HOLA!
Tras un mes largo desaparecida, regreso con un capi MUY MUY LARGO.
Así que preparaos un café, poneos cómodxs y difrutadlo.
Siento no haberme podido pasar antes, pero como ya dije, estuve de examenes finales, presentaciones de trabajos de máster y finalmente una mudanza que me costó sudor y lágrimas (horrible mudarse en Madrid en cuarentena y a cuarenta grados). Pero bueno, tras todo eso, he encontrado un hueco de estabilidad para publicar.
La verdad es que pensaba hacerlo hace una semana, pero me quedaba tan poquito del siguiente capi que he decidido terminarlo y subirlos juntos (ya que eran consecutivos) y bueno, os hago así un pequeño regalo por la larga espera y el final de curso. Aunque no creo que siga publicando capítulos tan largos, por vuestra salud mental y la mía jajaja. Y también porque mientras más largo, más insegura me siento en cuanto a contenido, sobre todo porque en este arriesgué bastante y ya veréis que el ritmo y los acontecimientos difieren de los anteriores.*(DUDAS INFINITAS)*
Tengo que decir también que subo en fic a M tras consultarlo con algunos lectores, por que sí, la cosa se sube bastante (y más en lo que viene xD).
Ahora que he terminado el máster intentaré publicar más seguido, aunque como he vuelto al trabajo físico, seguirá siendo de manera irregular, aunque me gustaría que pudiera ser cada dos o tres semanas. Iré probándome a mí misma, a ver qué tal.
Por lo demás, mil gracias como siempre a todos los que leéis y esperáis con tanto entusiasmo el fic. Yo lo disfruto muchísimo la verdad ^^ Y también con vuestro feedback, no sabéis la ilusión que me hace leeros y saber que no estoy escribiendo al vacío jajaja
De todos modos, mando también un saludo a los anónimos y mucho ánimo para estos tiempos de crisis sanitaria y económica. Espero que todxs estéis bien y vuestro entorno también. Y como siempre digo, si alguien lo necesita, que no dude en hablarme por privado.
UN BESO ENORME!
EL VALLE DE LAS ROCAS I y II
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Astrid comenzó a marcar sus pasos uno a uno sobre la tierra húmeda de la mañana, decidida y enérgica como siempre, pero con la cabeza más alta que la mayoría de los días. Después de todo, le encantaba disfrutar de su victoria cuando les tocaba entrenar en el campo de entrenamiento.
—Buenos días chicas, como veis, hoy he preparado un entrenamiento especial—anunció la vikinga al grupo, que miraban expectantes a las tres figuras masculinas que estaban de pie en la arena de combate.
Elsa se encontraba también entre el grupo de mujeres, sentada en primera fila con cierta preocupación en el rostro.
Por primera vez desde que empezaron a entrenar hacía unas semanas atrás, la reina había accedido a hacerle caso a Astrid, uniéndose al grupo de mujeres para una primera clase de lo que la vikinga había titulado como 'análisis de combate'. No es que a Elsa le hiciese especial ilusión participar en algo así y menos con toda aquella gente a su alrededor a la que podía matar con sus poderes, pero había sido imposible decirle que no a Astrid. La vikinga no solo podía llegar a ser bastante convincente y persuasiva, sino que además era cabezota como ella sola.
Tras su primer encuentro en el bosque, Astrid se había ofrecido a entrenar a la reina siempre y cuando Elsa le echara una mano para facilitarle el entreno a las mujeres y evitar problemas con el coronel. De esta forma y en lo que respectaba al campo de entrenamiento, lo que en un principio habían pactado como tres días por semana durante las tardes, se había convertido en tres días completos y el permiso para usar fuera del lugar chalecos y espadas de madera, al menos hasta que estuviesen listas las de verdad. El coronel y su teniente se habían enfurecido bastante ante aquellos cambios, pero no objetaron nada y menos cuando las órdenes provenían directamente de la reina.
Elsa, tras la pequeña demostración de la vikinga en el bosque, aceptó que necesitaba su ayuda si realmente quería mejorar lo más rápido posible. No obstante, ella también tenía sus propias condiciones y pidió a la vikinga que entrenaría sola, ya que temía demasiado poder herir a alguien con sus poderes. Astrid trató de convencerla de que tarde o temprano tendría que empezar a entrenar en grupo, pero al ver la inseguridad de la reina, terminó por aceptar.
De esta forma, comenzaron a verse todas las mañanas antes del alba.
Los primeros días fueron más que agotadores. Astrid no solo hacía horas extras de vigilancia para cubrir a Hipo y Patapez, sino que también comenzó a hacer horas extras de entrenamiento. Se levantaba prácticamente de noche, —eso siempre y cuando no unía directamente su turno nocturno con los entrenamientos de Elsa—e instruía a la reina hasta la salida del sol. Tras esto se marchaba a preparar al resto de mujeres durante prácticamente todo el día hasta que el cansancio le golpeaba los huesos. Apenas tenía tiempo de pegar ojo, pero estaba tan alterada todavía con la idea de una guerra inminente y la posibilidad de terminar su relación con Hipo, que el sueño comenzó a dejar de ser una prioridad. Agradecía tener la cabeza ocupada y el cuerpo tan exhausto como para poder irse a la cama sin hacerse preguntas, sin cuestionarse y sin darle vueltas a nada que emocionalmente pudiera dañarla, aunque eso afectase directamente a sus frustrados encuentros con Hipo, que nunca conseguían llegar a nada. Aquel tema en concreto la estaban desesperando, aunque en el fondo quizás era lo mejor y más cuando parecía haberse corrido el rumor por todo el castillo de que el rey tenía una amante entre los vikingos y dados a elegir, Astrid entendía que la señalasen a ella y no a Brusca, quien se pasaba el día 'cazando' a sus anchas por el castillo.
Para Elsa, aquellos primeros días supusieron un infierno y un alivio al mismo tiempo. Con la excusa de los entrenamientos, había conseguido poner en marcha su promesa de no dormir más con Hipo.
La primera noche simplemente se mantuvo despierta hasta que el chico se durmió y tras esto se marchó silenciosa a su habitación. Pensó que sería así de simple y fácil, hasta que se vio a sí misma sola en aquella horrible y fría habitación que le habían asignado. Nunca antes había deseado con tanta desesperación que la noche pasara para poder alejar de ella esa sensación de miseria que le dejaban aquellas pesadillas que se tienen aun estando despierto. Por un instante estuvo a punto de volver con Hipo, pero la idea le pareció estúpida e irresponsable. Agradeció entonces a sus padres el riguroso entrenamiento que le habían dado para reprimirse placeres y haciendo uso de todo su autocontrol y su gran sentido de la responsabilidad, decidió empezar a dormir en la biblioteca.
Hipo no entendió el cambio de actitud en la reina, pero aceptó dejarlo estar, ya que a él también le estaba afectando de alguna manera dormir con Elsa todas las noches. Al principio pensó que no pasaba nada y que ambos eran lo suficientemente adultos como para llevar aquel asunto con normalidad. Al fin y al cabo, la reina se había convertido en una especie de buena amiga con la que se divertía y le era fácil compartir secretos y tertulias. Claro que Hipo tenía otras muchas amigas y a ninguna la deseaba de la manera en la que deseaba a la reina cada vez que notaba su respiración tranquila al otro lado de la cama. Y lo peor es que se despertaba cada mañana con el temor y la vergüenza de que ella pudiera notarlo. Por esta razón, cuando Elsa tomó la iniciativa de poner algo de distancia entre ellos, lo agradeció enormemente.
El único problema fue que, aunque Elsa había salido de su cama, no se la podía quitar de la cabeza.
La imagen de la reina lo visitaba en los momentos más inesperados, desde cuando se disponía a volar con Desdentao hasta cuando trabajaba en la forja. Sentía que por más que intentaba distraer su mente con otras cosas, Elsa siempre acababa apareciendo en su cabeza. A veces simplemente le sacaba una sonrisa recordar algo que ella había dicho o hecho, o algún gesto suyo que le llamaba la atención, como cuando se sujetaba ambas manos si estaba incómoda o cuando abría mucho los ojos cuando no sabía cómo decirle a alguien que no compartía su opinión. No obstante, lo peor era cuando la recordaba con su pelo blanco suelto junto al fuego de la chimenea, con aquella mirada perdida y esa sonrisa triste; o arrugando la frente cuando se enfrascaba en algún libro, como si de un rompecabezas se tratase; o cuando simplemente, la recordaba desnuda.
Entonces es cuando se dedicaba a enumerar razas de dragones y rezar por aquella pesadilla se le pasara pronto.
Durante aquellas cortas semanas que se les habían hecho eternas, al menos Astrid pudo notar una cierta mejoría en Elsa. Tenía que admitir que la reina era inteligente y aprendía muy deprisa. Sin duda era una alegría toparse con una alumna tan aventajada y con tanto potencial como Elsa, quien solía captar con rapidez todos los movimientos que Astrid le enseñaba y que acataba todos los consejos de la chica con rigurosidad.
Los primeros días, Astrid se empeñó en que lo que realmente necesitaba Elsa era ponerse en forma.
—Estás demasiado flacucha—le decía todas las mañanas—, necesitas comer más y sacar músculo, sobre todo en las piernas y los brazos.
Elsa solía rechistar, diciendo que no veía que aquello fuera estrictamente necesario, pero aceptó que haría un esfuerzo. Cada mañana y cada tarde, la reina salía a correr por el bosque para mejorar su resistencia y cumplía con todos los ejercicios que le imponía la vikinga. Tenía que admitir que, aunque le dolía todo el cuerpo, era notable que las series de abdominales, dominadas, saltos y flexiones, habían mejorado la resistencia física de su cuerpo a niveles desconocidos y más cuando había estado tan débil y herida semanas atrás.
Lo cierto, sin embargo, es que la relación entre ambas comenzó algo tirante.
Astrid parecía haber dejado claro que no tenía nada en contra de la reina, pero había adquirido el rol que siempre tomaba con aquellos que tenían potencial: ser dura e intransigente. Así fue cómo Elsa la vio durante los primeros días, como una Diosa vikinga, orgullosa y terca que parecía disfrutar cada vez que la reina metía la pata en sus entrenamientos.
Por esta razón, Elsa no terminaba de fiarse de Astrid, quizás a causa de su propia sensación de culpabilidad—, o del nerviosismo que le creaba estar cerca de ella. Todavía no entendía qué le pasaba con la vikinga, ni por qué no podía relajarse en su presencia. Incluso cuando Astrid le gritaba o la llevaba al límite de sus fuerzas, no podía encararla ni enfadarse con ella. Al contrario, se ponía incluso más nerviosa, sobre todo cuando Astrid se le acercaba para corregirle la postura, revisar si se había hecho daño cada vez que se caía o simplemente practicar con ella algunos ejercicios cuerpo a cuerpo.
Seguía sin entender que aquella mujer tan estricta y seria fuera la misma chica dulce y divertida de la que siempre le hablaba Hipo. Para Elsa aquello no tenía ningún sentido. Eso o el concepto de persona 'dulce' distaba mucho entre sus culturas. No fue hasta la quinta o sexta madrugada de entrenamiento cuando Elsa vislumbró una pizca del enorme corazón que tenía camuflado aquella guerrera vikinga.
Ambas estaban practicando unos ejercicios de rastreo cuando Astrid le pidió silencio.
—¿Qué pasa? —le preguntó la reina desconcertada y alerta.
La vikinga simplemente comenzó a moverse con sigilo entre los árboles, hundiendo sus botas en la nieve y abriéndose paso en la oscuridad.
—Mira—fue lo único que dijo.
Elsa no comprendió qué tenía que mirar hasta que vio a la vikinga agachada junto a un árbol. La reina se acercó a ella, viendo cómo Astrid se había quitado los guantes y tenía entre sus manos una cría de pájaro, todavía sin plumas y con el ala torcida.
—Se ha debido de caer del nido… —dijo entonces ella, con un tono de preocupación que Elsa nunca antes había oído en Astrid.
—¿Y si lo vuelves a subir al nido con tu dragona? —propuso la reina.
—Tiene el ala herida ¿ves? —explicó la vikinga, acariciando al animal—, la madre lo matará si piensa que no tiene posibilidades de sobrevivir.
Elsa la miró con tristeza, sin saber qué decir.
—¿Te importa si lo tengo en el castillo unos días? —preguntó entonces para sorpresa de la reina.
—Claro… claro, sin problemas—le sonrió Elsa.
Astrid se llevó al pajarito a su habitación y lo tuvo allí durante días hasta que pareció recuperarse. Elsa nunca se hubiese imaginado a una vikinga sanguinaria desvivirse por la salud de un animalito del bosque, pero de alguna forma aquel gesto las unió.
Elsa comenzó a pasarse por la habitación de los jinetes alguna que otra noche con la excusa de ver qué tal seguía el pájaro de Astrid. La vikinga, como era costumbre en su tierra, siempre la invitaba a pasar y a sentarse un rato con ellos. Fue así cómo empezó a conocer a los amigos de Hipo y a la propia Astrid, fuera del rol de mujer dura con el que se equipaba cada mañana.
Y la cosa mejoró levemente entre ambas. Astrid pareció relajarse un poco con ella y al menos Elsa dejó de tartamudear en su presencia.
La reina seguía sin ver esa 'dulzura' de la que hablaba Hipo, pero al menos consiguió ver en ella cierta bondad y ternura, y es que Astrid era una mujer realmente cálida con los suyos. Podía notarse en la manera en la que protegía a sus amigos o en la forma en la que intentaba integrar a Elsa todo el tiempo, quien se notaba de lejos que era bastante disfuncional en cuestiones sociales. En aquello se parecía a Hipo.
—Ven, siéntate con nosotros— le decía siempre que la veía sola en el comedor, o: —lo que están hablando pasó hace años, te explico… —expresaba siempre que los jinetes hablaban de cosas que la reina no comprendía, como si por ponerla en contexto pudiera hacerla participe de sus aventuras y desventuras.
Era raro ver a la vikinga relajada o riéndose, ya que se alejaba de la imagen que la reina había dibujado en su cabeza sobre ella, pero Elsa agradeció poder conocer esa faceta de Astrid.
No obstante, durante los entrenamientos, la vikinga seguía siendo muy dura y tajante, y el tema Hipo pareció instalarse entre ellas como un tabú del que nunca hablaban. Al menos comenzaron a compartir pequeños momentos de calma cada vez que salía el sol, instantes antes de que Astrid se marchara a entrenar al resto de mujeres.
Ambas se sentaban al borde de la colina, desde donde se podía ver todo Arendelle y escrutaban el horizonte. Elsa adoraba esos momentos de paz, no solo porque solía estar agotada y sudorosa, sino porque en la cara de Astrid se dibujaba una sonrisa sincera, esa que pocas veces solía tener.
—Los amaneceres son mi parte favorita del día—le confesó la vikinga una mañana—. A veces en nuestra isla me pedía los turnos de vigilancia nocturnos solo para ver salir el sol.
La vikinga se abrazó las piernas y se frotó las manos enguantadas entumecidas del frío. Tenía la nariz roja como cada mañana y los labios ligeramente cortados por el aire, pero al verla allí sentada, bañada por las primeras luces del sol mientras su pelo dorado se le revolvía travieso en la cara, Elsa no pudo evitar pensar era la mujer más bella que jamás había visto.
Una mañana, antes de salir para los entrenamientos, mientras Elsa se vestía en la oscuridad de la habitación, la vikinga llamó a su puerta. La reina se sorprendió de que hubiese ido a buscarla allí, ya que siempre solían encontrarse directamente en el bosque, pero no le importó y más cuando la vio tan sonriente.
—Mira quien está listo para volver a casa—le anunció, abriendo con cuidado sus manos y mostrando al pájaro que habían rescatado—. Toma, cógelo.
Elsa no supo qué hacer, sobre todo porque aquello la había pillado por sorpresa e improvisar no era precisamente su fuerte.
—Oh, no, no… —negó Elsa aterrada—. No quiero hacerle daño.
—No le vas a hacer nada, tonta—declaró Astrid, dejando al animal sobre las manos de Elsa—. ¿Ves?
Elsa sonrió nerviosa. Era la primera vez en toda su vida que tocaba un animal sin guantes. Miró a Astrid, completamente espantada y emocionada y la chica le devolvió una sonrisa de complicidad.
—Voy a por Tormenta, si quieres te recojo en tu ventana—le propuso la vikinga.
Aquella idea aterró a Elsa.
—Gracias, Astrid—comenzó—, pero prefiero ir andando, nos vemos en la colina.
La vikinga nunca había visto a la reina mostrar miedo hacia su dragona, pero terminó por entender rápidamente dónde estaba el problema.
—¿Tienes miedo a volar? —dijo con una sonrisa pícara.
Elsa la miró, arrugando el gesto.
—¿Tal vez? —se limitó a responder la reina.
—¿En serio Hipo todavía no te ha obligado a montar en un dragón? —preguntó incrédula la vikinga, alzando una ceja y tocando el tema prohibido que tácitamente habían pactado—. Caray, le gustas más de lo que pensaba.
El corazón de Elsa se detuvo en aquel instante, hasta que la vikinga se echó a reír y le dio un puñetazo suave en el hombro, haciéndole entender que estaba de broma. Claro que para Elsa no lo era, y menos cuando no podía sacarse de la cabeza a Hipo, ni a su sonrisa traviesa o su cara de concentración mientras leía a la luz del fuego.
O la sensación de su cuerpo cálido abrazándola.
La reina estaba prácticamente segura de que no podía gustarle al vikingo. En realidad, pensaba que no podía gustarle a nadie. Acabaría sola, tal y como había profetizado Lena, porque nadie podría amarla jamás. No obstante, desde el día en que ambas devolvieron al pájaro a su nido, no había podido parar de pensar en las palabras de Astrid, a pesar de que supiera que Hipo solo tenía ojos para la vikinga.
Fue entonces cuando Elsa, que estaba sentada en aquella primera fila rodeada de mujeres alrededor de la arena del campo de entrenamiento, se encontró con unos ojos verdes que la miraban. Y con esa estúpida sonrisa torcida que la saludaba desde aquella posición dónde Astrid los había colocado.
Las tres figuras que había en la arena del campo de entrenamiento para el ejercicio de análisis de combate que había orquestado Astrid eran Hipo, Patapez y Mocoso.
Los tres chicos estaban allí de pie, observados por todas aquellas mujeres mientras Astrid explicaba las instrucciones de aquella clase moviéndose en círculos alrededor de ellos.
—Como veis, he traído tres voluntarios para la clase de hoy— siguió explicando—. Después de semanas luchando entre vosotras, he pensado que sería interesante traer a gente que no conocéis para hacer un pequeño ensayo de análisis de combate.
—Voluntarios dice… —se quejó por lo bajo Mocoso, sacándoles una sonrisa a Hipo y Patapez.
Astrid hizo oídos sordos ante su comentario.
—En una batalla real posiblemente no tengáis más que diez segundos para analizar a vuestros contrincantes, pero puedo aseguraros que vuestras posibilidades de supervivencia se reducen básicamente a lo que decidáis en esos diez segundos.
Las mujeres tomaron aire, algo desalentadas por aquello. No obstante, ya se habían acostumbrado a la crudeza con la que hablaban siempre las vikingas.
—¿Comenzamos? —alentó Astrid.
Elsa notó entonces una mano en el hombro. Era Anna, que estaba sentada al fondo, pero se había acercado para participar más abiertamente. La princesa le sonrió a su hermana. Estaba totalmente ilusionada de que Elsa hubiese accedido a ir.
—¿Alguna voluntaria? —pidió Astrid—. Vamos, no es tan difícil de verdad.
Pero nadie parecía querer dar el primer paso. Aquello siempre desesperaba a la vikinga.
—Vale, empecemos por lo fácil— intentó animarlas Astrid—, ¿de estos tres, contra quién creéis tener más posibilidades de ganar?
Astrid pudo notar que todas pensaban lo mismo, pero que ninguna parecía querer ponerse en evidencia.
—Por favor, es muy simple—dijo casi desesperada.
Fue entonces cuando una joven al fondo se atrevió a levantar la mano.
—Yo creo que tendría más posibilidades contra alguien que no fuera muy corpulento…
Astrid se llevó la mano a la frente. Al menos era un comienzo.
—Muchas gracias Flora —le dijo—. Mirad, necesito que seáis claras y participativas. De verdad, ninguno se va a molestar por lo que digamos aquí, es un juego de estereotipos y análisis de combate—se explicó—. Pensad que tenéis que hacer un análisis rápido, porque en una situación real estos hombres no dudarían en golpearos, violaros y mataros si tuvieran la oportunidad.
—¡Astrid! —gritaron al unísono los tres chicos, horrorizados.
Astrid bufó.
—Por Thor Astrid—la regañó Hipo.
—No digas eso, las vas a asustar—dijo con dulzura Patapez.
—Aquí nadie va a hacer nada de eso, señoritas—se defendió Mocoso sonriendo al grupo.
A éste último le había costado demasiado que aquellas mujeres le dejaran acercarse a ellas como para que Astrid lo echara todo a perder.
—Ay dioses… —maldijo Astrid—. Genial, mira Mocoso, —le hizo un gesto—, da un paso hacia delante ¿quieres?
El chico obedeció sin rechistar. Adoraba ser el centro de atención.
—A ver chicas, ¿qué cosas podemos analizar de Mocoso? —preguntó entonces Astrid—. ¿Amenazas?
Hubo un breve silencio, hasta que una se animó a hablar.
—Parece fuerte—se aventuró a decir, alimentando el enorme ego del vikingo.
—Y bruto—añadió otra.
—Y violento.
—No parece que tenga muchos escrúpulos.
Mocoso arrugó el gesto, quizás aquella no era la forma en la que se describiría a sí mismo.
—¿Y algún punto débil? —preguntó Astrid, agradecida de que empezaran a animarse a participar.
—Es algo paticorto.
—Y no parece muy inteligente.
—¡Oye! —se quejó el vikingo.
Astrid lo miró amenazante.
—¿Qué dijimos de hablar? —le susurró la vikinga con cara de pocos amigos.
Mocoso se hizo el ofendido y se cruzó de brazos.
—¡Genial! —aceptó Astrid—. Luego, según vuestro análisis breve, Mocoso es un contrincante fuerte, violento, pero no muy inteligente, ¿qué me decís de Patapez? —señaló al chico.
Esta vez fue Anna quien levantó la mano para hablar.
—Es con diferencia el más grande y corpulento—especificó—, así que tendrá mucha fuerza en sus ataques, pero posiblemente sea bastante lento. Si somos rápidas y ágiles no supondría una amenaza, pero es mejor evitar enfrentamiento directo si hay opción.
Astrid le sonrió, orgullosa.
—¿Algo más? —animó al resto.
—Es bastante alto, así que tiene más visibilidad—añadió otra—. La mejor opción en este caso es el factor sorpresa y ataques letales.
Patapez, que siempre había sido muy sensible y apenas estaba interesado en el arte de la guerra, se sintió mal de dar esa impresión a los demás. Astrid pareció notarlo, porque le tocó el hombro con cariño.
—¿Y qué me decís de Hipo? —dijo acercándose a él.
Todas se observaron sin saber qué decir, centrando el eje de atención por primera vez en Elsa, quien estaba sentada junto a ellas.
La reina, a diferencia de Anna, nunca se había mezclado demasiado con el pueblo y su presencia realmente las había incomodado. Y más cuando se supone que tenían que calificar a su marido.
—Oh vamos, sé que es vuestro rey y todo eso—rompió Astrid el silencio—, pero no se va a ofender, ¿verdad?
—No me voy a ofender—le lanzó una mirada pícara a su novia.
El vikingo nunca lo diría en voz alta, pero adoraba cuando Astrid se ponía mandona y exasperada.
—¿Alguien? —demandó la chica—. Es bastante obvio.
—Es un palo con patas—dijo entonces Brusca, entrando junto a su hermano en el campo.
Como siempre, llegaba tarde.
Las mujeres habían aprendido a tolerar y aceptar las faltas e impuntualidades de aquella mujer, tanto, que apenas le prestaban atención cuando llegaba a deshoras. No obstante, todas sus miradas se centraron en ella al verla llegar junto a Chusco, sin camiseta y con el brazo todavía vendado.
—Astrid, me parece muy feo que no me hayas invitado a esta exhibición de modelos vikingos—dijo Chusco— ¿Qué tienen ellos que yo no tenga?
Astrid e Hipo se miraron, como si ambos necesitasen contar hasta tres antes de responderle.
—Tú no puedes participar hasta que te cures del hombro, así que, por favor, sentaos y no molestéis.
—Que trato más indigno para un héroe de guerra—se quejó Chusco mientras se sentaba en el hueco que le habían dejado unas mujeres.
Astrid suspiró, impaciente.
—¿Nadie va a decir nada? —preguntó, cansada.
