Hola!
¡Espero que no se os haya hecho muy larga la espera!
He de decir que aunque no haya podido cumplir mi record por semana, he disfrutado muchísimo escribiendo este capi, sobre todo porque empieza a dejar pistas sobre la trama (además de otras sorpresas jajaja) Por suerte, el siguiente capi lo tengo prácticamente escrito también, pero no sé cuándo podré revisarlo y subirlo, ya que empiezo con las entregas finales de la universidad. Así que paciencia y mil gracias por todos los mensajes de apoyo!
Como siempre, mil gracias a todos los lectores fieles que me dejáis review en cada capi. No sabéis la alegría y motivación que supone para los que escribimos. ^^
Espero de corazón que todxs estéis bien y que estéis llevando la situación lo mejor posible. Un beso enorme, nos leemos abajo.
PD: Por último quería advertir que aunque este fic esté catalogado como T, este capi lo subiría a M, por lengua vulgar y descripciones explícitas. Creo que apartir de ahora iré avisando al principio de los capis, también cuando haya violencia o escenas de sangre, por si alguien es más sensible.
LA GUERRERA DE HIELO
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Elsa llevaba tantas noches sin dormir y descansar que ni siquiera notó en qué momento Hipo había salido de la cama.
La reina por lo general tenía el sueño muy ligero y no solo cualquier ruido la despertaba con facilidad, sino que además le costaba horrores volver a conciliar el sueño. Sin embargo, como presa de un embrujo o de su propio agotamiento, había caído rendida en la cama. Se despertó con la luz del mediodía, tras un buen rato en duermevela abrazada aquellas sábanas que olían a Hipo.
Hipo.
Aquel pensamiento la sacó de aquel estado de ensoñación, devolviéndola inmediatamente a la realidad. En un primer instante se sintió completamente desubicada al abrir los ojos, descubriendo que estaba en la habitación del vikingo. En su cama, más concretamente. Y aquello le dio una bofetada en la cara, haciéndole recordar todo lo sucedido la noche anterior.
Elsa quiso que la tierra se la tragara en aquel mismo instante, hundiéndose en la almohada muerta de vergüenza. Primero, porque le había confesado a Hipo lo suyo con Lena y segundo, porque lo último que recordaba es haber estado llorando abrazada a él. ¿Cómo podía haberle contado esas cosas? ¿Cómo se había desnudado de esa manera frente a él? Ni siquiera cuando literalmente se le desnudó, se había sentido tan expuesta como ahora.
No sabía cómo podría volver a mirarlo otra vez a la cara.
Suspiró y al menos agradeció que todo aquel bochorno disipara el resto de sus emociones, ya que lo último que le apetecía era rememorar mentalmente su conversación con Lena. Tenía que hablar con ella, pero seguía sin saber cómo y eso le generaba mucho dolor.
Decidió que aquella mañana no tenía fuerzas para enfrentar el mundo, así que agradecida de que nadie hubiese reclamado su presencia hasta ese instante, se dejó atrapar otra vez por las sábanas. Le dolía la cabeza y el cuerpo por el abuso de la magia, además de por la panzada de llorar que se había dado. Elsa no estaba acostumbrada a llorar y sin saber por qué la última semana parecía haber derramado todas las lágrimas que se reprimió durante diez años. Por esta razón se permitió rendirse y se entregó a la cama. No tenía fuerzas para ser la reina, sólo para ser Elsa. Además, aquella cama no solo le pareció más cómoda que la suya, sino que también tenía esa maravillosa fragancia del vikingo.
La reina nunca lo admitiría en voz alta, pero le encantaba cómo olía Hipo. Lo supo desde el primer momento en que se encontraron a solas en su noche de bodas, cuando el chico se le acercó para ayudarla a meterse en la cama. Era un olor fresco y dulce, a madera, ceniza y tierra mojada, pero no cualquier tierra mojada, más bien esa que está húmeda por el rocío de la mañana. Verse a sí misma allí enterrada entre las sábanas del vikingo la hizo sentirse una tonta adolescente. Le recordó a Anna y a todas sus fantasías románticas, pero no le importó. Estaba demasiado cansada.
Elsa estuvo durmiendo intermitentemente unas horas más, hasta que decidió levantarse de la cama y vestirse. Fue entonces cuando descubrió que sobre la mesa de la habitación habían dejado una bandeja con el desayuno y una nota. Las mejillas se le tiñeron de rojo al pensar que alguna de las doncellas la hubiesen pillado durmiendo en la cama del vikingo ya que, por lo general, los del servicio eran tremendamente cotillas y nadie pasaría por alto ese detalle. No obstante, en el fondo lo agradeció. Así al menos terminarían de eliminar las dudas que pudiesen quedar sobre la consumación de su matrimonio.
Se sentó a desayunar tranquila, —algo que no hacía prácticamente nunca—, mientras se trenzaba el pelo y leía la nota sobre la bandeja. Se sorprendió sonriendo al descubrir que se trataba de Hipo, ya que estaba escrita en su alfabeto, posiblemente para que nadie del servicio la leyera.
Querida Elsa:
Espero que te encuentres mejor y hayas podido descansar. Me tocaba turno de vigilancia esta mañana, espero no haberte despertado. Anoche quise hablarte de algo que hallé en el bosque, pero tuve que socorrer a mi esposa. Ya sabes, cosas del matrimonio. Te veo esta tarde. Cuídate y no le des muchas vueltas. Y come algo, por favor.
Hipo.
'Qué idiota', pensó Elsa en su cabeza, con una sonrisa tras leer la nota unas tres veces. Si con cosas del matrimonio se refería a sacar a su esposa de una ventisca de hielo y luego consolarla mientras ésta le confesaba que le gustaban las mujeres y que había destrozado el corazón de su primer amor… sí, sonaba a algo típico que haría un matrimonio.
No obstante, la parte donde Hipo le decía que había encontrado algo en el bosque la preocupó. Sin duda eso no era buena señal. ¿Había regresado el vikingo al bosque prohibido? ¿Habría vuelto a encontrar otro ritual de magia? ¿Otro dragón muerto?
Aquello hizo que un escalofrío le pusiera los vellos de punta. Se preguntó entonces por qué no habían tenido todavía noticia de los Trolls. Hacía prácticamente una semana que les habían enviado los dibujos de Hipo y normalmente los Trolls solían responder rápido ante cualquier indicio de peligro. Aquello le dio un mal presentimiento.
Iría a informar a su consejo y pediría volver a enviar a alguien. Y también debía asegurarse de que todos los reinos vecinos hubiesen sido informados no solo de los hechos acontecidos, sino también de la posibilidad de que hubiese un desconocido peligroso en sus tierras. Debían estar todos alerta. Elsa recordó entonces que también debía ponerles al tanto de su matrimonio con el vikingo, ya que el estado político de su reino había cambiado y posiblemente eso hiciera que muchos de los reinos quisieran renegociar con Arendelle. Suspiró. Aunque quisiera y fantaseara con la idea de no ser más que Elsa, no podía abandonar su puesto de reina.
Absorta en sus pensamientos salió de la habitación con tanta prisa que casi se tropieza con una muchacha, quien justo estaba preparada para llamar a la puerta.
—¡Majestad! —gritó la doncella al ver salir a Elsa con tal brío.
La joven se llevó la mano al pecho, a la par que Elsa retrocedía un poco, también alerta por el encontronazo.
—Dios, disculpa, no te había visto—se disculpó la reina—. ¿Buscabas a Hipo? —preguntó extrañada.
—No, mi señora, la estaba buscando a usted.
Las mejillas de Elsa se tiñeron de rojo al escuchar aquello. Sin duda, la voz ya se había corrido por el castillo.
—Pues me has encontrado—dijo con risa nerviosa, intentando disimular su bochorno.
—Ha llegado esta mañana un mensajero del continente—le informó—. Trae noticias del Duque de Bränderson.
—Imagino que será lo de todos los años… —pensó Elsa en voz alta, cansada de toda la parafernalia que tanto gustaba a los nobles—. Muchas gracias por avisarme, puedes retirarte.
La reina se marchó, a sabiendas de que debía convocar a su consejo. Después de todo, le esperaba una tarde larga, aburrida y burocrática.
Al menos así conseguiría apartar a Lena de sus pensamientos.
—.—.—.—.—.—.—.—
Aquella misma mañana y a diferencia de Elsa, Anna y Astrid se despertaron con la salida del sol.
Anna se había quedado despierta hasta tarde ayudando a coser pantalones junto a Kristoff que, —aunque no se apañaba muy bien con la aguja—, quiso echar una mano. La princesa estaba entusiasmada con la idea de convertirse en guerrera y más después de haber visto pelear a Astrid el día anterior. Estaba segura de que conseguirían darle una lección al estirado del coronel en sus narices cuando las mujeres de aquel castillo se convirtieran en soldados tan habilidosos como sus hombres. No obstante, y pese a la enorme ilusión que Anna le ponía a todo, cuando aquella mañana se reunieron todas juntas a las afueras del castillo, vestidas con aquellas ropas a medio hacer y con un frío de mil demonios, se le vino un poco el mundo encima.
Se pasaron toda la mañana corriendo de un lado a otro. Astrid y Briel las obligaron a subir y bajar corriendo tres veces hasta el pico de la colina. También las obligaron a hacer flexiones, abdominales y sentadillas, además de coger y lanzar piedras lo más lejos que pudieran. Aquello era ridículo y agotador. Muchas mujeres terminaron sentándose o abandonando a mitad de camino en su intento de subir corriendo colina arriba. No obstante, las vikingas podían ser realmente terroríficas en sus reprimendas, por lo que todas hicieron el esfuerzo de continuar, más por miedo que por motivación.
Brusca llegó dos horas más tarde, poniendo una mala excusa y sentándose sobre una piedra al sol. Se pasó toda la mañana hablando sin parar, diciendo que los tíos de Arendelle le parecían muy guapos, pero también muy desagradables. Según ella, todos parecían tener un palo metido por el culo. También se quejó del frío, la mala comida y de sus ropas absurdas, todo eso mientras le lanzaba piedras a toda aquella que se paraba para coger aire. Era un caos, pero aun así Anna no perdió las fuerzas ni la compostura. Aquello tenía que funcionar, por el bien de todos.
Cuando pensó que ya nada podía empeorar, Astrid las puso por parejas y las hizo repetir los mismos movimientos que el día anterior, solo que ninguna tenía ya ánimo para eso.
—Estoy muerta—sentenció Anna cuando al fin pararon para comer y se dirigieron al gran salón, donde las doncellas estaban sirviendo sopa de calabacín.
Tenía barro hasta entre los dedos de los pies y no se sentía ni las piernas ni los brazos del cansancio.
—Es normal los primeros días—le quitó importancia Astrid, quien había estado entrenando con ellas sin derramar ni una sola gota de sudor y eso que tenía la herida de la pierna reciente y sin cicatrizar—. Ya verás cómo antes de que te des cuenta tu propio cuerpo te va pedir salir a correr todas las mañanas.
—Lo dudo mucho la verdad…—dijo por lo bajo Anna, sin fuerzas ni para remover la sopa.
Astrid sonrió cómplice, lanzándole una mirada a Briel, quien se reía.
—¿De verdad que esto va a enseñarnos a pelear? —preguntó Anna algo desanimada.
—Por supuesto—le aseguró Astrid—, lo primero es que estéis en forma. No se puede levantar una espada si no sois capaces ni de subir al monte corriendo.
—No sé… —tuvo sus reservas Anna.
—Sois muy blandas—elevó la voz Brusca, mientras mojaba pan en su sopa—. Astrid ha sido demasiado buena con vosotras, yo os hubiese puesto un entrenamiento más duro.
Astrid rodó los ojos, divertida. Anna la miró sin comprender. No podía creerse el morro que tenía esa chica, quien no solo había llegado tarde, sino que además no se había levantado de la piedra donde se había sentado desde que llegó.
—Pero si tú no has hecho nada—se quejó Anna—. Solo te has limitado a tirarnos piedras.
Antes de que Anna terminara la frase, Brusca le lanzó su pan a la cara. La princesa lo esquivó en un acto reflejo, sin entender a qué había venido eso.
—¿Qué haces? —dijo molesta la princesa, sin comprender.
—De nada—le respondió Brusca satisfecha al ver que Anna había esquivado el pan.
La princesa se mordió la lengua. Aquello había sido solo una casualidad. O eso prefirió pensar antes que darle la razón y aceptar que lo de lanzar piedras era algo premeditado.
Comieron mientras charlaban animadamente. La tensión del día anterior se había disipado y aunque todas estaban agotadas, al menos les quedaban fuerzas para bromear.
—Señorita Astrid—dijo una—. Lo de ayer fue increíble, fuisteis muy valiente—la piropeó.
Astrid era una mujer orgullosa y conocía sus puntos fuertes, pero solía darle bastante vergüenza cuando la gente a su alrededor la apremiaba en exceso.
—No ha sido nada, de verdad—repetía una y otra vez.
Lo cierto es que, aunque el teniente Riell había sido un adversario digno y capaz, aquella no había sido la batalla más difícil a la que se había enfrentado Astrid. Había peleado demasiadas veces con la muerte.
—Astrid es una de nuestras mejores guerreras—concordó con ellas Briel—, desde niña lo ha sido.
Aquello sorprendió mucho a las mujeres, quienes comenzaron a avasallarla a preguntas al respecto: cuándo había empezado a pelear, si sus padres lo veían bien, si alguna vez había sido herida de gravedad, si había peleado contra otras mujeres…
—Ojalá haberos tenido aquí la noche en que ese demonio asoló nuestro reino—señaló una de ellas.
