Hola a todxs!

¿Qué tal todo? Espero que todxs vosotrxs estéis bien de salud y vuestrxs familiares y amigxs también ^^

Lamento muchísimo la larga espera y la sensación de estar desaparecida. El mes pasado fue puro caos y por motivos laborales apenas pude sacar tiempo ni inspiración para escribir. Me ha sorprendido que muchos me habéis escrito preocupadxs por si había abandonado la historia y quisiera dejar claro que por muy larga que pueda ser mi ausencia, NO tengo intención de dejar sin terminar esta historia, así que tranquilxs :D

Desde el mes de junio que actualicé esta historia han pasado muchas cosas en mi vida, así que iré por partes.

Lo primero, no tendréis que esperar tanto para la siguiente actualización, porque el siguiente capi ya está prácticamente escrito, pero también os pido paciencia y feedback. A veces es muy difícil escribir cuando no sabes quién te lee o si te leen y eso es algo que me había desmotivado un poquito. Pero bueno, al final se saca energía y motivación, pero eso, le dedico muchas horas a escribir y a veces una simple review me alegra el día. Así que os animo a que me dejéis un comentario para ver qué pensáis o si os está gustando cómo fluye todo.

Lo segundo, este capi cierra una primera etapa del fic que hasta ahora era bastante estática y que presentaba a los personajes. Lo que quiere decir que se acercan curvas. Lo dejo ahí xD

Tercero, estoy subiendo una versión en inglés de este fic gracias a la ayuda desinteresada de Marcus S. Lazarus, quien decidió ofrecerme su colaboración de manera altruista y tengo que decir que ha hecho un MUY buen trabajo. Por esta razón, si algunos de los lectores son angloparlantes, que sepan que tienen disponible esta versión. ^^

Cuarto, no es por justificarme, pero estos últimos capítulos que estoy escribiendo son muy largos y la mayoría rondan las 40-60 página de Word (que se dice muy pronto xD), así que tal vez reduzca el número de páginas para poder publicar más seguido; aunque no sé qué preferís. ¿Capis más cortos en menos tiempo o capis más largos, aunque haya más espera?

ÚLTIMO: sobre el capi. A VER (lloro por dentro). Este capi es MUY movidito y quizás algo cursi. Pasan muchísimas cosas y he experimentado un poquito con la estructura narrativa, así que es circular. Además, he intentado retratar la calma y la cotidianidad, —que no sé si os gustará—, pero la verdad que creo que me ha quedado un capi más feliz y tal vez ¿divertido? (Aunque seguramente me matéis por el final). En fin, he tenido muchas dudas y sinceramente no es lo mejor que he escrito. De hecho, he reescrito el principio 4 veces en 4 word distintos así que espero haber acertado con la versión final y que lo disfrutéis tanto como yo.

¡Nada más! Me despido hasta dentro de poco. Un beso a todxs!


NO MÁS LECCIONES DE BAILE

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—Me voy a caer—sentenció Elsa asustada, mientras se aferraba con fuerza a la cintura de Astrid.

La vikinga dejó escapar una risa suave, mientras colocaba una mano afable sobre las manos temblorosas de la reina de hielo.

—Tranquila—dijo—, te prometo que no te vas a caer, tienes mi palabra.

—¿Segura?

—Segura.

Elsa intentó sonreír y mostrarse confiada, pero no le salió muy bien.

Ambas estaban suspendidas al borde de un acantilado, subidas a lomos de Tormenta. La dragona expandía sus alas y movía con cuidado su ala prácticamente recuperada de la lesión que sufrió el día en que el espíritu del bosque las atacó.

Los dragones solían cicatrizar mucho más rápido que otros animales y que los propios humanos gracias a las propiedades de su saliva, algo que los berkianos llevaban años estudiando sin encontrar una explicación razonable.

—¿Y si buscamos un lugar menos alto para saltar? —suplicó Elsa insegura al ver el abismo helado bajo sus pies—. Solo por si acaso.

Astrid hizo oídos sordos al comentario.

—Vamos Elsa, relájate. Se supone que ahora confiamos la una en la otra, ¿no? —se giró divertida para lanzar una mirada cómplice a la reina.

Elsa tomó aire, oteando la caída libre bajo sus pies y luego a aquel ángel guerrero que le sonreía con tanta seguridad.

Era un riesgo que estaba dispuesta a correr, pensó mientras oteaba la verticalidad del terreno rocoso que acababa en el mar y que era violentamente golpeado por las olas.

—Pues claro—dijo con seguridad, pese a tener las piernas temblorosas y el corazón al borde de la taquicardia.

Astrid volvió a reírse.

—Pues vamos, sujétate fuerte.

Y así lo hizo, aterrada.

—A la de tres… —comenzó la cuenta atrás la vikinga—uno...

Elsa se abrazó más a ella, cerrando los ojos.

—Dos…

La reina esperó un 'tres' que nunca llegó, porque en ese instante y antes de que Elsa pudiese replicar, Tormenta abrió las alas y saltaron al vacío.

Se aferró con más fuerza —si es que eso era posible— al cuerpo de Astrid, quien a diferencia de ella parecía estar muy relajada. La sensación de caída era tan espectacular que por un momento la reina sintió que perdía el aire y que se distorsionaba su percepción de la gravedad. Sus ojos se inundaron de lágrimas al instante por el viento gélido y aunque intentó abrirlos, volvió a cerrarlos con fuerza por miedo a la caída. De hecho, sus sentidos estaban tan sobreestimulados que si no fuera por la calidez y firmeza del cuerpo de Astrid, hubiese pensado que aquello no era más que un sueño.

Se contuvo las ganas de gritar y llorar en aquella caída que parecía infinita hasta que de repente hubo una gran sacudida y aquella sensación paró, notando cómo ahora el aire le hacía cosquillas en los pies.

—¿Ves? —dijo risueña Astrid—. Sigues viva. Puedes abrir los ojos.

Elsa parpadeó y abrió poco a poco los ojos, aflojando levemente su agarre con Astrid para descubrir la maravillosa sensación de volar.

Ante ellas se descubría un Arendelle radiante, bañado con el sol de las primeras horas de la mañana. El cielo estaba más azul que nunca y el mar se expandía sereno y sin fronteras desde aquella maravillosa visión aérea. Al fondo, las montañas del este se cernían impávidas sobre el paisaje y coloreaban de rosas y azules los brillos de la nieve blanca.

Elsa jamás se había imaginado que su reino podía verse tan hermoso desde el cielo, como si de un paraje de fantasía se tratase.

—Es precioso, ¿verdad? —comentó Astrid sonriente.

La reina miró entonces bajo sus pies, donde el castillo se había quedado muy pequeño y sus problemas también. Por un segundo parecía que ninguna guerra ni demonio pudiera romper aquella tranquilidad, que no temiera la traición ni que días atrás hubieran rendido homenaje a cientos de almas perdidas.

Tomó aire, algo acongojada por lo pequeña que se sintió en aquel instante y separó levemente su cuerpo del de Astrid, algo ruborizada.

—Es maravilloso…—respondió todavía temblorosa, pero hechizada por las vistas.

—Pues no has visto nada todavía—aseguró la vikinga—. Vamos con el resto.

Tormenta empezó entonces a virar un poco, sacudiendo sus alas para seguir ascendiendo a través de las nubes, alejándose un poco del reino.

Sin duda Elsa nunca había experimentado un estado de plenitud tan grande como aquel, sintiendo por un segundo una vaga sensación de pertenencia, como si su lugar hubiese estado siempre allí en el cielo y no anclado entre las cuatro paredes sombrías de su castillo.

Como si a lo mejor ella pudiera ser algo más que la reina de Arendelle.

Sin embargo, sus pensamientos la traicionaron y pese a experimentar aquella maravillosa sensación, no pudo olvidar que aquel momento de calma solo era un paréntesis ante todo lo que se les venía encima.

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Días atrás, la mañana después de haber sido atacadas por el espíritu del bosque y descubrir que su única pista había sido arrancada de cuajo de entre las páginas de un cuento, Elsa se despertó sacudida por las pesadillas.

Desde que no dormía con Hipo, no había noche que no se despertada aterrada y empapada en sudor frío con la extraña sensación de que la muerte la perseguía, a ella y a todo su reino.

La declaración de los Trolls y la partida de los vikingos solo había afianzado esa desazón y aquella mañana, pese a tener el cuerpo dolorido de la batalla y el cansancio de la traición, se levantó más temprano que nunca.

Ni siquiera había amanecido todavía, pero el corazón le latía rápido y le temblaba demasiado el pulso como para poder volver a conciliar el sueño, así que no le supuso ningún esfuerzo salir de la cama.

Se vistió lo más rápido que pudo con ropa cómoda y salió camino a la biblioteca a intentar poner algo de orden a sus ideas. Al llegar a aquel lugar de culto se adentró entre las estanterías y rebuscó de nuevo en la colección de cuentos infantiles que la noche anterior Hipo había trasteado. Observó el hueco del libro que faltaba, aquel que había cogido el vikingo y al cual le habían arrancado las hojas.

Sin duda y como temían, aquellas páginas escondían algo más que un cuento infantil con moraleja. Seguramente ocultaban alguna pista sobre el bosque mágico y lo que estaba ocurriendo en él. O al menos algo sobre el dragón muerto que encontró Hipo o el porqué del interés de Drago por aquel lugar.

Elsa se fijó en los tomos de cuentos y entonces se vio que todos compartían la temática sobre leyendas del bosque. El tomo que se había llevado Hipo era aquel titulado La princesa y el dragón, seguramente porque pensó que era aquel que contenía alguna pista relevante. Sin embargo, ahora que estaba frente a toda la colección de fábulas del bosque, se daba cuenta que todos aquellos relatos infantiles podían atesorar una oscura verdad sobre su reino. Comenzó a leer sus lomos: La niña perdida y el gran árbol, Trolls y otros seres de fantasía, El reino perdido, El valle del sol, Cuentos de medianoche, El mago y su varita, El gran incendio, La laguna, La bruja y la estrella blanca, La fuente de la juventud…

Títulos que de niña le habían parecido bellos cánticos a la imaginación, pero que ahora no podía dejar de pensar en ellos cómo pistas sobre la oscura historia de su familia.

Los sacó uno a uno de la estantería y revisó con atención que a ninguno le faltaran más páginas. Por suerte, todos estaban intactos, lo que acentuaba más que Hipo no estaba muy equivocado y que realmente toda la información que llevaban buscando desde hacía semanas estaba ahí, en aquellos cuentos.

Sin demorarse mucho y con la sensación de ser observada, tomó todos los libros que pudo y los cambió de lugar, por si acaso. Los llevó hasta otra sección más escondida, donde los guardo bajo llave en un cofre donde los escribanos guardaban tintas y pergaminos viejos.

De todos ellos, se quedó uno para leer: La fuente de la juventud.

Había leído mucho de niña justo ese ejemplar y por alguna razón pensó que tal vez lo que buscaba Drago era aquella fuente mágica o algo parecido. Al menos le pareció lo más lógico, ya que su dragón parecía inmortal o al menos parcialmente, como habían descubierto los jinetes. Sin embargo, después de leer un rato se sintió algo confundida, porque el relato hablaba de piratas y unas tierras que nada tenían que ver con Arendelle.

Resopló y se sintió agotada.

Por la ventana ya empezaban a entrar las primeras luces de la mañana, así que se levantó apresurada, recordando que Estoico, Alea y Bocón estarían a punto de partir.

—.—.—.—.—.—.—

Hipo y Astrid se sonreían como idiotas, desnudos y algo despeinados, todavía agitados por aquello que tanto habían anhelado en las últimas semanas, pero a la vez inspirados por una profunda calma.

En aquel momento tenían que admitir que poco les importaba lo que pasaba fuera de aquellas sábanas. Después de todo el estrés y la preocupación, tenían suficiente con abrazarse el uno a la otra, desnudos y tranquilos, hablando de todo y de nada.

Se habían despertado hacía rato y tras un largo manoseo tonto de buenos días, habían comenzado a librar aquella batalla por saciar su hambre, por probarse, por poseer al otro hasta apaciguar aquella ansiedad por tocarse. Ambos sabían que Astrid no debía estar allí y que pronto deberían despedirse sino querían que los pillaran. Lamentablemente, eran conscientes de que aquel momento de intimidad y paz no les duraría mucho, así que simplemente se dejaron llevar, sin pensar en nadie más que en ellos mientras se calmaban en silencio, por si alguien los escuchaba.

Sin embargo, ahora que se observaban en la oscuridad, sudados y con los labios hinchados, se daban cuenta que habían sido de todo menos discretos y que por mucho que hubiesen intentando ser silenciosos, ninguno de los dos se había privado de gemir ni arrancarle gemidos al otro.

Hipo de hecho había sido el peor. Por lo general era una amante bastante paciente y tranquilo, sin embargo, se había dejado arrastrar por aquella necesidad que lo estaba volviendo loco y había embestido a Astrid sin miramientos, hasta arrancarle un orgasmo desesperado acompañado de un grito poco decoroso. Pero la cosa no había quedado ahí, y más cuando Astrid había decido tomar el control de aquella situación y subírsele encima para cabalgarle como venganza.

Ahora en cambio se reían y hablan en susurros acurrados entre las sábanas, como si así compensaran el ruido que habían hecho minutos atrás; rezando mentalmente porque Elsa no los hubiese oído.

—Te juro que le he visto mover el hombro sin problemas—siguió relatando Astrid—. Es que no sé cómo pueden seguir consintiéndole tanto las curanderas de aquí—expresó indignada la vikinga, quien se quejaba del trato de favor que estaban teniendo con Chusco en aquel reino y de su enorme cuentitis—, ¡qué no le pasa nada! ¡por el amor de los Dioses! No me puedo creer que por primera vez Brusca tenga razón en algo.

A Hipo le encantaba cuando Astrid sacaba ese temple suyo para hablar de las injusticias. Se abrazó más a ella, dejándose caer sobre su pecho.

—Créeme—expuso Hipo—. Yo casi que prefiero que siga jugando al enfermo antes que sembrando el caos.

Astrid bufó y rodó los ojos. Era imposible ganar batallas contra los gemelos.

—¿Te cuento un secreto? —lanzó al aire entonces la vikinga.

Hipo levantó la vista para mirarla.

—Soy todo oídos.

La chica mostró una sonrisa ladina.

—Brusca me ha dicho que su hermano va detrás de la jefa de las curanderas.

Hipo frunció el ceño.

—¿La vieja a la que le falta un diente? —preguntó espantado y confundido.

Aquello hizo reír a Astrid.

—No idiota, la chica joven…—le apartó el pelo de la cara— esta que es muy amable, que lleva siempre el pelo recogido y tiene la piel tostada.

—¡Ah! Rose —respiró aliviado Hipo—. Dioses, no sé qué es peor. Esa chica es un encanto y Chusco es…

—Chusco.

—Eso—coincidió con Astrid—. Menos mal que parece una mujer inteligente…

—Bueno, por amor se hacen muchas tonterías—declaró Astrid.

Y eso era algo que los dos sabían de sobra. Saltarían al vacío por el otro si fuese necesario, por muy confundidos que pudieran estar últimamente respecto a sus sentimientos.

No es que ya no sintieran lo mismo que antes, al contrario, tenían más claro que nunca que querían estar con el otro. Sin embargo, Elsa seguía despertando extraños sentimiento que Hipo se esforzaba en reprimir y Astrid, sin saber muy bien por qué, comenzaba a sentirse rara en presencia de la reina, sobre todo desde la pasada noche, donde el respeto y la admiración se transformaron en algo más, algo que no sabía explicar con palabras y que al igual que Hipo no parecía estar dispuesta a averiguarlo.

Sin embargo, ahí estaban los dos, dedicándole un pensamiento a la reina de las nieves cuando hablaban de locuras por amor, cuando hablaban para sí mismos de cruzar una tormenta de nieve o luchar contra monstruos por una mujer que acababa de aparecer en sus vidas.

Ambos se quedaron un momento en silencio, arropados por la calidez de sus cuerpos y la tranquilidad que reinaba fuera, pese a que sus pensamientos estuviesen llenos de conflictos.

Hipo besó entonces a Astrid en los labios, acunando su rostro entre sus manos. La chica le sonrió y volvieron a fundirse en un largo abrazo, mientras contemplaban cómo el cielo clareaba poco a poco por la ventana.

—¿De verdad vas a participar en la cosa esa? —preguntó entonces Astrid al ver la luz, acariciando la cabeza del vikingo—. La musa o mosa, como se llame.

—La misa—la ayudó Hipo—. Sí, supongo que es una buena forma de poner un poco paz entre nuestros pueblos… También tengo despedirme de mi padre—suspiró—. Supongo que debería vestirme...

Sin embargo, pese al tono serio y decaído de sus palabras, sus gestos mostraron todo lo contrario, ya que se abrazó con más fuerza a Astrid y enterró la cabeza entre sus pechos.

—Sabes que eso no te va ayudar a vestirte, ¿verdad? —sonrió para sí Astrid, recuperando algo el ánimo.

—Pienso quedarme aquí para siempre—decretó el chico.

—Pues no creo que tarden en venir a arrancarte de mis brazos, señor rey de Arendelle— imitó ella la voz de soldado.

—Menos mal que sabrás defenderme—dijo con tranquilidad Hipo, no muy dispuesto a marcharse.

—Podré defenderte de los inútiles soldados de este castillo, pero no de tu esposa con poderes mágicos, así que ve sacando el culo de la cama, Haddock—le advirtió Astrid, haciéndole cosquillas a Hipo para que la soltara.

El chico luchó un rato, pero terminó por darse por vencido. Al fin y al cabo, Astrid tenía razón y era cierto que tenía que marcharse, no podía demorarlo más. El sol estaba a punto de salir y su padre de marcharse.

Así que refunfuñando se separó de ella y se incorporó en la cama, frotándose un poco los ojos mientras se desperezada.

—Hablando de mi esposa…—sacó el tema Hipo, socarrón— ¿cómo es que hicisteis las paces anoche? Te vi echar humo por las orejas cuando te marchaste de la entrada del castillo.

El chico salió de la cama y se puso la prótesis, incorporándose para buscar su ropa. Astrid echó un vistazo a su cuerpo desnudo, en especial a su espalda, donde le había dejado algunas marcas de uñas y mentiría si no pensó en ese momento en volver a arrastrarlo de nuevo a la cama.

—Elsa vino a pedirme disculpas—dijo con tranquilidad, mientras se acurrucaba entre las sábanas de la cama, sorprendida del frío que había dejado su ausencia.

Escuchó a Hipo a reír por lo bajo mientras se ponía su camisa.

—Vaya, a mí no me lo pones tan fácil—se quejó de broma, mientras luchaba por cerrarse aquella camisa a la que se le había caído un botón.

—¿Y quién te ha dicho que fue fácil? —se apoyó la vikinga sobre su mano.

—No sé, dímelo tú—siguió el vikingo, batallando ahora con la ropa interior y los pantalones.

Hipo casi se cae, así que terminó sentándose en la cama para evitar partirse la crisma mientras intentaba ajustarse los pantalones. Astrid se incorporó en la cama y lo agarró de la camisa.

—Has perdido un botón… —observó el deshilache donde debía estar el objeto.

—Da igual, ya le coseré otro—se abrochó el pantalón—. Así tengo un aspecto más varonil.

Astrid se rio.

—¿Enseñando esos cuatro pelos rojos que tienes en el pecho?

Hipo arrugó la nariz.

—Algún día me saldrá hasta barba, ya verás—bromeó, buscando también los zapatos en el suelo—. Entonces, ¿seguro que todo bien con Elsa anoche?

Hipo quería estar seguro que el asunto del consejo no las había salpicado a ellas. Sabía que Astrid jamás le haría daño a nadie y menos a la reina, quien además necesitaba a alguien leal a su lado y él solo se fiaba de la vikinga.

—Todo bien sí… —dudó.

