Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.
Advertencia: Este fanfic es de categoría M.
Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)
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TERCERA PARTE: QUE TODA LA VIDA ES SUEÑO
13. Si votre doux accueil n'eût consolé ma peine
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Junio de 1999. Morbihan.
Cuando Hermione abrió los ojos, descubrió que estaban en una especie de gruta rara. Se encontraban relativamente cerca de la entrada de dicha cueva, que daba a un océano infinito y tranquilo, casi a ras del suelo. El sol empezaba a ponerse, y sus brazos rojos agarraban las nubes hasta ponerlas moradas. Hermione soltó el aire que había estado aguantando y miró a Snape con atención, por primera vez desde... ¿desde hacía cuánto?
El canto de Heka parecía haberle calmado un poco, y su cara ya no estaba contraída de dolor; seria, hermosa, aunque llena de sangre. De repente, el corazón de Hermione dio un vuelco, y empezó a mirar frenéticamente al rededor: ¿Heka? ¿qué había sido de ella? No la había agarrado...
Un bello y breve cantar le enseñó el paradero del ave, justo detrás de ella. Al parecer, se había sujetado a su hombro sin que Hermione se diese cuenta. La bruja sonrió por primera vez aquel día, y el gesto casi le dolió de lo tensos que había tenido los músculos de la cara. Tomó aire con todas sus fuerzas y lo expulsó temblorosamente. Ahora sólo podían esperar.
Con una floritura y un golpecito, Hermione transformó una estalagmita en una confortable cama. Las sábanas y las mantas eran de un blanco inmaculado, tan limpios como acogedores; el colchón firme pero elástico, y el todo olía agradablemente a lavanda. La cama perfecta. Con cuidado, levantó al Profesor Snape con un mobilicorpus y lo depositó encima del colchón. Su túnica color negro petróleo resaltaba escandalosamente con el color de las sábanas. Hermione tragó saliva. Empezó por quitarle las botas, le desabrochó el cinturón y le soltó la mayoría de los botones. Las ropas dejaron de apretar al mago como si fueran un corsé, y revelaron una constitución ligeramente más fofa de lo que se podría pensar cuando se le veía vestido.
De aspecto duro y firme pero de entrañas sensibles...
Hermione se sintió enrojecer y agitó su cabeza, intentando deshacerse de sus pensamientos. La respiración de Snape se había profundizado algo y la joven sonrió aliviada. En efecto... sus ropas eran un corsé. Pasado un rato, pudo ver cómo las mejillas del Slytherin recuperaban un poco de color, aunque seguía estando en una especie de estado febril. Casi sin darse cuenta, Hermione alzó sus ensuciadas manos par tocar la mejilla de Snape. Parecía tan vulnerable, tan inofensivo; mucho más joven de lo que realmente era. Hermione notó que su corazón latía con más fuerza. Sintió una súbita e imperiosa necesidad de abrazarlo, de besarle la mejilla, de susurrarle que ya pasó, ya pasó todo; duerme tranquilo, Severus, estás a salvo y todo salió bien... Hermione sintió que sus ojos se humedecían. Pensándolo mejor, quizás era más beneficioso que le quitase toda aquella ropa, sucia y ceñida, y le conjurase algo más confortable para dormir... le vino el horripilante recuerdo de la única vez que había visto a Snape completamente desnudo; en una celda blanca y subterránea... Le recorrió un escalofrío de desagrado, y frunció el ceño. No quería pensar en eso.
En realidad, la idea de desvestir a su antiguo profesor, aunque fuese por una buena causa, le parecía un poco inadecuada. Al fin y al cabo, estaba inconsciente, y Hermione no creía que al hombre le hiciese mucha gracia saber que habían violado su intimidad mientras estaba incapacitado... Al final, la bruja decidió rebuscar en los archivos de su memoria, hasta dar con el hechizo que cambiaría una ropa por la otra en un abrir y cerrar de ojos. Con un Fregotego, el cuerpo del hombre se limpió de la suciedad; del sudor y la sangre y el barro. Otro toque de varita, y la indumentaria de Snape cambió de sus típicos hábitos negros a una sencilla y holgada túnica dorada. Con cuidado, Hermione se acercó hasta tocar el borde de la cama, y frunció el entrecejo. Snape volvía a tener una respiración superficial, y su ceño también se había fruncido. Al poco tiempo, empezó a agitarse levemente. Era obvio que estaba teniendo una pesadilla, o algo por el estilo. ¿Fiebre? Nerviosa, Hermione rogó con su mirada a la fénix. Ésta entendió el mensaje y se puso a cantar con un tono dulce, aunque no consiguieron calmar al ex-mortífago por completo. La bruja suspiró preocupada. No lo había salvado de la muerte para que entrase en una pesadilla del que no parecía poder despertar...