Lo cierto es que los aldeanos seguían mostrando sus reticencias ante los vikingos, sobre todo porque a nivel cultural estaban a mil años luz de distancia. Los vikingos pensaban que los ciudadanos de Arendelle eran demasiado estirados, insolentes y puritanos mientras que los aldeanos también tenían su propia idea particular de los vikingos, viendo en ellos a unos bárbaros desvergonzados, orgullosos, sin modales ni decoro alguno. Sin embargo, tras casi dos semanas de convivencia, parecían agradecer la sensación de seguridad que daba tenerles en el castillo. Y eso que hasta hace pocos días los vikingos eran el foco de todos sus temores y los protagonistas de todos sus cuentos para asustar a los niños.
—¿Qué pasó exactamente? —se aventuró a preguntar Astrid.
Los jinetes apenas habían podido sentarse tranquilamente a hablar con su jefe, por lo que lo poco que sabían sobre el ataque de Drago era que había calcinado hasta los cimientos Arendelle, exceptuando el castillo. Quitando eso, no tenían ni idea de qué había pasado.
—Fue terrible, si existe el infierno en la tierra, se manifestó aquella noche—le aseguró una de ellas.
—Ni siquiera era noche cerrada cuando nos atacó con esas bestias asesinas.
—¿Cuántos dragones tenía? —preguntó curiosa Astrid.
—Muchísimos—dijeron todavía con el miedo en el cuerpo—, inundaron todo el cielo en menos de unos minutos y comenzaron a escupir fuego hacia las casas y el castillo.
—Había humo por todas partes, apenas se veía nada—concordó otra—. Yo y mi marido conseguimos escapar de milagro cuando la casa se nos vino encima.
—¿Y no sabéis por qué ese hombre querría destruir vuestro reino? —preguntó Astrid, quien necesitaba desesperadamente encontrar respuestas.
Le parecía muy extraño que Drago hubiese ido a parar a aquella parte del mundo, tan lejos del archipiélago y los dragones. Se había pasado todo el viaje dándole vueltas al asunto y lo único que podía pensar es que o bien el hombre que estaba buscando tan desesperadamente se ocultaba en aquellas tierras o bien la clave de la inmortalidad de sus dragones estaba allí. No veía otro motivo por el cual se arriesgara a enfrentarse a un reino que tenía una reina mágica.
—No, Arendelle es un reino pacífico—explicó una.
—¿Sabéis si vuestra reina tiene enemigos? ¿Alguien que pudiera aliarse con Drago para destronarla? —siguió tanteando Astrid.
Las mujeres se miraron desconcertadas, sin saber muy bien qué decirle.
—La reina tan solo tiene enemistad con dos reinos del sur—se atrevió a decir una que parecía bastante joven, pidiendo permiso con la mirada a la princesa—. Pero aun así ese hombre no vino de allí, provenían de las montañas del norte.
Algunas mujeres se miraron inquietas, lo que preocupó a la vikinga.
—¿Qué hay en las montañas del norte? —preguntó.
Esta vez fue Anna la que contestó.
—El bosque encantado—le dijo, mirándola muy seria—. Se extiende por todo el norte y desde antes de que yo naciera está cubierto por una espesa niebla.
—¿Y qué hay allí?
—No lo sabemos, nadie ha regresado jamás.
Astrid no podía creerse eso, sonaba a un cuento infantil.
—Sea lo que sea, la reina Elsa lo detendrá—intentó ser positiva una de las mujeres para levantar el ánimo al resto.
—No sé yo… la última vez casi la matan—dijo muy bajito otra.
Pareció arrepentirse en el momento, sobre todo porque Anna la miró con severidad. No era bueno que se extendiera aquello entre las gentes, aunque fuera verdad. Lo último que necesitaban es que cundiera el pánico.
—Mi hermana nos protegerá si regresa, como ya lo hizo—salió en su defensa Anna—. Esta vez estaremos preparados, además contamos con los vikingos y sus dragones, ¿verdad?
Astrid tardó en responder. Esperaba que la princesa tuviera razón, pero temía que Drago pudiera encontrar lo que estaba buscando antes de tiempo. Entonces ellos no tendrían nada que hacer.
—Por supuesto—terminó por apoyarla Astrid—. Solo tenemos que ser más listos que nuestro enemigo. Además, ahora estáis bajo nuestra tutela—se apoyó en Brusca y Briel—, no dejaremos que nada malo os pase.
—Es una bendición que estéis aquí—dijo una de las mujeres embarazadas.
Astrid le sonrió, ocultando sus malos presentimientos. No estaban preparados para hacer frente a Drago.
No otra vez.
La última casi no vivieron para contarlo.
—Bueno, dejemos de hablar de cosas tan deprimentes—cortó con alegría aquella conversación una de las mujeres más mayores—. Bastante tenemos todas para hablar de más penas.
Todas parecieron agradecer esa pequeña tregua, aprovechando para terminarse así sus sopas prácticamente frías. Al cabo de un rato llegaron el resto de jinetes, que también habían empezado a entrenar con los soldados. Aprovechando que Astrid y Brusca estaban sentadas en una mesa llena de mujeres, se acercaron a ellas con la excusa de saludarlas, consiguiendo hacerse hueco entre las damas. Astrid y Brusca pensaron que no tenían remedio y que eran unos babosos asquerosos, pero decidieron no arruinarles el momento. En el fondo les divertía verlos competir por el amor y la atención de aquellas mujeres que los miraban con asombro y recelo. Sin duda los vikingos les parecían muy exóticos, sobre todo por su aspecto desaliñado y sus cuerpos llenos de cicatrices. Astrid no pudo evitar reírse cuando Mocoso intentó tirarle los tejos a Anna, diciendo que él era el segundo en la línea sucesoria de Berk, haciendo que la princesa se pusiera muy nerviosa, sin saber cómo rechazarlo de forma educada.
Desde que habían llegado se habían pasado el tiempo cortejando muchachas por todos los rincones del castillo. Las mujeres allí, espantadas con la sola idea de quedarse a solas con alguno de ellos, se dedicaban a respaldarse en grupo, lo que hacía crecer sus desorbitados egos al verse rodeados de chicas bonitas. No hacían más que decir aquellas doncellas eran mucho más gráciles, educadas y simpáticas que las vikingas.
—¿Qué coméis aquí las mujeres? Nunca he visto doncellas más hermosas en mi vida—apuntó Mocoso, sacando pecho.
Vamos, la frase que decía siempre que viajaban fuera de Berk.
Y lo peor es que las chicas le reían la gracia.
Aquel momento hizo que Astrid recordara inevitablemente las excursiones que hacían años atrás en busca de tramperos, cuando se dedicaban a conocer gente extraña de otros lugares. En esas ocasiones Chusco y Mocoso siempre se las arreglaban para salir a cortejar extranjeras. Astrid nunca supo con certeza si alguna vez habían conseguido o no que alguna les hiciera caso, pero siempre le divertía ver el espantoso ridículo que hacían la mayoría de las veces. Lo único que faltaba era Hipo. Al vikingo se le daba genial hacer imitaciones de sus amigos, sobre todo de su primo. Le hubiese encantado presenciar aquella escena de Mocoso con la mano sobre su pecho mientras acariciaba el aire alrededor de una chica.
—¿Veis esta cicatriz de mi pecho? —se pavoneó también Chusco, que había decidido que por el bien de su brazo vendado no llevaría camiseta en los próximos días—. Me la hizo una gallina con la rabia.
Algunas mujeres soltaron un grito ahogado mientras otras se echaron a reír. Ya había llegado a oídos de la vikinga que para la mayoría de las doncellas de Arendelle, Chusco era una especie de Dios nórdico, con su pelo largo lleno de rastas y sus brazos cubiertos de tatuajes. No obstante, Astrid no entendía esa comparación, sobre todo porque Chusco no era precisamente un vikingo musculoso ni viril, más bien un saco de hueso con patas. La vikinga estaba segura que en unas semanas se tragarían sus palabras al descubrir que el gemelo era el mismísimo hijo de Loki. Solo esperaba que para ese entonces no hubiera desvirtuado la horna de demasiadas mujeres.
Anna la miró en varias ocasiones, intentando buscar algo de respaldo ante lo extraño que le parecía todo. Sin embargo, en el fondo y pese a sus excentricidades, le parecía que los jinetes hacían un bonito grupo de amigos, lo que la llevó a pensar que, exceptuando a su hermana y a su novio, Anna no tenía amigos.
—Ni se os ocurra liaros con ellos y menos con mi hermano—les aconsejó Brusca cuando los jinetes al fin decidieron marcharse a buscar el postre y a 'hablar de asuntos de hombres' con los soldados—. Esa gallina contra la que luchó ni siquiera tenía la rabia.
Las mujeres siguieron riéndose un rato más hasta que algunas decidieron irse a descansar un poco antes de retomar el entrenamiento. Al cabo de un rato, la larga mesa que antes se había llenado de risas, se había quedado prácticamente vacía. Solo quedaban la princesa, Astrid, Brusca y unas pocas mujeres que se habían quedado hablando de pequeñas anécdotas.
—Nunca me imaginé que los vikingos eran tan agradables—confesó entonces una.
Astrid y Brusca no pudieron evitar echarse a reír.
—Eso es porque no convives con ellos—soltó Brusca—. Aquí estáis mejores servidas, créeme.
Astrid no solía concordar mucho con Brusca y menos en cuanto a hombres se trataba, pero tenía que darle la razón en eso. Los hombres en Arendelle eran muy apuestos y parecían muy respetuosos.
—Tengo que darle la razón.
—¿Vosotras estáis comprometidas? —preguntó curiosa una de las muchachas más jóvenes.
—¿Yo? —dijo asqueada Brusca—. Que me degüellen y se bañen con mi sangre antes de comprometerme con un imbécil.
Las mujeres se miraron confusas ante aquella idea tan sádica, pero captaron el mensaje de la vikinga.
—¿Y tú Astrid?
Astrid no tuvo tiempo de responder cuando Brusca se le adelantó, con una risotada:
—¿Astrid? —respondió Brusca irónica, lo que puso en alerta la vikinga—. Lleva con el mismo pelma desde que tenemos quince años, lo raro es que no esté casada ya.
—¡Brusca! —la reprimió Astrid, asustada de que se fuera de la lengua.
Ya tenía suficiente con tener que soportar la idea de que Hipo estuviese casado con otra mujer como para encima tener que cargar con el título oficial de amante de cara a sus aprendices.
—¿Qué? Es la verdad—se defendió Brusca—. Yo también le quiero mucho, pero hay que admitir que a veces el tipo es un poco coñazo con los dragones…
—¿También monta un dragón? —preguntó otra.
—Todos los vikingos lo hacemos—aclaró Brusca—. Solo que su novio se pasa ya de fanático…
Antes de que se fuera de la lengua, Astrid decidió adelantarse.
—Mi prometido se llama Eret y antes era trampero—soltó la bomba Astrid—, antes cazaba dragones, por eso sabe tanto sobre ellos, pero desde hace años ya no se dedica a eso, ahora es un humilde cuidador de dragones.
Brusca la miró atónita, sin comprender de qué estaba pasando.
—¿Qué coñ…? —intentó rebatir Brusca cuando Astrid le dio una patada por debajo de la mesa.
—Todavía no hemos concertado la boda, preferimos esperar un poco y alargar nuestro noviazgo, pero es un hombre encantador—sonrió falsamente—, ya le conoceréis algún día si visitáis nuestras tierras.
Las mujeres asintieron. La espera y el pudor entraban dentro de sus valores cristianos, así que podían perdonar que Astrid fuera una guerrera sanguinaria si al menos tenía intención de ser una buena mujer casada y madre en el futuro.
—Os deseo mucha felicidad entonces, que Dios os bendiga con muchos hijos—soltó una mujer.
Astrid le sonrió, intentando esquivar la mirada de Brusca, quien estaba atónita.
—A ver si la princesa Anna nos da también una alegría y anuncia ya una fecha para su boda.
A Anna se le subieron los colores hasta las orejas.
—No creo que ahora sea el mejor momento para decidir eso—respondió cauta.
Las mujeres le sonrieron. Todas adoraban a Kristoff y le tenían mucha simpatía. Sobre todo porque la idea de que una princesa se casara con un plebeyo sonaba a cuento de hadas.
—Nadie hubiera podido imaginar que su hermana se casara antes que vos—señaló otra, con un tono alegre para no ofenderla.
—Ya, qué ironía… —dijo Anna algo alicaída.
Era un secreto a voces que la reina Elsa nunca había tenido intención de casarse. Nadie dudaba de que hubiese permanecido sola de no haber sido por aquel hecho devastador.
—Además, parece que después de todo no hacen mala pareja. Hasta dicen sus doncellas que ha vuelto a compartir cama con su esposo—reveló la misma mujer.
Aquellas palabras le cortaron la respiración a Astrid, quien necesitó un segundo para asimilar lo que acababan de decir.
—Qué alegría que al final parezca ser que Arendelle volverá a tener un rey y una reina a la altura de vuestros padres, princesa Anna—terminó la mujer, sonriéndole.
—¿La reina está casada? —preguntó Brusca entonces, quien había imaginado a Elsa como una reina bruja solitaria y malvada.
Astrid se levantó de golpe.
—Debo irme ya, tengo turno de vigilancia esta tarde— informó, aguantando la compostura—. Procurad entrenar duro y descansad. Nos vemos mañana.
La vikinga no esperó respuesta de nadie y sin mirar atrás se marchó, sintiendo que estallaría de un momento a otro. Brusca la observó alejarse sin entender qué diablos le pasaba a la vikinga.
—Yo también voy a retirarme un momento si me disculpáis—dijo Anna, levantándose mucho más tranquila.
