Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.
Advertencia: Este fanfic es de categoría M.
Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :) Espero que os guste...
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3.
My heart I gave thee, not to do it pain
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La escena volvió a cambiarse por última vez, y Hermione tuvo que dejar a un lado sus azorados pensamientos para volver a sumergirse en el pasado.
Memorias del pensadero. 1993. Biblioteca de Hogwarts.
Las imágenes difuminadas tomaron forma en la Biblioteca de Hogwarts. Era un buen refugio cuando se quería estar sola, se dijo Hermione. Más aún en septiembre, cuando a penas había estudiantes en ella, y los rayos del sol escocés aún calentaban algo tras los cristales de las góticas ventanas de Hogwarts. La joven mujer suspiró de puro alivio. En aquel santuario, quizás pudiese borrar los efectos del vívido recuerdo anterior...
Mirando con atención, se podían descubrir a las estudiantes estudiosas arrimándose a las mesas más cercanas a las bellas ventanas. Una jovenzuela de pelo castaño revoltoso se encorvaba bajo la perezosa luz que le caía encima, convirtiendo su pelo en una cascada de miel. Los ojos de la joven bruja, que Hermione identificó como su yo del pasado, estaban fijos en el pergamino en blanco que tenía en frente suya. Su entrecejo se frunció ligeramente; la mano de la chica se levantó y jugueteó con uno de sus indefinidos rizos, pensativa.
Su imagen de bruja competente. Ésa era una de las razones por las cuales había querido coger todas las asignaturas optativas de aquel año, aunque la Hermione de catorce años no se lo admitiría a nadie. Acarició inconscientemente el giratiempo que la Profesora McGonagall le había facilitado hacía a penas una semana, y que se encontraba escondido bajo la túnica del uniforme.
La Hermione adolescente salió bruscamente de su ensimismamiento, como si hubiese escuchado algo. Su versión adulta retuvo la respiración, tan cautivada por los recuerdos que se había olvidado de que eran recuerdos. La chavala volvió a bajar la vista. No había nada alrededor ¿verdad? Estaba dejando que su mente desvariase. Decidida, untó la punta de su pluma en el tintero y la alzó, pero titubeó un momento antes de ponerse a escribir. La gota de tinta se deslizó por la punta y manchó el pergamino. La adolescente resopló, molesta. ¿Cuántos años pasaría en Hogwarts antes de inculcar a su subconsciente que no se podía manejar una pluma como si fuera un bolígrafo muggle? Un verano había bastado para deshacer los hábitos adquiridos en dos años. Se maldijo a sí misma y borró la mancha con un hechizo, malhumorada. Menos mal que no había alrededor ningún mago de pura sangre para apuntar con el dedo su fallo de "sangre sucia"...
¿O sí? Suspicaz, Hermione levantó la cabeza y barrió con la mirada la parte de la biblioteca en la que se encontraba. Un Ravenclaw de séptimo estaba inmerso en la tarea de comprender el libraco que tenía delante de sus narices. Su pelo rubio brillaba como el oro bajo los rayos del sol, y cada vez que movía la cabeza para pasar a la página siguiente ciertas mechas emitían destellos. Partículas de polvo bailoteaban encima del joven hombre y desaparecían en las zonas no iluminadas por la luz exterior. Hermione miró con atención a la cara del joven; parecía estar completamente absorto en la lectura. Pura sangre o no, daba igual: fijo que no la había visto.
Sintiéndose más relajada, la bruja se puso a escribir en limpio su redacción de Herbología.
Pero desgraciadamente, sí que hubo un testigo de su desliz.
Snape se encontraba en aquella sección de la biblioteca más o menos por las mismas razones que la Gryffindor y el Ravenclaw: para buscar información sobre ciertas plantas útiles en pociones. Había sacado un libro de la estantería cuando presenció, por el agujero que había dejado el libro tras de sí, el desliz y la flagrante sucesión de pensamientos que se reflejaban en la cara de su pesada estudiante. Maldita Gryffindor. Debería esconder mejor sus pensamientos. Nunca antes se había molestado en fijarse en lo que contaba la cara de la chavala. Volvió a colocar el libro en su lugar (no le servía para nada; era sobre plantas Australianas: demasiado caras) y sintió una ligera empatía hacia Granger. Él conocía bien aquel sentimiento de autoexigencia; aquel miedo a cometer fallos y, peor aún, que hubiese testigos de que los había cometido.
Pero bueno, en el mismo saco se podrían meter dos tercios de las casas de Slytherin y Ravenclaw. Snape pensó, mientras una media sonrisa despectiva se dibujaba en su cara, qué diablos estaba haciendo Hermione Granger en Gryffindor. Si tenía la tozudez, la competitividad y la arrogancia académica de los Ravenclaw... El Sombrero Seleccionador se estaría volviendo senil. No sería la primera estudiante que ponía en la casa equivocada...
