Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.

Advertencia: Este fanfic es de categoría M.

Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)


- Pues sólo nos queda encontrar y domesticar uno.

Hermione se quedó mirándole tontamente, con la boca abierta. ¡¿Qué?! Semejante disparate... Pero antes de que pudiese decir nada, Harry había desaparecido de su hoguera. Menudo lío...


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11.

My mistress' eyes are nothing like the sun

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Marzo de 2004. Hogwarts.

Hermione había pasado toda la semana pensando en las últimas palabras de Harry, inquieta. Su amigo había hablado de domesticar un fénix como si fuese fácil... "No", se corrigió a sí misma. "Como si fuese factible".

A penas si había conseguido concentrarse en sus clases, y estaba segura que hasta sus alumnos se habían dado cuenta de que no tenía la mente donde tenía la varita. Casi había dejado caer al suelo un alumno de primero, al estar explicando el uso de Wingardium Leviosa con objetos pesados. Las clases ya habían terminado y en aquellos momentos se encontraba en las mazmorras; viendo a Aisha rebuscar entre sus libros, sus ingredientes y el pergamino con las instrucciones para crear el Filtro Potenciador. Con parsimonia, Hermione rebuscó entre los pliegues de su túnica y sacó la pipa de Henry Granger. Empezó a llenarlo de peppermary mientras miraba pensativamente a la mujer vestida de chador azul marino. Había detalles que tampoco había contado a Harry, en aquel diálogo que tuvieron por red Flu...

Por ejemplo, los detalles respecto al pago que le había exigido Aisha.

No era algo que estuviese inclinada a difundir. Hermione se acarició el cuello, pensativa. Nunca hubiera pensado que se fuera a encontrar en semejante situación...

Todo había comenzado la tarde siguiente a su visita a Aurora. Hermione había bajado al despacho de Darzi, como de costumbre. Pensaba seguir investigando las instrucciones del pergamino e incluso empezar a preparar el filtro con Aisha. Pero nada más entrar en el despacho, la otra bruja la había recibido con una sonrisa inquietante.

Muy inquietante.

- Creo, Hermione.- había empezado a decirle.- ...que ya es hora de que te exija tu parte del trueque, ¿no crees? Yo ya he cumplido una parte, y no quisiera seguir con la otra hasta haber... cobrado.

Al principio, la Gryffindor no había entendido muy bien sobre qué estaba hablando la profesora de Pociones. Y poco a poco, la comprensión la inundó como una ducha de agua fría: era obvio. Aisha no estaba haciendo todo aquello a cambio de nada... Hermione sintió cómo se le tensaban los músculos de su cuerpo.

- Es lo justo.- respondió, respirando con dificultad. ¿Qué le pediría?

Aisha Darzi sonrió, socarrona.

- Te veo deseando con fervor pagar tu deuda...

Hermione se quedó callada. No tenía ninguna respuesta ingeniosa. La sonrisa de la otra bruja se ensanchó.

- Te invito a fumar shisha.- dijo, más una orden que una invitación.

La Gryffindor la siguió hasta su habitación, y como la otra vez, se instalaron encima de unos cómodos cojines. La decoración sensual en sí fue suficiente para tranquilizar un poco a la joven profesora de Encantamientos. Aisha había puesto algún tipo de incienso o aceite aromático con anterioridad, pues toda la sala olía a un agradable perfume de jazmín. Hechizada, Hermione estuvo observando por segunda vez las delicadas maniobras de Aisha para poner en marcha su cachimba, y había sentido un delicioso cosquilleo en la espalda. Al rato, se había dado cuenta de que el olor a jazmín provenía de la propia hookah: al parecer, el tabaco estaba aromatizado con aquella flor.

Habían pasado unos cuantos minutos en silencio, pasándose la manguera la una a la otra. Lentamente, Hermione fue notando cómo se le relajaban los músculos. Estaba empezando a sentirse a gusto, muy a gusto.

- Veo que ya te has tranquilizado un poco.- había comentado Darzi con su acento exótico, provocando en Hermione aquel cosquilleo gozoso.- Creo que ahora sí que podemos hablar... ¿verdad?

Hermione asintió, demasiado a gusto como para hacer el esfuerzo de hablar. Sus reflejos embotados no se habían dado cuenta de que poco a poco, Aisha se había ido acercando a ella.

Pausadamente, delicadamente, Aisha le había apartado una mecha rebelde de la cara, colocándola detrás de una de sus orejas. A Hermione le recorrió un escalofrío de placer por la espalda. Con parsimonia, Darzi acercó sus labios a esa misma oreja:

- Lo que quiero a cambio de mi ayuda... es tu cuerpo.- susurró Aisha. La mente de Hermione pudo, al fin, encender varias alarmas; pero estaba demasiado tranquilizada como para reaccionar. Darzi pareció percibir aquel momento de inquietud, porque añadió:- No te voy a hacer daño. De hecho, lo que quiero es darte placer... hace meses que quiero hacerlo. La shisha que hemos fumado estaba mezcalda con una poción afrodisíaca... para potenciar nuestra libido.

La parte racional de Hermione había gritado, ofendida, por el abuso que Aisha había hecho de su confianza. Era inaceptable lo que le había hecho... ¿y si ella no quería mantener relaciones sexuales, qué? Sin embargo, la otra parte estaba, efectivamente, a merced de su líbido: hacía meses que no se acostaba con nadie; meses que a penas si tenía tiempo y ganas de masturbarse por el exceso de trabajo, cansancio y preocupaciones; la poción afrodisíaca estaba haciendo su efecto, y... bueno, Aisha era una mujer muy sensual, por qué negarlo.

Al parecer, su decisión de rendirse se reflejó en su cara, porque la profesora de Pociones había comentado, sonriente:

- Levántate...

Un escalofrío aceleró los latidos de Hermione.

