Hola a todxs!

Después de dos meses desaparecida, aquí estoy con un nuevo capi ^^

Lo primero de todo, os pido disculpas por la larga espera y por haberos dejado con ese final del capítulo anterior jajaja

Llevo meses queriendo publicar, pero últimamente he pasado por una crisis artística que no me permitía escribir ni concentrarme mucho en esto. No obstante, no tengo intención de dejar a medias esta historia pero sí que debo ser realista y sincera conmigo misma. No, no puedo hacer una historia de la magnitud que tenía en mente.

Además, aunque sea triste, este fandom está muriendo un poquito cada día y es complicado invertir tantas horas, esfuerzo y pensamientos a una historia que apenas llega a la gente, o al menos eso es lo que siento últimamente.

Por esta razón, he decido 'recortar' la historia a como la tenía ideada al principio. Haciendo un cálculo estimado, pensaba concluir con unos 30-40 capítulos. Sin embargo, voy a optar por quitar tramas y aligerar un poco todo, dejándolo así en unos 25-35 capis más bien.

Este capi que vais a leer es bastante cortito, de más o menos la misma extensión que el anterior. A partir de este, los siguientes serán un poco más largos, pero la publicación seguirá siendo un poco irregular. Me gustaría deciros que publicaré el mes que viene, pero todo se verá. Espero que la inspiración regrese a mi vida!

De igual modo, MIL GRACIAS A TODOS LOS QUE ME LEEIS Y ME DEJÁIS UN COMENTARIO. Si sigo sacando fuerzas para publicar es en parte a vosotros. Sé que escribo para mí, pero publico para los que siguen la historia. Mil gracias de corazón!

Sin más, os dejo con el capi y os invito a que compartáis impresiones. Sé que está más flojito que otras veces, pero se avecina tormenta jajaja

Nos leemos abajo ;)

PD: AH! Actualicé la imagen del fic. La otra era un montaje que hice con otras imágenes, pero me parecía feo tener una imagen de autores a los que no podía citar, así que he dibujado una yo misma. (Imagen que por cierto, es un poco spoiler xS) jajaja

Bss


EL FINAL DE UN CUENTO MACABRO

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Los rayos de sol entraron perpendiculares por los cristales rotos de la cabaña, señalando el final de aquel primer día de primavera que ni Hipo ni Elsa habían contemplado.

El vikingo había deambulado por un mundo de sombras durante horas eternas, luchando contra la fiebre y la falta de aire. Había batallado así, etéreo y sin armas, entre la fina línea que separaba aquel mundo terral del incierto más allá. Ese que le tentaba con las puertas abiertas, con esa promesa de abismo y gloria, de lucha y paz.

Se había pasado todo el día contemplado cómo la realidad se le deformaba entre las manos y las pesadillas le invadían a través de un rio inconexo de imágenes. Había oído el más bello llanto de las valkirias y había sido también acunado por los cálidos y protectores brazos de una madre que no había conocido. No obstante, también le habían perseguido monstruos y le habían devorado el alma con sus garras de hueso y metal. Lo había ganado todo y de la misma forma lo había perdido. Se encontró a sí mismo flotando en un mar rabioso, pero su cuerpo inerte no había sabido nadar. Y se había ahogado. Y desde el fondo había contemplado a Astrid llorar, pero no a la Astrid que conocía, sino a una Astrid mucho más joven, casi una niña. Y luego simplemente había caído al vacío de los no lugares.

Y así se le habían pasado las horas. Cayendo más y más hacia a la nada, nadando en el abismo, ardiendo en fiebre y rezando porque la pesadilla acabara pronto, sin importar el final.

Cuando Hipo abrió los ojos, sintió que la cabeza le iba a estallar.

Tenía la migraña más fuerte jamás había sentido en toda su vida y la luz le molestó de tal sobremanera que volvió a cerrar los ojos. Estaba completamente mareado y todo le daba vueltas. También se sentía sediento, desconcertado y con una terrible sensación de desorientación. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? ¿Por qué el mundo no paraba de moverse a su alrededor?

Tardó en reaccionar.

El tiempo que se prolongó durante minutos eternos u horas, nunca supo decirlo. La primera vez que abrió los ojos había sol. Y ahora, en ese segundo parpadeo, solo quedaba la luz de la luna. Pensó que tardaría más en reaccionar, pero se despertó de golpe cuando una punzada de dolor lo sacudió sin avisar.

Se llevó la mano al abdomen, donde la piel la tenía extremadamente sensible.

'La flecha' recordó anestesiado por la fiebre, pero lúcido por el dolor.

Le ardía la herida, pero al menos no le sangraba. De hecho, por su tacto rugoso parecía estar cicatrizada por completo. ¿Cómo era eso posible?

Luchó por abrir más los ojos, encontrándose de nuevo con un techo roto de manera que no supo reconocer.

¿Dónde estaba?

No recordaba muy bien cómo había llegado hasta allí, pero no tardó en escuchar la respiración tranquila de su dragón a su lado. Esto lo calmó de inmediato, porque le hizo aceptar que allí donde estuvieran, debía ser un sitio seguro.

Iba a dejarse caer otra vez al abismo cuando recordó entonces un detalle más: Elsa.

Luchando por incorporarse sin éxito, giró la cabeza, encontrándose con la chica, quien dormía a su lado acurrucada en sí misma.

Se sorprendió mucho al verla, tal vez porque en la última imagen que recordaba con claridad de ella se le había aparecido como una valkiria vengativa, dando muerte sin piedad a los hombres que querían matarles. Ahora, sin embargo, todo lo que quedaba de esa mujer poderosa no era más que un reflejo de una niña inocente y exhausta. La reina estaba inexplicablemente desnuda, abrazada a sí misma y echa un ovillo, temblando. Su cuerpo pálido estaba marcado por las cicatrices de la última batalla, pero también había nuevas de la noche anterior. Hipo sintió que se le encogía el alma al verla así, arropada prácticamente por su pelo blanco y una manta más pequeña y sucia, por no hablar de que estaba cubierta de sangre por todas partes y tenía rastros en la cara de haber estado llorando.

El vikingo intentó incorporarse, pero el dolor y unas terribles ganas de vomitar lo detuvieron en seco. Al menos, logró agarrar la manta con la que estaba arropado e hizo amago de cubrir con ella también a Elsa.

—Hipo… —susurró la chica ante el gesto, parpadeando sorprendida.

Elsa se despertó como quien ha estado toda la noche en duermevela. Sin embargo, parecía demasiado agotada como para tan siquiera moverse. Así que simplemente abrió los ojos y le sonrió, alzando con suavidad la mano para acariciar su cara. Como si tuviese que asegurarse de que Hipo realmente estaba vivo y no era un fantasma.

—Elsa… ¿estás bien? —preguntó el chico al sentir el contacto ardiente de la mano de Elsa contra su cara.

A la chica se le inundaron los ojos de lágrimas.

—Tú estás bien—afirmó con una felicidad que Hipo no entendía.

—¿Y tú ropa? —preguntó extrañado.

Elsa soltó una risa entre lágrimas.

—Eso da igual—consiguió decir, sorbiéndose la nariz y apretándose contra sí—. Todavía tienes fiebre.

Hipo la miró, sin saber cómo aquella mujer podía tener el título de la reina de hielo. Solo había que verla para saber que no había ni una piza de frialdad en su corazón. Tal vez se debía a la fiebre, pero casi podía decir que Elsa desprendía un brillo blanco como la luna. Quizás no se había dado cuenta hasta ahora, pero posiblemente Elsa era una Diosa en la tierra.

—Estás muy cálida—consiguió decir el vikingo, siendo consciente por primera vez de que Elsa debía haberse excedido otra vez con los poderes—. ¿Tienes frío? —preguntó al verla temblando.

A Elsa no le cabía la felicidad en el cuerpo de ver que Hipo estaba vivo. Realmente vivo. Ni siquiera se dio cuenta de la preocupación en su mirada. Seguía pálido y con aspecto enfermizo, pero al menos había recuperado el color en las mejillas y su rostro ya no estaba perfilado por la muerte. Eso le bastaba.

Asintió con timidez a la pregunta del chico, se secó las lágrimas y se abrazó a él sin dudarlo cuando el vikingo levantó un poco la manta para acogerla a su lado. Puede que Hipo estuviera ardiendo por la fiebre y tuviera el torso lleno de sangre seca y sudor, pero a Elsa le pareció maravilloso sentir el calor de cuerpo, de su piel contra la suya. Del calor de la vida.

—Qué vergüenza… —expresó entonces en su intento desesperado por contener las lágrimas mientras expiraba una risa nerviosa y se apretaba contra él.

