Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.

Advertencia: Este fanfic es de categoría M.

Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)


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5.

For God's sake hold your tongue, and let me love

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Sí, ahora callaba más que antes, y pensaba dos veces antes de dar su opinión. Hermione resopló con acidez y su reflejo le devolvió la mueca. Al menos, eso era lo que se decía frente al espejo... en momentos como estos, se sentía tan insegura de sí misma como a los doce años.

Abril del 2003. The Rookery.

Cuando Hermione volvió a la sala de estar, Harry estaba medio tumbado en la butaca y frotando su mandíbula con una mano; los ojos enrojecidos, la frente arrugada. Luna miraba el pensadero con la mirada perdida, como si estuviese dentro de una burbuja de algodón; tiesa y completamente inmóvil.

Hermione temía romper el silencio y hacerle a Luna la obvia pregunta. Pero a eso habían ido...

- Luna...- graznó la Gryffindor; carraspeó, y retomó la palabra.- ¿Cómo lo has vivido?

Durante unos instantes, parecía que la rubia no iba a responder. Harry y Hermione cruzaron sus miradas, pero no intentaron apresurar a su amiga. Al final, la Ravenclaw levantó la mirada y comentó:

- He podido percibir los sentimientos del Profesor Snape en todo momento. Dependiendo del recuerdo, también he vivido las emociones del Profesor Lupin, de vosotros dos y de Ron.

Los tres se quedaron mudos hasta que Harry rompió el silencio:

- Te pasa como a Hermione...

La mencionada asintió con la cabeza. Luna se levantó de la butaca y volvió a fijar la vista en el pensadero. Hermione aspiró con fuerza.

- Bueno.- dijo con falsa energía.- Ahora debemos descubrir si nos pasa lo mismo con el pensadero de Luna.

La rubia asintió a la muda petición de su amiga, levantó la varita y murmuró: "¡Accio pensadero!" El objeto llegó en el instante, y la Ravenclaw la depositó al lado del otro. Lentamente, casi con desgana, Harry se levantó y sacó un tubito de cristal con parte de los recuerdos del antiguo Jefe de la Casa Slytherin. Destaponó el frasco y vertió el contenido en el segundo pensadero, que brilló con la sustancia perlada. Los tres amigos se miraron en un instante de duda pero acabaron acercando el rostro a los nuevos recuerdos.

El salón de los Lovegood volvió a desaparecer.

Memorias del Pensadero. Calabozos, 1981.

El estruendo era insoportable; como si todas las ruidosas obras que los muggles hacían en sus ciudades hubiese sido juntado y amplificado en un mismo lugar. Poco después, la imagen se cristalizó en un lugar horrendo. Era una celda minúscula, desprovista de todo menos de una tabla de madera pegada a uno de los cuatro muros. Las paredes eran de blanco sucio, y una luz cegadora, cruel, eterna, brillaba sin piedad. Una puerta blindada, de acero, impedía el paso entre el interior y el exterior de la celda.

Un joven Severus Snape yacía en el suelo; inconsciente, desnudo, esposado, lleno de moratones, la nariz rota, ensangrentado y flaco. Poco a poco, el ojo que no tenía amoratado se abrió, pero el veinteañero no parecía tener fuerzas para moverse. De vez en cuando, sus músculos se movían en espasmos involuntarios; y el joven juraría que tenía alguna costilla rota: le dolía hasta respirar. Terror, sufrimiento, derrota, fatiga... ya no quedaba nada de la actitud desafiante del principio. No, se dijo Severus en su cansancio. Todo humano tenía su límite... algunos duraban más antes de sucumbir; otros duraban menos. Pero todos acababan por hacerlo. ¡No lo iba a saber él...!

Le hubiera gustado pensar que él era diferente, que él aguantaría más, que era de los que son duros de roer. Para su gran decepción, no había sido así. ¿Cuánto había durado? Merlín; qué dolor de cabeza, qué suplicio era respirar, qué ruido más espantoso... ¿Hacía cuánto que le habían detenido? ¿dos días? ¿tres? No lo podía saber. No tenía varita, ni reloj; la celda era subterránea y la luz siempre estaba encendida. Tampoco podía fiarse de cuándo le traían la mísera comida, pues en aquel sitio todo estaba calculado para desorientar a los desgraciados que acababan ahí.

