Hola!

Llego con unos días más de retraso de lo que esperaba, ¡pero aquí estoy!

Lo primero de todo mil gracias a todos los que os habéis sumado a leer y los que me habéis dejado una review! Me anima mucho leeros y más en estos momentos tan inciertos. Espero de todo corazón que os encontréis bien y vuestras familias también. Muchos besos y ánimo para todos!

Este capítulo es bastante largo y amargo, un poco contrapuesto con los dos últimos anteriores. En un principio pensé en divirlo en dos partes también, pero tras meditarlo con detenimiento creo que he hecho bien en dejarlo así, ya que había acontecimientos que no quería demorar más. También el ritmo es más acelerado que en los anteriores, ya me diréis qué tal os funciona.

Y nada más, decir que lo disfrutéis tanto como yo escribiéndolo! Nos leemos abajo ^^


SILENCIOS DE MEDIA NOCHE

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La claridad del día apenas entraba por la ventana cuando Hipo se despertó. Del fuego de la noche anterior apenas quedaban ya unas cuantas brasas casi extintas y la humedad empezaba a empapar las paredes del ala norte del castillo. Hipo se despertó como cada mañana desde hacía días, entumecido y con el frío calado en los huesos. Se sorbió la nariz y se desperezó, llevándose la mano al muñón aprisionado por su prótesis. En el fondo agradecía que a partir de aquel día pudiera dormir en su propia habitación, porque su pierna se estaba resintiendo por la falta de descanso y la humedad del suelo.

Instintivamente miró hacia a la cama de Elsa, donde la chica todavía respiraba tranquila, desde el más profundo sueño. Se alegró de no tener resaca, pero tenía que admitir que la última parte de la noche anterior había sido un poco rara. Se miró entonces las manos, resecas y heladas, manchadas por las quemaduras y por un momento intentó concentrarse en la agradable sensación de la magia, sin éxito.

Tras esto y algo resignado, se levantó sin hacer ruido y dejó las mantas junto a Elsa, quien dormía con expresión serena. Hipo se quedó un rato mirándola embelesado, preguntándose qué tenía aquella mujer que le perturbaba tanto. No conseguía entender su reacción de anoche, cómo le había traicionado su razón y se había dejado llevar por un deseo que ni siquiera sabía que tenía. La noche anterior había culpado al alcohol, pero aquella mañana, completamente despierto, no pudo evitar aceptar que se sentía levemente atraído por la chica. Y por supuesto supo inmediatamente que debía poner distancia sobre el asunto y vencer a aquella estúpida sensación irracional. Lo único que le pasaba es que se sentía solo y Elsa era muy agradable, además de hermosa y con influencia mágica. No obstante, pese a querer engañarse, no pudo evitar sentirse menos culpable.

Hipo apenas se encontró con nadie al salir de la habitación, imaginando que la mayoría estarían durmiendo todavía a causa de la celebración.

Se acercó a hurtadillas hasta las cocinas, ya que estaba hambriento, encontrándose con algunas mujeres que lo saludaron con inmensa simpatía. Estaban preparando sopa para los enfermos y horneando pan.

—Debería sentarse y comer algo su alteza, que está usted muy flacucho—le dijo una, obligándolo a sentarse en la mesa para que se tomara una sopa.

Hipo intentó negarse, ya que solo tenía pensado coger una fruta o algo rápido, pero al cabo de un rato se dio cuenta de que era imposible ponerles la contraria a aquellas mujeres, así que se sentó por educación. Al hacerlo se dio cuenta lo calentito que se estaba en aquel lugar en comparación con su habitación.

—Hoy además hace un frío horrible—apuntó otra—. Debería abrigarse majestad si va a salir fuera.

—Más razón para que se tome una sopa caliente—confirmó la primera, sirviéndole un tazón de sopa a Hipo.

A Hipo le sorprendió la calidez de aquellas mujeres a las que por alguna razón había caído en gracia desde el día anterior, cuando pasó por las cocinas con la reina. Todavía se le hacía raro que le llamaran alteza o majestad, pero llevaba días intentando que lo llamaran por su nombre sin éxito, así que se terminó resignando.

—Muchísimas gracias—agradeció el vikingo.

—Lamentamos que sea un plato tan humilde señor.

—Oh no—se apresuró en responder Hipo—, es más que suficiente, de verdad.

No obstante, aquellas mujeres tenían razón y aquella sopa apenas sabía a nada, ya que la aguaban y la sazonaban con sal, para que pudiera abastecer no solo al personal del castillo, sino a toda la población de Arendelle.

—¿Todavía duerme la reina Elsa? —le preguntó la más anciana, mientras pelaba unas cebollas.

—Sí, todavía duerme— contestó con cierto pudor sin saber por qué.

—Desde niña siempre le ha costado mucho madrugar—dijo aquella mujer, negando con la cabeza—, la pobre criatura nunca ha tenido facilidad para conciliar el sueño, igual que el padre.

—Ni para comer, que también está muy delgada—se quejó otra, que pelaba patatas.

Hipo se terminó su sopa en silencio mientras escuchaba las quejas de aquellas mujeres. Hablaban de las malas cosechas, de la falta de comida y de la mala idea que había sido la fiesta de anoche. Una de ellas también se quejó de su marido, que al parecer se había caído de una silla con la borrachera y lo peor es que no era la primera vez.

—Como no hay ya enfermos, va él el muy tonto y se dobla la mano—se quejaba bajo las risas roncas de sus compañeras de oficio.

Dejándolas allí con sus alegrías y penurias consiguió finalmente escabullirse hacia el patio trasero. Lo cierto es que la sopa caliente le había sentado bien, ya que como decían las cocineras, afuera el frío apremiaba con fuerza. Hipo se calentó las manos con el vaho de su cuerpo, entrando por la puerta de las mazmorras que tenía el candado roto y congelado. Sonrió para sí, pensando en la extraña forma de obrar de Elsa en su propio castillo.

Una vez allí sacó a todos los dragones, ya que intuía que las sobras de las cocinas no eran suficientes para saciar su hambre. Los acarició con cariño y los invitó a salir, salvo al dragón de su padre y a el de Alea, quienes habían pasado toda la noche volando.

Hipo condujo a los dragones hasta el jardín central, donde lo paró el teniente Riell, que armaba guardia. No obstante Hipo no tardó en convencerle de que no era buena idea tener a sus dragones sin comer, por lo que, con cierto temor, el teniente le dejó marchar.

El vikingo se subió prácticamente de un salto a su dragón, alzando el vuelo seguido por el resto de animales.

—Sienta bien estirar las alas, ¿verdad campeón? — le acarició la cabeza con mimo.

El sol prácticamente acaba de salir cuando Hipo se hallaba sobrevolando Arendelle. No era una imagen tan bella como el atardecer del día anterior, pero era hermosa y tenía algo de esperanzador. Hipo respiró con fuerza el aire frío que le invadía los pulmones con violencia y se dejó tostar la cara por los primeros rayos de sol. Había echado tanto de menos la sensación de volar.

Sin embargo, atisbó el horizonte con preocupación, no solo porque ahí fuera se hallará Drago, sino porque comenzó a tener un mal presentimiento. Aquella noche había soñado con Astrid, posiblemente porque su subconsciente se sentía culpable, pero al despertar sintió un extraño desarraigo, como si algo malo le hubiese pasado a la chica. Por supuesto apartó esta idea rápidamente de su cabeza, Astrid sabía cuidarse, nada malo podría pasarle. Estarían bien, como el resto de jinetes, que no debían de andar ya muy lejos de Arendelle. De hecho, nunca pensó que los echaría tanto de menos en apenas una semana y poco.

Intentando despejar la mente, comenzó a descender sobre el mar del fiordo, para que los dragones pudieran comer algo. Cerca del agua ser erguía el castillo imponente, salvaguardado de las llamas que habían cubierto el resto del pueblo. Hipo echó un rápido vistazo desde el aire, comprobando que las casas habían sido calcinadas hasta los cimientos y que tan solo quedaban en pie algunos pequeños establecimientos derruidos junto a una fuente. Algo le llamó la atención entonces, una especie de ramillete verde junto a la fuente. Hipo, movido por sus impulsos, descendió hasta lo que algún día fue la plaza del pueblo, bajando de un salto de su dragón.

Tal como creyó percibir, aquello que había junto a la fuente negra devorada por las llamas era una especie de ramillete con hierbas, perfectamente unidas por un cordón de esparto. Hipo se llevó aquellas plantas a la nariz, reconociendo que se trataban de una variedad de caléndulas, plantas que a veces usaba Gothi. Miró a su alrededor, alerta. Sin duda aquellas flores habían sido recogidas recientemente. Hipo miró a su dragón, el cual parecía intentar olfatear algo sin éxito.

—Qué pasa chico… —le dijo al dragón, quien mantenía las orejas alzadas—. Vamos, volvamos.

Dijo Hipo al pensar que quizás algún pueblerino de Arendelle hubiese salido la noche anterior o esa misma mañana. Al fin y al cabo, era normal que la gente añorara sus hogares, aunque ahora fueran solo un montón de escombros.

Hipo se subió a Desdentao y volvieron a alzar el vuelo, llevándose el manojo de plantas consigo. No tardó nada en regresar con todos los dragones al castillo, además de algunos salmones que había conseguido pescar.

—¡Vaya! Alguien ha madrugado mucho hoy—le dijo Bocón al ver aterrizar a Hipo en el patio.

—¡Bocón! —exclamó Hipo sorprendido—, pensé que ya no te vería hasta dentro de dos días.

Hipo se bajó del dragón, sujetando una pequeña red con peces.

—Muy gracioso—dijo Bocón, llevándose la mano a la cabeza—. Puede que tenga una resaca terrible, pero la responsabilidad es la responsabilidad—dijo auto convenciéndose—, le prometí a la princesa Anna que la ayudaría con los entrenamientos de las mujeres, al menos hasta que se despierte Alea, que entonces me iré a dormir como un maldito. ¿Has estado pescando?

—Sólo un poco—le dijo—, anda, ayúdame con los dragones.

—¿Los llevas de nuevo a las mazmorras? —preguntó incrédulo.

—De momento sí, hasta que estas gentes se acostumbren a ellos—explicó—, quedé con Elsa en que lo haríamos así durante un tiempo.

Bocón silbó como de costumbre a las bestias, que no tardaron en seguir su paso cojeante.

—Así que has quedado en eso con la reina Elsa… —dijo en un tono que Hipo no supo descifrar—. ¿Has pensado ya cómo se lo vas a contar a Astrid?

Hipo paró en seco, despojándose de cualquier buen humor que pudiera haber tenido hasta ahora.

—Me lo temía—dijo Bocón, quitándole importancia—. Tendrás suerte si sales de esta con todos los miembros que te quedan, y ya sabes al que me refiero.

Hipo bufó, pasándose la mano por el pelo y siguiendo a su maestro.

—Aunque es maja la reina después de todo—continuó su monologo Bocón—. Anoche la vi bastante animada.

—Tú sí que estabas animado anoche…

—Os fuisteis muy pronto—agregó Bocón con picardía, mientras se rascaba un ojo.

Hipo arrugó la frente.

—¿A dónde quieres llegar Bocón? —preguntó de una vez Hipo, que conocía muy bien a su maestro.

—A que seas claro con esa muchacha—dijo refiriéndose a la reina—, anoche creí ver que no solo estaba interesada en la política y nuestras malas historias de bucaneros.

—No digas chorradas Bocón, la reina no está interesada en mí—le aseguró el vikingo—, además, ya le he contado lo de Astrid y lo entiende perfectamente.