—¿Y eso por qué? —. Hipo hizo un amago de risa también.

—Porque estoy desnuda y llorando—expresó Elsa, riendo mientras las lágrimas todavía le recorrían las mejillas.

—No seas tonta— le dio un beso cariñoso en la cabeza—. Además, ya te había visto desnuda antes—bromeó.

Elsa volvió a reírse entre lágrimas, abrazada a él. No era consciente del frío que había pasado hasta que Hipo la había cubierto con la manta. Hasta que Hipo había vuelto a la vida.

—Vaya susto me has dado—confesó entonces la reina, sorbiéndose la nariz mientras intentaba controlar sus emociones.

Lo último que podía permitirse era congelar al vikingo.

—Hace falta algo más que una flecha para matarme, mi reina—le quitó importancia Hipo con voz ronca, intentando poner algo de humor a la escena, consciente por la reacción de Elsa que verdaderamente había estado a punto de morir.

Elsa rio y lloró por igual, apretándose contra él, como si así pudiera retenerlo si la muerte volvía con intención de llevárselo. Lo cierto es que una flecha sí que habría bastado para matarlo. Le daba miedo aceptarlo, pero un objeto pequeño e insignificante sí que podía arrancarle la vida al más bravo de los guerreros o a la mejor de las personas. A cualquier inocente, familiar u amigo. A Hipo.

—¿Cuánto tiempo llevo durmiendo? —preguntó desorientado el chico.

—Todo el día—respondió más calmada Elsa, secándose con la muñeca las últimas lágrimas—. Pensé que no despertarías hasta mañana.

—Lo siento mucho—se disculpó Hipo—. No quería asustarte.

Elsa negó contra él, intentando calmarse.

—Lo siento yo… —dijo con voz entrecortada—. Se suponía que debía protegernos a todos.

—Esto no ha sido tu culpa, Elsa.

Elsa quiso creerlo, pero no pudo.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó tímida y culpable, buscando sus ojos.

Aquello sería un debate posterior, pero lo cierto es que no sabía cómo confesarle al vikingo que lo había hecho beber sangre. Sangre con una terrible procedencia.

—Bueno, la cabeza me va a estallar… —expresó el vikingo con tono sosegado—, y si te soy sincero, creo que me he orinado encima.

Elsa se rio, escondiendo la cabeza en su pecho.

—Si te consuela, yo tampoco me siento precisamente una reina en este momento.

Y no mentía, porque ni en el peor de los momentos se había visto a sí misma así, despojada de toda integridad y respeto, desnuda, cubierta de barro y sangre y llorando como una niña aterrada.

—Creo que ahora sí que somos oficialmente un matrimonio—sentenció Hipo.

El chico compartió con ella una risa cómplice hasta que el dolor regresó como una bofetada. Cerró entonces los ojos y tomó aire, largo y profundo.

—¿Te parece si los dos dormimos un poco más? —propuso Elsa, acariciando la piel del estómago de Hipo y colocando su mano junto a su herida, como si así pudiera ayudarle.

Hipo se limitó a asentir, contraído, y acto seguido buscó la mano de Elsa bajo la manta y la tomó con la suya. En cualquier otro momento le hubiese dado vergüenza hacer algo así, pero ambos estaban demasiado exhaustos para lanzarse esas cuestiones. Así que se apretaron el uno contra la otra bajo aquella manta en el suelo y se abrazaron en aquella promesa silenciosa de que no iban a dejar al otro solo. Y con este último pensamiento, volvieron a entrar en un profundo y largo sueño.

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Hipo y Elsa se pasaron toda la noche y parte del día siguiente durmiendo a duermevela en el suelo, abrazados bajo el efecto de la morriña de la fiebre. Elsa había estado tan preocupada por Hipo que ni se había dado cuenta de su propio exceso. Ni de su propio estado febril a causa de su magia. Despertó varias veces, pero ante el cansancio y el terror que le provocaba la sola idea de alejarse del chico, acabó cayendo presa de las mismas garras del sueño.

A ratos podría decirse que ambos se habían despertado y habían compartido algunas palabras livianas, pero nunca podrían recordar muy bien cuales, porque durante aquel largo día la realidad se distorsionó bajo el agotamiento.

Hipo despertó a la mañana siguiente con las primeras luces del día. El dolor de cabeza se había disipado un poco, pero su cuerpo seguía muy resentido y por alguna razón que no entendía seguía estando mareado y con unas nauseas terribles.

Se despertó demás asustado al notar la ausencia de Elsa, pero en cuanto fue capaz de abrir los ojos se relajó al ver a la chica al fondo, echando leña al fuego. Sino fuera porque conocía a la reina, hubiese pensado que era un fantasma o un espectro del bosque. O al menos así se veía, agachada, medio desnuda y con el pelo blanco suelto junto al fuego. Al igual que como se la había encontrado la noche anterior, iba medio desnuda, pero se había cubierto con una de las camisetas que a veces Hipo llevaba en las alforjas de Desdentao. Tenía mejor aspecto o al menos ya no parecía tener frío.

Hipo iba a decir algo cuando Desdentao empezó a lamerlo en la cara, cariñoso. El vikingo iba a quejarse cuando escuchó la suave risa de Elsa.

—No se ha separado de ti ni un segundo—señaló entonces la chica, de buen humor, acercándose a ambos y agachándose tímida para acariciar el hocico del animal—. ¿Te encuentras mejor?

—Sí, mucho mejor—mintió Hipo, acariciando también a Desdentao.

Elsa le sonrió sincera, con ese rostro que indicaba que seguía preocupada por él. Con cariño, le puso una mano en la frente, midiendo su temperatura. Hipo notó su mano caliente y supo que, aunque Elsa tuviera mejor aspecto, debía seguir reponiéndose del abuso de magia.

—Te está bajando la fiebre—sonrió, acariciándole la mejilla—. Eso es buena señal.

Hipo también le sonrió y sostuvo la mano de Elsa sobre su cara. El vikingo no supo muy bien por qué, pero los ojos se le inundaron de lágrimas. Muy posiblemente le dolía verse tan débil o ser el causante del sufrimiento de Elsa. O tal vez, simplemente, porque lo último que le había dicho a la reina antes de aquella pesadilla era que pensaba que ella era una egoísta.

Ahora que estaba más despierto, la discusión de ambos había vuelto a su cabeza como una bofetada.

—¿Estás bien? —preguntó la chica, limpiándole las lágrimas.

Hipo negó en silencio. Notando además cómo su cuerpo se retorcía y la bilis le subía por el esófago.

—¿Me ayuda a incorporarme? —pidió entonces, pálido y mareado—. Creo que voy a vomitar.

Elsa asintió y se apresuró a incorporarle un poco, sujetándolo por los hombros mientras intentaba cubrirse un poco. Puede que Hipo ya la hubiese visto desnuda, pero eso no quitaba que le diera vergüenza. Después de todo, era una reina.

Tal como había pronosticado el vikingo, empezó a vomitar en cuanto se enderezó. Los ojos se le inundaron cuando sintió la bilis en su boca, notando cómo su estómago y su cuerpo entero se retorcía. No obstante, lo peor fue ver que estaba vomitando sangre. Una sangre caliente y acuosa que le supo a metal y óxido. Una sangre que le estaba quemando la garganta, como si su cuerpo la rechazara por todos sus poros.

Elsa le acarició con suavidad la espalda, silenciosa y culpable, hasta que el vikingo terminó de vomitar. Tras esto se levantó y le acercó un poco de agua, para que se limpiara. También usó lo que quedaba de su vestido para limpiar aquel charco de sangre.

—Lo siento—se disculpó Hipo, mareado y con el cuerpo tembloroso—. No tienes que limpiarlo.

—Cállate y descansa—ordenó Elsa, obligándolo a recostarse de nuevo—. Si necesitas vomitar otra vez, dímelo, ¿vale?

Hipo asintió.

—¿Puedo pedirte otro favor? —preguntó algo dudoso, todavía mareado por el esfuerzo de vomitar.

—Claro—le sonrió amable Elsa.

—¿Me ayudarías a quitarme la prótesis? Estoy algo entumecido.

La reina debía ser sincera consigo misma. Todo lo mundano, siempre le había venido grande.

Se había criado en un palacio de oro, encerrada en una habitación de seda. Jamás había visto la miseria, la pobreza, el hambre ni la enfermedad… ni siquiera la muerte, pese a haber sufrido la de sus padres.

De hecho, incluso tras vivir la tragedia en su reino, ni se había sentido con fuerzas para visitar a los heridos y enfermos.

