HOLA!

Es el primer día de septiembre y quería daros una sorpresa! Mi intención había sido principalmente publicar todo el capítulo EL baile de la primavera de una sola vez, pero se me estaba alargando demasiado y aunque la segunda parte ya está escrita, he preferido dejaroslo por partes y así poder publicar más seguido este mes.

Este capítulo se compone de dos partes como he dicho. Una que publico hoy y la otra parte que publicaré la semana que viene, seguramente el jueves o el viernes. Aviso a navegantes, estos capis tienen escenas que son MUY INTENSAS. Por todo en general.

Sé que el Fic está catalogado como M, pero estos dos capis van a contener muchos temas sensibles, así que si alguien pasa por un mal momento o le violenta la sangre, please, CUIDADO. (Quizás ni os afecta, pero prefiero pecar de exceso de preocupación a traumatizar a alguien jajaja)

No obstante, tranquilxs, este capi es el suave xD jajajaja El que viene y el siguiente son los que más me preocupan.

Por lo demás, gracias como siempre por la larga espera. Al final del capi os dejaré algunas notas sobre el contexto, ya que al ser crossover me he tomado bastantes licencias.

En fin, nada más! Gracias a todos los que me apoyáis ^^ Espero que os guste y nos leemos abajo!


EL BAILE DE LA PRIMAVERA I

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La noche estaba ya bien cerrada y llovía con fuerza a las afueras de la vieja taberna del Pato Dorado cuando la puerta se abrió de golpe para acoger a un hombre encapuchado, calado hasta los huesos de agua y barro y sin señal alguna que pudiera asegurar que no estaba buscando pelea en ese antro.

Sin saludar a nadie y con cara de pocos amigos, se abrió paso por aquel lugar de mala muerte, colmado de olor a pis y cerveza rancia. Con paso acelerado y un ligero cojeo se acercó hasta el final de la sala, donde otro hombre encapuchado lo esperaba.

—Espero que traigas algo —demandó el hombre que ya estaba sentado.

—Primero el dinero—respondió el otro sin sentarse.

El hombre sentado gruñó, pero terminó por sacar de su bolsillo una bolsa de tela morada que sonó bondadosa al caer sobre la mesa.

—Así me gusta, señor —se sentó con una sonrisa en el rostro.

En aquel momento se acercó la camarera que apuntó una pinta para el forastero y un plato de pato asado con miel de cebolla, la especialidad de la casa.

—Dime, qué noticias traes—inquirió el hombre que esperaba.

—¿A la cena invita la casa no? —vaciló el otro, quitándose la capucha y dejando ver una calva incipiente con varios tatuajes.

El otro empezó a desesperarse.

—Sí, y luego te largas—aceptó—. Dime ya qué has averiguado, no tengo tiempo para tus tonterías.

En aquel momento la camarera regresó con el pedido. El pato estaba levemente quemado por fuera y crudo por dentro, además de la inexistente miel de cebolla. Sin embargo, el hombre tatuado no le hizo asco alguno y comenzó a comer con las manos, mostrando además que le faltaban varios dientes y un dedo.

—Qué impacientes sois los de la aristocracia—señaló mientras arrancaba y masticaba un trozo de carne—. Igualmente es vuestro día de suerte, Drago todavía no ha encontrado a ese malnacido.

Aquello hizo que el otro hombre abrieras los ojos con atención.

—¿Y dónde está?

El hombre tatuado dio un largo trago a su cerveza antes de hablar, saciando aquella sed de semanas de viaje.

—Lo han visto por estos reinos, de eso no hay duda—le explicó—. Por lo que he podido averiguar, lleva meses fuera del archipiélago y no es la primera vez que desaparece. Dicen que viaja allí a dónde van sus presas.

—¿Dónde lo han visto por última vez? —preguntó con cierta desesperación.

—En los reinos del sur—reveló—, pero es muy listo el hijo de puta. Nunca para en ninguna población así que es imposible seguirle la pista al muy cabrón.

El hombre se llevó otro trozo de pato a la boca, esta vez dejando escapar entre sus dientes algo de la grasa a medio cocinar del animal.

—¿Estás seguro que Drago todavía no lo ha encontrado? —quiso asegurarse.

—Seguro—confirmó—, pero también sé que ha doblado la recompensa para aquel que lo encuentre. De aquí a dos semanas estas tierras van a estar llenas de tramperos y para cuando eso pase, yo espero estar bien lejos—tosió, escupiendo un trozo de pato— y tú deberías hacer lo mismo—carraspeó, para limpiarse la voz.

Sin embargo, el hombre encapuchado apenas prestó atención a su parlanchinería.

—¿Cómo sabes que está en los reinos del sur?

—Un buen rastreador no revela nunca sus secretos…

El hombre sacó entonces una segunda bolsa de dinero, igual o más pesada que la anterior, y la colocó sobre la mesa. Aquello lo hizo hablar.

—Se dice que dejó el cadáver de un furia nocturna cerca del bosque encantado —se explicó entonces—y hace menos de una semana alguien vendió varios dientes del animal en el mercado negro del sur. Es una especie prácticamente extinta, sólo puede tratarse de él.

—¿Dónde del sur? —inquirió.

El hombre tatuado dio otro trago a su cerveza al verse sorprendido de nuevo por la tos seca.

—Entre Bränderson y Westergaard—especificó.

Aquello, pese a seguir siendo confuso, confirmó las sospechas del primer hombre e hizo crecer la esperanza de encontrar al cazador de dragones antes que Drago.

—¿Quiere que sigamos investigando? Estoy seguro que podemos encontrarle—expuso entonces el rastreador, masticando y tosiendo y llenándose de nuevo la boca de cerveza caliente—, pero le advierto que no le saldrá barato.

Para su sorpresa, el otro hombre sonrió.

—No—declaró—. Ya no os necesito.

El rastreador casi se atraganta al escucharle, sin poder contener la maldita tos.

—Ese no era el trato—se quejó furioso, intentando dominar la endemoniada tos ronca mientras daba un golpe en la mesa—. Además, todavía nos debes dinero… y por tu pellejo será mejor que no nos cabrees, a menos que quieras que todo el mundo se entere que el legislador de la reina está conspirando contra ella.

Pese a la revelación de su identidad, el hombre ni siquiera se mostró nervioso.

—Ya no trabajo para la reina—dijo tranquilo—. Ni tú para mí.

En ese momento, el legislador tomó la segunda bolsa de dinero que había dejado sobre la mesa. El hombre intentó detenerle, pero le era imposible parar de toser y comenzaba a ponerse morado, perdiendo las fuerzas.

—Ni creo que trabajes para nadie más, cretino—le quitó de un tirón la bolsa de las manos.

El hombre tatuado se llevó ambas manos a la garganta, sin parar de toser, notando que a cada intento de tomar aire se le hacía más difícil respirar. El legislador lo observó con una sonrisa, sin inmutarse siquiera mientras a aquel hombre se le tintaban los ojos de sangre y se le amorataba la cara hasta caer muerto sobre el plato de comida que instantes antes estaba engullendo.

Con elegancia se levantó de la mesa y se acercó al cadáver para quitarle del bolsillo el primer saco de dinero. Tras esto se aproximó a la barra y dejó caer la bolsa morada con el tintineo de las monedas.

—Muchas gracias por el servicio—le dijo a la camarera— y por el resto.

Y sin más, salió de aquella taberna donde la gente siguió comiendo y bebiendo con tranquilidad mientras la posadera y su marido retiraban el cuerpo del hombre muerto.

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Elsa estaba exhausta y le dolían los pulmones de requerir con tanta necesidad el aire gélido de la mañana. La sangre le bombear con fuerza en los oídos y el corazón todavía no se le había calmado, pero valía pena. Y más por aquel rato de paz.

Sin duda los entrenamientos al amanecer con Astrid eran su parte favorita del día.

Podía admitir orgullosa que había mejorado muchísimo y que su cuerpo estaba en mejor forma que nunca. De hecho, las piernas y los brazos le habían cogido algo de volumen y ya no se agotaba con tanta facilidad al correr por el bosque.

Desde hacía días, practicaban además el combate con armas y Elsa estaba tan sorprendida como maravillada de que le encantaba pelear con espadas. Era como usar su magia, pero de una manera mucho más agresiva y emocionante, como una extensión tangible de ella. Además, Astrid tenía razón; lo mejor de pelear era intentar adivinar los movimientos del otro. La vikinga le llevaba mucha ventaja a Elsa en ese aspecto y casi siempre acababa venciéndola. Sin embargo, aquella mañana Elsa había tenido lo que se dice una 'pequeña victoria'.

La verdad era que Astrid simplemente se había resbalado en la nieve. De no ser así, Elsa no hubiese tenido ninguna posibilidad, pero le gustaba tomarse aquello como una pequeña victoria, sobre todo porque había conseguido desarmarla antes de caer.

—Eso es trampa—dijo Astrid mientras se levantaba dolorida, con la mano en el trasero.

—No he usado mi magia—se defendió Elsa, quien decía la verdad.

—No te creo—dijo pícara la vikinga, retándola a una nueva pelea.

Después, como ya era ritual entre ellas, se sentaron a ver el amanecer desde el acantilado. Las dos estaban todavía rojas por el esfuerzo, con el pelo enmarañado y la respiración agitada, pero con la maravillosa sensación de calma que la mañana regala siempre a quienes se levantan para recibirla.

Elsa todavía se sentía terriblemente mal por su beso con Hipo y aunque el chico le había prometido que no se lo diría a Astrid, no podía evitar que se le pinzara el estómago con la horrible sensación de que Astrid lo descubriera y le retirara la palabra para siempre.

—¿En qué piensas? —le sonrió la vikinga, tomándola por sorpresa cuando la miraba.

Elsa apartó la mirada, algo avergonzada.

—Nada, en que me duelen una barbaridad los brazos—respondió con una banalidad.

Astrid se rio, con esa sonora risa que tenía siempre.

—Ya, y a mí el culo—bromeó, refiriéndose a su caída.

Elsa le devolvió la sonrisa cómplice y volvió a perderse en el horizonte. ¿Por qué nunca habría subido a aquel lugar antes? Realmente se había convertido en su sitio favorito de Arendelle y le daba pena que hubiesen tenido que arrasar su reino para empezar a salir de aquel lúgubre castillo y descubrir la belleza de aquel lugar que la había visto nacer.

La reina se fijó entonces que Astrid se soltaba el pelo y comenzaba a recogerse de nuevo una trenza, ya que la anterior la tenía más que destrozada de tanto ajetreo. Era hipnótico verla trenzarse el pelo con ese cuidado y delicadeza que tan pocos pensarían que tuviera una guerrera como ella.

—Me encanta tu pelo—dijo entonces Elsa, con cierto pudor.

Se sintió una idiota al decirlo en voz alta, pero Astrid le sonrió igualmente.

—Gracias, aunque lo tengo siempre hecho un desastre—aceptó el cumplido a su modo—. El tuyo también es muy bonito. Jamás había visto a nadie con el pelo tan blanco.

Elsa se sonrojó ante aquel comentario, sin saber exactamente de si se trataba de un cumplido o no.

—¿Quieres que te lo trence? —se ofreció entonces Astrid al acabar su trenza.

Aquello realmente tomó por sorpresa a la reina, que no supo qué contestar. Sin embargo, tampoco es que Astrid necesitara respuesta. Simplemente se acercó a ella y se sentó un poco detrás. Elsa tomó aire y se dejó hacer, notando cómo los dedos de Astrid deshacían con cuidado su trenza despeinada y comenzaban a peinarla con suavidad.

—Yo odio que me peinen—le confesó entonces Astrid a la reina—. Soy un poco maniática para esas cosas, pero me encanta trenzar el pelo de la gente. Es… no sé, muy relajante.

—Sí… —fue lo único que a Elsa se le ocurrió decir, sobre todo al notar los dedos de Astrid cerca de su cuello, recogiéndole y seleccionándole algunos mechones.

—A veces también le trenzo el pelo a Hipo—siguió conversando Astrid—. Hubo un tiempo en que llevaba el pelo más largo y casi me daba para hacerle una trenza, pero se lo terminó cortando porque decía que no quería parecerse a su padre.