Por la reacción de Astrid, la princesa intuía que aquello la había superado, aunque tampoco podía culparla. Decidió que lo mejor sería buscar a Elsa. No es que necesitase pedirle explicaciones a su hermana, pero desde hacía días la notaba rara y esquiva. No la había visto bajar a cenar la noche anterior ni tampoco aquella mañana. Todo lo que había pasado con los supervivientes debía estar superándola. A la princesa le preocupaba que hubiese dejado de comer otra vez. Elsa siempre había sido algo delicada del estómago y a la mínima que le superaban los problemas dejaba de comer, a veces incluso hasta enfermar. Anna no supo de esto hasta mucho después de la coronación de su hermana, cuando ambas comenzaron a hacer vida juntas.
A veces le dolía demasiado pensar que no conocía ni la mitad de sus secretos.
Brusca se quedó plantada en aquella mesa sin entender nada de lo que había pasado en menos de unos minutos y por qué parecía tener que ver con la reina. Esa misma que había visto tan insulsa el día anterior en la enfermería.
—¿Entonces vuestra reina está casada? —volvió a preguntar.
—Sí…—le confirmó una mujer algo confusa—. De hecho, se ha casado con vuestro jefe.
—¡Con Estoico! —gritó espantada Brusca—. ¡Qué asco!
—No, niña —le aclaró la mujer a Brusca con una sonrisa—. Con su hijo, el maestro de dragones, ¿cómo era su nombre?
—¡¿Hipo?! —gritó Brusca, con los ojos como platos.
En aquel momento maldijo a todos los Dioses que podía recordar.
—.—.—.—.—.—.—
Brusca tardó un rato en dar con Astrid, hasta que recordó que realmente tenía turno de vigilancia aquella tarde. Así que fue a buscarla a las mazmorras, donde tuvo la suerte de encontrarla ensillando a Tormenta.
—¡Astrid, tía! —gritó al verla—. ¿Qué coño ha sido eso?
—Tú que crees… —dijo Astrid enfadada—. Casi metes la pata hasta el fondo.
Astrid ni siquiera tenía valor para mirar a Brusca, estaba demasiado enfada. Estaba tan furiosa que le temblaban las manos y las piernas y se veía incapaz de tan siquiera atar correctamente su silla de montar. Y eso la enfureció aún más.
—¡Te juro que no lo sabía! —se defendió la vikinga—. ¿Por qué no me lo habías contado?
—¡Dioses Brusca!, pues porque esto no es algo que se pueda contar así a la ligera.
—¡Joder, As! Si me lo hubieses dicho al menos no la hubiese cagado de esa forma.
En eso tenía que darle la razón.
—Pensé que te acabarías enterando… no sé… ¿quién no lo sabe ya? —se le vino el mundo encima.
Brusca miró a Astrid y sintió una fuerte congoja. La había visto es todas sus gamas de ira y enfado, —muchas veces con ella como responsable y otras muchas con el mundo en general—, pero nunca antes la había visto temblar de impotencia y menos como para que no pudiera atar la montura de Tormenta.
—Anda, quita… ya lo hago yo.
Brusca se acercó y apartó a su amiga para ayudarla. Ató con destreza las correas y les hizo sus respectivos nudos de seguridad.
—Gracias—se limitó en responder Astrid, intentando calmarse.
Se quedaron un rato en silencio, mientras Astrid acariciaba a su dragona y recuperaba el pulso.
—Pues manda cojones—terminó por romper el silencio Brusca—. Vaya hijo de puta.
Astrid soltó un suspiro ahogado.
—Me siento una idiota, Brusca— le confesó.
—Idiota él, tía—la corrigió—. Tú siempre has sido mucha mujer para Hipo.
Astrid se sentía tremendamente confundida.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó Brusca.
—Desde la reunión del consejo…—le explicó—. Al parecer lo decidieron para cerrar acuerdos políticos.
—Vaya cabrones…—aseguró enfadada Brusca— ¿Y a Hipo qué coño le pasa? No tenía boca para decir que ya estaba comprometido.
Astrid sacudió los hombros, sin atreverse a decir nada.
—Te juro que lo voy a matar— sentenció Brusca— Por Loki que lo haré.
—No hace falta que te manches las manos —dijo con amargura Astrid—. Ya no hay nada que hacer.
Brusca no entendió esa contención de Astrid.
—As, tía, no te pega nada ser condescendiente—apuntó—. Si quieres, yo te ayudo a esconder el cadáver.
Aquello al menos le sacó una sonrisa.
—No voy a matar Hipo, Brusca— intentó explicarse Astrid—. Además, ya lo hablamos con calma la noche del consejo. Hipo no tiene intención de estar con la reina… o al menos eso me había dicho, aunque ya no sé qué creer…
Brusca la miró expectante.
—¿Crees que me ha mentido? —preguntó entonces.
La vikinga la miró con tristeza, sin saber qué decirle.
—Es que una parte de mí quiere creerle, pero ¿por qué las doncellas se inventarían algo así? —se justificó Astrid, adelantándose a hablar—, no sé qué pensar. Hipo nunca me ha mentido, no tendría por qué hacerlo ahora.
—Hombre, quizás porque nunca antes se había estado follando a otra—puntualizó Brusca.
Aquello sembró las dudas en Astrid.
—¿Crees que realmente se está acostando con la reina y no me lo ha querido contar?
—Tal vez le da vergüenza admitir que no es mejor que el resto, As.
Astrid se abrazó a sí misma, sin saber cómo sentirse. ¿Enfadada? ¿Decepcionada? ¿Humillada?
—¿Qué hago Brusca? —dijo desesperada— ¿Qué hago si me ha mentido? ¿Crees que Hipo me haría eso?
—No sé As…
—¿Cómo ha podido mentirme a la cara? —siguió preguntándose, totalmente descompuesta—. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Debería hacer como que no lo sé? ¿Y si realmente ya no quiere que sigamos juntos? Tienes que ayudarme, Brusca.
Brusca observó un momento a su amiga, abrazada a sí misma, con los ojos vidriosos, llena de dudas e inseguridades…
Y decidió darle un guantazo en la cara.
—¡Eh! ¡Qué coño haces! —se llevó la mano a la cara Astrid, dolorida y confundida— ¿A qué ha venido eso?
—A que dejes de hacer el imbécil, As—se explicó Brusca—. ¿De verdad estás pidiéndome ayuda a mí, la peor persona en cuestiones sentimentales de todo el Midgard, mientras te contienes las ganas de llorar por un idiota? ¿Quién eres y qué le has hecho a Astrid? Ve de una puta vez a pedirle explicaciones a ese cabrón y deja de lamentarte. Eres Astrid Hofferson y lo seguirás siendo con o sin Hipo.
Astrid jamás imaginó que le daría alguna vez la razón a Brusca en algo, pero lo cierto es que la tenía. Ni siquiera se dio cuenta cuando su amiga, —con lo seca que era—, había decidido incluso abrazarla, con el esfuerzo que se imaginaba que le había supuesto dar ese paso.
—Tienes razón. Gracias, Brusca—le dijo con sinceridad.
—No me las des—le restó importancia—. Y mira el lado bueno, si dejas a Hipo, este castillo está lleno de tíos buenos con los que darte una alegría.
Astrid rodó lo ojos. A veces no sabía si Brusca hablaba en serio cuando decía esas cosas. No obstante, no la discutió.
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Ambas vikingas se despidieron mientras Astrid le pedía a Brusca por favor que se implicara más en los entrenamientos aquella tarde. Brusca se quejó por lo bajo, pero acató. Tras esto salió a volar con Tormenta mientras pensaba en las palabras de Brusca. Tenía que poner fin a las dudas. ¿Y luego qué? ¿Y si era cierto que Hipo se estaba viendo con la reina? ¿Podría soportarlo o lo mejor es que rompieran su relación? La sola idea le provocó un nudo en el estómago.
Voló por las inmediaciones del castillo y alrededores, cruzándose varias veces en el aire con Patón, el padre de Mocoso, quien era su compañero de turno. Después de horas a solas con sus pensamientos, aceptó que no iba a dejar que las dudas la atormentaran. Tenía que poner las cosas en su sitio. Así que bajó hasta la zona improvisada de la forja, donde debía estar Hipo. Ya antes de aterrizar en el patio del castillo lo vio martilleando una pieza ardiendo mientras parecía explicarle algo a Kristoff, el novio de Anna. La vikinga lo observó un rato desde el aire y maldijo lo atractivo que siempre se veía cuando trabaja en la forja, con las mejillas sonrosadas por el sudor y calor del fuego y las manos manchadas de grasa y óxido. Hipo nunca había sido un chico masculino y varonil como el resto de vikingos, pero era innegable que tenía una belleza muy particular. La pubertad lo había tratado bien y no solo había dado un considerable estirón, sino que además se le habían ensanchado los hombros y tonificado los brazos y las piernas. Puede que nunca llegara a ser un hombre musculoso como su padre, pero lo cierto es que las incesantes horas de vuelo y su trabajo en la herrería habían hecho de aquel niño flacucho un hombre atractivo que ni siquiera era consciente de su propia belleza.
A Astrid siempre le encantaba verlo trabajar con esa cara de concentración suya mientras sus pensamientos iban más rápidos que sus manos, a las cuales a veces se le resbalaban la mayoría de las cosas entre las prisas y la torpeza. Hipo era un genio, pero también la persona más patosa que jamás había conocido. Se odió a si misma por descubrirse allí mirándole como si se lo fuera a comer con los ojos, cuando lo que realmente tenía que hacer es pedirle explicaciones y partirle la cara. Esta vez de verdad.
A lo lejos la vikinga vio también a Bocón, su maestro. Seguramente no sería tan fácil llevarse a Hipo así como así. Esperó un rato mientras daba algunas vueltas con Tormenta sobre el castillo hasta que vio que Bocón se dirigía al interior. La vikinga decidió no desaprovechar la oportunidad y aterrizó en el patio frente a la forja improvisada.
La sonrisa de Hipo fue lo primero que vio, mientras se acercaba a ella curioso. Parecía sorprendido y alegre de verla.
—¿Qué te trae por aquí? Milady —le dijo acercándose, con ese tono que siempre usaba con ella.
—Vengo a secuestrarte—fue al grano Astrid—. Si Bocón me deja, claro, así que date prisa antes de que regrese.
—¿Es urgente? —preguntó Hipo.
Hipo apenas había avanzado nada teniendo en cuenta que todavía debían preparan espadas y escudos para más de cuarenta personas. Además, no había tenido valor para pedirle a su padre escaquearse de los turnos de vigilancia. Le quitaban demasiado tiempo de la forja y entre unas cosas y otras las dos últimas noches apenas había podido dormir. Lo único bueno de aquello es que volar con Desdentao siempre lo animaba. No obstante, con solo mirarla leyó que algo no estaba bien, así que decidió que lo demás podía esperar. Todo podía esperar cuando se trataba de Astrid.
El vikingo le pidió a Kristoff que lo cubriera un rato y se subió a la dragona de Astrid, quien se elevó prácticamente de un salto.
Hipo se sorprendió del tiempo que hacía que ambos no volaban juntos. Tal vez meses, desde la última vez que habían decidido ir de exploración ellos dos solos. Aquella vez habían rescatado a una dragona y su cría de unos tramperos y aunque la misión había sido todo un éxito, Desdentao se había destrozado la cola en unos giros y ambos vikingos tuvieron que hacer una parada provisional en un islote a tan solo unos metros de Berk, cuando el dragón literalmente ya no pudo volar más. Astrid se había ofrecido a ir ella a por la cola de repuesto, pero al ver que estaban tan cerca y que no había peligro, Hipo decidió que podía ir juntos a buscar su cola de repuesto. Pese al susto inicial había sido un gran día. El vikingo todavía recordaba que se habían pasado todo el camino de vuelta riendo por una tontería, aunque no conseguía recordar de qué se trataba. Miro a su novia, más callada que otras veces y se abrazó a su espalda, rodeando con sus brazos su cintura. La sentía extraña y además tenía algo de frío después del cambio de temperatura de la forja con el aire helado del cielo.
—¿Estás bien? —le susurró al oído, inquieto.
Astrid no respondió y se limitó a apretarle una mano con cariño.
Comenzaba a atardecer cuando descendieron en lo alto de una de las montañas que rodeaban Arendelle. Desde ahí arriba podía verse prácticamente todo el valle, así que Astrid pensó que era un buen sitio para hablar tranquilos; además de poder seguir cumpliendo sus labores de vigilancia. Al fin y al cabo, antes que una enamorada, era una soldado.
—¿Ha pasado algo? —le dijo entonces Hipo, cuando ambos bajaron de Tormenta.
—Hipo, necesito que hagamos una promesa irrompible aquí y ahora.
Astrid no se anduvo con rodeos.
—Mmm… vale—aceptó confuso el vikingo—. ¿Qué promesa?
Astrid tomó aire, oteando el horizonte llameante de luces violáceas. Su pelo siempre se veía más rubio en esas horas del día. Hipo adoraba verlo moverse con esa gracilidad por el viento.
—Que nunca nos mentiremos.
—¿Piensas que te he mentido? —la miró perplejo el vikingo.
No obstante, Astrid no estaba dispuesta a iniciar una disputa como la de la otra noche.
—Hipo, solo quiero no sentirme idiota—se sinceró Astrid—. Y creo que esta es la única forma de que podamos seguir juntos.
Hipo se angustió al oírla. ¿Acaso ahora ella tenía dudas?
—Pensé que ya habíamos hablado esto… —dijo asustado—. Astrid, yo quiero estar contigo y en eso no puedo ser más sincero.
