Hola! ¿Qué tal estáis?

¡Qué alegría ver que os gustó el capi anterior! Estaba algo insegura, porque hasta el momento las cosas siempre habían estado más o menos bien y sabía que de alguna forma dejaba caer una bomba con lo que ocurría en el capi anterior jajaja. Ya iréis viendo cómo evoluciona la cosa, porque esto no ha hecho más que empezar.

Hoy traigo un capi algo agridulce que me ha costado escribir más de lo que imaginaba, ya que he terminado por suprimir muchos diálogos y hasta una escena, que creo que recolocaré en el siguiente. Como siempre digo, mil gracias por las reviews, ya que me animan un montón a seguir escribiendo y me ayudan a tantear también un poco el terreno, ya que yo suelo escribir con ritmos lentos dentro de los capis y a veces es cierto que las reviews me ayudan a continuar el rumbo y elegir sobre qué tramas poner más o menos énfasis; aunque si os sois sincera me enamoro facilmente de las tramas y personajes secundarios.

Sin más, ¡aquí os dejo el capi! Espero que lo disfrutéis tanto como yo ^^

Mucha salud y mucho ánimo para estos días.


LOS JINETES

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En apenas unos segundos el pánico había vuelto al castillo.

La gente gritaba y se tropezaba entre sí, sin saber muy bien qué hacer o a dónde ir. Los soldados intentaban controlar aquella histeria colectiva pidiendo a la gente que mantuviera la calma mientras éstos los movían de sus puestos a empujones y con violencia. Muchos habían decidido que la mejor opción era salir del castillo y huir al bosque antes de que fuera demasiado tarde y ocurriera otra carnicería; mientras que otros optaron por encerrarse en las habitaciones, rezando de rodillas por que aquellas bestias no les encontraran y les devoraran el alma.

Hipo y Elsa habían tenido que abrirse paso a la fuerza entre ellos para llegar a la parte central del jardín desde dónde se podía divisar el cielo. Cuando el vikingo confirmó que se trataban de los jinetes, Elsa dibujó una expresión de alivio su el rostro, mientras hacía acallar sus poderes, que habían comenzado a emerger de sus manos por voluntad propia, alertas. Sin embargo, pese a la buena noticia, Hipo no cambió su semblante de preocupación.

—Algo no está bien… —dijo para sí mismo, sin poder apartar la mirada del cielo, donde los dragones volaban ligeramente en círculos, preparándose para descender.

Elsa lo miró inquieta, sin poder entender a qué se refería. Llevaba sin hablarse con él días y pese a que ahora las palabras se le atropellaran en la mente, no sabía qué decirle. Quizás solamente quería hacerle saber que contaba con su apoyo para enfrentarse a eso que llevaba días presagiando el vikingo, pero tampoco se vio con fuerzas para mostrarle cualquier gesto de ternura o apoyo, como alzar simplemente su mano sobre el hombro del chico. Tal vez temía que sus poderes no le respondieran como deseaba, ya que todavía se estaba esforzando por no temblar ante la fugaz idea de que Drago hubiera regresado. O quizás simplemente no sabía romper la barrera que ahora había entre ambos.

—Hipo… —intentó articular cuando el vikingo echó a correr al centro del patio.

Elsa quiso seguirle, pero se contuvo mientras observaba a aquellas enormes bestias descender de los cielos y aterrizar sobre la hierba húmeda.

El mundo se había detenido para Hipo en aquel momento. Sólo podía pensar que algo malo había ocurrido, ya que los jinetes no deberían haber llegado tan pronto y menos en mitad de la noche. Por un segundo se maldijo por no escuchar sus instintos, que ya presagiaban que algo no estaba bien. Corrió hasta el lugar donde los dragones aterrizaban, lanzándose sin pensarlo en dirección a Tormenta, donde en la oscuridad ya se dibujaba el rostro de Astrid, quien bajó de un salto de su dragón y corrió también hacia él.

—¡Hipo! —exclamó Astrid prácticamente lanzándose a sus brazos y estrujando al vikingo con todas sus fuerzas, como por si hacer desaparecer el aire entre sus cuerpos nada pudiera volver a separarlos—¡Por Odín!, menos mal que estás bien.

Hipo no respondió de inmediato, limitándose a estrecharla con firmeza contra su cuerpo mientras escondía la cabeza en el hueco de su hombro, enredando su nariz en su pelo dorado de heno.

Dioses, cómo la había echado de menos.

El simple contacto con su cuerpo o el aroma de su piel, esa mezcla inconfundible de metal, tierra y flores. O la simple y maravillosa calidez de su voz brava y risueña. Era increíble cómo aquella mujer podía tener ese efecto en él, esa sensación de bienestar, de que nada malo podía pasar al tenerla a su lado.

Astrid, al ver la reacción de Hipo, le correspondió con ternura. Ella también lo había echado de menos y le había preocupado que algo no hubiese salido bien en las negociaciones con Arendelle o que todo hubiese sido una trampa. Notarlo sano y salvo junto a ella puso fin a esa terrible sensación de congoja que la había acompañado todo el viaje. La joven sabía que no tenían tiempo que perder, pero se concedió el placer de disfrutar de sus brazos, de tenerlo de nuevo junto a ella. Con la naturalidad de años de caricias, pasó sus manos a lo largo de la espalda del vikingo, recreándose en ella. Hipo olía igual que siempre, a ceniza y hogar; pensó ella mientras le daba un beso corto detrás de la oreja.

No obstante, Hipo no tardó en volver a la realidad, despegándose levemente de Astrid para escrutar su rostro, espantado.

—Por todos los Dioses Astrid, ¿qué te ha pasado? —dijo sujetándola con dulzura por la mejilla para examinarla mejor, buscando algo de luz en la noche.

—No es nada Hipo—se limitó a decir—. Estoy bien, de verdad.

Pero lo cierto es que el aspecto de Astrid apuntaba que no todo estaba bien. La chica tenía el labio partido y tabique de la nariz ligeramente morado e hinchado, unido desde su labio por una fina costra de sangre seca. No obstante, lo que realmente alarmó al vikingo fue ver las marcas oscuras que tenía en el cuello, como si alguien hubiese intentado estrangularla.

—Dioses Astrid—no pudo evitar expresar con preocupación, palmeándole el cuello con cuidado—. No estás bien, ¿quién te ha hecho esto?

—Tramperos—se limitó a decir ella, quitándole importancia—. Pero tranquilo, tendrías que haber visto cómo han quedado ellos…

Hipo ni siquiera prestó atención a eso último y sin pensarlo volvió a abrazarla, sin ser consciente de que no estaban solos y que media Arendelle ya había salido a ver la escena al patio.

—Vaya, a mí no me abrazas de esa manera—dijo Brusca, interrumpiendo el abrazo de ambos.

Hipo le sonrió, agradecido de verla también sana y salva y dándole un abrazo cariñoso.

—Eh, eh… —se quejó—, los abrazos para tu novia—se separó ésta, que siempre había sido algo escrupulosa para esas cosas.

—Dioses Brusca—dijo Hipo al ver que la chica tenía una de las trenzas de su pelo completamente calcinada—. ¿Estás bien?

Brusca tenía también algunos cuantos arañazos en los brazos y la barbilla, pero parecía estar de una pieza.

—Quitando que un hijo de puta me ha calcinado la mitad del pelo y que tengo un dolor de ovarios insoportable, todo bien—respondió con su mala leche habitual—. Tú estás más flacucho.

Hipo miró a la chica y está le devolvió la mirada cómplice.

—Yo también te he echado de menos—le respondió Hipo, conociendo que aquella era la forma que tenía Brusca de preocuparse por los demás.

—¡Hipo! —dijo otra voz familiar.

El vikingo se vio de repente abrazado por Patapez, quien lo estrujaba con tanta fuerza que no podía respirar. Cuando al fin lo soltó se alegró de ver que al menos él parecía intacto, aunque la barba le había crecido y tenía un aspecto mucho más desaliñado que de costumbre.

—¿Hola? Los reencuentros son preciosos, pero ¿es que nadie piensa echarnos una mano? —la voz de Mocoso hizo que todos se fijaran en él y en su pesadilla monstruosa de la que estaba intentando bajar a Brusco, quien parecía herido.

Aquello hizo que Hipo volviera a la realidad y que reservara aquella felicidad momentánea de tener a su familia cerca de nuevo para más tarde. Junto al resto se acercaron a ayudar a Chusco.

—¿Qué le ha pasado? —le preguntó Hipo preocupado a Mocoso.

No obstante, Chusco se adelantó en responder.

—Hipito, me muero—dijo con su dramatismo habitual—. Me han herido de muerte.

—Se le ha salido el hombro—explicó Mocoso—. Se lo hemos intentado recolocar, pero no hay manera, se pone a gritar.

Hipo ayudó a bajar a Chuco del dragón de Mocoso junto con Brusca y Astrid, sujetándolo con cuidado del cuerpo y las piernas, porque no paraba de quejarse. El vikingo se fijó entonces en el brazo de Mocoso, que tenía unas cuantas quemaduras a medio cicatrizar, confirmando que aquello no era normal, ya que llevaban años sin salir tan mal parados de una pelea.

Todo Arendelle, que estaba hasta ese momento silencioso y expectante, pareció reaccionar al oír los quejidos de Chusco y de entre la multitud comenzaron a acercarse algunos soldados, junto con Rose y otras dos mujeres.

—¿Hay algún herido? —preguntó con su voz pausada la chica, haciéndose paso y deteniéndose al notar sobre ella las miradas de los dragones.

—Es uno de los jinetes— alzó la voz Hipo, en la lengua de aquellas gentes—, creemos que tiene un hombro dislocado.

Hipo vio vacilar a la joven curandera, quien parecía querer acercarse, pero el miedo a los dragones la mantenía inmovilizada. El vikingo pensó que lo mejor sería cargar a Chusco hasta la enfermería improvisada cuando vio sorprendido que aquella mujer reunió el valor para acercarse, pasando entre los dragones mientras contenía el aliento.

Una vez comprobó en sus propias carnes que aquellas bestias no iban a devorarla se relajó y se agachó al suelo, dónde habían conseguido dejar a Chusco.

—¿Puedo? —le preguntó al vikingo rubio la chica, señalando su brazo por si acaso no hablaba su lengua.

Chusco, que siempre había sido un deslenguado con las mujeres, se quedó mudo y se limitó a asentir, intimidado por la valiente predisposición y amabilidad de la chica. Rose le palmeó levemente el hombro, e intentó movérselo, causando en él un siseo de dolor.

—¿Te duele? —preguntó, mientras movía sus dedos por la zona del hombro—, ¿y aquí?

—A… ahí, sobre todo—consiguió articular el vikingo en aquella lengua que hasta ahora solo había usado para flirtear con extranjeras.

—Vale—dijo ella, mientras le colocaba el brazo en una posición concreta—. Sujétate el brazo así con tu otra mano y procura no moverlo, te lo voy a recolocar dentro, que hay más luz.

Rose les explicó que por la hinchazón quizás tenía rota la clavícula y que por eso el dolor era tan intenso y pidió que lo ayudaran a cargarlo. Mocoso fue el primero en ofrecerse, intentando impresionar a aquella hermosa mujer mientras algunos soldados tomaron la valentía de acercarse y ayudar también.