Pero Snape no continuó con aquel hilo de pensamientos. Dio media vuelta brusca y se fue a otra parte de la sección de Herbología, con su túnica revoloteando tras de sí.
Memorias del Pensadero. 1993. Clase de Defensa Contra las Artes Oscuras.
El recuerdo siguiente se materializó en una de las aulas de Hogwarts, en aquél que utilizaba Lupin para sus clases de Defensa Contra las Artes Oscuras. Pero no era Lupin el que estaba al lado del pupitre, sino Snape.
La decepción de la clase era tan evidente que el ex-mortífago podría haberla pintado en un cuadro. Una muy acallada parte de su ser escogió el momento para comentarle con malicia, "Ya ves, Snivellus: hasta Lupin sigue siendo más popular que tú."Ya sabía qué cara pondrían los Gryffindor al verle en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, y sabía que era él el que buscaba la enemistad con sus estudiantes, pero últimamente estaba más susceptible que nunca. Debía ser por Lupin... y por Potter hijo, claro. Y toda esa historia de que Black andaba suelto... Black... sucio traidor... él no era mejor que Severus, o no, era mucho peor... Black traicionó Lily directamente...en cuanto le atrapase...Black le debía tanto a Severus; tanto...
El enojo burbujeó dentro del profesor sustituto, y lo canalizó del único modo que conocía: la venganza. Con que amaban a ese asqueroso Profesor Lupin, ¿eh? ¿Y si descubriesen que era hombre-lobo?¿Y si supiesen que era un monstruo peligroso?Echó una mirada emponzoñada a la clase y se puso a criticar la muy obvia falta de organización de rencorosos comentarios fueron interrumpidos, cómo no, por San Potter, que llegaba diez minutos tarde a clase.
- Perdón por llegar tarde, Profesor Lupin. Es que...- el muchacho se calló abruptamente, con desagrado, al descubrir que el profesor que tenía delante no era el que esperaba encontrar. Snape le miró desde el escritorio, rebosante de un júbilo maligno que no expresó.
- Esta clase empezó hace diez minutos, Potter..., así que diez puntos menos para Gryffindor. Siéntate.
Pero, para la suma irritación de Severus, San Potter no obedeció y se quedó donde estaba.
- ¿Dónde está el Profesor Lupin?- preguntó el muy maleducado, con descaro.
- Me ha dicho que se sentía demasiado... enfermo... para dar clase hoy.- respondió Snape con calculada lentitud, y retorció una sonrisa a sabiendas de que eso sacaría a Potter de sus casillas.- Creo haberte dicho que te sientes.
Pero el muy arrogante mocoso continuó de pie, sin moverse.
- ¿Qué le ha pasado?- exigió saber.
- Nada que amenace su vida.- respondió Snape, deseando que así lo fuera.- Cinco puntos menos para Gryffindor, y si tengo que volver a decírtelo, serán cincuenta.
Eso le pondría en su sitio.
- Como estaba diciendo antes de que... Potter... me interrumpiese, el Profesor Lupin no ha dejado... ningún acta... de lo que habéis hecho hasta ahora.
- Por favor, señor, hemos visto los boggarts, los Capas Rojas, los kappas, los gryndilows...- le cortó Granger del modo más irritante posible, sin tomar aliento y de una tirada, con su característica necesidad compulsiva de complacer a sus profesores.- ...e íbamos a comenzar con...
- Cállate.- le cortó Snape, crispado, asegurándose de dar la imagen más fría e imponente posible.- No he pedido información. Sólo estaba comentando la... falta de organización... del Profesor Lupin.- lo cual era absolutamente cierto, el hombre era el caos personificado.
- Es el mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que hemos tenido jamás.
Snape miró lentamente hacia donde había venido el comentario. Dean Thomas. La clase había estallado en un murmullo de simpatía. ¿Es que todos habían decidido seguir el mal ejemplo de Potter o qué? Hacía tiempo que una clase no se le insubordinaba de tal manera, ni siquiera una clase de Gryffindors. Dejó que la furia de sus entrañas subiese hasta sus ojos amenazadores; su mirada, una llamarada de hielo que perforaba el valor de la mayoría de la gente.
- Sois fáciles de contentar.- comentó con peligrosa tranquilidad.- Lupin a penas os da trabajo. Yo hubiera exigido a... los de primer año... lo de reconocer los Capas Rojas y los gryndilows. Hoy abordaremos el tema de...- encontró al final del libro lo que andaba buscando.- los Hombres-Lobo.
- Pero, señor.- explotó Hermione en otra de sus incontinencias verbales, ansiosa por corregir lo incorrecto.- se supone que no íbamos a dar los Hombres-Lobo aún, estábamos por empezar con los hinkypunks...