Una de las mujeres de la primera fila se animó a hablar, algo temerosa.
—Esto… —carraspeó—. Con el permiso de la reina… este caballero es el más delgado de los tres, así que tal vez su majestad no presenta tanta fuerza como sus compañeros, sin agraviarle, su majestad, —se apresuró en añadir—, porque pudiera equivocarme...
Astrid se apartó el pelo de la cara y agradeció el intentó de aquella mujer.
—No parece tan violento… —añadió otra.
—Y aunque no es tan alto, puede que su majestad tenga buena visión…
Astrid estaba perdiendo los nervios. Siempre le pasaba cuando la gente se rendía con facilidad, se mostraba desmesuradamente insegura o era demasiado políticamente correcta, como era el caso, y tanto Hipo como Elsa se dieron cuenta de inmediato. De hecho, les sorprendió encontrarse con la mirada del otro y descubrir que ambos estaban pensando exactamente lo mismo. Se sonrieron, a sabiendas de que Astrid iba a explotar.
—¡Dioses! —maldijo en su lengua la vikinga—. Chicas, esto es el mundo real. No vais a ofender a nadie porque queráis luchar y vivir—soltó—. Hipo es cojo, ¡cojo!, se ve de lejos, podéis decirlo, no pasa nada y más si eso es algo que os suponga una ventaja en una batalla real. Estamos jugando a los estereotipos—sentenció—, y si yo me encuentro frente a estos tres hombres y tengo que decidir contra quién medirme, elegiría a Hipo, porque parece el menos fuerte, el menos violento y encima le falta un pie.
Las mujeres se miraron muy serias, sin entender cómo la vikinga podía decir algo así delante del rey y la reina y que estos no parecieran molestos en absoluto.
—Pero—continuó la vikinga—, yo no quiero que os quedéis en la superficie de estos análisis, porque eso es justo lo que os haría perder la vida—les aclaró—. Mocoso no es fuerte ni violento, de hecho, es bastante torpe y ególatra, sin duda es el más fácil contra el que luchar.
—¡Oye! —volvió a quejarse el chico.
—Y Patapez puede parecer el más fiero de los vikingos, pero si lo miráis un segundo a los ojos os daréis cuentas de que es un hombre gentil que no podría matar ni a una mosca—lo señaló—. Posiblemente evitaría un enfrentamiento a toda costa.
—La violencia es la última opción—argumentó temeroso.
—Y bueno, sigo sin entender por qué todas elegiríais enfrentaros a Hipo cuando éste hombre de aquí ha sido el primero en domar y volar sobre un furia nocturna, uno de los dragones más peligrosos y letales conocidos.
Las mujeres se miraron incómodas, aceptando que debían tomarse más enserio los ejercicios de la vikinga. Elsa, sin embargo, se quedó mirando a Hipo un momento. Hasta ahora lo había visto como un pacifista empedernido, algo rata de biblioteca y bastante conciliador. Pero era cierto que hasta ese momento no había visto a Hipo como un domador de dragones o un vikingo, que era lo que realmente era.
Al fin y al cabo, por eso le llamaban maestro de dragones.
Ni siquiera se había planteado la posibilidad de que Hipo hubiese luchado o matado a alguien en los numerosos conflictos que sabía que tenían los vikingos.
—Vamos a hacer ahora un análisis de verdad, ¿de acuerdo? —propuso entonces Astrid, más calmada, al grupo—. ¿Me harías los honores Hipo?
—Por supuesto, milady—dijo esto último en su lengua.
—Perfecto.
Astrid se acercó a uno de los estantes de armas y agarró dos espadas, lanzándole una de ellas al vikingo, quien la agarró en el aire. El chico tanteó el peso del arma mientras Astrid seguía con su discurso:
—Quiero que analicemos las debilidades y fortalezas de nuestro contrincante, antes y durante un combate a espadas o cuerpo a cuerpo—se explicó—. ¿Alguien sabe qué es lo primero?
—¿Ver qué arma lleva? —preguntó Anna.
—Muy buena observación—elogió Astrid—, en este caso, vamos a usar la misma espada, lo que nos supone a ambos una desventaja, ya que por lo generar solemos usar nuestras propias armas.
Astrid le sonrió cómplice a Anna y desvió su mirada a la reina, que estaba a su lado. Todavía no podía creerse que Elsa hubiese accedido a participar en aquello y menos con lo preocupada que parecía siempre con la posibilidad de poder herir a alguien. Astrid seguía sin entender qué podía tener de peligroso aquella mujer reservada y prudente, claro que tampoco conocía la magnitud de sus poderes y visto su avance en los últimos días, parecía que no tenía control total sobre ellos.
Se sorprendió al encontrarse entonces con sus ojos azules, que la miraban inquietos.
—¿Alguien más se anima a remarcar algo antes de empezar el combate? —le inquirió, interpelándola de alguna manera con una sonrisa discreta.
Fue entonces cuando Elsa, sucumbida por la presión de la vikinga, se levantó para hablar, atrayendo todas las miradas. Odiaba que todos la observaran, pero se calmó al encontrar la alentadora mirada de Astrid.
—Creo… que es importante ver si la otra persona es zurda o diestra—expresó—, esto puede suponernos una ventaja o un inconveniente, según cómo lo trabajemos.
Astrid sonrió de oreja a oreja, apremiándola.
—Hipo es ambidiestro—dijo entonces la reina para sorpresa del propio vikingo, que no sabía cómo Elsa se había dado cuenta de eso—, pero sujeta la espada con la derecha, imagino que para compensar el equilibrio.
Astrid no sabía qué decir, estaba realmente impresionada de que Elsa hubiese reparado en ese detalle.
—Caray—expresó—. Muy buena observación, gracias Elsa.
La reina hizo una pequeña inclinación algo avergonzada y volvió a sentarse.
—Vale, pues vamos a calentar un poquito y quiero que analicéis nuestros movimientos.
La vikinga se acercó a Hipo y alzó la espada. Él la imitó, intentando disimular una sonrisa socarrona. Ambos tomaron aire y se miraron, como intentando pensar qué iba a hacer el otro. Astrid siempre solía ser la primera en atacar, pero esta vez parecía querer despistar al vikingo, que seguía intentando leer sus intenciones.
Y entonces Hipo atacó, lanzándose a aquel juego a ciegas.
Ambos dieron varias estocadas suaves y fáciles, como si estuvieran bailando de forma violenta.
—Vaya, estás más fuerte—apuntó Astrid.
—Me paso el día en la forja, qué esperabas—le lanzó un ataque Hipo que ella rechazó de un espadazo.
—También estás más lento—señaló, dándole un codazo.
—Eso no te lo discuto—paró él el siguiente ataque de ella.
Las mujeres tenían los ojos clavados en ellos y en esa coreografía que parecían tenerse aprendida de memoria. Lo que ninguna sabía es que tiempo atrás Hipo y Astrid se medían todos los días y conocían los movimientos del otro mejor que los suyos propios. Por lo general Astrid siempre ganaba, pero Hipo había cogido mucha agilidad con el tiempo e invertía todos sus esfuerzos en vencer a su novia, ya que adoraba verla enfadada cada vez que perdía.
—Madre de todos los Dioses… —se quejó aburrida Brusca a su hermano—, ya empiezan como siempre… te apuesto dos gallinas a que estos acaban esta noche en la cama.
—Apuesto dos más a que no hay que esperar a esta noche—rebatió Chusco.
—Trato hecho—se dieron un cabezazo.
Elsa tomó aire al escucharles. Agradeció que al menos nadie salvo ella pudiera entenderles, pero aquella idea la perturbó. Era consciente que todo el castillo pensaba que Hipo le estaba siendo infiel y aunque no le importaba, comenzaba a sentirse intimidada por las miradas y cuchicheos que emergían a sus espaldas cada vez que paseaba por el castillo.
Algunos decían que Hipo se estaba aprovechando de las doncellas —cosa a la que Elsa ni siquiera le prestó la más mínima atención—, pero otros afinaban más y decían que el vikingo se estaba viendo en secreto con alguna de las vikingas. Elsa no quería ser entrometida, ni meterse donde no la llamaban, pero a veces no sabía muy bien cómo sentirse respecto a esto.
Tenía una idea muy vaga del amor, —de ese que difunden los cuentos románticos que le gustaban a Anna—; sin embargo, que esos dos se estuvieran viendo de una manera carnal y furtiva en el castillo era una cosa que no sabía muy bien cómo gestionar, sobre todo porque en su cultura no estaba bien visto que dos amantes se vieran de esa manera si no estaban casados, claro que ella también había oído que los vikingos no eran precisamente muy puritanos y por primera vez sintió una extraña distancia cultural entre ambos.
Redirigió su mirada a la pareja y los observó con atención, intentado alejar esas ideas de su cabeza y concentrarse en el ejercicio. Lo cierto es que era hipnótico verlos pelear y que pudieran reaccionar con tanta rapidez a los movimientos del otro. Sin duda no era la primera vez que peleaban. Elsa reconoció en la vikinga algunos movimientos que ellas mismas habían estado ensayando las últimas madrugadas, pero seguía sin poder creerse que Hipo pudiera pelear de aquella manera. No se parecía en nada al chico que se quedaba dormido con los libros sobre la cabeza o al que se la caía todo el rato el lápiz al suelo mientras jugaba con él entre sus dedos.
Parecía más bien un soldado adiestrado, solo que mucho más salvaje en sus movimientos y sin toda esa fachada íntegra y recta de los soldados de Arendelle. Se notaba que era mucho más observador y menos impulsivo que Astrid en sus movimientos, porque esa misma paciencia y perspicacia lo hacía reaccionar con rapidez a todos los movimientos de la vikinga, pese a que ella claramente dominara la pelea.
Por un momento todas las mujeres soltaron un grito ahogado cuando la espada de Astrid le pasó de cerca a Hipo, quien se apartó justo a tiempo. En su defensa el chico le dio un golpe rastrero cerca de la mano, haciendo que la espada de la vikinga saliera despedida al suelo.
—No sabía que esto era una excusa para matarme—le dijo divertido Hipo en su lengua a Astrid, buscando algo de aire.
—Si quisiera matarte, ya estarías muerto—le respondió Astrid también jadeante.
Hipo supo entonces qué pensaba hacer ella, pero no lo vio venir a tiempo. Así que Astrid le dio una patada en el estómago, haciendo que él soltara su espada al instante.
—Eso es jugar sucio—se quejó entonces Hipo, recuperándose un poco.
Astrid se le acercó sonriente, ofreciéndole la mano en señal de paz.
—En el amor y la guerra todo vale cariño—le dijo pícara al oído, casi en un susurro—. Bueno, chicas —alzó entonces la voz—. ¿Qué fallos y aciertos habéis visto?
Por primera vez desde que habían empezado, casi todas alzaron la mano, con numerosas preguntas y dudas. Hipo se alejó de la arena y se fue a sentar a unas gradas donde estaban Mocoso y Patapez.
—¿Es legal pegar a un rey? —preguntó entonces Mocoso, con mofa, dándole unas palmadas a Hipo en la espalda.
—No lo sé, pero creo que debería inventar una ley si no la hay—se quejó el vikingo, sentándose entre los dos.
—Al menos los métodos de Astrid parecen efectivos—señaló Patapez, mirando al grupo que se había reunido alrededor de la vikinga.
Todas menos Elsa y Anna, que seguían sentadas hablando entre ellas.
—¿Cómo es que tu novia te haya dado una paliza delante de tu esposa? —le dijo entonces Mocoso a Hipo, sabiendo que el chico estaba mirando a la reina.
Si las miradas matasen, Hipo hubiese matado a Mocoso en ese mismo instante.
—¿Pues tú qué crees? —respondió de mala gana el vikingo.
—Mira, parece que viene hacia aquí—apuntó entonces Patapez.
Ambas princesas se habían levantado, solo que Elsa a diferencia de Anna, en vez de unirse al grupo se acercó a Hipo y los vikingos, con cierta timidez.
—Hola chicos—los saludó con elegancia.
—Majestad.
—Reina Elsa.
Mostraron ambos sus respectos.
La reina les sonrió, sin entender por qué seguían tratándola con tanta distancia, cuando ya habían compartido varios encuentros. No obstante, apenas tuvo tiempo de lamentarse, porque ambos pusieron una excusa barata y se marcharon, dejándolos solos.
—Vaya—fue lo único que objetó, mientras los veía alejarse—. Cualquiera diría que me temen.
Hipo le hizo un hueco, señal de que la invitaba a sentarse a su lado. Elsa dudó un instante, pero se sentó.
—Créeme, más le temen a Astrid—le explicó—. Llevan un rato intentando largarse sin que los vea. Mira.
Hipo los señaló con el dedo, mostrándole a Elsa que ambos caminaban con paso ligero hacia la salida. No obstante, la voz de Astrid los detuvo justo en el último momento, diciéndoles que se acercaran al grupo, que todavía no habían terminado.
—Un éxito rotundo, me temo—señaló Elsa con sarcasmo, sonriéndole a Hipo—. Por cierto, no me habías dicho que sabías pelear así.
Hipo no pudo evitar sonrojarse al oír aquello.
—Bueno, no es algo que vaya por ahí alardeando… y más cuando he perdido—dijo algo nervioso—. ¿Oye y tú como sabías que soy ambidiestro? —preguntó con curiosidad.
La reina le apartó la mirada, con algo de vergüenza.
—Es que…—carraspeó—, aunque escribes con la derecha, siempre usas los cubiertos con la otra mano y te abrochas los botones y las correas de tu ropa al revés—se explicó—. Es solo una observación tonta.
Hipo nunca pensó que la reina lo mirara con tanta atención, pero decidió no preguntar más porque aquello lo ponía algo nervioso.
—¿Qué tal tus entrenamientos con Astrid? —le preguntó entonces, cambiando de tema.
Elsa pareció agradecida, relajando la postura.
—Si te soy sincera me duele todo el cuerpo—se quejó divertida—. Me duelen hasta músculos que no sabía que tenía.
—Ese es el efecto Astrid— declaró Hipo, mirando a su novia, quien explicaba algo concentrada al grupo.
—Lo cierto es que está siendo muy paciente conmigo—confesó Elsa, mirando en la misma dirección que Hipo.
—¿Astrid paciente? —dijo incrédulo—. No te creo.
Elsa soltó una ligera risa.
—Tal vez tengo que admitir que a veces pierde los nervios.
—¿Solo a veces? —la miró cómplice Hipo.
—Muchas veces—le devolvió el gesto ella—. Ni mis padres me han tratado con tanta autoridad nunca—confesó—, aunque lo agradezco. Posiblemente es la única persona en este castillo que me trata como si no supiera que soy una reina.
Hipo y ella llevaban días sin estar tan cerca el uno del otro, pero a pesar de lo incómodo de sus pensamientos, se sorprendieron de lo fácil que les era compartir palabras.
—¿Cuál es tu arma? —preguntó entonces Elsa, sacando a Hipo de sus pensamientos.
—¿Qué arma? —respondió confuso.
—Astrid dijo que cada uno tenéis un arma propia—le explicó—. Está claro que ella pelea con el hacha esa que llevaba colgada del cinturón, ¿pero tú? Nunca te he visto armado.
—¿Crees que no voy armado? —dijo incrédulo el vikingo, frunciendo el ceño mientras sonreía.
—¿Acaso sí? —lo retó ella.
Hipo iba a responderle cuando la voz de Astrid los sacó de su conversación. Ambos casi saltan en sus asientos, separándose de golpe y levantándose para recibir a Astrid, como si la vikinga fuera un sargento.
—Hipo—lo llamó autoritaria—. Estamos haciendo parejas para practicar unos movimientos, ¿te pondrías con Elsa? Somos impares—le explicó.
Hipo tragó saliva, tenso.
—Claro—le respondió.
—Genial—les sonrió Astrid a ambos—. Pues moved el culo y poneros donde el resto.
Astrid se alejó, recriminándole a Brusca que no estuviese haciendo nada y regañando a Chusco por distraer a las chicas con sus payasadas.
Hipo y Elsa se miraron cómplices y nerviosos, como si la vikinga los hubiese pillado haciendo algo malo.
—¿Vamos con el resto? —la alentó Hipo.
La falsa pareja se dirigió al centro de la arena junto al grupo y se colocaron el espacio que Astrid les había asignado. Elsa agradecía que al menos la vikinga los hubiese puesto casi al final, ya que se sentía más segura así, lejos de tanta gente.
Astrid se puso a explicar en qué consistía el ejercicio, usando a Anna como compañera. La reina todavía se extrañaba —y envidiaba en secreto—, la complicidad y camaradería que habían desarrollado la vikinga y su hermana.
—Lo que quiero es que practiquéis las llaves de defensa que os he estado enseñado, mientras analizamos y tanteamos la fuerza y puntos débiles de nuestro compañero de enfrente, como el ejercicio anterior —explicó—. ¿Entendido?
Astrid hizo una leve demostración con Anna y todas parecieron comprender a qué se refería. La vikinga hubiese preferido enseñarles a esas mujeres poco a poco el arte de la guerra, pero temía que el día menos pensado se desatara la guerra y quería que al menos, aunque no estuviesen listas para luchar a espadazos, supieran defenderse y escapar con vida de un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.
Las mujeres se fueron animando a poner en práctica aquello, bajo la supervisión de la vikinga.
—Bueno… ¿quieres empezar tú? —preguntó cortés Hipo, algo incómodo.
Por un lado, el vikingo tenía que admitir que prefería realizar aquel ejercicio con Elsa antes que con cualquier otra desconocida, pero no supo por qué pensó que la reina se sentía algo violenta. Quitando la noche en la que Elsa sufrió aquella crisis, apenas se habían tocado el uno al otro y Elsa en especial parecía no llevar demasiado bien ese tema —y menos con el vikingo.
—Apenas he hecho nada de esto con Astrid, así que prefiero que empieces tú—le dijo cordial—. ¿Te importa si me pongo los guantes?
Hipo la miró extrañado, pero asintió.
Elsa se sacó del bolsillo de su falda-pantalón unos guantes azules de talle alto y se cubrió con ellos las manos y parte de los brazos casi hasta el codo. Llevaba años sin usarlos, pero los había llevado consigo aquella mañana por miedo a cómo pudieran reaccionar sus poderes ante aquel tipo de estímulo.
—¿Lista? —le preguntó Hipo.
—Sí.
Antes de que Elsa pudiera reaccionar, Hipo la tomó de la mano y apretó con el pulgar en el centro de su palma, dejándole la mano dormida mientras le retorcía brazo y se lo inmovilizaba contra la espalda.
—¡Ah! —se quejó la reina—, ¿qué haces? Para—le pidió.
—Perdona—se disculpó Hipo, sin soltarla, pero aflojando el agarre—. Cuando quieras que pare me das una palmada, dos si realmente te estoy haciendo daño. Aunque lo importante del ejercicio es que te sueltes tu sola.
—Me haces daño—se quejó enfadada, nerviosa de tener a Hipo tan cerca tras su espalda y asombrada de que pudiera tener tanta fuerza con lo flacucho que estaba.
—Lo siento—volvió a disculparse separándose un poco, con ella todavía sujeta—, pero hay unas reglas.
Elsa accedió, dándole una palmada en el hombro a Hipo con el brazo que le quedaba libre. El chico la soltó inmediatamente y se separó de ella, viendo cómo la reina se frotaba la muñeca.
—No sabía que tenías tanta fuerza—le reprochó ella.
—Lo siento—volvió a disculparse él.
—¿Cómo lo has hecho? —le preguntó entonces Elsa—. Ni siquiera me sentía el brazo.
Hipo se acercó un poco y le mostró su mano, volteando su palma hacia arriba.
—Mira—se señaló su propia mano encallada—. Aquí en esta zona de la mano se cruza la movilidad de la muñeca y los dedos. Si la presionas fuerte verás cómo enseguida sientes dolor y se te bloquea el movimiento. Cuando pase eso solo tienes que girar el brazo de la otra persona y sin que tengas que emplear mucha fuerza puedes inmovilizarla con facilidad. ¿Quieres probar tú?
Elsa intentó integrar toda aquella información.
—Vale—aceptó el reto.
—Prueba primero paso a paso—le aconsejó Hipo, extendiendo el brazo hacia la reina.
Elsa intentó poner aquello en práctica sin mucho éxito las cuatro primeras veces. Hipo ni siquiera estaba poniendo resistencia, pero el movimiento era ortopédico y torpe, posiblemente porque ambos se sentían muy incómodos tocándose.
—Dioses Elsa, me vas a sacar el hombro—se quejó Hipo al ver que la chica forzaba las direcciones de los movimientos.
—¿No se supone que en eso consiste el ejercicio?
—Sí, pero no de verdad—se liberó de ella—. A ver, una vez más. Recuerda que no tienes que emplear tanta fuerza—la corrigió Hipo—. Solo con que hagas el movimiento rápido es más que suficiente.
Elsa se peinó el flequillo hacia atrás con los dedos. Estaba sudando.
—Vale, dame tu mano otra vez— dijo la reina, notando que la piel se le erizaba cada vez que tocaba la mano áspera y levemente sudada del vikingo.
Estuvieron repitiendo aquello hasta que más o menos quedó convincente. Sus movimientos seguían siendo ortopédicos y forzamos, pero al menos parecían avanzar.
—Cuando estés inmovilizada—le explicó Hipo, inmovilizado por la reina—, para liberarte tienes varias alternativas, o bien dar un cabezazo o…
Elsa soltó a Hipo inmediatamente, temerosa, en un acto reflejo.
—Elsa no iba a darte un cabezazo—manifestó Hipo, leyendo los pensamientos de la reina.
—Perdona, no sé por qué he reaccionado así.
En ese momento apareció Astrid, que aparte de ser la pareja de Anna se dedicaba a supervisar al resto.
—Dioses, sois los peores con diferencia—dijo sin pelos en la lengua—. ¿Qué os pasa? ¿Todavía seguís enfrascados en el primer movimiento?
—Algo así—respondió Hipo, intentando cubrir a Elsa.
La vikinga se cruzó de brazos, buscando dónde estaba el problema. Chasqueó la lengua con molestia y se acercó a Elsa, agarrando sus manos. Elsa dio un salto en el sitio, sorprendida del contacto de Astrid.
—Mira, sé que quizás estás un poco incómoda—le dijo a Elsa, mirándola comprensiva—. Pero si te he puesto con Hipo es porque es un temerario sin sentido del peligro y créeme, no le vas a hacer daño—le aseguró—. Confía en ti, te he visto y sé que tienes tus poderes bajo control, así que relájate y quítate estos guantes.
Hipo no se imaginó que Astrid pudiera hablarle de aquella manera a Elsa, tan compresiva y aliciente. Él ya se habría llevado una colleja si estuviese en la misma situación.
—Chicos — dijo entonces incluyendo a Hipo, mucho más dura—. Yo soy la primera que sabe lo violenta que os puede parecer la situación, pero necesito que os toquéis. Creo que todos somos adultos como saber separar lo personal de lo profesional, así que haced el favor de hacer los ejercicios bien y guardaros esa vergüenza de adolescentes para más tarde, porque me estáis poniendo de los nervios.
Hipo y Elsa se ruborizaron violentamente al oírla, pero asintieron.
—Fantástico—aceptó la vikinga—. A ver Hipo, hazme la llave que estáis practicando—ordenó.
Hipo asintió, sin saber por qué se sentía tan violento.
Agarró por el brazo a su novia y al menos agradeció la cercanía y la confianza. Realizó aquel movimiento mucho más rápido y brusco que como lo que estaba ensayando con Elsa, además de que pegó la espalda de su novia contra su cuerpo para inmovilizarla.
—Cuando estés así es complicado moverse—explicó Astrid—. Tienes dos opciones Elsa, o le das un cabezazo y con suerte le rompes la nariz o un pistón con mucha fuerza, o ambas—especificó—. Si no igualmente, con la mano libre siempre puedes ayudarte, pero tienes que hacerlo muy deprisa, porque en esta postura estás completamente vulnerable, en todos los sentidos—no quiso entrar en detalles—. Lo único bueno es que con la mano libre puedes asestar una puñalada certera en los riñones y créeme, si lo haces bien, serás la última persona que vea.
Elsa asintió, algo incómoda.
—En cambio, si eres tú la que está en esta postura—explicó Hipo— y tienes al enemigo inmovilizado, puedes dejarle inconsciente si le das con fuerza con el centro de la cabeza, teniendo en cuenta que no quieras matarle—dijo algo azorado Hipo, quien no era muy partidario de las guerras ni las carnicerías—. Y si quieres evitarte el pisotón o un cabezazo, siempre puedes darle una patada en la rodilla e inmovilizarlo en el suelo.
