Hola!

Lamento la demora! Al final no pude publicar cuando quería, aunque espero que no se os haya hecho muy larga la espera jaja

Como siempre, mil gracias a todos los que leeis. Se me hace increíble la cantidad de gente que sigue el fic!

Aunque si os soy sincera, cada vez recibo menos feedback y eso me desmotiva un poco. Le dedico muchas horas a esta historia. Horas que no tengo. Y no sé, a veces es difícil sacar adelante esta historia cuando siento que escribo para solo cuatro personas. (Hoy me ha pillado el día triste xD)

No quiero que nadie se sienta obligado a dejarme un comentario, pero haríais muy feliz a esta pobre autora si me dejáis algo de feedback ^^

Además, este capi es muy importante, porque cierra la primera parte de esta historia.

¿Qué quiero decir?

Cuando me planteé escribir esto, nunca pensé que se fuera a alargar tanto, pero así es jajaja

Así que lo dividí en tres actos para organizarlo y tengo que decir que este capítulo es el último del primer acto. Por esta razón también quería saber vuestras impresiones, si os está gustando, si creéis que va por buen camino este fic o si todo se está torciendo demasiado xD JAJAJA

Ya me diréis! ;)

Como en el capi anterior, dejo advertencia por si las moscas:

ADVERTENCIA

Este capi conteniene lenguaje obsceno, escenas explícitas de sexo, violencia y MUCHA sangre. Así que si alguien es sensible a esto último, please, que tenga cuidado y lea bajo su responsabilidad.

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Sin más, ¡Qué lo disfrutéis!


EL BAILE DE LA PRIMAVERA II

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Elsa pensó que el frío que sentía en aquel momento jamás se le iría del cuerpo.

Al fondo de la sala podía ver a su dulce sobrina con ese aspecto de niña enfermiza sonriendo tímidamente a unos amigos de la familia mientras estaba tomada del brazo de Hans. Ese diablo que a veces le lanzaba miradas de odio y suficiencia a la reina, miradas que colapsaban entre el deseo repugnante de querer poseerla y la fantasía de matarla con sus propias manos.

Además, el misterioso hombre que Elsa había conocido había desaparecido por completo de la fiesta, al igual que su primo; y, aunque eso precisamente no la tranquilizaba, al menos le aliviaba no tener su presencia cerca, como si por pensarlo le volvieran las náuseas.

Al menos la cálida presencia de Hipo a su lado puso un poco calma a su nerviosismo, aunque él también se viera agotado, respondiendo a las mil y un preguntas que le hacían todos para saciar esa reclama de extranjero exótico que veían en él.

—¿Estás bien? —le preguntó el chico durante un instante que se vieron solos, mientras un marqués que hablaba con el vikingo iba a buscar bebida.

—Algo no está bien—le aseguró Elsa—. Lo presiento.

—Tranquila—le dijo Hipo con una sonrisa cansada—. Quizás mañana nos sonría un poco la suerte. ¿Sigues pensando en asaltar la biblioteca esta noche?

Elsa negó con la cabeza. Ya no le parecía tan buena idea y menos cuando su sobrina le había advertido que su padre no tenía intención de darle los libros. Eso, y que su tía se había quitado la vida sin razón aparente. Toda la historia se le estaba complicando hasta límites insospechados y hasta ahora no le veía sentido a nada.

—Ey—la llamó Hipo al verla tan absorta—. No te voy a dejar que cargues con todo tú sola, estamos justos en esto, ¿recuerdas?

Aquello le dio algo de esperanza a Elsa, aunque el fondo sentía que no podía hacerle cargar a Hipo con esos problemas, como si de una herencia familiar se tratase. Simplemente asintió con la cabeza para complacerle. El chico la tomó de la mano y la besó en el anillo como símbolo de aquella promesa silenciosa.

A veces Elsa no lo entendía.

No entendía de dónde había salido Hipo, con ese corazón suyo, ese del que hablaba Astrid. Cómo podía hacer uso de ese don de la ternura sin parecer un idiota. Porque Elsa solía sentirse así cuando mostraba sus sentimientos o con cualquier gesto que los relejara, como si Dios nunca le hubiese concedido el don de expresarlos. Y sin embargo, ahí estaba Hipo, con su extraño y natural cariño de desconocido y amigo, de confidente leal. Tal vez su sobrina no iba muy desencaminada, por mucho que Elsa llevase semanas en lucha por lo que sentía.

—Damas, caballeros y amigos—dijo el duque al cabo de un rato, reapareciendo en la fiesta con otra copa de vino.

Elsa e Hipo lo habían visto toda la noche con algo de beber en la mano, pero aun así parecía ser el único que no estaba borracho todavía.

—Antes de que quieran llevarse a sus hermosas esposas a las alcobas—bromeó con mal gusto—, quisiera invitarles a una última copa para hablar un poco de política y negocios, si nos lo permiten las señoras—añadió guiñando el ojo.

Hipo miró confuso a Elsa, sin entender esa última parte de la fiesta. El chico estaba exhausto y hasta mareado de tanto vino mal destilado y no entendía por qué iban a hablar de política precisamente ahora, cuando podían hacerlo perfectamente en la comida del día siguiente.

Elsa se acercó a él lo bastante para poder susurrarle prácticamente en el oído.

—Los nobles traen a sus hijos a esta fiesta para que se conozcan y se comprometan—le explicó—. Ahora es cuando todos están más felices, así que las mujeres se van con las más jóvenes a mentirles y decirles que sus nuevos maridos serán estupendos y los hombres se van a firmar papeles y hablar de idioteces.

—¿Pero no han dicho que iban a hablar de política?

—Todo es política aquí, Hipo—dijo resignada Elsa—. Supongo que también querrán hablar de lo que ha pasado en nuestro reino. Aunque no lo parezca, están realmente inquietos de que este asunto les salpique.

—¿Y tú te irás con las mujeres?

Elsa se rio ante la preocupación en su voz.

—Tranquilo, no te voy a dejar solo con esos estirados—dijo cansada—. Por suerte o por desgracia, yo soy una reina, a mí no pueden negarme la asistencia a estas reuniones y bueno—añadió—, aunque tú eres mi consorte, estarán encantados de que te unas.

Y tal como pronosticó Elsa, así fue.

Poco a poco la gran mayoría se fue retirando y todos los cabezas de familia se reunieron en una sala contigua donde corrió el licor a lo largo de una extensa mesa donde todos se sentaron. Hipo se sintió incómodo de inmediato, sobre todo porque todos empezaron a hacer uso de su vasto conocimiento en literatura, cartas náuticas de aquellas tierras, monedas cuyo valor no entendía e historias y chascarrillos de familias que jamás había oído nombrar. El vikingo no podía estar más fuera de lugar.

—Amigos, os he reunido esta noche aquí porque creo que el futuro de estas tierras está siendo amenazado por varios asuntos.

Hipo y Elsa se miraron, agradeciendo al fin algo de atención.

—Gracias a Dios—dijo entonces un noble que se alzó—, el mercado negro del sur está siendo un foco de fechorías y enfermedades que es hora de que tratemos.

Todos parecieron coincidir con él, así que Hipo y Elsa compartieron una mirada resignada y decidieron escuchar en silencio, mientras bebían de aquel asqueroso licor. Elsa jamás había bebido con los nobles, porque por lo general, que una dama como ella bebiera era una falta de educación. Sin embargo, estaba muy cansada de todos ellos y de beber el vino suave que tomaban las mujeres.

Alguno que otro le lanzó una mirada de reojo, pero se las guardaron para sí al ver que 'su marido' no le decía nada. Y es que Hipo ni siquiera se había planteado que él tuviera que decir algo al respecto.

Así pudieron pasar perfectamente la primera hora, hablando de gallinas, dotes de hijas, cambios de apellidos, títulos nobiliarios, granjeros irrespetuosos, enemigos del continente y otros temas que Hipo y Elsa encontraron de todo menos útiles. Por esta razón, hasta se sorprendieron cuando reclamaron su presencia, ya pasada la media noche.

—Querida prima—la llamó el duque—, quería también hablar del asunto de los dragones mágicos que citabais en vuestra carta.

Aquello despertó de golpe a Elsa.

—No son dragones mágicos—corrigió—, son un ejército de dragones liderados por un tirano. Dragones que por extraña razón no pueden morir.

Los nobles, hasta ahora riendo, se callaron de golpe ante sus palabras, amenazados además por el tono serio de Elsa.

—¿Y quién es ese tirano?

—Su nombre es Drago Bludvist—respondió Hipo—, hace menos de dos años también arrasó nuestras tierras en el archipiélago. Es un hombre muy peligroso y creo que deben tomarlo en serio. Nosotros mismos le infravaloramos y fue un error que costó muchas vidas.

Un escalofrío recorrió a Hipo cuando recordó cómo su padre estuvo a punto de morir en aquella batalla contra Drago.

—¿Y esas bestias de las que habláis? —preguntó un hombre de aspecto inteligente—. ¿De dónde han salido con el don de escapar de la muerte? ¿Vuestro dragón tampoco puede morir?

—Tonterías, no pueden existir tales demonios—negó el duque.

—Creemos que evaden la muerte por alguna razón—explicó Elsa—, aunque todavía estamos buscando la respuesta. Por eso requerimos de vuestra ayuda, tanto para hacerle frente como para buscar información de utilidad.

—¿Qué tipo de información?

—¿Cómo sabemos que ese hombre va a volver a estas tierras?

Hipo y Elsa se miraron, sin saber si podían confiar tal información.

—Creemos que quiere algo del bosque encantado—reveló Elsa, cauta—. Y tememos que, si lo encuentra, puede que se haga invencible.

Aquello levantó un gran revuelo general que alarmó de verdad a los reyes y nobles sentados sobre la mesa.

—Elsa, con todos mis respetos—dijo su primo, acallando al resto—. Ahora mismo no nos puedes garantizar nada y además nadie jamás ha podido cruzar la niebla del bosque encantado—explicó a los nobles de las tierras más lejanas—. Hasta qué punto puedes asegurarnos que enviar a nuestros hombres va a servir de algo y no va a tratarse de una masacre sin sentido. La vida eterna no está probada.

Hipo y Elsa se miraron, conscientes de que tal vez tenía algo de razón. Ellos se estaban moviendo por instinto y por la certeza de haber sufrido el impacto del terror de Drago en sus carnes. Sin embargo, no había nada certero que decirles a esos nobles para que se unieran a una lucha que no sentían suya.

—Sé que la vida eterna no está probada—Elsa se puso en pie y colocó ambas manos sobre la mesa, cubriéndola de una capa de hielo que hizo alejarse a los nobles—, pero la magia tampoco.

El silencio invadió la sala por completo, atrayendo todas las miradas en Elsa.

—No os pido que os unáis—alzó la voz entonces—. Solo que abráis los ojos y estéis preparados para lo peor. Si ese hombre consigue lo que quiere, no creo que Arendelle sea su objetivo final. Además, sabemos que está buscando a alguien en estas tierras, a un cazador de dragones para conseguir lo que quiere.

Todos se miraron, aterrados por ver la magia de Elsa tan de cerca y a la vez conmocionados por aquella amenaza.

—Reina Elsa—se levantó entonces el hermano mayor de Hans, el rey de los reinos del sur—, por los agravios de mi familia hacia usted, le declaro aquí y ahora mi lealtad a su lucha. No puedo prometerle nada, pero sí que peinaremos todo mi reino en busca del desconocido que buscáis y si es necesario luchar, mis soldados lo harán de su lado.

Elsa asintió, agradecida por su gesto y su promesa honorable. Aquello además instó a muchos nobles a hacer lo mismo, seguramente por miedo. En el fondo y aunque nadie quisiera decirlo en voz alta, si había una guerra con demonios que no mueren, su única opción era una reina mágica y un domador de dragones, aunque ambos pudieran parecer haber salido de un cuento de fantasía.

—Continuaremos mañana, caballeros—dijo al final su primo, agotado.

Aquellas palabras cerraron la reunión, no sin antes brindar una vez más por la salud antes de despedirse hasta la mañana siguiente.

Hipo y Elsa se tomaron del brazo y acompañados de varios sirvientes fueron guiados hasta su alcoba. Aquello les sorprendió, ya que no esperaban que fueran a ser 'vigilados' de aquel modo, imposibilitando su plan inicial de inspeccionar la biblioteca.

Nada más los dejaron solos, Hipo y Elsa se dejaron caer en la cama, más que exhaustos.

—No puedo más… —expresó Elsa.

—Es sin duda peor de lo que decías—coincidió con ella Hipo, masajeándose las sienes.

—Pues todavía nos quedan dos días más—dijo Elsa resignada.

—No sobreviviré— se quejó dramáticamente Hipo.

