Hola!

Lo primero de todo, TRANQUILXS, sigo aquí, estoy bien y NO he abandonado esta historia.

Muchísimas gracias a todos los que me habíais escrito preocupados, lamento haberos asustado, pero como ya os dije a algunos, mi ordenador murió en noviembre y perdí toda la historia. Solo hace dos semanas conseguí recuperarlo y tuve por tanto que reescribir todo el capi.

No obstante y como suelen decir, mejor tarde que nunca jaja

Aquí os trago un capítulo que me ha costado MUCHO escribir, no tanto por el contenido, sino por el factor de tener que volver a reescribirlo. A veces, esta historia me apasiona y me da la vida, pero otras muchas también me desanima, porque le invierto mucho tiempo y siento que muy poquitos la leéis. No obstante, tengo que decir que me hizo MUCHÍSIMA ilusión que más gente se animara a dejarme una review. UN MILLÓN DE GRACIAS A TODXS! Por que sí, escribo para mí, pero también para vosotros y me encanta ver que estáis ahí y que os está gustado.

GRACIAS!

Este capi, lo advierto, contiene lenguaje obsceno, violencia verbal y SANGRE. Así que si alguien es más sensible, plis, que lea con cuidado.

Este capítulo es más cortito de los que normalmente escribo, pero estoy feliz con el resultado. Ya me diréis qué os parece :)

Tengo intención de publicar una vez más antes de fin de año, pero como seguramente no lo haga antes de Navidad, aprovecho para deciros a todxs que FELICES Y MARAVILLOSAS FIESTAS. Espero que podáis disfrutarlas pese a la situación que estamos viviendo.

He pensado también dejaros un one-short navideño, pero todo dependerá de si me da o no la vida para ello.

Sin más, os dejo el capi ^^

Un abrazo a todxs! Nos leemos pronto.


LA NOCHE MÁS FRÍA DEL AÑO

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Hacía un frío glacial y la noche acechaba oscura y silenciosa, algo muy poco usual para ser la primera noche de primavera del año.

Lena se abrazó a sí misma, cubierta tan solo por el cobijo de un chal. Estaba temblando de frío, pero aun así su inquietud se centraba más bien en ser descubierta. Aprovechó el cambio de vigilancia para salir del castillo y huir al bosque, donde se aseguró de que nadie la siguiera.

Desde la partida de la reina, las guardias se habían doblado y un aura de desconfianza se había posado sobre el castillo. Sin duda, Arendelle seguía fiándose bien poco de los vikingos y de su supuesto rey, y los vikingos no es que se sintieran precisamente 'en casa' entre los muros helados de aquel castillo que les daba cobijo.

Se notaba de hecho que la multitud se había fragmentado. Estaban los que confiaban plenamente en aquellos extranjeros, resguardados bajo el mandato provisional de la princesa Anna, y los que se preparaban a escondidas para una revuelta. Ahora todo dependía de si los reyes regresaban o no. Y más importante, si regresaban los dos o solo uno.

No obstante y como en todas las guerras silenciosas, también estaban los que no tenían bando al que rendir honor y sangre. La mayoría eran mujeres y hombres de fe, curanderas y niños. Y luego estaba Lena, quien solo se rendía honor a sí misma.

La morena debía admitir que sentía cierta simpatía por Hipo y los vikingos, pero también sabía que a ojos de ellos no dejaba de ser una ramera extranjera, al igual que para los habitantes de Arendelle.

Lo cierto es que Lena todavía no había encontrado eso que algunos llaman hogar. Siempre se había sentido en tierra de nadie y es por esta razón que los mapas y las banderas le decían bien poco sobre la tierra que pisaba o a qué rey rendir honor. Por esta razón, en caso de revuelta, no creía posible posicionarse del lado de la reina o de los vikingos. Aquello no marcaba ninguna distinción para ella. Solo eran perros con distinto dueño.

Además tampoco es que pensase dar su vida por una reina que la había vendido a manos de la esclavitud y la miseria con promesas livianas de amor. Así solían ser los reyes, vendían al pueblo al que exigían morir por ellos.

Con estos pensamientos, se adentró de pleno en el bosque, urgiendo el paso para llegar a su destino.

Tras más de media hora vagando por el monte, distinguió varios árboles marcados que indicaba que estaba cerca, así que salió de la espesura y emergió a uno de los caminos reales que, curiosamente, llegaban al prostíbulo.

A todos los nobles se les dice que jamás se alejen de los caminos reales y que mucho menos se les ocurra ir por caminos que no aparecen en el mapa o por el bosque, ya que están llenos de peligros y ladrones. ¿La verdad? A Lena le daba mucho más miedo caminar por allí por donde se paseaban soldados y hombres de poder a caballo. Le parecía más seguro la quietud y paz del bosque.

Por alguna extraña razón, el prostíbulo estaba prácticamente intacto. Irónico, pensó Lena, recordando cómo la iglesia del pueblo había ardido hasta los cimientos. Vigilando de no ser vista, corrió hasta el edificio y entró por la puerta trasera, sin hacer ruido. Una vez cruzó la puerta, se quedó en absoluto silencio. No le extrañaría que alguna banda de ladrones hubiese decidido ocupar el lugar ahora en ruinas. No obstante, al cabo de un rato, aceptó que estaba sola.

Eso sí, debía darse prisa, porque la madera crujía con un presagio de muerte.

Sigilosa se adentró por lo que en su día era el hall y que ahora no era más que un montón de cenizas y polvo. Paseó por los pasillos moribundos y se adentró por la zona de las habitaciones. Agradeció enormemente que el hedor agrio y dulzón de la lujuria se hubiese disipado casi por completo en pos del olor a madera quemada. Caminó hasta el final del pasillo y entonces divisó lo que por muchos años había sido su habitación. Suya y de Keyla. Todavía le acongojaba su muerte y cómo la había visto expirar de fiebre e infección bajo la miraba inquisidora de un cura.

El mundo no era justo. Eso lo sabía mejor que nadie, lo había sufrido en carne propia, pero jamás perdonaría a la vida arrebatarle a una persona tan pura como Keyla, o Yla, como ella se hacía llamar. Lo cierto es que la chica se había puesto a sí mismas tantos nombres que Lena ni tan siquiera sabía cuál era el verdadero. No obstante, si había algo que era indudable, era que Yla debía ser un ángel bajado del cielo. Tal vez por eso la vida se la había arrebatado con tanta violencia.

La habitación estaba destrozada y vacía. Tanto, que un terror certero le hizo pensar que tal vez alguien hubiese entrado a robar. Caminó con cuidado sobre los tablones de madera y se paseó por la habitación hasta que escuchó un sonido hueco. Contuvo la respiración. 'Por favor, que siga aquí' rezó.

Se agachó y con una pequeña navaja que había robado de las cocinas de la reina, empezó a hacer presión entre los tablones. 'Por favor, por favor, por favor…' murmuró mentalmente. Cuando al fin la madera cedió y se abrió bajo sus ojos, pensó que lloraría de alivio.

Lena no sabía leer ni escribir, pero si algo tenía claro en la vida es que no era una persona tonta y aun menos ingenua. Por esta razón, durante años de sufrimiento, había sido lo suficientemente lista para aprender a hacer tres cosas: mentir, persuadir y ahorrar, aunque fuera a costa de otros.

Con premura, sacó una bolsa raída de tela que sonaba abundante. Al menos lo suficiente para alguien que no tiene nada.

La abrió y se aseguró de que estaba todo: su partida de nacimiento, que demostraba que seguía siendo una persona libre y no una esclava; varias monedas de cobre, que para ella eran una pequeña gran fortuna; unos pendientes de plata y un dibujo junto a un mapa.

¿A dónde conducía el mapa? Al lugar que más terror le producía a Lena. Aunque tal vez ya era hora de librar de algunas batallas y afrontar ciertas cosas de su vida, por muy dolorosas que fueran.

Se guardó con rapidez aquella bolsa entre las faldas de su vestido y se dispuso a irse. Calculó mentalmente que no debía quedarle tiempo antes de que alguien repara en su ausencia, así que debía darse prisa. Fue entonces cuando oyó un ruido.

No estaba sola.