Hermione volvió al presente con un resoplido, y se restregó el cuello con la mano, incómoda. Aisha estaba preparando los ingredientes necesarios para el filtro. Sus mejillas se ruborizaron al volver a acordarse de lo que había pasado aquella tarde en aquel mismo despacho. Aisha era muy diestra con sus manos, por qué negarlo. Había sido dominante, había acertado cuáles eran los deseos más oscuros de Hermione, y los había reproducido. La joven Granger se ruborizó aún más. Esos deseos, esas fantasías... Merlín. Darzi la había hecho vestirse con un uniforme de Hogwarts, como si volviese a ser una estudiante, y... el orgasmo había sido unos de los más intensos que recordaba.Hermione gruñó, intentando quitarse esos recuerdos de la cabeza. La escena se había parecido demasiado a cierto otro recuerdo con cierta otra persona. Vergonzoso. Humillante. Y no, por supuesto que no había pensado en él.

Si, el sexo había sido bueno, y el placer espectacular. Sin embargo, Darzi no había exigido lo mismo a cambio... Hermione volvió a acariciarse el cuello con su mano.

Aisha, como avisada por su intuición, se dio media vuelta para mirar a la Gryffindor.

- ¿Todo bien, Hermione?

La nombrada asintió y la otra bruja volvió a sus quehaceres, sin parecer estar completamente convencida. La joven profesora de Encantamientos continuó mirándola ausentemente, sumida en sus pensamientos. ¿Quién lo hubiera sabido? Y la burqa... era el disfraz perfecto. La mano de Hermione volvió a su cuello, frotando mecánicamente las pequeñas heridas. Nunca hubiera pensado que el pago exigido por Aisha... fuese su propia sangre.

Al principio no lo había notado, sumida como estaba en el limbo de su orgasmo. Cuando bajó de la cima, sin embargo, había notado un dolor sordo que pulsaba por debajo de su oreja izquierda. Atontada, había cometido el error de mirar a Aisha... y había descubierto, horrorizada, los colmillos afilados y los pequeños riachuelos de sangre que Darzi no había conseguido limpiar aún.

Era una vampira. Una vampira que, como sabría más tarde, tenía una edad de unos 5400 años. Era tan vieja que había visto nacer los mismos jeroglíficos egipcios que Hermione le había pedido descifrar... Sólo imaginarlo casi la había mareado. ¿Cómo había hecho Aisha para no volverse loca?

La bruja-vampira acabó con los preparativos y volvió a girarse.

- ¿Seguro que todo anda bien, Hermione?

La nombrada asintió con la cabeza, aún sumida en sus pensamientos, pero luego decidió hacerle la pregunta que le quemaba la lengua desde hacía una semana.

- Aisha...

- ¿Sí?

- ¿Cuál es tu verdadero nombre?

La vampira se quedó mirándola durante largo rato. Al final, respondió:

- Estos últimos doscientos años, me he hecho llamar Aisha.

Hermione frunció ligeramente el entrecejo.

- Ya, pero... quiero decir, ¿cuál fue tu primer nombre? ¿Siempre has sido una vampira?

Aquella vez, fue Aisha la que frunció el entrecejo, como intentando recordar un sueño olvidado.

- No siempre fui una vampira.- empezó a decir, con lentitud.- Pero a penas me acuerdo de mi vida humana... han pasado milenios... aunque sea inmortal, la capacidad de mi cerebro sigue siendo limitado. Menos limitado que el vuestro,- comentó con cierta picardía.- ...pero limitado. Los detalles innecesarios acaban por borrarse...

Hermione la miró con seriedad.

- Joder... ¿qué más importante que tu propio nombre?

Aisha le regaló una media sonrisa.

- ¿El nombre que unos adultos escogen cuando eres un bebé que no puede decidir por sí mismo?

Hermione se quedó muda, y Aisha añadió:

- He llevado el nombre que más me gustaba, o más me convenía, o el nombre que me correspondía a lo largo de cinco milenios y medio.- ensanchó su sonrisa afilada.- Estos últimos dos siglos soy Aisha, y quién sabe qué nombre tendré luego. No me puedo anclar en el pasado; sería muy peligroso para mí. Todo a mi alrededor cambia a una velocidad vertiginosa; y yo he de adaptarme a los tiempos si no quiero acabar demente... aferrarme a un nombre de hace tres o cuatro civilizaciones no tiene sentido. Los tiempos cambian, y yo debo cambiarme con ellos, o intentar suicidarme. Hay siglos enteros que se me han borrado de la memoria...

Hermione miró a su compañera de trabajo sin que su mente consiguiese abarcar las implicaciones de lo que decía. Vivir tanto se le hacía tan abrumador que no conseguía imaginarse estar en lugar de Darzi. Durante un rato, ninguna de las dos rompió el silencio. Aisha fue la primera en hacerlo:

- Por cierto...- Hermione la miró como si hubiese despertado bruscamente.- ... necesito un único ingrediente que es un poco difícil de encontrar... el wyrdago. Un ingrediente interesante... y específico. Supongo que Pomona tendrá algunas... pero son muy caras y se usan en pociones peligrosas y complicadas. Se lo podría pedir, pero quizás sospeche... bueno... me las arreglaré. Aunque igual tarde un poco... hay que recogerlas en luna nueva. Espera, tengo un calendario lunar que me hizo Aurora... Accio calendario. Veamos... luna nueva... dentro de una semana.- Aisha torció el morro.- Ya veré qué le diré a Pomona... de todas formas, podemos empezar con el filtro antes. Necesitará dos semanas de cocción antes de añadirle el wyrdago... tenemos margen.

Hermione asintió, con la mente ya completamente a lo que tenían que hacer.

- Bien.- sentenció.- ¿Por dónde quieres que empiece?

Marzo de 2004. Hogwarts.

Hermione estaba tumbada en su cama, mirando al techo, cansada pero sin poder dormir. Había estado intentando evitar el tema zambulléndose en una mar de trabajo e investigación. Pero cuando el día terminaba, él surgía de nuevo.