—Bueno, tú sabrás dónde te metes—le aconsejó entrando en las mazmorras— Por cierto, bonitas flores.

Hipo miró el ramo de caléndulas que llevaba en la mano y se negó a dar cualquier explicación ya que Bocón no iba a creerle de todos modos, así que simplemente lo siguió a regañadientes, sin entender por qué todo el mundo pensaba que había algo entre él y la reina. Por todos los Dioses, eran dos personas adultas con un enlace político. Fin.

Tras dejar a los dragones acomodados allí dentro y despedirse de Desdentao, Hipo se dirigió a las cocinas, dónde les dejó el pescado a las cocineras, quienes le dijeron avergonzadas que aquello no era necesario, desde el alivio y el recelo.

Nada más salir de allí Hipo se tropezó con el coronel Roston que andaba junto a dos hombres más.

—Disculpe—dijo sorprendido, ya que estuvieron a punto de tropezar en el pasillo—, su… majestad.

—Disculpe, iba distraído—le dijo observando el porte de aquel hombre cuidadosamente.

El coronel era mucho más alto y fornido que Hipo, con un frondoso bigote blanco y una cabellera algo escasa que camuflaba peinándolo todo hacia un lado. Tenía un gesto serio y autoritario y una mirada que en parte le recordó a su propio padre.

—¿Sube usted a ver a la reina? —le preguntó entonces al ver el ramo de flores que llevaba el vikingo, entre las palabras de cortesía y la demanda.

—Sí, subía justo ahora— se apresuró en responder de mala gana—. ¿Necesita algo?

El coronel examinó con detenimiento al chico, enjuiciando su extraña vestimenta y su pelo trenzado.

—Si puede, dígale a la reina que saldremos en un rato para patrullar el pueblo y hacer recuentro de destrozos—explicó—. Me hizo prometer que la mantendría al tanto de esta actividad.

—Claro yo la aviso— les aseguró Hipo, tras lo que añadió—: si lo necesitan, los vikingos estarán encantados de ayudarles.

—Por supuesto—asintió.

Y tras una leve reverencia forzada por su parte, se marchó junto a sus hombres mientras Hipo se alejaba escaleras arriba.

El coronel Roston le parecía un hombre muy extraño. Hipo no sabía muy bien qué pensar de él, ya que a ratos creía que era un hombre juicioso y con afán de poder y otras en cambio veía en él una rígida lealtad hacia la reina, unida a un fuerte sentimiento de paternalismo protector. En el fondo le divertía ver que, aunque ni él mismo lo supiera, era un hombre obstinado y terco, igualito que los vikingos.

Por primera vez Hipo consiguió llegar hasta la habitación sin dudar, signo de que empezaba a habituarse al castillo. Abrió la puerta despacio, pensando que Elsa todavía estaría dormida, sorprendiéndose al encontrar la habitación vacía, con la cama hecha y varios libros sobre ella. También había libros en el suelo y sobre su baúl, todos ellos ordenados meticulosamente en varios montones.

— ¡Vaya Hipo! —dijo una voz a sus espaldas.

El chico se giró, encontrándose a una sonriente Elsa, ya vestida y con el pelo trenzado, quien traía un montón de libros sobre los brazos.

—Guau—fue lo primero que se le ocurrió decir al verla con tantos libros que apenas se veía su cabeza—. ¿Necesitas ayuda?

—No tranquilo—dijo traspasándolo y entrando en la habitación, donde dejó los libros sobre la cama—, vaya, sí que has madrugado esta mañana—apuntó.

—Sí, salí a volar temprano—tras lo que se apresuró en añadir—: no me encontré con nadie así que puedes respirar tranquila, no creo haber sembrado el pánico.

Elsa le lanzó una sonrisa serena, agradecida de que el vikingo entendiese la situación y la necesidad de dar pasos poco a poco, al menos hasta que Arendelle se acostumbrara.

—¿Me has traído flores? —preguntó entonces con extrañeza y cierto espanto al ver el ramo de flores que llevaba Hipo en la mano.

—Oh, no, por todos los Dioses no—se apresuró en responder, con las mejillas encendidas—. No son para ti, no se me ocurriría traerte flores…—pero aquello sonó peor—, quiero decir, éstas en concreto no son para ti, porque sería raro que te trajera flores, que no quiere decir que me niegue a la idea de hacerlo como un gesto de amistad si te gustan las flores, tampoco quiero ser descortés…

Hipo intentaba leer la mirada de desconcierto de la reina a medida que iba hablando, sin saber si estaba metiendo la pata o no con la chica.

—Quiero decir, —se trabó—, no es que no te merezcas que te traigan flores, que por supuesto que sí, pero no de mi parte…

—Vale… Creo que capto el mensaje, Hipo—dijo algo insegura de si estaba entendiendo al chico—, entonces, para qué son esas flores que traes en la mano que entiendo perfectamente que no ocultan ningún significado incómodo para ninguno de los dos.

Al decir esto, se creó un pequeño silencio aún más incómodo en el que ambos se miraron, entre el desconcierto y el absurdo. Y no pudieron evitar reírse.

—Padre de todos los dioses, qué ridículo más espantoso—dijo Hipo tapándose la cara encendida mientras Elsa todavía se reía, con su melodiosa voz.

Lo cierto es que el momento de intimidad que mantuvieron la noche anterior les había creado a ambos una extraña y latente tensión que al fin habían conseguido disolver gracias a aquel momento algo ridículo. Ninguno quería sentirse raro con el otro, menos después del día anterior de confesiones, donde habían encontrado un punto en común donde estar relajados.

La reina se acercó al chico, todavía riendo, a medida que él también entraba a la habitación, recogiendo las flores de sus manos y echándoles un vistazo.

—¿Son caléndulas no? —dijo Elsa al olerlas.

—Sí—confirmó Hipo—, me las he encontrado esta mañana en el pueblo, mientras volaba.

—¿En el pueblo? —preguntó Elsa extrañada—, qué raro.

—Ya, yo también lo he pensado, por eso las he traído—pudo explicarse al fin—. Están demasiado frescas como para ser de antes del accidente. ¿Crees que alguien podría haber salido?

Elsa se quedó un momento pensativa, ya que Anna se había asegurado una vez la cúpula abierta que nadie saliera de ella.

—No sé… —ladeó la sonrisa—, tal vez haya sido un gesto de algún aldeano.

Hipo la miró sin comprender.

—Normalmente a nuestros muertos les llevamos flores a sus tumbas—explicó, recordando que quizás los vikingos tenían sus propios rituales—. Quizás alguien quiso tener ese gesto con algún ser querido perdido en las llamas o... no sé…

El vikingo tardó un momento en procesar aquella información, aunque no era la primera vez que había oído de pueblos que guardan los cuerpos de sus muertos.

—Puede ser… —aceptó, sin mucho convencimiento—. ¿Qué tal tu mañana? —cambió de tema, señalando con la cabeza los libros— ¿son de vuestra biblioteca?

Elsa asintió, notando cierto brillo en la mirada de Hipo. Sin duda era un vikingo de lo más peculiar.

—Sí, he decidido traerme algunos libros para ir revisándolos por las noches—explicó—. Hay un poco de todo, desde libros de simbología, historia de Arendelle, cuentos y leyendas del bosque… quien sabe, quizás entre los dos podemos encontrar algo útil.

—Eso espero—concordó Hipo, mirando la cantidad de libros que había traído Elsa—. Por cierto, me he tropezado con vuestro coronel, al parecer va a salir con sus hombres a patrullar y hacer un recuento de daños.

Elsa asintió, ya que ella misma quería y necesitaba enfrentarse a esa realidad.

—Ah, se me olvidaba—dijo entonces la reina, sacando una llave de los bolsillos de su vestido—, mis doncellas te han preparado la habitación que te dije ayer, es justo la contigua a ésta. ¿Quieres verla?

Hipo siguió a Elsa por los escasos tres metros que separaban una habitación de otra. Al principio Hipo no pudo abrir la puerta, hasta que Elsa le explicó que si se atrancaba tenía que darle un pequeño golpecito mientras giraba el pomo. El vikingo se sorprendió al ver el interior de la habitación, que era un poco más pequeña que la que compartía con Elsa, pero igualmente le pareció sumamente enorme para una sola persona, más cuando la población estaba pasando necesidades y dormían todos apelotonados en camastros mal colocados en el suelo.

—¿Te gusta? —le preguntó mientras abría las cortinas.

—Bueno, tiene chimenea, que es lo importante—dejó caer Hipo, sacando una sonrisa irónica a Elsa.

—Pediré a los sirvientes que te traigan tus cosas.

—Oh, no les molestes—se apresuró el vikingo—, apenas tengo un baúl, ya lo traigo yo mismo.

Elsa asintió, sintiéndose un poco mal ya que posiblemente había sonado tremendamente frívola a ojos del vikingo. Al fin y al cabo, la gente estaba pasando necesidades y ella seguía teniendo la misma vida 'cómoda'.

Hipo guardó sus escasas pertenencias en su baúl y cogió varios libros para revisar a la noche. No obstante, pese a no tener apenas nada, el baúl en sí mismo pesaba horrores, por lo que Elsa decidió echarle una mano, congelando una línea de hielo en el suelo y empujando de un extremo mientras el vikingo tiraba del otro. Mientras Hipo se acercó a recoger sus últimas cosas, Elsa aprovechó para dejarle la nota de Astrid dentro de uno de los libros que había cogido el chico, ya que se sentía muy mal por haberla leído y no habérsela devuelto. Además de porque no le parecía bien tenerla en su poder.

—Bueno, pues creo que ya está todo—llegó el vikingo con un cuaderno y el ungüento verde que le dio Rose para las manos—. ¿De verdad que no será raro que durmamos así?

—No, tranquilo. Además, cualquier cosa estoy justo en la habitación de al lado— le aseguró Elsa—. ¿Vienes con nosotros a la expedición?

Hipo negó, ya que le había prometido a Bocón que le ayudaría a construir una forja donde preparar armaduras y armas para todos los nuevos soldados.

—Nos vemos luego entonces—se despidió la chica con un grácil movimiento de cabeza.

Una vez se marchó Hipo miró a su alrededor con un gesto breve, intentando asimilar todo lo que estaba pasando. Le parecía muy extraño y triste que realmente los soberanos de aquellas tierras durmieran en alcobas separadas. Entendía que era lo mejor, sobre todo en un matrimonio concertado como el suyo, pero le dio pena y por primera vez desde que llegó se sintió tremendamente solo.

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Elsa marchó junto a sus hombres, Patón y Briel, a dar un paseo por lo poco que quedaba de Arendelle. El terreno estaba completamente calcinado y era espectacular y escalofriante cómo en el suelo podía verse con claridad la nítida línea entre lo que un día cubrió la cúpula y lo que se había quedado fuera. Algo en Elsa se removió entonces.

Apenas recordaba mucho de aquella violenta noche, ya que las pesadillas habían distorsionado su percepción de la realidad. Anna le contó que llegó a encontrarse cara a cara con Drago cuando su dragón cayó al suelo atravesado por el hielo de Elsa, pero que instantes después, cuando el dragón se levantó como si nada, la reina usó sus últimas fuerzas para elevar la cúpula y proteger a los civiles de las llamas de aquella bestia. Después de eso se había desmallado, despertando ya en la cama.

Anna le explicó que con suerte casi todo el mundo había conseguido entrar en el castillo, pero en aquel instante, cuando Elsa pisó el suelo calcinado, se dio cuenta lo acongojante que era ese 'casi'. Tragó saliva y con gesto valiente les dio la orden a sus hombres de avanzar.