Se pegó contra la puerta de la habitación y agudizó los sentidos, descubriendo entonces el retumbar de unos pasos. Sacó la navaja que había guardado y se puso en alerta. Aquello no estaba en sus planes.

Con un poco de suerte solo sería un curioso que robaría algo y se marcharía. Tal vez ni tenían por qué encontrarse. Lena oteó sus posibilidades y decidió que lo mejor era salir por la ventana. Claro que las habitaciones habían sido construidas bajo tierra y lo que ella catalogaba como ventana no era más que un resquicio rectangular casi a la altura del techo. No obstante, era la opción más sensata.

Sin hacer ruido, agarró un taburete a medio roer y lo colocó junto a la ventana. Sin embargo, antes de tener tiempo de columpiarse hasta alcanzar la ventana, oyó cómo los pasos se detenían. Su cuerpo se puso rígido y una certeza incierta le dijo que no era un vulgar ladrón. Eso y que sí sabía que ella estaba allí.

Se movió con cuidado, bajándose del taburete y colocándose detrás de la puerta. Además de lista, Lena tenía más cualidades que los hombres no toleraban: sabía bien cómo clavar un chuchillo.

Tomó aire y se preparó, por lo que pudiera pasar. Lena se había visto muchas veces en las manos de la muerte y aquella sin duda no era una de esas.

Fue entonces cuando empezó a ver humo bajo la puerta. ¿Humo? Se preguntó, siendo golpeada por una oscura verdad: fuego.

Sin importarte ya si la sorprendían o no, se encamaró a la ventana y luchó por abrirla. Si había fuego aquel lugar moribundo se vendrían abajo en cuestión de segundos. Luchó con la cerradura, sin saber por qué estaba trabada desde fuera. Sin embargo, en menos de unos minuto la habitación entera se llenó de humo y calor, así que rompió el cristal y la abrió. Con la mano ensangrentada, se arrastró con fuerza para salir, agradeciendo ser menuda y haber pasado hambres, pero sino no hubiese salido por aquella estrechez.

Pensó que estaba a salvo cuando una ayuda no buscada la agarró del pelo y tiró de ella con fuerza para terminar de hacerla salir. Su corazón dio un vuelco mientras se aferraba a aquella mano que además la lanzó con violencia al suelo.

—Huyendo como las ratas, ¿no?—escupió aquella voz sobre Lena—. Ramera.

El terror la inundó. Y más al reconocer su rostro.

—¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato? —dijo engreído—. Levántate, puta.

Lena se puso en pie lo más rápido que pudo y lo miró desafiante. ¿Qué diablos hacías ese hombre allí en mitad de la noche? ¿Eran finalmente ciertos los rumores acerca de que no se había ido de Arendelle?

—¿Tú le has prendido fuego? —casi adivinó Lena.

—Ay cosas que es mejor que ardan hasta los cimientos—respondió con tranquilidad, jugando en sus manos con unas extrañas piedras que Lena no supo muy bien identificar—. ¿No crees?

Eran demasiado negras, como si el mundo se acabara en ellas.

—¿Qué haces aquí?—preguntó desafiante la morena.

—Lo mismo que tú.

Lena lo miró con recelo y pensó rápido dónde había puesto el cuchillo que tenía.

—¿Dar un paseo nocturno? —intentó responder con inocencia al hombre.

—Más bien buscar algo que necesito.

Aquella frase le puso los vellos de punta.

—¿Y qué se te ha perdido en un prostíbulo en ruinas? — lo desafió, intentando buscar una manera de salir de aquella situación.

—Una puta—dijo con simpleza, sonriendo.

Aquello estaba yendo demasiado lejos y Lena no pensaba consentirlo.

—Pues qué pena, porque todas ardieron, como el prostíbulo.

Sin decir más se dispuso a marcharse pero el hombre la agarró del brazo con violencia.

—Mira por dónde creo que he encontrado a la puta que quería—afirmó oliéndole el pelo.

Fue entonces cuando el hombre notó un filo cortante apretarse contra su estómago.

—Si me tocas—dijo muy seria Lena—, te juro que te destripo vivo.

La amenaza no era moco de pavo, pero el hombre solo soltó una risa suave.

—Y no lo dudo, querida—respondió—, pero he venido a negociar algo más interesante que mis tripas. Si estás dispuesta a escuchar, claro.

Aquello pilló desprevenida a Lena. ¿Negociar? Qué tenía ella que negociar con ese malnacido que además había sido expulsado 'amablemente' por la reina.

Lena lo conocía bien. Todas conocían bien al legislador en el prostíbulo. Era cliente habitual y un galán entre las mujeres. Claro que a Lena nunca le gustó. No le gustaban los hombres que endulzaban sus palabras en vino caro.

—¿Y qué tienes que ofrecerme? ¿Un par de árboles del bosque? —intentó alejarse de él.

—Lo que voy a ofrecerte vale cuanto menos el tripe de las porquerías que llevas en esa bolsa.

Se le detuvo el corazón. ¿Cómo sabía eso?

De repente, tras él aparecieron dos hombres más, armados y con el rostro maltratado. Seguramente eran los que Lena había oído dentro.

—No quiero tu dinero… —titubeó Lena, sintiéndose más atrapada si eso era posible.

El legislador solo se rio, chasqueando en sus manos las piedras.

—Mira, que quiera negociar contigo no quiere decir que tú tengas opción a negociar… —dejó claro, con suficiencia—. Seré claro y conciso. Si me ayudas, te daré una bolsa con veinte monedas de oro y te ayudaré a desaparecer de Arendelle, tal y como deseas.

—¿Y si me niego? —preguntó Lena ante su silencio.

El hombre sonrió de oreja a oreja.

—Pues muy fácil, mis hombres se divertirán contigo y luego te destrozarán hasta que se te quite esa cara de estrecha—dijo sin un ápice de duda en sus palabras—. Y luego irán a por esa cosa que estás deseando ir a buscar. ¿Cómo era? —se preguntó, paseándose a su alrededor—Dalya… Lara…¿Fraya? ¡Ah! Sí… Layla.

Por un segundo, Lena pensó que se desmallaría al escuchar aquel nombre. ¿Cómo sabía ese hombre de la existencia de Layla?

—¿Y sabes qué? ¿Qué le haremos lo mismo que a ti?

—Por favor, no—se le fue cualquier ápice de valentía.

'Mierda' pensó. Cómo era posible que cada vez que quisiera marcharse de ese reino maldito, Dios le escupiera a la cara. Se sentía impotente y con ganas de llorar, pero aun así se lo reservó para más tarde. Lo último que le daría a ese hombre sería la satisfacción de verla acorralada.

—¿Y qué quieres? —intentó recomponerse y sonar lo más liviana posible.

El hombre caminó sobre sí, moviendo las piedras.

—Una prenda de la reina—respondió con tranquilidad.

Lena no entendía nada. ¿Acaso aquello era una excentricidad de aquel hombre?

—Con sinceridad, mi lord—dijo—. Cualquier doncella del castillo podría conseguirle una prenda de la reina por menos de veinte monedas de oro. Además, a mí solo me dejan lavar la ropa de los enfermos, así que no creo ser la más adecuada.

El hombre se rio entonces, como si le hiciera gracia las palabras amables y fingidas de la exprostituta. Aunque en el fondo, Lena lo pensaba en serio.

—Ay querida… no lo entiendes—la miró con sus pequeños ojos negros amarillentos—, lo que necesito no es una prenda cualquiera y creo sinceramente que tú sabes cuál es.

Lena lo miró sin comprender. ¿De qué diablos estaba hablando ese hombre?

—¿Y por qué debería saberlo yo?—soltó casi sin pensar.

—Porque irónicamente eres la que más conoce a la reina—se rio—. Y también sé que la detestas tanto como yo.

Lena tragó saliva. Sus sentimientos hacia aquella mujer era contradictorios, pero debía admitir que en sus entrañas se había estado alimentando un sentimiento envenenado y ponzoñoso hacia ella. No le deseaba el mal, ni mucho menos, pero odiaba con toda su alma que la vida le sonriera como lo había hecho hasta ahora. No entendía cómo Elsa, después de todo lo que habían compartido, había tenido la frialdad de abandonarla a aquella vida de miseria y opresión. Durante años la esperó en su imaginación, pensado que entraría por la ventana y la rescataría, huyendo juntas al fin de mundo, como tantas veces habían soñado.