—Al final el muy idiota iba a tener razón—bramó Brusca por lo bajo—. Voy a ir con él, ¿seguro que son aliados? —preguntó por si las moscas.

Hipo le hizo un gesto afirmativo, aunque la chica igualmente sacó de las alforjas de su dragón una daga y se la escondió en el cinturón, siguiendo a los soldados. La vikinga comenzó a decirles que de dónde habían salido y que eran tremendamente guapos y sexys. Por suerte para ambos, ninguno entendía la lengua de los vikingos.

—Hipo—, dijo entonces Astrid, intentando poner un poco de orden en aquella situación—, tenemos que reunir al consejo de inmediato, esto es mucho peor de lo que imaginábamos.

El vikingo asintió, confirmando sus sospechas.

—De acuerdo, pediré que avisen a mi padre.

Estoico había hecho gran parte de todos los turnos de vigilancia en los últimos días y debía ser de los pocos que todavía no se había enterado de la noticia, ya que seguramente estaría durmiendo.

Astrid no pudo evitar mirar a Hipo y notar que algo no iba a bien. El chico se veía más ensimismado que de costumbre y solo con verle pasarse la mano por el pelo, Astrid supo que algo no le estaba contando.

Hipo por su lado no pudo evitar buscar a Elsa entre la multitud, sin éxito. La reina no podía haberse ido así como así y menos en aquella situación; aunque tampoco podría culparla, ya que él mismo la había estado evitando durante días. No obstante, sabía que si se reunían ambos consejos ahora no tendría tiempo para hablar con Astrid y explicarle qué estaba pasando. Y lo peor es que todos tenían puestos los ojos sobre su nuevo rey y aquella vikinga.

Sentía que todo el Midgard se le precipitaba bajo los pies.

—¿Estás bien? —preguntó Astrid, acercándose levemente a él para colocar una mano sobre su mejilla.

No obstante, Hipo rechazó su contacto con sutileza, generando una confusión en Astrid, que se quedó algo descuadrada, sin saber a qué venía aquel desplante.

—Astrid, tengo que hablar contigo de una cosa, pero aquí no—dijo sin atreverse a mirarla a los ojos.

Los peores temores de Astrid empezaban a emerger.

—Mmm… vale—aceptó ésta, extrañada—. ¿Ocurre algo? —intentó indagar, preocupada—. Sabes que sea lo que sea puedes contármelo.

Hipo miró a Astrid en la profundidad de sus ojos azules, con esa habitual mirada de comprensión suya y sintió cómo se le encogía el corazón. Había estado días pensando en las palabras que le diría e imaginando posibles situaciones para explicárselo. Sin embargo, ahora que la tenía allí delante se daba cuenta de que no podía. No tenía fuerzas para hacerle eso a ella, para romperle en corazón en mil pedazos.

Hipo solo quería besarla, abrazarla y amarla hasta desfallecer, no confesarle que se había casado con otra mujer. Mujer con la que ahora ni siquiera se hablaba.

—Majestad—dijo entonces la voz temerosa de un soldado que se había acercado—. Pregunta la reina Elsa si todos vuestros jinetes están bien y si se van a reunir a los consejos.

Por un segundo Hipo sintió verdadero terror de que ese soldado pudiera haber nombrado a la reina como su esposa, perdiendo durante un segundo la respiración. Tragó saliva como pudo, sin atreverse a mirar a Astrid y cogió todo el aire que le cabía en los pulmones para sonar calmado.

—Todos están bien—consiguió articular—. Dígale que sí, que los reúna. Ya vamos.

El chico asintió, sin poder evitar lanzar una mirada furtiva de terror a los dragones detrás de los vikingos y se marchó raudo en su cometido de avisar a la reina.

Hipo se llevó la mano al tabique, ocultando levemente su rostro e intentando pensar qué decirle a Astrid. Tenía que hablar con ella antes de entrar en esa sala y que pudiera descubrirlo. ¿Pero cuándo? ¿Cómo?

—Astrid… —fue lo único que consiguió decir, desviando la mirada hacia la chica—. No tenemos mucho tiempo, pero tengo que explicarte algo.

Astrid no entendió qué pasaba, pero temió que pudieran encontrarse en una situación de peligro o algo similar, ya que Hipo nunca se había puesto tan nervioso y serio.

—Vale, te escucho —dijo atenta.

—Verás… —comenzó entre dudas—. Cuando llegué, Desdentao y yo tuvimos un pequeño contratiempo, así que nos retrasamos casi un día y cuando finalmente aterrizamos los consejos ya se habían reunido—intentó relatar deprisa, buscando las mejores palabras.

—¿Qué contratiempo? —hizo énfasis ella, preocupada.

—Eso te lo puedo explicar luego—le quitó importancia Hipo—, el caso es que ya habían tomado decisiones y pactado cosas cuando aterricé y, bueno, luego me quitaron a mi dragón y todo eso…

—¿A tu dragón? —Astrid se llevó instintivamente la mano al cinturón, buscando la empuñadura de su hacha, alerta—. ¿Dónde está Desdentao? ¿Van a llevarse a nuestros dragones?

—¡No! —se corrigió por su torpeza—. Bueno sí, pero van a estar bien…

—No voy a dejar que toquen a Tormenta—defendió la chica, ligeramente enfadada.

Hipo se estaba dando cuenta de que estaba metiendo la pata hasta el fondo.

—Astrid, te prometo que eso lo discutimos luego—pidió, casi en una súplica—. Lo que intento decirte es que…

No obstante, un tercero apareció en la escena.

—No se os puede dejar solos, eh—era Bocón, quien se acercaba cojeando—. Unas semanas sin la supervisión de un adulto y casi os matan.

—¡Bocón! —exclamó Astrid, aliviada de ver al vikingo sano y salvo.

Bocón abrazó a la chica entre sus típicas risotadas y sus miembros estrafalarios, mientras le decía que con la cara así de hinchada parecía un terror terrible. Astrid se rio ante aquel comentario, con su alegría de siempre. Al oírla reir Hipo casi se echa a llorar.

—Deberíamos ir subiendo a los salones, que esta gente no tiene espera—masculló quejica el viejo vikingo, intentando poner un poco de orden, y notando por la reacción de la vikinga que Hipo todavía no había sido capaz de contarle nada—. También he avisado ya a tu padre.

Hipo asintió incapaz de contestar, intentando mantener la compostura.

—Claro, vamos—fue lo único que consiguió decir.

En el gran salón donde se habían reunido hasta el momento había un gran revuelo. Todo el mundo discutía acaloradamente sobre la situación, sin escucharse los unos a los otros, como siempre. Los consejeros de Arendelle recriminaban a los vikingos que los jinetes pudieran haber llegado hasta tan cerca del castillo sin ser avistados con tiempo de reacción, ya que, si hubiesen sido los dragones de Drago, ahora estarían muertos. Los vikingos sin embargo rebatían que si los jinetes habían llegado hasta allí era porque ellos lo habían permitido al reconocerlos. Anna intentaba anotar todo lo más rápido que podía, sintiéndose estúpida por tener que dejar grabada para la posteridad aquella contienda de egos tan estúpida. Entre todo aquel caos miró a su hermana, quien estaba seria y taciturna, sin decir ni una palabra que pudiera poner fin a aquella discusión sin sentido.

La mente de Elsa solo estaba enfocada en recriminarse a sí misma por tener aquellos sentimientos, sin poder comprender todavía por qué se había sentido tan mal al ver al chico abrazarse con desesperación a su novia. Él no era nada suyo, más allá de su esposo político, y hasta ese momento pensó que había tenido muy claros sus sentimientos respecto al él. Y sin embargo allí estaba, con un revoltijo de emociones que sentía ajenas, luchando por encerrarlas en lo más lo más hondo de sí misma, como si así no tuviera que enfrentarse a ellas.

De repente el silencio absoluto sacó a Elsa de sus pensamientos, alzando la mirada para ver cómo entraba en la sala Hipo, seguido de la vikinga y Bocón. Sin duda los vikingos habían callado al comprender la incomodidad de la situación, ya que todos sabían de la relación entre Hipo y Astrid y de lo extraño que era todo aquello. Los ciudadanos de Arendelle, sin tener ya con quien discutir, también enmudecieron, haciendo sus propios juicios de valor sobre la pareja de vikingos que acababa de entrar y cuyo emotivo encuentro había levantado ciertas sospechas y rumores.

Elsa no pudo apartar la mirada de Hipo, quien estaba más serio e inexpresivo que nunca mientras se sentaba junto a su padre, al otro lado de la mesa. Astrid también se sentó junto a los vikingos, pero mucho más apartada, al lado de Bocón.

—Faltan solo dos, no tardarán en llegar—expresó Bocón a Elsa, rompiendo ligeramente el malestar general.

La reina asintió, agradecida, volviendo a dirigir su mirada hacia Hipo, quien no despegaba los ojos de la mesa, evadido en otro lugar.

De repente se escuchó un leve estropicio fuera, como si alguien hubiese chocado con algo y segundos después aparecieron dos figuras corpulentas por la puerta. Una de ellas era un chico rubio grandote y rasgos afables; y el otro uno más bajito, moreno y ancho de hombros.

—Disculpad el retraso—dijo Mocoso—. Este palacio es un laberinto.

Mocoso y Patapez hicieron una leve reverencia a la reina al entrar, pensando que ese era el protocolo. Elsa les hizo un gesto con la cabeza, agradecida.

—¿Falta alguien más, señores? —dijo la reina con educación.

—No, señora majestad—respondió por los dos Patapez—. Nuestros otros dos acompañantes van a quedarse en la enfermería.

Elsa asintió con la mirada, invitándolos con la mano a pasar y tomar asiento. Patapez y Mocoso se sentaron junto a Patón, haciendo un estrepitoso ruido y dejando finalmente sus cascos de montar sobre la mesa, con sutileza, para intentar compensar todo el alboroto anterior. Una vez todos se quedaron en silencio y acomodados Elsa se puso en pie y habló:

—Me temo que debéis disculparme por las horas—comenzó protocolariamente, ya que era cerca de medianoche—, pero os hemos reunido a todos aquí a causa de la llegada del resto de vikingos de Berk, a quienes esperábamos. Pido, antes que nada —dijo entonces a los jinetes—, que también me disculpéis por haced este llamamiento, ya que imagino que debéis de estar cansados del viaje y querréis comer algo y descansar lo antes posible, pero temo que vuestra incursión en mi reino a medianoche no es fortuita. Os dejo la palabra, pues, de las buenas o malas nuevas.

Elsa se sentó, invitando a iniciar el debate para aquellos que acaban de llegar. En aquel momento todas las miradas de la sala se dirigieron hacia Mocoso y Patapez, como si todos estuvieran expectantes de lo que tenían que contar. Ellos sin embargo miraron a Astrid, pidiéndole que hablara ella. Por supuesto la vikinga negó con la cabeza, ya que estaba harta de que siempre le hicieran lo mismo. No obstante, alguien tenía que hablar y ante la falta de iniciativa en los vikingos Astrid terminó por levantarse algo malhumorada.

—Gracias su majestad por atendernos—comenzó, intentando seguir un protocolo que no conocía, hablando en esa lengua extranjera.