Estuvo pensando un buen rato en cómo hacerle tranquilizar. Puso la palma de su mano en la frente del Slytherin, y efectivamente, parecía tener fiebre. Con un par de hechizos, metió a Snape bajo las sábanas y conjuró una manta por encima. Hizo aparecer compresas y un balde lleno de agua, y una vez mojadas, se las colocó en la frente, cambiándolas cada vez que se calentaban. Intentó cantar con Heka, pero desistió al poco tiempo. Las compresas parecían haber ayudado un poco, pero Snape parecía seguir en mal estado. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer?
Hermione se sentía cada vez más alarmada y nerviosa. Todo había salido bien hasta entonces, todo salvo un pequeño detalle: habían estado tan concentrados en pensar cómo salvar a Snape de un peligro inmediato y llevarlo lejos de Hogwarts, que no habían tomado un tiempo para entrenarse mínimamente como medimagos. Ni siquiera para revisar los hechizos de primeros auxilios.
Lo habían dejado todo en manos de un fénix.
Hermione sintió cómo el pánico se apoderaba de ella, y se forzó en respirar hondo. Inspirar, expirar. Inspirar, expirar. Sí. Mejor. Bien. Ella sí que había tomado la precaución de aprender unos cuantos encantamientos cuando estuvieron buscando a los Horcrux. Bien. Hacía años; tocaba recordar. Hizo un esfuerzo consciente en relajar sus músculos y se concentró. Las palabras y los movimientos le volvieron a la cabeza, y cuando se sintió segura, masculló un hechizo de diagnosis. El cuerpo de Snape se iluminó de colores ocres y morados, salvo en el cuello, donde se veía un verde enfermizo nada agradable. El corazón de Hermione empezó a galopar, y su respiración volvió a acelerarse. Algo andaba mal con la mordedura de Nagini. ¿Acaso Heka no había podido curarlo del todo? ¿era posible?
Hermione lanzó una mirada preocupada hacia la fénix.
- Heka,- susurró.- ¿Qué le está pasando? Sigue teniendo fiebre… ¿qué tengo que hacer?
Su voz traicionó el pánico que sentía, y Hermione apretó los dientes. Heka batió sus hermosas alas, erizó las plumas y miró fijamente a la bruja.
- Puede que haya subestimado las capacidades de esa maledictus.
Y acto seguido, acercó su cabeza al cuello de Snape y volvió a llorar. Hermione tragó saliva. Al principio no parecía que nada estuviese cambiando, pero poco a poco, el color verde nauseabundo se fue difuminando a un amarillo pálido. Hermione puso su mano en la frente de Snape; su piel ya no ardía.
- Creo que esta vez sí que he erradicado el veneno.- le dijo Heka. Hermione suspiró, ya más tranquila, aunque no del todo aún. Aunque la piel de Snape había recuperado un poco de color, seguía siendo cetrino. Su cuerpo seguía estando ligeramente en tensión, y Hermione frunció el entrecejo. ¿Quizás necesitase una poción calmante? ¿algo que le dejase reposar sin soñar en nada? Pero no tenía ese tipo de pociones a mano, y aunque los tuviese, eran adictivos y sus componentes, volátiles. Hermione no sabía suficiente de medicina ni de pociones para arriesgar una reacción adversa. La joven apretó los dientes y miró al mago que yacía en la cama, preocupada. No quería verle sufrir. Quería verle tranquilo, a salvo, por fin en paz.
Al final se acordó de Ginny. O mejor dicho, de un regalo que le hizo a Ginny cuando nació su primer hijo, James Sirius. Fue un regalo muy especial: un juego de sábanas para el crío. Pero no eran sábanas normales y corrientes, sino mágicas; Hermione había comprado las telas de mejor calidad que había encontrado en Madam Malkin's, y las había hechizado. Era un hechizo protector, que se manifestaba como un bordado encima de las sábanas, y que tranquilizaba al infante envolviéndolo en una sensación de bienestar y protección. Era el mejor método para mantener al niño durmiendo tranquilamente.