Y sí, sin duda verse a sí misma sucia, cubierta de sangre, herida, hambrienta y cuidando de un enfermo… No era algo para lo que hubiese estado preparada. ¿Pero quién lo está? La situación la superaba un poco, pero hizo de tripas corazón y se dijo a sí misma que su vida anterior había sido un sueño. Y pese a que la realidad le aterrara, ya era hora de enfrentarse a ella.

—Dime qué tengo que hacer—accedió.

Hipo hizo el esfuerzo de incorporarse un poco y le explicó a Elsa lo que debía hacer.

—¿Te duele? —preguntó cauta Elsa, desatando las correas que sujetaban la prótesis al muñón, tal como le había explicado el vikingo.

—Un poco—se sinceró Hipo—. Va a llover…

Elsa no pudo evitar sonreír al oírle, pensando que sonaba como los ancianos con reuma. No obstante, la sonrisa le desapareció al retirarle la prótesis y ver el muñón de Hipo.

—Tiene una pinta fea, ¿eh? —bromeó Hipo ante su silencio.

Elsa tomó aire para responder, sin saber ni qué decir. Las correas le habían hecho daño y posiblemente la huida por el bosque tampoco había ayudado. La piel estaba rojiza y amoratada, maltratada del ajetreo. Además, como ya le había revelado Hipo la noche del incidente con Lena, también tenía marcas horribles en la piel de dientes e hilos mal cosidos.

—No… —consiguió articular Elsa—. He visto cosas peores.

Hipo sonrió.

—Eres muy mala mintiendo— bromeó Hipo, algo cansado.

—Y tú un enfermo muy bocazas—se defendió Elsa, agradecida en realidad del comentario de Hipo.

Lo cierto es que sí que le había dado mucho impresión verle el muñón.

—¿Te tumbarías un rato más conmigo? —pidió entonces Hipo, sin el rastro de ironía que había usado hasta ahora.

Elsa asintió en silencio y se tumbó junto a él. No tardó en abrazarse a su cuerpo, agradecida de que Hipo también la abrazara.

—Tienes que descansar, Elsa—susurró entonces Hipo, acariciándole el pelo—. Tú también sigues teniendo fiebre…

Elsa se apretó más contra él.

—Se me pasará, no te preocupes—le restó importancia, intentando cambiar de tema.

Odiaba preocupar a los demás.

—Qué horrible es sentir frío—apuntó entonces, escondiéndose en el pecho de Hipo.

Lo cierto es que el miedo a morir los había unido físicamente, por extraño que pudiera parecer. La vergüenza de tocarse se había cambiado por casi una necesidad.

—Bienvenida a la vida humana, mi reina—bromeó Hipo al oír su comentario.

—Gracias, mi rey—le siguió la broma ella, irónica—. Todo es dicha en este estado.

Hipo no pudo evitar dejar escapar un amago de risa. ¿Desde cuándo Elsa bromeaba?

—¿Tan mal te parece ser humana?

Elsa bufó.

—Si por ser humana te refieres a comportarme de manera irracional, dar muerte a inocentes y llorar como cuando era niña; además de no sentir los pies del frío… —dramatizó Elsa con cierto dolor—. Sí, supongo que odio ser humana.

Hipo la miró con cierta tristeza. No había tenido tiempo de pensar en cómo debía sentirse Elsa ante lo sucedido con el cazador. El vikingo recordaba la escena y tenía que admitir que Elsa le había causado cierto terror. Lo que no imaginó es que Elsa pudiera manifestarlo verbalmente, aunque fuera en forma de ironía.

—Elsa, no tiene nada de malo sentir cosas, aunque sea ira o tristeza—le dijo, sin dejar de acariciarle el pelo—. Y no has hecho nada de lo que debas avergonzarte… A mí me has salvado la vida.

Pero Elsa sí que se sentía muy avergonzaba. Sentía vergüenza de haber sentido tanto odio, de haber matado sin miramientos, de haber derramado tanta sangre… De haber sido tan torpe de no haber podido proteger a Hipo, de haberle dado de beber sangre… ¿Cómo le iba a confesar eso? Y lo peor, sentía vergüenza de abrazarse a él con tanta desesperación. De necesitar su calor para hallar algo de consuelo.

—¿Sabes? —intentó animarla el vikingo—. Creo que hemos vivido sin quererlo el sueño de tu hermana, aunque con final más macabro.

Elsa alzó la cabeza para mirarle a los ojos, sin saber de qué estaba hablando o por qué de repente Hipo le sonreía. ¿Le había vuelto a subir la fiebre?

—La historia de tu hermana que me contaste—le explicó, con cierto sarcasmo, recordando la noche de sus lecciones de baile—. Dos amantes huyendo de un baile en plena noche a lomos de un caballo para casarse… Si cambias al caballo por un dragón y la iglesia por una casa abandonada… es básicamente la misma historia.

La reina no se molestó en ocultar su sonrisa. ¡Qué idiota podía ser a veces ese hombre! Ese vikingo idiota que ni a las puertas de la muerte había perdido la sonrisa torcida y las ganas de destruir la estabilidad de sus emociones.

—¿Cómo puedes bromear en este estado? —preguntó Elsa seria, sin perder la sonrisa.

Hipo solo suspiró, besándola en el pelo.

—Me dormiré más tranquilo si sé que dejas de culparte de todo—le confesó casi en un murmuro, con una verdad en sus palabras que la conmovió.

Elsa sabía que lo decía en serio. Bajo todas aquellas bromas, podía ver que él también estaba preocupado por ella. Y por un instante sintió que tenía que creerle, que realmente no podía seguir culpándose de todo. De todas esas muertes… la de sus captores, la de los inocentes de su pueblo, las de los que quedaron al otro lado de la cúpula… Tenía que parar de culparse, aunque no supiera cómo.

Elsa se acomodó mejor y miró entonces a Hipo a los ojos, buscando creer sus palabras. Sus ojos estaban cansados pero la miraban como siempre, con ese brillo que iluminaría al mundo. Su magia se removió en su estómago, aliviada, y siguiendo un extraño instinto, recortó la distancia entre ambos y besó al chico en los labios. Fue un contacto tan dulce como fugaz, cargado de un cariño que Elsa jamás había mostrado con nadie. Un beso que la hizo temblar por dentro con una estremecedora felicidad. Nunca pensó que dentro de ella hubiera tanto que dar.

—Siento todo lo que te dije, Hipo—le confesó Elsa en un susurro, sin alejarse de él, rozando su nariz con la suya en la oscuridad.

Hipo se quedó totalmente desconcertado por aquel gesto, pero le devolvió el beso sin dudarlo, con la misma suavidad de Elsa.

—Yo también lo siento, Elsa—respondió en el mismo tono—. No quería hacerte daño.

Hipo le acarició con suavidad el rostro, recorriendo en silencio el tabique de su nariz, sus labios, su barbilla… Pese a la penumbra de la cabaña, podía distinguir que los ojos de la reina se habían inundado de lágrimas. Él tampoco se sentía especialmente bien respecto a lo que había pasado entre ellos.

—Lo sé, Hipo—le aseguró Elsa, abrazándolo con fuerza y enterrando la cabeza en su hombro.

Hipo sintió que debía decir algo más, pero no sabía qué. Volver a besar a Elsa había sido como sentir que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Como si no hubiera nada más en el universo que ellos dos. Y lo peor es que a diferencia de la última vez, no se había sentido culpable, sino aliviado de alguna forma. Como si se hubieran perdonado tácitamente todas las cosas horribles que se habían dicho.

Se pasaron todo el día abrazados, acariciándose con afecto entre sueño y sueño hasta que cayó la noche. No obstante, ninguno se atrevió a cruzar palabra, por miedo retomar una terrible y dolora conversación que tenían pendiente.

Elsa acabó despertándose de hambre cerca de la media noche, consciente de que llevaban días sin comer. Afuera había comenzado a llover con fuerza y un par de gotas empezaron a descender del techo destrozado, sacándola definitivamente del sueño.

Su magia era muy débil todavía, pero al menos consiguió crear una fina capa de hielo con la que frenar las goteras. No quería que el estado de salud de Hipo empeora.

La reina nunca había cocinado nada en toda su vida, pero consiguió asar dos manzanas con un éxito casi arrollador.

Hipo se despertó al cabo de un rato, extrañado de lo bien que se sentía. Era completamente inexplicable. Se llevó la mano al abdomen, asombrado por la velocidad de cicatrizado y se irguió. No entendía cómo hacía apenas unas horas no podía ni moverse y ahora de repente era capaz de sentarse él solo, sin la ayuda de Elsa.

Buscó a la chica con la mirada, quien le sonrió triunfal.

—¿Tienes hambre? —le enseñó dos manzanas ensartadas.