Ante aquello Elsa se rio, con la risa de quien no sabe si reír o llorar. Agotada.

—Claro que lo harás—lo alentó—. Además, con un poco de suerte nos iremos mañana cuando consigamos el libro.

Aquello pareció darle algo de consuelo a Hipo, aunque Elsa escuchó repetirse las palabras de su sobrina en su cabeza, que le decían que el duque no tenía intención de darles estos libros. Tal vez eran la única memoria de su madre y eran demasiado importantes para él. Sin embargo y a su pesar, Elsa no pensaba irse de allí sin ellos, aunque tuviera que robarlos o negociarlos con aquel hombre extraño.

Hipo se echó a reír entonces, sorprendiendo a Elsa.

—¿De qué te ríes? —preguntó la reina.

—De lo de las gallinas—dijo llevándose una mano a la frente, recordando la reunión—. No puedo creer que realmente un asunto urgente sea que una plaga de gallinas salvajes esté atacando las ovejas de su reino.

Elsa se echó a reír también al recordarlo, tal vez porque con el alcohol y el agotamiento, todo le parecía más y más absurdo.

—¿O cuándo le ha dicho lo de su hija? —añadió Elsa, cómplice.

—¿Lo de que le parecía bien el cambio por dos caballos y cuatro vacas? —preguntó Hipo con su sonrisa pícara—. ¿Por qué se reían? En mi tierra eso habría sido una ofensa.

Hipo y Elsa volvieron a reírse, cansados como nunca de tanto protocolo absurdo.

—Deberíamos desvestirnos—dijo entonces Elsa, incorporándose un poco en la cama, consciente de que no se habían quitado ni los zapatos.

—Caray, qué directa—dijo Hipo de broma, ganándose un manotazo de Elsa en el hombro.

Ambos se levantaron de la cama y comenzaron a desvestirse como buenamente pudieron, ya que iban algo afectados por el alcohol y la habitación estaba bastante oscura. Solo había una vela que se ve que las sirvientas habían encendido hace horas para ellos sin pensar que se retrasarían tanto, porque ahora no era más que un montón de cera derretida que luchaba por contener algo de luz.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —dijo entonces Hipo, luchando por quitarse la chaqueta de aquel traje, mientras Elsa se retiraba los pendientes.

—Claro, dime.

—¿Por qué le has dicho a tu primo lo del embarazo?

Elsa exhaló una sonrisa cansada cuando lo recordó.

—Le he dicho que quería los libros de cuentos para nuestro hijo—le explicó, quitándose también un collar que llevaba y las horquillas que sujetaban su pelo. No obstante, no se quitó el alfiler de Astrid, que le sujetaba la trenza—. Era la única excusa que se me ha ocurrido… No sé, a última hora cuando iba a contarle que tal vez escondan una profecía... me ha dado mala espina y he decidido mentirle.

—Ya, yo tampoco me fio de él—coincidió con ella Hipo, dejando la chaqueta sobre una silla y desabrochándose ahora el chaleco—. Pero te diré que espero no haberla fastidiado, porque estoy seguro que se me quedó cara de idiota.

Elsa se rio ante el comentario. Ella había estado tan impactada por la noticia de Hans que ni siquiera había visto la reacción de Hipo.

—Creo que nadie lo notó, aunque ojalá se me hubiera ocurrido otra cosa—maldijo Elsa, ahora peleando con los zapatos y las medias—. ¿Sabes cuánta gente me ha felicitado? ¿O me ha dicho que me pondré como una vaca? ¿O me han preguntado si iba a bautizar a nuestro hijo?

—¿Bautizar a nuestro? —fingió Hipo un gran escándalo—. Ni hablar.

—¿Cómo qué no? —le siguió la broma Elsa.

—No voy a bautizar a nuestro hijo—siguió defendiendo Hipo, ahora desabrochándose la camisa.

—Ni yo voy a tener un hijo que no esté en el reino de Dios—rebatió—. Mira, yo no soy muy religiosa, pero quisiera que mi hijo fuera al mismo cielo que sus abuelos.

—¿Y tú no irás a ese cielo? —inquirió curioso Hipo.

—Yo seguramente acabe en el infierno por bruja—rio, deshaciéndose del cancán que adornaba su falda y extrayéndose el vestido de terciopelo que la cubría, quedándose en camisón de lino y corsé.

Tal vez con otra persona le hubiese dado vergüenza verse tan 'desvestida' —aunque el camisón le llegara a los tobillos—, pero pensó que aquello no era muy distinto al resto de veces que Hipo ya la había visto en ropa de cama.

—Entonces allí nos veremos—se quitó Hipo la camisa con naturalidad, encontrándose con que no podía sacársela de los brazos.

A Elsa le salió la risa tonta al verle luchar con las mangas, sobre todo porque por mucho que luchara contra ellas, no se la iba a poder quitar hasta que se retirara los gemelos que adornaban las mangas de la camisa.

—Anda, no seas vikingo—le regañó—, ven aquí, que te ayudo.

Hipo obedeció resignado y se acercó a ella, colocándose la camisa de nuevo sobre los hombros.

—No entiendo la finalidad de esto—se quejó Hipo.

—Porque no la tiene—dijo tranquila Elsa, intentando retirarle aquellos objetos.

No obstante, entre la cercanía de Hipo, el alcohol y la oscuridad, se le hizo bastante complicado.

—No te muevas—le ordenó a Hipo.

—No lo estoy haciendo.

—Sí que lo estás haciendo.

—No lo estoy haciendo.

A ambos les volvió a dar la risa tonta, casi sin saber de qué se reían con todas las preocupaciones que se cernían sobre ellos. Sobre todo Elsa, ya que Hipo no tenía ni idea de la mitad de las conversaciones tan poco alentadoras que la reina había vivido a lo largo de la noche.

—Ya está—exclamó triunfal.

—Gracias.

Hipo volvió a alejarse de ella, colocando la camisa en la misma silla que la chaqueta y quedándose ahora en camiseta interior. Elsa entonces empezó a pelear con el corsé, ya que nunca solía llevarlos y siempre le era imposible quitárselo sin que el sudor empapara su frente.

—Por cierto—dijo el chico entonces, extrayendo algo de su bolsillo y haciendo que Elsa se volteara para mirarle—. ¿Sabes por qué algunas nobles me han dado pañuelos con sus iniciales? —preguntó confuso Hipo, pasándose una mano por la cabeza—. Sinceramente, no lo entiendo.

Elsa abrió los ojos de par en par, mientras en su rostro se dibujaba una enorme sonrisa de asombro que tapó con ambas manos.

—¡Hipo! —gritó asombrada y divertida—. ¡Oh Dios!

—¿Qué pasa? —preguntó confuso.

—¡Esas mujeres te han pedido que seas su amante!

—¡¿Qué?!

Elsa se echó a reír.

—Pero ¿cuántos te han dado? —preguntó sin poder creérselo.

—¿Cómo qué amante? —divagó Hipo, mostrando cerca de cinco pañuelos—. ¿Y qué hago ahora? ¿Se los devuelvo?

—Oh no, no—se apresuró en responder Elsa—. Si vas a devolvérselos significa que aceptas su oferta.

—¡Qué! —seguía sin poder entenderlo Hipo, con la expresión arrugada, sin ocultar su sorpresa—. Pero si estaban todas casadas…

—Bienvenido a la nobleza.

—Dioses—se limitó a maldecir Hipo—. ¿Y qué hago con ellos? ¿Cómo declino la oferta? Porque no he aceptado…, ¿verdad?

Elsa se sentía un poco idiota y mareada, pero llevaba mucho tiempo sin reírse tanto.

—No, tranquilo, no has aceptado—lo tranquilizó—. Que los hayas tomado solo significa un 'ya me lo pensaré'.

—Oh no, no hay nada qué pensar, te lo aseguro—afirmó Hipo, mientras se quitaba el cinturón y se movía nervioso por la habitación—. Ya tengo suficiente con lo que tengo. Dioses, éste me lo ha dado una señora que podría ser mi abuela.

—Qué idiota eres.

Estuvieron riéndose un rato más hasta que consiguieron recuperar un poco la compostura y comportarse como los dos adultos que eran.

—Bueno, voy a terminar de cambiarme en el cuartillo—indicó Hipo—, y así puedes cambiarte tranquila. Avísame cuando estés.

—Vale—asintió Elsa, que llevaba un rato luchando con el corsé—. Oye, Hipo—lo llamó antes de que se marchara—. Es tarde para avisar al servicio, ¿te importa ayudarme con una cosa?

Hipo se sonrojó de inmediato, pero asintió, acercándose obediente a Elsa.

—Es una tontería—se apresuró a explicar Elsa, abrumada por su cercanía—. Es un nudo… que no puedo quitarme.

—Ah, de acuerdo—aceptó Hipo.

Elsa se dio la vuelta entonces, recogiéndose la trenza a un lado. Hipo reconoció enseguida que llevaba puesto el alfiler que Anna y Astrid le habían pedido forjar para ella y lo invadió una extraña vergüenza.

—¿Sabes cuál es? —preguntó Elsa al ver que Hipo no se movía.

—Ah, sí, perdona—bajó a la realidad Hipo.

El chico tomó aire antes de poner sus dedos sobre aquella prenda, consciente de que la presencia mágica de Elsa lo ponía a temblar. Sin embargo, al cabo de un instante, tuvo que dejar los titubeos adolescentes y luchar de verdad contra aquel nudo.

—¿Puedes? —preguntó Elsa incómoda.

—¿Quién ha atado esto? —preguntó como negación, mientras seguía intentando quitar el nudo del corsé de Elsa.

—Lo sé, siempre lo aprietan demasiado—intentó relajar el ambiente Elsa, más que abrumada con aquella cercanía cálida—. Espera, intento ayudarte.

Elsa se llevó con dificultad las manos a la espalda, intentando ella misma aflojar el nudo sin mucho éxito, principalmente porque no llegaba bien a la zona. Sin embargo, no le pareció tan buena idea cuando se encontró con las manos de Hipo, también en aquella zona de su espalda. Así que las retiró deprisa y lo dejó hacer.

—Perdona, es que…

—Sí, tranquilo, hazlo tú mejor—se apresuró en añadir Elsa.

—Qué fuerza tienen los del servicio—siguió enfrascado en el nudo—. Podrían ser unas perfectas vikingas, salvo por lo bien que cocinan.

—¿No cocinan bien las mujeres de tu tierra? —preguntó Elsa, más por evitar el incómodo silencio que por buscar una respuesta.

—Nunca pruebes nada de lo que te dé Astrid—respondió Hipo, también nervioso por rozar aquella piel que se escapaba de la tela de su espalda.

—De acuerdo, no lo haré—dijo con una sonrisa tímida, recordando a la chica.

Si Elsa era pálida, más pálida era su piel allí donde no la tocaba el sol. Allí donde se encontraban el nacimiento de su pelo blanco y su nuca pálida de cisne. Allí donde Hipo sentía que manaba su magia, llamándolo. 'Por Thor, piensa con la cabeza', se gritó a sí mismo Hipo al sentirse tentado a besar aquella piel de leche que nacía de su cuello y terminaba donde los dedos de Hipo luchaban con un cordón de tela.

—Creo que lo he conseguido—anunció el vikingo aliviado, liberando a Elsa de la presión de aquella prenda.

—Gracias—dijo al volver a notar el aire entrar con normalidad en su cuerpo.

La chica se apresuró en voltearse de nuevo hacia Hipo, sujetando la prenda contra su pecho para que no le resbalara en el cuerpo ahora que se había desecho de aquel nudo del demonio.

Hasta ese momento Elsa no se había permitido ver a Hipo cómo lo veía ahora. El chico estaba más que sonrojado, con un cierto temblor que no era perceptible a simple vista. Observándola como la noche en la que se besaron. La reina no pudo evitar recorrer su rostro anguloso lleno de pecas en la oscuridad, bajando la mirada con pudor hasta su cuerpo que emanaba un maravilloso calor que llevaba toda la noche buscando con desesperación.

Sin embargo, lo que más la perturbaba no era la atracción física que sentía hacia él, sino la forma en la que él la miraba a ella. Elsa sabía que era hermosa y que muchos la deseaban, tanto hombres como mujeres. Muchos admiraban y temían su magia y otros cuantos sus rasgos fríos y su cuerpo pálido de doncella. No obstante, nadie la había mirado hasta ahora como la miraba el vikingo. Lo que veía en sus ojos era algo más que una admiración o un capricho.

Era deseo.

Un deseo cálido y abrasador, casi desesperado y en lucha. Porque Hipo Haddock no deseaba a una reina, a una bruja o una mujer hermosa. La deseaba a ella, a Elsa, con todo el dolor de su corazón y con toda la desesperación que le cabía en el cuerpo. Tanta, que estaba prácticamente temblando.