El hechizo era, en verdad, bastante complicado. Implicaba un deseo de protección y cariño similares a los que Lily Evans había tenido en su momento de muerte. Y, por otra parte, era uno de los tipos de magia que no se hacían con varitas. Eso lo convertía en más difícil: la razón de que todos usasen varitas y que pocos pudiesen hacer magia sin ellas, era que sin el poder potenciador de las varitas, hacía falta más esfuerzo, concentración, precisión y poder para hacer el mismo encantamiento.
Pero Hermione, si era algo, era testaruda. Necesitaría más energía para hechizar sábanas del tamaño de un adulto, pero eso no la echó para atrás. Transformó varias rocas en hilos y una aguja, y un sillón cómodo donde se sentó. Tomó un trozo de la sábana que cubría el colchón, rememoró las palabras de la canción de cuna que se utilizaba en el hechizo y empezó a bordar la tela. Después de pocos minutos, la magia acumulada en su interior tomó el control de sus manos y Hermione terminó el trabajo en un estado de trance, cantando. Se sentía muy cansada, pero no dudó en bordar la segunda pieza.
Cuando por fin acabó con todo, Hermione fijó su atención en Snape y sonrió con orgullo, aunque exhausta: el Slytherin estaba ahora más tranquilo que antes; respiraba más profundamente. De repente, a Hermione le recorrió un escalofrío de frío, y se dio cuenta de que igual era una buena idea secar y calentar la cueva. Sin más demora, murmuró el hechizo adecuado. Ya había hecho todo cuanto estaba en sus manos, y ahora le tocaba prestar atención a las necesidades de su propio cuerpo. ¿Cómo hacer para solucionar aquello? La bruja miró a su antiguo profesor dubitativamente. Heka se había trasladado de la cabecera de la cama a un saliente de roca, y estaba acicalándose con el pico.
- Heka...
El ave levantó la mirada para fijarla en la humana que tenía delante.
- ¿Te importa cuidar del Profesor Snape durante unos momentos? Tengo que salir fuera.- explicó Hermione, y Heka respondió con una corta melodía afirmativa.- Gracias.
Y al instante, la bruja se transformó en búho: algo que hacía años que no hacía. Con cierta torpeza inicial, agitó las alas y se alzó en vuelo. Todo parecía más simple cuando estaba en forma animal; si tenía hambre la prioridad era comer, si tenía sed; beber. Hasta le parecía estar menos cansada. Salió ululando con recién encontrada energía por la entrada de la cueva, y planeó por encima de la mar, ebria de alegría. Había olvidado las adictivas sensaciones que le producía volar.
Sus sentidos de rapaz detectaron un ratoncito que corría debajo suyo. La adrenalina agudizó su vista y su mente, que calculó con rapidez la distancia y la velocidad de la presa. En el momento oportuno, Hermione cayó desde el cielo como una sombra mortal, y atrapó al pequeño roedor con sus afiladas patas. Soltó un chillido triunfal, volvió a alzarse en los aires y escogió un sitio adecuado para darse el festín. Comió y bebió hasta saciarse, y cuando terminó, procedió a deshacerse de todos sus deshechos corporales.
Contenta y saciada, la Hermione-búho se alzó en vuelo para volver a la cueva. Al llegar a la entrada, sin embargo, casi chilló de horror: la marea había subido, y cubría la mitad del orificio. Hermione se precipitó por el medio que aún no había sido cubierto, esperando encontrar la cueva inundada. Sin embargo, cuando entró la sorpresa casi la hizo volver a transformarse en humana: el agua no había entrado en la gruta, Snape seguía durmiendo encima de la cama, y Heka estaba a su lado. Extrañada, Hermione se pausó en el suelo, recuperó su forma humana y miró hacia la entrada.
El agua del mar parecía estar retenida por un muro invisible; un muro mágico sin duda. Cuando la marea subiese definitivamente, era probable que la entrada quedase completamente tapada. Era un escondite muy bueno. Aliviada, la bruja procedió a transformar una cama similar a la otra y se sentó encima, muerta de cansancio. Miró con atención a su antiguo profesor, que parecía estar relativamente tranquilo. Su corazón empezó a latir con fuerza, y notó cómo sus labios formaban una sonrisa. No sabía por qué, pero el tiempo parecía haberse suspendido, y cuanto más miraba al hombre, más ternura sentía.