Hipo seguía teniendo unas náuseas terribles, pero no se pudo resistir a la mirada de felicidad de Elsa.

—No podría negarle nada a esas manzanas—dijo de broma en su lengua.

Pese a encontrarse en un estado de salud bastante aceptable, Elsa acabó ayudándolo a ponerse en pie para que se acercara al fuego. Debido al estado de su muñón, Hipo prefirió no usar la prótesis para desplazarse así que Elsa tomó el roll de soporte, pese a la vergüenza que siempre le causaba al vikingo sentirse dependiente.

Él, sin embargo, no era el único extrañado en aquella mejoría inexplicable de su herida. La propia Elsa estaba tan aterrada como maravillada. No obstante, no compartió con él su teoría, pese a imaginar que se debía a la sangre que había vomitado. Tal vez así era como funcionaban las extrañas propiedades de la sangre… Después de todo, su sobrina también la había vomitado.

Cenaron tranquilos, sin hablar demasiado. Simplemente se sentaron junto al fuego, acariciando a Desdentao, que no se había separado de Hipo ni un instante.

—¿Eso que llevas es mi camiseta? —preguntó Hipo con mofa.

—Estamos casados, así que también es mía—bromeó Elsa, haciendo reír al chico—. Mira—le indicó entonces, abrazándose las rodillas—, creo que mis poderes vuelven poco a poco a la normalidad…

Elsa movió con suavidad una mano y una ligera brisa de nieve comenzó a danzar junto al fuego. Era un espectáculo hipnótico y precioso. La magia de Elsa siempre lo era a ojos de Hipo, tanto como ella. Desdentao hizo amago de intentar lamerla, pero solo consiguió quemarse la lengua, haciéndolos reír, aunque luego Hipo tuviese que consolar el orgullo herido de su dragón.

Por un momento, sintieron que eran una feliz pareja de pastores recién casados y trasladados a una casita en el bosque. No obstante, nada estaba más lejos de la realidad y lo supieron en cuanto empezaron a hacer recuento de provisiones y repasaron sus posibilidades.

—No sé dónde estamos—declaró Hipo al abrir su mapa—. Si te soy sincero ni recuerdo bien cómo llegamos hasta aquí…

—Creo que debemos estar por esta zona—indicó Elsa, fuera del mapa—. Los reinos del este siempre han estado en conflicto, así que no sé con exactitud en las tierras de qué reino nos hallamos…

Hipo meditó aquello, pensando en sus posibilidades.

—Debemos volver a Arendelle—se pronunció entonces Elsa—, si se expande el rumor de que la reina está desaparecida, mi reino corre peligro.

Hipo asintió, consciente de que Elsa tenía razón. No obstante, también sabía que estaban en tierra hostil y que los perseguían.

—No creo que debamos volar en unos días—anunció—. Seguramente nos estará buscando ese cazador—sopesó—. Si crees que estamos por donde dices… ¿Cuánto crees que tardaríamos en llegar a Arendelle a pie?

Elsa meditó su respuesta durante largo rato, tanteando las posibilidades.

—Hipo, estas demasiado débil para ir a pie hasta Arendelle—aceptó Elsa entonces—, y creo…creo que yo también.

Su orgullo vikingo le hizo rebatir a Elsa, pero en el fondo sabía que tenía razón.

—¿Y qué crees que debemos hacer? —preguntó al fin, rendido.

Elsa bufó, completamente perdida por primera vez en su vida. Se peinó con ambas manos el pelo, completamente enredado y aceptó que estaban atrapados.

—No lo sé… —confesó—. No sé qué hacer…

Buscó la mirada del vikingo y reconoció en sus ojos el mismo miedo que ella.

—Algo se nos ocurrirá… —intentó animarla Hipo—. Mañana lo veremos todo con más claridad.

Como una ironía del destino, a la mañana siguiente amaneció con cielo de tormenta y una terrible lluvia que no había cesado en toda la noche. Hipo había vuelto a tener fiebre de madrugada, así que todavía dormía cuando Elsa se despertó.

Estaba agobiada. Terriblemente agobiada. Y atrapada. Atrapada en mitad de ninguna parte, débil, hambrienta, sucia… Impotente al pensar que su reino corría peligro y que ella no podía hacer nada. Al menos le consolaba el hecho de que Hipo estuviera con ella. Le dolía verlo cuando ardía en fiebre o cuando intentaba ocultarle su malestar, pero el hecho de que hubiera sobrevivido le había hecho conservar algo de la esperanza que sentía que comenzaba a perder minuto a minuto. Su reino, Anna, Kristoff, incluso Lena... todo lo que amaba estaba en peligro. Y no podía abandonarlo como había abandonado a todo su servicio en el reino de Bränderson. Rezó al menos por que el teniente Riell hubiera conseguido escapar.

—¿Qué haces ahí de pie junto a la puerta? —preguntó un Hipo todavía soñoliento al ver la figura de Elsa apoyada en el marco de la entrada, mirando a la nada.

—Sigue lloviendo… —se limitó a decir, exasperada—. ¿Cómo te encuentras? —buscó un tono más afable.

—Raro—le fue sincero el vikingo, sin entender su mejoría—. Vamos, aprovechemos la lluvia.

Elsa no entendió a qué se refería, pero al ver que se ponía la prótesis y hacía amago de levantarse, se acercó para ayudarle.

—¡Qué! —exclamó escandalizada al oír su estúpido plan—. Ni hablar. Solo vas a coger una pulmonía.

—¿Desde cuándo hablas como mi padre? —dijo con sarcasmo Hipo, quien le había dicho a Elsa que ya estaban atrapados, al menos se lavaría bajo la lluvia.

—Hipo, hace frío—intentó convencerle Elsa.

—Elsa, soy un vikingo, estoy acostumbrado a la lluvia—le explicó—. Llevo días cubierto de sangre seca, sudor y orines. No me mires así, tú misma me lo vas a agradecer.

Elsa bajó la mirada y se escrutó a sí misma entonces. Ella también estaba cubierta de sangre seca, barro y sudor. Y por muy reina que fuera, su piel no siempre olía a rosas.

—Vamos, será divertido—bromeó el vikingo—. Nos ayudará a… a pensar mejor.

Elsa dudó, pero acabó accediendo.

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En cuanto el agua helada de la lluvia le rozó la piel a Elsa, se puso a gritar. Hipo también, solo que lo ocultó mejor que ella.

—¡Oh Dios! ¡Te odio! —le gritó Elsa, calada hasta los huesos bajo aquella lluvia torrencial que no le dejaba ni abrir los ojos—. ¡Dios!

Jamás en su vida había presenciado llover de esa manera, tanto que el pelo se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. ¿Por qué demonios le había hecho caso? ¿Desde cuando había dejado de ser la mujer cauta y responsable que era?

Al menos procuró darse prisa, frotándose los brazos con fuerza para que la sangre seca se desprendiera de su cuerpo. Había dejado la camisa de Hipo dentro para que no se mojara y aunque el vikingo ya la había visto desnuda, le hizo prometer que no se daría la vuelta hasta que ella terminara.

Hipo tendría sus defectos, pero jamás incumpliría algo como aquello, así que se lavó en la esquina opuesta de la cabaña. Se frotó con fuerza el cuerpo, con cuidado en la zona de la herida, la cual se examinó detenidamente a la claridad del día. También intento sacarse la sangre de los pantalones sin mucho éxito.

Cuando oyó que Elsa entró, aprovechó para orinar, descubriendo de manera algo desagradable que estaba orinando sangre y que además le resultaba tremendamente doloroso. Se contuvo las ganas de volver a vomitar y aguantó el tipo hasta que terminó. Aquello le hubiese resultado normal si estuviese a las puertas de la muerte, pero no cuando se había recuperado casi milagrosamente en menos de una semana de una herida mortal.

No se lo había hecho saber a Elsa la noche del incidente, pero Hipo sabía que aquella flecha le había atravesado los intestinos y posiblemente los riñones. Nadie, absolutamente nadie, sobrevivía a eso. La pregunta que se repetía ahora una y otra vez era: ¿por qué él sí? No tenía ninguna explicación. Y menos con aquella extraordinaria recuperación.

Entró en casa completamente helado y entumecido, empapado de pies a cabeza. Vio que Elsa se encontraba ya pegada al fuego, maldiciendo bajito. Se había puesto corriendo la camiseta seca de Hipo, pero su largo y frondoso pelo la había puesto chorreando en apenas unos segundos.

—Ha sido una idea horrible—lo fulminó con la mirada en cuanto lo vio entrar, con los labios morados y completamente empapada.

Sin embargo, apartó la mirada con pudor tras comprobar cómo el pantalón mojado se le pegaba al chico como una segunda piel y el agua resbalaba traviesa por su cara.