—Astrid…—quiso indagar Hipo, al notar aquel tono de verdad a medias.

—Vale—comenzó—, ¿si te lo cuento prometes no enfadarte?

Hipo se giró desconcertado y la miró, ahora preocupado. La chica arrugó la nariz, sin saber por dónde empezar.

—Tal vez, le pedí que hiciera… algo por mí—intentó especificar, ante la cara expectante de Hipo.

—¿Cómo que hacer algo?

La vikinga se mordió el labio.

—Astrid.

—Está bien—se rindió ella—. Anoche estaba muy enfadada y no me daba la gana de perdonar a Elsa, y menos cuando me había tachado de traidora el mismo día en que casi morimos yo y mi dragona por ella. Así que cuando se plantó en las cocinas para disculparse, pues quise humillarla un poquito…—reveló.

—¡Cómo que humillarla! —dijo escandalizado.

—Solo un poquito —quiso dejar claro la vikinga.

—Qué le pediste que hiciera—siguió demandando Hipo, tenso.

Astrid dudó.

—Le dije que si quería recuperar mi confianza tenía que demostrarme que confiaba en mí y bueno… pues le puse una prueba de confianza.

—¿Una prueba de confianza? Por qué eso me suena tan mal… —se llevó la mano a la frente el chico.

Astrid tomó aire y carraspeó.

—¿Y bien? —casi suplicó Hipo.

—Bueno, ya sabes lo que se dice en la tribu sobre la confianza… —expresó ante la cara preocupada del vikingo.

—No sé lo que se dice en la tribu sobre la confianza—se quejó Hipo, cansado de los rodeos de Astrid.

—Ya sabes eso de… no hay que fiarse de quien se baña con armas—especificó Astrid.

Hipo seguía sin entender y ante su mirada demandante y confusa, Astrid terminó por ser clara y concisa.

—Básicamente le pedí que si quería recuperar mi confianza… pues que se bañara conmigo.

El vikingo abrió los ojos como platos.

—¡¿Qué hiciste qué?! —preguntó escandalizado—. Por los Dioses Astrid, en estos reinos ruedan cabezas por mucho menos, ¿estás loca?

La chica se puso a la defensiva y se cruzó de brazos.

—Alguien tenía que bajarle los humos y abrirle un poquito los ojos—expresó—. Está rodeada de idiotas que la manipulan y es demasiado orgullosa.

—Astrid, tú eres la reina del orgullo y Elsa la reina de estas tierras—dijo preocupado—. No puedes retarla delante de su gente… y menos pedirle algo así.

—Lo sé y lo siento—aceptó de mala gana la vikinga—. Pero bueno, ahora estamos bien, ¿no? Además, tengo que decir que me dio una lección de humildad.

Aquello trastocó a Hipo.

—¿Elsa se bañó contigo?

Astrid asintió.

En ese momento la imagen de ambas chicas desnudas, bañándose juntas inundó la mente del vikingo, sintiéndose terriblemente culpable por sentirse levemente excitado. Tomó aire, mientras alejaba eso de su mente.

—¿Lo dices en serio? —quiso asegurarse.

Astrid volvió a asentir, ahora más relajada.

—Bueno… no estás muerta—dedujo el vikingo—, así que supongo que eso es una buena señal. Aunque si te soy sincero no me imaginaba a Elsa… bueno, accediendo a algo así.

—Yo tampoco—coincidió Astrid—. Pero tenías razón con ella. Elsa es una buena persona y tiene coraje suficiente para liderar este reino sin la ayuda de esos idiotas, solo necesita demostrárselo a su gente…

Ambos volvieron a quedarse en silencio, pero esta vez Astrid se apresuró en romperlo.

—Ni si te ocurra decirle que te lo he contado—le advirtió entonces la vikinga apuntándole incisivamente con un dedo.

—Tranquila, mis labios están sellados.

—Y péinate, estás horrible—añadió, intentando arreglarle aquella melena indomable.

Astrid siempre solía cambiar de tema apresuradamente cuando sabía que había metido la pata en algo o que se había equivocado con alguien; en este caso ambas cosas.

Hipo la miró y sintió que podía leerle la mente. Seguramente tragarse su orgullo delante del servicio no le había sabido a victoria precisamente, aunque seguía sin poder creerse que Elsa, con lo pudorosa y modosita que era, se hubiese desnudado delante del servicio para darle una lección de humildad a Astrid.

—A ver, que te has puesto el pantalón fatal y al final te vas a caer—llenó el silencio la vikinga, saliendo de la cama arropada solamente por una manta, ayudando a Hipo a terminar de pasar el pantalón por la prótesis y ponerse el cinturón—. Yo me vestiré ahora también e iré a avisar a los jinetes de lo que querías hacer para la ceremonia esa como se llame. Ah, y despide a tu padre de mi parte—añadió atropelladamente, mientras se recogía unos cuantos mechones desordenados tras las orejas—. ¿En serio vas a leer las escrituras cristianas de esta gente? ¿No será muy raro? Yo que tú daría un discurso o leería otra cosa. ¿Crees que será algo muy formal? Me aseguraré de que los gemelos no metan la pata…

—Te quiero Astrid—confesó embelesado, sin escuchar la mitad de las cosas que decía.

A la chica se le tiñeron las mejillas de rojo, mientras se ponía de pie y le ofrecía una mano a Hipo para que también se levantara de la cama.

—Anda, date prisa que vas a llegar tarde—dijo con cierto pudor, aunque acto seguido se abrazó a él.

Hipo la rodeó por la cintura y enredó la nariz en su pelo.

—Yo también te quiero Hipo, mucho—le susurró al oído.

Hipo notó algo de tristeza en su voz pero para cuando se apartaron Astrid ya tenía una sonrisa de oreja a oreja y fingía que todo estaba bien; como siempre.

—Te veo más tarde—se despidió Hipo—. Y aprovecha para dormir un rato más, todavía es temprano y no creo que Elsa esté para entrenamientos.

—Debería irme a mi habitación, Hipo.

El chico suspiró.

—Puedes quedarte, no vendrá nadie.

—¿Seguro?

—Seguro—la besó.

La chica solo asintió y despidió a Hipo.

—Prométeme que vas a descansar un rato más—alzó el índice inquisidor el vikingo antes de salir por la puerta.

—Que sí, pesado—se quejó Astrid.

Nada más escuchó la puerta cerrarse, Astrid volvió a la cama y se dejó caer exhausta. Realmente estaba agotada y le dolía todo el cuerpo de la batalla.

Buscó en el suelo el camisón de Elsa y se lo puso, muerta de frío por la ausencia de Hipo y se enterró entre las mantas. Aunque la cama olía a Hipo y a sexo, Astrid no pudo evitar sonreír al notar que su camisón todavía olía a Elsa. Y era un olor maravilloso, como a flores, vainilla y agua fresca.

Suspiró, sin saber por qué se sentía tan rara ni por qué no paraba de pensar en la reina de las nieves.

—.—.—.—.—.—.—.

—Hipo, hijo—lo saludó Bocón al verlo entrar en las mazmorras.

—Hola Bocón—le devolvió el saludo—, ¿dónde está mi padre?

Hipo llegó justo a tiempo para ayudar a empacar a su padre, Bocón y Alea.

Como habían acordado el día anterior, ellos tres se marcharían con urgencia a Berk y el resto del consejo volvería en barco junto con los refugiados de Arendelle. Hipo y Elsa deberían sentarse largo y tendido a hablar sobre el tema y la gestión de todo aquello, pero de momento cada uno parecía atarse al momento presente y más cuando apenas les había dado tiempo a despertarse.

De hecho, Hipo se preguntaba dónde debía estar Elsa, ya que como reina pensó que estaría allí para despedir a Estoico. Sin embargo, el sol ya había salido y no había rastro de ella. En el fondo el vikingo lo agradeció, porque prefería disculparse con su padre en soledad, sin la mirada de aquella mujer que parecía tener tan claro qué era lo correcto en aquellas situaciones.

En ese aspecto Hipo se veía a sí mismo como un niño cuando se comparaba con Elsa, tan madura y segura.

—Papá—le dijo Hipo cuando al fin divisó a su padre ensillando a su dragón y recogiendo una bolsa de alimentos.

—Buenos días hijo—saludó Estoico, que se veía cansado, pero con buen humor.

—Veo que ya lo tenéis todo listo—observó el chico que se puso a ayudar a su padre a terminar de empacar.

—Con un poco de suerte llegaremos a Berk en cuatro o cinco días—añadió Estoico.

Ambos se miraron y aunque querían y necesitaban hablar de mil cosas, ninguno dijo nada. Evitar los temas dolorosos era básicamente lo único que tenían en común padre e hijo.

Siguieron preparando todo en silencio, oyendo cómo de fondo Bocón peleaba con su dragón porque al parecer había aplastado la bolsa de comida del vikingo.

Hipo aprovechó que estaba allí para visitar a Desdentao mientras su padre terminaba de empacar. Aunque Elsa había hecho desaparecer los barrotes de hielo la tarde que Hipo le enseñó los dragones, igualmente las mazmorras no eran un buen lugar para tener a un dragón e Hipo se sentía fatal por tener a Desdentao allí encerrado. Apenas podían volar juntos unas cuantas horas al día y desde que hacía turno doble en la fabricación de armas había descuidado considerablemente a su dragón, que más que un dragón como tal era su mejor amigo.

Desdentao además era muy inteligente y en muchas ocasiones solo le hacía falta hablar. De hecho, se percató automáticamente de que Estoico se marchaba y de que Hipo y su padre estaban raros el uno con el otro. Por esta razón, le dio un golpe con la cola a Hipo en la cabeza, como indicándole que hablara de una vez. El vikingo se llevó la mano al lugar del golpe, sorprendido por el gesto y algo dolido, mirando inquisidor a su dragón.

Reptil inútil, pensó.

Pero sabía que tenía razón.

—Papá.

—Hipo.

Dijeron al unísono padre e hijo.

—Dime.

—Dime.

Repitieron.

—Habla tú primero—pidió Hipo.

—No, no, tú primero hijo, dime.

Hipo tomó aire, sin saber muy bien qué decirle a su padre. Quería disculparse, pero aun así no podía perdonarle todo.

—Esto… yo quería decirte—comenzó—, que me… que… me mandéis un correo terrible cuando lleguéis a Berk y me mantengáis informado de la situación, sobre todo en lo referente a otros pueblos del archipiélago.

Estoico asintió, reordenando sus propias ideas.

—Por supuesto—respondió en el mismo tono formal que su hijo—. Te mantendré al tanto y prepararé todo para la llegada de los aldeanos de estas tierras.

—Hablando de eso… ¿crees que fue buena idea?

—El deber de un jefe es tomar decisiones por el bien de los suyos—lo aleccionó su padre, como tenía costumbre de hacer—. Buena o mala, tú has tomado la tuya para con estas gentes, que ahora son también tu pueblo.

Hipo bajó la mirada y respiró hondo, sin poder creerse que estuviese tan atado a aquella tierra extranjera. Ya había soñado una vez con dejar Berk y ser libre, pertenecer al viento. Sin embargo, si antes estaba atado de pies y manos con la jefatura, ahora literalmente tenía una soga al cuello.

—Puede que no sean vikingos y que tú no seas el rey que ellos esperan, pero tal vez eres lo que estas gentes necesitan—dijo entonces su padre, sereno—. No lo olvides, hijo, aun aquí sigues siendo un vikingo.

—Sí, supongo que tienes razón… —aceptó Hipo, no muy convencido—. Tened cuidado en el viaje, ¿vale?

—Lo tendremos.

Tras esto se instaló un silencio muy incómodo entre ambos, que solventaron como mejor pudieron.

—¿Y tu esposa? —preguntó Estoico.

—Todavía duerme—mintió Hipo, que realmente no tenía ni idea de dónde estaba Elsa o de si estaba dormida o no.

—Cuida de ella—sentenció su padre.

—Eso haré—respondió por inercia Hipo.

—Siento mucho lo que el consejo dijo de ella—se pronunció entonces Estoico, sorprendiendo a su hijo—. Es una buena reina y ayer actuasteis como dos reyes unidos. Estoy orgulloso.

Sin embargo, pese a ser palabras aduladoras, Hipo se sintió terriblemente mal al escucharlas. Él precisamente no estaba muy orgulloso de sí mismo.

Estoico iba a decir algo más cuando llegó a las mazmorras la propia Elsa.

Hipo abrió los ojos de par en par al verla entrar, sobre todo porque acababa de decirle a su padre que estaba durmiendo.

—Reina Elsa—saludó Estoico al verla.

—Jefe Estoico—le devolvió el saludo al igual que le dedicaba una mirada a Hipo, quien se veía extraño.

—Venía a despedirme de vosotros—explicó Elsa tranquila mientras se acercaba a ellos.

En ese momento se acercó también Bocón que le dedicó su mejor sonrisa mellada a la reina.

—Majestad—se inclinó el herrero, con movimiento torpe.

—Traigo de hecho una sorpresa para vos—reveló la reina mirando a Bocón.

El herrero no comprendió qué quería decir, hasta que por la puerta por la que había aparecido Elsa entraron un grupo de seis o siete niños que prácticamente se abalanzaron sobre el vikingo, entre ellos Finn, el niño que habían rescatado.

El resto dibujó una sonrisa al ver aquel lado tan extrañamente paternal del viejo Bocón, quien se dejaba abrazar por el grupo de niños, sorprendido, entre lágrimas.

—Qué pena que nunca haya sido padre—dijo entonces Alea que apareció detrás cargada con una bolsa de provisiones al hombro, lista también para partir—. Majestad—saludó a la reina.

—No sabía que tenías tantos admiradores, Bocón—rio Estoico.

—Mis niños—dijo para sí el herrero, entre lágrimas—. Portaos bien y no olvidéis todo lo que os he enseñado.

A Hipo la escena le parecía cuanto menos absurda, pero también se le escapó una sonrisa.

Bocón siempre había tenido pasión por los niños y era un niñero excelente, —a su manera, claro está. De hecho, había sido como un padre más para todos los niños de Berk, en especial para Hipo, que se quedó huérfano de madre demasiado pronto. El vikingo siempre se había preguntado por qué Bocón jamás se había casado y tenido hijos, imaginando que tal vez su mal aliento y su alma guerrera lo habían alejado de la fantasía del amor. Al menos eso pensaba de niño. Ahora que había crecido, tenía la leve sospecha de que Bocón no se había casado porque nunca había estado realmente interesado en las mujeres. Claro que eso es algo que se guardaba para sí mismo y que nunca había compartido con su maestro, con aquel que era básicamente como su segundo padre.

—Me los he encontrado de camino y me habían preguntado por él—le explicó Elsa a Hipo casi en un susurro—. Ninguno quería que se fuera sin despedirse—se refirió a los niños.

Hipo observó a Elsa y por alguna razón la encontró diferente a otros días. Podía verse en su rostro que había dormido poco, como era habitual en ella, pero se la veía extrañamente sonriente observando aquella escena, como si realmente estuviese conmovida por esa muestra tan inocente de afecto. Hasta ese instante Hipo no se había planteado lo hermosa que se veía aquella mujer cuando sonreía. Bajó la mirada algo avergonzado de haberse quedado un rato observándola de aquella manera, topándose con que Elsa llevaba la muñequera de Astrid en una mano.

—Ya pensaba que no nos veríamos en un tiempo—dijo entonces Estoico, refiriéndose a Elsa—. Me había dicho mi hijo que todavía dormíais.

Hipo palideció.

—Qué raro… —respondió confusa—, me levanté esta mañana bastante temprano…

No obstante, a medida que decía esto se encontró con la cara demandante y suplicante de Hipo.

—Porque… —intentó imaginar Elsa, a quien no se le daba demasiado bien mentir ni improvisar—, porque… tengo… insomnio. Y claro, estaba muy cansada y volví a dormirme—consiguió decir—. Me desperté y me dormí, pero aquí estoy porque no quería que os fuerais sin despedirme.

Acto seguido la reina se tomó del brazo con Hipo en un gesto sutil y cariñoso que cualquier esposa haría, como el propio vikingo le había pedido que hiciera la noche anterior. Aunque claro, en ellos se vio algo forzado.

Estoico no pareció del todo convencido, pero sonrió a la reina y aceptó de buena gana aquella muestra de respecto.

No tardaron mucho más en irse, saliendo con los dragones al patio central desde donde alzaron el vuelo.

Otros muchos aldeanos salieron afuera a despedirles, muchos con temor al ver en el aire aquellas bestias y otros asombrados por la voluntad de los vikingos de someter a aquellos animales gigantescos.

Hipo finalmente no se había disculpado con su padre, pero aceptó que lo mejor era dejarlo así. Lo último que hubiese querido es que ambos hubiesen vuelto a discutir.

Estuvo tomado del brazo con Elsa todo el tiempo hasta que su padre, Bocón y Alea desaparecieron en el cielo, siendo consciente entonces de que todos allí los observaban. Sin duda Hipo jamás se sintió tan extranjero y rechazado como en aquel momento, observado por tanto ojos ajenos que murmuraban sobre su nuevo rey vikingo.

—Elsa, Hipo—dijo entonces una voz a sus espaldas.

Era Anna, que venía acompañada de Kristoff. Ambos lucían bastante despiertos, aunque se notaba que cargaban a sus espaldas con semanas de duro trabajo.

—Os estábamos buscando—dijo Anna, acercándose a ellos.

La princesa se sorprendió al encontrarlos tomados del brazo. Un acercamiento completamente inusual entre ellos. Si nos lo conociera, hubiese pensando que era hasta casi romántico.

Hipo se fijó entonces que ambos iban vestidos de negro, lo cual no llegó a entender.

—Es el padre Gerard—explicó Kristoff—. Lleva un rato buscándote, Elsa.

—¿Lo sabe ya la gente? —preguntó Elsa.

Anna asintió.

—Lo están pregonando por el castillo y la parte reconstruida—anunció—. Será hoy a las siete, con la caída del sol—añadió con calma Anna—. ¿Te lo ha explicado Elsa? —interpeló a Hipo.

—Sí, hablamos anoche de ello— respondió Hipo.

—Genial—le sonrió Anna—. Intentad descansad hasta entonces, yo me ocupo de todo.

—Anna, no tienes que hacerlo tú todo sola, estoy bien—pidió Elsa, rompiendo su enlace con Hipo y acercándose a su hermana.

—Lo sé, pero no estoy sola—lanzó una mirada hacia Kristoff, que la abrazó por los hombros—. Vosotros dos encargaros de organizar los barcos, eso me preocupa mucho más que la misa.

Hipo y Elsa intercambiaron una mirada cómplice, a sabiendas de que Anna tenía razón.

—Por cierto Elsa, ¿has vuelto a leer los cuentos de la tía Marie? —preguntó Anna—. He ido antes a buscarte a tu habitación y lo habías dejado sobre la cama. Me ha hecho mucha ilusión, aunque no te imaginaba leyendo eso.

Aquellas palabras llenaron de visiones borrosas la mente de Elsa.

—¿De la tía Marie? —preguntó confundida.

—Sí… claro—respondió con obviedad Anna—. Los que nos regaló de su colección personal de cuentos, ¿no te acuerdas? Escribía muy bien. De hecho, fue quien nos regaló ese cuento que me daba mucho miedo…

Elsa dudó un momento, pensativa, mientras abría los ojos con asombro.

—Tienes razón Anna… —dijo casi en un suspiro.

—Mmm… ¿la tengo? —preguntó confundida.

Elsa no dijo nada más, simplemente le dio un beso en la mejilla a su hermana y entró casi corriendo al castillo. Hipo, Anna y Kristoff se quedaron muy confundidos, con cara de idiotas.

—¿Nos hemos perdido algo? —rompió el silencio Kristoff.

—Algo así… ya os lo explicaremos todo, lo prometo—respondió el vikingo—. Voy...voy a buscarla—sentenció después, yendo tras ella.