Todo había salido bien. Por el amor de Morgana, todo había salido bien, y por fin, por fin; Severus Snape tendría la oportunidad de rehacer su vida, de ser feliz. De vivir en paz.
Un bostezo se abrió paso de entre sus labios. Una vez que estaba lejos del peligro, una vez que su antiguo profesor parecía estar estable, Hermione se dió cuenta de que estaba más cansada de lo que pensaba. Bajó la vista hasta su reloj, que indicaba que eran las diez de la noche. Con un último esfuerzo titánico, Hermione apuntó hacia la entrada y conjuró varias barreras protectoras y alarmas, por si alguien intentaba entrar. Sus fuerzas ya habían empezado a flaquear, y la bruja se tumbó en la cama con pesadez, echándole una última mirada a Severus Snape.
Se merecían una buena noche de descanso.
Junio de 1998. Morbihan.
Las estrellas brillaban con fuerza y el viento sur agitaba tanto el mar como el prado, creando pequeñas olas en ambas superficies. Olía ligeramente a salitre, aunque la mar de la costa de Morbihan estaba tranquila y apacible. Dos figuras aparecieron de la nada, una grande y otra pequeña, agarrados de la mano. Ambos tenían pelo rubio y largo, exuberante; la figura grande lo tenía recogido en una coleta detrás de su nuca, y la pequeña lo dejaba caer como una cascada. La figura grande era un hombre ciego, de una cuarentena de años, con rasgos femeninos pero indiscutiblemente viril. La pequeña, que seguía agarrando de la mano al hombre, era una niña de unos diez años. Los rasgos de ambos eran bellos y refinados, las túnicas; ligeras y sedosas. La muchacha era de una seriedad inusitada para una cría; el hombre emanaba un aura de serenidad y calma. Una tortuga enorme, del tamaño de una maleta, seguía a los individuos con parsimonia.
Gabrielle Delacour miró a la esbelta pero masculina mano de su tío, Claude Leroy, que agarraba con confianza su manita. La mano del hombre cubría casi completamente la de la niña. Claude percibió el nerviosismo de su sobrina de algún modo, porque giró ligeramente la cabeza hacia ella, y le dio un firme pero bondadoso apretón en la mano. Gabrielle se tranquilizó al instante: el hermano de su madre tenía la presencia de un Buda.
- Gabrielle, ma puce.- le dijo Claude, hablando en francés con una placentera voz de barítono.- ¿Has traído la carta?
La voz soprano de la niña contestó con la gravedad de un adulto:
- No, cher oncle. Fleur pedía que lo destruyese en cuanto lo hubiese leído... pero Cassiopeia se acuerda. ¿Verdad que sí, Cassiopeia?
La enorme tortuga levantó su cabeza hacia la niña, y sonrió afirmativamente. Las palabras "Sí, chérie" aparecieron en el caparazón de la tortuga, que empezó a andar con un paso tranquilo pero seguro. Gabrielle alzó la vista hacia su tío.
- Cassiopeia a dicho que sí se acordaba.- le precisó al hombre. Éste sonrió como un maestro Zen.
- Ya lo sé, ma puce.
Se pusieron a andar muy lentamente, siguiendo los pasos de la tortuga mágica, sin soltarse de la mano. El aire era cálido pero a veces entraba la brisa del mar, deliciosamente fresca. Después de un buen momento, Gabrielle comentó con un tono neutro:
- Fleur decía que podría estar moribundo.
La cara de Claude pareció volverse más seria. Gabrielle volvió a hablar:
- Decía que hubiera muerto si no fuese por una amiga suya.
El hombre mantuvo el silencio.
- Una serpiente gigantesca le atacó a la yugular. Era venenosa.- añadió Gabrielle inútilmente.- En Gran Bretaña, todos piensan que ha muerto. No se debe saber que vive, estaría perseguido por la ley.
La única respuesta de Claude fue un ligero apretón en la manita de la niña. Pocos pasos más allá, Cassiopeia se había parado. Parecía preocupada.
- ¿Por qué te paras, Cassiopeia?- preguntó Gabrielle con calma.
"Abajo", sentenció Cassiopeia, al llegar. "En la cueva".