Aquello le sacó una sonrisa a Elsa. Casi podía imaginarse a Hipo diciendo aquellas palabras. Lo cierto es que no habían hablado desde el 'incidente'. Tan solo algunas palabras cordiales, como si todo lo que habían construido durante semanas se hubiese desmoronado en un segundo. En ese instante fue invadida por una profunda pena, como si hubiese perdido algo que realmente necesitaba y no tuviera el valor para recuperarlo.

—Entonces, ¿las trenzas que lleva se las has hecho tú? —preguntó Elsa, mordiéndose el labio, algo culpable.

—Así es—afirmó Astrid tranquila, concentrada en su labor—. Le encanta que le toquen el pelo, pero no le digas que te lo he dicho—pidió Astrid risueña, mientras hacía una mala imitación de voz masculina—: ya sabes, testosterona y vikingos.

—Bueno, Hipo no se ve así.

—Hipo no es así—le confirmó Astrid con una risa ligera que le hizo cosquillas a Elsa en la nuca—. Solo se esfuerza porque cree que eso esperan de él, pero bueno, ya le conoces.

—Sí, claro…

—Por cierto, ¿os pasa algo? —preguntó, dejando a Elsa sin respiración—. Lleváis dos días rarísimos.

Elsa tragó saliva, sin saber qué decir. Por supuesto no le podía decir que no se podían ni mirar a la cara porque se habían besado como si no hubiera un mañana.

—Tuvimos un desencuentro—mintió la reina—. Nada grave.

Astrid pareció extrañada de aquella respuesta.

—¿Y eso?

—Le presioné demasiado con el baile y los modales—siguió inventando, aunque en el fondo realmente lo pensaba—. Y creo que le hice sentir un poco mal.

—Bueno, ya se le pasará—dijo con tranquilidad Astrid—. Hipo suele exigirse mucho a veces. Siempre cree no estar a la altura.

Elsa asintió hacia sí misma, recordando las palabras del propio Hipo la noche que se besaron.

— Ya lo sé—coincidió con ella.

—Te tiene mucho aprecio—dijo Astrid para su sorpresa—. Desde niño siempre le ha costado mucho abrirse con la gente y hacer amigos. Siempre ha sido un rarito y como podrás comprobar—añadió con ironía—, lo sigue siendo. No es normal que se abra tanto con nadie, así que si lo ha hecho contigo es porque te considera una amiga.

Elsa se quedó sin aire, con un nudo en el estómago antes aquellas palabras.

—Yo también le tengo aprecio, sí—dijo cortés, con una formalidad que le desgarró el alma.

Astrid, si notó algo extraño, no se lo hizo saber. Simplemente siguió trenzándole el pelo en silencio, hasta que se dio por satisfecha, consiguiendo recogerle el pelo en una compleja trenza que tenía otras más pequeñas.

—Caray, es muy bonita, gracias—se tocó Elsa el pelo, observando el trabajo de la chica.

—Te queda muy bien—dijo Astrid, evitando por un segundo mirar a Elsa a los ojos—. Hasta casi pareces una vikinga.

Elsa sonrió. Tal vez no le parecía tan mala idea parecerlo.

Se quedaron de nuevo en silencio, observando cómo el sol salía y bañaba a Arendelle con su luz.

—Tengo un mal presentimiento—le confesó entonces Astrid.

Elsa la miró algo insegura, sin saber a qué se refería.

—¿Es por el baile? —quiso indagar la reina.

—Sí—confirmó—. Siento que algo no está bien.

Elsa tragó saliva. En parte compartía aquel mismo malestar que ella.

—Ya… yo también tengo un mal presentimiento—confesó, acariciándose la trenza que le había hecho la vikinga—. Temo que sea una trampa.

Ambas tomaron aire, abstraídas en sus propias preocupaciones.

—Astrid, si algo pasa en nuestra ausencia—comenzó Elsa, seria—. Por favor, cuida de Anna—pidió, mirándola con una determinación que rara vez Astrid había visto en ella—. Sé que tal vez es egoísta y más teniendo en cuenta a todos a los que hay que proteger, pero… —intentó buscar las palabras, angustiada—, podría perderlo todo menos a ella.

Elsa se sorprendió al notar el contacto de Astrid sobre su mano, quien la apretó con la suya como símbolo de promesa.

—Te juro ante los Dioses que la protegeré con mi vida—dijo con convicción—. Prométeme tú que vosotros estaréis bien—pidió entonces—. Y que no correréis riesgos innecesarios.

—Te lo prometo—asintió Elsa.

Astrid suspiró, algo indescifrable.

—Hipo es la única familia que tengo—dijo entonces, algo alicaída—. No puedo perderle.

Elsa sintió que el corazón se le partía en dos al escucharla.

—Hipo es muy inteligente, pero tiene demasiado corazón y siempre temo que eso lo mate— dijo Astrid, con aquella expresión que la reina no terminaba de entender—. Por favor, cuida de él.

—Tienes mi palabra.

Astrid le sonrió sincera, como si realmente confiara al cien por cien en sus palabras. Elsa por su parte hizo de tripas corazón y le devolvió la sonrisa, odiándose a sí misma por sentirse tan vulnerable a sus propios sentimientos.

No tardaron mucho tiempo más en ponerse en pie y seguir la rutina de siempre, cada vez más provista al caos.

La gente había ido desapareciendo poco a poco y en el castillo apenas quedaban los guerreros y guerreras, algunos heridos que no habían podido ser transportados, curanderas y algunos sirvientes que habían decidido quedarse hasta el final, pasase lo que pasase.

El resto de familias y ciudadanos de Arendelle, habían partido ya por su propia seguridad a Berk, dejando atrás todo cuanto habían conocido para depositar sus vidas en la fe de que aquellos bárbaros; rezando porque no fueran a matarlos nada más bajar del barco.

La mayoría de ellos jamás habían salido del reino, por lo que fue difícil para ellos dejar la tierra que los había visto nacer y en la que pensaron que morirían.

El consejo también se había disipado por orden de Elsa. No es que no siguiera escuchando sus opiniones, pero ya no le interesaba reunirlos a todos en una sala para sembrar el caos. Si necesitaba opinión de los soldados acudía al coronel o al teniente y si era sobre otro tema, al resto. Pero no estaba dispuesta a pasar por más humillaciones, sobre todo porque el consejo se había quedado viejo y anclado en otros tiempos. Y ninguna reina mágica de hielo podía tener como consejeros a temerosos de la magia que ridiculizaran o rechazaran cualquier tipo de creencia fuera de su campo de miras.

Muchos de ellos habían desertado y se habían ido del reino, entre ellos los más ancianos, que tomaron camino hacia el este, en busca de salvación. Otros, habían montado obedientes en los barcos a Berk y algunos simplemente habían desaparecido de la noche a la mañana, como el legislador, que se había marchado sin dejar rastro— aunque algunos aseguraban que lo habían visto merodeando por los alrededores.

A Elsa el tema tampoco es que le robara el sueño, ya tenía bastante con sus preocupaciones. Su tiempo ahora estaba enfocado en releer una y otra vez los cuentos de su tía, buscando relación entre ellos y deseando poder encontrarles cierta correspondencia con la realidad. Luego además estaba la gestión del baile y por supuesto su asunto con Hipo.

Hipo.

Le daba hasta dolor de cabeza recordarlo. Sobre todo, porque sentía una terrible culpabilidad. Se hubiese confesado con su hermana, pero Anna parecía muy enfocada en sacar adelante un ejército de mujeres y en conseguir planear con Astrid un plan de evacuación en caso de guerra. Tampoco es que tuviera mucha más gente con la que hablar. ¿Quién le quedaba? A Astrid por supuesto no se lo podía contar, ni tenía quizás la confianza para hacerlo. Sus sentimientos hacia ella rozaban casi lo platónico, porque estaba casi segura de que a Astrid no le gustaban las mujeres. O al menos eso pensaba. Luego tal vez estaba Kristoff, pero tampoco tenía cercanía suficiente para contarle algo así. ¿Y confesarse? Bueno, Dios no era una opción y menos el padre Gerard, que además había subido ya en el último barco hacia Berk. Además, qué le diría al cura, ¿que se sentía culpable por haberse besado con su marido?

Elsa sí que rezaba por él, por el padre Gerard, para que a aquel hombre de fe no le diera un patatús en 'tierras paganas', como él mismo decía.

La única persona a la que le podía haber confesado algo tan íntimo, por extraño que pareciera, hubiese sido al propio Hipo. Y claro, él no era una opción. Él era su problema.

Y un problema terrible, porque a pesar de la culpabilidad, no dejaba de pensar en él y en ese beso que habían compartido. Había sido tan intenso y fugaz, que Elsa a veces se esforzaba por recuperar aquella sensación de besarle, para poder al menos guardársela para ella. Sin embargo, no podía y era frustrante. Sólo recordaba que había sentido calor. Mucho calor. Una calidez tan suave que le hacía cosquillas en el vientre cada vez que lo recordaba, cada vez que intentaba recuperar la sensación de besar a Hipo, de que él la abrazara y la pegara contra su cuerpo…

No.

Aquellos pensamientos no la llevaban a ninguna parte. Ellos no podían estar juntos. Hipo amaba a Astrid y Astrid a Hipo. No había lugar para ella en esa historia, se repetía una y otra vez. Solo había sido un desliz tonto.

Había oído a otras mujeres decir que los hombres eran débiles al pecado. Tal vez era eso lo que había pasado. Sin embargo, ella también se sentía débil, porque lo único que tenía claro, por mucho que quisiera negarlo y jamás lo admitiera, era que quería volver a besarlo.

Y por eso mismo llevaba evitándolo casi tres días.

Leían por separado, comían a horas distintas excusándose de que tenían cosas que hacer y por la noche se iban cada uno directo a su habitación antes de que pudieran decirse algo más que buenas noches. El tema burocrático era más fácil, porque se sentaban en una mesa con más gente y tomaban decisiones en las que estaban siempre de acuerdo. De hecho, nunca habían estado tan de acuerdo entre ellos desde que se conocían.

Sin embargo, la tregua no les duró tanto, sobre todo cuando Hipo se enteró que Elsa pensaba hacer el viaje hacia Bränderson a caballo.

—Elsa, ¿tienes un momento? —la abordó en el pasillo, después de que un guardia le dijera que estaban preparando todo para el viaje—. ¿Es cierto que piensas ir hasta Bränderson a caballo?

A Elsa se le paró el corazón al oír la voz de Hipo llamándola y más en mitad del pasillo.

—Así es—le dijo con simpleza—. ¿Por?

Hipo lo veía más que obvio.

—Pensaba que iríamos volando.

Ahí se dio cuenta de su error. Ir volando significaba ir juntos en Desdentao.

—Nos acompañarán algunos soldados y doncellas del servicio, es mi deber como reina acompañarles—dijo con formalidad—. Además, son solo cuatro días, no está tan lejos.

Hipo torció la mueca, inseguro. Pudiendo volar, le parecía una tontería perder cuatro días cuando volando llegarían en uno. Sin embargo, no sabía qué decirle a Elsa y tampoco es que se quisiera quedar precisamente mirándola en silencio en un pasillo solitario.

—De acuerdo—acató Hipo, sin saber qué más decir.

—Puedes volar con Desdentao si quieres—le aclaró entonces Elsa, en un intento de sonrisa—. Estaría más tranquila si alguno de los dos se queda en el reino más tiempo. Calculo que llegaremos la tarde del cuarto día, podemos reencontrarnos allí—propuso.

—Vale—aceptó Hipo, maravillado de nuevo por la facilidad de Elsa de resolver problemas, aunque seguro de que aquella decisión estaba enfocada a mantener esa silenciosa distancia que habían marcado entre ambos.

Aunque Hipo lo agradeció, pensando que tal vez así se le aclaraban la ideas.

El día que partieron, Arendelle estaba más vacía que nunca y el silencio en el castillo era tal que parecían haber vuelto los tiempos de antes, cuando la gente tenía sus propias casas y el castillo no se había inundado de refugiados.

El coronel Roston pidió al Teniente Riell que acompañara a la reina en su viaje, junto a otros soldados más. Astrid se hubiese presentado voluntaria para acompañarles sino fuera porque sentía que debía proteger Arendelle en caso de que el viento cambiara de dirección y sus malos presagios se cumplieran. No obstante, sí que acudió a despedir a la reina, como el resto.

—¡Elsa! —consiguió llegar a tiempo justo antes de que Elsa se subiera sobre su caballo ya ensillado.

