Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.

Advertencia: Este fanfic es de categoría M.

Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)


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SEGUNDA PARTE: Y EL MAYOR BIEN ES PEQUEÑO

7. Farewell, Love, and all thy laws forever

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Mayo del 2003. La Madriguera.

Hermione miró al calendario muggle y frunció el ceño.

Era el 26 de Mayo del 2003.

En tres meses y pico, cumpliría 24 años.

24 años.

Qué cansada se sentía. Cansada de todo. Tan joven, y cansada de absolutamente todo.

Barrió su habitación con la mirada, y sus ojos se pararon momentáneamente en el pergamino enrollado que descansaba en su mesilla de noche. Su diploma de licenciada en Encantamientos.

Tres años de estudio para sacar el equivalente de un diploma universitario muggle. Lo había tenido bien guardado en uno de los cajones más protegidos y privados de su habitación.

De la habitación que compartía con Ron.

La joven bruja cerró los párpados, llenó los pulmones de aire y volvió a vaciarlos lentamente.

La habitación que compartía con Ron; en la casa que compartía con Ron, Ginny, Harry y el resto de los Weasley.

"Ya no", pensó fríamente, y continuó vaciando su parte del dormitorio para llenar el baúl.

En la mesilla de noche, en la única foto que aún seguía en pie, una bruja de pelo rizado y castaño cubría de besos a un sonriente y pícaro pelirrojo.

Hermione no metió la foto en el baúl que llevaría a la casa de los Lovegood.

Mayo del 2003. The Rookery.

Era el segundo día que estaba en casa de Luna, y Hermione lucía una ojeras espantosas. Se había despertado hacia las cinco de la mañana, agitada; aunque no recordaba el sueño, y no había podido pegar ojo desde entonces. Inquieta, había decidido salir de la cama que le había prestado Luna y bajar hasta la cocina. El sol ya había salido completamente, pero el frío matinal indicaba que aún era temprano.

- ¿Hermione?

La aguda voz de Luna la sacó de sus pensamientos, con un sobresalto que casi la hizo caer de su silla.

- ¡Luna!- cerró los ojos para tranquilizarse, y añadió:- Buenos días.

La rubia estuvo un rato mirándola con los ojos nublados, y cuando Hermione se puso a pensar que no diría nada más, Luna comentó:

- No has dormido bien, ¿verdad? Lo siento. Tenemos una colonia de Ingams Moteadas que les encanta sofocar a la gente cuando duerme...

Hermione sonrió débilmente.

- No creo que hayan sido Ingams, Luna. Me he despertado con una pesadilla, creo; y no he podido volver a dormir.

Luna ladeó la cabeza con delicadeza y respondió, seria:

- Las Ingams también pueden producir pesadillas. De hecho, es lo que más les gusta después de sofocar a la gente.

Hermione no tenía ni ganas ni fuerzas de llevarle la contraria, así que se quedó en silencio, mirando hacia el infinito que se encontraba más allá de la ventana. Casi ni se dio cuenta que Luna había salido de la cocina, ni que había vuelto con un paquete verde oliva entre sus manos. Se acercó hasta la Gryffindor y empezó a peinarla con cuidado, de modo que sus dedos no tiraban de la maraña que era su pelo. Era una sensación tan agradable que Hermione cerró los ojos y se quedó quieta, quietísima; como un conejo al que le acarician la espalda. Luna olía increíblemente bien; sería algún tipo de colonia femenina, ni demasiado fresca ni demasiado dulzona. O quizás fuese el olor de su champú; o del detergente que usaba para lavar la ropa; quién sabe. Cuando Hermione volvió a abrir los ojos, Luna estaba sentada cerca de ella y manipulaba el sobre verde con atención y delicadeza. Hermione se quedó hechizada, mirando el trabajo de aquellos aristocráticos dedos.

- ¿Qué es?- preguntó la Gryffindor, hablando con dificultad de entre las neblinas del trance.

Luna sonrió con bella sencillez, y respondió con su voz suave y femenina:

- Te ayudará a dormir.

Agosto del 2003. Hogwarts.

