Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.
Advertencia: Este fanfic es de categoría M.
Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)
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I lead a life unpleasant, nothing glad
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Una vez que la puerta de la habitación se cerró, Ron abrió los ojos y se quedó mirando a la luna con el ceño fruncido.
El desván parecía aún más tenebroso que la otra vez. El sol había empezado a pintar de morado el negro cielo. Harry, al igual que el día anterior, ya estaba esperándola dentro. En exactamente el mismo sitio. Su voz graznó al darle los buenos días, mientras Hermione cerraba la puerta con cuidado. El olor a polvo se le hacía agradable, pensó; era parecido al olor de los libros viejos. Estaba nerviosa; tenía miedo de lo que pudiera encontrar en el pensadero, pero a la vez, sentía cierta curiosidad morbosa. También sentía culpabilidad, como un dolor sordo, como un ruido de fondo: al fin y al cabo, estaban violando la intimidad de una persona, aunque estuviese difunta.
Cuando llegó a la altura de su amigo, la Gryffindor percibió que tenía la misma cara cansada que llevaba todos los días. Harry no la miraba; tenía los ojos verdes clavados en el pensadero, la mente en algún rincón opaco. Sin añadir nada, la chica se acercó del objeto mágico y sumergió su rostro en la brillante sustancia.
Si hubiese sabido lo que iba a encontrar, quizás no lo hubiese hecho.
Memorias del pensadero. 1992. Clase de Pociones.
Severus Snape nunca se preguntó porqué le irritaba tanto el joven Potter. Sí, desde luego; era la prueba viva de la intimidad entre aquel miserable James Potter y su querida Lily Evans, sí; pero es que el crío se bastaba para desagradar...
El ex-mortífago estrechó los ojos que vigilaban a aquellos inútiles estudiantes de segundo, mientras sus brazos se ponían en tensión sobre la mesa de profesor. Aquella sonrisa de Potter... la sonrisa de una persona aceptada y valorada por los de su entorno, sonrisa de aquél que no duda de la amistad de sus amigos; en suma, la sonrisa de alguien seguro no tanto de sí mismo como de su entorno afectivo. Una persona que había recibido amistad, amor y lealtad por parte de sus amigos más cercanos.
La misma irritante sonrisa que tenía su maldito padre. A la menor oportunidad, se las arreglaría para volver el mundo contra Potter. Vaya que sí.
Sus amargas cavilaciones tuvieron un amargo fin cuando el caldero de Neville Longbottom (por qué diablos no pudo haber nacido completamente squib) empezó a vomitar un humo morado con fuerte olor a lavanda marchita desde la otra punta del aula.
- ¡LONGBOTTOM! - aulló Severus mientras sacaba su varita y cubría a zancadas la distancia que los separaba. Pero antes de que el profesor pudiese hacer nada...
- ¡Evanesco! - gritó una voz aguda. Y la pócima morada desapareció.
... Granger. Granger le acababa de quitar el placer de demostrar a aquellos pequeños diablos que tenía todo bajo control. La irritación le quemó la garganta. Odiaba que se pusiera en duda su competencia, aunque fuese indirectamente. Granger. Maldita entrometida, insufrible sabelotodo, empollona autocomplaciente, arrogante chiquilla y amiga del asqueroso Potter... corregir sus trabajos era una tortura; siempre las hacía el doble de largos, con una letra pegadísima y la mitad de grande de lo normal, con un insoportable tonillo rebuscado de enciclopedia que... El profesor de Pociones notó cómo se le coagulaba la mala sangre en la punta de la lengua. En vez de gruñir de rabia, como hacen los perros para aliviarse del enojo, tuvo que una vez más seguir en su papel de ser humano en sociedad y convertir el fuego de su cólera en palabras heladas.
- Señorita Granger. - la clase de jovenzuelos observaba la escena en silencio. Snape esperó hasta que la tensión congelase el aire de la clase.- Es impresionante cómo se casan tu... incontinencia académica... con tu inaguantable necesidad de lucirte en público.- mueca de desdén.- ...que por cierto, qué... irremediablemente Gryffindor.- se oyeron unas risillas por donde se sentaban los Slytherin, y Severus, complacido, torció los labios en una mueca de burla y desprecio.- Cinco puntos menos a Gryffindor por evitarnos el placer de morir envenenados. Señor Longbottom...