Y Elsa lo sabía. Y Dios sabe que por mucho que llevara reprimiéndose toda la vida, estaba deseando jugar con fuego.

—Yo… —expresó Hipo ronco y batallando—. Voy… te dejo que te cambies—consiguió decir, convencido.

Elsa no le contestó. No quería que Hipo se marchara. Estaba segura de que si lo dejaba ir en ese momento se moriría de frío. De un frío que nunca antes había sentido.

Echó valor y sin saber ni como dio un leve paso al frente, buscándolo.

Hipo no retrocedió, pero tragó saliva, topándose con la profunda y silenciosa mirada de la reina, con su respiración entrecortada y sus mejillas encendidas.

—¿Ti... tienes frío? —le preguntó el vikingo—. Estás temblando.

Elsa negó con la cabeza, perdiéndose en la mirada del bosque del chico. Y entonces por fin acalló las miles de voces que siempre había en su cabeza reprochándole todo.

Con simpleza, alzó los brazos hacia el rostro de Hipo y le acarició la cara, haciendo que el corsé que sujetaba resbalara de su cuerpo. Nunca se había permitido detenerse a mirarlo de aquella manera, como la noche que lo vio dormir junto al fuego. Y era tan guapo. Quizás hablaba el alcohol por ella, pero realmente el vikingo tenía una belleza muy particular que Elsa seguía sin explicarse. Ni por qué se sentía tan idiota cuando él le sonreía con aquel gesto torcido. O con los ojos dilatados y las mejillas encendidas, como en aquel momento. Con su boca entreabierta y su cálido aliento.

Hipo tragó saliva y sintió un escalofrío cuando las manos heladas de Elsa le rozaron la piel de su cara. Y entonces rezó a todos los dioses porque lo perdonaran, pero desistió en su idea de marcharse.

Tampoco pudo evitar mirarla, ya que al desprenderse del corsé quedó vestida solo con aquel camisón de lino que transparentaba su carne. Y no es que él luchara demasiado, porque al instante bajó los ojos allí donde nacía su pecho. Ahí donde la tela se le pegaba como una segunda piel a su carne blanca y rosada. Ahí donde estaba seguro de poder oler incluso la humedad de ella, que lo llamaba.

Hipo tragó saliva y dio un tímido paso hacia ella, imitádola y acunando con sus manos el rostro de ella. ¿Qué clase de ser era esa mujer? ¿Por qué no podía ni respirar al tenerla tan cerca? ¿Qué tipo de conjuro había lanzado sobre él? Lo peor fue mirarla a los ojos y descubrir que estaba destinado a perderse en ellos. Y en su tímida sonrisa pintada de rojo. Esa sonrisa a cuenta gotas que pocas veces mostraba, pero que iluminaba el mundo.

Hipo se inclinó sin tan siquiera pensárselo dos veces y embriagado por el cálido aliento de Elsa, la besó en los labios. Al hacerlo pensó que el mundo se desvanecía bajo sus pies y más cuando notó que Elsa le correspondía y lo invadía con su lengua cálida de vino y licor.

Y supo que estaba perdido. De hecho, ninguno pensó que estuviera tan desesperado por besar al otro hasta que se encontraron en esa oscuridad silenciosa.

Pero así era.

Porque de ninguna otra manera aquel beso tímido hubiese desembocado en una lucha por poseer la boca del otro, por adueñarse de hasta el último rincón desconocido.

Elsa no tardó ni un segundo en abrazarse a Hipo, desesperada por sentir ese calor suyo que tanto necesitaba y el chico, más que complacido de satisfacer cualquier cosa que ella le pidiera, la empujó con fuerza contra su cuerpo, maravillado por ese cosquilleo mágico que emanaba la piel de Elsa. Esa piel pálida de canto de sirena que le había nublado la razón.

Se besaron con torpeza mientras se acomodaban al tacto del otro. Como si aquel beso fuera una revancha antes de tiempo. Como si pudiera desencadenar en ellos todas las batallas del mundo y a la vez la única paz posible.

Elsa ni siquiera entendía cómo de repente su cuerpo estaba cálido, casi ardiendo ahí donde las manos de Hipo la tocaban. De hecho el vikingo la besaba con una desesperación muy poco propia de su carácter amable y Elsa, que jamás pensó que la pasión y la ternura pudieran alienarse, clavó sus dedos en la nuca del Hipo, como si así se asegurara que su suave lengua no la abandonara.

No se podían creer siquiera que aquel asqueroso vino dulzón que habían bebido en la fiesta pudiera saber tan bien en los labios del otro. Ni que la calidez de sus cuerpos fuera lo único que realmente necesitasen aquella noche de malos presagios.

Debían estar pensando lo mismo, porque temerosos de que el otro pudiera arrepentirse en cualquier instante, se besaron sin tregua. Incluso cuando hacían el esfuerzo de respirar volvían a la boca del otro y entrelazaban sus lenguas en aquella lucha extraña que habían emprendido. Sin embargo, empezó a no ser suficiente y cuando lo besos dejaron de saciarles, Hipo se lanzó a probar la pálida piel de la reina.

Elsa sintió vergüenza de su propia reacción cuando notó la lengua de Hipo lamer su cuello, estrechándola más y más contra su cálido cuerpo, ese que podía abrasarla. Sabía perfectamente que se iba a arrepentir de todo aquello, pero en ese momento deseó con todas sus fuerzas que Hipo no dejara de tocarla de aquella forma, con su lengua húmeda y aquellas ásperas y cálidas manos.

El vikingo pareció captar la indirecta enseguida, porque comenzó a moverse tímido por el cuerpo de ella a la par que besaba su cuello de cisne. Bajó las manos por su cuerpo, acariciándole la espalda y el vientre, guiado por los suspiros de la reina contra su oído.

Elsa estaba tan abrumada que hasta se atrevió a besar a Hipo en el lóbulo de la oreja, sin entender todavía muy bien cómo podía sentirse tan excitada cada vez que el chico suspiraba contra ella. No obstante, aquello no era comparable con su propia excitación y menos cuando Hipo comenzó a ascender la mano por su vientre pálido, aprisionándole un pecho por encima del camisón. Elsa nunca se imaginó a sí misma emitiendo un sonido como aquel, pero no pudo evitar gemir ante el contacto. Sonido que Hipo calló con un beso, mientras observaba complacido la respiración errática de Elsa.

El alcohol era bastante culpable de aquella ligereza y falta de decoro. E Hipo se dio cuenta de inmediato de que tal vez había cruzado el límite de lo permitido. Sin embargo, en vez de arrojar algo de cordura a la situación, Elsa bajó sus manos hasta el vientre de Hipo y le instó a que se quitara la camiseta.

Casi temblando y más que sorprendido, Hipo reaccionó obediente y se sacó la camiseta por la cabeza, despeinándose y consiguiendo que Elsa soltara una risa pícara.

Se miraron, sin saber por qué se sonreían como dos tontos. Tal vez estaban más borrachos de lo que creían.

No obstante, lo último que querían era hacerse preguntas, así que volvieron a abrazarse y besarse, esta vez con más calma, pero con la misma hambre. Hipo volvió a estrechar a Elsa con fuerza contra su cuerpo y la chica, complacida, empezó a recorrer con su tacto helado la piel de la espalda Hipo, que vibraba ahí donde ella lo tocaba. Había deseado en secreto tantas veces tocarla…

—Hipo… —lo llamó entonces Elsa, soltando una leve risa mientras se apoya en su pecho.

Al vikingo se le erizó todo el vello del cuerpo al oírla pronunciar su nombre de aquella manera, tan ronca por el deseo y a la vez con la risa fácil.

—¿Qué pasa? —preguntó él en el mismo tono, temiendo que tal vez hubiese incomodado a Elsa.

—Me voy a caer.

—¿Estas mareada? —preguntó preocupado.

Sin embargo, Elsa se echó a reír, escondiendo la cabeza en su cuello e indicándole con la mano hacia el suelo.

Hipo bajó la mirada, comprobando que Elsa tenía razón y que tenía el corsé que había dejado resbalar por su cuerpo enredado en los pies. La chica hizo amago de quitárselo moviendo un pie mientras se apoyaba en el vikingo, pero no obtuvo ningún resultado.

Hipo maldijo en su lengua algo prácticamente ininteligible mientras se reía y se agachaba para ayudarla. La reina se apoyó levemente en él para no caerse, clavando sus largos dedos en aquella espalda abrasadora que por alguna extraña razón quería incluso lamer. Le parecía simplemente perfecta, incluso cuando sus hombros estaban llenos de pecas o tenía marcas de cortes y algunas quemaduras. Elsa bajó entonces un poco los dedos, complacida al ver cómo su piel se erizaba, haciendo que a Hipo se le escapara incluso un gemido. El chico hizo uso de todo su autocontrol para desenredarle aquella cosa de los pies sin desistir en el intento. Por suerte, no tardó en liberarla con éxito, lanzando la prenda a un lado de la habitación.

—Como odio los corsés—anunció Elsa, acariciando la nuca de Hipo y enredando las manos en su pelo, como tantas veces había deseado hacer.

—Yo también—coincidió Hipo agachado todavía y apoyado en sus rodillas.

La reina iba a decir algo más cuando cualquier tipo de palabra murió en su boca ya que Hipo, desde aquella posición casi de súbdito, le levantó levemente el camisón y le dio un beso por encima de la rodilla, acallando cualquier pensamiento de la reina. Pero no se detuvo ahí, sino que siguió besando y lamiendo sus muslos, avanzando más y más por sus largas piernas, tanto que Elsa pensó que si no se detenía, se desmayaría. Hipo la miró entonces con sus brillantes ojos verdes casi negros, como buscando su consentimiento mientras le besaba el muslo. A Elsa el corazón le latía tan rápido que casi todos los sentidos se le enmudecieron, sobre todo el de la razón. Y aunque estaba prácticamente segura de que se desmayaría, no lo hizo, solo aceptó que iría al infierno cuando Hipo avanzó y la besó por encima de la ropa interior, comprobando con su lengua que Elsa estaba empapada de su propia humedad.

La reina le puso entonces las manos en los hombros y lo empujó, separándolo de ella e instándolo a que se levantara. Al vikingo ni siquiera le dio tiempo a sentirse culpable, porque Elsa lo empujó contra la cama, haciendo que se sentara con algo de violencia. Aunque tampoco tuvo tiempo ni intención de quejarse y menos cuando Elsa se acercó a él y volvió a besarle, subiéndose un poco el camisón para poder sentarse a horcajadas sobre él.

Sinceramente, Elsa se estaba dejando guiar por el alcohol y por una intuición tan antigua como la vida misma y lo supo en el mismo instante en que se sentó sobre Hipo y notó su erección.

Hasta ese momento había sido movida por los deseos de su propio cuerpo, como si aquella curiosidad se alimentara de un instinto que nacía de ella y que le nublaba la razón. Sin embargo, al notar la excitación de Hipo a través de la ropa, tan dura y caliente, comenzó a darse cuenta de que la inocencia se había marchado de ella para siempre. Y más cuando descubrió la placentera sensación de rozarse contra él y sentir cómo él se aferraba a ella, casi desesperado y suplicante cada vez que ella se movía.

El chico parecía incluso concentrado, con el gesto tenso mientras la estrechaba. Parecía estar luchando consigo mismo mientras tenía a aquella diosa sentada sobre él, con sus manos heladas rozándole la nuca. Elsa nunca lo había visto tan guapo y sin apenas dudarlo volvió a besarle, siendo correspondida de inmediato por Hipo, que acarició con sus ásperas manos la espalda helada de la reina por debajo de aquel camisón que le estaba claramente estorbando. Él tampoco había visto jamás así a Elsa, tan liberada y sin reprimirse nada. Tan poderosa. Y no es que tuviera nada que objetar al respecto, pero se sentía más que abrumado por ella, por el olor de su cuerpo, por su belleza y por aquella extraña atracción mágica, como si pudiera entregarse en cuerpo y alma si ella se lo pidiera.

En aquel instante aceptó que no podría negarle nada a aquella mujer que lo besaba con tanta hambre y a la vez con tanta curiosidad. El vikingo sabía que se iba a arrepentir el resto de su vida, pero no podía pensar con la cabeza y menos con la chica sentada sobre él, besándolo y moviendo la cadera contra su erección. Posiblemente Elsa solo estaba saciando la curiosidad de su propio deseo, pero Hipo pensó que se correría en los pantalones si la reina no le daba tregua, así que casi sin pensarlo la tomó por la cintura y se la quitó de encima, lanzándola contra la cama.