Elsa, que todavía no se había permitido la libertad de mirarla, puso entonces sus ojos en ella. Había estado evitando ese momento durante un rato, luchando por no sentirse incómoda o violenta, como si por demorar ese momento pudiera seguir pensando que su presencia allí no fuera real. Sin embargo, al hacerlo se dio cuenta de que la vikinga siempre había estado presente y para su propia sorpresa todos aquellos celos o inseguridades desaparecieron al mirarla a los ojos, dando paso a una especie de admiración latente.

Sin duda aquella mujer era mucho más hermosa en persona que en los dibujos de Hipo, a pesar de tener la nariz amoratada, el labio partido y una terrible expresión de cansancio. Inexplicablemente, toda ella emanaba una belleza salvaje que inundaba sus ojos con un brillo tan temperamental que sin duda hacía justicia a la descripción que Hipo le había dado sobre las valkirias. Le sorprendió además verla así vestida como un hombre, ya que en su imaginación siempre la había imaginado con ropas de campesina, con la gracia y gentileza de las mujeres del campo. No obstante, ahora que la veía en persona se daba cuenta de que la vikinga no se ajustaba a esta descripción.

Lo que más le perturbaba es que aquellas ropas masculinas que se suponía que deberían ocultar cualquier rastro de feminidad en la chica a Elsa le parecieron tremendamente sugerentes, sin poder evitar recorrer con su mirada sus caderas anchas a través de las mallas de escamas que llevaba y que dibujaban a la perfección la forma atlética de sus piernas. La chica además iba armada y no con una ligera espada precisamente. De su cinturón colgaba un hacha plateada con el mango de madera leventemente manchado de sangre de seca, señal de que no era un simple complemento, sino que además la usaba con frecuencia, dado el desgaste de la empuñadura.

Toda ella era caos y belleza, desde su trenza maltrecha hasta sus manos delgadas y encalladas.

—Se suponía que deberíamos haber llegado a su reino dentro cuatro días—comenzó a explicarse Astrid, recorriendo a todos los presentes con la mirada, sin entender por qué algunos murmuraban—, pero tuvimos que adelantar nuestra marcha y sinceramente no traemos buenas noticias.

En aquel momento Estoico intervino, preocupado.

—¿Berk está al tanto? —preguntó.

—Enviamos un terror y Eret nos respondió hace días—le explicó la vikinga—. De momento Berk está a salvo, pero por si acaso se están preparando para lo peor.

Estoico asintió, agradecido de que hubiesen actuado con rapidez.

—Estábamos buscando indicios de aquellos que atacaron vuestro barco—dijo mirando a Elsa y refiriéndose al naufragio—. Los primeros días todo parecía en orden y nada indicaba la presencia de Drago en nuestras costas.

Mientras hablaba, la chica comenzó a sacar de un bolsillo de su traje una especie de mapa. Con cuidado apartó su propio casco de volar de la mesa y extendió aquel trozo de papel. Elsa pudo reconocer el trazo de Hipo en aquella cartografía que además tenía otras anotaciones en la lengua de los vikingos.

—Viajamos por las islas del sur y el oeste del archipiélago, pero no encontramos nada. Sin embargo, a la altura de isla Pesadilla—dijo señalando en el mapa un pequeño islote—, nos atacaron.

—¿Los tramperos? —se aventuró a preguntar Hipo.

Astrid le lanzó una mirada cómplice.

—Peor—explicó—. Tribus de tramperos. Al parecer Drago ha vuelto a reunirlos, esta vez en mayor número.

—¿Y qué se supone que hacían en las islas del sur? —preguntó Hipo, quien aquello no le cuadraba—. No es que haya muchos dragones en esas tierras.

—Nosotros nos preguntábamos lo mismo—expresó la chica—. Aquellos tramperos no nos buscaban a nosotros, simplemente tuvimos la mala suerte de cruzarnos en su camino.

—¿Y qué estaban buscando entonces? —preguntó esta vez Estoico, muy serio.

—A un cazadragones—confirmó sus sospechas Astrid—. Al parecer lo están buscando por todo el archipiélago. Según los tramperos, Drago lo necesita desesperadamente para mantener la inmortalidad de sus dragones.

Hipo sentía que algo no encajaba, que algo se les estaba escapando. No obstante, tampoco podía pensar con demasiada claridad. Solo podía pensar en Astrid y en cómo contarle lo que estaba pasando.

—¿Quiere decir eso que la inmortalidad de sus dragones no es definitiva? —preguntó entonces Anna, quien había permanecido callada hasta entonces.

—Parece ser que no—le confirmó sus sospechas Patapez—. Sino no tendría sentido que Drago esté tan desesperado por encontrar a ese hombre.

—Creemos que les da algo a los dragones para hacerlos invulnerables—le explicó Astrid—. Pero su efecto no dura demasiado y es por eso que está buscando una especie de elixir irreversible.

—Algunos tramperos decían que lo que estaba buscando no era más que una leyenda —agregó Mocoso—, pero le temen demasiado como para no acatar todo lo que dice.

—¿Cuánto tiempo habéis estado con los tramperos? —inquirió entonces Hipo en voz alta.

Los tres jinetes se miraron entre sí, guardando silencio durante un instante. Fue Astrid la que tuvo finalmente el valor de confesar.

—Nos dejamos atrapar—reveló entonces—. Estuvimos cautivos unos días, pero solo hasta que conseguimos algo de información.

Hipo iba a contestarle que aquello era una temeridad y que se habían puesto en peligro, pero se mordió la lengua, primero porque todo el consejo de Arendelle los miraba y segundo porque sonaba a un plan que perfectamente podría haber salido de su cabeza.

—¿Tenéis el nombre del cazadragones? —preguntó entonces el coronel Roston, que hasta entonces había estado atento a la conversación.

—Me temo que no—denegó la rubia—. Lo único que sabemos con certeza es que lo que pretende cazar Drago está en vuestras tierras y que necesita la ayuda de ese hombre para encontrarlo.

—Eso significa que regresará en cuando lo encuentre—dedujo Elsa, poniéndose en pie—. Muchas gracias por la información—dijo con honestidad a Astrid, quien se sentó—. Legislador, mande ahora mismo un comunicado a todos los reinos vecinos para pedirles que nos hagan llegar toda noticia sobre cualquier extraño en sus tierras o la presencia de dragones.

—¿A los Westergaard y Weselton también?

Elsa apretó los labios.

—Me temo que sí, a ellos también—aceptó—. Mientras más aliados tengamos en estos momentos, mejor. Coronel—dijo entonces—, hable con sus hombres y doblen las guardias, no solo del castillo sino también de los alrededores—luego se dirigió también a Hipo y a Estoico—: cuento también con vosotros y los dragones.

Hipo había estado tan pendiente de Astrid durante toda la reunión que ni siquiera se había dado cuenta de que Elsa al fin parecía una reina y tomaba el rol que debía haber mostrado desde el principio.

—Será un honor—respondió Estoico, levantándose de su asiento—. A partir de ahora haremos las guardias por bloques—dijo a sus vikingos, quienes entendieron a qué se refería—. Esta gente también necesita armas, así que Patapez, tú ayudarás a Hipo con eso, él te explicará qué procedimiento se está llevando a cabo.

El chico asintió, acatando aquella orden. Nunca había sido muy diestro en la herrería, pero al menos conocía mejor que nadie los minerales y las rocas.

—En cuanto a vosotros—dijo refiriéndose a los demás jinetes—. Mocoso ayudará al coronel con los entrenamientos de los nuevos soldados y tú Astrid ayudarás a Alea a entrenar a las mujeres, avisa también a Brusca cuando la veas.

Astrid asintió, sin entender muy bien a qué se refería con 'entrenamiento de mujeres'. ¿Acaso allí las mujeres entrenaban a parte? No obstante, no puso objeción y se limitó a asentir desde su silla. Lanzó una mirada furtiva a Hipo, quien seguía inexpresivo. Astrid jamás lo había visto tan callado en ninguna reunión del consejo. Todo parecía estar en orden, así que no entendía qué era aquello que tenía que explicarle tan desesperadamente. Astrid lanzó una ojeada rápida a su alrededor, comprobando que todos los vikingos estaban presentes y en perfecto estado y no pudo entender a Hipo.

En ese momento también desvió su mirada a Elsa, que parecía concentrada en escuchar lo que le decía uno de sus consejeros sobre qué tipo de comunicado enviar a las tierras vecinas. La reina era muy distinta a como Astrid la había imaginado, ya que cuando se enteró de que tenía poderes mágicos se había imaginado a una criatura mitad humana mitad divina. Había construido en su cabeza la posibilidad de una mujer translúcida como el hielo, o con un aura mágica a su alrededor. Sin embargo, Elsa le pareció muy humana, sobre todo porque, aunque no le temblara la voz en sus mandatos, tenía una mirada insegura y dulce, algo que sin duda diferenciaba a Dioses y humanos. Si no fuera por su palidez o por su pelo blanco como la nieve, jamás habría imaginado que esa mujer podía tener poderes de hielo.

—Majestad—intervino entonces el coronel, llamando la atención de Elsa—. Me mantengo en mi postura de defender que no es buena idea entrenar a las mujeres, solo las pondríamos en un riesgo innecesario.

Elsa no tuvo tiempo de contestar cuando Anna se levantó de la silla.

—Coronel, la decisión ya está tomada—defendió la princesa.

—Discúlpeme, pero solo intento protegerlas y evitar una masacre— dijo cauto—. Las mujeres no sirven para el arte de la guerra.

Aquellas palabras consiguieron sacar a Astrid de su ensoñación y trasladar su mirada de Elsa a aquel hombre.

—¿Cómo dice? —pensó indignada la vikinga en voz alta— ¿Quién se cree usted para decir eso?

—Señorita—respondió el legislador por el coronel—. Con el debido respeto, no puede hablarle así a nuestro coronel, a partir de ahora es su superior. Además, mírese, sólo nos da la razón.

Astrid siguió la mirada de ese hombre hasta Mocoso y Patapez y sabía a qué se refería. Aquel hombre se pensaba que ella era la única que había salido herida en su contienda.

—Pero bueno hombre, a usted que le pasa—se quejó también Alea, quien le sacaba casi una cabeza a ese hombre y que los años le habían dado una actitud mucho más deslenguada.

—Astrid es una de nuestras mejores guerreras—intervino de repente Hipo, conciliador, antes de que Astrid soltara cualquier barbaridad y volviera a armarse el caos, ya que la conocía demasiado bien y sabía que no iba a quedarse callada—. Se merece un poco de su respeto, señor.

Escuchar a Hipo decir aquellas palabras molestó a Astrid, quien sabía defenderse sola y odiaba la sensación de vulnerabilidad que sentía cuando alguien intentaba protegerla.

—Disculpe majestad, no pretendía ofenderle ni a usted ni a su tribu—aseguró el legislador de mala gana—. Solo me basaba en hechos. Además, si hablamos de respeto usted debería ser el primero en mostrárselo a su esposa.

A Hipo se le paró el corazón al oír aquello. Sin duda el legislador lo había debido ver abrazar a Astrid en el patio del castillo. Elsa se maldijo por mantener a aquel hombre en su consejo, sin poder evitar lanzar una mirada al vikingo, imaginando que todavía no se lo había hecho saber a su novia.