Hipo se sentó junto a Elsa al calor del fuego y la ayudó a secarse el pelo con la manta que usaban para dormir.

—Pensé que nunca tenías frío—le confesó con calma, con la reina sentada de espaldas a él.

El pelo de Elsa seguía siendo fascinantemente blanco aun mojado.

—Ya no tengo frío—dijo ella, en tono molesto—. Pero nunca me había calado el agua de esta manera.

—Siempre hay una primera vez para todo, su majestad—intentó desenredarle el pelo Hipo—. ¿Quieres que te lo trence?—se ofreció a modo de disculpa.

Elsa solo asintió. A veces era igual de orgullosa que Astrid, pensó Hipo.

La reina se sintió extraña cuando Hipo empezó a trenzar su pelo mojado. Hasta ahora aquello era algo reservado exclusivamente para las mujeres. Los hombres jamás peinaban a las mujeres y hacerlo era visto casi como un acto sexual. De hecho, cuando Astrid también se ofreció a trenzarle el pelo, Elsa no pudo evitar sentir que todo su cuerpo se estremecía ante su suave y cálido contacto.

No obstante, había pasado tantas horas con Hipo en los últimos tres días que más que nerviosismo sentía una profunda calma. No recordaba la última vez que se había sentido tan relajada mientras alguien le tocaba el pelo. También es que los dedos de Hipo la peinaron con una profunda serenidad. Se movían sin prisas, suaves, recorriendo con su tacto los cabellos de luna de la reina, desde la nuca a las puntas.

Cuando terminó, Elsa se abrazó la trenza, la cual estaba maravillosamente hilada. A veces se le olvidaba que Hipo era de alguna forma una especie de artesano. Tenía ese don de dar belleza con las manos.

—¿Sigues enfadada?—preguntó con cierta mofa ante el silencio de Elsa.

—Debería—dijo con orgullo, sin poder ocultar que ya no estaba enfadada con él.

De hecho, ahora que estaba seca y limpia, sí que se sentía mucho mejor. Diez mil veces mejor que hacía unas horas antes.

Bajando la barrera defensiva de su orgullo, se giró y se colocó en frente de él. Hipo tenía muchísimo mejor aspecto que hacía días. Era un alivio, pensó culpable.

Se acercó con las manos hasta estar frente a él y le palmeó la cara con cuidado para comprobar si al igual que durante la madrugada tenía fiebre. Sin embargo, se relajó al notar que el vikingo tenía la temperatura normal de cualquier ser humano.

—¿Y ahora qué? —preguntó con cierta desolación, abrazándose las manos.

—En cuanto pare la lluvia debemos movernos—propuso Hipo—. Con un poco de suerte encontraremos alguna posada donde nos digan dónde estamos exactamente. Tal vez podemos aprovechar esta noche para volar bajo y caminar durante el día.

Elsa asintió y bajó la mirada para escrutar el muñón sin prótesis de Hipo.

—¿No te dolerá? —pensó en voz alta.

Hipo solo le sonrió.

—¿Y a ti? —le señaló los pies a Elsa.

Hasta ese momento el vikingo no había reparado en los pies de la reina, pero estaban llenos de cortes y moratones.

—¿Y tus zapatos? —preguntó algo confuso.

Elsa tomó aire antes de hablar, escogiendo bien sus palabras.

—Salí tan enfadada de la habitación que ni me puse zapatos—confesó con algo de pudor—. Luego sinceramente ni se me ocurrió que pudiera necesitarlos.

Se hizo un profundo silencio en ese instante. Tensión que Elsa diluyó moviendo las manos entorno a sus pies, creando unos zapatos de hielo a medida. En otra ocasión le hubiese resultado un truco fácil, pero notó que su magia seguía resentida por el esfuerzo que le supuso.

—Son bonitos—rompió Hipo el silencio.

—Nada prácticos—le sonrió Elsa—. Andar con hielo es igual de cómodo que hacerlo sobre cristal.

Hipo tanteó la manta con la que había secado a Elsa y al comprobar que ya se había secado se abrigó con ella. Su camisa había quedado destrozada cuando Elsa le sacó la flecha y lo cierto que andar medio desnudo le estaba helando los huesos.

—Si hubiese sabido que íbamos a salir corriendo, yo me hubiese abrigado un poco más—le dijo cómplice el chico, enredando aquella manta en su cuerpo—. Ya sabes, doble pantalón, provisión de mantas, chaqueta, armas, comida, mapa de la zona…

Elsa solo se rio ante su ocurrencia.

—Qué idiota eres…—le golpeó ella en el brazo.

Él se limitó a reír, sintiendo unas terribles ganas de volver a besarla. De abrazarla y que ella lo abrazara.

Fue entonces cuando la cara del vikingo cambió, contrayendo el gesto y chocándose contra la realidad.

No podía volver a pensar eso. De hecho, ¿qué estaba haciendo coqueteando con ella? La idea de lavarse bajo la lluvia había venido en parte de la necesidad de aclararse las ideas y de huir del olor de Elsa en su cuerpo. Hipo necesitaba hablar con ella sobre lo que había pasado. Necesitaba marcar distancia y establecer 'reglas'.

—Elsa…—comenzó, mordiéndose el labio y ordenando sus ideas.

—¿Si? —lo alentó ella, sin entender su seriedad de repente, con una mirada dulce.

Una mirada que en nada se parecía a la forma en que lo había mirado la noche que discutieron. Le dolía demasiado recordar las palabras de la chica gritándole que ella no quería nada de aquello que habían compartido. E Hipo se sentía terriblemente miserable con solo pensar que él había forzado algo entre ellos, o incluso a ella. Sin embargo, en ese instante se sentía muy confuso y más tras pasar días enteros durmiendo en los brazos de Elsa, compartiendo caricias por debajo de la ropa e incluso aquellos besos tímidos…

No, no era la mejor forma de arreglar su encontronazo. Ni de marcar distancia. Eso sobre todo.

Debía disculparse por haberla tocado de esa manera y poner distancia real entre ambos. Era lo mejor, lo más sano, lo más cauto y lo más honrado. E Hipo Haddock siempre se había considerado un hombre honrado que respetaba a las mujeres. No necesitaba que nadie se lo recordara, él era el primero que sabía que aquello no se podía repetir. Se lo debía a Astrid, por todo el amor y el respeto que le profesaba y de alguna forma también a Elsa. Y ya puestos, se debía a sí mismo también un poco de cordura, ya que por nada del mundo podía volver a desear con tanta desesperación perderse en la carne de la reina. No se podía dar el lujo de perder el juicio de esa manera nunca más.

Y sí, se iba a disculpar. Claro y conciso. Se disculparía por haberla malinterpretado y por haber discutido con ella. Después de todo, sí que había sido cruel en sus palabras.

Además, sentía que tenía una deuda de sangre con Elsa. El vikingo no había parado de sospecharlo, pero tenía la impresión de que sin Elsa hubiese muerto la noche del accidente. Lo sentía con tanta claridad que no paraba de preguntarse una y otra vez si tal vez ella tenía algo que ver con su extraña y asombrosa recuperación. ¿Habría usado sus poderes con él? ¿Acaso sus poderes eran sanadores? Había algo que no terminaba de entender, pero le daba demasiado miedo preguntar. Como también le daba miedo abrir la caja de pandora y que volvieran a discutir a raíz de su disculpa. O peor, que se reconciliaran y volviera a ceder bajo el calor del cuerpo del otro.

—¿Tengo algo en la cara? —preguntó la reina con inocencia ante el silencio de Hipo.

Aquello lo sacó de sus pensamiento.

—No… ¡No! Solo…—dudó—. Te ves… muy bien.

'Mierda', maldijo.

No, no era capaz de hablar con Elsa en frío de lo que había pasado.

—Eh… gracias—respondió Elsa algo confusa—. Tú también te ves… limpio.

Hipo tosió y se acomodó la manta. Tenía que ser claro y sincero y dejarse de rodeos.

—Elsa —tomó valor Hipo—. Quería decirte algo sobre la noche que huimos de Bränderson.

—Yo también—respondió con rapidez Elsa.

Hipo hubiese sentido alivio de no ser porque Elsa se levantó y se puso a rebuscar entre las pocas pertenencias que tenían.

Ok, eso no se lo esperaba.

La reina regresó al instante y se sentó de nuevo frente a él, esta vez mucho más cerca, con aquel manuscrito manchado de sangre en las manos.

—¿Qué…? —preguntó Hipo confuso.

Elsa se lo tendió y dejó que el vikingo lo ojeara.

—¿Esto es...?

Elsa asintió.

