Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.

Advertencia: Este fanfic es de categoría M.

Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)


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8.

No more be grieved at that which thou hast done

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Sí. Hoy fumaría hasta atontar su cerebro; y si no podía... tenía otros recursos.

A unos cuantos metros de los aposentos de Hermione, en un pasillo lleno de sombras, una muy pensativa Aisha Darzi retomó su camino hacia la lechucería.

Agosto del 2003. Hogwarts.

Como Hermione había temido, la peppermary no había sido suficiente para hacerla dormir. El próximo día sería lunes, el día en que llegarían los alumnos, el día de la Selección. Después del howler de Molly, no había sido capaz de terminar de preparar las clases que tendría que dar el martes. Tenía que dormir bien para poder terminarlas el lunes. Estuvo rodando encima de su colchón y fumando como una locomotora antes de admitir lo obvio: que, efectivamente, la peppermary no era suficiente. Había una alternativa... pero Hermione no estaba muy segura de querer optar por ella. Tomo aire con fuerza y suspiró.

Había estado pensando una y otra vez del momento en que su aborto había salido a luz. O más bien, de la reunión familiar que aquello había provocado.

Había sido un infierno. Habían estado todos menos George, Angelina, Charlie, Fleur y Bill, que vivían fuera de La Madriguera. Le habían exigido explicaciones. Hermione se sintió peor que delante de la medibruja, pero les presentó sus razones con toda la calma que consiguió invocar: que no se sentía preparada para tener un hijo, que quería disfrutar de su juventud, que se había quedado embarazada porque no se sentía realmente integrada en aquella familia y quería ser aceptada; que ellos también la habían presionado para tener un niño... Molly había estado lívida, y Ron parecía estar a punto de marearse. Percy y Arthur no dijeron media palabra en toda la reunión, pero la estuvieron mirando duramente. Hermione insistió en que había tardado en darse cuenta de que sería un hijo no deseado. Un hijo que no sería amado. No por ella, por lo menos. Harry la había entendido. Hermione lo había visto en sus ojos; había percibido su simpatía cuando anunció a los Weasley que había decidido abortar, que no quería condenar a un niño a ser desgraciado. Pero Harry no había dicho nada en su defensa. No, no la había defendido. La había mirado con vergüenza y había bajado la vista hacia Ginny, que estaba absorta en entretener a James Sirius. Ginny tampoco había alzado la vista en toda la discusión. Había tenido los ojos clavados en su hijo. No había dicho nada en contra de Hermione, pero como su marido, tampoco la había defendido. Hermione sabía que la querían mucho, pero ninguno de los dos se atrevieron a meterse entre su familia y su amiga.

Hermione suspiró por enésima vez. Aquel día, algo se había roto entre ella y los Potter. Aunque, al menos, ellos no le habían retirado la palabra... como los Weasley. Habían sido como una familia, una familia que había reemplazado a los Granger. Hermione había tenido que crear fisuras, aunque necesarias, entre ella y sus padres. Y ahora, también había creado fisuras con su otra familia...

Hermione se echó a llorar sobre la almohada.

Era la una de la madrugada cuando Hermione finalmente decidió bajar a las mazmorras. Aisha Darzi estaría dormida, pero podría explicarle por la mañana por qué faltaban frascos de Poción Calmante en su despensa. Bajó silenciosamente las mil y una escaleras movedizas de Hogwarts; a pesar de tener el permiso de andar por la noche, su mente cansada había caído en viejas costumbres escolares. Después de un largo rato, consiguió encontrar la puerta de la antigua despensa de Snape, rogando para que la Profesora Darzi no hubiese reforzado la seguridad del lugar con murallas mágicas. Pero sus ruegos no fueron escuchados, porque había runas antiguas grabadas en la madera, emitiendo una pared mágica extremadamente potente y teñiendo la puerta de una tenue luz naranja. Hermione se fijó con más atención. ¿Runas antiguas...? No... Por las barbas de Merlín... ¡Eran jeroglíficos egipcios!

- Señorita Granger...

Hermione pegó un salto del susto, sacó la varita y dió media vuelta con pavor, segurísima de encontrar al Profesor Snape con su desagradable sonrisa triunfal. Cuando el pasillo vacío le devolvió la mirada, Hermione tragó saliva. El pensadero, el insomnio, la peppermary, volver a Hogwarts... todo la estaba volviendo loca. Volvió a concentrarse en los jeroglíficos que guardaban la puerta de la despensa de Darzi. Nunca había visto nada parecido. Cuando pasaba la varita por encima de los jeroglíficos, estos se tornaban ligeramente a un color rojizo. ¿Era un murmullo lo que escuchaba? ¿Procedía acaso de los jeroglíficos?