A la Directora Minerva McGonagall le gustaban las gaitas y su música. No era una afición que admitiese a mucha gente, para evitar las obvias tomaduras de pelo. Una escocesa que le gustaba la música de gaitas... no, gracias. La directora se levantó de la silla de su despacho mientras aumentaba ligeramente el volumen de la vieja radio con un golpe de varita. Por el aspecto, el objeto bien podía haber sido testigo de la Primera Guerra Mundial, si hubiese pertenecido a una familia muggle. Era de madera, y tenía un aspecto parecido a los góticos arcos que adornaban las ventanas de Hogwarts. Una tela tan anciana como su vida cubría los bafles del antiguo objeto, emitiendo Braes of Lochiel al son de las gaitas.

Minerva sonrió débilmente cuando el tono solemne y melancólico dio paso a la segunda parte, alegre y festiva, de la canción. Miró desde la ventana de su despacho de directora. Era el mismo despacho que años atrás utilizó Albus; a Minerva le había costado mucho dejar sus propios aposentos y trasladarse a éstos, con tantas memorias dolorosas yaciendo, junto al polvo, encima de los artilugios que habían pasado a ser propiedad de la escuela.

Nadie había tocado aquel lugar desde la muerte de Severus, ni siquiera los elfos domésticos. Había sido un santuario hasta hacía una semana. De hecho, ni siquiera el difunto Slytherin había tocado los artilugios de Albus, que yacían inertes, en silencio; vestidos de polvo y tristeza.

25 de Agosto de 2003. La vida seguía, cruel, como el agua de un arroyo, y el próximo lunes un nuevo curso escolar empezaba para nuevos estudiantes...y nuevos profesores.

Las barreras mágicas del castillo avisaron a Minerva de que Pomona Sprout, Jefa de la Casa Hufflepuff y Subdirectora, acababa de atravesar la puerta guardada por el grifo. Con un movimiento de varita, bajó el volumen de la radio que ahora cantaba Lament for Iain Ruaidh, una canción bastante más tranquila y melancólica que la anterior.

Por primera vez en seis años, Pomona volvió a pisar el suelo de aquel despacho. Sus labios se apretaron y sus ojos parpadearon rápidamente ante las memorias de tiempos lejanos que la miraban de cada rincón de la sala. Localizó McGonagall junto al escritorio, la vieja radio como único toque personal de la Gryffindor escocesa. Sus manos arrugadas pero decididas estaban apoyadas, junto con su trasero, en el borde de la mesa; y su mirada era algo húmeda. Pomona le regaló una débil sonrisa. Sabía que para su vieja amiga, el sitio era tanto o incluso más doloroso que para ella. El sol de media tarde entraba por las góticas ventanas, delatando las partículas de polvo que revoloteaban, lángidamente, en el aire del despacho. Uno de esos charcos de luz bañaba el fibroso cuerpo de la directora, dejando su cara sonriente pero triste a la sombra. Pomona ensanchó la sonrisa y se acercó hacia la bruja escocesa. Por Merlín, cuánto apreciaba la mujer que estaba en frente suyo, y qué agradecida estaba de que estuviese aún viva.

- Buenas tardes, Minerva.- dijo la Jefa de la Casa Hufflepuff afablemente.- Han llegado las lechuzas.

La antigua Jefa de la Casa Gryffindor asintió educadamente, incitando a la profesora de Herbología a seguir hablando.

- Hermione Granger ha aceptado ocupar el puesto de profesora de Encantamientos. He hablado con Filius.- informó la rechoncha mujer, no sin ver su propia punzada de tristeza reflejada en la cara de la escocesa.- Se quedará hasta la llegada de la señorita Granger, pasado mañana.- Pomona sonrió con autoindulgencia, y se corrigió a sí misma.- Profesora Granger. Filius está más que encantado de tenerla como sucesora.

McGonagall sonrió brevemente.

- Estamos todos encantados de que Hermione Granger ocupe un puesto de profesora en este colegio, Pomona.- le respondió a su amiga.- Filius...- Minerva meditó sus palabras.- ... necesita su retiro. Su salud ha ido empeorando desde...

Pomona asintió seriamente, aliviando a la directora del desagrado de tener que terminar la frase. Las dos sabían que a Filius Flitwick los años le habían ido pesando el doble desde la Batalla de Hogwarts.

- Septima también me ha dado una respuesta.- continuó hablando la Profesora Sprout.- Está de acuerdo con asumir el puesto de Jefa de la Casa Ravenclaw.