—Lo sé, Hipo—dijo con seguridad ella, dándole la espalda—. Y yo también quiero estar contigo, pero reconozco que tengo límites y que no soy de piedra… así que, si vamos a intentar tener algo más que una relación formal mientras estés casado con Elsa, necesito que me seas sincero.
Hipo intentó ocultar el leve rubor que se le subió a las mejillas al pensar que Astrid estaba dispuesta a mantener su relación tal como hasta ahora, aunque él estuviese casado.
—¿Te has acostado con la reina? —fue directa y cortante Astrid.
—¡Qué! —respondió escandalizado Hipo, rojo de vergüenza—. ¡No! ¿Por qué me preguntas eso? Ya te dije que entre yo y Elsa no ha pasado nada. Además, si me acuesto con ella no podré anular nuestro matrimonio, no pienso jugármela.
—¿Y entonces por qué dicen sus doncellas que ha pasado la noche contigo? —preguntó con voz envenenada—. ¿Acaso mentían?
—Astrid… —intentó explicarse Hipo, sin saber qué decirle.
Le había jurado a Elsa que le guardaría el secreto.
—Hipo, puedo soportar que te hayas acostado con ella, de verdad—le aseguró—, pero no que me mientas, así que responde—terminó amenazante.
—No me he acostado con ella—le aseguró el vikingo.
—¿Pero ha pasado la noche en tu habitación?
Hipo tardó un momento en responder.
—Hipo—demandó ella, perdiendo la paciencia.
—Sí, ha dormido en mi habitación esta noche.
Aquello fue como un puñetazo para Astrid, pero aceptó que lo prefería mil veces a la mentira.
—¿Y no ha pasado nada entre vosotros? —siguió preguntando, esta vez con algo de miedo a su respuesta.
—No, Astrid, no ha pasado nada—dijo algo molesto de que su novia no se fiara ahora de él.
Él ya se sentía culpable de sobra por sus sentimientos confusos hacia la reina.
Astrid pareció aliviada con su respuesta, permitiéndose relajarse un poco. Se sentó sobre la hierba, como si se hubiese quitado un gran peso de encima y respiró algo más tranquila. Hipo la imitó, sentándose junto a ella.
—Hipo, prométeme que no me vas a mentir, por doloroso que sea.
—Te lo prometo.
—Te lo digo en serio—siguió reafirmándose Astrid—, no quiero verdades a medias ni que temas dañar mis sentimientos… solo quiero sinceridad.
Astrid se agarró el pelo con las dos manos y se lo echó a un lado, intentando medir sus palabras.
—Si… si algún día pasa algo entre tú y Elsa… quiero que me lo cuentes.
—Astrid no va a pasar nada entre Elsa y yo—se defendió.
—Hipo, seamos realistas, estás casado con ella—se molestó Astrid de que el chico estuviera a la defensiva—. Soy consciente de la situación.
—Eso no significa nada para mí Astrid.
—Puede que para ti no signifique nada ahora—se explicó Astrid—, pero no podemos saber cuánto va a durar esta situación. Me gustaría pensar que solo van a ser unos meses, pero ambos sabemos que un conflicto con Drago podría durar años y…
—Astrid—intentó detenerla Hipo.
Le dolía demasiado pensar en ello.
—Déjame terminar—le pidió la vikinga—. Lo único que quiero es saber qué pasa, que seamos sinceros el uno con el otro y que estemos bien. Si voy a ser la otra, prefiero al menos jugar con ventaja.
—Astrid no eres la otra—le regañó Hipo—, y lo sabes.
La chica tomó aire, sin mucho valor para mirarle. En aquel momento solo quería abrazarlo y besarlo, como antes de toda aquella locura.
—¿Te gusta Elsa? —se sorprendió a sí misma preguntando.
—¡Qué! —se sobresaltó Hipo— ¡No!
—¿Seguro?
—Completamente—se mintió.
—¿Nada de nada?
—No.
Astrid lo miró a los ojos. Esos que tantas veces había observado.
—Tampoco pasa nada si te gusta Hipo—siguió escrutando ella—, te prometo que lo podría llegar a entender.
—Astrid, deja de ser tan comprensiva por favor—perdió los nervios Hipo—, casi que prefiero que me grites.
El chico se pasó las manos por el pelo, nervioso y sin entender qué le pasaba. A él no le podía gustar Elsa y más ahora que había descubierto que la reina solo estaba interesada en las mujeres. Era sin duda un alivio y seguía sin entender por qué le molestaba tanto. Se sorprendió al notar las rugosas manos de Astrid sobre su cara, atrayéndolo hacia ella, para que la mirara.
A Hipo se le aceleró el corazón al volverla a tener tan cerca. Apenas podía besarla si tan solo se inclinara un poco más.
—Hipo—demandó ella, seria y firme, sin apartarle la mirada con esos enormes ojos azules—Mírame a los ojos y prométeme que si alguna vez ocurre algo entre tú y la reina…
—No va pasar nada.
—Si alguna vez pasa… me lo contarás—donde antes había una mirada desafiante, muy propia de Astrid, Hipo comenzó a ver algo más en sus ojos, como una súplica—. Por favor.
—Te lo prometo.
Astrid le sostuvo un rato más la mirada, como si intentará detectar si el chico le estaba mintiendo o no. Tras un segundo en el que Hipo pensó que se le saldría el corazón del pecho, pudo ver al fin que Astrid se relajaba y dibujaba una expresión de alivio.
No obstante, no duró mucho. Hipo iba a abrazarla cuando de nuevo se topó con su mirada, esta vez enfadada.
—Vale, ahora dime dónde cojones estuviste ayer y por qué me mentiste.
Hipo iba a replicar, pero no tuvo tiempo.
—Sé que no estuviste de turno de vigilancia, así que ni se te ocurra tomarme por tonta.
El vikingo se rindió y decidió que no valía la pena defenderse más, así que directamente se puso a contarle todo. Le explicó con sumo detalle lo que había encontrado en el bosque el día que se suponía que debía llegar a Arendelle. La vikinga reaccionó con suma sorpresa ante la posibilidad de que existieran más furias nocturnas y aquello pareció materializar aún más su mal presagio. Hipo le contó entonces lo que había descubierto la mañana anterior, dejando a Astrid totalmente descompuesta y confusa. Hipo no estaba acostumbrado a mentirle, pero le había prometido a Elsa que jamás le contaría su secreto a nadie. Ni siquiera a Astrid. Así que decidió explicar lo ocurrido la noche anterior poniendo como excusa aquel suceso.
—Elsa y yo estamos investigando y buscando en algunos libros algo relacionado con el suceso del bosque—le dio forma a esa verdad a medias.
Tampoco le estaba mintiendo del todo.
—Quizás ese ritual de magia es obra de Drago o del hombre que está buscando…
Astrid meditó todo aquello con cuidado, intentando no perder detalle. En su cabeza estaba intentando darle forma a todo aquel caos. Sea como fuere, era indudable que el bosque encantado estaba relacionado con el interés de Drago por aquel sitio.
—Al principio pensé que quizás Drago estaba buscando la fuente de los poderes de Elsa. Con ellos y un ejército de dragones sería imparable—le explicó Hipo—. Hasta que vosotros descubristeis que sus dragones no son totalmente inmortales. Eso lo cambia todo. Estoy seguro que está buscando un elixir de la vida eterna en ese bosque mágico.
En aquel momento Astrid sintió que algo no encajaba.
—Un momento—lo detuvo—. ¿El ritual con el furia nocturna lo encontraste en el bosque encantado?
Hipo asintió.
—Anna me ha dicho que nadie jamás ha regresado de él.
—Elsa también me lo ha advertido—concordó el vikingo—. Supongo que apenas he estado en los alrededores. Ni siquiera me he adentrado en la niebla.
Hipo miró a Astrid. Estaba oscureciendo, pero aun así pudo notar su preocupación.
—Tengo un mal presentimiento con todo esto—le confesó la vikinga, buscando su mano en la oscuridad.
Hipo apretó su mano y se acercó a ella para abrazarla.
—Yo también.
Astrid apoyó la cabeza en el pecho del vikingo. Echaba tanto de menos su calor. Los últimos meses prácticamente habían dormido juntos todas las noches y tenerlo ahora tan lejos le estaba dejando una insoportable sensación de vacío. Por esa razón se aferró a creer sus palabras y decidió aceptar que había sido sincero.
—Podrías investigar con nosotros si quieres—se aventuró a decir Hipo, jugando con las puntas de su pelo rubio.
Al instante de decirlo se dio cuenta de la locura que era.
—No sé si es buena idea Hipo—dijo con una sonrisa irónica—. Además, no sé por qué siento que no le caigo muy bien a tu esposa. Dioses, qué raro suena cuando lo digo en voz alta.
Hipo sonrió, aunque no entendió por qué Astrid decía aquello. Elsa en ningún momento había mostrado hostilidad hacia la vikinga. ¿O sí?
—¿Por qué piensas eso? —le preguntó, buscando su mirada en la oscuridad.
—No sé, llevo dos días aquí y apenas he cruzado palabra con ella, por no decir que ayer desafié a su ejército y desaté el caos en todo su castillo—se explicó sin ocultar que aquello le hacía hasta gracia—. Además, luego en la enfermería ni se atrevió a mirarme y se marchó en cuanto tuvo la oportunidad.
Hipo apoyó su barbilla sobre la cabeza de Astrid, mientras meditaba aquello.
—Elsa es una mujer un poco extraña, pero no te odia ni nada por el estilo—la justificó Hipo—. Simplemente todavía no habéis tenido tiempo de hablar.
—¿Quieres que te sea sincera? —dijo entonces, con un tono intermedio entre el cansancio y la diversión.
—Por supuesto, se supone que de eso va la cosa ahora.
Astrid se separó de Hipo, lo suficiente para poder mirarlo a los ojos. Subió los dedos hasta su cara y con cuidado le apartó un mechón de la frente, mientras recorría su rostro lleno de pecas y rozaba con la punta de sus dedos la pequeña cicatriz sobre su nariz.
—Creo que le gustas a la reina—comenzó a hablar ella—. Se nota en cómo te mira. Quizás por eso no he sacado el valor para hablar con ella.
Hipo se sobresaltó al escuchar aquellas palabras salir de la boca de Astrid. Eso era imposible.
—Astrid, yo no le gusto a Elsa, créeme—intentó remarcar, avergonzado.
Astrid sonrió, bajando los dedos hasta su barbilla, donde acarició su barbar incipiente.
—¿Tan raro te parece? —preguntó con picardía Astrid—. No podría culparla.
Hipo intentó ocultar una sonrisa al ver que Astrid al fin parecía relajada. Era la primera vez que la veía así desde que se habían reencontrado y se dio cuenta cuánto había echado de menos estar así, ellos dos. Relajados, solos, pudiendo hablar de cualquier cosa. En sus ojos podía ver que la chica ya no estaba enfadada. De hecho, sus labios se curvaban en esa sonrisa pícara. Esa que a veces le regalaba en la intimidad. Con los años había aprendido a leerla a la perfección.
Hipo sabía a qué estaba jugando y lo peor es que estaba deseando entrar en el juego.
—Ya… supongo que soy demasiado vikingo, ninguna mujer puede resistirse a mis encantos—bromeó, mientras rodeaba sus caderas con sus manos— Ya sabes, este cuerpo es puro músculo.
—¿A sí?
—Generaciones y generaciones de la mejor genética.
Astrid se echó a reír.
—¿No te lo crees?
—Cállate ya—pidió la vikinga, riendo contra su boca mientras se inclinaba para besarlo.
Ambos habían estado tan tensos los días anteriores y habían soltado tantas lágrimas ante la posibilidad de no volver a estar con el otro, que aquel beso les supo a gloria. Ni siquiera fue un beso romántico, más bien fue un beso de desesperación, húmedo y caliente. Hipo no se lo pensó dos veces y respondió con entusiasmo a los labios tibios de la vikinga, sorprendido de la ferocidad con la que su lengua se abría paso en su boca. Se alegraba al menos de saber que no era el único de los dos que estaba deseando arrancarle la ropa al otro. El vikingo enredó su mano en el pelo dorado de ella, para aprisionarla contra sus labios mientras sus lenguas se devoraban. Astrid no se quedó atrás y apretó su cuerpo contra el de Hipo mientras se sentaba a ahorcajadas sobre él. Ni siquiera se esforzó por ocultar un gemido contra su boca al sentir su erección entre sus piernas.
Hipo siempre había podido presumir de ser la voz de la razón en su tribu, pero en aquellos momentos con Astrid sentía que el juicio se le nublaba y que no podía pensar en otra cosa que no fuera dejarse llevar por aquella mujer. Instintivamente apretó sus caderas contra su dolorosa erección, haciendo que la chica comenzara a friccionarse contra ella, mientras se abrazaba a su espalda. Hipo gimió contra su oreja, pensando que se correría en los pantalones. Por lo general solía ser un amante bastante satisfactorio, pero llevaba tanto tiempo sin masturbarse que pensó que estallaría allí mismo si la vikinga no se contenía un poco.
Fue entonces cuando se la quitó de encima y la tumbó sobre la hierba para hacerla suya. En su mente le pareció más romántico, porque la realidad es que con el impulso ambos cayeron sobre la tierra dándose un pequeño cabezazo entre ellos. Astrid no pudo evitar echarse a reír, con esa sonora risa suya, mientras le rodeaba el cuello con sus brazos.
—Perdón—se disculpó Hipo, besándola en la frente.
—Con un poco de suerte no nos dejará más marcas—dijo divertida.