- Señorita Granger.- le respondió Snape canalizando su irritación para enfriar sus heladas palabras.- Estaba bajo la impresión de que... era yo... el que estaba dando clase, no tú. Y os estoy diciendo... a todos vosotros... que vayáis a la página 394.- al ver las caras amotinadas de toda la clase, su enfado resquebrajó el hielo de su rostro y su habla.- ¡Todos vosotros!¡Ya!- exclamó, crispado.
Al final, acabaron por obedecer. Snape escondió de nuevo las uñas, ligeramente apaciguado:
- ¿Quién de entre vosotros puede decirme la diferencia entre un hombre-lobo y un verdadero lobo?
Como era de esperar, nadie sabía la respuesta, salvo la muy pesada Hermione Granger, que como también era de esperar, había levantado su mano. Snape decidió darle una lección de humildad y la ignoró completamente.
- ¿Nadie?- se le escapó la sonrisa de burla.- ¿Me estáis diciendo que el Profesor Lupin ni siquiera os a enseñado la distinción básica entre...?
Y entonces le cortó alguien que nunca hubiera esperado que tuviese las tripas de cortarle la frase. Parvati Patil.
- Ya le hemos dicho,- dijo la bruja para la irritada sorpresa de Severus,- no hemos llegado a los Hombres-Lobo todavía, estamos en...
- ¡Silencio!- gruño Snape.- Vaya, vaya, vaya; nunca pensé que me encontraría con una clase de tercero que no fuese capaz de reconocer un hombre-lobo a la vista. Me encargaré de informarle al Profesor Dumbledore lo atrasados que estáis todos...
Y entonces, Hermione hizo algo que no debería haber hecho. Algo de lo que se acordaría durante mucho tiempo.
Le cortó la frase a Snape. Por segunda vez.
- Por favor, señor.-aún tenía la mano levantada.- El hombre-lobo difiere del verdadero lobo en múltiples pequeñas facetas. El hocico del hombre-lobo...
Esto ya era el colmo. ¿Qué necesidad tenía la muy idiota de presumir de sus dotes de engullir y regurgitar la información como si fuese una enciclopedia sin cerebro? Snape ni supo ni quiso controlar su violento rechazo hacia la chavala.
- Ésta es la... segunda vez... que hablas fuera de turno, Señorita Granger. Cinco puntos menos para Gryffindor por ser una... insufrible... sabelotodo.
Aquello resultó ser de una contundencia tal que extrañó hasta a Severus, aunque se guardó de enseñarlo. Hermione se puso toda roja, bajó la mano y fijó sus ojos llenos de lágrimas en el suelo. Aunque Snape no lo reflejó en su cara, estaba impresionado por el efecto que sus palabras habían causado en la chica. No se arrepentía de haberle dado una lección, pero no se esperaba a que la muchacha lo tomase tan a pecho. Eran Gryffindors, eran amigos de Potter, y él era su aborrecible profesor de Slytherin; sus insultos no deberían de importarles tanto. Deberían de dar por sentado que los odiaba a todos; irracionalmente, absolutamente, injustamente. Pero he aquí que al menos a Hermione Granger, sí que le importaba lo que decía, le importaba personalmente. Aunque la ya fría y compuesta cara de Snape no lo demostró, aquello, extrañamente, le complació. Sólo se es capaz de herir de verdad a alguien cuando la persona en cuestión te tiene en cuenta. Blanco y en botella, leche: la opinión de Snape sobre ella le importaba a la joven Granger. Le importaba lo suficiente como para sentirse herida. Aquella era una sensación nueva. Importarle tanto a alguien...
Un caballeroso, pero poco precavido, Ron Weasley cortó con sus cavilaciones.
- ¡Nos ha hecho una pregunta y ella sabe la respuesta! ¡¿Para qué pregunta si no quiere que le respondamos?!
Hasta sus compañeros de clase se dieron cuenta de que aquello había sido una mala, pero que muy mala idea. Todos le miraron alarmados... con la excepción de Hermione, que por una vez, le miró agradecida en vez de alarmada. La mirada de gratitud de Hermione ayudó a Ron a frontar la fría cólera que despertó en su insoportable profesor de Pociones.
- Castigo, Señor Weasley.- comentó Snape suavemente y con la cara a pocos centímetros de la nariz de Ron.- Si vuelvo a oírte criticar mi manera de dar clase, te aseguro que te arrepentirás.
Nadie dijo ni mú durante el resto de la clase. Snape, entre crítica y crítica sobre el modo de evaluar de Lupin, echaba miradas de reojo hacia Hermione Granger.
Así que, curiosamente, su opinión tenía peso sobre ella. Interesante... si se ponía a pensar en ello, no era la primera vez que pasaba.
Marzo del 2003. La Madriguera.
El corazón de Hermione batía enloquecido y sus ojos reflejaban la confusión y el cúmulo de sentimientos que se entrechocaban en su pecho. Estupefacción, alborozo, horror, fascinación, orgullo herido... Harry no parecía comprender su estado. Hermione se separó del pensadero como de un pecado.