- Septima hará un buen trabajo.- declaró Minerva, y Pomona asintió. La bruja rechoncha continuó hablando:

-Respecto a Aurora...- Sprout hizo una pausa para mostrar su desacuerdo con lo que se prestaba a decir.- ...dice que tiene que atender un importante evento el 1 de Septiembre, y que no podrá estar en la Ceremonia de Selección.

Minerva pareció vacilar ligeramente, pero comentó con dureza:

- ¿Es consciente Aurora de que como Jefa de la Casa Slytherin, es su obligación atender la Ceremonia de Selección?

- Eso es lo que le dije, Minerva.- respondió la profesora de Herbología con un tono inusualmente duro.- Respondió que tampoco podía ausentarse de aquel evento; que era un compromiso demasiado grande como para faltar. Dijo que era una conferencia internacional de astrónomos, que era una de las ponentes principales y no tenía la potestad de cambiar la fecha. Dijo que lo entendería si tomábamos medidas... contundentes.- añadió significativamente.

McGonagall suspiró profundamente. El renombre de Aurora Sinistra había ido aumentando según iba publicando artículos sobre sus investigaciones, y la bruja de tez oscura era muy consciente de su propia importancia: con ella, el prestigio de Hogwarts había aumentado. Minerva no la echaría salvo si era absolutamente necesario, y la profesora de Astronomía lo sabía.

- Bueno, pues haremos la Ceremonia sin profesora de Astronomía y sin Jefa de la Casa Slytherin.- gruñó con irritación. Se separó del borde del escritorio, la rodeó y se sentó en la silla. Murmuró unas palabras y otra silla, igual de confortable, apareció al lado de la subdirectora. Ésta dio las gracias y se sentó con cierta torpeza. Minerva volvió a tomar la palabra:

- ¿Y qué nuevas hay de...?- la frase murió en sus labios al ver el ceño fruncido de su compañera de trabajo.

- Nadie ha respondido, Minerva.- indicó Pomona con preocupación.- Harry Potter fue el único, y para decirnos que lo sentía mucho pero que el Ministerio está falto de aurores, y que ni él ni Ronald Weasley podrían ocupar el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Y los demás no han respondido.- añadió con un suspiro.- No sé qué hacer. Como último recurso, había enviado un mensaje al auror John Dawlish…

A Minerva se le escapó una mirada de desprecio.

- ... pero me informaron desde el Ministerio que dimitió hace tiempo y se había ido a Australia. He puesto anuncios en El Profeta, pero nada. Por el momento, estamos sin profesor para ese puesto, Minerva.

La mencionada la miró pensativamente.

- En el peor de los casos, asumiré esa responsabilidad.- comentó la directora, reflexionando.- Mejor; la asumiremos distintos profesores para cada curso; no creo que pudiese yo sola, con todo el trabajo que conlleva...

Pomona suspiró y miró por la ventana con el ceño fruncido.

- Cada año que pasa me pesan más los huesos, Minerva.

La mencionada miró a la rechoncha bruja con simpatía.

- A mí también, Pomona. A mí también.

Agosto del 2003. Hogwarts.

Hermione dejó caer su baúl con un movimiento de varita, y se giró hacia donde se encontraba el Profesor Flitwick. Su futura habitación era grande e iluminada.

- Bueno, querida.- le dijo éste afablemente.- Éstos serán tus aposentos de ahora en adelante. Te he dejado mis apuntes y programaciones para las clases de Encantamientos. Están en ese archivero.- añadió, señalando un elegante armario.

- Gracias, Profesor Flitwick.- respondió Hermione con voz débil e intento de sonrisa.

- Puedes llamarme Filius si quieres, querida.- comentó el pequeño hombre, y la joven se esforzó en esbozar una sonrisa de verdad, pero en vano.- Buena suerte como profesora, Hermione.- añadió Filius agradablemente.- No dudo en que darás la talla.

- Gracias, Profesor Flitwick.- repitió la Gryffindor.

En cuanto se fue el antiguo ocupante de aquel despacho, que aún olía a la curiosa pero agradable colonia del ex-profesor de Encantamientos, Hermione dio un gran suspiro. Abrió las ventanas de par en par y se quedó mirando al Bosque Prohibido durante unos instantes.

Éste sería su... ¿nuevo? hogar.