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En el patio interior trasero del castillo Hipo comenzó la construcción de su taller. Utilizó lo que algún día fue un antiguo gallinero para cercar un habitáculo donde poder almacenar todas las herramientas que necesitaba y salió con los dragones en busca de materiales que pudieran fundir para armas, dejando a cargo a Kristoff de organizar todo aquel estropicio.

Mientras tanto, Bocón y Anna se pusieron manos a la obra organizando a todas las mujeres sanas y en edad de luchar que encontraron, llevándolas a uno de los grandes salones donde Anna les habló de la importancia que era que aprendieran a luchar en caso de avecinarse lo peor. No obstante, muchas de ellas desertaron ante la falta de convicción y la fe ciega en el ya ejército de hombres. Anna no las culpaba, ya que muchas de ellas estaban a cargo de los enfermos y llevaban días sin dormir y otras por su parte eran madres y tenían varios hijos a su cargo. No obstante, Anna no desistió en la idea de que ahora más que nunca era necesario el esfuerzo colectivo y que ella misma sería la primera en participar en aquellos entrenamientos. Aquella idea dio algo de esperanza a las mujeres, quienes por primera vez no solo sintieron una simpatía tierna hacia Anna, sino que la vieron como una líder. Tras esto les pidió, como le había explicado Bocón, que se inscribieran en una lista, con su talla aproximada y los conocimientos y habilidades que pudieran tener. Aquella labor fue tremendamente dura y aburrida, pero Anna se alegró de sentirse útil, no solo porque al fin notaba cierto entusiasmo en las mujeres, sino porque también comenzó a conocerlas y se sintió mal por haber vivido tantos años alejada de la realidad de Arendelle.

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Por su parte Elsa y el grupo de soldados comenzaron a rescatar todo lo que pudieron de los escombros, desde objetos de valor a materiales que pudieran reutilizarse. También y aunque fuera una labor más desagradable, comenzaron a retirar todos los cadáveres calcinados que encontraron, que por suerte o por desgracia no fueron muchos, ya que la mayoría debían haber ardido tanto que no quedaba más que polvo.

Al cabo de un rato se dividieron en más grupos, yendo algunos a investigar hacia las casas más alejadas que aún tenían los cimientos en pie y otros hacia las casas junto al puerto, donde algunos trozos de madera de lo que antes fueron barcos flotaban todavía en el agua. Dada la falta de entendimiento de los vikingos con sus soldados, Elsa decidió ir junto a Patón y Briel a ver las casas más alejadas, aquellas que estaban detrás de la iglesia. Su pequeño acercamiento con los vikingos la noche anterior había hecho que al menos no la vieran ya como a una extraña, y aunque el silencio estuvo presente, al menos no hubo disputas.

—¿Todo bien reina Elsa? —le preguntó Briel al ver que la reina se paraba a medio camino.

—Sí, todo bien—fingió normalidad.

Hubo un momento en que la reina sintió que todo aquello le superaba, ya no solo por las propias imágenes de devastación, sino por la idea de que hubo gente que se quedó ardiendo tras la cúpula. Sintió que vomitaría allí mismo, pero los años de entrenamiento en guardar la compostura surgieron efecto. Fue entonces cuando vio una caléndula en el suelo.

Aquella flor estaba mucho más marchita que las que había traído Hipo aquella mañana, pero aun así no pudo evitar pensar que tenían relación.

—¡Reina Elsa! —se oyó entonces gritar a uno de los soldados a los lejos—¡Hemos encontrado algo!

La reina se puso en guardia, buscando la dirección de la voz que proveía de un soldado que le hacía señas a lo lejos. Al instante Patón y Briel, que estaban más avanzados, retrocedieron para alcanzar a Elsa y salir corriendo en dirección a aquella voz que auguraba malos presagios.

No necesitaron acercarse demasiado para ver cómo de una casa a medio derruir comenzaban a sacar cuerpos. A Elsa se le paralizó el corazón, flaqueándole las fuerzas durante un instante. Sentía cómo la sangre le golpeaba en los oídos y se le secaba en la garganta.

—No puede ser… —balbuceó para sí.

Patón notó que la reina se había parado y al ver su cara de horror comprendió que era la primera vez que se enfrentaba a algo así. Decidió acercarse a ella y ponerle una mano en el hombro.

—Tranquila, estamos aquí con usted, no se pare.

Aquellas palabras sacaron a Elsa de su estado de shock, asintiendo y retomando el paso hacia los guardias. Cuando llegó a dónde estaban se acercó corriendo al teniente Riel que estaba a la entrada de aquel hogar en ruinas, de dónde estaban sacando los cuerpos.

—Majestad—dijo al verla.

—¿Qué está pasando? —preguntó asustada, al ver que casi todos los guardias estaban ahí reunidos.

—Hay… —buscó la forma de decírselo—, hay supervivientes mi reina.

Aquella esperanzadora verdad hizo que a Elsa le temblara el pulso, pero no de alegría, sino de culpabilidad. Había abandonado a aquellas personas fuera de la cúpula, a su suerte, en la miseria, durante casi tres semanas.

—Con cuidado—dijo un soldado a otro mientras sacaban a un chico que no debía ser mayor que ella.

El chico todavía respiraba, pero tenía varias quemaduras y contusiones semi-vendadas que olían a muerte y podredumbre.

—¡Llévenselo de inmediato al castillo! —ordenó.

La rabia al menos le dio la fuerza para afrontar la situación. Sin pensárselo se lanzó entre los hombres, colándose dentro de aquella casa en ruinas para comprobar que varias personas más se encontraban allí dentro, salvaguardadas del horror e intentando sobrevivir.

—Majestad, este no es lugar para usted—corrió el coronel Roston al verla.

—Tengo tanto derecho a estar aquí como usted—le contestó algo molesta.

Estaba cansada de que todos intentaran protegerla siempre.

A su lado dos guaridas ayudaban a caminar a un anciano con cuidado, quien parecía en mejor estado que el joven.

—¿Queda alguien más en esta casa? —preguntó el coronel a sus soldados.

—Los hombres están revisando el resto de instancias.

—Mi reina—balbuceó el anciano al reconocerla.

Elsa, por primera vez en mucho tiempo, se olvidó de protocolos y se acercó apurada al hombre, tendiéndole su mano.

—Ya no tema buen hombre—se apresuró a hablarle, escrutando las quemaduras verdosas de su mano y las arrugas pálidas en su piel—. Todo va a estar bien, mis hombres van a llevarle al castillo.

El hombre dejó caer varias lágrimas sin cambiar su expresión atemorizada.

—Mi reina, tienen que irse ahora mismo—dijo nervioso, intentando zafarse del agarre de los soldados en sus brazos—. Han vuelto los dragones, los han visto esta mañana.

A Elsa le invadió el terror durante unos instantes hasta que recordó que Hipo había salido a volar aquella mañana.

—Le prometo que ningún dragón os va hacer daño, os lo juro por mi propia vida—intentó tranquilizarlo—. En el castillo estaréis a salvo, mis hombres os van a acompañar.

—Misericordiosa reina, alabado sea el señor por atender nuestras súplicas.

A Elsa se le hizo un nudo en la garganta.

—¿Quedan más personas en esta casa? —preguntó cauta, obviando lo anterior para evitar desmoronarse allí mismo.

—Quedamos los que quedamos.

Elsa no supo muy bien qué quería decir con aquello, viendo cómo el hombre soltaba su mano y era acompañado por sus soldados al exterior. La reina lanzó una mirada al coronel Roston, buscando algo de apoyo, quien la miró con sobriedad.

Elsa inspeccionó rápidamente la casa con un mal presentimiento. Allí dentro el aire estaba enrarecido, el polvo se elevaba como una capa espesa que impedía respirar y la madera crujía, desprendiendo un desagradable olor a ceniza y azufre. Era consciente de que era un milagro que la estructura de aquella casa siguiera en pie.

—Tengan cuidado con la pierna—escuchó entonces la voz de una mujer—. Se le ha infectado.

Elsa se giró, buscando el foco de aquella voz y entonces el corazón se le paró al reconocer a su dueña.

Tras una puerta salieron andando una mujer y su hija, algo magulladas y desnutridas, pero lo suficientemente estables como para caminar. Eran la panadera y su hija de nueve años, a quien Anna a veces encargaba dulces y otros caprichos. Por otro lado, tumbada y agarrada por dos de sus guardias iba otra chica joven con la piel levemente verdosa y con una pierna inmovilizada con trozos de tela rasgada y algunas ramas, completamente inconsciente. Y a su lado estaba ella.

Elsa llevaba años sin ver a aquella mujer y, sin embargo, pese su estado demacrado y sucio, no había cambiado nada. Parpadeó incrédula, como si se tratara de un fantasma, ya que luchó tanto por olvidarla que a veces se había preguntado si realmente llegó a existir.

—¿Le… Lena? —la llamó.

La mujer, que estaba completamente enfocada en la enferma, alzó entonces sus enormes ojos azabaches hacia ella, sorprendida y confusa de verla.

—Reina Elsa… —expresó anonadada.

Por un instante Elsa se olvidó de dónde estaba. Olvidó que estaban rescatando a supervivientes de una masacre, que su reino había ardido hasta los cimientos y que tardaría en volver a conciliar el sueño por las noches pensando en todas las personas que habían muerto por su culpa, por su magia y por su miedo. En aquel instante todo aquello pasó a un segundo plano, sin poder creerse que aquel fantasma de su pasado estuviese en aquel lugar, en aquel estado y con esa enorme expresión de decepción y resentimiento.

Elsa quería preguntarle tantas cosas que la voz no le salía del cuerpo. Quería pedirle perdón, explicarse, sincerarse sobre lo que pasó, preguntarle dónde había estado todos estos años… pero fue incapaz de decir nada. Y en sus ojos negros leyó entonces el rencor.

—¡Dense prisa! —exigió a los soldados la chica—. Esta mujer se muere, ¡hagan algo!

Elsa salió entonces de aquel embrujo, volviendo a la realidad.

—¡Llevaos a esta gente al castillo inmediatamente! —ordenó también—, ¡Vamos!

Los guardias obedecieron sin rechistar ante la demanda de su reina, agarrando con cuidado a la chica herida, sujetando su cabeza inerte de ojos dormidos y boca azulada para protegerla del zarandeo. Tras ellos caminaba con un leve cojeo la mujer de ojos azabache y cabellos oscuros como la noche, con gesto de preocupación, intentando ignorar la mirada de la reina.

—¿Qué… queda alguien más? —se esforzó en preguntar Elsa a los soldados.

—No queda nadie más mi reina—le respondió uno de ellos.

—Somos los últimos—alzó la voz Lena, desafiante, como siempre fue—. El resto murió hace días... mi reina.

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Una vez que Anna y Bocón terminaron con todo aquel listado se unieron a Hipo y Kristoff en la construcción de aquella especie de forja improvisada.

Anna tuvo que admitir que se sintió bastante intimidada al ver descender del cielo a Hipo sobre aquel dragón, cargados de rocas y otras cosas que no supo identificar. Era la primera vez que veía al dragón y a su jinete tan de cerca y por un instante regresó a la primera noche en que lo había visto bajar de su dragón, con la ropa cubierta de sangre y hablando en la lengua de los vikingos. Sin duda, su visión de Hipo había cambiado mucho en los últimos días, pero no por ello se sintió menos intimidada.

