Aviso legal: La serie Harry Potter es invención de J.K. Rowling y le pertenece. Todo texto reconocible es suyo.
Advertencia: Este fanfic es de categoría M.
Nota: Editado el 08/08/2020. Gracias por leer y por comentar :)
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14.
Un Corbeau devant moi croasse
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A Claude le salió una sonrisa misteriosa, pícara.
- Quizá sí. Quizá no. Quién sabe.
Hermione cruzó sus brazos, a la defensiva. ¿Tan obvios eran sus pensamientos y fantasías, que un ciego podía leérselos en la cara?
Julio de 1999. Morbihan.
Hacía tiempo que Snape no se sentía tan bien. Yacía rodeado de una agradable sensación de calor y protección, como en una cama mullida y limpia que olía a detergente muggle. Como la que utilizaba su madre: detergente con olor a lavanda.
Se sentía protegido. Aún entre el sueño y el despertar, estaba maravillosamente relajado. Pasó cierto tiempo en aquel limbo hasta que se dio cuenta de que faltaba algo en su cuerpo. Faltaba... la tensión de sus hombros, que Severus creía que se había convertido permanente. También faltaba la fatiga que sus músculos solían tener. Y el agarrotamiento de su espalda y sus pantorrillas. Sí, se habían convertido tan habituales que era ahora, cuando las echaba en falta, que se daba cuenta de que habían estado ahí.
Estaba a gusto. Estaba relajado. No acechaba ningún peligro, no tenía que estar alerta. Podía dormir con los dos ojos cerrados, sin miedo de tener que reaccionar ante enemigos imprevistos.
Porque indudablemente, había muerto. Y de alguna manera, Dios había decidido que Snape se había redimido. Y estaba en el cielo.
Severus sonrió ampliamente, del puro placer y alegría que le daba aquel pensamiento. Sus párpados eran pesados, pero por alguna razón (o por ninguna razón en particular) decidió levantarlos. Poco a poco. Había luz, pero no era cegadora. No hacía ni frío ni calor. Poco a poco, divisó una silueta en frente de él. Estaba sentada a contraluz, por lo que no podía verla bien. Snape parpadeó lentamente, intentando deshacer la neblina que ahora sabía sólo existía en sus ojos. Un hombre de aproximadamente su misma edad, rodeado de un halo de luz, y con pelo rubio largo y exuberante, estaba sentado con un libro sobre sus muslos. Severus se fijó con más atención, y se dio cuenta de que el hombre pasaba sus dedos por encima de las hojas, como acariciándolas. ¿Eh...? Tenía los párpados cerrados. No podía estar leyendo...
- Buenos días.- le saludó el rubio, con una sonrisa radiante. Tenía un ligero acento... ¿francés?- ¿Has dormido bien?
El rubio giró la cara hacia Severus, pero no abrió los ojos. El ex-mortífago sintió una muy conocida voz de alarma agitando su interior, y la sensación de protección se esfumó.
- Tranquilo, estoy aquí para cuidar de ti.- intentó apaciguarle Claude.- No soy una amenaza.- y con esto, posó su cálida mano en el hombro de Snape. Contra todos los instintos que había desarrollado durante su vida, Severus notó cómo se le iba la tensión de sus músculos. El delicado pero firme tacto del rubio le había mandado un inesperado escalofrío de placer, que le había recorrido toda la espalda. ¿Era acaso un ángel?
-¿Quién eres?- graznó Severus.
- Me llamo Claude Leroy, y soy el tío materno de Fleur Delacour.- respondió el rubio.- La conoces, ¿verdad?
Snape rebuscó en sus memorias, pero antes de que dijese nada, Claude ya parecía saber que sí, que Severus había reconocido ese nombre.
- Soy medimago.- prosiguió el ciego.- Estamos en la costa de Morbihan, en una cueva mágica de mi creación. Estamos a salvo.
Snape estaba confuso, desconfiado. Su estado de alerta no había menguado.
- ¿Morbihan? - graznó.- ¿Francia? ¿es que no estoy muerto?
Claude respondió con una pequeña sonrisa.