Hipo soltó entonces a Astrid y la vikinga decidió que ensayaría ella con Elsa para ver si así se relajaba un poco. Sin embargo, la reina no supo quién de aquellos dos la ponía más nerviosa, pero terminó por obedecer y practicar el movimiento con Astrid.
—Vale, recuerda Elsa que tú siempre puedes usar tus poderes en estas situaciones, así que sé creativa, claro que no con Hipo—comentó Astrid—. A él lo necesito de una pieza—añadió sin saber por qué y sintiéndose algo idiota, sobre todo porque ambos la miraron ruborizados—. Mirad, practicadlo un par de veces más y pasáis al siguiente. Luego me paso otra vez.
La vikinga les sonrió antes de macharse, pero no fue capaz de sostenerle la mirada a ninguno de los dos. Hipo se quedó observándola un rato, mientras la chica se marchaba con ese caminar suyo, con el pelo cayendo por su espalda acompasado con el balanceo de su trenza y sus glúteos. ¿Cuándo había sido la última vez que la había visto desnuda? O que se abrazan tranquilos entre las sábanas, rozándose y riéndose tranquilos de todo y de nada.
Tanta represión lo estaba matando.
—Hipo—reclamó su atención la reina.
—Perdona—volvió a la realidad—, el ejercicio, claro. Vamos.
Hipo extendió el brazo y dejó que Elsa lo inmovilizara, sorprendido del frescor de sus manos ahora sin guantes. No recordaba la extraña y maravillosa sensación de la magia cada vez que Elsa lo tocaba.
—Tienes que ser más discreto—le susurró para su sorpresa Elsa, pegándose contra Hipo, a quien tenía sujeto.
—¿Por qué lo dices? —preguntó extrañado.
—Pues… —intentó formular algo, sin decirle directamente que se estaba comiendo a la vikinga con los ojos—, pues porque hay muchos rumores de que te estás viendo con otra mujer…
—Porque lo estoy haciendo— 'más o menos' pensó—. Sabes perfectamente que me veo con Astrid—se justificó el vikingo.
—Sí, y sabes que no me importa—le aclaró—, pero mi consejo me está presionando… quieren a dos reyes unidos, no a una reina frígida y un rey infiel—confesó con una sonrisa sarcástica— ¿Podéis al menos ocultarlo un poco?
Elsa soltó a Hipo y éste la escrutó con la mirada.
—Lo siento—se disculpó—. Te prometo que seré más discreto.
—Gracias… —respondió incómoda.
Ninguno tuvo tiempo de añadir nada más, porque un guardia entró en el campo de entrenamiento, preguntando por la reina.
—Reina Elsa, su majestad—se reverenció el hombre acercándose a los reyes.
—Dígame buen hombre—le respondió Elsa protocolaria.
—Disculpe la interrupción, mi reina, pero han llegado esta mañana varios mensajeros de los reinos vecinos.
—¿Traen noticias de avistamientos del cazador desconocido? —preguntó esperanzada.
—No, mi señora—respondió—, solo sobre los libros. También hay un caballero que ha insistido en veros, viene de parte del Duque de Bränderson.
—De acuerdo, dadle cobijo y decidle que me espere en la sala del consejo—ordenó Elsa—. ¿Se han pronunciado los Westergaard y los Weselton?
—Todavía no, majestad—agachó la cabeza.
—Ya me lo imaginaba… —habló para sí Elsa—. Muchas gracias, podéis retiraos.
—Disculpe mi reina, venía a decirle algo más—dijo con timidez—. El padre Gerard quiere hablar con usted para hacer una misa en honor a todos los fallecidos. La iglesia está prácticamente reconstruida y pregunta si usted podría hacer una campana de hielo para el campanario.
Elsa meditó aquella información durante un instante.
—Dígale que haré la campana encantada—respondió—, y para lo de la misa, haz que se reúna conmigo más tarde y lo hablaremos en persona.
El hombre hizo una reverencia e iba a marcharse cuando Elsa lo detuvo.
—¿Hay noticias de los Trolls? —formuló la reina.
Sin embargo, la respuesta fue una negativa.
—Podéis marchaos.
Hipo la miró con admiración, asombrado de la capacidad de liderazgo que siempre mostraba Elsa en lo referente a su reino. Ojalá él pudiera alcanzar la mitad de esa habilidad para con su pueblo.
—Tengo que irme Hipo—le dijo entonces—. Me reclama la burocracia.
—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció Hipo.
Elsa lo miró y aunque su primer impulso fue decirle que no hacía falta, se dio cuenta que para bien o para mal se había casado con ese hombre y que, si algo le sucediera a ella, Hipo era responsable de su reino. Quizás no era tan mala idea instruirle un poco en los asuntos de Arendelle y más cuando se temía el contenido de aquellas cartas.
—Sí—respondió no muy convencida—, sí, quizás es hora que te ponga al día con el reino.
Ambos llamaron a Astrid para decirle que se marchaban, pero la vikinga estaba tan atareada que solo les indicó a lo lejos con el brazo que se podían marchar.
Caminaron con paso ligero por los pasillos, mientras Elsa trataba de poner un poco al día a Hipo con sus asuntos.
—Si no traen noticias del cazador que busca Drago, ¿por qué se han puesto en contacto con Arendelle los otros reinos? —preguntó Hipo, para intentar entender un poco aquellos protocolos y procederes.
—Les contacté yo primero para comunicarles el ataque que habíamos sufrido—explicó Elsa—, y que me había casado con un vikingo.
Hipo apretó los labios.
—Porque… ¿eso os supone un problema? —intentó indagar.
—Pues un poco sí—se sinceró Elsa—. Algunos de nuestros vecinos son extremadamente cristianos. Créeme, ya miraban con malos ojos que Arendelle tuviese como reina a una mujer y encima bruja, como ellos me llaman—dijo con cierto recelo—, así que el hecho de que la 'bruja' se haya casado con un vikingo hereje… pues como te puedes imaginar no es un buen presagio para acuerdos comerciales.
Hipo razonó aquello y pudo llegar a comprender la preocupación de Elsa. Sin embargo, él ya pensaba que aquellas gentes eran extremadamente cristianas, no se quería imaginar cómo debían serlo los que realmente lo eran.
—¿Crees que hayan roto sus alianzas con tu reino por eso? —preguntó entonces con preocupación.
—No creo—dijo sin darle mucha importancia Elsa—, me temen demasiado.
Hipo miró a Elsa y aunque sabía que era una mujer bondadosa e inofensiva, había visto de primera mano la magnitud de su poder y lo terrorífico que podía llegar a ser.
—¿Y el duque ese de…?
—Bränderson—lo ayudó Elsa.
—¿Ese hombre es el mismo de los escudos de águilas? ¿Tu primo lejano?
—Ese mismo—lo apremió.
Lo que más agradecía Elsa de Hipo es que el chico captara todo tan rápido. Era gratificante saber que dentro de todo lo malo, no se había casado con un bruto idiota.
—Seguramente intenta convencerme de que vayamos a su fiesta esa de la primavera.
—¿Y por qué no quieres ir? —preguntó curioso.
Elsa paró de caminar y miró a Hipo muy seria.
—Hipo—intentó explicarle—, los nobles en estas tierras no son de fiar, todos te apuñalarían mientras duermes si tuvieran la ocasión. Dicen adorarme, pero es solo porque tienen miedo a que los congele… —sentenció, sin un ápice de duda en su mirada—. Hipócritas.
—¿Puedes hacer eso? —dijo Hipo escandalizado.
Elsa lo miró severa y reanudaron la marcha.
—Pues claro que puedo—dijo sin titubeos—, pero yo no soy así—añadió de seguido—. Y odio que me perciban de esa manera. Además, mi primo es muy amigo de los Westergaard.
Elsa se llevó la mano a la frente, perdiendo la seguridad de antes.
—Hans era el menor de los Westergaard y aunque dijeron que reportarían su crimen a sus hermanos, ha llegado a mis oídos que sigue teniendo la misma vida cómoda que siempre—se explicó—. Yo… yo no sé si soy capaz de volver a ver a ese hombre otra vez y menos en una estúpida fiesta.
Hipo puso una mano en la espalda de Elsa, lo que hizo que un escalofrío recorriera toda su piel de porcelana.
—Elsa—la detuvo Hipo, mirándola—, tus enemigos son ahora los enemigos de los vikingos—le dijo con su voz suave, esa que por alguna razón le inspiraba tanta calma—. Y haremos lo que tu creas oportuno. Si no quieres ir, no vayas, porque quien te ofende a ti, también me ofende a mí.
Elsa asintió, agradecida y algo azorada por sus palabras. Hipo iba a preguntarle algo cuando un grito los interrumpió.
—¡Hipo! —gritó alguien a sus espaldas.
Hipo y Elsa se giraron, descubriendo que se trataba de Estoico. El vikingo retiró automáticamente la mano de Elsa —como si su padre lo hubiese pillado haciendo una trastada— y se puso muy tenso.
—Todavía no has hablado con él, ¿verdad? —le susurró Elsa.
Desde el día de la boda Hipo no se hablaba con su padre y aquello no era un secreto para nadie.
—No, todavía no…—le respondió entre susurros—. Papá… —se limitó a decir, elevando la voz.
El hombre se acercó con paso ligero a ellos.
—Gracias a los Dioses que te he encontrado, pensaba que estarías volando—se explicó—, reina Elsa—hizo una reverencia.
La reina le respondió de la misma manera.
—¿Para qué me buscabas? —preguntó cordial Hipo.
—El consejo vikingo va a reunirse para tratar unos asuntos que nos conciernen.
Hipo escrutó con la mirada a su padre, para que hablara y fuera claro.
—Esta mañana ha llegado un terror terrible de Eret—explicó.
Aquello puso en tensión al joven vikingo.
—¿Ha pasado algo? ¿Berk está bien? —preguntó alarmado.
—De eso precisamente vamos a hablar…
—Voy contigo—aceptó Hipo.
Su padre asintió y volvió a reverenciarse ante Elsa.
—¿Nos disculpas un momento? —le dijo Hipo a Elsa.
—Por supuesto, ve—le apremió la reina con una sonrisa discreta.
Hipo se la devolvió.
—Me reuniré contigo lo antes posible— le prometió.
—De acuerdo—aceptó Elsa—. Te veo luego.
Ambos se miraron y sin prolongar demasiado la despedida, se marcharon cada uno en la dirección contraria, Hipo con su padre y la reina hacia los salones.
—.—.—.—.—.—
Los vikingos se habían reunido en una sala pequeña y con poca luz que hacía sus veces de almacén y otras pocas de lugar secreto para sus charlas. Desde el último consejo común el día de la llegada de los jinetes, los vikingos habían decidido que si tenían que decirse algo lo harían ahí y sin la supervisión de los estirados de Arendelle. Gervasio había vuelto al consejo tras pedirle disculpas a Estoico por su comportamiento. Al fin y al cabo, era un vikingo y estaban en tierra hostil. Sin embargo, a Hipo no le hizo ninguna gracia verle allí.
—¡Silencio! —reclamó Estoico presidiendo el lugar—, ¡silencio de una vez!
Poco a poco se fueron calmando, dejando hablar al jefe.
—Esta mañana hemos recibido un correo de Eret que confirma nuestras sospechas…
Hipo no entendía de qué estaban hablando y por qué parecía que habían estado reuniéndose a sus espaldas.
—¿Es la hora? —preguntó a Alea—. No pienso quedarme aquí sabiendo que mis hijos pueden estar en peligro.
Aquella respuesta puso en tensión a Hipo que volvió a mirar a su padre en silencio sin comprender. Por alguna razón, todos sabían algo que no le habían dicho.
—Lo importante es que no cunda el pánico y actuemos rápido—resolvió Estoico—. Creo que todos sabemos bien qué hacer.
—¿Puedo preguntar qué está pasando? —interrumpió Hipo molesto.
Todos se miraron entre sí, comprendiendo que Estoico no había hablado todavía con su hijo.
—Nos volvemos a Berk—le confesó Estoico.
Aquello pilló desprevenido a Hipo, que no conseguía entender nada.
—¿Ha pasado algo? —preguntó preocupado—. ¿Qué dice el correo de Eret?
Estoico resopló, buscando el apoyo del consejo.
—Las cosas se están poniendo tensas en el archipiélago—le explicó—. Los tramperos llevan semanas movilizándose y comprando armas en el mercado negro. Todavía no han atacado ninguna isla ni nadie ha visto a Drago ni sus dragones por ninguna parte, pero los tramperos están saliendo de hasta debajo de las piedras—suspiró—. Eret nos ha informado esta mañana que las islas del archipiélago se están hermanando por si tuviese lugar una guerra, de hecho, Dagur y Berta la Tetuda están al frente del movimiento y están declarando traidor a todo aquel que no se manifieste contra Drago.
Hipo comprendió entonces la gravedad de aquello.
—Tenemos que volver que a Berk—declaró Hipo.
—Tu hijo tiene razón Estoico, no podemos quedarnos más tiempo aquí—se manifestó entonces Gervasio, algo más calmado que días atrás—. Todos los aquí presentes tenemos familias a las que proteger.
—Llevamos demasiado tiempo fuera—declaró otro vikingo—. Yo tengo cinco hijos pequeños que me esperan.
Estoico miró a su consejo, buscando el apoyo de Bocón, Patón y Alea, sus principales pilares. Carraspeó.
—Mañana al alba partiremos hacia Berk—declaró Estoico, poniéndose en pie—. A partir de hoy, Berk se declara enemigo de Drago y se suma a la lucha del archipiélago, enviadle un terror a Eret—ordenó—. Descansad bien esta noche, despedíos de todo aquel que creáis necesario y reunid fuerzas para el viaje, porque esta vez no habrá paradas de descanso.
Estoico dio por terminada la sesión y los vikingos comenzaron a marcharse uno a uno, abrumados por la necesidad de empacar cuanto antes.
—Hipo no te vayas—le dijo entonces a su hijo, que también se había puesto en pie.
Hipo sintió la mano de Bocón sobre el hombro y aunque su maestro le dio ánimo con la mirada, también salió de la sala, dejándolos solos.
—¿Qué pasa papá? —le preguntó entonces—. Tengo que avisar a los jinetes y hablar con Elsa antes de marcharnos.
Estoico suspiró, pasándose la mano por los ojos cansados.
—Hipo… —intentó buscar las palabras—, tú no vienes con nosotros.
Hipo tardó un momento en responder, asimilando la respuesta de su padre.
—¿Cómo? —dijo incrédulo—. ¿Por qué? —consiguió decir, casi temblando de enfado—. Berk me necesita y los dragones necesitan a su alfa, no puedo quedarme aquí sin hacer nada.
—Hipo hijo… —lo interpeló con la mirada, muy serio, haciendo callar a su hijo—. Quiero pensar que eres consciente de la situación que tenemos entre manos.
Hipo tragó saliva. En un primer impulso quiso pedirle explicaciones a su padre, pero se abstuvo de decir nada al ver su gesto serio y autoritario.
—No puedo dejar que vengas con nosotros porque la situación con la reina es más inestable de lo que crees.
—¿Con Elsa? —dijo Hipo sorprendido, sin poder creerse eso—. Elsa no nos va a traicionar, papá.
Sin embargo, en aquel momento la conversación que acababa de tener con la reina sobre la hipocresía de los nobles de aquellas tierras volvió a su mente. ¿Acaso Elsa también sería capaz de matar a sus enemigos mientras dormían? Tragó saliva, sin saber por qué estaba pensando eso.
—Puede que la reina no nos traicione—dijo Estoico no muy seguro—, pero su consejo no es del todo de fiar—reveló Estoico—. Hace poco Briel escuchó a uno del consejo confesarle a un soldado que no se fiaba de los vikingos y que ante cualquier movimiento extraño que no dudaran en atacar. También ha llegado a mis oídos que el tal legislador ese como se llame ya no trabaja para el consejo de la reina y que desde hace días lo han visto merodear por las inmediaciones del castillo. ¿Quién nos asegura que no piense traicionar a su reina?
Hipo meditó todo esto, sintiéndose algo molesto porque su padre no le hubiese revelado esta información antes.
—¿Por qué no me lo habías dicho? —preguntó entonces, enfadado—. Si hay alguien en este castillo conspirando contra la reina, Elsa tiene derecho a saberlo.
Estoico tomó una bocanada de aire y se puso en pie lentamente.
—No es tan fácil hijo… —le explicó Estoico—. Si hay alguien en este castillo que quiere ver caer a la reina, los primeros en ser señalados seremos nosotros. Además, todavía no sabemos por qué Drago atacó Arendelle.
—Papá—le explicó entonces Hipo, dispuesto a mantener algo más que dos palabras con su padre después de semanas—, Elsa y yo hemos estado investigando y creemos que Drago está buscando algo en el bosque al norte de Arendelle—expuso, para sorpresa de su padre—. Creemos que busca un elixir de la vida eterna o algo así en ese bosque, sé que suena a fantasía—aceptó— pero tendría sentido que para cruzar la niebla necesite algo de estas tierras, posiblemente el cazador de dragones que está buscando.
Estoico se quedó un momento pensativo.
—Podría ser…—terminó por razonar.
—Papá, déjame volver con vosotros a Berk—pidió Hipo—. Sé que puedo ser de ayuda, conozco a Dagur y a Heather mejor que vosotros y los dragones necesitan a su alfa. Desdentao es muy rápido, podría estar de vuelta en Arendelle en apenas cuatro días—intentó convencer a su padre—. Además, quizás en Berk podamos encontrar alguna pista sobre ese cazador que busca Drago o alguna pista sobre estas tierras, y podría traer conmigo a algunos dragones…
—Hipo—lo detuvo su padre—. Lo siento, pero la decisión ya está tomada.
Estoico solía siempre ceder cuando se trataba de su hijo, pero en este asunto debía ser inflexible y más cuando estaba en juego la propia seguridad de Hipo.
—¿Cómo que ya está tomada? —preguntó enfadado—. ¿Cuántas decisiones más vais a tomar sobre mí sin preguntarme? —dijo con ira.
—Cálmate—le advirtió Estoico.
—¿Cómo quieres que me calme papá? —se levantó Hipo también de su silla—. Primero me casáis contra mi voluntad ¿y ahora pensáis marcharos y abandonarme en este reino?
—Este reino es ahora también tu reino, hijo—sentenció Estoico—, y como rey no puedes marcharte de aquí así como así.
—Precisamente como rey puedo hacer lo que quiera.
—¿Y qué dirá tu reina? —lo retó Estoico.
Hipo no entendió por qué ahora su padre parecía no fiarse de Elsa. Sentía que solo le estaba contando verdades a medias.
—No creo que Elsa tenga ningún problema en que me marche unos días.
—Hipo, creo que no eres consciente de la situación—le recriminó su padre—. ¿Qué garantías tendría Elsa de que volvieras? ¿Crees que su consejo lo permitiría? Saben que sin nosotros no tienen ninguna posibilidad de sobrevivir a esta guerra.
—Papá—intentó tranquilizarse Hipo—. Elsa confía en mí, sabe que no la traicionaría y después de todo ella es la reina, está por encima de su consejo.
—Hipo, he visto a reyes más poderosos caer ante su pueblo—aseveró a su hijo—. La estabilidad entre nuestros pueblos está sujeta por un hilo y es más delgado de lo que crees.
Hipo bufó, incrédulo y exasperado.
—Papá, para eso me casasteis con la reina, para un pacto de sangre—escupió—. Y eso es irrompible, no hay nada que ponga en peligro un acuerdo entre nuestros pueblos.
—¿Tan seguro estás? —preguntó enfado—. Hipo, la gente habla y saben que el rey no duerme con su esposa, además de que se está viendo con otras mujeres.
—No me estoy viendo con otras mujeres—se defendió Hipo.
—Estás viéndote con Astrid, no me mientas—le pidió su padre.
—¡No me estoy acostando con Astrid, papá! —y no mentía—, y de hacerlo no sería tan estúpido como para que todos se enteraran.
—Hipo, piensa con la cabeza—sentenció Estoico muy serio, dando dos pasos hacia su hijo— ¿No sería muy raro que quisieras marcharte junto a todos tus hombres de vuelta a tu isla? ¿No crees que podría interpretarse como repudias a su reina? —le expuso—. Piénsalo, joder, esto no es ningún juego. Te estás viendo con otra mujer, no compartes cama con tu esposa y después de estas semanas Elsa ni siquiera está embarazada, además de que nadie pudo asegurar personalmente la validación de vuestro matrimonio, ¡están llegando a decir que incluso no lo consumasteis! —terminó por elevar la voz—. ¡Esto podría ocasionarnos una guerra!
Hipo no aguantó más.
—¡Dioses papá! —le gritó enfadado—. ¿Te estás escuchando? No me lo puedo creer… Hablas como… como si Elsa fuera una cosa—soltó enfadado—. ¡Por Thor! ¿Qué somos ahora? ¿Bárbaros? ¿Animales? ¿Qué queréis que haga? ¿Qué la preñe contra su voluntad en mitad de una guerra? —explotó— ¿Tan vanidosos somos que hasta que no me dé un hijo este reino no será oficialmente nuestro?
Hipo le dio la espalda a su padre, sin saber todavía por qué aquel consejo parecía manejar su vida como si fuera una marioneta.
—Lo único que estáis demostrando es que somos los brutos bárbaros que piensan que somos—zanjó el asuntó, desafiando a su padre con la mirada.
A Estoico le dolieron las palabras de su hijo, en parte porque llevaba razón, pero no podía dejarse amedrentar por sus palabras. No podía dejar que Hipo dejara aquellas tierras y que a su regreso lo mataran por traidor.
—Para creerte mejor que nosotros—dijo Estoico, tan serio como amenazante—, déjame que te diga que me decepciona saber que precisamente no piensas con la cabeza en lo que a mujeres se refiere.
Al oír aquello, Hipo sintió un fuerte dolor en el pecho que le inundó los ojos de lágrimas sin saber por qué. Sin duda Estoico volvía a hablar de su relación con Astrid, pero esta vez Hipo no entendió aquel rechazo envenenado por parte de su padre. Hipo llevaba enamorado de Astrid toda su vida. Y no solo eso, sino que además cuando la vikinga perdió a su padre y se quedó huérfana, fue el propio Estoico quien la acogió durante semanas en su casa y removió cielo y tierra hasta encontrar al último familiar vivo de la vikinga que podía hacerse cargo de ella. Era bien sabido que cuando las niñas de su edad quedaban huérfanas, solían ser casadas con hombres mayores para asegurarles una estabilidad. El vikingo jamás hubiese permitido que eso le ocurriera a la novia de su hijo y más cuando la sentía como a una hija. Hipo no entendía por qué ahora parecía odiarla.
—Pues sí papá… cuando se trata de Astrid no pienso con la cabeza—consiguió articular Hipo con el ceño fruncido y limpiándose los ojos, retando a su padre—. Pero tranquilo, que aquí me quedaré como un preso, que es como me habéis vendido. Fingiendo amar a una mujer que no amo.
Hipo se marchó antes de que Estoico dijera nada más, sin saber que su padre también estaba reprimiéndose las ganas de llorar de ira por todas las cosas que le había dicho.
Hipo se cruzó en la puerta con Bocón, con quien casi tropieza, mientras se limpiaba las lágrimas.
—¿Estabas espiando? —le dijo Hipo algo molesto cuando lo encontró ahí parado, sin prestarle mucha atención.
Su maestro no dijo nada, simplemente agachó la cabeza. Hipo resopló, pero no se detuvo, decidiendo que no pensaba discutir también con él. Ya sentía que había perdido a un padre, no quería pensar que también podía perder a Bocón.
El hombre vio marcharse a Hipo por el pasillo hasta que desapareció. Fue entonces cuando entró cojeando a consolar a su amigo.
—Creo que esta vez os habéis pasado los dos un poquito—observó el vikingo, mientras se acercaba a Estoico, derrumbado en su silla.
—Yo solo quiero protegerle… —balbuceo Estoico, sorbiéndose la nariz—. No sé por qué es tan difícil.
—Pues porque es un vikingo—dijo Bocón mientras acercaba una silla para sentarse a su lado—. Además, es la viva imagen de su madre… no sé quién de los dos es más cabezota.
Aquello al menos le sacó una media sonrisa al vikingo.
—No sé cómo hablar con él—se sinceró Estoico—. No me escucha.
—Ni tú a él—soltó Bocón—. Tal vez esa reina realmente confía en tu hijo y bueno, los poderes que tiene no son poca cosa… No creo que este reino o su reina estén en peligro si nos vamos. Quizás el chico podría venir con nosotros y regresar inmediatamente con su furia nocturna.
—Ya has oído al consejo Bocón—le rebatió Estoico—. Hay demasiados rumores… temo que se vuelvan en su contra. No puedo arriesgarme a que lo maten a su regreso.
Bocón se quedó un momento pensativo.
—Tú tampoco crees que eso dos hayan validado el matrimonio, ¿no?