—Astrid—respondió sonriente.

Ya había perdido la esperanza de despedirse de ella.

—No quería que te fueras sin despedirme—dijo algo jadeante—. Te he traído algo, además.

Elsa le sonrió como una idiota.

—¿Por qué? —fue lo único que se le ocurrió decir a Elsa, que no estaba acostumbrada a recibir regalos ni presentes de nadie.

Astrid recuperó un poco el aire y rebuscó en un bolsillo, de donde extrajo algo envuelto en una tela.

—Sé que te bastas con tus poderes, pero… —le entregó aquella tela a Elsa, la cual ocultaba un objeto brillante—. Siempre es mejor estar preparada para todo.

Elsa tomó aquel objeto en sus manos, desbordada por lo hermoso que le parecía. Era una especie de alfiler para el pelo planteado, terminado con una especie de alas de dragón que además tenían pequeñas escamas azules.

—Astrid es precioso… —dijo casi en un susurro, pasando sus dedos por él—. ¿Cómo…?

Astrid apretó la sonrisa, con una mueca casi traviesa.

—Si te soy honesta me ha ayudado un poco Hipo—reveló—, bueno, un poco bastante.

—Muchas gracias—expresó—. No sé ni qué decir, es simplemente precioso. No puedo aceptarlo.

—Claro que sí.

Elsa jamás se hubiera imaginado a Hipo y Astrid haciendo algo para ella. Más que nada, porque casi nunca nadie hacia nada por ella, exceptuando a Anna.

—El diseño es mío—se escuchó entonces la voz de su hermana, que se acercó entre la multitud casi corriendo a abrazarla.

Ambas se fundieron en un largo abrazo, pidiéndose la una a la otra que se mantuvieran a salvo y tuvieran cuidado.

—¿Qué es exactamente? —preguntó Elsa después, maravillada todavía por la belleza de aquel objeto.

—Puede pasar por un alfiler para el pelo—explicó Astrid—, pero es quizás… demasiado afilado.

—Es un arma—adivinó Elsa.

—Una muy discreta—matizó Anna—. Sólo por si acaso.

—Gracias.

Esta vez Elsa las abrazó a los dos con fuerza, prometiéndoles y haciéndoles prometer que todo iba a estar bien y que muy pronto se reunirían.

Sin embargo, no demoraron mucho más la partida y más cuando divisaron a Desdentao en el cielo, señal de que era hora de partir. Puede que Hipo no los acompañara, pero sí que pensaba escoltarlos el primer tramo desde el aire, hasta que accedieran a los caminos reales.

Hipo le pidió a Elsa que tuvieran cuidado. Ellos dos se habían despedido la noche antes de partir, donde habían compartido un abrazo algo frío donde en ningún momento nadie paró de hablar por si acaso con el silencio regresaban aquellos pensamientos tan abrumadores. Hipo pensó que no sería buena idea que fueran por caminos principales, pero Elsa le explicó que, pasadas las montañas, todo eran pequeñas poblaciones y reinos hasta Bränderson, así que era más seguro que merodear por el bosque. El vikingo aceptó, pero dijo que los acompañaría hasta aquel paso montañoso. Y así lo hizo.

El ritmo evidentemente no era el mismo, así que era fácil ver cómo el furia nocturna a veces desaparecía alimentando las ganas de curiosear de Hipo. No obstante, siempre regresaba sobre sus cabezas, protector desde el cielo. Aquella tarde llegaron a las montañas, donde Elsa despidió a Hipo con un gesto e Hipo, preocupado, se lo devolvió desde el aire, reemprendiendo el camino de vuelta hacia Arendelle.

Aquellos cuatro días de viaje se le hicieron eternos a Elsa. La carreta que llevaban con alimentos se quedó atascada varias veces en el camino y un caballo se lastimó la pata, obligándolos a parar durante horas. También Elsa empezó a afianzar la teoría de Hipo de que los caminos no eran del todo seguros, ya que cuando pararon en una posada a hacer noche, notaron mucha hostilidad y miradas forasteras. Elsa no dijo nada, pero pudo llegar a escuchar algunas palabras que, aunque no sabían qué significaban, recordaba habérselas oído a hablar a los vikingos entre ellos. Y eso no era buena señal, porque significaba que había gente del archipiélago en sus reinos. Forasteros, más enemigos que amigos. Así que al segundo día optaron por acampar directamente en el bosque y así hasta que llegaron a Bränderson.

Por su parte, Hipo pasó todos aquellos días como amo y señor de aquellas tierras, lo que le hizo sentirse completamente extraño. Sin Elsa allí, él era la máxima autoridad: el rey. Y no podía evitar sentirse un inútil. Los días se le pasaron eternos resolviendo problemas y discutiendo planes con Anna y Astrid sobre cómo crear barreras defensivas y establecer un plan de evacuación en caso de ser necesario. También hizo algunos turnos ayudando a las curanderas, sorprendiéndose al notar que Lena lo evitaba por alguna razón que desconocía, ya que la última vez que habían hablado se había mostrado bastante amable. Tal vez simplemente era por haber salido en defensa de Elsa, pensó.

¿Qué le había dicho aquella mujer? Que Elsa era fría y no podía amar a nadie. Se le encogió el corazón al recordarlo, como si pudiera tener razón.

Las noches era el único momento de día donde encontraba algún respiro y aunque no se sentía especialmente orgulloso, debía admitir que en parte aquel consuelo lo encontraba en la calidez del cuerpo de Astrid. Hipo se sentía fatal, pero todas las noches acudía a ella como polilla hacia luz, como si solo encontrara calma entre los pliegues de su carne. Tal vez porque era el único momento en que se sentía un hombre y no un rey. De algún modo, solo Astrid lo veía tal y como era y lo amaba de igual modo. No obstante, la chica estaba más abstraída que otras veces y aunque se entregaba como siempre en el sexo, solía quedarse horas despiertas después, ensimismada, perdida en un lugar que no compartía con Hipo.

—¿Estás bien? —le preguntaba siempre el chico, abrazándola.

—Sí, claro—respondía—. Vamos a dormir.

De hecho, ese extraño distanciamiento con ella lo hizo replantearse muchas cosas. Por supuesto que había pensado en Astrid en todo momento desde que aquella extraña situación comenzó, pero en el fondo, no había podido imaginar cómo ella se sentía. Y no debía ser muy agradable convertirse en la amante de un rey y ver a la persona que quieres a escondidas, cuando nunca fue así.

Hipo lo sabía, sabía que Astrid estaba sufriendo y que no pensaba compartirlo con él. Pero había algo más. Algo de lo que Astrid no era ni consciente, pero que Hipo no sabía ver, por mucho que lo intentara.

Al cuarto día de la marcha de Elsa, Hipo partió al alba a lomos de Desdentao. Por supuesto, antes le había jurado una y mil veces a Astrid que volvería sano y salvo, porque si no la vikinga había jurado matarlo.

—Si pasa cualquier cosa… no nos esperéis—le pidió Hipo—. Prométemelo.

Astrid asintió, decidida.

—Prométeme que no te matarán—se abrazó a él con fuerza.

No obstante, la marcha de Hipo no se demoró demasiado y antes de que saliera el sol ya estaba en el aire, rumbo a aquel reino desconocido. Miró varias veces atrás, mientras Arendelle se desdibujaba ante sus ojos y el horizonte cambiaba, rumbo a aquella fiesta de lobos con rostros de cordero.

—.—.—.—.—.—.—.

El sol todavía no había tocado tierra cuando Elsa y su gente entraron el reino de los Bränderson. Aquellas tierras se hacían llamar a sí misma 'reino', pero la realidad es que pertenecían a varios marquesados que el duque había unificado en su poder. Su primo también vivía en un castillo que, aunque no era tan hermoso como el de Arendelle, gozaba de una imponente grandilocuencia que lo hacía ser la envidia de los nobles.

Los niños fueron los primeros en asomarse a las calles para recibir a los forasteros, al igual que los padres, que miraron con temor a Elsa. Era imposible no reconocerla, aunque jamás la hubiesen visto en persona. Había muchas leyendas sobre ella y era fácil saber que no podía tratarse de otra mujer, pues nadie tenía el pelo tan blanco y la piel tan pálida como la reina de las nieves.

Elsa sonrió al ver a todos los niños rodeándolos con curiosidad, así que hizo uso de su magia para crear un sendero de nieve que dejó absortos y maravillados a los pequeños. A su lado caminaba el teniente Riell, firme y a disposición de su reina, vigilando que todo estuviera en orden. Elsa le había confesado durante el viaje que tenía un mal presentimiento y el joven, entregado a su profesión, había jurado que tendría los ojos bien abiertos.

Por supuesto, no debían ser los primeros en llegar, porque en la puerta del imponente castillo había ya una gran masa de gente, sobre todo sirvientes y caballeros de otras tierras que prestaban servicio a sus nobles. Elsa reconoció enseguida algunos carruajes y banderas y sintió algo de rabia, ya que muchos de ellos pertenecían a los reinos a los que había escrito para pedir ayuda. No obstante, su mayor preocupación en ese instante no era esa, sino Hipo.

La reina no paraba de mirar al cielo, buscando señal del chico sin resultado alguno. Temía que no llegara a tiempo o que le hubiese ocurrido algo en el camino.

—¡Pero qué maravilla ven mis ojos! —dijo el Duque al ver a Elsa, quien estaba en la puerta del castillo para recibirles—, ya pensé que mi adorada prima no vendría.

Elsa bajó de su caballo ante la atenta mirada del resto de nobles que estaban también en la entrada, además de sus sirvientes y otras multitudes. Enseguida reconoció muchos rostros, aunque como solía ocurrirle, pocos eran de su confianza. Y luego estaba por supuesto el Duque de Bränderson, con su sonrisa afilada como siempre.

Elsa y su primo se llevaban catorce años entre sí, por lo que siempre había estado acostumbrada a verlo mayor. Sin embargo, a primera vista, lo notó más envejecido que nunca, dejando asomar algunos mechones blancos en su espesa cabellera castaña que siempre había lucido con orgullo, además de algunas arrugas bajo sus ojos claros. Era extraño, pero ahora que lo veía más adulto, hasta casi podía encontrarle cierto parecido a su padre.

—Emil—lo llamó por su nombre de pila Elsa, sonriendo con cierta falsedad—, cuando tiempo, querido primo.

Para Elsa ese hombre era prácticamente un extraño, pero al fin y al cabo era parte de la poca familia que le quedaba, así que tampoco había razón para hacerle un desprecio público; pese a que no se fiara de él ni un pelo.

—Mi adorada prima, qué bien os veis, tan bella como siempre.

El duque se acercó y besó la mano de Elsa protocolariamente, mientras ella hacía una leve reverencia.

—¿Y vuestra hermosa hermana? —preguntó por educación.

—Anna no ha podido acompañarme, como sabéis, nuestras tierras fueron arrasadas por un tirano y sus dragones. Como os expliqué en carta, seguimos trabajando por recuperarnos.

Elsa había dicho eso en un tono tal vez demasiado alto, pero quería dejar claro ante el resto de nobles que la urgencia de sus cartas era más real de lo que la habían tomado en cuenta.

—Una catástrofe que me conmovió el corazón—dijo, ante la mirada helada de Elsa—. Aunque perdóname que siga tomando por fantasía el asunto de los dragones.

—Yo también los hacía una fantasía, hasta que quemaron hasta los cimientos mi pueblo.

—Un hecho terrible que temo que hayáis tenido que vivir en vuestro reinado.

—La violencia sin sentido siempre es un hecho terrible—sentenció Elsa, algo irritada por esa conversación tan vacía—, pero una guerra se avecina y al menos no nos tomará desprevenidos.

Ante aquello todo el mundo empezó a cuchichear, conscientes de que la reina de las nieves no estaba anunciando ninguna tontería, pero les asustaba demasiado pensar que realmente existían estas criaturas de leyenda o que aquella guerra de la que hablaba pudiera llegar a sus reinos.

Al fin y al cabo, Arendelle era el último reino del norte, pues más allá solo estaba la tierra inexplorada del bosque encantado. Por esta razón y por el rumor de que Elsa estaba maldita, todos pensaban que esa guerra estaba relacionada con misterios que solo se cernían en torno a la reina mágica.

—Discúlpame prima, pero pensé que también os acompañaría vuestro esposo—lanzó entonces, para gusto del resto de nobles y curiosos.