—Es el manuscrito original de 'La princesa y el dragón'.

Hipo no conseguía salir de su asombro. Aquel manuscrito estaba en perfecto estado. Estaba maquetado con riguroso cuidado y cosido a mano con hilo de lana. Además, para no tener cubierta, estaba muy bien cuidado. Solo sus páginas amarillentas delataban que debía tener mínimo veinte años. Sin embargo, pese a haber escapado bastante bien al deterioro del tiempo, había quedado manchado de sangre por todas partes y levemente arrugado por los últimos acontecimientos.

—¿Cómo lo has conseguido?

Elsa le sonrió amable, con una mezcla de culpabilidad y tristeza.

—Me lo entregó mi sobrina antes de que huyéramos del castillo, cuando me marché enfadada tras nuestra discusión…

Por su tono de voz, Hipo supo que había cosas que era mejor seguir dejando enterradas.

—¿Tiene… las páginas que faltan? —preguntó cauto, intentando buscar la mirada de Elsa, quien se había encerrado en sí misma.

—Sí, sí—se apresuró en responder la reina, recomponiéndose.

Elsa no podía dejar de pensar en su sobrina cubierta de sangre, aterrada por el cazador y suplicándole que se marchara. Había rezado desde entonces para que ella siguiera con vida.

—Lo he ojeado estos días mientras dormías—le confesó Elsa—. Aun así, no he conseguido descubrir nada que resuelva nuestros problemas.

Hipo la miró sin comprender y se puso a buscar inmediatamente las páginas que faltaban en la edición que ellos tenían en Arendelle. Y efectivamente ahí estaban. Intactas. Un total de dos páginas completas, escritas en una lengua que no sabía reconocer.

—No entiendo qué pone… —dijo al cabo un rato, haciendo su mejor esfuerzo.

—Perdona—se disculpó Elsa—. Está escrito de manera clásica, no sabía que no podías leerlo.

Elsa se ofreció e Hipo le entregó de vuelta el manuscrito, para que ella se lo leyera.

La reina nunca dejaba de sorprender a Hipo. Puede que gran parte del conocimiento de Elsa se debiera a haber estado encerrada casi quince años en una habitación, pero eso no dejaba de hacerla menos interesante a los ojos del chico.

—¿Recuerdas todo el cuento o te lo recito en voz alta?

Hipo sonrió de oreja a oreja.

Ya llegaría el momento de enfrentarse a todos sus problemas y pedir disculpas. En ese mismo instante presente, con Elsa a su lado y la lluvia azotando aquella cabaña abandonada de la mano de los Dioses, decidió que el mundo se podía parar un momento.

Además, por mucha mejoría milagrosa, su cuerpo seguía resentido y un extraño cansancio le amenazaba, recordándole de alguna forma que había estado a punto de morir desangrado tan solo tres noches atrás. Así que se tumbó junto a Elsa y la oyó recitar aquel cuento de princesas y dragones.

Aquella única pista que tenían, aferrados a la corazonada de que fuera algo más que un mero cuento infantil.

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—.—.—.—.—.—

Lena sabía que era ahora o nunca.

Debía entrar y salir rápido, antes de que el cambio de guardia la viese o el resto de sirvientes se diesen cuenta de su ausencia. Llevaba dos días planeándolo y sabía que solo tenía una oportunidad de salir victoriosa.

El legislador había sido muy claro y preciso en su petición: quería como prenda el chal de la reina Iduna que Elsa había heredado a su muerte. Una prenda sin apenas valor que podía llevarla a la muerte si la pillaban robándola.

Respiró hondo y en cuanto vio a los guardias alejarse para el cambio, supo que era su oportunidad. Esperó ansiosa y tal y como planeó, dos sirvientes llegaron con unas cajas, abrieron la puerta bajo llave y entraron por ella. Salieron prácticamente al instante y dejaron la puerta encajada mientras iban a por una segunda caja.

Avanzó sigilosa por el pasillo y sin hacer ruido se coló en la antigua habitación de Elsa, su habitación de soltera antes del ataque de dragones y su casamiento con el vikingo.

Entrar allí y ver el estado de la habitación le puso la piel de gallina. De alguna forma, era tal y como la recordaba diez años atrás. Los techos eran altos y férreos, las paredes estaban decoradas con hermosas pinturas florales y el gran balcón perfilaba con la luz de la luna la instancia. Sin embargo, pese a haber sido su refugio durante meses y el lugar donde Elsa había permanecido durante prácticamente toda su vida, la imagen no podía ser más desoladora.

Todos los muebles estaban cubiertos por telas blancas y una espesa capa de polvo añejo, —señal de que llevaban meses sin ser usados. Además, la instancia se había convertido en una especie de almacén y estaba llena de baúles y cajas. Lena había oído hablar a las curanderas de que era allí donde almacenaban bajo llave los medicamentos y plantas medicinales, además de otros objetos de valor que debían racionar con cuidado. Así lo había deseado Elsa, que sabía que por muy triste que fuera, su antigua habitación era el lugar perfecto para aquel cometido.

Puede que hubiese orden y respeto en el castillo de Arendelle, pero imperios más grandes y organizados habían caído y todo soberano sabía que la muchedumbre desesperada también podía ser peligrosa. No podían dejar sin vigilancia y a su suerte las provisiones que tenían. Bajo una mala administración y la ley del más fuerte, podían suponer una condena a muerte para los enfermos.

Durante los últimos tres días, la gran y verdadera preocupación de Lena había sido conocer cuándo abrían aquella instancia bajo llave. Ella por supuesto no deseaba nada de las provisiones, sino descubrir si Elsa había dejado guardado allí el chal de su madre. Habría empezado buscando por su habitación de casada, pero eso si que era inalcanzable. Los soldados vigilaban con rigurosidad las pertenencias de la reina. Además, se trataba de una prenda antigua, posiblemente sin mucho más valor que un recuerdo. O al menos eso pensó Lena.

Respiró hondo cuando vio cómo los guardias se organizaban para el cambio de turno. Tenía diez minutos para localizar aquel objeto entre las viejas pertenecías de Elsa y salir antes de que los sirvientes regresaran con más cajas o el cambio de guardia se adelantara.

Lena era una mujer que había cometido muchos crímenes en su vida. Había vendido su cuerpo, mentido, apuñalado y matado, pero jamás de los jamases se había considerado una ladrona. Por esta razón, no podía evitar que un nerviosismo irracional le hiciera perder la fuerza en las piernas.

El problema ahora era saber dónde Elsa pondría un regalo de su difunta madre. Lena sabía que Elsa amaba a su madre con todo su corazón, pero también sabía que su encierro las había distanciado mucho. Con frecuencia Elsa le decía que no quería defraudar a sus padres. De hecho Lena recordaba perfectamente que la entonces princesa le había dicho que si huían juntas, su madre jamás se repondría del disgusto y el terror de pensar que algo malo pudiera sucederle la destrozaría.

Lena ya vivía a las afueras de Arendelle cuando conoció la noticia de la muerte de los Reyes y aunque nunca quiso admitirlo, lo sintió cómo una venganza poética del destino. Nunca les hubiese deseado la muerte directamente y menos a la amable y sonriente Iduna, pero aquella familia le había hecho demasiado daño. Tenía que admitir que cuando se enteró, dudó durante semanas enteras de si tal vez podría ir al castillo con alguna excusa para ver a Elsa. Sabía que debía estar destrozada… Sin embargo, nunca lo hizo. Eso jamás hubiese salido bien.

Tomó aire de nuevo, alejando aquellos viejos fantasmas del pasado. Y entró corriendo en cuanto todo estuvo despejado.

Revisó primero en las cajoneras de ropa y los armarios, pero no vio nada. Solo prendas, telas y algunas joyas. Buscó entonces también bajo la cama y entre las sábanas, pero aquello no dio mejor fruto. ¿Dónde guardaría Elsa aquella prenda? Si no recordaba mal, aquel chal era bastante llamativo en comparación a todo cuanto había visto antes. Era morado y rojo, con flecos y unos extraños dibujos por todas partes… Debía ser fácilmente localizable a efectos prácticos. Abrió un par de cajas de zapatos, rebuscó en los baúles y compartimentos, pero no halló la prenda. Intentó tranquilizarse y pensar rápido. Había mirado en todos sitios… Tal vez realmente no conocía a Elsa tanto como creía. O tal vez aquella prenda tenía más valor del que pensó al principio. ¿Tal vez estaría en la habitación de la reina? ¿De su marido?

Entonces una idea se iluminó. El escritorio.

