Rutina
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La humedad de los vapores en la ducha se volvió asfixiante durante las mañanas frías de los días de nubes grises y nada podía devolverle a su cuerpo la sensación de calidez; la tranquilidad brillaba por su ausencia y aunque la monotonía podría brindar un estado similar, su voz tierna y suave, sin fluctuaciones, desquicia con una facilidad sorprendente, convirtiendo en prisión las costumbres.
Y siempre hace frío.
Hacía frío al caminar por la ciudad, pero siempre es así cuando el invierno se acerca, y ni las risas de los niños, que lograban restar melancolía a los días de lluvia, son capaces de dar color a un cielo opaco que llora sin descanso, ni calidez a unas manos frías que se han cansado de buscar el calor perdido en vasos llenos con mezclas fragantes e insípidas. Si arrastraba los pies o no al caminar daba lo mismo.
Ya no miraba al cielo con una sonrisa, dejó de recibir gustosa el viento fresco en la cara, no escuchaba el canto de los árboles y el asfalto, ni la danza de las hojas en el suelo. Si el sol saliera entre las nubes, realmente no habría diferencia alguna, pues incluso los colores en los pétalos de las flores habían perdido saturación.
Miró la fachada de la floristería, en silencio, quizá por demasiado tiempo.
—Tik-tok, Yamanaka.
Ignoró la risilla burlona. Abrió con la llave y entró en el local, embriagándose de inmediato con el olor de las flores que aún no despertaban. Tomó el delantal reservado solo para ella, y, sin poder evitarlo, miró por segunda vez al notar que el perchero se quedaba vacío.
—¿Qué vas a llevar, Kiba? —preguntó, parándose detrás del mostrador, con una sonrisa.
—No sé, Hinata me dijo que tú sabrías.
Sus ojos se pasearon hacia la calle, ignorando las flores que debían regarse. Asintió una sola vez.
—Ya lo traigo —murmuró.
Se detuvo frente a las repisas y su cuello dolió un poco al detener el movimiento repentino, sus cabellos se agitaron sobre su espalda y sus ojos recorrieron una a una las repisas, hasta posarse sobre la más alta, consciente de que no alcanzaría… y de que había estado a punto de pedirle a su padre que alcanzara las flores por ella. Se llevó las manos a la cintura y bufó, en un intento por ahuyentar el nudo en su garganta, y limitó sus mohines a gestos de frustración al no encontrar el banquillo.
No mostró su júbilo al encontrarlo y bajó con cuidado el ramo de girasoles, acomodándolo en sus brazos con demasiado cariño. Ignoró la mirada insistente y el pequeño silbido que escapó de la garganta de un atento Akamaru.
—Estás diferente…
—¿Tú crees? —murmuró distraída, enredando con cuidado el ramo en papel. —Quizá maduré, Inuzuka… deberías intentarlo, es gratis.
Se olvidó por completo de lo despistado que Kiba podía llegar a ser y, por un momento, temió que fuera a pillar el desgaste de la broma.
—Olvídalo, sigues siendo la pesada de siempre —molestó, arrojando el dinero en la barra.
—… y tú el mismo idiota de la academia —renegó, estampando el cambio en la barra. —¡Ahora lárgate de mi tienda!
—¿Así tratas a todos tus clientes?
Se miraron unos segundos.
—¡Lárgate, Inuzuka!
La puerta se cerró detrás de él, aunque no podía verlo a través del cristal aún escuchaba sus risas, acalladas por el agudo timbre de aquella última broma que disfrazó su ruego.
Se deshizo de la sonrisa… a veces, las apariencias se sentían genuinas, la alegría y espontaneidad habían desaparecido… la resignación se disfrazaba de aceptación. La gente se volvía intolerable, las diversiones absurdas…
Miró desde el mostrador a la calle, a través del cristal, con los puños apretados.
Sus ojos se posaron sobre la repisa más alta.
Lamento haber tardado meses en traer esto, se me olvidan las responsabilidades DX
Viernes, 29 de mayo de 2020