—Vuestra reina es la que debe mostrar más respeto a su marido—dijo para sorpresa de todos Gervasio—. Suerte tienen ustedes de lo tolerantes que estamos siendo los vikingos.

—¿Los vikingos tolerantes? —rio irónico.

Hipo tenía un nudo en el pecho, sabiendo que estaban siendo el centro de atención. No podía creerse que la vikinga se estuviese enterado de aquella manera tan cruel sobre su enlace con Elsa. La miró sorprendido, sin poder entender su entereza y sangre fría para aparentar tanta normalidad. Y entonces lo supo: Astrid estaba gestionando su ira.

—¡Bueno ya basta! —exclamó Elsa, estremeciendo a todos los presentes sin ni siquiera tener que usar su magia—. Ustedes dos, fuera ahora mismo de esta sala—ordenó—. No voy a consentir esta falta de respeto.

El legislador ensombreció su rostro, sin atreverse a objetar nada, amenazado por la mirada de su reina. Se levantó en silencio y sin perder el aire burgués, se marchó por la puerta.

—A mí no me da órdenes una mujer—se quejó Gervasio.

Hipo se puso en pie, muy serio, para sorpresa de hasta su propio padre.

—Pues te lo ordeno yo—dijo cabreado, pero con una tranquilidad que sorprendió a la propia reina, que tenía que reconocer que había perdido los nervios por un segundo— Fuera.

Gervasio también se marchó, incrédulo que de Estoico no hubiese intervenido por él, mientras farfullaba por lo bajo palabrotas en su lengua y cerrando la puerta tras de sí con un fuerte estropicio.

Por un instante reinó el silencio en la sala, ante la incomodidad de todos los presentes. Elsa buscó el apoyo de Hipo con la mirada, pero supo que esa guerra estaba ya perdida.

—Estamos todos muy cansados—dijo la reina en su papel de moderadora, sabiendo que tenía que detener aquello cuanto antes—. Si nadie tiene más preguntas que hacer, doy por concluida esta reunión y os invito a descansar a todos los presentes. Lo lamento coronel, pero no aceptaré su negativa y me mantendré firme en la decisión de entrenar a las mujeres.

El coronel asintió, mostrando respeto a la reina pese al desacuerdo.

—En cuanto a los jinetes—dijo sin poder sostenerle la mirada a Astrid, quien la interpelaba directamente—, hablaré ahora mismo con las doncellas para que os habiliten un lecho y podáis poneros muda limpia. Sin más, buenas noches a todos.

Nada más decir esto, Astrid cogió con furia su casco de volar de encima de la mesa y salió a toda prisa de aquella habitación. Hipo, sin ocultar sus intenciones, salió corriendo tras ella sin pensárselo dos veces, ante la atenta mirada de aldeanos y vikingos.

Una vez ambos jóvenes desaparecieron, todas las miradas se desviaron hacia la reina, quien apretó la mandíbula y se mantuvo firme en su silla. Elsa vio cómo todos los presentes la miraban con desaprobación, sobre todo sus propios consejeros, que no entendían cómo la reina podía permitir que su marido saliera corriendo detrás de otra mujer, dándole la razón al legislador.

No obstante, Elsa no se achantó y simplemente tomó aire, esperando que todos salieran de la sala.

.

Anna fue casi de las últimas en marcharse, incentivada a irse por las palabras de su hermana que le aseguraban que estaba bien y que quería estar sola, para variar.

Y no mentía, porque todo aquello le estaba afectando más de lo que se había podido imaginar.

—No siempre es fácil mantener la compostura—la sacó de sus pensamientos Estoico, el último en levantarse de su silla—. Admiro vuestra entereza y ruego que perdonéis la actitud de mi hijo.

Ambos se habían quedado solos en aquella sala enorme, de donde Elsa no quería salir hasta asegurarse que no quedaba nadie. En parte también porque sabría lo que todos ellos estarían comentando ahora y prefería no oír esos murmullos envenenados. Al fin y al cabo, para los vikingos ella era la otra y para su propia gente, una reina que no se hacía respectar por su marido.

—No se preocupe, son años de práctica—dijo calmada al gran vikingo frente a ella, llevándose una mano a la frente—. Hipo ya me puso al corriente de esta situación, así que no lo lamente, no me pilla de sorpresa.

Ella también estaba agotada.

—Lamento que os tengáis que enfrentar a esta situación—expresó Estoico—. Mi hijo es un buen hombre, pero a veces es muy impulsivo y más testarudo que una piedra.

Elsa le sonrió con tristeza.

—Sí, creo que empiezo a conocerlo un poco—dijo la reina, sin quitar esa sonrisa cansada de los labios—. Esta situación es algo difícil para él, realmente está enamorado de esa joven.

Estoico enmudeció ante las palabras de la reina, sin entender tanta compresión por su parte. Aquella situación también estaba resultando muy difícil para él, quien siempre había adorado a la joven vikinga.

—Siento ser la causante de su dolor—dijo con cierta pena Elsa.

Estoico caminó silencioso hacia la reina, sentándose a un par de sillas de ella. Le asombraba lo madura que era aquella mujer para lo joven que era y lo triste que era su mirada.

—¿Sabes? Visité vuestro reino hace muchos años atrás—comenzó a relatar el vikingo, rememorando viejos recuerdos olvidados—. Vuestro padre quería expandir los acuerdos comerciales con el archipiélago tras años cerrados y reunió a varios de los jefes vikingos en su castillo. Hipo era muy pequeño y la muerte de su madre estaba muy reciente, pero aun así acepté venir. Tú no lo recordarás, porque apenas erais una niña, pero vuestro padre, al conocer la existencia de mi hijo os preguntó en broma si os casaríais con él para hermanar nuestras tierras, ¿y sabes qué contestaste?

Una sonrisa se dibujó en la cara de la reina al oír aquel relato. Estoico tenía razón, ella no se acordaba de nada, pero adoraba cuando la gente hablaba sobre sus padres, ya que eso la hacía sentir que todavía estaban vivos.

—¿Qué dije? —preguntó con curiosidad.

—Que nunca os casaríais con nadie ni por todos los panecillos dulces del mundo.

Elsa no pudo evitar ampliar su sonrisa.

—¡Vaya! Muy propio de mi yo del pasado—dijo divertida—. Qué ironías de la vida, ¿no cree?

—Y tanto—concordó el vikingo, sintiéndose fatal por haber pensado que aquella mujer era una bruja—. De hecho, Hipo decía siempre lo mismo, en ese aspecto os parecéis mucho—confesó—, tenéis esa misma mirada de querer hacer grandes cosas. Sé que con el tiempo aprenderéis a entenderos.

Elsa tomó aire despacio, sin saber si eso sería posible.

—Eso espero.

—A veces es necesario tener con quien repartir responsabilidades—dijo entonces, sabiendo que aquella precisamente no había sido su suerte—al igual que las cargas. Lo de los supervivientes era algo que nadie podía prever, reina Elsa. No deberíais ser tan dura con vos.

Elsa quería evitar esa conversación.

—Sé reconocer cuando alguien se culpa demasiado—añadió Estoico ante el silencio de la reina—. Un jefe se preocupa por los suyos, ya he pasado antes por lo que estás pasando ahora.

—¿Y qué puedo hacer? —preguntó desesperada Elsa, sin saber por qué se estaba abriendo con aquel hombre con quien apenas había cruzado palabra—. No puedo evitar oír sus gritos tras la cúpula cada vez que me meto en la cama.

Estoico conocía bien esa sensación.

—Si yo me fuera a dormir pensando en todos aquellos que no pude salvar llevaría décadas sin conciliar el sueño, majestad, pero hay que aprender a vivir con esas cosas o si no te acabarán destruyendo. Y tú todavía eres muy joven para cargar con tanto tú sola.

Estoico colocó su mano sobre el hombro de la chica y acto seguido se levantó de su silla para marcharse.

—Piensa siempre en aquellos a los que les has salvado la vida, al final eso es lo que importa—dijo antes de irse—. Nuestros actos nos definen y sé que tu padre estaría muy orgulloso de ti.

Elsa le sonrió con sinceridad, algo más animada.

—Muchas gracias, señor.

—Llámame Estoico—pidió—. Se supone que ahora somos familia.

—Gracias, Estoico—dijo de corazón.

—Buenas noches—se despidió el vikingo.

Elsa se quedó unos minutos más allí sola, pensando en lo que le había dicho el vikingo y dándose cuenta que no podía seguir así.

—.—.—.—.—.—.—.

—Astrid, quieres parar de una vez—se quejó Hipo mientras seguía a la vikinga por los pasillos.

Astrid, harta de aquella estúpida persecución se giró, enfadada.

—¿Se puede saber qué te pasa? —dijo la chica llena de frustración—. ¿Cuándo coño pensabas decirme que te habías casado con la reina?

—Astrid, te prometo que eso es lo que quería explicarte antes, pero estaba buscando un buen momento…

—¿Un buen momento? —lo cortó la vikinga llena de rabia—. ¿Y te parece un buen momento que me entere en una sala llena de gente, sentada en frente de tu mujer? Porque si ese era tu plan te ha salido fantástico, Hipo— dijo sarcástica y cruel.

—Astrid, yo no quería que te enteraras de esa manera —respondió algo molesto por la actitud de la chica—. Lo siento.

—¡Por los Dioses!, sólo tenías que habérmelo dicho antes—dijo sin escucharle mientras los ojos se le inundaban de lágrimas—. Eres incapaz, ¡incapaz! de hacerte una idea de lo estúpida que me he sentido ahí dentro mientras todos me miraban. Y no solo eso —añadió con rencor— sino que además vas y me humillas delante de toda esa gente.

Astrid se refería sin duda al conflicto con el legislador.

—¿Cómo? —replicó incrédulo el vikingo—. Astrid, ese hombre es un idiota, no hubiese permitido que dijera eso de ti ni de nadie.

— Podía defenderme yo solita— se explicó—. Me has mostrado débil delante de ese imbécil.

—Dioses Astrid, yo sólo quería ayudarte —dijo perdiendo la paciencia.

—¡Pues no las hecho! —se quejó—. No siempre puedes ayudar a todo el mundo Hipo.

Astrid estaba tan enfadada que realmente cualquier cosa del vikingo le molestaba en ese momento.

—¿Pero se puede saber qué mosca te ha picado? —seguía sin comprender Hipo—, ya te he pedido disculpas, ¿vale? Lo siento, siento que te hayas sentido así, es lo último que quería.

Astrid le dio la espalda, quedándose un momento en silencio e intentando tranquilizarse. Se estaba dejando llevar por la ira y sabía que no estaba manejando la situación con claridad.

—¿Cuándo pensabas decírmelo? —preguntó entonces, más calmada.

Hipo no sabía qué contestarle, puesto que ni él mismo lo sabía, por mucho que lo había intentado visualizar en su cabeza.

—No lo sé—dijo con sinceridad—, pero hoy sin falta… te juro que lo último que quería es que te enteraras así…

Astrid tragó saliva, sin poder aceptar que toda aquella situación fuese real.

—Astrid… —se acercó el vikingo, tomándola de la mano con cariño y girándola hacia él—. Por favor, déjame que te lo explique.

