HOLA!

¡Estoy de vuelta! Espero que estéis llevando bien estos días y que tanto vosotros como vuestras familias estéis bien. Aquí en España parece que las cosas están mejorando un poquito, pero a ver qué pasa, porque van a implatar nuevas medidas y no se sabe muy bien qué va a pasar. En fin, si alguien necesita hablar, que sepa que puede hacerlo conmigo ^^

Hoy traigo un capítulo con mucho drama, sorry jajaja. De hecho si os soy sincera me ha costado horrores escribirlo y tengo mis dudas con como quedó finalmente. Espero que os guste igualmente. Aviso también que es bastante largo, de hecho, es lo más largo que he escrito nunca para Fanfiction así que a ver qué tal. Imagino que los capis irán siendo más cortitos a medida que el tiempo pase y la situación cambie, al igual que la frecuencia de actualización (todavía no me creo que vaya a una semana por capi jajajaja xD). Así que bueno, mientras dure, espero que los disfrutéis y que se os hagan los días más amenos.

Quería decir también que estoy súper contenta con toda la gente que me ha escrito o me ha dejado un comentario para decirme que están disfrutando la historia. De verdad, me alegráis los días y me llenáis de motivación. Por esta razón, a todos los que me habéis dejado un comentario más extenso o varios, he preferido contestaron por privado, para poder daros mejor respuesta ^^. Los demás nos vemos abajo, y MIL GRACIAS POR DADME FEEDBACK Y TANTO ÁNIMO!


LA CHICA DE LAS COCINAS

.

.

.

.

.

Astrid apenas había dormido nada en toda la noche cuando decidió salir de una vez de la cama y afrontar que tenía que seguir adelante.

La noche anterior, cuando llegó a la habitación y dejó a Hipo al otro lado tras la puerta no pudo evitar pensar que no podía soportar aquello, —que era demasiado—, y pese a esa fuerza suya que siempre la había acompañado, terminó derrumbándose por completo. No solo estaba destrozada por la noticia, sino que física y mentalmente también estaba exhausta y derrotada, como si todo el cansancio acumulado durante días hubiese decidido al fin dar la cara y avisar a su dueña de que debía descansar inmediatamente.

Caminó con cuidado en la oscuridad, para intentar no despertar a Mocoso y Patapez, que ya estaban durmiendo. Se fijó también en que a su lado había varias camas vacías, para ella y los gemelos, pero ambas estaban desocupadas, —signo de que ellos debían seguir todavía en la enfermería—, por lo que Astrid se tomó la libertad de coger la cama más alejada del grupo. Con sigilo se deslizó entre sus cosas, quitándose la pesada armadura cubierta con la sangre de Hipo y se lavó la cara con un poco de agua limpia que habían dejado.

Una vez aseada y con un nudo en el estómago se metió en aquella cama improvisada que le pareció realmente cómoda y dejó que todo saliera. No podía creérselo y se repetía una y otra vez que aquello era solo una pesadilla, que pronto se despertaría en mitad del bosque a varios días de camino de allí y que, al llegar a aquel reino, nada de eso habría pasado. No obstante, sabía que no servía de nada engañarse, dejando al fin caer sobre la almohada todas las lágrimas silenciosas que pudo, respaldada por aquella oscuridad y los ronquidos de sus amigos.

Por esta razón, casi antes de que saliera el sol y amparada por la claridad del día, decidió ponerse en marcha. Fue entonces cuando vio su bolsa de equipaje y se preguntó preocupada dónde estaba Tormenta, ya que lo último que había hecho era dejarla en el patio de aquel castillo y era la dragona quien portaba sus cosas. Aquella idea le provocó un terror inmediato y latente, sobretodo porque se sintió culpable por haberse olvidado de su mejor amiga.

—Si estás preocupada por los dragones—dijo un soñoliento Mocoso que se había erguido al escucharla mover los bártulos—. Anoche los llevamos a una especie de pajar que parece una mazmorra, pero están bien.

Porque era una mazmorra, aunque él no lo supusiera.

Astrid se giró en la oscuridad al escucharle, asustada de su voz, pero aliviada de sus palabras.

—Dioses, Astrid, no ha salido el sol todavía —se quejó el muchacho, volviéndose a arropar hasta el cuello con las sábanas—. ¿Qué haces despierta tan temprano?

—No puedo dormir—se limitó a responder, mientras cogía sus cosas para vestirse en el apartado de la habitación.

Mocoso sabía perfectamente el motivo por el que Astrid no podía dormir. Todavía recordaba lo incómodo y violento que había sido para todos descubrir en aquella reunión que Hipo se había casado con la reina. No obstante, no dijo nada, porque a él no se le daba bien consolar a la gente y aunque le hubiese gustado darle un abrazo a su amiga, no tuvo el valor de salir de la cama. Sinceramente, no podía creerse que Hipo le hubiese hecho eso a Astrid, aunque pensaba que tarde o temprano lo solucionarían.

Astrid se vendó el peño, se puso las mallas junto al resto de su ropa de diario y salió por las puertas sin hacer ruido.

Apenas recordaba el camino que había hecho la noche anterior junto a Hipo para llegar hasta allí, pero le sorprendió ver que ya había gente del servicio dando tumbos por los pasillos, así que preguntó por la enfermería ya que los Torton debían haber pasado la noche allí.

Eso al menos le mantendría la cabeza ocupada.

La sala destinada al recuperado de enfermos era un lugar oscuro, húmedo, vaporoso y con el aire rancio. Apenas había camillas y casi todo el suelo estaba inundado de colchones de paja improvisados donde dormían los menos graves, además de enseres varios como orinales, tarros y tarros de especias y cuchillos manchados de tanto quemar sus puntas. Entre todo aquel caos, reinaba un silencio de ultratumba que solo osaba ser interrumpido por quejidos roncos de enfermos que vigilaban de cerca varias centinelas de miradas cansadas que correteaban de un sitio a otro con delantales manchados de sangre, cual carniceras.

Astrid se sorprendió bastante del aspecto de aquel lugar, descubriendo por primera vez entre tanto lujo que efectivamente había habido una masacre en aquel reino.

—Aquí no se puede pasar—dijo entonces una mujer de mediana edad a la que le faltaban algunos dientes.

La vikinga frunció el ceño, molesta por la actitud tan poco amable de esa mujer.

—Estoy buscando a unos amigos—dijo la vikinga en la lengua de aquellas tierras, sin poder ocultar su fastidio.

—Lo siento, pero los enfermos todavía duermen y no podemos dejar pasar a nadie—se negó en rotundo.

Astrid, que nunca tuvo mucha paciencia, respiró hondo e hizo uso de todo su autocontrol.

—Solo quisiera comprobar que están bien—le explicó con el tono dulce e inocente que usaba para hablar con desconocidos—. Le prometo que no me demoraré.

—Lo siento, pero no—dijo rotunda.

Astrid iba a reprocharle algo cuando una voz detrás salió a su rescate.

—Déjala pasar Thea—dijo la voz de aquella mujer.

Por su físico ambas mujeres deberían rondar la misma edad, aunque se notaba por el gesto de la recién llegada que ésta había tenido mejor suerte en la vida, ya que su rostro seguía terso y sus ropas eran elegantes y de algodón.

—Acompáñame —le ofreció entonces—, imagino que eres también del grupo de jinetes que llegaron anoche, ¿verdad?

Astrid asintió, acompañando a aquella mujer por el laberinto de camastros y cuerpos heridos. La vikinga examinó todo a su alrededor y se sorprendió de lo avanzados que parecían en las artes curativas.

—Mira, ahí los tienes—dijo señalando al fondo—, cualquier otra cosa que necesites me buscas. Por cierto, soy Miranda, mucho gusto.

Astrid estrechó su mano cálida y le devolvió la sonrisa.

—El gusto es mío—respondió agradecida—. Muchas gracias por su ayuda.

Tras despedirse de esa afable mujer, se acercó al rincón donde estaban los gemelos. Chusco estaba tumbado en un camastro en el suelo, sin camiseta y con todo el brazo inmovilizado en una amalgama de vendas y cuerdas. A su lado estaba Brusca, sentada junto a su hermano dormido, con la cabeza echada en la pared y con el casco sobre la cara, como si así se la escuchara menos roncar.

—Brusca—le susurró a su amiga, dándole un pequeño toquecito en el hombro, a la par que se sentaba junto a ella.

Brusca dijo al ininteligible mientras se resbalaba por la pared hasta casi caer encima de su hermano. Fue la sensación de caída lo que la despertó a la vez que el casco se precipitaba contra el suelo, armando un gran estruendo. Brusca no tardó ni cinco segundos en sacar rápidamente la daga de su cinturón y apuntar con ella Astrid, alerta.

—Ey, cuidado con eso—la apartó Astrid, quien había reaccionado con rapidez suficiente para no ser ensartada.

A su alrededor se escucharon algunos reproches, que les pedían silencio entre gruñidos y palabrotas.

—Astrid, coño, ¡qué susto! —reprochó la vikinga hablando bajito, todavía con la adrenalina de su mal despertar—. No vuelvas a hacerme eso, joder…

Brusca se llevó la mano al pecho, temiendo que el corazón se le saliera por la boca del sobresalto. Aunque Hipo le había prometido que aquellas personas eran aliados, el instinto salvaje y contradictorio de la vikinga la habían mantenido toda la noche en duermevela, preparada para atacar al menor indicio de peligro.

—Perdona, no quería asustarte—se disculpó Astrid.

—Pues vaya susto me has dado cabrona… —siguió quejándose.

Astrid le sonrió maliciosa a su amiga, consiguiendo que la vikinga borrara aquella cara de malas purgas.

—Bueno, qué quieres—dijo de mala gana Brusca.

—¿Qué le han dicho? —preguntó la vikinga por su hermano.

Los gemelos siempre habían tenido una relación amor odio mutua que sobrepasaba los límites de la razón y la cordura, cual hijos del Dios Loki. A veces se insultaban y se pegaban hasta que uno de los dos acababa sangrando, aunque al rato era común verles haciendo las paces, iniciando una apuesta o planeando qué nueva trastada hacer. Así habían sido desde siempre, desde niños y no tan niños; y pese a que Brusca se hubiese estado quejando todo el camino de la 'cuentitis' de su hermano, en el fondo estaba preocupada por él.

—Pues le han recolocado el hombro—le explicó—y se lo han bloqueado porque no saben si se le ha roto la clavícula.

—Suena grave—dijo Astrid levemente preocupada.

—Nah—le quitó importancia Brusca—. En dos semanas estará de nuevo como si no le pasara nada. Míralo—señaló entonces a Chusco que dormía con la boca abierta—, tan pancho ahí durmiendo y drogado mientras yo me he pasado toda la noche aquí preocupada como una idiota.

Astrid no pudo ocultar una leve sonrisa al escucharla quejarse. Brusca siempre decía lo que pensaba sin filtros y aunque todos la reprocharan constantemente, era sin duda una de sus mejores virtudes.

—Bueno no te preocupes, ya tendrás ocasión de vengarte—le dijo Astrid en broma.

—Y Loki sabe que lo haré—le aseguró—. Por cierto, qué dijeron ayer en la reunión del consejo, cuándo se supone que nos podemos largar de este agujero.

Lo cierto que es que en la reunión apenas habían hablado de nada y con todo lo que pasó, Astrid tampoco es que hubiese meditado mucho lo de la reunión. Se suponía que ahora debían entrenar a un grupo de mujeres de Arendelle para la inminente guerra, pero tampoco sabía qué significaba aquello. ¿Seguirían quedándose en ese reino un par de días más? ¿Semanas? Realmente si había riesgo de guerra, lo mejor era regresar y proteger Berk, ya que aquellas tierras les quedaban lejanas. No obstante, de nuevo la sensación de congoja la invadió, porque se suponía que aquellas tierras ahora eran también de los vikingos, por el enlace de Hipo. ¿Realmente les era tan importante a los vikingos contar con la reina de hielo como para sacrificar tanto? Sin embargo, algo de sensatez le despejó la mente y aceptó que si Drago ocupaba esas tierras y encontraba un elixir de la vida eterna, nada podría pararle y sin duda Berk sería su siguiente punto de mira.

—Pues realmente no han dicho cuándo nos vamos y además parece que va para largo—se limitó en explicarle a Brusca—. Se supone que a partir de ahora tú y yo vamos a entrenar junto con Alea a un ejército de mujeres.

—Qué pereza—siguió quejándose.

Astrid sonrió ante esa actitud suya. Brusca la sacaba constantemente de quicio, pero no por eso la adoraba menos.

—¿Qué vas a hacer ahora con tu pelo? —le preguntó Astrid, cambiando de tema—. Está horrible.

La vikinga tenía una de sus trenzas completamente calcinada y lo cierto es que se veía realmente extraña así.

—Tú también te ves horrible y no he dicho nada, guapa—se defendió Brusca, al notar que Astrid se veía más ojerosa que otras veces—. Me haré una sola trenza y ya está, tampoco es el fin del mundo.

Astrid escondió su sonrisa, dándole una palmada a Brusca en el hombro, para hacerle saber que estaba de broma. La vikinga le respondió a regañadientes, fingiendo que jugaba con su segunda trenza inexistente ante la risa incipiente de Astrid.

—Tampoco está tan mal, además lo mismo con este cambio de look me consigo tirar a alguno de esos soldados estirados, que parecen que les van las modositas —dijo pícara e irónica—. Oye Astrid, y ¿has visto ya a la bruja esa o qué? ¿Cómo es? —preguntó con curiosidad, porque además había apostado con su hermano dos yaks a que no era translúcida ni de hielo.

—Sí, ya he visto a la bruja esa…— respondió con resignación y cierto tono despectivo que no supo identificar.

Astrid no sabía por qué se sentía así respecto a Elsa. Sin duda la reina era de ese tipo de mujeres que se ganaban con facilidad su respecto. Se la veía una mujer inteligente, valiente y poderosa, no sólo porque fuera la reina de aquellas tierras, —que eso ya decía mucho de ella—, sino porque además había tenido el coraje de dar un golpe en la mesa y poner a todos en su sitio cuando ni siquiera Estoico o Hipo habían hecho nada al respecto por detener aquella pelea campal entre ególatras idiotas. Además, Hipo le había asegurado que la reina conocía y respetaba la naturaleza de su relación con la vikinga, por lo que además le parecía una persona abierta y comprensiva. ¿Por qué la odiaba tanto entonces sin ningún motivo? Quizás por el simple hecho de que por mucho que se esforzara no podría odiarla. Y siempre es más fácil odiar.

—¿Y no es translúcida verdad? —preguntó Brusca, metida en sus pensamientos.

—No, no lo es… —dijo muy seria Astrid.

Aquello fue una victoria para Brusca, que estaba deseando que se despertara su hermano para escupirle su derrota. No obstante, aquel momento triunfal se pasó con la fugacidad de una estrella al ver que Astrid seguía seria y con una expresión que pocas veces le había visto.

—Oye As, ¿estás bien? —preguntó sin entender qué le pasaba.

—No, no estoy bien… —se sinceró Astrid, abrazándose a la otra vikinga.

Brusca iba a volver a quejarse y preguntar que qué les pasaba a todos últimamente abrazándose tanto, pero se reprimió al notar que Astrid parecía estar a punto de llorar, por lo que se limitó a corresponderle, dándole algunas pequeñas palmadas sobre la espalda.

Brusca nunca había visto llorar a Astrid, más allá de algunas ocasiones contadas cuando eran niñas. Por esta razón no entendía qué motivo podía existir en el Midgard para hacerla mostrarse de esa manera.

—¿Todo bien por aquí? —dijo la suave voz de una joven que se les acercó.

Astrid se separó rápidamente de Brusca, limpiándose la cara para ocultar ese tonto momento de flaqueza.

—Sí, sí no te preocupes—respondió Brusca por las dos, justificando la situación—, es que es muy aprensiva y al verlo ahí tirado en el camastro se pensó que estaba muerto.

Aquella escusa era la idiotez más grande que había escuchado Astrid en días, pero agradeció el gesto de su amiga, sin evitar dibujar una sonrisa en su rostro. La chica también les sonrió y en ese momento la vikinga descubrió que se trataba de la joven que la noche anterior se aventuró a cruzar a través de los dragones para revisar las heridas de Chusco.

—Tranquila, no está muerto—le dijo Rose con su tono amable, agachándose y tomándole la temperatura a Chusco, que dijo algo ininteligible—. No tardará en despertar, si no le veo antes de que se marche, decidle que no haga esfuerzos con el brazo y que no se quite la venda.

—De acuerdo, muchas gracias—fue extrañamente educada Brusca, quien aquella mujer le había caído en gracia.

—Por cierto, la princesa Anna os busca —le dijo Rose a la vikinga—, mmm… Astrid ¿verdad?

Astrid asintió.

—Está ahí en la puerta.

Rose le señaló con la cabeza en dirección a la entrada, redirigiendo la mirada de Astrid hasta una joven pelirroja con dos trenzas que levantó la mano para saludarlas desde lejos. Aquel simple gesto inocente hizo que se ganara la confianza de Astrid, quien se levantó del suelo.

—Muchas gracias…

—Rose.

—Muchas gracias Rose—agradeció Astrid—, voy ahora mismo. Nos vemos luego Brusca.

Astrid se despidió de su amiga dándole un leve apretón en el hombro, dejando a Brusca algo confusa, sin saber qué diablo le pasa a la vikinga.

—Tú también deberías descansar—le recordó Rose a Brusca, antes de alejarse de allí y dejarla refunfuñando mientras simplemente empujaba a su hermano y se hacía un hueco junto a él en ese camastro sucio.