La tortura que le hacían sufrir era innecesaria. Snape lo sabía; ¿quién mejor que él para saberlo? Si lo que querían era información, un buen legilimante armado de buenas dosis de veritaserum hubieran sido suficientes. Quizás hubieran tardado un poco más, quizás no. Quién sabe. Merlín, qué dolor de cabeza... casi no había podido dormir en todo el tiempo que llevaba allí. ¿Cómo poder hacerlo? Tenía los nervios a flor de piel... No se acordaba de que le hubiesen llevado hasta la celda. Debía haber perdido la conciencia en la sala de interrogación... lo último que recordaba era el dolor agudo de repetidos crucios.

Severus decidió intentar moverse, pero sus músculos agarrotados y doloridos le respondieron con un calambre insufrible. ¿Dónde estaba Dumbledore? Le había prometido que lo ampararía ante el Wizengamot... Quizás ni siquiera sabía que le habían detenido... Bueno; al parecer, el Ministerio no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. Los aurores bien podían estar atormentándolo por venganza, pero también estaban guardando sus recuerdos para presentarlos como prueba ante el tribunal.

De repente, el estruendo paró y empezó una sencilla y espeluznante melodía; similar a, o quizás una de, las músicas de las películas de horror muggles. Severus sintió pánico. Ponían esa melodía cada vez que iban a por alguno de los detenidos, para interrogarles... Nunca se sabía a quién le tocaba, hasta que abrían la puerta. Deseó con fervor que no fuese él, que fuesen a por otra persona... se sintió despreciable por desear aquello, por desear que torturasen a otro en su lugar. Pero estaba aterrorizado, estaba hecho polvo, derrotado. Sólo quería dejar de sufrir. Si por lo menos lo matasen... que lo matasen ya, por Merlín...

Con un ruido metálico, la puerta de acero de su celda se abrió con violencia. Snape intentó moverse hacia la pared opuesta, pero con la fatiga y el dolor muscular, a penas evitó que la puerta chocase contra su cuerpo. Entraron cuatro aurores, con la cara tapada. Sin dar ninguna explicación, dos de ellos alzaron las varitas y taparon los ojos de Severus con una venda negra. Mientras tanto, los otros dos encadenaron el cuerpo del Slytherin con pesadas cadenas mágicas, poniendo especial atención en apretarlas dolorosamente. Con otros cuatro movimientos de varita, Severus flotaba en el aire, derecho; como si fuese el macabro cadáver de una horca. Con brusquedad, dos de los aurores salieron por delante e hicieron pasar a Snape por la puerta. La cabeza del Slytherin chocó contra el marco al pasar, y un dolor sordo se irradió desde la zona afectada hacia todo el cráneo. Lo habían hecho deliberadamente, sin ninguna duda. Detrás del cuerpo de Severus, con las varitas alzadas, salieron los otros dos aurores.

Lo llevaron así hasta salir de la sección. Lo primero que notó el Slytherin era alivio; pues ya no se oía el horrendo ruido perpetuo que había vuelto a sonar una vez que habían seleccionado a su víctima. No se atrevía a hacerle caso al pequeño rayo de esperanza que había abierto paso en su mente: hasta entonces, el estruendo había sido un constante, tanto en la celda como en la sala de interrogación; incluso cuando lo desplazaban de una a otra. Los aurores, cuando le hablaban, lo hacían a gritos...

Severus sintió que se paraban. Le quitaron la venda sin ceremonias, y lo bajaron mágicamente hasta el suelo, poniendo especial cuidado en que los pies del Slytherin chocasen dolorosamente contra el suelo. Sin fuerzas, y pillado por sorpresa por el dolor, Severus se tambaleó y se cayó al suelo, quedando a cuatro patas. Los aurores soltaron una risilla burlona.

- ¿Qué, ya no puedes más? Qué decepción.

- Pues vaya un mortífago de mierda...

- ¿Seguro que no eres squib?

- Es demasiado tarde para chupárnosla, maricón.

A Severus le invadió un fuerte sentimiento de humillación, e incluso sintió una chispa de rabia, pero estaba tan completamente derrotado que no tenía fuerzas ni para indignarse.

- Eres un marica con suerte, nenaza.- le soltó uno de los aurores.- Pero no te pongas farruco, que en cuanto Dumbledore se canse de darte por culo, volveremos a por ti...

¿Dumbledore? No, era demasiado bonito para creerlo... y sin embargo...

Al poco tiempo, la puerta que estaba en frente de ellos se abrió, y Albus apareció escortado por dos aurores. Severus no pudo evitar romper a llorar de alivio, y la escena se difuminó entre las risillas burlonas de los aurores.

Memorias del Pensadero. 1971. Spinner's End.

