Capítulo 3

—Esa pregunta me la he hecho miles de veces, ¿por qué se quedó? Estaba muy claro que mi padre no la quería, dormían en habitaciones separadas y eso que mi padre no recordaba como llego a su casa, tiempo después llegue a pensar que tal vez le puso algo en alguna bebida.

Los vi discutiendo una vez, ella quería casarse cuando antes, a lo que mi padre se negó diciendo que tenía que pasar un año de luto, pero una vez que mi tía menciono si estaba embarazada, ella se puso nerviosa, mi tía le dijo que la llevaría al doctor, Margaret se negó a ir.

—He de confesarte que no le caí bien, sé me hace una mujer extraña, pero dime porque no vienes seguido, estando tu tía en esas condiciones, siendo tu único familiar.

—Estar aquí me hace recordar, odie a mi padre, nunca le perdone que haya traído a Margaret, cuando falleció fue un golpe fuerte para mí, por un tiempo me sentí culpable, deje de hablarle, prefería estar con George y los trabajadores en el invernadero, mi tía me mando a un internado a New York, me dijo que era por mi bien, que me sentiría mejor estando lejos, yo no quería regresar, y mi tía me apoyaba, ella prefería que no viniera, George era el que me visitaba y me ponía al tanto de los negocios. Pero en fechas de navidad tenía que venir, me la pasaba con George, en contadas ocasiones iba unas horas a la iglesia, llevaba la ayuda de mi tía, en víveres, lo menos que pudiera estar en casa, pasada la navidad regresaba a New York.

Ahora que te he contado esa parte de mi familia, me siento aliviado, tal vez debí decirte desde un principio que era el dueño del "Rosedal", la arquitectura es algo que siempre llamo mi atención, diseñar, proyectar, lo que en mi mente se está formando en ese momento, verlo realizado es grandioso, hice mi primer bosquejo de la casita de guardián, mi perro, tenía como cuatro años, mi madre lo mando hacer con un carpintero. La belleza, la firmeza y la utilidad esos tres elementos, están presentes cuando pienso en un proyecto. Mi tía sabía que eso me apasionaba, tal vez por eso no insistió en que regresara hacerme cargo del negocio, lo que tenemos tu y yo ha sido en base a nuestro trabajo, no he tocado dinero de mi herencia, que también incluye acciones esa herencia es de mi abuelo, él cuando era joven viajo mucho a Arabía Saudita cuando empezó todo la euforia por el oro negro, él trabajaba para una compañía petrolera y empezó a comprar acciones, ahora tienen un valor muy alto y todo lo que han generado desde que mi madre falleció tampoco he tocado esa parte, todo eso será para nuestros hijos. —La sola mención de los hijos hizo estremecer a Candy, detalle que no paso por alto Albert.

—Candy, cariño, sino quieres tener hijos, tal vez podemos adoptar, ¿qué es lo que te pasa mi amor? Cada que menciono que quiero casarme contigo, me evades, ¿hay algo que no me has dicho?

Candy sabía que había llegado el momento de abrirse con Albert, no iba a seguir ocultando sus temores, e inseguridades.

—Albert, cuando mis padres se fueron en ese crucero que se accidento, me dejaron con unos amigos, Archie y Annie, ellos son abogados, mis padres iban a estar dos semanas de viaje, asimile su muerte, que Annie y Archie se sorprendieron, ellos y mis padres eran buenos amigos, se iban a fiestas, a un bar juntos, tienen una hija dos años menor que yo, después de perder a mis padres, algo en mi interior cambio, llegue a pensar si yo también moría y dejara a mis hijos huérfanos, no quería que la historia se repitiera, cuando cumplí la mayoría de edad decidí buscar mi propio camino, con lo que me habían dejado mis padres y el fideicomiso, me salí de la casa de Annie y Archie, aunque ellos me rogaron que me quedara que me veían como a una hija, yo necesitaba mi espacio, los visitaba, pero una vez que entre a la carrera me fui alejando de ellos, y la familia de mi padre nunca aceptó a mi madre por ser huérfana, la comunicación con ellos es nula, me había quedado sola, por momentos me aterraba, como si me encontrara en un océano o en un desierto, yo sola en esa inmensidad, solo acompañada del viento, del frio, con el sol quemándome la piel, por los ruidos de un animal cerca, me había jurado no enamorarme, no quería casarme mucho menos pensar en hijos.