Patético. El muchacho tenía tanto pánico que la mesa temblaba junto con su mano. Agarraba al objeto de madera con tal fuerza que tenía los nudillos blancos. Tendría que espabilar si quería sobrevivir en el mundo real... ya lo ayudaría él. Una malévola satisfacción recorrió el pecho de Snape.
- ... Diez puntos menos a Gryffindor por tu... tozudo insistir... en ser un completo inepto.- los ojos del ex-mortífago miraron al estudiante con bien fingida calma y frialdad, mientras su mente intentaba preparar la forma más hiriente de ridiculizar al irritante chiquillo.- Me... asombra... de que no te hayamos encontrado petrificado todavía..., Longbottom. Eres inútil hasta para ejercer de squib.- las risillas de los Slytherin se volvieron más descaradas.- Y estás castigado. Mañana por la tarde, después de las clases, frente a mi despacho.- la voz de Severus bajó unos cuantos grados centígrados.- No te atrevas... a venir tarde.- añadió, casi en un susurro.
El gordito Gryffindor parecía estar a punto de desmayarse. Severus se reprimió una sonrisa de retorcida satisfacción.
¿Qué haría él sin los inútiles de sus estudiantes para descargar su malestar?
Las mazmorras desaparecieron.
Memorias del Pensadero. 1992. Gran Comedor de Hogwarts.
La muchedumbre se apelotonaba en el Gran Comedor. Como la bestia de Slytherin seguía suelta, el miedo empezaba a hacer mella en los alumnos. Severus escaneó las caras de los que habían venido al Club de Duelo antes de centrar su mirada en Lockhart.
El profesor de Pociones tenía la elegancia de una pantera. Lo sabía, y lo utilizaba a su favor. Su ceñida vestimenta realzaba su pose erguido, y con más teatralidad que nunca, se acercó, varita en mano, hacia el demasiado arrogante Gilderoy Lockhart. El pobre hombre no sabía qué favor le había hecho a Severus Snape organizando aquel "Club de Duelo".
Al ex-mortífago se le escapó una media sonrisa; amarga, como siempre. Sí... Snivellus había pasado toda su adolescencia sin poderse lucir. Era sólo un indeseable, un niño raro de pelo grasiento. Nadie toma realmente en serio un perdedor, ¿a que no? No, porque lo que unas pocas consideraban "misterioso" y "taciturno", la mayoría interpretaba como "antisocial" y "marginado". Y además, no es posible mantener la dignidad estando boca abajo y con los calzoncillos al aire, ¿verdad? No, desde luego que no. Nadie preferiría Snivellus a, por ejemplo, Sirius Black; el niño guapo, el popular, el gracioso.
Pero ahora... ahora era profesor. Severus sintió un escalofrío de perversa autocomplacencia. Ahora era él el que tenía el poder. La mayoría de la gente con la que trataba (sus estudiantes) no eran una amenaza para él. Tenían que escucharle en silencio, mirarle con atención, levantar la vista y asentirle, y obedecerle, y aceptar su palabra sin dudar de ella; era más sabio y fuerte que ellos... tenía confianza en sí mismo... y estaba dispuesto a recuperar el tiempo perdido.
Se lucía. Y lo hacía muy bien. Era un buen actor, después de todo... y tener a Potter hijo y sus perritos falderos como audiencia aumentaba su deseo de brillar como una estrella negra.
Oh, sí. Vaya que sí. ¿Infantil? Quizás. ¿Y qué?
Saludó a Lockhart tal y como exigía la costumbre. Un preciso movimiento. Firme. Si el rubio hubiera sido mínimamente capaz, hubiera detectado, y tomado en serio, el aura de poder y fuerza mágica que Severus mantenía bajo ceñido control. Al igual que sus ropas con su cuerpo..., mantenía su fuerza bien atada, pero a la vista de cualquiera que supiese mirar. Hasta sus alumnos eran capaces de percibir, más o menos conscientemente, de que acechaba un dragón detrás de su máscara. Normal. El profesor de Pociones encadenaba, pero no escondía, al dragón. Por lo menos no en Hogwarts. Y es que Severus era, a su manera, tan presumido como Gilderoy Lockhart: nadie más ansioso que su corazón burlado para demostrarle al mundo de que además de Serpiente... era Encantador de Serpientes.
Uno, dos, tres...
- ¡Expelliarmus!
