Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.
Advertencia: Este fanfic es de categoría M.
Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)
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6.
The pillar perish'd is whereto I leant
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La mente animal de Hermione, borracha de felicidad, no dejaba lugar a pensamientos complicados. Sólo pensó, entre dos cambios de dirección, que si las relaciones sexuales producían tanto placer como el que estaba sintiendo ahora, bien merecía la pena sacar su morro de los libros para intentar experimentar.
Pero no ahora. Ahora a volar... a volar...
La escena se difuminó.
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Los alrededores están difusos. Hermione sabe que está transformada en búho, pero no sabe cuánto tiempo ha pasado en el aire. Abajo, Hogwarts está iluminado por las luces que salen de las ventanas. La media luna está alta en el cielo, resplandeciente, y las estrellas parecen brillar con más precisión que cuando era humana. Hace frío, aunque Hermione no se siente incómoda. Bate las alas con vigor y busca la ventana de la Sala de los Menesteres, por donde suele entrar y salir en sus paseos nocturnos. Pero las ventanas de Hogwarts son muy parecidas, y no consigue adivinar si es una o la otra. Al final, decide entrar por la lechucería. Aminorando la velocidad para maniobrar mejor, entra con suavidad al refugio de las lechuzas de Hogwarts. Éstas la miran con recelo, demasiado listas para pasar por alto una animaga.
Hermione se agarra patosamente a uno de los palos a disposición de los búhos. Bate las alas una o dos veces para guardar el equilibrio. Cuando al fin lo consigue, casi vuelve a perderlo al ver el hombre que acaba de entrar en el recinto.
Severus Snape, profesor de Pociones y Jefe de la Casa Slytherin. Aunque tiene una expresión que nunca le había visto antes. El corazón de la bruja empieza a acelerarse; no se atreve a moverse. Se queda quieta, parpadeando estúpidamente. Snape está de perfil, y no parece haberse dado cuenta de que hay algo inusual en la lechucería. Está... no, pero no puede ser. Parece que está... dolido. Como si tuviese ganas de llorar, pero no fuese capaz ni en la intimidad. A Hermione se le antoja vulnerable, mucho más vulnerable que el murciélago que les da Pociones. Cansado, como si problemas emocionales no le hubieran dejado dormir. Está con los brazos cruzados, abrazándose a sí mismo; el pose desafiante que suele llevar delante de sus alumnos ha sido reemplazado por uno ligeramente encorbado, como si tuviese un peso enorme sobre sus hombros. Sus piernas ya no parecen robles robustos, sino juncos que cambian de posición dependiendo del pensamiento que cruce al mago.
Hermione, gracias a su visión de búho, se fija en detalles que quizás le hubiesen escapado a la atención como humana. Al estar bañado por la luz tenue de la luna, Snape parece una fotografía de blanco y negro extremadamente melancólico y sensual. Tiene barba de un par de días, ojos perdidos en el horizonte, pelo negro petróleo; la piel cetrina parece ahora de un blanco elegante. Cada poco, traga saliva o tuerce los labios. Pero, a veces, se queda tan quieto que parece un actor muggle de películas antiguas.
Hermione siente un extraño nudo en su garganta de ave. Se siente sobrecogida por la imagen; su mente simplificada de búho sólo abarca sensaciones simples. En un momento, los dedos de Severus pinzan el puente de su nariz, como si toda la esperanza del mundo estuviese en manos de los dementores. Hermione puede oír perfectamente un ligero suspiro humano, aterradoramente humano para Snape. Se pasa la mano por el pelo, en gesto de cansancio, y los ojos naranjas de Hermione se agrandan ante la sencilla belleza del gesto. Irradia tristeza, melancolía, dulce dolor, fatiga, debilidad. Hermione se siente sobrepasada por la situación. Incómoda, porque es consciente de que Severus Snape nunca permitiría que un alumno le viese así; aterrada, porque no quiere ni imaginarse las consecuencias de ser descubierta por el profesor; descolocada... porque delante de ella posa un humano, un humano vulnerable como todo ser humano, y no el desagradable, injusto hijo de troll que les da clases en las mazmorras.
Sin embargo, Snape no pasa demasiado tiempo en la lechucería. Sea por el frío viento, sea por los fríos pensamientos; o por cualquier otra cosa, el profesor sale del mismo modo silencioso en que ha entrado, dejando atrás una ligeramente confusa Hermione en forma de búho.