Qué idiota e ilusa había sido.

—Sería solo una prenda sin importancia, con todas las riquezas que tiene ni se dará cuenta—especificó el hombre.

—¿Y tú que ganas con esto? —preguntó sin pensar Lena.

El legislador soltó una risotada.

—Un bonito recuerdo de mi amada reina a la que he servido desde el día en que nació.

Al decir esto, todos se rieron. Todos menos Lena, que tuvo un mal presentimiento.

—Solo una prenda ¿no? —quiso asegurarse Lena—. No pienso ser parte de lo que hagáis luego con ella.

El legislador alzó la mano, para estrecharla y cerrar el pacto.

—Tranquila, te prometo que cuando tengamos la prenda, podrás comenzar una nueva vida—su amabilidad era hasta siniestra—. Además, que más te da lo que hagamos con ella.

Lena acercó su mano y la estrechó con cierto recelo. De repente, el hombre tiró de ella y la pegó contra su cuerpo, para susurrarle al oído.

—Yo estaba ahí esa noche, ¿sabes?—reveló contra la oreja, haciéndola temblar, acongojada—. Qué ironía… ¿no te acusó la reina de ladrona?

Lena cerró los ojos, sin valor para rememorar aquella maldita noche.

—A veces a los poderosos hay que recordarles que el poder hay que ganárselo, que no les pertenece por nacimiento—dijo—. Creo que ya es hora de que alguien le plante cara esa niñata con aires de grandeza.

Lena se separó de él, angustiada. Se ajustó el chal que llevaba sobre los hombros y lo miró con cara de pocos amigos. El legislador se metió la mano en el bolsillo y tiró varias monedas de oro al suelo, para que ella las recogiera, bajo la mirada de todos ellos.

Aquello fue de lo más humillante que Lena tuvo que hacer en mucho tiempo.

—Te daré la otra mitad cuando me traigas lo que busco—dijo—. Y ahora, dejemos de hablar de esa bruja. Seguramente se lo esté pasando de maravilla en sus fiestecitas, riendo y presumiendo de su maridito vikingo. Dejemos que el tiempo arregle todo el mal que ha hecho esa furcia.

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La mano de Elsa temblaba.

Todo ella temblaba de puro terror.

Su mano entera se había empapado de la sangre caliente de Hipo que brotaba alrededor de aquella flecha asesina.

Tragó saliva, en un intento por calmarse y asimilar todo lo que les había pasado. Y lo más importante: no entrar en pánico.

Ponerse nerviosos sin duda era lo peor que podían hacer en aquella situación. Y más cuando todavía les perseguía el miedo a que pudieran seguirlos.

Habían escapado de milagro y lo peor es que pese a todo el esfuerzo, tanto Hipo como Desdentao estaban heridos. Por suerte, al dragón solo le habían atravesado el cartílago de un ala, pero Hipo…

—No es grave, te lo prometo—le aseguró Hipo al notar el pulso tembloroso de la mano de Elsa apretando contra su herida.

Por supuesto, la reina no le creyó, pero aceptó que lo último que tenían que hacer esa noche era volver a discutir o que los dominara el pánico, así que se limitó a apretar su mano contra la herida de Hipo en un intento de evitar que se desangrara.

—Por favor, Hipo… tenemos que parar—rogó casi sin voz, en un estado de shock que no le era habitual.

—Estamos demasiado cerca—intentó articular Hipo, lúcido, pero rígido por el dolor—. Todavía podrían seguirnos.

Elsa asintió, calmando sus nervios y reservándose las lágrimas para otro momento. Debían pensar con la cabeza y no perder la razón. Volar y alejarse lo más posible era la opción más sensata después de todo. Claro que Elsa no podía pensar con la cabeza. No con las manos empapadas de aquella sangre espesa y caliente que brotaba sin miramientos del chico. Y lo peor es que no paraba de repetirse una y otra vez que aquello era su culpa.

No obstante, lo peor que podía hacer era asustar a Hipo más de lo que seguramente él ya estaba, así que se quedó en silencio, muy quieta, a esperar que el frío de la noche la reconfortara de todo cuanto había pasado.

La sangre, los heridos, los muertos… todo había sido obra de ella. La obra de una bruja con magia perversa y envenenada, con la magia de un monstruo. E Hipo… si algo le pasaba, jamás podría perdonárselo.

Al menos habían conseguido escapar y seguían con vida. Eso era lo importante.

Lo único que realmente importaba en ese instante.

Sinceramente, Elsa solo quería abrazarse a Hipo y olvidar aquella noche de pesadilla, pero no lo hizo, porque de alguna forma se interpuso entre ellos un silencio de muerte. Evidentemente aquel silencio estaba impuesto por la propia naturaleza de la situación. Hipo debía estar concentrado, pensando en su propia suerte, mientras que Elsa estaba demasiado conmocionada para pensar en nada. Además, pese al acercamiento y la huida, la calma nocturna les había dado espacio para recordar las cosas horribles que se habían dicho. Y aunque Elsa ya no estaba molesta por lo que había ocurrido entre ellos, entendía la frialdad de Hipo. Ni siquiera entendía por qué había reaccionado así a su rechazo o por qué le había dicho lo de Astrid.

Astrid.

Si algo le pasaba a Hipo, la mataría. Pero lo peor no era eso. No. Lo peor era saber que de alguna forma había destrozado el vínculo entre ellas. No solo había estado a punto de acostarse con Hipo, sino que además había perdido su regalo.

Elsa no supo decir cuánto tiempo estuvieron volando, pero comenzó a ponerse nerviosa al ver que Hipo seguía fingiendo que todo estaba bien. En algún momento estuvo tentada de abrazarle, a indicarle que no estaba solo, que ella estaba allí, pero no sabía ni cómo. De hecho, le parecía demasiado violento tener cualquier tipo de acercamiento físico con él, más allá de aquella mano empapada de sangre sobre su costado.

—Hipo, creo que debemos parar—soltó más insegura de lo que quiso sonar—. No paras de sangrar, tenemos que sacártela.

—Si la sacamos ahora sí que me desangraré—dijo muy serio el vikingo, intentando digerir sus propias palabras—. Necesitamos alejarnos un poco más y asegurarnos de que no os siguen. Puedo aguantar, te lo prometo.

Y aunque Elsa intentó creer de nuevo en sus palabras, supo que Hipo le estaba mintiendo. Eso, y que se iba a desangrar igualmente si seguían volando, porque la sangre seguía brotando de manera silenciosa y furtiva, posiblemente por el movimiento y el sobreesfuerzo.

Elsa sabía que debía mantener la calma por los dos, pero el estómago se le encogió al observar con detenimiento aquella flecha atravesándole el costado.

No obstante, en cuanto el cansancio comenzó a amenazarla con cerrar los ojos, se dio cuenta de que debían parar. Eso y que cada vez volaban más bajo, tal vez por el propio cansancio de Desdentao.

—Ya nos hemos alejado bastante—se atrevió a elevar la voz Elsa.

—Todavía estamos demasiado cerca—negó Hipo.

Elsa se asustó de lo rasgada que sonó su voz, pero no se atrevió a contrariarle.

No obstante, al cabo de media hora, Elsa comenzó a notar que Hipo se tambaleaba y respiraba de manera irregular. Eso y que la sangre había empapado por completo su pantalón y parte de la montura de Desdentao.

Y entonces decidió hacer caso a su instinto y no obedecer más órdenes estúpidas.

—Vamos a bajar ahora mismo—le anunció, imperativa.

—Elsa… —intentó quejarse Hipo.

Sin embargo, se sorprendió a sí mismo de no encontrar fuerzas para contrariar a la reina. Y pese a que Desdentao se hubiese mostrado hostil con la chica horas atrás, hizo caso inmediato a la reina y descendió con cuidado entre los árboles.

Elsa bajó de un salto, sorprendiéndose de lo pálido que se veía Hipo. Definitivamente no había sido buena idea volar tanto tiempo.

—No te muevas, yo te ayudo—se apresuró Elsa, evitando que Hipo se moviera.