Severus Snape. Un profesor desagradable, un estudiante infeliz.

"Sí," se dijo Hermione. "Y un hombre atractivo."

La joven gruñó y se apretó contra el colchón. No, no, ¡no! ¿Cómo podía pensar aquello de Snape? ¡Snape, por Merlín!

Pero no podía negarlo. No podía, no después de su escapada al Moulin Rouge. No después de lo que pasó con Aisha...

-Oh, Merlín mío,- susurró Hermione, mortificada. Pero era la verdad. Imaginarse que era Snape, y no Darzi, el que la había estado tocando fue lo que la había llevado al gozo. La fantasía no había podido ser tan realista como en el burdel, obviamente, pero Hermione había mantenido los ojos cerrados durante todo el acto. Y había funcionado.

Qué jodidamente retorcida era su mente. Snape. Lo estaba idealizando. Lo que imaginaba mientras se tocaba que nada tenía que ver con el verdadero Snape...

Pero, ¿quién era el verdadero Snape? ¿acaso lo sabía ella? ¿y si se equivocaba completamente? ¿y si Snape era más que el profesor de sus recuerdos? O… ¿y si era exactamente lo que ansiaba que fuese?

Hermione sintió cómo se le calentaban las mejillas. Snape. El profesor de sus recuerdos. La memoria de aquel risible duelo entre Lockhart y Snape vino a su mente como un latigazo. Qué esbelto era en él, poderoso y peligroso, firme, atractivo...

"No. Ya basta," pensó Hermione con dureza. Su misión era salvarle la vida a Snape. Y si bastaba un recuerdo suyo para hacerle temblar el corazón, ¿cómo diablos se las arreglaría cuando lo tuviese cara a cara?

Con otro gruñido, Hermione agarró la Poción Calmante de su mesita y le dio un trago.

Marzo de 2004. Hogwarts.

De nuevo en el despacho de Aurora. Habían pasado casi tres semanas desde la última vez que la joven Granger la visitó. Hermione estaba sentada en una cómoda silla de cuero negro, que Sinistra había hecho aparecer junto con una taza de té.

Aurora carraspeó y llamó la atención de la joven Gryffindor.

- Me ha costado hacer todos los cálculos.- dijo con calma.- Normalmente, el movimiento de los planetas y su influencia en las matrices de aritmancia se usa para intentar averiguar el futuro más probable... he tenido que inventar toda una metodología nueva para tener en cuenta la vuelta al pasado.

Hermione se sintió incómoda. Aurora no había hablado con un tono de reproche, pero la joven profesora se sentía como si lo hubiese hecho. La bruja de tez negra pareció adivinar la incomodidad de su antigua alumna, porque añadió:

- No te preocupes, a sido un reto bastante interesante. A Tycho y a Johannes también les a gustado trabajar en ello, ¿verdad, chicos?

Hermione miró con curiosidad a los fantasmas, que estaban atareados ayudando a Sinistra con sus investigaciones. Sabía que Aurora era ayudada por fantasmas, pero nunca los había visto antes. Brahe asintió con una sonrisa; Kepler respondió con un gruñido, sin ni siquiera apartar la vista de sus modelos geométricos. Los dos permanecieron en silencio.

- Aquí tienes los cálculos.- añadió Aurora.- El mejor momento para volver al pasado sería a principios de mayo; la posición de los planetas será parecido a la de junio de 1999. Es desde el uno al trece de mayo cuando tendrás más posibilidades de que todo salga bien, y aparezcas en el lugar y el momento que quieres exactamente. ¿El Filtro Potenciador estaría preparado para finales de marzo, verdad?

- Sí.- respondió Hermione, ausentemente.- Muchas gracias, Aurora; con ésto nos has quitado un gran peso de encima...

- No lo dudo.- respondió la Jefa de la Casa Slytherin, con una media sonrisa altiva.- De todas formas, ya sabes que no lo hago gratis... y Aisha tampoco, ¿me equivoco?

Hermione dio un pequeño respingo y miró a Sinistra a los ojos. Y lo supo en aquel mismo momento; Aurora lo sabía. Sabía que Darzi era una vampira... Una vez más, la profesora de Astronomía pareció leer sus pensamientos y sonrió ligeramente.

- No eres la única que... ha hecho tratos con ella.- Hermione sintió un sudor frío.- ¿Te ha comentado por qué insiste en beber la sangre en el mismo momento en que su "víctima" tiene un orgasmo?

La Gryffindor se sonrojó con ganas ante las crudas palabras de la otra bruja, y negó con la cabeza. Le pareció haber oído un carraspeo al fondo del despacho, hacia donde estaba el fantasma de Johannes Kepler.

- A mí sí me lo comentó.- anunció Sinistra, con una media sonrisa en los labios.- Me dijo que se había inspirado en los mosquitos... ¿sabes que los mosquitos tienen analgésicos en su saliva, para que el animal al que pican no note la picadura hasta después de que le hayan chupado la sangre?

Hermione volvió a negar con la cabeza, muda. No sabía si estar agradecida u horrorizada de saberlo...

- ¿A que no notaste nada en medio del orgasmo?- le preguntó Sinistra, y la ya roja cara de la Gryffindor se volvió escarlata. Aquella vez, no hubo dudas de que Johannes había carraspeado con fuerza, irritado.

- ¿No, verdad?- respondió la bruja negra a su propia pregunta retórica, haciendo caso omiso de la incomodidad de sus compañeros.- De ese modo, el proceso de chupar la sangre a alguien se vuelve menos traumático para ese mismo alguien... sobre todo si es algo que se hace periódicamente.

Aquella vez, además de enrojecerse, Hermione apartó la mirada de la cara de Sinistra. Sí, era cierto... había estado "donando" su sangre semanalmente.

- No tienes por qué avergonzarte.- dijo Aurora, con una sonrisa.- Como he dicho antes, no eres la única...- y le enseñó con el dedo índice su cuello, que llevaba tapado con un pañuelo grueso de color oliva.