Al verlo allí frente a ella el mundo se le vino encima. Lo último que quería era mirarlo a los ojos y pensar que le mentía. No quería sentirse tan tonta como esas vikingas a las que engañaban sus novios, pero que se esfuerzan por aparentar que todo está bien. Astrid siempre se creyó mejor que ellas y sin embargo ahora se daba cuenta que era igual de vulnerable.

—¿Y de qué sirve que me lo expliques si eso no cambia nada? —preguntó con rencor, resguardándose en su propio enfado para no sentir dolor.

—Astrid, yo no he elegido casarme—le dijo molesto Hipo, quien no podía creerse que de verdad la vikinga no lo fuera a escuchar.

—¿A no? ¿En serio Hipo? —Astrid se soltó de sus manos—. ¿Me vas a decir ahora que te han arrastrado y amarrado a un altar para que te casaras con ella?

Ella.

Astrid no podía alejar la imagen de la reina de su cabeza, tan hermosa y autoritaria instantes antes, sin poder asimilar los celos que sentía sin ninguna explicación lógica.

—Astrid las cosas no son tan fáciles—se defendió el chico—, claro que no me han amarrado a un altar, pero no tenía otra opción, el consejo ya había decidido por mí.

—Ah claro, y tú eres tan idiota que no tienes nada que opinar.

Hipo tuvo que esquivar el zarandeo de los brazos de la vikinga, quien todavía llevaba su casco de volar en una mano y casi le golpea.

—Por Thor Astrid, me quitaron a Desdentao y me encerraron en una habitación nada más llegar, ¿crees que eso lo hacen cuando les importa tu opinión?

—Pues haberte negado—respondió Astrid, que seguía sin verle lógica a sus excusas.

—Astrid, negarme hubiese desatado una guerra—intentó explicarse—. Tú lo ves muy fácil todo porque no tienes responsabilidades, pero yo por desgracia soy el hijo de mi padre.

Astrid rio irónica ante su comentario.

—Genial, ahora yo no tengo responsabilidades —se burló—, cómo que tú te tomas tus responsabilidades en serio…

—Astrid, no voy a entrar ahí—se plantó Hipo, sabiendo que Astrid solo sacaba ese tema porque estaba dolida y sabía cómo hacerle daño—. Si estás dispuesta a escucharme podré explicarme y si no me largo, no pienso quedarme aquí mientras me humillas.

Astrid enmudeció. No quería que el vikingo se marchara, pero tampoco iba a entrar en su chantaje emocional. Hipo estuvo esperando una respuesta por su parte, mientras le sostenía la mirada en la penumbra de aquel pasillo.

—Fantástico… —masculló Hipo al no tener respuesta, iniciando su marcha y alejándose de ella.

Astrid lo vio marcharse, dándose cuenta que cada paso que el chico se alejaba de ella le dolía como una puñalada.

—Eso, lárgate… —dijo aguantando las lágrimas con orgullo—. Ya debes de tener la cama caliente…

—¡Dioses Astrid! —se dio la vuelta Hipo enfadado y superado por la situación, dirigiéndose de nuevo hacia ella—. ¿En serio? ¿Eso es lo que te pasa? ¿De verdad me vas a decir que todo esto es porque estás celosa?

—¡Yo no estoy celosa! —se defendió inmediatamente—. Perdona si simplemente me duele que mi prometido comparta cama con otra, no todos podemos ser tan frígidos como tú.

—¡Oh por el padre de todos los Dioses! No le he puesto ni un solo dedo, ¡ni uno!, encima a esa mujer. ¡Ni siquiera la he desposado!, pero es que no me escuchas.

—¡Oh por Odín! Hipo no me seas básico, me da igual si te has acostado o no con esa mujer, bueno —se corrigió— no me da igual, pero te lo puedo perdonar. Joder Hipo, te lo podría perdonar todo en esta vida menos que te hayas casado con ella.

—¿Y a ti desde cuando te importa tanto el matrimonio? —se defendió Hipo—. Creo que estás siendo muy hipócrita.

—¿Qué yo estoy siendo hipócrita? —dijo incrédula, empujándolo—. ¡Eras tú el que no se quería casar!

—¿Yo? —dijo sorprendió Hipo ante aquella acusación y su propia ira—. Si no recuerdo mal fuiste tú la que me dijo la última vez que no quería casarse.

—¡Porque tú no querías! —gritó.

—¡Porque no quería que te casaras conmigo por obligación! —elevó también él la voz—. Tú nunca te has querido casar conmigo porque, aunque digas que no te importa lo que piensa la gente, sí que te importa. Y yo sigo sin ser suficiente para ti.

—Eso no es verdad—negó Astrid, quien odiaba que Hipo se infravalorara de aquella manera.

—Sí que lo es, vamos—alentó Hipo—. Reconócelo, no pasa nada.

—No voy a reconocerlo, porque no es verdad.

—Oh vamos Astrid, ¿crees que yo no me doy cuenta? Cómo todo el mundo me mira cómo si no te mereciera.

A Astrid se le encogió el corazón al oír aquello.

—Eso no es verdad y tú lo sabes Hipo—dijo más seria—. Lo que te pasa es que no quieres aceptar que eres tan culpable como yo de todo esto. ¿Acaso no sabes lo que dicen de mí en la aldea? ¿O ya te has olvidado que hasta tu propio padre te llamó la atención? ¿Es que no lo entiendes? Yo estoy más expuesta que tú. Abre los ojos de una puta vez Hipo, ya no somos dos críos y la gente sabe que me acuesto contigo, con el hijo del jefe y me miran como si fuese un parásito, cómo si lo único que quisiera fuera meterme en tu cama para convertirme en tu esposa y tomar el poder.

—Oh estupendo—bramó irónico Hipo—, ahora la culpa es mía ¿Yo te he empujado a hacer algo que no quisieras? Me da igual lo que digan Astrid, yo te quiero y quiero estar contigo. Lo que no sé ya es si tú estás tan segura.

—¡Dioses! Estupendo, Hipo —dijo a mala leche Astrid, dolida porque el chico cuestionara sus sentimientos—. Ahora soy yo la que no quiere suficiente... ¿Sabes que te digo? Que me alegro mucho de tu matrimonio, ¡felicidades! —le golpeó en el pecho con el casco—. Que seas muy feliz con esa reina que parece que no es tan hipócrita como yo.

Astrid decidió que no podía aguantar más y sin esperar la respuesta de Hipo echó a andar por el pasillo.

—Astrid, espera.

—¡Déjame en paz!

—Astrid, ¿quieres hacer del favor de dejar de comportarte como una cría?

—¡No me toques! —le chilló al notar su contacto.

Pero Hipo no le soltó el brazo.

—Astrid no pienso dejar que te marches así.

—Tú no tienes ninguna autoridad sobre mí, así que suéltame ahora mismo Haddock.

—Astrid por favor, no me hagas esto—suplicó, sin poder creer que él y Astrid hubiesen llegado a ese punto.

Ellos nunca habían discutido de esa manera.

—¿Pero es que no lo entiendes? —dijo la chica al borde del llanto—. ¡Te has casado Hipo! Estás unido a esa mujer hasta el día de tu muerte. ¡Qué quieres que haga o que te diga! ¿Tú sabes en qué me convierte eso a mí? —preguntó con un nudo en la garganta, a punto de estallar—. ¡Lo siento, seré una hipócrita, pero no pienso pasar a los libros de historia por ser la puta de un rey! ¡Deja de ser un niñato inmaduro y acepta de una puta vez que tus actos tienen consecuencias!

Astrid se zafó con violencia del agarre de Hipo sin ser consciente de que llevaba el casco de volar en esa mano, propinándole con él un golpe en la cara al chico. Hipo soltó un quejido a la par que se llevaba inmediatamente la mano a la cara, de entre cuyos dedos comenzó a manar una mezcla de sangre y lágrimas. No sabía qué le había dolido más, si el golpe o sus palabras.

—¡Oh Dioses Hipo! —exclamó Astrid alarmada, quien al bajar la guardia pudo permitirse al fin echarse a llorar—. ¡Lo siento! ¿Estás bien?

La sangre comenzaba a bajarle desde la nariz a la barbilla, manchándole ligeramente el cuello de la camisa mientras el vikingo echaba la cabeza hacia atrás, para parar la hemorragia.

—Mierda—maldijo dolorido, sin saber cómo detener ese estropicio.

—Oh Dioses, lo siento, lo siento—repitió asustada Astrid, sin saber muy bien qué hacer.

—No pasa nada—consiguió articular Hipo sujetándose la nariz a medida que le resbalan las lágrimas y la mano le goteaba sangre—Dioses Astrid, creo que me has partido la nariz.

—No seas quejica—le regaño ésta mientras buscaba en sus bolsillos algo que le pudiera servir a Hipo para limpiarse la sangre—. Ha sido un golpe de nada.

No obstante, Astrid sabía que se había soltado con tanta fuerza como para partirle la nariz y más.

—Quítame el guantelete —propuso entonces Hipo— Me limpio con la manga, no pasa nada.

La vikinga, desesperada de no encontrar nada, agarró el brazo libre de Hipo y le quitó el guantelete de cuero que el chico llevaba en el brazo, donde solía llevar una brújula, liberando de esta manera la manga de su camisa. Una vez libre Hipo se la llevó inmediatamente a la nariz, empapando la manga verde de sangre.

—Ven, siéntate—le ordenó la vikinga, ayudándolo a sentarse en el suelo frío de aquel pasillo y rezando porque nadie los encontrara así.

Hipo obedeció, sinceramente porque no tenía fuerzas para seguir discutiendo.

—A ver, déjame que te lo mire—pidió Astrid intentando calmarse, volviendo a su calidez habitual.

Hipo se retiró la mano con cuidado, elevando la cabeza para no mancharse, aunque eso era ya una batalla de perdida. Astrid colocó sus manos con cuidado sobre la cara del chico, quien emitió un leve siseo de dolor mientras ella examinaba temerosa sus heridas, con esa atención y mimo que siempre había tenido con él.

—No está rota—dijo aliviada—, tienes un corte pequeñito, la sangre parece solo una hemorragia del golpe.

Al mirar a Astrid a los ojos y ver su preocupación, Hipo no pudo evitar dejar correr las lágrimas, sin esforzarse más por ocultarlas.

—Lo siento Astrid—dijo casi temblando—. Te he dicho cosas horribles.

Astrid, al verlo así se le partió el alma.

—Oh Dioses Hipo—lo abrazó, sin preocuparse si se manchaba o no de sangre—. Lo siento muchísimo, yo también me he pasado.

Hipo correspondió a su abrazo con fuerza, manchando el pelo de la vikinga con sus lágrimas de sangre.

—Siento mucho haber dicho esas cosas—le confesó con congoja el chico— yo no pienso que seas una hipócrita, lo único que pasa que es que tienes razón y yo sigo siendo un crío inmaduro incapaz de aceptar sus responsabilidades.

—Hipo no eres un crío—lo defendió Astrid—. Yo soy la cría, estaba tan enfadada que no he hecho ni el esfuerzo de escucharte.

—¿Y para qué Astrid? —dijo entonces apenado—. Si tienes razón, eso no va a cambiar nada. Tú te mereces algo mejor que todo esto.

—Hipo Horrendous Haddock III —dijo seria—, vuelve a decir que no eres suficiente para mí y te juro que te parto la nariz de un puñetazo—le amenazó—, y esta vez no fallaré.