Las memorias dieron un salto en el pasado y tomaron cuerpo en un idílico parque soleado. Era una tarde tranquila. El río fluía lánguidamente y los árboles procuraban sombra a los dos niños sentados en la hierba: Severus Snape y Lily Evans.

- ¿Y realmente nos llegarán las cartas de Hogwarts por lechuza?- preguntó la niña pelirroja, con sus ojos verdes tan grandes como platos.

- Normalmente sí.- le respondió Severus, y luego titubeó.- Aunque tú eres hija de muggles, así que alguien de la escuela tendrá que venir y explicárselo a tus padres.

Apareció una pequeña arruga en la frente de Lily.

- ¿Hay alguna diferencia al ser hija de muggles?- preguntó, intentando sonar desinteresada. Pero Severus sabía que su querida amiga estaba preocupada. Bueno... había hecho una buena pregunta. Severus se tomó su tiempo para contestar. La familia de su madre hubiera respondido que sí había una diferencia. Pero el joven Snape amaba demasiado la chiquilla que se sentaba a su lado; era su primera verdadera amiga. Al final, respondió:

- No. No hay ninguna diferencia.

La escena se disolvió.

Memorias del pensadero. Expreso de Hogwarts, 1971

Lily estaba sentada al lado de una ventana con los ojos rojos de haber llorado. Al Severus de once años se le encogió el corazón, incapaz de entender cómo podía ella estar tan triste en el gran día en que iban, por fin, hacia Hogwarts.

- No quiero hablar contigo.- le soltó la niña, antes incluso de que Severus hubiese abierto la boca. Éste frunció el entrecejo.

- ¿Por qué no?- preguntó, dolido.

- Tu-tuney me odia.- respondió la chavala, refiriéndose a su hermana.- Porque leímos la respuesta que le había enviado Dumbledore...

El humor de Severus se volvió más nublado aún. Petunia. Esa niña tonta siempre se las arreglaba para amargar la relación que tenía con Lily. Molesto, no pensó dos veces antes de responder con un brusco:

- ¿Y qué?

Lily le lanzó una mirada de profundo desagrado, y Severus se sintió muy desdichado.

- ¡Pues que es mi hermana!- dijo, enfurecida.

En aquel instante, el joven Snape se sintió muy, pero que muy celoso. Claramente, Petunia Evans estaba bastante por encima de él en la jerarquía de afecto de la pelirroja.

- Sólo es una...- empezó a decir, pero se dio cuenta de la metedura de pata a tiempo y calló.

Lily no parecía haberle escuchado. Con lágrimas y la cara hinchada, daba una imagen de vulnerabilidad que aceleró los latidos del corazón del futuro Slytherin.

La escena se tornó borrosa.

Memorias del pensadero. 1975. Gran Comedor de Hogwarts.

Una Lily Evans de unos 15 años apareció rodeada de gente. Estaba contenta, estaba a gusto. Charlaba alegremente con un grupo de Gryffindors, Ravenclaws y Hufflepuffs. Severus, casi a escondidas, los miraba discretamente.

- ¿Tenéis planes para éste fin de semana en Hogsmeade?- decía una Ravenclaw de facciones indias.

- En Hufflepuff hemos pensado ir a Las Tres Escobas y luego a Honeydukes...- comentó Frank Longbottom con entusiasmo.- Al parecer han sacado un nuevo tipo de dulce...

- No será tan dulce como Lily, ¿verdad, nena?

La mencionada se giró ligeramente hacia Potter, acompañado de sus acólitos. Por muy estúpido que fuese el piropo, Lily se había ruborizado un poco. El resto de la gente se puso a reír de buena gana, aunque sin malicia.

Severus se sintió tan herido que decidió marcharse del barullo que rodeaba a Lily, no sin antes echarle una última mirada.

Los ojos de Lily estaban llenos de culpa. Severus se sintió ligeramente satisfecho, aunque fuese una satisfacción amarga. Lo tiene merecido, por dejar que Potter la bobosease de aquella manera tan asquerosa.

Lily cambió de postura con disimulo para dejar de mirar a Sev. La burbuja cálida del estómago que James había provocado se había helado al ver a su amigo sólo, incómodo, como una margarita de plástico barato en un suntuoso jardín tropical, medio escondido entre las sombras de los pilares, y mirándola como si fuese su chica, y acabase de ponerle los cuernos rastreramente. Severus parecía moverse como si estuviese queriendo huír pero sin dar la impresión de que lo hacía. Lily no pudo evitar sentir piedad. Y la piedad se transformó en un familiar sentimiento de culpa. Culpa. Siempre sentía eso con Sev, como si la soledad del muchacho fuese su culpa. ¿Pero, qué le había dicho Alice? "No es tu obligación estar con él". Sí, éso le había dicho. No era su obligación. Ambos eran ya mayorcitos. Si Severus se sentía incómodo entre aquella gente, era su problema; no la de Lily. Era su problema si era un asocial. No iba a correr detrás de él para aliviarle la soledad... ¿pero debería?