A pesar de las palabras de la otra bruja, la cara de Hermione no volvió a su color normal. Pasó cierto tiempo en el que ninguna de las dos dijo nada. El rostro de Sinistra había retomado su habitual máscara de monárquica impasibilidad, y se había vuelto a concentrar en las matrices de probabilidades que bailaban mágicamente delante de ella. Eran ecuaciones y ecuaciones de un humo verde esmeralda, y de aspecto complicado. Hermione a penas podía descifrar la mitad, y aún así, no podía saber qué futuro estaban prediciendo. Sinistra movía su varita para arrastrar y modificar las distintas variables. Hermione hubiera dicho que estaba jugando con las matrices, si no fuera por la cara de absoluta concentración que tenía la Profesora de Astronomía.

- Prof... Aurora...

La nombrada tardó en apartar su atención de sus cálculos.

- ¿Sí?- preguntó con su voz grave.

- ¿Qué te empuja a trabajar tanto? Quiero decir, ¿qué te empuja a competir, a demostrar tus dotes, a ser alguien en el mundo académico? ¿A ganarte su reconocimiento?

Sinistra arrancó su mirada de las matrices y la fijó en la joven profesora. A Hermione le entró las ganas instintivas de retroceder, pero no lo hizo. Aurora tardó en responder.

- Lo mismo que te empuja a tí, supongo. Creía que eras como yo... aunque claro, tú eres una Gryffindor, no una Slytherin.- añadió con sorna.- Siendo una...siendo hija de muggles, tú también sentirías la necesidad de demostrar tu valía, ¿verdad? ¿Demostrar que no eres menos que los demás, que perteneces a este mundo?

- ¿Eres hija de muggles?- preguntó Hermione, extrañada.

-No.- respondió ella.- Soy de pura sangre. Pero...

La joven Granger miró a su ex-profesora con curiosidad.

- ¿Pero?

Aurora tenía la pose de una estatua de obsidiana; su piel negra brillaba bajo la luz de las mágicas lámparas de gas que flotaban por su despacho.

- Mi padres eran de una noble familia de hechiceros y brujas.- empezó a contar, con la voz aún más grave que de costumbre.- Eran de un pueblo soninké del África del Oeste, entre lo que los muggles llamaron Mali y Mauritania. Pero en el mundo mágico, esas tierras aún son el Imperio de Ghana...

Hermione miraba hechizada a Aurora Sinistra. A penas le sonaban los nombres de aquellas tierras de allende que, en boca de Aurora, tomaban una dimensión mitológica, surreal; como si la tierra de sus ancestros fuese un Monte Olimpo africano. La Jefa de la Casa Slytherin tenía el ceño fruncido.

- El Estatuto del Secreto fue ideado por los magos europeos, y por razones ligadas a su historia. Los muggles del África del Oeste nunca nos persiguieron. Y hoy en día siguen viniendo hacia nosotros para consultar su futuro, piden que les echemos el mal de ojo a alguien, o que tengan buena suerte en el amor o en el trabajo...

Hermione seguía escuchándola, muda. La mirada de Aurora estaba perdida, y sus ojos vidriosos contemplaban la pared como si viesen aquellos lejanos lugares. Luego, batió los párpados, fijó su mirada en Hermione y el hechizo se rompió.

- Yo nací aquí.- dijo, con brutal sencillez.- Aunque también fuesen magos, mis padres tuvieron que aguantar bastantes cosas desagradables por ser... "extranjeros", por su manera de entender la magia y los muggles… y francamente… por ser distintos. Y yo, también. Incluso adoptamos apellidos europeos. Pero no sirvió para mucho...

Hermione aguardó a que la Jefa de la Casa Slytherin volviese a hablar.

- Y luego está que... bueno; quiero decir que... las mujeres debemos demostrar que somos tan capaces como los hombres, ¿no crees?

Aquel comentario espabiló a la joven profesora.

- No sé...- dijo Hermione, y Sinistra alzó una ceja.- Entiendo cómo te sientes, yo también me sentía así... como has dicho, soy hija de muggles, y mujer... pero... ¿merece la pena entrar en su juego?

La cara de Aurora estaba muy seria.

- No te entiendo.

- Quiero decir que... que todo está organizado a su favor, ¿no? Si ellos no nos quieren aceptar, no seremos aceptadas nunca... por mucho que nos esforcemos... son ellos los que crearon el juego y las reglas del juego. ¿Por qué amargarnos en demostrarles nada? ¿No es mejor inventarnos nuestro propio juego, y que les den morcilla?

Aurora miró a Hermione durante largo rato, y muy intensamente. Al final, una pequeña sonrisa resquebrajó la máscara.

- Es otro modo de ver las cosas.- dijo, con su agradable voz de contralto.- Pero yo nací para luchar. No es suficiente con inventarse un juego paralelo. Lo que propones es jugar a cartas en una esquina mientras ellos juegan al Quidditch ocupando todo el terreno.

Volvieron a mirarse largamente, escuchando el silencio de la otra. Esta vez fue Hermione la que sonrió con timidez.

- Lo que propongo no es jugar a cartas en una esquina.- comentó.- Ni jugar a su juego en su terreno, como tú propones. Yo digo que no necesitamos sus escobas para volar, ni su terreno de Quidditch para jugar a lo que nos dé la gana.

Aurora rompió a reír, una risa profunda de terciopelo negro que irradiaba calor como el chocolate caliente.

- Y yo digo, - dijo al fin, con sus ojos oscuros brillando de complicidad.- que son ellos los que tienen que largarse del campo de Quidditch, no nosotras.

Esta vez, la risilla de Hermione se unió a la de Aurora. El aprecio era mutuo.

Abril de 2004. Hogwarts.