- Dije que estaba dispuesta a ayudarte, Harry. Pero esto es demasiado.- le acusó con las mejillas enrojecidas.
- Ya sé que es demasiado.- le respondió Harry con impotencia, intentando apaciguarla.- Por eso necesito tu ayuda.
Hermione negó con la cabeza, llenó de aire sus pulmones y se tapó la cara con las manos. Aquellas memorias... habían sido demasiado personales. Personales para Snape, y... personales para ella. Pero eso no se lo podía decir, no le podía admitir que... Lo que sí tenía que decirle era... ¿acaso Harry no se había dado cuenta? ¿o sólo le pasaba a ella? Bajó las manos, suspiró hondamente y le soltó la bomba:
- No se perciben sólo los sentimientos que tuvo Snape, Harry. ¿No te has dado cuenta? - le dijo con la garganta hecha un nudo.
El moreno la miró con confusión.
- Ya sé que algunos pensamientos de Snape son... un poco...- empezó a decir, sonrojado, y no sabiendo cómo terminar. Se notaba que él también estaba agitado. Hermione se puso muy nerviosa y le cortó la palabra con impaciencia:
- ¡No hablo de eso!- mintió.- Bueno, sí, también, pero... pero... ¡pero lo importante es que...!
No sabía cómo decirlo más claramente. Cerró los ojos, contó hasta cinco y volvió a abrirlos.
- Tú percibes las memorias desde el punto de vista de Snape, ¿verdad?
Harry asintió, mudo.
- Yo también.- confirmó Hermione innecesariamente.- Pero, además..., percibo los sentimientos y los pensamientos de otra gente; ...no de todos los que aparecen en la escena, pero... de más de uno.
"Incluyendo las mías, de cuando era niña" añadió para sí misma. El moreno la miró como si le hubiese estado explicando física cuántica en búlgaro.
- Esto va demasiado lejos, Harry.- sentenció Hermione.- No puedo. No, es demasiado. Te aconsejo que dejes de ver esos recuerdos, que los encierres en alguna parte, y que vuelvas a la realidad.
La Gryffindor sintió una punzada de culpabilidad al ver la cara de herido que había puesto su amigo, pero ella no se sentía con fuerzas para ayudarle. Aquel pensadero raro la había sacado de quicio, y tampoco era que ella estuviese en el mejor momento de su vida.
Al ver que Harry no contestaba, Hermione dio media vuelta y salió del desván. Las campanas muggles avisaron que había pasado media hora.
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Hermione no había vuelto a hablar de aquello con Harry desde hacía ya dos semanas. La normalidad había vuelto a La Madriguera; las conversaciones que mantenían habían vuelto a ser mayoritariamente huecas y redundantes. Rutina, cortesía y en alguna parte de sus corazones, una amistad amordazada por el malestar, pero que se negaba a desaparecer.
Aquellas dos semanas, Hermione se había dedicado a buscar trabajo en todos los rincones que había podido, pero al parecer, tener una Licenciatura en Encantamientos no era suficiente para conseguir un puesto. La bruja apretó los dientes y le dio una chuchería a Pig. El bicho ululó de alegría, y se levantó de la mesa de madera en el que la Gryffindor estaba sentada. No; un pene parecía ser requisito indispensable para ganarse un sueldo, se dijo Hermione con amargura mientras arrugaba el último mensaje de petición denegada que le había traído la lechuza. Estaba frustrada. ¿Qué hacer?
La joven miró por la ventana a la señora Weasley, que cantaba alegremente mientras agitaba la varita para tender la ropa. Ella era feliz. Bueno, todo lo feliz que se puede ser con un hijo asesinado y otro convertido en hombre-lobo. Pero parecía disfrutar siendo la matriarca de La Madriguera. Hermione suspiró, agarró el mensaje de respuesta de la Cleansweep Broom Company y la tiró al fuego, que lo devoró con gusto. Había estado enviando lechuzas y acudiendo a entrevistas de trabajo durante dos semanas. Ninguna compañía relacionada con sus estudios había aceptado contratarla.
Hermione volvió a observar a Molly. Era la mujer más madre que jamás había conocido. Muy cariñosa, y muy mandona. La Gryffindor apartó la mirada de la señora Weasley y se puso a inspeccionar sus uñas. ¿Por qué no contentarse con ser ama de casa, como Molly? Muchas mujeres lo hacían... La idea le desagradó en el mismo momento en que acabó de formularlo. No, ella no quería quedarse encerrada en una casa. Quería mostrar su valía mágica, su inteligencia; quería aportar cosas al saber común, ser útil más allá del ámbito familiar... sentirse viva.