Desdentao se agachó todo lo que pudo, ayudando a Elsa a que pudiera mover a Hipo sin hacerle daño. Sin embargo, la reina no sabía qué hacer o cómo mover a Hipo para no empeorar su estado.

—Desdentao… —señaló entonces Hipo, todavía sobre su dragón mientras se llevaba ambos manos a su herida, para hacer presión.

Elsa miró al dragón, sin comprender qué quería decirle Hipo.

—Tiene también una flecha en el ala—se explicó el vikingo, con cierta dificultad—. Sácasela.

Elsa tardó un instante en reaccionar, pero asintió y se acercó al ala del furia nocturna. Desdentao le lanzó una mirada confusa que Elsa no supo cómo interpretar. Ya no había ira o miedo en su mirada, más bien extrañeza hacia Elsa.

—Voy a sacarte la flecha—le anunció Elsa—. No quiero hacerte daño.

El dragón, inteligente como era, pareció entenderla y se dejó hacer. La reina tragó saliva y miró su ala, colocando sus manos heladas sobre ella para calmar la hinchazón de la zona. En ese instante comprendió que no solo Hipo había estado sufriendo aquel viaje de vuelo.

Contó hasta tres y con fuerza extrajo la fecha del ala de una vez. El dragón ni se quejó ni sangró, aunque sí sacó los dientes, como muestra de dolor.

—Buen chico…—lo apremió Elsa, acariciándole el ocio, sintiendo el cosquilleo mágico en él.

Desdentao entonces escondió los dientes y se mostró dócil ante ella. Agradecido. Y comenzó a lamerle las manos, cariñoso. Esas manos que la reina tenía cubiertas de la sangre de Hipo.

—Hipo, tenemos que sacarte esa flecha a ti también—dijo Elsa preocupada.

Hipo cerró los ojos y tomó aire, intentando no hacer movimientos bruscos. Estaba empezando a sudar frío. Él era más que consciente de que si seguía con aquella herida abierta se le infectaría en cuestión de horas. Pero también sabía que si no había muerto ya es porque la tenía dentro, obstaculizando la hemorragia.

—¿Cómo piensas sacarla? —preguntó el vikingo, intentando mantener la compostura.

Elsa contuvo las ganas de llorar al notar el temblor y la duda en su voz, siendo consciente por primera vez de que aquella herida era más grave de lo que el vikingo le había hecho creer. Aquella herida no era un corte en un ala. Aquella flecha lo había atravesado y la tenía dentro del cuerpo.

—¿Cómo puedo hacerlo?

Hipo digirió las palabras de Elsa e intentó mantener la calma.

—No lo sé—se rindió tras un segundo de eterno silencio—, pero encontraremos una forma, tranquila.

Aquello no la tranquilizó para nada.

Al contrario, por primera vez se materializó en su mente la idea de que Hipo podía morir aquella noche.

—Tienes que bajar de Desdentao—dictaminó.

Hipo asintió y dejó que Elsa lo ayudara a bajar. Tardaron una eternidad en hacer que el vikingo desmontara del asiento de su dragón. Primero, porque Elsa no se aclaraba con los engranajes que los unían a ambos; y segundo, porque aquel esfuerzo de levantar el pie lo dejó sin fuerzas. No obstante, Elsa consiguió que Hipo finalmente pudiera poner los pies en el suelo, aunque aquello le arrancara algún que otro quejido involuntario de dolor.

—Tranquilo, te tengo—lo sujetó la chica con fuerza.

Hipo hizo amago de sonreírle, pero lo único que consiguió fue una mueca entre la sonrisa forzada y el dolor.

—¿Te duele mucho? —preguntó Elsa por llenar el vacío mientras intentaba no parecer alternada.

Hipo jadeó en un amago de risa.

—Un poco—consiguió decir, apoyando la cabeza levemente en ella.

Elsa le sonrió, ocultando la preocupación.

—¿Quieres tumbarte o algo? —ofreció al notar el peso muerto de Hipo sobre ella.

—No, no—negó él, intentando mantenerse en pie—. Si me tumbo no creo que pueda volver a levantarme.

—Vale—se limitó a responder Elsa.

De nuevo se instaló entre ellos un largo e incómodo silencio a cuenta gotas, como las que manchaban la hierbas con la sangre del chico.

—Podemos partirla—propuso entonces Hipo, buscando la mirada de Elsa—. ¿Crees que puedes hacerlo?

Elsa lo miró sin comprender, descompuesta de verlo tan pálido, con el sudor corriendo por su frente.

—¿Partirla?

—Sí—consiguió decir—. No podemos sacarla ahora, pero antes se ha movido y me está desgarrando por dentro.

Elsa bajó la mirada y observó la flecha, sujeta por las manos de Hipo. Se le había clavado en un lateral del abdomen bajo, en el lado derecho. Estaba además levemente tumbada, así que con suerte la cadera habría parado el impacto y no le había atravesado ningún órgano vital, pero estaba segura que le había desgarrado algo dentro. Y tenía muy, muy mala pinta.

—¿Crees que podrás? —demandó Hipo, cerrando los ojos en un intento de gestionar el dolor.

—Creo que sí…

Hipo se apoyó en Desdentao y se sujetó con fuerza la flecha, para evitar que pudiera moverse. Era la única forma de prevenir que no lo matara desde dentro ante cualquier movimiento, pero temía que si el corte no era certero, se le abriera más la herida. Miró a Elsa, quien parecía muy insegura.

—Elsa…

—Sujétala bien—dijo entonces muy seria.

Hipo asintió, tomó aire y cerró los ojos. Y esperó el dolor.

Elsa creó entonces entre sus manos una fina cuchilla de hielo y tanteó el peso entre sus manos. Sabía que solo tenía una oportunidad de hacer aquello, y tenía que salir bien. Por Dios y por todos los Dioses que existieran tenía que salir bien.

Inhaló y alzó la cuchilla en el aire, cortando de una estocada rápida la fecha, que lanzó sus plumas al suelo.

Hipo jadeó y soltó un gemido de dolor que asustó a Elsa. Sin embargo, la apremió con una sonrisa y le dijo que estaba bien, que había sido un corte limpio.

—Tenemos que buscar ayuda.

—Es demasiado peligroso—negó Hipo, sujetándose la herida y la punta de madera que sobresalía de ella.

—Me da igual, necesitamos ayuda—rebatió Elsa.

Hipo negó con la cabeza, intentando sacar fuerzas para seguir hablando con la misma entereza.

—Elsa—comenzó—, si pedimos ayuda corremos el riesgo de que nos encuentren.

—Y si nos quedamos aquí corremos el riesgo de que desangres—respondió tajante.

Hipo intentó rebatirla, pero empezó a sentirse muy mareado.

—Elsa… yo—intentó formular, tomando aire—. Soy una pieza menor—consiguió decir—, pero si te atrapa ese hombre…

Elsa le hubiese abofeteado sino fuera porque Hipo parecía poder desmallarse en cualquier momento.

—Cállate y ahorra saliva—le regañó Elsa—, no pienso escuchar tonterías. Vamos a ir a buscar ayuda inmediatamente y no hay más que hablar.

Se notaba de lejos que Hipo pensaba oponerse, pero las fuerzas parecían abandonarle por segundos, así que se limitó a asentir, contrayendo el gesto.

Elsa se dirigió entonces a las alforjas de Desdentao, buscando algo que pudiera serles de utilidad. La felicidad la invadió cuando encontró el mapa de Hipo, ese que llevaba siempre consigo. Lo desplegó en el suelo temblorosa.

—¿Dónde estamos? —le preguntó a Hipo, agobiada al comprobar que no tenía ni idea sobre cómo leer aquel mapa.

Hipo seguía apoyado en su dragón, con un gesto indescifrable, pálido. Parpadeó varias veces, como si le costase entender las palabras de Elsa.

—¿Vamos camino de Arendelle? —preguntó insistente la reina ante su silencio, para afinar un poco.

El vikingo ojeó el mapa desde su posición, aunque sintió que no veía nada.

—No—logró decir al fin—. Vamos hacia el este.

Elsa asintió, consciente de que Hipo debía haber pensado que lo mejor era no tomar rumbo hacia Arendelle, hacia donde posiblemente sus captores pensaban que huirían.