—Así es—cortó Elsa—, no creo que tarde mucho en llegar.

—Sin duda la noticia de vuestro compromiso me tomó desprevenido, no os hacía mujer de quedarse bajo el brazo de un hombre y menos del de un vikingo.

Elsa se esforzó en sonreír y tomarse aquello como la broma que se suponía que era. Sin embargo, bajo las palabras de su primo había escondido un deseo de contentar y saciar la curiosidad del resto de nobles, cuyo gran defecto era la lengua envenenada y viperina; además de otros muchos que Elsa podría enumerar durante horas.

—Así es, corren tiempos de cambios—sonrió Elsa—, hay que abrir la mente a buenas ofertas y qué mejor para una reina mágica que un domador de dragones.

El duque se echó a reír, aunque la tensión podía cortarse con un cuchillo.

—Maravillado me tenéis, dulce Elsa—dijo—, qué ganas de conocer entonces al hombre que ha osado domaros.

El duque volvió a reír, acompañado de otros nobles, aunque a Elsa no le hizo ni pizca de gracia. Sabía que de alguna forma a todos les encantaba y horrorizaba la idea de que la reina de las nieves hubiese sido desposada por un vikingo, sobre todo por las cosas horribles que se decían de esos 'paganos' en aquellas tierras. La mayoría coincidían en que era un castigo divino por la actitud estirada y vanidosa que todos pensaban que poseía Elsa. Aunque posiblemente solo se trataba de envidia y temor hacia una mujer con semejante poder como ella.

La risa del duque se cortó entonces de golpe a la par que algunos nobles soltaban un grito de terror señalando al cielo. Elsa alzó también la mirada, alerta y preparada para lo peor. Sin embargo, no pudo hacer otra cosa más que sonreís para sí.

Tal vez Hipo pecaba de dramático, pero sabía cómo hacer una buena entrada.

En lo alto del castillo de los Bränderson volaba el furia nocturna y su jinete, ataviado con su traje de vuelo que lo hacía parecer un demonio más que un humano a los ojos de aquellas gentes. Todos echaron a correr cuando aquella enorme bestia comenzó a descender, soltando un rugido atronador que podía helar la sangre al más valiente de los hombres. El propio duque dio un paso atrás al ver a la bestia aproximarse. Todos retrocedieron entre gritos, todos salvo Elsa, que se quedó en su sitio tranquila, desafiando a su primo con una sonrisa cálida.

Una leve polvareda se levantó en cuanto el animal tomó tierra, mostrando sus dientes a los nobles que parecían que iban a echarse a llorar. Fue entonces cuando se escuchó un sonido metálico y su jinete bajó de un salto de él y se quitó el casco, colocándose al lado de la reina de hielo.

Hipo no era lo que ninguno de los nobles había imaginado por un vikingo, pero volar sobre aquel demonio había sido suficiente para que lo vieran como tal.

—¿Llego tarde? —dijo Hipo con normalidad, mientras se peinaba un poco.

—Justo a tiempo, querido—le sonrió Elsa, con cierto orgullo—. Déjame que te presente a mi primo Emil, duque de Bränderson y señor de estas tierras.

El duque tardó un momento en reaccionar, hasta que tomó valor para estrecharle la mano a Hipo.

—Un placer, señor—dijo Hipo sincero, con un apretón de manos—. Yo soy Hipo Horrendous Haddock III, hijo de Estoico el Inmenso de la tribu de los Hooligan de Berk, líder de jinetes y maestro de dragones, o al menos así es como me conocen en mi tierra.

—El placer es mío—respondió el duque algo en shock, quien no podía apartar los ojos de la enorme bestia tras ellos.

—Ese de ahí—siguió el joven la mirada del duque—, es mi dragón Desdentao que también está encantado de conoceros.

Pese a las palabras casi irónicas de Hipo, el dragón le lanzó una mirada rabiosa y enseñó los dientes. Si Desdentao hubiese podido, le hubiese dado con la cola en la cabeza a Hipo, por haberlo traído a semejante sitio lleno de gente que olía a rancio. Claro que solo Hipo sabía leer los pensamientos de su dragón en su cara de enfado. Cara que sin duda inspiraba terror a los nobles.

—También es ahora rey de Arendelle, pero mi esposo es muy modesto—sonrió Elsa.

Se había hecho un silencio inaudito a su alrededor ya que nadie conseguía sacar valor ni para murmurar.

—Una alegría teneros aquí esta noche—intentó relajarse el duque, aparentando normalidad, sin quitarle la vista de encima al dragón—. La verdad es que nos tomó por sorpresa que mi prima anunciara su matrimonio.

—Sí, la verdad es que mi esposa es una mujer muy sorprendente —se limitó a responder el vikingo con una sonrisa.

Hipo miró entonces a Elsa, buscando su aprobación y ella sonrió más que satisfecha.

—¿Vuestra hija está bien, Emil? —preguntó entonces Elsa.

Todos sabían de su delicada salud y posiblemente la hija de su primo era la única pariente cercana por la que Elsa sí que tenía una gran simpatía y afecto.

—Deseando veros—sonrió incómodo el duque. —Bueno, imagino que estaréis cansados del largo viaje—carraspeó—. Mis sirvientes os acompañaran a vuestra estancia, para que podáis descansar antes del baile. Alteza—dijo entonces mirando a Hipo—, es la primera vez que tengo el gusto de contar con una criatura tan magnífica en mi reino, ¿la dejará aquí? —preguntó con cierto temor—. Podría encontrarle un lugar en los establos.

Elsa miró a Hipo con curiosidad, expectante de su respuesta. El vikingo solo sonrió, acercándose a Desdentao y moviendo una palanca metálica bajo su montura. Automáticamente, el ala del dragón se desplegó y ante unas palabras que Hipo susurró en su lengua, el dragón salió despedido hacia el cielo, no sin antes gruñir a los presentes.

—No hay nada más peligroso que un dragón enjaulado—dijo entonces Hipo—. Si no le importa, mi dragón se quedará volando en sus tierras.

—Por supuesto—se limitó a decir el duque.

—Muchas gracias, Emil—dijo Elsa cordial.

Y ambos se tomaron del brazo para entrar en el castillo.

.

Cuando llegaron a su habitación y se marcharon todos los sirvientes, Hipo y Elsa se miraron y se echaron a reír, sin tan siquiera acordarse de que llevaban días evitándose.

—Tenías que haber visto la cara de mi primo—decía Elsa consciente de lo malévola que podía sonar, pero disfrutando cada ápice de aquel momento.

—¿Crees que ha sido una entrada demasiado dramática?

—Ha sido perfecta, créeme.

—Dioses, tenías razón—le respondió Hipo—, son todos unos estirados en estas tierras.

—Y eso que todavía no has cruzado palabra con nadie—afirmó con una sonrisa torcida—. Por cierto, no sabía que tu dragón podía volar solo.

—Sí, sí que puede, pero no quiere—respondió Hipo, quitándose las protecciones de su traje de vuelo—. Hace años le fabriqué una cola para que no dependiera de mí, pero no se maneja del todo bien con ella.

—¿Y no te da miedo dejarlo solo?

—Desdentao sabe cuidarse—dijo Hipo algo dubitativo—, además, le he pedido que se oculte. Es lo mejor—aceptó el chico—. No me parece más seguro que lo tengan en un establo. Cualquiera podría hacerle daño o él podría zamparse algún caballo.

Aquello último perturbó un poco a Elsa.

—¿Haría algo así?

—Bueno, es un animal salvaje—respondió el vikingo, ahora quitándose las rodilleras—. Desdentao no es peligroso ni pasa hambre como para hacer algo así, además está acostumbrado a relacionarse con otros animales, aunque eso no quita que tenga sus propios instintos.

Elsa asintió, notando como un escalofrío le recorría la columna. Desdentao siempre se había visto dócil con ella tras aquel primer encuentro de terror. Había notado emanar de él una magia muy parecida a la suya, reconfortante y tranquila y aquel mismo hecho la había hecho sentir que de alguna forma tenía un vínculo con él, aunque no supiera cual. Sin embargo, aquella revelación le hizo recordar la noche en la que Drago llegó a su reino y en cómo esos dragones sí que se veían sedientos de sangre.

—Por cierto, te he traído algo—dijo Hipo, sacándola de sus pensamientos.

La reina lo miró extrañada, sin saber qué podía haberle traído a ella. Ya le parecía más que suficiente que el chico hubiese ayudado a Anna y a Astrid a confeccionarle el alfiler para el pelo —que de hecho llevaba puesto—, oculto en la trenza.

—Es una tontería, pero pensé que tal vez era importante para ti—se explicó Hipo, que se ruborizó levemente al extraer algo de su equipaje.

—¿Qué es?

Elsa observó con atención cómo el chico descubría algo envuelto en una tela, mostrado que portaba dos anillos iguales. Se notaba de lejos que no eran una pieza de joyería, pero la reina se fascinó de inmediato al ver que tenían tallado los emblemas de sus casas, es decir, una flor de azafrán que rodeaba el anillo y se encontraba con la cola de un dragón.

—Dios Hipo, son preciosos—dijo asombrada Elsa.

—¿Te gustan? —preguntó tímido—. Si te soy sincero me daba algo de vergüenza dártelos, pero bueno, dijiste que significaban pactos, promesas y unión—se explicó—. Eso y que no quiero que seas la única casada a la que no le besan el anillo.

Elsa se rio, captando la broma.

—Ya te dije que nadie osará besarme las manos—dijo irónica y autoritaria, recordando el temblor de su primo al saludarla de esta manera, como si pudiera matarlo por besarle las manos.

Hipo hizo entonces amago de ponerse su anillo, cuando Elsa lo detuvo.

—Da mala suerte si te lo pones tú—dijo quitándole el anillo—. Dame tú mano.

Hipo obedeció y se dejó hacer, mientras Elsa lo tomaba de la mano y le ponía el anillo. Él hizo entonces lo mismo con ella, sintiendo el cosquilleo de la magia fluir en su piel al contacto con las manos de Elsa. En ese mismo instante, ambos regresaron a la realidad, descubriéndose tomados de las manos, mirándose a los ojos solos en aquella habitación.

Elsa fue la primera en poner algo de distancia entre ellos, incómoda por haberse visto de nuevo tentada a besarle e Hipo, igual de consciente, hizo lo propio y se alejó hacia sus pertenencias.

—¿Te has traído el traje que te dije? —carraspeó Elsa para evitar el silencio.

—Sí, claro—le aseguró Hipo, también incómodo—. ¿Debería ponérmelo ya?

—Sí, por supuesto—le clarificó Elsa—. Yo también debería cambiarme, mis trajes de hielo no son lo más apropiado para esta fiesta.

Hipo pensó que sus trajes eran maravillosos y que se veía preciosa con ellos, pero se mordió la lengua para no hacer más el imbécil y seguir complicando la situación.

El vikingo se retiró a la pequeña sala contigua destinada al servicio y se cambió de ropa, ajustándose aquellas ropas lo mejor que pudo. La verdad es que era bastante difícil vestirse solo y de hecho acabó escuchando cómo varias doncellas entraban en la habitación para ayudar a Elsa con el vestido. El vikingo se sentía un poco idiota con aquellas ropas, pero tampoco iba a quejarse. Al fin y al cabo, estaban allí con una misión muy concreta: recuperar el manuscrito original del cuento y conseguir todos los aliados posibles que pudieran.

Cuando pensó que estaba prácticamente listo, regresó a la habitación, luchando por abrocharse los malditos gemelos que se suponía que debían decorar las mangas de aquel traje terriblemente incómodo.

Hipo alzó entonces la vista, topándose con los enormes ojos azules de Elsa. La reina se veía diferente a otras ocasiones, como si irradiara luz y magia por cada poro de su piel de porcelana. Por lo general, Elsa siempre se había mostrado elegante e imponente como una reina. Era parte de la construcción que había hecho de sí misma y posiblemente él y muy pocos más habían visto el lado más humano de la reina. Sin embargo, así vestida, con un largo vestido azul casi negro encorsetado y el pelo completamente recogido, se veía mucho más imponente de lo que el vikingo la había visto hasta ahora. Eso y que iba maquillada con carmín en los labios, como si fueran la más sabrosa de las frutas.