Eran principios de abril, y Harry aún no había contactado con Hermione. El moreno le había asegurado, en su último encuentro por la red Flu, que se las arreglaría con Fleur y Bill para sacar un giratiempo del Ministerio. Pero ya habían pasado dos semanas y Harry no daba señales de vida. La Gryffindor empezó a mordisquearse las uñas, mientras su mirada perdida atravesaba los deberes que debía corregir. Aurora le había dicho que lo mejor era partir entre el uno y el trece de mayo... y aún no tenían ni giratiempo ni fénix. Maldita sea...

Con un gesto casi inconsciente y mecánico, agarró el sobrecito que contenía la peppermary y sacó la pipa de Henry Granger. El giratiempo... bueno, al menos sabían dónde encontrarlos, y Harry tenía acceso al Ministerio. Pero... ¿y el fénix? ¿de dónde iban a sacar uno? ¿había pensado Harry en eso? Probablemente no, se dijo Hermione, ligeramente irritada. Su amigo tendría toda la motivación del mundo para hacerlo, pero ningún plan concreto... como casi siempre. Cuando hubo terminado de llenar la pipa, guardó el sobrecito y sacó sus cerillas Bonnie & Clyde. Fénix... fénix... había que ser un as tratando con los animales para encontrar y domesticar uno...

En aquel momento, Hermione vió un pequeño rayo de esperanza. ¿Y si...? ¿y si pedían ayuda? ¡Hagrid! ¡Pues claro que sí! Primero tendría que emborracharlo (la Gryffindor sintió una punzada de culpa al pensarlo), y luego convencerle para... pero...

El entusiasmo de la joven Granger se deshinchó un poco al darse cuenta que Hagrid era Jefe de la Casa Gryffindor, además de profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas. No podía ausentarse sin más de su trabajo, sólo para hacer una expedición para encontrar un fénix... y la verdad, la propia Hermione tampoco. Necesitaban tiempo... Hermione volvió a mordisquear sus uñas. Tiempo... el tiempo lo podrían obtener con un giratiempo, si Harry y los demás conseguían uno. Pero... ¿cómo hacer para amaestrar un fénix? ¿podría Hagrid estar a la altura? ¿aceptaría hacerlo? Hermione dió una primera calada a su pipa, ausente, y resopló. Calma. Necesitaba calmarse. El primer paso era hablar con Hagrid, preferiblemente aquel mismo viernes. Cho y Neville no supondrían un problema; no se entrometerían si Hermione se lo pedía. Ya se ocuparía luego de los problemas posteriores... las cosas paso a paso.

Abril de 2004. Hogsmeade.

Hermione había estado esperando con impaciencia la llegada del viernes. Tanto, que ella estaba hasta más alterada que sus hormonados estudiantes de Encantamientos. Había estado echando de menos su peppermary desde la primera clase de aquel fatídico día, y para la última ya estaba como una escoba de carreras.

- Ahh, ¡al fin aquí!- exclamó Cho cuando finalmente pudieron sentarse en una mesa del Hog's Head.- La verdad, la semana se hace más amena cuando sabes que tendrás un respiro el viernes...

Hermione estaba de acuerdo con Cho, pero había algo aquel concreto viernes que le estaba fastidiando ese gozo.

- ¿Dónde está Hagrid?- les preguntó, intentando no mostrarse impaciente.

- Ah... creo que tenía que patrullar el castillo.- le respondió Neville mientras les acercaba las cervezas de mantequilla.

- ¿No podría haber avisado?- preguntó Hermione, irritada.

Cho y Neville se miraron entre sí, un poco extrañados de la reacción de Hermione. Al fin y al cabo, no era la primera vez que alguno de los cuatro olvidaba avisar que no podría ir al encuentro semanal. Hermione se arrepintió de haber preguntado, pero ninguno de sus compañeros comentó nada respecto a su repentino enfado.

Estuvieron hablando durante un rato, Hermione poniendo atención en beber menos que los otros dos. Al principio, había estado un poco desalentada por la ausencia de Hagrid. Sin embargo, mientras charlaban, se le había ocurrido otra idea: preguntárselo a Neville. Al fin y al cabo, él también era un amante de la naturaleza, ¿verdad? Y si él se negaba a buscar y domesticar a un fénix, bien podría convencer a Hagrid de hacerlo... En cuanto Cho se fue al baño, Hermione saltó al agua:

- Neville... quisiera pedirte un favor muy importante... pero no quiero que Cho nos oiga.

El joven hombre la miró confuso. Su bonachona cara preguntaba "¿por qué?" por todos los ángulos. Hermione suspiró.

- Es un asunto un poco... delicado.- dijo, a sabiendas de que no aclaraba muchas cosas. Como era de esperar, Neville seguía mirándola entre extrañado y curioso. Hermione tomó aire, escogió sus palabras y soltó:

- Es algo muy importante, y difícil. Tanto, que necesito ayuda desesperadamente.- Hermione miró a su compañero con la mirada más seria y Dumbledoresca que pudo invocar. Notó cómo Neville tragaba saliva.- Necesito... necesito un fénix domesticado, que me ayude sin vacilar en un momento crucial.

El joven hombre la miró con los ojos como quaffles, la boca ligeramente abierta. Permaneció mudo durante largos segundos, que la Gryffindor vivió como años bisiestos.

- Hermione... ¿eres consciente de lo que pides?

La joven reprimió un suspiro a duras penas. Claro que era consciente de lo pedía. Neville parecía estar pensando sus próximas palabras, pero sin éxito. Para disimular, tomó un trago de su cerveza de mantequilla, y Hermione le copió distraídamente. Sin embargo, el sonido de una puerta rompió el trance en el que estaban los dos: Cho, que ya había terminado lo que tenía que hacer en el baño, se aproximaba a ellos mientras miraba su reloj de pulsera. Apurado, Neville le comentó a susurros:

- Ven mañana por la tarde, hacia las siete, a nuestra choza; y seguiremos hablando...