—.—.—.—.—.—.—.—

A Elsa se le había acelerado el pulso, para bien y para mal.

Si aquello significaba lo que significaba, posiblemente había una forma de recuperar las páginas que faltaban. Subió a toda prisa las escaleras y tomó un atajo rumbo a la biblioteca, donde fue directa hacia el baúl donde había guardado los libros.

Los abrió algo temblorosa y se puso a inspeccionar con suma atención todos y cada uno de ellos. Por su tacto y maquetación, estaba claro que algunos no pertenecían a la misma colección de cuentos. Buscó además en las primeras páginas por si había algún dato.

Nada.

Era imposible saber cuáles de aquellos libros pertenecían a la colección de la tía Marie y cuáles no. Anna había dicho que justo el ejemplar de La fuente de la juventud era de ella, pero tal vez solo era un vago recuerdo infantil. No obstante, era una pista. La única que tenían.

Tomando algunos libros consigo, salió de allí hacia su habitación donde recogió el ejemplar sobre la cama. Lo comparó con los pocos libros que había cogido y reparó en que, por textura y material, sin duda algunos pertenecían a la misma colección de cuentos y año de fabricación.

Salió entonces despedida hacia la habitación de Hipo a por el ejemplar de La princesa y el dragón, esperanzada a que aquel libro fuera también uno de ellos, cuando se percató de que la habitación no estaba vacía.

Estaba tan ensimismada en sus pensamientos y la tarea de resolver cuanto antes aquella incógnita que había olvidado que Hipo y Astrid habían dormido juntos. De hecho, se arrepintió al instante de entrar porque había abierto con mucha brusquedad. Sin embargo, la vikinga pareció no notarlo, porque seguía durmiendo plácidamente entre las sábanas, con el rostro tranquilo y la respiración silenciosa. Estaba tumbada de lado, pero podía notarse cómo su pecho se elevaba tranquilo. Lucía tan serena que hasta parecía un ángel, con aquella piel pálida adornada de lunares y aquella cabellera salvaje que se esparcía sin ningún orden en la almohada como un río de oro.

Esa fue la primera vez que Elsa sintió envidia, aunque no de Astrid por haber dormido en los brazos de del vikingo; sino del propio Hipo, por tener la suerte de ser amado por una mujer como aquella.

—Elsa—le tocó el hombro el chico tras ella.

La reina se llevó tal susto que tiró los libros al suelo y dejó escapar un gritito.

Esto por supuesto despertó a Astrid, que se incorporó de inmediato sobre la cama en menos de un segundo, asustada. Al ver que solo se trataba de ellos dos respiró aliviada, llevándose la mano al pecho.

—¡Dioses! Pero ¿qué estáis haciendo? —preguntó en su lengua, todavía acongojada por el repentino despertar.

—Perdona—se disculpó Hipo, que se agachó a ayudar a Elsa a recoger los libros del suelo.

La reina no dijo nada, consciente de que Hipo la había pillado mirando a Astrid. Solo rezaba porque el chico acabase de llegar, ya que no sabía cuánto tiempo había estado ahí parada mirándola.

—Llevaba un rato buscándote—le dijo entonces el vikingo a Elsa—. ¿Qué era eso tan urgente?

Astrid salió también de la cama, agarrando un libro que había caído prácticamente al borde de las mantas. La chica todavía estaba algo confundida, pero se acercó a los dos, sin saber qué pasaba.

—¿Ha pasado algo? —preguntó desconcertada, frotándose los ojos.

Elsa tomó los libros que pudo y se puso de pie, algo abochornada.

—Lo siento—se disculpó con Astrid—. Venía a buscar un libro, no quería despertarte.

—No pasa nada.

—¿Es por lo que ha dicho tu hermana? —preguntó Hipo, que seguía muy desconcertado.

—¿Qué ha dicho Anna? —preguntó Astrid, también algo desubicada.

Elsa se apartó un poco de ellos antes de hablar, intentando calmarse ya que sus poderes amenazaban con hacer de las suyas.

—Es sobre los libros, en concreto el libro al que le han arrancado las páginas—se explicó Elsa.

—¿Le han arrancado las páginas a un libro? —siguió preguntando Astrid, que no entendía nada.

—Ya te habías dormido cuando lo vimos—explicó Hipo, mirando a Elsa para que se explicara.

La reina tomó aire y les pidió que se sentaran mientras ella tomaba el libro y lo examinaba.

Hipo le explicó a Astrid que la noche anterior habían encontrado un libro que hablaba de dragones, pero al que le habían arrancado prácticamente un capítulo entero.

—Mi tía Marie murió cuando Anna y yo éramos unas niñas—se explicó Elsa—. Se convirtió en duquesa al casarse con mi tío y dedicó su vida a formar 'señoritas' en la corte. También dicen que se volvió loca cuando tuvo a mi primo y que la encerraron en su habitación hasta el día de su muerte. Ahí se pasó los años escribiendo libros de cuentos que al parecer fueron muy populares entre los hijos de los nobles. A Anna y a mí nos regaló algunos de su colección años antes de morir.

Hipo y Astrid se quedaron pensativos, sin entender nada.

—¿Y dices que el libro a lo mejor lo ha escrito ella? —indagó Hipo.

—Tal vez—especuló Elsa—. Anna cree recordar que sí. Puede que ella supiera algo del pasado de nuestra familia…

—Si fueron muy populares, entonces debe haber más copias del libro ¿no? —preguntó Astrid—. ¿No viene ahí el autor?

—Está mal visto que los nobles firmen con su nombre y más si son mujeres 'locas', así que muchos son anónimos—explicó Elsa—. Tiene que haber una forma de asegurarnos de que son suyos, pero no sé cuál.

—A ver, no me cuadra—dijo Hipo—. En el fondo da igual quién los escribiera, si hay más copias de estos cuentos lo único que tenemos que hacer es preguntar en los reinos vecinos, ¿no?

Elsa suspiró, preparada para dar la mala noticia.

—Hace semanas envié cartas a los reinos para que nos dieran información y registros históricos y nadie me contestó—reveló—. Solo nos felicitaron por el compromiso…

Se hizo entonces un silencio incómodo, en el que Hipo y Astrid se miraron algo decaídos.

—Entonces… —intentó teorizar Astrid—. Si ese libro fuera de tu tía, ¿qué supondría?

—Ahí es dónde está la clave—dijo más esperanzada Elsa—. Si este libro es anónimo, podemos pasarnos meses buscando otro ejemplar en algún reino, pero si es de la tía Marie…

—Hay un registro… —adivinó Hipo.

Elsa asintió, con una débil sonrisa.

—Exacto, el original debe seguir guardado en su castillo.

—¿Y cuál es su reino? —preguntó Astrid impaciente—. Tal vez podríamos ir y recuperarlo.

—No creo que sea tan fácil de recuperar, pero parece que nos lo han servido en bandeja.

Hipo y Astrid volvieron a mirarse sin comprender.

—Puede que mi tía Marie no tuviera un gran apellido, pero la casaron con mi tío, el Duque de Bränderson, el padre de mi primo.

Astrid no entendió muy bien aquello, pero Hipo bajó la cabeza asimilando lo que aquello suponía.

—El baile de la primera—presagió.

—Exacto.

Tras aquella revelación se instaló un silencio de ultratumba entre los tres. Astrid no se atrevió a decir nada hasta que Elsa decidió explicarle qué estaba pasando.

El baile de la primera era un evento de los nobles para hacer lazos comerciales y de sangre que desde los últimos años se celebrara en el reino de los Bränderson. Ahí asistían todas las familias nobles para presentar en sociedad a sus hijos y comprometerlos con gente de alta cuna. También comían como cerdos, cerraban acuerdos políticos, se veían con sus amantes y pillaban una buena jaqueca. Elsa siempre había odiado esa ceremonia y más desde que había entrado en sociedad como la reina de Arendelle. Por lo general su primo el Duque siempre la usaba como espectáculo ridículo para atraer nobles, quienes la miraban como horror y asco, además de envidia.

Por esta razón, Elsa siempre evitaba ir, pero este año con la noticia de su compromiso parecía imposible poder escapar. Aun así, Elsa tenía poder suficiente como para declinar la oferta. Sin embargo, tras aquel inminente estado de guerra pronosticado por los Trolls y la pista sobre el libro, la idea de asistir se había materializado como una necesidad.

Y así sería.

—¿Pero seguro que la clave está en estos libros de cuentos? —preguntó Astrid para asegurarse, antes de que se precipitaran a ponerse en riesgo por unas cuantas hojas de papel.

Sin embargo, eran demasiadas casualidades. No solo porque hubiesen desaparecido unas páginas que hablaban de dragones, sino porque algunos libros hablaban de los Trolls y versionaban de manera más o menos certera la historia que gran Pabbie les había contado en el bosque.

De hecho, gracias a ello comenzaron a descartar libros.

En primer lugar, habían hecho una criba por temática y ahora por maquetación, usando como referencia el libro de La princesa y el dragón. También destacaron los libros Trolls y otros seres de fantasía, El reino perdido, El valle del sol, El mago y su varita, El gran incendio y La fuente de la juventud, pese a que éste último no pareciera tener relación directa, ya que su título era demasiado sugerente.

Astrid, sin saber por qué, pensó que también debían rescatar el libro de La bruja y estrella blanca, como si fuera una premonición. Hipo y Elsa no estaban muy convencidos, pero aceptaron.

La habitación de Hipo volvió a convertirse en una caverna de libros y hojas con datos esparcidas por todas partes. Sobre todo, porque volvieron a recuperar y repasar otras lecturas anteriores, entre ellas aquel libro sobre casas nobles, por si había algo que se les había escapado.

Al cabo de un rato Elsa tuvo que marcharse porque varias damas llegaron para avisarla de que el padre Gerard seguía buscándola desesperado. Y no podía posponerlo más.

Antes de irse le dejó a Hipo un ejemplar de la biblia donde le marcó algunas páginas para que eligiera qué leer en la misa y además le destacó que debía ir vestido de negro, color del luto.

—¿Estás seguro de que vas a leer las escrituras cristianas? —le preguntó Astrid cuando se quedaron en soledad.

Hipo tomó aire antes de contestar.

—No sé… —dudó.

—Sé que lo hemos hablado esta mañana y que te parece una buena forma de unir pueblos—argumentó Astrid—, pero no sé, no me parece que sea realmente una solución. Nosotros ni siquiera somos cristianos.

—Ya, pero tampoco quiero que nos sigan viendo como el enemigo—defendió Hipo—. Supongo que si soy su supuesto rey, debo aceptar sus costumbres.

—Y ellos las nuestras, Hipo—dijo algo molesta Astrid—. Igual que nosotros respetamos que ellos sean cristianos, ellos deben respetar que nosotros no lo somos, que tú no lo eres—especificó.

Hipo suspiró, echo un lio. La noche anterior no le había parecido tan mala idea leer una líneas de la biblia. Sin embargo, ahora con perspectiva, se daba cuenta que de alguna forma aquello era un acto político. Era como aceptar que los vikingos pensaban o podían cristianizarse y aquello no tenía ni pies ni cabeza. De hecho, ellos no eran practicantes ni entendía la religión cristiana.

No es que fuera mejor ni peor, es que simplemente no estaba acorde a todo cuanto había en su cultura.

—De todos modos, sigue en pie la ofrenda de fuego al mar por sus almas—fue lo único que Hipo se aventuró a proponer.

Astrid lo tomó de la mano y le sonrió.

—Eso está hecho.

Tras aquello Astrid se vistió y se preparó para reunirse con el resto de vikingos. Hipo hizo lo propio, solo que se vistió de negro, como Elsa le había pedido. Ambos reunieron entonces a los jinetes y al resto del consejo para hablar de cómo gestionar la evacuación de aquellas gentes a Berk.

El consejo puso muchas pegas al principio, sobre todo porque negaban la posibilidad de que aquello pudiera salir bien. No obstante, los jinetes no dudaron ni en segundo en secundar las decisiones de Hipo y pese al gran revuelo inicial, ganaron por mayoría.

Los barcos empezarían a partir en los próximos días cargados con la gente más precaria y alimentos —ya que Berk no era conocida por su abundancia. Los primeros vikingos en marcharse serían los del propio consejo por decisión propia.

Y todos los jinetes lo agradecieron en silencio.

Hipo era consciente de que necesitaba protección en aquel reino, así que los jinetes no irían en estos barcos, aunque sí los acompañarían unos días a vuelo para comprobar que todo estaba bien y que ningún barco más naufragara en sus costas. Astrid y Patapez decidieron quedarse todo el tiempo en Arendelle, como seguro de vida de Hipo y no separarse más de lo necesario del chico, algo que tampoco era muy complicado, ya que Hipo y Astrid se veían constantemente y Patapez trabajaba con él haciendo armas.

Tras esta reunión Hipo fue a ver a Elsa, con quien terminó de cerrar esta burocracia.

El vikingo odiaba ser rey. Y más cuando suponía todo aquello. Nunca había sido malo tomando decisiones o enfrentando situaciones difíciles, pero sentía que su lugar no estaba entre las paredes frías de aquel castillo, sino en el cielo o en cualquier otro lugar donde realmente pudiera ser útil.

La luz del sol no tardó en caer y pronto toda Arendelle se había reunido alrededor de la nueva plaza reconstruida donde el torreón de la iglesia se erguía firme, presumiendo de una preciosa campana de hielo. Como era habitual en un acto de tal magnitud, todo se realizaría al aire libre, aunque muchos, sobre todo los vikingos, se quejaron del frío malsano que hacía ahí fuera.

Todo el mundo iba vestido de negro salvo ellos, que no tenían prendas de ese color y que se negaban a ponérselas. Al cabo de un rato no cabía ni un alma en la plaza. Los aldeanos habían decorado además todo con flores y velas, como ofrenda a sus muertos.

—¿Nervioso? —le preguntó Elsa a Hipo mientras caminaban con algo de prisa por los pasillos del castillo, rumbo a la plaza.

—Un poco—se sinceró—. ¿Puedes volver a explicármelo?

—Claro—le sonrió Elsa, quien intentaba acomodarle a Hipo la camisa con hombreras que las doncellas le habían dejado, ya que no se la había puesto bien—. Pues a ver, empezará el padre con un discurso y luego habrá un rezo. Luego nosotros leeremos y el pueblo volverá a rezar. Tal vez nos pidan unas palabras, pero puedo hablar yo por los dos y tras esto habrá un rezo silencioso en honor a las víctimas. Como no te sabes los rezos no hace falta que digas nada, solo ponte de pie y ya está—explicó—. Tú tranquilo, no me separaré de ti, es mucho más fácil de lo que parece.

Hipo tragó saliva, inseguro.

—¿Has elegido ya un párrafo para leer? —preguntó Elsa.

Hipo abrió entonces la biblia que tenía en las manos y buscó algunas notas que había hecho.

—Estoy entre dos, pero no entiendo muy bien de qué hablan o si son apropiados—se explicó.

Ambos se detuvieron entonces bajo la luz de una antorcha, para poder leer mejor aquellas finas líneas.

— Salmos… —leyó Elsa—. ¿Por qué has elegido estos pasajes?

Hipo se encogió de hombros.

—Son los únicos que entiendo, aunque si te soy sincero me parecen todos declaraciones de amor—dijo—. Mira—comenzó a leer—, ¿a dónde podría alejarme de tu Espíritu? ¿A dónde podría huir de tu presencia? Si subiera al cielo, allí estarías tú; si tendiera mi lecho en el fondo del abismo, también allí estarías tú.

Elsa no supo por qué, pero Hipo tenía razón sobre aquellos versos. Ella sabía de sobra que iban dirigidos a Dios, pero al oírlos de su boca, dibujados en su voz áspera, mientras la miraba en la oscuridad con aquellos ojos del bosque, se le encogió el corazón.

—¿No suenan muy raros? —siguió preguntando el vikingo antes su silencio.

—Suenan normales—mintió, sin saber por qué le había entrado tanto calor de repente.

Así que hizo uso de su gran habilidad para evitar ser humana.

—¿Sabes que esa biblia era de mi madre? —cambió el tema de repente mientras retomaba el paso y se alejaba levemente del chico.

—¿Ah sí? Es bastante bonita—dijo cortés Hipo—. ¿Cómo se llamaba tu madre?

—Iduna—respondió Elsa con cierta tristeza.

Recordar a sus padres le era siempre muy doloroso. El tiempo había conseguido sanar parte de aquella herida abierta, pero desde que aquel monstruo de Drago arrasó sus tierras, Elsa tenía mucho más presente la necesidad de tenerles a su lado, de aconsejarla y guiarla.

—¿Iduna? —repitió Hipo—. Es un nombre Vikingo.

—¿Ah sí? —preguntó Elsa extrañada.

—Sí, proviene de Idunn, la Diosa guardiana de las manzanas doradas que dan la vida eterna a nuestros Dioses.

—¿Manzanas de la vida eterna? —preguntó algo recelosa y divertida.

—¿Eso que noto en tu voz es escepticismo? —le respondió de la misma manera Hipo, sin perder la sonrisa—. Que yo sepa tu Dios tampoco muere.

—Porque él es la vida eterna—resolvió con simpleza.

—La vida eterna… ¿entonces lo de la resurrección y lo de devolver muertos a la vida es real? —siguió preguntando Hipo confuso y risueño—. Porque suena algo siniestro.

Elsa se echó a reír.

—Si lo dices así, sí que lo es—se defendió sin detener el paso—. Se supone que todos volveremos a la vida eterna cuando llegue el día del juicio final, ya sabes, el día que todo acabe...

—Sí, el Ragnarök.

Elsa detuvo el paso al mismo tiempo que Hipo y ambos se observaron en la oscuridad, prácticamente en la puerta exterior del castillo.

A lo lejos ya se podía escuchar a la multitud y el olor a cera quemada y flores. Sin embargo y pese a que llegaran tarde, el tiempo se había detenido para ellos durante un instante. Se miraron a los ojos y no necesitaron hablar para entenderse.

—No puedo hacer esto Elsa—se sinceró Hipo, que había borrado todo rastro de broma o ironía en su voz.

—Lo sé—le respondió ella con una sonrisa sincera—. Siento habértelo pedido. Pero oye—intentó animarle—me gusta mucho lo que Iduna significa para vosotros.

—Gracias por entenderlo—fue lo único que consiguió articular Hipo.

Elsa tomó aire y recuperó su porte de reina, su escudo indestructible para esconderse del mundo. Hipo sin embargo no se vio afectado por él. De alguna forma silenciosa Elsa le había dejado entrar en el reino de sus emociones y aunque nadie más las notara, el vikingo empezaba a entender cuándo el mundo le pesaba demasiado a aquella mujer.

—Vamos—le ofreció su brazo Hipo.

Elsa asintió y lo tomó, consciente de que debían seguir con aquella farsa. Sin embargo, en el fondo aquel gesto no tuvo nada de falso. Hipo volvió a fijarse entonces en que la chica seguía llevando la muñequera de Astrid.

—¿Qué te ha pasado? —la tomó con suavidad por la muñeca.

Elsa volvió a sentir ese extraño calor ante su cercanía.

—Ayer me hice un poco de daño y Astrid pensó que era buena idea inmovilizarlo.

—¿Te sigue doliendo? —preguntó preocupado.

—No, tranquilo, de verdad que no es nada—se apresuró en responder, soltando su mano y agarrando su brazo de forma protocolaria.

Odiaba esa sensación inestable que a veces Hipo provocaba en su cuerpo.

—¿Has pensado qué vas a hacer si no vas a leer la biblia? —cambió las tornas, con falsa tranquilidad, mientras empezaban a captar todas las miradas.

—No te va a gustar— recuperó el sarcasmo Hipo.

—Déjame adivinar—teorizó Elsa, irónica—. ¿Implica dragones?

—Y fuego.