Una vez el chico desmontó, se sorprendió de la palidez de sus caras hasta que descubrió que tanto Anna como Kristoff era la primera vez que veían a un dragón tan de cerca. Por supuesto, no fue muy difícil mostrarles que Desdentao no era peligroso, ya que pese al temor inicial había una simpatía latente en el dragón por aquellas gentes. De hecho, una vez realizado el primer contacto, Desdentao bañó a Anna en saliva y ésta ni se quejó, entre risas.

Estuvieron trabajando toda la mañana y el resto de la tarde, haciendo solo una parada rápida para almorzar. Anna consiguió cogerle el tranquillo a mantener el horno improvisado encendido mientras que Hipo y Kristoff conseguían cargar todos los materiales para la fundición. No sólo habían traído rocas para los Gronckles, sino que Anna también había decidido que podían fundir algunas armaduras y objetos que decoraban el castillo y que opinaba que nadie echaría de menos.

Usaron una gran piedra para trabajar el metal líquido, la cual estuvieron puliendo por turnos hasta hacerle un agujero lo suficientemente hondo para verter al menos dos litros de metal líquido. Anna pensó que nunca había hecho un trabajo tan duro y tras verse las manos al final de la jornada pudo comprobar que, por primera vez en su vida, le saldrían callos hasta las muñecas.

Bocón les enseñó también a preparar los moldes, bajo la supervisión de Hipo, que sin duda siempre había sido un alumno aventajado, el cual les explicó la importancia de calibrar los pesos o del peligro que corrían los materiales a quebrarse una vez fríos si no se habían compactado bien. Estuvieron prácticamente hasta la noche diseñando y creando moldes para distintas armas y protecciones. Desde hombreras y petos, hasta espadas y escudos.

Anna creyó que con espadas sería más que suficiente por el momento, ya que no veía a ninguno de sus hombres o mujeres levantando un hacha o un 'revientacráneos', como ellos lo habían llamado. Bocón asintió, diciendo que al menos era un comienzo, pero que en unos meses ella misma le pediría uno, lo cual hizo reír a la princesa con incredulidad.

No obstante, pese a todas las tareas que habían encaminado aquel día con su puesta en marcha, realmente no habían obtenido ningún resultado todavía. Era un trabajo lento y laborioso, así que si querían avanzar deberían ponerse de sol a sol durante los próximos días.

—¿Soy el único al que le duele todo cuerpo? —preguntó Kristoff masajeándose un hombro cuando terminó su cena en el gran salón.

En la mesa lo acompañaban Anna, Hipo y Bocón, que finalmente había aguantado despierto todo el día pero que no tardaría en acogerse a los brazos de Morfeo.

—Como si me hubiesen pasado por encima un ejército de Gronckles obesos—apuntó Bocón.

Anna y Kristoff se lanzaron una mirada cómplice. Una de sus diversiones más recientes era memorizar y repetir las cosas sin sentido que decía aquel vikingo.

—Deberías irte a dormir—le sugirió Hipo, quien tampoco podía con su alma—. Hoy sinceramente nos lo hemos ganado.

—Llevaba días sin sentirme tan útil—concordó Anna—. ¿Cuánto creéis que tardaremos en tenerlo todo listo?

Hipo se echó hacia atrás en su silla, calculando.

—Si vamos más o menos al ritmo de hoy, creo que unos cinco o seis días—dijo al alza— Quizás mañana nos puedan echar una mano alguien más.

—Deberíamos pedírselo a tu padre— metió el dedo en la llaga Bocón—. Que además quería hablar contigo.

Hipo gruñó para sus adentros, ya que aquella idea no le agradaba especialmente. Llevaba desde la última reunión del consejo evitando a su padre y pensaba seguir haciéndolo durante al menos unos días más. No quería hablar con él porque simplemente no sabía qué decirle. ¿De qué iban a hablar? De lo terrible hijo que era, de lo mal que gestionaba sus responsabilidades o de la forma obscena en que las mujeres cuchichiaban que había a tratado a Elsa en su noche de bodas. Su padre igualmente no iba a escuchar nada que no fuera esto y él estaba cansado de pelear y sentirse encima culpable. No pensaba pasar por ahí y si lo hacía al menos lo haría cuando se le pasara el enfado o le dejara de importar.

Kristoff pudo darse cuenta de que aquel tema parecía incomodar a Hipo, así que decidió aliviar tensiones, como solía hacer.

—¿Oye y Elsa? —preguntó—. ¿Alguien la ha visto hoy?

—Salió con los guardias a comprobar el estado de Arendelle esta mañana—le explicó Hipo, agradecido.

—¿Y todavía no ha regresado? —preguntó preocupada su hermana.

—No lo sé… —se limitó a decir Hipo—, supongo que sí, ya ha anochecido.

Anna sintió entonces que algo no estaba bien, ya que Elsa no había bajado a cenar y aunque sabía que su hermana siempre había tenido el estómago muy pequeño, pensó que tal vez ver Arendelle reducido a cenizas tendría algo que ver.

—Voy a subir a buscarla—dijo seria, levantándose de la mesa.

El resto la vio marchar, sabiendo que era mejor no acompañarla. En el fondo, tanto Hipo como Bocón sabían lo que se sentía cuando todo por lo que has pasado meses trabajando se pierde en el fuego. No querían imaginar cómo debía ser encontrarse con esa sensación por primera vez, cuando además no has nacido en una tribu que lleva generaciones haciéndole frente al problema.

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Anna subió las escaleras apurada, al ritmo que le permitieron sus piernas cansadas. Caminó por los pasillos con nerviosismo, aquellos mismo que había recorrido cientos de veces. Por instante casi olvidó que su hermana ya no dormía en su habitación, obligándola a rehacer la mitad del trayecto, sintiéndose un poco idiota. La verdad es que seguía sin convencerse de que Elsa se hubiese casado. Su hermana. Elsa.

Agradecía la idea de que al menos se la viese cómoda con su 'marido', aunque Hipo en general parecía ser muy agradable con todo el mundo. Sin duda los astros se habían divertido juntando rarezas, ya que, pese a que su hermana tuviese poderes mágicos de hielo, el chico no se quedaba atrás en peculiar y extraño. Quizás si se hubiesen conocido en otras circunstancias podrían haberse incluso podido enamorar, ya que Anna notaba en ellos cierto parecido, una química que no sabía explicar. Y bueno, había leído tantas novelas de amor de niña que no quería aceptar que la realidad pudiera ser tan cruel.

De hecho, la confesión de su hermana sobre la amante de Hipo la había perturbado ligeramente ya que, aunque a Elsa pareciera no importarle, le daba miedo que terminara sufriendo y se encerrase más en sí misma. Al fin y al cabo, nadie quiere una vida así: casada sin amor, con un marido con amantes y cargando con la responsabilidad de un reino acechado por la muerte y lo inexplicable.

Suspiró, encontrándose frente a su puerta, como tantas otras veces. Fue entonces cuando le invadió una extraña sensación de deja vú, como si su hermana no fuera a abrirle la puerta.

—¿Elsa? —llamó a la puerta—. ¿Puedo pasar?

Anna no obtuvo respuesta, pero igualmente se aventuró a girar el pomo.

—¿Elsa? —preguntó al entrar.

Elsa estaba sentada en la cama, mirando por la ventana en silencio. La habitación estaba completamente a oscuras, ya que la chimenea estaba apagada y si no fuera porque aquella noche había luna llena, Anna se hubiese tropezado con todos los libros que había esparcidos por el suelo.

—¿Elsa estás bien? —le dijo entrando en la habitación.

Elsa ya estaba en camisón y llevaba sobre sus hombros el chal de su madre. Definitivamente no estaba bien.

—¿Qué… qué ha pasado?

Anna se acercó a su hermana y se sentó a su lado en la cama. La reina miraba con cara inexpresiva el cielo, abrazándose a sí misma.

—No pasa nada Anna, estoy bien—le dijo tranquila—. Ha sido un día complicado, solo eso.

—¿Estás segura? —insistió su hermana, quien sabía que Elsa no estaba bien—. ¿Has cenado algo? ¿Quieres que pida que te suban algo de cena?

—No te molestes Anna, no tengo mucha hambre—denegó la propuesta de su hermana, girándose hacia ella y cogiéndole las manos—. No te preocupes, de verdad. Vete tranquila a descansar.

Anna se resguardó en aquel leve contacto y en la sonrisa triste de su hermana y asintió. Sabía que, si algo le rondaba, no se lo contaría.

—Si quieres puedo quedarme—se ofreció Anna—. Las doncellas ya me han dicho que no compartes alcoba con Hipo.

—Prefiero estar sola Anna—bajó la mirada Elsa.

Anna aceptó, en silencio. Odiaba cuando Elsa le había eso, no podía llegar a entenderla.

—¿Tan mal está todo?

Elsa tragó saliva, luchando por mantener la entereza.

—Ni lo reconocerías… —dijo pausadamente—. Pero tranquila, he hablado con el coronel y algunos vikingos y mañana mismo comenzaremos a reconstruir las casas.

Anna le dedicó una sonrisa a su hermana, intentando ablandarla un poquito.

—Todo va estar bien Elsa—le dijo mientras la abrazaba.

Elsa le correspondió al abrazo, con el corazón encogido.

—Por supuesto—consiguió articular—. Ahora vete a descansar que estos días van a ser muy duros.

—¡Y tanto! —concordó Anna con su alegría habitual, intentando disipar el aura triste de su hermana—. Me han salido hasta callos en las manos.

Elsa volvió a hacer el esfuerzo de sonreír.

Oye—marcó un inciso Anna, alzando la mano a la mejilla de su hermana—. Prométeme que vas a descansar tú también y que no le vas a dar muchas vueltas.

Elsa asintió y Anna se dio por satisfecha. Al menos era algo, aunque sabía que su hermana la estaba evitando, para variar. Elsa siempre hacía eso: alejar a los demás cuando sufría.

Anna se levantó de la cama y le dio un beso a su hermana en la frente, recolocándole levemente el chal de su madre y ajustándoselo mejor a los hombros.

—Buenas noches Elsa—se despidió.

—Buenas noches Anna.

Anna cerró la puerta tras de sí, dejando a Elsa al otro lado. Se quedó un momento allí parada, pensando si debía entrar otra vez o no, si obligar o no a su hermana a expresar sus emociones… pero le faltaron las fuerzas. Y desistió, rehaciendo su camino hasta los salones.

Al bajar Anna notó mucho más alboroto de lo habitual. Hacía escasos minutos, cuando se había marchado, casi todo el mundo comía en silencio. Sin embargo, parecía haberse levantado un murmullo incesante que corría en vela por todo el comedor.

—¿Qué ha pasado? —dijo Anna cuando regresó a la mesa donde seguían Hipo y Kristoff con la deserción de Bocón.

—No lo sabemos—le dijo Kristoff—. Acaban de llegar los soldados a comer y se ha formado un corrillo a su alrededor.

Los tres dirigieron la mirada hacia la gran mesa donde se habían reunido todos alrededor de varios hombres, quienes pese al cansancio querían relatar el horror de sus hazañas en lo que un día fue su hogar.

—Supongo que todos quieren saber cómo está la cosa ahí fuera… —dedujo Anna.

—¿Y Elsa? —preguntó Hipo, quien se había quedado algo preocupado al ver marchar a Anna.

—Está bien—mintió—. Solo algo cansada, creo que no ha tenido un buen día.

Hipo estaba seguro de que Elsa había tenido un día terrible. Lo poco que había podido hablar con ella denotaba lo mucho que se preocupaba por el bienestar de su pueblo y ver Arendelle cómo él mismo lo había visto aquella mañana era algo terrorífico. Hacía mucho tiempo que el vikingo no veía una cosa igual, un pueblo arder hasta los cimientos. Sin duda era obra de Drago, ya que nadie era tan cruel cómo arrasar una tierra de aquella manera, hasta dejarla prácticamente yerma.