Como si fuese la cosa más natural del mundo, la animaga vuelve a echarse a volar.
Las temperaturas han enfriado aún más. Algo a cambiado en el ambiente, Hermione está agitada. Sabe, como se suele saber en los sueños, que Sirius Black es padrino de Harry y ahora está libre gracias a ellos... Hermione bate las alas con precisión. Menos mal que su mente animal le impide reflexionar demasiado...
De repente, su agudizada vista percibe un movimiento al límite del Bosque Perdido. Indecisa, se acerca un poco para ver mejor. Es una figura negra y, a juzgar por la manera de andar, parece ser Snape. Hermione siente cómo se le acelera el corazón. Tiene una incomprensible curiosidad, pero al mismo tiempo, siente temor. Sobrevuela con precaución el lindero del bosque, y está a punto de dar media vuelta, cuando escucha... no, cree escuchar... un sollozo.
¿Un sollozo? No es posible. ¿Snape? No... ¿alguien a quien Snape...? Hermione tarda poco en acercarse a las ramas de los árboles. Maniobrando con cuidado, llega hasta el lugar donde se encuentra su profesor de Pociones; no muy lejos de la seguridad del prado. Tiene su brazo derecho apoyado en el tronco de un árbol, y su frente reposa encima de dicho brazo. Otro sollozo... ¿o es un gruñido? Hermione recuerda, azorada, las últimas palabras del ex-mortífago, dirigidas a Dumbledore en el Hospital: "¿No se creerá una palabra de lo que dice Black, verdad?"... sus palabras habían salido en un susurro... "SiriusBlack demostró ser capaz de matar a los dieciséis años... ¿No se ha olvidado de éso, Director? ¿No se ha olvidado de que una vez intentó matarme?" Había sonado mortificado... Hermione siente un nudo en la garganta. Snape había parecido casi... dolido. Y cuando descubrió que Sirius había escapado...
Sin previo aviso, Snape desenfunda la varita y da rienda suelta a sus sentimientos de impotencia, humillación, frustración y rabia incendiando y volando por los aires unos árboles de alrededor. Pillada por sopresa y con los nervios al aire, Hermione pierde el control de sus alas y aterriza estrepitosamente contra el tronco del árbol que se encuentra justo tras Snape.
Está medio groggy, y a penas consigue enfocar bien la vista. Siente una presencia en frente de ella y alza la mirada con dificultad. Horrorizada, se da cuenta de que es ni más ni menos que Severus Snape, con los ojos rojos por el llanto reprimido y una cara desdibujada por la furia. Más se horroriza, sin embargo, cuando la levanta por sus hombros, a base de pura fuerza física. Eso quiere decir que: primero, ya no está en forma de búho; y segundo: a pesar de su aspecto delgaducho, Snape tiene la fuerza suficiente para aguantar su peso, sin necesidad de varita. Hermione pierde todo el color de su cara.
- Vaya, vaya...- susurra Snape con peligrosa suavidad.- Así que no estamos... satisfechas... de romper con la mayoría de las reglas del colegio, ¿verdad? No sabía que fueses tan... poco agradecida, Granger...- Hermione nota con terror que no la ha llamado "señorita", como es usual.- Os habíais... librado con lo de Black, pero hete aquí volviendo a las andadas, despreocupadamente... ¿Has cogido gusto en... atormentar a tus profesores... y ahora buscas más problemas?
Snape está iracundo. Había salido en busca de privacidad para desahogarse, un poco de privacidad por el amor de Merlín, y ni éso le concede el destino. Sus manos agarran con fuerza los antebrazos de la chica que está completamente aterrorizada. Tiene los nudillos tan blancos como la cara de la chavala, que tiembla de miedo... El olor acre del miedo... sí... lo recuerda. Snape siente que pierde los estribos.
- ¿Qué te pasa, Granger?- dice con aparente calma, lanzándole a la Gryffindor una mirada de invierno.- ¿No tienes... nada... que decir, esta vez?