La cara de angustia de Lily fue la última imagen del recuerdo.

Memorias del pensadero. 1975. Patio de Hogwarts.

Lily y Severus se materializaron en el patio del colegio, andando con rapidez y claramente discutiendo.

- ...pensaba que éramos amigos.- le decía el Slytherin a la Gryffindor.- ¡Amigos íntimos!

- Y lo somos, Sev.- le respondió la pelirroja.- ¡Pero no me gusta la gente con la que andas! ¡Lo siento, pero detesto a Avery y a Mulciber! ¡Mulciber! ¿Qué es lo que aprecias de él, Sev? ¡Está zumbado! ¿Sabes lo que intentó hacerle a Mary Mcdonald el otro día?

Habían llegado a uno de los pilares del patio. Lily se apoyó en él y miró al moreno con cara cetrina.

- No fue nada.- se apresuró el muchacho en justificar.- Era una broma, nada más...

- Era magia oscura, y si crees que éso es gracioso...

- ¿Y qué me dices de las travesuras de Potter y sus compañeros?- le soltó Severus, resentido y con las mejillas rojas de enfado.

- ¿Qué tiene que ver Potter con esto?- respondió con fastidio la joven bruja.

Severus bufó con agriedad.

- Se escapan por la noche. Hay algo raro con ese Lupin. ¿A dónde se escapa?

- Está enfermo. Eso dicen.- contestó Lily cortantemente.

- ¿Cada mes, con la luna llena?- preguntó Snape con malicia.

- Ya conozco tu teoría.- fue la fría respuesta de la Gryffindor.- De todas formas, ¿por qué estás tan obsesionado con ellos? ¿Qué más te da lo que hagan o dejen de hacer por la noche?

Severus estaba muy molesto.

- Sólo te quiero demostrar que no son tan maravillosos como todo el mundo cree que son.- escupió con resentimiento, y la intensidad de su mirada enrojeció las mejillas de la bruja.

- Sin embargo, no usan magia oscura.- contraatacó la pelirroja.- Y estás siendo muy desagradecido. Escuché lo que pasó la otra noche. Te fuiste a husmear al túnel que está debajo del Sauce Boxeador, y James Potter te salvó de lo que sea que haya ahí...

Severus sintió una súbita explosión de ira.

- ¿Salvarme? ¿Salvarme? ¡Estaba salvando su pellejo, y el de sus amigos! ¡No vas a...! ¡No te dejaré...!

En ese mismo instante, Severus supo que había metido la pata profundamente. La cara de enfado de Lily se tornó dura y peligrosa. El joven Snape no recordaba haberle visto una expresión tan amenazante nunca, y se puso nervioso.

- ¿Que no me dejarás?- preguntó la chica, con una calma tan fría que las rendijas de sus ojos parecían navajas afiladas, preparadas para atacar a la mínima provocación. Había resurgido una de las facetas que menos le gustaba de su amigo, pensó Lily con amargura. Era su amigo, pero Lily sabía que nunca sería nada más. Sin embargo, el moreno era extremadamente posesivo y la pelirroja sabía perfectamente que estaba atraído por ella. Actuaba como si pensase que tenía derechos sobre ella y los reclamaba constantemente... exigía demasiado cariño, exigía demasiada lealtad. Aquello agobiaba y desagradaba a Lily, que perdía la paciencia cuando Sev se ponía así de tiránico. Ella no le debía nada. Era libre de ir con los y las que le diese la gana, de enamorarse de cualquiera que le diese la gana, de acostarse con quien le diese la gana. La furia se apoderó de ella.

Snape, notando la ira de Lily, se corregió precipitadamente:

- No quería decir... es que no quiero que te tomen el pelo... le gustas, ¡a James Potter le gustas!- acabó por confesar, con un eco desesperado en la voz.

Aquel eco siguió resonando en Hermione, Harry y Luna bien después de haber vuelto al salón de los Lovegood.

Abril del 2003. The Rookery.