- El hombre que buscamos está en una de las cuevas mágicas del acantilado, ¿verdad, ma puce?- preguntó tranquilamente el ciego.
Gabrielle miró seriamente a la tortuga mágica antes de contestar.
- Sí, cher oncle.
- Menos mal que he traído la cuerda de tu madre.- comentó Claude pausadamente.- Vamos, ma puce. Me tienes que guiar.
Gabrielle Delacour asintió, ausente.
Hermione se despertó alarmada, y miró el reloj: eran cerca de las cinco de la mañana. Sus barreras mágicas, que detectaban a personas, especialmente si eran mágicas, a un radio respetable; la habían sacado de su sueño de golpe. Habían aparecido dos humanos, junto con otro ser mágico. Con rapidez, Hermione optó por hacer desaparecer su cama y esconderse bajo la capa de invisibilidad.
Lo más probable era que fuese el tío de Fleur, pero... más valía ser precavida. Si parecían ser hostiles, no dudaría en atacar primero.
Gabrielle y su tío acababan de bajar a la gruta donde se encontraba Snape. La apacible noche no les puso ningún problema y la mar se había vuelto tan tranquila como un lago. Cassiopeia descansaba en la entrada de la gruta, esperándolos pacientemente, como si no fuera excepcional que una tortuga fuese capaz de bajar un acantilado.
Pero Cassiopeia no estaba sola. Un fénix, de proporciones generosas, se hallaba posado encima de un saliente de la pared. Sus enormes ojos naranjas estaban clavados en Gabrielle y Claude. La cueva había sido preparada para acoger al hombre; y efectivamente, un bulto yacía inerte encima de una cómoda cama con sábanas inmaculadas.
La fénix agitó sus plumas con impaciencia. Tío y sobrina se adentraron en la gruta con cierta cautela. El bulto no parecía dar signos de vida, aunque cuando se acercaron lo suficiente, notaron que respiraba. El pelo moreno y grasiento, la nariz ganchuda... el individuo se le hacía conocido a Gabrielle.
- Cher oncle.- susurró la rubia.- Este hombre me suena.
- ¿Británico?- preguntó el ciego.
- Creo... que es un profesor de Hogwarts. Sí, fue él el que me hechizó para hacerme dormir en la segunda prueba del Torneo de los Tres Magos...
Claude Leroy mantuvo el silencio. En el caparazón de Cassiopeia aparecieron unas letras.
- "Severus Snape" - leyó la niña, con marcado acento francés. El bulto murmuró algo en su sueño.
El rubio se acercó a la cama del hombre comatoso y pasó la palma de la mano por encima de las sábanas. Frunció el entrecejo, pensativo. Luego pasó la mano por los hombros de Severus.
- Las sábanas...-comentó, pensativo.- ... hace tiempo que no me encuentro con sábanas así. Antes eran muy comunes, pero... cayeron en desuso.
Gabrielle salió ligeramente de su apática seriedad.
- ¿Qué tipo de sábanas son, cher oncle?- preguntó con moderada curiosidad.
- Son sábanas protectoras. Tradicionalmente utilizadas por brujas y magos para que sus bebés reposen tranquilamente durante la noche. Hace falta mucha energía mágica para hacerlos, por eso exige gran esfuerzo y motivación, y hoy en día eso no es demasiado común. Pero haberlas hecho para un adulto supone... estas sábanas han requerido un poder mágico respetable. Cualquiera que haya creado estas sábanas hechizadas estaba muy interesada en proteger a este hombre.
La más joven de las Delacour se quedó mirando al comatoso Severus Snape.
- Creo, ma puce, - susurró Claude con dulzura,- que será mejor que te vayas a dormir. Casi no has dormido durante la noche, ¿verdad? Ya cuidaré yo de este hombre.
Hizo una floritura con la varita y murmuró algo en latín. Al instante, una cómoda cama del tamaño de Gabrielle apareció al otro lado de la cama del ex-Mortífago. La niña miró a la cama y, lentamente, giró la cabeza hasta fijar su vista en la cara del ciego. Claude sintió de alguna manera que su sobrina le estaba observando y sonrió afablemente. Pero Gabrielle no se hizo de rogar: antes de que nadie dijese nada, marchó silenciosamente hacia la nueva cama.