- No estás muerto.- le confirmó.- Pero por muy poco. Y no te conviene hablar demasiado. Descansa.
Snape se quedó mudo. Se había levantado a medias de la cama, y se encontraba apoyado en su codo derecho.
- ¿Qué día es?- inquirió el Profesor de Pociones.
- 4 de Julio de 1999.
Severus sacó los cálculos y se alarmó un poco más.
- ¿...Julio?- inquirió.
- Tus heridas eran muy severas. Has estado semana y medio en coma inducido.- explicó el medimago.
- ¿Cómo es que estoy aquí?- insistió el Slytherin.- Es absurdo que esté en Francia, no es posible. Estaba al borde de la muerte, en Hogwarts...
- Y cierta gente actuó de tal manera que se te dieron primeros auxilios, y se te trajo aquí con un traslador.- explicó el ciego.
- ¿Cierta gente? ¿quiénes?- bufó Severus. ¿Fleur Delacour? Pero él no tenía nada que ver con... espera...
- Los verás en cuanto estés completamente curado.- dijo Claude con seguridad.
- ¿Son miembros de la Orden del Fénix?- insistió el moreno.
El rubio afirmó con la cabeza, cerró el libro y lo posó encima de la mesilla de noche.
- ¿Qué tal te encuentras?- preguntó el medimago.- ¿Notas algún dolor?
Snape lo miró pensativo. No sabía si podía fiarse de las palabras del rubio, pero por el momento, no parecía que fuese una amenaza. Decidió seguirle el juego.
- Siento mi cuello como... muy delicado...
- Lo está.- confirmó Claude.
- Y me siento como... más ligero...
- Has adelgazado bastante.- explicó el medimago.- Tu cuerpo a tenido que regenerarse... el veneno que tenías en las heridas era mágico, y a pesar de que los primeros auxilios te los dio una fénix, tuvimos que luchar duramente contra él.
Dicho aquello, Claude se levantó y se acercó a la mesa redonda que se encontraba en medio de la cueva, con un caldero lleno de sopa caliente. Tanto Hermione como él habían decidido reconvertir la gruta en algo más acogedor, más hogareño, por lo que ahora se asemejaba más a un pequeño apartamento que a una cueva.
Snape se fijó en la enorme alfombra que cubría la casi totalidad del suelo de roca. No hacía falta ser un experto para notar que estaba encantada, y que irradiaba una moderada cantidad de calor. Sus pensamientos se desviaron a cosas más urgentes.
- Dime.- graznó Severus, atrayendo la atención del medimago.- ¿Qué ha pasado con la guerra? ¿qué a pasado con Harry Potter? ¿y con el Señor Tenebroso?
Claude hizo aparecer un par de cuencos y empezó a servir sopa.
- El Señor Tenebroso fue derrotado; está muerto. Sus seguidores están siendo perseguidos y juzgados. Harry Potter sobrevivió, y Hogwarts siguió en pié. Aunque fue bastante dañado, por lo que me han dicho.
Con un suspiro, Severus volvió a tumbarse en la cama. No sabía si podía creer las palabras de Claude, pero tenía unas ganas locas de hacerlo. Aún se sentía desorientado, débil. Las tripas le rugieron con saña, y cuando el olor a sopa llegó hasta su olfato, suspiró de hambre. Claude le acercó el cuenco hasta la cama, y con su varita, hizo aparecer cojines para que Severus pudiese sentarse y apoyarse en la cabecera.
- Bébelo poco a poco.- le aconsejó el medimago.- Tu estómago a pasado mucho tiempo sin trabajar.
Severus husmeó la sopa, suspicaz. Escaneó el brebaje con un hechizo silencioso y cuando se aseguró de que no era ningún tipo de veneno, se dejó llevar por el delicioso gusto de la sopa. Hacía siglos que no tomaba el tiempo para apreciar pequeños placeres como aquellos; el gusto de una comida, el olor de alguna cosa, los colores y las texturas de lo que le rodeaban...