Hermione rebuscó entre los pliegues de su túnica y sacó el pequeño paquete de papel color verde oliva, parecido a un sobre. Con a penas un murmullo, le dio un golpecito con la punta de su varita y el paquete se abrió como una carta. Dentro había lo que parecían hojas de tabaco secas, de un color dorado-cobrizo (como el pelo de Ron, resopló Hermione). Volvió a meter la mano en uno de sus bolsillos y sacó una elegante pero sencilla pipa de caoba oscuro.

La pipa de madera de brezo de su señor abuelo Henry Granger. Lo había encontrado hacía tiempo, en un cajón donde los Granger guardaban con celo los recuerdos de sus antepasados. Los padres de la Gryffindor no fumaban, no. A Hermione se le escapó una sonrisilla ácida. Había sido la nieta preferida de su difunto abuelo, pero dudaba que le hubiese gustado demasiado ver su muy querida pipa entre los labios de la otra HG. Y ni quería imaginarse lo que dirían sus padres si la viesen fumar... un dolor agudo atravesó su pecho, como si una muy real aguja perforase su corazón. Mejor no pensar en los Granger.

La sonrisa de la Gryffindor se había borrado. Llenó la pipa con cuidado, metiendo en el hornillo las hojas cobrizas, y la sujetó por la boquilla, entre sus labios. Sacó una caja de cerillas Bonnie & Clyde (que se podían reutilizar hasta cincuenta veces) y escogió la cerilla más usada.

- ¡Buenas tardes, señora!- la cerilla tenía una voz falsamente alegre, y un acento tejano.- ¡Me puede utilizar hasta doce veces más! ¡Gracias de nuevo por utilizar las cerillas Bonnie & Clyde!

La nueva profesora de Encantamientos miró con apatía a la ya muda cerilla. O mejor dicho, su mirada estaba clavada en un punto situado detrás de la cerilla. Después de unos instantes así, pareció salir de su estupor y raspó la cabeza roja contra un lado de la caja de cerillas. El objeto mágico ardió con un fuego verde perezoso, y Hermione la protegió con la mano izquierda, ya que una brisa matinal entraba desde la ventana abierta. Acercó la cerilla a la peppermary (el nombre que Luna le había dado a la planta) y aspiró repetidamente, hasta asegurarse de que las hojas habían tomado fuego. El humo de aquella planta mágica, importada de Irlanda, llenó sus pulmones con una fragancia parecida al limón. Era lo bueno y lo malo de la peppermary, reflexionó la mujer: que olía bien. Hermione exhaló poco a poco, mirando como en trance el humo púrpura que se evadía por la ventana. Apoyó el codo derecho en la margen, sosteniendo la pipa con un gesto de desgana elegante.

Volver a Hogwarts no la ayudaría para nada a superar los recuerdos que aún dolían en su alma, reflexionó mientras volvía a llenarse los pulmones de humo. Las paredes del castillo estaban plagadas de memorias de Ron, Harry y su nostálgica adolescencia... La joven profesora de Encantamientos exhaló el humo con más fuerza que antes. Pero después de haber huído de La Madriguera; se dijo, después de cortar toda comunicación con Ron, Harry y Ginny; después de... de lo del aborto... aquel trabajo de profesora era una bendición. El sueldo era mejor que el que tuvo en El Caldero, no metería horas extra pagadas en negro; tendría techo y comida gratis, y vacaciones pagadas... no, no podía quejarse.

Volvió a darle una calada a la pipa, y a continuación se quedó mirando por la ventana, la mirada y la mente fijas en quién sabe dónde. Uno de los aspectos positivos de aquella planta mágica era que tenía la propiedad de relajar los nervios al instante. Con el tiempo, el organismo se acostumbraba y había que fumar más para conseguir el mismo efecto placentero de anestesia lúcida. Un poco de humo púrpura se escapó de su nariz, antes de que la joven mujer exhalase la mayoría con un sensual movimiento de labios. Hermione siguió fumando un rato, hasta que, envuelta en sus reflexiones, se le olvidó seguir chupando de la boquilla. Después de un rato así, suspiró con fuerza y se pasó la mano por el aún reciente pelo corto.

Tiempo al tiempo.