A Elsa le tomó por sorpresa aquella reacción, pero su cuerpo sintió una sacudida más que placentera, sobre todo cuando Hipo se posicionó sobre ella y comenzó a besarla de nuevo en el cuello, rozándose contra ella, embistiéndola por encima de la ropa y bajando poco a poco por su clavícula hasta el borde de su camisón, deseando probarla.

Elsa se dio cuenta de sus intenciones de inmediato y aunque una profunda vergüenza la invadió, se dejó hacer, sorprendida cuando Hipo volvió a aprisionar uno de sus pechos con sus manos, mientras jugaba y besaba el otro por encima de aquel camisón que por primera vez Elsa estaba deseando quitarse. Aquello era demasiado y la reina de las nieves se sintió arder ante aquella tortura, ante aquella boca que la lamía y la mordía por encima de la ropa.

—Espera—susurró Elsa al sentir un pinchazo en la cabeza, alzando la mano para quitarse algunos objetos que todavía adornaban su trenza.

Hipo se separó un poco, quedándose sin palabras cuando vio cómo todo el pelo de aquella mujer inundaba las sábanas como un manto de nieve blanca y le sonreía con esos gigantes ojos azules.

Sin duda Elsa podría haber vivido para siempre en ese instante. En esa maravillosa sensación de ser amada y deseada, hasta que buscó la mirada cómplice de Hipo y no la encontró.

De repente, el chico se había puesto muy serio y aunque seguía con una mano cariñosa sobre el muslo de Elsa, no se atrevió a moverse. Elsa se incorporó un poco en la cama al igual que él, algo abrumada por el efecto de la bebida y aquella sobrexcitación que jamás había sentido.

Y entonces lo supo.

Lo descubrió nada más seguir la dirección de la mirada de Hipo hacia aquel objeto sobre la cama que Elsa acababa de quitarse:

El alfiler que le había regalado Astrid.

Hipo se separó de ella en silencio, muy despacio. Se mordió el labio inseguro, sin atreverse a mirarla y acabó sentándose sobre el borde de la cama, dándole la espalda.

Ninguno se atrevió a decir nada.

Más bien tenían tanto que decirse que era imposible pensar un discurso coherente.

Elsa tragó saliva, sintiéndose de repente muy despejada, como si jamás hubiese probado ni una gota de vino en toda su vida. Quería decir algo, pero no sabía qué. Se sentía demasiado culpable y de repente también demasiado desnuda.

Moviéndose con gestos lentos, se bajó un poco el camisón y se recolocó una manga, acercándose al borde de la cama donde Hipo había hundido la cabeza entre las manos. Elsa se sintió muy violenta en ese instante, sin saber qué decir o hacer. Hizo amago de ponerle una mano en el hombro, pero no se veía con fuerzas para volver a tocar la cálida y desnuda piel de la espalda de Hipo.

—Lo siento… —articuló él, incapaz de mirarla.

—Yo también, perdóname Hipo.

Elsa no sabía cómo sentirse, como si una profunda desazón se le instalara en el cuerpo junto con una sensación de vergüenza. Se cruzó los brazos sobre el pecho y se encogió un poco para taparse, sin imaginarse que aquel rechazo por parte de Hipo la pudiera hacer sentir tan humillada y abochornada. Además, ahora que podía pensar con claridad se sentía más que violenta por la forma en la que se habían besado y tocado el uno al otro. La forma en la que se había rozado con él o cómo el vikingo había devorado su carne… De hecho, Elsa todavía podía notar la calidez de Hipo en su cuerpo, esa calidez que empezaba abandonarla y a cambiarse por un terrible frío en el corazón.

—Hipo, todo está bien…—intentó decir Elsa, ya que su silencio la estaba destrozando.

—No está bien, Elsa—respondió muy serio Hipo—, y lo sabes igual que yo.

—No volverá a pasar—juró Elsa férrea, acongojada.

—Eso dijimos la otra vez y mira.

—Hipo—intentó razonar Elsa—, esto ha sido un desliz tonto, posiblemente por el alcohol. No se va a volver a repetir, te lo prometo.

Sin embargo, Hipo no parecía muy convencido de su discurso, lanzándole una mirada de negación.

—Elsa, esto ha sido algo más que un desliz tonto—le reprochó—, y lo sabes perfectamente.

Aquella actitud molestó a Elsa.

Entendía su enfado, por supuesto, pero ella no era la única culpable.

—Lo sé—aceptó la reina—, pero no iba a llegar a más.

¿No iba a llegar a más? se preguntó a sí misma Elsa al mismo tiempo, consciente de que instantes antes estaba más que dispuesta a acostarse con Hipo, a que él la besara y la tocara ahí donde nadie la había tocado, a entregarse en cuerpo y alma a ese hombre.

Ahora, sin embargo, aquella posibilidad estaba a mil años luz.

Solo pensarlo la avergonzaba.

—Yo no estoy tan seguro, Elsa—dijo con un nudo en la garganta Hipo, que hasta se levantó de la cama y comenzó a pasear por la habitación en un intento de calmarse.

—Pues yo sí—mintió Elsa con falsa seguridad, sin saber por qué le molestaba tanto que Hipo pareciera sentirse ahora asqueado de haberla tocado—. Hipo, yo ya te dije que no tenía ningún interés en los hombres y mucho menos en ti. Nos hemos… propasado un poco, sí, pero no pienses que yo quisiera… dormir contigo.

Elsa se arrepintió de decir eso último en el mismo instante en que las palabras salieron de su boca, pero pensó que era lo mejor. Era la única forma de poner distancia real entre ellos. Sin embargo, Hipo le lazó una mirada fulminante, más enfadado y serio de lo que lo había visto nunca.

—Pues no lo parecía hace un instante—se quejó Hipo, retándola con la mirada.

—Eres tú quién me ha besado a mí—se defendió Elsa, agarrando del suelo parte de su vestido para cubrirse un poco.

—¿Cómo?

Hipo no se podía creer que Elsa realmente le estuviera echando a él la culpa de lo que había pasado entre ellos. Y menos que portara esa dignidad frígida que jamás pensó que vería en ella.

—¿En serio? —demandó incrédulo.

El vikingo se pellizcó la nariz, intentando gestionar la rabia que sentía. Simplemente se sentía idiota.

—Yo no te hubiese besado de ser de otro modo—remarcó Elsa, angustiada—. Además, estaba borracha.

—¿Qué? —no pudo ocultar su asombro Hipo—. ¿Ahora vas a hacerme creer que tú no querías besarme? ¿Qué no querías esto?

—No, no lo quería— reafirmó Elsa tajante, intentando controlar su sentimiento de culpabilidad.

—¡Qué! —abrió los ojos Hipo—. Esto es increíble.

Hipo empezó a pasarse las manos por la cabeza, sin saber cómo sentirse, incapaz de mirar a Elsa.

—Hipo, no pasa nada…

—Sí, sí que pasa Elsa—respondió inmediatamente, enfadado—. No puedes estar hablándome en serio.

Elsa tragó saliva, sin saber qué decir.

—Mira, entiendo que quizás nos hemos pasado con la bebida—intentó razonar el vikingo—, pero no me parece justo que me digas que tú no querías nada de lo que ha pasado.

Elsa estaba prácticamente temblando de vergüenza.

—Hipo, no sé qué te has podido pensar y lamento si me has malinterpretado, pero prometimos que no esto iba a volver a pasar y yo no quería…

Sin embargo, Hipo la interrumpió, enfadado.

—¡Dioses! Elsa, te he besado porque tú me has tentado.

—¡Qué! —dijo indignada y molesta por dicha acusación, poniéndose también en pie.

—Lo que oyes—respondió desafiante—. Yo no quería volver a besarte. De hecho, me iba a ir para dejarte sola, ¡Por Thor! Estaba dispuesto a volver a dormir en el suelo esta noche—dijo exasperado—. Pero eres tú la que me ha pedido que me acercara, que te ayudara…

—¿Y eso te daba derecho a besarme? —respondió igual de enfadada.

—¡Dioses Elsa! Pero cómo puedes ser tan hipócrita—perdió los nervios Hipo—. Vamos, no me digas ahora que se te cayó sin querer el corsé, porque los dos sabemos perfectamente que no ha sido así.

Elsa le cruzó la cara a Hipo, sin saber cómo sentirse. Jamás pensó que unas palabras pudieran hacerla sentir tan sucia. Ni tampoco que alguna vez le daría un guantazo a alguien como Hipo, porque en el fondo sabía que no se lo merecía. Simplemente ella era incapaz de cargar con aquella acusación, por muy verdad que pudiera ser. Se arrepintió, por supuesto, al instante de hacerlo. Sin embargo, no encontró ira o reproche en la mirada del vikingo, sino más bien confusión.

—Hipo… —lo llamó ante su impermeable silencio.

El chico le sostuvo la mirada un segundo y se llevó la mano a la mejilla. No obstante, no se quedó mucho ahí parado en aquel silencio de muerte y al instante se alejó de ella para empezar a recoger la ropa que se había quitado.

Elsa pensó que se echaría a llorar, sin saber cómo habían llegado a esa situación.

—Hipo espera, por favor—le pidió, acercándose a él.

Sin embargo, nada más tocarlo Hipo instintivamente se alejó de ella, casi en un acto reflejo. Elsa se abrazó ambas manos, casi temblando de ver que él había reaccionado de esa manera, casi como si la temiera.

—Hipo…

—Dilo de una vez—sentenció Hipo enfadado, poniéndose la camisa que se había quitado y mirándola muy serio.

—¿Qué quieres que te diga? —preguntó Elsa, intentando ocultar lo frágil que se sentía en ese instante.

—Lo sabes muy bien, Elsa—respondió calmado, pero con cierto rencor.

Pero Elsa no sabía a qué se refería. ¿Acaso quería que le dijera que le gustaba? ¿Que a lo mejor sí que sentía algo por él?

—No, no lo sé, Hipo—reafirmó Elsa, recuperando la compostura—. Por muy bruja que me creáis, no soy adivina.

Hipo negó para sí, enfadado con ella y dispuesto a marcharse.

—Estás jugando conmigo—afirmó Hipo, dolido.

Aquello terminó de cabrear a Elsa, que no entendía la actitud de victima que había tomado Hipo en aquella conversación.

—¿Qué yo estoy jugando contigo? —dijo dolida y enfadada—. Tú eres el que estás jugando conmigo Hipo. Yo no soy nada para ti y aun así me besas y me miras como si quisieras una vida conmigo, cuando en el fondo sé que te repugna—casi escupió, conteniendo sus poderes—. ¿Quieres que te diga la verdad? La verdad es que él único que está jugando con alguien eres tú con Astrid.

La cara de Hipo se contrajo en una expresión indescifrable mientras los ojos se le inundaban de lágrimas. Elsa esperó que le gritara o le echara algo en cara, pero eso nunca llegó. Al contrario, Hipo le habló más calmo que nunca:

—Te he visto cómo la miras ¿sabes? —dijo, interpelándola a los ojos—, y no soy idiota.

A Elsa se le encogió el corazón.

—No sé de qué me hablas…

—Lo sabes perfectamente, Elsa—respondió con la misma calma—. Creo que eres bastante lista para saberlo.

—Hipo…

—Por eso no querías que se lo contara—adivinó Hipo, limpiándose la cara con la mano, ahora más enfadado—. Y creo que eres muy egoísta.

Elsa se había quedado sin aire, incapaz de aceptar que Hipo se hubiese dado cuenta de sus sentimientos por Astrid. Intentó respirar con dificultad, sin saber cómo gestionar aquel cúmulo de emociones que sentía en ese momento.

—Mira, el único egoísta aquí eres tú—se defendió Elsa, al borde del colapso—. ¿Sabes qué te pasa? Que te crees mejor que el resto, pero eres igual de posesivo que todos los hombres—bramó, agarrando las pocas prendas que encontró y revistiéndose con ellas—. Y si tanto te importara Astrid como dices, ni te hubieses dejado casar, ni me hubieses besado, ni habrías estado a punto de acostarte conmigo hace un instante. Porque tienes razón, Hipo, y estoy segura que no lo hubieses dudado ni un segundo.

Elsa terminó de medio vestirse echa una furia, agarrando el alfiler de Astrid de encima de la cama y abriendo la puerta para marcharse, sabiendo que ya no podría controlar ni un segundo más sus poderes. Antes de cerrar de un portazo, se encontró con la cara de Hipo en la oscuridad, llorando en silencio. No obstante, no tenía valor para enfrentarse a sus propias palabras, así que cerró la puerta y se marchó.

.

La reina caminó por la oscuridad durante un tiempo incierto.