Claude se fue de la cueva poco después de aquella comida, diciéndole que estuviese tranquilo, y que volvería rápido. Tumbado y sólo, Severus dejó sus pensamientos a la deriva.
Lord Voldemort había muerto, y los mortífagos estaban siendo perseguidos. Harry Potter había sobrevivido, por lo que: o uno, el Señor Tenebroso no estaba realmente muerto, como pasó la otra vez, ya que Dumbledore le había dicho que Potter tenía que morir a manos de Voldemort; o bien sí que estaba muerto y por alguna razón Potter había sobrevivido, o bien Claude estaba mal informado, o estaba mintiendo.
En todo caso, parecía que él no se encontraba en inmediato peligro. Y... había sobrevivido. ¿Quiénes eran los que le habían salvado? ¿la Orden del Fénix? ¿pero quiénes? ¿y por qué? Él no era una prioridad, la prioridad eran los niños de Hogwarts... Severus se llevó una mano a la frente y suspiró con fuerza. Y quienes fueran que le hubiesen salvado, ¿por qué no estaban ahí, si la guerra había terminado? ¿por qué había evitado Claude decir nombres? Demasiadas incógnitas. Le dolía la cabeza.
Y él... ¿qué iba a hacer él ahora? Si todo lo que el medimago le había dicho era cierto, ¿qué sería de él? No esperaba sobrevivir la guerra; de hecho, había sentido hasta alivio cuando Harry Potter tomó sus memorias y se sintió despegar de la vida. Por fin descansaría, con su deuda hacia Lily más o menos pagada, aunque... sacrificar el hijo de Lily por el Bien Mayor no suponía redimirse completamente. Severus soltó un amargo bufido. Maldito viejo loco. Le había quitado hasta la esperanza de redimirse... de partir en paz. ¿Qué diría Lily de lo que hicieron? Pero habían estado obligados por las circunstancias. Por el Bien Mayor. Maldito Bien Mayor y malditas Causas. Al final, el que acababa sufriendo era él, y aquellos que estaban a su alrededor.
No obstante, parecía que Harry Potter había sobrevivido y que el Señor Tenebroso había sido derrotado, por lo que su deuda hacia Lily sí que estaba pagada. De repente, Severus sintió un gran vacío dentro de él, un vértigo repentino. ¿Y ahora qué? ¿qué propósito tenía él en la vida? Estaba lejos de Hogwarts, y dudaba que pudiese volver ahí, aunque quisiese. Harry Potter ya no necesitaba su protección, y Severus ya no estaba obligado a soportar ver los bellos ojos de Lily en la cara de Potter. Lord Voldemort había sido vencido. Dumbledore estaba muerto. Lucius... probablemente muerto, o detenido, y Narcissa también. Severus sintió un escalofrío de horror. ¿Qué sería de ellos? ¿estarían bien? Lo más probable era que no. ¿Y qué sería de Draco, su ahijado? ¿pero qué podía hacer él, desde Morbihan, y recién salido de un coma? Los Malfoy... ¿acaso lo echarían en falta? ¿al menos Draco? Sus pensamientos circulares terminaron en el mismo sitio donde habían empezado, en un foso vacío dentro de su corazón.
Había pasado media vida con un propósito fijo en su mente. Proteger el hijo de Lily y vengar su muerte. Pero ambas cosas se habían realizado, y él, por absurdo que pareciese, estaba vivo aún. Tenía treinta y nueve años, y la vida que siempre había conocido se había desmoronado, no dejando ni los cimientos. Había estado funcionando como un autómata muggle, en soledad, encerrado en sí mismo, sin tener la confianza de nadie más que de un autoritario, aunque justo, viejo loco manipulador. Incluso la amistad que tenía con los Malfoy... pero no, no debía pensar así...
Estaba sólo. Una vez más, estaba absolutamente sólo y las circunstancias eran más fuertes que él. Se sentía indefenso, desnudo en la intemperie. ¿Y ahora qué le quedaba? ¿rehacer su vida? ¿cómo? ¿por dónde se empieza? ¿podría rehacer la vida a su edad?
Cuando la migraña de Severus empezó a doler con más saña, éste tiró la toalla, exhausto.