Hipo no pudo evitar sonreír, mientras se secaba las lágrimas con el codo de la manga y se terminaba de limpiar el fino hilo de sangre que todavía le bajaba por la nariz.

—No tendré más remedio que acatar tus órdenes entonces—dijo intentando sonar sarcástico.

—Más te vale—le respondió ella, esforzándose en sonreír y calmarse, mientras se sorbía la nariz.

Astrid se sentó a su lado en el suelo, apoyando la espalda en aquella pared helada, sin saber muy bien qué decirle. No podía parar de repetir en su cabeza todas las barbaridades que le había dicho.

—Astrid—comenzó Hipo—. Yo… yo te quiero—le confesó—. Y no me imagino una vida sin ti.

Astrid, que había conseguido estabilizarse refugiada en la ira que sentía hacia sí misma, dejó que de nuevo le invadieran las lágrimas.

—Y sé que esto no es fácil—continuó Hipo—, sobre todo para ti y sé que te estoy pidiendo demasiado solo con el hecho de que me perdones, pero es que no me hago a la idea de perderte y no sé qué puedo hacer para evitarlo.

—Hipo no me vas a perder—le respondió, buscando la mano del chico para tomarla con la suya—. Ya buscaremos una solución, somos un equipo, ¿recuerdas?

Hipo asintió en la penumbra, sorbiéndose de nuevo la nariz y sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca.

—A pesar de lo que te he dicho antes, realmente no me importa lo que escriban de mí en los libros de historia.

Hipo soltó una ligera risa triste.

—Astrid no te mereces eso.

—Pues claro que no—le dio la razón ella, limpiándose los mocos en la manga de su traje—. Pero ya encontraremos una solución.

Astrid apretó la mano del chico, sin poder alejar aquella culpabilidad. Hipo se veía exhausto y era cierto que estaba más delgado, como bien había apuntado Brusca. Tenía sangre además por todas partes y que estuviese llorando no le ayudaba nada, ya que lo único que hacía es que se le resbalara hasta el cuello.

Astrid acercó su mano al chico y le acarició la cara, limpiándole las lágrimas con ternura.

—Todo va a estar bien Hipo—le aseguró—. Quien sabe, quizás cuando todo esto acabe hasta nos podemos fugar, como los amantes de las historias de Bocón.

Hipo hizo un amago de carcajada.

—¿Cuáles? —preguntó divertido—. ¿Esos que siempre acaban devorados por monstruos marinos o espectros de Hela?

—Esos mismos—aceptó la chica, sabiendo que no había puesto el mejor ejemplo.

Hipo tragó saliva, mucho más calmado. Volvió a pasarse la mano ensangrentada por la nariz, comprobando que seguía sangrando y alzó la cabeza hacia arriba, viendo si así podía cortar de una vez la hemorragia.

—Elsa me ha prometido que cuando todo esto acabe anulará nuestro matrimonio, así que no creo que haga falta que seamos tan drásticos.

Aquellas palabras sorprendieron a la vikinga, que no entendía que aquello fuera posible.

—¿Tiene poder para hacer eso? —preguntó confusa.

—No lo sé… pero bueno, hace días me confesó que... que era virgen—dijo en voz baja el vikingo, como si le diera pudor hablar de aquellas cosas— y como no hemos consumado el matrimonio, tal como intentaba explicarte…

Astrid rodó los ojos.

—Pues eso, realmente puede demostrarse que no tiene validez, así que tal vez podamos anularlo.

Astrid meditó con serenidad aquella noticia, dándose cuenta esperanzada de que quizás esa era una solución y sintiéndose fatal por no haber escuchado a Hipo, ya que se hubiese ahorrado un buen mal trago.

—¿Y…? —preguntó la vikinga, con miedo a la respuesta que pudiera obtener—, ¿por qué no…?

—¿Por qué no lo consumamos? —pareció adivinar el vikingo—. Astrid no podía hacerte eso ni a ti ni a ella.

Astrid lo miró sin comprender en lo que respectaba a la reina.

—Verás, cuando me casaron con la reina ella estaba herida—le explicó a su novia—, lo que pasa que llevaba días aparentando que estaba recuperada, muy típico de ella—especificó molesto—, pero cuando… cuando se desnudó nuestra noche de bodas ni siquiera supe cómo podía mantenerse en pie con esas heridas—le confesó, levemente avergonzado—, además de que estaba ardiendo en fiebre.

Astrid no quería entrar en detalles, pero no pudo evitar imaginarse toda esa escena en su cabeza, volviendo a sentir esa sensación ajena de celos.

—He estado días durmiendo en el suelo junto a la chimenea de su cuarto, como un perro —dijo enojado Hipo, sin saber que sentía eso hasta que lo había dicho en voz alta—, pero bueno, hace unos días pidió que me dieran una habitación, que es de lo que se quejaba Gervasio antes. Muchos piensan que es un agravio que me haya echado de su cuarto aunque yo sinceramente lo prefiero, por muy raro que parezca que los reyes aquí duerman en alcobas separadas—opinó, bajando un poco la cabeza, cambiando su tono molesto por uno mucho más sereno—. La reina ha sufrido mucho Astrid, y aunque es un poco frígida y pueda no parecerlo tiene buen corazón. No se va a oponer a que estemos juntos.

—¿Le has contado lo nuestro? —preguntó con curiosidad sin poder deshacerse de aquel nudo en su estómago.

—Sí—afirmó—. Encontró hasta los retratos que te hice en mi cuaderno y me dijo que le parecías muy hermosa— dijo casi con orgullo—. Lo cierto es que los primeros días hablábamos mucho…

Astrid vio cierta tristeza en Hipo y supo que había algo que no le había contado.

—Pero… —lo animó ella a continuar.

—Pero ¿qué?

—Ibas a decir un pero.

—No iba a decir un pero.

—Oh vamos Hipo—le pinchó Astrid—, tenías tu cara de poner algún 'pero'.

El vikingo bufó, intentando evitar sonreír y darle la razón.

—¿Y bien? —demandó ella, inclinándose para mirarle mejor la cara.

El chico tomó aire.

—Pero desde hace unos días no nos hablamos—confesó Hipo.

—¿Por qué? —preguntó Astrid, acariciando su mano— ¿Qué ha pasado?

Hipo miró a Astrid y vio de nuevo en sus ojos esa mirada comprensiva que tanto caracterizaba a su compañera. El vikingo siempre había admirado esa cualidad suya, de saber escuchar y empatizar con los demás, algo que a él le costaba más por su propia cabezonería.

—Discutimos hace días y desde entonces no nos dirigimos la palabra—le confesó.

—¿Y por qué discutisteis?

—Pues… —intentó explicarse, limpiándose un poco la cara—, pues por lo mismo que me ha pasado antes contigo. Porque siempre creo que debo y puedo ayudar a la gente y supongo que no sé aceptar mis propios límites.

Hipo sentía un nudo en la garganta al explicarle eso a Astrid, ya que sabía que ella llevaba razón en eso.

—Hasta hace unos días Arendelle tenía una cúpula mágica que evitaba que nada pudiera entrar ni salir—relató—, pero esa cosa estaba consumiendo a Elsa, así que, tras mucho insistirle, sobre tu su hermana que, por cierto—añadió—, creo que te caería muy bien.

—¿La pelirroja de las trenzas? —adivinó Astrid, al recordar a aquella chica sentada junto a la reina que se había levantado a defender lo del ejército de mujeres.

—Esa misma—le confirmó el vikingo, continuando su relato—, el caso es que Elsa hizo retirar ese escudo mágico, pero descubrió que alguna gente se había quedado fuera y habían muerto por las llamas.

A la rubia se le erizó todo el bello del cuerpo al escuchar aquello, sin poder evitar imaginarse a la gente pidiendo ayuda sin ninguna posibilidad de sobrevivir. Por un segundo revivió una de las pasadas noches, cuando las llamas de los tramperos arrasaron el pequeño islote donde se hospedaban.

—Dioses… —masculló la chica—. Eso es terrible.

—Ya—le dio la razón Hipo.

Por un momento recordó a Elsa, todavía en camisón echa un ovillo en la cama, con aquella expresión lejana y esos ojos de haber estado llorando.

—Elsa salió a patrullar la zona y encontraron supervivientes, pero no nos dijo nada—continuó el chico, casi más enfadado consigo mismo que con la reina—. Yo me enteré aquella mañana, cuando había muerto uno de ellos y otra chica estaba muy mal. Se le había infectado la pierna y pensé que la única opción que tenía de sobrevivir era…

—Amputarla—le terminó Astrid, comprendiendo—. E imagino que la reina no estuvo de acuerdo, ¿o me equivoco?

Hipo asintió en silencio, tragando saliva e intentando respirar a pesar de la sangre seca en la nariz. Astrid al verle lo atrajo hacia sí y lo abrazó.

—Deberías hablar con ella—le aconsejó entonces—. Sé que piensas que podrías haberla salvado, pero eso no puedes saberlo a ciencia cierta Hipo e imagino que la reina también pensaba que estaba tomando la mejor decisión para esa chica.

Hipo se abrazó con fuerza a la cintura de Astrid, hundiendo la cabeza en su pecho mientras la chica le acariciaba el pelo. Ella siempre tenía ese efecto en él, esa facilidad para mostrarle sus errores sin juzgarlo, vertiendo luz donde solo veía sombras.

—Quizás tienes razón… —se limitó a decir.

—Siempre la tengo—respondió orgullosa.

—Te he extrañado mucho Astrid—dijo conteniendo algunas lágrimas, aferrándose a su cuerpo.

—Yo también a ti Hipo.

Astrid continuó acariciándole la cabeza, aliviada de que ambos pudieran haberse relajado un poco. Sin embargo, todavía no había conseguido deshacerse de aquel malestar que tenía en el cuerpo. Puede que Hipo le hubiese dicho que no había pasado nada con esa chica y que podía anular su matrimonio en el futuro, pero aun así Astrid no podía estar llena de dudas. ¿Y si aquella mujer no hubiese estado malherida? ¿Hipo hubiese tomado otra decisión su noche de bodas? Quería y sentía que Hipo había sido sincero, pero no veía claro que fuera tan fácil romper ese tipo de enlace, ya que al fin y al cabo tener a una reina con poderes de hielo de parte de los vikingos era un trato muy jugoso; al igual que para Arendelle tener en un ejército de dragones en su poder. Se sintió terriblemente pequeña al pensar en ello, sabiendo que ella era una pieza de muy poco valor en todo aquel juego de intereses y aunque Hipo la amara con toda su alma, quizás esta vez su responsabilidad no era estar con ella, sino mirar por el futuro de su tribu.

—Debería irme Hipo—dijo algo alicaída.

Hipo no entendió ese cambio de actitud en ella, ya que durante un instante parecían haber vuelto a ser los de siempre. No obstante, él también estaba cansado y aunque lo que realmente deseaba era abrazar a esa mujer hasta quedarse dormido, comprendía que aquella noticia había sido devastadora para Astrid y que le estaba pidiendo demasiado.

—Te acompaño entonces—se ofreció Hipo.