El rubio salió volando y aterrizó muy poco dignamente. Una oleada de aplausos y silbidos estalló entre los Slytherin, y el ex-mortífago se permitió una ligera media sonrisa. Qué ridículamente fácil había ó, por el rabillo del ojo, de que no pocas alumnas, y algún que otro alumno, mantenían sus ojos en él, en vez de en Lockhart. La mayoría, obviamente, era de Slytherin. Admiración, respeto, temor; era lo que dejaban ver la mayoría de las miradas, pero tampoco faltaban las que reflejaban algo más oscuro e intenso: deseo. Deseo sexual. Ay, qué poco hacía falta para sacudir las hormonas de los adolescentes... y qué gratificante era.
Severus a duras penas pudo contener una altiva sonrisa de satisfacción. Sí: definitivamente, Encantador de Serpientes.
La escena se volvió borrosa.
Memorias del pensadero. 1992. Clase de Pociones.
Ya no estaban en el Gran Comedor; estaban en clase de Pociones con los Gryffindor y los Slytherin. Seguía siendo el segundo año de Hogwarts de Hermione, aunque era un día diferente. La Hermione adulta sintió cómo se le aceleraba el corazón. Merlín... tenía la amarga sospecha de saber qué día era.
En efecto. De repente, y sin previo aviso, un caldero explotó a espaldas de Snape, que se encontró con una horda de Slytherins histéricos. Los ojos de Goyle se habían vuelto grandes como platos y la aristocrática nariz de Draco Malfoy se estaba convirtiendo en una berenjena obesa.
- ¡Silencio! ¡SILENCIO! -rugió el profesor con autoridad- Los que hayan sido salpicados por la poción, que vengan aquí para ser curados. Y cuando averigüe quién... ha hecho esto...- añadió con peligrosa lentitud.
La mitad de la clase se acercó al escritorio del Jefe de Slytherin con diferentes grados de hinchazón por todo el cuerpo. Un dolor sordo taladraba las sienes del profesor; había dormido poco y mal (menos y peor que de costumbre) y lo único que conseguía su paciencia era evitar que cometiese un homicidio masivo con sus estudiantes. Cuando volvió a restablecerse la calma, Snape se acercó al caldero de Goyle y con un movimiento de varita, sacó los restos de una bengala Filibuster del interior. Un silencio sepulcral se apoderó de la clase.
- Si alguna vez... me entero de quién... a hecho esto -susurró peligrosamente- me aseguraré de que esa... persona... sea expulsada.
Severus Snape miró fría y duramente a Harry. A la mierda Dumbledore. Unos pocos segundos de legilimancia bastaron para descubrir la verdad, aunque podría haberlo averigüado sin necesidad de hacerlo: el muchacho intentaba poner una cara de perplejidad que no engañaría ni a un niño muggle. Pero no podía demostrar que había sido él. Albus era excesivamente permisivo con su protegido; desaprobaría su uso de la legilimancia para tales "nimiedades". Diría que obtener pruebas utilizando la legilimancia sería injusto. Snape aguantó un bufido, aunque a duras penas.
Diez minutos más tarde la campana sonó y el ex-mortífago presenció con odio el descarado alivio que enseñaba el rostro del Chico Que Sobrevivió. Potter, Potter, Potter. De tal podrido palo, tal podrida astilla.
Las escenas del pensadero empezaron a acelerarse, tornándose en una sucesión de colores borrosos. Cuando volvieron a quedarse quietos, la Hermione adulta comprobó con mareo que era la tarde de aquel mismo día. No tuvo tiempo para respirar, pues las emociones de Snape volvieron a inundarla con fuerza.
Memorias del Pensadero. 1992. Los aposentos de Snape.
Aquél había sido un día horrible para Severus. Tenía dolor de cabeza. Tenía dolor de alma, al tener que dejar Potter y sus apóstoles salirse con la suya. Tenía dolor de alma cada vez que veía aquellos ojos verdes en aquella cara. Maldito Cornamenta. Si Potter no hubiera existido, Lily no se hubiera ido con él. Se hubiera ido con cualquier otro menos tú, le dijo una vocecilla interior, demasiado sincera para su gusto. Quizás no, se obstinó el profesor de Pociones. Si Potter...