- ¿Qué haces aquí, Hermione?- oyó que decía un acento exótico.

A la nueva profesora de Encantamientos se le heló la sangre por segunda vez. Sin embargo, en aquella ocasión sí que había alguien detrás de ella: la Profesora Darzi, que la miraba con curiosidad y cautela. La poca piel morena que se le veía parecía casi negra y su mirada era imperativa. Hermione tragó saliva. ¿Por qué se le hacía sensual?

Había sido pillada como una alumna traviesa. Sintió cómo se le calentaba la cara.

- Pro-profesora Darzi...- tartamudeó.

- Puedes llamarme Aisha, querida.- comentó la mujer con su voz pausada.- Somos compañeras de trabajo.

Hermione sonrió nerviosamente.

- Sí. Sí, claro. Claro. Qué tonta.- Hermione hizo una mueca. Su voz sonaba más aguda de lo normal.- Quería... me preguntaba si tenías Pociones Calmantes.

La profesora de Pociones la miró con bella gravedad.

- La Pociones Calmantes son duras... y provocan adicción.- previno con tacto; y añadió delicadamente:- ¿No consigues dormir?

Hermione la miró deshalentada, y negó con la cabeza. Desde que había abierto la boca, la melodía de las palabras de Aisha le acariciaba los oídos; no quería que la otra se diese cuenta. Al final, se esforzó en responder:

- Hace meses que no duermo bien, pero hoy me cuesta más que de lo normal...

La Gryffindor se dio cuenta de que la morena estaba examinando sus ojeras con el ceño fruncido.

- Bueno...- oyó que susurraba la profesora de Pociones, y un cosquilleo le recorrió la espalda.- Excepcionalmente...

Murmuró una frase larguísima en una lengua de allende y la puerta se abrió automáticamente, después de brillar con un ligero halo azul. La Profesora Darzi entró en la despensa y extrajo tres frasquitos que contenían un líquido color charco embarrado; que a continuación depositó en las manos de Hermione. La joven profesora de Encantamientos miró a su compañera con agradecimiento.

- Muchas gracias.- fue la estrangulada respuesta de Hermione. Por fin podría descansar...

La muda mirada de Aisha Darzi le produjo un último escalofrío, y se apresuró en volver a sus aposentos.

Agosto del 2003. Hogwarts.

Hermione estaba perpleja consigo misma: la apatía, la tristeza y el malestar general de los últimos días había dado paso a una extraña excitación. Se sentía... Curiosamente; se sentía motivada.

Y nada menos que por la Ceremonia de Selección.

El repentino interés había surgido el mismísimo uno de septiembre, horas antes de la primera cena con sus estudiantes. Con la Poción Calmante de Aisha, había dormido placenteramente y había acabado de preparar las clases bastante antes de lo que había previsto. Estaba calmada y ligeramente alegre, como hacía tiempo que no estaba. Era increíble el beneficio de una buena noche de reposo, sin pesadillas y con las horas necesarias para recuperarse.

Y así, se había puesto a pensar en la Ceremonia de Selección, en la nueva experiencia de vivirlo como profesora, en la túnica que se pondría... y se dio cuenta de que todas las túnicas que tenía databan de hacía seis años, por lo menos. Eran túnicas que habían reemplazado aquellas que usaba como uniforme escolar... y como solía vestirse como bruja o como muggle por igual, estaban durándole mucho. Pero...

Pero, ¿por qué no comprarse una nueva? ¿Una que hiciese honor al ambiente de la Ceremonia? ¿Una que pudiese usar en los días que se sentía coqueta...? ¿Una que no fuese excesivamente cara...? Se lo podía permitir. Al fin y al cabo, cobraría bastante bien en Hogwarts, bastante mejor que en El Caldero Chorreante, por ejemplo...

Agarró el pequeño tiesto de barro donde guardaba los polvos Flú y los echó con impaciencia al fuego.

- ¡The Rookery, Ottery St. Catchpole!

Tardó un rato, pero finalmente, la cabeza de Luna Lovegood apareció en el fuego de Hermione.