Sí, definitivamente necesitaba dormir un poco.

.

Anna siguió saludando a Astrid con la mano hasta que la vikinga estuvo lo suficientemente cerca de ella. A Astrid le sorprendió lo diferentes que se veían ambas hermanas ya que Anna no sólo tenía un colorido cabello pelirrojo, sino que además tenía una expresión más inocente y dulce que la reina, con una mirada llena de energía y jovialidad.

—¿Está bien el novio de tu amiga? —preguntó cortés Anna, quien llevaba a buscando a la vikinga un buen rato y solo gracias a la ayuda de las sirvientas había podido dar con ella.

Anna sabía que uno de los jinetes había llegado herido, pero hasta ese momento no había reparado en cuál era la situación.

—Oh, no, no son novios—dijo espantada Astrid ante aquella idea—, son gemelos, que no sé qué es peor—refiriéndose al vínculo que compartían— y sí, tranquila, Chusco está bien, gracias a los Dioses.

—Ay me alegro mucho entonces—respondió con sinceridad Anna—, ya decía yo que se parecían mucho… —señaló algo avergonzada—. ¿Has desayunado algo?

Astrid negó y Anna sonrió de oreja a oreja.

.

Hipo tuvo razón al decir que a Astrid le iba a caer bien la princesa Anna. Aquella chica tenía una energía y una voluntad emprendedora que fascinó a Astrid desde el primer momento.

La princesa guío a Astrid a través de aquel laberíntico castillo mientras le narraba brevemente la historia de Arendelle y le explicaba por encima todo lo que había pasado la noche en que aquel extraño había llegado a sus tierras. A la vikinga le sorprendió la espontaneidad con la que Anna contaba la historia de sus vidas, como si no tuviera importancia alguna haberse pasado diez años aislada y sola en aquel castillo. También le sorprendió la naturalidad con la que se movía por aquel palacio, cruzando pasillos, abriendo puertas y deslizándose sin permiso por las cocinas, donde cogieron varias tortas de harina y dos manzanas para desayunar. Por el camino la princesa siguió explicándole su actual situación, pero decidió ahorrarse la parte sobre la boda de su hermana y el vikingo, ya que imaginó que hablar de aquello sería muy incómodo en presencia de Astrid y más después lo que pasó la noche anterior.

En su cabeza Anna había simplificado mucho las cosas, pensando que su hermana e Hipo hacían una pareja preciosa y que por muy enamorado que el vikingo pudiera estar de alguna campesina, tarde o temprano se daría cuenta de que Elsa y él estaban hechos el uno para el otro; —tal y como acaban todas aquellas historias que había releído una y otra vez cuando era niña.

No tenía duda, acabarían enamorándose y siendo felices en aquel reino.

No obstante, al ver a Astrid llegar a la sala del consejo la noche anterior y ponerse en pie para hablar, se había dado cuenta de que había simplificado mucho las cosas y que aquella mujer no parecía un capricho cualquiera. De hecho, aquella primera impresión de la vikinga la intimidó bastante, viendo en ella una especie de ángel guerrero que sin poderes había echado a arder aquella sala solo con su presencia. Ahora ya no tenía tan claro qué pensar y sólo deseaba que la mirada 'de amor' que había visto en los ojos de su hermana hacia el vikingo fuera simplemente una fantasía suya y no una realidad, temiendo que su hermana pudiera sufrir con toda aquella situación.

—Por eso al final hemos decidido instruir a las mujeres—siguió explicándole Anna las decisiones tomadas en los últimos días—, pero el coronel es tan intransigente que no quiere entrenarlas.

—¿Y por eso me necesitáis no? —fue al grano Astrid.

—Algo así—sintió Anna algo de vergüenza, ya que no quería hacerle ver a la vikinga que solo tenía un interés vacío—, Alea y Briel también se han prestado a ayudar y creo que contigo y tu amiga…

—Brusca—le ayudó Astrid.

—Brusca, eso—agradeció la princesa, extrañada por el nombre—, creo que será suficiente. Aunque si te soy sincera ahora mismo todo es un poco caótico porque las mujeres siguen sin estar muy seguras.

—Bueno, yo hablaré con ellas—aceptó el reto Astrid—. ¿Cuándo empezamos?

Anna dibujó una sonrisa en su rostro, encantada de sentir que al fin todo comenzaba a ponerse en marcha.

—.—.—.—.—.—.—.—

Hipo tampoco había podido dormir en toda la noche y tan pronto como amaneció salió despedido hacia las mazmorras para salir a volar con Desdentao.

En su cabeza no paraba de repetir una y otra vez la discusión que había tenido con Astrid, sobre todo sus últimas palabras: 'no quiero pasar a los libros de historia por ser la puta de un rey', le había dicho justo antes del incidente del golpe. Y lo peor es que todavía no sabía qué le había dolido más, si eso o que le dijera que era un inmaduro que no se tomaba de sus responsabilidades en serio. Y es que en ningún momento había aceptado que casarse con Elsa lo convertía en rey, en rey de unas tierras que no quería y eso sin duda era más que una gran responsabilidad.

Respiró y gritó en el aire, dejándose caer tumbado sobre su dragón, sin poder explicarse cómo en una semana se le había podido complicar tanto la vida. Él no quería que Astrid se sintiera como la otra, ni que la gente la juzgara. Para él Astrid era la única. No había más discusión. Sin embargo, entre todo aquel cacao mental que tenía le venía una y otra vez la agradable sensación de la magia de Elsa y se daba cuenta que aquella chica lo perturbaba más de lo debido y no sabía por qué. Eran adultos, no entendía por qué no podía parar de mirarla de aquella manera o sentirse intimidado en su presencia. Quería pensar que simplemente todo aquello se debía a algo primario y básico, como que llevaba semanas sin satisfacerse o a que echaba de menos a Astrid. Tenía que ser eso, porque la reina en sí le parecía una espinaca.

Pensar aquello lo hizo sentir mal de inmediato y más después de lo bondadosa y comprensiva que Elsa había sido con él. La reina no solo no le había puesto ningún impedimento a nada, sino que tampoco lo había juzgado por mantener una relación con otra mujer sin haberse casado y además había hecho el esfuerzo de escucharle para liberar a los dragones y abrir la cúpula. Sí, sin duda aquella mujer se había ganado su aprecio y era de cobarde no aceptar que le parecía tremendamente inteligente y bellísima.

Cerró los ojos, dejando que la brisa gélida le acariciara la cara, como lo habían hecho las manos de la reina, intentando no pensar.

Le debía una disculpa a Elsa.

Hipo salió de su trance de repente, al notar que Desdentao se ponía alerta, consiguiendo alejar todos aquellos pensamientos confusos de su mente y centrarse en dónde estaba y qué estaba pasando. El vikingo se irguió, preocupado.

—¿Qué pasa?, campeón—le preguntó acariciando la cabeza del dragón mientras escrutaba el cielo.

Hipo miró hacia abajo, descubriendo que se habían alejado más de lo que pensaba y que se hallaban en los límites del bosque prohibido, aquel que Elsa le había explicado que estaba encantado. Por un momento consiguió alejar todos aquellos dramas y se concentró en lo que mejor se le daba: indagar.

—¿Qué pasa? ¿Has visto algo? —preguntó a su amigo, haciendo que descendieran un poco—. Vamos a acercarnos un poco más, chico.

Hipo escrutó aquel entorno, pensando qué estaría Drago buscando en aquellos bosques y para qué necesitaba a un cazadragones experto. En aquel momento algo en su cabeza pareció encajar, relacionándolo inmediatamente con el otro asunto al que más vueltas le había dado en los últimos días después de al desastre de su vida amorosa.

Hipo llevaba años buscando y estudiando la existencia de otros furias nocturnas. Estaba convencido que Desdentao no podía ser el último ejemplar de su especie, ya que además los dragones solían poner al menos dos huevos por camada y el destino de su especie no podía ser tan cruel como para haber dejado a su dragón solo en el mundo. Debía haber más, en algún otro lugar. Quizás su dragón simplemente se había desorientado y había ido a parar al otro lado del mundo, donde se había quedado solo, separado de los cientos de su especie que debían estar en otro sitio, en otro hábitat. El vikingo llevaba años dándole vueltas a aquel asunto y por un momento aquella posibilidad le pareció una revelación.

—¿Y si es a este bosque dónde perteneces? —susurró el vikingo a su dragón, preguntándose a sí mismo.

No obstante, el dragón lo miró sin comprender, como si no pudiera recordar haber estado allí. El vikingo sacó su cuaderno, buscando el mapa que había trazado del bosque, donde había señalado el lugar exacto donde se habían topado con esa matanza.

—Esto me gusta tan poco como a ti… —le explicó entonces, acariciando su lomo—, pero vamos a volver donde encontramos al dragón.

Hipo pudo ver un extraño miedo en Desdentao, pero el dragón no puso objeción a los deseos del vikingo y juntos sobrevolaron gran parte del bosque hasta llegar al punto exacto del mapa. Era confuso lo cambiante que le parecía el entorno si lo comparaba con la primera vez que había estado allí, ya que tardaron menos en llegar de lo que pensaba. No obstante, desde el aire era difícil estar muy seguro de si era o no el mismo lugar, ya que había una extraña neblina cubriéndolo todo.

—¿Tú recuerdas que hubiera tanta niebla? —le preguntó extrañado a su dragón, que seguía muy alerta, mirando y olfateando e todas las direcciones.

Hipo notó en seguida su nerviosismo y creyó que aquello no era buena idea.

—A mí también me da mala espina—concordó Hipo con su dragón—. Quizás lo mejor es que regresemos y volvamos en otro momento…

No obstante, antes de terminar la frase, Desdentao ya había tomado la iniciativa de descender y acercarse más, introduciéndolos a ambos a través de la niebla. Volaron tan bajo, que Hipo tuvo que cubrirse la cara y pegar el cuerpo a su dragón para no ser azotado por las ramas de los árboles, sin poder evitar darse un golpe en la cabeza con una.

—¿Se puede saber qué te pasa? —reprimió el vikingo a su dragón algo dolorido y sin comprender qué mosca le había picado a su amigo.

Estaban tan cerca del suelo y los árboles eran tan frondosos que terminaron aterrizando para evitar que Desdentao se destrozara la cola, ya que no solo Hipo era el que estaba siendo golpeado por los árboles.

—Esto no es buena idea—aseguró Hipo al sentir aquel silencio de ultratumba en el bosque.

Desdentao sin embargo comenzó a gruñir, indicándole que se fijara bien. Hipo lanzó un vistazo a su alrededor, intentando comprender. Y entonces entendió qué es lo que había notado su dragón.

—Por todos los Dioses…

Fue lo único que pudo decir Hipo al encontrarse de nuevo con aquel lugar.

—.—.—.—.—.—.—

Anna se había encargado de hacer reunir a todas las mujeres en el patio interior del castillo, junto a la armería improvisada. Ya había puesto a Astrid a la orden del día del trabajo que ella, Bocón, Hipo y Kristoff habían estado realizando en los últimos días, recogiendo y fundiendo materiales para empezar a fabricar armas. Cuando la princesa le explicó que solo estaban haciendo espadas y escudos, la chica miró con extrañeza a su maestro, quien le explicó que a él también le parecía raro que no quisieran pelear con hachas o machaca-cráneos.

—Ya pedirás uno—le dijo Astrid a la princesa, repitiendo sin saberlo las mismas palabras que Bocón.

Astrid observó al grupo de mujeres y sintió una profunda pena. No serían más de cuarenta mujeres de distintas edades, todas ellas flacas y con las ropas gastadas y sucias por las últimas circunstancias. Ninguna de ellas parecía tener posibilidades en una batalla real, sobre todo por esa mirada de miedo y fragilidad que la vida les había obligado a llevar por bandera.

—Está bien—comenzó Astrid su discurso, en frente de todas aquellas mujeres, intentando proyectar la voz—. Mi nombre es Astrid Hofferson, de los Hofferson de Berk, entrenadora y jinete de dragones—se presentó—. Sé que muchas de vosotras no habéis cogido un arma en vuestra vida ni habréis tenido que enfrentaron a nada parecido a lo que está por venir.

Todas enfocaron sus miradas en Astrid, que sin duda parecía haber salido de un cuento de terror cristiano sobre mujeres paganas poseídas por el diablo que se bañarían en la sangre de sus hijos.

—Pero también sé—continuó—, que todas tenéis valor de sobra para proteger y luchar por lo que más amáis, por vuestros padres, vuestros hermanos, vuestros esposos y vuestros hijos e hijas. Yo no voy a obligaros a luchar en una contienda abierta ni pienso poneros en un peligro innecesario, pero al menos espero conseguir haceros autosuficientes para que no os maten.

Aquella última frase sembró un silencio de muerte entre todas ellas, que se miraron horrorizadas. Hasta la propia Anna sintió cómo la sensación de congoja le invadía el pecho.

—Lamentablemente me temo que no va a ser un camino de rosas y la princesa Anna ya me ha informado que la mayoría de vosotras tiene enfermos y otras personas a su cargo—aclaró Astrid, sonando por primera vez humana y no tan militar— por eso mismo debemos mantenernos unidas y fuertes. ¿De acuerdo?

Algunas de ellas asintieron levemente en aquel silencio, dando algo de ánimo a Astrid. La vikinga esperaba que aquel tipo de discurso lo dieran Alea o Briel, que para algo tenían edad y experiencia de sobra en las batallas. No obstante, ambas estaban patrullando aquella mañana y Anna le había pedido comenzar a ella, ya que pensaba que era algo que no debían demorar más.

—De acuerdo—siguió Astrid, antes de que el silencio fuera más incómodo—, a partir de ahora intentad alimentaros bien. Entrenaremos todas las mañanas algo de resistencia física y por las tardes intentaremos enseñaros a usar las espadas y otras armas que puedan evitaros el cuerpo a cuerpo. ¿Alguna pregunta?

Ninguna dijo nada, así que continuó su monologo.

—Genial, pues lo primero… —se organizó en su cabeza—, ¿hay alguna mujer embarazada o que sospeche que puede estarlo?

Las mujeres se miraron las unas a las otras, con esa expresión de temor.

—Los entrenamientos van a ser muy duros—aclaró Astrid, en un tono más cercano—, no quisiera que alguna sufriera un susto o un aborto. Podéis decirlo sin miedo, no pasa nada. Hay otras cosas igual de útiles en la guerra que no conllevan cuerpo a cuerpo, como el tiro con arco o la estrategia. Lo importante aquí es vuestra seguridad.

Anna notó cómo Astrid había cambiado su semblante por uno más dulce y preocupado, como si realmente le importaran aquellas mujeres que no conocía. La vikinga esperó un momento en silencio, hasta dos mujeres se atrevieron a levantar la mano.

—Estupendo—dijo intentando recordar sus caras—, intentad no sobrepasaros y recordadme que os asigne algo que os evite el cuerpo a cuerpo.

—Gracias señora—susurró una de ellas, sin atreverse a mirar a la vikinga.

—Llamadme Astrid, por favor—les sonrió con la mirada la vikinga—. Está bien, lo siguiente que necesito pediros es que busquéis otro tipo de vestimenta que os permita moveros con naturalidad. No podéis luchar con esas faldas.

Aquello fue lo único que consiguió levantar el revuelo entre las mujeres, quienes iniciaron un murmullo incipiente que se alzaba cada vez más. Astrid no comprendía qué pasada, buscando la mirada de Anna por si hallaba en ella una explicación.

—Las mujeres aquí no llevan ropa de hombre—le aclaró Anna a Astrid, hablando bajito, con un leve pudor—, es poco… decoroso.

Astrid no pudo evitar contemplarse a sí misma y entender entonces por qué todo el mundo en aquel castillo murmuraba a sobre ella o la señalaban a sus espaldas. No estaban acostumbrados a que a las mujeres se le marcaran las piernas.

—Pues no pueden luchar con esas faldas con enaguas—justificó Astrid a Anna, algo confusa—. Es imposible…

Anna intentó pensar una solución, aunque sinceramente no se le ocurría nada.

—Quizás si es una prenda que no marque las piernas… —intentó pensar Anna, a quien aquello le daba igual.

Elsa y Anna, a diferencia de las campesinas, si estaban acostumbradas a llevar pantalón bajo las faldas, sobre todo cuando salían al bosque o a cerrar algún pacto, ya que tenían la autoridad suficiente como para que nadie pudiera negarles nada. Al fin y al cabo, ninguna de las dos tenía marido—hasta ahora—ni padres que pudieran reprochar su comportamiento. Y había que ser ciego para no ver la realidad: Elsa tenía poderes mágicos y eso sin duda atemorizaba a cualquiera que pretendiera ofender a la reina.

—Podemos hacer algún tipo de falda pantalón—propuso Anna—, es tan fácil como confeccionar unos pantalones y coserles una tela ligera a las caderas.

—¿Y eso cuanto tiempo nos puede llevar? —preguntó Astrid algo molesta, ya que pensaba que aquel problema era una idiotez que solo les restaba tiempo de supervivencia.

—Si nos ponemos hoy, mañana estaría listo.

Astrid meditó aquello un momento, terminando por aceptar y comprendiendo que no estaba en su tierra y que allí las costumbres eran distintas. Siguió pensando que era una idiotez, pero no lo dijo en voz alta.

Anna fue quien propuso su idea a las mujeres, quienes tuvieron sus propias reticencias, pero finalmente se llegó a un consenso. Tras esto, consiguieron dividir a las mujeres en parejas por alturas y peso, para intentar enseñarles algunos movimientos básicos de defensa personal.