Sin duda era un sito extraño para ocultar algo así, pero Elsa nunca había sido lo que se dice una persona corriente, así que no perdía nada por intentarlo. Levantó la sábana que lo cubría y se sorprendió al ver que el cajón estaba cerrado con llave. Se levantó levemente el vestido y desenfundó la navaja que siempre llevaba en la bota.

No había tenido que ser ladrona para aprender a forzar una cerradura. Lo bueno de una vida como la suya, es que le había enseñado muchas cosas.

Con cuidado de no hacer ruido, apretó la cuchilla contra la entrada de la cerradura hasta que crujió y se abrió. La cara de triunfo, sin embargo, se le desdibujó de inmediato.

—No puede ser… —susurró para sí, con un terrible dolor en el pecho.

Lena puede que no supiera leer, pero jamás podría olvidar el aspecto de los cuentos que escribió junto a Elsa. Estaban allí, intactos, escondiendo sueños y esperanzas que la vida le había arrebatado. Tomó uno con cuidado entre sus manos y acarició su lomo. Ellas mismas le habían cosido la portada con cuero e hilo de algodón. Nunca se hubiese imaginado que Elsa los hubiese guardado después de tantos años…

Se había quedado tan petrificada que ni había oído entrar a los guardias.

—¡Qué diablos hace usted aquí! —gritó uno a sus espaldas.

A Lena se le cayó el cuaderno al suelo del sobresalto, mientras se giraba espantada.

—Yo… —respondió asustada—. Me… me había perdido. He entrado aquí por error.

—¿Sabe usted que está terminantemente prohibido entrar aquí sin el consentimiento directo de la reina?

—Ha sido un error, no pretendía… —se disculpó Lena—. Yo ya me voy, se lo juro. Buenas noches.

Lena agachó la cabeza e hizo una reverencia, dispuesta a marcharse. Sin embargo, no tuvo tiempo, porque uno de los guardas señaló al suelo, donde estaba el libro.

—Estaba robando, señor…—dedujo uno.

—¿Eso es cierto, mujer?—preguntó el de más rango, sujetándola del brazo para que no se marchara.

—No, señor—se apresuró en responder Lena—. Jamás robaría nada de este castillo.

Los hombres se miraron, no muy convencidos.

—La mentira es el peor pecado de las mujeres. ¿Estaba usted robando?

—Ya le he dicho que no…

Sin embargo, el hombre la zarandeó, para que se callara.

—Todos los objetos aquí presentes pertenecen a la reina y robarle a la reina está penado con la muerte.

—¡No! —gritó Lena asustada—. Le juro que no estaba robando nada—mintió a medias.

Realmente no había tenido tiempo de robar nada.

—Regístrala—le ordenó al otro hombre, empujándola contra él.

—Ni se te ocurra tocarme—se embrabucó Lena, dándole un empujón—. Suéltame.

Todavía recordaba las asquerosas manos de otros soldados en su piel.

—¿Con quién te crees que estás hablando, ingrata? —le dio un guantazo el hombre tirándola al suelo—. Tú no eres nadie para hablarme así.

—Regístrala—volvió a ordenar el de mayor rango.

El soldado se abalanzó sobre ella y empezó a manosearla, buscando algo que no podría encontrar.

—¡Suéltame! —gritó Lena de puro terror—. ¡No tengo nada!

El soldado siguió buscando entre sus ropas, mientras la sujetaba por los brazos para que no le pegara, ya que Lena estaba poniendo bastante resistencia.

—Aquí está señor… —dijo el hombre, alzando una cadenita de plata que Lena llevaba entre sus ropas.

—¡Eso es mío! —se defendió.

Aquella era una de las pocas pertenencias que Lena había recuperado la noche que fue al prostíbulo. La única y más valiosa de todas sus pertenencias.

—¡Dámela! ¡Es mía! —gritó—. ¡Yo no he robado nada!

—¡Cállate, puta!—respondió el soldado, abofeteándola para hacerla callar.

El otro simplemente contempló la escena desde arriba.

—Robar es un delito muy grave que merece la muerte, pero seremos benevolentes contigo porque nuestra reina no está aquí para juzgarte—dictaminó muy serio—. George—llamó a su soldado—. La noche es larga y tenemos asuntos más importantes que esta mujer.

—¿Y la dejamos ir impune? —preguntó el soldado a su superior, todavía sujetando a Lena con violencia contra el suelo.

El hombre no meditó mucho su respuesta.

—Córtale una mano, así aprenderá la lección.

Nada más oír aquello, Lena se puso a patalear y gritar.

—¡No! —escupió zarandeando con el soldado—. ¡No he robado nada! ¡Se lo juro! ¡No pueden hacerme esto! ¡No he robado nada!

El soldado desenfundó una daga del cinturón y apretó con la mano libre la cabeza de Lena contra el suelo para inmovilizarla, mientras pegaba su cuerpo con el suyo.

—¡No!—chilló—¡No! ¡Por favor! ¡No, la mano, no!

Antes de que la punta afilada del cuchillo se apretara contra su piel un sonido metálico silbó en el aire y se clavó contra la pared.

Las lágrimas no le dejaron ver con precisión qué había pasado, pero el soldado había dejado de apretarla y se había puesto en pie con suma rapidez.

—¿Se puede saber qué diablos está pasando aquí? —dijo con calma una voz autoritaria y firme.

Lena se irguió, con el labio partido y un temblor incontrolable por todo el cuerpo.

Conocía esa voz y la figura de aquella mujer a contraluz jugando con el mango de un hacha. Sin duda podía helarle la sangre al más bravo de los guerreros.

—He hecho una pregunta—demandó firme la silueta, con voz envenenada—. Responded. Ya.

Y entonces Lena lo supo. Aquella guerrera amable podía encarar al mismísimo diablo en la tierra. Y los soldados la temían. La temían como ella jamás pensó que podían temer a una mujer.

—Se… señora… —tartamudeó el de mayor rango—. Esta mujer estaba ro… robándole a la la la reina…

—¿Y eso es cierto? —demandó autoritaria, dando dos pasos hacia adelante mientras arrastraba el hacha por el suelo, emitiendo un espantoso sonido.

—Así es, mi señora…—agachó la cabeza el soldado.

—No te he preguntado a ti, idiota—se quejó la vikinga—. Le estaba preguntando a ella.

Lena tembló al ver que se refería a ella.

—Lena, era tu nombre, ¿verdad? —preguntó la vikinga, recordando el día en que se habían conocido y el incidente del baño con la reina—. ¿Es cierto lo que dicen estos hombres? ¿Le has robado a la reina?

Lena tragó saliva antes de contestar, asustada como hacía tiempo que no estaba.

—No, mi señora, se lo juro—respondió con miedo a mirarla a los ojos—. La pulsera que dicen que he robado es mía. No le he robado nada a la reina.

Astrid miró demandante a los soldados y se fijó en aquella joya.

—Devolvérsela—ordenó.

—¡Pero señora! —se quejó el soldado.

—¡He dicho que se la deis! —respondió en el mismo tono Astrid—. Aquí no hay ninguna ladrona, solo a una mujer a la que estáis manoseando, aterrorizando y torturando sin sentido.

—Esa es una acusación muy grave esa, señora. No tenéis pruebas para asegurar eso—se defendió el de más rango, contraído por la magnitud la acusación.

—Ni vosotros para culparla—se cargó el hacha sobre los hombros—. ¿Sabe vuestro coronel que os dedicáis a dejar tullidas a pobres mujeres que solo hacen su trabajo? ¿Acaso no tenemos suficientes enfermos en este castillo?

—No debería estar aquí… —quiso dejar claro el soldado.

Astrid los miró desafiante y luego sonrió, perversa.

—Ni vosotros—declaró—. Esta es la habitación de su majestad. No creo que le guste ver cuando regrese que está cubierta de la sangre de una pobre sirvienta que tuvo la mala suerte de toparse con dos incompetentes—dictaminó—. Creo que tendría razones para molestarse y reclamad explicaciones y creedme, yo que vosotros preferiría cortarme una mano antes que sufrir la ira vuestra reina. ¿Sabéis que puede congelaros poco a poco? Y os sorprendería la facilidad con la que se parte el hielo…

—¿Nos estas amenazando? —titubeó el soldado inseguro.

—Sí—respondió con tranquilidad y seguridad Astrid—. Y siempre cumplo una amenaza. Así que largaos y se me olvidará lo que he visto. ¡Ahora!

—In… informaremos al coronel… —dijo uno en un intento de amenaza.

—Él ya sabe dónde encontrarme—respondió sin titubeos Astrid—. Largo.

Los soldados se miraron entre sí y asintieron, haciendo una leve reverencia antes de salir.

Astrid no perdió el temple de valkiria hasta que marcharon, momento en que dejó el hacha en el suelo y se agachó a atender a Lena.