Elsa estaba tan ida que era incapaz de controlar sus sentimientos ni sus poderes, así que iba dejando un rastro de aire gélido allí donde pasaba, congelando candelabros, cuadros y tapetes de aquel laberinto de muros negros. Al igual que como cuando era niña, se abrazó a sí misma con fuerza, intentando calmarse sin conseguir ningún resultado. De hecho, sentía tanta presión en el pecho que pensó que se moriría. ¿Cómo habían llegado a ese punto? ¿Cómo había podido decirse esas cosas tan horribles? ¿Cómo había sido capaz de decirle lo de Astrid?

Lo peor es que estaba tan angustiada que ni le salía llorar. Solo consiguió soltar dos lágrimas heladas, pero nada más.

En el fondo, se sentía más idiota que otra cosa y no paraba de preguntarse cómo iba a poder volver a mirar a Hipo a los ojos. Primero, porque sabía que se había pasado en sus palabras, y segundo, por la forma en la que se habían entregado al calor de su cuerpo. Estaba tan confundida y sentía tanto tanto frío.

Hasta ese momento no fue consciente de que estaba prácticamente desnuda y descalza, caminando con el pelo suelto por la oscuridad de ese castillo. Si alguien la encontraba así, sin duda supondría un gran escándalo, pero tampoco sabía a donde ir en mitad de la noche y regresar a su habitación no le parecía la mejor de las ideas. Tarde o temprano tendría que enfrentarse a eso, pero la imagen de Hipo llorando en silencio había sido demasiado dolorosa y no se veía capaz de enfrentarlo y menos en ese estado. Se maldecía a sí misma una y otra vez, preguntándose cómo podía ser tan difícil expresar sus sentimientos sin sentirse tan frágil y vulnerable. ¿Cómo lo hacían el resto de personas? ¿Cómo podían expresar sus sentimientos sin sentir ese dolor que Elsa pensó que la mataría?

En ese instante apretó el gravado del alfiler de Astrid entre las manos y se lo llevó contra su pecho, como si pudiera sanarle aquel inmenso dolor. ¿Cómo había podido actuar así con Hipo? ¿Cómo podría perdonarla Astrid? Si es que la vikinga lo hacía algún día... Tampoco la culparía, porque sabía que lo que había pasado con Hipo era más de lo que muchos podían perdonar.

Sintió tanto frío en el corazón.

¿Por qué diablos la vida parecía negarle la felicidad de ser amada por alguien? ¿De verdad su destino estaba en ser la bruja solitaria que todos veían en ella?

Elsa tuvo que parar de regocijarse en su propio dolor cuando oyó el eco de unas voces. Sin darse cuenta se había alejado bastante de su habitación y aunque no conocía la inmensidad de ese castillo, sintió reconocer aquella zona, como si ya hubiese estado alguna vez allí. Se detuvo en seco sin saber qué hacer. Tal vez lo mejor era darse la vuelta antes de que alguien pudiera verla en ese estado. Sin embargo, la detuvieron unas palabras:

—Por favor, no puedo más…

A Elsa se le contrajo el pecho al oír aquella voz entre sollozos.

Era su sobrina.

Tragó saliva y contuvo la respiración, acercándose rápida y preparando su magia para atacar cuando el sonido de una segunda voz la detuvo:

—Cariño, vamos, solo un poco más—dijo cariñosa la voz del duque—. Es por tu bien.

Aquello la retuvo instantes antes de atravesar la puerta. Se quedó allí parada en la oscuridad, observando la luz que emanaba el bajo de la puerta.

—Papá, por favor… no puedo más—suplicó la niña llorando y jadeante, como si estuviera haciendo un gran sobresfuerzo.

Elsa no comprendía nada y lo peor es que no sabía qué hacer. ¿Debería llamar a la puerta y preguntar por su salud? Tal vez estaba teniendo una crisis o algo, sobre todo porque empezó a oírla vomitar con violencia. Se acercó a la puerta, titubeante, sin saber qué hacer.

—Tiene que bebérselo todo—dijo una tercera voz impasible.

Aquello fue más que suficiente para que Elsa se alejara de la puerta aterrada y se pegara contra el muro, por si acaso pudieran ver su sombra tras la puerta.

Esa voz… ya la había oído antes.

—Papá, por favor—volvió a suplicar su sobrina, con voz rota.

—Dijiste que iba a recuperarse—escupió entonces enfadado el duque sin el rastro cariñoso de antes, posiblemente hacia el otro hombre.

—Te dije que la mantendría viva—respondió el otro con calma—. Y esta es la única opción.

A Elsa se le había helado la sangre. Y más al escuchar la frialdad con la que hablaba aquel hombre. Ese mismo hombre que casi la había hecho vomitar en la fiesta mientras bailaban. Sin duda era su voz.

—Papá… no vale la pena—volvió a decir en llanto la niña, tosiendo.

—¿Por qué no está surgiendo…

Sin embargo, la voz del duque se suavizó entre susurros y Elsa tuvo que agudizar el oído para seguir escuchando, sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho.

—… cuando encuentre a la estrella blanca tu hija no tendrá que preocuparse de nada, pero ya te advertí que no iba a ser fácil—consiguió entender Elsa con esfuerzo lo que decía aquel viejo de sonrisa afilada—, ni barato.

—Papá…

—Lo que sea—dijo el duque con firmeza.

—Necesito más dinero, los ejércitos no se pagan solos ni las cacerías tampoco— relamió sus propias palabras en la musicalidad vil de su voz.

Cacerías, repitió Elsa en su cabeza.

No.

No se lo podía creer.

Casi soltó un grito de su propio terror al descubrir que aquel hombre de pelo albino y ojos claros debía ser el cazador que estaban buscando. El hombre que tanto deseaba encontrar Drago.

En ese momento dejó de escuchar, sintiendo que la cabeza le iba a explotar. Debía encontrar a Hipo cuanto antes y decírselo… Sin embargo, el ruido de la puerta al abrirse la hizo separarse corriendo del muro de la pared y esconderse tras una columna, rezando porque no la vieran.

—Volveré ahora mi amor—dijo el duque con cariño a su hija, cerrando la puerta.

Elsa sintió que su propio cuerpo se congeló, aguantando la respiración para no ser oída.

—Vamos a mi despacho.

—Detrás de usted, duque—dijo casi con recochineo aquel hombre.

Los rezos de Elsa debieron ser escuchados, porque ambos caminaron en la dirección contraria, dejándola a solas en la oscuridad de aquel enorme pasillo que se quedó en completo silencio.

Temblorosa, salió de detrás de la columna y se acercó cauta hasta la habitación, que además había quedado entreabierta. ¿Debía entrar? Sabía que debía salir corriendo a buscar a Hipo, pero en ese instante un sentimiento casi maternal la hizo mirar la puerta, donde todavía escuchaba los sollozos de su sobrina.

Y no se lo pensó.

Casi temblando agarró el pomo de la puerta, que se congeló al instante por su propio nerviosismo. Luchó un poco y lo abrió con cuidado.

—Lili… —dijo suave Elsa, como si hubiese pasado por allí por casualidad.

Sin embargo, la escena que se encontró hizo que perdiera inmediatamente la compostura y que la voz se le fuera del cuerpo.

Su sobrina estaba prácticamente en el suelo, cubierta de lágrimas y pálida como una muerta, mientras se retorcía de dolor. No obstante, lo más impactante no era verla así, sino ver que estaba vomitando sangre, tanta que casi todo el suelo a su alrededor y su ropa estaban manchadas con ella.

—¡Lilian! —gritó Elsa asustada, corriendo hacia ella.

La niña se asustó de inmediato, abriendo los ojos de terror al verla, haciendo que un vaso de cristal se le precipitara al suelo de entre las manos, quebrándose.

—Tía Elsa, ¿qué hacéis aquí? —preguntó aterrada.

Elsa no se lo pensó dos veces y se puso de rodillas a su lado, llevando las manos a su rostro para comprobar que estaba bien.

—Dios mío Lilian, ¿estás bien?

—Tienes que irte—suplicó la niña, agarrando a Elsa con las manos temblorosas—. Tienes que irte ya.

—No pienso irme a ningún lado y dejarte así—respondió con firmeza Elsa, agarrando a la chica para ayudarla a ponerse en pie.

No obstante, Lilian era incapaz de erguirse y Elsa apenas podía moverla. Se sintió frustrada y acongojada, sobre todo al notar cómo aquella sangre helada se le pegaba a los bajos de su camisón.

—Lilian, tienes que levantarte—pidió Elsa, agarrándola con fuerza—. Vamos.

—No—negó ella, con los ojos llorosos y suplicantes—. Tienes que irte ya, él va a volver.

Aquello alteró a Elsa.

—¿Quién va a volver? —preguntó, imaginando la respuesta—. ¿Te está haciendo daño ese hombre?

Lilian negó con la cabeza, sin parar de llorar.

—Tienes que irte—volvió a pedir, aferrándose a ella—, por favor.

Elsa la abrazó, sin saber qué hacer, mientras lloraba. En ese instante miró al suelo, donde el vaso de cristal se había hecho trizas. Y entonces un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Te está obligando a beber…? —preguntó Elsa, con una certeza que le atravesó el estómago.

La niña se echó a llorar y se apartó de Elsa, ocultando su rostro.

—Lilian—la tomó de los hombros Elsa, para que la mirara—. Te está obligando o no a beber esa sangre.

Su sobrina dudó, mordiéndose el labio temblorosa, hasta que asintió con vergüenza.

—Voy a sacarte de aquí—sentenció Elsa, poniéndose en pie decidida.

La reina de las nieves abrió la ventana de la habitación de par en par, limpiando el ambiente del nauseabundo olor a sangre y a vómito y dejando que al aire frío le aclarara las ideas. Iba a sacarla de allí costara lo que costara. Tal vez podía crear una rampa de hielo hasta el suelo…

—Mi padre no lo entiende—la detuvieron las palabras de la niña—, y tú tampoco, pero ese hombre es muy peligroso. Tienes que marcharte antes de que vuelva.

—No voy a dejarte aquí.

—Ni yo voy a permitir que te maten—dijo la niña con decisión, haciendo el sobreesfuerzo de incorporarse, apoyada en la cama—. Tú y tu esposo estáis en peligro—sentención sin un ápice de duda—. Y su dragón también.

Aquello perturbó a Elsa, sintiéndose terriblemente mareada.

No había duda. Ese hombre era el cazador de dragones.

—Ven con nosotros—pidió Elsa, acercándose de nuevo a ella y ayudándola a ponerse en pie.

—Eso solo os restará tiempo—dijo sin titubear—. Ve a la cómoda y saca un joyero que hay dentro.

Elsa no sabía qué hacer. ¿Cómo iba a dejarla allí?

—Por favor—pidió la niña.

Elsa asintió, confundida, acercándose a la cómoda y manchando de sangre el abridor. Con cuidado extrajo el joyero y lo abrió, aunque no le pareció que tuviera nada extraño.

—Tiene falso fondo—explicó la niña, sujetándose el estómago y aguantando las ganas de volver a vomitar—. Saca las hojas que hay y guárdalas en un lugar seguro.

Elsa trató de abrir el falso fondo, pero le temblaban demasiado las manos, así que derramó todas las joyas dentro de la cómoda y usando el alfiler de Astrid rasgó la madera hasta despegar aquel falso fondo. Al hacerlo, un grueso pergamino se desprendió del objeto.

—Lo escribió mi abuela para mí—dijo la niña, sin poder evitar que la sangre le resbalara entre los dientes al igual que las lágrimas—. Llévatelo, ese hombre lo está buscando.

—Pero Lilian…

—¡Hazlo! —le ordenó—. Por favor, vete ya. Iros antes de que sea tarde, todo ha sido una trampa—volvió a llorar—. Mi padre no sabe lo que hace y yo ya no puedo soportarlo más.

Elsa volvió hasta ella y la abrazó con fuerza, limpiándole las lágrimas. Fue entonces cuando la niña le puso una mano en el vientre, dejando una huella de sangre en su camisón de lino blanco.

—Por favor, ten cuidado—pidió—. Si a ti o a vuestro hijo os pasara algo yo no podría perdonármelo en la vida.

Elsa quiso morirse al escucharla, sintiendo que se le nublaba la vista y las lágrimas la invadían.

—Iros ya, no tardará en ir a buscaros—reveló entonces—. Le he oído hablar con mi padre y no esperará al alba. No confiéis en nadie y menos en papá—expresó temblorosa—. Yo estaré bien, te lo prometo, pero ahora debes irte.

Elsa sintió un nudo, pero asintió. Sin embargo, no podía dejarla allí sola a su suerte, desprotegida y moribunda.