Hermione respira entrecortadamente. No se librará de ésta. No se atreve a decir nada, no se atreve a apartar la mirada de los túneles negros que la miran con lúcida locura. Siente una ridícula necesidad de orinar. Por segunda vez, Snape la pilla por sorpresa cuando la estampa contra el tronco, cortándole la respiración por unos pocos segundos. Hermione aborta un chillido de terror y se agarra a los brazos que la sujetan varios centímetros por encima del suelo. Snape sonríe con veneno. Ha estado buscando una escusa para actuar violentamente, aunque sea sólo contra árboles. Y delante de él se encuentra la maldita chiquilla que se había atrevido a atacarle por detrás en la Casa de los Gritos; la chiquilla que irritaba cada neurona de su cerebro, la amiga de San Potter, junto con el que había ayudado a Black a escapar... está seguro de que fueron ellos... la muy cabrona tiene un giratiempo, y Dumbledore está claramente a favor del brillante Black... Black... siempre Black, el prometedor Gryffindor... Su sonrisa envenenada se ensancha, y acerca su cuerpo a la de la jovenzuela de 14 años, que tiembla descontroladamente.
Aquello le produce al hechicero una extraña satisfacción. Tiene a un ser vivo, un ser vivo indeseable, a su completa merced. No puede dañarla demasiado, porque se notaría, pero podría jugar con ella y su cerebro y luego amenazarla para que cerrase el pico. O borrarle la memoria. La asquerosa pequeña ratita se merece un buen susto. Snape siente unas sensaciones que no ha sentido desde sus andanzas como mortífago, salvo en el momento en que se enfrentó a Black y Lupin en la Casa de los Gritos... Exhilaración. Agresividad. Saña. Ganas de hacer daño, de transferir con violencia su malestar a otro ser. Sus pupilas se dilatan de testosterona mientras imagina diferentes formas de atormentar a la chavala. Poco a poco, como un nubarrón negro, una idea particular se abre paso en su mente. Es perverso, es malvado, es inaceptable. Y sin embargo, Snape siente una nueva sensación, que se añade a los demás: excitación sexual. Repentinamente, su cuerpo se vuelve muy consciente de los temblores de la muchacha, del calor que irradia. Con un retorcido placer, siente que su miembro viril empieza a despertarse. La ratoncita está a su merced. Está a su merced y merece un castigo, una lección... es una alumna insolente y es su deber de profesor...
Horrorizada, Hermione se da cuenta de lo que piensa Snape y cierra los ojos en un acto reflejo. ¡No puede ser! Él nunca llegaría a...
- ¿A hacerte daño de verdad?- pregunta una voz cantarina y burlona. Tetanizada, Hermione abre los ojos y suelta un chillido de pavor.
Sujetándola contra el árbol está Bellatrix Lestrange, sonriendo con locura.
Las imágenes se difuminaron.
Recuerdos de pensadero, 2003. La Madriguera.
Hermione se despertó y se descubrió sentada en la cama, con el pecho subiendo y bajando aceleradamente. ¿Qué diablos había sido éso?
Había estado soñando con sus paseos nocturnos en su tercer año de Hogwarts. Pero... pero...
La joven Granger pasó su mano sudada por el pelo. ¿Qué clase de pesadilla había sido ésa? Porque había sido una pesadilla. Hermione estaba aterrada. Sí, al principio el sueño había sido como cualquier otro paseo que había solido dar... pero... el final... ¿Qué coño significaba todo aquello?
La Gryffindor sintió con desagrado que el sudor que empapaba su cuerpo se había enfriado: no quería pensar en la pesadilla. Después de tantas "sesiones" con el pensadero de Harry, había acabado por soñar con eso. Con Bellatrix. Y con Snape, ¡por Merlín! Estaba confusa. Había vivido su pesadilla como los recuerdos del pensadero, sintiendo las emociones de Snape tanto como las suyas. Pero, ¿cuáles eran sus sentimientos, y cuáles eran los del antiguo profesor? ¿había una diferencia? ¿qué le habría querido decir su subconsciente? La cara de la joven se contrajo ligeramente, pero al último momento reprimió el amago de sollozar. No debía despertar a Ron.
Y aquel penetrante olor a orina... qué raro. Pero olía a orina, ¿verdad? Como si tuviese la entrepierna mojada... sí, se sentía mojada, se sentía sucia... En un acto reflejo, la chica miró hacia sus pantalones de pijama.
Estaban manchadas de orina.
Hermione soltó una ordinariez de entre los dientes. No lo podía creer. No podía. Refunfuñando mentalmente, se estiró para coger la varita de su mesilla de noche.
- ¡Fregotego!- musitó, y la orina desapareció de las sábanas y el pantalón.
Dejó la varita en su lugar y se giró para volver a meterse en la cama. Y casi le dio otro ataque al corazón.
Ron la miraba con los ojos abiertos. No se había movido de su posición, pero estaba claro que había pasado un buen rato observándola.