Sacó su brazo por la ventana y vació el apagado contenido de la pipa contra una de las paredes exteriores con aire decidido. De nuevo en el aquí y ahora, empezó a sacar sus objetos del baúl y a colocarlos en los armarios y estanterías, que el antiguo ocupante había dejado bien limpias. Entre túnicas viejas, ropas muggle y objetos varios, no había ninguna foto de la feliz pareja que ayudó a su mejor amigo Harry Potter a derrotar al Señor Tenebroso. Pero sí que había una vieja foto de su cuarto año de Hogwarts con Ron y Harry, y otra con todos los compañeros y compañeras de Gryffindor. Tanto en una como en la otra, los fotografiados saludaban alegremente a la cámara, a veces gastándose bromas entre ellos; notablemente Fred y George Weasley contra Ginny.

Hermione tragó saliva intentando suavizar el nudo que le oprimía la garganta, pero era demasiado tarde: sus ojos ya habían empezado a picarle y no pudo sujetar las lágrimas que acabaron por caerse encima de las fotos. Fotos de un pasado difícil pero feliz.

Tiempo al tiempo...

Agosto del 2003. Gran Comedor de Hogwarts.

28 de Agosto. La primera mañana de Hermione Granger desayunando en la mesa del personal y no en la de Gryffindor. La joven titubeó antes de abrir la puerta del Gran Comedor, el estómago atado en un nudo. En cuanto abriese la puerta, comenzaría otra nueva etapa de su vida. Como muchas otras veces; pero cada vez se sentía igual de nerviosa. Hermione soltó una palabrota en voz baja. Estaba nerviosa... y ella sin poder fumar.

Respiró hondo y dio el paso. Abrió la puerta, se obligó a levantar la mirada del suelo, y avanzó hacia la mesa de los profesores, concentrándose en dar un paso delante del otro. Piernas separadas. Pasos fuertes, seguros. Espalda recta. Vamos, Hermione. Eres la dueña del pasillo. Respira más profundamente, más lentamente. Míralas a la cara... con tranquilidad... a todas y a cada una de las prof...

... y Hermione paró en seco, el corazón latiéndole a mil por hora. No podía ser.

Volvió a fijarse bien en la mesa. McGonagall en la silla de la Directora, Hagrid a su derecha, saludándola efusivamente; Sprout a su izquierda, luego Vector, y a la izquierda de la nueva Jefa de Ravenclaw... ¡¿Snape?! La Gryffindor parpadeó. No podía ser.

Y en efecto, no era él. No era él en absoluto. En el lugar donde solía sentarse el profesor de Pociones, se hallaba una mujer con un pelo y una vestimenta muy parecidas a las del difunto Snape. Al mirar mejor, Hermione se llevó una sorpresa.

Era Cho Chang.

¿Cómo había podido confundirlos? No tenían nada que ver. Hermione cerró los párpados durante unos segundos y volvió a abrirlos. ¿Se estaría pasando con la peppermary? ¿Se estaría volviendo como Harry y Sirius? ¿O era cosa de volver a Hogwarts?

- Hermione.- la nombrada salió de su trance al escuchar la voz de McGonagall, que se había levantado al verla parar. Se le hacía extraño que los profesores la llamasen por su nombre.- Hermione, querida. Bienvenida de nuevo a Hogwarts. Estoy segura que conoces a la mayoría de los que serán tus compañeros de trabajo.- la chica asintió, aturdida.- La Profesora Cho Chang a impartido Transformación desde que estoy en el puesto de Directora.- La bella mujer de rasgos orientales la saludó con timidez. Hermione respondió igualmente.- La Profesora Aisha Darzi,- dijo McGonagall señalando con su mano una misteriosa mujer vestida con chador.- ha estado impartiendo Pociones.- la mujer, sentada a la derecha de Hagrid, se levantó y la saludó inclinando ligeramente la cabeza. Hermione respondió, pero sus ojos se deslizaron sin querer a las numerosas sillas vacías que había en la mesa. McGonagall carraspeó.

- La Profesora Hermione Granger, aquí presente, impartirá Encantamientos durante este curso. Es su primera vez como profesora en Hogwarts, y estoy segura de que apreciará toda la ayuda que le podamos ofrecer.- la mencionada sólo consiguió esbozar una débil sonrisa, y McGonagall volvió a mirarla benignamente.- Hermione, querida. Estarás hambrienta. No dudes en sentarte con nosotros.