Lo cierto es que Astrid era muy buena maestra. Se le daba realmente bien explicar y dar consejos, sobre todo porque analizaba con mucha rapidez las virtudes y defectos de las personas. Sin duda por eso era tan buena en el campo de batalla, porque con solo mirar a los enemigos, conseguía saber cuáles eran sus puntos débiles.

Las mujeres intentaron seguir sus indicaciones lo mejor posible. Al principio se sintieron tremendamente ridículas por estar allí haciendo movimientos a lentos a los que no le veían mucho sentido o levantar piedras, pero al rato llegaron incluso a divertirse, aunque nunca llegarían a admitirlo.

Después de toda la mañana repitiendo una y otra vez movimientos, saltando palos y levantando rocas, Astrid les dio permiso para parar a comer. Anna fue la primera en agradecer aquello, ya que estaba sudando como nunca había sudado y comenzaba a entender por qué necesitaban usar pantalones; el sudor le bajaba como un río por las piernas bajo aquellas enaguas. Se sentaron todas juntas en el gran comedor, donde se mostraron algo más amables con la vikinga, a quien de primeras habían tratado con mucha austeridad.

Astrid apenas dijo nada, pero estuvo escuchando atenta los relatos y preocupaciones de aquellas mujeres que parecían más animadas a hablar y que se conocían entre sí desde hacía años. Muchas se quejaban de sus maridos o contaban anécdotas divertidas que Astrid encontró de lo más extrañas. Pronto descubrió también que muchas de ellas tenían su misma edad, pero el simple hecho de que ya fueran esposas y madres les daba un aspecto mucho más longevo que la vikinga.

—A mi marido también lo han empezado a instruir—dijo una—, pero ya ves, él que es alfarero y no ha tocado una espada en su vida... Sinceramente, temo más por su vida en caso de guerra que por la mía.

Las mujeres rieron y Astrid no pudo evitar sacar una sonrisa al escuchar aquel comentario, ya que le pareció digno de una vikinga.

—Hoy mismo los han puesto a entrenar en el campo de entrenamiento con esos petos que usan y unas espadas de madera, para ver qué tal andan de reflejos… y le han hecho un chichón en la cabeza que verás esta noche cuando se ponga a quejarse.

Las mujeres siguieron riendo, pero aquello borró rápidamente la sonrisa de Astrid.

—Espera un momento—la detuvo Astrid—, ¿has dicho campo de entrenamiento? —preguntó con el ceño fruncido.

—Sí…—salió en defensa de esa mujer Anna, quien estaba sentada junto a la vikinga—. Nuestros soldados siempre han entrenado en un campo preparado para ello, en uno de los jardines interiores del castillo.

—¿Este castillo tiene campo de entrenamiento? —siguió preguntando a medida que la invadía la ira— ¿y qué hacemos entonces entrenando ahí fuera con palos y piedras? Comprendo que no haya armas para todos, pero no que no nos dejen usar un lugar de entrenamiento.

Anna torció el gesto, conociendo de primera mano lo injusto que era.

—Astrid… es casi un milagro que nos dejen entrenar—justificó Anna—, no pasa nada si debemos hacerlo a nuestra manera.

—Anna esto no es una cuestión de orgullo—recriminó la vikinga—, es una cuestión de justicia y supervivencia. Con todo ese espacio y ese material podríamos entrenar mucho mejor y más rápido. Puedo llegar a entender que no podamos entrenar juntos, pero todo es tan fácil como establecer turnos entre nosotros. Tu hermana es la reina—dijo con cierta rabia—, no debería ser tan difícil.

Anna sabía que la vikinga tenía razón, pero no sabía qué decirle.

—Elsa delega todo el mando militar en el coronel—dijo algo resignada la princesa—, dudo que él nos escuche.

—¿Dónde está ese hombre? —dijo Astrid agarrando su hacha del suelo y poniéndose en pie—. Voy a hablar con él.

La princesa, al igual que el resto de mujeres, la miraron algo asustadas, ya que aquello había sonado como una amenaza.

—Debe seguir en el campo de entrenamiento… —dijo Anna sin estar muy segura de si estaba haciendo bien en revelarle esa información.

Astrid se acomodó el hacha en el cinturón y arrimó su silla a la mesa, en señal de que había terminado de comer.

—Voy a buscarle—dijo sin tan siquiera pedir indicaciones.

Anna se levantó de inmediato para acompañarla y evitar que cometiera alguna locura.

—Comed tranquilas—le aconsejó al resto de mujeres mientras salía despedida detrás de la vikinga.

.

Astrid y Anna no tardaron demasiado en llegar a aquel campo de entrenamiento, que como había explicado la princesa se encontraba en uno de los jardines interiores en el corazón del castillo. La vikinga se maravilló de la cantidad de materiales, dianas y armería que poseían, mucho más limpias y organizadas que las que ellos poseían en Berk. Además, los soldados lucían todos armaduras a juego y espadas relucientes en sus cinturones, como si pertenecieran a un ejército enviado por los Dioses. De fondo algunos campesinos entrenaban con espadas de madera y chalecos de arena, danzando con movimientos torpes y lentos.

Todo se paró en seco cuando ambas mujeres irrumpieron en aquel lugar.

—Princesa Anna—dijo el teniente Riell al verla—, señorita—nombró a Astrid, por llamarla de alguna manera—, ¿a qué debemos el placer de su visita?

El teniente tomó la mano de la princesa y le hizo una reverencia. Astrid ni siquiera esperó que acabara aquel protocolo para empezar a pedir explicaciones:

—¿Dónde está vuestro coronel? Necesitamos hablar inmediatamente con él—dijo de mala gana.

—¿Ha ocurrido algo? —preguntó preocupado a Anna.

—Es algo más… —intentó explicar la princesa—, burocrático—dijo entre eufemismos.

Al instante el coronel apareció tras ellas, quitándose el casco en señal de respecto.

—¿Qué ocurre princesa Anna?

—Queremos hablar con usted—contestó Astrid por las dos.

El coronel se sorprendió de su descaro, pero no le reprochó su comportamiento.

—Pues aquí me tienen—se limitó a decir.

Astrid, que siempre había sido muy impulsiva, no desaprovechó la oportunidad.

—Venimos a reclamar el derecho a usar este campo de entrenamiento—fue breve y concisa.

El coronel Roston puso cara de extrañeza, mientras dejaba escapar contra su voluntad una sonrisa irónica ante semejante estupidez.

—Señoritas—comenzó respetuoso—, acepto que quieran jugar a los soldados, pero no puedo permitir que molesten y distraigan a mis hombres de su trabajo. En nuestras manos recae la responsabilidad de proteger este castillo y no pienso poner esto en riesgo por un capricho femenino.

Aquellas palabras encendieron a Astrid, que nunca había sido muy buena tragándose las palabras. El mediador siempre había sido Hipo, quien tenía mucha entereza y habilidad para hablar y dialogar con los vanidosos y los intransigentes. Astrid por el contrario no tenía paciencia alguna para escuchar aquellos disparates y menos cuando cuestionaban su valía.

—¡Por todos los Dioses! —maldijo la vikinga en su lengua—. Escúcheme, señor. No voy a consentir que menosprecie a esas mujeres que, al igual que los hombres que ha empezado usted a entrenar no tienen ningún conocimiento sobre armamentística. Ambos sabemos que nadie nace soldado y que a menos que consigamos formar un ejército sólido en menos de un mes no tendremos ninguna posibilidad de sobrevivir a una guerra—explicó, haciendo uso de su autocontrol, pero sin perder la seriedad—. Usted no ha peleado antes con dragones ni ha luchado la mitad de las batallas que yo, así que deje de tratarnos como a unas niñas y acepte que por la seguridad de todo este reino debemos poder tener el derecho a usar este espacio. Ni siquiera le voy a pedir que lo usemos conjuntamente, simplemente que nos permita turnarnos. Por el bien de ambos, que en realidad somos un único ejército.

El coronel se quedó en silencio, observando con seriedad la mirada de aquella mujer que no parecía tener un ápice de duda en sus palabras. Aquello lo hizo pensar que quizás y, pese a sus propias ideas, tenía algo de razón. No obstante, las risas de los soldados lo alejaron de aquel pensamiento.

—Eso son bobadas—se pronunció el teniente Riell—. En una guerra todos conocemos la realidad y demasiado tiempo hemos perdido ya como para encima compartir el campo. Deberíais enfocar vuestros esfuerzos en mejorar otras cosas, como la comida, que últimamente da asco, y no querer meteros donde no os llaman.

El coronel miró serio a su pupilo, aceptando que aquello había sido una falta respecto. Miró a la vikinga con esa mirada envenenada tan temperamental y decidió que estaba dispuesto a ceder. Al fin y al cabo, era cierto que ellos nunca habían luchado con dragones y que el enfrentamiento con Drago había sido un fracaso absoluto; pues, aunque el coronel no hubiese manifestado su culpabilidad en público, la reina no era la única que escuchaba a la gente gritar en su cabeza por las noches.

—Está bien, buena dama—aceptó el coronel para sorpresa de todos los presentes—. Aceptaré compartir este espacio por turnos, siempre y cuando me hagáis creer con pruebas sólidas que lo merecéis.

Astrid sabía que aquella victoria era una injusticia. Estaba cansada de tener que hacer el doble para demostrar que valía lo mismo que unos pocos idiotas.

—¿Y qué proponéis? —dijo Anna asustada, quien todo aquel asunto le olía a chamusquina.

—Os propongo una justa, como las de antes—dijo el coronel—. Vuestra guerrera contra mi mano derecha, aquí el teniente Riell.

El soldado lo miró espantado, mostrando su desacuerdo.

—No pienso luchar contra esa mujer.

—¿Tanto miedo tienes de perder? —lo picó Astrid, enfadada.

—No es de hombres pelear con doncellas—se justificó—. Estáis en clara desventaja.

El coronel lo miró con seriedad.

—Desventaja sería que os dejarais matar por ella por vuestro propio orgullo—lo aleccionó.

—Trato hecho—aceptó Astrid, estirando su mano.

El teniente dudó, pero terminó por aceptar aquella locura.

—.—.—.—.—.—.—.—

Tras aquel encuentro con Hipo, Elsa se quedó en su habitación despierta hasta altas horas de la madrugada. Se sentía culpable de las heridas del chico y de su discusión con la vikinga. Quizás si ella hubiese aplazado el consejo o se hubiese quedado en el patio, para hablar con Hipo y darles algo de tiempo para que hablaran con calma, aquello no hubiese sucedido.

Todavía recordaba la estampa del vikingo, todo ensangrentado y con esa expresión triste en la puerta de su habitación.

Había sido horrible con él días atrás y lo peor es que la noche anterior no había tenido valor suficiente para disculparse, nublada por la propia presencia del chico, sin saber por qué.

Se sentía un mar de dudas y culpabilidad, —para variar—, por lo que estuvo encomendada a los libros hasta que salió el sol. Una vez la claridad del día la sorprendió, se echó sobre la cama y se dejó acoger por el sueño, tan cansada que hasta las pesadillas decidieron abandonarla.

Elsa despertó a media mañana, agotada pero activa, motivada por su gran sentido de la responsabilidad. Se levantó y salió del castillo, dispuesta a ayudar como los días anteriores en las tareas de reconstrucción. Aunque no lo hubiese compartido con nadie, estaba realmente orgullosa de los progresos que estaban haciendo y de cómo todos los campesinos mostraban cierta simpatía sincera con ella. Elsa no estaba acostumbrada a este tipo de comportamiento, ya que normalmente la princesa amada por el pueblo había sido Anna. Ella era más bien esa reina justa que todos preferían respetar desde la distancia. Por esta razón, aquella simple tarea de remangarse y ayudar, la hacía realmente feliz entre tanta miseria.

—¡Ey! ¡Cuidado con las carreras! —se quejó un hombre al ver cómo los niños salían corriendo despavoridos de un lado a otro entre risas—. Vais a tirar algo con tanta tontería.

Elsa sonrió ante la alegría de los críos, congelando en un acto reflejo una cubeta de agua contra la que un niño se había tropezado.

—¿Estas bien? —le dijo Elsa al niño, que se había asustado por la magia.

—Sí, reina Elsa—dijo agradecido—, pero no le diga a mi tío Tom que he tirado la cubeta.

Elsa miró al hombre que refunfuñaba mientras ponía los cimientos de una casa, aquel que seguramente debía ser 'el tío Tom'.

—Será nuestro secreto—le prometió al niño, agarrando con su ayuda la cubeta y colocándola de nuevo en forma vertical.

Cuando Elsa descongeló el agua, ésta cayó directamente al cubo, como si no hubiese pasado nada.

—¡Guau! ¡Eres increíble! —dijo sin protocolos, haciéndola sonreír.

—Oye, ¿a dónde vais todos con tanta prisa? —quiso comprender, sin perder la sonrisa y pensando que aquellos niños debían estar planeando alguna trastada.

—Hay una pelea en el castillo—dijo lleno de ilusión—, el teniente se va a pegar con una mujer—anunció.

Elsa cambió completamente la expresión.

—¡Vamos! —llamó un segundo niño al primero.

—No le diga nada a mi tío Tom—pidió el chico a la reina antes de desaparecer corriendo con sus amigos, dejando a Elsa totalmente descuadrada.

Sin duda no había ninguna mujer en su castillo que osara pelear con el teniente, así que eso significaba que solo podría tratarse de una vikinga, y tuvo el mal presentimiento de saber cuál.

.

Cuando Elsa logró al fin llegar hasta la sala de entrenamiento se había formado ya un gran corro de gente, que gritaban y aplaudían, sin saber por quién apostar.

La reina tuvo que hacerse paso a empujones hasta llegar a la primera fila, donde estaban Anna, el coronel y Estoico, todos ellos expectantes.

—¿Se puede saber qué está pasando? —dijo enfadada, pidiendo explicaciones—. Detengan esta insensatez ahora mismo.

—¡Elsa! —gritó su hermana al verla—. Astrid se está batiendo para que las mujeres podamos entrenar aquí.

Elsa no vio ningún argumento válido en aquella respuesta, sin entender qué estaba pasando.

—Me da igual por lo que estén luchando—argumentó la reina—, pero no consentiré violencia injustificada en este palacio. Coronel, detenga esto inmediatamente o lo haré yo misma.

De fondo Astrid y el teniente Riell peleaban cuerpo a cuerpo con dos espadas, dándose estocadas llenas de furia.

—Elsa—pidió Anna, interponiéndose entre ella y el coronel—, si detienes esto ahora, nos humillarás a todas.

—¡Pero la van a matar Anna! —la reprimió, viendo que Astrid no solo luchaba contra el teniente, sino que algunos hombres más habían salido en su ayuda.

—Si piensa eso mi reina—dijo desde el más profundo respeto el coronel—, solo estaría dándome la razón y sinceramente creo que tengo delante motivos de sobra para equivocarme.

El coronel no apartó la vista ni un instante del campo de batalla. Las condiciones habían sido claras: cada uno tendría sólo una espada y un escudo, no estaban permitidas las heridas mortales y era lícito contar con la ayuda de escuderos siempre y cuando se prestasen, algo que claramente dejó a Astrid en desventaja, quien estaba peleando sola contra tres hombres armados. La regla de oro era desarmar al otro en una situación que claramente supusiera una derrota.

—Reina Elsa—se manifestó entonces Estoico, quien había corrido igual de preocupado que ella minutos atrás, temeroso de lo que estuviera sucediendo—. Astrid es sin duda la mejor guerrera de su generación, detener esto ahora solo le supondría una humillación —dijo serio—, para ella y para mi pueblo. Tenéis todo el derecho a detenerlo, pero os suplico que no lo hagáis.

La reina miró temerosa la contienda, deseando que aquello terminara cuanto antes, pero aceptó no oponerse. Lo único que deseaba es que la vikinga no resultara herida o algo peor, o entonces sí que Hipo no le volvería a dirigir la palabra nunca más.

No obstante, al verla luchar, tuvo que admitir que Hipo no se había equivocado al compararla con una valkiria, aunque, como se temía, pensó que ella era la culpable del río de sangre de Hipo la noche anterior.

Aquella contienda duró más de lo esperado. Astrid consiguió desarmar a los escuderos del teniente al cabo de un rato, quienes humillados fueron saliendo de la zona de lucha, dejando a Astrid y al teniente solos. Desarmar a aquellos hombres había sido relativamente fácil para la vikinga, quien estaba a acostumbrada a los que tramperos se le echaran todos encima a la vez, con esa falta de honor que llevaban por bandera. No obstante, pelear con el teniente era otra cosa. Astrid tenía que admitir que aquel chico sabía lo que se hacía, siendo no solo un gran oponente, sino también un caso interesante de análisis. Por lo general a los dos minutos de pelear contra alguien, Astrid ya podía leer todos y cada uno de sus movimientos posteriores. Sin embargo, con el teniente aquello había resultado más duro, ya que era poco previsible y pese a tener una técnica impoluta, su orgullo herido lo hacía reinventarse y cambiar de estrategia. Sin duda al teniente debió pasarle lo mismo con Astrid, asombrado y mosqueado por la habilidad y resistencia física de su adversaria, la cual seguía sin cansarse pese a que no hubiese bajando en ningún momento el ritmo. Pronto descubrió que la vikinga era muy impulsiva en sus ataques y que aquello era un jugoso punto débil, no obstante, para ese entonces Astrid ya sabía que el teniente debía haber captado eso en ella por la nueva estrategia que tenía y decidió jugar un rato con él.