Sin embargo, la sorpresa era mutua y Elsa se quedó sin respiración al verle, básicamente porque Hipo no parecía Hipo. De hecho, sino fuera porque seguía conservando a la vista la prótesis, nadie diría que no era un noble más de aquellas tierras. El chico iba ataviado con un traje negro de camisa blanca, con distintos bordados dorados que adornaban las mangas de su traje perfectamente ajustado a su cuerpo. También se había peinado el pelo, aunque seguía conservando las trenzas.

—Caray—expresó Elsa contra su voluntad, tragando—te ves… eh, distinto.

Hipo arrugó el gesto.

—¿Tan mal me veo?

Elsa tomó aire antes de contestar y se acercó para terminar de colocarle bien la camisa, que no estaba del todo bien puesta.

—Simplemente no pareces tú—confesó con timidez.

—¿Eso es un cumplido? —bromeó, intentando relajarse y no ponerse nervioso por su cercanía.

Elsa solo sonrió y le hizo una señal para que la tomara del brazo.

.

Hipo y Elsa caminaron despacio por los pasillos del castillo en dirección al hall principal, donde daría comienzo aquella fiesta. Hipo jamás había visto tanto lujo en su vida. No por el castillo en sí mismo, que era mucho menos ostentoso que el de Arendelle, sino por el despliegue de comida y sirvientes que habían corriendo de un lado a otro.

—La condesa de Orwall es la que te dije que se casó con el príncipe heredero de Westergaard—le iba explicando Elsa mientras caminaban, hablando entre susurros—, es una mujer morena muy hermosa y joven, su familia siempre nos ha sido leal así que si la ves, sé amable. Aunque…

—Hans es un Westergaard—recordó Hipo al vuelo.

—Exacto, pero son los mejores aliados comerciales de mi primo, así que no podemos hacerles desaires…

—De acuerdo—iba tomando nota mental Hipo—. Y tu primo, era viudo ¿verdad?

—Así es, su mujer murió en el parto de su hija—explicó Elsa algo apenada—, era una mujer muy dulce y mi primo estaba loco de amor por ella, así como por su hija, que es algo así como mi… ¿sobrina de primos hermanos?

—Un poco complicado...

—La familia siempre es complicada—dictaminó Elsa—. El caso es que mi primo ha criado a su hija prácticamente solo desde que mi tía Marie murió. Su salud es muy delicada, así que lleva años sin poder salir de este castillo y se pasa largas temporadas en cama.

—¿Y qué le pasa? —preguntó Hipo curioso, sin malicia.

Elsa se tomó un momento para contestar, sintiendo una terrible pena por la pobre chica. De alguna forma su soledad impuesta y su salud le recordaban en cierto modo a sí misma.

—Nadie lo sabe con certeza—respondió—. Mi primo ha traído a los mejores médicos de todos los reinos, pero ninguno ha sabido dar explicación a su dolencia. Nadie cree que viva mucho… aunque otros no se explican cómo todavía puede seguir viva.

—Vaya… lo siento mucho—dijo con condolencia Hipo.

—No lo sientas, no podemos hacer nada—se sujetó a su brazo Elsa—. Lo que sí sé es que mi sobrina estaba muy unida a la tía Marie, tal vez ella pueda ayudarnos.

Hipo asintió, comprendiendo.

—¿Entonces cuál es el plan?

—Yo iré a hablar con mi primo para que nos dé una copia del libro y tú intenta conseguir aliados—sentenció Elsa—, con un poco de suerte mañana mismo podremos irnos. Ah—añadió—: e intenta sonreír.

Hipo y Elsa no tardaron en llegar al gran salón donde entraron tomados del brazo, sonrientes y espléndidos como dos reyes jóvenes, poderosos y enamorados; o al menos esa la imagen que necesitaban dar aquella noche.

Como ya se imaginaban, no tardaron en ser la comidilla de la noche, captando todas las miradas y opiniones de los nobles, que se acercaron curiosos a dar sus felicitaciones a la pareja por su matrimonio. Con su mejor fachada de años de entrenamiento, Elsa saludó educadamente a todos y cada uno de ellos y les presentó a Hipo, que por suerte tenía la habilidad natural para caer en gracia y gustar a la gente. Era como un talento innato, siempre sabía qué decir con quién y cómo decirlo.

Bajo toda esa fachada, Elsa no hacía más que buscar a su primo con la mirada, aunque era realmente difícil verlo entre la gente y el ajetreo. En algún momento consiguió localizarle más o menos solo, pero cuando intentaba hacer el amago de acercarse, alguien nuevo llegaba para felicitarla por su matrimonio o su primo se marchaba a hablar con alguien. Era desesperante.

—Hablas muy bien nuestra lengua, Hipo—coqueteó una noble con él de manera discreta.

Hipo no captó demasiado bien que aquella mujer le estaba poniendo ojitos, así que sonrió y le dio las gracias por el cumplido.

—Sí, mi marido domina nuestra lengua a la perfección—intentó marcar cierta distancia Elsa, que estaba harta de aquella farsa de piropos y modales.

Sabía perfectamente lo que aquellas mujeres pensaban de los bárbaros, aunque quizás les ponía la idea de tener a uno tan cerca. Claro que también Hipo no lucía como uno. De hecho, se veía impresionante aquella noche a ojos de Elsa, con aquella ropa que le sentaba como un guante, fresco y elegante, aunque sin perder ese lado salvaje que siempre veía en él. Y en su estúpida sonrisa torcida.

—¿Y tenéis bailes así en vuestra tierra, majestad? —preguntó otra algo más joven y agraciada.

—Sí, por supuesto, aunque no son tan elegantes como estos.

No, sin duda los vikingos no tenían fiestas como aquellas. Ni irían así vestidos. Ni se hablarían así entre ellos. Y seguramente para esa misma hora además ya habría alguien tirado por el suelo borracho. Y gente peleando. Y puede que algún animal nadando en el ponche.

—Si su esposa me lo permite—añadió otra, tapándose la barbilla con elegancia—, ¿todos en su tierra son tan apuestos como usted?

Las tres mujeres soltaron una risa ligera que Elsa se esforzó en imitar, como quien ríe entre amigos.

—Mi marido es un hombre bastante peculiar entre los suyos—respondió Elsa por él—, oye Hipo, y si vas a por más bebidas para todas. ¿Serías tan amable?

Hipo le sonrió con cierta picardía y Elsa, contra su voluntad, se ruborizó, sintiéndose arder. Y más porque no se esperaba que Hipo se le acercara y le susurrara algo en el oído:

—Espero que no desaparezcas—dijo en el vikingo en su lengua, para que solo ella lo entendiera.

Elsa sonrió como una idiota y asintió con la mirada mientras Hipo se marchaba, recordando lo que le contó la noche que se besaron, cuando le dijo que su sueño era escapar del baile pidiéndole al chico ir a por las bebidas.

—¿Qué te ha dicho? —se aceraron a Elsa las mujeres, cotillas y cómplices.

—Que sois muy simpáticas—respondió Elsa.

—Qué mentirosa—rieron las tres, con la elegancia de quien ha ensayado muchas veces cómo reírse.

—Elsa, qué afortunada has sido—dijo una en cuanto Hipo había desaparecido entre la multitud.

—Qué mal está repartida la suerte en el mundo—dijo otra con ironía.

Elsa sintió algo de pena al escucharla, porque sabía que la habían casado muy joven con un hombre que le triplicaba la edad y que, para desgracia, no era lo que se decía especialmente agraciado.

—Podría haber sido peor, sí… —respondió por inercia Elsa, quien en ese entonces vio pasar a su primo a lo lejos.

—La verdad, estábamos muy preocupadas de que no llegaras a encontrar un hombre dispuesto a aceptar tu condición y más cuando estaba a punto de pasársete el arroz.

Elsa hubiese contestado con alguna insolencia sino fuera porque estaba demasiado concentrada en no perder a su primo de vista.

—Cuando anunciaste que te habías casado con un bárbaro—siguió el discurso la otra—, temimos lo peor, ya sabes lo que se dicen de ellos y sus modales…

—Sí, pero el chico es un encanto y me sorprende lo bien que habla nuestra lengua—continuó la casada—. Y cuando se ha bajado de esa bestia… qué calores me han entrado.

Todas se rieron de la broma, coincidiendo, pero Elsa prácticamente ni las había escuchado.

—¿Es cierto lo que dicen de los bárbaros en la cama? —insinuó una picantona, riéndose—. Ojalá mi Harold fuera también un muchachito domador de bestias.

Todas volvieron a reírse, todas menos Elsa que había encontrado la oportunidad perfecta de verse a solas con su primo.

—Si me disculpáis, voy a hablar con mi primo, decidle a Hipo que no tardo—se despidió aprisa.

Las mujeres la miraron extrañada mientras Elsa ya se abría paso entre la gente. Se miraron incrédulas sin comprender y desaprobando su comportamiento.

—Ésta seguramente es una frígida en la cama—dictaminó una bajo el asentimiento de todas, mientras se terminaba su copa—. Pobre muchacho, qué mala suerte ha tenido.

Elsa casi se tropieza con varios sirvientes y por poco tira al suelo una bandeja con bebidas, pero finalmente consiguió alcanzar a su primo que parecía estar despidiéndose de otro hombre.

—¡Emil! —gritó Elsa para captar su atención, mientras carraspeaba y recomponía su porte de reina—. ¿Tienes un momento, mi amado primo?

—Estoy algo ocupado, querida—denegó el hombre, amable—, pero para ti siempre puedo sacar un momento, ¿todo a tu gusto en la fiesta?

Elsa respiró aliviada.

—Todo magnifico y la comida exquisita como siempre—dijo protocolariamente—, sin embargo, quería hablarte de algo.

—¿Requiere de mucho tiempo? —preguntó algo impaciente.

—No demasiado—le quitó importancia—, solo quería preguntarte por uno de los libros de tu madre.

Elsa notó algo extraño en la forma en la que su primo la miraba, como si algo hubiese cambiado ante sus palabras. Era como si algo no estuviera bien en él, algo sombrío… Sintió un escalofrío y por un segundo la voz de la intuición le dijo que se mordiera la lengua. Tragó saliva, reordenando sus pensamientos y aceptando que tal vez su primo no tenía por qué saber para qué quería ese libro.

—Como sabes, nuestro reino ha tenido muchas pérdidas y la gente está sufriendo mucho…—caminó sobre seguro Elsa—. Había pensado que una buena forma de levantar los ánimos era leer cuentos para los niños, como hacía tu madre.

El duque contrajo el gesto al escucharla, como si el hecho de nombrar a su madre fuera muy doloroso para él.

—Una idea que os ennoblece—respondió con simpleza—. Si me disculpáis…

—Veréis, el castillo también sufrió incendios—inventó Elsa— y algunos libros se han quemado… Temo que muchos se han perdido para siempre en el fuego.

—Para mí sería un honor que mantengáis viva la memoria de mi amada madre, pero no sé cómo puedo ayudaros…

—¿Vos no tendríais una copia de ellos?

El hombre se quedó pensativo.

—Puede que en la biblioteca haya algo… pediré que os lo busquen y tal vez la próxima vez que nos veamos pueda entregároslo.

Eso no sonaba del todo bien.

—¿Y no podíamos tenerlos antes de irnos? —preguntó Elsa, intentando ocultar la desesperación en su voz.

—No sé, querida, estoy bastante ocupado en este momento y pensaba que tu reino estaba preparándose para la guerra—se posicionó el duque—, tal vez los cuentos se puedan posponer unos meses.

Elsa tenía que pensar rápido, porque sabía que su primo no se quedaría mucho más para escucharla.

—Es que… sí que me corren algo de prisa… porque… —no tenía ni idea de qué decir, hasta que soltó una demencia—. Porque estoy embarazada.

El duque abrió los ojos de par en par, sin poder esconder su asombro ante tal noticia.

—De hecho, es Anna quien me ha pedido que os pida los cuentos—siguió inventado—, como podéis imaginar no es el mejor momento para traer una criatura al mundo y mi hermana pensaban que los cuentos de tu madre traerían algo de esperanza para todos y para mi futuro hijo. Ya sabes lo que a Anna le gustan los niños y se me rompe el alma verla sufrir.

El hombre carraspeó incómodo, sin saber ni qué decir.

—Está bien—le sonrió a Elsa—. Pediré que os los busquen. Me alegro mucho por vuestro futuro hijo, Elsa. Rezaré a Dios por su salud.