—¿Cómo de este? —volvió a preguntar, intentando situarse en el mapa.

Hipo volvió a mirarla sin comprender, haciendo un esfuerzo por meditar su respuesta.

—No lo sé—dijo, echando todo su peso sobre Desdentao al notar que le fallaban las piernas—. No logro saber cuánto hemos estado volando.

Elsa intentó mantener la calma, haciendo memoria de cuánto tiempo habían estado en el aire. Sin embargo, su percepción del tiempo tampoco había sido real y al igual que Hipo sintió una profunda desorientación.

—¿Cuánto crees que hemos podido alejarnos si hemos estado una hora? —preguntó aterrada.

Hipo la miró, esforzándose por mantener los ojos abiertos, sin saber por qué de repente Elsa parecía hablar un idioma tan complicado.

—¿Hemos pasado unas montañas? —preguntó el vikingo.

Elsa tardó un segundo en responder.

—Eso creo.

Buscó entonces la mirada de Hipo, pero el chico no le respondió. Le hizo un leve gesto con la cabeza que Elsa no entendió hasta que volvió a repetirlo y comprendió que se refería al mapa. Lo escrutó entonces con detenimiento, siguiendo sus anotaciones en aquella lengua extraña y sus dibujos. Y entonces entendió qué quería decirle Hipo.

Las montañas.

Era lo último que Hipo había dibujado al este de su mapa. Así que estaban más allá, en territorio desconocido.

El terror le subió por el cuerpo como un escalofrío de muerte y entonces recogió el mapa con rapidez.

—¿Sabes… dónde estamos? —consiguió preguntar Hipo, incapaz de apartar las manos de aquella herida abierta que le había cubierto las manos de sangre.

Elsa se levantó y volvió a guardar el mapa en la alforja de Desdentao. Se recogió el pelo en una coleta e intentó pensar con frialdad.

—Sí, tranquilo—le mintió convencida—. Hay un pueblo no muy lejos.

De estar más despierto, Hipo hubiese captado aquella mentira piadosa al vuelo, pero estaba tan cansado que decidió no cuestionarla. Y más cuando Elsa parecía tan segura de sí misma.

—Vamos, no nos paremos—lo alentó—. ¿Tienes frío?

Hipo asintió y Elsa sacó de su bolsa una manta, —de lo poco que había podido coger en su huida—, y cubrió con ella al vikingo. Tras esto, creó una pequeña plataforma de hielo sobre los pies del chico y lo ayudó de nuevo a subir sobre su dragón.

Hipo rabió de dolor al volver a sentarse, pero caminar definitivamente no era una opción para él en ese estado, así que no se quejó. Elsa buscó asustada la complicidad del dragón que echó a andar junto a ella.

Volar tampoco era ya una opción para ninguno de los tres.

Caminaron durante más de una hora en la oscuridad, sin rumbo. Elsa nunca había tenido tanto miedo en su vida y tal vez por esa razón no se sentía ni cansada. Al contrario, estaba sumamente despierta, atenta a cualquier sonido del bosque. Agradeció enormemente tener entonces la compañía de Desdentao, quien parecía ver mucho mejor que ella en la oscuridad, además de tener un instinto más desarrollado. Así que cuando el dragón quiso desviarse del rumbo que tenían, Elsa no rechistó. Simplemente se dejó guiar, confiando en la sabiduría de su naturaleza animal. Ni siquiera se toparon con otros animales, posiblemente espantados por la presencia del dragón.

Realmente en lo único que podía pensar Elsa era en Hipo.

El chico se había incluso recostado sobre su dragón, —no sin esfuerzo—, y parecía estar intentando lidiar con el dolor, sin mucho éxito. Elsa le recolocó la manta varias veces, asustada de lo rápido que parecía estar subiéndole la fiebre.

—Hipo no te duermas—le empezó a pedir entonces, cada vez que notaba que el vikingo respiraba más pausadamente.

—Hace mucho frío—se quejó Hipo.

Elsa la acarició la frente con un gesto casi maternal, comprobando su temperatura y arropándole hasta la barbilla. Aquello no podía estar pasándole en serio. Hipo no podía morirse y menos de aquella manera.

—Ya casi estamos, no te duermas—lo alentó Elsa, con falsas esperanzas.

Elsa intentaba situarse en el mapa. Había estudiado de niña aquellas tierras y sabía que estaban habitadas por algunos señoríos y castillos. No obstante, desconocía sus caminos y sus villas. Tal vez ni siquiera había poblaciones allí hacia donde se dirigían sin rumbo.

Caminaron cada vez más despacio hasta que se detuvieron en seco. Elsa estuvo a punto de caer sobre sí misma agotada, comprendiendo que hasta ella tenía un límite. Además, habían salido del castillo con lo puesto y aunque el frío no le afectaba, le sangraban los pies de andar descalza entre la maleza.

Miró a Desdentao, buscando la complicidad en él. Hasta ese momento, jamás había visto al animal tan humano. Sus ojos no parecían los de una bestia cualquiera y su mirada ocultaba una inquietud que denotaba su inteligencia. Y su preocupación. Su enorme y transparente preocupación.

—Hace mucho frío… —murmuró Hipo en su lengua, casi más para sí mismo.

Elsa comprendió que no podían seguir caminando a ciegas en plena noche, pero le pareció que detenerse era como rendirse. Y más porque una profunda certeza la invadió al entender que acampar allí en mitad de la nada era casi una sentencia de muerte para el vikingo.

No había que sentir el frío para ver que el vaho en su respiración indicaba que precisamente no era una noche que alguien quisiera pasar a la intemperie.

En ese instante, Desdentao alzó las orejas, como si hubiese oído algo. Elsa se tensó, pensando que tal vez era una mala señal. No obstante, le levantó el ánimo ver que Desdentao había retomado el paso, como si hubiese encontrado algo.

Caminaron durante minutos interminables, esperanzados a aquello que había percibido el dragón. Elsa luchó por seguirle el paso, pero el abuso de sus poderes había hecho mella en ella y empezaba a sentirse exhausta. Y de alguna forma también comenzaba a sentir frío, y eso no era una buena señal.

Al igual que la noche que había sufrido el cuadro de ansiedad tras hablar con Lena, el abuso de sus poderes la había debilitado y el frío empezó a invadirle la piel. Odiaba sentirse así.

Tal vez odiaba ser humana sin saberlo.

El dragón tiró entonces de su vestido, llamando su atención.

—¿Qué pasa Desdentao? —le preguntó al verlo olfateando de un sitio a otro—. ¿Has encontrado algo?

Una maravillosa sensación de esperanza la alentó a continuar, aunque caminaran a ciegas. Fue entonces cuando llegaron a lo que parecía una cabaña abandonada y en ruinas. Elsa quiso llamarlo 'cabaña' en su mente, pero la realidad es que no parecía más que un refugio para cabreros en la montaña. No obstante, en ese momento le pareció el lugar más acogedor del universo.

—Esperad, quedaos aquí—le ordenó a Desdentao—. Puede que haya alguien…

—Elsa no te vayas—la detuvo Hipo, despertándose de aquel trance—, puede ser peligroso.

—Tranquilo—le apretó la mano, aquella que no había soltado en todo aquel camino.

Hipo no tuvo tiempo de decir nada más, porque Elsa lo soltó y echó a correr por entre los árboles en dirección a aquella cabaña.

Con la agilidad de los entrenamientos de Astrid, se mezcló entre la maleza hasta acercarse lo suficiente. Tragó saliva inquieta y forzó sus poderes para crear una daga de hielo con la que defenderse en caso de ser necesario. Se acercó con cuidado, agachada, sin hacer ruido, hasta alcanzar lo que parecía una ventana. El corazón le iba a mil y las manos le temblaban, pero sacando valor se atrevió a echar un vistazo.

Casi lloró de alegría al comprobar que estaba vacía. Corrió hasta lo que parecía una puerta y la abrió de un empujón. La madera se quebró por el desgaste, pero consiguió abrirla y entrar por ella. Adentro no había prácticamente nada, solo polvo, unos sacos vacíos y un rastro negro de lo que un día fue una chimenea. Las ventanas estaban rotas y quebradas, había rastros de plumas de algún animal y el interior estaba helado, pero a Elsa no le importó.