Severus sabía que no se encontraba bien. Por enésima vez, giró los talones haciendo volar su capa y continuó andando en círculos. La alfombra de su alcoba amortiguaba el sonido de sus enérgicos pasos. Tap, tap, tap, tap, tap. Parar. Girar. Tap, tap, tap, tap, tap. Como un tigre hambriento en su jaula. Sí. Sabía a dónde ir.
Habiendo tomado la decisión, Severus murmuró, "¡Accio capa!" y se vistió con la oscura ropa. Se dirigió hacia una de las austeras paredes de su dormitorio, y golpeó las piedras con la varita, siguiendo un orden concreto. En cuanto acabó, la pared se abrió y apareció una pequeña puerta de armario. En su interior había una bonita cantidad de galeones y objetos que Severus preferiría destruir a que se descubriesen. Entre ellos... la foto muggle, en colores pasteles, de Lily; con dieciséis años. Una típica foto muggle setentera. Para aquél entonces la chica (su chica) le había retirado la palabra, pero como los padres de Lily no tenían problemas con él, había conseguido sacar mágicamente, discretamente, una copia de la foto exhibida en la chimenea de los Evans. En ella, la joven pelirroja estaba sonriendo y tomando el sol en el pequeño y cutre parque de cemento de Spinner's End. La foto estaba tomada el mismo verano en que Severus la consiguió. Lily no había estado al tanto de la visita de Snivellus a los Evans; cuando la joven se enteró, se aseguró de que no volviese a pasar. Pero la foto ya estaba conseguida.
Lily lucía un cuerpo inmaculado, vestida con un simple biquini de rayas. Tenía la piel blanquísima, desde luego; algo que la chica, a juzgar por la foto, pretendía cambiar. Sus cabellos rozaban sus hombros y un flequillo juguetón tapaba parte de su ojo derecho. Ojo verde intenso...
Severus le dio un zarpazo al montón de galeones y se hizo con una considerable suma. Cerró con un portazo y rehizo el hechizo que disimulaba el armario en la pared.
Tardó poco en salir del castillo y atravesar los terrenos de Hogwarts. En cuanto estuvo fuera de las barreras mágicas, desapareció y apareció en medio de un callejón oscuro y desértico. Estaba en el Chinatown de Londres. Se cubrió a sí mismo con media docena de hechizos para repeler mugglesy otros ojos indiscretos, y salió a la calle principal. La mayoría de los comercios estaban ya cerrados dada la tardía hora, pero Severus ya sabía a dónde ir. Venía pocas veces, pero el camino estaba bien marcado en su memoria.
Cuando pasó el tercer restaurante de la margen derecha, se quedó quieto en frente del contenedor de basura que separaba el último restaurante con una tienda de ropa cerrada. Avanzó hacia el contenedor con paso decidido... y la pared de detrás abrió paso a la entrada de un bar de mala muerte. Tenía un pequeñísimo escaparate adornado con luz roja y con un letrero que ponía, "Moulin Rouge". "Qué original",pensó con sarcasmo el ex-mortífago. Como cada vez que sucumbía y venía a visitar aquel antro.
Snape entró sin vacilar. Detrás del mostrador se encontraba una vieja mujer de rasgos orientales, uñas tan largas que era un misterio cómo hacía para agarrar los objetos, y dos dientes de oro siniestros. Su pelo gris estaba atado en un apretado moño por donde sobresalían unos palillos rojos excesivamente decorados.
- Hola, cariño.- le dijo en un inglés fluído.- ¿Buscas algo en especial?
Snape sabía que la vieja bruja se acordaba de él (la anciana se acordaba de todo) pero hacer como que no era la norma del club "Moulin Rouge". La comunidad mágica era notablemente inferior en número a la comunidad muggle,y la privacidad, más preciada y difícil de conseguir.
- ¿Aún sigue aquí Lola? - preguntó Severus secamente.
La hechicera oriental sonrió con malicia. Sólo podía tratarse de una Lola. La estrella del burdel. Los clientes solían solicitarla mucho.
- Sí.- respondió la vieja, pausadamente.- Una sesión, veinte galeones. Diez aquí y diez arriba. Más quince sickles por la poción preventiva.
La Casa no permitía que los clientes trajeran su propia poción preventiva. Severus frunció el entrecejo. Los precios habían aumentado desde la última vez que vino. Sin embargo...
- De acuerdo.- respondió mientras dejaba encima del mostrador la suma acordada.