- Me alegra que me llames, Hermione.- le dijo con una voz soñadora.- ¿Te sientes mejor con las hierbas peppermary que te dí? Hay que tener cuidado, porque atrae a Gingerpweenies de Powys.- añadió con mucha seriedad.

Hermione miró a su amiga con afección y sonrió ampliamente.

- ¿Powys? Eso está en Gales, Luna. No creo que venga ningún Gingerpweenie hasta el frío norte de Escocia.

- Es posible.- admitió Luna, con la mirada perdida.- Pero no subestimes la adicción de un Gingerpweenie. Aunque son muy amables... una vez me invitaron a rular la peppermary con ellos...

Hermione tapó su incredulidad con la pregunta que estaba impaciente por hacer.

- Luna, me gustaría ir esta tarde al Callejón Diagón a comprarme una nueva túnica para la Ceremonia de Selección. ¿Quieres venir conmigo?

La sonrisa de la joven Lovegood fue de las más lúcidas que le hubiese visto jamás.

- Te estás recuperando.- diagnosticó, con el tono de una medibruja.- No me vendría mal un paseo por el Callejón Diagón. Necesito comprar más Wombacoyecida para el jardín.

- ¿Comprar qué?- preguntó Hermione, y se arrepintió al instante.

- Wombacoyecida.- repitió Luna, afablemente.- Para mantener alejado al Wombacoye que se me ha vuelto a meter en el jardín. Creo que está haciendo un nido bajo uno de los Sauces Boxeadores... el año pasado me destrozó los geranios... ¿Quieres venir a comer? Y así nos vamos juntas al Callejón Diagón...- añadió, cambiando bruscamente de tema.

Hermione soltó una carcajada feliz.

- Claro, Luna. Agarro un par de cosas y ahora voy.

Cogió el bolso mágico que tenía en la silla, verificó que tenía la llave de su cuenta en Gringotts y se introdujo en el fuego.

Agosto del 2003. El Callejón Diagón.

- ¿Y a tí qué tal te va, Luna? La última vez me dijiste que intentarías vender los cuadros...

Hermione y Luna estaban sentadas en la terraza de la Heladería de Florean Fortescue. La joven Ravenclaw tenía un helado de tarrina con cautro bolas de cuatro sabores diferentes, goteando por doquier; pero ella no parecía preocupada por la velocidad en que se derretían. Los miraba fijamente, como si fuesen algo sumamente interesante. Hermione tenía una tarrina de una sola bola de chocolate, y la intentaba hacer durar.

- Me va bien.- respondió la rubia, con mucha tranquilidad.- Mis cuadros se venden bien, especialmente en el mundo muggle. Claro, a ellos no les vendo los que se mueven.- añadió, sonriendo con aire de despistada.- He hecho más cuadros pequeños y baratos... cuadros para gente de la calle... Hasta ahora he estado en cinco puestos diferentes.

Hermione se metió un trozo del helado en la boca, antes de responder.

- Sí, supongo que te saldrá más rentable vender muchos cuadros baratos que pocos cuadros caros, ¿verdad?

- ¿Mmm?- preguntó Luna, desviando la mirada hasta estar cara a cara con la Gryffindor.- Oh, sí. Pero yo creo que he conseguido vender bien gracias a las hadas Fordanbamble que se esconden tras el lienzo... por cierto, me gusta mucho la túnica que te has comprado.

Hermione no disimuló la sonrisa de su cara. Merlín... nunca pensaría que llegase a echar de menos la mente imprevisible y soñadora de Luna.

- Sí, a mí también me gusta mucho.- admitió la joven profesora.- Ha merecido la pena pagar quince galeones.

La verdad era que Hermione se había enamorado al instante de la túnica de Madam Malkin's. Era una túnica impermeable y que se adaptaba a la temperatura que necesitaba su cuerpo. Ajustada pero cómoda, era de un color turquesa aterciopelado y tenía como accesorio un cinturón verde de piel de aligatorpedo, que estilizaba su cintura. Junto con la túnica, y del mismo material que ella, Madam Malkins la había convencido para comprar una capa verde esmeralda, de aspecto pesado pero mágicamente ligero. La joven profesora de Encantamientos había salido de la tienda con lo que probablemente acabaría siendo su uniforme de trabajo.

- Y, además,- añadió Hermione,- Va a juego con mis botas azules. Ya sabes, las de piel de Hocicorto Sueco, que me compré en mi quinto año para las clases de Pociones y Cuidado de Criaturas Mágicas.