Elsa asintió agradecida y se marchó de allí con un mal sabor de boca. Aquello no le había parecido una victoria precisamente y más al notar la angustia en la voz de su primo. Tal vez en ningún momento había pensado lo dolorosa que podía seguir siendo la muerte de su madre para él. Al fin y al cabo, ella también seguía sufriendo la de sus padres. Sin embargo, necesitaba ese libro desesperadamente y aquello estaba por encima de los sentimientos de un noble.

Elsa volvió junto a Hipo, que seguía hablando con aquellas mujeres a las que se les habían sumado sus maridos. El vikingo sonrió de alivio al verla aparecer y le ofreció una copa de un licor dulzón que se pegaba al paladar.

Hablaron de algunas banalidades más con algunos nobles mientras Elsa intentaba encontrar una ocasión para quedarse con Hipo a solas y pedirle pasar al plan B: buscar directamente de la biblioteca. Sin embargo, no tuvo tiempo de hacerlo y más cuando escuchó el tintinear de una copa para reclamar la atención de todos los presentes.

—Amigos, parientes y hermanos—dijo el duque de manera notoria y elegante—. Muchas gracias a todos por haber asistido una vez más como cada año a esta modesta ceremonia que iniciaron en su día mis antepasados para conmemorar la llegada de la primavera—anunció—. El mejor momento del año sin duda, donde todo renace, donde muere lo viejo y nace lo nuevo, lo mejor de todos nosotros. Por esta razón, no imaginaba mejor momento para daros esta gran noticia que, aunque me parte el alma como padre, me enorgullece como hombre.

Hipo y Elsa se miraron, compartiendo una mirada confusa y expectante. No entendían tanta parafernalia y menos cuando llevaban semanas viviendo entre heridos de guerra y miseria. Sin embargo, Elsa casi se muere cuando comprendió qué estaba pasando.

—Amigos, damas y caballeros, tengo el placer de anunciaros el compromiso de mi hija Lilian de Bränderson con Hans de Westergaard—bramó—. Es para mí un orgullo que nuestras casas al fin sellen nuestra longeva amistad a través de tal honor.

Elsa pensó que se desmayaría, sobre todo cuando vio a su joven sobrina apareciendo por un lado del salón y al otro a Hans. No podía ser. Debía ser una pesadilla.

—Elsa…—la llamó Hipo, consciente de que Elsa no podía ni respirar y se había puesto pálida.

Sin embargo, la reina estaba en una dimensión muy lejana. No podía quitar la vista de su sobrina, quien apenas tendría más de quince años, pálida y escuálida, pero sonriente, tomándose de la mano de Hans, ese hombre que había intentado matarlas a ella y a su hermana. Ese hombre que sonreía feliz y triunfal tomado del brazo de aquella niña.

—Elsa—volvió a llamarla Hipo.

No obstante, no fue su voz la que la sacó del trance, sino la de su primo.

—También quisiera darle la enhorabuena a mi prima, la reina Elsa de Arendelle por su reciente compromiso y por la tan dichosa noticia que me ha revelado de que trae un heredero en camino.

A Hipo se le cambió la expresión al instante, confuso y consciente de que eran el centro de todas las miradas. ¿Cómo qué un heredero en camino? Miró a Elsa, buscando una explicación, pero la reina estaba ida y con una cara de terror e ira que Hipo jamás había visto en ella. Así que hizo lo que mejor supo y sonrió para todos alzando la copa mientras abrazaba y besaba a Elsa en la frente, enterrándola un poco en su regazo para ocultarla de las miradas.

—Por la salud de mi hijo—llamó al brindis Hipo, como todos parecían estar esperando, mientras lanzaba una mirada 'agradecida' al duque.

De hecho, dijo una palabra en su lengua para contentar a todos los presentes que aplaudieron y brindaron. Se ve que les resultó muy épico, aunque nadie supiera que había blasfemado en su lengua hacia la piel de todos esos malditos nobles.

—Elsa, cariño—la llamó, esta vez con una voz encantadora mientras sonreía a quienes los miraban—. ¿Te encuentras bien? ¿Te apetece tomar el aire, querida?

Hipo necesitaba una explicación y Elsa matar a alguien, pero había demasiadas miradas a su alrededor, así que el vikingo la tomó del brazo y la excusó diciendo que a veces la reina se mareaba con el embarazo. No fue hasta que se encontraron lejos de la multitud que Hipo cambió la expresión y la miró con seriedad.

—¿Se puede saber qué le has dicho a tu primo? ¿Cómo qué se supone que estás embarazada? —demandó Hipo, temiendo que su expresión de sorpresa los hubiera delatado.

—Hans… —fue lo único que consiguió decir Elsa—. Voy a matarlo.

Aquello borró el enfado de Hipo, que se transformó rápidamente en inquietud.

—Elsa—la sujetó por los hombros—, escúchame, sé que sientes ira, pero no estamos aquí para eso.

—Es una niña, Hipo—lo fulminó con la mirada—. No voy a permitir que le ponga una mano encima, suéltame.

Elsa se zafó del agarre de Hipo, pero el chico se puso delante de ella para detenerla antes de que hiciera cualquier tontería.

—Elsa, cálmate, por favor—rogó el chico—. Necesito que te centres—le pidió preocupado, tomándola de las manos—. Si vas a por Hans, lo último que vamos a conseguir es salir vivos de aquí.

—Él intentó matarme Hipo, a mí y a mi hermana—declaró sin que le temblara la voz.

Hipo notó enseguida la magia enfurecida de la reina en sus manos, consciente de cómo se le helaban los dedos. Sin embargo, no soltó a Elsa.

—Lo sé, pero vengarte no servirá de nada, al menos no aquí y ahora—intentó sonar tranquilo, mirándola a los ojos—. Elsa, por favor.

Elsa pensó que no sería capaz de calmarse, hasta que se encontró con la mirada cálida de Hipo, que la miraba con auténtica preocupación. Verlo así la hizo comprender que el vikingo tenía razón y que no podía lanzar por la borda todo el trabajo de semanas por un arrebato de odio ciego, por mucho que ese malnacido se mereciera morir congelado.

—Vale… tienes razón. Vamos a volver ahí dentro y vamos a actuar con normalidad, buscaremos pactos y nos iremos a dormir sin llamar la atención—consiguió decir Elsa, encontrándose con la sonrisa de alivio de Hipo.

—Gracias… Ah, y la próxima vez que quieras tener un bebé, avísame con tiempo—dijo Hipo de broma en su lengua, más relajado.

Por muy enfadada que estuviera, la sonrisa bobalicona del chico la hizo tranquilizarse y hasta sonreír ante su broma. Todavía no entendía qué tenía ese hombre para darle tanta calma.

—Lo siento, apenas me ha dado tiempo a pensar otra excusa— respondió Elsa también en aquella lengua, consciente de que era la mejor forma de comunicarse por si alguien los observaba—. Y tampoco es que fuera algo imposible… ya sabes.

Hipo se rio, aliviado de verla más estable.

—Sabes que hace falta algo más que un beso para eso ¿no? —dijo entonces divertido, atreviéndose a bromear sobre el tema prohibido por el que llevaban días evitándose.

Elsa alzó una ceja con picardía y le dio un pequeño empujón, a la par que lo arrastraba de nuevo al salón, para seguir aparentando aquella maravillosa falsa normalidad.

—No te separes de mí—le pidió la reina.

Sin embargo, aquello fue una tarea prácticamente imposible. Con la noticia bomba, todo el mundo quería acercarse a ellos para darles la enhorabuena. Las mujeres le hacían preguntas de todo tipo, como qué nombre le pondrían si era niño o si Elsa creía que su hijo podría tener poderes como ella.

—Lo bautizarás en la fe cristiana, ¿verdad? —le preguntó una muy bajito, como si temiera que aquella criatura estuviera condenada al infierno antes de nacer.

Elsa miró a Hipo buscando un poco de ayuda, pero él parecía tener sus propios problemas, ya que un montón de nobles lo habían prácticamente secuestrado para preguntarle por la enorme 'bestia' sobre la que había llegado volando y qué tipo de acuerdos políticos tenía pensado hacer entre sus tierras y aquel reino. Elsa se hubiese cambiado por él con los ojos cerrados, pero la realidad es que, a ojos de todos, se había convertido en una especie de recipiente con patas. Aun sabiendo que todo era mentira, le dio rabia y al cabo de un rato la situación la desesperó tanto que decidió excusarse e ir a por algo de beber.

Sí, definitivamente necesitaba beber. Intentó volver a hablar con su primo sin éxito, ya el duque volvió a excusarse diciendo que tenía asuntos de gran urgencia que atender. Fue entonces cuando Elsa lo vio.

Ambos estaban a penas a una mesa el uno del otro, sirviéndose una copa. Elsa se repitió en su cabeza que se calmara, pero la sonrisa de él mirándola fijamente la hizo perder la razón.

—Elsa—dijo Hans acercándose a ella con una enorme sonrisa de suficiencia—. Enhorabuena por tu compromiso, no esperaba encontrarte aquí esta noche.

Elsa notaba la magia rabiosa en sus manos, pero la contuvo haciendo uso de todo su autocontrol.

—Gracias Hans, aunque si os soy sincera, yo tampoco esperaba veros aquí esta noche—respondió cortante y elegante, cual reina que era—, os imaginaba más bien en una celda pudriéndoos de por vida.

El príncipe rio, con esa risa que le ponía los vellos de punta.

—Elsa, Elsa… siempre con ese sentido tuyo del humor —bromeó—. Mis hermanos me han despojado de todo título y riqueza, así que esa es la peor condena que podrían darme. Espero que estés satisfecha.

—¿Y por eso os casáis con mi sobrina? —inquirió Elsa—. Sí, tomar el poder de otros… me suena bastante familiar.

A Hans se le ensombreció la mirada, pero no dejó de sonreír.

—Soy yo el que le está haciendo un favor a esa pobre niña casándome con ella—se acercó más a ella—. Y lo sabes de sobra.

Elsa tragó saliva, consciente de que ningún noble pensaba casarse con alguien como su sobrina, enfermiza y con la muerte acechándola a cada instante.

—Tú lo has dicho, una niña—respondió con frialdad Elsa—. Eres asqueroso.

Hans se rio ante el comentario, como si fuera una conservación divertida entre dos buenos amigos del pasado.

—No soy el único que tiene perversiones, querida—bajó entonces la voz—, ¿le has contado ya a tu marido el bárbaro que se ha casado con una bruja desviada? Quizás hasta le pone la idea de que te lo montes con otras putas.

—¿Y tú sabes lo peligroso que es enfadar a una bruja? —se defendió Elsa, quien no se esperaba que Hans pudiera saber algo así de ella.

El chico dio un paso adelante, pegándose contra el cuerpo helado de Elsa que empezó a temblar de nerviosismo.

—He imaginado muchas veces cómo sería volver a verte, Elsa—le susurró sensual, oliéndole el pelo—, y he de decir que me has decepcionado un poco. Tú, la gran bruja de hielo, intentando ahora encajar entre los nobles, con un reino en ruinas, casada con un bárbaro y engendrando un demonio… Te felicito querida, nada te podría haber salido peor.

Por un segundo, las palabras de Hans le cayeron como un jarro de agua fría porque, aunque sabía de sobra que no eran ciertas y que estaban envenenadas, sí que había algo de verdad en ellas, y es que Elsa sí sentía haber fracasado. Pensó que se derrumbaría, hasta que notó una mano cálida rodarle la cintura.

—¿Reencuentro de viejos amigos? —dijo la voz de Hipo amistosa, como si no supiera nada de ese hombre—. Soy Hipo, encantado.

Hans le estrechó la mano con firmeza, cambiando la sonrisa despiadada de antes por una más formal.

—Encantado, ¿Hipo? —sonrió ante la extrañeza de su nombre—. Elsa me estaba justo hablando de ti.

—¿Ah sí? —dijo tranquilo Hipo, buscando respuestas en la mirada inescrutable de Elsa—. Espero que no se estuviera quejando demasiado.

Hans le rio la broma de forma algo forzada.

—¿Así que tú eres el gran maestro de dragones del que todos hablan? —preguntó Hans con cierto recelo—, el duque ya me ha hecho saber de vuestra gran aparición de esta tarde, la verdad, os imaginaba de otra manera.