Hermione asintió con la cabeza, y cuando la sonriente profesora de Transformación se sentó con ellos, se forzó a sumergirse en el ambiente de buen humor. Al fin y al cabo, un "seguiremos hablando" era más esperanzador que un "no".

Abril de 2004. La choza de Hagrid y Neville.

Lo primero que pensó Hermione al entrar a la choza de Hagrid, fue que era bastante más grande de lo que recordaba. Lo cual, como se dijo instantes más tarde, era normal si se tenía en cuenta que ahora albergaba a dos personas. Y su tercer pensamiento, por muy inapropiado y fuera de lugar que fuese, fue que Neville y Hagrid bien podían... hacerse compañía durante las noches. Hermione, sorprendida consigo misma, notó cómo sus mejillas se sonrojaban ligeramente. Y también se fijó en la traviesa mirada que Neville le había lanzado. ¿O era el juego de luces?

Hagrid la ayudó inesperadamente cuando salió de su habitación.

- ¡Hombre, Hermione! ¿Qué tal? Siento no haber avisado que no iría al Hog's Head... había olvidado por completo que me tocaba patrullar.- explicó el gigante, con cara de arrepentimiento.

Hermione le miró con una sonrisa de oreja a oreja, aliviada por la interrupción.

- Bueno, ya volveremos a juntarnos el próximo viernes...- comentó, diplomática, y luego se volvió seria.- Hagrid, he venido a hablar de algo importante para mí...

Tanto el gigante como su aprendiz apagaron las sonrisas.

- Nev me ha dicho algo al respecto...- comentó Hagrid con delicadeza.- ¿... quieres una taza de té?

- Sí, gracias.- respondió Hermione, bajando la vista y sentándose en una de las sillas, junto a Neville. El guardabosques se giró y empezó a hervir agua en su cocina. Mientras preparaba la infusión, comentó:

- Por lo que entiendo, necesitas un fénix domesticado, ¿verdad?

Hermione asintió con la cabeza; pero en cuanto lo hizo se dió cuenta de que el guardabosques no la podía ver y graznó un "sí" roto. Nadie volvió a decir nada hasta que Hagrid hubo preparado el té. Cuando la tetera y las tazas ocuparon la mesa, y los tres estuvieron sentados al rededor, Hermione decidió dar explicaciones. Bueno... algunas. Las necesarias.

- Quisiera saber...- Hermione paró para escoger sus palabras.- ¿... un fénix amaestrado por otra persona aceptaría cumplir la petición de una segunda persona?

Hagrid y Neville intercambiaron la mirada.

- Depende del fénix, de la segunda persona, y de la petición.- respondió el guardabosques.- ¿Qué es exactamente lo que quieres? ¿Domesticar un fénix o la ayuda esporádica de uno?

Hermione apretó los labios, concentrada. Confiaba en Hagrid y Neville, pero tenía el presentimiento de que no les podría decir absolutamente todo. Al fin y al cabo, lo que pensaban hacer era una apuesta peligrosa... y además... Neville había sufrido muchísimo en manos de Snape. En cuanto a la pregunta de Hagrid...

- Necesito la ayuda de un fénix para un asunto concreto.- admitió en un suspiro.- Pero si para eso necesito ganarme la confianza y la fidelidad de uno, haré lo que sea necesario. El problema es que tengo poco tiempo... necesito un fénix para mayo.- concluyó, poniendo algunas cartas boca arriba.

El maestro y el aprendiz volvieron a mirarse entre sí, esta vez con más arrugas en la frente.

- Supongo que no querrás concretar para qué tipo de ayuda quieres del fénix, ¿verdad?- comentó Neville suavemente.

La Gryffindor suspiró y fijó sus ojos en la taza de té a medio acabar.

- ¿Es algo peligroso?- indagó Hagrid.

Hermione tragó saliva y asintió.

- ¿Tan peligroso que prefieres no hablarnos de ello?- comentó Neville con tacto; con tanto tacto que la bruja percibió su intento de suprimir el dolor que la falta de confianza de la joven le provocaba. Hermione sintió una punzada de culpa: casi siempre habían dejado a Neville fuera de las peripecias y los peligros, aunque él había acabado demostrando que era muy capaz de arreglárselas en semejantes situaciones. Pero...

Pero Hermione sospechaba que todo aquel asunto de salvarle el pellejo a Snape no le haría ni maldita gracia. No después del tormento que le había hecho pasar... Hermione soltó un suspiro.

- Es para... intentar salvar la vida de una persona. Creemos que estará mortalmente herido para cuando le encontremos, y... queremos utilizar las lágrimas curativas de un fénix.

En cuanto pronunció las palabras, la joven profesora se dió cuenta de que había hablado demasiado honestamente. Pero ya no había vuelta atrás...

- ¿Creéis?- preguntó Neville.- ¿Quiénes? ¿Tú, Harry y Ron?

Pero Hagrid fué aún más certero con sus suposiciones:

- No... esto es algo entre tú y Harry, ¿verdad?

Hermione se mordió el labio inferior con fuerza. ¿Tan obvia era su cara? Al parecer sí, porque su silencio fue interpretado como un afirmativo.

- Y supongo que... la identidad del varón que queréis salvar es un secreto, ¿no?- comentó Neville, y el corazón de Hermione se comprimió: la cara de su amigo delataba una gran decepción.- ¿Es alguno de nuestros amigos?

- No.- respondió la joven bruja, sin vacilar. No sabía si Hagrid había considerado a Snape como su amigo alguna vez, pero Neville fijo que no.

- ¿Le conocemos?- insistió el muchacho, y Hermione suspiró, escondiendo su cara tras las palmas de sus manos. Neville interpretó correctamente el gesto y frunció aún más el entrecejo.

- Le conocemos, ¿verdad?- insistió.

- Neville...- dijo Hagrid, con un tono amable pero terminante, y el aprendiz no volvió a hablar. Hermione sentía remordimientos por no decir toda la verdad, pero necesitaba que colaborasen, y dudaba que lo lograse si sabían quién era el sujeto que querían salvar...