Aquella vez, Hermione ni siquiera se molestó en limpiar sus lágrimas con un hechizo. Aquella última tanda de memorias la habían tocado más cerca que ninguna otra memoria, aunque la Gryffindor era reacia a admitirlo. El rostro de Harry tenía un color entre amarillento y verdusco; y parecía estar deseando desmayarse. Hasta Luna tenía los ojos ligeramente rojos, y la cara pálida. Era difícil seguir odiando a un ser tan patético como Snape; tan sufrido, tan solitario, tan falto de amor y de cariño. El auror fue el primero en romper el silencio.

- Hay más memorias de su época en Hogwarts.- graznó.- Pero son muy... desagradables. No quiero volver a ver...- su voz tembló.- ... no quiero volver a ver cómo mi padre y Sirius le... atormentaban.

Luna levantó las cejas con cierto asombro, pero Hermione frunció las suyas. Sabía de qué estaba hablando su amigo, y francamente, ella tampoco quería vivir aquellas memorias. Había tenido bastante con el de... pero no, no quería pensar en ello. Le había hecho acordarse de... de Bellatrix Lestrange... que, al lado de lo que había vivido Snape...

- Bueno...- comentó Luna con suavidad, yéndose al grano.- Al menos sabemos que no es cosa del pensadero.

Al principio, los Gryffindor no parecían haber procesado las palabras de la rubia, pero pronto se dieron cuenta de qué estaba hablando su amiga.

- Sí...- confirmó Hermione.- Así que, o somos nosotros; o es cosa de estas memorias en concreto...

- Necesitaríamos a más personas para poder confirmarlo.- añadió la Ravenclaw, recuperando su tono soñador. Harry miró a Hermione con nerviosismo. Aquellos recuerdos eran muy privados, y Hermione entendía que Harry no quisiera divulgarlos demasiado. Nerviosa, empezó a retorcer su pelo.

- No sé si es buena idea difundir estas memorias...- opinó tímidamente. Luna la miró con la cabeza ladeada, no comprendiendo el comentario. Hermione se calló, y la rubia soltó un gran suspiro.

- Se está haciendo un poco tarde para vosotros, ¿no? Ya casi son las nueve.- les recordó. De repente, la Gryffindor sintió un cubito de hielo en su estómago. ¡Ron! No le había avisado, ¡y estaría esperándola!

- Sí.- afirmó Harry, con cierto alivio.- Deberíamos volver a La Madriguera. Luna, ¿podríamos volver a reunirnos en algún otro día, en tu casa? Quiero volver a hablar de esto...

Si Hermione hubiese escuchado sus palabras, probablemente hubiese intentado objetar. Sin embargo, estaba demasiado ocupada horrorizándose del tiempo que habían pasado en esa parte de Ottery St Catchpole. Aquello no iba a mejorar en nada la relación que tenía con su novio... La Gryffindor se paró en seco en cuanto lo hubo pensado. ¿Qué?, se dijo. Nada, nada. Nada. No ha sido nada.

Saludando con afecto a la rubia de ojos soñadores, Harry y Hermione salieron del jardín y desaparecieron.

Abril del 2003. La Madriguera.

Hermione revolvió la comida del plato por enésima vez y, por enésima vez, no levantó el tenedor hasta su boca. La cena familiar era más silenciosa que lo habitual, y francamente, la Gryffindor no sabía si era por cansancio o por enfado.

Cada uno tendría sus razones para mantenerse callado, pensó Hermione, incómoda. No tenía apetito. Miró dudosamente a la tentadora botella de vino al alcance de su mano. Había perdido la costumbre de beber alcohol, pero en aquel momento parecía una buena idea... La joven bruja alargó el brazo, agarró la botella y se sirvió con moderación. Juraría tener una necesidad física de alcohol. Le dio un trago a su vaso y lo posó con cuidado, al mismo tiempo que percibía la mirada de sospecha y preocupación en la cara de su amiga, Ginny. La pelirroja era demasiado perspicaz, pensó Hermione, y bajó la mirada como si fuese una niña traviesa que hubiesen sorprendido haciendo travesuras.

- ¿Qué haces?- le preguntó Ron, con una brusquedad que intentaba pasar por neutralidad. Hermione le miró sorprendida, y muda. Después de mantener la mirada de su novia durante un rato, Ron volvió su vista hacia lo que estaba comiendo, y añadió gravemente:

- No deberías estar bebiendo, estando en tu condición. Estás siendo egoísta.- le reprochó con ese irritante tono paternal tan suyo.