—Te prometo que volveré a por ti—expresó, tomándola de la mano y entregándole para su sorpresa el alfiler de Astrid—. Por favor, ponte a salvo—pidió Elsa antes de marcharse—. Esto me lo regaló una persona muy importante, pero tú lo necesitas más que yo y sé que ella querría que lo tuvieras. Escóndelo y úsalo si lo crees necesario. Yo volveré a por ti, te lo juro por mi vida.

La sobrina se abrazó con fuerza a su tía como respuesta, pero se apresuró en separarse, consciente de que no había tiempo para eso.

Elsa se marchó entonces corriendo de la forma en la que había entrado, temblando y aterrada. Ahora sin embargo, iba además cubierta de sangre y con la desesperación de encontrar a Hipo antes de que fuera demasiado tarde.

.

Desde niño siempre le habían dicho cómo debía ser un vikingo.

Ser vikingo consistía en ser fuerte, impasible, heroico. Ser un conquistador de montañas, un guerrero, una roca que azota el mar con furia y aun así no se deja vencer. Sin embargo, Hipo Haddock nunca había sido un vikingo al uso. Al contrario, había sido el peor vikingo de la historia y aunque su fama de domador de dragones y descubridor de nuevas tierras le había dado el título de vikingo con honores, en aquel momento hizo lo que jamás debía hacer un vikingo: llorar.

Tampoco es que luchara contra ello. Al contrario, llorar casi era un consuelo ante aquella presión que sentía en el pecho. ¿Cómo podía haber metido tanto la pata? La sonrisa de Astrid le venía una y otra vez a la cabeza mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. ¿Cómo podía ser tan idiota? ¿Cuándo se había convertido en el tipo de hombre que él mismo odiaba? Su traición a Astrid le desgarraba el alma. Se sentía sucio y despreciable, como si hubiese cometido el peor de los crímenes. Y lo peor era que su discusión con Elsa lo había hecho despertar del limbo y tras un rato llorando sin consuelo, pensó que tal vez la reina tenía razón y él la había malinterpretado.

Y aquello le destrozó el corazón.

No solo por sentirse rechazado, sino por aceptar que todo lo que había entre él y la reina no era más que una fantasía en su cabeza.

Lloró durante mucho rato hasta que incluso se recostó en la cama. No sabía si Elsa pensaba volver o no, pero no tenía intención de ir a buscarla. Sus últimas palabras las había escupido con tanto odio hacia él que pensó que jamás podría perdonarla. Una cosa era que él se hubiese equivocado y otra muy diferente que ella quisiera humillarlo. ¿Dónde había quedado la mujer amable, divertida e inteligente con la que había compartido tantas noches en vela entre libros? ¡Dioses! Si hasta se había quedado dormida en sus brazos la noche de su encuentro con Lena, por no hablar de otras muchas noches que habían compartido cama. ¿Cómo de repente podía parecer odiarlo? Hipo se sorbió la nariz y se abrazó a sí mismo, destemplado y entumecido de frío.

Fue entonces cuando oyó los pasos de alguien junto a la puerta. Al instante pensó que debía tratarse de Elsa, aunque le extrañó que con lo orgullosa que era hubiese regresado tan pronto. En ese aspecto se parecía un poco a Astrid. Sin embargo, tuvo un mal presentimiento y más cuando oyó una especie de murmullo silencioso que en absoluto pertenecía a la chica.

Casi sin pensarlo se incorporó sin hacer ruido y se escondió bajo la cama, justo antes de que la puerta se abriera. Si hubiese sido la reina, habría hecho un gran ridículo, pero hasta aquello le pareció mejor idea cuando comprobó que su instinto no le había fallado y no se trataba de ella.

—¿No están? —dijo una voz de hombre.

—Tal vez nos hemos confundido…

Hipo aguantó la respiración, comprendiendo que hablaban de él y Elsa. Era irónico, pero sintió una enorme alegría de que nos los hubiesen encontrado desnudos y durmiendo, sino enfadados y con Elsa fuera de aquella habitación.

—No lo entiendo, deberían estar aquí.

A Hipo se le heló la sangre al oír la voz del duque.

—¿Y dónde diablos están? —gritó entre susurros otro hombre, que entró en la habitación.

El vikingo oyó cómo los pasos se movían por la habitación y trasteaban entre sus cosas. Se maldijo a sí mismo por haberse dejado a inferno tan lejos, perdida entre el resto de sus cosas. Fue entonces cuando sintió puro terror al notar como se acercaban a la cama.

—Todavía está caliente—dijo el hombre de voz gruesa—. No deben haberse ido hace mucho.

Hipo solo le vio el calzado, pero para su sorpresa no le pareció el de un noble. Y lo peor es que la posibilidad de que lo encontraran allí le pareció más que asegurada. La sombra del hombre se agachó mientras el vikingo contenía la respiración, pávido.

—Creo que sé dónde pueden estar —dijo el duque, haciendo que el hombre se incorporara antes de mirar bajo la cama—. Mi prima me había pedido el libro de mi madre…

—La biblioteca—adivinó el hombre—. Vamos.

La puerta se cerró tras ellos con un gran estruendo. Pese a saber que ya no estaban, Hipo tardó un rato en reaccionar en la oscuridad. Solo por si acaso.

Con cuidado de no hacer ruido, salió de debajo de la cama y miró a su alrededor, comprobando aliviado que estaba solo. Sin pensar, agarró a inferno de entre sus cosas y se la calzó en el cinturón.

No entendía qué estaba pasando, pero sin duda aquello no era una buena señal. Recordó entonces aquella lejana conversación que tuvo con la reina en su día, sobre cómo los nobles solían matar a otros nobles mientras dormían. Y entonces supo que daba igual lo que estuviera pasando, lo importante es que los querían muertos. Y lo primero que pensó, aterrado, fue en Elsa.

Y en que Astrid tenía razón.

Todo aquello había sido una trampa.

.

Elsa corrió por los pasillos como alma en vela, más despierta que en toda su vida.

No había sido consciente de lo mucho que se había alejado hasta que comenzó a seguir el camino de hielo que había dejado a su paso. Aunque la alivió poder seguir su rastro en las paredes, temió que esto mismo pudiera delatarla, por lo que se apresuró en retirar estas marcas mientras corría, agradecida de que sus pies descalzos apenas hicieran ruido.

Sabía que no debía estar demasiado lejos de la habitación, pero tenía tanto miedo de que algo pudiera haberle pasado a Hipo que hasta le costaba respirar. Tuvo que detenerse en varias ocasiones, ya que algunos sirvientes parecían hacer guardias por el pasillo. No obstante, se las arregló para despistarles, aunque le supusiera tomar caminos que nunca antes había tomado. Se sintió perdida, pero el reflejo de la luna en las ventanas la ayudó a situarse y orientarse por ese laberinto oscuro y repetitivo de pasillos.

Un ruido la alertó justo cuando iba a cruzar un recoveco, haciendo que se pegara contra un muro para evitar ser vista por unos hombres que patrullaban. Elsa contuvo el aliento, esperando que se marcharan, cuando:

—Alto ahí.

Una luz la apuntó con un candelabro y aunque sabía que no estaba bien, se preparó para congelar al susodicho, decidida.

—¿Reina Elsa?

Elsa se apresuró en bajar las manos al ver su cara de terror. No sabía si se debía al hecho de que podría haberlo matado o simplemente porque estaba prácticamente desnuda y cubierta de sangre.

—Teniente…—dijo aliviada al verle.

—¿Qué os ha pasado majestad? —preguntó preocupado, con los ojos abiertos.

—No tengo tiempo para explicaciones—dijo controlando los nervios—. Este sitio no es seguro, debes sacar a toda nuestra gente del castillo inmediatamente y llevarla de nuevo a Arendelle. Yo me reuniré con vosotros lo antes posible.

—Mi reina… —dijo angustiado.

—No hay tiempo, confío en vos—se despidió Elsa, aprovechando que el pasillo volvía a parecer libre de guardias.

El teniente asintió decidido mientras se marchaba en la otra dirección, corriendo y obediente.

Elsa siguió corriendo por los pasillos hasta que llegó a la habitación y entró sin llamar, alterada. Sin embargo, Hipo no estaba allí y un profundo terror la invadió.

—No, no, no…

Sabía que debía pensar con claridad, pero no podía. Hasta el suelo de la habitación comenzó a congelarse bajo sus pies. No obstante, no se quedó plantada allí sin hacer nada, sino que corrió a tomar una bolsa donde guardó el pergamino de su tía, una bolsa de oro y una manta. Agarró también algo de comida de un frutero y se colgó la bolsa, consciente de que no podía huir como aquella primera vez cuando descubrieron sus poderes.

Al menos esta vez debía prepararse para lo peor. Con paso rápido salió de la habitación hacia el pasillo cuando tropezó de lleno con alguien.

—¡Elsa!

Elsa podría haberlo matado del susto, pero ni sus poderes tuvieron tiempo de reaccionar cuando los brazos de Hipo la rodearon con fuerza, estrechándola contra sí.

—Oh Dios mío—le correspondió ella de la misma manera, con un profundo alivio—. Gracias a Dios que estás. Tenemos que salir de aquí, ya.

Hipo asintió, aunque al separarse de ella palideció al verla.

—Dioses, ¿qué te ha pasado? —dijo preocupado—. ¿Estás bien? Tú primo y otros hombres han venido a buscarnos para matarnos.

—Tenemos que irnos ya—fue concisa, aferrándose a él—, nos ha encontrado. Tenemos que irnos.

—¿Qué? —la sujetó Hipo e un intento de que Elsa se calmara— Él, ¿quién?

—El cazador—dijo sin temblar—. Está aquí y va a por tu dragón, tenemos que salir de aquí y encontrarle antes de que sea tarde.

Aquellas palabras se clavaron como un puñal en Hipo.

—Vamos.

Corrieron por los pasillos sin echar la vista atrás.

Se tropezaron con una doncella, pero ni se molestaron en ocultarse, solo corrieron y corrieron por aquel laberinto. Por supuesto, salir por la entrada principal era más que imposible, así que antes de que la mujer diera la voz de alarma, Elsa instó a Hipo para que salieran por una ventana.

—¿Dónde crees que está tu dragón? —preguntó Elsa calculando la distancia al suelo desde allí arriba.

Por la ventana entraba un frío gélido de invierno que haría temblar incluso a un oso pero aun así, Elsa ni se inmutó. Lo cual era casi aterrador, sobre todo al ir descalza y medio desnuda.

—Le pedí que se ocultara en el bosque, al norte.

Elsa asintió, mirando en aquella dirección y haciendo uso de su magia para crear un pasaje de hielo de aquella ventana del tercer piso al suelo. Hipo asomó la cabeza, asombrado y aterrado ante aquel camino vertical de hielo mágico. A veces todavía le costaba creerse que se hubiese casado con una mujer mágica con poderes que escapaban a toda lógica.

—¿Confías en mí? —le ofreció su mano Elsa al ver las dudas en Hipo—. Créeme, es más fácil que volar.

Hipo hizo amago de sonreír y la tomó de la mano, decidido.

Cuando tocaron suelo, lo hicieron con más brusquedad de lo que la reina hubiese calculado. El hielo estaba más inclinado de lo que parecía y se volvió demasiado resbaladizo. Tanto, que por poco se destrozan las rodillas a la caída con el suelo.

—¿Estás bien? —preguntó Elsa, levantándose.

—Soy un adicto a la adrenalina, sobreviviré—respondió Hipo todavía temblando de la impresión.

Y de frío.

Se ayudaron a ponerse en pie algo torpes, temblando de nerviosismo. Entonces Elsa alzó la mano y con un gesto de muñeca redujo a mil pedazos aquella línea de hielo por la que habían bajado, haciendo que el viento se llevara la nieve como un soplo de arena en el desierto.

—Vamos.

Ambos volvieron a echarse a correr, esta vez en dirección al bosque. La sangre les bombeaba caliente en los oídos e Hipo, temeroso de que algo pudiera sucederle a su amigo, avanzaba casi sin respirar de la ansiedad.

—Por aquí—le indicó a Elsa.

Él y su dragón habían acordado un lugar seguro donde reunirse.

Un lugar que ambos habían pactado antes de ir al castillo, motivo por el cual casi habían llegado tarde. Se trataba de un lugar alto, encima de la montaña que rodeaba el valle sobre el que se anclaba el castillo. Era un sitio bastante frondoso y rocoso, por lo que era perfecto para ocultarse con facilidad. Además, si Hipo o Elsa estaban en peligro, el furia nocturna podría descender con rapidez aprovechando la caída sin tener que forzar la cola mecánica, así que les pareció el plan perfecto.

Claro está que Hipo nunca pensó que fuera el propio dragón quien estuviese en peligro, por lo que subir a buscarle en mitad de la noche por una montaña de vegetación frondosa era la peor de las pesadillas.