- Neville.- repitió el Jefe de la Casa Gryffindor.- Algunas cosas no se pueden difundir, a pesar de estar hablando con gente de confianza.- la joven miró al guardabosques con gratitud.- No; precisamente porque estamos entre gente de confianza... podemos estar seguros de que tus actos no tendrían consecuencias que reprobaríamos, ¿verdad?

La joven miró fijamente a Hagrid durante unos pocos instantes, pensando qué decir.

- No lo creo.- respondió al fin, vagamente.- Yo y Harry creemos que tendrá consecuencias positivas.

No había respondido francamente a la pregunta, pero tampoco había mentido. A Hagrid parecía que aquello le bastaba; a Neville no tanto, pero no volvió a objetar.

- Bien.- resopló el guardabosques.- Neville, ¿supongo que estás de acuerdo con...?

El mencionado apartó la vista de su antigua compañera de clase y miró a su mentor. Después de unos instantes, declaró:

- Sí.

Aspiró profundamente y expiró con lentitud, mirando a sus manos. Después, susurró:

- Esto parece una premonición de Firenze...

- ¿Por qué?- preguntó Hermione, sin poder evitarlo.

Neville levantó la vista hasta la bruja; Hagrid profirió una pequeña sonrisa.

- Este verano hemos estado en Egipto.- comentó el guardabosques, y Hermione sintió un escalofrío en su espalda: Egipto... todos los misterios parecían comenzar en el delta del Nilo.

- Era parte de mi entrenamiento.- comentó Neville; dejando, por primera vez desde hacía un buen rato, que una sonrisa tímida embelleciese sus labios.- Fuimos Hagrid, Pomona y yo... y entre otros lugares, visitamos el monte Catalina, en Sinai.

- Es el pico más alto de la región.- intercaló Hagrid.- Ahí se esconde una fauna muy interesante...

- Y entre toda esa fauna... descubrimos un fénix salvaje.- terminó Neville.

Hermione casi se levantó de la silla. Su antiguo compañero de clase agrandó ligeramente su media sonrisa.

- Y... a pesar de que soy un aprendiz, y no sé muy bien cómo lo hice...

- Lo domesticaste.- susurró Hermione, los ojos brillantes.

- Bueno...- dijo Neville, incómodo.- Digamos que... nos hicimos amigos. Tuve un sueño... la noche posterior a haberla conocido... Me apareció en sueños, diciendo que se llamaba "Heka". Cuando la llamé por ese nombre, la fénix se acercó... y así empezó todo...

- Heka...- dijo la bruja, pensativa.- Y... ¿y dónde vive ahora? ¿con vosotros?

Hagrid y Neville se miraron durante un brevísimo instante, antes de que el guardabosques respondiese a la pregunta.

- A veces. Pero prefiere estar en el Bosque Prohibido.

Unos instantes de silencio...

- ¿Podríamos ir a verla?- preguntó Hermione, tanteando el terreno.- ¿Creéis que estaría dispuesta a colaborar?

Neville la miró pensativo mientras Hagrid se encogía los hombros.

- No será demasiado tarde para entrar en el Bosque...- comentó la bruja, y ambos amigos sonrieron.

- No, claro que no.- respondió el gigante.- Podemos ir ahora, si quieres...

Hermione asintió con la cabeza, y comentó:

- No tengo mucho tiempo, así que preferiría verla lo antes posible.

Los tres amigos tardaron poco en prepararse para entrar en el Bosque Prohibido, y Hermione no pudo sino notar la ausencia de Fang al lado del guardabosques. El sol estaba bajando en el cielo pero aún no se había puesto; el paisaje empezaba a lucir colores ocres. Hagrid se adentró en el bosque con su ballesta medieval y su linterna de ferrocarriles, digna de la primera guerra mundial muggle. Neville y Hermione le siguieron por detrás, sin alejarse demasiado.

Cuando era estudiante en Hogwarts, el bosque le había parecido peligroso, hostil, desagradable. Sin embargo, en aquellos momentos, Hermione entraba en su seno con un sentimiento de paz que nunca había experimentado antes al adentrarse entre aquellos árboles. Le entró una necesidad urgente, casi física, de transformarse en búho y volar de rama en rama. Las agujas de pino que tapizaban el suelo, y la húmeda tierra, desprendían un característico olor a vida silvestre. El musgo era verde y lo cubría todo; los robles gruesos, las coníferas altas, las zarzas soberanas de su reino. Alguna que otra roca gris emergía de entre la flora, como una mancha clara entre el verde y el marrón. En aquella parte del bosque, el sol aún podía alcanzar el suelo con sus rayos rojizos. Parecía un sueño olvidado; era como echar una ojeada furtiva a las borrosas memorias de un árbol milenario. Hermione caminaba con los ojos abiertos de par en par y mirando absorta la extraña belleza del bosque. Se sentía como una marciana descubriendo la Tierra por primera vez.

Tanto Hagrid como Neville respetaron el momento contemplativo de su amiga, y guiaron los pasos de ésta en silencio. Poco a poco, se adentraron en el bosque y en la noche; el lugar menos onírico y más amenazador con la caída de la oscuridad. Hermione ya no podía saber en qué zona de la arboleda estaban, aunque pronto empezaron a escuchar el sonido de un riachuelo. A pocos pasos de ellos encontraron la corriente de agua, dividiendo el suelo en dos y dejando las rocas al descubierto. Sin decir una palabra, Neville se puso a cantar.