Hermione le miró con un nudo de fuego quemando su entrepecho. Que bebiese un vaso de vino no perjudicaría a nadie. Por Merlín, a juzgar por el tono de altivo reproche de Ron, cualquiera diría que bebía una botella de whisky de fuego todos los días... un vaso de vino no era insensato. No era insensato, y lo necesitaba. Levantó la mirada y buscó complicidad en las caras que rodeaban la mesa, pero no encontró nada. Ginny y Harry no levantaban la mirada del plato; George estaba leyendo la carta que le había traído una lechuza; el Señor Weasley la miraba con cara seria, y Molly parecía estar totalmente de acuerdo con Ron. Y de hecho, lo confirmó diciendo:

- Tienes razón, cielo. Hermione, no deberías estar bebiendo alcohol. No quieres que pase nada malo, ¿verdad?- dijo, mirando significativamente hacia el vientre de la joven bruja.

Irritada, Hermione se abstuvo de responder. No iba a pasarle nada. Los egoístas eran ellos, no ella. ¿Era esta la manera que tenía Ron de vengarse por su retraso? Era absurdo. Si nunca mostraba indicios de que se interesase por lo que hacía durante el día...

Miró al pelirrojo con enfado, pero el hombre estaba demasiado ocupado ignorando a su novia.

Abril del 2003. The Rookery.

Luna se asomó por la ventana al oír la alarma mágica que le anunciaba la presencia de visitantes al rededor de su casa. Hermione, con una ojeras espectaculares y una cara de cansancio que asustó a su amiga, estaba frente a la verja de su jardín. Preocupada, Luna salió de su casa.

- Hermione.- la llamó suavemente.- Pasa.

La Gryffindor no se hizo de rogar. Sin una palabra, sin un buenos días, se precipitó hacia la rubia y la abrazó con fuerza.

- Hermione...- susurró Luna, preocupada.- ¿Qué te pasa?

Pero la otra bruja no parecía capaz de responderle.

- ¿Quieres que entremos adentro?- propuso la Ravenclaw con dulzura, y Hermione asintió, los ojos clavados en el estómago de su amiga.

Entraron en silencio hasta la sala de estar de los Lovegood, y Luna hizo aparecer té y galletas de donde las tenía guardadas. Después de cierto tiempo en silencio, Hermione le preguntó:

- ¿ Te importaría traer tu pensadero?

Luna alzó la varita y atrajo su pensadero con tranquilidad intrínseca.

- He tenido una pesadilla... y luego... - Hermione paró y se restregó los ojos con las palmas de las manos.- … no puedo... prefiero que lo veas. Y los recuerdos de mi tercer año en Hogwarts, para que puedas entender mi sueño.- suspiró con fuerza y miró a la rubia a los ojos.- ¿No te importa, verdad? Sé que es temprano, pero... no puedo ir a trabajar en este estado.- le suplicó.

Luna asintió con calma. Hermione puso su varita en la sien y virtió sus recuerdos al pensadero. La rubia se acercó y hundió su cara en el pensadero.

Septiembre de 1993. Hogwarts.

Apareció en el despacho de McGonagall. La profesora de Transformaciones estaba mirando a una Hermione de catorce años con seriedad, desde el otro lado del escritorio.

- Señorita Granger, siéntate.- le dijo McGonagall con autoridad, y la chica obedeció.- Entenderás que el señor Potter no podía... compartir esta conversación.- explicó la escocesa con tacto, e hizo un gesto significativo hacia la puerta.

- Como ya sabes,- continuó diciendo McGonagall,- examinamos detenidamente tu petición de cursar en todas las asignaturas, optativas inclusive, del tercer año.- no dejaba ver ninguna opinión dibujada en su rostro. Hermione reprimió las ganas de juguetear con sus rizos.- Dada tu... bien demostrada aptitud académica, decididimos aceptar tu petición.- la profesora McGonagall se permitió dedicarle una calurosa sonrisa.- El profesorado está seguro de que eres más que competente para afrontar el reto.

Hermione sintió cómo se le calentaban las mejillas, a pesar del esfuerzo que hacía para intentar mantener una cara neutral. McGonagall, aunque justa, no era propensa a proferir elogios. Y le acababa de soltar una flor del tamaño de un baobab hechizado con Engorgio.

- También sabe, señorita Granger...-la cara de la bruja escocesa se tornó muy seria, y eso bastó para quitarle los colores a la adolescente.- Que existe un pequeño problema inherente al currículum.- Minerva suspiró con cierta fuerza; irritada, quizás, por el fallo curricular.- No es posible cursar todas las asignaturas a la vez, ya que sus horarios se solapan.

Hermione invocó toda la paciencia que tenía para no revolverse en su asiento. Ya sabía eso. Había tenido que enviar mogollón de lechuzas al Ministerio de Magia para que le dejaran utilizar un giratiempo, recalcando que sólo lo utilizaría para fines académicos.