- Cuarto piso, habitación nº13. Pasa enseguida. - le ordenó la hechicera, mientras le daba un golpecito de varita a una especie de trompetilla de cobre que tenía en el mostrador (para avisar sus trabajadoras, seguramente). Severus se dirigió hacia el ascensor mágico y subió hasta el cuarto piso.
Había una razón muy buena por la cual Lola era tan solicitada: era una metamorfomaga.
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Hermione no quería seguir viendo los recuerdos de Snape. Intentó salir de ellos, pero una fuerza la empujaba a quedarse ahí. Harry, probablemente. Desde que era auror su magia era tan fuerte como la de su amiga; más de lo que pensaba, por lo visto. Hermione no era capaz de percibir su cuerpo; lo veía todo desde el punto de vista de Snape. Aún así, juraría haber escuchado su propio jadeo de esfuerzo por volver al presente... en vano.
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La habitación nº13 estaba únicamente iluminada por el fuego de una pequeña chimenea. Una figura oscura estaba esperándole, la cara fuera del alcance de la tibia luz. El cuerpo de la bruja no tenía las proporciones dictadas por el canon de belleza vigente; aún así, desbordaba una sensualidad primaria que el claroscuro de la habitación realzaba.
- De nuevo aquí, ¿eh?
El aludido miró a la morena hechicera con irritación. Aquella trabajadora había roto el tabú de olvidar sus clientes. Lola se limitó a dar un par de pasos hacia el visitante, de modo que su cara quedó iluminada por el fuego, y Severus pudo ver la cuidadosamente trabajada sonrisa de la prostituta.
- La de siempre, supongo.-le dijo, con una cara más neutra.- Primero, el dinero.
Severus se sintió incómodo ante el comentario, pero no dijo nada. Rebuscó entre los pliegues de su túnica y sacó la foto de Lily Evans a los dieciséis años. Luego sacó los diez galeones, uno por uno y delante de los ojos afilados de Lola, y los puso encima del cutre escritorio de la habitación, de modo bien visible. El dinero se desvaneció sólo. Volvió a donde ella y le alargó la foto, pero sin dejar de sujetarla. Lola miró la imagen de la jovenzuela con atención, fijándose en los detalles. Las facciones de la pálida inglesa eran bastante diferentes a sus propias facciones morenas; las de la chica eran mucho más agudas, como si los huesos quisieran salir de su magra prisión de carne.
Tampoco eran facciones consideradas de belleza canónica. Pero eso a la metamorfomaga no la incumbía. Lola dejó de ser Lola para convertirse en una extraña, una adolescente pelirroja sin nombre. Su piel morena se tornó a un blanco lechoso, su pelo negro a caoba oscuro. Sus ojos marrones a verdes...
Era el cuerpo de su amada. Allí, delante de él, con la misma juventud grabada en sus recuerdos. Una piel tan suave, una fragancia tan agradable... tan llena de vida...
Severus se acercó despacio. Quería saborear el momento. Sintió cómo su miembro inferior empezaba a despertarse. Había bastado con la visión de Lily... El ex-mortífago encerró entre sus labradas manos la cara de la (falsa) muchacha. Lola, muy profesionalmente, se abstuvo de hacer comentarios. Sin saber bien quién era la mujer de la foto, no podía actuar como ella, ¿y de qué servía la transformación si bastaba decir una palabra equivocada para echar a perder el espejismo?
Severus se acercó poco a poco a la cara que mantenía prisionera. La besó con delicadeza, con dulzura, con... cariño. Su miembro viril pulsaba dolorosamente, deseando restregarse contra el cuerpo que amaba y deseaba.
Lola tenía que tratar con todo tipo de cliente. Estaban los y las que querían que se transformase en magos o brujas famosas; los que la hacían transformarse en personas prohibidas para ellos. A veces eran agresivos y autoritarios, otras veces Lola hacía de tripas corazón para aguantar la perversidad de lo que le exigían. Muchos gozaban en humillarla. Pero también había cierta proporción de gente que venía a ella buscando afecto y no sexo salvaje. Almas rotas, amargadas, desesperadas, difíciles de tratar... pero inofensivas. La cara más triste de la raza humana, gesticulando en busca de cariño. Aquel hombre pertenecía a la segunda categoría.