Todos a su alrededor, en especial la guardia real, abrieron paso a los reyes en un silencio de ultratumba que iba a juego con los contraluces de las velas y la luz de la luna. Al fondo podía verse al padre Gerald vestido con elegantes prendas que debían tener algún simbolismo. Estaba subido además en un pequeño atril improvisado, rodeado de flores y feligreses.

Hipo consiguió ver a lo lejos a los jinetes, topándose con la mirada de Astrid que lo observaba con cierta preocupación tácita.

Nada más llegaron a la primera fila, la gente y los soldados volvieron a unirse, borrando ese pasillo imaginario que habían creado para los reyes. Y se dio comienzo a la misa.

Tal como había explicado Elsa, todo parecía ser bastante rígido y medido al milímetro. Se notaba que aquel sacerdote era un auténtico devoto, porque parecía haberse preparado aquella misa 'improvisada' bastante bien. El hombre leyó algunos pasajes de la biblia en latín, algo que apenas pudieron entender Hipo, Elsa y su hermana. Después dio una charla al pueblo, donde prácticamente resumía lo que había leído y tras esto la gente rezaba cánticos en voz alta y al unísono. Muchos fieles incluso se pusieron de rodillas para los rezos.

Hipo agradeció que Elsa no hiciera eso, porque con la prótesis hubiese sido una tortura tener que arrodillarse de esa manera con la frecuencia en que lo hacían. Los jinetes y el consejo buscaban de vez en cuando la mirada tranquilizadora de Hipo, que les decía que todo estaba bien y que aquella pesadilla que no entendían formaba parte de la muestra de respeto que debían mostrar a aquel pueblo. Brusca y Chusco estuvieron a punto de meter la pata en varias ocasiones, pero Astrid y Mocoso detuvieron todas sus tentativas. En especial cuando casi le prenden fuego a las flores al tirar unas velas.

Llegado el gran momento, todos tomaron aire expectantes cuando vieron a Hipo y a Elsa subir al atril. Sin duda Hipo no era el tipo de rey que esperaban aquellas gentes, porque pese a su aspecto poco fiero, no dejaba de parecer un vikingo. Tampoco es que esperasen otro rey de ser sinceros, ya que la mayoría tenía asumido que su reina jamás se desposaría.

Elsa tomó con maestría su rol de reina y lanzó un discurso motivador y solemne hacia las almas perdidas y sobre su responsabilidad como protectora de su reino. También condenó a sus enemigos y explicó la importancia de ponerles a salvo en las tierras de su marido. La gente comenzó a murmurar en esta parte del discurso, pero la reina no se dejó intimidar por el miedo de su pueblo y defendió que la paz y la tolerancia era la única forma de salvar al pueblo de Arendelle. Se encontró en una ocasión con la mirada reservada de Lena, indescifrable y hermética, que sin duda juzgaba con dureza a Elsa. En el fondo la reina se sentía culpable por haber dejado morir a mucha gente tras la cúpula y haberle fallado de aquella manera otra vez a esa mujer. Sin embargo, no podía pensar en eso. Lo importante era dar esperanza a la gente, no hundirse en su propia culpabilidad.

—Los Trolls han visto arder a Arendelle—advirtió, haciendo que todos acallaran sus quejas.

Desde que todos habían descubierto la existencia de estas criaturas, se había infundido un silencioso respeto hacia ellas y lo cierto es que nadie en Arendelle osaba cuestionar el criterio de aquellos seres mágicos.

También y de algún modo, todos pensaron en sus hijos. Ellos eran el único precio que nadie estaba dispuesto a pagar por orgullo. Así que aceptaron la evacuación con la cabeza gacha y el corazón pequeño, rezando porque así estuviesen a salvo.

Tras aquello, Elsa leyó un pasaje de la biblia que hablaba de la bondad infinita de su Dios y de la paz en la que habitaban los que ya no estaban, pero sobre todo de la necesidad de superar el dolor de los que los sufrían.

—Sé lo que es perder a nuestros seres queridos—dijo con sinceridad Elsa—. Y por eso os pido que os quedéis con su luz para que os guíen.

Hipo la observó silencioso, sin separarse ni un segundo de su lado. En su cabeza tenía un gran conflicto, ya que allí subido parecía ser evidente que no tenía nada de malo leer un pasaje de aquellas escrituras y más tras ver la desazón en general de todo aquel pueblo sumido en la miseria y la pérdida. No obstante, en el último momento se topó con los ojos azules de Astrid que le trajeron de vueltas las palabras que aquella misma mañana le había dicho su padre antes de partir. "Puede que no sean vikingos y que tú no seas el rey que ellos esperan, pero tal vez eres lo que estas gentes necesitan. No lo olvides, hijo, aun aquí sigues siendo un vikingo."

Tragó saliva. Elsa había terminado de hablar y ahora lo interpelaba afectuosa, cediéndole la palabra. Lanzó una última mirada furtiva a sus amigos y al consejo y tomó su decisión.

—La pérdida es un dolor que nunca sana—dijo en la lengua de aquellas tierras, captando la atención de todos—. Los vikingos llevamos generaciones aprendiendo a vivir con ella, con el dolor y con el miedo.

El padre Gerald miró alarmado a Elsa, claramente contrariado porque aquello no era lo que habían apalabrado.

—Pero también llevamos generaciones levantándonos, haciendo crecer la hierba que se quema y alzando nuevas casas desde los escombros—siguió su discurso, buscando la mirada de sus amigos, que lo miraban con cierto orgullo—. Yo sé que no soy el rey que esperabais y puede que entre nuestras culturas haya un abismo insalvable, pero por muy diferentes que seamos, todos entendemos el dolor que ahora sentís. Yo… —buscó la aprobación de Elsa— no conozco a aquellos por los que hoy rezáis, ni conozco tampoco vuestros rezos. Y creo de corazón que leer unas palabras en un libro no me hará ser mejor rey para vosotros.

Aquello levantó cierto revuelo entre la gente, que se miraban sin comprender. No obstante, se callaron tan pronto como Elsa puso una mano en el hombro de Hipo y le dio una aprobación silenciosa con la cabeza.

—Si lo aceptáis, esta noche me gustaría que no solo vuestras oraciones acompañen a vuestros familiares y amigos—dijo ahora interpelando a los suyos—. También las nuestras.

Hipo se separó un poco de Elsa y entonces sacó algo de su cinturón. La reina al principio no entendía de qué se trataba hasta Hipo lo alzó en el aire y aquel objeto se prendió en llamas.

Algunos gritaron de puro terror al ver que de la nada aquel hombre había hecho fuego, como si se tratase del mismísimo diablo. A su alrededor además el resto de vikingos también alzaron sus armas, haciendo que los guardias se pusieran en alerta y desenfundaran sus espadas. Elsa, pese al shock inicial, reaccionó a tiempo y con una simple negación con la cabeza detuvo a sus soldados antes de que se lanzaran contra ellos. Miró a Hipo, sin comprender, todavía fascinada y aterrada por aquella espada de fuego que empuñaba en alto y que tanto calor emanaba.

Y entonces se dio cuenta que el chico estaba rezando.

Hablaba en su lengua, con los ojos cerrados y la cabeza gacha, al igual que el resto de vikingos. Aquel pequeño murmuro musical inundó el aire en cuanto terminaron los gritos de sorpresa, como una melodía indescifrable.

Elsa trató de comprender qué decía, pero Hipo usaba palabras muy complejas que jamás había escuchado. Sin embargo, debía ser algún tipo de rezo o cuento de transmisión oral, porque todos parecían sabérselo de memoria.

Al acabar, Hipo bajó la espada, que seguía prendida en fuego y se bajó del atril. La gente se hizo a un lado inmediatamente al verlo avanzar y Elsa optó por seguirlo silenciosa. El resto de vikingos también siguieron a su líder hasta el final de la plaza, donde empezaba el puerto y el mar. Hasta ese momento Elsa no se había dado cuento de que los dragones habían estado en todo momento sueltos y sobrevolando la plaza. Con la oscuridad nadie parecía haber reparado en ello.

Al llegar al extremo antes del mar, Hipo clavó su espada de fuego en la tierra, que siguió prendida. Los demás lo intimaron, clavando sus armas también en la tierra y acercándose a su líder.

Todos observaban la escena sin apenas parpadear, con una curiosidad temerosa que inundaba el ambiente.

—¿Preparaste eso? —le susurró Hipo a Astrid, que se había acercado a él.

—Por supuesto—dijo sonriente y llena de orgullo, mirando cómplice al resto de vikingos.

Tras esto el vikingo se volteó para buscar a Elsa, quien lo miraba expectante. El chico le sonrió y le ofreció su mano para que se acercara. Elsa la aceptó, aunque le susurró que podría haberla advertido que tenía planeado algo tan extraño y 'peligroso'.

—Ya te dije que implicaba fuego—le devolvió al oído.

Una vez con la reina a su lado, sacó una pequeña navaja y se cortó una trenza del pelo que lanzó al fuego. El resto de vikingos hizo lo mismo, lanzando al fuego pequeños objetos personales o restos de su propio cabello, como Hipo. Luego, sacaron arcos y flechas que prendieron en llamas y que lanzaron al mar, iluminando el cielo nocturno donde se dibujó la silueta silenciosa de los dragones que sobrevolaban protectores Arendelle.

Y entonces, los niños de Arendelle, juntaron sus manos y se pusieron a rezar en voz baja mirando a las flechas. Algunos adultos intentaron reprimirles, pero la sonrisa de su reina bastó para que aquel espectáculo continuara y se expandiera al resto.

Elsa contemplaba aquella imagen maravillada, de alguna forma temblando por la locura que aquello significaba para acabar una misa, pero con la esperanza de que sí había diálogo posible entre sus pueblos, aunque fuese confuso y extraño.

—¿Quieres probar tú? —le susurró entonces Astrid, acercándose a ella.

Elsa asintió, aunque nunca había usado un arco.

—No sé cómo se hace—dijo cuándo la vikinga le entregó un arco.

—Haz lo mismo que yo.

Astrid se colocó despacio una fecha para que Elsa la imitara y luego la prendió en el fuego de inferno, al igual que la reina. Luego la tensó y apuntó al aire, dejándola libre, como se dejan marchar a los que se van.

Elsa también consiguió hacer volar la suya, comprendiendo que había cambiado para siempre desde el día en que los vikingos pisaron sus tierras.

Tenía que aceptar que tras aquella noche no podía volver a ser la misma y que no podía seguir anclada a recuperar un Arendelle que ya no existía.

Su misión ahora era ponerlos a todos a salvo, prepararse para la guerra y trabajar codo con codo con Hipo, aquel extraño chico con quien se había casado. Debían resolver cuanto antes qué buscaba Drago en el bosque y frenar sus planes. Y tras ello, si quedaba en pie un Dios o unos Dioses a los que rezar, devolvería a Arendelle la paz que merecía.

—.—.—.—.—.—.

Tras la extraña misa que celebraron días atrás, Elsa había despertado como de un sueño y ahora era consciente de que no tenían tiempo que perder.

A la mañana siguiente de la ceremonia, partió el primer barco hacia Berk, cargado de niños y los altos cargos del consejo vikingos, además de algunos guardias y heridos de Arendelle.

El reino no disponía de muchos barcos, así que se empacó lo justo y necesario y se llenaron con toda la gente que podía caber en ellos. De esta forma, cada mañana al amanecer, partía un barco con gente y provisiones.

Hipo esperó paciente noticias de su padre, pero debido al propio devenir del tiempo, imaginó que aunque su padre ya hubiese llegado a Berk, tardaría al menos una semana más en tener noticias suyas.

En este tiempo Hipo y Elsa trabajaron duro en algo que no habían planeado hasta ahora, pero que era más que necesario: fusionar sus mundos.

Elsa aceptó que Hipo era un vikingo y aunque su matrimonio no tuviese gran valor y el deseo de ambos fuera romperlo cuanto antes, la realidad era que ahora él era también el rey. Y como rey tenía responsabilidades para las que nunca lo habían preparado. No era lo mismo liderar Berk que gobernar Arendelle, así que lo primero que hizo Elsa fue enseñarle cómo debía gestionar todo.

También y con más urgencia, debía prepararlo para el baile de la primavera.

Su asistencia ya era oficial y el rumor se había corrido por todos los reinos como la pólvora. Por esta razón, Elsa estaba prácticamente obsesionada con que Hipo se preparara para parecer un noble y no llamar demasiado la atención, ya que todo jugaba en su contra.

No obstante y pese al coche cultural, Hipo era un alumno excelente. Apenas se quejaba y aprendía muy deprisa. Y lo que no sabía, lo preguntaba sin pudor. A Elsa le fascinaba la inmensa curiosidad del chico y la rapidez con la que captaba todo el vuelo. Cuando se conocieron, Hipo ni siquiera sabía leer bien su lengua y se ayudaba de una plantilla que había creado por lógica para traducir. Y ahora en cambio, en apenas un mes, ya leía con fluidez la mayoría de los textos.

La chica le enseñó además los modales y costumbres que tenían los nobles, empezando por hacerle memorizar el uso y orden de la cubertería y terminando por explicarle los títulos nobiliarios.

—¿Conde es más que Duque? —preguntaba confuso Hipo.

—Al revés—lo corrió Elsa.

—¿Y Archiduque es más que Duque?

—Exacto—lo apremió—. Y la forma para dirigirte a ellos también es diferente.

Hipo acataba sereno como el buen estudiante que siempre había sido, pero la verdad es que todo aquel protocolo le parecía en ocasiones ridículo y sin sentido, sobre todo porque, mientras más sabía de los nobles, más injusta le parecía la sociedad de aquellos reinos.

—A las doncellas sin marido, les besas la mano para presentarte—seguía con sus lecciones Elsa—. Y a las casadas, les besas el anillo.

—¿Y a las casadas sin anillo?

—No habrá casadas sin anillo—replicó Elsa.

—Bueno, tú no tienes anillo.

La reina se rio, de buen humor.

—A mí nadie va a besarme las manos, tranquilo—respondió irónica.

También le explicó que normalmente los reyes se dejaban vestir por el servicio, pero Hipo se negó a que lo vistieran, ya que le pareció demasiado extraño y más cuando se había hecho muy amigo del servicio, sobre todo del personal de las cocinas.

—Aprenderé a vestirme yo solo con las ropas de aquí—declaró, aunque lo cierto es que se le daba fatal y siempre tenía que acudir a Elsa para que lo ayudara.

No obstante, el plan era bidireccional y no solo Hipo tuvo que aprender a ser un rey para Arendelle, sino que Elsa tuvo que empezar a aceptar que era la esposa de un vikingo.

La reina comenzó a relacionarse más con los jinetes y a observar silenciosa sus costumbres y estilo de vida. A su parecer, eran un poco salvajes y no medían demasiado las consecuencias de sus actos, pero le agradó sentirse aceptada en tan poco tiempo. De hecho, Astrid ayudó mucho a ello, ya que como siempre, intentó explicarle todo y hacerla sentir cómoda.

La relación entre ambas había cambiado ligeramente desde aquel baño nocturno. De alguna forma las había unido, pero también las había distanciado. La vikinga había seguido con sus entrenamientos con Elsa, mucho más exigente que antes, pero por alguna razón ahora se mostraba más nerviosa o evitaba cualquier acercamiento directo con ella. Elsa no entendía a qué venía ese cambio en Astrid, pero prefirió no indagar demasiado.

—¿Qué se supone que tiene que saber la esposa de un jefe vikingo? —le preguntó una noche Elsa a Hipo mientras seguían investigando y releyendo los cuentos en busca de alguna pista.

Se sentía mal de ver que sólo Hipo estaba realmente enfocado en aprender a ser rey.

—Pues no lo sé—le dijo con sinceridad el chico—. Nunca conocí a mi madre y prácticamente me han criado dos hombres, así que no sé qué se supone que les enseñan a las mujeres de la tribu—se explicó—. Tal vez le puedes preguntar a Astrid y a Brusca.

Y así lo hizo.

—Saber pelear y tener liderazgo—le respondió con tranquilidad Astrid, enfocada como siempre en su hacha—. Son cualidades esenciales.

—Y ser buena en la cama—añadió Brusca—. Oh sí, eso es súper necesario y nunca falla.

—¡Brusca! —le regañó Astrid.

La reina quiso morirse en ese instante, roja como nunca, mientras Astrid reprendía a Brusca, quien se notaba de sobra que se divertía creando incomodidad ajena.

El sexo era más que tabú para Elsa y más cuando últimamente no dejaba de pensar en ello.

Siempre había sido una idea abstracta y externa, algo que no tenía cabida en su vida. Estaba segura que podía pasar toda su vida sin tener nada que ver con ello. Al fin y al cabo, no se puede extrañar algo que nunca se ha tenido ni se ha deseado. Sin embargo, le era imposible apartar aquella idea de su cabeza, porque convivía con ella cada noche.

Ahora que las cosas se habían relajado, Hipo y Astrid compartían cama y aunque Elsa jamás lo mencionaría, sí que los escuchaba al otro lado de la pared.

Y se sentía morir.

Por lo general, cuando eso pasaba, se levantaba de la cama y se iba a la biblioteca, donde leía como loca hasta que salía el sol. Otras noches en cambio, rezaba por su alma y le pedía a Dios fuerza para retomar el sueño. Y cuando Dios la ignoraba, pues simplemente se ponía la almohada sobre la cabeza.

No obstante, una noche ya no pudo más y decidió enfrentarse a eso que tanto había luchado por desprender de su persona: su sexualidad.

Elsa no quería admitirlo, pero todo lo que le perturbaba era que su cuerpo reaccionaba a estímulos que nunca antes había experimentado. Le excitaba y aterraba por igual la idea del sexo, sobre todo porque no entendía qué le pasaba a su cuerpo. Al principio de su adolescencia había sentido cierto calor viendo a algunas chicas a través de su ventana, pero quitando eso, no había notado nada memorable desde entonces. Sin embargo, la noche que Hipo la abrazó dormido en la cama, se dio cuenta que había cruzado definitivamente una línea imaginaria y el calor en su vientre había sido más que insoportable. Ahora aquello se repetía, solo que de otro modo y más cuando pensaba que el chico dormía cada noche con Astrid, con esa perfecta diosa bajada del cielo…

Elsa sabía que estaba mal y que Dios la castigaría, pero aquella noche se levantó el camisón y decidió explorar la zona prohibida. Y se asustó al comprobar que era tan placentero y extraño. También se topó con su supuesta virginidad y comenzó a comprender qué se suponía que debía haber pasado su noche de bodas, eso que nunca nadie le explicó. En ese momento quiso reírse de lo tonta que debió parecer, sobre todo cuando Hipo la vio desnuda y temblando, explicándole por qué debían manchar las sábanas de sangre. Esa parte era la única que seguía sin comprender, porque lo cierto es que nada de aquello le parecía doloroso. Al contrario, era una sensación extremadamente cálida que iba a más y más. Tanto, que en un momento su cuerpo se tensó y explotó, dejando libre todo aquel calor que la consumía y recorriéndola hasta los pies con un hormigueo que le supo a cielo.

No recordó haber dormido mejor en toda su vida, pese a que la culpabilidad la carcomiera a la mañana siguiente y se prometiese a sí misma que jamás volvería a hacerlo.

El resto del tiempo fue bastante tranquilo y se lo pasaron releyendo una y otra vez libros y escrituras, a la espera de encontrar una pista destacable. En ese sentido, todos empezaron a volcarse más y más.

Hipo y Patapez terminaron al fin las armas para las mujeres con la ayuda de Anna y Kristoff, haciendo que Astrid volviera a dejar solos a Hipo y Elsa en las investigaciones, ya que duplicó sus horas de entrenamiento con las mujeres, quienes apenas habían empezado a usar armas de verdad y todavía no se acostumbraban a su peso y movimiento.

Gracias a esto, Patapez se les unió a las investigaciones, ya que Hipo pensó que sería de gran ayuda. Y no se equivocó, porque después de días leyendo los cuentos para buscar una conexión entre ellos que pudiera diferenciar los de la tía Marie de los que no, el vikingo les dio una solución:

—¿Habéis mirado en la maquetación de la cubierta? —les preguntó nada más ver el caos de libros y papeles por todas partes.