La joven bruja bufó ácidamente. ¿Demostrar su valía? Al parecer, no valía lo suficiente como para ser contratada para desarrollar nuevos encantamientos. Ni siquiera para aplicar encantamientos ya conocidos. Y aún así... Aún así, no quería pasar las 24 horas del día encerrada en La Madriguera, siete días a la semana, doce meses al año... La joven sintió un quemazón en los pulmones, como si se estuviese ahogando. Se estaba ahogando.
Y de repente, tomó una decisión. Se levantó de la silla del comedor y se precipitó a la habitación que compartía con Ron. Se vestiría con su mejor túnica y zapatearía todo el Callejón Diagón, todo Hogsmeade, y todo otro rincón comercial que conociese repartiendo sus currículum vitae en tiendas, bares y posadas. Encontraría un trabajo, costase lo que costase, estuviese relacionado con sus estudios o no. Conseguiría un sueldo.
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Por fin, llegó un golpe de buena suerte. Después de buscar y rebuscar, Hermione había encontrado trabajo. Juraría que hasta brillaba de satisfacción. Incluso Ron parecía darse cuenta de su alegría, que destacaba contra las caras cansadas de los que compartían la mesa con Hermione.
- Anda, 'Mione, pásame la sal.- le pidió el pelirrojo mientras cenaban en familia. La bruja estaba tan contenta que ni si quiera se acordó de irritarse por la pereza de su novio, que bien podía haber cogido la sal él mismo con un Accio sal.
- Hoy ha sido un día duro.- resopló Ron.- Hemos tenido problemas... Tycho Brahe se ha despistado y ha estado vagando por Dundee, ¡en pleno día! Los muggles son idiotas, pero no tanto como para no reconocer un fantasma si flota delante de sus narices... Harry las a pasado canutas para hacerle entrar en razón y convencerle de que volviese a Hogwarts; el pobre fantasma pensaba que Suecia estaba invadiendo Dinamarca... ¿verdad, Harry?
-¿Eh?- respondió Harry apurado, levantando la cabeza bruscamente y enfocando su mirada en Ron, en vez de en el infinito. El pelirrojo suspiró, molesto: era obvio que su amigo no había estado escuchándole.
- Que Tycho estaba convencido de que Dinamarca había sido invadida.- repitió con un resoplido.
- Ah, sí.- confirmó el moreno, ausente.- Sí, nos ha costado persuadirle.
- No quería creer que estaba en Dundee, y en el siglo XXI...; hemos tenido que borrar la memoria de nueve muggles- añadió Ron, satisfecho de que Harry hubiese colaborado, y procedió a engullir una pata de pollo.
Molly sonrió ante el apetito de su hijo y le sirvió más pollo, mientras declaraba:
- Trabajar de auror es duro, desde luego... al menos está mejor pagado que trabajar en la Oficina Contra el Uso Incorrecto de Objetos Muggles.
Arthur Weasley resopló desde su esquina.
- Te recuerdo que hace cinco años que soy jefe de la Oficina para la Detección y Confiscación de los Hechizos y Objetos Defensivos Falsos, querida.
Molly guiñó con picardía a su marido mientras le servía comida, y estaba a punto de dejar la fuente cuando Hermione, desde la derecha de Ron, habló:
- Señora Weasley, ¿podría pasarme un poco de pollo a mí también, por favor?- La rechoncha mujer la miró confusa por un segundo, pero reaccionó con rapidez.
- ¡Uy! Claro que sí, Hermione, querida; perdona...- y se apresuró a servirle en el plato.- Y Hermione, cariño; creo que ya va siendo hora de que te acostumbres a llamarme Molly...- le comentó con una sonrisa maternal.
La joven bruja forzó una sonrisa y dio las gracias a la matriarca. La verdad era que Molly seguía intimidándola un poco, y en su mente, siempre la había catalogado como "Señora Weasley".
- Parece que el día de alguien ha sido más satisfactoria que el de otros, ¿verdad, Hermione?
La aludida giró su cabeza para mirar a Ginny, que le sonreía desde el otro lado de la mesa mientras amamantaba a James. Esta vez, la sonrisa de Hermione fue verdadera y radiante.
- Pues sí, la verdad.- comentó, intentando moderar su alegría. Quería decirles que había descubierto que Justin Finch-Fletchley y Hannah Abbott eran pareja; que habían tomado el relevo en El Caldero Chorreante; que habían tenido tanto éxito que necesitaban a más trabajadores, y que la habían contratado a ella como camarera y limpiadora. Tendría un horario difícil, un sueldo modesto y algunas noches tendría que quedarse a dormir en El Caldero, pero a Hermione no le importaba: se sentía más viva que nunca. Quería contarlo todo.