- ¿Estás despierto?- preguntó la joven mujer, con su corazón protestando de tanto susto.
Una incierta sonrisa triste se abrió paso de entre los nubarrones de la cara del pelirrojo, y volvió a desaparecer.
- Desde hace un buen rato. Y quizás el resto de La Madriguera también.
La Gryffindor tragó saliva. No sabía si preguntar el porqué.
- Has pegado un grito digno de una banshee, 'Mione, querida.- respondió el pelirrojo a la pregunta no formulada. Parecía estar dudando en continuar hablando o no.- ¿Bellatrix Lestrange?
Durante una fracción de segundo, Hermione le miró con la vista vacía. Apartó la vista de la cara de su novio y tardó un rato en responder. Bellatrix. Había empezado a aparecer con menos frecuencia... pero seguía acosándola en sus sueños.
- Sí.- contestó con sequedad.
Quería que la dejase tranquila. Se sentía avergonzada de lo que había soñado, y que su novio fuese testigo la irritaba. Ron la miraba con cierta alarma mientras ella se metía de nuevo en la cama. En cuanto se tumbó, Ron se acercó y la estrechó entre sus brazos. Le dio un beso en la mejilla, y se acurrucó contra ella. Hermione agradeció el gesto, pero seguía sintiendo miedo en lo más profundo de su ser. Porque tan aterrador como la escena que había soñado, tan aterrador como no saber por qué lo había soñado, era el hecho que...
Había estado en el lugar de Snape. Sí. Una parte de la pesadilla lo había vivido desde la perspectiva de Snape, como en las memorias. Había sentido su agresividad, su malestar, su... lujuria. Excitación sexual provocada por la impotencia y vulnerabilidad de una alumna adolescente... de ella misma...
La bruja cerró los ojos, la cara contraída por las náuseas y el espanto. Lo peor era que en realidad, aquellas sensaciones no eran de Snape. Aquella escena con Snape era una invención de su propia mente. Esas sensaciones agresivas, lascivas... eran las suyas propias. Estaba tensa, pero más tensa se puso cuando notó que Ron había empezado a acariciarla con menos inocencia. Hermione entendía por qué lo hacía, pero no era el momento. Ni por asomo.
- Ron...- comentó la joven, intentando hablar con tacto.- ... no sé si es el momento adecuado...
El pelirrojo levantó la mirada hacia sus ojos, pero no dejó de acariciarla.
- Hermione... sé que lo has pasado mal... déjame reconfortarte un poco...- murmuró con suavidad, deslizando su mano por las caderas de su novia. No era un tacto desagradable, pero Hermione simplemente no tenía la motivación necesaria. Apretó los labios en un acto reflejo.
- Ron, es que... no estoy de ese humor ahora...
El hombre se rió entre dientes, se apoyó sobre un hombro y la cubrió parcialmente con su cuerpo. Su piel era suave y caliente.
- Vamos, nena.- le dijo, intentando persuadir a la joven.- Mi madre está deseando tener más nietos. ¡No la podemos defraudar!- añadió, esforzándose por alegrar el ambiente.- Hace meses que nos guiña y nos hace comentarios...
Hermione, sabiendo que el objetivo de su novio era levantarle el ánimo, forzó una pequeña sonrisa en su cara. La verdad, no tenía ninguna gana de practicar sexo después de aquella pesadilla, y en cuanto a un hijo...
- Sí, también me he enterado de los guiños de tu madre...- comentó, intentando no sonar exasperada.- Pero estoy un poco cansada... y... igual perjudicará al bebé...ya sabes; si te apoyas mucho o...
- No lo creo. Seguro que hasta le ayuda a crecer. Vamos, nena...- Ron sonrió con picardía.- Déjame hacer mi magia, ya verás qué bien cuando saque la varita... tendremos trillizos...
Hermione soltó un bufido y forzó una media sonrisa. ¿Un vaso de vino no, pero sexo con penetración sí? Y aparte, ¿trillizos? Se notaba que no iba a parir él.
- ¿No te vale con que esté embarazada de un sólo bebé?- preguntó, pero su pregunta salió amarga en vez de pícara, como había querido. Ron, por increíble que fuese, no pilló el tono molesto de su novia y lo interpretó como coquetería.
- ¡Claro que no, nena! - soltó con frescura.- Tendremos por lo menos dos críos, la primera será una niña y la llamaremos Rose.- Ron hizo una pausa para estampar un beso húmedo y, había que reconocer, algo agradable en el cuello de su novia.- El segundo será un niño y lo llamaremos Hugo...