Hipo en ningún momento perdió la calma, mostrándose bastante entero. También es que había tratado con tipos peores que Hans, a quien solo veía como un noble cobarde y ególatra que no sabía con quién estaba metiéndose. La reina de las nieves era alguien a la que tenerle respecto.

—Bueno, ya sabes lo que se dice… las apariencias engañan—terminó Hipo con una sonrisa que hizo comprender a Hans que el chico sabía perfectamente quién era—. Si nos disculpas, venía buscando a mi esposa para el baile.

—Por supuesto—hizo una leve reverencia Hans, marchándose y desapareciendo entre los nobles.

Hipo y Elsa se quedaron un rato más en silencio, comprendiendo que Elsa estaba reprimiéndose emocionalmente antes de que pudiera desatar una tormenta de hielo en aquel salón.

—No necesito que me salves, Hipo—dijo entonces muy seria.

—Lo sé, pero queda mucha noche para empezar una carnicería—le respondió en el mismo tono—. Además, la marquesa de Ardall me ha dicho que va a comenzar el baile.

La chica sonrió e Hipo pudo notar cómo se relajaba contra su cuerpo.

—Es la condesa de Üdrall—lo corrigió—. Vamos a bailar, sí, y procuremos no pisarnos.

Hipo y Elsa acudieron al centro de la pista, como el resto de nobles. Como era tradición, un montón de sirvientes entraron con bandejas llenas pétalos de flores que esparcieron por todas partes. Además, abrieron las ventanas para dejar entrar el aire nocturno y la luz de la luna llena pronosticada para aquel solsticio. La verdad es que a Hipo todo aquello le sonó al más puro paganismo, ya que se parecía bastante al ritual que ellos mismo hacían en su tierra. Por lo general, hacían prácticamente lo mismo, con la salvedad de que en su tierra ese día las mujeres se cortaban el pelo y lo quemaban en la hoguera.

Hipo y Elsa se tomaron de las manos como habían ensayado aquella única vez en que las cosas se habían torcido entre ellos. No obstante, como ya advirtió Elsa, con música no parecían tan ridículos.

Ambos pensaron que sería muy incómodo repetir una situación como aquella, pero para su sorpresa no lo fue. Era más bien todo lo contrario, cómo sentir un profundo alivio de poder compartir un momento de silencio e intimidad. Elsa no exageraba cuando decía que la mayoría de los nobles era víboras y pese a que Hipo había compartido algunas palabras amables con algunas casas, el resto le habían parecido unos simples idiotas.

—¿Estás bien? —le susurró Hipo al oído al verla algo alicaída.

Elsa se abrazó sin pensarlo demasiado al cuerpo del chico y posó la cabeza en su pecho, imitando la manera de bailar de algunas parejas, aunque la realidad era que se sentía completamente agotada y deprimida por lo poco que habían conseguido y los desprecios que había tenido que soportar.

Hipo se tensó un poco al notarla pegada a su cuerpo, pero le correspondió el abrazo y siguieron bailando, temiendo que con aquella cercanía pudiera pisarla.

—Elsa… ninguno en esta fiesta te merece—le dijo el vikingo en su lengua, en aquella especie de código secreto que habían establecido—. Todo va a salir bien, ya verás. Estoy seguro que vamos a encontrar ese libro.

—Espero que tengas razón—suspiró, animándose un poco al notar que algunos los miraban.

Hipo también lo notó, porque cambió el tono y le habló entre risas.

—No me fio de nadie en esta fiesta—dijo el joven casi riendo contra la oreja de su esposa, en aquella lengua extranjera.

Elsa también se rio, como si el chico le hubiese dicho la cosa más bonita del mundo.

—Yo tampoco—dijo acariciando su barbilla y sonriendo—. Mantén los ojos bien abiertos.

Sin duda, vistos desde fuera, eran la pareja más envidiada de aquella fiesta. Tampoco era muy difícil ya que, a diferencia de la mayoría de nobles, parecían estar realmente enamorados, haciéndose 'confesiones de amor' al oído.

Hasta ese instante ninguno había reparado en la paz que les había dado ese momento que siempre imaginaron incómodo, —y más tras lo que pasó. Sin embargo, no lo era en absoluto. Al contrario, era más bien como encontrar un trozo de madera al que aferrarse durante una tormenta en alta mar. Como si la influencia mágica de Elsa o la calidez de Hipo los protegiera a los dos contra todo mal. Era todo tan fácil que hasta se sintieron culpables. ¿Cuándo aquel extraño que tenían en frente y con el que bailaban se había convertido en alguien tan importante en sus vidas? ¿Cómo era posible que pese a la condena que arrastraban con su matrimonio desearan que aquella pesadilla no terminara? Hipo pensó en Astrid y en cómo sería bailar con ella, con su risa pícara y sus mejillas sonrosadas, pero al rato aquella imagen se desdibujó de su cabeza. No porque no quisiera tenerla allí, sino porque tampoco quería cambiarla por Elsa. No se trataba de eso. Era mucho más complejo y aunque supiera que aquello lo desgarrara por dentro, no quería dejar de bailar abrazado a Elsa, a esa mujer tácita, mágica y autoritaria, con la bondad de la inocencia y la ira de los Dioses en su mirada azul de tormenta.

Cuando el baile concluyó, Hipo y Elsa no podían estar más agradecidos, porque estaban demasiado confusos y más cuando se sonrieron aliviados y cómplices.

—¿Cuál es el plan? —preguntó entonces Hipo a su esposa en esa actitud que habían decidido adoptar de pareja que realmente estaba disfrutando de una velada maravillosa.

La falsa cercanía y enamoramiento les estaba haciendo de 'madera en la tormenta'; al menos para salvar y ocultar sus verdaderos sentimientos.

—Esperaremos un poco a que la gente esté algo más borracha—dijo Elsa riéndose contra la oreja de Hipo.

El chico sintió incluso un escalofrío al notar el cálido aliento de Elsa contra su cuello, pero disimuló que aquella falsa cercanía con ella no le afectaba.

—Entonces diremos que estamos cansados y nos marcharemos—siguió repasando el plan Elsa—. Creo recordar que la biblioteca estaba en el piso de arriba, subimos, buscamos el libro y nos marchamos antes de que alguien pueda vernos.

Hipo pensó que era una locura, pero aceptó. Ahora lo único que necesitaban era que dejaran de prestarles tanta atención, porque seguían llegando una y otra vez nobles para felicitarlos. En esa ocasión se acercó además la reina de los reinos del sur, que le pidió un baile a Hipo. El chico iba a negarse, pero Elsa lo animó a bailar con ella, conocedora de la gran influencia de esa mujer como aliada.

Cuando se quedó sola, aprovechó para alejarse de la muchedumbre en busca de algo de paz cuando de repente se chocó con un hombre, derramándole la bebida encima.

—Oh, discúlpeme—se apresuró a decir.

—Tranquila, siempre voy con la cabeza en otra parte—dijo el hombre sacando un pañuelo de su bolsillo para limpiarse, con un acento que Elsa no supo identificar—. Oh Dios, pero si he tropezado con la mujer más interesante de esta aburrida fiesta.

Elsa no supo si tomárselo o no como un cumplido, pero sonrió de manera forzada.

—Gracias, señor…

—Oh, qué modales, perdóneme—se excusó—. Soy el señor de Zordán, unas tierras muy muy lejanas en el continente. Llevo años siendo buen amigo de su tío, aunque si os soy sincero, solo vine a esta fiesta porque me prometió la presencia de una reina mágica.

—Qué adulador—respondió Elsa, aguantando el porte.

Aquel hombre tenía algo extraño que a Elsa no le gustaba. La joven no sabría explicar qué o por qué, pero algo emanaba de él cuyo instinto rechazó enseguida. Además, había algo en su aspecto que no le encajaba.

—Qué casualidad haberme chocado precisamente con usted, estaba deseando conocerla.

—Es parte de la magia—bromeó Elsa, incómoda.

—¿Me concedería un baile, reina Elsa?

Elsa observó los ojos claros de ese hombre de pelo canoso y mentón largo y pensó que sabía más de lo que quería aparentar. Y él se dio cuenta en seguida de que la reina no era tonta.

—Si os soy sincero, la oí hablar antes con su primo el duque—confesó algo azorado—. Me sorprendió oírla hablar de vuestra tía, era una amiga muy preciada para mí.

Aquello hizo que Elsa perdiera la respiración, como si fuera la pista que tanto necesitaban de manera desesperada.

—Está bien, bailemos —aceptó Elsa—, sería un detalle horrible por mi parte hacerle desprecio a un buen amigo de la familia.

El hombre sonrió de oreja a oreja, mostrando una gran hilera de dientes.

—El placer es mío, majestad.

La reina sintió un escalofrío cuando aquel hombre la tomó de la cintura para bailar, agradeciendo al menos que decidiera guardar las distancias con ella.

—¿Así que conocía a mi tía? —fue directa al grano Elsa.

—Así es, una mujer de armas tomar—dijo el hombre, como soñando despierto—. Muchos decían que estaba loca, pero no he conocido mujer más lúcida en toda mi vida. Me parece adorable que queráis leerle sus cuentos a vuestro futuro hijo, reina Elsa, aunque los cuentos de vuestra tía nunca fueron precisamente para niños…

—Lo sé—aprovechó aquella oportunidad Elsa—, a mi hermana le aterraba de niña uno en concreto, uno que hablaba de dragones, ¿lo conocéis?

—¿La princesa y el dragón? De mis favoritos—dijo el hombre riéndose mientras guiaba aquel baile por la pista—. Qué talentosa vuestra tía para retratar la tiranía de esas bestias.

—Supongo que a veces todo es cuestión de perspectiva, ¿no cree?

—¿Lo dice porque se ha casado usted con el maestro de dragones? —respondió con habilidad, con una risa suave para rebajar la palpable tensión de la reina—. Bueno, los vikingos siempre pertenecieron más a las criaturas del infierno que al mundo terrenal—expresó—, de ahí la familiaridad con esas bestias. Sin ofenderla.

Elsa rio algo incómoda.

—Intentaré no ofenderme, aunque acabe de llamar demonio a mi esposo.

—Oh, mis modales—se disculpó de nuevo el hombre—, no mujer, no pretendía que se lo tomara como algo personal. Simplemente quisiera que supiera mantenerse a salvo, por usted y por esa criatura que lleva en las entrañas. Al fin y al cabo, no todas las leyendas nacen de la nada y no se dice porque sí que los vikingos matan, conquistas tierras y violan mujeres sin razón. Usted es inteligente, sabrá de qué lado estar llegado el momento.

—¿Usted también crees que se avecina una guerra? —preguntó Elsa obviando todo lo demás, ya que se le habían revuelto hasta las tripas.

—Por supuesto—dijo el hombre, bastante más despierto que la mayoría de los nobles que Elsa había conocido hasta ahora. De hecho, tal vez demasiado—. Se mueven vientos de guerra y aunque vuestro primo todavía no quiera escucharme, será el primero en hacer sacrificios si quiere conservar lo que tiene.

La música se detuvo entonces, señal de que había acabado aquel baile y comenzaba otro, esta vez con una música más animada.

—Si me disculpa, voy a servirme otra copa—dijo el hombre, liberando a Elsa—. Un placer haber podido coincidir con usted y comprobar con mis ojos que es más bella e inteligente de lo que dicen.

—Un placer, señor—dijo Elsa protocolaria—. Espero que la próxima vez que coincidamos no tengamos que hablar de guerra.

—Por supuesto—dijo, besándole la mano para despedirse—. Estaría bien poder compartir alguna lectura de su tía, si quisiera claro está. Si le interesa, yo todavía conservo el ejemplar que aterraba a su hermana.

Elsa sintió que el corazón se le aceleraba al oírle y que la sangre le bombeaba con fuerza en los oídos.

—Nada me gustaría más—intentó decir sin que se notara que se le había acelerado el pulso.

—No se marche sin despedirse de mí, tal vez podamos hacer buenos negocios—dijo misterioso.

La reina aguantó el porte hasta que aquel hombre alto y estirado de cabello cano se perdió entre los nobles, momento que no aguantó más y salió corriendo hacia los jardines. Abrió la puerta de cristal con las manos casi temblando y salió a respirar desesperada el aire helado de la noche; demasiado helado para ser la primera noche de primavera. ¿Quién diablos era ese hombre? Elsa se sentía muy rara. Estaba mareada y asqueada, sin poder contener las ganas de vomitar cada vez que recordaba la extraña presencia de ese extraño. No sabía qué le pasaba, pero al menos el aire frío le sentó bien y le evitó echar toda la cena sobre los rosales en flor.