- Por cierto, 'Mione,- comentó Ron, como si acabase de acordarse de una cosa.- ¿Sabes dónde están mis pantalones de pana marrón? Mañana tenemos que hablar con Gawain Robards. No podemos ir a una cita con nuestro jefe y descuidar nuestro vestuario, ¿verdad, Harry?- comentó con humor, reclamando la atención de su amigo. Éste, que había vuelto a ensimismarse, repitió la escena de antes.
- Claro, Ron, claro... sí...- dijo ausentemente, olvidando que el pelirrojo esperaba una sonrisa además de una respuesta. El joven Weasley frunció el ceño, y comentó:
- Harry, ¿qué te pasa? Estás ausente. Si lo que te preocupa es el informe que tenemos que presentar mañana...
Ron continuó hablando, en un vano intento de tranquilizar y atraer la completa atención del moreno, y la conversación-monólogo volvió a centrarse en el trabajo de auror de los dos amigos.
Hermione no volvió a abrir la boca en toda la cena.
Abril del 2003. La Madriguera.
- ¿A dónde te vas?
Hermione continuó vistiéndose, sin dar a conocer que hubiese escuchado la pregunta de Ron. El pelirrojo estaba tumbado en la cama, pues era domingo y aquel domingo Ron no trabajaba.
- A trabajar.- contestó por fin, sin mirar hacia su novio.- Empiezo dentro de una hora. Voy a utilizar la red Flu, pero no quiero llegar tarde.
Al no obtener respuesta alguna, Hermione se giró para mirar al pelirrojo. Éste la miraba con cierto asombro.
- ¿Has encontrado un trabajo? No lo sabía.- comentó, con demasiada naturalidad. La joven estuvo a punto de escupirle que si prestase más atención a lo que los demás hacían y decían, se hubiera enterado; pero guardó su veneno. Ron no lo hacía queriendo.
- Pues sí.- comentó la chica con sencillez.- En El Caldero Chorreante, de camarera y de limpiadora. Es mi segunda semana.
Aquella información sí que pareció asombrar al pelirrojo.
- ¿Hace una semana que trabajas en El Caldero?
- Sí.- respondió Hermione; una vez más, sin hacer el esfuerzo de elaborar nada.
- Ah.- Ron tampoco parecía dispuesto a preguntar por nada más, pero después de un rato, añadió: - ¿Y cómo es que no te has estado levantando a esta hora?
La joven resopló antes de obligarse a responder civilizadamente.
- Porque he estado trabajando de camarera los mediodías y limpiando el bar por las tardes. Esta semana me toca por las mañanas; limpieza de habitaciones. Tú te levantabas más pronto que yo.
Ron no volvió a hablar durante todo el rato que su novia tardó en prepararse. Cuando Hermione estaba por salir, sin embargo, dijo con cierto refunfuño:
- Buena suerte en el trabajo. ¿Cuándo vuelves?
La bruja se quedó parada durante unos instantes, procesando las palabras de Ron. ¿Era ésa su manera de pedir perdón? Con los ánimos suavizados, respondió:
- Gracias. No sé cuándo terminaré, no tengo un horario fijo. Si necesitan refuerzo al mediodía tendré que quedarme.
- Vale... bueno...- el pelirrojo no parecía saber cómo continuar.- Cuídate.
Hermione le regaló una pequeña, pero genuina sonrisa.
- Tú también.
Y se dirigió a la cocina para desayunar.
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Hermione estaba reventada. Como había sospechado por la mañana, al mediodía había habido un trabajo descomunal y se había tenido que quedar en El Caldero como refuerzo. Estaba sudada, con mechones de pelo huyendo de su coleta, oliendo a comida, cansada y atontada por el esfuerzo.
Por eso, la Gryffindor no reaccionó con la rapidez habitual al chocarse contra el individuo que la esperaba en la puerta. Alarmada, Hermione se separó del cuerpo ajeno y miró arriba para descubrir la cara de disculpas de Harry. Qué raro.
- Hola, Harry.- le saludó, y el otro respondió con un saludo parecido.- ¿Qué te trae por aquí? Creía que hoy teníais el día libre.
- Eh... sí, lo tengo.- pausa incómoda.- Hermione... ¿podemos ir a otro sitio? Quiero hablar con tranquilidad...- miró con nerviosismo hacia el interior de El Caldero Chorreante, y añadió:- ya sabes... a solas.
A Hermione aquello le olió mal. Harry nunca se había llevado mal con Hannah, y a penas tenía contacto con Justin... No, aquello no tenía nada que ver con ellos. Hermione empezó a juguetear con los rizos que sobresalían de su coleta. Si tanta necesidad tenía Harry de hablar con ella a solas, probablemente se tratase de... eso. Demasiado tarde, la chica se dio cuenta de que estaba mordisqueando la uña de un meñique, y alejó el dedo de su boca con cierto fastidio.
- Pues para no encontrarnos con ningún conocido, o nos aparecemos en algún lugar desierto; o nos vamos a un bar muggle, Harry. En el Callejón Diagón nos conocen todos... especialmente a tí.