Harto y furioso de todo aquello, el teniente comenzó a embestirla con tal fuerza que empezaron a sangrarle las manos, hasta que en uno de esos movimientos hizo salir volando la espada de su contrincante. Sonrió triunfal mostrando que tenía sangre en las encías por un golpe que la vikinga le había propinado minutos antes.

—Me parece que has perdido—escupió sangre en el suelo, mirando con orgullo a su alrededor.

—No cantes victoria tan rápido—respondió astuta Astrid.

Tal como predijo, el teniente era tan vanidoso que había bajado la guardia, momento que ella aprovechó para lanzarse contra él con el escudo, haciendo que perdiera la compostura, y se agachara por el dolor del impacto que le había pillado de lleno en el estómago. La vikinga estaba exhausta, pero usó sus últimas fuerzas para lanzarse contra él cuerpo a cuerpo, rodeando e inmovilizando al chico desde atrás, dándole una patada detrás de la rodilla para hacerlo caer y colocarse sobre su espalda. Aprovechando la ventaja, le dio una patada en el brazo, haciendo que el escudo del teniente saliera disparado de su brazo y por la propia presión sobre su espalda terminó por soltar el agarre de su espada también, al sentir como se le entumecía el brazo que Astrid le había bloqueado con la rodilla.

—Disculpa, espero no haberte hecho daño—dijo Astrid con voz inocente—, pero creo que he ganado.

La gente comenzó entonces a vitorear y abuchear por igual, lo que a Astrid le supo a victoria. En cuanto el chico aceptó humillado su derrota la chica se le quitó de encima y le ofreció la mano para que se levantara, la cual apartó de un manotazo aquel hombre, enfadado.

—¡Lo has conseguido! —gritó de emoción Anna, corriendo hacia la vikinga y abrazándola.

Elsa no pudo conseguir que desapareciera de su estómago aquel nudo de nervios, ya que durante toda la pelea había presagiado lo peor varias veces. Miró con preocupación al coronel y a Estoico, uno aceptando su derrota y el otro sonriendo con orgullo.

—Llevaba tiendo sin encontrar un adversario tan bueno—admitió Astrid con sinceridad al teniente, quien se marchó de allí sin responder al cumplido de la chica.

—Vaya idiota—se quejó Anna al verlo marchar.

—No le culpes—dijo Astrid—. Le hemos herido el orgullo.

Astrid echó un vistazo a su alrededor, sorprendida de la cantidad de gente que la había visto pelear. Había estado tan concentrada que no había sido consciente de la gente que había llegado para ver la contienda. A un lado reconoció a las mujeres que había instruido esa mañana y les sonrió, viendo en ellas un cierto orgullo que la vikinga hizo suyo. Si al menos aquello les había dado esperanzas, había valido la pena.

Fue entonces cuando buscó al coronel entre la gente, topándose con que también le acompañaban la reina Elsa y Estoico. Tragó saliva, pensando que tal vez se había metido en un buen lio. Agradeció al menos no ver a Hipo por allí, ya que hubiese sido algo incómodo que la reprendieran delante de él.

Astrid se acercó sin bajar la cabeza hasta ellos, sin arrepentirse de sus actos.

—Enhorabuena, joven—expresó el coronel—, hacía tiempo que no disfrutaba así de una pelea, procuraré no volver a subestimar a los vikingos.

—Muchas gracias señor—agradeció Astrid aquella especie de cumplido.

—Lo prometido es deuda—aceptó aquel hombre de porte serio—, permitiré que estrenéis aquí tres días por semana, por las tardes.

Tanto Anna como Astrid se miraron, sabiendo que el trato seguía siendo injusto, pero aceptaron. Estaban demasiado cansadas para seguir discutiendo y Anna además estaba convencida que teniendo a alguien como Astrid para instruirlas realmente daba igual donde entrenaran.

—Muchas gracias coronel—estrechó la vikinga su mano.

Astrid redirigió entonces la mirada a su jefe, con quien todavía no había cruzado palabra desde que llegó. Estoico siempre había sido como un padre para ella y más cuando su propio padre falleció. No obstante, su comportamiento las últimas semanas hacia la vikinga había sido distante y cordial. Astrid comprendía que para él también era extraña la situación, ya que se suponía que ella iba a ser la que se casara con su hijo algún día. Hasta él mismo ofició su ceremonia de compromiso cuando ambos chicos cumplieron diecinueve años.

—Estoy muy orgulloso de tu valentía y tu destreza Astrid—se limitó a decirle, sin saber qué pensaría aquella joven de él, aquella a quien quería como a una hija.

—Muchas gracias Estoico—dijo tan agradecida como incómoda—. Significa mucho para mí.

Elsa contempló aquel instante, violentada por la tensión que se notaba que había entre ellos. La reina sabía que, si Astrid e Hipo eran pareja, Estoico se encontraba en una tesitura bastante complicada y más teniéndolas a ambas allí presentes. Elsa sintió que también debía decir algo, pero no supo qué. Era la primera vez que estaba tan cerca de la vikinga y su sola presencia hacía que le temblaran las piernas. No solo era la primera vez que veía a una mujer pelear de aquella manera, sino que además la relación silenciosa que se había establecido entre ellas era muy incómoda. Elsa se armó de valor para felicitarla cuando reparó en algo peor:

—O Dios—dijo, atrayendo la mirada de la vikinga—. Estáis sangrando.

Astrid bajó la mirada sin comprender, descubriendo que tenía la malla de la pierna derecha manchada de sangre.

—.—.—.—.—.—.—.—

Hipo bajó de Desdentao de un salto nada más pusieron un pie en el patio del castillo. Todavía seguía conmocionado, sin poder creer lo que había visto en el bosque. Necesitaba hablar con su padre o con Elsa cuanto antes, ya que si alguien podía darle alguna respuesta a lo sucedido era alguno de los dos.

Con rapidez llevó a su mejor amigo a las mazmorras, que ya ni siquiera le parecieron un mal sitio para los dragones, pues había que reconocer que eran frescas y amplias. Se despidió de él con un gesto cariñoso y se encaminó sin perder tiempo hacia el interior del castillo.

—¿Has visto a la reina? —le preguntó al primer guardia que vio—. Necesito encontrarla cuanto antes.

—Está en la enfermería, su majestad.

Hipo se asustó al oír aquello.

—¿Le ha ocurrido algo? —preguntó preocupado.

—No, su majestad—lo alivió aquel soldado—. Fue para acompañar a la vikinga herida.

—¿Vikinga herida? —dijo horrorizado.

Sin duda aquella vikinga herida no podía ser otra que Astrid.

—Sí, la que se ha enfrentado con el teniente Riell en la contienda—le explicó, como si fuera obvio.

Hipo ni siquiera respondió aquello, dirigiéndose sin pensarlo a la zona de enfermería. ¿En qué clase de lio podía haberse metido la chica en una sola mañana en aquel castillo?

.

Hipo tuvo que recorrer toda la sala de la enfermería para encontrar a Astrid. Las curanderas habían llevado a la vikinga a una de las zonas más alejadas, aquella que habían separado con cortinas y sábanas del resto de la instancia, donde solían tratar a los pacientes más graves y realizar curas. Sin duda Hipo seguía sorprendiéndose de la habilidad de aquellas gentes en las artes curativas y del control que parecían tener sobre aquel caos. Fue Rose quien le indicó amable dónde se encontraba, tras tres minutos de angustia que se le hicieron eternos.

Sin mucho tacto se acercó acelerado hasta las cortinas y se dispuso a colarse entre ellas cuando una mujer le sorprendió de frente.

—Disculpe su majestad, pero no puede pasar—le dijo autoritaria, tapando con su cuerpo el interior de aquella zona—. La chica herida no está visible.

Hipo no pudo evitar asustarse a oír aquello.

—¿Está bien? ¿Qué ha pasado? —preguntó preocupado.

La mujer no tuvo tiempo de responder cuando Elsa emergió tras ella, abriendo el espacio que permitían ver las cortinas y mostrando tras ellas a Astrid, sentada sobre un camastro rodeada de la princesa Anna, Brusca y una joven que Hipo no reconoció, pero que parecía inspeccionarla.

—Oh Dios Hipo—dijo la reina agradecida de verle—, ¿dónde estabas? ¿te llevo buscando desde hace un buen rato?

—¿Qué ha pasado? —preguntó preocupado.

—Mi reina—se quejó Thea—, no puedo permitirle pasar a vuestro esposo, la chica no está visible.

Astrid se manifestó de fondo al escucharla y descubrir que había llegado Hipo.

—No se preocupe, déjele pasar—le dijo Astrid con cierta resignación en su voz—. No es la primera vez que me ve sin pantalones.

No. Hipo no era la primera vez que veía a la vikinga sin pantalones o en ropa interior. De hecho, había recorrido tantas veces el cuerpo desnudo de aquella mujer con sus manos, que podría hasta dibujarlo con los ojos cerrados, recordando cada pliegue y cada poro.

Por supuesto, la curandera se espantó al escuchar aquello, haciéndose a un lado ofendida, dejándole no solo pasar sino también abandonando el lugar mientras farfullaba que aquellos paganos no tenían ningún sentido de la vergüenza o el decoro y que la reina era una santísima idiota por consentirlo.

Hipo entró algo avergonzado por la reacción de la mujer y sus comentarios, apartando la mirada de Elsa, quien parecía igual de incómoda que él.

—Madre mía, ¿qué te ha pasado en la cara Hipo? Estás más feo que un gronckle recién parido—expresó sin ningún reparo Brusca al ver que Hipo tenía una línea roja que le cruzaba de lado a lado el tabique de la nariz, además de toda la zona levemente amoratada.

—Yo también me alegro de ver que estás bien Brusca—respondió de mala gana.

—Ay qué sensible eres siempre— gruñó la vikinga—. Mira el lado bueno, ahora vas a juego con Astrid—dijo entre risas.

—Muy graciosa—se quejó la chica a su amiga.

Pero lo cierto es que tenía razón.

Hipo obvió el comentario y ante la mirada de todas aquellas mujeres se abrió paso hasta su novia, que estaba sentada sin pantalones en aquel camastro mientras una joven se cernía sobre su pierna derecha, cosiéndole una herida con cierta torpeza.

—¿Qué te ha pasado? —le preguntó serio.

—Me he peleado con un tipo para defender el honor de nuestro ejército de mujeres y aunque he ganado, me ha hecho un corte en la pierna, pero no es nada grave—se apresuró en resumir, aguantando el gesto de dolor—. ¡Dioses! —se quejó a la chica que la estaba cosiendo, apretando los labios—. ¿Es que no puedes tener más cuidado? No es tan difícil.

Hipo se fijó en la cara de espanto y terror de aquella chica, que saltaba a la vista que no tendría más de trece años y que posiblemente era la primera vez que cosía algo que no fuera ropa. O al menos eso parecía por la forma en que la aguja le temblaba en las manos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Hipo a la chica para sorpresa de todas.

La chica lo miró sin comprender, con puro terror, pensando que había hecho algo malo.

—Ángela, su majestad—dijo, aguantándose las ganas de llorar.

—De acuerdo Ángela—dijo amable Hipo—, ya me encargo yo de eso, puedes retirarte, tranquila.

La chica tragó saliva, sin saber si eso era algo bueno o malo, pero levantándose y obedeciendo.

Al instante Astrid se sintió fatal, dándose cuenta que había sido muy cruel con aquella niña, aunque agradeció que aquel sufrimiento cesara, ya que la aguja le estaba doliendo más que la espada.

—Astrid, no puedes ir por ahí peleándote a hachazos con la gente—la recriminó Hipo.

—No ha sido con el hacha—le aseguró ella, molesta de que Hipo la estuviera sermoneando delante de todas aquellas mujeres, pero agradecida de que al menos lo hubiera hecho en su lengua y no pudieran entenderles.

Él no tenía ningún derecho a llegar y humillarla de esa manera y más cuando ella ya se sentía una idiota por ser el centro de atención y preocupación de todos a su alrededor. No obstante, el cabreo se le pasó al observar el rostro preocupado de Hipo.

—Dioses, me has dado un susto de muerte—se sinceró el vikingo—, pensé que te había pasado algo grave.

—Pues ya ves que no—contestó Astrid, tajante pero más tranquila—. Lo que pasa que aquí la gente no está acostumbrada a las heridas y se pensaban que me iba a desangrar o yo qué sé.

—Ya veo… —asintió el chico—¿me dejas echarle un vistazo? —pidió.

Astrid asintió, sin poder evitar lanzarle una mirada a Elsa, como si buscara también su permiso. Al fin y al cabo, comprendía que aquello suponía un agravio para la reina, pero Astrid se sorprendió de que Elsa simplemente bajara la mirada, como dando consentimiento silencioso mientras se sujetaba ambas manos.

El vikingo se agachó a su lado, posando con timidez la mano sobre la pierna desnuda de su compañera, esa que tantas veces había acariciado, lamido y apretado con fuerza contra su cuerpo. La chica tenía un corte pequeño, recto y limpio en el lateral exterior del muslo, a la altura de la pantorrilla, pero tal y como había dicho, no parecía grave.

—¿Con qué ha sido? —preguntó Hipo, inspeccionando la herida.

—Con una espada de hoja fina—le explicó—; como ves no es un corte profundo.

Hipo tanteó con cuidado el borde del corte, levemente inflamado y lleno de sangre por las puntadas mal dadas de la aguja, que todavía tenía colgando.

—¿Te han puesto alcohol? —le preguntó con naturalidad a Astrid.

—No—le explicó—, pero necesitaría un trago.

Hipo sonrió ante su comentario, aceptando que Astrid no tenía remedio. Tenía siempre facilidad para quitarle importancia a esas cosas.

Elsa no pudo evitar volver a sentir ese nudo en el estómago al verles. Ambos vikingos hacían una pareja bastante peculiar, pero solo con ver el cariño en sus gestos era fácil adivinar cuánto se amaban. Nada más llegar, Hipo no había tenido ojos en esa sala para otra persona que no fuera Astrid y pese a que aquella mujer hubiese sido hostil, maleducada y se hubiese saltado todas las normas y protocolos habidos y por haber, en los ojos del vikingo solo había devoción. Y en el fondo eso es lo que a Elsa le molestaba y admiraba de ella, esa frescura y rebeldía, algo que deseaba para sí misma pero nunca llegaría a tener.

Elsa siempre había cumplido todas las normas, había seguido todos los protocolos y se había desvivido por su familia y su reino. Y sin embargo estaba sola y era juzgada por cada cosa que hacía o cada palabra que salía de su boca. No entendía por qué ninguno de sus esfuerzos había dado como fruto que alguien la mirara como Hipo miraba a esa mujer, aunque fuera al menos durante un instante fugaz.

También se sorprendió a sí misma pensando que tal vez la relación entre ambos era más carnal de lo que había imaginado cuando pensaba que Astrid era tan solo una agradable y bella campesina. La naturalidad con la que Hipo rozaba la pierna desnuda de la vikinga o el carácter indomable de aquella mujer la hicieron pensar que aquellos dos tenían algo más que un largo cortejo cargado de palabras de amor. Y aquella idea, sin saber por qué, la perturbó.

—Voy a pedir un poco de alcohol para la herida—se expresó entonces la reina, quien necesitaba alejarse un poco de allí.

Hasta ese momento Hipo y Astrid no se habían dado cuenta de que seguían hablando en su lengua sino fuera porque Elsa se había expresado en ella, sorprendiendo a la vikinga, que no sabía que la reina dominara su dialecto y sintiendo algo de vergüenza de que ella hubiese escuchado lo de que necesitaba un trago. Astrid no entendía por qué esa mujer tenía ese efecto en ella, esa forma de ponerla nerviosa, como si sus silencios indescifrables, su cercanía con Hipo o sus propios celos inexplicables hacia ella abrieran entre ambas una brecha enorme imposible de cruzar.

—Gracias—consiguió decir finalmente Astrid a la reina, quien respondió con una sonrisa forzada mientras desaparecía entre las cortinas.

Anna, a diferencia de su hermana, no entendía la lengua de los vikingos, pero era muy buena leyendo emociones humanas, sobre todo en la cara de su hermana y temió saber lo que le pasaba.

—Siento mucho si he ofendido a tu hermana con mis actos—expresó entonces Astrid hacia Anna, arrepentida.

—No pasa nada—le quitó importancia la princesa—. Mi hermana simplemente se preocupa demasiado, y supongo que lo de la contienda la ha alterado un poco, pero no se le da bien eso de guardar rencor. En unos días se le habrá olvidado.

Astrid asintió, sintiendo que tenía que aprender a controlar sus impulsos durante su instancia en aquel reino.

—Hipo, quiero pedirte disculpas—dijo entonces Anna—, esto también ha sido idea mía en cierto modo y no creo que Astrid deba cargar con toda la responsabilidad, así que, si vas a reprocharle algo, yo también soy responsable.

Hipo no entendió por qué Anna le decía aquello, ya que él no estaba enfadado con ellas y aunque conociera de sobra el carácter impulsivo de Astrid, tampoco le parecía mal que hiciera un poco de justicia entre esos arrogantes, ya que él mismo había tenido sus enfrentamientos con los guardias del castillo.

—Tengo que admitir que no estoy a favor de la violencia—objetó Hipo—, pero si os ha servido para darle una lección a algún idiota, pues me alegro.

Anna pareció más tranquila, observando cómo el vikingo se sentaba en el suelo y desenredaba la aguja del hijo negro que colgaba de la herida de Astrid. Una vez liberada, cogió aquel objeto de metal y lo colocó sobre el fuego de una vela.