- Por eso... y es necesario que entiendas la seriedad de la situación, señorita Granger...- Minerva subrayó sus palabras con un ceño fruncido.- ...después de las lechuzas que enviaste, y que enviamos nosotros mismos...; excepcionalmente, el Ministerio de Magia ha aceptado concederte la oportunidad de utilizar un giratiempodurante este curso, y sólo éste.- su tono se mutó a la que utilizaba en clase para dar explicaciones.- Tiene el aspecto de un reloj de arena, y cada vuelta que le dés te llevará una hora atrás en el tiempo. Entenderás que es un objeto muy delicado y que no se debe abusar de sus propiedades. Hay que obedecer una ley muy sencilla: nadie debe ver tu yo del futuro, especialmente tu yo del pasado. ¿Queda claro?

Hermione asintió vigorosamente, con afán de demostrar a su profesora de que era responsable. McGonagall se quedó satisfecha y dio un golpecito de varita al último cajón de de su mesa, que se abrió al instante. El cajón tenía miles de dientes finos y aserrados al rededor de los bordes, preparados para descuartizar al insolente que metiese la mano sin autorización. Minerva murmuró unas palabras que Hermione no logró oír y los dientes se transformaron en cintas de seda blancas. La mujer escocesa susurró "Accio Giratiempo", volvió a transformar las cintas en dientes y cerró el cajón con un golpe seco pero educado. Una vieja y sucia caja de tornillos oxidados yacía en la palma de su mano izquierda, que con otro golpecito de varita, retomó su aspecto original. Minerva agarró el giratiempo entre el dedo índice y el pulgar de su mano izquierda, y apoyando el codo izquierdo sobre su mesa, miró fijamente a la joven Gryffindor.

- Me darás el recuento de las horas extra que has tenido que utilizar cada semana, señorita Granger.- le explicó seriamente.- Cada cuatro horas extra que utilices para trabajar, tendrás que añadir una para dormir.

La escena se disolvió, y en la próxima escena, Hermione estaba tumbada en su cama con el giratiempo entre sus dedos.

Por fin podía permitirse echarle una buena ojeada al oro de sus bordes brillaba misteriosamente; tenía palabras escritas en alfabeto árabe con una elegante caligrafía cursiva. Parecía susurrar en lenguas de allende, murmurando secretos enterrados bajo tierras lejanas, en tiempos pasados. El corazón de Hermione dio un vuelco de emoción. Era como tener el patriarca de todos los libros entre sus manos; casi podía oler el olor a sabiduría milenaria, a palabras inmortales. Movió ligeramente el mágico reloj y la arena se deslizó apaciblemente por los límpidos cristales. Hermione murmuró "Lumos", y acercó el objeto hasta casi rozar su nariz. Cuando ponía el giratiempo en ciertos ángulos respecto a la luz, aparecía el dibujo de una grulla en el cristal... ¿o era un ibis?... Cuánto misterio, cuánto saber oculto, cuántas posibilidades ofrecía ese objeto... Hermione apretó los dientes e intentó ignorar el sentimiento de culpa que ya empezaba a revolotear en sus entrañas.

Un juguete como ése era una Tentación con T mayúscula para una alumna como ella.

No, McGonagall no sabría ni la mitad de lo que iba a hacer con el giratiempo.

La cama de Hogwarts se transformó en la Sala de los Menesteres. Hermione estaba en medio de la sala, jadeando, y con la varita bien agarrada. Había estado intentando el mismo hechizo durante semanas, con el tiempo extra que había conseguido ganar con el giratiempo. Animagos... ¿quién no quisiera tener la libertad de transformarse en animal? Hermione estaba deseando llegar al paso final.

El hechizo para convertirse en animago era extremadamente complicado. Era de origen sueco y había que hacer ejercicios previos para que el cuerpo se aclimatase a la idea de cambiar de forma y tomar aspecto animal.

El libro de transformación animaga, escrito en sueco medieval y redactado en runas antiguas, no había sido fácil de descifrar. El capítulo donde se enumeraban los posibles resultados fallidos y sus respectivos remedios, en concreto, estaba escrito de tal manera que ni los mejores hechizos traductores habían ayudado a entender exactamente lo que el antiguo autor había querido decir. Hermione, pues, no estaba muy segura de lo que le podía pasar. Pero hacía tiempo que sus deseos de ser animaga habían acallado su sentido de la prudencia; un sentido que había ido mermando según había ido compartiendo aventuras con Ron y Harry.