Ambos jóvenes pasearon en silencio por los pasillos del castillo evitando a los guardias y a las personas del servicio, ya que sabían que ambos lucían terrible y que cualquiera se espantaría al verles. Astrid fue la que terminó por preguntarle a una joven dónde habían alojado a los jinetes, ya que el castillo era enorme y estaba demasiado agotada del viaje como para estar probando suerte de sala en sala. Ni siquiera había cenado y estaba deseando poder ponerse una muda limpia.

Cuando al fin encontraron la habitación donde les habían dejado hospedarse, Hipo y Astrid se detuvieron en la puerta, echando un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no había nadie.

—Te veo mañana—le dijo el vikingo, tomándola de la mano.

—Claro—dijo ella no muy convencida.

Hipo notó que algo no iba bien, pero temía que ambos volvieran a discutir, así que no quiso preguntar por si acaso. El vikingo quería besarla, pero tampoco sabía si eso le haría más daño a Astrid, así que simplemente se despidieron con un abrazo y un beso en la mejilla.

—Buenas noches Astrid.

—Buenas noches Hipo.

El chico la vio desaparecer silenciosa tras esa puerta y se quedó unos segundos en la oscuridad, pensando en todo lo que había pasado, las cosas tan horribles que se habían dicho y la capacidad de la vikinga para hacerle olvidar todo y sentirse en casa.

Por lo general Astrid siempre había sido poco propensa a mostrar sus emociones en público, a ser cariñosa con la gente o a decirle directamente a Hipo que lo quería. La chica no quería verse frágil o vulnerable, porque evidentemente no lo era, pero siempre guardó el temor de poder llegar a serlo algún día si no se protegía de ello. Por esta razón, desde que eran niños siempre habían concebido a Astrid como un ser indestructible, alguien a quien no le afectaba nada. La chica nunca dejaba que lo que le dijera la gente la hiriera, como tampoco le afligían los insultos o las bromas.

Lo malo sin embargo de haberse construido esa fachada, es que al final las personas a su alrededor se habían olvidado de su fragilidad; e Hipo se dio cuenta en ese instante que bajo toda esa comprensión y esa postura fuerte que tenía Astrid, la chica estaba destrozada.

Él la había destrozado.

Rehízo el camino hasta su habitación despacio y en silencio, ahogado en sus propios pensamientos y miserias, sin poder quitarse la última mirada triste de la vikinga de su cabeza, en cómo ella había hecho el esfuerzo de sonreírle para que él se fuera tranquilo.

Por mucho que Astrid le objetara lo contrario, el vikingo seguía pensando que no la merecía.

No se dio cuenta de que había llegado a su habitación hasta que tuvo la puerta delante. Sin mucho mimo rebuscó en sus bolsillos buscando la llave, la cual introdujo sin mucho éxito en la cerradura. Hipo tiró con fuerza del pomo, sin obtener resultados y tuvo que aguantarse el guantelete, —que hasta ahora había llevado en la mano—, bajo el brazo para poder hacer fuerza con ambas manos. Sin embargo la puerta no habría y cuando pensó que ya nada podría empeorar esa noche, escuchó la puerta de Elsa abrirse.

—¿Hipo? —preguntó la reina asomándose, que por su voz parecía seguir despierta.

Elsa había visto a ambos vikingos discutir minutos atrás, cuando abandonó la sala de reuniones y se dirigía a su habitación. Le sorprendió verles discutir de aquella manera tan acalorada en mitad del pasillo. Elsa nunca había sido una cotilla, pero no pudo evitar quedarse unos segundos allí parada en silencio, escuchando los gritos de ambos en esa lengua que tanto había estudiado pero que apenas podía entender y menos cuando ambos la hablaban a aquella velocidad. Se sentía culpable de que Hipo estuviera discutiendo así con la chica, ya que lo poco que había hablado con Hipo sobre ella se notaba que el vikingo la adoraba y por alguna razón le dolió verlos gritarse con tanta furia. No obstante, decidió que lo mejor era mantenerse al margen, dando un rodeo hasta llegar a su habitación.

Sin embargo, al meterse en la cama —y pese a los buenos consejos de Estoico—, no pudo conciliar el sueño. No podía apartar de su cabeza la voz de aquellas gentes pidiendo ayuda en el fuego, como tampoco podía alejar la mirada de rencor de Lena. Seguía sin poder creerse que estuviera allí, en aquel mismo castillo, como años atrás. Cada vez que la pensaba se le iba el aire del cuerpo y una terrible sensación de angustia la invadía. Por esta razón, acabó levantándose de la cama y se puso manos a la obra en la tarea de hojear aquellos libros que tenía amontonados, como si en sus letras pudiera encontrar algún consuelo o distracción a su sufrimiento.

Hasta que había oído a Hipo pelear con la puerta de al lado.

—No puedo abrir la puerta—le explicó el vikingo sin mucho ánimo, al verla asomada en mitad de aquel pasillo, agarrando con una mano el cuello de su camisón.

—Espera, te ayudo—se ofreció Elsa sin mucho ánimo, quien sabía que aquella puerta solía dar problemas.

No obstante, paró en seco a mitad de camino.

—Oh por Dios Hipo—dijo abriendo los ojos de par en par, corriendo hacia el chico asustada—, pero ¿qué te ha pasado? ¿Estás bien?

En aquel momento Elsa se olvidó de que llevaban días sin hablarse.

Hipo era consciente de que debía tener una pinta horrible, pero ni en sus peores hipótesis se hubiese acercado al aspecto que realmente poseía.

El chico no solo tenía la nariz hinchada y rojiza, sino que tenía todo el rostro cubierto de sangre seca, en especial la nariz y la barbilla. Además, toda su camisa estaba manchada por un rio de sangre que le iba desde el cuello hasta el vientre, por no decir que toda su manga izquierda era un charco de sangre seca, al igual que sus manos, que ya habían dejado marca en el pomo de la puerta.

—Tranquila, estoy bien de verdad—le quitó importancia Hipo, agotado.

—Oh Dios… —fue lo único que consiguió articular Elsa.

Hipo bajó la mirada, avergonzado de lo que pudiera pensar esa mujer con la que había compartido momentos de auténtica complicidad. Ahora la sentía tan lejos que no podía evitar sentirse incómodo bajo su mirada.

—Me… ¿me abres la puerta? —pidió cabizbajo—. Por favor.

—Cla…, claro—aceptó Elsa, sin cambiar su cara de preocupación.

Hipo se hizo a un lado para dejarla hacer. La reina, tal y como el primer día que abrió aquella habitación, dio un pequeño empujón con el hombro mientras giraba el pomo, haciendo ceder la cerradura. Tras esto se hizo a un lado y dejó pasar a Hipo, silencioso.

—Gracias—le dijo, entrando en la oscuridad de aquella habitación.

Iba a cerrar la puerta cuando Elsa se coló decidida en el cuarto, cerrándolo tras de sí. Hipo la miró sin comprender, viendo cómo se dirigía hacia la chimenea para encender el fuego, calentando e iluminando la habitación en penumbra.

—¿Qué haces? —terminó preguntando Hipo, sin salir de su desconcierto.

Elsa cogió también un barreño, creando un bloque de hielo en su interior y poniéndolo junto al fuego para derretirlo.

—Ayudarte a que te limpies esa sangre—se limitó a decir ella decidida, sin poder ocultar el cansancio de las noches sin dormir—. A menos que me digas que no es tuya—añadió seria, con un tono que a Hipo le dio hasta escalofríos.

El vikingo tragó saliva, sin saber muy bien qué hacer, mientras Elsa seguía allí agachada junto al fuego, con su camisón blanco y ese chal granate que le había visto los últimos días sobre sus hombros. Lo que más le extrañó fue verla con el pelo suelto, ya que no la había vuelto a ver así desde su noche de bodas.

—Vamos—le apremió ella, sacándolo de su inopia—, quítate la ropa—le ordenó, concentrando su mirada en el fuego y en aquel barreño que comenzaba a llenarse de agua.

Hipo tardo unos segundos en reaccionar, sintiéndose como cuando era niño y su padre le regañana por algo que había hecho mal, pero finalmente obedeció y en silencio se fue desabrochando las correas de su traje hasta quitarse toda la estructura que siempre llevaba consigo. Tras esto se quitó la camisa, sacándosela por la cabeza con cuidado, intentando que no le rozara la nariz, ya que empezaba a bombearle la sangre con fuerza en la zona amoratada.

—Puedes dejarla en el suelo—dijo Elsa sin mirarle—. Mañana le pediré a las doncellas que la laven.

Hipo cumplió también con aquello, dejando la camisa en el suelo, cerca de la puerta.

—Esto ya está—dijo la chica sacando el barreño del fuego y colocándolo sobre una pequeña mesita de la habitación.

Tras esto se volteó, enfrentándose a un Hipo que la miraba triste y derrotado. Elsa le sostuvo la mirada durante un instante, como si ambos tuvieran la misma necesidad de pedirse disculpas, pero ninguno fuera capaz de decir nada. La chica enseguida bajó la mirada, porque además Hipo estaba semidesnudo y aunque no era la primera vez que veía a un hombre sin camiseta, sí que era la primera vez que lo hacía en la misma habitación y a solas, en la intimidad de la noche.

—Voy a por una toalla para que puedas secarte—anunció, recogiéndose un mechón de pelo tras la oreja, algo nerviosa—, ahora vuelvo.

Hipo asintió en silencio y la vio marchar.

La reina no tardó mucho en regresar con una pequeña tela blanca. Entró sigilosa y cerró la puerta con cuidado, ya que prefería que nadie supiera que estaba allí, aunque sabía que por suerte estaban bastante alejados del resto como para que alguien pudiera escucharles.

Cuando entró Hipo estaba de espaldas, terminando de lavarse las manos, aunque seguía teniendo sangre en los brazos y la cara. Elsa lo escrutó un momento con detenimiento, recorriendo su espalda desnuda con la mirada. El chico era bastante delgado para ser un vikingo o al menos la idea que ella siempre había tenido de los vikingos. No obstante, a pesar de no ser muy musculoso o corpulento, estaba bien tonificado. También tenía los hombros cubiertos de pecas y una pequeña marca en las lumbares, como de una herida mal cicatrizada.

El chico se giró al verla allí plantada. El chico tampoco no era muy velludo, lo que chocó bastante con la idea que Elsa tenía sobre la desnudez de los hombres. El vikingo apenas tenía unos cuantos cabellos desordenados en el pecho y en el bajo vientre, donde una línea de vello se perdía donde la imaginación de Elsa se negaba a entrar. No obstante, cerca de su obligo descubrió la pequeña marca que se había hecho cuando se conocieron. Hipo siguió la dirección de la mirada de Elsa, observándose a sí mismo y descubriendo que la chica estaba mirando el corte que se hizo para fingir que habían consumado su matrimonio.

—Ya apenas se nota—dijo amistoso, intentando romper aquel silencio incómodo—. Aunque al final creo que me quedará algo de marca.

—Lo siento—dijo Elsa, avergonzada de que el chico la hubiese descubierto mirándolo.

—No pasa nada—le respondió, apretando los labios.

Elsa bajo la mirada, tomando algo de aire.

—¿Prefieres que me vaya? —dijo entonces Elsa—. Quizás te es más cómodo— y sin esperar a que respondiera dijo—: sí, mejor me voy, te dejo aquí la toalla.