—Yo me retiro también ya chicos—anunció Anna—. Estoy agotada.

La chica se acercó con suavidad a Kristoff, dándole un beso en la mejilla para darle las buenas noches y tras esto se marchó de nuevo escaleras arriba.

—A Anna le afecta mucho cómo se encuentre Elsa—le confesó de repente Kristoff al vikingo, cuando se quedaron solos.

—Ya veo…

Desde que había llegado a aquel extraño reino el vikingo había sido consciente no solo de la fuerte unión de las hermanas, sino también de sus problemas y penas. Tras la confesión de Elsa el día anterior sobre su encierro impuesto durante más de diez años y la separación forzosa con su hermana, Hipo entendía que la reina no supiera muy bien cómo hacer frente a la demanda de cariño que sin dudas Anna necesitaba. De hecho, en cierta forma, el vikingo creía a veces que Anna había tomado un roll tan protector con Elsa que realmente parecía haber tornado los papeles y haberse convertido en la hermana mayor en cuestiones afectivas.

—Anna es como un libro abierto, pero Elsa es muy cerrada con todo— siguió su discurso el chico—, aunque imagino que de eso ya te has dado cuenta.

Hipo torció la sonrisa. Por alguna razón que ni él mismo comprendía, Elsa se había abierto ligeramente con él, pese a su distancia fría y a su enrarecido puritanismo que ponía al vikingo tan nervioso en su presencia. No obstante, comprendía a qué se refería el vendedor de hielo y coincidía en que era realmente frustrante intentar llegar a alguien que no hace más que apartar a sus seres queridos.

—A veces creo que Anna no será completamente feliz hasta que acepte a Elsa tal y como es.

Kristoff se terminó el resto de su sopa y se levantó, despidiéndose del vikingo. Quedaron en retomar la tarea que estaban desarrollando a la mañana siguiente, cuando el sol saliera y volviera el ajetreo al castillo. El chico no era muy partidario de las armas, al igual que, —irónicamente—, Hipo, pero entendían que no era posible proteger a tanta gente indefensa y mientras más pudieran aprender a protegerse, más fácil sería salir victoriosos ante un posible ataque.

Esta era la idea que más carcomía a Hipo: la de un posible ataque. Llevaba menos de una semana en Arendelle y de momento, pese al miedo y la cantidad de heridos, sentía que vivía en un limbo de paz perpetua dónde la posibilidad de ser atacados era una vaga idea lejana, pero la realidad es que no estaban preparados. Elsa no se había recuperado al cien por cien de sus heridas y ellos no tenían suficientes dragones para hacer frente a un ejército de dragones inmortales. También estaba la cuestión de cómo proteger o a dónde llevar a los civiles, ya que el castillo no era una opción válida, pero el bosque o los alrededores tampoco. Y por último estaba el tema de la inmortalidad en sí de sus enemigos.

Aquella posibilidad era tan fantasiosa e imposible que Hipo todavía no se había hecho a la idea de que realmente no podían ganar una batalla así. No obstante, desde que el día anterior vio a la reina destruir una cúpula de hielo gigante con sus propias manos, Hipo estaba mucho más abierto a la idea de la magia, aunque aquello fuera confirmar sus mayores miedos. Y lo peor es que ni en sus peores pesadillas podía imaginar lo que les vendría encima.

Lo único que le preguntaba ahora era cómo encontrar la clave de la supuesta inmortalidad de los dragones y cómo revertirla. La princesa Anna había escrito en su primera carta de auxilio que temía que Drago estuviera buscando algo en aquellas tierras, pero ni Anna ni Elsa sabían muy bien qué podía estar buscando en Arendelle, y más ahora que estaba reducido prácticamente todo a cenizas. Tenía que tratarse del bosque encantado, era la única opción a la que encontraba sentido y la que más cuadraba por lo que había visto hasta ahora. Encontrar ese furia nocturna en el bosque había supuesto un antes y un después para Hipo, ya no solo por la posibilidad de encontrar más especímenes como su amigo, sino por el temor a pensar que tal vez su compañero estaba en peligro. Recordar la imagen de aquel pobre dragón desangrado todavía le removía las tripas. No entendía que alguien fuera tan sanguinario para hacer una cosa así.

El vikingo terminó como pudo su cena, decidido a encerrarse en su habitación a leer y buscar alguna información útil hasta que le venciera el sueño cuando de repente escuchó la voz de Alea, que lo llamaba al fondo, desde la mesa de los vikingos. El chico también estaba evitando sentarse allí por el simple hecho de que todos aquellos compatriotas sonrientes lo habían vendido sin preguntarle, obligándolo a casarse por la fuerza. No entendía todavía cómo podían seguir insistiéndole en comer juntos. Y lo peor es que aquella noche Estoico sí estaba sentado a la mesa.

Hipo suspiró y terminó acercándose a regañadientes.

—Hipo cariño—le dijo amable Alea—. Qué haces ahí solo, hombre.

La vikinga le dio un manotazo en la espalda que podría habérsela partido y con una sonrisa de encías anchas lo invitó a sentarse.

—Mis acompañantes acaban de irse—se justificó.

—Desde que te has convertido en rey pareces que nos repudias—se quejó Gervasio al fondo, sacándose un trozo de carne de entre los dientes—. No deberías lamerle tanto el culo a esas princesas y más cuando la reina te ha echado de su cama, vaya poca vergüenza—escupió—. Deberías sacar algo de mano dura y enseñarle a esa niña a que te respete, que para algo eres su marido. A ver si te comportas ya como un hombre, que no paran de mangonearte las mujeres.

Aquellas palabras hicieron que a Hipo le hirviera la sangre, pero se contuvo al notar que su padre se ponía en pie.

—Hipo—dijo muy serio Estoico—. Vamos.

Y sin más Estoico se levantó de la mesa y se marchó en dirección a la salida de los comedores. Por supuesto Hipo obedeció, sin poder evitar lanzarle una mirada asesina al viejo antes de marcharse.

—¿Qué miráis vosotros? —regañó Gervasio al resto de vikingos, que lo miraban en silencio con desaprobación—. Estoico siempre ha sido un blanco con su hijo. A ese niño le ha hecho falta una buena paliza toda la vida, a ver si espabila y se deja de tonterías. Debería estarnos agradecido, nunca hubiese conseguido mejor braguetazo.

—Ese niño es tu jefe Gervasio—le discutió muy seria Alea— Y se ha ganado de sobra nuestro respeto.

—¿Y qué? —dijo bravo, echándose para atrás en su silla y bebiéndose de un trago su bebida—. Para cuando tome el mando de Berk yo ya me habré muerto, si es que lo hace algún día.

—Deberías disculparte—añadió Briel—. Has ofendido también a Estoico.

—La reina es la que nos ha ofendido a todos nosotros—siguió su discurso—. Si no comparte cama con su marido creéis que cuando acabe esta guerra va a compartir su reino… —el vikingo se levantó de la mesa, molesto—. Yo solo os estoy avisando y el que avisa no es traidor.

Y con estas últimas palabras se marchó también.

Por su parte Hipo estuvo siguiendo a su padre hasta la salida del castillo, donde les pidieron permiso a los guardias para salir a 'tomar el aire', prometiendo que no se alejarían demasiado. Ambos compartieron el camino en silencio, Hipo todavía conteniendo la ira por la humillación y Estoico en un silencio imperturbable. El chico se detuvo cuando lo hizo su padre, al final del puente que unía el castillo con el reino. El aire se había levantado a causa de la inmensa devastación y había creado su propia danza negra, de cenizas y muerte, que merodeaba desde el castillo al mar.

—Hipo… —comenzó su padre, tomando aire—. Los jinetes no estarán muy lejos, pero hasta que lleguen debemos de hacer un esfuerzo entre todos y organizarnos para patrullar.

Hipo asintió, sabiendo que su padre había optado por la vía fácil: fingir que no pasaba nada. Recordó entonces las palabras de Elsa, quien le había pedido que hiciera las paces con su padre, pero en aquel momento no se vio capaz.

—De acuerdo—aceptó el chico, oteando el cielo nocturno.

—Yo y Alea volveremos a patrullar esta noche—le explicó Estoico—, se supone que Patón y Briel lo harían por la mañana, pero les han pedido ayuda para empezar las reconstrucciones.

Las palabras de Estoico pesaban como el plomo en los oídos de Hipo, quien no tenía ánimo de discutir con su padre aquella noche. De todos modos, siempre le gustó patrullar, ya que consistía prácticamente en volar y otear el horizonte.

—¿Cuento contigo para hacer el turno de mañana?

—Cuenta con ello.

—Estupendo—dijo con solidez.

Tras esto volvieron a quedarse en silencio, contemplando aquel paraje yermo.

—No le hagas caso a lo que… —intentó Estoico probar cierto acercamiento a su hijo—, a lo que ha dicho Gervasio.

—No pensaba hacerlo—contestó por inercia Hipo, intentando cerrar aquella conversación que no quería tener.

—Tú ya has cumplido tu parte—continuó sin embargo Estoico—. Me parece bien que no quieras compartir lecho con la reina por el momento.

Hipo tragó saliva. Él no había cumplido con su parte ni pensaba hacerlo, pero aquellas palabras de su padre lo invadieron de una gran tristeza por alguna extraña razón. ¿Y si realmente aquella batalla no acaba nunca? O su matrimonio no se podía romper con tanta facilidad. ¿Qué se supone que pasaría entonces? ¿Tendría que aceptar que aquella mujer era su esposa? ¿Qué tendrían que tener una vida en común? ¿Gobernar juntos? ¿Administrar reinos? ¿Compartir cama? ¿Tener hijos? Aquello fue como despertar, como si alguien le vertiera un jarro de agua fría sobre la cabeza. Su padre siempre tenía ese efecto en él.

Se había casado y no había vuelta atrás.

Hipo apartó rápidamente esta idea de su cabeza a medida que notaba cierta presión en el pecho. Ese no podía ser su destino, o al menos no el que deseaba para sí.

—Papá—lo detuvo Hipo—. ¿Necesitas algo más? Hoy ha sido un día muy largo y tengo todavía cosas que hacer.

Estoico miró a su hijo con cierta desazón.

—No, nada más—aclaró—. Solo quería ponerte al tanto de las gestiones de patrullaje. Puedes irte, descansa.

Hipo hizo amago de marcharse, pero se detuvo al ver que su padre no se movía.

—¿No vienes? —preguntó desconcertado Hipo.

—Vete tú, tranquilo—apremió—. Yo me quedaré un rato aquí. El aire en ese castillo es irrespirable.

Hipo quiso decirle algo más a su padre, pero no tuvo ánimo, así que se fue, dejándolo allí solo, plantado como una inmensa montaña frente al paisaje nocturno, contiendo unas lágrimas jamás soltaría.

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Hipo subió las escaleras hacia su alcoba con más pesar que hasta el momento. Apenas había intercambiado palabra con su padre, pero se sentía terrible mal. Se le había formado un nudo en la garganta y una desagradable sensación de vacío se le había instalado en el pecho. Y lo peor es que estaba seguro que no conseguiría conciliar el sueño hasta que se le pasara. Y sinceramente, no le veía fin.

Cuando llegó hasta la puerta de su habitación no pudo evitar lanzar una mirada hacia la habitación de Elsa, quien debía de estar ya durmiendo. Le hubiese gustado preguntarle si estaba bien, ya que por las palabras con Anna intuía que ese no era el caso. Dudó durante un instante si llamar o no a su puerta, pero lo cierto es que no quería hablar con nadie, prefería estar solo.