Harry tardó un rato en procesar la información. Cuando al fin lo hizo, murmuró:
- 'Mione... yo no tengo libras...
- Yo tampoco.- respondió Hermione, y añadió con falsa energía:- Bien, pues la opción del bar muggle queda descartada... ¿Qué te parece ir al Hyde Park? Hace buen tiempo, y allí no nos molestará nadie. Incluso podríamos ir andando desde aquí. Tendremos que cambiar de ropa...
- Mmm... con un hechizo desilusionador bastará, ¿no crees?
Esta vez fue Hermione la que le costó asimilar el comentario.
- Sí... vale, bien. Venga, vámonos...
Y sin más dilación, se dirigieron hacia el Hyde Park.
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- Te dije que lo dejases a un lado, Harry, ¡te lo dije!
Los dos amigos se habían instalado en un banco discreto a orillas de uno de los estanques del parque. El moreno estaba pálido, pero sus mejillas se habían ido sonrojando progresivamente. De agitación y enfado, más que de vergüenza. Hacía tiempo que no le miraba a Hermione a los ojos, ni con el mismo fervor que solía tener en Hogwarts. La chica tuvo un fuerte sentimiento de déjà-vu.
- ¡Y yo ya te dije que no podía, Hermione!- respondió el auror con testarudez.
Mantuvieron una lucha visual durante unos instantes, hasta que la joven cerró los ojos y resopló con fastidio. Para cuando los volvió a abrir, su mirada se había clavado en el estanque y no en su amigo.
- Harry, tienes un problema.- gruñó la chica con brusquedad.
El mencionado rebotó la ofensiva respondiendo:
- Exacto. Y no puedo afrontarlo sólo. Te necesito. Te necesito a tí porque los demás no pueden ayudarme.
- Porque no quieres implicar a nadie más en este marrón, querrás decir.- reaccionó Hermione, con más enfado de lo que era razonable.- ¡¿Te crees que Ginny, Ron o cualquier otro no es capaz de echarte una mano o qué?!
- Ginny está embarazada, no quiero molestarla. Y Ron... no lo entendería...
- Es decir- le cortó Hermione,- que ellos te importan tanto que no quieres hacerles la cerdada de pedirles que hagan el trabajo sucio, pero a mí sí, ¿eh?- sabía que estaba siendo exagerada, pero su rabia estaba descontrolada.- ¡Vamos a pedírselo a la bruja más lista de su generación! Vamos a pedirle que empatice con un hijo de troll difunto, vamos a pedirle que lamente su muerte, que comparta el sentimiento de culpa con nosotros, ¡¿eh?! Y así aligeramos nuestro propio sentimiento de culp-
- ¡YA ESTÁ BIEN!
Hermione estaba furiosa, pero también lo estaba Harry, que se había levantado de golpe. La chica no intentó terminar la frase que su amigo había cortado por la mitad. La Gryffindor también se levantó, pero despacio. Sus palabras habían herido a su amigo. Lo habían herido, pero en aquellos momentos Hermione estaba enfadadísima y no le importaba. Ella también se sentía herida, aunque la herida fuese tan vieja como la amistad con Ron y Harry. ¿Cuántas veces se habían servido de ella? Y ella, pues claro; ¿qué iba a hacer ella? Echarles una mano. Los había ayudado cada vez que se lo habían pedido, incluso cuando no... a su manera, pero los había ayudado siempre. ¿Y ellos? Sí, ellos también la habían ayudado más de una vez. ¿Pero tanto como ella a ellos? Y todo ese desprecio... como si fuese natural que ella les ayudase, y que lo hiciese a cambio de nada, y además esperarían que se sintiese agradecida por el honor. Estaba cansada. Todo el mundo acudía a ella cuando tenían problemas, tanto prácticos como emocionales, pero ella no podía apoyarse en nadie. Cuando lloraba, lloraba sola, y a escondidas. Cuando algo la preocupaba, lo consultaba con la almohada, y sin pronunciar media palabra. Cuando necesitaba arreglar algo práctico, lo hacía ella solita; como mucho, ayudada por los libros. Ella era el pilar de todos, y los pilares se sostienen por sí mismos, ¿no? A nadie le interesa lo que piense y lo que sienta un pilar, mientras siga haciendo de pilar... Pues estaba harta. Harta de cargar no sólo con sus problemas y sus sentimientos, sino con el de todos... qué se habían creído... si al menos fueran conscientes del esfuerzo que le suponía... si al menos se lo agradecieran... y además, con este último asunto del pensadero tenía los nervios a flor de piel.
- Hermione.- Harry cortó el tumulto interior de la joven. Su tono era más moderado, pero sus ojos brillaban y su cara estaba roja.- Yo tendré problemas personales, pero tú también los tienes.