- Botas de piel de dragón.- dijo Luna vagamente, mientras afirmaba con la cabeza.- Protege de casi todo. Menos de mordedura de Wombacoye.- tomó un sorbo de sus ya derretidos helados y añadió:- ¿Qué tal llevas lo de Ron?

Y con esa sencilla frase, el ambiente se volvió mucho más serio y mucho menos agradable.

- Mejor que el propio Ron y Molly, supongo... por lo que me cuentan Ginny y Harry- murmuró Hermione.- No me arrepiento... pero duele. Intento no pensar en ello, pero mi vida a cambiado completamente y...- una sonrisa débil.- La peppermary me ayuda.

Luna ladeó ligeramente la cabeza, y Hermione entendió la pregunta muda.

- Sigo teniendo pesadillas... pero ahora, además de Bellatrix y Snape, aparecen Harry y los Weasley.- confesó, temerosa del rechazo de la rubia.

Snape, desangrándose en el suelo de la Casa de los Gritos.

No pienses en éso.

La Ravenclaw parpadeó un par de veces, manteniendo una cara perfectamente neutra. Hermione empezó a ponerse nerviosa, hasta que Luna comentó ausentemente:

- ¿Crees que tendrán Wombacoyecida en la Tienda de Animales Mágicos?

Hermione no le supo responder, como la mayoría de las veces en que Luna le hacía una pregunta.

Septiembre del 2003. Gran Comedor de Hogwarts.

Se sentía bella. Y nerviosa. Frente a las puertas del Gran Comedor, una vez más, pero la nueva túnica y las botas de piel de dragón tenían un efecto increíble. ¿Cómo podían influír tanto en ella? Pero lo hacían. Era otra persona. Era la Profesora Granger, bella, imponente, orgullosa, respetable.

La Gryffindor parpadeó y fijó la mirada en las ahora abiertas puertas del Gran Comedor. Con pasos decididos, como marcando el ritmo de una canción comercial muggle, entró a la sala. Dignidad. Confianza. Zancadas dadas con seguridad, con autoridad. Hermione estaba disfrutando de aquello, quizás demasiado.

Aunque la vista de la Gryffindor estaba fijada en la mesa de los profesores, podía ver en la periferia que los estudiantes de Ravenclaw y Hufflepuff (las mesas del centro) la miraban sorprendidos. Cada vez más cabezas estaban giradas hacia la profesora. La vanidad de la joven se vió halagada, a pesar de que no lo admitiría ni ante el espejo. Sabía que los jovenzuelos estaban mirándola boquiabiertos.

Y entonces lo vió.

Draco Malfoy, vestido de un verde elegante y sentado entre Cho Chang y Septima Vector.

El paso de Hermione vaciló. Molesta, intentó recuperar el andar de caballo andaluz que había tenido antes. En vano: para cuando llegó a la mesa de profesores, sus manos y sus sobacos estaban llenos de sudor, y su mirada se desviaba contínuamente hacia el suelo o hacia cualquier otra esquina que no fuese Malfoy. Se sentó con nerviosismo en el sitio que McGonagall le había asignado previamente y se entretuvo mirando la distribución del personal docente. Así que al final habían encontrado un profesor para Defensa Contra las Artes Oscuras... Draco Malfoy.

Draco Malfoy... a veces aparecía junto a su tía Bellatrix en las pesadillas de Hermione. A pesar de la redención del rubio, esas imágenes siempre quedarían marcadas en la mente de la Gryffindor.

Hermione, nerviosa, se fijó en la gente que la rodeaba. La Profesora Babbling, que se sentaba a su derecha, parecía mirarla con piedad (o quizás sólo era simpatía), y la joven profesora desvió la mirada hacia Hagrid. Había un ostensible agujero entre el Jefe de la Casa Gryffindor y la Profesora Darzi, que la saludaba con atractiva elegancia. Hermione respondió con timidez, e intentó desviar su atención de la intensidad de aquellos oscuros ojos: se fijó en el asiento vacío. ¿Dónde estaría Aurora Sinistra? Ahora que lo pensaba, sólo la había visto una vez desde su llegada…

Hagrid, que había interpretado mal la mirada de la joven, la saludó afablemente con la mano. La Gryffindor le respondió con una sonrisa culpable. Desde que había venido a Hogwarts, casi no le había hecho caso al bueno de Hagrid. Aquella misma semana le haría una visita. Visita a Hagrid... Hagrid... ¿Hagrid? ¿No debería estar trayendo a los de primer año?