—¡Candy!

—Déjame terminar o no podré hacerlo, un día pensé que estaba sola, y Annie la amiga de mi madre me escucho, dije en voz alta que nunca me iba a casar ni tener hijos, no quiera dejarlos huérfanos, Annie me escucho y me mandaron a terapia, me ayudo un poco hablar con la psicóloga, cuando te conocí, pensé que iba hacer pasajero, mientras estudiábamos no me preocupaba, o tal vez porque tenía poco de haber dejado la terapia influyo en verte como pareja no lo sé, paso el tiempo y los temores de formar una familia, hizo que regresaran mis inseguridades.

Albert la abrazo apretándola con su pecho, si él hubiera sabido eso desde el principio no hubiera insistido en lo del matrimonio, la quería y la amaba casados o no, ella era la mujer de su vida.

—Cariño, las posibilidades que la historia de tus padres se repita contigo son muy remotas, lo sabes, ¿verdad? Te apoyare si quieres regresar a terapia, no necesitamos un papel para estar juntos, no volveré a mencionar la palabra matrimonio, te quiero a mi lado hasta que lleguemos a ser viejitos y me tengas que gritar porque mis oídos ya no escucharan bien tu preciosa voz. Los negocios se pueden quedar para la beneficencia, tal vez tenga que formar una fundación, alguien tiene que beneficiarse con mi legado.

Candy sintió un nudo en el estómago, Albert le estaba dejando claro que no le insistiría en pedirle que se casara con ella y eso le había dolido, las palabras de su amiga Paty llegaban a su mente, ¿si llegara otra mujer? Candy sabía que estaba siendo egoísta, Albert tenía razón debía regresar a terapia y vencer sus temores, Albert quería formar una familia y tener hijos, sus hijos serian herederos de una cuantiosa fortuna, económicamente su futuro estaba asegurado.

«Albert quedo huérfano como yo, y él salió adelante gracias al apoyo de su tía y George, sus padres al igual que los míos también se amaban, ambos formaron su propia familia, sin pensar siquiera que dejarían a sus hijos huérfanos, ¿por qué sigo dudando? Tengo a mi lado a un hombre maravilloso»

Candy quería decirle a Albert que si quería casarse pero las palabras no le salían, reconocía que sus miedos podían más. Albert noto en sus ojos algo de temor, la ayudaría a vencer sus miedos y tal vez más adelante ella aceptaría casándose con él.

Albert beso su cuello, la acostó en la alfombra mientras la besaba, quería hacerla olvidar, poco a poco se fueron despojando de su ropa, lo que no pude decirle con palabras Candy, se lo dijo con su cuerpo entregándose completamente, respondiendo cada caricia de Albert, conocían cada parte de sus cuerpos, se amaron como si fuera la primera vez, los gemidos de Candy diciendo su nombre, lo excitaban, mientras él recorría el cuerpo de Candy dejando un camino húmedo de besos.

Una silueta en la ventana era testigo de esa entrega, ella no se había dado cuenta en que momento empezó acariciar su cuerpo, ella lo deseaba, desde el momento en que dejo de ser un adolescente para convertirse en un hombre, su cuerpo pareciera que fue cincelado, era un hombre muy atractivo, sabía que muchas señoritas morían por él siendo un adolescente, los celos que sentía cuando lo veía platicar con ellas, cuando lo vio en su habitación mientras se bañaba, esa imagen la acompañaría desde entonces en sus sueños, escurriendo el agua por su cuerpo varonil, cuando sus ojos se posaron en su entrepierna, y su cuerpo reacciono, desde ese momento se dijo que sería de ella.

Dos amantes corazones eran ajenos a lo que pasara afuera, la noche era fría, estaban abrazados con sus piernas entrelazadas.

—Mi amor, me llevas al cielo, —dijo Albert con su voz ronca, acariciando el rostro de Candy, besando su frente, estaba extasiado.

—Cariño tú no te quedas atrás, siempre haces que mi cuerpo vibre y pida más. —Le dijo Candy sonrojada.