Hermione suprimió un bufido de incredulidad.
- Lo tienes todo pensado...- le comentó, intentando una vez más tapar su irritación con humor, aunque sus palabras le sonaban horriblemente vacías.
Ron sonrió con picardía y empezó a acariciar con más insistencia. Sin embargo, y a pesar de lo agradables que eran sus acciones, Hermione seguía estando reticente. Su humor había mejorado un poco, pero no tenía ganas ni fuerzas de practicar sexo. Y... tanto hablar de niños... ella estaba lejos de estar convencida. Pero Ron parecía muy emocionado con la idea... podría ser la solución al agujero que sentía donde antes palpitaba amor.
Un momento. ¿Qué era lo que acababa de pensar? Ella quería mucho a su novio, muchas gracias. Era un hombre amable, cariñoso, y se esforzaba en la cama por ella... aunque ella no siempre conseguía estar a su altura y llegar a la cima a la que él trabajaba para que Hermione llegase. La bruja sintió que su pecho se estrujaba de culpa.
- Vamos, nena...- escuchó que susurraba el pelirrojo, y decidió sucumbir a sus caricias. Aunque sabía que ella estaba demasiado cansada y alterada para llegar hasta el orgasmo, no por éso iba a exigirle abstinencia sexual a su novio. ¿Verdad?
Abril del 2003. The Rookery.
Cuando Luna levantó su cabeza del pensadero, se quedó mirando a su amiga con inusual seriedad, hasta el punto de ponerla nerviosa. Hermione se sentía incómoda y avergonzada; le acababa de enseñar partes bastante íntimas de su vida privada... pero...
- Hermione.- dijo Luna con una voz baja y placentera.- He podido vivir tus memorias, al igual que las de Snape.
Hermione no se esperaba aquello, y su cara se tornó escarlata. ¿Había sentido exactamente todo lo había sentido ella aquella mañana? Sus pensamientos eran todavía más privados que sus experiencias.
- Por lo menos ya sabemos que tampoco es un fenómeno ligado a las memorias de Snape.- comentó Luna, con su tono soñador, y empezó a servir el té con delicado cuidado.
Hermione se quedó mirando a su amiga, atontada. Desde luego, aquella revelación era importante pero... ¿era todo lo que tenía que decir?
- Por cierto, Hermione.- comentó la rubia, y al alzar los ojos hasta la cara de su amiga, su mirada no tenía nada de soñador.- ¿Estás segura de que eres feliz con la vida que llevas?
La Gryffindor sintió sus palabras como un puñetazo en el estómago. Pero ahora ya sabía que había venido a eso: a escuchar esa misma pregunta formulada por otra persona. Sin embargo, Luna no parecía querer darle una respuesta, y ella tampoco tenía una. Agarró su taza de té y le dió un sorbo.
Mayo 2003. El Caldero Chorreante.
Los aseos de El Caldero Chorreante eran banales, simples, y Hermione se ocupaba no pocas veces de su limpieza.
Pero aquella tarde no estaba limpiándolas, sino utilizándolas: un pequeño respiro entre trabajo y trabajo. Pensativa, se miró al lugar donde no solía mirarse nunca; aquella parte de su cuerpo que la hacía mujer. Estaba embarazada, y lo había estado ya durante cuatro meses. "Supongo que debería estar contenta", pensó Hermione. ¿Lo estaba?
Llevaba un mes intentando responder la pregunta que le había hecho Luna cuando había ido a su casa, pero seguía estando confusa. ¿Vivía feliz? ¿Era aquella vida, la vida que quería llevar? Y si las respuestas eran "no"... ¿cómo hacer para salir de aquel tinglado?
Sabía que estaba tomando demasiado tiempo en los baños y que Hannah o Justin notarían su ausencia, pero no parecía capaz de reaccionar.
¿Estaba contenta de estar embarazada? La verdad, Hermione no sabía qué decir. Ron y Molly lo estaban, eso fijo. Y Arthur también. Ginny no lo sabía muy bien, y Harry... Harry a penas se había enterado. Cada día vivía más en su propio mundo... la Gryffindor tragó saliva al acordarse de la última vez que habían hablado, justo antes de una "sesión de pensadero" en el desván.
- Ginny me ha comentado que vuelve a estar embarazada. Felicidades a los dos.- le había dicho Hermione después del saludo.