Lentamente, la nueva profesora de Encantamientos se dirigió hacia la silla vacía entre la Profesora Aisha Darzi y la Profesora Babbling, de Runas Antiguas. Saludó cortésmente a ambas brujas, pero pronto se perdió en sus propios pensamientos. Estaba en tensión, lo notaba. Severus Snape. Hacía unos tres meses que no tenía ninguna "sesión de pensadero" con Harry, pero al parecer, el hombre ya se había instalado en su subconsciente. Hermione se removió en su silla, incómoda. Había sentido piedad hacia el hombre, pero... pero el cabrón había sido un hijo de troll con ellos... y además... ya estaba muerto. ¿De qué servía insistir en ver sus recuerdos?

¿Es piedad lo que sientes hacia él? Vamos, Hermione.

Hermione apretó los dientes, enrabiada. No. No, no y no. No quería tomar aquel camino.

Tan elegante. Tan poderoso y autoritario. Daba clase casi susurrando y sin embargo se le oía sin ningún problema.

Su voz. Aquella voz, madre mía. Su forma de moverse. Esas ropas ceñidas. Aquella sonrisilla cruel, llena de promesas oscuras.

No, ya basta Hermione. Esas son tus fantasías. Ya basta. Vuelve al presente.

¿Y si la hubiese atrapado en alguna de las noches en las que había estado fuera de la cama a deshora? ¿Qué tipo de castigo le hubiera dado?

¡He dicho que ya vale! ¿Pero no te acuerdas de lo injusto que fue con nosotros? ¡Abusaba de su poder!

Pues... precisamente.

Hermione gimió antes de poder contenerse.

- ¿Hermione? ¿Quieres un poco de té?

Hermione suspiró y miró hacia la Profesora Darzi, que la miraba raro. Hermione se forzó en sonreír.

- Sí, gracias, Aisha. ¿Aisha, verdad?

- Sí, Aisha.

Aunque no pudiese ver la cara de la otra mujer, las arrugas de las comisuras de sus ojos delataban que Aisha estaba sonriendo. Hermione se quedó un rato mirando a los ojos oscuros de la mujer, oscuros como el té que le había propuesto. Sintió un escalofrío y apartó su mirada, clavándola en su bebida.

Era más fácil fantasear sobre un difunto que enfrentarse con la realidad... con su realidad.

Patético.

Hermione tomó un sorbo y arrugó la cara. El té estaba muy fuerte, y el sabor se le hizo amargo. Sintió ganas de llorar, y luego sintió vergüenza por sentir ganas de llorar. No iba a llorar porque el té estuviese amargo, ¿verdad? Por favor.

No, pero no era culpa del té, y Hermione lo sabía. Sabía que no estaba bien. Suspiró y alargó la mano para hacerse con la taza de azúcar.

Harry la había decepcionado más de lo que pensaba, se dijo mientras echaba una generosa cucharada de azúcar en el té. Cierto; Harry no había hablado a favor de Ron, pero tampoco a favor de ella. Apretando los labios, Hermione devolvió la taza a su lugar anterior. Sospechaba que la falta de implicación de su amigo era en parte debido a su obsesión por el difunto ex-mortífago... obsesión que ella parecía reproducir, a juzgar por la alucinación de hacía apenas unos minutos.

A juzgar por las inapropiadas fantasías que tenía con Snape.

Hermione reprimió un gruñido a tiempo. Por el amor de Merlín. ¡Snape estaba muerto! ¡Muerto! ¡Y ella ya no era una colegiala! ¿Qué diablos le pasaba? ¿Por qué esa fijación? ¿Tan triste era su vida sexual que recurría a fantasías de sexo ilícito con un hombre difunto, con un pasado fuera de su alcance?

Sí.

Hermione agarró su taza con fuerza. Debía ser culpa de la insomnia... hacía meses que no dormía más de unas cinco o seis horas por noche. Por eso había empezado a fumar peppermary, que la ayudaba a dormir. Hermione alzó la bebida hasta sus labios y le dió un gran sorbo.

Mierda.

El té seguía estando amargo.