—Espera Elsa—le pidió Hipo, antes de que la chica se marchara—. No quiero molestarte, pero creo que necesito más agua, ésta ya está sucia.

—Oh claro, claro —intentó calmarse Elsa— puedes tirar la sucia por ese agujero de ahí—le explicó.

Hipo obedeció y le devolvió el barreño donde Elsa repitió el mismo procedimiento anterior. El chico se sentó en una silla a esperar que el hielo se derritiera mientras que Elsa simplemente se quedó en cuclillas frente al fuego, en silencio.

Apenas se oía otro sonido que el crepitar del fuego y el de sus propias respiraciones. Cada uno estaba perdido a su modo en sus propios pensamientos, Elsa siendo perseguida por sus fantasmas del pasado e Hipo perdido en esa última mirada devastada de su novia.

—Puedes irte a dormir si quieres—rompió el silencio Hipo—. No tienes que preocuparte por mí, ya me has ayudado bastante.

Elsa lo miró, sonriéndole por primera vez.

—Me quedaré un rato más, por si necesitas más agua.

Pero lo cierto es que no quería estar sola y menos en aquella habitación donde en los últimos días solo había sido visitada por pesadillas y gritos de terror a los que no podía socorrer.

—Gracias—le dijo sincero el vikingo.

Esperaron un rato más hasta que finalmente se derritió todo aquel bloque y el agua se calentó. Elsa se sentó sobre la cama, mientras Hipo se retiraba la sangre seca de los brazos y el cuello y se lavaba a fondo la cara.

La chica comenzó a ojear los libros que el vikingo tenía encima de la cama, deteniéndose en uno que había dejado abierto que estaba en latín. Justo al lado tenía una hoja de papel llena flechas y garabatos, donde tenía anotadas letras en varias escrituras.

—¿Has encontrado algo útil estos días? —le preguntó la chica, intentando descifrar todo aquello.

—No mucho—fue franco—, si te soy sincero necesito un poco de ayuda, ya que no sé leer muy bien tu lengua.

A Elsa aquello le pilló por sorpresa, ya que había dado por hecho que si Hipo podía hablar su lengua con esa destreza también podría leerla, pero entonces recordó que tenían alfabetos distintos.

—¿Esto es entonces una tabla de correspondencias? —le dijo, señalando aquel papel.

Hipo se pasó la toalla por la cara y se acercó a ella, mirando el papel que tenía en la mano. Elsa se echó levemente hacia atrás por su cercanía, además de porque verlo así sin camiseta la ponía algo nerviosa.

—Sí —le confirmó—. O eso he intentado, porque hay cosas que no consigo traducir bien—explicó, señalando en el papel—. Mira, por ejemplo, ¿esa letra cuál es? ¿Y por qué la escribís de distinta manera según qué palabras?

Elsa puso atención en el papel y entendió que la escritura de los vikingos no tenía acentos.

—La letra es la misma, lo que cambia es la forma de pronunciarla—le explicó—, por eso le ponemos esos signos arriba, pero no te líes demasiado con eso… Mira si quieres te lo corrijo mientras te vistes.

Aquello último lo dijo más por ella que por Hipo, pero el chico accedió agradecido.

—Vale, gracias.

Hipo terminó de secarse, sacando muda limpia del baúl y poniéndose una camiseta blanca más holgada mientras Elsa corregía las correspondencias entre dialectos y escrituras.

—Toma—le entregó Elsa la nota cuando Hipo se sentó en la cama junto a ella.

Hipo descubrió que Elsa tenía una caligrafía preciosa, al igual que su hermana y no sólo eso, sino que además escribía bastante bien en el dialecto de los vikingos.

—Creo que si usas eso no tendrás problemas para traducir—apuntó ella—, aunque si quieres puedo dejarte a ti los libros en latín, que quizás te es más fácil.

Hipo asintió, concordando que era buena idea. Elsa lo miró entonces en aquella luz de duermevela y agradeció que Hipo no estuviera en tan mal estado como había pensado en primer instante; al verlo cubierto de toda aquella sangre. Ahora, con la cara limpia y sin rastros de sangre, Elsa pudo comprobar que sólo tenía un pequeño corte en el tabique, aunque se le estaba hinchando toda la zona. También era fácil adivinar que había estado llorando.

—¿Te duele? —le preguntó.

El chico suspiró, realmente cansado y con la extraña sensación de jaqueca que le había dejado su discusión con Astrid.

—Un poco—confesó—Siento que me arde.

Elsa se levantó de la cama y se colocó frente al vikingo, quien alzó la mirada desconcertado sin entender las intenciones de la reina.

—A ver… —dijo Elsa, agarrando la barbilla del chico para observarle, concentrada.

Hipo volvió a ver en ella a esa criatura mágica, tan pálida y resplandeciente como los Dioses a la luz del fuego, observando cómo el pelo blanco de la chica le caía desordenado por el camisón y sus ojos volvían a emanar ese brillo mágico.

—Es solo un corte sin importancia—se apresuró a decir él, confuso por aquel contacto—. Me he puesto a sangrar por la nariz, por eso parecía que tenía más importancia de la que tiene.

—No te muevas—le susurró Elsa.

Hipo obedeció, confundido y abochornado, quedándose callado mientras Elsa le colocaba con suavidad ambas manos sobre la zona inflamada, haciéndole sentir una agradable sensación de frescor donde la sangre le bombeaba caliente bajo la piel. Al instante pudo sentir también aquel cosquilleo mágico que tan agradable le había parecido varias noches atrás.

Cómo podía ser tan cálido sentir sus manos heladas sobre su piel.

—¿Mejor? —preguntó Elsa, sin apartar sus manos de él.

—Mucho mejor—reconoció el vikingo, aliviado y abrumado por aquella sensación.

Elsa sonrió para sí en silencio, bajando la mirada para no encontrarse con la de Hipo, ya que era muy incómodo tenerlo tan cerca y no quería que el vikingo se diera cuenta de que le ardían las mejillas.

—Yo tampoco he encontrado nada todavía—dijo la reina para evitar quedarse a solas con sus pensamientos en aquel silencio—. Aunque realmente si te soy sincera no sé muy bien qué estamos buscando.

Por mucho que había buscado en aquellos libros, nada parecía tener relación con el suceso que Hipo encontró en el bosque.

—Yo tampoco he estado muy centrado estos días… —confesó Hipo—. Supongo que algo que tenga que ver con rituales de magia o signos…

—¿Para qué crees que Drago busca a ese hombre? —preguntó entonces Elsa, preocupada por las noticias de los jinetes—. Me preocupa no saber qué hay en ese bosque o a qué nos enfrentamos…

—A mí también—concordó Hipo—. Creo que debería volver y echar un vistazo.

Elsa recordó que Hipo le había propuesto ir juntos, pero ahora aquella posibilidad le parecía extraña.

—Bueno, debería irme ya—dijo Elsa, apartando con delicadeza las manos de la cara del chico, dejando a Hipo con una extraña sensación de vacío—. Imagino que estarás cansado.

Hipo asintió levemente, viendo cómo Elsa se echaba todo el pelo hacia un lado y escrutaba la oscuridad.

—Mañana pediré que limpien tu ropa—anunció mientras rehacía su camino hacia la puerta—Buenas noches.

Por alguna razón que ni él mismo entendía, no quería que Elsa se marchara. Le daba miedo quedarse solo porque sabría que no podría conciliar el sueño, dándole vueltas una y otra vez a todo lo ocurrido aquella noche. Por esta razón tomó valor, recordando las palabras de Astrid.

—Espera, Elsa—pidió, levantándose de la cama.

Quería disculparse por su discusión y por haber estado evitándola durante días. No es que conociera a Elsa demasiado, pero sentía que la chica no podía pensar aquello sobre los tullidos y recordando las sabias palabras de Astrid, seguramente Elsa solo había actuado como pensaba mejor para esa pobre chica. Además, en ningún momento él le había preguntado realmente cómo estaba llevando todo el tema de los supervivientes, cuando en el fondo sabía que aquella mujer se pasaba las noches en vela, atormentada por ello. Aunque no quisiera admitirlo, Hipo la había oído llorar las últimas noches al otro lado de la pared y había sido tan orgulloso como para no llamar a su puerta. Y ahora la tenía ahí delante, preocupada por el bienestar ajeno como siempre, sin hacer preguntas y sin importarle que no se hablaran y sin mucho menos dudar en ayudarle. Se había precipitado en juzgarla.

No obstante, pese a todas las cosas que quería decirle, no fue capaz de decirle nada.

—Gracias —fue lo único que pudo articuló—, de verdad.

—No tienes que dármelas—se limitó a decir ella, cerrando con cuidado la puerta tras de sí—. Buenas noches, Hipo.

—Buenas noches, Elsa.

Y cada uno se quedó en silencio en su habitación, repitiéndose en su cabeza una y otra vez todas aquellas cosas que necesitaban decirse.

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¡Espero que os haya gustado! Y tranquilxs, que ya buscaran la forma de decirse todo aquello que ahora no pueden.

En cuanto a la pelea de Hipo y Astrid tengo que decir que me costó horrores escribirla, porque realmente ellos no me parecen una pareja que discuta ni quiera hacerse daño, se quieren demasiado. No osbtante Astrid es muy temperamental e Hipo muy cabezota, así que bueno, por algún lado tenía que salir xD. A ver ahora cómo lo gestionan.

REVIEWS

Kolomte'49: hola! ¿Qué tal todo? Me alegra saber que te está gustando el rumbo de los acontecimientos y que te gustó el giro. Por supuesto todo no iba a ser un camino de rosas jajaja y ya aviso que habrá espinas. ¿Te gustó Lena? Jo, qué ilu porque creo que tiene una trama muy bonita en la historia. Ya lo iréis viendo! Yo también pensé en principio meter a Astrid en el capi anterior, pero se me alargó demasiado como de costumbre y opté por reorganizar un poco y equilibrar, y bueno, me alegra saber que os ha funcionado. Ahora espero que te guste su aparición jajaja Un abrazo! Nos leemos ^^

Fnix 99: holii! Muchas gracias por la review! Me alegra saber que te ha gustado el capi. Como bien dices es diferente a los anteriores y genera tramas y conflictos nuevos. Me encanta leer que te gusta saber de los oficios de los personajes, ya que a mí me encanta escribir sobre ello, creo que les da humanidad. Respecto a la reconciliación... bueno, van a intentarlo jajaja Ambos son personas de paz, digo yo que intentarán arreglar sus diferencias, veremos a ver qué tal les sale. Siento haber sido un poco mala otra vez con el final xD. Jo, mil gracias por tu bonita review, me alegró el día, en serio. Un beso!

flores231: hola! Mil gracias por la review! Qué bien que te gustó y que te animaras a escribirme, me hizo mucha ilusión saber que te habías leido la historia del tirón! XoX! Yo espero poder públicar seguido dentro de mis posibilidades y así que tranquilx, iré actualizando con frecuencia ^^

ZAIKO23: ey! ¿Qué tal? Siii, se lio un poco todo jajaja y más ahora que llega Astrid. ¡Solo acaba de empezar! Esperemos que gestione todo lo que está pasando de la mejor manera posible xD. Saludos y mucho ánimo con todo.

Muchas gracias también a todos los lectore anónimos y amigos que seguís fieles a la historia ^^