Elsa era increíblemente maniática para el orden e Hipo, para ser un vikingo, también. Aunque claro, para Elsa el orden de Hipo era puro caos y era difícil explicarle a los que entraban a la habitación del vikingo que aquella masa sin sentido de hojas y libros por todas partes tenía su lógica.

—¿La maquetación de la cubierta? —preguntó Elsa, confusa.

—Claro, normalmente el copista o el autor dejan un sello bajo la cubierta—explicó con normalidad—. ¿No lo habéis mirado hasta ahora?

Hipo se llevó la mano a la frente, sintiéndose un idiota.

Con cuidado, tomaron todos los libros y comenzaron a despegar la primera página de la cubierta, como si desmembraran un cadáver. Y efectivamente: Patapez tenía razón.

Algún que otro libro no tenía sello o marca, pero el resto sí. El problema ahora era averiguar cuál era el sello de la tía Marie.

Agruparon los libros por sello, destacando aquellos que pudieron reconocer de algún reino.

—Estos de aquí son de los reinos de Rotlend y Alüdard—consiguió descifrar Elsa, guiada por los escudos que había aprendido de niña.

No obstante, el resto era un misterio, ya que debían tratarse de sellos personales o de casas nobles que ya habían desaparecido.

Esto los desilusionó un poco.

—¿Os pasa algo? —preguntó Kristoff a la hora de la cena, al ver el ambiente general y decaído del gran salón, donde además apenas había gente tras las repatriaciones.

Elsa presidía la mesa, con Astrid e Hipo a su lado.

—No conseguimos avanzar con los libros y el baile es en una semana—dijo agotada, recibiendo la mirada alentadora y cómplice de Patapez.

—¿Seguro que no hay forma de saber si son los de la tía? —preguntó Anna, quien comía hambrienta tras el día de entrenamiento.

—No hemos encontrado el sello de los Bränderson, así que tuvo que sellarlos con otro sello—explicó Hipo.

—¿Y por descarte? —se atrevió a añadir Mocoso, que tampoco tenía mucha idea de lo que estaban hablando.

—Hay demasiados sellos que no sabemos a quiénes pertenecen—explicó Astrid, con aspecto cansado.

—¿Y no hay en este reino un experto real en sellos o algo así? —preguntó Chusco, echándose hacia atrás en su silla mientras jugaba con el tenedor y se ponía bizco.

Aquello fue la luz.

—Claro… —empezó Kristoff, levantándose de la mesa y mirando a Anna.

La princesa no lo entendió, hasta pasado unos segundos.

—Oh, ¡por supuesto! —dijo emocionada, mientras miraba a su novio.

—¿Qué pasa? —preguntó Elsa sin comprender.

—¡Oaken! —gritaron al unísono la pareja.

Hipo y Astrid se miraron sin comprender, buscando que Elsa les explicase.

—¿Oaken? —preguntó la reina a su hermana y su novio—. ¿Qué pasa con él?

—No solo tiene la tienda y la sauna… —empezó a explicar Kristoff.

—¡Una sauna! —gritaron los gemelos, como si Loki les hubiese hecho un regalo divino.

—Oaken es coleccionista de sellos—reveló Anna a su hermana—. Es un experto y tiene un millón de libros de archivo, tal vez puede decirnos si alguno de esos sellos sin dueño son de la tía o de su familia. Eso resolvería el misterio.

—Podría ser…

Aquello no les aseguraba nada, pero al menos les alegró un poco la noche.

La tienda de Oaken estaba solo a un día de camino, sin embargo y como era obvio, los vikingos no iban a ir hasta allí a caballo.

Y por esa razón Elsa le había echado al fin valor y había decidido pedirle a Astrid que la enseñara a volar. Claro que pensó que practicarían un poco antes y no que saltarían de un acantilado casi a cuarenta metros del mar así de primeras.

No obstante y pese al terror inicial, la sensación de volar era maravillosa. Se sintió tan libre como la primera vez que dejó escapar sus poderes sin guantes, como cuando realmente decidió dejar de ocultarse. Era la misma sensación de liberación, solo que iba acompañada de un hormigueo de adrenalina.

Elsa volvió a sujetarse a la cintura de Astrid al ver que la dragona giraba en el aire y sus cuerpos se suspendían levemente en un ángulo de todo menos seguro. Lo cierto es que era el primer acercamiento físico entre ambas desde hacía días y Elsa se sintió más abrumada que de costumbre.

—Mira, ahí están los gemelos—le indició la vikinga, señalando entre las nubes.

—¿Quién de los dos realmente controla al dragón? —preguntó Elsa con inocencia.

Astrid se echó a reír, enérgica, mientras el viento le acariciaba la cara y bailaba con su pelo.

—Sinceramente, creo que ninguno de los cuatro sabe lo que hace—respondió risueña, refiriéndose a los gemelos y a las dos cabezas de dragón.

Elsa observó que debajo de ellas también se elevaban Mocoso con Colmillo y a su lado Patapez y Albóndiga. Lo primero que pensó al verles es que quizás deberían haberse intercambiado los dragones, ya que todavía se sorprendía de que alguien tan grande como Patapez pudiera volar sobre aquel pequeño Gronckle o que Mocoso, con lo corto de miras que era, pudiera dominar a un dragón como aquel. No obstante, tal vez la teoría de Hipo sobre que los dragones se parecen a sus dueños era más que cierta, ya que tenía que admitir que aquellos dragones y sus jinetes eran un reflejo del alma del otro.

—Bueno, ¿lista para tu primera clase de vuelo? —preguntó de repente Astrid.

—¿Cómo? —se sorprendió Elsa—. ¿Acaso no estamos ya volando?

La vikinga volvió a reírse.

—Mmmm… —se lo pensó Astrid, mientras comenzaba a incorporarse sobre su asiento—Técnicamente sí, pero...

Elsa la miró aterrada. No le parecía nada seguro que la chica se pusiera en pie sobre el asiento. Además, desprenderse del agarre de Astrid le dio mucha inseguridad, aferrándose con ambas manos a la silla de montar.

—Ten cuidado—pidió Elsa por inercia al verla de pie.

—Tranquila, no me voy a caer—le aseguró Astrid, manteniendo el equilibrio con los brazos.

Elsa se esforzó por mantener la calma, pero le resultó imposible. Especialmente cuando la vikinga le sonrió con cierta picardía y le anunció:

—Solo voy a saltar.

Antes de que la reina pudiera replicar, Astrid saltó al vació. Elsa quiso gritar cuando miró hacia abajo buscando a la vikinga y no la encontró; como si las nubes la hubieran engullido para destrozarla.

Era imposible sobrevivir a una caída desde aquella altura. Y lo peor es que no sabía qué hacer. Terror era poco para describir su sensación en aquel momento.

Sin embargo, no tardó el oír la risa suave de la chica. Para su sorpresa, no provenía de abajo, sino de encima de su cabeza.

Elsa miró hacia arriba, donde encontró a Astrid a lomos de Desdentao, abrazada a la cintura de Hipo.

—Buenos días, Elsa—la saludó el chico, levantándose la máscara de vuelo.

Elsa quiso matarlos a los dos en ese instante, por darle semejante sobresalto.

—Casi me matáis del susto—exclamó Elsa, aferrada a Tormenta, temblando.

Astrid e Hipo le sonrieron sin malicia.

—Lo siento—se disculpó Astrid—. Pero es la mejor forma de enseñar a los novatos.

Desdentao descendió un poco y se colocó a la altura de Tormenta, prácticamente rozándose las alas.

—A mí se me ocurren otras muchas formas… —se quejó la reina, que empezaba a ser consciente de que estaba volando sola, sobre un animal salvaje, a cientos de metros del suelo.

—Vamos, si lo estás haciendo genial—la animó Hipo.

Elsa se fijó entonces que la prótesis de Hipo encajaba perfectamente en el sistema mecánico de su dragón, convirtiéndolos en un todo en el aire. Hasta ese momento no había entendido por qué Hipo llevaba aquella extraña pieza y no una pata palo. Sin embargo, ahora todo cobraba sentido. Eso y que Hipo fuera el maestro de dragones.

A veces se le olvidaba ese detalle. Primero porque el vikingo no se daba aires de grandeza y segundo porque Arendelle parecía cortarle las alas. Allí arriba en cambio, sobre su dragón, sí que veía en él la esperanza de la que hablaban los Trolls. Allí era más que un vikingo flacucho o un rey extranjero, era simplemente un joven mitad dragón, mitad humano. Con el brillo de un niño en la mirada, pero la expresión de quien está dispuesto a librar mil batallas por la liberación de ambas especies.

—Relájate y síguenos—le aconsejó Astrid, quien se acomodó mejor tras Hipo cuando éste empezó a virar en el aire—. ¡Lo vas a hacer muy bien!

Elsa los vio avanzar, dibujando un camino imaginario entre las nubes.

—De acuerdo—se dijo a sí misma—. Okey, Tormenta, vamos a seguirles… —expresó no muy convencida, mientras acariciaba insegura a la dragona—. No muy rápido, por favor.

La dragona pareció entenderla a la perfección, porque comenzó a batir sus alas despacio, siguiendo a su dueña y a Desdentao.

Elsa tardó un rato en desprenderse de aquel pánico que la acompañaba, pero finalmente empezó a relajarse a disfrutar de nuevo de aquella sensación.

—Bueno, no es tan difícil… —se dijo así misma, apremiando a la dragona—. Buena chica.

No tardó demasiado en divisar el bosque, por lo que la tienda de Oaken no debía andar muy lejos. Sin embargo, desde el aire todavía se le hacía difícil ubicarse y más cuando le parecía imposible que un día de camino pudiera equivaler a tan solo veinte minutos de vuelo.

—¡Vaya! Parece que os entendéis bien—dijo entonces la voz de Hipo sobre su cabeza.

Elsa volvió a elevar la vista, sin entender por qué parecía divertirles asustarla. Para su sorpresa ambos estaban tan inclinados que la melena de Astrid casi podía rozarle la nariz. Era como si obviasen todo el tiempo las leyes de la gravedad que ella tanto veneraba.

—Eso parece—respondió la reina, más relajada—. Aunque sinceramente, creo que lo hace todo ella.

Hipo y Astrid volvieron a reírse.

—¿Preparada para aterrizar? —le preguntó la vikinga.

Elsa no necesitó hablar para mostrar su espanto.

—Hazme un hueco, anda—sentenció Astrid, amistosa.

La vikinga se desprendió del agarre de Hipo y Desdentao y saltó de nuevo sobre su dragona, esta vez tras la reina.

—La cabaña de Oaken es la única que se ve en el camino, ¿no? —preguntó Hipo para asegurarse.

Elsa escrutó bajo sus pies el camino, divisando la cabaña al final de una arboleda.

—Sí, es esa—aclaró.

Hipo y Desdentao giraron, avanzando con rapidez y haciendo una seña para que el resto los siguiera.

—¿Siempre vuela así de rápido?

Astrid se rio.

—Pues todavía no le has visto hacer el idiota de verdad—se quejó divertida—¿Preparada?

La reina tomó aire.

—Nací preparada—dijo completamente insegura.

La vikinga rio suave contra su oreja y se sujetó a ella para ganar estabilidad.

—Tormenta es muy inteligente—explicó Astrid—, pero no puede leer tus pensamientos, así que hay que hacerle indicaciones de lo que quieres. Antes, nos habéis seguido porque Tormenta tiene costumbre de hacerlo y más porque Desdentao es un alfa—especificó—. Ahora en cambio, tú tienes que indicarle que vamos a aterrizar ahí.

—¿Y cómo se lo explico?

—Tienes que encontrar la forma.

—¿Cómo que encontrar la forma?

Astrid volvió a reírse con su melodiosa voz.

—Los dragones son criaturas realmente agudas y con mucha personalidad—siguió explicándole—. Y por supuesto tienen su propio lenguaje y nosotros no siempre somos capaces de entenderlos a todos. Fíjate—le señaló a los gemelos—. Ellos se entienden que sus dragones porque son como un espejo. Es muy mental.

Tras esto Astrid señaló más abajo.

—En cambio Patapez y Albóndiga son muy emocionales y se entiende por contacto—especificó—. Y bueno, como ves Mocoso y su dragón no se entienden en nada, tienen una especie de relación amor odio.

La apreciación de Astrid era bastante certera, sacándole incluso una sonrisa cuando vio que efectivamente Mocoso estaba discutiendo con su dragón mientras le pedía que aterrizara de una vez.

—¿Y cómo lo haces con Tormenta?

—Las dos somos bastante avispadas—dijo—. A veces creo que pensamos lo mismo. Suelo indicárselo con las piernas, si quiero ir en una dirección u otra. También le hablo—reveló—. Todos lo hacemos, porque, aunque no lo parezca, nos entienden.

—¿E Hipo y Desdentao? —preguntó curiosa.

Astrid bufó, irónica.

—Esos dos son un todo indivisible—dijo—. Hipo en general se entiende con casi todos los dragones, pero con Desdentao es como si pudieran leerse la mente. También vuelan sincrónicos, ya que Hipo maneja una de sus alas.

Elsa tomó aire, analizando toda aquella información. Lo cierto es que ya no estaba asustada y se sentía bastante cómoda y segura con Tormenta allí en el aire. Y con Astrid. Era imposible no sentirse a salvo con ella.

—Vale—tomó aire Elsa—. Tormenta—llamó a la dragona, posando una mano sobre cabeza y dándole unas palmaditas—. Vamos a aterrizar despacio, muy despacio… confío en ti, bonita.

La dragona la entendió de inmediato y siguiendo un poco el curso del resto de dragones, comenzaron a descender cada vez más rápido, traspasando las nubes y acercándose vertiginosamente hacia el bosque.

Astrid se abrazó a la cintura de Elsa, esforzándose por no echarse encima de ella con la presión de la caía.

Finalmente, pese a toda aquella inseguridad, aterrizaron sin problemas. A Elsa todavía le temblaban las piernas cuando bajó de la dragona. Sin embargo, tenía que reconocer que había sido muy emocionante.

Cuando todos bajaron de sus dragones, se acercaron hasta la pequeña cabaña y llamaron a la puerta.

No hubo señal.

Volvieron a llamar, esta vez con más insistencia, pero nada.

—¿Estarán de vacaciones? —preguntó Chusco—. Tal vez no les importa que usemos al menos su sauna.

Hipo y Astrid no tardaron ni un segundo en reprocharlo con la mirada.

—Qué aburridos sois—declaró Brusca.

—Son los dragones… —imaginó Elsa.

La reina se abrió paso hasta la puerta y volvió a llamar, esta vez alzando la voz:

—Oaken—lo llamó—, soy Elsa, la reina de Arendelle. ¿Hay alguien en casa?

El silencio volvió a inundar el lugar.

—Tal vez no hay nadie… —teorizó Hipo.

Sin embargo, antes de terminar la frase, se empezaron a escuchar algunos pasos tras la puerta. Todos se hicieron poco a poco a un lado, todos salvo Elsa, que se quedó plantada ante aquella puerta que comenzó a abrirse chirriante.

Ante ellos apareció la enorme figura de un hombre barbudo, con rostro amenazante.

—¿Reina Elsa? —preguntó con seriedad.

—La misma—dijo sin pestañear.

El hombre tomó aire despacio y aunque por un momento los jinetes pensaron que los mataría de un hachazo, abrió la puerta de par en par y estrechó a Elsa entre sus brazos.

—Oh gracias al cielo, pensamos que estabais muerta, su majestad—exclamó el hombre, sincero.

—¿No es ilegal abrazar a la reina? —le preguntó Chusco a Mocoso.

El vikingo se encogió de hombros, tan asombrado como él.

—Oaken, qué alegría que estés bien—dijo Elsa, rompiendo aquel abrazo tan poco protocolario—. ¿Tu familia también está bien?

—Sí, majestad, estamos todos bien—respondió—. Temimos lo peor cuando los dragones tomaron el cielo y quemaron Arendelle.

El hombre se fijó entonces en todos los dragones que había en la puerta de su casa y buscó en la reina una explicación.

Elsa carraspeó.

—He aquí a mi… mi marido, el maestro de dragones y sus jinetes—los presentó educadamente—. Hemos venido a pedir tu ayuda en un asunto de vital importancia—fue directa al grano Elsa—. ¿Nos dejarías pasar?

El hombre volvió a echar un vistazo a esos extranjeros con raros trajes y sus dragones. Sobre todo al tal 'maestro de dragones'.

—¡Claro! No os quedéis ahí fuera—les sonrió a todos tras instantes de silencio absoluto—. Tengo además muchos artículos en oferta y mi hombre ha hecho pastel de calabaza.

Ambos gemelos se miraron nada más oírle.

—¿Ha dicho…? —empezó Brusca.

—¿…Pastel de calabaza? —terminó Chusco.

Ninguno de los dos tardó ni un segundo en entrar corriendo en la cabaña.

Pese a que Elsa quisiera acabar con aquel asunto lo antes posible, lo cierto es que el tiempo en aquella cabaña se dilató hasta límites desesperantes. Oaken no solo convenció a Mocoso y a Patapez de que necesitaban comprar sus ofertas, sino que además del libro de sellos se puso a enseñarles retratos familiares mientras su familia les ofrecía té y pastel a todos.

—¿Dices entonces que aquí están todos los sellos del reino?

—Siii—respondió orgulloso, dándole un sorbo a su taza.

—Venimos buscando estos sellos en concreto, señor—se pronunció Hipo, dándole una hoja donde había dibujado todos los sellos que encontraron en los libros.

Oaken se puso las gafas para ver mejor aquel papel.

—Veamos—tomó su libro de sellos.

De fondo los gemelos jugaban con los niños de Oaken a un juego de golpearse las manos que no tenía mucha lógica. A su vez, Patapez y Mocoso escuchaban los relatos del compañero de Oaken sobre sus niños y por una cuestión irracional, había una cabra dentro que comía tranquila junto al fuego.

Astrid estaba desesperada. Había demasiado caos en esa casa como para pensar. ¿Por qué no habían podido ir Elsa, Hipo y ella solos?

—Preciosos—sentenció el vendedor al ojearlos—, pero muy antiguos.

Se puso a pasar las páginas hasta casi el final, donde se puso a buscar con el dedo.

—Uno de estos sellos pertenece al vizconde de Cosock… —señaló—, éste otro es de los reinos paganos del este… ¡Ah, mira! Este es de nuestros vecinos del sur. ¡Mira cariño qué raro! —llamó al otro hombre.

Astrid lanzó una mirada suplicante a Elsa, quien tomó aire.

—Oaken, necesito saber si uno de estos libros pertenecía a mí tía, Marie de Bränderson, la madre del actual Duque—se explicó Elsa—. Ninguno de los sellos que hemos encontrado pertenecen a los Bränderson, así que imagino que usaba el sello de su familia, pero no sé cuál es.

Oaken se quedó muy serio entonces, buscando la mirada cómplice de su pareja quien se levantó y se marchó de la sala.

—Vuestra tía Marie era una persona muy especial—comenzó a relatar—. Yo tuve la suerte de conocerla cuando era un niño, antes de que se casara con vuestro tío el Duque.

En ese momento apareció de nuevo el otro hombre, con un libro fino en la mano, que cedió al vendedor.

—Tu tía pertenecía a una familia forastera que llegó a aquellas tierras en busca de bonanza. Por aquel entonces mi familia tenía una posada y durante años se hospedaron en ella tu tía y otra mujer que decía ser su hermana. Nadie sabía cómo, pero tenían una gran fortuna. Tu tío el Duque cayó rendido a sus pies nada más verla, pero es que era imposible no hacerlo. Toda ella era belleza y virtud—relató—. Sin embargo, a veces se iba al bosque y desparecía durante días enteros. Se ganó así la fama de bruja y hechicera, por lo que tu tío corrió el rumor de que simplemente estaba loca para que no la llevaran a la hoguera.