La noche ya había oscurecido el domingo. La joven profesora de Encantamientos tenía la mente muy ocupada; sentada en su despacho, preparando y repreparando con esmero sus primeras clases, que empezarían el martes. Nunca antes había apreciado tan agudamente el esfuerzo que suponía dar clases en la escuela mágica: tenía alumnos con siete niveles diferentes de conocimientos; y como Encantamientos era una asignatura troncal, los estudiantes de cada curso tenían tres horas y media semanales. Tres y media por siete, veinticinco horas lectivas a la semana para Hermione. Pero eso no quedaba ahí, porque los alumnos se dividían en cuatro Casas, y todas no tenían clases al mismo tiempo: Hermione tenía que repetir las clases de cada curso dos veces, pues en cada clase sólo estarían dos Casas. O sea: veinticinco por dos, cincuenta horas lectivas a la semana. Más las horas extra que tendría que meter corrigiendo deberes y exámenes, y patrullando los corredores de noche...

Hermione suspiró de cansancio y pasó las palmas humedecidas de sus manos por su pelo. Cincuenta horas a la semana, sin contar las extra. Se apretó los ojos con sus dedos. Cincuenta dividido entre cinco, daban diez horas diarias. Las clases matinales empezaban a las 8:30 y terminaban a las 12:30. Tendría una hora para comer, como los alumnos. Y a las 13:30, vuelta al trabajo. Hasta las 19:30. El resto del tiempo, lo utilizaría para preparar las clases, atender a los alumnos y corregir los deberes. Dos veces a la semana, tendría que patrullar los corridores durante tres horas, y podía tocar en un fin de semana.

Era algo sobre el cual nunca había reflexionado cuando era más joven, a pesar de su brillante intelecto: lo penoso que era trabajar en Hogwarts. Diez horas lectivas diarias, más una media de dos horas de trabajo en su despacho, más seis horas de patrulla a la semana. Pero para ella no sería mucho. No... porque lo que Hermione quería era, justamente, terminar hecha polvo y no pensar. Tendría que seguir utilizando la peppermary... y quizás algún tipo de deporte. Pero como profesora, al menos, estaría atareada y forzada a utilizar su cerebro para algo productivo. Acabaría el día agotada. Dormiría como un bebé.

Fue en esos mismos instantes de reflexión cuando entró Pig por la ventana,con una howler en el pico. La lechuza soltó la carta roja con prisa y volvió a salir de la habitación sin ni siquiera mirar a la joven, que clavó la vista en la howler con el estómago contraído. Al sobre rojo le salía humo de las esquinas. Era de Molly... La chica apretó los dientes y se levantó para cerrar las ventanas; no quería que nadie escuchase los insultos de la madre Weasley. Con el nerviosismo, ni siquiera pensó en utilizar su varita para cerrarlas, o para insonorizar la habitación. Había instintos y costumbres muggles arraigados dentro del subconsciente de la bruja. No tardó en volver al escritorio. Después de dudar un poco, decidió abrir la carta. Antes de que lo hiciese sola...

- ¡HERMIONE GRANGER!

La nombrada cerró los ojos pero no se tapó las orejas. El cerrar las ventanas le parecía inútil ahora, al oír la voz aguda de Molly Weasley, que hacía retumbar las paredes. Hermione sospechó que se enteraría hasta el calamar gigante de lo que la señora tenía que decirle.

- ¡QUE SEPAS QUE ESTAMOS MUY DISGUSTADOS CON TU COMPORTAMIENTO!

Merlín bendito. Hermione cruzó los brazos para abrazarse a sí misma.

- ¡¿SABES QUE RON ESTÁ DESOLADO POR TU CULPA?! ¡LLEVA TRES MES SIN SONREÍR, SIN COMER, SIN DORMIR!

Su culpa. Su culpa. Todo era su puñetera culpa. Hermione abrió los ojos de golpe, atravesando la howler con su mirada. Levantó la varita y musitó un hechizo que insonorizase la habitación, pero salió un chorro de color naranja desde la howler que interceptó y desintegró el hechizo de Hermione.

- ¡SI TE CREES QUE ESCONDERTE EN HOGWARTS VA A SERVIRTE DE ALGO...!

La visión de la Gryffindor se tornó roja. Sus manos se apretaron en puños.

- ¡... NUNCA CREÍ QUE FUERAS CAPAZ DE TAL COSA! ¡SI DE VERDAD NOS AMABAS Y NOS RESPETABAS...!

Resoplido. Cambio de pierna.

- ¡UNA COSA ES TENER DISCUSIONES DE VEZ EN CUANDO PERO...!

Aspirar. Inspirar. Aspirar... Estaba nerviosa, estaba inquieta. Le temblaba el corazón. Hermione escapó hasta su habitación, pero allí se escuchaba tan bien como en el despacho.