—Sólo te digo que deberías haber visto la cara que ha puesto—puntualizó Astrid, lanzándole una mirada cómplice a Anna—. Estoy segura que ahora mismo está enterrando su orgullo herido en lágrimas.

—Menuda paliza le ha dado en toda la geta—añadió Brusca—, a ese y a los otros idiotas esos que peleaban con él.

Aquello alarmó a Hipo.

—Un momento—las detuvo—, ¿Cómo que otros? ¿Con cuántas personas te has peleado?

—Hipo— le lanzó una mirada asesina Astrid, con ese tono que usaba cuando él se preocupaba en exceso.

—Vale está bien—aceptó él—. Entonces a ver—pidió explicaciones, intentando entender qué había pasado mientras volvía a ensartar el hilo en la aguja y se sentaba— ¿qué se supone que ha pasado? ¿Te has peleado con el teniente de la guardia y otros soldados?

—Sí—contestó Anna por las dos—, el coronel se había apostado compartir la sala de entrenamiento si Astrid vencía.

Hipo comenzó a entender de qué iba el asunto, comprendiendo lo injusto y difícil que se lo estaban poniendo a Anna su propio consejo con la idea de instruir a las mujeres. Sinceramente no entendía por qué tanta oposición, cuando era lo más razonable en caso de guerra. Los vikingos nunca habían tenido mucha organización militar, —de hecho, eran un desastre organizándose— pero si eran ganadores natos de batallas eran porque todos y cada uno de ellos aprendía a pelear sin excepción. Hasta él, que había sido el peor vikingo de la historia, sabía pelear.

—¿Y cómo se ha tomado la derrota? —preguntó entonces por curiosidad, divertido.

—¿Tú qué crees? —le dijo Astrid con una sonrisa orgullosa— ¡Ah! —se quejó al sentir de nuevo la aguja atravesándole la piel.

—Intenta no moverte—le pidió Hipo, notando cómo Astrid se ponía tensa y arrugaba el gesto de dolor.

—¡Dioses! —maldijo—. Joder, no recordaba que doliese tanto.

Anna se tensó un poco, sobre todo cuando empezó a ver brotar sangre de la herida de Astrid y a Hipo mancharse los dedos con ella. Brusca la vio pálida y pese a que le divertía la idea de que la princesa se desmayara, le ofreció que se sentara en el camastro de enfrente:

—Siéntate y no mires—le dijo a la princesa aquella vikinga con el pelo calcinado—. O te desmayarás, te abrirás una brecha en la cabeza y te tendrán que coser a ti también.

—Gracias—dijo más pálida que nunca Anna, sentándose en el camastro de enfrente.

—Brusca no seas bruta—le regañó Hipo, quien estaba plenamente concentrado en la herida.

Astrid se hubiese sumado a aquel reproche si no fuera porque no podía ni hablar del dolor. Hipo era realmente cuidadoso en aquella labor y además Astrid tenía la mala experiencia de tener todo el cuerpo lleno de cicatrices, por lo que aquello no era nada nuevo. No obstante, eso no significaba que fuera igualmente desagradable, sintiendo un fuerte espasmo cada vez que la aguja se le volvía a clavar en la piel y la invadía el sudor frío.

—¿Cómo está tu hermano Brusca? —intentó despejar un poco el ambiente Hipo, buscando que Astrid se distrajera un poco del dolor y que Anna no se desmallara.

—Pues bien, mejor que nunca—aseguró la chica—. Se ha pasado toda la noche durmiendo drogado con plantas y atendido por muchachas guapas—explicó—, es lo más cerca que estará jamás del Valhalla.

Hipo no se molestó en ocultar una sonrisa. Realmente había echado de menos a los jinetes.

—Lo he dejado hace un rato mientras se pavoneaba con una curandera—siguió relatando Brusca—. 'Oh mira, soy un vikingo, preciosa, llevo el pelo largo y estoy lleno de heridas de guerra' —lo imitó Brusca.

Anna la miró sin entender muy bien a aquella mujer, que además se había sentado junto a ella, completamente despatarrada, mientras jugaba inquieta con su única trenza.

—La mitad de las cicatrices que tiene se las he hecho yo mientras peleábamos—le aclaró Brusca a Anna, quien asintió atenta y educada, pero sin comprender.

Sin duda los vikingos eran muy raros.

De repente la cortina se abrió con sutileza, asomando el rostro Rose.

—Alteza—dijo dirigiéndose a Anna—, Kristoff os está buscando.

Anna asintió, agradecida de encontrar una excusa para salir un momento de allí, ya que realmente estaba mareada.

—Ahora vuelvo—se despidió, saliendo.

Brusca, al verse sola con aquellos dos, decidió que ya se había aburrido de estar allí.

—Yo también me largo—se puso en pie—, os dejo solos para que podáis besuquearos, pareja.

Hipo y Astrid se miraron, rodando los ojos.

—Adiós Brusca—se despidió Astrid, lanzándole una indirecta—: mañana no te escaqueas eh, tú también eres instructora de esas mujeres.

La vikinga le hizo un gesto con la mano, como aceptando, mientras desaparecía entre las cortinas.

—Ay Dioses… la quiero mucho, pero a veces me desespera—confesó Astrid por lo bajo.

Hipo paró de coser la herida al ver que Astrid suspiraba y cambiaba su expresión a una mucho más derrotada.

—¿Estás bien? —le preguntó.

La vikinga se tomó un momento.

—Brusca todavía no lo sabe—le explicó, refiriéndose a la boda del vikingo.

Quizás por esa razón Astrid había ido a pedirle consuelo a su amiga aquella mañana, porque sabía que no la miraría con esa cara que había puesto Mocoso, esa mirada de pena y piedad.

Hipo no dijo nada, porque no sabía qué decir. Tragó saliva y continuó cosiendo la herida, que estaba prácticamente cerrada. Astrid siseó de dolor, apretando los labios.

—Ya estoy terminando—la relajó el vikingo—, no queda nada, te lo prometo.

—Vale—tragó saliva Astrid, observando la cara de concentración de Hipo y sintiendo un nudo en el estómago al ver la marca rojiza sobre su nariz.

—¿Te duele? —le preguntó con preocupación sincera.

Hipo la miró sin entender, hasta que recordó que debía tener una pinta horrible. Lo cierto es que asombrosamente apenas le dolía y no sabía si era por la magia de Elsa o no, pero prácticamente no se le había puesto morado.

—No, tranquila—la calmó—. Me has dado palizas peores—añadió irónico.

Astrid sonrió, aliviada de que Hipo no le hubiese dado importancia. Y era cierto lo que decía, a veces Astrid le había pegado más fuerte cuando entrenaban.

Por un momento sintieron que habían vuelto atrás en el tiempo, a la intimidad de aquellos momentos en que se herían constantemente haciendo locuras con los dragones, saltando desde acantilados o luchando contra los tramperos en la orilla del dragón. Hacía casi tres años de eso y desde entonces habían estado tan ocupados con responsabilidades y cargos que se habían olvidado de lo que era realmente disfrutar —y sufrir— aquellas aventuras.

—Apenas he podido hablar con ninguno de los jinetes todavía—se lamentó Hipo, pensando lo mismo que ella.

—Tampoco te has perdido nada—le aseguró Astrid, cerrando los ojos y apretando los labios—. Joder, de verdad, no recordaba que dolía tanto.

Hipo comenzó a soplarle con suavidad en la herida, intentando calmarle el escozor.

—No queda nada, ya casi está—la tranquilizó.

Astrid intentó respirar tranquila, alejando la sensación de dolor y concentrándose en pensar en otra cosa. Pero era imposible y más teniendo a Hipo tan cerca, tan servicial como siempre y a la vez tan lejos.

—¿Dónde has estado esta mañana? —preguntó entonces la vikinga, descuadrando a Hipo.

Hipo no se atrevió a mirarla a los ojos.

—Tenía turno de vigilancia—mintió.

No supo bien por qué, tal vez porque prefería explicarle todo con calma y sabía que si le contaba a Astrid lo del furia nocturna y el ritual de magia negra del bosque la chica se enfadaría con él por no habérselo contado antes y lo último que necesitaba era volver a discutir con ella, ya que todavía le dolía demasiado las palabras que se habían dicho la noche anterior.

No obstante, Astrid supo inmediatamente que le mentía, ya que si había empezado a entrenar ella sola a aquel grupo de mujeres esa mañana era porque Alea y Briel habían sido convocadas para vigilar. Sin embargo, no tenía ganas ni fuerzas de discutir con Hipo.

—¿Pudiste hablar ya con Elsa? —preguntó entonces, para cambiar de tema.

—No, todavía no… —respondió algo serio, sabiendo que no podía seguir posponiendo aquello.

Era muy incómodo mantener esa tensión entre ambos, sobre todo después de la noche anterior, donde ella había sido tan agradable.

—Siento todo esto—confesó entonces la vikinga—. No llevo aquí ni un día y desde que he llegado parezco solo causar problemas.

—No digas eso tonta—la animó Hipo—. Yo ya estaba aburrido de tanta tranquilidad.

Astrid le sonrió y él le devolvió la sonrisa, cómplice.

—Esto te va a doler algo más, no te muevas—pidió mientras tensaba el hilo para cerrar bien la herida.

Con cuidado sacó la aguja y cortó el hilo, haciendo un pequeño nudo al final, para que no se reabriera. Astrid aguantó el tipo mientras sentía que aquel hilo le rasgaba las carnes, notando un dolor agudo, como de calambre, hasta que Hipo al fin terminó.

—Dioses—masculló, aliviada de que hubiese acabado al fin—. Supongo que una cicatriz más para la colección—dijo irónica, mirándose aquella costura y aguantando el escozor.

—Todas las que tienes te hacen preciosa—respondió Hipo, dándole un beso corto cerca de la herida y poniéndose en pie.

En aquel instante Astrid lo odió con todas sus fuerzas. Odiaba ese cariño tan sincero suyo, esa forma que tenía de ablandarla. Y se sentía estúpida, porque ese hombre no solo se había casado con otra, sino que además le mentía a la cara y le ocultaba algo; y sin embargo no podía dejar de sentir cómo la sangre le bombeaba en las orejas cuando él la besaba.

—Voy a buscar algo para cubrirte la herida—dijo limpiándose la sangre de las manos en un trapo, señal de que había terminado—. No tardo.

—Gracias—se apresuró en responder la vikinga—, pero que sepas que esto no cambia que siga algo enfadada contigo.

Hipo sonrió, sabiendo que eso no era verdad. Él tampoco estaba enfadado, solo decepcionado consigo mismo.

—Ahora vuelvo.

El chico desapareció entre las cortinas, dejándola allí sola.

Suspiró y se miró la herida. Apenas era una fina línea roja poco más larga que un dedo. Si hubiese sido por ella ni hubiese hecho falta coserla, pero las curanderas estaban tan saturadas que temían que se le pudiera infectar si no cicatrizaba bien. Tenía que admitir que no era una herida fea, aunque empezaba a aceptar que tenía demasiadas como aquella en el cuerpo.

El movimiento de las cortinas la sacó de sus pensamientos, pensando que Hipo había regresado demasiado rápido. No obstante, se trataba de una mujer que no había visto hasta ahora. Parecía algo mayor que ella y tenía una mirada muy distinta al resto de mujeres que había visto hasta ahora. Sobre todo, porque tenía los ojos tan oscuros que apenas se distinguía el iris de la pupila, algo que le iba completamente a juego con el negro azabache de su pelo, recogido en un moño desordenado.

—Hola preciosa—le dijo con una sonrisa, portando una bandeja—, ¿Cómo te encuentras? Me manda Thea a dejarte una infusión de hierbas.

Astrid asintió, agradeciendo que aquella mujer sin dientes que la había llamado pagana indecorosa instantes antes al menos se hubiese apiadado de ella y le hubiese mandado algo para el dolor.

—Muchas gracias—dijo agarrando el vaso caliente que le ofreció la chica—. Dale las gracias de mi parte.

—Se las daré—le sonrió—. Por cierto, quería decirte que me ha parecido muy valiente lo que has hecho.

Astrid se sorprendió de que aquella mujer le dijera eso, aunque tampoco se extrañó. Al igual que los vikingos aquellos pueblerinos eran tan cotillas que la noticia de su contienda había corrido tan rápido como la pólvora por todo el palacio.

—Muchas gracias—dijo de corazón la vikinga—. No ha sido nada.

—Sí, sí que lo ha sido—se apresuró en aclarar la chica—. Los guardias de este castillo se creen por encima de todos, ya era hora que alguien los pusiera en su sitio.

—Patear culos de idiotas en mi especialidad—le dijo Astrid sarcástica, animada por la cercanía de aquella mujer—. Por cierto, soy Astrid.

Astrid alzó la mano a modo de presentación.

—Yo soy Lena, encantada—estrechó la mano de la vikinga.

—Un placer—respondió Astrid—, cuando sepas de más idiotas a los que machacar, me avisas—dijo con simpatía de manera simbólica.

La chica le sonrió dibujando en su rostro una mueca junto a su sonrisa. Aquella mujer le pareció realmente atractiva por alguna razón que no llegó a entender.

—Lo haré, no lo dudes.

En ese momento entró Hipo portando algunos paños.

La chica se sorprendió de volver a verlo allí y él también de encontrarse de nuevo con aquella mujer.

—Hola—saludó Hipo al verla, con una mezcla de emociones, sobre todo porque lo último que le había dicho a esa mujer era que iba a intentar salvar a su amiga, la cual estaba ahora muerta.

Pese a que pudiera ser incómodo, la chica le sonrió.

—Caray—comenzó—, para ser rey pasas más tiempo aquí que alguna de nosotras.

—Gajes del oficio—se limitó a decir.

No obstante, Hipo no tardó en recuperar la seriedad.

—Siento mucho lo de tu amiga—le dijo sincero.

Astrid no entendió qué pasaba, pero no le fue difícil comprender que tal vez había relación con esa mujer y lo que Hipo le había contado la noche anterior.

—No te preocupes—expresó con tristeza—, hicimos lo que pudimos, ahora ella está en un lugar mejor.

Y tal y como hacen las personas que están acostumbradas al sufrimiento, volvió a recuperar la sonrisa.

—Tengo que irme—les sonrió—. Un placer Astrid—le dijo a la vikinga—, espero que sigas armando escándalo por aquí—luego se dirigió a Hipo, haciendo una leve reverencia—: ojalá que en la próxima ocasión coincidamos en un lugar más alegre, su majestad.

—Eso espero—le dijo cortés el vikingo.

La chica iba a marcharse cuando la cortina se abrió de nuevo, esta vez apareciendo Elsa tras ella.

Al ver que Elsa portaba un pequeño frasco de cristal Hipo comprendió que finalmente había conseguido hacerse con un poco de alcohol, agradeciéndole el gesto. Por un momento pensó que era solo una excusa para evitar aquella situación tan incómoda y marcharse. No obstante, Elsa había regresado, por lo que el vikingo pudo descartar agradecido aquella idea. Sin embargo, no pudo evitar notar cómo Elsa enmudecía y se tensaba, enfocando todos sus esfuerzos en la prostituta y dibujando el mismo rostro de sorpresa y terror que Hipo vio en ella la noche que discutieron, cuando Hipo nombró a la chica.

Sin duda se conocían de algo.

Elsa estaba petrificada, ya que la última persona que pensó que se encontraría allí sería Lena. La chica le sostuvo la mirada durante unos segundos eternos, tiempo en el que Elsa se perdió en sus dos grandes ojos negros. Ya no solo la miraba con rencor, sino también con furia.

—Lena… —fue lo único que salió de sus labios, como si quisiera formular una súplica o una disculpa.

—Majestad—respondió con furia aquella mujer, haciendo una leve reverencia y marchándose de allí.

Elsa ni siquiera disimuló cómo la siguió con la mirada hasta que desapareció entre las cortinas.

Hipo y Astrid intercambiaron una mirada, preguntándose el uno al otro qué demonios acababa de pasar, sin comprender.

—¿Elsa? —preguntó Hipo, sacándola de su trance.

La reina estaba pálida y descompuesta, agitada como Hipo nunca la había visto antes.

—Toma—fue lo único que dijo, dándole el tarro de alcohol a Hipo mientras salía de allí prácticamente corriendo.

—.—.—.—.—.—.—.—.—

Elsa salió corriendo a buscar a Lena, quien parecía querer perderse en esa sala llena de heridos y curanderas. No le puso nada fácil seguirla, ya que era muy huidiza y así vestida como el resto de mujeres no fue complicado perderse entre la multitud. No obstante, la determinación de Elsa por hablar con esa mujer hizo que finalmente diera con ella, justo cuando salía de la sala de la enfermería, dispuesta a perderse entre los pasillos.

—¡Lena! —la detuvo Elsa al verla retorcer una esquina—. Lena espera, por favor—dijo con la voz rota.

La prostituta hizo como que no la escuchó y siguió caminando con prisas hasta el final del pasillo, comenzando a bajar las escaleras hacia las instancias del servicio.

—Lena por favor—siguió pidiendo Elsa, acelerando el paso.

—Debería darse la vuelta, su majestad—le aconsejó sin molestarse en ocultar su enfado, sin parar de bajar escaleras—. No quisiera importunar a la señora, pero no debería entrar en la humilde zona del servicio.

—Lena, deja de hablarme así—pidió Elsa, alcanzándola al fin.

La mujer paró en seco, poniendo los brazos en jarras.

