te lo mostraré.

Hipo obedeció, sin entender qué pretendía la reina. Al menos le alegró ver que tenía una tímida sonrisa. Lo cierto es que no sabía si se trataba por su cercanía, por los efectos del alcohol o por el momento algo incómodo de antes, pero seguía estando nervioso.

Elsa por su parte se acomodó frente a él, con las piernas cruzadas e instando al que vikingo a que hiciera lo mismo. También le pidió al chico que mantuviera las manos con las palmas hacia arriba.

—Ahora cierra los ojos—demandó.

Hipo obedeció sin hacer muchas preguntas, sin entender muy bien a dónde iba a ir a parar todo aquello y pensando que quizás no había sido buena idea preguntar. No obstante, su naturaleza curiosa era mucho más poderosa.

Elsa observó al chico que tenía los ojos cerrados, las mejillas rosadas y las pecas marcadas por la luz del fuego. Tomó aire, pensando que quizás Anna tenía razón en parte.

Alejando aquel pensamiento, se concentró y colocó las manos encima de las de Hipo, el cual dio pequeño respingón al notar las manos frías de la reina sobre las suyas, pero no dijo nada.

—¿Lo notas? —susurró entonces Elsa, haciendo que al chico se le erizara el vello del cuello.

Hipo arrugó el ceño, concentrándose en sus manos y entonces lo comprendió.

Podía notar bajo la frescura de aquellas manos una especie de cosquilleo. El chico no sabía cómo explicarlo, era una sensación muy extraña pero agradable. Como si alguien le acariciara por debajo de la piel. Era raro, porque sentía como un frescor le invadía el cuerpo, pero a la vez se le instalaba una ola de calidez en el pecho y en su vientre.

—Es la magia—volvió a explicarle Elsa—. Fluye dentro de mí y a veces me aterroriza lo fuerte que es. Tengo miedo de que me domine algún día y no pueda retenerla.

Pese a sus palabras Hipo no sintió que aquella sensación pudiera ser desagradable, todo lo contrario, le parecía que podría quedarse en ella durante horas.

—Quizás eso tampoco sea tan malo—dijo Hipo, también bajito—. Es una sensación muy agradable.

—¿De verdad te lo parece? —le preguntó esperanzada.

Hipo abrió los ojos, enfrentándose a los de ella y le sonrió.

—Sí, en serio —aseguró—, de hecho, me hace cosquillas.

—¿Ah sí? —dijo sorprendida—. Me alegra entonces.

Elsa sabía que si no fuera por el alcohol y las palabras de su hermana no estaría mirando a Hipo de aquella manera. De hecho, no habría podido sostenerle la mirada tanto rato ni mucho menos seguir con sus manos sobre las suyas. La reina no solo había sentido su magia, como siempre solía hacer, sino que también la había sentido fluir hacia él, como si su parte mágica sintiera simpatía por el chico. 'Qué idiota', pensó para sí, sin poder apartar la mirada de su rostro, de su sonrisa. ¿Realmente Anna podía haber pensado que ese chico querría besarla?

Hipo por su parte sentía como si algo le nublara la razón, abrumado por aquella sensación mágica. Se sentía fatal por haber podido pensar alguna vez que aquella mujer era una bruja frígida, ya que ahora no podía evitar verla como ser divino, como algo de otro mundo. De hecho, observándola junto al fuego le parecía ver incluso que su piel brillaba, sin poder evitar que a su mente volviera la imagen de su cuerpo desnudo.

—Bueno—dijo nerviosa la reina, rompiendo aquella extraña atmósfera entre los dos—. Deberíamos ir a dormir.

Elsa separó sus manos de las del chico y se levantó de golpe de aquella cama en el suelo, abrumada y acalorada por primera vez en mucho tiempo, dirigiéndose a la suya.

—Sí, por supuesto, mañana va a ser un día largo— agradeció enormemente el vikingo, recuperando un poco la cordura—. Buenas noches Elsa.

—Buenas noches Hipo.

Hipo se tumbó de inmediato y se cubrió con la sábana hasta la nariz, girándose hacia el fuego. '¿Qué había sido eso?', se dijo. Por alguna extraña razón se sentía completamente perturbado por el momento anterior, culpando irremediablemente al alcohol de ese efecto en él. Elsa simplemente le parecía una mujer interesante y agradable y fin. 'Tampoco pasaba nada por haberla visto desnuda', era un hombre maduro, no un animal. Sabría mantener el control sobre aquello. Se trataba simplemente un momento tonto, una flaqueza absurda.