El tío hizo aparecer una cómoda butaca y se sentó al lado de Snape. Curioso individuo, y curiosas las circunstancias en las que se habían cruzado sus destinos. Gabrielle tardó poco en dormirse, y su profunda respiración era lo único que acompañaba el tenue sonido de las olas contra el acantilado. Claude posó su mano en la frente del británico, que en su febril estado murmuró algo que parecía un nombre. El ciego acercó la oreja.
- Lily...- repitió el moreno, inconsciente.- Lily... perdón. Potter... yo...
El francés negó con su bella cabeza y agarró la mano derecha de Snape.
- Pauvre diable...
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Pasó un rato antes de que Claude volviese ha hablar, y cuando lo hizo, el corazón de Hermione subió hasta su garganta.
- Puedes dejar de esconderte.- le había dicho el francés, en un inglés fluido.- ¿Eres tú la que ha traído este hombre aquí?
- Sí.- respondió Hermione con prudencia, pero no salió de debajo de la capa.
- Si estás aquí, supongo que eres la amiga de Fleur. Ésta cueva la creé yo, con mi magia. Sólo la conocemos yo, mi hermana Apolline y sus hijas; Fleur y Gabrielle.- comentó el rubio, como si estuviese hablando del buen tiempo.
Hermione, desconfiada, le preguntó:
- ¿Cuál es el corazón de la varita de Fleur Delacour?
- Cabello de veela. De mi madre.- respondió el hombre con una media sonrisa.
El día empezaba a asomar su hocico, y el cielo estaba pasando de negro petróleo a un color azul índigo. La joven Granger decidió salir de debajo de la capa.
- ¿Cómo ha sabido que estaba aquí?- le preguntó al mago con sospecha, y éste le regaló una brillante sonrisa, simétrica y atractiva.
- Soy ciego. Los ciegos tenemos los otros sentidos mucho más desarrollados... por cierto, buen trabajo escondiendo tu olor. Pero mis oídos son muy finos.
La bruja no sabía si sonreír o ruborizarse.
- ¿Doctor Leroy, supongo?- le preguntó Hermione, y el rubio ensanchó su sonrisa.
- Puedes llamarme Claude, ¿señorita...?
- Hermione Granger.
- Señorita Granger... una de las mejores amigas de Harry Potter, ¿verdad?
- ¿Cómo lo sabe?- preguntó Hermione, desconfiada.
La sonrisa del medimago se tornó pícara.
- Fleur.- respondió con sencillez.- Solemos hablarnos a menudo...
Hermione se mantuvo muda.
- En la última carta que nos ha enviado... en la que nos ponía que viniésemos aquí... también nos decía que vienes del futuro.- comentó Claude, esta vez con cara seria.- ¿La Fleur del futuro también está aquí?
- No.- respondió Hermione, aunque se sentía un poco menos nerviosa que al principio: parecía que aquel rubio era el genuino Claude Leroy.- He venido sola del futuro.
- ¿Así que tu yo de ahora...?
- Está en Hogwarts. No me conviene aparecer por Gran Bretaña en cinco años.- comentó Hermione, y sus tripas se retorcieron un poco. Cinco años era mucho tiempo.
El ciego asintió con la cabeza y se quedó cabizabajo, pensativo. Sus manos no habían soltado la mano derecha de Snape en todo el tiempo que había estado sentado a su lado.
- Este hombre... a tenido buenos primeros auxilios. Pero le voy a hacer un chequeo médico más exhaustivo. ¿Fuiste tú quien lo curó?
- No.- admitió Hermione.- Fue Heka... es una fénix.
El ave cantó brevemente, como queriendo confirmar lo dicho por la bruja.
- Pero las sábanas las has hecho tú, ¿verdad?
Hermione se sintió incómoda.
- Sí.
- Te felicito. Son muy buenas...
La joven intentó que el halago no la afectase, en vano. Claude pareció percatarse de aquello, y volvió a sonreír amablemente. La Gryffindor se relajó.
- Con tu permiso...- comentó el medimago.- Voy a desvestirle, para hacer un reconocimiento médico.
Al principio Hermione no reaccionó, pero en cuanto Claude empezó a quitarle la túnica, se apresuró en alejarse de la cama y clavar su mirada en el océano que ya sólo tapaba la entrada a medias. Detrás de ella, el medimago había empezado a cantar encantamientos en latín. Su voz relativamente profunda hipnotizaba y calmaba; los cánticos de Claude parecían oraciones religiosas, y Hermione sintió cómo se le ponía carne de gallina. Era una voz solemne y misteriosa, como el eco de algo más vital, más profundo, más significativo.