Volvió a respirar hondo y expulsar el aire. Todo iba a salir bien. Había estado haciendo los ejercicios, y había repasado una y otra vez los movimientos de varita y las palabras a decir. Una vez más, Hermione se prestó a repetir los gestos y las palabras que había estado repitiendo durante el mes. Manoseó su varita; insegura, por primera vez, de sus capacidades. Respiró hondo. Había sido un mes terrible; Ron y Harry no le hablan... Buckbeak... los estudios... Tenía ganas de llorar. Tenía ganas de escapar. Ganas de alzar el vuelo y desaparecer en el horizonte, libre, despreocupada, sin ataduras, sin responsabilidades, sin compromisos. Volar... y que nadie le exigiese nada. No deber nada a nadie. Libre... lejos...

Con decisión, Hermione sacó su varita y sujetó algunas de sus mechas tras la oreja izquierda. Otra ojeada al libro, para estar segura (¿segura de qué? Por Merlín), y vuelta a la posición inicial. Varita hacia arriba, espiral senestra hacia atrás, latigazo hacia la izquierda y W mayúscula mientras decía, "¡Förvandlas till djur!"

Al principio no sintió nada. Pero de repente, su perspectiva visual cambió. Se sintió pequeña, mucho más pequeña de lo que era antes. Como Alicia en el País de las Maravillas, después de comer un pastelito con la etiqueta de "Cómeme".

Y se sintió extraña. Desnuda y a la vez abrigada. Escuchó un zumbido que retumbaba como un trueno y saltó, asustada. Y se dio cuenta de varias cosas: primero, que el zumbido había venido de una mosca inocua que volaba a cierta distancia de ella. Por cierto, veía la mosca con perfecta nitidez. Y segundo: que al dar el salto, se había separado del suelo más de lo que hubiera sido posible si hubiera sido humana. Se miró en el espejo. Y se dio cuenta que su cuello podía hacer un giro de casi 360º. Estaba... ¡estaba cubierta de plumas pardas! Aunque en realidad... todo al rededor suyo parecía pardo o gris. Agitó lo que antes hubieran sido sus brazos, y su cuerpo se elevó del suelo sin esfuerzo, como si no fuese la primera vez que lo hiciera.

¡Estaba volando! ¡Tal y como había deseado su corazón con fervor; volaba, era libre! Una ventana se materializó en la Sala de los Menesteres y Hermione no dudó en salir por ella. Estaba embriagada, estaba eufórica, estaba en medio de un orgasmo de éxtasis producido por el vuelo. Las tierras y la gente se veían pequeñas y nítidas en el atardecer, las nubes estaban pintadas con millares de diferentes tonos de gris y pardo, cada pequeño movimiento de cada pequeño mosquito dibujaba arte en el aire.

Hermione dominaba los cielos. Batiendo sus alas con energía, sobrevoló las torres de Hogwarts y admiró el detalle de las gárgolas. Se alzó, ligera pero robusta, cada vez más alto. El mundo era un cuadro de luces y sombras y toda una paleta de tonos de gris. El viento agitaba las plumas de las alas, pero silenciosamente. Era una frescura bienvenida. Hermione Granger se sentía poderosa. Era una diosa, volaba por encima de todos; lejos del mundo y sus retorcidas preocupaciones, lejos de los humanos y sus complicados corazones. La vida era sencilla, la vida era bella, la vida era comprensible y lógica y predictible y Hermione encajaba con naturalidad en lo alto de la cadena trófica como una pieza de puzzle cósmica. Y se echó a reír, a carcajadas, estalló de alegría delante del sol poniente, y sus oídos ultrafinos escucharon el potente ulular que salió de su pico en lugar de la risa humana. Era invencible. Era invisible. Estaba por encima de todo... era libre. Nada le afectaba ya...

La mente animal de Hermione, borracha de felicidad, no dejaba lugar a pensamientos complicados. Sólo pensó, entre dos cambios de dirección, que si las relaciones sexuales producían tanto placer como el que estaba sintiendo ahora, bien merecía la pena sacar su morro de los libros para intentar experimentar.

Pero no ahora. Ahora a volar... a volar...

La escena se difuminó.


For God's sake hold your tongue, and let me love es la primera línea del poema The Canonization de John Donne

La idea de "Förvandlas till djur" como hechizo para transormarse en animago es de la escritora Phoenix Writing en su fanfic The Problem with Purity

Playlist de este capítulo:
-Recuerdos de Severus y Lily: My Immortal de Evanescence