No obstante, ni a Elsa ni a él se les pasó por la cabeza rechistar. Estaban demasiado preocupados como para quejarse. Lo único que podían pensar era que tenían que salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. Pero seguir aquel paso frenético que llevaban era imposible y al rato dejaron de correr y se pararon un segundo a tomar aire.

—No se ve nada entre los árboles—apuntó Elsa, apoyada en un árbol y agradecida del duro entrenamiento que Astrid le había dado.

—Mejor, así tampoco nos verán a nosotros—declaró Hipo, que momentos antes había dudado si encender a inferno o no.

No solo por iluminar un poco aquel camino de matojos, sino por entrar un poco en calor.

—¿Qué va a pasar con tu gente? —añadió entonces, preocupado.

—He avisado al teniente—dijo no muy esperanzada—. Recemos porque puedan salir a tiempo.

Hipo asintió, nervioso.

—Sigamos.

Caminaron un poco más al ritmo al que le permitían sus piernas hasta que llegaron a un claro del bosque. Hipo les pidió detenerse para orientarse, ya que temía que se estuviesen alejando del lugar acordado. Fue entonces cuando supo que algo no andaba bien.

—Tenemos que llegar cuanto antes a Arendelle… —dijo Elsa, comenzando a ser consciente de que habían huido del castillo del Duque en plena noche porque su primo había atentado contra su vida.

Eso y que el cazador que buscaba Drago estaba en aquellas tierras.

Y lo peor, que había bailado tomada de la cintura con él, con ese hombre siniestro de larga dentadura. Sentir cómo sus manos habían estado tomadas durante el baile le puso la piel de gallina.

Hipo no le respondió y a su segundo intento de entablar conversación con él el chico la calló con un gesto discreto, llevándose un dedo a los labios mientras miraba preocupado a su alrededor.

Aquello bastó para que los poderes gélidos de Elsa llamearan en sus manos, alerta. En ese instante y casi como una premonición, dos sombras enormes taparon la luz de la luna, haciendo que Hipo desenfundara a inferno y se pegara contra Elsa.

—¿Es…? —preguntó la reina esperanzada al oír un graznido de dragón.

—No—sentenció Hipo, empujándola al suelo justo cuando una ráfaga de fuego cayó sobre ellos.

Elsa tardó un segundo en reaccionar, confusa por el golpe y el peso de Hipo sobre ella, además del inmenso calor del fuego sobre sus pies. No obstante, el propio Hipo la sacó de aquella confusión al levantarse de golpe y ofrecerle su mano para que reaccionara.

—¡Corre!

Ambos echaron a correr por el bosque entre los árboles, sorprendidos una y otra vez por una lluvia de fuego que incendió el bosque en apenas segundos. Elsa trató de apagar aquellas llamas con su magia, pero al cabo de un rato aceptó que era imposible y simplemente se sumó a correr tras Hipo.

—Mierda—blasfemó Hipo, parando en seco y chocando con Elsa—. Es una trama.

Elsa coincidió con él a ver que, huyendo del fuego, habían vuelto a parar al mismo claro donde había empezado esa pesadilla. La reina sin embargo no tuvo tiempo de decir nada, porque en ese momento del cielo descendieron dos dragones enormes de rasgos afilados como dos escorpiones, quienes les cerraron el paso.

Hipo irguió su espada de fuego, observando con meticulosidad a aquellos dragones cuya especie jamás había visto. Además, ambos llevaban un extraño collarín cuya invención no debía ser otra que humana.

—Su majestad…—dijo entonces una voz entre las llamas—, qué desfavorecida estáis sin vuestras galas.

Elsa se tensó al oír de nuevo aquella voz envenenada. La voz del hombre del baile y el extorsionador de su sobrina. Una voz que sonaba a depredador. La voz de un cazador acechando a sus presas.

—Una pena, pensé que erais de esas mujeres que siempre lucen como reinas —añadió mientras se habría paso entre el fuego—. Vaya, si os acompaña además vuestro maridito, el maestro de dragones.

Elsa se pegó a Hipo al oírle, como si necesitara proteger al vikingo de aquel hombre.

—¿Quién eres y qué quieres? —preguntó Hipo sin que le temblara la voz en su propia lengua.

Puede que Elsa no lo hubiese notado al oírle, pero para Hipo estaba más que claro que aquel hombre no pertenecía a ningún reino del sur. Sin duda era un vikingo y por el deje en su voz debía pertenecer a las zonas baldías del archipiélago.

—Caray, para ser tan enclenque tienes los mismos modales que tu padre—se rio el hombre, hablando en la lengua de los vikingos y sacando de su cinturón una pequeña daga con la que empezó a jugar.

A su alrededor empezaron a aparecer varias sombras que hicieron que Hipo y Elsa se miraran inquietos.

—Solo quiero negociar, no me gustaría ensuciarme las manos—añadió tranquilo.

—¿Y qué quieres? —preguntó Hipo.

El hombre sonrió, mostrando una gran hilera de dientes sobre su mentón.

—Tu dragón—respondió con simpleza.

—Entonces creo que no nos vamos a entender—dijo Hipo irónico, intentando ocultar su nerviosismo.

—Una lástima—comenzó a caminar mientras algunos hombres los rodeaban—. Estaba dispuesto incluso a perdonarle la vida a tu esposa y a ese demonio que engendra, pero en fin, supongo que a los Haddock no se os da bien eso de conservar con vida a vuestras esposas.

Aquel comentario hizo que a Hipo le hirviera la sangre y de no ser por la mano de Elsa sobre su brazo, no habría dudado en lanzarse sobre aquel demonio. Sin embargo, lo último que podían hacer era perder los papeles.

—Deberías hablar menos si quieres conservar tu vida—habló Elsa por los dos—. Creo que todavía no sabes a quien te enfrentas.

Aquello hizo que el hombre se echara a reír y que un eco de risas se desplegara a su alrededor a la par que los dragones avanzaban hacia ellos.

—Perdonadme su majestad—dijo intentando calmarse—, nunca pensé que la bruja de las nieves tuviera tanto sentido del humor.

—Mi dragón te arrancará la cabeza tan pronto nos pongáis un dedo encima—añadió Hipo muy serio.

—¿Tu furia nocturna? —se calmó entonces, escrutando con frialdad a Hipo—. Es demasiado inteligente para arrancarme la cabeza si eso hace que os maten—dijo tranquilo—. Llevo años cazando uno a uno a todos los furias del archipiélago. Los conozco bien, sé cómo actúan.

Oír aquella revelación hizo que a Hipo se le viniera el mundo encima.

No podría estar hablando en serio.

—Tu dragón pertenece a una camada que maté hace años—explicó con naturalidad—. Su madre debió ocultarlo. Desde entonces lo llevo buscando—sentenció—. Un reto personal de más de veinte años, el sueño de todo cazador. ¿Sabe tu padre el gran Estoico exterminador de dragones que su hijo monta uno? Debe sentirse bastante decepcionado.

—En Berk ya no se cazan dragones.

El hombre gruñó.

—Qué desperdicio que los rumores sean ciertos—se encogió de hombros—. Bueno, se acabó esta preciosa charla.

Al decir esto, el sonido de varias cuerdas tensándose llenó el ambiente.

—¿Dónde está el dragón? —preguntó serio, haciendo desaparecer toda cordialidad.

—No pienso decírtelo—negó Hipo, alzando a inferno.

El hombre suspiró, levantando de repente una ballesta en dirección a Elsa.

—Se acabaron las tonterías—decretó—. Lo voy a encontrar me lo digas o no, pero no quería tener que matarla a ella.

—Pues antes muertos que dártelo—escupió envalentonada Elsa, creando en sus manos una espada de hielo.

El hombre abrió los ojos de repente, fascinado y temeroso, como si hasta ese momento no hubiese creído realmente que los rumores fueran ciertos y que aquella mujer tuviera poderes.

—Como deseéis, bruja.

Con un simple chasquido de dedos, una veintena de flechas salió volando en dirección a ambos. Elsa, con la magia a flor de piel, congeló con violencia las flechas antes de que estas pudieran ni tan siquiera rozarles, pero instantes después cerca de diez hombres se abalanzaron sobre ellos a golpe de espada.

Hipo se había visto en peores situaciones que aquella, pero nunca sin su dragón cerca. Tras la primera impresión de ver caer las flechas a su alrededor como pesos muertos, alzó su espada para hacer frente a los hombres que se abalanzaron sobre ellos. Hipo nunca había sido un excelente vikingo, pero con los años se había vuelto muy ágil con la espada. Claro que luchar contra más de cinco individuos a la vez no era tan fácil y menos con el temor de que pudieran matar también a Elsa. Agradeció ver que al menos ella parecía desenvolverse bien con la espada, así que en cuanto se quitó de encima a varios de ellos, salió en busca del cazador. Sin embargo, antes de llegar a él, los dos dragones se interpusieron en su camino, lanzando una llamarada que lo hizo retroceder.

Hasta ese momento, Elsa nunca había contemplado la opción real de vérselas cuerpo a cuerpo con la muerte. Y aunque el entrenamiento de Astrid daba sus frutos, aquello no era un ejercicio más y lo supo en cuanto uno de los hombres la agarró del pelo y la lanzó con violencia contra el suelo. Nunca supo si alguna vez con sus poderes había matado sin querer a alguien, pero en aquel momento, cuando aquel hombre se abalanzó sobre ella para matarla, no lo dudó ni un instante. Pensó que jamás sería capaz de hacer algo así, pero hundió su espada de hielo en su abdomen y lo atravesó con un sonido que le heló la sangre.

Cuando la mirada de aquel desconocido se petrificó con la muerte, Elsa supo que jamás sería la misma. No obstante, apenas tuvo tiempo de asimilarlo cuando vio cómo Hipo estaba siendo acorralado por fuego de dragón. Con un movimiento de muñeca, apagó el fuego y se levantó en su búsqueda para ayudarlo, sin embargo, alguien la golpeó por la espalda, haciendo que volviera a caer al suelo. Se giró antes de ser destrozada por un hacha, que se clavó con violencia en la tierra. En apenas un acto reflejó, Elsa puso una mano en el suelo, congelando el hacha y el brazo de quien intentaba sacarla. Un grito desgarrador salió del hombre.

—¡Puta bruja! —exclamó mientras se agarraba su brazo petrificado con la otra mano—. Te voy a matar.

Elsa tragó saliva, alejándose de él a rastras. Sin embargo, el hombre la agarró del tobillo.

—No vas a escapar, hija de puta—escupió con violencia.

—Por favor… —pidió Elsa, intentando zafarse de aquel agarrare.

—Te vamos a quemar viva en la hoguera, furcia.

Elsa estaba aterrada, no de aquel hombre, sino del odio en su mirada.

—No quiero matarte… —siguió luchando Elsa por que la soltara, pataleando con fuerza.

En ese instante otro hombre se echó sobre ella, agarrándola del cuello para estrangularla y haciendo que se golpeara en la cabeza contra el suelo.

—Para ser una bruja eres más bonita de lo que imaginaba—dijo sádico—, quizás podemos hasta divertirnos.

Elsa quiso vomitar cuando notó cómo el hombre pegaba su cuerpo al de ella y entonces decidió que no valía la pena estar reprimiéndose más y compadeciéndose de quienes querían matarla. Los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas por la falta de aire, pero aun así consiguió llevar sus manos hasta las manos de su opresor.

—Así me gustan, las que pelean… —dijo con recochineo.

Elsa hizo un amigo de risa y con solo alcanzar con sus dedos aquellas manos, congeló al hombre en una ráfaga. Su última mirada fue de puro terror, pero no se quedó allí durante mucho, porque Elsa se aferró aquellas manos de hielo que la tenían presa y con un movimiento seco todo el cuerpo de hielo de aquel hombre se partió en mil pedazos.

El otro hombre, el que estaba atrapado junto a su hacha empezó a gritar mientras Elsa se ponía de piel y creaba una espada en su mano.

—Creo que una hoguera no será suficiente… —dijo Elsa cabreada en respuesta a aquel hombre que también había intentado matarla.

Nunca se imaginó a si misma matando a sangre fría, pero por alguna extraña razón se vio capaz de hacerlo sino fuera porque escuchó la voz del cazador a su espalda.

—Será mucho más fácil que eso, querida—dijo, haciendo que Elsa lo mirara.

Al hacerlo, el terror la invadió al ver que otro hombre tenía a Hipo sujeto y con una daga sobre su cuello.

—Suéltalo ahora mismo—indicó sin que le temblara la voz.

—Dinos dónde está el dragón—regateó el cazador, con una sonrisa.

—Elsa, no—pidió Hipo.