Tomó aire varias veces, intentando calmarse mientras alejaba cualquier imagen de la chica de su cabeza. Al fin y al cabo, necesitaba descansar y sabía que no conseguiría dormirse hasta que se le bajara aquella enorme erección.

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Muchas gracias a todxs por leer! Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo escribiéndolo.

Paso brevemente a contestar las reviews!

REVIEWS

ZAIKO23: Muchas gracias! Me alegra muchísimo leerte y saber que te ha gustado ^^ Un besito enorme, mucha salud y mucho ánimo!

Lily: Bienvenidx! Me alegra mucho que te hayas unido a la historia y que te haya gustado el capi :D Un abrazo enorme!

Guest: Hola! Sí, poco a poco Elsa e Hipo empiezan a entenderse. En el fondo no son personajes tan distintos, aunque bueno, la cosa se les irá complicando cuando llegue Astrid. ¡Que ya no queda nada de nada! Me alegra que te gusten Kristoff y Anna, a mi me gustan mucho como pareja y como personajes independientes, aunque no les he dado demasiado protagonismo hasta ahora. ¿Queréis más Kristanna? Un beso!

Antonio405 : Hola y bienvenido! Gracias jajaja me alegra que te haya gustado la sinopsis xD. Espero que te guste también la historia y cómo irá avanzando. Si te soy sincera yo también empecé a escribir por nostalgia y aquí estoy ahora. Es una penilla que el fandom sea tan poco variado y activo. Lo que hay o es muy muy nuevo o muy antiguo y abandonado. En fin! Bienvenido y espero seguir leyéndote! Ya me contarás qué tal los capis. Un abrazo!

Kolomte'49: Hola y bienvenido! Te contesto a ambas reviews! ^^ Lo primero mil gracias por haberme dejado una review tan extensa e interesante. De corazón, me hizo muchísima ilusión leerla, ya que realmente me ayuda para avanzar en el fic. Lo primero, me alegra saber que te parecieron realistas los diálogos (sobre todo políticos), ya que es una de mis mayores preocupaciones cuando escribo y a veces, pese a tener un capítulo ya listo, me tiro días solo corrigiendo y dialogando. El segundo punto que mencionas es la falta de conflicto entre Hipo y Astrid, ¡y es que yo también odio que los personajes no parezcan los personajes! Y por supuesto, esos dos personajes se ama y tienen una complicidad enorme, no quería ni podía evitar eso. Evidentemente cuando Astrid descubra lo que está pasando tendrá que gestionarlo a su manera jajaja, pero en fin, son Astrid e Hipo, no voy a crear conflictos inverosímiles. En cuanto a Hipo y su padre eso es ya más complicado xD Ya se verá por dónde despunta el conflicto entre ellos. En cuanto al trato entre culturas, es una de las apuestas más divertidas que he intentado hacer, al menos para mí como escritora, ya que me obliga constantemente a buscar info y pensar qué problemas se pueden generar de ellas. Evidentemente en las películas no están en el mismo momento histórico y eso ya genera dos ambientes distintos en ambos universos. De hecho Frozen, pese a ser una película que intenta mostrarse feminista, me parece mucho más atrasa dentro de su universo, ya que apenas se ven mujeres en el castillo o en los cargos importantes. En cambio en el universo HTTYD, pese a tener también tener sus cosas -.-'' me parece que se ha buscado el equilibrio de una sociedad más igualitaria y eso sin duda lo quería tratar en el fic. (Vaya review tostón te estoy dejando jajajajaja). En cuanto a tu confusión final sobre el contexto externo de las pelis, creo que expliqué algo al inicio en la sinopsis, pero comprendo que puede ser confunso. En universo HTTYD2 estaría en una especie de realidad alternativa, dónde lucharon contra Drago sin encontrar a la madre de Hipo y dónde Estoico no murió (aunque sí fue gravemente herido, que se explicará más adelante). El tema del alfa es igual que en la peli, es decir, Desdentao consiguió convertirse en esto tras derrotar a Drago. Igualmente quizás se trate en unos cuantos capítulos futuros. De nuevo mil gracias por la review! Espero haberte contestado a todo! Besos!

Y muchas gracias también a los lectores anónimos ^^ Mucho ánimo y buena salud.