—¿Y cómo se supone que debo hablarle, su majestad? —casi escupió—. ¿También desea que me arrodille y le bese los pies?

—¡No! —respondió escandalizada Elsa, con el corazón en un puño—. Solo… solo quiero que hablemos.

—No creo que sea adecuado que vean a su majestad hablando con una prostituta al lado de la sala de la lavandería—dijo tajante e irónica—. Así que, si me disculpa, a diferencia de otras personas, yo tengo tareas que hacer.

—Lena, por favor—le suplicó Elsa poniéndose delante de ella.

Aquello pareció ablandarla un poco, sobre todo ver el rostro reclamante de la reina.

—Necesito que hablemos—consiguió emitir Elsa—, podemos ir a otro sitio más tranquilo si quieres o podemos hablar a mi habitación. No quiero exponerte ni que te sientas mal, pero necesito que me escuches y hablemos con calma—pidió.

Sin embargo, eso no doblegó a la chica.

—He escuchado esas mismas palabras en cientos de bocas Elsa, no eres la primera que me invita a hablar a su alcoba—la tuteó al fin, con mala leche—, y todas ellas han pagado por mis servicios.

La chica avanzó, pasando por delante de Elsa, golpeándola en el hombro y haciéndola a un lado para pasar.

—Lena, no estoy aquí para humillarte—confesó Elsa—, solo quiero pedirte disculpas y que hablemos.

La morena se detuvo, girándose con cara de pocos amigos y conteniendo el temblor.

—¿Sabes qué? Tienes razón—aceptó—. No estás aquí para humillarme, porque nadie jamás podrá volver a hacerme tanto daño otra vez—bramó con rencor—. Al menos me alegra saber que tu vida no es mejor que la mía.

—Lena… —a Elsa le temblaba la voz.

—¿Y sabes por qué? Porque estás condenada a estar sola y amargada de por vida y no es por culpa tus poderes como te piensas—le echó en cara, sin atisbo de duda en sus palabras—. Tú nunca sabrás lo que es el amor ni la entrega, porque estás vacía y muerta por dentro. Yo no soy un monstruo, pero tú sí…—la señaló, mientras sonría indignada— Qué irónica es la vida que te hayas casado y todo—expresó con saña—¡y con un vikingo! No me extraña que no lleve casado contigo ni dos semanas y ya tenga una amante para calentarle la cama.

—Lena—la nombró para que parara, porque sentía cómo se le detenía el corazón.

La chica estaba tan ciega de rencor que ni siquiera estaba midiendo las palabras.

—¿Qué pasa no lo sabías? Todo el castillo lo sabe.

Elsa quería decirle que sí lo sabía, pero realmente no le vio ningún sentido a defenderse.

—Lo que ocurre es que a ti no te importa nadie, ni tu reino, ni lo que piensen, ni lo que sufran. Solo piensas en ti y en tu maldito problema—prácticamente le gritó—. ¿Y sabes qué? Que a la gente tampoco le importas, al menos a mí ya no. No quiero hablar contigo ni quiero que vuelvas a dirigirme la palabra en tu vida. ¿Me entiendes?

—Solo quiero pedirte perdón… —trató de contener las lágrimas—. Déjame que te compense…

—No quiero tu mierda de perdón—zanjó—. No te haces una idea del infierno que he pasado. Ni con todo tu sucio dinero podrías pagar algún día ni la mitad de la miseria que he vivido, así que mételo donde te quepa. Para mí estás muerta.

Lena no esperó respuesta de Elsa y se marchó de allí sin más, temblando de ira y de impotencia, mientras se pedía a sí misma no derramar más lágrimas por esa mujer.

—.—.—.—.—.—.—.—

El comedor estaba más agitado que de costumbre aquella noche. La llegada de los jinetes no solo había sido un gran acontecimiento, sino que resultaban ser un centro de atención muy exótico, tanto por sus pintas como por sus historias de viajeros. Además, había que sumar que de alguna forma el escándalo de la pelea entre el teniente y Astrid había generado una admiración casi divina hacia la vikinga. La chica se había pasado la cena y prácticamente el resto de la noche saludando a hombres y mujeres de todo tipo, además de quitándose de encima a babosos y hombres de casamiento dudoso.

Hipo agradeció poder volver a estar reunido con sus amigos. No se había dado cuenta lo importantes que eran en su vida hasta que se había visto solo en aquel reino extranjero, pensando que su suerte sería estar condenado a ser el rey no deseado de aquellas tierras. Se pasó toda la cena oyéndoles sobre su largo y peligroso viaje hasta aquellas tierras, mientras además le explicaban cómo a Chusco se le había salido el hombro. Sin embargo, al rato paró de escuchar, ya que como era habitual, cada uno contaba una cosa distinta y el vikingo aceptó que nunca sabría la verdad de lo sucedido. Y que tampoco le interesaba.

Tras terminar su cena y cansado de aquel día, Hipo se levantó de la mesa junto con Astrid y Patapez, decidiendo que no querían seguir siendo partícipes de ese circo estrafalario que los gemelos y Mocoso había creado para divertir a los pueblerinos aburridos, ávidos de aventuras rocambolescas.

Antes de marcharse Estoico los hizo llamar, preocupado por el estado de salud de Astrid. No obstante, la chica ni siquiera cojeaba, así que aquello lo tranquilizó. Hipo y él intercambiaron una mirada confusa, sin decirse nada.

Estoico había estado observando a su hijo un rato durante la cena y verlo hablar con Astrid, riéndose divertido, le había partido el corazón. Se sentía responsable de todo aquello, pero no tenía valor para ser juez y decirle qué debía hacer o qué no. Al menos su conversación con Elsa lo había tranquilizado, sobre todo el hecho de que la reina estuviera al tanto de la situación y pareciera no importarle. No obstante, no pudo evitar esa preocupación de padre, ese dolor que se siente al saber que tu hijo sufre de lo único de lo que no le puedes proteger: de dolor en el alma.

Hipo acompañó a Patapez y Astrid hasta el lugar que le habían asignado. Ambos le invitaron a pasar, enseñándoles los camastros de paja en el suelo donde dormían y las vistas a un muro que tenían tras las ventanas. Igualmente, tampoco se podían quejar, ya que les parecía el mejor sitio donde habían dormido en días. Estuvieron también un rato riéndose al descubrir que Mocoso guardaba un espejo bajo la almohada, sin entender de dónde lo había sacado o desde cuando lo tenía. No obstante, tras esto decidieron que ya habían tenido suficiente por hoy. Astrid lo acompañó a la puerta.

—Cómo os echado de menos—le confesó a Astrid.

—Y nosotros a ti—dijo Astrid con sinceridad—. No es lo mismo patrullar islas sin que te pares cada diez minutos a trazar un mapa.

Hipo sonrió, sabiendo que aquello iba con segundas.

—Muy graciosa—dijo mientras la vikinga se reía.

Hipo no pudo culparla.

—¿Sabes? —se sinceró el vikingo—. Llevo más de una semana en este castillo y todavía no sé dónde duermen mi padre y el resto de vikingos.

Astrid notó por su tono que Hipo se sentía culpable, haciéndola recuperar un poco la seriedad.

—Tú has tenido tus propios problemas Hipo—le dijo Astrid, apartándole un mechón de la cara—, no te culpes ahora por eso.

Hipo le sonrió con tristeza.

—¿Segura que no te duele? —le señaló la pierna.

—Segura—mintió.

Hipo no estaba tan seguro de ello y en el fondo no quería que Astrid durmiera en el suelo con una herida a medio cicatrizar.

—Desde hace días tengo habitación y cama propia—le informó—. Así que si te duele o no te encuentras cómoda en el suelo… Puedo hacerte un hueco.

Astrid lo miró, con cierta picardía.

—¿Esto es una proposición incidente? —alzó una deja.

Hipo le lanzó también una mirada pícara, pero recuperó rápidamente la formalidad.

—Es solo proposición.

Por un segundo Hipo vio cierta duda en la vikinga, quien realmente deseaba volver a conciliar el sueño junto al vikingo. Echaba de menos la calidez de Hipo por las noches, pero también sabía que quizás no era el mejor momento.

—Me lo pensaré—dijo apretando los labios, llena de dudas—. Buenas noches, Hipo.

Hipo aceptó con cierto desconsuelo la respuesta.

—Buenas noches, Astrid.

Se quedaron un momento observándose en silencio en la puerta, el uno frente al otro, hasta que Astrid tomó el valor de darle un beso en la mejilla y despedirse de él, cerrando la puerta.

Hipo caminó con calma por la oscuridad de los pasillos, cargando una pesada tristeza. Tenía miedo de haber matado irremediablemente lo que había entre él y Astrid y se preguntó desesperado si algún día lo recuperarían. La echaba de menos y la necesitaba a su lado, en todos los sentidos. Necesitaba a Astrid a su lado para investigar, para tomar decisiones y para planificar; sin saber que se había vuelto tan dependiente de ella para esas cosas. Pero lo peor es que también sentía que necesitaba su cuerpo, algo que nunca antes se había planteado. Necesitaba abrazar con desesperación el cuerpo de la vikinga, besarlo y entrar dentro de ella. Sentía vergüenza de tener aquellos pensamientos, pero no podía evitar que un extraño deseo le persiguiera como un fantasma cada vez que estaba cerca de ella. Era algo primario y desesperante, pero en aquel momento Hipo hubiese dado cualquier cosa por hacerle el amor a esa mujer.

Intentando calmar aquellos pensamientos, llegó a su habitación. Metió la llave y tuvo que pelearse un rato con la puerta para conseguir que se abriera. En ese instante la imagen de Elsa volvió a su cabeza y sobre todo el hecho de que debía disculparse con ella, además de contarle lo que había visto en el bosque. Recordó también la manera en que ella se había marchado de la enfermería con esa cara de angustia, corriendo tras esa mujer, y se dio cuenta que realmente no sabía nada de ella. Miró hacia su habitación, pero no tenía valor suficiente para acercarse. Sin embargo, un extraño brillo llamó su atención.

Hipo escrutó en la oscuridad aquel brillo, que parecía emerger de debajo de la puerta y se acercó con cautela. Una vez parado frente a su puerta, se dio cuenta que se trataba de un charco de hielo. Aquello le pareció tremendamente extrañado, sobre todo porque el pomo de la puerta también estaba recubierto de una fina capa de hielo translúcido.

Su instinto le dijo que algo no estaba bien. Llamó a la puerta.

—¿Elsa? —preguntó, sin obtener respuesta.

Volvió a llamar, pero sin ningún resultado. En otras circunstancias no hubiese entrado, pero por alguna razón sintió que debía hacerlo.

Le costó un poco abrir la puerta, como si estuviera atrancada, pero al conseguirlo comprendió dónde estaba el problema, siendo sorprendido por un aire gélido y punzante. La habitación se encontraba completamente congelada por dentro, habiendo una espesa capa de hielo en el suelo, los muros y las ventanas. Adentro el aire estaba embravecido, generando una especie de ventisca de nieve que se movía con violencia entre esas cuatro paredes. Hipo se abrazó nada más poner un pie dentro, protegiéndose los ojos con los brazos y sintiendo cómo se le congelaban los oídos por dentro mientras su simple respiración creaba un hilo de vaho.

—¿Elsa? —preguntó asustado, sin valor para acercarse más y asombrado por aquella magia sobrenatural—. ¿Estás bien?

No obstante, no escuchar a la reina lo asustó, confirmando que estaba pasando algo que escapaba a su entendimiento. Hipo jamás habría podido imaginar nada parecido. Comenzó a avanzar por la habitación con cuidado de no resbalarse, pensando que aquello era una pesadilla. Tuvo que forzar la vista, porque la chimenea estaba apagada y no había ni una sola vela encendida. Por más que lo intentaba, le era imposible ver más allá de sus narices, porque además no podía mantener los ojos totalmente abiertos en ese caos de aire y nieve.

—Elsa—la llamó esta vez, con firmeza.

Hipo nunca sentido un frío como aquel, tan súbito y penetrante. Los dientes comenzaron a castañearle a medida que se acercaba a la cama, donde suponía que debía estar Elsa, ya que la nieve azotaba con más violencia aquella zona. Todavía no podía creer que eso estuviera pasando en aquella habitación.

Nada más acercarse, comprobó que el hielo se iba transformando en una pequeña montaña de nieve, donde comenzó a hundir sus congelados pies.

—¡Dioses! —maldijo.

Agradeció al menos no haberse equivocado. Elsa estaba hecha un ovillo sobre la cama, cubierta de nieve. Parecía un uno con todo, ya que llevaba el pelo suelo sobre la bata de dormir blanca que usaba y entre tanta nieve apenas se la distinguía sino fuera porque emitía vaho al respirar. La reina se movió con lentitud, apretándose las piernas contra el cuerpo en aquella posición fetal, temblando.

—¡Elsa! —gritó Hipo, quien apenas escuchaba su propia voz por el zumbido del aire—. ¿Qué está pasando?

No obstante, la chica apenas lo oyó. Hipo terminó lanzándose a esa montaña de nieve, sorprendido de que le costara tanto moverse en un espacio tan pequeño. Avanzó hasta hincar la rodilla en el colchón, haciendo que Elsa despertara de aquel trance.

—Elsa, no sé qué está pasando, pero necesito que te calmes —dijo sin atreverse a tocarla—. ¿Estás bien? —preguntó asustado.

—Sí—articuló casi en un suspiro, sin apenas moverse—, solo… solo tengo un poco de frío, nada más—le confesó.

Al oír aquello Hipo realmente se estremeció, ya que la propia Elsa le había confesado que ella nunca tenía frío.

—No estás bien—aseguró el vikingo, agarrando a Elsa sin pensárselo para incorporarla un poco—. ¿Qué ha pasado?

Hipo comenzó a notar cómo se le congelaban las manos al tocar a Elsa, perdiendo la movilidad en los dedos.

—Tengo mucho frío—dijo Elsa en un débil hilo de voz, apretándose contra el cuerpo del vikingo buscando calor, mientras una lágrima se le congelaba en la cara.

Hipo no tardó en comenzar a temblar al sentir el cuerpo de la chica junto al suyo. No había sentido tanto frío en su vida y por un instante pensó que se congelaría allí mismo. No obstante, la abrazó en un instinto de protección.

—Tranquila no pasa nada—consiguió decir, mareado por la falta de oxígeno—. Estoy aquí, no estás sola.

Aquellas palabras detuvieron de golpe la tormenta de nieve.

Fue una sensación de paz absoluta, sobre todo porque les habían dejado de pitar los oídos y el aire parecía volver a ser respirable; aunque el vikingo sentía que se le estaban rasgando los pulmones por dentro. La habitación parecía una hermosa estructura de cristal, teñida de blanco y azules que brillaban con la quietud de la muerte. Hipo seguía algo desorientado y mareado por la presión en los oídos y una suave y agradable sensación de hormigueo comenzó a invadirle desde la punta de los dedos hasta la cara. Contempló el vaho emerger de sus cuerpos, como una silueta fantasmagórica y le pareció que aquella imagen le hubiese parecido bella sino fuera porque tenía mucho frío y apenas se sentía el cuerpo. Se abrazó con fuerza a Elsa, quien estaba completamente helada y por un segundo sintió mucha paz, como si se pudiera quedar dormido en aquel silencio gélido.

Aquello lo hizo despertar de golpe.

—Elsa—le susurró, buscando su cara en aquella semioscuridad helada, sin sentirse la nariz ni las manos—¿Puedes andar? —le preguntó controlando su temblor, consciente de que se estaba entumeciendo y que no podía permanecer allí mucho tiempo más.

Elsa asintió, sin apenas moverse.

—Lo siento—pidió perdón al vikingo.

—No tienes que sentir nada—comenzó Hipo, ayudándola a erguirse sobre la cama, notando que el frío le mermaba las fuerzas y que Elsa apenas podía moverse—Necesito que me ayudes, Elsa—pidió temblando.

Hipo la miró a los ojos con determinación, intentado buscar qué clase de dolor podía provocar algo así en la reina.

—Vale—respiró hondo ella, aferrándose a Hipo para intentar salir de aquel manto de nieve y hielo.

El chico consiguió ponerse de pie y —sacando fuerzas de donde nunca las tuvo— acabó agarrando a Elsa en volandas y bajándola de la cama. La dejó con cuidado más o menos de pie a su lado. Hipo se echó el brazo de ella sobre el hombro y la sujetó por la cintura, mientras ella hacía el esfuerzo de andar, completamente entumecida. Hipo agradeció al menos que la tormenta hubiese cesado y que su prótesis hubiese decidido no jugarle malas pasadas, porque si no, seguramente no hubiese podido salir de allí.

Hipo llevó a Elsa hasta su habitación, sentándola inmediatamente en una alfombra frente a la chimenea, mientras le echaba varias mantas por encima. Él acabó haciendo lo mismo consigo mismo, completamente congelado.

Elsa no había dicho ni una sola palabra, quedándose en una especie de trance frente al fuego, mientras Hipo se frotaba las manos sin poder quitarse el temblor del cuerpo. También tenía el pelo y la ropa mojada por la ventica, pero se veía incapaz de desnudarse para ponerse ropa limpia. Tenía demasiado frío.

Echó con cuidado más leña al fuego y lanzó una mirada a Elsa, completamente inerte y sin expresión alguna. Y entonces se dio cuenta de que estaba llorado.

—Elsa…—intentó decir algo, pero aquellas palabras murieron en su boca.

Hipo estaba seguro que algo realmente grave le había pasado para estar así, pero no entendía qué. Ahora comprendía el miedo y la distancia de Elsa, sobre todo cuando le había advertido que era peligrosa. Y aquel pensamiento lo llenó de pena.