Al cabo de un rato, el tío de Fleur acabó con su reconocimiento y diagnosticó:
- Las lágrimas de la fénix han curado la mayoría de los músculos y recompuesto la yugular, pero quedan fisuras. Aún tiene veneno en el organismo, y hay bastantes tejidos que necesitan más tiempo para fortalecerse. Su situación es estable, pero calculo que le hará falta al menos una semana para recuperarse del todo.
- Doctor Leroy...
- Claude, por favor.
- Claude... la niña que ha venido con usted, ¿es la hermana pequeña de Fleur?
El ciego se quedó perplejo durante unos instantes, y luego sonrió lentamente..
- Sí, es Gabrielle. Ya ha empezado en Beauxbatons...- añadió con cierto orgullo.- Tiene mucho talento, como su hermana. Y me ayuda en muchas cosas.
Hermione miró detenidamente a la chiquilla que dormía con una gravedad inusual. A su lado estaba una tortuga muy grande, que le devolvió la mirada. La Gryffindor hubiera jurado que incluso le había guiñado un ojo.
- Parece que nuestro hombre está más tranquilo... los encantamientos están surtiendo efecto- comentó Claude, y Hermione volvió a fijar su atención en Snape. La respiración de la joven respiración se volvió más superficial al ver los hombros desnudos que sobresalían de la sábana, y Hermione humedeció los labios, avergonzada consigo misma. La cara de Snape parecía estar más reposada, más tranquila, más bella. Aún tenía feos moratones en el cuello, que iban del color morado oscuro a amarillo enfermizo. La Gryffindor sintió un nudo en el estómago.
- Supongo que querrás quedarte a su lado, ¿verdad?- le preguntó Claude, y Hermione le miró dubitativa.
- Sí que me gustaría... pero...
- ¿Pero?
- Pero no sé si soy la persona más adecuada...
A pesar de ser ciego, el medimago giró la cabeza hasta que su cara estuvo en frente de la de Hermione.
- ¿Qué quieres decir?- preguntó el rubio, con tacto.
Hermione estaba nerviosa. No sabía exactamente qué era lo que sentía, ni por qué le parecía tan inadecuado estar al lado de Snape.
- Ahora no tiene importancia, pero... cuando se despierte...
La joven Granger no sabía muy bien cómo explicarlo, así que encogió los hombros. El medimago no le urgió, y al poco tiempo, volvió a intentarlo:
- Si decidimos venir al pasado y salvarle, es porque... bueno, porque tuvimos acceso a muchas de sus memorias personales.- admitió Hermione, anclando su mirada en la cama de Snape. Sentía la necesidad de justificarse.- El Profesor Snape... ha pasado media vida completamente involucrado en la lucha contra Voldemort, ¿sabe? Nos sentíamos...
- ¿En deuda?- propuso Claude con suavidad, y Hermione sintió cómo el nudo de su garganta se apretaba un poco. El rubio había dado con la palabra adecuada. Aunque, obviamente, aquella no había sido la única razón para Hermione. Nunca lo admitiría en voz alta, pero una vez que el peligro ya había pasado... casi estaba agradecida de haber venido sola, de haber podido compartir aquellos momentos a solas con Snape, compartirlos y fantasear, por unos instantes, que Severus Snape se despertaba, y la miraba con sus bellos y grandes ojos negros, agradecido; y que alzaba su mano y lo posaba en la mejilla de Hermione, y ella cerraría los ojos y su respiración temblaría y agarraría esa mano por la muñeca y le besaría la palma y –
Hermione respiró hondo y cortó de cuajo sus pensamientos. Esas cosas nunca pasaban en la vida real. Severus Snape no era una doncella encerrada en una torre, esperando que un príncipe azul la salvara. Y ella no era ningún príncipe azul.
- Sí, nos sentíamos en deuda.- dijo, obligando su mente a centrarse en el diálogo.- Pero... claro, no sabemos si el Profesor Snape estará agradecido de que le hayamos salvado la vida... Cuando éramos sus alumnos, él nos odiaba y nosotros le odiábamos, no podíamos ni vernos.