Los dos estaban hechos un desastre, aunque al menos las heridas de Astrid estaban prácticamente cicatrizadas y no parecía que le fueran a dejar marca en la cara. Hipo se fijó entonces en su cuello, donde todavía tenía aquellos signos de estrangulamiento que le pusieron los vellos de punta. Astrid pareció notarlo de inmediato, sobre todo porque el chico había dejado de besarla y se había puesto muy tenso.
—¿Estás bien? —le preguntó acariciándole la cara.
—¿Podemos hacernos otra promesa?
—Claro—sonrió Astrid.
—Que no correremos riesgos innecesarios—soltó.
Astrid quiso volver a reírse. Todos y cada uno de los jinetes corrían riesgos innecesarios todos los días. Sobre todo, Hipo.
Sí, especialmente él.
—Hipo, perdona que te diga que tú eres el más temerario de nosotros dos.
—Lo sé y lo siento —se disculpó—. Es solo que a veces tengo miedo de perderte y créeme, nunca pensé que eso pudiera pasar hasta la otra noche y duele demasiado.
Astrid le recorrió la cara con ternura, mientras lo besaba con cariño en la comisura de los labios.
—Te prometo que todo va a salir bien—le aseguró Astrid, besándolo también en la mejilla.
Hipo se abrazó a ella, intentando no aplastar a Astrid con su cuerpo, pero con la necesidad de sentirse completamente unido a ella.
—¿Prometes que tú también tendrás cuidado? —preguntó buscando sus ojos en la oscuridad.
—Te lo prometo Astrid.
—Aunque te advierto que lo vas a tener complicado—dijo entonces la vikinga sin poder ocultar una sonrisa— ¿Sabes que Brusca pensaba matarte?
—¿¡Cómo!? —preguntó alzando una ceja y separándose un poco de ella.
No obstante, Hipo no necesitó respuesta y dejó que su novia se riera bajo él.
—Vamos, que ya se ha enterado de mi boda ¿no? —adivinó—. ¡Oye! No te rías, podría estar muerto ahora mismo. Esa mujer me da más miedo que Drago.
Pero Astrid no dejó de reírse.
—¿Con que esas tenemos? —preguntó Hipo buscándole las cosquillas a su novia—. Te vas a enterar.
Astrid comenzó a patalear y removerse a la par que Hipo le hacía cosquillas.
—Para, para—le rogó arqueándose de un lado a otro, sin parar de reír.
Al final Astrid terminó retorciéndole el brazo a Hipo mientras se colocaba sobre él y lo inmovilizaba.
—¡Dioses qué bruta eres siempre! —se quejó el vikingo al verse placado sobre la hierba.
Astrid simplemente le sonrió en la oscuridad, sentada sobre él y descubriendo que el chico seguía erecto. La chica se agachó, buscando su boca.
—Veo que me has echado de menos—le susurró al oído, dejando caer su pelo de oro sobre la cara del vikingo.
Astrid continuó lo que habían dejado a medias y comenzó a besarlo en el cuello con suavidad.
—No te haces una idea cuánto—suspiró Hipo, abrazando a la espalda de ella mientras se dejaba embriagar por el movimiento de sus caderas.
Hipo y Astrid lo habrían hecho allí mismo, tirados en la hierba sin ningún pudor sino fuera porque Tormenta comenzó a graznar, advirtiéndoles de algo.
Ambos se separaron violentamente el uno del otro, alertas.
—Mierda—masculló Astrid—. Escóndete—le advirtió a Hipo.
Hipo apenas tuvo tiempo de objetar nada, cuando se puso en pie y se ocultó entre la espesura del bosque a sus espaldas. Al instante aterrizó junto a Tormenta Patón, el padre de Mocoso. Por suerte, estaba tan oscuro que dudaban que el vikingo los hubiese visto juntos. Por si acaso, Astrid no prolongó demasiado su conversación con él y se excusó diciendo que su dragona todavía estaba cansada del viaje y que por eso había decidido vigilar desde ese enclave. El vikingo no pareció ponerlo en duda y le avisó que ya tocaba el cambio de turno, así que podría irse a descansar. Que no se demorara mucho.
Astrid esperó lo suficiente a que su hubiese alejado para ir a buscar a Hipo. Ambos se miraron y se rieron nerviosos. Llevaban sin esconderse o hacer algo así desde que tenían dieciséis o diecisiete años. Desde entonces, pocas veces habían tenido que ocultarse, ya que todos en la tribu sabían de su relación y solían guardarse sus caricias para la intimidad de la habitación de Astrid, quien vivía sola desde la muerte de su tía.
—Casi nos pilla Patón, qué vergüenza—dijo la chica—. Será mejor que bajemos, se ha hecho completamente de noche.
Hipo quiso volver a besarla y tumbarla de nuevo en aquel bosque para hacerla suya, pero tuvo una idea mejor.
—¿Aceptarías una proposición indecente?
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Hipo y Astrid recuperaron la sensación de adrenalina y juventud que habían tenido minutos antes en el bosque, solo que esta vez había un miedo real a que los pillaran. Tras dejar a Tormenta en las mazmorras, subieron con sigilo por uno de los pasadizos que conectaban aquella instancia con la parte superior castillo. La misma que había subido con Elsa días atrás. Aprovechando que la mayoría estaban reunidos en el comedor para la cena, se deslizaron por los pasillos y escaleras, tomados de la mano y besándose tras las columnas, evitando a los guardias y demás personas que se encontraban. Cuando llegaron a la puerta de la habitación de Hipo ambos tenían el corazón acelerado como dos chiquillos y los ojos dilatados de deseo.
Hipo lucho con la puerta unos instantes que les parecieron eternos hasta que consiguió abrirla y colarse dentro de ella junto a Astrid, esperando que nadie los hubiese visto. Nada más cerrar la puerta se dedicaron una sonrisa cómplice, sintiéndose un poco idiotas. Se besaron unos minutos contra puerta, enredados en el cuerpo del otro, hasta que Astrid se separó un poco para coger aire y se puso a indagar divertida por la habitación, con ese movimiento suyo que estaba volviendo loco a Hipo.
—Caray, esta habitación es casi más grande que mi casa—apuntó Astrid echando un ojo a su alrededor.
—También es tremendamente fría—le advirtió Hipo, dirigiéndose hacia la chimenea para vivar un poco el fuego, sin quitarle la vista de encima a Astrid, que le sonreía con picardía.
Astrid se paseó curiosa, observando el papel caro sobre las paredes, las mesas de tres patas con grandes tallados y los altos ventanales con pesadas cortinas bordadas con pan de oro.
—Solo con lo que hay en esta habitación se podría abastecer a Berk todo el invierno—observó entonces algo molesta por la riqueza y abundancia que parecía tener la familia real de aquellas tierras.
—Ya, yo también creo que es un poco desperdicio—se acercó a ella, abrazándola por la espalda y besándola en el cuello.
Astrid suspiró al sentir sus caricias. Las había echado tanto de menos. Echó la cabeza un poco hacia atrás para que el vikingo pasara la lengua por su cuello, enredando una mano en su pelo. Toda aquella caminata furtiva hasta su habitación la había excitado y al igual que Hipo llevaba mucho tiempo sin satisfacerse. Desde la última vez que se habían visto en el taller de Bocón, el día en que se despidieron, para ser más exactos. Astrid no quería mostrar que estaba casi más ansiosa que él por volver a tocarse, pero aun así no pudo evitar reprimir un gemido al notar cómo la mano de Hipo bajaba peligrosamente por su vientre y se metía en los pantalones de la vikinga. Astrid se apretó contra Hipo cuando sintió los dedos de éste posarse en su intimidad y mojarse con su propia excitación. Astrid soltó un grito ahogado cuando el vikingo comenzó a masajear su clítoris con los dedos, notando además la erección de él contra su trasero. La chica iba a replicar que aquello no era justo cuando Hipo metió sus dedos en ella y comenzó a moverlos con la experiencia de quien ha estudiado bien el cuerpo del otro. Astrid comenzó a hiperventilar a medida que el calor se le acumulaba en las mejillas y el bajo vientre, pensando que perdería la cabeza. Se apartó de Hipo con violencia y lo empujó contra la cama, donde pensaba saciar de una vez esa hambre de él.
Por lo general siempre habían tenido un romance tranquilo y cariñoso de cara a los demás. Claro que nadie sabía de sus encuentros furtivos, donde pasaron de la timidez a la más ardiente de las pasiones, dejando todo pudor atrás para aprender cómo darle placer al otro.
Hipo perdió el aire al caer sobre la cama, pero lo recuperó tan pronto como Astrid se le subió encima y comenzó a besarle. Se besaron con tanta necesidad que se cubrieron la barbilla con saliva y hasta se hicieron daño al rozar sus ropas con la intimidad del otro. Astrid fue la primera en tomar la iniciativa de desvestir a Hipo, desatándole con maestría las correas de cuero y retirándolas para dejar tan solo la camisa holgada que llevaba debajo, donde era más fácil poder meter las manos para recorrer su torno cálido lleno de pecas. Hipo se incorporó para quitarse la camiseta y facilitarle aquello a Astrid cuando alguien llamó a la puerta.
El corazón de ambos se detuvo.
Astrid se quitó de encima de él de un salto y se apresuró en colocarse bien la ropa y el pelo mientras Hipo hacía lo mismo. El vikingo pensó que lo mejor sería no hacer ruido y que pensaran que no estaba cuando volvieron a llamar a la puerta, esta vez escuchándose la voz de Elsa al otro lado.
—¡Dioses! —maldijeron al unísono Hipo y Astrid muy bajito.
Se miraron sin saber muy bien qué hacer. Elsa volvió a llamar.
—¿Hipo estás? —preguntó al otro lado—. Me han dicho las doncellas que estabas en la habitación.
—Putas brujas—maldijo Astrid muy bajito.
Hipo se mordió el labio, sin saber qué hacer. Elsa nunca había ido a buscarlo a su habitación. Ni siquiera cuando había estado realmente mal, como la noche anterior, cuando fue él mismo quien había tenido que sacarla de su propia habitación. ¿Y si era importante?
—Voy a abrirle—dijo entonces Hipo.
—¿Estás loco? —le recriminó Astrid—. ¿Y qué hago yo? ¿Me escondo?
Hipo suspiró.
—Elsa sabe lo nuestro, no creo que diga nada—argumentó Hipo—. Más sospechoso es que no le abramos si le han dicho que estoy aquí o que entre y nos vea.
Astrid meditó aquello un segundo y temió que tuviera razón. Sin embargo, eso no quitaba la enorme vergüenza que le daba que Elsa supiera que estaba a solas en la habitación con Hipo.
Hipo se acercó a la puerta y abrió con cuidado. Astrid se echó a un lado de la habitación, para evitar ser vista, pero no sirvió de nada porque Elsa se abrió paso hacia el interior de la habitación, completamente absorta en sus cosas.
—Hipo, ¡no te vas a creer lo que he encontrado! —dijo Elsa eufórica—. Puede que solo parezca una casualidad, pero estoy segura de que no lo es.
Elsa llevaba un pergamino enroscado bajo el brazo y un libro abierto en la mano en el que estaba muy concentrada. Solo cuando alzó la mirada ante el silencio de Hipo se encontró con que el chico no estaba solo. Al principio no supo qué decir, mostrando un claro gesto de asombro y desconcierto, pero sobre todo de malestar, porque se notaba perfectamente que había interrumpido algo.
Sí, sin duda aquellos dos tenían algo más que largo cortejo.
Hipo estaba en camisa interior, la cual además tenía mal colocada y casi que se le podía ver el hombro izquierdo. Igualmente tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados y el pelo completamente despeinado. Al fondo estaba Astrid, con mejor pinta que él, pero también algo agitada y con la misma cara de culpabilidad que Hipo. Elsa no supo que decir, así que hizo lo que mejor se le daba: aparentar normalidad.
—Hola —dijo saludando a Astrid.
Astrid apenas tuvo valor para mirarla a los ojos, pero le respondió con el mismo saludo. Agradeció al menos que hubiese llegado entonces y no diez minutos más tarde.
—Quizás no vengo en el mejor momento—le dijo entonces a Hipo—. Lo siento—se disculpó algo abochornada—. Me paso luego más tarde o mañana.
Hipo iba a decir algo cuando se le adelantó Astrid, acercándose a ellos.
—No se preocupe majestad—le dijo a la reina—. Yo ya me iba, me deben de estar esperando para cenar. Nos vemos luego, Hipo.
Elsa quería decirle que no era necesario que se fuera, que no pasa nada, pero la vikinga se le adelantó y se marchó por la puerta, lanzándole una mirada fugaz al vikingo.
Durante un instante, Hipo y Elsa se quedaron en silencio, en la semipenumbra de la habitación. Fue el vikingo quien finalmente se aventuró a decir algo, apretando los labios.
—Lo siento—le dijo, comprendiendo que había sido algo violento—, puedo explicártelo.
—Si te soy sincera, pero prefiero que no me lo expliques—se sinceró Elsa, también algo nerviosa.
Se quedaron un segundo mirándose, intentando alejar lo embarazoso que había sido. Terminaron por lanzarse una sonrisa cómplice que culminó en un amago de risa nerviosa por parte de ambos.
—¿Puedo pasar entonces? —recobró la compostura Elsa, mientras se recogía un mechón de pelo tras la oreja.
—Claro, adelante—le hizo Hipo un gesto para que pasara, cerrando la puerta tras de sí.
Elsa se dirigió a la mesa donde aquella mañana había desayunado y dejó el libro y el pergamino sobre ella. La empujó levemente junto a la chimenea para tener más luz y buscó entre las cosas de la habitación para hallar una vela, la cual también dejó sobre la mesa para que pudieran leer.