Lola dejó de reflexionar sobre eso. Había aprendido hacía tiempo que más le valía no empatizar con sus clientes. Que eran eso: clientes. Y ella, una trabajadora como cualquier otra trabajadora de cualquier otro oficio: profesional.
Ninguno de estos pensamientos perturbaron la cara que ahora suplantaba a Lily. Severus desvistió el reflejo de su amada poco a poco, saboreando el momento, acallando la vocecilla que le decía que ella no era real. Un cuerpo joven, firme, fresco. Tal y como la recordaba. La besó delicadamente en el cuello, debajo de sus orejas, en las mejillas, en la rosada boca. Poco a poco. Su libido crecía por momentos. Pero había un pequeño detalle...
- Mírame como si me amases.- le dijo a la prostituta con voz ronca, rompiendo por un momento el autoengaño.
Los ojos verdes reflejaron por un pequeño instante la triste compasión de Lola, antes de intentar fingir el amor de Lily. Severus empezó a respirar con más dificultad. Era perfecta... el fuego pintaba de oro su piel blanca. El Slytherin acarició con mimo el ya completamente desnudo cuerpo de su amor imposible. Se concentró en las sensaciones carnales e intentó cerrar la mente a cualquier otro pensamiento: Lily se hallaba desnuda, a pocos centímetros de él, irradiando calor y sensualidad. Poco a poco y manualmente, desató los botones de su túnica y sus pantalones negros, desvistiéndose en silencio.
Su cuerpo era fluído como la de una serpiente, su propio deseo lo consumía como el fuego. Pero nada más desvestirse, su traicionera mente volvió a los eventos de aquella tarde, y en su interior rugió una hoguera más amarga, más violenta. Maldito Potter. Y maldita Granger. Se creían más listos que él, ¿eh? Putos críos... Cómo le hubiera gustado pegarles dos bofetadas a cada uno...
Nada, no pienses en eso. Severus respiró hondo, barrió mentalmente las imágenes de aquellos mocosos y se puso a acariciar las caderas de la mujer. Acercó su cara hasta hundirla en el cuello de Lily, para oler la fragancia de su piel. Qué sensual era... incluso a los dieciséis años... era la edad de algunas de sus alumnas... qué más daba... Lily era su amor. Tan inteligente, tan amable... bueno; cuando quería... también le había herido más de una vez... y también le había irritado alguna que otra vez... como sus estudiantes... algunas de ellas lo habían mirado con deseo en el Club de Duelo... algunas lo miraban así incluso en clase... no pienses en eso; concéntrate en el cuerpo que tienes delante... Lily... tan agradable de acariciar... las miradas de deseo hormonal... eso siempre conseguía provocarle una perversa satisfacción... un sentimiento de superioridad y complacencia... las miradas de aquella lascivia solían ser de Slytherin... pero las de esa casa no eran las únicas... y qué más da eso ahora... mira qué cuello tiene Lily... Lily... a los dieciséis se comportaba como sus alumnas... las alumnas de Hogwarts... tenían de santas lo que él de sangre pura; sólo la fachada... ni eso... llevaban las faldas más cortas de lo que eran... exageraban su movimiento de caderas... Lily también lo hacía... aprovechaban cualquier excusa para lucir piernas, cuello, escote... Lily... Severus lo sabía bien; había pasado toda su adolescencia persiguiéndola con la mirada... y sus alumnas hacían lo mismo... mujercitas jugando a ser mujeres, jugando temerariamente con el fuego; eran todas unas put-
La mano de Lola se había deslizado desde su estómago hasta su virilidad, rozándolo con tentadora suavidad, y los pensamientos de Severus se colapsaron en un suspiro. Pero no conseguía concentrarse. No; no conseguía seguir el guión que siempre seguía: aprovechar cada instante para vivir su película de amor; acariciando y penetrando el cuerpo de su amada con cariño, con intensidad; tomándose su tiempo. Pero no podía. Estaba alterado. Había creído que venir aquí lo apaciguaría... pero no era así. No podía. No, estaba especialmente frustrado y... con unas ganas especialmente perversas de...
- Espera.- le dijo roncamente a la metamorfomaga.- Espera. No sé... espera.