En ése mismo momento se abrieron las puertas laterales por las que entraban los recién llegados a Hogwarts. Un puñado de muchachos y muchachas entraron temblando de arriba a abajo, mojados, tiritando y nerviosos. Hermione miró a la figura que los conducía, y el corazón le dió un vuelco al reconocer la bondadosa sonrisa que la saludaba desde abajo.

Era Neville Longbottom. Y estaba mucho más apuesto de lo que jamás hubiera creído que pudiese estar: sus mechones castaños se rizaban ligeramente con la humedad, y una ligera barba de varios días masculinizaba la cara que ya no tenía ni un gramo de grasa infantil. Claro. ¡Era obvio! El bueno de Neville, el amante de las plantas, aprendiz guardabosques del bueno de Hagrid, el amante de los animales. Qué perfectamente natural. Un amigo más en Hogwarts, a juzgar por la sonrisa incondicional que le había lanzado. A Hermione le entraron ganas de llorar de alivio, pero no lo hizo.

La Gryffindor pasó toda la Selección con impaciencia, deseando que Sprout acabase con la lista de los críos. Neville se había sentado a la derecha de Babbling, y no habían vuelto a mantener contacto, a parte de una mirada de complicidad. Una vez terminada la Selección vino la charla de la Directora McGonagall, que también duró lo suyo, y después, la cena. Pero Hermione a penas comía nada, ansiosa por poder hablar con Neville. Hacía mucho que no le veía... ¿qué habría sido de su vida?

Terminada la cena, Hermione no tardó en acercarse a su viejo compañero.

- ¡Neville!- exclamó, con un entusiasmo que extrañó a ambos. Pero la tímida sonrisa del joven se ensanchó, complacido.- ¿Qué tal te va?

- Hola, Hermione.- respondió, mientras se levantaba de la silla.- Quiero decir... Profesora Granger.

La joven estuvo a punto de decirle que tales formalidades no eran necesarias, cuando se percató de que los ojos de Neville brillaban de humor. Le estaba tomando el pelo. Hermione sonrió, agradablemente sorprendida.

- ¿Sí, Profesor Longbottom?

El mago suprimió una risita.

- No soy profesor. Soy aprendiz de Hagrid y de Pomona. Les ayudo con sus quehaceres; trabajo de guardabosques y también en los invernaderos... necesitan una ayuda ahora que están más atareados con las obligaciones de Subdirectora y Jefe de Casa...

Se notaba que el joven hombre estaba orgulloso, aunque intentase mantenerse modesto. Hermione sentía una burbuja caliente dentro de su estomago; era como si un hechizo le impidiese relajar los músculos que mantenían su sonrisa.

- No sabes cuánto me alegro, Neville.- le dijo, queriendo felicitarle por haber encontrado un trabajo que le iba como anillo al dedo.- ¿Tienes algún plan para este fin de semana?- le comentó desenvueltamente. Hermione ansiaba poder llevar una vida social, una vida que no había tenido en La Madriguera. Pero no quería parecer demasiado desesperada.

Afortunadamente, a Neville no se le hizo raro ni incómodo.

- Hagrid y yo solemos ir a Hogsmeade, a Las Tres Escobas o al Hog's Head...

A Hermione se le hizo fácil imaginar a los dos bonachones tomando cerveza de mantequilla juntos, después de un arduo día trabajando en el bosque, en la huerta o en los invernaderos.

- ¿Os importa si os acompaño?- preguntó Hermione con cierta timidez.

La sonrisa de Neville era resplandeciente.

- No, claro que no, Hermione. ¡Estaremos encantados!

- Claro que sí,- corroboró una voz grave detrás de la joven profesora. Se dió la vuelta y descubrió la sonriente barba de Hagrid, que se puso a darle palmaditas cariñosas en el hombro.

- ¿Se acepta a más gente?- preguntó una voz femenina, y Cho Chang apareció de detrás de Hagrid. Neville y Hagrid parecían estar moderadamente extrañados, pero no tardaron en sonreír afablemente.

- Por mí sí.- comentó Hermione, no sin alegría; se sentía dichosa, como hacía tiempo que no se sentía: entre amigos.

Cho Chang iluminó la cara con una sonrisa y la conversación se reanudó.