Aquello era más de lo que necesitaba.

—Elsa… —gruñó Hipo al notar los brazos de ella sujetándolo.

—Es una cabaña—dijo animada, ayudándolo a bajar.

—No es buena idea.

—Es la única que tenemos—rebatió.

Hipo jadeó cuando Elsa intentó moverle, empapado en sudor y en su propia sangre. La reina miró a Desdentao y le hizo una seña para que acercara a Hipo hasta la cabaña, ya que él se veía incapaz de andar.

—Ey—lo llamó Elsa, acariciando su mejilla con un cariño inusual en ella—. Confía en mí, todo va a salir bien. Te lo prometo.

Hipo cerró los ojos al notar el escozor de las lágrimas, pero asintió, mareado y agotado.

Con la ayuda de Desdentao llevaron a Hipo hasta la cabaña. No obstante, el dragón no cabía por aquella puerta, así que finalmente tuvieron que bajar a Hipo entre sus quejas de dolor y los primeros sinsentidos de la fiebre.

En ese momento, Elsa sintió que sacó fuerzas de donde no las tenía, porque jamás hubiese sido capaz de cargar el peso muerto de un hombre desde aquella puerta hasta su interior y recostarle. Desdentao se abrió paso a través de un agujero del techo, haciendo que el polvo descendiera sobre ellos como un manto de nieve, además de algún trozo que otro de madera.

Cuando la reina al fin consiguió tumbar a Hipo boca arriba, arrastró unos cuantos de sacos viejos para cubrir un poco el suelo y evitar así el frío de la madera húmeda.

—Hipo no te duermas—le repitió una vez más Elsa, asustada al verlo tan pálido e ido.

Le posó la mano en la frente, angustiada al comprobar que estaba ardiendo.

—Hipo—lo llamó, acariciándole la cara y retirándole algunos mechones de la frente—. Hipo, por favor, dime algo.

Hipo se quejó, pero consiguió espabilarse un poco.

—Thor, el suelo está helado… —volvió a lamentarse el chico.

Elsa le colocó de nuevo la manta que había llevado puesta todo el camino y sacó de la alforja de Desdentao una especie de tela que seguramente tendría algún uso que desconocía. No obstante, se la echó por encima por si aquello podía abrigarle.

—Fuego… necesitamos fuego… —pensó Elsa angustiada, sintiendo en su piel algo de aquella sensación de frío.

Se acercó hasta lo que un día fue una chimenea y rebuscó entre las cenizas algo con lo que encender un fuego. Frustrada, salió corriendo de la cabaña y cortó con su magia algunas ramas del árbol que encontró más cerca. Sin ningún mimo, las dejó en aquella vieja lumbre, mareada de su propio esfuerzo. Intentó prenderlas, pero era imposible. Estaban demasiado húmedas.

En ese momento sintió un aliento cálido respirarle en la nuca. Había olvidado que tenían un dragón.

Desdentao prendió aquella leña en cuestión de segundos. Incluso aunque la madera estaba empapada por el rocío. Elsa le sonrió y le acarició el ocio, compartiendo su magia. Por un momento le vino un recuerdo de su noche de bodas, cuando Hipo encendió la chimenea y dijo que en su tierra encender un fuego era mucho más fácil.

Cuánta razón tenía.

—Gracias—le dijo Elsa silenciosa, apoyando la cabeza en la del dragón.

Ambos se acercaron entonces a Hipo, que respiraba entrecortado y temblaba de manera casi espasmódica.

—Tranquilo—le acarició Elsa con sus manos heladas—, verás que calentitos vamos a estar ahora.

Desdentao se tumbó alrededor de Hipo para contribuir a aquella promesa mientras soltaba un sonido de lloriqueo. Reina y dragón cruzaron la mirada entonces, preparados para lo peor.

—Hipo—dijo con dulzura Elsa—, tengo que sacarte la fecha—declaró, decidida—. Y necesito que me ayudes.

Hipo recuperó algo de lucidez al escucharla y asintió, luchando por incorporarse un poco.

—Tranquilo, no te muevas—lo detuvo Elsa.

Elsa le retiró la manta con cuidado y comenzó a desabrocharle la camisa empapada en sangre, aterrorizada de poder hacerle daño. Aquella prenda estaba tan empapada que había dejado de ser blanca y se le pagaba a la piel de manera casi cangrenosa, como una segunda piel.

Cuando al fin consiguió desabotonársela, rasgó la tela en la zona de la flecha, intentando quitársela sin moverle demasiado la punta de madera que sobresalía de la herida.

—Parece que se está hinchado… —pensó Elsa en voz alta.

—Eso no es buena señal—jadeó Hipo, agotado por el movimiento, pero más despierto que minutos atrás.

Elsa contempló horrorizada que la herida volvía a sangrar, posiblemente por culpa del zarandeo.

—No te muevas—pidió Elsa otra vez, sonando más asustada de lo que quería.

Hipo cerró los ojos y apretó el gesto, pero asintió.

Elsa se puso en pie entonces, intentando pensar con claridad.

—¿A dónde vas? —preguntó Hipo, desconcertado.

—No tardo.

Elsa salió de la cabaña y se movió rápida a su alrededor, recogiendo los trozos de una vieja cubeta que había visto antes de entrar. La agarró y corrió adentro con ella.

—¿Qué eso? —preguntó Hipo, temblando de frío y fiebre.

—Necesitamos limpiártela un poco.

Nerviosa y sin pausa, cerró las grietas de la cubeta con su magia y creó dentro un bloque de hielo.

—¿Tienes a inferno?

Hipo asintió, sin fuerzas para contestar y le señaló con la mirada hasta su cinturón. Elsa se agachó a su lado y extrajo la empuñadura de la espada de fuego con suavidad, intentando no mover a Hipo demasiado. Entonces, prendió la espada en fuego y la clavó en el bloque de hielo, acercando además la cubeta al amago de chimenea, impaciente.

Necesitaban agua. Así es como Miranda la había salvado a ella de la infección tras el ataque de dragones. Eso, era… limpiarían la herida, sacarían la flecha, la coserían… ¿Cómo la iban a coser?

—Elsa… —la llamó Hipo—. Siento mucho lo que ha pasado, lo que te he dicho… yo... yo no lo…si yo…

—No, Hipo—dijo tajante Elsa, aterrada de lo que pudiera decirle—. Lo que sea, me lo dirás mañana. Ahora necesito que te concentres y me ayudes.

Hipo asintió silencioso, mareado y exhausto.

Mientras el hielo se derretía, Elsa hizo trizas lo que quedaba de la camisa de Hipo y mojó los trapos en el agua.

El vikingo empezó gruñir nada más Elsa puso el primer trapo helado sobre la herida.

—Joder—maldijo en su lengua, consiguiendo que el dolor le mantuviera despierto.

—Perdona—se asustó Elsa.

—Tranquila, no pasa nada—jadeó, respirando hondo.

Elsa comenzó a hiperventilar, consciente de que aquello tenía una pinta horrible.

—Pásame un trapo—pidió entonces Hipo, calmo y con aspecto de haber recuperado algo de energía—. Yo hago presión y tú la sacas.

La reina asintió y se obligó a sí misma a calmarse, porque le temblaban las manos. Miró a Hipo, quien estaba pálido, sudado y con aspecto enfermizo. Al menos le sonrió con la mirada, como si confiara plenamente en ella.

—¿Estás seguro? —preguntó Elsa, con miles de dudas de repente.

—Te confiaría mi vida—hizo amago de sonreír—, literalmente.

En el fondo Hipo era consciente de sus opciones y al menos aceptó que morir desangrado era mucho más rápido y menos doloroso que morir de infección, así que llegados a aquel punto, tampoco tenía nada que perder. Lo único que era incapaz de aceptar, es que fuera a morir sin poder despedirse de Astrid o de su padre.

—Pues menuda responsabilidad—le sonrió Elsa, colocándose sobre él para extraerle la flecha.

Hipo agarró un trapo, preparado. Tomó aire, al igual que Elsa. Y se miraron.