Hipo se acercó curioso hacia a ella, observando aquel libro que parecía bastante antiguo y que tenía bordado en letras doradas en latín el título: 'Escudos de armas y nobles'.
—¿Qué has encontrado? —le preguntó entonces, expectante, mientras todavía intentaba tranquilizarse.
—Verás—comenzó Elsa, abriendo el libro por una página que mostraba el escudo de su familia—. Esta mañana he recibido una carta del Duque de Bränderson, nuestro vecino del sur, al límite del continente—le explicó—. Todos los años nos invita a Anna y a mí a su fiesta de la primavera, donde reúne a la mayoría de los nobles de la región para mostrar sus riquezas y hacer negocios. Yo fui hace dos años, pero ante aquella enorme muestra de cinismo y arrogancia por parte de los nobles decidí que no volvería a ir, así que el año pasado envié solo a Anna.
—¿Y qué tiene que ver ese hombre con Drago? ¿Crees que ese es el hombre que está buscando?
—No exactamente—negó Elsa—. Al recibir su carta no he podido evitar acordarme de algo que me contó mi padre cuando era niña. Mira el matasellos de la carta.
Elsa le entregó la carta a Hipo, quien la sujetó con cuidado con esos mismos dedos que instantes antes había tenido dentro de su novia.
—¿Es un águila de dos cabezas? —preguntó al mirar el dibujo del sello.
—Sí, ese es el escudo de armas de su casa, pero todos sabemos que no existen águilas con dos cabezas…
Hipo intentó seguir el razonamiento de la reina, llegando a comprender a qué se refería.
—Pero sí dragones con dos cabezas—respondió él.
Elsa le sonrió, cómplice.
—Exacto, como el de tus amigos—le apremió—, entonces recordé que mi padre me contó que nuestros reinos están emparentados desde hace generaciones y que nuestros bisabuelos eran hermanos. El Duque es básicamente mi primo lejano. He recordado entonces que nuestro reino antes era mucho más grande, pero que debido a las reparticiones entre hermanos se fue segmentando hasta que mi abuelo estableció las fronteras que tiene ahora. Mira.
Entonces Elsa extendió el pergamino sobre la mesa, mostrando un mapa político completamente distinto al actual.
—Todo esto era Arendelle, que se llamaba Ørndal—le explicó Elsa, señalando la zona en el mapa—. Y solo esta parte de aquí es el Arendelle que conocemos hoy.
Hipo miró el mapa con detenimiento. Se dirigió entonces hacia la cama, donde tenía el peto que Astrid prácticamente le había arrancado. Allí rebuscó entre sus cosas hasta dar entonces con su libreta. La abrió con cuidado sobre el mapa, donde él había hecho sus propios dibujos desde el aire de la zona y comprobó que tal como decía Elsa, aquello no era una casualidad.
—El bosque encantado formaba parte antes de Arendelle… —llegó a la misma conclusión que Elsa.
—Eso me temo—respondió ella—, pero hay más. He estado buscando en este libro de escudos de casas y aunque no he encontrado ningún escudo que coincida con la fecha en la que se hizo este mapa, he encontrado este escudo que todavía se usaba cuando estas tierras eran un todo.
Hipo observó aquel dibujo tintado que tenía debajo una descripción tan antigua que ni siquiera sabía leer. Estaba algo estropeado por el tiempo, pero se podía ver perfectamente que el escudo estaba compuesto de un dragón verde de dos cabezas, coronado con dos coronas amarillas de flor de azahar y sobreexpuestos sobre un sol morado. Eran básicamente los mismos colores que el escudo de Arendelle, con la salvedad de que tan solo se había conservado la flor de azahar.
—Cuando lo he visto he empezado a atar cabos en mi cabeza—explicó Elsa—. Tendría sentido que el escudo de la familia se hubiese ido dividiendo con las generaciones y cambiando. Por eso en Arendelle solo tenemos la flor de Azahar y los Bränderson las dos cabezas de dragón que el tiempo ha transformado en águilas. Pero hay más.
Elsa señaló, completamente entusiasmada la inscripción debajo del escudo.
—Me ha costado un poco traducirla—le explicó a Hipo—, pero básicamente expone de dónde viene el antiguo nombre de Arendelle, que es una composición de Aren, que declina de 'Ørn' que significa Águila y 'dal' que significa valle. Arendelle significaría algo así como Valle de las Águilas, pero… ¿y si la traducción no se hizo bien o solo es un eufemismo poético? Y si 'Ørn' no quiere decir águila sino…
—Dragón… —entendió Hipo—. Arendelle significaría Valle de dragones.
El chico se quedó un momento meditando aquello. Aunque le había parecido un poco enrevesada la búsqueda e investigación de Elsa, realmente tenía sentido. Quizás aquel reino estaba poblado antiguamente por dragones y con el tiempo habían ido desapareciendo o 'migrando' a otra zona. Ellos también se habían dedicado a cazar dragones durante generaciones, así que no sería una idea tan descabellada que hubiesen huido al verse perseguidos.
—¿Y si en estas tierras antes había dragones? —lanzó Elsa la pregunta al aire, casi leyendo los pensamientos del vikingo—. Y no sé, quizás con el tiempo se escondieron solo en el norte, en el bosque encantado… Realmente habría pasado poco más de un siglo de eso, quizás todavía están allí, ocultos.
El vikingo comenzó a pasear por la habitación de un lado a otro, pensando e intentando ordenar sus pensamientos. Sin duda era información muy útil y reveladora, pero tampoco les terminaba de desvelar nada. Excepto que después de todo parecía que Arendelle si estaba más ligada a los dragones de lo que parecía en un principio.
—Tendría sentido… —concordó Hipo—. Quizás esa niebla los protege por alguna razón.
—Tal vez esos dragones poseen lo que Drago necesita… —meditó.
La inmortalidad, pensó Hipo.
—Y está buscando a un hombre que le ayude a cruzar la niebla… —siguió especulando Hipo.
—Puede ser…
Hipo se apoyó en la mesa junto a la reina, pensativo.
—Dioses Elsa —dijo entonces—eres una genio.
Elsa no pudo ocultar una sonrisa en sus labios, mientras las mejillas se le teñían de rojo.
—Gracias.
—Tenemos que asegurarnos—dijo entonces, mirando a la reina— ¿Hay algún libro de historia de Arendelle que hable de esto? ¿O algunos libros de caza donde hablen de seres voladores o algo así?
Elsa se llevó la mano a la barbilla, mordiéndose el labio pensativa.
—Los libros más antiguos que tenemos aquí se remontan a la época de mi abuelo… —dijo con tristeza Elsa—. Todo lo que había antes se quemó en un incendio cuando mi padre era niño.
—Mierda—masculló Hipo—. Quizás mi padre sepa algo, aunque dudo que en Berk tengamos libros que hablen de vuestras tierras…
—Le escribiré a los reinos vecinos, por si alguno tuviese algo útil en su biblioteca—propuso Elsa—. Mientras tanto seguiré buscando en la nuestra, tal vez encontremos algo útil.
—Genial—aceptó Hipo su plan.
Tras esto se quedaron un momento en silencio, lo cual por alguna razón se les hizo algo incómodo, no solo por el momento anterior, sino por lo que había pasado la noche antes. Elsa todavía se moría de vergüenza al pensar que se había quedado dormida en los brazos de ese hombre. Hipo pareció leer en su rostro los pensamientos de la reina y decidió romper esa incomodidad.
—¿Te… te encuentras mejor? —preguntó con timidez, refiriéndose a la confesión de Elsa.
—Sí, mucho mejor, gracias—respondió sin atreverse a sostenerle la mirada—. Mantenerse ocupada es la mejor medicina.
Hipo le sonrió con tristeza. Realmente no pensaba que la reina pudiera curar una herida así simplemente con enfocarse en otros asuntos, pero agradeció al menos verla de una pieza y no destrozada como la noche anterior.
—Oye, siento mucho lo de antes—se disculpó Hipo, quien pensó que tal había sido un poco violento—, no pretendía ofenderte ni nada por el estilo.
—No me has ofendido, Hipo. Te recuerdo que nuestro matrimonio no es de verdad, no me importa que te veas con Astrid—le dijo con sinceridad—. Me basta con que te coloques decentemente la camisa.
Hipo se puso rojo hasta las orejas, mientras se colocaba bien el cuello de la camisa ante la mirada risueña de la reina.
—¿Bajas a cenar? —quiso cambiar de tema el vikingo mientras se dirigía a su baúl y se ponía al menos otra camisa de abrigo encima.
—Voy a pasarme por la biblioteca primero, a ver si encuentro algo y lo puedo revisar esta noche.
Hipo asintió, descubriendo que la reina era incluso más obsesiva que él con las investigaciones y los libros. Sin duda si se hubiesen conocido en otras circunstancias, Hipo estaba seguro de que se habría colgado perdidamente de ella. Claro que eso no había pasado, ¿verdad?
—Si quieres puedes pasarte luego y lo miramos juntos—se ofreció Hipo.
La reina se lo pensó durante un instante. No sabía si era buena idea volverse a ver durante la noche en aquella habitación con Hipo. Las doncellas ya habían corrido la voz por todo el castillo que ellos habían vuelto a verse 'como un matrimonio' y aquello, pese a que era falso, le generaba mucha vergüenza. De hecho, hasta Miranda se le había acercado aquella tarde para darle más de ese brebaje para que no se quedara embaraza. Al parecer la curandera se lo había estado dejando todas las noches hasta que Elsa e Hipo dejaron de compartir alcoba. La reina ni siquiera le había prestado atención a esos frascos que aparecían cada noche junto a su mesa de cabecera y los había ido coleccionando en el interior de su cómoda. No obstante, ahora que parecía que los volvía a necesitar, Miranda estaba realmente preocupada en que se los tomara, ya que un embarazo en tiempos de guerra era lo último que necesitaban y aunque Elsa no podía decirle que eso no iba a pasar y que se quedara tranquila, terminó por aceptar que volvieran a dejarle esos brebajes en su habitación cada noche. Solo que ahora debería tomarse la molestia de hacerlos desaparecer.
—No sé Hipo —rechazó Elsa—. No quisiera generarte problemas ni invadir tu espacio personal. De hecho, no me importa si quieres seguir viéndote aquí con Astrid, mientras no os vea nadie, por mí no hay problema.
—No creo que Astrid quiera volver aquí, al menos esta noche.
—Lo siento muchísimo—se disculpó con sinceridad Elsa.
—No es culpa tuya—le quitó importancia Hipo.
—¿Todo bien con ella? —preguntó, sabiendo que se estaba metiendo en terreno pantanoso.
—Sí, sí—asintió—. Es solo que es un poco raro, supongo que todavía estamos asimilando todo esto.
—Me imagino… —tomó aire la reina, algo incómoda—. Por cierto, ¿qué es eso que tenías que decirme del bosque?
—¡Dioses! Se me había olvidado.
Viendo que aquello iba para largo, ambos se sentaron en la cama, donde Hipo le explicó que había vuelto un poco por casualidad a los alrededores del bosque encantado cuando Desdentao volvió a ponerse inquieto. Tras un instante de duda, decidieron volver al lugar dónde habían encontrado el cadáver desangrado y destripado del dragón. Le contó que al principio tenía miedo de volverse a encontrar con un cadáver que además debía estar en una fase de descomposición más avanzada que la última vez, pero cuando llegaron al lugar de los hechos, no había nada. Al principio pensó que se había equivocado de lugar, ya que los árboles cortados habían desaparecido, al igual que el rastro de sangre y ceniza. En su lugar, aquel sitio parecía una pradera, con enormes árboles jóvenes y hierba espesa y frondosa que les llegaban hasta las rodillas y que había florecido por encima de la nieve. Tras un rato intentando localizar dónde estaban, volvieron al mismo sitio idílico y entonces encontraron los símbolos camuflados en el suelo y en las rocas, dónde en apenas una semana había crecido una espesa vegetación de forma antinatural.
—Además, no había rastros de sangre ni del dragón por ninguna parte—terminó de contarle Hipo.
—Qué extraño—concordó con él Elsa—, ¿estás seguro que era justo ese lugar y no otro? El bosque puede ser muy confuso.
—Te juro que era el mismo sitio Elsa—defendió Hipo—. Estaba todo, los mismos símbolos, las mismas piedras… todo, salvo aquella enorme vegetación.
—Quizás tenga que ver con el ritual de magia… no lo entiendo…
—Yo tampoco—resopló Hipo.
En aquel momento llamaron a la puerta. Era el servicio. Elsa les dejó pasar, descubriendo que les habían subido la cena. Al parecer Anna estaba preocupada de que Elsa hubiese dejado de comer otra vez y tras preguntarle a Astrid si había visto a su hermana, ésta le había dicho que estaba con Hipo en su habitación. Al ver que ninguno parecía bajar a cenar, la princesa terminó por pedir que les subieran la cena. Elsa les dio las gracias, sin poder creerse que se hubiese hecho tan tarde y preocupada de que Anna estuviese de nuevo angustiada por el asunto de la comida.
—Mierda—maldijo Hipo en su lengua—. ¿Tan tarde es?
Llevaban cerca de dos horas en aquella habitación, hablando de especulaciones y teorías, sin ser conscientes que el resto del castillo ya había cenado y todo.
—¿Te importa que baje a disculparme con Astrid? —le preguntó Hipo a Elsa cuando se fue la doncella.