Lola paró sus caricias inmediatamente y esperó en silencio a que Snape continuase hablando. El hombre tenía las mejillas encendidas, no sólo por la excitación del momento, sino... a menos que estuviese muy equivocada... por vergüenza. ¿Estaba avergonzado? ¿de qué? El hombre no parecía seguro de querer decir lo que pensaba. Al final, pareció decidirse, y le preguntó débilmente:
- ¿Tienes... tienes un uniforme de colegiala?- dijo al fin, y Lola suprimió una pequeña sonrisa burlona. Así que era eso. Si supiese cuántos clientes le habían pedido lo mismo... el mismo sucio deseo secreto, tanto de hombres como de mujeres.
Lola asintió con la cabeza, y con un chasquido de sus dedos, abrió la puerta del armario. Un uniforme de chica voló desde donde estaba guardado hasta la mano de la prostituta, y Severus se fijó con libido y mortificación que era un modelo viejo del uniforme de Hogwarts. Bingo. Lola era una buena profesional, eso no podía negarlo... En un abrir y cerrar de ojos, el cuerpo de Lily vestía de colegiala y la virilidad de Severus pulsaba con tanta fuerza que se le hacía casi doloroso. Acarició el pelo de la chica, que le miraba con sus ojazos verdes. El uniforme tenía un escote pronunciado, y eso le hizo sospechar a Severus que no era exactamente el mismo que vestían las chicas en su época... no, desde luego; era mejor.
Lola no le había dicho ni una palabra sobre aquel capricho. Seguía actuando con la misma sensualidad que siempre, como si fuese perfectamente normal que le hubiese pedido tal cosa. Aquello le dio seguridad, y poco a poco, Severus fue perdiendo la cohibición, hasta que sólo quedó el ya no tan encadenado dragón de su interior. Ya no era Severus, el amigo y pseudo-amante de Lily. Ni Snivellus, el patético pervertido de pelo grasiento que fantaseaba con una chavala que nunca sería suya y la perseguía con la mirada. No; ahora era el Profesor Snape, el que estaba al poder; el admirado, no el que admiraba. El deseado, no el que deseaba...
Ahora se sentía pantera, predador, al control de la situación. Lily... Lily también le había desairado, como sus estudiantes de Gryffindor. Cómo no, ella también era Gryffindor... y a los Gryffindor les encantaba hacerle la vida imposible... Había sido traviesa, ¿eh? Sí, muy traviesa. E impertinente.. pero ahora él era profesor, y castigar travesuras era su deber...
Apretó su virilidad contra el desnudo muslo de la falsa colegiala, y le recorrió una corriente de placer. La sensación de tenerla a su merced, por muy artificial que fuera la situación, despertaba en él algo primitivo, como si el mismísimo olor de la mujer le empujase a dominarla. Acercó sus labios a una de las orejas de Lily, y con calculada suavidad, le susurró:
- Llámame Profesor.
A Lola le recorrió un escalofrío. Aunque estaba habituada a ese tipo de perversidades, era la primera vez que aquel cliente pedía una fantasía tan retorcida, tan prohibida, tan lasciva. Era de los que solían preferir cariño; de los que pedían un facsímil de sexo de pareja. Pero no aquella vez. ¿Estaría perdiendo la cordura? ¿se abría roto algo en su interior? Y lo más importante... ¿qué diablos le importaba eso a ella?
Al ver que la mujer no respondía, Severus la hizo sentarse en la cama con cierta brusquedad. Se sentía empoderado, al igual que en el Club de Duelo. Lily entre sus garras. Le había hecho sufrir como a un condenado, y aún después de su muerte, no podía librarse de su yugo de amor. O de deseo. O de lo que fuese. Pues ahora... lo tendría que pagar.
- No te he oído.-gruñó Severus, con el mismo tono frío que utilizaba en clase.- ¿Cómo me tienes que llamar?
- Profesor.- respondió Lola con la voz apagada, siguiéndole el juego a su cliente. Sentía una decepción inexplicable que no quería admitírselo a sí misma. Snape dibujó una media sonrisa complacida en su cara, y comentó:
- Bien, señorita Evans... la... impertinencia... no es algo que como profesor pueda tolerar. Estás castigada.- ronroneó, y su cara parecía la de un gato mirando a un ratón. Acercó su miembro hasta pausarlo contra los labios de Lily, y tuvo que cerrar los ojos del increíble placer que aquel contacto, aquella escena, le estaba provocando. Cuando volvió a abrirlos, volvió a ronronear:
- Ahora... quiero que abras tu pequeña boquita impertinente, saques la lengua y lamas lo que te pongo entre los labios. Y hazlo bien, ¿entiendes?- un gemido de gozo.- … eso es, por todo lo largo... y...- un jadeo- ...al rededor de... así...