Su habitación estaba helada, así que lo primero que hizo fue encender la chimenea e intentar calentarse. Se cambió también de ropa y recogió todos los libros que pudo del suelo, llevándoselos a la cama, donde pensaba leerlos. Con cuidado se quitó también la prótesis y se masajeó el muñón dolorido, que presentaba algunas rozaduras por los días anteriores llenos de ajetreo. Lo cierto es que la humedad del castillo hacía que el hueso de la pierna le diera más calambres que de costumbre y estuvo un buen rato intentando que se le pasara, agradecido de que el dolor físico lo alejara de su revoltijo de emociones.

Una vez se dejó atrapar por las sábanas de aquella cómoda cama se sintió muy estúpido por haber estado durmiendo sobre el suelo durante tantos días. Y lo peor es que un primer pensamiento fugaz le dio la razón a Gervasio sobre lo de que las mujeres lo mangoneaban. Gracias a los Dioses la cordura le volvió de inmediato, diciéndose a sí mismo que él no quería compartir cama con Elsa, la cual además había estado febril y herida las últimas noches. Si había dormido en el suelo, había sido por decisión propia.

Con la luz que consiguió obtener de una vela, Hipo comenzó su labor de investigación entre aquellos libros. No obstante, pronto se dio cuenta de la primera y gran dificultad: estaban escritos en el alfabeto de esas tierras.

Hipo siempre había tenido un don para el estudio y las lenguas, pero lo cierto es que, pese a dominar a la perfección aquel idioma de comerciantes que tanto se parecía al suyo, leerlo era ya otra historia, ya que usaban otro alfabeto. Por esta razón se pasó las primeras horas de la noche haciéndose una tabla comparativa gracias a un libro que estaba en latín, intentando descifrar y encontrar las equivalencias con la escritura en su lengua. En un principio pensó que estaba perdiendo el tiempo, pero tras horas de comparativos consiguió establecer un código de traducción que más o menos consiguió entender, completado por supuesto por el contexto. No obstante, al cabo de un rato estaba agotado, así que se limitó a leer y buscar pistas en el único libro que había en latín, el cuál sí sabía leer. Sin embargo, aquel libro no le dijo mucho, ya que básicamente anotaba las relaciones comerciales de Arendelle con el continente y lo cierto es que no eran nada reveladoras. Le hizo gracia leer en un punto que Arendelle había roto sus relaciones comerciales con los 'diablos del norte' cuando el abuelo de Elsa tomó el trono, debido a sus 'pecaminosas y paganas' costumbres. De hecho, Hipo apenas encontró nada sobre los vikingos en ese libro, como si ellos no habitaran realmente el Midgard y fueran solo una fantasía para asustar a los niños.

Al cerrar el libro, agotado y soñoliento, una fina hoja de papel cayó sobre la cama. Hipo la reconoció al instante y todas aquellas sensaciones de las que había estado huyendo regresaron de golpe, palmeándole la cara.

Era la nota de Astrid, la cual pensó que había perdido hace días. Agradeció volver a tenerla en su poder, pero al instante se dio cuenta por qué la había encontrado en ese libro: Elsa se la había dejado ahí. Una vaga sensación de vergüenza le cubrió las mejillas, como si al leer aquella nota Elsa hubiese entrado en su intimidad, no sólo porque Astrid le había escrito que lo quería, sino porque además le había hecho un dibujo muy tonto, algo que la vikinga no iría enseñando por ahí con orgullo, sino que era más un secreto cariñoso entre ambos.

Hipo no entendió muy bien por qué sintió aquella vulnerabilidad, pero no pudo evitar volver a tener la terrible sensación de haber despertado en una realidad de la que no podía escapar. De nuevo volvió a sentir la enorme soledad que le había golpeado aquella mañana y aunque sentía que se echaría a llorar como un niño en cualquier momento, no consiguió derramar ni una lágrima, por mucho que lo intentó, como si fuera la única opción que tuviera para desahogarse y hasta ésta se la hubiesen arrebatado.

Lo que Hipo no sabía es que aquella noche todas las lágrimas se hallarían en la habitación de al lado, dónde Elsa lloraba bajito, ocultando su llanto echa un ovillo sobre la cama, abrazándose a su cuerpo mientras respiraba acongojada. No podía apartar de su cabeza la responsabilidad de las muertes de aquellas pobres personas fuera de la cúpula, al igual que tampoco podía borrar de su mente la mirada de odio y rencor de la única persona por la que alguna vez llegó a sentir algo. La única persona que había compartido su secreto sin juzgarla, que había aceptado su condición y que la había amado hasta que ella le rompió el corazón.

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Hipo apenas había dormido unas escasas horas cuando el sol comenzó a entrar por su ventana. No tuvo gran problema en salir de la cama, ya que llevaba un buen rato despierto, dando vueltas de un lado a otro buscando el descanso que no encontraba. Sin mucha dilación se aseó, vistió y bajó a las cocinas, como el día anterior, dispuesto a comer algo rápido antes de relevar a su padre y Alea en la guardia aérea.

Al llegar allí se sorprendió de encontrar a casi el doble de mujeres en la cocina, todas ellas con cara de preocupación mientras murmuraban bajito y calentaban agua.

—Buenos días—saludó Hipo como el día anterior.

Todas enmudecieron al verle llegar, mirándole con cierto recelo.

—Buenos días su alteza—dijo la más anciana, torciendo el gesto—. Disculpe el ajetreo, si lo desea, mañana pueden subirle el desayuno a su habitación las doncellas.

—Ah no, no se preocupe—dijo llanamente Hipo—. Solo pasaba a coger algo rápido y me marcho, no hace falta tanta molestia.

No obstante, por sus rostros a Hipo le dio la impresión de que aquellas mujeres le estaban ocultando algo.

—¿Todo bien? —preguntó Hipo, demandante—. ¿Hay algo que deba saber?

Las chicas más jóvenes miraron asustadas a la jefa de cocinas, cuya experiencia hacía que no le temblara el pulso ante las inclemencias de los soberanos.

—Son los nuevos enfermos—le explicó—. Han empeorado esta noche, majestad.

Hipo no pudo evitar fruncir el ceño ante la palabra 'nuevos', intentando pensar que tal vez no lo había entendido bien.

—¿Nuevos? —repitió, para salir de dudas.

Las jóvenes siguieron con aquella expresión de terror al mirar de soslayo al vikingo mientras la anciana no sabía muy bien qué responderle, pensando que él estaba al tanto.

—Los supervivientes que encontraron ayer, mi señor—aclaró la anciana—. Sus heridas han empeorado esta noche.

—¿Encontraron supervivientes ayer? —siguió preguntando incrédulo, sin entender por qué nadie le había dado constancia de un hecho así.

—Así es, majestad—confirmó—. Me temo que el chico murió esta mañana y una de las jóvenes está muy grave.

Hipo estaba procesando aquella información indignado, sin entender cómo Elsa se había encerrado en su habitación el día anterior sin contarle algo así o cómo ninguno de los soldados o de los propios vikingos le había dicho nada. ¿Lo sabría también su padre?

—¿Dónde están? —inquirió.

—En un cuartito al fondo de la gran sala donde están el resto de enfermos—le explicó la mujer—. Si lo desea lo pueden acompañar alguna de las doncellas.

Hipo notó de inmediato que aquellas jóvenes se tensaron al oír esas palabras, por lo que no tardó en denegar la oferta, casi más incómodo que ellas.

—Creo que sé llegar, no será necesario—expresó—. Muchas gracias.

Y sin más dilación se encaminó al lugar indicado, sin comprender muy bien qué estaba pasando y por qué él no tenía constancia de algo como aquello. ¿Supervivientes? Seguía repitiéndose en su cabeza, como si aquella posibilidad fuese imposible.

No tardó en llegar al salón habilitado como enfermería provisional, buscando con la mirada el acceso al cuartillo que le habían dicho.

—Majestad—escuchó entonces una voz familiar.

—Hola Rose, buenos días—saludó el vikingo al ver a la chica.

La joven le saludó con una sonrisa tímida, pese al cansancio de el sueño en entrevela. Llevaba el delantal manchado de sangre seca, como la vez anterior, solo que esta vez se la veía mucho más demacrada que días atrás, cuando la conoció.

—¿Qué le trae a su majestad por aquí?

El vikingo sabía que la joven solo estaba siendo cortés, pero sentía que cada vez que escuchaba la palabra 'majestad' le sangraba por el oído.

—Por favor, tutéame —se apresuró en responder—. ¿Dónde están los nuevos enfermos?

—Están al fondo, se… Hipo—se corrigió—. Les está confesando el padre Gerard.

Hipo tardó un segundo en procesar aquella información, hasta que comprendió a qué se refería.

—Con 'padre' quieres decir 'sacerdote', ¿correcto? —se cercioró.

La chica asintió.

—¿Y puedo pasar? —preguntó cauto, sin entender muy bien sus rituales.

Hipo nunca había comprendido bien las creencias de los cristianos, pero algo le decía que, si había una entidad religiosa junto a los enfermos graves, aquello no era una buena señal.

—Usted es el rey… —dijo temerosa Rose, haciéndole un gesto con la cabeza.

—¿Y…? —preguntó desconcertado.

—Que nadie tiene autoridad sobre usted, majestad—aclaró y se corrigió—: Hipo.

El vikingo todavía no se hacía a la idea de que, casándose con Elsa, pese a que en su visión de los hechos solo se hubiera condenado a una vida de infelicidad, también se había convertido, sin embargo, en el rey y señor de aquellas tierras extranjeras, dónde la gente lo trataba con un fervor que lo incomoda muchísimo. Ni siquiera su tribu adoraba así a su padre.

—De acuerdo… —aceptó—. Pues voy a pasar.

Rose asintió y le hizo un gesto con la mano para que lo acompañara. Hipo la siguió de cerca, alzando la vista para comprobar que mucho de los enfermos a los que había cosido días atrás ya habían salido de aquel lugar y otros mucho se veían con mejor aspecto. Una niña junto a su madre lo reconoció a lo lejos y lo saludó. Hipo recordaba haber retirado unas costuras del brazo de aquella mujer y cómo su hija se había pasado horas hablándole de su gata Gris, que al parecer había desaparecido en el incendio. Hipo le devolvió el saludo a la par que la madre regaña a su hija por su descaro.

—Es aquí—le informó Rose cuando se pararon frente a una puerta—. Esta mañana hemos retirado el cuerpo del chico—le explicó la situación—. La chica llegó algo mejor, pero ha empeorado mucho esta noche, está delirando en fiebres y tiene una pierna infectada. No creo que le queden muchas horas.

—¿Había más supervivientes? —preguntó Hipo.

—Joseph el carpintero y la panadera y su hija—especificó—. Ellos por suerte están bien.

Hipo asintió y se dispuso a entrar.

—También había otra mujer… —dijo casi entre susurros—. Es la que ha estado cuidando de los enfermos, pero ha salido al entrar el padre. Volverá en un rato.

La distancia cultural y los problemas lingüísticos habían hecho que el vikingo desarrollara una extraña habilidad para detectar cuándo aquellas gentes se reprimían información o buscaban la forma de contarle algo que no debían, así que inquirió a Rose para que siguiera hablando.

—Es una mujer que vive en pecado…

Hipo frunció el gesto sin comprender.

—Es… —intentó buscar otra palabra la chica—es… prostituta —susurró para que nadie la oyera.