Elsa le dijo que no se preocupara, que mientras ella podría bajar a la biblioteca. Y así lo hicieron. Hipo bajó hasta las instancias de los jinetes, donde se encontró con Astrid y le pidió disculpas por lo que había pasado. Lo último que quería es que los pillara Elsa y que ella se fuera del cuarto, dejándolo solo con la reina. Astrid aceptó la disculpa, entendiendo que no había sido culpa suya, pero algo molesta porque no hubiese bajado a cenar. Hipo sintió que de nuevo se había creado una barrera entre los dos y se lamentó por haber forzado a Astrid a hacer algo que a lo mejor no quería, —sin saber que la vikinga estaba igual o más desesperada que él. Como compensación, le estuvo contando lo que había descubierto Elsa, llegando a las mismas conclusiones que ellos.
—Si es cierto que aquí habitaban dragones… Tenemos que ir a investigar a ese bosque—concordó Astrid con Hipo.
Estuvieron un rato más juntos, abrazados en el camastro en el suelo que tenía Astrid, hasta que llegaron el resto de jinetes, que habían estado intentando conquistar sin éxito a unas doncellas. La única que no estaba entre ellos era Brusca, pero cuando Hipo preguntó por ella todos se miraron cómplices, diciendo que la vikinga era la única de todos ellos que se lo iba a pasar bien aquella noche. Hipo se despidió de todos, dándole un corto beso en los labios a Astrid y volviendo a su habitación donde estaba Elsa, rodeada de nuevos libros.
—He encontrado esto que quizás nos puede ayudar—le informó a Hipo, mostrándole una columna de libros y mapas que la chica había dejado sobre la mesa, junto a la bandeja de comida.
Elsa estaba acostumbrada al orden y los modales férreos, pero cuando vio que Hipo no le exigía de ellos para comer, se sintió más relajada y por primera vez en su vida comió sentada en el suelo.
El vikingo se había acomodado en la alfombra junto a la chimenea, donde había desplegado un gran mapa. Se sentó al lado del calor y la luz del fuego, para escrutarlo con detenimiento mientras se comía la sopa fría e invitaba a Elsa a hacer lo mismo.
—Deberíamos haber comido primero—se quejó entonces Elsa al probar la cena—, esta sopa está asquerosa fría.
Hipo se echó a reír.
—Te juro que me la estaba comiendo solamente por no ser maleducado—confesó.
Elsa nunca hubiese hecho un comentario así de no ser porque estaba con el vikingo. Hipo tenía ese raro efecto en ella, de ponerla nerviosa, pero a la vez de hacerla sentir que podía opinar cualquier cosa en su presencia, que el chico no se enfadaría ni le reprocharía nada.
Ya le había confesado de su romance con una mujer y parecía habérselo tomado con naturalidad. Y nada podía ser más escandaloso que eso.
Comieron la sopa a medias y se terminaron parte del estofado de carne y arroz que le había subido la doncella y se pusieron entonces manos a la obra.
Al principio ordenaron sus prioridades, intentado esclarecer qué debían encontrar. Elsa concordó con Hipo que lo primero era asegurarse de la presencia de dragones en Arendelle, por lo que Elsa empezó a buscar en los pocos libros de historia y mapas, sin mucho éxito. También revisaron los inventarios de cacerías y las enciclopedias de animales. Por otro lado, siguieron intentando buscar información sobre los símbolos encontrados en el bosque o sobre rituales de magia, pero aquello fue una tarea mucho más imposible. Durante un rato de la noche Hipo estuvo echándole un ojo incluso a la Biblia, que al parecer eran las escrituras sagradas en las que se basaba la religión de aquellas gentes. Le parecieron fascinantes aquellos relatos y le hizo gracia lo poco que se parecían a sus creencias. Al cabo de un rato, cuando se les empezaron a entumecer los huesos de la humedad del suelo, se trasladaron de la alfombra junto a la chimenea a la cama. Hipo no supo muy bien en qué momento se quedó dormido, pero Elsa no pudo evitar aguantarse la risa al ver que el chico se había quedado dormido con un libro prácticamente sobre la cabeza.
Con cuidado de no despertarlo le quitó el libro y lo arropó. Se quedó observándolo un rato, como varias noches atrás, con la salvedad de que ahora lo tenía mucho más cerca.
Aquella fue la primera vez que Elsa vio a Hipo como un hombre.
Hasta ahora el chico había sido muy gentil con ella, pero siempre se había mantenido distante y cordial. Elsa había visto en él a una especie de muchacho agradable e inteligente con el que al parecer se había casado, sin que realmente hubiese tenido que hacer nada al respecto. La verdad es que Hipo se lo había puesto muy fácil en todo, incluso cuando discutieron y él aceptó que también le debía una disculpa. Sin embargo, en la penumbra de la noche, viéndole dormir a su lado, se dio cuenta de que en otras circunstancias las cosas serían muy diferentes. Posiblemente si Hipo no hubiese estado enamorado de otra mujer, no hubiese dudado en tomar a Elsa y hacerla suya, como se supone que hacían los hombres casados. Elsa tenía una idea muy vaga y ambigua del sexo, pero haberlo pillado aquella noche con la vikinga parecía haber despertado en ella la idea de que Hipo era un hombre sexualmente activo, aunque no lo mostrase con ella. Por un momento temió que Hipo algún día quisiera tomar lo que por derecho le pertenecía al haberse casado con ella, pero quiso descartar esa idea de su cabeza. Primero, porque el vikingo estaba totalmente interesando en romper su enlace con ella y aquello sería contraproducente; y segundo, porque por alguna razón que no comprendía, algo se encendía dentro de ella al pensar en la posibilidad de tener sexo con Hipo, algo primario y vergonzoso que no entendía pero que deseaba alejar a toda costa de su mente.
En sus veinticuatro primaveras, Elsa todavía no había descubierto el placer sexual y lo peor es que parecía negar que eso pudiera formar parte de ella. Quizás era algo influenciado por aquel trauma adolescente con Lena, con quien solo había compartido un par de besos inocentes, o quizás simplemente se debía a la soledad y al encierro. No obstante, sintió que aquella noche algo había cambiado dentro de ella.
Elsa tampoco supo cuándo se había quedado dormida junto al vikingo, ni porqué se había instalado esa humedad en su bajo vientre, esa misma que la hizo despertarse con los muslos mojados a la mañana siguiente, sin entender que se debía a su propia excitación.
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El resto de los próximos días pasaron en una secuencia repetitiva y rutinaria que parecía alejar de sus mentes que un gran peligro les acechaba. Hipo siguió haciendo turnos de vigilancia, trabajando en la forja y viéndose a escondidas con Astrid sin que pudieran culminar nunca sus encuentros furtivos, hasta el nivel de que ambos estaban empezando a frustrarse. Por las noches, en cambio, el vikingo conseguía encontrar algo de calma a la luz de la chimenea buscando entre aquel montón de libros con Elsa.
Se instaló entre ellos una especie de ritual tácito que, aunque ninguno parecía querer admitir, cumplían todas las noches. Y es que desde la noche en que Hipo había sacado de su habitación a Elsa con aquel cuadro de ansiedad, ninguno de los dos había vuelto a dormir solo en su habitación. A veces era Hipo el que se quedaba dormido en la cama y otras veces Elsa, pero ninguno de los dos hizo amago alguna vez de irse a dormir a la otra habitación o al suelo. Elsa sentía demasiada angustia al verse sola en aquella habitación fría donde solo había conocido la miseria, el dolor y la humillación, e Hipo, por su parte, se sentía muy solo acostumbrado a dormir abrazado al cuerpo desnudo y cálido de Astrid. Por esta razón ninguno de los dos puso pegas al respecto. De hecho, a la tercera noche de compartir cama, directamente se metieron entre las sábanas a leer, dando por hecho que terminarían durmiéndose en ellas. No obstante, Hipo cumplió de manera estricta la promesa que le hizo a Elsa y que incumplió la primera noche que durmió con ella. Y es que no se atrevió a tocarla, —ni siquiera rozarla—, durante ninguna de las noches que pasaron juntos.
Hipo no lo admitiría en voz alta, pero las noches con Elsa comenzaron a convertirse en su parte favorita del día. La reina parecía cada vez más relajada con él y aunque su rectitud y distancia parecían cosas inexorables de su personalidad, se alegró al descubrir que era una mujer soñadora, amable, inteligente y divertida. Hasta le sorprendió que comenzara a imitar su ironía.
Durante el día las cosas parecían avanzar con más lentitud. Astrid siguió con los entrenos diarios, los cuales le daban alegrías y dolores de cabezas por igual. Al tercer día una mujer se torció el tobillo, lo que generó un gran malestar en el resto. Anna le pidió a la vikinga que no se desanimara y le aseguró que, aunque todavía no le apeteciese salir a correr por las mañanas, se encontraba mucho más ágil y con energía.
Una de las tardes de aquella semana, Anna y Astrid decidieron a ir a la forja donde trabajan Hipo, Patapez y Kristoff, en un intento de ayudarles a avanzar con la producción de armas, escudos y armaduras. Hipo les aseguró que trabajaban lo más rápido que podían, pero que era imposible avanzar con la falta de recursos y el tiempo que les dedicaban a los turnos de vigilancia. Astrid sabía perfectamente que Hipo no tendría valor para pedirle a su padre darle más margen, así que finalmente lo buscó una noche y se sentó con Estoico para pedirle que les redujera las horas de vigilancia a Hipo y a Patapez, para que pudieran avanzar en la forja. Estoico no se opuso a la que en un futuro hubiese sido su nuera, aceptando que aquello era algo que podían cubrir el resto de vikingos del consejo. No obstante, sabía que eso le daría algún que otro dolor de cabeza, ya que muchos de ellos estaban deseando marcharse de aquel reino y volver a Berk, donde sus familias los estarían esperando.
Estoico se encontraba muy dividido, ya que sentía que no podía dejar a su hijo solo a cargo de aquel reino, pero también comprendía que aquella no era su responsabilidad y que tenía que dejar a su hijo madurar solo y volver a Berk. Sin embargo, el hecho de que no se hablaran lo hacía sentir demasiado culpable como para encima marcharse y dejarlo allí, como preso de sus propias circunstancias. Estoico había estado tan preocupado con la idea del regreso de Drago y la necesidad de no enemistarse con el reino de la reina mágica, que no se había hecho a la idea de que casar a su hijo con la señora de aquellas tierras podía significar no poder verlo. Hipo algún día tendría que tomar la jefatura de Berk y eso lo obligaría a dejar a aquel reino que ahora le pertenecía y llevar a su esposa con él. Sin embargo, no sabía si la reina estaría muy dispuesta a dejar sus tierras. Aquello era algo que tendrían que resolver en el futuro, pero le preocupaba encarecidamente alejar a su hijo de su único proyecto de vida: los dragones. Hipo seguramente no se había parado a pensar en ello todavía, porque de haberlo hecho, seguramente le habría terminado de retirar las pocas palabras cordiales que compartían.
Con el paso de los días y la insistencia de Anna, Elsa comenzó a tantear la posibilidad de que ella también debería empezar a entrenar y prepararse para lo que pudiera llegar. Su hermana la había instado desde el minuto uno a unirse al grupo de mujeres que estaban entrenando las vikingas, explicándole que de este modo podrían pasar más tiempo juntas y avanzar más deprisa. No obstante, Elsa tenía sus reservas, ya que le daba miedo poder herir a alguien con sus poderes durante los entrenamientos, —además de que todavía no había reunido valor suficiente para hablarle a Astrid. La reina no entendía qué le pasaba con aquella mujer. Al principio pensó que serían celos, aunque no tuvieran explicación alguna. Hipo no era nada suyo y estaba bastante claro que aquellos dos vikingos estaban enamorados hasta las trancas. Sin embargo, cada vez tenía más claro que no sabía cómo hablarle a la novia del vikingo. Cuando la miraba le temblaban las piernas y le sudaban las manos. A veces incluso tartamudeaba en su presencia o se ponía borde y fría, cuando solo trataba de ser simpática. Elsa lo achacaba a la enorme presencia y belleza de aquella mujer nórdica e intentaba no pensar demasiado. Sin embargo, era un hecho que no habían empezado con buen pie; —y menos cuando sentía esa enorme culpabilidad de pasar todas las noches con Hipo, como si estuviese invadiendo un espacio íntimo de la pareja.
Una noche, sin embargo, Elsa se dio cuenta de que no podían seguir así. Sobre todo porque sentía que estaban cruzando una línea muy frágil. Sería la cuarta o quinta noche que dormía junto al vikingo cuando el chico se giró y la abrazó.
Elsa por supuesto supo que Hipo estaba profundamente dormido. De no ser así jamás se hubiese atrevido a tocarla. Además de porque estaba balbuceando algo en sueños que la reina no comprendió. Hipo siempre hablaba en su lengua cuando soñaba y eso es algo que siempre la hacía sonreír cuando no podía dormir. Aquella noche, sin embargo, rezó para no caer en los brazos de Morfeo, porque tenía la certeza de que Hipo no volvería a abrazarla a la noche siguiente. Sintió la calidez de su cuerpo junto al suyo y su respiración tranquila y pausada contra su pelo blanco. Y le dio mucha paz. Ni siquiera le molestó que sus manos encalladas le rodearan la cintura hasta casi rozar su pecho o que se hubiese pegado tanto a ella como para que pudiera sentir toda la totalidad del cuerpo del chico contra el suyo. Ni tan siquiera cuando el muñón de Hipo le rozó el gemelo se sintió incómoda. Al contrario, estaba tan a gusto y tan abrumada, que se aferró a su mano para que no la soltara, en ese intento por querer sentir un cariño que jamás había recibido de nadie y que además sabía que no era para ella.
Aquella mañana, antes de salir el sol y de que Hipo se despertara, Elsa salió de la cama y tomó dos decisiones: la primera, que no podía volver a dormir con Hipo y la segunda, que iba a comenzar a entrenar.