—Y yo encantado de complacerte, mi vida. —Haciendo un guiño Albert y tomándola en brazos, para llevarla a la habitación.

Amanecía con un aire helado y un cielo azul claro, se veían todavía los vestigios de la nieve, Albert y Candy desayunaban.

—¿Estás segura mi amor?

— Si, mi amor, me quedare con tu tía un rato aunque no pueda hablarme, me encantaría ir al orfanato. —Albert se sorprendió al saber que Candy quería conocer el hogar de Pony.

—Jimmy y Tom están a tu disposición, si quieres conocer más la propiedad ellos te guiaran.

—No quisiera molestarlos, ellos están trabajando, el cuidado de las rosas…

—La rosa que más me importa es la que tengo a mi lado y es la más importante, descuida ellos ya están enterados que serán tus cuidadores, son de mi entera confianza solamente en manos de ellos y George te dejaría, la otra persona seria mi tía, por eso me he empeñado que reciba el mejor trato han venido especialistas, gracias a las terapias ha habido mejoría para que pueda caminar o que recupere el habla.

Albert llevaba a Candy a la casa para saludar a su tía, el movimiento en la casa empezaba desde temprano, la señora Elroy esperaba a su sobrino, George le había avisado que saldría con William rumbo a Chicago. Y que Candy se quedaría en el racho.

—¡Buenos días tía! —La enfermera salió un momento para darles privacidad. Candy se quedara un rato contigo, tal vez después salga a caminar con Jimmy y Tom, la señora Elroy solo parpadeo, Albert se retiró despidiéndose con un beso apasionado no le importo que su tía lo viera, provocando el sonrojo de Candy y en él una sonrisa al ver a su mujer apenada.

—Te acompaño.

—No hace falta, afuera el aire esta helado y tu nariz cada vez está más roja.

Candy se llevó su dedo a la nariz, la llegada del invierno acompañado del descenso de la temperatura, no podía evitar que su nariz se pusiera roja como la de un reno.

—Es algo que no puedo evitar con la llegada del invierno, ni el mejor maquillaje me ayuda, tal vez debería disfrazarme del reno de Santa. —Dijo Candy abrazándose a Albert riéndose.

—Ja, ja, ja compraremos un gorrito que tenga astas, pero no dejare que te lleve Santa, sobre mi cadáver.

—Ja, ja, ja

La señora Elroy quiso reírse con ellos por las ocurrencias de su sobrino, nunca lo había visto reír de esa manera y eso brillo en sus ojos que vio hace cuatro años cuando la vino a ver por su accidente no había desaparecido al contrario estaba más brillante, su rostro reflejaba esa felicidad pero había algo que no podía descifrar su instinto se lo decía.

George esperaba a Albert dentro de la camioneta, Albert apresuro su paso para no encontrarse con su madrastra. Margaret observaba por la ventana, se había quedado en su habitación pensando que Candy lo despediría.

—William, no dejare que seas de nadie, tienes que ser mío, solo mío.

«Con esa ropa, ese cuerpo esculpido por los mismos dioses, su caminar elegante con seguridad… verlo haciéndole el amor a esa mujer»

Margaret no se había dado cuenta que había apretado con tanta fuerza la copa de vino que termino por romperla, haciéndose unas pequeñas cortadas en la mano. Necesitaba salir de casa y no ver a Candy, la odiaba, verla en brazos de William recorriendo su cuerpo, no pudo conciliar el sueño, había amanecido de mal humor, su espejo estaba estrellado, esa escena la había llenado de rabia, llego a su habitación molesta arrojo al espejo el cenicero, el estruendo fue tan fuerte, que la tranquilidad que reinaba en la casa se vio interrumpida abruptamente, pero nadie se atrevió a acercarse a la habitación de Margaret, la escuchaban caminar y hablar, suponían que se encontraba bien, era otros de sus arranques pero este había sido de otra magnitud, esperarían que se calmara para entrar a la habitación.

Margaret no había amanecido de buen humor, por lo que los empleados sabían que escucharían gritos y reclamos de ella durante el día, pero como ocurría siempre que eso pasaba ella después los dejaba entrar para la limpieza de la habitación, esta vez no los dejo pasar, estuvo encerrada hasta que William se fue.