- Gracias.- le dijo Harry, más delgaducho que nunca.- Lo llamaré Albus Severus.- le había confiado, con una sonrisa ilusionada.
A Hermione se le hizo imposible esconder por completo la reacción que tuvo ante tales palabras. Primero; al parecer, Ginny no tenía ni voz ni voto en el nombre de sus hijos, y segundo... ¿Albus Severus? ¿Estaba hablando en serio?
Harry había notado algo en la cara de su amiga, por que comentó, a la defensiva:
- Creo que tanto Dumbledore como Snape merecen ser recordados y honrados...
Hermione, obviamente, no le dijo lo que pensaba: que el difunto ex-mortífago emponzoñaba la vida de su amigo más que cuando estaba vivo. Hermione tenía que admitir que ver todos aquellos recuerdos desde la perspectiva del antiguo profesor había conseguido diluir el desagrado que Snape le provocaba. Una especie de redención póstuma, compartida con su amigo moreno. Pero de ahí a ponerle su nombre a su propio hijo... eso era demasiado. Claramente, Harry no podía quitarse el Slytherin de la cabeza; estaba obsesionado con él y con sus recuerdos, y aquello también había estado afectando su relación con Ginny. Pero, por alguna razón que Hermione no llegaba a entender bien, Harry no quería que su esposa supiese lo que le estaba pasando. Quizás el moreno no había cambiado tanto después de todo, y seguía teniendo la misma tendencia de antes a mantenerlo todo en secreto y cargarlo todo sobre sus espaldas. Quién sabía. Obviamente, Ginny no era tonta. Sabía que se traían algo entre manos, pero prefería mantenerse callada. Confiaba en sus amigos. Y además... tenía bastante trabajo con el bebé que crecía dentro de ella.
"No obstante", se dijo Hermione con un escalofrío, mientras volvía a reflexionar sobre el mismo hecho: "¿...Albus Severus?" Nadie había salido intacto de la guerra contra Voldemort, pero Hermione estaba cada vez más convencida de que Harry no estaba nada bien. Se parecía cada vez más a Sirius. Sí, pensó Hermione con inquietud. Harry proyectaba el mismo aura que su difunto padrino. Estaba anclándose cada vez más en el pasado, obsesivamente; en el suyo y en el de los demás...
Hermione retornó al aquí y al ahora. ¿Y ella? ¿En qué se estaba anclando ella? Hermione tiró de la cadena, se limpió las manos y salió de los baños para seguir trabajando.
¿A qué se aferraba ella? No lo sabía.
Mayo 2003. The Rookery.
Luna supo al instante por qué había venido su amiga de Gryffindor a su casa, mucho antes de que ella abriese la boca. Había sido una de las primeras en saber que Hermione estaba embarazada, y también sería una de las primeras en saber que la última Granger no quería estarlo.
La cara de angustia de Hermione le rompió el corazón.
- Luna,- le había dicho con voz estrangulada.- Te necesito.
"Te necesito". La Ravenclaw sabía que su amiga casi nunca pronunciaba esas palabras. Lo más habitual era que fuesen los demás los que le pidiesen favores a ella, o los que la necesitaban. Por si su lenguaje corporal no hubiese sido suficiente, las palabras de auxilio convencieron a la rubia de que Hermione se encontraba en un momento de gran estrés. Y no era raro. Después de las memorias de Snape y la pesadilla de Hermione, Luna tenía pocas dudas sobre lo que pasaba.
Ya había pasado media hora desde que había venido, pero Hermione aún no había dicho qué era lo que la atormentaba. Estaba mirando pensativa al té que Luna le había servido, mientras la Ravenclaw miraba a través de la ventana del salón. Unos nubarrones negros se acercaban desde el horizonte, y prometían tempestades. Luna volvió a clavar su mirada en su amiga.
- Hermione.- la llamó con suavidad.- ¿Qué es lo que te preocupa?
La dulce voz de la dulce bruja sacó a Hermione de su ensimismamiento. Estaba dudando entre decírselo o no, pues sus miedos cobrarían vida si los pronunciaba en voz alta. Pero necesitaba un oído amigo, y al final se lanzó:
- Bueno... tengo muchas cosas en la cabeza...- confesó.- Todo este lío emocional que tuvimos con los recuerdos de Snape... los horarios inestables del trabajo...- se estaba acercando, pero era difícil admitirlo.- ...el ambiente de La Madriguera...