—¿Y dónde puedo encontrarla para hablar con ella? —preguntó el chico.

—Yo la aviso que os busque—dijo con cierto rubor.

Hipo agradeció a la chica que le hubiese echado una mano y se despidió de ella al entrar en la habitación. El olor a vinagre y podredumbre era intenso en aquel lugar, pequeño y oscuro, que en otro tiempo debía haber sido un cuartillo para cosas del servicio o una despensa.

—Majestad—dijo de repente el coronel Roston al verle entrar, sorprendido de su presencia.

Hipo reconoció inmediatamente al sacerdote, ya que era el mismo que había oficiado su boda. El hombre lo saludó con la vehemencia de los que son prudentes en la fe pero que mantienen una superioridad moral frente al 'paganismo'. Hipo fue directo al grano.

—¿Por qué nadie me ha informado de que habían encontrado supervivientes? —le demandó al coronel.

—Pensé que lo habría hecho su esposa—dijo con seriedad el hombre.

Hipo vio su mirada más cansada y apaciguada que nunca, así que pesé a sentirse molesto, decidió que no debía pagarlo con aquel pobre hombre. Al fin y al cabo, era cierto que Elsa tenía la responsabilidad de habérselo contado.

—¿Qué tiene? —dijo más dócil, refiriéndose a la chica.

Solo con verla pálida y febril hundida sobre aquel camastro improvisado, era posible saber que su estado no era el mejor y que haría falta un milagro para que se salvara. La chica no debía ser mayor que él por su aspecto, pero su pequeñez debido a la enfermedad la hacía lucir más joven, pálida y verdosa, como una sirena.

—El señor ha decido recogerla en su santo seno—explicó el sacerdote—, para que no sufra más los pecados de la carne.

Hipo la miró con curiosidad, inspeccionando sus heridas. Sin dudas eran quemaduras por fuego de dragón, pero nadie se moría de eso a menos que no se trataran a tiempo o se infectaran y ese no parecía ser el caso, ya que en sus brazos las marcas que habían estaban tratadas y prácticamente cicatrizadas. Alguien debía haber estado cuidándola ahí fuera.

—¿Puedo verla? —preguntó refiriéndose a si podía inspeccionar a la chica.

El coronel compartió una mirada de desaprobación con el cura, pero ambos enmudecieron, sabiendo que Hipo tenía cierta autoridad sobre ellos, aunque todavía no fuera consciente de ella.

El vikingo levantó las sábanas que cubrían a la chica, descubriéndola semi desnuda, y hallando dónde estaba el problema. La chica tenía una pierna inmovilizada con trozos de ramas y unas telas anudadas que dejaban asomar el final de un pie ennegrecido y moribundo.

—Tiene la pierna infectada— diagnosticó rápidamente, ya que no era la primera vez que veía algo así—. Quizás estamos a tiempo de salvarla.

El sacerdote abrió los ojos de par en par, buscando desesperado la mirada del coronel.

—Es demasiado tarde—se limitó a decir el coronel.

—Puede que la infección no le haya llegado a la sangre—se apresuró en defender Hipo.

—Majestad, perdóneme a que oponga mi autoridad frente a usted, pero salvo en algunos soldados, en nuestras tierras no se realizan estas prácticas.

—¡Y menos en sus últimas horas! —vociferó el sacerdote alarmado.

—Podríamos salvarle la vida.

—O matarla.

—No podemos luchar contra los designios del señor—reafirmó el sacerdote.

Hipo le hizo una seña al coronel para salir fuera, ya que le parecía más razonable que el cura.

—¿Puedo hablar con usted a solas?

—Por supuesto.

Ambos hombres salieron fuera, agradeciendo poder respirar algo de aire.

—Coronel—comenzó Hipo, recordando que ese era su cargo—, esa chica no tiene por qué morir hoy.

—¿Y qué propone? —preguntó enfadado—. ¿Qué la dejemos tullida?

Aquel comentario hizo hervir la sangre del chico.

—Sabe que está hablando con un tullido, ¿verdad? —ironizó con mala leche.

—No podemos hacerle eso a esa mujer—intentó zanjar la conversación.

—¿Y cree que dejarla morir es mejor opción? —dijo indignado el vikingo.

Aquel gesto superficial estaba sacando lo peor de él. ¿En serio estaban dispuestos a dejar morir a aquella pobre chica simplemente por no marcarla como 'tullida'? Hipo entendía que no estaba en su tierra y lo que para los vikingos era un signo de honor y valentía allí estaba visto como un menosprecio y una carga. No obstante, seguía pensando que la vida humana era mucho más valiosa que las apariencias y estaba seguro que el Dios de aquellas gentes estaría de acuerdo con ello.

—Si hay una opción de salvarla—dijo entonces una voz a sus espaldas—. Deberíamos escucharla.

Ambos hombres se giraron para ver a una mujer de ojos negros como la noche y la piel pálida, mucho más alta que la media y con un gesto que denotaba un gran temperamento. Llevaba un vestido holgado color crema pálido que por su tamaño era fácil entender que no le pertenecía.

—¿Y bien? —les demandó, sacándolos de su mudez.

—Usted no tiene autoridad para hablarle así al… —se quejó autoritario el coronel.

—Creemos que hay una forma de salvarla—lo cortó Hipo antes de que dijera la palabra rey—. Quizás estamos a tiempo, pero habría que amputarle la pierna antes de que se extienda la infección.

Aquella noticia cambió el semblante desafiante de la mujer por uno más dócil y triste.

—¿Eso podría salvarla? —preguntó con cierto temor.

—No lo sé—aclaró Hipo, quien tampoco quería darle falsas esperanzas—. Pero es la única opción de hacer algo por ella.

La chica tragó saliva, procesando aquello mientras miraba rápidamente al vikingo, observando que él mismo era un tullido.

—Si eso la puede salvar, ¿a qué estamos esperando entonces? —preguntó algo esperanzada.

Fue entonces cuando el coronel desechó el papel pasivo en aquella conversación y tomó las riendas de lo que se estaba maquinando.

—No vamos a hacer de esa pobre chica una tullida—aseguró tajante—. Y usted sabe que no puede hablarnos así—le dijo cortante a la mujer—. Y sintiéndolo mucho, señor—se refirió a Hipo—, me temo que no puedo acatar una orden así a menos que provenga de la mismísima reina en persona. Hasta entonces, seguiremos velando por los designios de Dios.

Hipo iba a decir algo cuando el coronel le hizo un desaire en sus narices y volvió a entrar en la habitación. El vikingo maldijo en su lengua, esperando que al menos Elsa fuera más coherente.

—¿Podéis salvarla? —se acercó entonces la mujer.

Hipo la miró de cerca y tuvo que reconocer que le parecía una mujer muy imponente, con altos pómulos, piel pálida y tersa y labios carnosos. Por su aspecto y su trato, no le pareció que perteneciera a aquellas tierras.

—No lo sé, pero si no hacemos algo me temo lo peor…

—Ella es como una hermana para mí—dijo entonces, con el rostro desencajado de preocupación—. Haré lo que sea si eso puede salvarla.

Hipo sintió pena por aquella mujer, imaginándose que debía ser la prostituta de la que le había hablado Rose, la cual había estado cuidando de los supervivientes. A simple vista le pareció una persona completamente normal, con la salvedad de que sus ojos estaban llenos de preocupación y temor. La chica que acababa de ver estaba realmente mal y aunque consiguieran amputarle la pierna y erradicar la infección tampoco podía asegurarle que sobreviviera a la cirugía. Él mismo había estado a punto a de morir desangrado en la suya.

—Hablaré con la reina—le dijo Hipo—. Creo que ella tiene más sentido común.

De repente el rostro de la chica cambió de expresión.

—La reina no os escuchará—dijo muy seria—. Disculpad mi osadía, pero no creo que os reciba, buen hombre.

Hipo bufó con ironía.

—Bueno, se supone que soy su marido… —aclaró el vikingo—, espero que lo haga.

Aquellas palabras desencajaron el gesto de la chica, quien sin poder evitarlo escrutó a Hipo de arriba abajo, observando sus extrañas ropas, su pelo trenzado y su prótesis. No podía ser de la nobleza sureña o al menos lo aparentaba. Le parecía imposible que aquel joven pudiera ser una especie de duque o príncipe y mucho menos el marido de Elsa, quien siempre había sido de gustos refinados y modales férreos. Había oído hablar a su llegada de que había vikingos en el castillo, ya que se habían sumado a la guerra. No obstante, aquel chico tampoco le parecía un vikingo.

—Por cierto, soy Hipo—dijo alargando su mano, a modo de saludo.

La mujer se quedó unos instantes meditando si era adecuado o no aceptar su mano, ya que se suponía que era el rey. No obstante, el chico se mostró tan cercano que aceptó.

—Yo soy Lena, mucho gusto su majestad—dijo haciendo una leve reverencia protocolaria.

—Por favor, tutéame—pidió el chico—. Mira, no puedo prometerte nada, pero hablaré con Elsa y veremos si se puede hacer algo. No pienso dejar que se muera si tiene alguna opción.

—Muchas gracias, espero que os escuche.

—Elsa es una buena persona, estoy seguro que lo hará.

Hipo no se demoró más y se marchó de allí en busca de Elsa, dejando a Lena en aquel pasillo, esperando a que el cura y el coronel terminaran de darle el último sacramento y salieran antes de que fuera demasiado tarde. No quería dejarla sola en sus últimos momentos, necesitaba despedirse.

Lo peor es que egoístamente ella tampoco quería estar sola en aquel castillo. La gente a su alrededor la miraban con ojos juiciosos y lenguas viperinas, despellejándola a sus espaldas y escupiendo a sus pies cuando la veían pasar. Ella no tenía culpa de que la mayoría de los maridos de aquellas mujeres fueran infieles, ni tenía culpa de su maldita suerte. Lo único que quería era desaparecer de aquellas tierras y marcharse a un lugar donde nadie la conociera, para empezar de cero.

.

El vikingo tardó más de lo que pensó en cruzar todo aquel castillo hasta llegar a la habitación de Elsa, ya que la gente parecía alterada y perturbada por la idea de que afuera de la cúpula hubiese supervivientes. Ahora todos convivían con el malestar general de pensar que abandonaron a sus seres queridos, dejándolos morir al otro lado de la cúpula, esperando una ayuda que llegó muy tarde. Sin duda lo más fácil era culpar a la reina y a su decisión de no abrir la cúpula hasta aquel momento; no obstante, a Hipo le pareció muy egoísta que la cargaran con aquella responsabilidad, ya que todos habían vivido bajo el mismo temor que ella.

—¿Elsa? —llamó el vikingo a su puerta, sin obtener respuesta alguna.

Probó a llamar otra vez, pensando que tal vez ya se había levantado.

—¿Elsa? Soy Hipo.

Pero el resultado fue el mismo. Dudó sin entrar o no, pero ya que no tenía nada que perder se aventuró a abrir la puerta. Para su sorpresa Elsa estaba recostada encima de la cama, tapada solamente por un mantón pequeño granate, hecha un ovillo.

—¿Elsa estás bien? —preguntó acercándose a ella.

La chica pareció reaccionar al escuchar su voz, irguiéndose levemente.

—Estoy bien—fue lo único que articuló—. ¿Qué necesitas?

Hipo se acercó poco a poco hacia la cama, sin saber si quedarse allí o acercarse a la chica, quien se había sentado sobre el camastro de espaldas a él, con la trenza torcida y el camisón mal colocado.

—Necesito hablar contigo—intentó ser claro, dándose cuenta que todo su enfado hacia ella había desaparecido al ver que Elsa efectivamente no se encontraba bien.