- ¡MIRA QUE ASESINAR UN BEBÉ! ¡TU PROPIO HIJO! ¡EL HIJO DE RON! ¡EL NIETO QUE ARTHUR Y YO ESPERÁBAMOS CON ILUSIÓN!

Hermione se puso lívida. Lo sabía. Sabía que saldría el tema. Se dejó caer encima de la cama, y se quedó allí sentada. Tenía todos los músculos en tensión. ¿Qué vendría después?

- ¡... MIRA QUE ABORTAR SIN DECIRNOS NADA ANTES...! ¡CREÍAMOS QUE VUESTRO MATRIMONIO SERÍA SÓLO CUESTIÓN DE TIEMPO! ¡CREÍAMOS QUE EL APELLIDO DE NUESTRA FAMILIA TE ERA LO SUFICIENTEMENTE BUENO PARA ADOPTARLO, YO REMPLACÉ PREWETT POR WEASLEY CON ORGULLO! ¡PERO YA VEMOS QUE NO TE QUIERES ASOCIAR CON POBRES! ¡NO TENEMOS DINERO, PERO TENEMOS ORGULLO Y TENEMOS AMOR! ¡TENEMOS A NUESTRA FAMILIA! ¡Y ESTÁBAMOS DESEANDO INCLUÍRTE EN ELLA!

Hermione no pudo más. Buscó con desesperación entre los pliegues de su túnica, y sus dedos temblorosos encontraron la droga que buscaban. Estaba sudando, lo podía oler. Rebuscó de nuevo, hasta encontrar la pipa de Henry Granger. Se dedicó a rellenarla, pero las palabras de la Weasley perforaban sus tímpanos. Tarde, se dio cuenta de que sus ojos estaban llorosos.

- ¡OJALÁ TE COMAN LOS REMORDIMIENTOS, TE QUEDES ESTÉRIL Y NO PUEDAS VOLVER A TENER LA OPORTUNIDAD DE SER MADRE! ¡DESAGRADECIDA!

Los últimos gritos de Molly retumbaron en las paredes y las orejas de Hermione, que se secó las lágrimas bruscamente. Un resoplido, un tiro a la pipa, y un nervioso zapateo. La peppermary le quemó los pulmones, y exhaló el humo por la nariz, con violencia. Pero ya, sólo con saber que la estaba fumando, se sentía un poco mejor. Se levantó bruscamente y volvió a entrar en su despacho. Ahí estaba la howler, inofensiva, encima de su escritorio. Hermione apuntó a los restos de la howler con la varita y gruñó, "¡Incendio!". Las llamas azules se reflejaron en los ojos enrojecidos de la joven mujer. Le dio otra calada a la pipa, esta vez más despacio. Se concentró en la sensación de quemazón en sus pulmones, intentó imaginarse el humo dentro de ella. Y expiró el producto con lentitud, formando una diminuta "u" con sus labios. Sí. Hoy fumaría hasta atontar su cerebro; y si no podía... tenía otros recursos.

A unos cuantos metros de los aposentos de Hermione, en un pasillo lleno de sombras, una muy pensativa Aisha Darzi retomó su camino hacia la lechucería.


Farewell, Love, and all thy laws forever es la primera línea de un soneto de Sir Thomas Wyatt
Y el mayor bien es pequeño proviene del soliloquio del príncipe Seguismundo en la obra de teatro La vida es sueño de Calderón de la Barca

El nombre de Aisha está tomado de la canción Aicha del cantante Cheb Khaled. A parecer también quiere decir "vida" en árabe. Si la información que encontré en internet es correcta, "Darzi" es un apellido árabe que querría decir "tejedor", o "hilandero". Lo elegí queriendo, por una parte porque suena como Darcy (el apellido del galán en Orgullo y Prejuicio de Jane Austen) pero también como referencia a las moiras de la mitología griega. (Sí, mis pedradas van lejos...)

Playlist de este capítulo:
-Escena de Luna y Hermione en The Rookery: La Flaca (Plata o Promo) de Elvirus
-Escena de McGonagall: Braes of Lochiel y Lament for Iain Ruaidh (populares escoceses)
-Escena de Hermione en su habitación de Hogwarts: Fase IV: Como volando (El Duelo) de IRA