—¿Estas bien? —le preguntó en un tono tan dulce que sacudió a Lena con un escalofrío.

Era increíble como Astrid podía ser esas dos mujeres a la vez: la Diosa vengativa de la muerte y la personificación de la virgen de la bondad y la belleza.

—Estas sangrando… —descubrió la vikinga al acercase a la mujer, que estaba todavía llorando de la impresión.

Lena se secó las lágrimas en su presencia, todavía temblorosa, y se limpió la sangre del labio. Astrid la ayudó a ponerse en pie y le pidió que se sentara en la cama. Estaba casi en shock.

—¿Quieres que llame a alguien? —preguntó la vikinga con amabilidad.

Lena simplemente negó, todavía algo conmocionada.

—Gracias—consiguió expresar la morena.

Astrid le sonrió, con cierta piedad.

—No tienes por qué dármelas—respondió—. Los soldados en este castillo se creen por encima de la ley.

Lena asintió. Ella lo sabía bien.

—Te lo agradezco—quiso hacerle saber la morena—. Si no hubieras aparecido…

—Es mejor no pensarlo—le restó importancia Astrid—. Toma, creo que esto es tuyo—le dio la pulsera de plata.

Lena la apretó en su mano, con alivio. Aquello le bastaba siempre para encontrar algo de paz.

En ese momento, Astrid se sentó a su lado en la cama y la miró muy seria.

—¿Qué edad tiene? —preguntó entonces, escrutando el rostro tembloroso de Lena.

La mujer no supo qué responderle. Se había quedado pálida.

—¿Có… cómo?

Astrid se limitó a sonreír con la mirada.

—Tu hija—dijo amable—. Es una pulsera de niña.

Lena hizo un gran esfuerzo por contener el llanto. Miró a otro lado, sin saber ni dónde meterse.

—No tienes que responder si no…

—Diez años—reveló entonces, intentando recuperar el aire—. Tiene diez años y se llama Layla. Lo… lo pone…

—En la pulsera —la ayudó Astrid—. Los vikingos también grabamos los nombres de nuestros hijos en pulseras parecidas, como señal de buen augurio—añadió—. La he reconocido nada más verla.

Lena se atrevió a mirar a Astrid a los ojos por primera vez y le devolvió la sonrisa.

—Gracias, Astrid—dijo de nuevo, poniéndose en pie mientras se limpiaba el rostro—. Te debo la vida, jamás lo olvidaré.

Astrid también se puso en pie, pero para sorpresa de la morena, la vikinga se interpuso entre su camino y la puerta.

—Creo que también me debes una explicación, Lena —reveló entonces Astrid, recuperando la seriedad—. Sé que no te has perdido, eres demasiado lista para eso.

A Lena se le heló la sangre.

—¿Cómo dices? —se hizo la tonta.

Astrid se miró las uñas, con indiferencia.

—Que no estás en la habitación de la reina por casualidad—reveló—. Ambas sabemos que lo que he dicho antes era un farol—dijo con calma, agarrando de nuevo su hacha del suelo—. Elsa es tan vengativa como una paloma. No congelaría ni a una mosca—aceptó.

Sí, sin duda la reina no era una mujer sanguinaria ni vengativa. De hecho, no se enteraba ni de la mitad de las injusticias que se cometían en su reino.

—Sin embargo, yo no soy ella, Lena—dictaminó sin un ápice de duda—. Así que será mejor que no me mientas o te inventes algo que realmente pueda creerme.

Lena tragó saliva. Ahora sí que realmente estaba atrapada. De hecho, por un instante Astrid le causó más terror que los soldados. Aquella mujer había doblegado incluso a la reina. No era un secreto para nadie que Elsa la respeta; como tampoco lo era ya para ninguna de las doncellas que esa mujer era la amante del rey vikingo. Y que la reina lo consentía.

Astrid tenía demasiado poder en aquel juego de intereses. Y Lena… ella no era nadie para manipularla.

—No me creerías… —comenzó Lena, pensando todo lo rápido que podía.

La vikinga se paseó amenazante por la habitación.

—Te sorprenderías de mi habilidad para creer cosas imposibles—ironizó Astrid sin perder el desaire ni la autoridad—. Dragones, reinas mágicas, espíritus del bosques, piedras que hablan… —enumeró con saña, mostrando que su paciencia era muy reducida.

Hipo siempre la había descrito como una mujer con muchos dones, pero el de la paciencia no era precisamente uno de ellos.

—Lena—la llamó Astrid—. Partes con la ventaja de que realmente quiero creer lo que me digas, de verdad que quiero—insistió la vikinga—. Siento simpatía hacia ti, así que por favor, sé sincera y no juegues con mi paciencia.

Lena no se esperaba que la vikinga, con ese aire de arrogancia y orgullo le fuera a decir algo así. Sabía que su única oportunidad era jugar a las verdades a medias.

—Elsa y yo éramos amigas de niñas —reveló Lena—. Era de hecho mi mejor amiga.

Astrid la miró extrañada, altiva.

—Elsa ha vivido toda su vida encerrada—le rebatió la vikinga, sin creer que aquello fuera posible.

—Pero no bajo llave—matizó Lena, intentando ocultar su nerviosismo.

Sabía que Astrid solo la creería si ella misma era capaz de creer sus palabras.

—A veces Elsa bajaba a las cocinas o yo venía a esta habitación—siguió—. Éramos íntimas, como hermanas—mintió de alguna forma—, pero me echaron del castillo y su indiferencia fue la peor de las traiciones. Elsa ha mirado siempre por sí misma por encima de todos y todo. De alguna forma tú también lo has sufrido…

Astrid no sabía si aquello era cierto o no. Recordó entonces cómo Elsa había salido corriendo tras Lena en día de la enfermería y cómo luego se mostraron indiferentes durante el baño. De hecho, cuando Elsa se bañó con ella, Lena se marchó de las cocinas y no regresó. Tal vez no metía… y sí que conocía a la reina.

—Eso no explica qué haces aquí… —rebatió Astrid, algo confusa—. Mira, no tengo tiempo para rodeos… así que al grano. ¿Qué estabas buscando aquí?

Lena respiró hondo, dispuesta a inventar una mentira aún más dolorosa que la verdad.

No obstante, no tuvo tiempo de hacerlo porque un temblor las sacudió con tanta fuerza que las hizo caer a ambas al suelo.

—¡Qué ha sido eso! —gritó Lena asustada, intentando ponerse en pie.

Fue entonces cuando Astrid la levantó casi con violencia.

—Está pasando—dijo nerviosa la vikinga—¡Mierda! —maldijo en su lengua—. Vamos, tenemos que irnos.

Lena no sabía qué estaba pasando.

—¡Rápido! —gritó Astrid tirando de ella para sacarla de la habitación—. ¿Sabes dónde está Anna?

La morena negó desconcertada.

—¡Corre! Avisa a todo el que veas y no te detengas—le ordenó—. ¡Vamos! ¡Y encuentra a Anna!

—¿Qué está pasando? —preguntó aterrada.

Astrid agarró su hacha del suelo y la empujó para que se pusieran a cubierto. Intentó ver a través del balcón de Elsa y contempló aterrada cómo las primeras llamas vociferaban campantes en son de guerra.

—Es Drago… —se limitó a decir—. Todo ha sido una trampa.


Y hasta aquí el capi!

Como veis, de ritmo a sido más rápido. A partir de ahora intentaré que avancen todos así y no recrearme tanto.

Ando con muy poquito tiempo para REVIEWs, pero igualmente agradezco por aquí a todos los que me habéis escrito. Sé que es un esfuerzo dejar un comentario y que en él van vuestras mejores intenciones. Yo no puedo estar más agradecida.

Gracias a ZAIKO23, como siempre. Espero no haber sido tan mala. Como ves, Hipo no está muerto jajaja espero no haberte hecho sufrir.

Gracias a denebtenoh, siempre amo tus comentarios. Y sí, era para gritarles xD

Gracias a Guest y Bethe, por hacer saber que les gusta mi historia. Para mí significa mucho, por breve que sea.

Gracias por supuesto a flores231, siempre ahí ^^ Muchas gracias de corazón! Espero que te haya gustado este capi.

Y gracias y bienvenidx a ghust95! Gracias por animarte a dejarme un comentario. Espero que la historia esté a la altura de tus expectativas ^^ Ya me contarás si te gustó este capi ;)

Y gracias como siempre a los que me escribís por privado, a Antonio y a Kolomte. Y a todos los lectores y a anónimos.

Y a Marcus S. Lazarus, quien a partir de ahora, gestionará y actualizará la versión en inglés como se merece jaja

NOS LEEMOS PRONTO!