Estoico suspiró, mirando a su amigo.
—Al principio tenía mis dudas… pero ahora estoy prácticamente seguro de que mi hijo no le ha puesto un dedo encima a esa mujer—le confesó.
Al fin y al cabo, como padre conocía bien a su hijo.
—Ya, yo también lo pienso—concordó Bocón—, pero eso no tiene por qué saberlo nadie. Y bueno, últimamente se les ve mucho juntos, quizás no parecen dos amantes, pero sí dos buenos amigos y eso es al fin y al cabo lo que necesitamos, ¿no?
—Tal vez…
Bocón le dio unas palmadas en la espalda.
—No sé por qué le cuenta tanto… ¿acaso se cree que yo me casé con su madre por amor? —preguntó al aire Estoico—. A mí también me gustaba otra mujer, pero cuanto antes me di cuenta de mi responsabilidad, antes asenté la cabeza. Y puedo decir con orgullo que Valka se convirtió en el amor de mi vida, ¿por qué él no puede hacer lo mismo?
—Estoico… tu hijo no es como tú, nunca lo ha sido—le dijo con honestidad Bocón.
—Lo sé…, lo único que quiero es que no le haga más daño a Astrid, no se lo merece. Ella podría llegar a donde quisiera y temo que mi hijo lo eche a perder—manifestó el jefe vikingo—. Además, tengo un mal presentimiento con todo esto.
—Yo también amigo… yo también…
—.—.—.—.—.—.—.
Elsa salió de la reunión con el emisario del Duque de Bränderson hecha una furia.
Odiaba a ese hombre con el que compartía su sangre y su maldita influencia en aquellas tierras. Tras leer todos aquellos correos y mensajes, había llegado a la conclusión de que su primo lejano tenía especial interés en verla en persona y más cuando se había enterado de su boda.
Todas y cada una de las cartas de los reinos vecinos la felicitaban con hipocresía por su matrimonio y le daban el pésame por los fallecidos en el ataque, pero nada más. Sin embargo, todos coincidían en lo mismo: que la verían en la fiesta de la primavera, donde gustosamente le darían toda la información que tuvieran en su mano.
Sin duda era estratagema del Duque para hacerla ir. Elsa sabía que el número de invitados se multiplicaría si sabían que la reina de Arendelle acudía a la fiesta. Todos adoraban verla usar su magia, y al Duque le encantaba cerrar acuerdos comerciales con esos maravillados y borrachos aristócratas.
Lo peor fue luego discutir también con el sacerdote, quien se había empeñado en celebrar una misa a la mañana siguiente. El hombre decía haber recibido una señal de Dios al entrar en la iglesia reconstruida y que el señor le había encomendado que las víctimas recibieran el santo sacramento por todo el horror vivido.
Elsa no sabía si era buena idea realizar un acto de tal magnitud, primero, porque había que movilizar a mucha gente y segundo, porque los vikingos no procesaban la fe cristiana y aquello expondría más su clara división cultural. Además, el padre se había empeñado en que los reyes recitaran algún fragmento de la biblia, —como solía ser habitual—, y aunque sabía que Hipo había sido hasta ahora muy respetuoso y curioso hacia sus creencias, no sabía hasta qué punto tenía derecho a pedirle que recitara sus textos sagrados frente a su pueblo.
Popularmente se decía que los paganos echaban a arder espontáneamente cuando leían las palabras sagradas de la Biblia en voz alta y aunque Elsa no era supersticiosa, casi que prefería no comprobarlo.
—Dará fe y esperanza al pueblo—terminó por decir el cura para convencerla.
Y así fue. Todavía se preguntaba por qué había aceptado.
Con paso ligero se encaminó en dirección a la biblioteca cuando sintió una llamada de auxilio. Miró a su alrededor asustada y alerta, buscando de dónde provenía la voz, pero no halló nada ni nadie. Agudizó el oído, por si volvía a escucharla, mas no pasó nada.
Pensó que tal vez habían sido imaginaciones suyas debido al estrés y las pocas horas de sueño y siguió su paso tranquilo por los pasillos. Sin embargo, sintió cómo de repente su magia se revolvía inquieta dentro de ella. ¿Qué estaba pasando? Intentó calmar sus poderes y relajarse.
Todavía con aquella sensación en el cuerpo se marchó hacia la biblioteca, algo desconcertada. No obstante, justo antes de entrar en aquella majestuosa sala, el vello de todo el cuerpo se le puso de punta y sintió de nuevo una llamada. Se giró nerviosa, intentado encontrar un sentido lógico a todo aquello, pero no lo encontró.
Por un momento pensó que quizás el sacerdote no estaba tan loco y Dios también se estaba poniendo en contacto con ella, hasta que notó la sensación de una pequeña mano sobre su hombro.
—Elsa—le dijo entonces una voz.
Elsa perdió el aire al reconocerla. A ella y al dueño de aquella mano invisible sobre su hombro. Por un momento todo a su alrededor comenzó a ponerse borroso y a pintarse de tonos verdes y rojos. La reina se llevó las manos a la cabeza, donde empezó a poseerla un gran dolor inexplicable que casi la hace vomitar. Tuvo que apoyarse en la pared para no caerse, pero por suerte, al cabo de un momento, todo volvió a la normalidad.
La voz desapareció y Elsa sabía que no iba a volver.
—Gran Pabbie… —susurró para sí.
Elsa estaba segura que aquella llamada de auxilio provenía de los Trolls. Todavía no sabía cómo ni por qué, pero había notado la llamada inexplicable de Gran Pabbie y el bosque, como si la necesitaran desesperadamente.
La reina ya llevaba días sospechando que algo no marchaba bien, pero no imaginó que se pudieran confirmar sus sospechas y menos a través de un contacto tan físico y sumamente desconcertante, como si por un instante ella misma hubiese sido parte del bosque.
Lo primero que pensó fue en avisar a Anna y Kristoff, pero ante la duda de saber a qué se enfrentaba, creyó que lo mejor era no ponerlos en peligro. También pensó en avisar a Hipo, pero no lo encontró e imaginó que tal vez seguía reunido con los suyos.
Así que simplemente tomó valor y se dirigió a las cuadras, donde tomó uno de los caballos de sus soldados y salió con sigilo por la parte trasera del castillo, hacia el bosque.
Sin saber que no estaba sola.
—.—.—.—.—.—.
Hipo estaba tan enfadado que no podía pensar con claridad. Pensó en salir a volar con Desdentao, pero se quitó aquella idea de la cabeza al darse cuenta que podía toparse con alguno de los miembros del consejo que tuvieran turno de vigilancia. Y eso era lo último que deseaba.
También pensó en encerrarse en su cuarto, pero temía que Elsa fuera allí a buscarle. No quería encontrarse con ella y más ahora que sabía que su consejo y su propio padre la veían como una mercancía. Además, seguía sin saber qué le pasaba con la reina y hasta que no se la sacara de la cabeza, lo mejor era apartarla; aunque en público tuviera que empezar a mostrar afecto por ella. Aquella idea lo horrorizaba, porque estaba prácticamente seguro de que no podría besar a Elsa y no sentir nada, y lo peor es que para ella aquello simplemente sería un trámite incómodo y vomitivo.
No se veía capaz de afronta la idea de que Elsa lo viera así y que su amistad peligrara a causa de estos acercamientos.
Sin saber ni a dónde iba, terminó perdido en uno de los pasillos que llevaban a las cocinas y agradecido de que no hubiese apenas nadie, salió por aquellas puertas traseras hacia el exterior, en aquel camino que había hecho varias veces hacia las mazmorras. Sin hacer ruido cerró las puertas de las cocinas tras de sí y caminó en dirección a ninguna parte, apoyándose y sentándose contra uno de los muros del castillo y buscando algo de aire. Necesitaba que se le bajaran los humos, calmarse y mantener la cabeza fría. Tenía que empezar a actuar como el adulto que era y quizás su padre sí que tenía razón en que no era consciente de la situación.
—Su majestad—le sorprendió entonces una voz—, por qué será que estáis siempre en los sitios menos habituales para la realeza.
Hipo se limpió unas lágrimas fugaces que se habían ido escapando sin su consentimiento y se recompuso rápidamente, reconociendo en aquella silueta a Lena, quien portaba un canasto con ropa.
—¿Estáis bien? —le preguntó amable.
Al verla Hipo no supo cómo sentirse, y más tras la confesión de Elsa sobre su relación con esa mujer y todo lo que había sucedido después.
—Sí, sí, perfectamente—le respondió Hipo, poniéndose en pie.
Lena, que había vivido mucho y había visto mucha miseria, lo caló de inmediato.
—No eres el primer hombre al que veo llorar—le confesó con una sonrisa cercana—. Así que tranquilo, tu secreto está a salvo conmigo—dijo, rebuscando en su bolsillo y sacando un pañuelo limpio—. Toma.
Hipo dudó, pero aceptó aquel pañuelo que le dio Lena.
—Gracias—dijo con sinceridad el vikingo.
—¿Te encontraré algún día haciendo algo normal que haga un rey? —le preguntó, quitándole hierro al asunto, para hacerlo sentir bien.
—Me temo que no—le contestó Hipo, mostrando una sonrisa triste.
—¿De quién te ocultas aquí? —le preguntó la chica, alzando una ceja.
Hipo meditó un segundo.
—¿De todo el mundo? —preguntó el vikingo a modo de respuesta.
La chica rio.
—Pues has elegido un sitio de mierda—señaló, añadiendo inmediatamente algo de modales—: su majestad.
Aquello sí que consiguió sacar una sonrisa sincera en el vikingo.
—Ya te he dicho que puedes llamarme Hipo—insistió el chico—. Y sí, este es un sitio de mierda.
La joven abrió los ojos, sorprendida de que aquel chico fuera tan cercano con ella sin parecer tener un interés oculto, como solía ser el caso.
—Se me da muy bien escuchar… —se ofreció la chica—. Por si lo necesitas.
Hipo honestamente prefería estar solo y por muy bien que le cayera esa chica, no podía evitar pensar que era la misma que le había dicho a Elsa algo tan hiriente como para generarle un cuadro de ansiedad. Aunque posiblemente tenía sus motivos.
—Me gustaría—empezó Hipo—, pero no sé si es buena idea que nos vean juntos… —pensó en Elsa.
Lena notó aquel cambio de actitud en el chico y por un momento pensó saber qué le pasaba. La chica odiaba cada vez que le ocurría algo así; cuando conocía a alguien amable y automáticamente la repudiaba.
—Ya te han hecho saber lo que soy ¿no? —dijo enfadada—. Siento si a su alteza le incomoda que lo vean hablando con prostitutas, ya me marcho, no le molesto.
La chica se acomodó el canasto de ropa en el hueco de la cadera y se dispuso a marcharse. Hipo no entendió su cambio de actitud, ya que en ningún momento pretendió ofenderla. Por esta razón la tomó del brazo para que no se marchara.
—Perdona—se apresuró a decirle—. No me malinterpretes, no quería incomodarte.
La chica se zafó de su agarre, pero no se marchó.
—Acabo de discutir con mi padre porque se piensa que voy por ahí cazando mujeres y poniendo en peligro la estabilidad política de este reino, por eso te he dicho eso—se justificó rápidamente Hipo, sin saber por qué le estaba dando explicaciones a esa mujer.
Tal vez por el simple hecho de que aquella mujer seguía siendo alguien importante para Elsa. Y aunque no lo dijera en voz alta, Elsa era importante para él.
—No tengo ningún problema con que seas prostituta, si eso es lo que te preocupa—le soltó sin titubeos, para sorpresa de la morena.
La chica lo escrutó un momento en silencio, debatiéndose si marcharse o no.
—¿Y es cierto? —preguntó la chica, dándole una oportunidad—. Lo que dice vuestro padre.
—¡Por los Dioses no! —dijo asqueado Hipo.
El chico podía tener muchos defectos, pero tener la bragueta inquieta no era uno de ellos. Al contrario, posiblemente fuera de los pocos vikingos que sólo había estado con una mujer.
Lena le sonrió, sobre todo por ese pudor que tan raro encontraba en los hombres.
—Lo era—le corrigió entonces ella—, lo de prostituta—especificó—. Ya no me dedico a eso.
La chica miró a ambos lados del castillo, con aquel canasto apoyado en la cadera.
—Ahora me mandan hacer lo que nadie quiere—dijo bajito, por si alguien la escuchaba—, vamos, prácticamente igual que antes —le confesó con una sonrisa de resignación.
Hipo intentó disimular una sonrisa ante su descaro, pero le fue prácticamente imposible.
—Bueno, llevar la colada parece más fácil—intentó animarla.
—Son las sábanas donde se cagan los enfermos—reveló—. Y vengo de lavarlas… así que no sabría decirte.
Hipo abrió la boca para decir algo, pero la cerró, haciendo reír a la chica.
—Demasiada información—fue lo único que se atrevió a decir el vikingo.
—Lo siento—se disculpó Lena—. Tendrás que perdonarme.
Por raro que pareciera, Hipo sintió que aquella chica podría ser perfectamente una amiga suya. De hecho, le recordaba un poco a Camicazi sin saber por qué. Tal vez por el descaro.
—Bueno, imagino que me estarán buscando —dijo entonces la morena—. Intenta no darle muchas vueltas a lo de tu padre, estoy segura que lo dice porque no conoce lo fría que puede llegar a ser la reina. Cualquiera en tu lugar buscaría el calor de otras mujeres.
Aquello descuadró por completo a Hipo, notando que la chica parecía algo tensa de repente. Así que decidió hacerse el tonto.
—¿Conoces personalmente a mi esposa? —preguntó con falsa inocencia.
Lena lo miró por primera vez con seriedad, como si intentara entrar en su cabeza.
—De niñas coincidimos algunas veces—dijo, sin un ápice de emoción en su voz—, pero la reina no es alguien que se mezcle con la servidumbre, como ya habrás podido comprobar.
En aquello Hipo tenía que darle la razón, ya que había visto a Elsa mezclada con su pueblo en contadas ocasiones.
—Trabajaba aquí en el castillo antes, pero me echaron injustamente—reveló—, el resto de la historia no es muy diferente a la de otras mujeres con mi misma suerte. No creo que la reina ni siquiera repara en ello.
Aquello no terminaba de encajar con la versión de Elsa, pero imaginó que Lena simplemente no quería darle detalles del tema.
—Siempre se ha dicho que nadie se atrevería a desposarla y me da pena que hayas sido tú el que cargue con esa condena—dijo áspera, con una sinceridad que incomodó al vikingo—, pareces una buena persona, te mereces algo mejor.
Hipo no sabía qué decir o responder a aquello. Una vocecita en su cabeza le decía que lo dejara estar y que se callara. Después de todo aquello era un asunto privado de Elsa y lo mejor era no meterse, pero para cuando quiso escuchar esa voz, ya había empezado a hablar.
—Bueno, la reina no es tan mala como la gente se piensa y no es en absoluto una persona fría —salió en su defensa—. Tiene sus motivos para ser como es.
Lena le sonrió con cierta amargura.
—Todo el mundo los tiene—dijo, pensando que lo mejor era abandonar aquella conversación.
—Por supuesto—concordó Hipo.
Se hizo un breve silencio entre ambos que resultó bastante incómodo y que se rompió en cuanto Lena decidió que quizás no estaba siendo cautelosa con aquel hombre, que al fin y al cabo era el rey.
—Debo irme—repitió—. Un placer encontrarte por aquí, espero que puedas solucionar esos asuntos con tu padre.
—Gracias—dijo con educación Hipo.
Lena le lanzó una última mirada.
—No la dejes escapar—le aconsejó entonces, mientras se marchaba.
Hipo no entendió a qué se refería.
—¿A Elsa? —preguntó confundido.
La chica bufó.
—A Astrid—lo corrigió, sin detenerse—, esa vikinga es una gran mujer y si yo fuera tú también haría peligrar la política de este reino por ella.
Hipo tragó saliva, sorprendido por el comentario de la joven. Ni siquiera tuvo valor para darle respuesta mientras la veía marcharse. Aquello le generó un gran malestar, tal vez porque le daba la razón a su padre.
Si Lena que no era nadie, podía ver qué estaba pasando… sin duda el consejo de Arendelle también.
—.—.—.—.—.—.—
Elsa galopó a toda prisa por el bosque, con la extraña sensación de que la estaban siguiendo. Sin embargo, su magia estaba tan alterada y sentía una premonición tan fuerte en el pecho que no se detuvo.
El valle de las rocas, hogar de los Trolls, apenas quedaba a una hora a caballo de Arendelle y con el paso que llevaba, posiblemente tardase algo menos en llegar. No obstante, debía darse prisa, primero porque nadie debía reparar en su ausencia y segundo porque a medida que se acercaba, mayor sentía la amenaza sobre ese bosque. ¿Qué le podía haber pasado a los Trolls? O peor… ¿quién podría intentar hacerles daño? Apenas eran seres de fantasía para la mayoría de mundanos y eran tan pacíficos que el resto de criaturas mágicas les tenían un gran respecto.
Por un instante Elsa temió haberse equivocado al tomar aquella decisión tan precipitada y lanzarse al bosque sin meditarlo y sin avisar a nadie. Sin embargo, aquella llamada de auxilio y esa extraña conexión con su magia parecían ser motivo suficiente. Ahora solo rezaba porque aquello que estuviese poniendo en peligro a los Trolls no fuera el mismo enemigo al que temían.
En cuanto llegó al claro del valle de las rocas, Elsa bajó de su caballo y plantó con firmeza los pies en el suelo, echando un vistazo a su alrededor. Tenía que reconocer que Astrid había sido una maestra excelente y había conseguido agudizar tanto los sentidos que supo de inmediato que algo no estaba bien.
Miró a su alrededor y preparó la magia en sus manos, dispuesta a atacar ante el mínimo estímulo. Con cuidado examinó el valle, más tranquilo y silencioso que nunca… Los Trolls deberían haber parecido ya, como solían hacer cuando recibían visitas de Arendelle. Sin embargo, no pasó nada.
Y entonces oyó el 'crack' de una rama tras ella y lanzó una ráfaga de hielo punzante.
Por suerte la persona tras ella, pudo esquivarlo a tiempo.
—¡Dios! —gritó Elsa asustada al reconocerla, llevándose la mano al pecho—, ¡qué haces aquí, podría haberte matado!
—Pero no lo has hecho—dijo con cierto temblor en la voz Astrid, sorprendida de los reflejos de Elsa y de los suyos propios.
Elsa intentó tranquilizarse y recobrar la compostura. Había estado a punto de matar a la vikinga.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué me has seguido? —preguntó enfadada.
—¿Por qué te has ido sin decir nada a nadie? —le recriminó Astrid.
La vikinga había salido a volar con su dragona tras terminar la clase cuando vio a Elsa salir con su caballo por una de las puertas traseras del castillo, cubierta y a escondidas. Aquello no solo le resultó extraño, sino también una imprudencia y más si había un cazador de dragones experto por la zona o el propio Drago. Por eso no había dudado en seguirla.
—No es asunto tuyo—le respondió todavía enfadada por el susto Elsa—, no tenías por qué seguirme, sé cuidarme sola.
Astrid puso los brazos en jarras y la miró amenazante.
—Elsa, eres la reina—dijo seria—, por la seguridad de tu reino no te puedes ir así como así tú sola y ponerte en peligro. Drago o el cazador que busca podrían estar en cualquier parte. Eres demasiado valiosa —se explicó—, y estúpida, por lo que veo.
Elsa iba a reprocharle algo cuando la tierra tembló levemente.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Astrid mirando a su alrededor y agarrando la empuñadura de su hacha.
Elsa y ella se quedaron en silencio un instante, mirando a ambos lados.
—Ponte detrás de mí—le ordenó Elsa, emanando de nuevo magia de sus manos.
Astrid obedeció con disciplina militar y se colocó espalda contra espalda con la reina.
—Mi dragona está vigilando desde el aire—le reveló Astrid—, si algo sale mal, nos vamos volando. ¿Entendido?
Elsa asintió, tragando saliva.
—He venido porque los Trolls me han pedido ayuda—le confesó a Astrid.
—¿Trolls? —preguntó incrédula.
Tal vez Elsa estaba perdiendo un poco la cabeza.
—Sé qué piensas que no existen—se apresuró en responder Elsa—, pero necesito que me creas y no hagas preguntas. Deberían estar en este valle, pero algo debe haberles pasado o ya estarían aquí.
—¿Y te han pedido ayuda? —siguió preguntando Astrid, alerta—. ¿Cómo?
Pero antes de que Elsa pudiera contestar la tierra volvió a temblar, esta vez con más intensidad. El caballo de la reina relinchó asustado y se echó al trote hacia el bosque. Elsa trató de detenerlo, pero un tercer temblor las lanzó al suelo.
Elsa y Astrid buscaron la mirada de la otra en aquel incesante temblor que comenzaba a azotar también los árboles. Astrid consiguió ponerse de pie a duras penas y agarró a Elsa para ayudarla a levantarse.
—¿Qué está pasando? —preguntó asustada Astrid aferrada a los brazos de Elsa.
—No lo sé—le respondió igual de desconcertada que ella.
De repente la tierra paró de moverse en seco, haciendo que durante un segundo perdieran el equilibrio y se agarraran con más fuerza a la otra para no caerse.
—Algo no está bien—determinó Astrid sin atreverse a solar a Elsa—, nos vamos inmediatamente.
Elsa estaba más que de acuerdo cuando ambas detectaron que no iba a ser tan fácil.
—No puedo mover los pies… —dijo Elsa—. Astrid… ¡el suelo!
De repente la tierra bajo sus pies parecía haber cambiado y la firmeza de antes se había transformado en un mejunje pegajoso que las estaba engullendo.
—Mierda, mierda, mierda… —masculló Astrid.
La vikinga intentó despegar los pies del suelo sin éxito, notando que mientras más los movía más rápido parecía hundirse.
—No puede ser… —Astrid intentó ayudarse también de las manos, sin éxito.
—Para—le pidió Elsa—, nos está engullendo más rápido…
La reina miró en todas las direcciones mientras Astrid se ponía a silbar para llamar a su dragona. Sin embargo, no había rastros del animal por ninguna parte y aquella sustancia las engullía tan rápido que prácticamente se habían adentrado en ella por encima de las rodillas.
Elsa trató de congelar la tierra con sus manos, pero no parecía terminar de funcionar. Lo único que consiguió fue que una mano se le quedara atrapada.
—No puedo sacar la mano—expresó angustiada.
—Tranquila—dijo Astrid nerviosa—. Tormenta nos sacará, no puede tardar mucho más.
Sin embargo, la dragona seguía sin aparecer y ambas comenzaron a ser invadidas por el pánico.
—Pensemos… —intentó encontrar una solución Astrid, mientras elevaba las manos para que no se le quedasen atrapadas en aquella masa que ya les llegaba por las caderas.
Elsa enfocó toda su atención en su alrededor y se forzó a pensar rápido.
—¿Confiarías en una terrible idea? —preguntó Elsa buscando la mirada de su compañera.
Astrid la miró como si estuviera escuchando al propio Hipo hablar.
—Son mis ideas favoritas—la apremió angustiada.
Elsa tomó aire y apuntó al cielo con cierta inseguridad, con la mano que le quedaba libre.
Con la precisión que le permitió su poco margen de movimiento lanzó una ráfaga cortante de hielo hacia un abeto que por poco se cae encima de sus cabezas. Astrid cerró los ojos en un acto reflejo cuando el árbol se precipitó, sorprendida de que no las hubiese matado por apenas unos escasos centímetros.
Sin embargo, ninguna dijo nada y más cuando prácticamente tenían la tierra al cuello. Astrid se abrazó con ambos brazos al tronco abatido del árbol e hizo fuerza para sacar parte de su cuerpo de la tierra, no sin esfuerzo. Apenas se subió al tronco se lanzó a ayudar a Elsa, quien no podía salir con un solo brazo.
—Te tengo—le dijo la vikinga haciendo uso de toda su determinación y rezando porque aquel tronco no empezara a hundirse también.
—No sé si puedo salir… —dijo Elsa, que no sabía cómo podía ayudar a Astrid a sacarla de allí.
—Pues claro que vas a salir, idiota—le regañó Astrid—, no te voy a soltar.
Elsa se asió a sus palabras y en cuanto consiguió sacar su otro brazo, hizo uso de toda su fuerza para ayudar. Astrid terminó por abrazarse a su cuerpo para sacarla, asustada de que aquellas arenas movedizas se la tragaran. Empleó tanta fuerza y le puso tanto ímpetu que cuando la sacó al fin de la tierra, Elsa le cayó encima. No obstante, no pareció importarle en absoluto aquel contacto brusco, porque la abrazó con fuerza, como si por un momento hubiese temido no poder sacarla. Sin embargo, el momento de euforia no les duró mucho porque aquella masa movediza que instantes antes casi las engulle, comenzó a moverse.