A Hermione se le erizaron los pelos de la nuca. Nunca había oído cantar a Neville, no de aquella forma. Alguna que otra canción popular en algún momento de euforia alcohólica, quizás; y siempre acompañado. Pero aquella canción solitaria no tenía nada que ver. Fascinada, se dió cuenta de que no estaba cantando en inglés: era otra lengua, otra melodía. Una melodía... del oriente medio. Sí, éso era lo que le había puesto piel de gallina: aquella voz, la voz de Neville, parecía estar cantando el Corán; una voz que encajaba mejor en una mezquita o en un desierto que en los húmedos bosques de robles y coníferas del norte de Escocia. A Hermione le recorrió otro escalofrío. Entre las temperaturas que iban descendiendo y la peculiar tonalidad de la escala musical árabe, la bruja tenía los pelos de punta.

Y entonces, apareció. Con un canto melodioso, que hacía eco y amplificaba la voz de Neville, apareció ella. La fénix, Heka. Dorada, radiante; grande como un cisne, cantando la segunda voz de la canción de Neville. Se pausó encima de una robusta rama, a la altura de los ojos del aprendiz, y ambos finalizaron la canción.

- Hola, Heka.- le saludó el joven mago, como si saludase a su bienamada.- Ésta es Hermione, una buena amiga mía.

La ave giró sus exquisitos ojos hacia la bruja, que de repente se sintió como si estuviese siendo escudriñada por Cleopatra. Un poco nerviosa, hizo una pequeña reverencia con la cabeza, y el pájaro respondió con el mismo gesto. La ligera brisa agitó las ramas con pereza, y la bruja pudo oler un olor nuevo, agradable; un olor que parecía estar fuera de lugar... un olor de incienso. Al principio, Hermione pensó que había sido una alucinación olfativa, pero al volver a percibir aquel aroma, se dió cuenta de que provenía de Heka. Y entonces, oyó una voz suave y femenina.

- ¿Buscas respuestas en el pasado?

Alarmada, la joven profesora miró al rededor, en busca de una mujer, pero no halló ninguna. Ni Hagrid ni Neville parecían haberse dado cuenta de la voz.

- Soy yo quien te habla.- Hermione posó sus ojos en la fénix.- Sí, yo. Heka.- confirmó la ave.- Te hablo por medio del pensamiento...

La bruja no sabía si perder el temple o aceptar aquello como un fenómeno normal. Parecía mentira que después de tantos años en el mundo mágico, pudiese aún impresionarse con semejantes situaciones. La telepatía no era tan insólita... ¿verdad?

- ¿Necesitas mi ayuda?- preguntó Heka.

- Sí.- respondió Hermione.- Pero, ¿cómo lo has sabido?- una sospecha cruzó su mente.- ¿Me has leído la mente?- acusó, sin poder evitar el río de pensamientos.

Una carcajada, parecida al tintineo de cristales, se propagó por su mente.

- No.- aseguró Heka.- Eso sería muy poco educado... sólo estaba especulando.

Hermione miró a sus compañeros de reojo. ¿No se extrañarían de su largo silencio? Pero tanto Neville como Hagrid parecían absortos, como ella, en respectivas conversaciones con la ave.

- Hay una persona que necesito salvar.- admitió la bruja honestamente.- Y necesitaré de tus lágrimas curativas...

La fénix pareció sonreír.

- ¿Cómo sabes que estará en un estado tan crítico?- inquirió Heka. Hermione respondió:

- Porque estuvimos allí, y el hombre murió. Yo y otro amigo queremos volver al pasado y salvarle la vida...

La bruja no podía quitarse de encima la sensación de que la ave estaba sonriéndole afablemente; y no sabía si tranquilizarse o estremecerse ante la idea.

- ¿Qué os empuja a ir tan lejos para salvarle?- preguntó, de nuevo, el mítico pájaro. Hermione sintió una pequeña punzada de enfado.

- Ese hombre fue muy desgraciado en vida. Vivió y murió a favor de una causa en la que no creía sino a medias, por intentar redimirse de sus crímenes pasados. Había renegado de su antiguo bando cuando su amada, que estaba en el bando enemigo, murió, en parte, por su culpa.- Hermione pestañeó.- Vivió una doble vida amarga, consagrada enteramente a hacer triunfar nuestra facción en la guerra. Pero nadie se fiaba verdaderamente de él, ni en un bando ni en el otro, y no tenía amigos. Creemos que merece una segunda oportunidad. Nos entregó su vida y su juventud para que nosotros siguiésemos vivos, en un mundo en el que nuestra facción hubiese triunfado. Queremos saldar esa deuda.

Con un fluido movimiento de alas, Heka se alzó al vuelo y aterrizó en el hombro de Hermione, que tuvo que inclinarse hacia el lado opuesto para compensar el peso del ave. Hagrid y Neville la miraron con asombro.

- Hermione...- musitó el guardabosques.

- Heka...- susurró Neville.

- Iré con Hermione.- cantó la fénix con sencillez, y luego giró su bella cabeza hacia la bruja.- Cuando me necesites, cántame la melodía que le has escuchado a Neville. Tranquila,- añadió al ver la cara de pánico de la bruja.- te acordarás. No te preocupes. ¿Queríais algo más de mí?- les preguntó a los hombres, que negaron con su cabeza, mudos.

- En ése caso...- declaró la ave.- ...buenas noches a todos.

Y se alejó, dejando unos atónitos humanos en el ya oscuro Bosque Prohibido. Hermione tenía la respiración entrecortada, los ojos brillantes y las mejillas ardiendo. Por increíble que fuese, los más difíciles de los obstáculos se les estaban solucionando uno detrás de otro. Era casi demasiada buena suerte, pensó Hermione, con una punzada de miedo.


My mistress' eyes are nothing like the sun es la primera línea del soneto 130 de William Shakespeare. En youtube se puede encontrar este mismo soneto leído por Alan Rickman.

La idea de usar el cálculo de probabilidades para averigüar el futuro, también utilizada por Caeria en Pet Project, viene del concepto de "psicohistoria" acuñado por Isaac Asimov en su saga de ciencia-ficción La Fundación.

Playlist de este capítulo:
-Escena de Aurora Sinistra: Mon Everest de Soprano feat. Marina Kaye, Bravo de MHD y Kona de Sho Madjozi