Salió muy temprano, antes del alba, y subió hasta lo más alto del monte, donde esperó no molestar a nadie ni ser molestada. Fue una de esas pocas veces que agradeció no poder sentir el frío, porque estaba segura que aquella mañana estaban a más de unas décimas bajo cero. Con lo poco que había podido aprender en su corta vida, se puso a correr entre los árboles y a hacer uso de su magia, buscando un control que no tenía. Al principio intentó hacer cosas sencillas, como elevar muros de hielo o crear ráfagas de nieve, pero se cansó muy deprisa. Tras este patoso intento de probar su resistencia, Elsa se colocó entre unos árboles y probó a crear dagas de hielo para medir su puntería, comprobando que estaba a años de luz de obtener resultados decentes. Lo que Elsa no sabía es que no estaba sola.
Astrid la observaba desde el cielo, en ese turno de vigilancia que se le estaba haciendo eterno. Le dolía la cabeza del frío y el cansancio y los dedos de las manos se le habían congelado bajo los guantes. Hacía un frío de mil demonios y por más que se había abrigado para salir a volar, estaba completamente entumecida. Fue entonces cuando percibió un reflejo provenir de la colina, descubriendo a la reina de hielo haciendo uso de su magia contra los árboles.
Lo primero que le sorprendió fue verla prácticamente desnuda, abrigada solo con un vestido fino azul sin mangas y unas mallas que ni siquiera le cubrían los tobillos. Astrid pensó que se congelaría sólo de verla. La vikinga se quedó absorta mirando a la reina hacer uso de su magia. Era la primera vez que Astrid veía a Elsa usar sus poderes y se quedó cuanto menos impresionada.
Cómo no hacerlo antes ese espectáculo tan hermoso y sobrenatural.
Al cabo de un rato, como buena soldado que era, pudo percibir que Elsa no tenía control sobre ella ni sobre su propio cuerpo. Se deslizaba con movimientos torpes, poco premeditados y contraproducentes, por lo hablar de que invertía mucho esfuerzo en usar su magia y no se veía reflejado en sus resultados. Era un espectáculo hasta penoso. Ver a alguien con tanto poder no tener la puntería ni el control para clavar una simple daga mágica en un árbol a menos de cuatro metros.
La vikinga descendió con sigilo de su dragona, ocultándose a varios metros de la reina entre los árboles. Tenía la certeza de que Elsa ni siquiera estaba teniendo control del entorno y no se había dado cuenta de su presencia.
Y no se equivocaba.
Elsa estaba completamente concentrada en conseguir clavar una daga de hielo en la diana imaginaria de uno de los árboles, sin éxito. Tras un octavo intento, empleó toda su concentración para hacer un último lanzamiento antes de rendirse y aceptar que era un desastre usando sus propios poderes. Respiró hondo, convencida de que no iba a fallar esa vez y lanzó con todas sus fuerzas aquel trozo de hielo cristalizado.
El sonido de la madera quebrándose en aquel silencio de muerte debería haberle sabido a victoria, sino fuera porque lo que se había clavado en el árbol no era una daga de hielo, sino una navaja de metal.
Elsa se giró asustada y alerta, con la magia a flor de piel apostillada en sus manos. No obstante, a sus espaldas no había una amenaza como tal, sino Astrid.
—Astrid—dijo la reina, bajando levemente la guardia.
—Elsa—le respondió la vikinga de la misma manera.
La vikinga no solo había demostrado una puntería impecable, sino que además se había deslizado hasta prácticamente poder rozar su nunca sin ser descubierta por Elsa. Verla allí, con aquella enorme hacha en el cinturón y con una dragona de tres metros de altura tras ella, hizo que Elsa se tensara, ante la sensación de peligro y vulnerabilidad.
—Tranquila—pareció notar Astrid su nerviosismo.
Ni que la vikinga tuviera razones para matarla.
—Estoy tranquila—le respondió Elsa.
Astrid le sonrió sin separar los labios, algo orgullosa.
—Pues no lo pareces—opinó, desenvainando su hacha del cinturón.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Elsa, desconcertada.
La vikinga jugó con su hacha a cortar el aire frío y seco del monte.
—Me tocaba turno de vigilancia esta noche y bueno—hizo una pausa, contemplando su hacha—, como ahora Hipo y Patapez se escaquean, pues tengo que hacer algunas horas de más. ¿Qué haces tú aquí?
Elsa tomó aire, sin poder relajar la tensión de su magia.
—Estaba intentando entrenar.
—Pues no parecía que te estuviese yendo muy bien.
Aquella chulería molestó a Elsa, quien ya se sentía suficientemente mal consigo misma como para que otra persona viniera a decirle que era un desastre usando su propia magia.
—Si has venido a burlarte, por favor, márchate.
Astrid dejó caer su hacha al suelo, clavándola de pie en la nieve y se acercó a Elsa. La reina dio un paso atrás inconsciente, mientras su magia se revolvía dentro de ella, alerta.
—No he venido a burlarme—le dijo entonces Astrid con sinceridad, consciente de que Elsa estaba a la defensiva—. He venido porque creo que necesitas ayuda.
Aquella respuesta descolocó a Elsa, quien hasta ese momento había tenido la sensación de que Astrid podría matarla. Tampoco la culparía y más cuando se había pasado toda la noche siendo abrazada por el novio de la vikinga.
Astrid se alejó de Elsa hasta el árbol que la reina estaba usando de diana. Se agachó en cuclillas y buscó ante la expectación de Elsa las dagas de hielo que había tiradas en la nieve. Astrid volvió a acercarse a la reina y desde la posición que antes había ocupado Elsa se dedicó a lanzar las dagas, clavándolas una a una en el árbol. Sólo se quedó con una última daga de cristal helado en las manos. La observó con cuidado, moviéndola entre sus dedos y calibró su peso con la mano.
—Están algo desequilibradas —le dijo entonces a Elsa, quien seguía asombrada por la puntería de la chica—. Mira, verás, pon tu mano así.
Elsa obedeció, intentando calmarse mientras alzaba la mano y dejaba la palma de la mano hacia arriba, como le había indicado Astrid. Al notar la daga sobre ella, entendió a qué se refería la vikinga, notando que un lado pesaba en exceso.
—No pareces muy fuerte—sentenció Astrid—. Así que es mejor que empieces con algunas más compensadas de peso y más pequeñas.
Elsa la miró algo insegura y asintió. Tener a Astrid tan cerca había conseguido que volvieran a temblarle las piernas.
—Otro truco es la postura—le dijo, colocándose ella misma en una posición para que la reina la imitara—. Si no tienes mucha fuerza en los brazos, lo mejor es compensarlo con el propio peso de tu cuerpo, si te colocas así, pues usar el movimiento para propulsar la daga, pruébalo.
Elsa la imitó y lanzó la daga tal como le había explicado Astrid. No consiguió clavarla en el árbol, pero esta vez al menos lo había rozado cerca.
—No pierdas la paciencia si al principio no te sale—le dijo amable la vikinga—. Es cuestión de práctica.
Astrid volvió a acercarse al árbol, esta vez para recoger su navaja, que seguía clavada.
—Mira, coge mi navaja—se la ofreció— y tantea su peso.
—Es más pesada y más pequeña—observó Elsa.
—Sí, pero tiene más empuñadura que tus dagas, por eso es también más fácil usarla si empleas un poquito más de fuerza—le explicó—. Toma, intenta lanzarla.
Elsa la miró insegura, pero aceptó, consiguiendo clavarla en el árbol, pero prácticamente a unos centímetros del suelo.
—Bueno no está mal, por algo se empieza—le aseguró Astrid mientras volvía a por su navaja y la sacaba del árbol.
Astrid cerró la navaja y se la guardó en un bolsillo de su pantalón.
—¿Confías en mí? —le preguntó a Elsa.
La reina no había estado más tensa y nerviosa en su vida, pero afirmó con la cabeza.
—De acuerdo, pues coge una daga y cierra los ojos.
Elsa tragó saliva, temerosa, pero accedió.
Pudo notar como la piel se le puso de gallina al notar a la vikinga detrás de ella, colocando sus manos sobre la cadera de la reina para recolocarle la postura. También le acomodó los hombros y la altura de los brazos. Incluso la forma en la que agarraba la daga con la mano.
—¿Lo notas? —le dijo prácticamente pegada a su oído.
—¿El qué? —preguntó Elsa, sintiendo que en cualquier momento le fallarían las piernas ante su cercanía.
—El viento—le explicó Astrid—. A veces las cosas que no vemos nos condicionan más que las que sí se ven. Cuando lances algo, intenta medir primero la fuerza y dirección del viento, créeme, te ahorrará muchos dolores de cabeza.
—Vale—consiguió articular Elsa.
Astrid se alejó de ella un poco y la dejó lanzar. La daga consiguió clavarse torpemente en el árbol. Por poco se hubiese quedado fuera, pero al menos parecía un comienzo sobre el que trabajar. Elsa sonrió por primera vez en presencia de Astrid y ésta la miró satisfecha.
—Oye, Elsa—la llamó entonces Astrid, con una mezcla de emociones en su voz—. Quería… pedirte disculpas—se sinceró la vikinga—. Siento que por alguna razón tú y yo no hemos empezado con buen pie y no es justo. Te prometo que no quería desafiar tu autoridad en tu castillo ni hacerte sentir incómoda la otra noche con Hipo.
Elsa la miró sorprendida, sin poderse creer que la vikinga, quien había pensado que era una mujer muy orgullosa, le estuviera hablando con tanta honestidad.
—No, Astrid, no tienes que disculparte… yo…
Elsa estaba tan nerviosa que no podía aguantarle la mirada.
—Qué tal si empezamos de nuevo —le ofreció entonces su mano enguantada la vikinga.
Elsa le sonrió, escrutando aquel rostro que tenía la punta de la nariz roja por el frío y las pestañas algo congeladas. Astrid le sonría con una mueca traviesa, como de niña a punto de hacer una trastada, pero sin malicia. Sin duda nunca había visto una sonrisa tan sincera y gratificante como aquella en otra mujer; aunque también era cierto que Elsa había conocido a pocas mujeres como Astrid, tan seguras de sí mismas y con ese temperamento que hacía temblar el mundo. Ahora entendía que Hipo estuviese loco por ella. ¿Quién no lo estaría con una mujer así a su lado? Elsa acercó su mano y la estrechó con la de la chica, sin saber cómo ocultar su nerviosismo.
—Trato hecho.
Astrid sonrió, segura de sí misma, alumbrada por las primeras luces de la mañana.
—Te voy a convertir en toda una guerrera de hielo.
Y aquí comienza la historia de éstas dos! Espero que hayáis disfrutado el capi tanto como yo.
NOTAS:
N/A: Arendelle está inspirado en un pueblo que se llama Arendal, transcripto en su lengua como "Ørndal", cuyo significado real significa Valle de las águilas. Pensé que era muy interesante dejar ese detalle por aquí, además de porque casualmente encaja perfectamente con la línea del Fic. Iré dejando más cosillas de éstas por aquí a pie de capítulo, por si a alguien le interesa curiosear.
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LUEGO,
Lo primero, dar las gracias a Antonio405 que siempre me deja maravillosas reviews por privado y a Kolomte'49 por tomarse la molestia de ser tan conciso, adoro tus reviews, en serio. Al ser siempre más largas ambas, las he contestado por MP.
Para el resto:
REVIEWS:
flores231: holi! ¿Qué tal todo? Sí, la verdad es que esos tres van a tener bastantes momentos incómodos. Como ya ves, en este capi vuelve a repetirse jajaja (y los que quedan). La historia del pasado de Elsa admito que es bastante violenta y triste, pero por desgracia antiguamente (y ahora incluso) hay mucha gente que no puede disfrutar de su sexualidad abiertamente y familias que aunque amen profundamente a sus hijxs no entienden ésto de ellxs. Éste ese el caso de Elsa y su padre y por supuesto el desencadenante de muchos de los traumas de la reina. A ver si pudiera hacer las paces con su gran amor (ya se verá). Jo, muchas gracias por tu alago, me alegra muchísimo que la estés disfrutando. Y como siempre, me alegraste el día. Un besito enorme.
denebtenoh: hola! ¿Qué tal? Me alegra que te gustara! ^^ Siiii y como ves se repite jajaja Supongo que esos dos se gustan más de lo que quieren admitir y lo de dormir juntos será un tema candente entre ambos. Tengo también una buena noticia: a partir de este capi se cumplirán tus deseo y verás a estas dos maravillosas señoras interactuar entre sí (Por fin). ¿Elsastrid? Ni siquiera sé si tienen shipeo jajaja Un besito enorme para ti también, mucho ánimo y salud. Y gracias por la review!
ZAIKO23: holaaa! ¿Qué tal estás? Sí, Hipo no ha juzgado a Elsa y para mí esto es una parte súper importante de la historia. No voy como escritora a hacer juicios de valor sobre ellos (o eso espero jajaja). Además, para mí Hipo es un personaje muy empático y abierto, no le pegaría reaccionar de otra manera. Investigando además un poquito, he leído que en la cultura vikinga el tema de las relaciones homosexuales (sobre todo entre mujeres) no estaba mal visto y de hecho lo tenían bastante normalizado. Lo único que a veces se creaban relaciones de poder cuando eran hombres. En cuanto al vuelo... NO QUEDAN MUCHOS CAPIS, prometido ^^ Un abrazo muy grande, cuídate!
YamiHyuga22: holii! Gracias por la review! Yo también adoro los momentos Hiccelsa ^^, me encanta la pareja que hacen. A ver dónde termina todo jajaja. Un abrazo! Cuídate mucho!