¿Qué había querido decir con el bando correcto? ¿O con que su primo debía posicionarse? Estaba tan mareada que no podía pensar con claridad. ¿E Hipo? ¿Dónde se había metido? La idea de recordar las palabras de aquel hombre la repugnaba. No sabía cómo debían ser el resto de tribus vikingas, pero al menos Hipo y los suyos no se veían así. Cerró los ojos agitada y se aferró con todas sus fuerzas a creer que podía confiar en ellos. Ya le habían demostrado otras veces que eran de su absoluta confianza y lo último que necesitaba aquella noche era pensar que estaba enviado a todo su pueblo a la muerte. Tomó aire con calma, intentado alejar de su mente las imágenes de dragones sanguinarios y muerte que parecían haber regresado para atormentarla.

—¿Estás bien? —dijo entonces una voz conocida.

Elsa abrió los ojos para toparse con el dulce rostro de Lilian a la que apenas había podido ver de lejos en toda la noche.

—Sí, cariño, estoy bien—se calmó Elsa—, solo me he mareado un poquito. ¿Qué haces aquí fuera? Hace mucho frío…

Elsa se preocupó nada más verla, sobre todo porque iba muy poco abrigada y coger frío no era bueno para su delicada salud. No obstante, tras tres años sin apenas verla, tenía que reconocer que notaba cierta mejoría en ella. Ya no estaba tan pálida como de costumbre y sus brazos y caderas se habían ensanchado levemente. También lucía mejor aspecto y hasta podía hallar cierto color en sus mejillas.

—No te preocupes, yo también necesitaba un poco de aire—dijo la chica con una sonrisa amable—, ya sabes que me agobian un poco las multitudes.

—A mí también—coincidió Elsa—. Caray estás muy crecida, la última vez que nos vimos no me llegabas ni al hombro.

La chica le sonrió y le dio un abrazo sincero.

—Yo también me alegro de verte tía Elsa, estás muy guapa.

La chica le ofreció entonces la mano para que la acompañara y Elsa aceptó, siguiéndola por el jardín hasta unos bancos de piedra, donde se sentaron.

—No sabes la alegría que me dio saber de tu compromiso—dijo la niña con una sonrisa de oreja a oreja—. Siempre pensé que Anna se casaría primero, ¿cuándo piensan casarse ella y Kristoff?

Elsa se echó a reír por lo evidente que parecía para todo el mundo su destino de soltería.

—No lo sé, pero no es el mejor momento precisamente.

—¿Lo dices por la guerra de tu reino? —preguntó preocupada—. Mi padre me lo contó.

—Así es, pero no te preocupes, estaremos bien—la tranquilizó Elsa.

—Por cierto, enhorabuena—dijo la chica, con la mirada iluminada.

—¿Por? —preguntó Elsa desconcertada.

—Por lo de tu bebé—exclamó emocionada, con su bonita voz.

Elsa se sintió idiota por haber olvidado aquel detalle, pero se alegró de que Lilian no pareciera notarlo.

—Yo también quisiera ser madre pronto—dijo mientras se escondía algunos mechones sueltos tras las orejas—. Si Dios quiere, espero que así sea.

La sola idea de imaginarse a aquella pobre niña de quince años dando a luz un hijo de Hans le puso la piel de gallina, pero no dijo nada porque no quería herir sus sentimientos.

—Sé lo que piensas—dijo entonces la chica—. Mi padre ha estado ocultándomelo, pero sé lo que pasó con Hans en tu reino.

Aquello sí que no se lo esperaba Elsa.

—Lilian, Hans no es un buen hombre que pueda darte lo que tú mereces—dijo con cautela Elsa, tomando de la mano a la chica.

—Lo sé, pero tampoco tengo muchas opciones y el tiempo se me acaba.

Elsa notó una profunda tristeza en sus palabras que no supo cómo interpretar. Hasta ese momento no había sido capaz de ver que su sobrina ya no era una niña, sino una mujer. No solo había crecido físicamente, sino que su mirada había perdido el brillo inocente que siempre tuvo y se había vuelto más oscura, más valiente. No obstante, Elsa no podía dejar de ver ella la conformidad hacia un destino terrible.

—¿Cómo es estar enamorada? —preguntó entonces la chica con una sonrisa.

Elsa se la devolvió, pero no sabía qué decirle. ¿Había estado alguna vez enamorada? ¿Acaso había una forma de explicarlo?

—La vida no es tan bonita, Lilian—trató de afrontar el tema con madurez, sin romperle el corazón, pero temerosa de que Hans pudiera hacerlo—. Como sabes, lo mío ha sido un acuerdo político, yo no me he casado por amor.

—Bueno, yo tampoco lo haré—dijo entonces, jugando con la manga de su vestido mientras miraba el cielo—. Es un buen acuerdo para mi padre. El reino del sur es muy rico y aunque Hans ya no tenga título, su apellido sigue significando algo. ¿Has visto a mi padre esta noche? Aunque pareciera preocupado, estaba muy feliz.

Elsa sintió un nudo en el estómago al escucharla decir eso, pero sentía tanta rabia que no sabía ni qué decirle.

—Yo creo que tu esposo sí está enamorado de ti—rio, para sorpresa de la reina—. Tiene esa mirada.

—¿Esa mirada? —preguntó Elsa, sintiendo pena de que pudiera pensar eso.

Al fin al cabo, todo era una falsa que habían montado para aquella noche.

—Sí, ya sabes—respondió como si fuera más que obvio mientras se encogía de hombros—. La abuela decía que el amor es como una flecha ardiendo que te clavan en el corazón. Te duele si la llevas dentro, pero más si te la arranca.

Tal vez la reina no estaba tan de acuerdo en ello. El amor que sentía hacia su hermana o el que alguna vez tuvo por Lena no era doloroso, más bien la imposibilidad de ese amor era lo que causaba tanto daño.

—¿La echas de menos? —preguntó Elsa por la tía Marie, para desviar la conversación.

—¿A mi abuela? —sus ojos perdieron brillo al nombrarla—. Muchísimo. Pienso en ella cada día.

—A veces la vida nos arrebata demasiado pronto a los que más queremos—la intentó consolar Elsa, poniéndole afable una mano en la rodilla.

Sin embargo, la joven cambió su expresión y miró a Elsa interrogante antes de tomar aire.

—No sabes lo que le pasó, ¿verdad?

Aquello pilló por sorpresa a Elsa, quien la miró extrañada. Su tía Marie murió dos años antes de su coronación, al poco de morir sus padres, por lo que por aquel entonces Elsa seguía sin salir de su habitación y todo lo que se precipitó después hizo que en ningún momento deseara salvaguardarse en asuntos del pasado. Siempre pensó que su tía Marie debió morir de mayor en su cama, como hacen todos los nobles.

—¿Qué le pasó? —preguntó temerosa.

La chica tragó saliva, como si dudara contárselo.

—Fue un invierno que yo estaba muy enferma—explicó—. No sabría explicarte, pero por alguna razón algo había cambiado en ella… Todo lo que recuerdo de esa época es muy confuso, pero a veces la abuela se quedaba horas junto a la ventana sin hablar con nadie o hablaba para sí en una lengua que jamás había oído. Estaba como ida y se pasaba todo el día escribiendo sin parar, como si temiera que algo pudiera pasarle—la chica hizo una pausa antes de continuar—. Un día hubo una gran tormenta de nieve y sin decirle nada a nadie, mi abuela se subió a lo más alto del castillo y se precipitó al vacío.

A Elsa se le heló la sangre al oírla.

—Mi padre no va a darte ningún libro de la abuela—sentenció entonces—. Te he oído hablar con ese hombre—reveló.

—¿Lo conoces?

—Sí, y es peligroso—afirmó muy seria—. No me gusta, tiene demasiado poder sobre mi padre.

Elsa estaba muy confundida. Lo de la tía Marie la había trastornado demasiado y ahora la seriedad de su dulce sobrina había terminado de acongojarla.

—Vamos dentro, tía Elsa—se levantó la muchacha más relajada, abrazándose los brazos—. Empiezo a tener un poco de frío aquí fuera y mi padre me estará buscando. Ya sabes lo mucho que se preocupa.

—Claro… —consiguió decir Elsa, cada vez más angustiada.

La reina alzó el brazo hacia su sobrina, quien se apoyó en ella para caminar. De repente tenía muy mal aspecto, como si hubiese recuperado ese brillo enfermizo que siempre tuvo. La chica se apretó contra el cuerpo de Elsa, en busca de un calor que jamás encontraría en ella.

—¿Me prometes que me traerás a tu hijo cuando nazca? —dijo entonces con inocencia—. Me encantaría poder conocerle. Aunque tengo el presentimiento de que será una niña.

—Por supuesto, Lilian—dijo Elsa con un nudo en el estómago, sabiendo que le estaba mintiendo descaradamente—. Serás de las primeras en conocerlo.

Hasta ese momento no se había dado cuenta de que aquella mentira realmente le importara a alguien. La sonrisa de su sobrina se le clavó en el corazón, mientras entraban de nuevo a los salones, donde la música y el festejo continuaban.

A su pesar, quedaba mucha noche por delante.

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N/A: Encontraréis muchos detalles en este capi y el siguiente sobre el mundo medieval, tanto en tema arquitectura como ropa. Como sabréis, el universo de HTTYD y el de Frozen no es el mismo en cuanto a las épocas. Por lo poco que he encontrado, Frozen se sitúa como en el siglo XVII-XVIII y como sabréis los vikingos son de MUCHO MUCHO antes jajajaja. Así que bueno, estoy mezclando cosas de ambas épocas para que no se note demasiado. Lo digo por si a alguien le chirría algo.

N/A 2: A partir de estos capis, se empezarán a desvelar secretos del pasado de la familia de Elsa. Como sabéis, esto es una historia que me estoy inventando xD Así que basicamente la historia de la familia de Elsa no será la de Frozen II, aunque tome algunas referencias. Así que bueno, os pediré que abráis la mente, porque se avecina tormenta.

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REVIEWS

Voy con las reviews! Ya os contesté por privado a Kolomte'49 y a Antonio405, a quien agradezco muchísimo el tiempo que siempre os tomáis en dejarme reviews tan detalladas de todo. A los demás, os contesto personalmente por aquí :D

ZAIKO23: mil gracias por su incondicional apoyo y fiel review como siempre! ^^ Qué alegría saber que te dejó satisfecho el último capi y que lo disfrutaras tanto. A mí me alegras el alma jajaja Lo del dragón de Elsa... paciencia jajaja todo se verá. Nos leemos la semana que viene! Un abrazo.

denebtenoh: a mi me hacen muy feliz también tus reviews! Siempre súper motivadoras y maravillosas. Me alegra que te gustara ese primer beso! Ya era palpable la tensión entre ellos y creo que solo puede ir a más XoX jajaja Y sí, aquí está controlado a su manera... porque los casos siguen subiendo jajaja pero sí, al menos hay seguridad de que hay mucha atención sanitaria y muy preparada. La mortalidad ha bajado sorprendentemente a casi nada. Y sí, eso tranquiliza un poco, aunque la gente debe seguir cuidándose, que hay mucho 'cafre' (como aquí llamamos a los idiotas jajaja) Cuídate muchísimo! Un beso!

flores231: holi! Gracias por la review como siempre! Qué alegría que tú estés bien también. No te preocupes, yo aquí me cuido mucho (bastante paranoica dentro de la calma jajaja). Me alegra muchísimo ver que el capi te gustó y cumplió tus expectativas, la verdad que me dio mucha alegría leerte y ver que mereció la pena. Espero no demorarme demasiado con los demás, aunque la semana que viene de seguro tendréis otro capi ^^ Un beso!

CRONO06: hola! gracias por al review! Bueno, tus deseos se han cumplido y Hans e Hipo sí que han tenido oportunidad de conocerse, aunque te advierto que no será la última interacción que tengan. Un besito enorme!

Un saludo también y como siempre a todos los que leeis. A los amigos, fav, follows y anónimos.

Y por supuesto a Marcus S. Lazarus, quien me está ayudando con la versión en inglés.

Nos leemos la semana que viene! Besos. ^^