Sé dirijo a la habitación de Elroy, alcanzo a escuchar lo que Candy le decía, sobre arquitectura.

—Buenos días Candy, señora Elroy, voy a salir un momento, espero no tardarme.

Candy nuevamente sintió ese escalofrió recorrer su cuerpo, se ajustó su chamarra, mirando hacia la puerta, Gracie la enfermera salió al pasillo, después de unos minutos regreso, mirando a la señora Elroy.

—Ya se fue señora Elroy, abajo esta Dorothy, me quedare en el pasillo. —Dijo Gracie saliendo de prisa, pero se detuvo por el llamado de Candy.

—¿Sucede algo Gracie? —Hablo Candy con la voz temblorosa, Margaret la ponía nerviosa.

— No, señorita, todo está bien. —Gracie se retiró cerrando la puerta.

Candy escuchó su nombre en voz de la señora Elroy, giro su rostro con los ojos expresivos, no estaba soñando, la señora Elroy había hablado fuerte y claro.

—¡Bienvenida Candy! Estas sorprendida, ¿verdad? Pero no tenemos tiempo, William no sabe que hablo, solo las enfermeras que me cuidan, Dorothy y George son de mi confianza, tienes que llevarte a William de aquí y no regresar jamás, esa mujer está loca, ella me aventó de las escaleras, quería matarme, le dije que William no regresaría que se quedaría en la universidad y haría su vida en New York o en otro lugar.

—¡¿Qué dice, señora Elroy?! —Dijo Candy sorprendida por lo que estaba escuchando.

—Lo que oyes hija, William tiene que irse de aquí contigo, después del accidente deje que pensaran que había perdido el habla, no podía dejar que esa mujer le hiciera algo a William, por eso he puesto todo de mi parte para tener movilidad en mis brazos y piernas.

Ella está obsesionada con él, la forma en que lo miraba puso en alerta mis sentidos, en las vacaciones de navidad, le pedí que viniera, sorprendí a Margaret en la habitación de mi sobrino, no de la forma que te estas imaginando, él estaba en la ducha pero dejo la puerta abierta, ella entro sin tocar, y lo observaba, por esa razón mantenía a William alejado, cuando decidió que se quedaría en New York, apoye su decisión, Margaret pensaba que iba a regresar, pero le dije que no y discutimos por eso, me aventó de las escaleras, me tomo por sorpresa, desperté en el hospital, pero recordaba que había pasado, William fue informado y vino, alcance a escribir que no se preocupara, que él estaría mejor en New York.

Margaret se pone de mal humor cuando sale William en una revista contigo, ya son conocidas sus rabietas la habitación termina echa un desastre, pero anoche algo paso que la enfureció, ella no está bien, solo está aquí por la ayuda que le damos, si William se entera de lo que me hizo, no quiero imaginar la metería a la cárcel.

—Nunca pensó en denunciarla, es grave lo que hizo, atentar contra su vida, usted pudo haber muerto y Albert nunca sabría la verdad.

—Solo una persona vio todo, fue Dorothy, esa fiel muchacha no se ha separado de mí, llego a esta casa siendo una chiquilla, William ya es un hombre desde pequeño le vi ese pasión por la arquitectura, no le iba a truncar sus sueños, dejándolo aquí, el racho está en buenas manos con George al frente, tal vez más adelante sus hijos se hagan cargo del "Rosedal".

Ese comentario hizo que Candy sintiera una opresión en el pecho, no pudo mirar a la tía de Albert, gesto que no pasó desapercibido para la señora Elroy.

—Llegó la señora —dijo Gracie asustada— abajo están Tom y Jimmy.

—Ve hija, Margaret no soporta que los empleados entren a la casa. —Candy se despidió y salió no quería que Tom y Jimmy fueran regañados, sabía que la fiel Dorothy los había entretenido mientras ella hablaba con la señora Elroy.

—Tom, Jimmy saben…

—¡Hola Jimmy, listo para el paseo! —Grito Candy desde la escalera para callar a Margaret.

—Si señorita, él es mi hermano Tom.

—Dime Candy Jimmy en eso quedamos, tú también Tom, vayámonos quiero conocer todo el lugar.