El vikingo se acercó a ella y la abrazó por la espalda, frotándole los brazos, como si así pudiera hacerla entrar en calor a ella también.

—¿Estás bien? —le dijo con cariño.

Elsa simplemente negó con la cabeza, echándose hacia atrás, buscando algo de calor y dejándose abrazar por el vikingo. Hipo se sentó tras ella y la apretó con fuerza, rodeándola con su cuerpo y preguntándose cómo Elsa podía haber perdido el control de esa manera.

—Es la tercera vez que me pasa—consiguió decir en un hilo de voz, lleno de angustia, como si le estuviese leyendo el pensamiento y quisiera justificarse—, pero nunca antes había pasado tanto frío.

—Me has dado un buen susto—la estrechó con sus brazos, sintiendo que era la segunda vez que usaba esa frase en el mismo día.

En ese preciso instante Hipo se dio cuenta de que Elsa le importaba más de lo que pensaba. Apenas se conocían de unas semanas y aun así sentía que realmente algo dentro de ellos había conectado y aquello le generó mucho sufrimiento, sobre todo al verla así.

—No deberías abrazarme—dijo seca—. He estado a punto de matarte.

Hipo tragó saliva, analizando detenidamente lo que había pasado.

—He estado a punto de morir otras veces—intentó quitarle importancia—y sinceramente, ésta ha sido la más agradable.

Elsa fue invadida de nuevo por aquellas lágrimas silenciosas.

—No quería preocuparte, Hipo— dijo a media voz—. De verdad, tú ya tienes bastante con lo tuyo.

Hipo se sintió mal oír aquello.

—Elsa, tú también formas parte de lo mío —expresó el vikingo con una sinceridad que hasta le sorprendió—. Es normal que me preocupe si no estás bien.

—A veces siento que me lo merezco.

Aquello descuadró a Hipo.

—Elsa, tú no te mereces esto—dijo el vikingo, adelantando un poco la cabeza para mirarla.

—Tú no puede saberlo, Hipo.

—Pues cuéntamelo y ya decidiré yo—pidió Hipo, agradecido de haber dejado de temblar, pero completamente entumecido.

Elsa, sin embargo, negó con la cabeza.

—No, Hipo—dijo, cambiado al fin aquella pasividad por una expresión de dolor—. No sería capaz de que tú también me vieras como un monstruo.

Hipo se limitó a abrazarla con más fuerza al oír aquello, mientras ella comenzaba a convulsionarse en aquel fallido intento de controlar el llanto.

—Nunca podría verte como un monstruo Elsa—le aseguró Hipo, mientras enredaba su nariz en su pelo blanco de ninfa.

—Lo harás… —se limitó a responder ella, sorbiéndose la nariz y cubriéndose la cara con las manos.

—No lo haré—le prometió Hipo.

Elsa no se sentía merecedora de aquel cariño que le estaba regalando el vikingo, no entendía cómo podía ser así con ella cuando había estado a punto de matarlo, además de que llevaban días sin dirigirse la palabra por las cosas tan crueles que le había dicho. Hipo sin duda no parecía un vikingo, ni siquiera parecía humano a ojos de Elsa, con esa bondad suya. Se sentía terriblemente mal por todo lo que le había dicho.

Hipo no supo por qué, pero ante el silencio de Elsa y su temblor, le dio un beso en la cabeza y otro detrás de la oreja, sintiéndose tremendamente extraño al sentir aquella sensación mágica y fría en los labios, pero movido por la necesidad de hacerla sentir bien.

—Elsa—la llamó con dulzura—. No tienes que contarme nada que no quieras, a mí me vale con que estés bien y para eso necesito que intentes calmarte y entre en calor, ¿vale?

Elsa se había quedado algo desconcertada por esa muestra de afecto, ya que nadie nunca, excepto su madre, la había besado en el cuerpo con esa ternura.

—Vale—aceptó ella, intentando calmar aquellas cálidas sensaciones que comenzaron a invadirla.

Hipo se separó un poco de ella, temiendo haberla incomodado.

—¿Has cenado algo? —le preguntó.

Elsa negó con la cabeza.

—No tengo hambre.

Aquella respuesta no le sirvió al vikingo, quien se levantó de la alfombra y se quitó la manta que llevaba para echársela a Elsa por encima.

—¿A dónde vas? —preguntó al ver que Hipo se disponía a salir de la habitación.

—A por algo que te ayude a entrar en calor.

Elsa se quejó de que no tenía hambre, pero Hipo no la escuchó, desapareciendo por la puerta y volviendo al rato con algo de pan y sopa caliente. Elsa tenía un nudo en el estómago, pero no quiso hacerle el feo a Hipo así que se tomó todo aquel líquido caliente, dándole la razón al admitir que se encontraba mucho mejor así.

Hipo se sentó frente a ella, jugando con una ramita en el fuego de la chimenea, mientras ella comía en silencio. El vikingo acabó acercándose a la cama para coger la última manta que quedaba, colocándosela sobre los hombros. Sentía que el frío se le había metido en los huesos y la humedad de la ropa no le ayudaba.

—Hipo—rompió Elsa el silencio, mucho más tranquila—. Quiero pedirte disculpas… por… por todo lo que pasó.

Hipo la miró algo abstraído, sintiendo que él también era responsable.

—No, Elsa—se sinceró—. Yo también me pasé, fui un poco intransigente contigo y entiendo que la situación era bastante delicada. Tú solo querías hacer lo correcto y yo te presioné.

—Hay… hay algo que no te conté Hipo—le dijo, mirándole con esos enormes ojos azules a los que no le quedaban lágrimas.

Hipo frunció el ceño sin comprender.

—¿Recuerdas las caléndulas que encontraste?

Hipo asintió.

—Las caléndulas se usan en estas tierras para tratar infecciones y curar heridas de quemaduras—le explicó—. Al principio cuando me dijiste que habías encontrado un ramillete intacto de caléndulas en el pueblo no le di importancia, pero cuando vi a los heridos todo tuvo sentido.

Hipo intentó seguir aquel razonamiento, sin llegar a entender.

—Los supervivientes fuera de la cúpula habían estado usando caléndula para sanarse—le reveló—. Yo misma he encontrado algunas flores por el pueblo. El problema es que la caléndula en altas dosis es venenosa y puede causar la muerte, sobre todo en personas deshidratadas o malnutridas.

Hipo comprendió entonces qué había pasado.

—Se habían intoxicado—razonó el chico, apremiado por Elsa.

—Ambos tenían los labios azules cuando los encontramos—explicó Elsa—. Simplemente quería ahorrarle el sufrimiento a esa pobre chica en sus últimas horas. Quería contártelo, pero empezamos a discutir y… no sé… Llevo días queriendo hablar contigo.

El vikingo tomó aire, sintiéndose algo culpable de haber tratado con tanta dureza a Elsa.

—Yo también llevo días intentando pedirte disculpas.

Elsa negó con la cabeza, agarrando y cerrando las mantas sobre su cuerpo, mientras miraba al fuego.

—Soy yo la que quiere disculparse—argumentó ella—. No pienso eso que dije de los tullidos.

—Lo sé—le aseguró Hipo—, pero también entiendo lo que querías decir.

El chico se miró la prótesis, observando sus engranajes brillar por el fuego.

—Yo he tenido mucha suerte—le confesó a Elsa—, puedo hacer vida normal y nadie en mi entorno ve extraño tener un líder con un solo pie. Ya nos has visto a todos—pensó en el resto de vikingos—, estamos acostumbrados a la pérdida, pero entiendo que no todos los casos son iguales. No es fácil despertar y descubrir que te falta un trozo de ti.

Aquella información dejó una sensación muy desagradable en Elsa, quien siempre pensó que Hipo había perdido la pierna en una contienda o algo.

—¿Qué pasó? —preguntó con timidez al chico.

Hipo tomó aire, intentando restarle importancia.

—¿Recuerdas la historia que te conté sobre cómo dragones y vikingos nos hermanamos?

Elsa recordaba perfectamente aquel relato de Hipo en las mazmorras.

—Cuando me desperté tras la batalla, ver a Desdentao en mi casa no fue la única sorpresa que me llevé—le especificó—. Cuando fui a salir de la cama descubrí que me faltaba el pie.

Elsa abrió los ojos, con cierto terror ante aquella idea.

—Cuando Desdentao y yo vencimos a Muerte Roja—dijo refiriéndose al gigantesco dragón—, la cola de mi dragón se quemó y ambos caímos en picado a las llamas. Yo perdí la conciencia, pero Desdentao consiguió salvarme del fuego. Sin embargo, me atrapó en el aire, sin poder evitar destrozarme el pie con sus dientes. Todavía tengo algunas marcas.

Elsa tragó saliva, imaginando lo duro que debía ser algo así.

—Lo siento—dijo.

—No hay nada que sentir—le respondió Hipo con una sonrisa—. Gracias a eso estoy vivo.

Elsa también le sonrió, agradecida de que el vikingo hubiese compartido algo así con ella.

—¿Y no te la quitas nunca? —preguntó por curiosidad.

—Sí, constantemente—le reveló, más animado—. A veces se la lanzó a Desdentao para jugar con él o no sé, cuando me meto en la cama y esas cosas…

Aquello sin embargo le extrañó a la reina.

—No he visto que te la quitaras para dormir las últimas noches—recordó Elsa.

—Si te soy sincero me daba algo de vergüenza—dijo con algo de pudor, abrazándose a sí mismo dentro de aquella manta que lo envolvía—. No sabía si te incomodaría.

Elsa le sonrió, observando el verde de sus ojos y el color tostado de su piel junto al fuego. Hasta el corte sobre su nariz le parecía atractivo. Odiaba darle la razón a su hermana, pero quizás sí que Hipo le gustaba un poco.

—No me incomoda para nada—le dijo con honestidad—, aunque tengo que decirte que nunca antes he visto un muñón.

A Hipo aquello le hizo hasta gracia.

—Cómo se nota que no sois vikingos—respondió a su comentario—, aunque ya te advierto que no te has perdido nada, son todos bastante feos.

Por un momento ambos se ruborizaron al escuchar sus propias palabras, ya que sacadas de contexto era bastante malsonantes.

Elsa bajó la cabeza con las mejillas encendidas, compartiendo una mirada cómplice con Hipo.

—Qué tontería acabo de decir—rompió la incomodidad Hipo, haciendo que a Elsa dejara escapar una risa suave.

Le encantaba su risa y agradeció que pareciera encontrarse mejor después de lo que había pasado.

—Al final se te ha quedado mejor de lo que pensaba—dijo Elsa señalándole entonces la nariz al chico.

Hipo movió la nariz de lado a lado, descubriendo que le dolía todavía.

—Sí bueno, parece que me he metido en una pelea de taberna, pero supongo que me da una aire interesante y misterioso.

A Elsa todo Hipo le parecía interesante y misterioso en general, además de su entorno y sus extrañas creencias. Jamás se imaginó a sí misma compartiendo aquella intimidad con nadie y menos con un vikingo. Sin embargo, aquello le rememoró las palabras envenenadas de Lena, cuando le había dicho que jamás sería amada.

—¿Qué tal está Astrid? —preguntó entonces, más seria.

—Bien—contestó Hipo, sin pasar por alto aquel cambio de actitud en la chica—, no es la primera vez que le pasa, está acostumbrada.

—Es muy buena guerrera—opinó la reina, quien nunca había visto pelear a nadie como lo había hecho la vikinga.

—Sí que lo es—le dio la razón Hipo, notando cierto malestar invadirle el pecho.

Sin duda había sido la batalla más intensa que había recordado la reina en años de torneos y justas. Astrid no solo era buena peleando, sino que además se notaba que era inteligente de sobra. Era hipnótico verla pelear y adivinar movimientos de sus adversarios —o al menos Elsa no había podido quitarle el ojo de encima, maravillada por la energía de esa vikinga. Era imposible no desear ser algo más como ella.

—¿Cómo se lo ha tomado? —preguntó Elsa, ya que la noche anterior Hipo parecía no estar como para hablar de aquellas cosas.

Realmente Elsa no quería causarle problemas a Hipo y tras conocer a Astrid, aunque apenas hubiesen intercambiado palabra, sentía que la joven no se merecía sufrir. En ese instante, Elsa se sintió un poco mal por sentir aquella especie de celos.

—No muy bien—respondió Hipo, tensándose.

Elsa sacó una mano de entre las mantas y buscó con ella la mano del vikingo. Hipo no dudó en tomarla, sorprendiéndose de que Elsa tuviera la mano caliente.

—Se nota que le importas mucho—lo animó la chica, apretándole la mano—. Ya se le pasara, estoy segura.

—Espero que tengas razón—se limitó a decir, acariciando su mano.

El fuego prácticamente se había consumido cuando se quedaron en silencio. Hipo se frotó los ojos, mirando las ascuas, perdido en sus pensamientos al igual que la reina. Había decidido que lo que había visto en el bosque podía esperar, ya que no le pareció el mejor momento para preocupar aún más a Elsa. En aquella oscuridad, le lanzó una mirada furtiva, intentando leer en ella qué podía causarle tanto dolor, sin hallar respuesta alguna. Por un momento pensó que a lo mejor se trataba de Astrid, pero descartó la idea al pensarla detenidamente. Elsa no le parecía una mujer celosa y además entre ellos no había nada. ¿O sí? Pensó al descubrir que estaba mirando los labios de la reina.

—Hipo—dijo entonces Elsa, haciéndolo casi saltar en el sitio del miedo a que ella lo hubiese pillado mirándola de aquella manera—. ¿Te… te importa si me quedo aquí esta noche? Puedo dormir en el suelo, por eso no te preocupes—se apresuró en añadir—. Simplemente… no… no quiero estar sola.

Hipo asintió. Él tampoco quería estar solo. Llevaba varias noches bailando con esa soledad insoportable.

—No voy a dejar que duermas en el suelo—se quejó el vikingo.

—Ni yo a que lo hagas tú, por un capricho mío.

Hipo se puso de pie, acomodándose aquella manta y ofreciéndole la mano a ella para que se levantara del suelo.

—La cama es muy grande—dijo entonces—. Somos adultos, estoy seguro que podemos dormir los dos en ella sin rozarnos. Prometo no tocarte.

Aquello ruborizó a Elsa, quien asintió.

Hipo y ella colocaron las mantas que habían tomado prestadas de nuevo sobre la cama y retiraron algunos libros que el vikingo tenía esparcidos encima de ella. Elsa fue la primera en meterse en la cama, agradecida de la suavidad y el calor que desprendían las mantas, mientras Hipo se quitaba la ropa y se ponía una muda para dormir. Elsa no se atrevió a sacar la cabeza de las sábanas, pese a que prácticamente no se veía nada. Le daba demasiada vergüenza pensar en la desnudez del chico.

Tras esto Hipo se sentó en la cama, quedándose un momento pensativo.

—Puedes quitártela, no me importa—dijo entonces Elsa, adivinando lo que estaba pensando.

Hipo asintió en aquella oscuridad, haciendo chirriar algunos engranajes mientras se deshacía de aquella pieza metálica y la dejaba en el suelo. Se metió en la cama con cuidado de no importunar a Elsa y se tapó hasta el cuello.

—Qué raro—dijo entonces Hipo.

Elsa no le comprendió.

—¿El qué? ¿Que estemos haciendo lo que se supone que hacen los matrimonios? ¿Lo que deberíamos haber hecho desde el principio?

Hipo no pudo evitar pensar en la inocencia que tenía Elsa. Si estuvieran haciendo lo que hacen los matrimonios, no estarían precisamente hablando.

—Desprendes mucho calor—le confesó.

Elsa se quedó un momento meditando aquello en silencio, abrazándose ambas manos. Ella nunca podía sentir frío ni calor, y por esta misma razón tampoco podía medirse la temperatura corporal. Lo único que podía notar era cuando tenía fiebre, pero porque en seguida notaba el descontrol en sus poderes.

—No sé—fue lo único que consiguió decir—. Es como… si se hubiesen ido… pero sé que siguen aquí.

—¿Tus poderes?

—Sí.

Hipo se tumbó de lado, mirándola en la oscuridad.

—Habías dicho que no es la primera vez que te pasa—recordó Hipo, bajando un poco la voz.

Elsa suspiró, mirando al techo.

—Cuando murieron mis padres sufrí una crisis parecida—le confesó con un rastro de tristeza en la voz—, congelé toda mi habitación y no dejé que nadie entrara hasta tres días después, cuando pensé que el dolor me mataría. Anna me necesitaba y sabía que en el fondo mi dolor no podía ser más grande que el suyo.

Elsa hizo una pequeña pausa antes de continuar, como si estuviera midiendo las palabras.

—Cuando pensé que Anna había muerto por mi culpa—hizo referencia a la historia que le había contado a Hipo a las mazmorras—, desaté también una ventisca, pero me rendí enseguida, porque sin Anna ya no tenía sentido nada. Supongo que hoy me he sobrepasado un poco, mis poderes también tienen límites.

Hipo la miró con tristeza, mientras Elsa se miraba las manos con preocupación.

—Elsa, comprendo que no quieras hablar del tema—dijo pausadamente—, pero si necesitas hablar puedes hacerlo conmigo, prometo escuchar en silencio y no juzgarte. No es justo que cargues tanto sufrimiento tú sola.

En aquel momento Elsa se dio cuenta que inconscientemente Hipo estaba repitiendo las palabras de su padre. Era el mismo consejo que le había dado Estoico. Elsa suspiró.