Elsa no sabía qué hacer, todo aquello le parecía irreal. Se sentía entre la espada y la pared y no podía creer que no hubiese más opción. Ni siquiera sabía dónde estaba Desdentao, pero no podía permitir que algo le pasara a Hipo.

Jamás podría perdonárselo.

—No sé dónde está—dijo con sinceridad, intentando sonar autoritaria mientras buscaba la mirada de Hipo, que negaba en silencio.

—Ay, los matrimonios de conveniencia… —se llevó una mano al puente de la nariz el cazador, irónico—. Había olvidado el poco valor que tienen. Matadlo.

—¡No! —gritó Elsa de puro terror, dando dos pasos hacia adelante.

Aquello bastó para sacarle una sonrisa al cazador, quien le hizo un gesto al otro para que no lo matara. A Elsa le temblaban las piernas de nerviosismo y el corazón se le iba a salir del pecho cuando vio que aquel hombre largo y cínico se le acercaba, como un depredador.

—Vaya, vaya… así que finalmente sí que podremos negociar—dijo tranquilo, acercándose a Elsa.

Hasta ese momento, Elsa no había recordado lo desnuda que estaba y la piel se le puso de gallina en cuanto aquel hombre se acercó para olerla.

—Esto es muy fácil, tú me das lo que yo quiero—explicó relamiendo sus palabras, girando en torno a Elsa, acariciando su pelo—. Y yo te doy lo que tú quieres—señaló a Hipo.

—No te creo—lo retó Elsa, altiva, conteniendo los nervios y las ganas de vomitar.

Aquello volvió a arrancarle una risotada al hombre.

—Tan inteligente como creí… —señaló—. Haríamos un buen equipo juntos. ¿No crees? Una bella reina de hielo—la tomó por la barbilla— y el mejor cazador de dragones que este mundo haya visto.

—No me toques— se zafó de su agarre Elsa, muy seria—. Suéltale ahora mismo.

El hombre se echó a reír, alejándose de ella para acercarse a Hipo.

—¡Qué mujer! ¡Vaya carácter!, difícil te habrá sido de domar... —le dijo a Hipo, como si buscase su complicidad.

Hipo le apartó la mirada, asqueado.

—Suéltale—repitió Elsa.

—¿O qué? —rio el hombre, acariciando la cara de Hipo—. ¿Me vas a congelar? —la retó—. Se acabaron los juegos. Matale.

Hipo jamás visto esa mirada en Elsa.

Una mirada que realmente le heló la sangre. Una mirada que, aunque no fuera capaz de decirlo en voz alta, solo podía pertenecer a la mismísima Hela. Y aunque nunca pudo decir cuánto tiempo pasó entre esa mirada y los gritos que vinieron después, supo que jamás la olvidaría.

Como tampoco pudo olvidar la sensación de la sangre de aquel captor salpicándole la cara.

Todo fue muy rápido y antes de que casi pudiera reaccionar, una fina pared de hielo se interpuso entre Hipo y aquel hombre que lo sujetaba para matarlo. Una fina pared de hielo afilada como una cuchilla. Una pared que emergió de la tierra y que arrancó de cuajo el brazo de aquel hombre que sostenía una daga en contra el cuello de Hipo.

El brazo cayó al suelo con un sonido seco a la par que su dueño y un charco de sangre caliente. Empezó a gritar como un loco, sujetándose la extremidad mientras se desangraba vivo.

Hipo parpadeó varias veces, en shock. No solo le había arrancado ese brazo a su captor, sino que la pared de hielo había partido a algunos soldados por la mitad y le había arrancado las colas a los dragones que rugían impávidos y agónicos.

Al instante notó el agarre de Elsa tirando de él y fue entonces cuando vio al cazador sumado a los gritos.

Aquella pared le había apuntado un dedo.

—¡Qué no escapen! —empezó a gritar como un loco a los pocos quedaban con vida o que podían caminar mientras se aferraba a su mano sangrante, colérico.

Sino fuera porque Elsa tiraba de él, Hipo jamás hubiese sido capaz de salir de aquella pesadilla. De aquel charco de sangre y gritos de terror.

Corrió con Elsa en la oscuridad, con la cara manchada de sangre ajena todavía caliente. La mano de la reina se aferraba a él con tanta fuerza que hasta le hacía daño, pero era incapaz de pronunciar palabra. Sabía que era la única oportunidad que tenían de salir de allí con vida.

Buscó a Elsa en la oscuridad, horrorizado, descubriendo que su expresión había cambiado. Ya no era aterradora. Parecía más bien la de una niña asustada, que lloraba a lágrima viva mientras corrían entre los árboles.

—¡Desdentao! —gritó Hipo en cuanto oyó al dragón moverse entre la maleza.

Ambos corrieron más rápido en su búsqueda, perseguidos por el sonido de algunos hombres a lo lejos.

—¡Desdentao! —volvió a gritar Hipo de alivio al ver a su dragón.

El dragón se lanzó sobre él, lamiéndole, con cara de enorme preocupación. Sin embargo, se puso muy nervioso de repente y sacó los dientes.

—¡Ey! Tranquilo, estamos bien—lo calmó Hipo—. Tenemos que irnos. Vamos Elsa.

Hipo le ofreció su mano a Elsa, pero Desdentao se interpuso entre ambos, rugiéndole a la reina y haciendo que Elsa cayera al suelo, asustada.

—¡Eh! ¿Pero qué haces?

Desdentao retrocedió, asustado de Elsa y sin parar de gruñir. Lo que al principio pareció ira se tornó inmediatamente en terror hacia ella.

Elsa se abrazó a sí misma, tan asustada como él, sin saber qué le pasaba de repente al dragón con ella.

—¡No tenemos tiempo para esto! —le gritó Hipo a su dragón—. Es Elsa, ¿qué diablos te pasa?

El dragón volvió a olfatearla y puso la misma cara de terror, escondiéndose tras Hipo.

Fue entonces cuando cayó la primera flecha a sus pies.

—¡Nos vamos! —ordenó Hipo—. ¡Ya!

Desdentao bajó las orejas y asintió obediente, dejando que su dueño se subiera sobre él.

—¡Vamos Elsa! —le ofreció la mano a la chica.

La reina miró a Desdentao insegura, acongojada y temblorosa. Desdentao le devolvió la misma mirada, con un rechazo inusual en él. Había matado a sangre fría a todos aquellos hombres, se repetía Elsa en su cabeza una y otra vez. Tal vez eso era lo que el dragón veía en ella. O tal vez hasta ahora el animal no había descubierto el monstruo que podía llegar a haber dentro de ella. Porque solo un monstruo haría lo que Elsa acababa de hacer.

—Elsa, mírame—demandó Hipo, muy serio, manteniendo la calma sin saber cómo y mirándola a los ojos—. No pasa nada, pero tenemos que irnos.

A Elsa le temblaba el labio y las lágrimas todavía le corrían por las mejillas, pero la calidez y amabilidad de las palabras de Hipo le devolvió algo de vida.

Sin embargo, una flecha se interpuso entre ellos, clavándose en un árbol. Y ahí se acabó cualquier espera.

—¡Vamos! —la agarró Hipo con cierta brusquedad, tirando de ella para que salieran volando de aquel maldito bosque de muerte.

Elsa ni siquiera estaba totalmente sentada cuando Desdentao emprendió el vuelo. Se aferró con fuerza a Hipo, sorprendida por la sensación de velocidad y la adrenalina. No tuvo tiempo de conseguir estabilidad cuando dieron un traspié en el aire, virando con violencia hacia un lado y perdiendo altura. Elsa pensó que se caería, pero Hipo la agarró del brazo con fuerza y la ayudó a reincorporarse.

—¡Mierda! —maldijo Hipo en su lengua, consciente de que una flecha le había rajado la oreja a su amigo.

Desdentao gruñó dolorido y lanzó un plasma hacia el bosque, incendiándolo.

—Salgamos de aquí —le ordenó al dragón.

Otra flecha pasó entonces cerca de su hombro, haciendo que pegara su cuerpo al de su dragón.

—¡Agáchate! —le ordenó a Elsa, que se pegó también obediente contra él.

Desdentao comenzó a ascender, batiendo sus alas con fuerza mientras Hipo manejaba el pedal. Sin embargo, otra flecha salió volando en su dirección, clavándose en una de las alas del furia y haciendo que perdieran altura.

—¡No!

El dragón gruñó, intentando reponerse pese al dolor.

El aire nocturno empezó a ser invadido por el sonido de flechas y aunque Hipo pensó que no saldrían con vida, Elsa pareció salir al fin del shock en el que había entrado. Antes de que otra fecha impactara contra Desdentao, se partió en un estallido, atravesada por una daga de hielo.

—Yo me encargo—dijo Elsa muy seria, elevando en el aire ráfagas de hielo que impactaban contras las flechas.

Desdentao tardó un rato en reaccionar, pero pronto consiguió olvidar el dolor en su ala y comenzó a tomar altura y velocidad, alejándose de aquella pesadilla.

Pese a que se alejaron, Elsa no bajó la guardia hasta que se aseguró de que nadie los seguía. Estaban tan alerta y nerviosa que ni siquiera controlaba el temblor de su cuerpo, sobre excitado por el peligro y la adrenalina.

—Creo que los hemos dejado atrás—sentenció al cabo de un rato Hipo.

No obstante, Elsa siguió vigilante un rato más. Dejó que el aire nocturno le despejara las ideas y cuando aceptó que ya nadie les perseguía, se derrumbó y se abrazó a Hipo.

Nunca se había sentido tan reconfortada de sentir su calor y más cuando pensó que lo perdería. Jamás se hubiese perdonado a sí misma si a Hipo le hubiese pasado algo.

No había sido consciente hasta ese instante de lo mucho que le importaba el vikingo. Tanto que hasta dolía.

—Tranquila—le acarició la mano Hipo al oírla llorar contra él.

—Estamos a salvo—afirmó Elsa con tono interrogante, apretándose contra Hipo.

La reina nunca había sentido frío físico, pero en aquel momento el aire nocturno le heló la piel y le entumeció el cuerpo.

—Estamos a salvo—reafirmó Hipo con la voz cansada y algo rota—. Aunque… —tragó saliva—creo que tenemos un pequeño problema…

Aquello despertó de nuevo los sentidos de Elsa, sin saber qué pasaba. Su magia se removió nerviosa en su estómago y alzó la vista al cielo, buscando una amenaza que no llegó. También miró a sus pies, sin respuesta. Y entonces lo comprendió enseguida, al notar el jadeo de Hipo.

Y al sentir aquel líquido caliente que le empapó las manos en su abrazo con el vikingo.

Hipo estaba sangrando.

Y una flecha le asomaba clavada en el costado.

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REVIEWS

Mil gracias como siempre a todos los que os tomáis vuestro tiempo en dejarme review. La verdad es que a veces me deprime un poquito, porque cada vez sois menos los que me dejáis review y es cierto que cuando le dedicas tanto tiempo a algo, se hace un poco cuesta arriba no recibir feedback.

De igual modo, MIL GRACIAS a todos los que siempre dejáis review! A Kolomte'49 y a Antonio os respondo por privado. Gracias por estar siempre ahí y dejadme reviews tan detalladas! Sois maravillosos.

denebtenoh: me alegra un montón que te gustara la primera parte! Como verás, tus deseos se han cumplido, aunque no sé si de la manera que esperabas xD Y Hans... todavía le queda guerra que dar. Elsa no bailó con Drago, sino con Grimmel (aunque supuse que te referías a él) :D Madre mía! Vuestros cafres son peores que los nuestros sin duda jajaja Cuidate muchísimo! Espero que hayas disfrutado el capi.

ZAIKO23: holii! genial que te gustara! Sí, al legislador se le veía el plumero jajaja pero bueno, no todos los malos son como Hans. A algunos su mejor tapadera es ser directamente lo que son. Hipo el pobre se ha manejado lo mejor que ha podido en ese baile de hipócritas aunque bueno, como verás, no tendría que seguir fingiendo más tiempo xD Cuídate mucho! Gracias por la review!

CRONO06: hola! Gracias por leerme y dejarme review! Síii, Hipo sabe hacer buenas entradas ^^ Aunque es un poco corto para ver cómo las mujeres le lanzan indirectas xD. Como deseabas, ha habido un acercamiento (muy cercano) de esos dos. Pero... no salió muy bien jajajaja A ver cuándo lo arreglan.

flores231:hola! Mil gracias por dejarme siempre una review y apoyarme! Me alegra saber que cada vez estás más interesada! Yo espero seguir haciéndote disfrutar con el fic ^^ Me anima mucho saber que os está gustando. Mil gracias! Cuidate mucho. Besos.

Un saludo para todos los que leeis, amigos, fav, follows y anónimos.

Nos leemos muy pronto!