Snape no necesitaba dar ninguna órden que le describiese a Lola lo que tenía que hacer, y pronto dejó de decir nada para concentrarse en los eléctricos espasmos de placer que emergían de su virilidad. Las manos de la mujer sujetaban el miembro erecto con firmeza pero sin brusquedad , y se deslizaban de abajo a arriba y de arriba a abajo, masajeándolo en un erótico contacto primordial. Cada dos por tres, sus labios agarraban la cabeza del pene mientras la lengua realizaba círculos contra su parte sensible.
Severus había agarrado el pelo de Lily con cierta fuerza, tanto para "obligarla" a que le lamiese el miembro, como para mantener el equilibrio. La húmeda y cálida prisión de la boca de Lily era enloquecedora; a veces mantenía a su miembro fuera de su boca y lo lamía con la misma ansia que un perro sediento... como una perra...
Aquello era demasiado. Debería sentirse mal, debería sentirse avergonzado, pero Severus no se sentía ni lo uno ni lo otro. Tenía la libido por las nubes; estaba disfrutando demasiado para reflexionar sobre la dudosa moralidad de lo que hacía y pensaba.
Los pelos del flequillo de Lily se habían pegado al sudor de su cara. El alrededor de su boca y sus labios estaban llenos de saliva que utilizaba para deslizar su pene con más facilidad. Tenía los ojos medio cerrados, la vista nublada; concentrada en lamerle la virilidad... Lily estaba a su merced... por fin sometía aquel carácter fuerte... no era más que una adolescente, y él era un hombre... eyacularía en su cara, mancharía con su gozo aquella preciosa cara juvenil... la mancillaría con su placer, la marcaría con su olor, para que todos supiesen que era él el que se la estaba follando; y porque estar con la cara llena de semen era lo que se merecía la muy put-
A Severus le recorrió un potente orgasmo que duró más de lo habitual; una oleada de placer tan intenso que vio estrellas detrás de sus párpados cerrados. Cuando revino a sí mismo, se dio cuenta de que había estado agarrando con dolorosa fuerza el pelo de la mujer, aunque ella, como buena profesional, no se había quejado. La mejilla de Lily lucía un chorro de líquido pegajoso, tal y como había fantaseado momentos antes. Y en vez de sentir remordimientos, sintió una profunda satisfacción perversa; se sintió viril, se sintió superior. Al control de la situación.
Con un par de chasquidos, la cara de Lola se limpió mágicamente y volvió a tomar sus facciones originales. Su rostro era inescrutable.
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Hermione casi lloró de alivio cuando notó que la escena se difuminaba. Todo aquello había sido demasiado... retorcido; demasiado... intenso. Lo que había visto, vivido, no era correcto; era humillante, era machista. Y aún así... su entrepierna pulsaba tal y como había estado pulsando el miembro de Snape. Hermione se desagradó a sí misma. Tenía la cara encendida, el corazón confundido y la mente revolucionada. Se obligó con brusca terquedad a apartar sus pensamientos de los últimos dos recuerdos que había vivido, y se centró en lo que había podido descubrir a pesar de lo mucho que las memorias la habían distraído. Y es que sus sospechas sobre aquellos recuerdos se habían confirmando. Sí, definitivamente; tenía razón con... ¿pero por qué...?
La escena volvió a cambiarse por última vez, y Hermione tuvo que dejar a un lado sus azorados pensamientos para volver a sumergirse en el pasado.
I lead a life unpleasant, nothing glad: primera línea de un poema de Sir Thomas Wyatt
La idea de que la población mágica es mucho más reducida que la muggle se la he leído a la autora de fanfic Vera Rozalsky en .
El nombre de Lola tiene, obviamente, muchos siginificados y por eso lo elegí. Sin embargo, la idea me vino en un principio tras escuchar la canción Lola (Ging danga) de la cantante Maluca Mala en colaboración con The Party Squad.
Playlist de este capítulo:
-Escena de Severus en su habitación con la foto de Lily: Je pense à toi de Amadou et Mariam
-Escena de Severus en el Moulin Rouge: Bring me to life de Evanescence
