Rutina
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Lloró al morir su padre y cada noche los primeros días. Lloró al ver de nuevo a su madre y al entrar a casa tuvo que mirar todo dos veces… la estancia no sufrió un ataque re-decorativo durante las ansiedades de la guerra, como había creído que pasaría, y todo se encontraba en el sitio donde le había visto por última vez y aunque estaba segura que el polvo era reciente, se sentía como estar ahí luego de una eternidad.
—¿Sabes? Podemos olvidar las reglas y cenar pudín el día de hoy, ¿qué piensas? —resonó la voz de su madre.
Miró detrás de ella, a la mujer que se mantenía en el genkan, la luz que moría del atardecer se colaba entre las ventanas. Pudo ver cada partícula flotar alrededor de ella.
—Hicimos una pausa para comer y se me revolvió el estómago —murmuró.
Silencio.
Una mirada distraída al interior.
Nada.
—Entonces ve a darte un baño, preparé la tina antes de salir.
El agua estaba tibia…
Miró el vapor en silencio, en un extraño estado de enajenación provocado por la abrumadora cantidad de pensamientos que se arrebolaban en su mente, sentía la necesidad de anotar cada uno en un papel y acomodarlos todos en el suelo, porque creía que quizá así podría ordenarlos con mayor facilidad y entenderlos.
Exhalando, se removió, escuchado el chapoteo del agua, ambos brazos sobre el contorno de la tina, sentía en la piel la diferencia de la temperatura y miró su piel erizada en silencio, encontrando ahí una extraña sensación ajena, era como si los brazos no le pertenecieran a ella.
La familiaridad de su casa, de su cuerpo… de toda ella se sentía tan ajena.
Se concentró de nuevo en sus pensamientos…
Nada.
Parpadeó, consciente de lo fría que se encontraba el agua. Tiritando ligeramente salió de la tina y se envolvió en la bata, notando de inmediato la calidez que le volvía al cuerpo, pero no le alcanzaba el alma.
Ignoró el espejo al salir del baño y al entrar a su habitación observó el lugar atentamente. No solía mantener un orden específico en sus cosas, pero luego de un vistazo lleno de consciencia confirmó que no faltaba nada ahí dentro. Se sentó, derrotada, en la cama, sintiendo por primera vez en días el cansancio de la última semana; se frotó el rostro con una mano y cubrió la mitad con ella, respirando profundo para deshacerse de las lágrimas provocadas por el cansancio y la frustración.
Decidida a ignorar esas incomodidades que desaparecerían al dormir, tomó el pergamino que le había sido entregado y se concentró lo que quedaba del día en comenzar sus informes, concentrándose en recordar aquellos detalles que pasaron por alto su memoria al rendir los informes preliminares.
…
Una serie de audiencias se robaron su atención por espacio de tres días y cuando al fin todo aquello quedó concluido y se encontró en la soledad de su habitación, le sorprendió, una vez más, el llanto al enfrentarse a un kimono negro comprado recientemente.
Si miraba atrás, no comprendía nada y le fallaban las cuentas de los días, por la similitud que había entre todos ellos, una semana entera quedaba reducida a un lunes y los brillos inusuales no encajaban en aquella continuidad alterada. Nada tenía sentido.
No había sentido.
Se miró al espejo esforzándose en notarse a sí misma, como no lo había hecho desde antes de la guerra. El pálido dorado de sus cabellos resaltaba contra la tela negra… ¿o quizá era al revés? Recorrió con sus manos la suavidad que la envolvía, notando los relieves que se detenían poco más arriba de sus rodillas, alisando arrugas que no existían, notando el tímido brillo de aquel color que tantas veces había visto en la vida y de pronto no comprendía.
… había adelgazado.
—¿Lista?
Miró a su madre, de pie en la puerta, sonreía apenas. Se miró al espejo de nuevo.
—… supongo —sonrió.
Al salir, no pudo negar que hacía un buen día… tampoco ignorar el hecho de que el peinado le cansaba y que el atuendo era endemoniadamente pesado, y con cada paso que daba aquellos hechos se hacían más y más evidentes e insufribles. Pero lo sobrellevó durante la ceremonia, que pareció alargarse por el resto del día; el fino cuello parecía clavarse en su nuca y, aunque lo había evitado, su mano viajó varias veces a sus hombros y tiró delicadamente de la tela, en un vano intento por deshacerse de la sensación que volvía todo aquello aún más tormentoso de lo que realmente era.
Los llantos le parecían, de pronto, sumamente exagerados, Tsunade-sama hablaba demasiado despacio… demasiadas palabras fuera de protocolo, demasiados discursos cortos.
Sus ojos permanecieron clavados todo el tiempo en el nombre grabado en la piedra, ignoraban el apellido al haberlo leído toda su vida. La luz del sol reflejaba sobre la superficie de una manera que le impedía leer los caracteres a los que se aferraba con su vida.
Lloró amargamente.
Fue la primera en abandonar apenas terminaron las palabras de aliento, arrancó las incómodas peinetas poco antes de llegar a casa y pateó las geta sin preocuparse por acomodarlas después. Apenas se sintió fuera del escrutinio del ojo público, arrancó el obi de su cintura, la tela se enredó en sus manos al intentar librarse de ella, impidiéndole deshacerse del resto de las capas que la asfixiaban.
—¡Ino! ¿Qué haces?
—¡Esto pesa! —chilló, tirando el obi al suelo y llevando las manos al kimono de inmediato. Pero había demasiadas capas, demasiados nudos. —Quítamelo… ¡quítamelo!
Cuando la última prenda cayó al suelo descubrió, con horror, que en realidad era su cuerpo el que pesaba.
Domingo, 19 de enero de 2020