Esa alegría que mostraba Candy, contagio a Tom y Jimmy, ellos sabían que no podían entrar a la casa, pero Dorothy había insistido, afuera estaba fresco para que esperaran, los tres se fueron en una camioneta, había una parte que Candy no vio, era el lago.

—Este lugar es el paraíso, es hermoso, la propiedad es muy extensa en primavera se verá aun más hermosa llena de aves, y otros animalitos.

—Si Candy, en primavera pareciera que no es el mismo lugar, todo cobra vida. —Menciono Tom emocionado— Nos dijo el joven William que quieres conocer el hogar, podemos ir y llevar los víveres que siempre manda la señora Elroy.

—¿Hay muchos niños?

—Doce en total, el más pequeño tiene tres años, y el mayor diez —dijo Tom— te encantara el lugar.

—Y que estamos esperando, vamos por los víveres, ¿podemos llevar algo para la cena de navidad?

—Ya está todo incluido por la señora Elroy, solo recogemos y nos vamos al hogar —los ojos de Jimmy brillaron con solo saber que iría al hogar de Pony.

En Chicago en un restaurante de lujo se encontraba Albert con Enzo Cabassi un magnate de los medios de comunicación, era tal su riqueza que sus hijos y futuros nietos y bisniestos pueden vivir tranquilamente sin trabajar.

—Enzo, espero haya sido tu estancia agradable en Chicago. —Dijo Albert con media sonrisa.

—Si, William, sé que eres escurridizo, son pocos los que saben que eres el dueño del "Rosedal", mi hija vio las imágenes de la boda del príncipe de Inglaterra, y dijo quiero esas rosas y como comprenderás no pude negarme, tengo tres hijos, dos varones y mi princesa Alessia, viendo las fotos, y que mencionaran el "Rosedal" como proveedor de las rosas, dije porque no hacer negocios y traer las rosas a Italia y aquí estamos.

—Te agradezco la confianza, Enzo. George ya me puso al tanto…

—Déjame explicarme, perdón que te interrumpa, yo solo quiero una mínima participación el veinte por ciento, el negocio será siendo tuyo en su mayoría, viendo con George la logística que haces desde Chicago para el mundo es impresionante, las rosas llegan frescas como si acabaran de ser cortadas, eso me dejo sorprendido si tenemos las rosas en Europa te puedes ahorrar bastante en cuanto al traslado de las mismas.

—Si, es toda una logística, mi otro negocio a la par del "Rosedal", es el transporte de paquetería "Inside" ellos son los encargados de hacer que las rosas lleguen en buen estado, eso habla de nuestro trabajo, y el negocio de transporte ha levantado, he tenido que comprar más vehículos para darnos abasto con la demanda, eso habla de nuestro trabajo, todo llega en tiempo y forma. Y ser los proveedores de las rosas de la boda del Príncipe, eso nos abrió muchas puertas, como te decía George me puso al tanto, no tengo inconveniente de asociarme contigo, pero de aquí en adelante todo será supervisado por George, nos tomara tiempo buscar el lugar adecuado y el cultivo de las flores.

—Si, lo sé, pero ya tengo en mente tres lugares con extensión de terreno, solo que George se dé una vuelta a Italia pasando estas fechas de decembrinas.

George y Albert se despedían de Enzo, caminaron hacia el estacionamiento cuando escucharon que alguien llamaba a George.

—Señor Johnson, ¿es usted? —Con dificultad para respirar dijo Mateo acercándose a George y Albert.

—¡Mateo! Tanto tiempo sin verte, no sabía que estabas en Chicago. —Un George sorprendido de verlo.

—No estoy en Chicago señor Johnson, vivo en los Ángeles, señor quisiera hablar con ustedes, no tendré otra oportunidad para hacerlo y al verlo creo que fue una señal para hablar lo que he callado todo este tiempo.

George miro a Albert que no entendía bien lo que pasaba, pero por la expresión de Mateo debía ser algo delicado, hacía muchos años que no lo veía, cuando él le pidió una carta de recomendación aludiendo que no podía seguir trabajando allí, la muerte de sus patrones fue muy dolorosa para él, eso le había dicho y él sin pensarlo le dio la carta y su liquidación.

Continuará…