Auch. El dardo de su amigo había dado en el blanco. ¿Habría leído algo en su cara? Harry prosiguió:
- No te creas que no sé qué supone lo que te pido...- Hermione, nerviosa de que su amigo supiese cómo se sentía, estuvo por resoplar de sarcasmo. Pero algo en el tono y en la cara del moreno la convenció de que Harry hablaba honestamente: quizás no la ignoraban tanto como se decía a sí misma.- Sé que te pido que te impliques emocionalmente. Sé que no quieres rebuscar en la mierda que es la vida de Snape...
La joven quiso interrumpirle, pero el auror alzó una mano y la bruja se calló.
- ... pero ese pobre hombre sufrió una injusticia, Hermione... sé que era un troll... pero, a pesar de ello, me salvó y me ayudó muchas veces...
Hermione, irritada, no pudo aguantar el comentario mordaz:
- Ajá. ¿Y a mí, qué bien me hizo? Sólo recuerdo injurias y desprecios.
El moreno puso una cara sombría.
- Si no fuese por él, Voldemort no hubiera sido derrotado. Y tú, yo, Ron, y mucha otra gente estaría probablemente muerta...
- Pero no lo estamos.- contraatacó la Gryffindor, tozudamente.- Era un hijo de troll que dio
la vida para que ganásemos la guerra: doble beneficio. Todos contentos. A olvidar el pasado y centrarnos en el presente, Harry.
El mencionado la miró con una cara que indicaba claramente "no me creo que te creas de verdad lo que acabas de decir". No, Hermione no creía realmente lo que había dicho. Pero maldito el día en que se lo admitiese a Harry.
- Mira.- dijo la bruja, intentando moderar su tono y su lenguaje.- Estuve pensando sobre eso, y tuve una idea. Visitemos a Luna.
La propuesta pilló al moreno por sorpresa.
- ¿Luna?- repitió tontamente.- Ya no tengo mucho contacto con ella...
Hermione estuvo a punto de decirle que ya no mantenía mucho contacto con nadie, pero era innecesariamente cruel y se abstuvo.
- Pues, yo más que antes... suelo ir a visitarla. Me suele dar buenos consejos... te recomiendo que vayas a ella. Si quieres, te acompaño. Lleva el pensadero con los recuerdos del murciélago... que los vea. Que los comente...
Por primera vez desde que empezaron a hablar, ni ella ni Harry estaban tensos. Cuanto más hablaba, más buena le parecía la idea a la chica:
- ... veamos si a ella le sucede como a nosotros, que percibimos los sentimientos de Snape... y a ver si también percibe sentimientos de otras personas, como yo. Además, creo que tiene un pensadero propio. Podemos probar a ver si ese fenómeno raro es debido a tu pensadero, a las memorias, o a nosotros...
Hacía tiempo que la más joven Granger no veía a su amigo tan despierto; era como si un fuego vital reluciese en su piel. Sí; hacía mucho, mucho tiempo que no lo veía con tantas energías, con tanta esperanza brillando en sus ojos. Había empezado como una pequeña idea tonta, pero cuanto más hablaban sobre aquello más prometedor parecía. Sí, Luna sería la solución...
- Tendríamos que enviarle una lechuza. ¿Cuándo vuelves a librar?- le preguntó Hermione a su amigo.
- El próximo sábado.- comentó Harry, sin poder estarse quieto.- Pero prefiero no esperar tanto... aún nos queda toda la tarde. ¿Por qué no contactar ya?
- Igual no está en casa, o tiene otros planes, Harry.- respondió la Gryffindor con el ceño fruncido.
- No lo sabremos hasta que lo comprobemos. Aparezcamos en su jardín, ¡vamos!
Parecía que Harry, en su entusiasmo, no había entendido plenamente lo que su amiga había querido decir.
- ¿Quieres desaparecer en medio del Hyde Park a las cinco de la tarde, Harry?- soltó Hermione corrosivamente.- Haz el favor de venir conmigo a algún sitio más discreto, hombre.- añadió, sabiendo que con sus palabras estaba aceptando la propuesta de ir a visitar a Luna en aquel mismo instante.
- Claro, claro, 'Mione.- asintió el auror, con la mente claramente en otra galaxia.- Vamos...
A pesar del cansancio del trabajo, la chica sintió cómo su entusiasmo la contagiaba. Hacía tiempo que no se sentía tan llena de energía... a Hermione se le escapó una sonrisa, una sonrisa grande y genuina.
- Venga, ¡por aquí!- le mandó a su amigo, y se dirigieron hacia los baños públicos.
My heart I gave thee, not to do it pain es la primera línea de un soneto de Sir Thomas Wyatt
Playlist de este capítulo:
-Escena de la cena en La Madriguera: Trop tôt, Trop tard de Manu Chao
-Escena de Hermione y Ron en su habitación: Que no salga la luna de Rosalía