Elsa y Astrid se miraron con terror e intentaron ponerse en pie con dificultad, empapadas de barro y sudor.
—Qué está pasando—se aventuró a preguntar Astrid, sin apartar la mirada de la extraña figura que emergía de la tierra, ahora prácticamente líquida.
Elsa pareció al fin comprender qué estaba pasando.
—Es un espíritu del bosque… —auguró.
—¿Un espíritu de qué?
—No tiene sentido—siguió hablando Elsa—. Los espíritus del bosque son seres pacíficos que protegen estos bosques. No atacan a la gente así como así.
—¿Le habremos molestado? —intentó teorizar Astrid.
Elsa lo comprendió todo entonces.
—Nosotras no…
Aquel monstruo emergió con un rugido tan profundo y arcaico como la tierra misma, lanzándoles una mirada de odio con sus cuencas vacías de barro y roca. Aquel ser del inframundo no dio señal alguna de diálogo o entendimiento y no se lo pensó dos veces en atacar. Les lanzó una ráfaga de tierra y rocas con solo alzar una de sus monstruosas manos deformes, pero antes de que las alcanzara, Elsa levantó un muro de hielo. Astrid contuvo el asombro ante aquella espectacular y terrorífica imagen contra natura de las rocas rompiéndose contra el hielo.
—Es demasiado fuerte… —expresó Elsa con sumo esfuerzo, manteniendo la barrera mágica—. Tenemos que pensar algo ya, no creo que el hielo sea suficiente para detenerlo.
En aquel momento la dragona de Astrid comenzó a graznar en el cielo.
—¡Tormenta! —gritó de alegría Astrid al verla.
No obstante, la dragona apenas pudo acercarse porque el monstruo comenzó a lanzarle rocas al aire. Elsa reaccionó a tiempo y paró aquellos ataques antes de que golpearan a Tormenta, que se defendió lanzándole fuego a aquel monstruo. La tierra volvió a rugir ante aquello, calcinada por el fuego.
Ambas se miraron con complicidad.
—Cúbreme—le pidió entonces Astrid a Elsa—. Tormenta y yo atacaremos desde el aire.
Elsa pensó que era demasiado peligroso, pero no se atrevió a contradecirla y más cuando el corazón le iba a mil por hora.
—Ten cuidado—fue lo único que le dijo.
Astrid llamó a Tormenta con un silbido y se subió a la dragona prácticamente en el aire, respaldada por Elsa, quien intentaba parar cada ataque como bien podía.
Una vez Astrid se alzó en el aire, Elsa aceptó que tenía que concentrarse y mantener sus poderes en raya si quería protegerlas a ambas. La bestia la tomó enseguida con Astrid y la dragona, sobre todo porque comenzaron a rociarla con fuego. Por un instante Elsa sintió que revivía aquella noche de pesadilla en la que Drago prendió su reino en llamas, pero decidió que no podía dejarse invadir por el pánico y más cuando la vikinga necesitaba que la cubriera.
Paró todos y cada uno de los ataques de roca y barro hasta que el espíritu del bosque pareció darse cuenta de que Elsa era un problema mayor que el fuego. Fue entonces cuando se lanzó hacia ella. La reina estaba tan concentrada que no vio venir cómo un brazo de barro y roca se cernía sobre ella y la aprisionaba. Aquel contacto brusco le robó el aire de los pulmones y la zarandeó con una violencia que por poco la hace perder el sentido. No obstante, no tardó en caer al suelo cuando Tormenta le arrancó el brazo al monstruo con un hilo de fuego.
Al caer Elsa se dio de bruces contra el suelo, precipitándose sobre su brazo derecho. Por pura adrenalina consiguió zafarse de aquella cárcel de barro y crear una barrera de hielo sobre su cabeza justo cuando el espíritu se disponía aplastarla con la otra mano.
Astrid tuvo que detenerse en el aire, ya que Elsa estaba tan cerca del espíritu que era imposible atacarle con fuego sin quemarla a ella también.
—Tormenta, espinas, ahora—le ordenó a la dragona quien cayó en picado y cubrió de espinas el brazo de aquel monstruo que intentaba aplastar a Elsa.
No obstante, aquello no le hizo ni cosquillas, porque la masa de tierra las engulló como si nada. De hecho, prácticamente se había repuesto de todos los ataques de fuego y hielo. 'Es imposible destruir esa cosa', pensó Astrid cada vez más angustiada.
La vikinga se forzó a pensar algo, sobre todo porque Elsa no aguantaría mucho más. Sin embargo, el monstruo rehízo su otro brazo y comenzó a atacarla a ella también. Al ser consciente de la escena, Elsa consiguió ponerse de pie manteniendo aquel escudo y decidió dejar de mantener el control sobre sus poderes. En aquel instante, la tierra bajo sus pies comenzó a congelarse y de seguido también lo hizo la mano del monstruo.
Astrid contemplaba toda aquella escena de fantasía con los ojos bien abiertos y el corazón a mil.
—Hay que sacarla de ahí Tormenta—le dijo a su dragona al ver cómo Elsa parecía estar llevándose a sí misma al límite, desprendiendo magia por todas partes—. Esperemos que ese hielo la haga ignífuga… —intentó convencerse.
Astrid y Tormenta descendieron en picado y rociaron el brazo congelado del monstruo con fuego. El ser comenzó a gritar colérico a la par que la dragona agarraba con sus garras a la reina de hielo.
Al verse en el aire, Elsa se aferró a las piernas de la dragona evitando gritar de puro terror.
—¿Estás bien? —le gritó Astrid, ofreciéndole una mano para subir con ella sobre la dragona.
—Creo que sí—consiguió decir Elsa, con una mezcla de terror y adrenalina que nunca antes había sentido.
La reina alzó la mano derecha para tomar la de Astrid, pero nada más tocarse Elsa gritó de dolor y apartó la mano.
—¿Qué pasa?
—La muñeca… —se quejó, con gesto de dolor.
—Voy a dejarte en un lugar seguro—decidió entonces Astrid—. Tormenta y yo nos encargamos.
Pero antes de terminar la frase, la dragona viró espasmódica ante un ataque que las derribó y las hizo caer al suelo. Por suerte Tormenta había conseguido aterrizar sobre sus patas y había soltado a Elsa instantes antes de caer al suelo, para no aplastarla.
Astrid cayó a unos matorrales que aplacaron el golpe, cerca de su dragona. Nada más se puso en pie miró a Tormenta, que estaba ilesa y tras esto corrió hacia Elsa, que estaba a escasos metros poniéndose de pie.
—¡Elsa! —le gritó—. Por los Dioses dime que estás bien.
—Estoy de una pieza tranquila—dijo mientras se reponía del susto y la caída.
—Ahí viene—señaló Astrid tras ella.
El espíritu volvía a acercarse furioso, engullendo árboles y rocas a su paso.
—Es invencible… —expresó derrotada Astrid, pensando que la única salida era huir.
—Tal vez no… —señaló Elsa uno de los brazos del monstruo—, mira.
El monstruo había conseguido reponerse de todos y cada uno de sus ataques, excepto de uno. El brazo que Elsa había congelado con su magia y que la dragona había calcinado con fuego se había desvanecido, dejando solo el rastro de una costra calcinada.
—Es demasiado peligroso, no puedo permitirlo—le advirtió Astrid—. Nos vamos, ahora.
Elsa dudó.
—No puedo dejar que esta cosa esté suelta por el bosque y pueda llegar hasta Arendelle—dijo inflexible.
—Ni yo que te maten—justificó Astrid.
Después de todo ella era un soldado y sabía de la importancia de la reina en la guerra que estaba por venir. Sin embargo, cuando vio la determinación en los ojos de Elsa fue como verse en un espejo.
Astrid maldijo mentalmente a todos los dioses que sabía nombrar, pero aceptó que Elsa llevaba razón. La vikinga le puso la mano en el hombro y la miró muy seria.
—Podemos hacerlo—intentó animar a Elsa y convencerse a sí misma—, pero ante el menor titubeo, nos vamos.
Elsa asintió.
—¿Cuál es el plan? —preguntó Astrid con una sonrisa, intentando mantener la cabeza fría.
Elsa se la devolvió.
Fuego y hielo.
La vikinga se subió a Tormenta y comenzaron a distraer al monstruo y a molestarlo mientras Elsa se metió entre los árboles y buscó el punto débil de aquella cosa. Sin duda tenía que alejarse de aquel brazo de roca. Tal vez si congelaba el suelo…
Elsa siguió corriendo hasta colocarse prácticamente a las espaldas del monstruo que estaba distraído intentando atacar a Astrid. Una vez lista, salió de entre los árboles y posó sus manos en el suelo, congelando con su magia todo a su alrededor e inmovilizando a la bestia, que se quedó anclada sin poder moverse. Sin embargo, rotó sin problemas el eje de su cuerpo deforme de barro y tierra y rugió en dirección a la reina que alzó sus brazos y le lanzó un rayó de hielo. El monstruo le respondió de la misma manera.
Ambos rezumbaban tanta magia que Astrid comenzó a notar que todo se desestabilizaba a su alrededor. La tierra comenzó a temblar, los pájaros huyeron de los árboles y su dragona comenzó a ponerse muy nerviosa, tanto que empezó a perder altura y a graznar.
—Tranquila chica—la acarició Astrid preocupada—. Aguanta un poco más.
Abajo Elsa se medía con aquella bestia. La reina nunca había dejado escapar sus poderes con tanto descontrol y aquello en parte le supuso casi una liberación. Sentía la magia rebozar por todos los poros de su cuerpo y aunque por un momento le flaquearon las fuerzas y le dolían los golpes que había recibido, lo único que podía sentir es que el bosque la llamaba y abrazaba su magia con una conexión que iba más allá de lo inexplicable.
Y entonces sintió su llanto.
El espíritu gritó iracundo, pero se fue mermando, congelándose poco a poco y debilitando su ataque. La reina se lanzó con paso decidido hacia él, con aquel rayo de hielo en sus manos, pero movida por la intuición y el bosque, olvidándose del plan inicial de calcinar a ese monstruo.
Astrid se alarmó al verla, sin saber qué estaba haciendo. Elsa se acercó hasta poder tocar con sus manos el cuerpo prácticamente congelado y gigantesco de ese monstruo de barro y lo abrazó, siendo engullida por él.
La vikinga perdió la respiración al verla y se lanzó con su dragona en picado para detener aquella locura. De repente, un brillo mágico comenzó a emanar de la figura congelada de tierra, un brillo cegador y paralizador que culminó en el instante en que el espíritu se rompió en mil pedazos. Astrid y Tormenta fueron despedidas por la onda expansiva, cayendo contra unos árboles a varios metros.
Esta vez Astrid tardó un rato en recuperar el conocimiento, aturdida y confundida, arropada por el cuerpo de su dragona en el suelo. Ambas estaban cubiertas de barro por la exposición y un hilo de sangre le manchaba el hombro a Astrid. Sin embargo, al ver que la sangre no era suya, lazó una mirada de terror hacia su dragona, buscando asustada el latido de su corazón. Se relajó al comprobar que latía y que la dragona respiraba con normalidad, aunque se había herido un poco el ala. Se abrazó a ella aliviada y la tranquilizó, ya que parecía totalmente aterrada. Fue entonces cuando se puso en pie, aun con cierto tambaleo, y se lanzó a buscar a Elsa.
—¡Elsa!
La vikinga se puso en pie en aquel mar de barro y rocas y tras unos instantes de pánico, pudo distinguir la figura de Elsa cubierta de barro en el suelo, en el espacio que antes ocupaba la criatura. Astrid corrió tan rápido como le permitieron las piernas y se arrodilló junto a Elsa, abrazando su cuerpo y limpiándole la cara llena de barro.
—Por los Dioses Elsa dime que estás bien—pidió al borde de la taquicardia.
Se llevó la oreja al pecho de la reina, incapaz de comprobar si había latido o no en aquel mar de barro y tela mojada. Sin embargo, no le hizo falta, porque Elsa empezó a toser y a escupir barro.
—Oh Dioses Elsa—clamó aliviada la vikinga, dándole algunos golpes suaves en la espalda para que pudiera escupir—, no vuelvas a hacerme eso jamás o la próxima vez te mato yo misma con mis propias manos.
Elsa intentó limpiarse el barro de la cara y los ojos con una mano.
—Menos mal que tú también estas bien—dijo agradecida al ver a Astrid.
—¿Estás loca? —le recriminó entonces la vikinga—. Ese no era el plan.
—Lo siento—se disculpó, acercando entonces la mano a Astrid, mostrándole lo que tenía en ella—, pero el bosque me habló en el último momento.
Astrid tuvo que parpadear varias veces para vislumbrar lo que Elsa tenía en la mano. Era una criatura pequeña, de color marrón y ojos saltones, mitad topo mitad erizo, al que le faltaba una pata que tenía como calcinada. Sin embargo, era fácil observar a simple vista que no se trataba de un animal.
—¿Es…? —intentó preguntar, confundida.
—El espíritu del bosque—la sacó de dudas—. Esta debe ser su forma cuando no está colérico.
Elsa lo dejó entonces en el suelo y aunque la criatura se quedó unos instantes observándolas, terminó por desaparecer.
—Ya podíamos habérnoslo encontrado así de primeras… —se quejó Astrid, todavía con cierto temblor en el cuerpo—. ¿Crees que puedes ponerte de pie?
Elsa asintió y con ayuda de la vikinga se puso en pie.
—Alguien ha perturbado la energía del bosque—le reveló entonces Elsa—. Estoy segura que por eso estaba así el espíritu y no están aquí los Trolls.
Astrid asintió, intentando razonar todas aquellas cosas que su mente racional no podía creerse.
—Está bien—aceptó a medias—. Qué propones que hagamos entonces.
—Creo que es magia negra—teorizó—. Y si es así, debe estar escrita con runas en alguna parte. Tenemos que encontrarlas y borrarlas.
Hasta ese momento Astrid no había reparado en lo mucho que se parecían Hipo y Elsa. Escuchar a la reina hablar o proponer planes era casi prácticamente como oír al vikingo, con ese mismo ímpetu y esa forma de anteponer el bien común por encima de sus propias necesidades. Sobre todo porque la reina todavía estaba intentando limpiarse el barro de la cara y ya estaba dispuesta a buscar runas y salvas a los supuestos Trolls.
—Anda, déjame que te ayude—se ofreció Astrid, al ver que la reina se frotaba con dificultad los ojos llenos de barro.
La vikinga intentó ayudar a Elsa a limpiarse un poco la cara, usando la manga medio sucia bajo sus brazaletes, la cual sorprendentemente apenas tenía barro.
—Me escuecen un montón los ojos—expresó Elsa, intentando no ponerse nerviosa por el repentino acercamiento de Astrid.
—A mí también—concordó la vikinga—. Creo que me ha entrado barro hasta en sitios indecibles.
Elsa la miró y no pudo evitar reírse ante el atrevimiento de su comentario.
Escucharla reír fue un alivio para la vikinga, quien realmente había temido por la vida de la reina instantes antes. Elsa sin duda era más fuerte de lo que hubiera imaginado y más cuando durante los entrenamientos no paraba de tropezar, quejarse y rendirse. Otra cualidad en la que se asemejaba a Hipo, ya que a la hora de la verdad los dos daban más del cien por cien de sí mismos.
—Estamos espantosas—observó entonces Astrid para quitarle hierro al asunto.
Y no se equivocaba, porque las dos estaban cubiertas de barro de pies a cabeza.
—Menos mal que no hay nadie de mi corte aquí…
—¿Qué pasa? ¿Está prohibido ver a la reina fea? —bromeó Astrid.
Elsa sonrió como una tonta.
—Sería un despropósito.
Astrid sintió el extraño impulso de abrazarla, imaginó que todavía por el miedo en el cuerpo. Sin embargo, no lo hizo, confundida por aquel extraño pensamiento.
—Bueno, vamos a buscar entonces runas, ¿no? —dijo para cambiar de tema y alejarse un poco de la reina—. ¿Dónde crees que debemos buscar? Este bosque es enorme.
Elsa se llevó la mano a la barbilla, pensativa.
—Los Trolls se presentan en forma de rocas, así que seguramente las runas deben estar marcadas en ellos o en el suelo—dedujo—. Es justo aquí donde habitan, así que no pueden estar muy lejos.
Astrid asintió, captando esta información y poniéndose manos a la obra. La vikinga fue primero a atender a su dragona, que se lamía la herida de su ala para limpiarla de barro. Al menos había conseguido parar también la hemorragia, lo que tranquilizó a la rubia. Una vez se aseguró que Tormenta estaba bien, se sumó a la búsqueda de la reina.
Estuvieron un buen rato buscando mientras el sol comenzaba a caer. Al principio no se alejaron mucho, pero al rato se adentraron más y más en el bosque. Sin embargo, lo único que encontraron fue al caballo de Elsa medio moribundo, con un corte en el estómago provocado por la caída de un árbol. Elsa lo acarició con cariño, sin poder creerse que aquel leal y dócil animal pudiera tener ese final tan cruel. Astrid, mucho más acostumbrada a la muerte que Elsa, hizo uso de su don de la piedad, ese mismo que había luchado por la vida de un pájaro que tenía posibilidades de vivir, pero que también dio muerte limpia al caballo de Elsa, para que el animal no sufriera.
Astrid susurró unas palabras que Elsa no comprendió al sacar la navaja del cuello del animal, pero por su expresión dedujo que se trataba de algún rezo vikingo.
Decidieron volver al claro del valle, algo desalentadas por el suceso y por el silencio que se había impuesto entre ellas. Por un momento pensaron que no encontrarían nada antes del anochecer, cuando Astrid llamó a Elsa.
—¡Elsa mira! ¡Aquí! —la llamó enérgica.
La reina se acercó a ella inmediatamente, agachándose hasta el lugar que indicaba Astrid.
—Tenías razón… —dijo la vikinga, rozando con sus dedos la marca de una runa escrita con sangre sobre una roca.
Aquella runa no se parecía a la de los dibujos de Hipo, pero aun así rezumaba magia negra. Ambas emplearon gran parte de sus esfuerzos en borrar la marca hasta que pidieron ayuda de Tormenta y su saliva. Aquella marca, no obstante, no fue más que el principio. Había todo tipo de runas alineadas junto con ésta, trazando un círculo que peinaba toda la zona. Cuando terminaron de borrar la última marca, el bosque entero se sumió en un profundo silencio.
Y tras esto volvió a temblar la tierra.
—¿Crees que ha vuelto el espíritu? —preguntó Astrid a Elsa.
—No… —agudizó su magia—. Son los Trolls.
—.—.—.—.—.—.—
Tras su encuentro con Lena, Hipo decidió que lo mejor después de todo sería mantener la cabeza ocupada y tras avisar a los jinetes para que empacaran, se fue a la armería improvisada a seguir trabajando. Le hubiese gustado hablar con Astrid sobre el tema y desahogarse, pero por alguna razón no la encontró en el castillo y supuso que estaría volando.
En la armería se encontró con Patapez y Kristoff, quienes habían hecho buenas migas y que charlaban animadamente. El vikingo se esforzó por parecer tranquilo y ser agradable, pero al rato se alejó de ellos y se puso a trabajar en soledad, moldeando piezas mientras intentaba alejar la ansiedad que le había creado la idea de estar atrapado en ese reino para siempre.
Kristoff y Patapez se marcharon al poco de oscurecer, intentando convencer a Hipo de que se fuera a cenar con ellos. Sin embargo, Hipo declinó la oferta y mintió diciendo que no tenía hambre.
De alguna forma agradeció que ambos lo dejaran allí solo a la luz de la lumbre rodeado de todo aquello que le era familiar. Del olor a ceniza y hierro caliente. Posiblemente sería lo más cerca que estaría de su hogar en una temporada, pensó con tristeza.
Un ruido sin embargo terminó sorprendiéndole en la oscuridad.
—Dioses, Bocón qué susto—maldijo Hipo al ver que se trataba de su maestro.
—Perdona chico, no quería asustarte—se disculpó Bocón, que parecía intranquilo.
—Por favor, si has venido a pedirme que me disculpe con mi padre, márchate—pidió Hipo, algo huraño.
—No he venido a eso—dijo algo inquieto—, pero tampoco estaría mal que ambos asentarais el hacha de guerra para variar.
Hipo no le respondió, esperando que su maestro le dijera de una vez qué quería.
—Hipo, estoy aquí porque necesito que me digas si Astrid está aquí contigo.
Hipo chasqueó la lengua, incrédulo y enfadado.
—¡Por los Dioses! ¿Tú también? ¿Qué os pasa a todos…?
Sin embargo, su maestro lo interrumpió.
—La reina ha desaparecido—anunció, haciendo que Hipo enmudeciera.
—¿Cómo? —preguntó desconcertado—. Estará en alguna parte del castillo, ¿la han buscado?
Bocón suspiró intranquilo.
—Sí, durante horas y no hay rastro de ella…—explicó—. Ni de Astrid.
Aquello desconcertó muchísimo a Hipo.
—Estarán entrenando en algún sitio… —intentó buscarle alguna lógica.
Bocón apretó la mandíbula.
—Hipo, tu padre ha anunciado al consejo de Arendelle que mañana mismo nos marchamos—le explicó Bocón algo impaciente—. Y justo entonces ha desaparecido su reina… y…
—¿Y? —lo instó a continuar.
—Y la amante del rey—terminó con cierta ironía.
Sin embargo, Hipo comenzó a entender qué estaba pasando.
—Es ridículo—se apresuró Hipo—. Deben estar en alguna parte, todos saben que llevan unas semanas entrenando juntas, se les habrá hecho de noche.
—Hipo—dijo más serio Bocón—. Tú y yo conocemos a Astrid, pero el consejo de Arendelle no. La cosa se está poniendo tensa, se piensan que Astrid puede haber matado a la reina.
Hipo no supo cómo reaccionar ante aquello. Astrid nunca haría una cosa así y menos cuando lo suyo con la reina era claramente una falsa. ¿Pero y si les había ocurrido algo?
—Astrid nunca haría eso—dijo con firmeza Hipo—. Y parece que se olvidan que su reina tiene poderes mágicos… Tal vez les ha pasado algo…—caviló—. Voy a ir a buscarlas.
Hipo dejó lo que estaba haciendo y se quitó el delantal, apresurado.
—Por los Dioses Hipo, lo último que necesitamos es que tú también desaparezcas—lo reprimió Bocón—. He venido para asegurarme que Astrid no está contigo y para que vengas con nosotros.
Hipo iba a quejarse de que tal vez Elsa y Astrid estaban en peligro, o lo que es peor, que habían sido sorprendidas por Drago o el cazador de dragones, sin embargo, al ver la expresión de Bocón, supo que la cosa era bastante seria.
—¿Llevas tu espada contigo? —le preguntó Bocón.
Hipo asintió, tenso.
—Pues coge algo más por si acaso… —dijo, cogiendo él mismo una pequeña navaja de la mesa y escondiéndosela en el cinturón.
—.—.—.—.—.—.—.—
Astrid tragó saliva y decidió confiar en Elsa mientras la tierra volvía a agitarse bajo sus pies. Apenas quedaban algunas luces del día y el bosque se había enturbiado con un aire fresco y espeso que las rodeaba como el canto de una serpiente.
De repente, para sorpresa de la vikinga, las rocas empezaron a moverse y a rodar hacia ellas. Astrid tuvo que ahogar un grito en su garganta de la impresión, pero guardó la compostura y más cuando Elsa parecía tan relajada y expectante. Incluso aliviada.
A medida que se acercaban, aquellas rocas comenzaron a transformarse, tomando una forma casi humana, dibujando rostros sobre los líquenes y abriendo los ojos en la superficie de sus asperezas. Astrid agarró su hacha por si acaso, dispuesta a defenderlas cuando una roca emitió una voz, que llamaba con dulzura a la reina.
—¿Elsa? —gritó una de aquellas rocas.
—Bulda—reconoció Elsa a la roca, agachándose a su altura.
Aquella roca terminó de transformarse, ahora mucho más humana pese a su color y estatura.
—Oh criatura, ¿qué te ha pasado? —dijo con preocupación aquella roca, acercándose a Elsa para limpiarle un poco la cara con sus manitas de roca—. ¿Y mi Kristoff? ¿Por qué has venido tú sola?
—¿Estáis todos bien? —fue la única respuesta que le dio la reina, con un mal presentimiento— ¿Dónde está Gran Pabbie?
La mujer roca lanzó una mirada a los suyos.
—Por suerte el encantamiento ha desaparecido, estamos todos bien majestad—respondió—. Gran Pabbie empleó mucha magia en llamarla, gracias al gran bosque que habéis acudido.
—¿Pero está bien? —siguió preguntando intranquila.
La mujer no respondió inmediatamente.