Octubre del 2003. Hogwarts.

Decididamente, ser profesora no era tan fácil. Algunos críos creían tener el derecho divino de hacer lo que se les ponía en la punta de la nariz, otros parecían regodearse en estar constantemente poniéndola a pruba e intentando desestabilizarla, otros intentaban hacerle la pelota, otros no estudiarían ni bajo Imperio... Hermione acababa los días agotada. Pronto se cumplirían cuatro meses desde que empezó su empleo de profesora, y ya sentía el cansancio de todo un curso. El trabajo de profesor estaba infravalorado...

Salió bruscamente de sus cavilaciones cuando oyó entrar una persona a la sala de profesores. Estaba corrigiendo los deberes de sus estudiantes... o eso había estado haciendo antes de perderse en sus pensamientos. Con un pequeño escalofrío de anticipación, observó que la persona en cuestión era Aisha Darzi. Una mujer muy sensual, desde luego... Hermione se sintió un poco incómoda. No le importaba admitir para sus adentros que la mujer exótica se le hacía atractiva, aunque no entendía por qué.

Ya sabes por qué.

No. no lo sabía.

Sí lo sabes.

Hermione gruñó y cerró los ojos con fuerza, antes de volver a abrirlas. Aisha, como consciente de los pensamientos de su compañera de trabajo, pareció sonreír con la mirada. La joven Granger suspiró y decidió ignorarla. Estaba sentada en una de las sillas que estaban al rededor de la mesa, se había colocado lo más cerca posible de una ventana. Peppermary. Eso era lo que necesitaba. De todas formas, tendrían claustro en media hora. La Gryffindor sacó las hojas de peppermary y la pipa de su túnica y empezó a rellenarla con detenimiento, apoyada contra el respaldo de la mullida silla. Sin ni siquiera mirar a la ventana, cogió la varita y musitó, "Alohomora". Sacó una de sus cerillas, la encendió con pereza y la acercó con elegancia a las hojas cobrizas. Cuatro inspiraciones más tarde, la peppermary estaba debidamente encendida y la sala había empezado a oler ligeramente a limón, a pesar de la ventana abierta.

Hermione le dió una calada larga a su pipa; una calada elegante y lángida. Ella también sabía insinuarse cuando quería... echó la cabeza para atrás y expulsó el humo púrpura hacia el techo, pensativa. Familia. Amor. Cuántas veces había silenciado su contrariedad en nombre de esos conceptos. Cuánta libertad había sacrificado por amor. O lo que los Weasley entendían por amor.

Hermione sonrió con amargura mientras se llevaba la boquilla a sus labios. La chupó con tranquilidad, sensualmente, concentrándose en cada pequeño paso del ritual. Sintió cómo se le quemaban los pulmones con el humo púrpura, retuvo la fragancia a limón unos instantes, abrió ligeramente los labios que, formando una "u" muda, expulsaron con elegancia la adictiva droga. La peppermary era un bálsamo para aliviar las heridas que irritaban su alma. Era lo que le impedía estallar en lágrimas histéricas o ponerse a romper el mobiliario con saña. Ataba el malestar y lo encerraba en las mazmorras de su subconsciente, encarcelado; presente pero subyugado... latiendo despacio pero seguro, como el corazón de un Colacuerno Húngaro invernando.

- ¿Sueles fumar con frecuencia? - le preguntó Aisha de repente, señalando la pipa del augusto Henry Granger.

La peppermary le había disminuído la capacidad de reacción, y Hermione bajó la mirada del techo con más lentitud de lo habitual. La tranquilidad otorgada por la droga dejó paso a un ligero sentimiento de inquietud, al ver a la profesora de Pociones apoyada contra un muro. La bruja de pelo castaño entornó los ojos para fijarse mejor en la encubierta cara de su compañera. Tenía un no se qué que Hermione no alcanzaba a definir.

Y entonces Hermione cayó del guindo. Los ojos de Aisha parecían estar sonriendo. Ligeramente, moderadamente. Hermione parpadeó con lentitud. Pasó un largo rato inspeccionando a la mujer que seguía apoyada en el marco, pausadamente. Hasta que Aisha rompió el silencio.

- ¿Tan placentero es mirar mi persona?- dijo, con una sonrisa en la voz.