Hipo y Astrid tragaron saliva al escuchar aquello. No era la primera vez que oían historias sobre cómo en aquellas tierras quemaban a paganos en las hogueras.

—Pero ella no estaba loca, al contrario, tenía mucha sabiduría para ser tan joven—abrió el libro en sus manos—. Y mucha la dejó por escrito. Antes de mudarme a estas tierras, estuve un tiempo trabajando en el castillo de los Bränderson. Nosotros nos conocíamos de toda la vida, así que a veces hablábamos cuando ella salía al jardín. Le dije que mi sueño era vivir algún día en un lugar cálido y formar una familia, lejos de lo que los demás pensaran de mí. Poder abrir mi propio negocio. Fue ella quien me habló de esta tierra y de los lagos calientes, de ahí nuestro negocio de la sauna—explicó—. Todo está en este libro que me regaló.

El hombre le tendió el libro a Elsa, quien pudo leer el título: La leyenda sobre el gigante que lloraba lagos de fuego en la montaña blanca.

Elsa miró a Hipo y a Astrid, quienes compartieron con ella el mismo pensamiento: ningún cuento de aquella mujer era realmente un cuento.

Por alguna razón que no comprendían, aquella mujer sabía más de lo que podían imaginar sobre aquellas tierras. ¿Por qué? ¿Quién era realmente esa mujer? ¿Y por qué dejarlo por escrito bajo la ilusión de cuentos infantiles? Eso era algo que no llegaban a comprender.

—Puedes mirar bajo la cubierta—le dio permiso el hombre.

Elsa acató agradecida, despegando la cubierta del papel para descubrir un símbolo que les era familiar. Sí, efectivamente muchos de los libros que tenían eran de su tía. De hecho, La princesa y el dragón era, como habían imaginado, suyo. Elsa recordaba perfectamente que tenía el mismo símbolo. El símbolo de un árbol de grandes ramas abrazando al sol con sus ramas y a la luna con sus raíces. Lo cierto es que no era usual de aquellas tierras y tenía un aura bastante pagana.

—Tardé años en descubrir que el lugar del cuento se refería a estas tierras—siguió explicando el vendedor—. Pero cuando lo hice supe que lo había escrito para mí.

El compañero de Oaken se le acercó y lo tomó de la mano, cariñoso.

—Muchas gracias por contármelo Oaken—agradeció Elsa, devolviéndole el libro—. Nos has ayudado mucho.

—¿Puedo preguntar por qué estáis buscando un libro de vuestra tía?

Elsa tomó aire, pensando que tal vez comenzaba a comprender ciertos misterios.

—Creo que también dejó algunos escritos para mí.

Los jinetes y la reina estuvieron un rato más en la cabaña hasta que finalmente decidieron que era hora de regresar. Para desgracia de los gemelos, Hipo y Astrid no les permitieron probar la sauna. El negocio, más que una sauna como tal, también incluía un baño caliente en un pequeño lago que tenían dentro del propio negocio, donde tal como decía la leyenda del cuento de Oaken, era un lago de agua caliente natural. Según Oaken y ya con cierto tono de vendedor, les dijo que el agua de aquel manantial tenía propiedades curativas y que lo vendía en frascos a buen precio, por si querían uno. Todos denegaron con gratitud, salvo Chusco, que sí que se llevó uno.

—Ya me lo agradeceréis cuando a alguien se le salga un hombro—se limitó a decir—. No sabéis lo doloroso que es.

Ninguno le hizo mucho caso.

Para regresar, Elsa se subió de nuevo con Astrid en Tormenta, esta vez dejando que la vikinga tomara las riendas. Aquel cómodo y suave despegue es lo que Elsa hubiese preferido para volar por primera vez, pero todo se rieron y le explicaron que así hubiese perdido la gracia y toda emoción.

Regresar de nuevo al cielo le provocó otra vez la extraña sensación de pertenencia y libertad. Sonrió para sí misma. Tal vez aquello no estaba tan mal después de todo.

—¡Oye! ¿No echáis de menos las carreras de dragones? —preguntó entonces Brusca.

—No demasiado—dijo con grandilocuencia Mocoso—. Ser tan bueno hace que el juego sea un poco aburrido.

Elsa notó que Astrid se echó a reír.

—Pero si nunca has ganado ninguna—dijo entonces la vikinga, retándole.

—Astrid, hay otras muchas formas de ganar en la vida—se quejó Mocoso—. No ganaría las carreras, pero sí el afecto incondicional de una dama.

—Agg qué asco—expresó Brusca—. No empecéis otra vez, por Loki.

—¿Qué les pasa? —le preguntó con discreción Elsa a Astrid.

La vikinga se giró un poco hacia ella y le sonrió.

—El año pasado Mocoso y Patapez se enfrentaban todos los días por el amor de Brusca—le explicó bajito, con esa paciencia y calidez con la que siempre la hacía partícipe de todo.

—¿Y lo consiguieron?

Astrid le sonrió pícara y Elsa comprendió que no.

—¿Queréis una carrera hasta Arendelle? —propuso Chusco.

—Sería muy aburrida, llegaríamos en menos de diez minutos—opinó Patapez—. Y Albóndiga no está en forma.

—Oh venga… qué aburridos sois—dijo resignado el gemelo—. Venga Hipito, veo en tu mirada que lo estás deseando. Tienes el espíritu de competición.

—Hipo, sé el líder por una vez en tu vida y ordena a estos vagos competir—demandó Brusca.

—No voy a ordenar nada—dijo Hipo tranquilo, sin perder la sonrisa ni la autoridad.

Chusco y Brusca se miraron, rodando los ojos.

—¡Qué pelma es siempre! —compartió Brusca con su hermano, quien asintió, dándole la razón.

Elsa temía que se iba a arrepentir de decir aquello, pero no pudo evitar preguntar:

—¿Hacéis carreras de dragones?

Los gemelos se miraron, cómplices. El dragón de ellos giró en el aire hasta colocarse junto a Tormenta.

—Oh sí, majestad—empezó Chusco—. Y son increíbles, adrenalina pura.

—Cinco jinetes, un recorrido, muchas ovejas—dramatizó Brusca—. Y un solo ganador.

—Sangre, lágrimas y las tripas de los perdedores machacadas contra el suelo—continuó Chusco con aire trágico—El honor, la vida y la muerte.

—Nadie muere en las carreras—tranquilizó Hipo a Elsa—. Son unos exagerados.

—¿Y qué gana el vencedor? —siguió preguntando con inocencia Elsa.

—¡La gloria! —exclamaron los gemelos al unísono.

Elsa no pudo ocultar la sonrisa ante aquel espectáculo tan extraño.

—Y bueno, si queréis nos apostamos algo—sugirió Brusca, pícara—. ¿Un beso mío para el ganador?

Fue entonces cuando Patapez y Mocoso comenzaron a prestar atención.

—Oh Dioses, no lo estarás sugiriendo en serio… —se llevó la mano a la cara Astrid.

—A ti lo que te pasa es que no quieres participar porque sabes que te va ganar Hipo—le reprochó Chusco.

Sin duda sabía dónde buscarle el punto débil a la vikinga.

—Hipo gana porque hace trampas—dijo orgullosa Astrid.

—¿Cómo? —entró en la conversación Hipo.

—Lo que has oído—le lanzó una mirada la chica, echándose el pelo a un lado.

—Yo no hago trampas.

—Usas tu traje, lo cual no es justo—se defendió Astrid.

—Sabes que no me hace falta el traje para ganarte.

Aquello último estuvo acompañado de un largo 'ohh' por parte de los gemelos que se miraron complacidos sabiendo que todos habían entrado en el juego. Elsa se maldijo a sí misma.

—Elsa—la llamó Brusca—. ¿Qué hay al otro lado de Arendelle?

La reina no sabía qué responder, porque no entendía la finalidad de aquella respuesta.

—Una cala abandonada, ¿por? —respondió la reina.

—¡Carrera hasta la cala abandonada! —gritaron ambos gemelos.

—¡Y el que pierda le besa el culo al Albóndiga! —añadió Brusca.

—¡Eh! —se quejó Patapez, sin entender eso último.

Elsa pensó que nadie entraría en aquel juego, hasta que Astrid le ordenó que se agarrara fuerte.

De repente, aquel paseo se transformó en la mayor locura que había vivido jamás. Todos los jinetes empezaron a descender hasta colocarse en el límite del bosque. No les bastaba solo con volar a toda velocidad en el cielo, sino que además les gustaba complicarse la vida y ponerse obstáculos.

Elsa pensó que se matarían. Que su vida se acabaría de la manera más inútil que jamás imaginó. ¿Y qué pensaría Anna? Tan joven y completamente huérfana… Al menos agradeció a Dios que alguien como Kristoff estuviera a su lado. Era un buen chico, pensó mientras se aferraba al cuerpo de Astrid.

Sin embargo, aunque esperaba la muerte, no la encontró y al cabo de un rato se acostumbró a la vertiginosa sensación de volar a toda velocidad. Abrió los ojos, para comprobar que volaban entre los árboles y que estaban bordeando Arendelle por las montañas. A la cabeza iban los gemelos e Hipo y detrás de ellas Mocoso y Patapez.

—¿Vas bien? —le preguntó entonces Astrid.

—S… Sí…

—Agárrate.

Tras darle esta orden ambas descendieron un poco más, siguiendo a los otros, pero cogiendo un camino entre los árboles. Aquello las hizo tomar ventaja y adelantar a los gemelos que se quejaron. Su siguiente misión era adelantar a Hipo antes de llegar a la cala, que ya se divisaba a lo lejos.

—No lo vamos a conseguir—aceptó Astrid.

—Déjamelo a mí—entró Elsa en el juego.

No lo admitiría, pero después de pensar que moriría, había empezado a divertirse.

Elsa le indicó a Astrid que ascendieran y así lo hicieron, evitando los árboles que sorteaban Hipo y Desdentao con maestría. Sin embargo, con un simple gesto inocente, Elsa hizo que toda la nieve de los árboles cayera sobre ellos, haciéndolos frenar.

—¡No me lo puedo creer! —gritó Astrid, descendiendo hasta la playa y sabiéndose vencedoras.

Ambas bajaron con efusividad de la dragona y se abrazaron victoriosas.

—¡No me lo puedo creer! —repitió Astrid riéndose cómplice con Elsa.

—No eres la única a la que no le gusta perder—respondió la reina altiva.

—Eres increíble—quiso dejar claro Astrid, sin romper el abrazo con ella.

Elsa también la estrechó, con algo de timidez. Al instante descendieron Hipo y Desdentao sobre la arena de la cala.

—Habéis hecho trampa—dictaminó el chico.

—¿Y esa cara de perdedor? —se regocijó en la victoria Astrid, burlona.

—Se nos ha caído una montaña misteriosa de nieve.

—La nieve a veces se cae de los árboles, Hipo—se atrevió a decir Elsa, envalentonada por la sonrisa de Astrid.

Hipo alzó una ceja.

—Ahora veréis las dos—amenazó.

El chico se lanzó hacia ellas de broma, y sin saber muy bien ni cómo, acabaron cayendo los tres a la arena. Solo se oía la risa de Astrid, porque Hipo no paraba de hacerle cosquilla. Elsa también se reía, sin saber por qué se sentía tan extrañamente feliz.

—Sabéis que habéis ganado un beso de Brusca, ¿verdad? —advirtió el vikingo cuando Astrid lo inmovilizó contra la arena para que parara.

—¿Acaso tú preferirías besarle el culo a Albóndiga? —se defendió la vikinga.

—No sé qué es peor… —añadió Hipo con ironía.

En ese momento aterrizaron los gemelos, descontentos con su derrota.

—¡Oye! Qué os he oído—se quejó Brusca.

—¡El mar! —gritó Chusco—. ¡Vamos a mojarnos los pies!

—Siiii—lo apremió Brusca, con un cabezazo.

Ambos comenzaron a descalzarse mientras a su vez aterrizaban Patapez y seguido Mocoso.

—¡El último que llegue al agua es un pedo de Gronckle! —gritó Brusca, tomando la delantera.

—¡Eh! —volvió a quejarse Patapez.

—Oye vosotros tres, tortolitos—añadió Chusco antes de salir corriendo tras su hermana—. Veníos a bañaros y dejad el amor para la cama.

Hasta ese momento ninguno había sido consciente de cómo se veían desde fuera, con Hipo abalanzado sobre ellas dos, Astrid agarrando a Hipo por los brazos y Elsa dejándose abrazar por el chico. Sumado a que se habían llenado la ropa y el pelo de arena.

Se separaron de inmediato, avergonzados e incómodos.

—¿Vamos? —ofreció Astrid, poniéndose de pies, algo nerviosa.

—Sí, claro…

El agua estaba helada. Más que helada. En eso coincidieron todos nada más las olas le rozaron los pies. No obstante, era vikingos y estaban dispuestos a competir, así que al cabo de un rato estaban todos metidos en el agua, a ver quién aguantaba más en ella.

Todos salvo Hipo y Elsa, que se sentaron en la orilla a mirar.

La escena era un tanto ridícula, sobre todo porque estaban bañándose en ropa interior y tenían la piel roja por el frío.

—Van a coger una hipotermia—sentenció Elsa, sentada junto a Hipo.

—No sería la primera vez—dijo irónico Hipo, acariciando la cabeza de Desdentao que estaba tumbado a su lado.

Chusco se subió a los hombros de su hermana y le propusieron pelea al resto, que tenía cara de estar pasándolo realmente mal.

—Se me hace muy raro que os bañéis así, con tan poca ropa—señaló Elsa—. En Arendelle eso sería un escándalo, sobre todo por ellas.

Hipo se fijó en Astrid y Brusca, que a parte de la ropa interior solo llevaban la camisa interna. Lo cierto es que a veces las había visto bañarse incluso sin ella, solo con las vendas del pecho.

—En Berk tampoco es lo normal—le quiso aclarar él—. Bañarse es algo muy íntimo para los vikingos. Es una cuestión de confianza absoluta y por lo general hombres y mujeres nunca lo hacen juntos—explicó.

Tras esto se sintió fatal, pensando que tal vez Elsa podía entender que se estaba refiriendo a su baño con Astrid. Sin embargo, si lo pensó, no se lo hizo saber.

—¿Y entonces vosotros? —preguntó con curiosidad la chica, luchando contra el viento que le desordenaba el pelo.

—Estuvimos más de un año viviendo juntos en una isla, cuando te conté que empezamos a escribir el libro de dragones—especificó Hipo—. Ahí establecimos nuestras propias normas y al cabo de un tiempo nos deshicimos de otras muchas. Sé que no tenemos nada que ver los unos con los otros, pero somos más que amigos…

—Como una familia—sentenció Elsa.

Hipo le sonrió, afirmativo.

—¿Y tú por qué no te bañas? —le chocó el hombro Elsa—. ¿Miedo a la hipotermia?

Hipo se rio suave.

—No me puedo bañar en el mar con la prótesis, se oxida—explicó.

—¿Y no te la puedes quitar?

—Sí, pero es la excusa perfecta para no meterme en agua helada—se echó hacia atrás—. ¿Y tú?

Elsa se abrazó las rodillas y lo miró risueña, más que de costumbre.

—Primero—enumeró la chica—, no pienso bañarme con tan poca ropa y segundo…

—¿Y segundo?

Elsa bufó, apartándose el pelo de la cara.

—¿Me puedes guardar un secreto? —dijo divertida.

Hipo sonrió como un idiota.

—No sería el primero—dictaminó.

Elsa le dio un codazo, aceptando que Hipo sí que le estaba guardando un secreto. Uno de esos que hacen temblar la tierra.

—No sé nadar—desveló al fin.

—¿En serio?

Elsa asintió.

—Es lo que pasa cuando estás más de diez años encerrada en una habitación—respondió irónica.

—Bueno, no es algo que no puedas resolver—le restó importancia Hipo—. Además, mírales—señaló a sus amigos—. Hacen pie en la orilla, no es nada profundo. No te va a pasar nada.

—Aun así, no me pienso bañar.

Hipo se rio ante su tono autoritario e hizo una reverencia de broma, acatando. Tras esto se quedaron unos minutos en silencio, contemplando al resto.

—Hoy ha sido un buen día—dijo entonces Elsa, mirando al infinito—. Por un momento se me había olvidado que soy la reina o que estamos en guerra.

Hipo la miró, intentando escrutar su rostro, sin saber si Elsa estaba feliz o triste.

—A Anna le hubiese encantado—añadió entonces, con una sonrisa melancólica.

—Podemos escaparnos otro día un rato—propuso Hipo, sin saber que no podría cumplirlo.

Elsa asintió, no muy convencida.

—¿Te puedo confesar algo? —preguntó Elsa.

Hipo asintió.

—Puede que me arrepienta de lo que voy a decir—quiso dejar claro—, pero después de todo lo malo, no está tan mal estar casada contigo.

Hipo alzó ambas cejas y abrió los ojos.

—Wau—expresó de broma—. ¿Por qué suena como si estar casada conmigo fuera un infierno?

Elsa se echó a reír.

—Entiende que entre mis planes no estaba casarme y menos con un vikingo—se defendió la chica—. Además, no fui yo la que se quejó con alevosía.

Hipo no entendió aquella palabra, pero imaginó a qué se refería.

—Oh vamos, cómo querías que no me quejara, fuiste una frígida conmigo—dijo tranquilo Hipo—. Sino recuerdas mal, estaba agotado, desesperado y a punto de llorar y tú ni siquiera cambiaste el gesto.

Elsa volvió a reírse ante sus palabras.

—Estaba más muerta que viva en ese momento—se justificó.

Hipo la miró y por un instante pensó cómo podría haber sido su vida junto a esa mujer en otras circunstancias. Si la hubiera conocido de pequeño, o en otras tierras; si ella no fuera la reina o no tuviese poderes mágicos, si ellos fueran otras personas. O si tan sólo no fuera tan extraño e imposible poder estar con las dos sin renunciar a ninguna.

Sin duda de ser así, se hubiese enamorado de ella desde el primer instante. Porque era imposible no hacerlo. Incluso aunque se dijera a sí mismo que sólo la quería como amiga, era imposible no sentirse hechizado hacia ella.

—Elsa—la llamó—. Yo también me alegro de haberte conocido—le dijo sincero.

La chica le sonrió y le sostuvo la mirada un rato, indescifrable.

—¡Eh! —los llamó Astrid, que salió del agua con Brusca—. ¡Vamos Elsa!

—¡No puedes ser una jinete sin bañarte con nosotros! —añadió Brusca.

Elsa negó con la cabeza, insistiendo que no quería ser una jinete. Tras la falta de convicción, empezó a poner resistencia cuando ambas chicas se le acercaron empapadas.

—¡Hipo no te quedes mirando y ayuda! —exigió Brusca.

—Conmigo no contéis para hacer enfurecer a una reina mágica—se lavó las manos el chico.

Elsa luchó un rato con ellas, pero tras su insistencia acabó levantándose. Se santiguó y lanzó un beso al aire. Si no había muerto en la carrera de dragones, no iba a morir en el mar.

Eso sí, Elsa se bañó con toda la ropa puesta y su grandiosidad de reina hizo que ni se despeinara.

Al rato salieron todos del agua congelados y encendieron un fuego. Los días se habían empezado a alargar con la próxima llegada de la primavera, pero aun así ya estaba oscureciendo.

Todos tiritaban junto al fuego, riéndose del mal aspecto que tenían. Hipo de hecho intentaba hacer entrar en calor a Astrid, frotándole con insistencia los brazos ante las reclamas de la chica. A Patapez se le caía la vela de mocos y ambos gemelos temblaban como gelatinas. Todos estaban helados. Todos salvo Elsa, que estaba entera y no tenía frío, pese a estar empapada de pies a cabeza.