Hermione dejó de hablar. No sabía cómo decirlo. El nudo que tenía en la garganta no se iba.
- No sé si le gustaría verme. Creo que es un hombre muy reservado, y no creo que apreciase saber que los alumnos que más odiaba le han salvado la vida porque han visto su vida privada en un pensadero... Creo que se sentiría humillado.- Hermione tragó saliva.- Se sentiría incómodo e irritado conmigo al lado, lo sé.
No sabía qué más decir. Nerviosa, cruzó los brazos y miró hacia la mar. Durante unos instantes, Claude no hizo más que responderle con una pequeña sonrisa en los labios.
- Haces muchas suposiciones, ma fille.- le dijo al final.
- Quizás.- admitió la joven mujer.- Pero no quiero meter la pata desde el principio. Queríamos salvarle la vida para que tuviese otra oportunidad, la oportunidad de rehacer su vida, de ser feliz. De hecho... por éso nos recomendó Fleur que hablásemos con usted, nos dijo que era muy diestro para... ayudar a gente... con... problemas mentales.- terminó Hermione, sintiéndose patosa en su propia lengua materna. La sonrisa del medimago se volvió benigna, y comentó:
- Sí, he solido ayudar a la gente con sus problemas personales y emocionales. No me importaría cuidar de... ¿se llama Severus, verdad?
- Sí.
- No me importaría cuidar de Severus.- declaró bondadosamente.- Pero tú... ¿qué vas a hacer tú?
Hermione empezó a mordisquear una de sus uñas, mientras con la otra mano buscaba su pipa en los pliegues de la túnica.
- No lo sé, aún no lo he pensado mucho... soy animaga; podría buscarme la vida como animal...
- ¿Quieres tú aprender a hacer varitas?- propuso una voz aguda por detrás, con un acento francés muy pronunciado.
Hermione se giró hacia Gabrielle, impresionada por el nivel de inglés de la niña. La rubia se apoyaba encima de su codo izquierdo, y su cabellera caía en cascada hasta las pulcras sábanas de la cama.
- Las varitas de mi abuela, Joséphine Delacour, son conocido en Francia. Es ella quien ha hecho la mía, y quien ha hecho la varita de Fleur.- explicó con una seriedad tan adulta que impresionaba.
Bueno, aquella no era una mala idea. Hermione empezó a rellenar la pipa con peppermary y miró a Gabrielle con renovado interés.
- ¿Y crees que me admitiría como aprendiz?- le preguntó a la hermana de Fleur.
La niña se encogió de hombros.
- Ella no ha nunca tenido muchos aprendices, pero ella ha siempre aceptado aquellos quien se mostraba realmente interesados. Yo iré contigo, yo te ayudaré.
- Pues... la verdad es que es interesante. Si no te importa...- dijo Hermione, aceptando la propuesta de Gabrielle.
- Con Joséphine aprenderías mucho.- comentó Claude amistosamente.- Y es una anciana muy amable. Podrías sacar provecho de estos cinco años de exilio que te esperan... y si alguna vez te sientes preparada para visitar a Severus, estarás viviendo al lado. A menos que él decida irse, claro está.
Hermione se sintió ligeramente incómoda. ¿Estar preparada para visitar a Snape? ¿ella, preparada? Pues claro que lo estaba.
- Es mejor que le deje en paz, ¿no cree?- comentó Hermione, a la defensiva.- Al menos, mientras se recupere... usted podría tenerme al tanto de su progreso.
A Claude le salió una sonrisa misteriosa, pícara.
- Quizá sí. Quizá no. Quién sabe.
Hermione cruzó sus brazos, a la defensiva. ¿Tan obvios eran sus pensamientos y fantasías, que un ciego podía leérselos en la cara?
Si votre doux accueil n'eût consolé ma peine es la primera línea del poema Élégie à une dame de Théophile de Viau
Que toda la vida es sueño proviene del soliloquio del príncipe Seguismundo en la obra de teatro La vida es sueño de Calderón de la Barca
La tortuga Cassiopeia es un calco de Casiopea, un personaje de Momo de Michael Ende
La idea de las sábanas mágicas está tomada del fanfic Pet Project de Caeria
Playlist de este capítulo:
-Escena de Hermione a solas con Snape, antes de irse a dormir: Le ciel dans une chambre de Carla Bruni