—Tira fuerte y en una sola dirección—le explicó—. Y luego la quemas. Y no pares, aunque grite.

A Elsa le tembló el labio, pero asintió silenciosa.

—A la de tres… —indicó la reina, respirando agitada pero concentrada.

No recordaba haber estado más despierta en toda su vida.

—Uno…

Hipo cerró los ojos y tomó aire, mentalizándose para el dolor.

—Dos…

Elsa extrajo la flecha en cuanto terminó la cuenta atrás, firme y con fuerza, para evitar alargar aquella agonía inevitable. Escuchar a Hipo gritar le heló la sangre, pero no tuvo tiempo para titubeos y menos cuando el vikingo fue claramente incapaz de hacerse presión sobre la herida a sí mismo. Así que Elsa lo hizo por él, rápida, antes de que más sangre brotara con violencia de la herida.

El trapo se tintó de sangre de inmediato, pero no por ello Elsa dejó de hacer presión. Hipo perdió la consciencia durante unos minutos eternos en los que Elsa lo estuvo llamando sin éxito, pidiéndole por favor que reaccionara. No obstante, tampoco podía culparle, así que se limitó a hacer uso de sus poderes para quemarle a base de frío aquella herida que no paraba de sangrar.

—Hipo, vamos… —le palmeó la cara con una mano—. Vamos, no me asustes.

Elsa agarró otro trapo al ver que ese era incapaz de absorber más sangre y que aquel líquido caliente empezaba a resbalar por el costado del vikingo.

—Hipo, por Dios… —comenzó a realmente asustarse Elsa, temblando mientras colocaba el segundo trapo encima—, que se supone que eres un vikingo…

Aquella última sílaba se le cortó en la boca al notar cómo todo el agotamiento del mundo se cernía sobre ella.

—Venga Hipo—recuperó la compostura—, no pienso quedarme viuda siendo doncella—intentó bromear como haría él, nerviosa.

No obstante, Elsa sabía que le estaba pidiendo demasiado, así que se limitó a llorar en silencio mientras intentaba controlar aquella hemorragia. Lo consiguió a duras penas, quemándole más y más la herida con hielo en un intento de hacerla cicatrizar. No obstante, una gran mancha negra siguió extendiéndose bajo su piel, síntoma de que la sangre seguía manando dentro.

Elsa no pensaba rendirse, pero se le agotaban las ideas e Hipo cada vez estaba más caliente. Al menos empezó a balbucear algunas cosas inteligibles, señal de que no había muerto desangrado cuando Elsa le había arrancado la flecha del cuerpo.

Enfrío los trapos mojados con su magia y los puso sobre el pecho y la frente de Hipo en un intento casi infantil de bajarle la fiebre, pero al cabo de unas horas cambió de táctica al ver que no parecía surgir efecto.

Terminó sentándose en el suelo a su lado, tomándolo de la mano y viéndolo arder en fiebre mientras deliraba y hablaba en aquella lengua que la reina apenas podía comprender y menos en aquel murmullo.

Fue así que prácticamente se le hizo de día, esperando aterrada que le bajara la fiebre o que la muerte fuera a buscarle. Posiblemente más lo segundo.

En algún momento de la noche, el vikingo la confundió con Astrid, llamándola repetidas veces por este nombre o incluso por el apellido de la vikinga. También dijo otras cosas sin sentido y llamó a su padre. Elsa, sin embargo, no sabía qué decirle, así que se limitó a acariciarle la cara y cantarle entre lágrimas las nanas que su madre le cantaba de niña. No obstante, llegado el momento, Hipo llamó a su abuela y entonces Elsa supo que lo perdía.

Porque solo los que están a las puertas del cielo llaman a sus muertos.

—Lo siento tanto, Hipo—le lloró sin consuelo.

—¿Eres una valkiria? —preguntó desconcentrado.

Elsa ni siquiera entendió lo que decía.

—Soy quien quieras—dijo torpemente en la lengua de los vikingos—, pero quédate conmigo, por favor. No me dejes, te lo suplico. No me dejes sola, Hipo…

Elsa le acarició la cara y se le paró el corazón al descubrir que estaba muy frío. El chico seguía respirando con dificultad, pero la pérdida de sangre empezaba a hacer efecto y se estaba entumeciendo, e incluso amoratando.

Elsa nunca había visto morir a nadie, pero en ese momento no tuvo dudas de que Hipo sería el primero.

Era una certeza tan clara como la vida misma. Y entonces dejó de llorar.

Se sentó sobre las rodillas, juntó las manos y rezó por su alma. Intentó rezar incluso a los Dioses del vikingo porque, aunque no supiera sus nombres, estaba segura de que la escucharían. Le entristeció la idea de que no compartieran un más allá o de que Hipo tal vez profesara una fe equivocada. ¿De verdad el chico iría al infierno? Pensó entonces. ¿Acabaría allí como tantas veces le había dicho su padre que terminaban todos los paganos?

No. Sin duda eso no podía ser cierto.

Y entonces dejó de rezar, aunque eso le destrozara cualquier consuelo.

Porque era imposible encontrar consuelo para ver morir a alguien como Hipo. Alguien joven, alegre, bondadoso... Un alma libre que se había atrevido a soñar, a tolerar por encima del miedo y la violencia. A respetar y a amar todo lo que tenía a su alrededor. A ver en ella algo más que una reina frígida o un monstruo contra natura.

Elsa todavía recordaba cómo el chico la había abrazado y consolado la noche que discutió con Lena y cómo había aceptado todo de ella, sin titubeos. Y también en cómo la había envuelto con su cálido cuerpo horas atrás, cómo la había besado y cómo había implantado algo de calor en su corazón de hielo.

Era injusto. Terrible y dolorosamente injusto. Un sinsentido.

El chico ni siquiera había tenido tiempo de cerrar sus asuntos pendientes o de hacer su vida. De desposar realmente a la mujer que amaba y compartir su vida con ella. De despedirse de Astrid o de tener hijos y envejecer…

—Lo siento tanto, Hipo—se disculpó la reina, sintiendo una terrible culpa, cómo si ella no hubiese sabido protegerle—. Lo siento tantísimo… perdóname, por favor.

Jamás pensó cuando alguna noche lo observó mientras dormía que lo vería algún día de aquella manera. Que lo vería dormirse para no despertar.

Se inclinó con cuidado sobre el chico y le dio un beso corto en los labios, a modo de despedida.

—Que allí a donde vayas… espero que algún día pueda encontrarte —murmuró Elsa contra su mejilla, pensando que, si fuera posible, se moriría de dolor en ese mismo instante.

Se sorbió la nariz, incapaz de pensar qué iba a ser ahora de ella. Cómo podría dejarlo allí y marcharse de regreso a Arendelle. Cómo podría seguir su búsqueda o luchar contra Drago por su reino. Cómo podría volver a mirar a Astrid a los ojos y decirle que le había fallado, que lo había dejado morir.

Entonces la ira le inundó las venas y una cara se dibujó en su mente: la del cazador.

Ni siquiera les había dicho su nombre, el muy hijo de puta. Elsa pensaba matarlo con sus propias manos si hacía falta. Jamás le perdonaría la muerte de Hipo, como jamás podría perdonarle lo que le estaba haciendo a su pobre sobrina.

Su sobrina.

Aquel pensamiento entró como una ráfaga de viento helado en la mente de Elsa.

Su sobrina.

El cazador.

La sangre.

El libro de su tía.

La princesa y el dragón.

Todo aquello comenzó a brotar en la mente de Elsa como flashes sin sentido que por alguna razón encajaban a la perfección. Ni siquiera podía respirar.

Aquel cazador estaba obligando a su sobrina a beber sangre.

A beber sangre 'por su bien', había dicho el duque. Y aquel cazador había dicho estar buscando al furia nocturna de Hipo. La misma especie de dragón que Hipo había encontrado a las puertas del bosque encantado, muerto y destripado. Aquel mismo lugar donde Hipo le dijo que el cadáver había desaparecido y en su lugar había un manto de flores y vegetación…

Temblando se levantó del suelo y corrió hacia el barreño de agua. Sin pensárselo dos veces, se sacó por la cabeza el camisón de lino manchado de sangre, quedando prácticamente desnuda, salvo por la ropa interior que cubrían su pubis.