—Será mejor que regresemos al castillo y os pongáis muda limpia—propuso Elsa, recuperando algo de la responsabilidad perdida durante aquel extraño día.

—Secundo la idea—dijo Astrid de inmediato, aferrándose a la calidez del cuerpo de Hipo.

—Oye, al final qué pasó con el premio— preguntó inocente Patapez—. ¿Quién ha ganado?

—Nosotras—le respondió Astrid orgullosa.

—No pienso darte un beso—añadió Brusca de seguido—. Tal vez a Elsa, pero solo porque me pone su autoridad.

Elsa se puso roja hasta las orejas, sin saber dónde meterse.

—No es necesario, gracias… —dijo muy bajito.

—Si no lo quiere ella, puedes dármelo a mí—se apresuró Mocoso.

—Puaj—respondió la vikinga sacando la lengua.

Mocoso frunció el ceño, sin entender por qué Brusca lo rechazaba. Ella tampoco era una Diosa.

—¿Y quién ha perdido? —preguntó Chusco, malévolo.

Patapez y Mocoso se miraron a la vez y se señalaron el uno al otro. Hipo se rio. Siempre hacían lo mismo.

—Bueno, dejémoslo en que esta noche no hay besos para nadie—declaró el jefe vikingo.

—Pobre Albóndiga—añadió Astrid risueña.

En ese momento, Brusca le dio un codazo a su hermano, como si quisiera que contara algo. El vikingo negó y aquello le sacó una sonrisa a su hermana.

—Bueno, tal vez hay alguien que sí va darse besos con alguien esta noche—dijo la gemela.

La chica comenzó a lanzar entonces besos al aire alrededor de su hermano.

—¿Tienes una cita, Chusco? —preguntó Hipo incrédulo.

—Algo así… —respondió de mala gana.

Brusca agarró sus trenzas y comenzó a fingir que besaban las mejillas de su hermano.

—¿Y quién es la afortunada? —preguntó Astrid.

Chusco se puso rojo y comenzó a tartamudear sin entenderse muy bien qué estaba diciendo.

—Es Rose—contestó su hermana por él—. Han quedado esta noche para hacer juntos el turno de vigilancia de heridos, ¿nos es vomitivo?

—¿Rose? —dijo dolido Mocoso—. ¿Pero qué te ha visto esa mujer a ti que yo no tenga?

Chusco arrugó el gesto.

—Pues para empezar tengo más barba que tú y soy mucho más divertido.

Hipo y Astrid se contuvieron las ganas de echarse a reír, lanzándole una mirada cómplice a Elsa que miraba a Chusco con cierta ternura.

—Rose es una chica muy agradable Chusco—dijo entonces Elsa, para sorpresa de todos—. Me alegro por ti.

Sin embargo, lo que les despertó sorpresa no es que la reina le dijera algo así al vikingo, sino que acababan de darse cuenta que llevaban un buen rato hablando en su lengua, sin pensar que estaban excluyendo a Elsa. La mayoría ni siquiera sabía que la reina podría hablar su idioma.

—Gracias Elsa por el apoyo moral—le contestó Chusco—. No como estos idiotas.

—¿Hablas nuestra lengua? —lanzó al aire la pregunta Patapez.

Elsa asintió, tímida.

—Un poco—dijo—, pero habláis demasiado rápido y con un acento muy fuerte.

—Tu acento también es horrible—le sonrió Chusco sin gota de malicia, como si le hubiese dicho un alago.

Elsa no supo cómo interpretarlo, así que simplemente asintió.

—Pues yo esta noche he vuelto a quedar con el soldado de las patillas—anunció con orgullo Brusca.

Astrid gruñó.

—Brusca ese tío es un idiota—expresó Astrid molesta, que había tenido más de un encontronazo con él.

—Y tu novio está casado con otra mujer y yo no te digo nada—respondió tranquila Brusca.

Elsa e Hipo quisieron morir en ese instante.

—El caso es que me ha pedido matrimonio.

—¡Qué! —dijeron todos al unísono.

Brusca siguió tranquila.

—Eso mismo le dije yo—respondió la chica—. ¿Debería seguir acostándome con él o mejor paso?

No necesitó más respuesta que las miradas de negación de todos.

No tardaron en retomar el vuelo, ya que todos estaban congelándose allí fuera y Elsa estaba convencida de que había estado demasiado tiempo ausente de su castillo. Se había divertido mucho por extraño que pareciera. Además, tenía que admitir que los dragones eran seres extraordinarios. Por esta razón, al llegar a Arendelle los detuvo antes de que bajaran a las mazmorras para encerrarlos.

—No los llevéis ahí abajo… —comenzó a decir.

Astrid la miró sorprendida, deteniendo a su dragona en el aire y captando la atención de los demás. Elsa pensó que tal vez se arrepentiría de tomar esa decisión, pero el brillo y la sonrisa de Astrid la alentó.

—No tenéis que volver a esconder a los dragones—dictaminó Elsa—. Pueden… pueden volar por Arendelle. Tenéis mi permiso.

—¿Estás segura? —preguntó Hipo.

Elsa asintió.

—Completamente—dijo—. No puedo permitir que sigan encerrados por más tiempo. La gente terminará por acostumbrarse.

Todos se miraron, agradecidos. Sino fuera porque estaban helados, hasta hubiesen mostrado algo de euforia. Todos empezaron a descender hasta los jardines, todos salvo Desdentao y Tormenta, que se dirigieron hasta las ventanas de las habitaciones de Hipo y Elsa. Astrid dejó a la chica en su ventana y tras esto se despidió de ambos. Volverían a verse más tarde, pero ahora la vikinga necesitaba con desesperación un baño caliente y muda limpia.

—¿Tú no vas a entrar? —le preguntó Elsa a Hipo al verlo parado en la ventana, sin intención de moverse.

—Creo que voy a volar un rato más, echaba mucho de menos esto—se sinceró—. Te… ¿Te apetece venir?

Se arrepintió al minuto de decirlo, sobre todo porque Elsa lo miró sorprendida.

—Perdona—se disculpó Hipo sin saber por qué, como si la hubiera ofendido—. Imagino que estarás cansada y querrás cambiarte. Nos vemos luego.

Sin embargo, antes de que pudiera reaccionar, se le congeló la nariz. El chico se miró, casi bizco mientras escuchaba la voz risueña de Elsa.

—Espera jinete—le dijo Elsa pícara desde la ventana—. No te vas a ir sin mí. Dame un segundo.

Hipo se quitó el hielo de la nariz con la mano mientras esperó a Elsa, que entró a la habitación. Se sentía un poco idiota al haberle hecho ese ofrecimiento a Elsa, y más porque que lo hubiera aceptado lo había puesto muy nervioso. Excesivamente nervioso.

La reina salió en seguida, vestida con otra muda seca. No era uno de sus camisones de dormir, pero tampoco parecía un vestido, ya que se notaba que no iba encorsetado y a diferencia de como solía vestir, le quedaba muy suelto del cuerpo.

Hipo y Desdentao descendieron un poco, colándose bajo su ventana par que Elsa pudiera subirse. La reina no se acostumbraba todavía a esa sensación de vértigo al ver la caída bajo sus pies, pero le echó valor y tomó la mano de Hipo para saltar sobre Desdentao. Perdió levemente el equilibrio, así que para más incomodidad se echó prácticamente sobre Hipo.

—Perdona—se disculpó de inmediato, colocándose mejor a una distancia prudencial del chico dentro del espacio disponible.

—No pasa nada—respondió apresurado Hipo.

Volaron en silencio durante largo rato, oteando el cielo nocturno de Arendelle y las inmediaciones del reino. Elsa, pese a su primera intención, acabó abrazándose a Hipo buscando algo de estabilidad. A diferencia de volar en Tormenta con Astrid, Hipo y Desdentao, por la propia ergonomía del dragón, no volaban con silla e Hipo iba prácticamente tumbado para que el aire no lo escupiera mientras volaban. Así que Elsa se acomodó también a esa postura. Permanecieron mucho rato en silencio, posiblemente más de media hora en la que simplemente se preocuparon por ordenar sus ideas.

Hipo no podía ocultarlo más. Tenía sentimientos por esa mujer. No sabía cómo ni por qué, pero no podía evitar que el corazón se le acelerara estando con ella. Y no, no hacía falta que pensara en otra realidad paralela para imaginarse estando con ella. Se sintió horrible y posiblemente si la chica no volara con él, se habría echado a llorar.

—¿En qué piensas? —le preguntó de repente Elsa.

Hipo tomó aire, bajando de aquella nube negra que le asfixiaba en corazón.

—En que cada vez tenemos más incógnitas que resolver y sigo sin verles relación—enfocó su problema a hechos más tangibles—. ¿Y tú?

—No entiendo qué tiene que ver mi tía Marie en todo esto—suspiró cansada, admirando la luna casi llena que brillaba en el cielo—. Tenías razón, por cierto.

—¿En qué? —preguntó confuso.

—En lo de que aquí arriba no se siente el frío o el tiempo—recordó la conversación que tuvieron el día que abrió la cúpula—. Es como sentirse verdaderamente libre.

—Me alegra que te guste—buscó la mirada de ella en la oscuridad.

Volvieron a quedarse un rato más en silencio hasta que Elsa se apresuró en romper aquel extraño clima romántico que se había instaurado entre ellos. La reina comenzó a explicarle las divisiones del reino desde el aire y le explicó también un poco sobre la vida de Oaken. Ninguno de los vikingos había dicho nada en su momento, pero a todos les resultó extraño ver que ese hombre había formado una familia con otro. Elsa le explicó Oaken le había comprado ese terreno a su padre hacía muchos años atrás, así que como no pertenecía a ningún reino, no había ley ni Dios a la que tuviera de dar cuentas. Además, su sueño de formar una familia se había hecho realidad cuando el vendedor había además adoptado a todos aquellos niños de un orfanato que había antiguamente en Arendelle.

—¿Y de dónde sacó el dinero para comprarle un trozo de tierra a un rey? —preguntó Hipo incrédulo.

—Oaken trajo un pedrusco de oro tan grande como la cabeza de tu dragón—reveló Elsa—. Recuerdo perfectamente ese día.

—Pero si dijo que era hijo de unos posaderos… ¿crees que…?

—Sí—terminó Elsa por él—. Estoy segura que eso también estaba escrito en el cuento que mi tía le regaló.

—Tal vez La princesa y el dragón lo escribió para ti.

—¿Tú crees? —preguntó esperanzada—. Porque no me parezco a la princesa del cuento.

—Nadie querría parecerse a ella, es muy sosa—dijo de broma Hipo, para animarla.

Se sorprendió entonces de que la chica lo abrazara, ya que Elsa no solía mantener contacto físico con otras personas más allá del estricto y necesario.

—Todo va a salir bien—dijo Hipo, pensando que tal vez estaba algo deprimida por la situación.

—¿Lo prometes?

—Prometido—le aseguró.

Elsa soltó entonces una risa ligera y se separó de él.

—Espero que tengas razón, porque tengo un mal presentimiento sobre el baile—le confesó entonces.

—Elsa, no tienes de qué preocuparte, lo tenemos todo bajo control—intentó tranquilizarla—. Vamos a esa fiesta, hacemos el ridículo delante de los nobles, buscamos el libro o el manuscrito original y nos largamos. Es pan comido.

—¿Y si Drago ataca estas tierras en nuestra ausencia?

Aquella era la posibilidad que más preocupaba a ambos, aunque en especial a Astrid, que había comenzado a maquinar con Anna planes de huida en caso de peligro.

—Estamos solo a un día de vuelo—dijo Hipo—. Además, no podremos hacer nada si Drago consigue lo que quiere antes que nosotros.

—No lo hará, no lo permitiré—respondió sombría, como el día en que se conocieron.

—¿Sabes lo que más temo yo del baile de la primavera? —dijo entonces Hipo, para relajar un poco el ambiente—. Que no sé bailar.

Aquello hizo que Elsa abriera los ojos de par en par, sorprendida, molestas e incrédula.

—¿No sabes bailar? —preguntó entre divertida y expectante—. ¡Hipo por qué no me lo habías dicho!

—No sé, pensé que era más importante que supiera usar los cientos de cubiertos que tenéis—le quitó hierro al asunto, a sabiendas de que en el fondo Elsa se sentía agradecida de haber alejado aquel temor al que se enfrentaban.

—Pero Hipo, es un baile—dejó claro Elsa—. Se llama baile de la primavera—acentuó—. Pues claro que es importante bailar, estamos obligados.

—¿Cómo que obligados? No se puede obligar a nadie a bailar.

—Pues bienvenido a la nobleza de estas tierras—se llevó las manos a la cabeza a la chica, compartiendo una risa tonta con aquel hombre—. Oh Dios mío, vamos inmediatamente al castillo. No pienso dejar que hagamos el ridículo.

—Te advierto que soy muy malo bailando—quiso dejar claro Hipo, con sarcasmo.

—Y yo bailo como un pato disecado—coincidió Elsa—, pero no es excusa.

Descendieron con Desdentao de vuelta al castillo, donde entraron por la ventana a la habitación de Hipo. Elsa recogió un poco los papeles del suelo y arrastró un par de muebles para hacer espacio mientras Hipo se cambiaba de ropa en un apartado y se ponía algo más cómodo y que no estuviese lleno de arena.

Desdentao intentó ayudar a Elsa, pero el dragón era demasiado grande como estar en aquella habitación.

—Desdentao así no me ayudas—se quejó Elsa, acariciando la cabeza del dragón.

Al tocarlo, volvió a sentir el cosquilleo de la magia en él. Ese que había sentido la primera vez que lo tocó. No entendía la naturaleza de los dragones, pero sin duda el dragón de Hipo era muy especial.

—Espera que te ayudo—se acercó Hipo, ya vestido—. Todavía tienes que aprender algunas cosas sobre los dragones.

Al decir esto agarró algunos papeles del suelo y dejó que Desdentao los lamiera para después pegarlos en la pared.

—Aggg… —gruñó Elsa al verlo, aunque tuvo que reconocer que era bastante práctico.

Con la habitación despejada y Desdentao acurrado en una esquina, Elsa e Hipo se colocaron en el centro de la instancia y se miraron, sin poder contener una sonrisa.

—¿Preparado para una magistral lección de baile? —dijo de buen humor Elsa.

—¿Tengo más opciones?

—Me temo que no—le sonrió.

Sin embargo, al verse con él a solas empezó a ponerse algo nerviosa. Elsa nunca había asistido a muchos bailes y por lo general, cuando alguien le pedía de bailar, declinaba la oferta con elegancia y lanzaba una mirada asesina a todo aquel que quisiera pedírselo. Las pocas veces que había bailado había sido con su hermana o con sus padres. Solo una vez bailó con un joven en una fiesta y porque Elsa acababa de firmar un tratado de paz con el padre del chico. Sin embargo, quitando aquellas ocasiones, bailar había sido algo que había tachado de su lista de cosas que hacer.

—¿Cómo bailáis entonces en estas tierras? —preguntó Hipo, acostumbrado al ajetreo y frenesí de los bailes vikingos.

Elsa lo miró indecisa.

—Bueno, es básicamente un baile de salón—explicó—. Así que solo bailaremos entre nosotros, aunque habrá más gente en la pista.

—Mmm… vale.

Elsa tomó aire.

—A ver, dame las manos—pidió la reina.

Hipo obedeció confuso y algo incómodo.

—Tú tienes que… —intentó explicarse mientras intentaba averiguar cómo poner los brazos entorno a Hipo—. Bueno, lo hombres llevan a las mujeres, pero como no sabes voy a hacer yo de hombre.

Hipo volvió a asentir y dejó que Elsa le colocara la postura.

—Vale tú ponme la mano en el hombro… —le explicó, mientras ella rodeaba la cintura del vikingo con la suya—. Y ahora dame la otra mano.

Elsa se separó todo cuanto pudo de él, como si aquella distancia pudiera alejar también al chico de su cabeza.

—Tienes que hacer de espejo—le dijo entonces, mirándose los pies—. Si yo muevo la pierna hacia adelante, tú hacia atrás y así…

—Vale—aceptó él.

Los primeros movimientos fueron muy ortopédicos y estuvieron a punto de pisarse el uno al otro varias veces.

—Me siento un poco ridículo—le confesó Hipo al cabo de un rato.

—Eso es porque es algo ridículo—coincidió Elsa mirando al suelo—. Te prometo que con música mejora.

Aquel comentario le hizo gracia a Hipo.

—Eso espero, porque quien lo inventó debía ser bastante aburrido.

Elsa le lanzó una mirada inquisidora, pero divertida.

—¿Sabes? —dijo entonces la reina—. Realmente este es el sueño de cualquier dama de la nobleza.

Hipo alzó una ceja.

—¿Bailar con un cojo?

—No seas tonto—le regañó Elsa, sin saber cómo Hipo tenía siempre respuestas tan ocurrentes para todo—. Quiero decir, esto, que te saque a bailar un chico joven, extranjero y apuesto.

—¿Crees que soy apuesto? —preguntó Hipo con cierto tono pícaro que ruborizó a Elsa.

—Hablaba en general—se justificó la reina.

—¿Y este era tu sueño?

Elsa lo miró altiva, con sus enormes ojos azules.

—¿Tú que crees?

—Que no—respondió cómplice.

Ambos se sonrieron, abrumados por la cercanía con el otro.

Pese al rubor, Elsa lo había dicho en serio. Hipo podría ser perfectamente el sueño de cualquiera. Era un chico inteligente, ingenioso, paciente y con una extraña bondad que Elsa no había visto en mucha gente. Y aunque le había dicho que hablaba en general, mentía. Sí que le parecía muy apuesto. Terriblemente apuesto, con su sonrisa torcida, su rostro lleno de pecas y con esos ojos vivaces que la miraban como si le vieran el alma. Jamás en toda su vida pensó que podría gustarle un chico como le gustaba Hipo. No podía compararlo con ninguna experiencia previa, porque su relación con él no se asemejaba a lo que había vivido con Lena o a la atracción que hubiera sentido por otras mujeres u hombres en otros momentos de su vida. Era extraño y desgarrador, y se sentía más culpable que aliviada.

Definitivamente bailar con él no era un sueño, sino una pesadilla. No porque fuera malo, sino porque no podía controlar lo que sentía y se odiaba a sí misma por ello. Porque ver a Hipo sonreír era como si una daga la atravesara, una daga con el rostro de la mujer más bella y especial que jamás había conocido. Una daga con los ojos de Astrid.

—Éste era más bien el sueño de Anna—le contó entonces, marcando distancia entre ellos, mientras seguía manejando los movimientos de ambos—. Siempre ha sido muy romántica. Soñaba con un príncipe azul que la sacara de éste palacio. Decía que lo conocería en un baile, que sus miradas se cruzarían y que bailarían toda la noche hasta que no pudieran más.

—¿Toda la noche? —la interrumpió Hipo mostrando asombro desmesurado—. Si yo ya no puedo más.

—Ya, yo tampoco podría bailar tanto—coincidió con él.

—¿Y luego qué? —preguntó entonces Hipo, expectante.

—¿Cómo que luego qué? —le devolvió la pregunta, extrañada.

—Después de bailar toda la noche—especificó—. Yo necesitaría una silla urgente.

Elsa se rio ante su tonta ocurrencia.

—Anna lo tenía todo planeado—siguió explicando, entrando en aquella broma.

En el fondo Elsa sabía a qué estaba jugando Hipo. Posiblemente él estaba igual de incómodo que ella y lo único que quería era poner algo de distancia y hacer como aquello no iba con ellos. Y en el fondo le parecía divertido que el chico quisiera soñar despierto a imaginar otra realidad más divertida que la de ellos dos haciendo el ridículo en una habitación llena de papeles mojados con saliva de dragón pegados a la pared.

—Decía que después se comerían unos aperitivos…—siguió relatando Elsa.

—Eso sí me parece realista.

—… Mientras corrían por los pasillos —terminó Elsa, mientras Hipo negaba con la cabeza—. Y, por supuesto, se esconderían de los guardias.