Julio de 1999. Morbihan.
Hermione respiró profundamente y cortó con cuidado la estrecha rama que tenía delante de ella. El trozo tenía que tener veinte centímetros exactos. Sudando de concentración, Hermione canalizó su magia a través de su cuchillo en hueso de ciervo, tal y como lo haría con su varita.
- Plus fort! Plus fort!- le urgió Joséphine, la abuela de Fleur y Gabrielle, que estaba supervisando su miró a la pequeña anciana de pelo enmarañado con los ojos entornados de concentración, y se secó el sudor que amenazaba con deslizarse de su frente a sus ojos.
Si el arte de aprender a fabricar varitas no fuese lo suficientemente complicado de por sí, había que añadirle un pequeño detalle que Hermione no había tenido en cuenta, y que al parecer, tampoco habían tenido en cuenta los familiares de Fleur.
Y es que Joséphine Delacour, née LaFontaine, casi no sabía hablar inglés.
Y Hermione a duras penas chapurreaba francés.
Se entendían como podían.
La Gryffindor volvió a centrarse en la rama que tenía delante. Cerró los ojos, respiró hondo e intentó canalizar más de su magia hacia el cuchillo ritual. Cuando se sintió preparada, abrió los ojos y cortó la madera en dos. Lo había vuelto a conseguir.
Estaban en el bosque donde se situaba la casa de Joséphine, y donde se alojaba Hermione en aquellos momentos. Tal y como le habían dicho Claude y Gabrielle, la anciana bruja era muy amable y de fácil trato. Su casa parecía una mísera choza abandonada si se miraba desde fuera, pero una vez en el interior, se convertía en espaciosa, cómoda y soleada. Sin embargo, lo más sorprendente de aquel hogar era el hecho de que estaba vivo. O, al menos, ésa era la impresión que daba: cuando se sentía sucio, invocaba escobas y demás utensilios y se limpiaba sólo; a las horas de comer, preparaba por sí sólo la comida de sus habitantes; cuando algo se rompía, se auto-reparaba... era incluso más eficiente que tener un elfo doméstico. Cuando la Gryffindor se atrevió a preguntarle a Gabrielle sobre qué tipo de magia permitía semejante maravilla, la respuesta la había dejado pasmada. Al parecer, la casa estaba poseída por el alma de un mago poderoso, ancestro de los LaFontaine, que había construído aquella morada. Justo antes de morir, había creado una especie de Horcrux con la casa, que heredó el instinto de supervivencia y auto-cuidado del brujo. Lo cual significaba que la casa era consciente de estar habitada, y si sus inquilinos la disgustaban, muy bien podía decidir echarlos fuera. Y al parecer, sus estándares eran bastante elevados, por lo que vivir en aquella morada no era fácil. Aquello decía mucho sobre el poder, la destreza mágica y la personalidad de Joséphine LaFontaine.
A pesar de las dificultades lingüísticas, Hermione podía ver cómo conseguía avanzar en su aprendizaje. Habían empezado por aprender a escoger las maderas más adecuadas, y a cortarlas con los utensilios y los métodos adaptados a ellas. En aquellos momentos estaban trabajando con la madera de roble, una de las menos maleables, pero que Joséphine había juzgado mejor para empezar.
Cuando llegó la hora del almuerzo, la anciana hizo aparecer sándwiches varios y zumo de zanahoria. Ambas brujas se sentaron encima de unos troncos caídos, y Hermione empezó a llenar su pipa con cuidado.
- Ah!- escuchó decirle a la anciana.- Tu fumes de la rouge-marie?
Debido al cansancio, la bruja inglesa tuvo aún más dificultades para entender que habitualmente. La anciana se dio cuenta de que no la había entendido y, señalando la peppermary con un dedo índice, repitió:
- Rouge-marie?
Al parecer, rouge-marie era el nombre de la peppermary en francés. Hermione asintió con la cabeza.
- Yo en tengo, si tu quiero.- declaró Josephine, haciendo un esfuerzo por hablar la lengua de la joven mujer.