Luna alzó una ceja, y Hermione carraspeó.
- Creo que el ambiente está... como... un poco viciado... no sé, no me siento autónoma. Tengo la impresión de que vivo bajo el escrutinio y la autoridad de la Sña y el Sr Weasley. Es que... mmme siento... como... ninguneada.
En cuanto lo dijo, la joven sintió cómo se le deshacía un nudo que hasta entonces no sabía que llevaba en el pecho. Respiró hondo y prosiguió:
- Y luego... bueno, es que yo...- permaneció en silencio unos minutos, y luego volvió a tomar coraje.- ...nnno... no creo que esté preparada para ser madre...- otro silencio.- ... y aún menos viviendo en La Madriguera...- le echó una mirada dubitativa a Luna, temiendo una crítica o un rechazo. Al no ver llegar ninguno de los dos, Hermione continuó hablando:
- Pero es que... Ron estaba tan ilusionado... y Molly... prácticamente nos acosaba con éso... creí que así... me sentiría más aceptada, más considerada... pero...
- ¿Pero no ha sido así?- propuso la Ravenclaw.
- Pero no sé si merece la pena.- acabó diciendo Hermione, sintiéndose completamente miserable.- De repente, no sé... después de ver la infancia desagradable que tuvo Snape... y las dificultades que vivió Harry... No sé, me dije que si tenía un niño, tenía que tenerlo porque yo así lo quería... que tenía que amarlo y cuidarlo mucho... y de repente...- su voz se tornó estrangulada.- Tener un hijo... por complacer a Ron y a Molly... me pareció injusto para la criatura... me di cuenta de que yo no quería hijos... aún no... No lo amaría, ¿me entiendes?- acabó, la voz cargada de desesperación.- ¿Cuánto aguantaría fingiendo que lo tuve por que yo lo quería? El niño se daría cuenta. Se daría cuenta de que no lo querría y eso duele mucho...
Luna miró con piedad a la atormentada bruja.
- Y entonces...- prosiguió explicando la Gryffindor.- Y entonces, me dije que... que tenía que abortar...- su voz era un hilillo.- Pero al mismo tiempo... Ron y Molly están tan ilusionados... y... no sé... igual sí que conseguiría ser una buena madre...
- Hermione.- le cortó la rubia, con suavidad.- ¿Estás cien por cien convencida de que quieres ser madre dentro de cinco meses?
La nombrada se le quedó mirando durante un rato con la cara seria. Al final, confesó débilmente:
- No.
Luna le lanzó una de sus pequeñas sonrisas soñadoras, y le respondió:
- Entonces, está claro: aborta. Muchos Mumblimbas Verdes abortan a lo largo de su vida, ¿sabes? Por eso hay tan pocos, y son tan difíciles de ver.- y tomó un sorbo de su taza de té, quedándose tan ancha como larga, como si no acabase de hablar sobre seres imaginarios.
Sin embargo, aquel mismo comentario simple quebró algo dentro de la Gryffindor, que no pudo aguantar el llanto que subió como una marea viva desde el fondo de su garganta. Culpa, alivio, duda, agradecimiento, preocupación, decisión... Hermione, como hacía ya unas semanas, era un amasijo de emociones fuertes.
- Gracias, Luna.- musitó, e iba a añadir algo más cuando la rubia le cortó:
- Te recomiendo que vayas lo antes posible a San Mungo.- le sonrió con languidez y comentó:- Avísame; iré contigo. Aunque tenemos la suerte de que el aborto sea legal, hay más de un medimago que no lo ve con buenos ojos... te puede tocar alguien muy desagradable, recuérdalo.
Hermione asintió con la cabeza, los mocos escapándosele de la nariz y los ojos hinchados de llorar. No tenía fuerzas para ir a San Mungo ella sola.
Mayo 2003. Hospital San Mungo.
Hermione era incapaz de dar crédito a sus oídos, y miró con perplejidad a Luna, que la había acompañado al hospital. ¿Había escuchado bien lo que le habían dicho? La medibruja que la miraba desde el otro lado del escritorio, sin embargo, no parecía estar bromeando, y repitió la pregunta con malas pulgas:
- Le he preguntado, señorita Granger, si es usted consciente de que con su decisión matará un futuro niño.
Hermione siguió estando petrificada en su silla, sin fuerzas ya para responder a su interlocutora, que había estado haciéndole preguntas agresivas desde el principio de la entrevista. Luna batió los párpados con calma y comentó:
- No sabía que un feto se considerase un ser vivo...