—En eso al menos tengo experiencia.

Elsa se sintió muy idiota, pero comenzó a desviar el movimiento de ambos por la habitación, mientras recreaba con gestos muy torpes aquella extraña divagación sobre cómo sería el baile según Anna. Lo cierto es que aquella cercanía con Hipo la hacía temblar, sobre todo porque a diferencia de la mayoría de las veces, esta vez esta estaban frente a frente en uno con la otra, cogidos de las manos y aunque fuera extraño, se le hacía más díficil que volar abrazada a él o luchar cuerpo a cuerpo.

—Después saldrían a los jardines, dónde él arrancaría una flor y se pondría de rodillas para pedirle matrimonio.

—Bueno, ese paso nos lo podemos ahorrar nosotros —siguió aquel relato Hipo.

—Pues el siguiente también, porque según su fantasía se besaban hasta que salía el sol, montaban en un caballo con el amanecer e iban hasta una iglesia donde los casaban de manera furtiva.

Hipo se rio.

—Tu hermana pensaba en grande ¿eh?

—No te haces una idea—rodó los ojos Elsa.

—¿Y se casaba así sin más?

—Ya te dije que me pidió mi bendición para casarse la misma noche que conoció a Hans, así que sí, no había mucho más diálogo en la historia.

—Vaya, pues sí que son intensos estos bailes—dijo con ironía.

—Sí que lo son… sí…

Volvieron a quedarse en silencio de nuevo y antes de que pudiera volver a tornarse incómodo, Elsa le ofreció a Hipo que cambiaran de postura y que él probara ahora a guiarla a ella. El chico obedeció algo torpe, colocando las manos dónde antes las tenía la reina y rodeándola con la suya por la cintura.

— ¿Y tú que querías? —preguntó entonces Hipo.

—¿Yo qué quería cómo? —dijo la reina confusa.

—¿Cuál era tu sueño? —especificó Hipo—. Porque no te imagino subida sobre un caballo al amanecer para casarte.

Elsa se echó a reír.

—Mi sueño era poder aprovechar la distracción del baile para escaparme un rato—dijo divertida mientras se separaba levemente de Hipo—. Bailaría con alguien no muy listo y mientras fuese a por las bebidas desaparecería entre la gente.

—Vale, recordaré no ir a por bebidas.

Elsa lo acusó con la mirada.

—Mi plan era esconderme en los jardines y tumbarme a ver las estrellas hasta que amaneciera—le confesó—. Con un poco de suerte no me molestaría nadie y así al menos no tendría un dolor de pies insoportable al día siguiente.

Hipo soltó entonces a Elsa, quien lo miró sin comprender. No obstante, al ver que el chico se tumbaba en el suelo de la habitación no pudo evitar dejar en evidencia su asombro.

—¿Qué haces? —preguntó Elsa desconcertada, con una sonrisa tonta.

—Seguir tu plan—dijo Hipo—. No sabes lo bien que sienta tumbarse. Me estaba mareando con tantas vueltas.

Elsa se rio y se sintió algo idiota sin saber muy bien qué hacer. Dudó e hizo amago de tumbarse a su lado dos veces. Tal vez visto desde fuera quedó algo patética, pero al final accedió, aunque no muy convencida.

—No hay estrellas en este cielo—anunció la reina, mirando el techo en penumbra de la habitación de Hipo, tan solo alumbrado por el chispear de una vela que hacía sombras fantasmagóricas.

—No rompas la magia—pidió Hipo.

Elsa alzó entonces el brazo y con su magia creó algunos copos que levitaron en el techo, a modo de estrellas heladas.

—Caray, a veces se me olvida que puedes hacer eso—dijo el chico, girando la cabeza hacia ella.

Elsa también lo miró, escrutando una vez más su rostro. Sin embargo, no fue capaz de sostenerle la mirada demasiado y volvió a mirar las estrellas flotantes de la habitación.

—Espero estar a la altura—señaló el chico—, no quiero que te avergüences de mí.

La sinceridad repentina de Hipo la cogió por sorpresa.

—No digas tonterías, Hipo. Por supuesto que vas a estar a la altura.

El chico tomó aire antes de contestar.

—No sé, Elsa, yo no soy ningún príncipe extranjero con los que fantasean las nobles de tu tierra—se explicó—. Y sé que odias ese baile y llamar la atención y yo soy un imán para los problemas. Tengo… tengo miedo de ponerte en evidencia.

Elsa le sonrió con tristeza.

—No me vas a poner en evidencia, Hipo—lo alentó la reina—. Simplemente quiero que no te hagan sentir mal. Los nobles son muy crueles—añadió—. Siento si te he presionado mucho estos últimos días.

—No me has presionado, son cosas que debía aprender.

—O tal vez no—dijo entonces Elsa—. Hoy me lo he pasado realmente bien y es porque no hemos hecho nada de lo que suelo estar obligada a hacer—expresó—. ¿Sabes? Nunca me han dejado hacer lo que realmente quiero.

Elsa de nuevo volvía a tener esa mirada que Hipo odiaba ver en ella. Esa mirada de dolor a tener que conformarse y cargar con todos los problemas del mundo.

—¿Y qué es lo que realmente quieres? —preguntó Hipo.

Posiblemente jamás en su vida alguien le había preguntado eso y no supo qué responderle.

La respuesta más fácil hubiese sido decirle que no lo sabía o que quería que la guerra terminara. No obstante, seguían siendo respuestas de reina. Soluciones que no dejaban ver nada de ella, que la seguían ocultando bajo ese yugo de responsabilidades. ¿Qué quería ella? Lo más seguro que salir corriendo de aquel maldito reino. Quizás irse a vivir sola a la montaña, a su palacio de hielo. O Tal vez irse a una tierra lejana. No obstante, todas esas cosas seguían estando lejos de tener una verdadera intención más allá que la de huir de sus problemas.

¿Qué es lo que realmente quería ella? Posiblemente que Lena la perdonara o que ella y su hermana pudieran pasar un tiempo a solas divirtiéndose, algo como aquella tarde en la playa o como cuando de niñas hacían muñecos de nieve. Sí, eso estaría bien. Y también le gustaría conocer realmente a Astrid. Durante todo el día que había estado abrazada a ella volando no había podido dejar de rezar porque la vikinga realmente la dejara acercarse a ella, que le mostrara a su auténtico yo, a la mujer de aquella mirada dulce que observaba silenciosa los amaneceres con la nariz congelada del frío. Que le permitiera entrar en la complicidad que de alguna forma compartía con Hipo.

Hipo.

¿Por qué diablos le preguntaba algo tan complejo? Era imposible tener respuestas para aquello. ¿Qué quería que le dijera? Que tal vez lo que realmente quería, sin pensar, allí y ahora, era simplemente besarlo de una vez por todas y que la arrastrase con él para calmar de una vez por todas ese calor insoportable que le provocaba.

El vikingo no podía leer los pensamientos de Elsa, pero no era idiota y el corazón se le aceleró de inmediato ante el silencio de la reina. Porque aquel silencio no era un silencio normal entre líneas, era un silencio de hambre. Y lo supo tan pronto se fijó que Elsa quería lo mismo que él.

Ninguno supo muy bien quién dio el primer paso, pero ambos se acercaron y al ver que el otro no retrocedía, se besaron.

Fue un beso tímido que Hipo acunó tomando el rostro de Elsa entre sus manos. Y aunque Elsa tardó algo más en reaccionar, se abrazó como pudo al cuerpo de Hipo y enredó una mano en su pelo, para profundizar aquel beso. ¿Cuánto tiempo habían deseado eso? Posiblemente desde el día que cayó la cúpula o tal vez antes. Daba igual. Fuera como fuese, lo habían deseado demasiado y ninguno parecía estar muy dispuesto a romper aquel contacto tan placentero. De piel con piel, de frío con calor.

De hecho, la timidez de aquel beso en los labios se fue diluyendo y poco a poco ambos se dejaron explorar, permitiendo que sus lenguas se encontraran y que sus cuerpos se buscaran en la hostilidad del suelo helado. ¿Cómo les había sido tan difícil dar ese paso antes? Era insoportable descubrir lo que habían necesitado tener ese contacto con el otro, esa humedad cálida que los sacudía como una corriente. Elsa ni siquiera era consciente de que tal vez era la primera vez que besaba y se dejaba besar con tanta desesperación. De niña, sus besos con Lena habían sido promesas de amor eterno y sincero. Sin embargo, aquel beso con Hipo reclamaba un instinto mucho más adulto, más humano y más animal en ella. Un beso más carnal, más físico, más real. Ni siquiera alguna vez pudo imaginar que los labios de Hipo pudieran ser tan cálidos o su boca tan acogedora. Que su lengua la iba acariciar con tanta dulzura o que la iba reclamar con aquella necesidad. Y mucho menos que ella le correspondería de la misma manera. Y lo peor es que no podía pensar. Ninguno podía hacerlo.

Hipo solo quería dejarse llevar y ser arrastrado por aquel cosquilleo mágico que emanaba el cuerpo de Elsa, que lo llamaba y que le pedía que no la soltara. Y Elsa solo quería que él la tocara, que la abrazara y que la apretara contra la calidez de su cuerpo. De hecho, tanto Hipo como ella alejaron las manos de la cabeza del otro y comenzaron a intentar saciar aquella curiosidad de tocarse, de explorar y ser explorados. Elsa se perdió enseguida en la espalda del vikingo, aquella que había visto desnuda en más de una ocasión y que mentalmente se había imaginado otras veces tocando. E Hipo, mucho más tímido, se asombró de lo fría que estaba la piel de Elsa a pesar de estar cubierta por aquel camisón que deseaba desprender de su cuerpo.

Sin embargo, ambos salieron abruptamente de aquel trance al oír que llamaban a la puerta.

Elsa prácticamente empujó a Hipo y se levantó de un salto, sin poder casi ni respirar del sobresalto. El chico, algo más lento que ella, se ayudó de la cama para levantarse justo cuando Astrid y Patapez abrieron la puerta.

—No sabéis lo que necesitaba ese baño caliente—dijo Astrid a modo de saludo—. Por cierto, veníamos hablando por el camino que tal vez los libros estén interrelacionados entre sí, ¿verdad Patapez?

Elsa se giró nada más los vio entrar y fingió que estaba leyendo unas anotaciones que había sobre la mesa e Hipo se sentó sobre la cama, intentando calmarse y disimular aquella dolora erección que milagrosamente no se le había bajado del susto.

—Es que hemos recordado que se repiten algunos nombres de lugares y tal vez pertenecen todos al mismo universo—dijo con orgullo Patapez.

—¿Os pasa algo? —preguntó Astrid al notar cierta tensión entre ellos dos.

—No, nada, simplemente me duele mucho la cabeza esta noche—se apresuró a decir Elsa, nerviosa—. Tal vez me tenéis que disculpar.

—Vaya—le sonrió Astrid—. Quizás es por la presión, a mí también me pasaba en los primeros vuelos.

—Puede ser… —fue lo único que consiguió decir Elsa, incapaz de mirar a Astrid a los ojos.

La reina se despidió con una reverencia y se marchó.

—¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó la vikinga a Hipo, que estaba muy rojo y quieto.

—Ahh… —no supo ni qué decir—. Yo es que… estoy algo preocupado por el baile. Estaba hablando con Elsa que sigo sin saber cómo vamos a conseguir una copia del libro si es que la hay.

Astrid asintió y se dejó caer en la cama a la par que Patapez se sentaba en la silla junto a la mesa.

—Yo pienso lo mismo—dijo Astrid como respuesta—. ¿No habéis pensando que a lo mejor es una trampa para que vayáis a ese baile? Yo no paro de darle vueltas…

Hipo sin embargo era incapaz de escucharla. Se sentía demasiado agitado y culpable. Por no poder, sentía que no podía ni respirar.

—Oh Dioses—dijo entonces—. Se me ha olvidado que Elsa se ha quedado con uno de los libros—inventó—. Voy a por a él antes de que se vaya a dormir.

—Vale, seguimos investigando nosotros—dijo con simpleza Astrid, incorporándose y acercándose a Patapez.

El camino entre su habitación y la de Elsa se le hizo infinito. ¿Pero qué diablos se les había pasado por la cabeza a los dos? No le hizo falta llamar a la puerta de Elsa cuando la chica le abrió, casi como si pudiera haberlo sentido.

—¿Qué haces aquí? —le dijo casi enfadada.

—Elsa… necesito que hablemos. Lo… lo que acaba de pasar…

—Es un error—contestó ella por los dos, tajante.

Hipo en cierta forma opinaba lo mismo que ella, pero no supo por qué le dolió tanto escucharlo con tanto desprecio de su boca.

—Lo sé y lo siento, no sé qué me ha pasado—se disculpó Hipo.

—Yo también lo siento—dijo Elsa, incapaz de mirarlo a los ojos—. Bueno, ya está hablado. Buenas noches, Hipo.

La reina iba a cerrar, pero Hipo se interpuso en la puerta.

—Eh—llamó la atención de ella—. Elsa, no quiero que esta tontería nos haga estar incómodos.

Elsa tomó aire, sin saber qué decir.

—Y no va a hacerlo, ha sido un desliz tonto que no ha significado nada—justificó ella—. Además, a mí ni siquiera me gustan los hombres, Hipo—quiso dejar claro—. No quiero que te hagas ideas equivocadas. Ha sido una tontería y ya está.

Si Elsa le hubiese clavado un puñal en el pecho en ese momento, posiblemente le hubiese dolido menos que aquellas palabras.

—Genial—fue lo único que consiguió decir.

—Todo va a estar bien.

Hipo se pellizcó el tabique, incómodo y pensativo.

—Astrid me va a matar... —compartió con ella, preocupado.

Elsa sin embargo abrió los ojos de par en par al escucharle, aterrada.

—¿Qué? —dijo asustada—. Hipo, no se lo puedes contar a Astrid.

Un súbito temblor sacudió a la reina en aquel instante, con la terrible certeza de que si Hipo le contaba aquello a Astrid, la vikinga la apartaría completamente de su vida.

—Elsa, Astrid me hizo prometerle que si pasaba algo entre nosotros se lo contaría—le explicó Hipo.

—¿Qué? —seguía sin comprender—. ¿Pero cuándo habéis hablado eso? ¿Y por qué?

Hipo suspiró, pasándose las manos por la cabeza, sin saber qué decir.

—Hipo, no le puedes decir esto a Astrid—pidió Elsa casi en una súplica—. Ha sido una tontería. No ha significado nada para ninguno y no va afectar a tu relación con Astrid sino se lo cuentas.

Sin embargo, Hipo no parecía muy convencido.

—Hipo—reclamó su atención, desesperada—. La vas a hacer sufrir sin motivos.

Hipo tomó el aire que la horrible presión de la culpabilidad le pudo e hizo un esfuerzo por calmarse. La había cagado pero bien. Con las dos.

—Elsa, esto no puede volver a pasar—pidió con una mirada que la destrozó, como si el chico pudiera ponerse a llorar.

¿Tal vez estaba siendo muy egoísta?, pensó Elsa. Quizás Hipo y Astrid sí que necesitaban hablar estas cosas, aunque supusiera que aquella mujer saliera de su vida.

—No va a volver a pasar, te lo juro—dijo Elsa, mirándolo por primera vez a los ojos y sonriéndole—. Lo último que quiero es que tengas problemas con Astrid.

Elsa inhaló todo el aire que le cabía en los pulmones.

—No quiero que nada cambie entre nosotros, Hipo—se sinceró Elsa—Tú... Te has convertido en un gran amigo y no quisiera que eso cambiara.

Un gran amigo. Incluso si eso fuera cierto, Elsa no podía catalogar sus sentimientos hacia Hipo con la etiqueta de 'un buen amigo'. No sabía qué es lo que era realmente el vikingo para ella, pero posiblemente era mucho más que un amigo. Al igual que su atracción por Astrid no era precisamente la que tendría hacia una amiga. Estaba hecha un lio y lo peor es que sabía que después de esa noche todo iría a peor. Lo sabía, aunque ambos se dijeran que había sido una tontería y que nada cambiaría. Y sentía rabia, porque jamás había compartido con nadie en toda su vida aquella intimidad cálida que había desarrollado con Hipo.

—Yo tampoco, Elsa.

Se quedaron un instante en silencio, en el que ninguno se atrevió ni a moverse.

—Ha sido la historia de tu hermana... —rompió el hielo Hipo, intentando recuperar algo de humor—. Demasiado inspiradora.

—Claro—respondió aliviada Elsa, con una sonrisa nerviosa—. Al final estas fantasías acaban distorsionando la realidad.

—Totalmente de acuerdo...

—¿Todo bien entonces? —preguntó Elsa con cierta timidez.

El chico asintió, con una enorme angustia que no terminaba de disipar. Sin embargo, sacó fuerzas para sonreírle y que la chica le devolviera la sonrisa. Sobre todo al ver que Hipo estiraba la mano hacia ella, como si quisiera pactar algo.

—¿No más lecciones de baile? —ironizó con un eufemismo.

Elsa lo miró a los labios, esos que había besado y sintió que el mundo se derrumbaba bajo sus pies. Luego alzó la vista hasta sus ojos, esos que habían recuperado algo de brillo y la miraban sinceros.

—No más lecciones de baile—lo tomó de la mano, sellando con aquel pacto un acuerdo tácito que sabían que jamás podrían cumplir.

Lo que no sabían es que aquel día había sido el último día de calma en sus vidas. Y que no volverían a disfrutar de uno en mucho, mucho tiempo.

Porque de alguna forma era fin de un letargo y el inicio del caos, aunque todavía no pudieran ni imaginarlo.

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REVIEWS

Espero que os haya gustado! Paso a las reviews:

YamiHyuga22: ¡Mil gracias por tu comentario! Me hace mucha ilusión que digas que disfrutas mucho de la lectura. Para mí es un honor ^^ Como habrás visto, este capi ha sido bastante mucho Hiccelsa y los que se avecinan también. (Y sí, a mí también me gustan más cuando los Hiccelsa son en la época de las pelis xD)

ZAIKO23: qué tal todo? Gracias por tu comentario como siempre ^^ Me alegra saber que siempre eres lector fiel. Anoto tus peticiones y ya veré si puedo conseguirle cabida en la historia. La mayoría de lo que citas aparecerá más o menos a lo largo del fic. Ya lo verás! Un saludo enorme :D Espero que hayas disfrutado el capi.

Israel: You can find an English version in my profile ; )

Denebtenoh: Holii! Gracias como siempre! Jo, siempre me suben la moral tus comentarios. Me alegra muchísimo saber que te atrapó tanto el capi anterior. Espero seguir cumpliendo tus expectativas : D. Y sí, por aquí todos más calmado con el tema Covid, estamos actualmente en un regreso a la nueva normalidad y aunque rebrotes, la situación está bastante controlada. Un beso!

flores231: Holaa! Mil gracias por tu dulce comentario. Jo, siento haberte mantenido en tensión con esta larga espera jajaja. Pero bueno, aquí estoy con un nuevo capi que espero hayas podido disfrutar. Un abrazo enorme!

CRONO06 : Hola! Gracias por el comentario! ^^ Respecto a tus preguntas… Lena empezará a tener mucha importancia en el siguiente capi, donde poco a poco veremos qué tiene que ver en esta historia. Como ves, Hipo ya ha enseñado a inferno a todo Arendelle xD Respecto a tu pregunta de actualizar pronto… ñññññ sorry. Tardé un poquito, pero aquí estoy, que es lo importante. Un abrazo!

Guest: Gracias por el comentario! Me alegra saber que te haya enganchado tanto. Un besito ^^ Y bienvenidx!

Guest: Será relación a tres xD Compleja y de lenta cocción, pero así será. Un abrazo y bienvenidx!

Como siempre, mil gracias a los que me escribís por privado, a los amigos, a los followers y a los anónimos. Nos leemos en el siguiente capi! BESOS!