Su sobrina. El cazador. El libro de su tía. La princesa y el dragón. La sangre.

Y Desdentao.

Y su mirada de terror al verla aparecer cubierta de aquella sangre…

Miró al dragón, temblando, desnuda y llorando. Y vio el desconcierto en su mirada. Seguramente estaba pensando que Elsa había perdido la cabeza, así que se limitó a contemplarla silencioso con sus enormes ojos verdes, protegiendo el cuerpo de Hipo con el suyo.

Elsa parpadeó. Sentía que su mente iba a otra velocidad. Agarró la cubeta y sin apenas fuerzas lazó su líquido sucio afuera de la cabaña. Corrió otra vez dentro y forzó a su magia a crear más hielo. Sus manos no le respondieron, desprendiendo un vaho fantasmagórico que apenas enfriaba el aire.

Había llegado al límite y hasta comenzó a notar un líquido caliente bajarle por la nariz, como señal de alarma.

—Vamos—se exigió a sí misma, consciente de la cantidad de magia que había usado esa noche.

Exhausta y helada, consiguió crear un pequeño bloque de hielo casi derretido. Sin embargo, era más que suficiente. Metió su camisón de lino en el barreño casi sin parpadear y esperó ansiosa que el agua se tiñera con su sangre seca. Elsa sabía que aquel camisón estaba lleno de tierra, sangre de Hipo, sudor y de su propia sangre. Posiblemente también de la sangre de alguno de los matones del cazador, pero todo eso no importaba si estaba en lo cierto. Porque aquel camisón estaba empapado con algo más:

La sangre que había estado bebiendo su sobrina.

Aquella sangre que le había traído el cazador de dragones.

Sin apenas esperar, creó un vaso de hielo a duras penas y lo metió en el barreño, extrayendo un agua sucia tintada con sangre. Elsa era consciente de su propia locura, pero tampoco le quedaban opciones y se aferraría a un clavo ardiendo si hiciera falta con tal de salvarle la vida a Hipo.

—Hipo, despierta—casi le gritó, zarandeándolo con violencia.

El chico apenas se movió, muy lejos ya de aquel mundo terrenal. Elsa puso una oreja contra su pecho, nerviosa. Aún tenía latido, pese a que estaba helado y blanco como la nieve.

Sin ningún mimo, se sentó tras él en el suelo y tiró de él para erguirle. Ni siquiera sintió vergüenza de estar desnuda o de apoyárselo contra su pecho, con tal de enderezarlo un poco.

—Hipo, por favor, quédate conmigo—pidió—. Escucha mi voz, no te vayas. ¡Despierta!

El chico apenas reaccionó, así que Elsa acabó agarrándolo de la cabeza para hacerle beber aquel brebaje.

—Hipo, vamos—suplicó—. Ayúdame.

Elsa presionó aquel vaso contra los labios del chico y lo inclinó para que bebiera. Sin embargo, el líquido resbaló de su boca, sin éxito.

—Hipo, por favor—empezó a llorar, desesperada.

Volvió a repetirlo una vez más, con el mismo resultado.

—Vamos, vamos…

Elsa inclinó a Hipo un poco más, obligándolo a tragar y aunque no lo consiguió, estalló de felicidad al oírlo toser. Posiblemente porque se estaba atragantando.

No obstante, eso significaba que había recuperado algo de consciencia y Elsa no desaprovechó la oportunidad para hacerle beber todo el vaso de aquel contenido. Hipo tosió, escupió y se quejó, pero al final consiguió beberse al menos tres vasos de aquel mejunje asqueroso. Por si las moscas, Elsa empapó también un trapo con aquella agua sucia tintada de sangre y lo apretó contra la herida de Hipo.

Tal vez simplemente se había vuelto loca y estaba alargando la agonía de Hipo inútilmente, pero no podía tirar la toalla sin al menos intentarlo.

No supo muy bien si estaba surgiendo efecto o no, pero al menos al abrazarse a él creyó notar que el calor había vuelto a su cuerpo.

Con este último pensamiento de felicidad cayó desfallecida de agotamiento, desnuda y con el temor de que cuando despertara, Hipo la hubiese abandonado.

Que la hubiese dejado sola en las garras de su maldita suerte, desnuda y llorando como una niña con el corazón roto, asustada, temblorosa y con el alma helada, en la noche más fría del año.

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REVIEWS:

Antonio, a ti te contesto por privado. Mil gracias como siempre por tus maravillosas reviews ^^

Kolomte'49: muchas gracias como siempre por tus maravillosas reviews. Sí, lo del pañuelo también me hacía mucha gracia a mí jajaja me alegra que te haya gustado ese detalle. Y también la parte del encuentro y desencuentro de ellos. Como bien dices, lo que ocurre con la sobrina de Elsa creo que es lo da un poco de 'luz' al rumbo que tomará la historia. Hasta ahora he ido dejando pequeñas pistas, pero creo que esto al fin ayuda a marcar la dirección. Muchísimas gracias por tu review, espero que también te haya gustado este capi. ¡Un abrazo enorme!

ZAIKO23: jajaja me hizo mucha gracia tu review. ¡Muchas gracias! Me alegra un montón saber que te despertó tantas emociones. En cuanto a tus preguntas: Valka aparecerá... en algún momento; Hans es un bicho malo jajaja; todo lo demás, es un misterio que se verá en los próximos capis. Paso a paso. ¡Mil gracias por tu maravilloso apoyo! Besos.

denebtenoh: Holiiii! Qué alegría me dan siempre tus reviews ^^ Me hace feliz que te gustara la escena de sexo, yo tuve muchas inseguridades porque no quería que quedase cliqué. Quería que fuesen ellos, apasionados pero cómplices y amigos. Me alegra que te gustara. Y sí, todo lo demás... ¡Sorry! xD. No te preocupes por la gente que lee. Es cierto que me desanima un poco ver que no hay reviews o seguidores. O que haya desaparecido casi dos meses y en ese tiempo nadie nuevo leyera la historia. Pero esto es así, igualmente mi intención es continuar. ¡Te mando un abrazo enorme y mucha salud! Cuídate ^^ Y GRACIAS

Silpha: Hola y bienvenidx! Tu español es PERFECTO! No te preocupes :D. Me alegró muchísimo tu review ^^ Sí, Hipo y Elsa sufren mucho por no ser capaces de decir lo que sienten o de al menos entenderlo. No es fácil cuando amas a varias personas y no sabes cómo gestionarlo. Como dices, así es el drama hahahaha. Claro, en algún momento deberán contárselo a Astrid. Ambos son buenas personas, no creo que le ocultaran algo así (¿o sí?) ¡MUCHAS GRACIAS POR TU REVIEW! Un abrazo :)

ShirayGaunt: Hola! Bienvenidx a esta historia! MIL GRACIAS POR TU REVIEW ^^ Qué ilusión que te animaras a escribirme, me alegró mucho leerte. Creo que has sido la más aguda hasta ahora XoX. Y sí, Hipo y Elsa se dijeron cosas horribles, a ver cómo se enfrentan a eso ahora. :S. Como has visto en este capi ¡LLEVABAS RAZÓN! Hay sangre de furia nocturna de por medio en todo este misterio, que ya te adelanto se solo acaba de empezar. De nuevo, MUCHAS GRACIAS por tu maravillosa review ^^ Espero que este capítulo también te haya gustado, aunque haya sido más lento y cortito. ¡Un abrazo!

Guest: se acabó la espera! ^^

CRONO06: Muchísimas gracias!Y sí, la otra review tenía razón jajaja Como ves, Elsa se siente fatal. Tal vez es la primera vez que se ha sentido realmente humana, que ha salido de la esfera de cristal donde vive. Y esto, créeme, solo ha sido el comienzo. ¡Un abrazo enorme!

flores231: holiii! Muchas gracias por tu review ^^ Qué bien que te gustara el capi. Sí, ahora os espera mucho Hiccelsa, pero queda MUCHO más por llegar. Un abrazo enorme para ti. ¡Nos leemos!

Y muchas gracias a todos los fav, follows y demás lectores anónimos que siguen leyendo esta historia.

UN ABRAZO Y FELICES FIESTAS!