La Gryffindor la miró como si le hubiese salido un tercer brazo por la frente. ¿Había escuchado bien? Sus mejillas se ruborizaron ligeramente. La verdad era que era una mujer muy sensual. Confundida, en vez de dar una respuesta mordaz, hizo lo único que se le ocurrió: darle una calada a su pipa, los ojos aún fijos en la profesora exótica.

Aquella apatía de la Gryffindor pareció divertir a la otra mujer. Su mirada seguía siendo igual de juguetona; sus ojos prometían secretos. Se separó del marco y avanzó con calma hacia Hermione, con la fluidez de una pantera. Perturbada, la joven separó los ojos de la otra mujer y miró hacia el techo mientras expulsaba el humo púrpura, repentinamente nerviosa.

- He estado observándote, Hermione.

¿Observándola? ¿Por qué narices? Hermione estaba tan aturdida que olvidó seguir chupando de la boquilla, y el humo se escapó de entre sus labios sin pasar por los pulmones.

- Pareces metida en un torbellino de dudas y culpa, la mente lejos de tu cuerpo.- esta vez Darzi la miraba con simpatía.- No sé de qué estás intentando huír... pero no se puede fumar dentro del castillo, Hermione. Eso incluye... la sala de profesores.

Por fin, la Gryffindor reaccionó. Frunció el entrecejo ligeramente y aspiró por la boquilla mientras miraba, desafiante, al cuerpo que obstruía su visión. Aisha Darzi no dijo nada, pero le devolvió la mirada. Estuvieron así unos instantes, hasta que Hermione rompió el contacto visual para expulsar el humo hacia la ventana de al lado.

- He abierto la ventana.- comentó Hermione con fingida tranquilidad, con trabajado descaro. Desafiante. Pero su corazón latía con rapidez.

Los ojos de Aisha Darzi se estrecharon. ¿Era malicia lo que brillaba en aquella negrura? ¿Diversión ante la desfachatez de la joven? Su mirada se relajó y se volvió enigmática. La profesora de Pociones se acercó hasta casi rozar la otra bruja, y Hermione tragó saliva. Definitivamente, algo había cambiado en el ambiente. Aisha estaba agachando su cabeza hacia ella, en lo que podría considerarse como un gesto amenazador.

Pero Hermione no se sentía amenazada... ¿o sí? No entendía bien lo que estaba pasando. Su mano derecha, la que agarraba la pipa de su amado abuelo, tembló ligeramente. ¿Debería sacar la varita? Antes de poder decidir nada, la cara de Aisha Darzi estaba a pocos centímetros de la suya. Sentía el cálido aliento de Darzi, que atravesaba el velo y le rozaba la mejilla. Una mejilla que había adquirido un tono rosa debido a la agitación. Una parte de su mente le gritaba que sacase la varita. Otra parte sentía curiosidad... y, si tenía que ser honesta, ganas de jugar con el fuego. Hermione sonrió ligeramente, como diciendo, "¿Y ahora qué?". La otra mujer pareció titubear, pero la Gryffindor sintió cómo se curvaban sus ojos, delatando una sonrisa en los labios. Su voz ronroneó calmadamente desde las profundidades de su cuerpo.

- Con o sin ventana abierta...- una pausa teatral.- Fumar está prohibido, querida.

Por unos descabellados instantes, Hermione pensó que Aisha le daría un beso. Sin embargo, no fue así; la otra bruja se erguió lentamente, con elegancia. En su mano alargada y sensual, estaba la augusta pipa de Henry Granger.

- Si quieres recuperarla, ven a mi despacho este sábado, a medianoche.- comentó, la mirada rebosando triunfo.

La confusión y la peppermary le hicieron olvidar a Hermione que debería haberse enfadado. La joven se quedó mirando cómo se alejaba Darzi, su pose dominante, como si nada ni nadie se atreviese a meterse en su camino. Haciendo revolotear sus ropas de una manera parecida a Snape.

Una manera parecida a Snape...

Los ojos de Hermione se agrandaron y su corazón aceleró.

Con que no lo sabías, ¿eh?

Hermione bufó, irritada consigo misma. ¿Y qué, si ambos tenían el mismo aura?

Deja de mentirte, Hermione.

La mujer suspiró profundamente y cerró los ojos. Los mantuvo cerrados hasta que empezó el claustro.


No more be grieved at that which thou hast done es la primera línea de un soneto de William Shakespeare

Playlist de este capítulo:
-Escena de Luna y Hermione en el Callejón Diagón: Naked (with my headphones on) de Rat CIty, Kiezsa