—Seguidme—se limitó a decir, incluyendo también a Astrid, que hasta ahora era el principal foco de atención de los trolls.
Ambas mujeres siguieron al troll hasta adentrarse un poco más en los límites del bosque, llegando a un claro donde una roca descansaba entre el musgo. Astrid no entendía demasiado bien qué estaba pasando y menos cuando estaba rodeada de rocas parlanchinas, pero Elsa enseguida comprendió dónde estaba el problema y corrió hacia la roca.
—Gran Pabbie—lo llamó, poniéndose de rodillas junto a la roca.
La roca respiraba tranquila, donde podía reconocerse el rostro del troll. Sin embargo, por alguna razón, no había conseguido hacer la transformación completa y tenía el cuerpo fusionado con la maleza del bosque.
—Reina Elsa—dijo el troll con voz cansada—, alabado sea el bosque por escuchar mi súplica.
—Gran Pabbie, ¿qué os ha pasado? —dijo asustada—. Vine en cuanto escuché vuestra llamada.
El troll se removió un poco, intentando incorporarse sin mucho éxito.
—Elsa, corréis un grave peligro—advirtió el chamán—. Desde hace semanas hay energía maligna en estas tierras. Alguien está intentando desvelar los secretos del bosque.
Astrid escuchó aquello con más atención, enfocando sus esfuerzos en oír la conversación de Elsa con aquella roca. Fue entonces cuando sintió una mano apoyarse en su gemelo.
—Acércate—le dijo con una sonrisa la troll de antes—. Vamos.
Astrid asintió, agradecida de su calidez, —a pesar de ser una roca. Con cautela se acercó hasta Elsa y se agachó junto a ella. Gran Pabbie la miró entonces, con un gesto que Astrid no supo descifrar.
—¿Sabéis quién os ha hecho esto? —siguió preguntando la reina.
—No pudimos verle, nos pilló desprevenidos y cuando alcanzamos a darnos cuenta era ya demasiado tarde…
—Debo poneros a salvo—sentenció Elsa con firmeza—. Puedo intentar protegeros con una barrera de hielo…
Sin embargo, el anciano negó con la cabeza, buscando con sus brazos anclados a la roca las manos de la reina.
—Tal vez es hora de que os cuente una vieja historia reina Elsa—dijo el troll—. Los símbolos que me enviasteis son unas runas arcaicas que sirven para usar la magia del bosque.
—¿La magia del bosque? —se sorprendió Astrid preguntando en voz alta.
—Así es… —tosió el troll, comenzando a relatar—:
"Hace muchos años, cuando tu tatarabuelo no era más que un niño, esta tierra estaba plagada de magia y seres de leyenda. El bosque, mucho más vivo y fuerte que nunca, reinaba por encima de todos y todo y protegía bajo sus ramas a todo aquel que buscara cobijo. Por aquel entonces, los humanos vivían en armonía con las criaturas del bosque. Sin embargo, sus corazones se llenaron de envidia ante el poder de las criaturas mágicas y osaron pedirle al bosque el don de la magia. El bosque pensó que tal vez aquello era justo, pese a la naturaleza inestable de los hombres, así que decidió aceptar que los humanos aprendieran la magia, siempre y cuando la merecieran. Con el paso de las décadas, algunos humanos consiguieron dominar la magia. No obstante, y pese a las advertencias del bosque, comenzaron a usarla para someter al resto de criaturas. Sin embargo, lo que no esperaba nadie es que comenzaran también a someter a los de su propia especie, haciendo que los humanos que no consiguieron dominar la magia miraran con terror y recelo al resto de sus hermanos. Así fue cómo pronto se comenzó a perseguir entre los humanos a todo aquel que usaba la magia, lo que no tardó en desatar una guerra que duró casi treinta años. En ella disputaron todas las criaturas sin excepción por el control de la magia y la supervivencia: trolls, hadas, ninfas, ogros, elfos, dragones… Fue una carnicería sin sentido. Sobrevivieron pocos y muchas razas se extinguieron. Sin embargo, el bosque y su sabiduría cubrieron el cielo de niebla y desató una gran tormenta que duraría diez años. Durante este tiempo, el bosque llamó a sus seres a refugiarse en sus ramas, dándoles la oportunidad de redimirse y unirse a él. De este modo, las hadas se fusionaron con el viento, las ninfas con los árboles, los ogros con la tierra, los elfos con la maleza y los trolls con las rocas. Sin embargo, dragones y humanos, mucho más orgullosos, decidieron que no se unirían al bosque y libraron su propia guerra hacia la liberación. Pero el tiempo había pasado y la guerra había destrozado tantas familias que los propios humanos siguieron dividiéndose. Aparecieron así quienes cazaban dragones y quienes buscaban protegerlos con la esperanza de recuperar el perdón del bosque. Fue así como una noche Ørndal se terminó de fragmentar cuando los humanos prendieron fuego al bosque mágico. Ardió durante semanas hasta que perdió toda su magia y maldijo a los humanos con la incapacidad para usarla. La poca magia que quedó del bosque se marchó al norte, donde acogió a algunos dragones heridos y a humanos que aun tras perder la magia, seguían adorando al bosque; entre ellos uno de los herederos al trono de Ørndal, el hermano mayor de tu bisabuelo, Elsa. El resto de la historia ya la sabrás. De los tres hermanos, tu bisabuelo Iuk se quedó con lo que hoy es Arendelle y su otro hermano Feyko con los reinos del sur".
Ambasmeditaron un segundo las palabras de Gran Pabbie, mientras hacían sus propias cavilaciones en sus cabezas.
—¿Quiere decir que estas runas pertenecen a la magia de entonces? —preguntó Elsa.
—Estas runas usan magia prohibida y fueron creadas por los humanos que intentaban seguir usando la magia cuando el bosque se la negó—explicó—. Pensé que moriría antes de volver a verlas.
—Las habían usado con un dragón—recordó entonces Astrid el relato de Hipo.
Gran Pabbie volvió a mirarla un segundo, quedándose largo rato en silencio, como si viera algo en ella que la propia Astrid no comprendía todavía.
—Los dragones—dijo entonces—, son criaturas mágicas que no pueden usar la magia, pero eso no significa que no fluya por sus venas. Las runas que me enviasteis pertenecen a un ritual de adivinación, pero están trazadas por alguien muy poco poderoso.
—¿Un ritual de adivinación? —preguntó Elsa, cauta.
—Así es—aclaró el troll—, el futuro se ve en las tripas de los animales y se tinta con su sangre, pero solo un animal como un dragón puede revelar algo realmente importante.
Elsa entendió a qué se refería.
—¿Crees que alguien está intentando despertar de nuevo al bosque?
—Eso me temo… —dijo—. Y no con buenas intenciones…
—Señor—interpeló Astrid—, nuestro enemigo está buscando a un cazador de dragones en estas tierras, ¿cree que podría ser la misma persona que hizo ese ritual?
—Podría ser… —respondió—. Aunque también temo que no esté solo. Alguien sabe que nos pedisteis ayuda reina Elsa—la interpeló—, de no ser así no nos hubieran conjurado. He visto a vuestro pueblo arder Elsa, y aunque el futuro todavía se está escribiendo, debéis velar por vuestra gente y ponerla a salvo cuanto antes.
Aquello llenó a Elsa de congoja y terror, haciéndole perder la respiración durante un segundo.
—¿Y qué puedo hacer? —preguntó atemorizada.
—Sobre eso no tengo conocimiento, mi señora.
De repente, otra idea pasó fugaz por la cabeza de Elsa.
—¿Mi magia…? —intentó formular.
—Vuestra magia no es maligna, si eso es lo que os preocupa—se adelantó el troll—. Vuestra magia además no es como la de aquellos magos de entonces. Vos no la habéis aprendido, vos nacisteis con ella y aunque no tengamos explicación para eso, dudo mucho que esté ligada a la guerra de vuestros antepasados.
Elsa tragó saliva, sin saber si aquello la aliviaba o no. Por un momento pensó que le había encontrado sentido a su magia, pero toda certeza volvía a desvanecerse.
—Marchaos cuanto antes—pidió entonces el chamán—, pronto terminará de oscurecer del todo. Podéis lavaos un poco si queréis en el manantial de los trolls y podéis lavar también la herida de vuestra dragona.
Astrid asintió agradecida.
—¿Hay dragones tras la niebla del bosque? —formuló entonces Elsa al chamán.
El troll torció el gesto.
—Los hubo—reveló Gran Pabbie con un hilo de voz casi extinto—. Si ahora los hay, es imposible saberlo.
Elsa digirió aquello algo desalentada, pero agradeció la voluntad del troll. Al menos aquello validaba su teoría sobre la existencia de dragones en Arendelle, aunque volviese a toparse con un callejón sin salida.
La reina besó la frente del troll y se levantó, buscando la mirada alentadora de Bulda, la madre adoptiva de Kristoff, quien le hizo un gesto para indicarle dónde estaba el manantial. Astrid iba a ponerse en pie para seguirla cuando el chamán la detuvo entre susurros.
—Joven—la llamó—, el destino os tiene preparados grandes planes, pero he de advertirte que tendrán un precio demasiado alto.
Astrid se asustó al oírle, quizás por la seriedad de sus palabras y su aspecto no humano.
—¿Qué planes? —preguntó.
—Llegado el momento lo entenderás—Gran Pabbie la miró entonces con cierta tristeza—. Y deberás tomar una decisión.
—Soy una guerrera, sea cual sea el precio estaré dispuesta a pagarlo con mi vida si es necesario—dijo, intentando sonar segura.
—No lo dudo, Astrid—le sonrió—. Qué bello nombre os dieron los Dioses, ya debieron augurar vuestro futuro.
Astrid se asustó de que aquel ser supiera su nombre, pero sobre todo de que supiera algo sobre su futuro que al parecer no estaba dispuesto a revelar.
—El futuro cambia a cada segundo—le dijo casi leyendo sus pensamientos—. Lo único que está escrito es que tanto la guerra como la paz se firman con sangre.
Astrid tragó saliva, viendo cómo el ser cerraba los ojos exhausto.
—Tened cuidado y por favor, proteged a la reina—suplicó perdiendo la energía en sus palabras.
Astrid dudó, pero colocó la mano sobre su pecho de piedra, que se elevaba con dificultad. Pudo sentir entonces la vida en aquella roca y una extraña sensación de abundancia la recorrió con suavidad.
—Astrid—la llamó entonces Elsa, consciente de que Gran Pabbie necesitaba descansar—. Vamos.
Elsa le tendió la mano y ayudó a Astrid a ponerse de pie. Justas fueron guiadas por los trolls hasta el manantial, donde ambas se lavaron las manos y la cara. El barro en sus ropas se había secado y ahora era una mezcla de polvo y roca quebradiza que hacía que cargasen con un peso muerto sobre sus hombros. Elsa dudó de si tal vez sería prudente lavar al menos los bajos de su traje, consciente de que era algo tarde y debían regresar. Sin embargo, Astrid no pareció dudarlo demasiado cuando se metió en el manantial.
Al principio Elsa no entendió qué estaba haciendo hasta que vio que Tormenta tenía un ala torcida y manchada con sangre seca. Por esta razón Astrid se quitó sus brazaletes, sus hombreras y sus botas y se metió en el manantial con ropa, para ayudar a su dragona a entrar y limpiarse las heridas y el barro del cuerpo, ya que el animal parecía muy inseguro y alterado.
—Tranquila, chica—le dijo Astrid con dulzura, acariciando su hocico y adentrándose junto a ella en el agua—. Tenemos que quitarte ese barro. No voy a dejar que te ahogues, vamos. Si haces pie de sobra, tonta.
Elsa no cabía en su asombro de cómo los vikingos podían entenderse con esas criaturas, ni cómo Astrid estaba dispuesta a meterse en el agua helada hasta la cintura con tal de quitarle el barro y la sangre seca al animal.
La dragona mantuvo relativamente la calma mientras Astrid le echaba agua en la herida y la limpiaba.
—Eso es, buena chica—la apremió al terminar, ayudándola también a salir del agua.
La dragona se sacudió el agua casi como un perro y se secó las patas con su lengua. Astrid, aprovechando que ya estaba empapada, se enjuagó de paso los brazos que llevaba desnudos al haberse quitado todas las protecciones con las que solía cubrírselos.
Elsa no podía apartar la mirada de ella, sin saber por qué esa mujer podía verse tan hermosa hasta cubierta de barro, lavándose simplemente los hombros desnudos bajo la luz de la luna, que ya asomaba con timidez.
—¿A ti no te pasa? —preguntó entonces Astrid, saliendo del manantial, con los pantalones mojados hasta la cadera.
—¿Qué? —preguntó Elsa saliendo del trance.
—¿No me has escuchado? —arrugó el gesto Astrid—. Da igual, yo también tengo barro hasta en las orejas—cambió de tema—. Será mejor que volvamos ya, dudo que Tormenta pueda volar en este estado e imagino que estamos a dos horas andando.
—Sí, claro, vamos—recuperó la compostura Elsa.
Se despidieron de los trolls de manera cariñosa, mientras las criaturas volvían a su mezclarse con el paisaje hasta desaparecer. Tras esto echaron a andar silenciosas por el bosque, esquivando matorrales y salientes rocosos hasta que encontraron el camino de tierra principal que llevaba hacia Arendelle. Astrid al menos agradeció que Tormenta no se hubiese hecho daño en las patas y pudiera seguir su ritmo. Caminaron prácticamente una hora en silencio, cada una perdida en sus propios pensamientos.
Elsa no hacía más que pensar en el pasado de su reino y en la posibilidad de que quedaran dragones vivos tras la niebla. Probablemente el furia nocturna que Hipo había encontrado muerto provenía de aquel lugar. ¿Serían esos dragones inmortales y por eso los buscaba Drago? Hipo había encontrado al dragón muerto, pero luego su cuerpo había desaparecido según las palabras del vikingo. Así que tampoco era una posibilidad tan descabellada.
Otro asunto que pululaba en su cabeza era el tema de sus poderes. A lo mejor Gran Pabbie se había equivocado y sí que la magia de Elsa tenía que ver con aquel pasado incierto… ¿habría entonces más como ella al otro lado de la niebla?
Astrid también iba sumergida en sus propios pensamientos, ya que no podía parar de pensar en las palabras que le había dicho el chamán y en un gran sacrificio. Ella nunca había temido a la muerte ni a la batalla, pero en aquel instante la idea de morir se había materializado y debía admitir que le aterraba, sobre todo por todas las cosas a las que renunciaría.
—¿Qué te ha dicho antes Gran Pabbie? —rompió entonces Elsa el silencio entre ambas.
—Nada—ignoró la pregunta Astrid—, que proteja a la reina.
Elsa suspiró y le sonrió en la oscuridad.
—¿Qué crees que debo hacer si realmente Arendelle está en peligro?
Astrid meditó aquello un instante.
—Sé que es vuestro hogar, pero tal vez debéis abandonarlo o al menos poner a la gente a salvo.
—Quizás tengas razón… —murmuró Elsa, acariciándose la muñeca, gesto que no pasó desapercibido por la vikinga.
—¿Te sigue doliendo?
—Un poco.
—¿Puedo?
Astrid paró de caminar y sujetó con ambas manos la muñeca de Elsa, inspeccionándola.
—¿Te duele si te aprieto aquí? —la pulsó con cuidado.
Elsa siseó.
—Un poco.
—Pero puedes moverla, ¿verdad?
Elsa asintió y le mostró que podía girarla, aunque con algo de torpeza. Astrid se quitó entonces uno de sus brazaletes y se lo ajustó a Elsa con cuidado, —pero con firmeza—, alrededor de la mano y el brazo, inmovilizándoselo.
—Intenta no moverla—le aconsejó—. No creo que sea nada, seguramente solo te la has doblado, pero por si acaso, mejor prevenir que lamentar.
Elsa le agradeció el gesto y retiró con algo de timidez la mano cuando la vikinga terminó. Volvió a implantarse entre ellas el silencio, hasta que comenzó a avistarse a lo lejos las primeras luces de Arendelle.
—Por cierto, Astrid—se aventuró al fin Elsa tras un rato intentando hablarle—. Quería darte las gracias por… bueno, por seguirme y protegerme. La verdad es que tenías razón, fue una insensatez ir yo sola.
La vikinga se sorprendió de la honestidad con la que Elsa le decía aquellas palabras, posiblemente porque estaba habituada al ego superlativo de los vikingos.
—Tranquila, estoy acostumbrada a salvarle el culo a temerarios.
Ambas se sonrieron, teniendo en mente posiblemente a la misma persona.
—Estoy segura que encontraremos la manera de proteger a tu gente Elsa—dijo entonces Astrid—. En cuanto lleguemos, buscamos a Estoico y a Hipo y seguro que hallamos una manera.
—Eso espero.
—Ya verás—la alentó—. Hipo es un desastre para muchas cosas, pero es un genio resolviendo problemas —luego sonrió para sí— y metiéndose en ellos también.
Elsa no pudo evitar dibujar una sonrisa en su rostro. Posiblemente era la segunda vez que sacaban el tema 'Hipo' entre ellas, pero a diferencia de la otra vez, no les resultó violento.
—Espero que tengas razón—respondió Elsa con una sonrisa triste—. Últimamente no le veo sentido a nada y me aterra no saber a qué nos enfrentamos. Temo que mis poderes no sean suficientes.
Astrid le puso una mano en el hombro, alentándola.
—Elsa, tus poderes son increíbles—dijo sin un atisbo de duda en la voz—. Y tras verte hoy tengo que decir con orgullo que eres toda una guerrera. No solo tienes poderes, sino que tienes instinto. ¿Recuerdas la lección de esta mañana? Puede que Hipo y tú parecierais dos patos mareados que no sabían ni dónde tenían la cabeza, pero la finalidad del ejercicio era analizar al otro y encontrar tu propio instinto y esta tarde lo has demostrado con creces.
Elsa se sonrojó ante aquel cumplido, sin saber muy bien qué decirle.
—Gracias… —respondió con timidez.
—No me las des, lo has hecho tú sola—le sonrió la vikinga—. Eso sí, a partir de mañana doblamos el entrenamiento. Te juro que es la última vez que algo o alguien hace daño a mi dragona.
El animal pareció entenderla, porque bajó la cabeza y la colocó entre ambas, buscando atención. Elsa se atrevió a acariciar su hocico caliente, encontrándose con la mano de Astrid. Por supuesto ambas las separaron inmediatamente, sonriendo nerviosas por aquel reflejo involuntario.
—Astrid—se animó Elsa—. Quiero… me gustaría que me enseñaras a volar.
Astrid asintió, complacida porque al fin hubiese tomado esa decisión.
—Por supuesto, cuenta con ello.
Siguieron caminando un rato más por la oscuridad hasta llegar a Arendelle, donde los soldados reaccionaron de inmediato al verlas. Elsa y Astrid no se extrañaron al principio de ver a tantos soldados, acostumbradas ya al incremento de vigilancia, sobre todo por la noche. Lo que no se imaginaron es que los motivos de su alerta fueran ellas.
—¡Reina Elsa! —gritaron aliviados al verla, corriendo hacia su reina.
Ambas se miraron sin comprender, hasta que de repente los soldados se echaron sobre Astrid y la inmovilizaron, como si de una ladrona se tratase. Tormenta no dudó en ponerse en posición de ataque, dispuesta a calcinar a esos hombres si no fuera porque Astrid le gritó que no lo hiciera.
—¡Pero qué diablos estáis haciendo! —les increpó Elsa, apartando al guardia que se había interpuesto entre ellas para proteger a la reina—. ¿Qué está pasando? ¡Soltadla ahora mismo!
Los guardias dudaron un segundo, pero la severa mirada de la reina los hizo soltar a la vikinga de inmediato.
—Reina Elsa —habló uno de ellos—, vuestro consejo cree que esta mujer quiere mataros.
—¡Cómo! —chilló Astrid incrédula, terminando de soltarse del agarre de esos hombres.
Elsa había luchado codo con codo con Astrid aquella misma tarde y había visto cómo la vikinga casi se había ahogado en el fango con tal de sacadla de allí. Sin embargo, aquella revelación le implantó la duda, sobre todo porque no sería la primera vez que alguien cercano la traicionaba.
—Yo no quiero matar a la reina—se defendió Astrid—. Por todos los Dioses, ¿dónde está el jefe de mi tribu? Exijo ahora mismo que se le avise de este trato.
—Avisad al consejo de que hemos llegado—dijo la reina seria.
Luego miró a Astrid, buscando alguna señal que le disipara aquellas dudas. La vikinga la había seguido en el bosque supuestamente por si corría peligro sola, pero ¿y si de verdad la había seguido para matarla? ¿Tenía motivos para ellos? Bueno… la reina se había casado con su prometido. Y los trolls habían dicho que alguien de dentro la había traicionado.
Astrid pareció percatarse inmediatamente de las dudas de Elsa, sobre todo porque inconscientemente la reina dio un paso atrás, alejándose levemente de ella.
—No lo puedes estar pensando en serio… —le recriminó Astrid, herida.
Elsa vio entonces que se había equivocado.
Lo notó en la mirada de decepción de Astrid, esa misma que una vez vio en Anna. Iba a decir algo, posiblemente disculparse, cuando ambas oyeron la voz de Hipo y Estoico salir del castillo y correr hacia ellas.
—¡Por todos los Dioses! —exclamó Hipo al verlas apartando a los guardias—. ¿Estáis bien? ¿Qué ha pasado?
Era una obviedad que ambas lucían terribles aunque se hubiese quitado el barro de la cara y los brazos. Tenían sus trajes manchados de tierra, la ropa algo rasgada y el pelo despeinado. Astrid tenía además la camiseta algo manchada con la sangre seca de Tormenta y Elsa se había raspado el codo de un brazo cuando cayó al suelo en plena pelea. Sin duda cualquiera podía pensar que habían intentado matarse la una a la otra de no hallar otra explicación razonable.
Elsa buscó de nuevo la mirada de Astrid para hablar, pero se encontró con que la vikinga se la apartó enfadada.
—Nos atacó un monstruo en el bosque, pero estamos bien—contestó Astrid por las dos—. Fui a proteger a su reina, no a matarla—les dijo entonces a los soldados, con un tono que casi los hizo temblar—. Y ahora si me disculpáis, voy a lavarme.
Astrid no dio muchas más explicaciones, ni siquiera cuando Hipo la sujetó de la mano para que no se marchara. Sin embargo, la vikinga le lanzó una mirada de súplica, como si realmente necesitara irse de allí. E Hipo, que la conocía demasiado bien, la dejó marchar, preocupado.
Elsa observó la escena dolida, sobre todo porque sabía que Astrid posiblemente se había sentido humillada por sus guaridas y por ella misma, pero tuvo que asumir el papel de reina.
—¿Está reunido el consejo? —preguntó a Hipo con seriedad.
—Sí—le respondió escrutando a la chica, intentando ver qué había pasado entre ellas para que se comportaran con tanta austeridad.
—Vamos, no hay tiempo que perder—pidió Elsa, adelantándose y pasando por delante de Hipo y su padre, que tras mucho tiempo se dedicaron una mirada cómplice, buscando en el otro una explicación.
—.—.—.—.—.—.—.
Tras semanas ambos consejos habían vuelto a reunirse, más histéricos y discrepantes que nunca. La desaparición de la reina había hecho cundir el pánico entre todos y muchos estaban dispuestos ya a declararle la guerra por traición a los otros. Sin duda aquello le había hecho abrir los ojos a Hipo, cuya mente racional y pacífica siempre obviaba la realidad del mundo en el que vivían. Tenía que admitir que su padre tenía razón. La relación con Arendelle era más que inestable.
Al aparecer Elsa por la puerta, cubierta de barro y sangre y con la mirada fría como el hielo, todos enmudecieron. Se sentó en su silla, sin decir palabra y esperó a que Hipo se sentara a su lado para hablar, sorprendida de que éste no se sentara con los suyos.
—Arendelle está en peligro—declaró la reina sin un ápice de duda en la voz—. Los Trolls me han revelado el futuro, y estas tierras ya no son seguras para nuestro pueblo—confirmó.
Hipo la miró preocupado e incrédulo, demandante de explicación.
—Alguien está usando magia prohibida en nuestras tierras y está intentando despertar al bosque—explicó—. Hoy apenas he sufrido en mis carnes un poco de los peligros que esto conlleva, y os puedo asegurar que lo último que necesitamos es que haya división entre nosotros.
Elsa era consciente de que la preocupación de Hipo y de su padre al verla, —además de por la reacción de sus soldados y la acusación a Astrid—, se debía a la ferviente división que seguía existiendo entre ambos pueblos. Y eso era lo último que necesitaban y más con un ente maligno suelto.
—Nadie de la tribu de Berk ha intentado matarme —reveló para sermonear a su consejo—, al contrario, le debo mi vida a la joven que venía conmigo.