—Tengo… tengo miedo de que cambies de opinión sobre mí.

—No lo haré—le aseguró—. Tampoco quiero forzarte a que me lo cuentes, solo quiero que sepas que estoy dispuesto a escucharte.

—Gracias—susurró en la oscuridad.

Ambos se quedaron un momento en silencio e Hipo comprendió que Elsa ya había tomado su decisión. El chico iba a girarse para el otro lado cuando notó cómo Elsa se movía, buscando su mirada en la oscuridad y tumbándose frente al vikingo.

—¿Me prometes que no se lo contarás a nadie? —pidió, casi como una súplica.

—Te lo prometo—respondió Hipo, observando su rostro en la oscuridad.

—Cuando digo a nadie es a nadie, Hipo—quiso aclarar Elsa—, ni siquiera a mi hermana o a Astrid.

Elsa necesitaba asegurarse que aquello no iba a salir de allí por nada del mundo.

—Te lo juro—sentenció firme el vikingo.

Elsa volvió a tumbarse boca arriba, como si no pudiera contarle aquello a Hipo mirándole a los ojos.

—¿Recuerdas la chica que ha estado hoy en la enfermería llevándole algo a Astrid?

—¿Lena?

A Hipo le pareció extraño que Elsa nombrara a la prostituta, aunque aquello pareció encajarle al recordar su rostro descompuesto al verla y la forma en que echó a correr tras ella.

—Lena y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo Hipo—le reveló la reina—, aunque si te soy sincera hace más de diez años que no la veía.

Elsa sacó las manos de entre las sábanas y se puso a jugar con sus dedos, inquieta.

—Conocí a Lena cuando tenía unos trece o catorce años—comenzó a relatar—, ella era algo mayor que yo y también mucho más despierta. Siempre lo ha sido. Realmente fue una simple casualidad. Nunca deberíamos habernos conocido, pero la vida es extraña… yo me desperté una noche de una pesadilla y como no conseguía calmarme decidí bajar a las cocinas a por un vaso de agua.

Elsa esbozó una especie de sonrisa.

—Mis padres me tenían estrictamente prohibido salir de la habitación, pero yo pensé que no pasaría nada, además, todo el mundo estaría durmiendo y yo no tardaría. Sentía que me ahogaba en aquellas cuatro paredes. Recuerdo que bajé las escaleras de dos en dos, completamente asustada y emocionada de que alguien pudiera pillarme, cuando de repente llegué a las cocinas—se detuvo—. Y allí estaba ella.

La reina tragó saliva, algo incómoda.

—Lena se había despertado al escucharme. Estaba durmiendo junto a la chimenea de las cocinas, con aquella cabellera rizada indomable y vestida con apenas unos harapos. Yo me llevé un gran susto al verla y creo que ella también al verme a mí. No obstante, tras un momento en silencio, me sonrió y me preguntó si necesitaba algo. Fue muy amable conmigo y aunque sabía que tenía que irme me quedé un ratito hablando con ella. Acababa de mudarse con su madre desde un reino vecino y al parecer mi padre las había contratado para trabajar en las cocinas. Lena me explicó que solo tenían una cama y que prefería que su madre durmiera en ella, así que todas las noches se tumbaba junto al fuego de la cocina para estar calentita.

Hipo no conseguía poder imaginarse a la Lena que había conocido en aquella historia.

—Era muy deslenguada—dijo Elsa con una sonrisa—, sin duda sabía de la vida mucho más que yo, pero eso me gustaba. Al principio intenté evitarlo, pero al cabo de unas semanas empecé a bajar todas las noches a las cocinas. Era como nuestro gran secreto y yo pasaba tanto tiempo sola que necesitaba sentir que tenía una amiga. Y Lena era maravillosa. Eran tan divertida. No sabía leer, pero era muy buena inventándose historias, así que todas las noches jugábamos a inventarnos cuentos fantasiosos que yo prometía escribir al día siguiente para que no los olvidáramos.

—¿Y los tienes todavía? —interrumpió Hipo, con curiosidad.

—Por supuesto—afirmó Elsa—. El caso es que Lena se convirtió en mi mejor amiga, mi única amiga de hecho. Fue la primera a la que le mostré mis poderes y en vez de asustarse o rechazarme, quedó maravillada. Decía que era muy injusto que me tuviesen encerrada e ideó muchos planes de fuga que nunca cumplimos. Con el tiempo me enteré de que su madre estaba muy enferma y que por eso ella nunca daba el paso a marcharse.

Elsa se detuvo un momento, intentando gestionar cómo poder explicar lo que vino después.

–En todos nuestros cuentos ella y yo siempre éramos dos fugitivas que íbamos por el mundo impartiendo justicia. Su historia favorita era sin duda la de Rapunzel.

Hipo la miró sin comprender.

—¿No conoces esa historia?

Hipo negó con la cabeza.

—Es sobre una joven que vive en una torre encerrada por una bruja, esperando que un príncipe la rescate. Lena decía que ella era ese príncipe y que en cuanto pudiera, me rescataría de mi prisión. No obstante, todo se complicó una noche.

Elsa hizo una pausa, tomando aire.

—Bajé las escaleras en silencio, como cada noche, cuando comencé a oír mucho alboroto y movimiento de soldados. Me quedé un momento escondida, intentando entender qué había pasado, pero tuve que marcharme al ver que alguien se acercaba. Estuve sin ver a Lena más de una semana, hasta que una noche se presentó en mi cuarto. Yo había empezado a oír algunos rumores, pero nadie me quería decir nada. Sin embargo, ver a Lena en la puerta de mi habitación en mitad de la noche confirmó todas mis sospechas. Nunca me contó con detalles qué había pasado exactamente, pero acabé enterándome de que Lena y su madre habían huido de su casa meses atrás.

Hipo comenzó a notar que Elsa se tensaba y que aquel relato empezaba a perder toda aquella inocencia que tenía.

—Estaban huyendo de su padre y las había encontrado en nuestro castillo, después de meses buscándolas. Su padre las amenazó y las obligó a volver con él. Al parecer les daba muchas palizas. La noche del alboroto simplemente su padre se había presentado en las cocinas y acabó mató a cuchillazos a su madre delante de otras mujeres.

Hipo tomó aire ante aquella revelación, sintiendo un nudo en el estómago.

—Nunca me quiso dar más detalles y nadie me los daría después, pero supe que no podíamos seguir viéndonos en las cocinas, era demasiado doloroso para ella, así que empezamos a vernos en mi habitación.

Elsa tragó saliva, incómoda.

—Cada noche pasábamos más tiempo juntas y Lena insistía cada vez en nuestro plan de fuga. Yo no estaba segura Hipo, no quería dejar a mi familia y sentía que quizás si me marchaba podía poner a alguien en peligro. No obstante, tenía mucho miedo de perder a Lena, porque ella no quería ni podía estar más tiempo en nuestro castillo. Así que una noche, cuando me confesó que se marchaba y temiendo que nunca más la volvería a ver, la besé.

El vikingo había estado tan concentrado en sus palabras que no fue hasta ese momento que se dio cuenta de que Elsa había vuelto a empezar a llorar.

—¿Y sabes lo peor? —preguntó con dolor—. Que me correspondió.

Las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas.

—Dios Hipo, yo estaba tan enamorada de ella—confesó.

Aquella revelación cogió por sorpresa a Hipo, que nunca hubiese podido imaginar que Elsa tuviera ese tipo de predilección por las mujeres. Tampoco le parecía nada raro, ya que conocía a más vikingas y vikingos que se veían atraídos por su propio sexo, pero le sorprendió viniendo de Elsa. Se sintió algo decepcionado y confundido entonces, ya que su ego se había hecho a la idea de que le gustaba a la reina y pensar que solo habían sido imaginaciones suyas le dolió como un puñetazo sin saber por qué. Bueno, sí lo supo, pero era más fácil aguantar el dolor que admitir que a él también le gustaba Elsa.

—¿Y…? —intentó preguntar Hipo—, ¿qué pasó?

Elsa se secó las lágrimas con las manos.

—Que le destrocé la vida, eso es lo que pasó—dijo enfurecida consigo misma, sin poder evitar contener las lágrimas—. Yo la retuve junto a mí egoístamente cuando ella necesitaba marcharse y empezar una nueva vida—intentó tranquilizarse—. Se pasaba todo el día trabajando como una esclava en las mismas cocinas donde habían matado a su madre y luego venía a verme cada noche, con una sonrisa en los labios, como si todo estuviera bien. Nunca la vi llorar y eso que tenía motivos de sobra para hacerlo. Había noches que incluso nos besábamos hasta que salía el sol. Ni siquiera sé cuándo sacaba tiempo para dormir—se le quebró la voz—. Eran cosas de crías Hipo, pero yo sabía que aquello no estaba bien y lo peor es que no podía aceptar que yo fuera así.

Elsa volvió a enjuagarse las lágrimas entre las manos, intentando controlar el temblor de sus labios.

—Todo era como un bonito sueño, como una de las historias de Lena con final feliz, hasta que mi padre nos pilló una noche.

Hipo se tensó al oír aquello, intentando leer el rostro de Elsa.

—Nunca había visto a mi padre así… Nos llamó putas y sacó a Lena arrastrando de mi habitación agarrada por el pelo. Yo le pedí que parara, que no era lo que pensaba, pero evidentemente sí que lo era. Mi padre, que nunca me había pegado, me dio una bofetada y me encerró bajo llave. Creo que no he llorado tanto en mi vida. Pensé en escaparme, pero no tuve el valor para hacerlo. Al otro lado escuché cómo los guardias le pegaban y se la llevaban, mientras le decían todo tipo cosas obscenas. Yo… yo nunca tuve el valor de preguntar qué habían hecho con ella aquella noche—se le cortó la voz a Elsa—, solo éramos unas niñas.

Hipo, pese a que le había prometido a Elsa que no la tocaría, buscó su cuerpo entre las sábanas y la abrazó. Ella no puso objeción, aferrándose inmediatamente a su cuerpo, desconsolada.

—Elsa no podías hacer nada—intentó tranquilizarla Hipo, completamente descompuesto por el relato.

—Tenía que haber pedido que pararan—dijo entre lágrimas—, tenía que haber hecho algo, pero la dejé sola, Hipo.

Hipo simplemente la dejó llorar y desahogarse, mientras le acariciaba la cabeza en silencio, sin saber qué más podía hacer.

—Lo peor es que… —intentó seguir explicándose Elsa—, mi padre me hizo ir a verla al día siguiente, delante del consejo y tuve que decirles que había intentado robarme y que era una desviada, porque mi padre no podía dejar que el escándalo saliera del castillo y llegara a oídos de los reinos vecinos. Ya era demasiado duro ocultar a una hija con poderes, imagínate si además se corría la voz de que yo también era una desviada.

Hipo nunca había sufrido en sus carnes tanto dolor ajeno y sintió cómo se le encogía el corazón al escucharla.

—Elsa—le acarició la cara, intentando secarle las lágrimas—. No tiene nada de malo que te gusten las mujeres y si al resto de reino vecinos les escandaliza pues… pues que les follen—dijo tan enfadado que ni se reconoció en sus palabras—. No se merecen tus lágrimas.

La reina no podía creerse que Hipo se hubiese tomado aquello con tanta naturalidad y sin poder evitarlo se abrazó a él con más fuerza, agradecida de que el vikingo le correspondiera con tanta calidez. Elsa no entendió por qué, pero se sintió realmente bien después de haberle contado eso a alguien.

—No me puedo quitar de la cabeza su mirada de odio—se sorbió la nariz, hablando escondida en el hombro del vikingo—. En mi familia no volvimos a sacar el tema nunca más, creo que mi padre ni siquiera se lo contó a mi madre. Mi padre siempre había sido un hombre bueno y cariñoso, nunca pensé que pudiera actuar de una forma tan cruel.

Hipo le apartó el pelo de la cara con dulzura.

—Supongo que él pensó que hacía lo correcto—intentó alentarla un poco, sin poder creerse que de verdad estuviera defendiendo a ese hombre—. Aunque sinceramente, no puedo justificarle.

—Yo tampoco—confesó Elsa, quien siempre le había guardado rencor por ello, pese a todo su amor hacia él.

Elsa siempre había sido su favorita, el ojito derecho de su padre.

—Echaron a Lena del castillo dos días después y como se había corrido la voz de que era una ladrona y además no tenía familia, no le quedó otra que… bueno… ya sabes… —dijo más tranquila pero llena de culpabilidad—. Yo no me enteré de eso hasta mi segunda coronación, pero pensé que era demasiado tarde como para acercarme allí a hablar con ella. El prostíbulo está a las afueras, en un camino a media hora del pueblo, hubiese sido muy extraño que alguien me hubiese visto allí. No sé… He estado pensando en Lena casi todos los días desde entonces, hasta que la encontré entre los supervivientes, con esa cara de que había vuelto a fallarle otra vez.

Hipo no sabía muy bien qué decirle, entendiendo al fin por qué Elsa le había dicho que no quería que él pensara que era un monstruo. Hipo no podía pensar eso de ella, pero sí que le había sorprendido ese secreto de su pasado, completamente oscuro y terrorífico.

—¿Has intentando hablar con ella? —preguntó el vikingo, intentando pensar una solución, aunque lo veía complicado.

—No quiere escucharme, ya me lo ha dejado bien claro—aceptó derrotada.

Fue ahí cuando el vikingo ató cabos y entendió que eso era lo que le había llevado a Elsa a sufrir aquella especie de crisis. Y de alguna forma la comprendió. Debía ser horrible cargar con algo así sobre los hombros.

—Ya encontrarás una forma de hablar con ella—la animó—. Eras una niña Elsa, no tenías control sobre lo que pasaba a tu alrededor.

—No lo sé… —dijo apenas sin voz—. Quizás ella tiene razón y estoy algo muerta por dentro… tengo lo que me merezco.

Hipo la acalló, como si aquello fuera una estupidez que no debía volver a repetir. Elsa podía haber cometido errores, pero no por ello tenía que creerse que estaba condenada a una vida miserable.

Estuvieron un rato abrazados en silencio en la oscuridad y aunque pudiera parecer extraño, les resultó tremendamente cómodo. Al rato Elsa volvió a retomar el llanto, pero apenas le quedaban lágrimas y terminó por quedarse dormida. Hipo tardó algo más en conciliar el sueño, dándole vueltas a ese relato y al dolor que sufría Elsa. Realmente sintió pena por ella y pensó que no se merecía la vida que había tenido hasta entonces, encerrada y reprimida. Ahora sinceramente admiraba y valoraba más la voluntad de Elsa para reinar aquel reino que solo la había hecho sufrir.

La escrutó en silencio, en la intimidad de la noche, sin poder creerse todavía que estuviera abrazado a aquella mujer. Dormida parecía mucho más joven y menos terrenal, como si no perteneciera a ese mundo. Hipo sintió una terrible culpabilidad, no solo por Astrid sino también por sus propios sentimientos. Seguía sin comprender qué le estaba pasando, ni por qué la revelación de Elsa en vez de alivio le había provocado dolor.

Hizo amago de salir de la cama e irse a dormir al suelo, sintiendo que aquello no estaba bien, cuando de repente Elsa se movió un poco, acomodándose contra su cuerpo y acercando sus piernas a las de él, con esa torpeza de quien nunca ha sido amado.

Y entonces aceptó que no quería alejarse de ella, temiendo que con la salida del sol Elsa volviera a levantar ese escudo de hielo que la separaba de todos y todo.

.


Y hasta aquí por hoy! Espero que lo hayais disfrutado ^^

REVIEWS

Lo primero de todo mil gracias a todos por vuestras maravillosas reviews, como ya he dicho arriba, a algunos ya os he contestado por privado, pero igualmente os doy las gracias por aquí a Antonio405 por su apoyo y sus recomendaciones, a Kolomte'49 por sus reviews llenas de ese maravilloso feedback y a denebtenoh por haberme alegrado los días.

Lily: hola Lily, espero que estés bien. En cuanto a tu review, imagino que cuando leas el capi anterior y éste se resolverán tus dudas de qué ocurrirá con la llegada de Astrid. Va a desatar un poquito de caos jajaja. Y Elsa, como verás, necesitaba pedirle disculpas a Hipo. Espero que estés bien, un besito enorme.

Guest: Hi! Thanks for feedback. I'd love could write and translate this into english, but if I'm honest (with you and myself), english is not my mother tongue so Idk if I could do it properly. Also because the way of writing is different. However, if I find time and someone who can help me to tranlate, maybe I'll do it, 'cause I know that most of this fandom are english speakers. Thanks again! XX

flores231: hola! Muchas gracias por tu linda review, me alegra mucho saber que para ti está mereciendo la pena seguir esta historia. Mil gracias de verdad por animarte a comentar, me alegraste el día ^^

ZAIKO23: no te preocupes por la tardanza, lo importante es la intención :D Imagino que la mayoría estamos todos en el mismo punto: entre ocupados y ociosos. A mí los días se me hacen muy raros, porque estudio y trabajo de lunes a viernes (ahora de manera online) y al estar todo el día en casa, los días se me pasan volando y con una sensación de que no los aprovecho o que no me da tiempo a nada, así que te entiendo. En cuanto a la historia, pronto Elsa y Astrid empezarán a interaccionar, tranquilx, porque hasta ahora entre unos y otros no las han dejado ni presentarse formalmente jajaja pero en los próximos capis se verá. Un besito enorme para ti, cuidate mucho.

Y un beso también y mucho ánimo para todos los amigos y anónimos que leen.

Nos leemos en el siguiente!