—Te escucho—respondió bajito, girándose levemente hacia él.

—Verás…

Hipo no sabía por qué, pero de repente no sabía cómo hablarle a Elsa, como si todas las barreras que habían roto los días anteriores hubiesen vuelto a crecer entre ellos.

—Hay… He estado… Me han contado esta mañana las cocineras sobre los supervivientes que encontrasteis ayer—fue al grano.

—Lamento que te hayas enterado así—respondió por inercia—. Debería habértelo hecho saber ayer.

—No pasa nada—aceptó aquella especie de disculpa por su parte—. El caso es que he estado viendo a una de las enfermas esta mañana y sinceramente, si no hacemos algo no creo que sobreviva.

Elsa pareció salir a medias de su trance.

—¿Hacer el qué? ¿A qué te refieres?

Hipo no soportaba más andarse con rodeos, así que se acercó a Elsa y se colocó enfrente de ella.

—Elsa, esta mañana ha muerto uno de los chicos que trajisteis ayer—le explicó—. Y la chica joven tiene una pierna completamente infectada, sino se la amputamos morirá también.

Elsa, pese a tener al chico frente a ella no pudo cambiar su mirada abstraída. Sólo había que mirarla a los ojos para saber que se había pasado toda la noche llorando.

—No puedes hacerle eso Hipo—expresó—Lo único que vas a hacer es matarla.

El vikingo no se esperaba aquella respuesta.

—Elsa, esa chica va morir igualmente si no hacemos nada.

—Lo siento Hipo, pero ya es tarde, además…

—Elsa—la interrumpió, algo enfadado—, no sabemos si todavía es tarde, no tenemos nada que perder.

—Hipo no puedes asegurar que sobreviva a una amputación.

—No va sobrevivir de todos modos si nos quedamos de brazos cruzados—aquello fue como una estocada para la reina, quien tomó aquello como algo personal.

Elsa pareció al fin despertar de aquella extraña ensoñación, poniéndose de pie frente al vikingo y soltando de alguna forma todo lo que había estado reprimiendo.

—¿Y qué esperas que hagamos? ¿qué… qué derecho tenemos nosotros? —le inquirió al chico—, ¿crees que ella va a querer esa vida? Despertarse y descubrir que es una tullida— la culpabilidad la estaba matando—. Nadie querrá desposarla en ese estado y será una carga para su familia, si es que la tiene, porque si no su destino será mil veces peor. No tenemos ningún derecho a decidir eso por ella, Hipo. No voy destrozarle la vida a esa pobre chiquilla ni la voy a hacer sufrir en agonía en sus últimas horas viéndola cómo se desangra en un camastro sucio. Por desgracia es demasiado tarde. Hemos llegado demasiado tarde.

Elsa esperó paciente a que Hipo le reprochara algo, pero éste se quedó callado, a su lado. La chica tragó saliva, calmándose un poco y comprendiendo que quizás se había pasado en las formas. Ni ella misma se había reconocido en sus palabras.

—Hipo… —dijo al ver que el chico se marchaba—. Espera, ¿a dónde vas?

Elsa persiguió a Hipo hasta la puerta de la habitación.

—Me voy—dijo tajante—. Ya no tengo nada más hablar.

—Hipo, espera—repitió Elsa, sintiéndose terriblemente mal por sus palabras.

Sin duda el chico las había tomado como algo personal y no le culpaba. ¿Cómo no hacerlo?

Elsa no quería que pensara eso. Ella no pensaba eso. Jamás lo pensaría. Simplemente no quería destrozar más vidas y sabía lo dura que podía ser la vida de esa chica si obraban de aquella manera. Hipo al fin y al cabo era un vikingo, un hombre y alguien con un nombre detrás. No podía comparar su situación con la de una chica joven que además Elsa sabía que trabajaba en el prostíbulo. Sin duda la vida sería terriblemente cruel con ella y no estaba dispuesta a condenarla. Además, Elsa sabía que la infección ya estaba en todo su cuerpo, pero sinceramente ya no sabía cómo decírselo a Hipo.

—Hipo por favor… déjame que me explique.

—Elsa —la nombró parando en seco, muy serio—. Creo que ya me has dejado muy clara tu postura y tu opinión sobre los tullidos, así que creo que no tenemos nada más que hablar.

—Hipo, te prometo que no quería decir eso, no me has entendido.

—Te he entendido perfectamente Elsa—aseguró el chico—. Y tranquila, que esa chica morirá tranquila en su cama. Al menos deberíais dejar que la acompañara su amiga antes de que abandone el Midgard, el sacerdote no la deja pasar por ser prostituta.

—¿Has conocido a Lena? —preguntó con un hilo de voz, luchando por contener las lágrimas.

—Sí… —respondió con extrañeza Hipo, ya que le pareció raro que Elsa pudiera conocer a la chica—. Y ya me advirtió de tu respuesta.

Aquello último le partió el corazón a Elsa, perdiendo durante un segundo el aire mientras veía marcharse a Hipo por el pasillo.

.

Desde ese momento Hipo y Elsa no volvieron a dirigirse la palabra en días.

Aquella mañana Elsa se encerró en su habitación durante todo el día e Hipo tuvo que soportar otra pelea con su padre, ya que debido a todo el ajetreo se había olvidado de su turno de vigilancia, lloviéndole distintos reproches sobre su falta de madurez y la necesidad apremiante de que comenzara a tomarse sus responsabilidades en serio.

A la tarde Hipo volvió a su labor de forjador junto con Anna y Kristoff, quienes trajeron consigo a varios herreros del reino para ayudar. Esa noche Hipo tuvo que cubrir el turno de vigilancia de su padre, así que se pasó toda la noche volando, agradeciendo el aire frío para aclararse las ideas. No podía entender cómo las cosas podían haberse torcido tanto con la reina y de nuevo le vino la idea a la cabeza de que estaba ligado a esa mujer de por vida, sintiendo irremediablemente una fuerte presión en el pecho.

Cuando aterrizó con Desdentao en el castillo apenas había amanecido. Las propias cocineras le dieron la mala noticia nada más llegar. La chica desgraciadamente había muerto aquella noche. Al menos le sorprendió escuchar entre sus quejas que habían dejado entrar a Lena en la habitación, incluso cuando el sacerdote anunció que estaba ya en las puertas del cielo.

El vikingo se fue derrotado a la cama, sin poder quitarse la idea de que podían haber hecho algo. Lo peor es que tampoco podía culpar a Elsa, él ya sufría en sus propias carnes lo que conllevaba ser un tullido, pero durante la noche les había dado muchas vueltas a las palabras de la reina y lo cierto es que no podía comparar su situación con la de la chica. No para de repetirse en su cabeza las palabras de Elsa: 'tú tienes un nombre', preguntándose qué hubiese pasado si él no fuera el hijo del Estoico o no tuviese a su dragón, si simplemente fuera ese niño que una vez fue.

Elsa por su parte se había pasado todo el día y toda la noche encerrada, pensando en la pobre chica, en todos los supervivientes perdidos, en Lena y en Hipo. Lloró como hacía años que no lloraba, hasta que no le quedaron más lágrimas. Fue entonces cuando se levantó de la cama y decidió que no se iba a quedar allí parada para no hacer nada. Las doncellas le informaron de la muerte de la chica y de que, tal y como, ordenó habían dejado a Lena acompañarla hasta sus últimas horas.

Se lo debía. Por todo el daño que le había hecho en el pasado.

Aquel día Elsa salió con sus soldados y los vikingos a reconstruir Arendelle, comenzando por limpiar todos los escombros. También cortaron y lijaron madera, preparando los nuevos cimientos de Arendelle. Elsa ayudó en todo lo que pudo con sus poderes, ayudando a crear estructuras estables y reparando todo aquello que estaba en su mano. A ratos notaba cómo le faltaba el aire y tenía que doblarse levemente, haciéndose recordar que todavía no estaba del todo recuperada. No obstante, no se permitió flaquear ante su pueblo, quien trabaja de manera altiva y colectiva por recuperar lo que un día tuvieron. Elsa volvió a recubrir su piel con tela, para evitar que la vieran herida, ya que pensaba que era la mejor forma de motivar a la gente. Si pensaban que ella estaba ya al cien por cien recuperada, todos se sentirían más seguros.

No se cruzó con Hipo hasta tres días después, donde coincidieron durante un leve instante en el gran comedor, ya que el chico estaba sentado con Anna y Kristoff. No obstante, al verla se excusó de que tenía que hablar con Bocón y se marchó. Sólo Anna pareció darse cuenta de que se estaban evitando, pero no dijo nada porque su hermana ya tenía suficiente con lo suyo.

Fue esa misma noche cuando Elsa decidió que la situación no podía seguir así con el vikingo. Al fin y al cabo, estaban casados y se suponían que ambos eran el nexo entre sus tribus. No podían estar sin hablarse. Por esta razón se plantó en la puerta de su habitación, dispuesta a disculparse. No obstante, instantes antes de llamar un guardia subió apresurado por las escaleras.

—Mi reina—dijo jadeante.

—¿Qué ocurre?

—Acaban de avistar dragones, mi señora.

Aquella idea la estremeció, temiéndose lo peor. No hizo falta llamar a la puerta de Hipo para que el chico saliera.

—¿Qué ha pasado? —dijo al ver a la reina y al guardia en el pasillo.

—Se han avistado dragones, mi señor.

Hipo lanzó una mirada de preocupación a Elsa, quien respondió de la misma manera.

Ambos bajaron lo más rápido que pudieron al jardín, donde ya se concentraba un gran número de gente.

—¿Es Drago? —preguntó Elsa alzando con temor la mirada al cielo y esforzándose por escrutar algo en mitad de la noche.

Hipo sintió que se le paraba el corazón.

—No, no es Drago—la sacó de dudas—. Son los jinetes.

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No me matéis hahaha. Nos leemos la próxima semana!

REVIEWS

ZAIKO23: ¡Qué ilusión leerte siempre! El seguidor más fiel de esta historia hasta el momento, mil gracias por tu apoyo. Me alegras cada vez que subo capi ^^ Como ves, tus deseos se han cumplido jajaja Me temo que Astrid ya ha llegado, a ver si arde o no Arendelle. ¡Cuidate mucho! Un abrazo enorme.

Lily: Mil gracias por la review! Los diálogos es una de las cosas que más preocupa siempre y en la que invierto mucho tiempo, así que me alegra que te gusten. Yo disfruté mucho escribiendo las dos escenas que comentas, me parece muy reales de acorde a los personajes y muy tiernas, como un pequeño paréntesis entre tanta cosa mala. ¡Un beso! Cuidate mucho.

Antonio405: ¡continuaste! Qué alegría jajaja Espero que la historia esté haciendo honor a la sinopsis y te esté gustando. Como ves, acaba prácticamente de arrancar la trama y sí, habrá drama y salseo, pero nunca del malo (aquí todo con love), pero me temo que los personajes sufrirán un poquito al principio. Ahí no puedo hacer nada. En cuanto a Drago, el siguiente capi te dará pistas de si trabaja solo o hay algo más detrás. Lo que sí te aseguro es que le dará más de un dolor de cabeza a los protas. Muchas gracias también por los ánimo. Sin duda yo escribo porque me gusta y me divierto, pero es cierto que a veces las reviews te alegran el día, ya que es la única forma de saber si a la gente le está gustando o no tu trabajo y es bonito ese feedback. Supongo que tienes razón, ya vendrán ^^ Mil gracias por los ánimos. ¡Cuidate mucho!