Aquello hizo que Hipo entendiera entonces la reacción de su novia.
—Quien intenta matarme y destruir nuestras tierras no está entre los vikingos—siguió su discurso—. Pondría mi vida en manos del maestro de dragones sin dudarlo—dijo colocando una mano en el hombro de Hipo, quien la miró con una mezcla de emociones— y en su tribu, al igual que Arendelle dará su vida por ellos.
Los vikingos miraron con asombro a la reina.
—Lo que os pido aquí y ahora es que se acaben las dudas y trabajemos juntos para derrotar a un enemigo mucho mayor que nosotros mismos—reclamó la reina.
En aquel instante entró Anna por la puerta, que corrió a abrazar a su hermana.
Aquello se saltó todos los protocolos, pero nadie dijo nada, ni siquiera abrieron la boca.
Anna se separó de su hermana al comprobar que ésta estaba bien y al ver que Hipo se había sentado junto a ella, se dirigió al hueco que antes ocupaba el chico, junto a Estoico.
—Reina Elsa—habló Estoico en nombre de todos los vikingos—. Hoy en su ausencia hemos anunciado a su consejo que debemos regresar a nuestras tierras. Esta mañana nos llegó la noticia de que en el archipiélago vikingo las tribus se están hermanando contra Drago y Berk nos necesita. No quisiéramos que lo vea como una traición, pero al igual que Arendelle, Berk necesita a su soberano de regreso.
Elsa asintió, comprendiendo que los vikingos llevaban demasiado tiempo en sus tierras. Sin embargo, un cierto temor la invadió al pensar que Hipo también se marcharía y con él toda la valía de las palabras de seguridad y hermanamiento con las que acaba de sermonear a su consejo. No obstante, apenas tuvo tiempo de arrepentirse cuando sintió la calidez de la mano de Hipo sobre la suya, buscando su contacto bajo la mesa.
—Yo me quedaré en Arendelle—alzó la voz Hipo, mirando al consejo y luego a Elsa—. No dejaremos que nada ponga en peligro la seguridad de este sitio y sus gentes.
Elsa le sonrió, agradecida.
—Papá—interpeló entonces a Estoico—. Si este sitio ya no es seguro me temo que tenemos la obligación acogerles. Estas gentes son mi responsabilidad ahora.
Aquello fue lo único que hizo elevar el murmullo general entre vikingos y aldeanos, pero la voz de Estoico los calló.
—Nuestras tierras no presumen de abundancia—dijo—, y posiblemente la guerra también llegue a ellas, pero Berk acogerá a todo ciudadano de Arendelle que necesite refugio.
—Estoico—quiso intervenir Patón, pero aquella frase murió en su boca.
La mayor parte del consejo de Elsa quería decirle a su reina que aquello era una insensatez y que era como enviar corderitos a la boca del lobo, pero nadie dijo nada. Tal vez porque era la primera vez que Elsa se mostraba tan autoritaria y seria, además de ser también la primera vez que actuaba como la esposa de un vikingo, inflexible y aterradora.
Los vikingos decidieron posponer su marcha, salvo Estoico, Alea y Bocón, quienes partirían al alba como tenían previsto. El resto se marcharían junto al grupo de refugiados que organizarían en barcos en los próximos días. Y por último y a petición de Hipo, lo jinetes se quedarían en Arendelle, tanto para seguir vigilando desde el aire como para velar por su propia seguridad, ya que comenzaba a temer que los presagios de su padre no eran tan descabellados y posiblemente exceptuando a la reina, cualquiera en aquel reino podría querer matarle.
Tras esto dieron por concluida la sesión y todos se fueron a empacar. Todos salvo Elsa, Anna, Hipo y su padre, que se quedaron un rato más a puerta cerrada.
—¿Cómo que un espíritu del bosque? —preguntó Anna con preocupación.
—Sé que suena como un cuento para niños, pero lo vimos con nuestros propios ojos, casi nos engulle—les explicó Elsa—. La magia negra debió despertarlo. Alguien había conjurado a los trolls.
—¿Los mismos que os revelaron el futuro? —preguntó Estoico algo incrédulo, pero con la sabiduría para escuchar.
—Así es—confirmó—. Alguien quiere cruzar la niebla y despertar la magia del bosque. No puedo asegurarlo al cien por cien, pero creo que en el bosque encantado todavía quedan con vida los dragones que algún día poblaron estas tierras.
—Seguramente eso es lo que quiere Drago—pensó Hipo en voz alta.
—Eso significa que volverá—dictaminó Anna.
Elsa simplemente asintió preocupada, relajando al fin esa fachada gélida y volviendo a ser la de siempre, con sus dudas e inseguridades.
—Tenemos que adelantarnos— declaró Hipo—. Es la única forma de poder pararle los pies. Descubrir qué busca y por qué. Y conseguirlo antes que él.
—Tenemos que proteger también a mi gente—recalcó Elsa, angustiada—. Arendelle ya no es seguro.
Hipo puso una mano en su hombro e intentó alentarla.
—Tranquila, en Berk estarán a salvo—luego miró a su padre—. Encontraremos la manera de que salga bien.
Estoico tomó aire. Sin duda trasladar a toda aquella gente a Berk era imposible, sobre todo porque los vikingos provenían de una tierra basta y cruda, dónde los inviernos eran difíciles y los veranos casi inexistentes. Además, los vikingos no eran agricultores ni ganaderos como en aquellas tierras. Vivían sobre todo de la pesca y el comercio, y las pequeñas granjas y cultivos que tenían eran negocios prácticamente familiares. Intentad alimentar al doble de bocas era una tarea prácticamente imposible, pero al fin y al cabo, si no paraban a Drago, qué comer sería el menor de sus problemas.
—Enviad primero a los heridos, ancianos, niños y mujeres embarazadas—aconsejó Estoico a su hijo y su esposa—. Necesitaréis aquí a todo aquel que pueda luchar.
Elsa dudó.
—Tiene razón Elsa—se posicionó Anna de parte de Estoico—. Es inviable enviar fuera a todo Arendelle y todavía necesitamos gente aquí.
—De acuerdo—aceptó Elsa, mirando a Hipo.
La reina parecía más agotada que nunca.
—Prepararé todo en Berk para la llegada de vuestras gentes—informó Estoico, poniéndose en pie—. Le prometo que los acogeremos como si fueran de los nuestros.
—No dudo de vuestras palabras—se puso ella también en pie.
Hipo y Anna hicieron lo mismo, dando por concluido todo aquello.
—Papá… —quiso decir algo Hipo.
Todavía estaba enfadado con su padre, sobre todo por el modo en el que su consejo había tratado a Elsa, pero sabía que en el fondo su padre tenía razón y él no había sido consciente de la situación.
Y le debía una disculpa.
—Ahora no, hijo—le respondió con un intento fallido de sonrisa—. Es tarde y creo que ambos debéis descansad—los señaló a él y a Elsa—. Mañana veréis todo con más calma.
Tras esto se despidió y salió por la puerta. Anna se quedó un rato más mientras Elsa les relataba sobre el pasado de sus tierras, ese que no venía en los libros de historia que durante largas noches Hipo y ella habían inspeccionado buscando algo sin éxito. Anna se marchó a descansar también por petición de Elsa al cabo de unos minutos.
Cuando ambos se quedaron solos en aquella sala vacía, Elsa se dio el gusto de derrumbarse. No pudo llorar, porque no tenía lágrimas, pero el peso de la presión podía con ella.
—Qué voy a hacer… —lanzó al aire con un nudo en el estómago y llevándose las manos a la cabeza.
Hipo le rodeó los hombros con un brazo, sentando junto a ella.
—Algo se nos ocurrirá—intentó animarla—. Pondremos a tu gente a salvo, descubriremos qué quiere Drago y lo detendremos.
—No sé si estoy a la altura Hipo—dijo angustiada—. Siento que cada vez tenemos más preguntas y menos respuestas. Ya no sé qué hacer ni en quién confiar.
—Elsa… —intentó tranquilizarla.
—Hipo, mi consejo ya no es de fiar—dictaminó—. Hoy lo he visto. No se fían de mí ni de mis decisiones, creen que me estoy dejando engañar por vosotros. Y lo peor es que yo ya no sé qué creer.
Hipo quitó entonces su brazo de ella y la miró serio, sin saber qué decirle.
—Soy una imprudente. Hoy podían haberme matado sino fuera por Astrid—sentenció, levantándose de la silla—. Y lo primero que he hecho al llegar ha sido dudar de ella solo porque mi consejo me cree tan tonta como para no saber en quién depositar mi confianza.
Hipo se levantó despacio, sin decir nada, observando a Elsa. No solo se la veía nerviosa e intranquila, sino que además podía notar que su magia estaba alterada.
—O los reinos vecinos—siguió su monólogo—. ¿Realmente puedo confiar en ellos? ¿Quién nos dice que no están aliados con Drago y conspiran contra mí? ¿Qué autoridad tengo como reina si no soy capaz de tomar buenas decisiones? ¿Cómo sé qué puedo proteger a mi reino? —se preguntó—. Hace años ya se disputó una guerra entre hermanos en estas tierras… ¿cómo sé que la historia no se va a volver a repetir? ¿Y si no sirvo para esto? ¿Y si este no es mi lugar? Al fin y al cabo, tampoco sé qué soy…—se pasó las manos por el pelo—. Tal vez soy yo lo que está poniendo en peligro a Arendelle y debería alejarme antes de que alguien resulte herido. Es como si… como si destruyera todo lo que toco y a todo aquel que está a mi alrededor—sentenció con amargura—. Oh Dios Hipo, he arruinado tu vida y os he puesto a todos en un compromiso. ¿Cómo sé que no me equivoco enviando a mi gente a vuestras tierras?
Hipo ladeó la cabeza y la miró con empatía, gesto que Elsa no comprendió hasta que el vikingo avanzó hasta ella y la abrazó. La chica se quedó completamente rígida, sorprendida por su contacto y la calidez de su cuerpo. Sin embargo, a diferencia de lo mucho que se habían tocado aquella mañana peleando, aquel contacto fue agradable y reconfortante. Elsa le devolvió con torpeza el abrazo y se aferró a él, escondiendo la cabeza en su pecho.
—Elsa, no tienes que ser la reina todo el tiempo—le dijo tranquilo Hipo—. Soy consciente de todo a lo que nos enfrentamos y créeme que estoy pasando por lo mismo que tú. Sinceramente no me fio de nadie y hasta hace unas horas he dudado incluso de ti—confesó—, pero no puedes querer resolver todos los problemas del mundo en una noche.
Aquellas palabras la aliviaron, e incapaz de mirar al chico a los ojos lo abrazó con más fuerza.
—Por qué no vas a bañarte y quitarte todo ese barro, comes algo y descansas un poco—le propuso—. Si quieres yo puedo seguir buscando algo esta noche en los libros que tenemos.
—Creo que debo disculparme con Astrid—dijo casi sin pensar la reina.
Hipo hizo un amago de risa, separándose levemente de ella para mirarla.
—Te advierto que tendrás que esperar a que se le pase el cabreo—le sugirió—, pero es Astrid, no sabe guardar rencor.
—¿Seguro?
—Sino ya estaría muerto—bromeó, sacándole una sonrisa.
Esta vez fue Elsa quien lo abrazó, posiblemente porque la ansiedad la estaba matando y necesitaba sentirse reconfortada. Tal vez pudiera parecer triste, pero después de Anna o Lena, Hipo era la persona con la que más había intimado en su vida. El chico no dudó en corresponderla y estuvieron abrazados un rato más hasta que Elsa decidió volver a la realidad y separarse de él.
—Te veo luego, ¿vale? —dijo algo azorada por su comportamiento, marchándose casi sin despedirse.
Hipo se quedó un rato allí, confundido.
Después de todo, Elsa no era la única que estaba hasta arriba de dudas.
—.—.—.—.—.—.—.—
Astrid siempre había sido una persona impulsiva y poco paciente, y estas cualidades suyas solían causarle algún que otro problema.
Por lo general solía arrepentirse cuando actuaba de este modo, pero esta vez estaba tan enfadada que ni siquiera se planteaba pedirle disculpas a Elsa o a Hipo por haberse marchado así. ¿Cómo podía Elsa pensar en serio que ella querría matarla?
Sin apenas cuidado volvió a echarse otro cubo de agua templada por la cabeza, mientras intentaba sacarse el barro del pelo.
En cuanto entró en el castillo tras su llegada, las doncellas del palacio se escandalizaron al verla cubierta de barro y sangre y como es costumbre entre el servicio, no tardaron en prepararle un barreño con agua caliente para que se lavara. Sin embargo, como Astrid no tenía habitación propia y la compartía con el resto de jinetes, finalmente las doncellas le habían preguntado azoradas si no le importaba lavarse en las cocinas—, posiblemente el único sitio del castillo donde además no entraban hombres, excepto Hipo, que había tomado la costumbre de desayunar allí con el servicio.
A Astrid aquello la traía sin cuidado. No tenía ningún problema con su propia desnudez y le daba igual si la veían o no. Lo único que necesitaba era sentirse limpia y poder irse a dormir tranquila. Así que aceptó. Y al cabo de un rato estaba desnuda en un barreño de agua tibia frente al fuego de las cocinas. Al menos no pasaría frío, porque estaba segura de que la caminata anterior con la ropa mojada la haría resfriarse y eso era ahora lo que menos necesitaba.
—Te traemos más agua caliente—entraron Lena y otra doncella con un cubo con agua, el cual vertieron en el barreño de madera.
Astrid reconoció a ambas mujeres. Lena se le había presentado el día en que peleó con el teniente Riel y la otra chica había empezado a instruirse con el resto de mujeres. Sin embargo, lo había dejado hacía una semana atrás; y aunque no le había dado ninguna explicación, Astrid intuía que la chica estaba embarazada, tanto por su cambio de actitud como por la forma en la que ahora se colocaba la ropa. No obstante, fuera lo que fuese, ella no diría nada al respecto.
—Gracias—les dijo sin mucho ánimo, mientras se frotaba el pelo.
Una mujer mayor, que estaba sentada en la gran mesa de la cocina pelando verduras para la comida del día siguiente, le habló:
—Lo mejor para desenredar el pelo es poner un poquito de aceite de pescado—le aconsejó.
Astrid arrugó la nariz, asqueada.
—No se preocupe—le respondió la vikinga—. Ya casi está.
—¿Necesitas ayuda? —se ofreció Lena.
Astrid bufó, frustrada.
—Pues mira sí—aceptó—. Estoy harta.
Lena y la otra doncella se miraron ante la hostilidad de la vikinga, pero se acercaron a ayudarla. La prostituta intentó desenredarle el pelo, mientras la chica la ayudaba a enjabonarse.
—Hace un frío de mil de demonios en este castillo—siguió quejándose Astrid, mientras se echaba agua caliente a sí misma—. Ni si quiera en Berk cuando nieva hace un frío así.
—Ya debe estar la reina con sus preocupaciones… —comentó la mujer mayor, con tranquilidad mientras seguía a lo suyo.
Astrid no comprendió.
—¿Qué pasa? ¿Cambia el clima cada vez que quiere o cómo?
—Algo así —respondió Lena, bufando.
—Cuando la reina se altera, siempre hace más frío—le explicó la otra doncella—. Hay que acostumbrarse.
—Pues debería acostumbrarse ella a no fastidiar a la gente—soltó Astrid enfadada.
Tal vez al decirlo en voz alta se dio cuenta de que se estaba pasando. Tenía que bajarse los humos.
—Qué la reina haga algo por otros… —ironizó Lena—. Lo vas a tener difícil.
—Pues se supone que es la reina, que tiene que velar por todos, ¿no? —preguntó retórica la vikinga—. La gente confía en ella y ella debería hacer lo mismo con sus súbditos.
Aquello más que una conversación era un monólogo consigo misma, intentando desahogarse. Todavía tenía en su cabeza la mirada de desconfianza de Elsa, como si ella fuera una traidora. Y Astrid podía tener muchos defectos, pero aquel precisamente no.
—La reina no se mezcla mucho con nosotros—le dijo Lena con amargura—. Vete acostumbrando.
Astrid se quedó un momento perdida en sus pensamientos. Se encontraba dividida, como si en el fondo en aquellas dos cortas semanas no hubiese conocido realmente a Elsa, solo a una sombra. Ahora le venían también flashes a su mente del primer día en que la encontró entrenado sola en el bosque, donde la miró como horas atrás, como si temiera que la vikinga realmente pudiera matarla.
—Pues debería—concluyó Astrid—. Porque desde que he llegado lo único que he visto es miseria y desigualdad en este maldito castillo. ¡Por los Dioses!, si solo fuera consciente de cómo el consejo trata a su propia hermana… —siguió Astrid hablando atropelladamente—. Es una gran mujer y no la respectan. No sé cómo puede depositar confianza ciega en esos idiotas que solo están cerca de ella porque le temen. Por Thor, que se nota que se les aprieta el culo cuando la ven pasar y encima se creen con la autoridad para manipularla.
Astrid notó entonces que Lena y la doncella se tensaron, al mismo tiempo que enmudecían. Las miró sin saber qué les pasaba, hasta que descubrió a Elsa en la puerta de las cocinas.
Lo que le faltaba.
—Majestad…—saludó con cortesía la anciana, haciendo una reverencia con la cabeza.
Todas las mujeres de las cocinas se echaron a temblar, pálidas, al ver a la reina allí, todavía llena de barro y con la mirada gélida.
Astrid sin embargo no se dejó intimidar y se puso de pie dentro del barreño, mostrando su completa desnudez frente a la reina.
—¿Qué haces aquí? —le inquirió la vikinga.
Las mujeres se miraron con pánico al ver que la vikinga le hablaba así a la reina.
—Te estaba buscando—dijo seria Elsa, incómoda por la desnudez de la chica.
Sin duda Astrid tenía un cuerpo increíble y atlético, posiblemente la envidia de cualquiera y el deseo de muchos. Sin embargo y pese al pudor, Elsa intentó no ponerse nerviosa ni perderse en la piel pálida y elástica de esa valkiria, sino que buscó sus ojos, esos que la miraban enfadados.
—Pues me has encontrado, ¿qué quieres? —preguntó Astrid de mala gana—. Deberías marcharte, este sitio está repleto de cosas con las que podría matarte.
Aquello hizo que a una mujer al fondo se le cayera un vaso al suelo, mientras las otras ahogaban un grito.
—Quería hablar contigo—dijo Elsa sin perder la seriedad ni la autoridad.
—Pues yo no quiero hablar contigo—respondió orgullosa—. Si has venido a disculparte, métete tus disculpas por donde te quepan.
—Creo que este no es el mejor sitio para hablar esto, Astrid—intentó mediar Elsa, al notar todas las miradas clavadas en ellas y consciente de que mañana todo el castillo sabría de su conversación en la vikinga—. No puedo permitir que me hables así delante de mis súbitos.
—¿Y qué más te da? —le reprochó Astrid—. Como si te importaran muchos los de tu servicio. Si ni siquiera conoces a nadie de las aquí presentes.
Elsa le lanzó una mirada discreta a Lena, que también la estaba mirando pero que apartó los ojos al encontrarse con los de Elsa.
—Astrid, solo he venido a disculparme —expresó Elsa, ahora algo molesta—. No a que me humilles delante de mi servicio. De hecho, no puedes hablarme así—le advirtió.
—¿O qué? —subió el tono la vikinga—. ¿Vas a matarme?
—No.
—¡Por los Dioses Elsa! —elevó la voz Astrid—. No quiero una maldita disculpa, quiero que confíes en mí. ¿Qué tengo que hacer para que no me mires con miedo a la primera de cambio? Yo no soy tu enemiga, ni lo he sido ni lo voy a ser—declaró—. Vosotros no sabéis quién es Drago, pero ese hombre no se anda con tonterías. Él es tu auténtico enemigo, no yo. Y volverá para matarte a ti y a todo tu reino.
Aquello hizo que a la mayoría les recorriera un escalofrío de volver a pensar en el horror de aquella noche.
—Y por supuesto no soy idiota y sé lo que todo tu castillo dice a nuestras espaldas y lo que todos los puritanos de tus tierras piensan de mí. Y me da igual— expresó—. Lo que no me da igual es que tú me mires como si te diera pena o me temerías. Yo no te odio y aunque todos piensen que tengo motivos suficientes para quererte muerta no es verdad. Sé que tu boda con mi prometido no es algo sobre lo que ninguna de las dos haya podido opinar.
Elsa bajó la cabeza y tragó saliva, dolida por sus palabras, sintiéndose terriblemente humillada por primera vez en mucho tiempo.
—Te ha mandado Hipo, ¿verdad? —preguntó entonces la vikinga, cruzándose de brazos.
—No, no me ha mandado Hipo—respondió Elsa, lanzándole una mirada desafiante—. No me hace falta su opinión para saber que no he sido justa contigo antes. Al igual que tú no estás siendo justa conmigo ahora.
—¿Ahora quieres hablar de justicia? —dijo incrédula Astrid.
—Pues sí—la enfrentó Elsa—. No ha sido justo cómo te han tratado mis soldados y mi consejo, y te pido disculpas. Y no soy tan tonta como te crees. Sé lo que hablan a mis espaldas—se defendió Elsa—. ¿Acaso crees que no sé qué todo el mundo me teme? ¿Qué las doncellas evitan mirarme a los ojos y se cambian de pasillo si me ven? ¿O que nadie es capaz de decirme lo que realmente piensan en este castillo? —le recriminó—. Puede que hoy te haya mirado con miedo, pero así es cómo me ven a mí todo el tiempo, como si fuera un monstruo.
Aquello último hizo que Astrid se relajara un poco, sobre todo al notar que a Elsa le temblaba la voz. La vikinga echó un ojo a su alrededor, notando cómo Elsa tenía razón y todas las mujeres estaban aterradas en su presencia.
—¿Pero sabes qué? —siguió la reina—. A mí no me das miedo, Astrid. Yo solo temo a los que me sonríen y hablan a mis espaldas. Si no quieres aceptar mis disculpas lo entiendo, pero no me acuses de ingenua o de no saber lo que pasa, porque llevo más años que tú viviendo bajo murmullos.
Las mujeres compartieron una mirada de terror, conteniendo la respiración ante la acusación de la reina.
—¿Cómo sé que vas a confiar en mí? —le dio una oportunidad Astrid, para evitar que se marchara.
—¿Cómo sé que puedo confiar yo en ti? —le devolvió la pregunta Elsa.
—Si quisiera matarte, ya estarías muerta—dijo con simpleza Astrid.
—Tú también—respondió seria Elsa.
Ambas se miraron desafiantes, tensas como no lo habían estado desde el minuto uno en que se conocieron.
—Quiero una prueba de confianza—expresó entonces Astrid.
Elsa bufó, incrédula.
—No pienso hacer ninguna prueba estúpida. Te he confiado mi vida antes, con eso debería serte suficiente.
—Pues olvídate de mi confianza—zanjó el asunto Astrid, cruzándose de brazos—. Yo no pongo mi vida en manos de quienes piensan que soy una traidora.
Ambas tomaron aire, sabiendo que estaban cruzando una línea muy peligrosa que las ponía justo donde todo el mundo quería que estuvieran.
—¿Qué quieres que haga? —accedió Elsa, para sorpresa de Astrid.
La tensión se podía cortar con un cuchillo.
—Báñate conmigo.
Aquello pilló por sorpresa a Elsa, quien cambió su expresión orgullosa por una de puro terror.
No podía bañarse con Astrid. Antes prefería morirse.
No solo no había sido capaz de mirar a la vikinga desnuda, sino que la sola idea de acercarse a ella la hacía temblar; cuanto menos iba a meterse desnuda con ella en un barreño minúsculo de agua en frente además de todo el servicio.
—No puedo hacer eso Astrid… —dijo por primera vez mostrando inseguridad y lanzado una mirada fugaz a Lena, quien observaba toda la escena atónita.
—¿Qué más te da? —preguntó tranquila Astrid, sabiendo que tenía la sartén por el mango—. Solo hay mujeres de tu servicio, esas a las que ni conoces y en las cuales se supone que también confías. Y luego estoy yo, que estoy desnuda y desarmada. De hecho, tú eres la única que podría matarme a mí con tus poderes. No hay mayor acto de confianza.
Elsa tomó aire.
—No puedo hacerlo.
—Ya me lo imaginaba—dijo con suficiencia Astrid, sentándose de nuevo en el barreño y cogiendo como si nada el jabón para seguir limpiándose el pelo de barro.
Lena y la otra doncella, sin embargo, no se atrevieron a moverse. Nadie de hecho lo hizo.
Salvo Elsa.
La reina exhaló todo el aire que tenía en el cuerpo y se acercó sin titubear en dirección al barreño. Astrid la ignoró, hasta que vio cómo se desvestía. Por lo general las doncellas hubiesen ayudado a su reina a quitarse la ropa, como solían hacer, pero nadie hizo nada. Nadie era capaz ni de respirar.