La medibruja la miró como si le hubieran salido antenas y ojos de avispa. Sin abandonar la mueca de desagrado, la funcionaria soltó:
- Es un futuro ser vivo. Merece una oportunidad.
Las palabras golpearon a la Gryffindor con saña. ¿Una oportunidad? ¿Acaso ella misma, como ser viva del presente, no merecía una oportunidad? ¿La oportunidad de decidir su futuro, de tomar decisiones? ¿De hacer lo que consideraba correcto? Pero la cara de la medibruja no parecía estar abierta a discusiones filosóficas. Una vez más, Luna habló por ella.
- Mi amiga tiene derecho a abortar, y usted lo sabe. No creo que necesite justificarse. Por favor, absténgase de ese tipo de comentarios y aténgase al formulario oficial.
A la otra bruja le brilló una sonrisa triunfal.
- Éste es el formulario oficial, señorita...
- Lovegood.
- Señorita Lovegood.- satisfecha, ancló su mirada en los ojos de Hermione y borró su pequeña sonrisa.- Tiene tres días de reflexión antes del día del aborto. Le aconsejo que lo piense muy detenidamente.- añadió, más una amenaza que un consejo.
A Hermione se le revolvieron las tripas de un repentino ataque de culpa. Luna, inusualmente seria y enfadada, protestó:
- No puedo creer que esto sea oficial. ¿Cree que mi amiga no lo a pensado lo suficiente antes de venir? ¿Quiénes son ustedes para decidir por ella?
La medibruja le soltó una mirada muy peligrosa.
- Si por mi fuera, señorita Lovegood.- comentó con envenenada suavidad.- El aborto sería ilegal. Detesto la gente que se toma el milagro de la vida con tanta ligereza. Mi trabajo consiste en luchar contra la muerte y la enfermedad.- tornó su mirada a Hermione, que se hizo bolita en su asiento.- Bastante suerte tiene ya de que pueda abortar. Lo más ético que queda por hacer es proporcionarle tres días para que reflexione bien.- concluyó, y sus palabras pesaron como sentencias de plomo.
Luna parecía dispuesta a seguir discutiendo, pero la Gryffindor ya estaba hasta las narices de todo. ¿Tres días? Pues tres días. Y punto. Agarrando con cierta fuerza el brazo de la rubia, le hizo saber que quería dar por terminada la entrevista.
La medibruja no les devolvió el saludo cuando cruzaron la puerta de su despacho.
Mayo 2003. Hospital San Mungo.
Hermione se hallaba tumbada en una de las camas del ala de maternidad. Otra crueldad innecesaria, se dijo débilmente mientras acariciaba su vacío vientre. Detrás de la ventana, un cielo azul brillaba de alegría; pero sus pensamientos eran sombríos como galernas nocturnas.
Les había rogado a Hannah y a Justin de que la librasen para el día de la entrevista, que inocentemente había creído que sería el mismo día en que la ingresarían. Había puesto como excusa una semi-verdad: que no se encontraba bien y que tenía cita con el médico. No obstante, no se había atrevido a pedir un segundo día libre; probablemente, los patrones de El Caldero Chorreante exigirían un certificado medical, y Hermione no tenía ninguna gana de admitir la verdad.
Por eso, había contado otra media verdad: les había enviado una lechuza diciendo que tampoco se encontraba bien aquel día y se había quedado en cama. Una mentira fácil de desvelar, si a sus jefes se les ocurría asomar el morro por el fuego de La Madriguera. Hermione suspiró y se concentró en mirar las nubes blancas que paseaban por el cielo. No valía la pena preocuparse por anticipado.
Mayo 2003. La Madriguera.
Se habían enterado. Hannah y Justin se habían enterado de que no se había quedado en casa, y los de La Madriguera se enteraron así de que no había estado en el trabajo.
La verdad había salido a luz. ¿Qué otra opción le había quedado, más que admitir la verdad? Y además, había gastado todos sus ahorros en el aborto. Hermione, escondida en uno de los baños de la casa de los Weasley, sollozó. No quería quedarse en La Madriguera, la casa de sus padres ya no era la suya, no tenía dinero para alquilar un apartamento, y la habían echado del trabajo.
¿Qué sería de ella?
The pillar perish'd is whereto I leant es la primera línea de un soneto de Sir Thomas Wyatt