Elsa se quitó con algo de dificultad el traje del cuerpo, que además tenía pegado por culpa del barro y la suciedad. Tras esto se quitó también el corsé y los bajos, y por último la ropa interior, quedándose completamente desnuda. De hecho, lo único que llevaba era la muñequera de Astrid, que todavía tenía sujetándole la muñeca herida.
Verla así fue lo único que hizo a Astrid reaccionar, sin poder creerse que la reina con poderes mágicos de aquellas tierras realmente tuviera el valor de desnudarse frente a sus súbditos con tal de demostrar confianza.
El corazón de Elsa latía a mil, pero no lo parecía, ya que se mostró prácticamente inexpresiva cuando se metió en el barreño con Astrid, casi enfadada. Se sentó sobre el fondo de madera, haciendo que el agua subiera considerablemente de nivel hasta casi desbordarse y se quedó allí quieta, encogiendo las piernas para evitar rozarse con la vikinga. Estuvieron así en absoluto silencio durante unos segundos eternos, hasta que la propia reina decidió al fin romper el silencio.
—¿Podrías decir algo no? —interpeló Elsa.
Astrid abrió los ojos incrédula, formando una sonrisa.
—Te juro que no pensé que lo harías— le dijo con honestidad la vikinga.
Ambas se miraron y cruzaron una media sonrisa mientras la cara de Elsa se teñía de rojo, sujeta de ambas rodillas para cubrir su pálida desnudez.
—Para no querer matarme, creo que me voy a morir de vergüenza—le confesó la reina, tapándose las mejillas con ambas manos.
Aquello bastó para sellar una paz a medias, ya que ambas se sonrieron nerviosas.
—Lo siento—se disculpó entonces Astrid para sorpresa de la reina.
—Yo también—respondió sin dudarlo Elsa.
Astrid se apartó el pelo de la cara, intentando explicarse ahora que se le había pasado el enfado.
—Dioses Elsa, perdóname de verdad—expresó la rubia—, pero es que…
Sin embargo, Elsa le puso una mano en la rodilla y le pidió que no dijera nada.
—Dejémoslo así, ¿vale? —pidió—. He sido injusta contigo antes.
—Yo no te odio Elsa—quiso dejar claro Astrid—. Y juro serte la más fiel de tus soldados, tienes mi palabra.
—Lo sé.
Astrid asintió y se relajó, aunque por alguna razón sintió un extraño nerviosismo al tener a Elsa tan cerca y tan hermosa, pese al barro y la suciedad.
—Bueno, estas son Lena y Ruth—presentó Astrid a las dos doncellas, recordando el nombre de la segunda e intentando relajar así la situación.
Elsa miró a Lena a los ojos, buscando algo que no encontró, porque la prostituta se vio incapaz de sostenerle la mirada y se marchó de allí. Aquello le dolió a la reina más de lo que pudo imaginarse, pero decidió hacer como si nada y se soltó el pelo para lavárselo también, ya que estaba igual o peor que el de Astrid.
Sin embargo, pese a la tranquilidad de ambas chicas al fin reconciliadas, el resto de mujeres estuvieron tensas hasta que se marcharon.
Elsa pidió que le trajeran algo de muda limpia de su habitación y también pidió que buscaran uno de sus camisones para Astrid, ya que la vikinga solo había traído consigo tres prendas y una de ellas era su propio traje de vuelo.
Se había hecho tan tarde, que cenaron algo rápido en las propias cocinas, marchándose nada más terminaron. Cuando las vieron desaparecer tras la puerta, las mujeres volvieron a respirar aliviadas, sin poder creerse todavía que la reina se hubiese doblegado ante la vikinga que supuestamente se estaba acostando con su marido; o que les hubiese dirigido esa muestra de humildad que nunca pensaron que recibirían de ella. De alguna forma para muchas fue ver por primera vez la parte humana de la reina de hielo, que no solo no era translúcida ni tenía la piel mágica como pensaban, sino que por el contrario era una mujer de carne y hueso, con marcas de quemaduras en el cuerpo y algún que otro hematoma en los costados.
Elsa decidió acompañar a Astrid hasta la habitación que compartía con los jinetes, todavía algo abochornada.
—Siempre me pregunto cómo lo hacen—charlaba animada Astrid para evitar los silencios con Elsa—, no sé, es cómo un don.
—Yo tampoco sé cómo cosen estas telas.
Ambas habían decidido zanjar el tema de la confianza al menos hasta el próximo encontronazo que tuvieran, así que ahora hablaban de los bordados transparentes que adornaban las mangas del camisón que Elsa le había dejado a Astrid.
—Cómo te podrás imaginar soy un desastre cosiendo—dijo sin ningún reparo Astrid.
—A mí me obligan a bordar desde que tengo seis años—le reveló Elsa—, pero no es algo que me guste especialmente.
—Seguro que se te da genial—dijo la vikinga, dándole un codazo—eres demasiado modesta.
Elsa se encogió de hombros, mientras se recogía el pelo todavía mojado a un lado.
—Puedes quedártelo si quieres—le ofreció Elsa.
—Oh no puedo aceptarlo, es demasiado bonito—rechazó Astrid, quien imaginó que aquella prenda era carísima.
—En serio, tengo más de los que necesito—insistió.
—¿Estás segura? —preguntó Astrid con algo de timidez.
—Claro—le sonrió Elsa.
En ese momento al final del pasillo apareció Hipo, que llevaba un libro en la mano. Al verlas a ambas con el pelo suelto y en camisón, no pudo evitar pensar en el extraño parecido físico que tenían.
—¿Dónde os habéis metido? —las interpeló alzando una ceja—. Llevo un buen rato buscándoos.
Ambas se miraron cómplices, pero fue Astrid quien respondió.
—Mejor no preguntes.
Hipo se detuvo a la altura de ellas y las miró un segundo, agradecido de ver que habían hecho las paces o que al menos habían dejado sus diferencias para otro momento.
—Imagino que estaréis cansadas, pero no os vais a creer lo que he encontrado— dijo emocionado.
Astrid suspiró. Era su cara de descubridor de tesoros.
—¿Podemos al menos hablar sentados? —pidió la vikinga.
Por raro que pudiera parecer, se fueron los tres juntos al cuarto de Hipo, donde ambas chicas se sentaron sobre la cama, agotadas de aquel día y notando por primera vez el cansancio de la batalla y todo aquel cúmulo de emociones.
Hipo sin embargo se veía enérgico y emocionado. Apenas les había desvelado nada en su camino por los pasillos y se prestó básicamente a escuchar el relato de ambas chicas y su lucha contra aquel monstruo. No obstante, al llegar a la habitación no tardó en abrir y mostrarles varios mapas y libros.
—A ver, al principio no me he dado cuenta—les dijo emocionado—, pero he recordado algo que has dicho antes Elsa y entonces lo he visto claro.
Astrid y Elsa se miraron confusas, sin entender a qué se refería.
—Mmm… ¿qué se supone que he dicho? —preguntó Elsa.
—Dijiste que lo que ha pasado parecía de cuento—le aclaró Hipo, esperando que lo entendieran.
—Hipo, ve al grano—pidió Astrid, agotada.
Hipo suspiró.
—Pues… —dijo el vikingo—, que lo que estamos buscando no está en los libros de historia, sino en los cuentos.
Astrid no le vio mucho sentido a aquello, pero Elsa abrió los ojos, comprendiendo.
—Oh Dios… —expresó—, pues claro.
La reina se levantó de la cama y le quitó de las manos el libro a Hipo. Reconoció la portada al instante, ya que de niña había leído ese libro cientos de veces. La reina abrió sus páginas, tomándose con algunas ilustraciones familiares de seres de fantasía y letras de colores desteñidas que enmarcaban los títulos de los capítulos.
—Lo que estamos buscando está aquí—dijo la reina con una sonrisa—. Hipo eres asombroso.
Astrid observó cómo ambos se reían y se llevaban las manos a la cabeza, como si después de muchísimo tiempo hubiesen encontrado un trozo de oro entre el barro. De nuevo le vino aquella vaga sensación de que Hipo y Elsa se parecían, sobre todo al verlos tan emocionados por un viejo libro de cuentos infantiles.
—Creo que necesito que me pongáis un poco al día… —pidió Astrid sin compartir aquella desmesurada emoción.
Ambos se sentaron en la cama junto a ella y le pusieron un poco al tanto de toda la investigación que llevaban semanas desarrollando en busca de una pista en torno a los símbolos, el bosque encantado, los dragones en aquel reino y la fuente de la inmortalidad que ansiaba Drago. Le explicaron también todos los callejones sin salida con los que se habían topado y cómo la historia se perdía cada vez que querían buscar más allá de datos sobre casas y familias de nobles.
Astrid se quedó repasando toda aquella información mientras Hipo y Elsa bajaron a la biblioteca, trayendo consigo cerca de veinte libros infantiles sobre cuentos y leyendas. Elsa estaba tan o más agotada que Astrid, pero la emoción por hallar una pista que pudiera detener una guerra fue suficiente aliciente para despertarla de golpe. Sin embargo, Astrid llevaba demasiadas semanas sin dormir, y al cabo de un rato mientras leía un cuento en esa lengua que apenas entendía, terminó por quedarse dormida sobre la cama.
Hipo y Elsa siguieron un rato más leyendo bajo la luz de las velas hasta que Elsa encontró algo.
—Hipo—le susurró al ver que Astrid se había quedado dormida—. Mira.
La reina le acercó el libro que tenía en la mano al chico, que también se estaba quedando medio dormido.
—¿Cómo? —abrió los ojos sorprendido.
La chica cogió una silla y se sentó a su lado en la pequeña mesa de la habitación.
—¿Esto lo hicisteis vosotras? —preguntó desconcertado el vikingo, al ver que aquel libro tenía varias páginas arrancas.
—No—dijo Elsa preocupada—, y no creo que Anna lo hiciera. Para nuestros padres los libros eran sagrados, no nos permitían ni doblarles las páginas.
Hipo apretó los labios, pensativo, buscando la mirada de Elsa en la oscuridad.
—Hay alguien que se nos está adelantando—confirmó las sospechas de Elsa.
Ella asintió.
—¿Recuerdas lo que ponía? —preguntó con algo de esperanza Hipo.
Pero Elsa negó.
—Hace años que no leía estos libros—resopló exhausta—, mi padre además lo escondió porque a Anna le daban miedos los dragones y este libro en concreto hablaba de ellos. Vamos, que no es causal que le hayan arrancado las páginas.
Hipo se echó sobre el respaldo de su silla. Otro callejón sin salida.
—Esto es desesperante… —masculló Hipo en su lengua, agotado, frotándose los ojos.
Elsa no lo había entendido, pero con solo mirarle supo que ambos compartían la misma desilusión.
—No pasa nada—le puso una mano en la rodilla al chico—. Mañana seguimos buscando, además, hay más libros como estos en otros reinos, algo se nos ocurrirá.
Hipo asintió, alentado por la sonrisa triste de Elsa, que empezaba a plantearse la idea de aceptar ir a esa estúpida fiesta de la primavera con tal de conseguir algo de información.
—Deberíamos irnos a dormir—propuso Hipo, consciente de que Elsa debía estar igual o peor que Astrid—, debes estar cansada.
Tras esto el chico miró hacia la cama, donde Astrid dormía plácidamente.
—Se ha quedado frita… —dijo al menos con una sonrisa bobalicona.
—Me hubiese sorprendido que no lo hiciera—la miró también Elsa—. No sé cómo lo hace… lleva semanas sin pegar ojo.
—Astrid es así, no le gusta aceptar que tiene límites… —suspiró, mientras se ponía de pie—. Voy a llevarla a su cama.
Hipo se sentó al borde de la cama y le apartó un poco el flequillo de la cara mientras le susurraba palabras que Elsa jamás había oído. De nuevo, no le hizo falta entender a ese hombre para ver el amor en lo que decía.
Y se sintió terriblemente mal.
No solo porque ansiaba que Hipo la mirara de aquella manera, sino porque era consciente de que aquella mujer también despertaba algo en ella y eso no estaba bien. ¿Cómo podía ser tan egoísta? ¿Cómo podía estar en medio de algo tan puro y sincero?
—No la despiertes—pidió Elsa—, por mi puede quedarse, de verdad.
—¿Estás segura? —preguntó Hipo casi en un susurro—. Las cosas están un poco tensas…
Elsa negó con la cabeza.
—Me da igual, Hipo—le sonrió—. Os dejo descansar, me voy a mi habitación.
La reina cogió el libro de cuentos abierto sobre la mesa y se dispuso a marcharse cuando notó a Hipo junto a ella.
—Te acompaño si quieres—le susurró.
A Elsa se le erizó la piel.
—Mi habitación está justo al lado—quiso hacer notorio—, creo que ya lo sabes.
—Lo sé—bajó más el tono—. Es solo que quiero hablar contigo de algo.
Elsa asintió y se alejó un poco de él, sin saber por qué se había puesto tan nerviosa de repente.
Con cuidado de no hacer ruido salieron de la habitación, cerrando la puerta de manera silenciosa para no despertar a Astrid.
—Elsa—empezó Hipo—, las cosas en mi tierra se están poniendo feas y aunque sé que mi padre buscará la mejor manera de gestionarlo todo, temo que no va a ser suficiente…
Elsa meditó aquellas palabras, buscando a dónde quería llegar Hipo.
—Hipo—le sonrió Elsa—. Si necesitas volver con los tuyos, lo entenderé.
—No puedo hacer eso Elsa, al menos no ahora—dijo algo cabizbajo—. Pensé que la situación entre nosotros era más estable, pero hoy mi padre me ha hecho saber que no.
—¿Qué ha pasado esta vez? ¿Habéis vuelto a discutir? —preguntó preocupada.
Hipo no sabía qué decirle. ¿Cómo explicarle que el problema estaba en que hacía casi un mes de su boda y todavía no la había preñado? ¿Cómo decirle que eso esperaban los vikingos de él? ¿Cómo mirarla a esos enormes e inteligentes ojos azul oscuro y decirle que los suyos la veían como un trozo de carne?
—Algo así—resumió—. Al parecer está corriendo el rumor de que no hemos consumado nuestro matrimonio… y que yo te estoy siendo infiel.
Elsa tomó aire, digiriendo aquello.
—Qué maldito problema tiene ahora todo el mundo con eso—se quejó Elsa, quien esa misma mañana había estado preocupada por lo mismo—. De toda la vida de Dios la corte ha estado llena de infidelidades, no sé por qué ahora les preocupa tanto…
—Yo… quería pedirte—dijo algo incómodo el chico—. Si… si pudieras mostrar algo de afecto hacia mí en público.
Puede que Elsa no lo notara por la oscuridad, pero Hipo estaba rojo hasta las orejas.
La chica se quedó sin palabras con el corazón palpitándole con fuerza, así que Hipo se apresuró en añadir:
—No tienes que besarme ni nada por el estilo—dijo atropelladamente—. Solo… solo que parezcamos dos reyes unidos, hasta que las cosas se calmen y yo pueda volver a Berk sin que ninguno de los dos suframos represalias.
A Elsa le temblaban las piernas de imaginar la sola posibilidad de besar a Hipo, pero tomó valor para afrontar aquella situación sin parecer una adolescente a la que le sudaban las manos.
—Claro, claro —respondió como una idiota—. Puedo… intentar… parecer mejor esposa o lo que sea.
Hipo le sonrió algo incómodo, temiéndose que sus pensamientos fueran certeros y que a Elsa le repugnara aquel acercamiento con él.
—De hecho—se apresuró en añadir Elsa para evitar el silencio incómodo—, el sacerdote me había pedido que mañana diésemos una misa en honor a los fallecidos—le explicó—, iba a decirle que no, porque hoy no habíamos podido hablar, pero quizás es una buena forma de que mi pueblo te acepte mejor como rey.
—¿Qué es una misa? —preguntó el vikingo.
—Es una ceremonia religiosa, donde es costumbre que los reyes leamos algún pasaje de la biblia—dijo—. No te he sacado el tema antes porque he pensado que quizás es mala idea, porque… bueno, tú no eres cristiano y no sé si va en contra de tu religión.
Hipo meditó aquello un momento, comprendiendo la preocupación de Elsa.
—Nunca he sido muy devoto de los Dioses—empezó Hipo algo inseguro—, pero no sé si es buena idea que los vikingos me vean leyendo las escrituras cristianas…
—Lo sé—aceptó Elsa—, por eso mismo no te he dicho nada, no quería ofenderte ni mucho menos.
—No me ofendes Elsa—la relajó Hipo.
La chica entonces lo miró en la oscuridad, repasando su rostro lleno de pecas y su pelo trenzado, redescubriendo ese lado extranjero y misterioso que tenía aquel hombre con quien la habían casado. Y lo extrañamente hermoso que le parecía.
—De todos modos—añadió el chico—, si es algo para conmemorar a las víctimas de Drago no creo que los vikingos tengan problema, aunque sea un ritual cristiano. ¿Qué tendría qué hacer? —preguntó ya por curiosidad.
—Simplemente estar presente y leer unas líneas por las almas de los fallecidos—le explicó—. Imagino que no puedes comulgar porque no estás bautizado, así que… sólo tendrías que seguirme la corriente.
Hipo se pasó la mano por la cabeza, algo inseguro.
—Bueno… no parece tan malo—meditó en voz alta—, tal vez es buena idea y ayuda a calmar el ambiente… Los vikingos podríamos aportar algo también.
—Me parece buena idea—aceptó Elsa—. Por cierto Hipo, lo que te voy a preguntar es una tontería pero…
Elsa se agarró las manos, sin saber cómo preguntarle al chico esa idiotez.
—¿Alguna vez has leído algo cristiano en voz alta?
Hipo la miró sin comprender.
—No… —dijo algo inseguro—. ¿A qué viene esa pregunta?
Elsa se mordió el labio.
—Sé que es una tontería—empezó Elsa—, pero dicen que los infieles echan a arder cuando leen la biblia en voz alta.
Hipo no tardó ni medio segundo en dibujar una sonrisa socarrona en su rostro.
—¿Lo dices en serio? —preguntó divertido.
Elsa arrugó la nariz, dándole a entender qué no sabía qué pensar.
—Me considero una mujer racional, pero preferiría ahorrarme verte arder si es cierto.
Aquello fue suficiente para que Hipo se echara a reír, haciendo que Elsa le golpeara el brazo pidiéndole que bajara la voz, que era muy tarde para ir armando escándalo.
—Elsa, vivo entre dragones y te aseguro que nada puede hacerme arder espontáneamente—le aseguró—, como mucho puede que Thor me lance un rayo por infiel, pero nada más.
—¿Tus Dioses pueden hacer eso?
Elsa lo miró más relajada, entrando en la tranquilidad de las palabras de Hipo.
—Lo primero que haré cuando vaya a Berk será traerte un libro con las leyendas de nuestros Dioses—ofreció Hipo—. Créeme, ahí vas encontrar incluso más infidelidades que en tu corte.
La chica le sonrió, apartándose el pelo de la cara y sintiéndose algo estúpida por haberle preguntando aquello a Hipo.
—Qué idiota… —se dijo a sí misma, bajo la mirada alegre del vikingo.
Hipo escrutó a Elsa en la oscuridad y en cómo le había subido el color a las mejillas, posiblemente por aquella pregunta.
Los vikingos eran muy supersticiosos, pero no esperaba que los cristianos también lo fueran y menos Elsa, esa mujer que le parecían tan inteligente y sensata. Tampoco pensó que la reina fuera muy religiosa, aunque estaba claro que se había criado bajo todo aquel puritanismo cristiano que con tanto recelo miraba a los vikingos.
Sin embargo, al mirar a Elsa a los ojos, se topó con esa ligera preocupación que la reina parecía tener siempre sobre las cosas que le importaban y se sorprendió a sí mismo al verse de nuevo tentado a besarla, sobre todo porque por primera vez, Elsa parecía mirarlo de la misma manera.
—Bueno—salió Hipo de aquel embrujo—, te dejo que descanses. Nos vemos mañana.
—Hasta mañana Hipo—le dijo con dulzura entre susurros.
—Hasta mañana Elsa.
Hipo se quedó plantado en el pasillo hasta que Elsa cerró la puerta de su habitación y entonces se marchó a la suya, donde Astrid dormía profundamente sobre la colcha. La chica tenía el ceño fruncido y parecía estar discutiendo con alguien en sueños.
El vikingo no pudo evitar sonreír al verla, acercándose a ella para quitarle los zapatos y meterla dentro de la cama. Tras esto se quitó la ropa y la prótesis y se metió en la cama junto a ella, agradecido de poder volver a dormir junto al cálido cuerpo de su compañera. Se abrazó a ella con cuidado de no despertarla y se perdió en seguida en el olor de su piel.
Parecía que habían pasado cien años desde la última vez que durmió abrazado a ella. Y se sentía tan bien.
Sin embargo, en aquel momento se le cruzó un pensamiento extraño. Y aunque lo apartó en seguida de su cabeza, no pudo evitar sentirse culpable por fantasear con la idea de dormir abrazado y enredado al cuerpo tibio y pálido de la reina de las nieves. De esa mujer de sonrisa tímida y corazón caliente. De su supuesta esposa.
De Elsa.
Suspiró y enterró la cabeza en el pelo dorado de Astrid, mientras se aferraba a su cuerpo familiar y se dejaba arrastrar junto a ella al reino de los sueños, donde aquellos pensamientos le perseguirían toda la noche, pero donde no se sentía tan culpable.
NO ME MATÉIS POR SEMEJANTE CAPÍTULO INACABABLE!
Espero que os haya gustado, ya adelanto que se avecina salseo para estos tres xD
Sin más, respondo a las reviews.
Adelanto también que a partir de ahora responderé por privado a todo aquel que tenga cuenta, porque creo que es mucho más cercano y me permite responder mejor. Y también porque así no escribo un segundo capi por aquí jajaja.
Igualmente, doy las gracias por su comentario una vez más a todos a los que ya he contestado. Un beso enorme para Kolomte'49, denebtenoh, flores231, Fannia St (bienvenida!) y a Antonio405. (Algunos no me habéis respondido, así que si tenéis problema con el acceso a MP, decidme y os contesto por aquí ^^).
Ahora sí!
REVIEWS
ZAIKO23: holii! Mil gracias por tus reviews como siempre y por animar a más gente a leer mi historia. Me hizo muchísima ilusión! Aquí hemos visto ya un poquito de interacción entre Hipo y Lena, pero habrá más. MUCHO más jajaja. Puedo decirte que estoy bien de salud y que si no pude publicar fue por tema laboral. Gracias de todos modos por preocuparte, fue todo un detalle jo. Espero que tú también estés bien y que sigas disfruntado los nuevos capis! UN BESO ENORME :)
Lily: Hola! ¿Qué tal estás? Me alegra saber que te están gustando los nuevos capis. Me gustó mucho que descaras los momentos hiccelsa, porque creo que es lo mejor que funciona de momento de la historia. Estoy muy contenta con todos ellos. MIL GRACIAS POR LA REVIEW! Un beso bonita
LuciLunera: hola y bienvenida! Me hizo mucha ilusión leerte, has sido como la voz de los anónimos que leen y no comentan y me pareció un detalle que te hayas animado a comentar. Jo, qué alegría saber que pude alegrarte un poquito la cuarentena. Espero poder seguir haciéndolo y que disfrutes las historia. UN BESO!
CRONO06: hola y bienvenidx! No te preocupes, entendí que venías de parte de ZAIKO23. Es maravilloso que te hayas animado también a seguir esta historia y comentar. De verdad, me alegráis el corazón ^^. Y sí, es una pena que mucha gente no acepte la felicidad de otros por ser quienes son, como es el caso de Elsa. Pero bueno, ella es una mujer poderosa y al final hará lo que le de la gana jajaja (que es como tiene que ser, lo importante es que cada cual sea feliz y los demás respeten) Love is Love. Lo de Hipo e Inferno ya se dejó caer en este capi, pero se hará presente en los próximos! UN SALUDO! Cuidate mucho!
K. FanNeurtex: Hola! Bienvenidx! No solo a la historia, sino también al fandom. Creo que te he leído un poquito por aquí y por allá. Intenté contestarte por privado, pero no me dejó la cuenta, no sé por qué. Así que nada, espero que te siga gustando la historia. Yo por supuesto me pasé por la tuya y espero poder dejarte un comentario en ella. Me gustó mucho la primera historia sobre todo, muy teen y muy dulce. Ya te dejaré review! Un beso enorme y cuídate. NOS LEEMOS!
Y por supuesto como siempre mil gracias a todos los anónimos y amigos que leen, espero que hayan disfrutado el capi. Aviso ya que se avecina tormenta!
BESOS!