Hermione le dio las gracias con su francés torpe, y una gran sonrisa para recalcar las palabras.
- Veo que os lleváis bien.- comentó una voz masculina de entre los árboles, y ambas se giraron para ver llegar a Claude.- Bonjour, chère Joséphine.
Hermione ni siquiera intentó seguir la conversación que mantuvieron Claude y Joséphine. En vez de éso, se dedicó a fumar con parsimonia, saboreando cada calada que le daba a la pipa. Estaba disfrutando de una placentera tranquilidad producida por el esfuerzo anterior y la peppermary. Hacía calor, pero la leve brisa refrescaba agradablemente. Se oía el ruido de las ramas al mecerse al son del viento; la hierba tenía tonos amarillos, y hasta el olor del bosque parecía ser verdeamarillo. Unos grillos cantaban estrepitosamente y las nubes solitarias paseaban por el cielo azul. El verano la abrazaba entre sus cálidos brazos, y Hermione sentía la necesidad de languidecer contra él, como un gato que toma el sol.
La joven Granger había pasado unos días en la residencia de la familia Delacour, con Claude, Gabrielle y sus padres, antes de irse a vivir con Joséphine. La hermana de Fleur había conseguido convencer a su abuela con relativa facilidad, pero la anciana había tardado muchísimo más tiempo en convencer a su propia casa de que alojase a Hermione.
- ¿Qué tal te encuentras?- le preguntó el ciego.
El cerebro de la Gryffindor se espabiló al escuchar su lengua natal.
- Bien.- le respondió a Claude.- Joséphine me está enseñando muchas cosas.
Tanto la mencionada como el ciego sonrieron.
- He pensado que te gustaría saber que... Severus se ha despertado. Bueno, lleva una semana despierto- comentó el rubio, como quien no quiere la cosa.
Hermione sintió un revoloteo en la parte superior de su estómago.
- ¿Y se encuentra bien?- inquirió, mordisqueando la uña de un meñique.
- Mejor.- contestó el rubio.- Pero... está desorientado. Y muy silencioso. ¿Siempre es así de taciturno?
La joven Gryffindor miró al mago sin saber qué responder. ¿Era Severus Snape taciturno?
- No sé... yo no creo que se le pueda llamar "taciturno"...- acabó diciendo.- Pero... yo sólo sé cómo era él con nosotros en clase... y en clase no era taciturno. Era estricto... perdía los estribos con Harry... y era muy ingenioso, pero utilizaba su ingenio para insultarnos y ridiculizarnos...
Nadie habló durante unos instantes. Hermione, ausente, se dio cuenta de que se le había apagado la pipa.
- ¿No quieres visitarle?- preguntó Claude con suavidad.- Se pregunta quién le salvó, y por qué.
- ¿Y no le has respondido tú?
- No le he dado detalles. No querías que se lo dijese, ¿no?
La joven Granger calculó mal al morderse la uña y arrancó un trozo demasiado grande, haciéndose daño. Enrabiada, soltó una palabrota y chupó su endolorido dedo.
- No, no quería que se lo dijeras.- respondió, el dedo aún en la boca.
- ¿No crees que merece saberlo?
Hermione se quedó mirando al ciego, pensativa. Sí, claro que Snape merecía saberlo. Lo que pasaba era que... que no quería enfrentarse a la situación.
- Sí que lo merece, pero...- "pero no me atrevo a hablarle", terminó la frase para sí misma.
Claude pareció comprenderlo, y asintió mudamente.
- Volveré dentro de dos semanas.- comentó.- Ya hablaremos entonces. Que tengas un buen día.
Mientras Claude y Joséphine se despedían, Hermione suspiró y volvió a encender su pipa. Necesitaba una buena dosis de peppermary, vaya que sí.
Julio de 1999. Morbihan.
Severus se despertó sudado, la respiración entrecortada y el corazón acelerado. Tenía la parte superior del estómago comprimida, como si un puño de hielo lo apretase con saña. Como si ese puño de hielo fuese lo único que evitara que las náuseas de Severus se convirtiesen en vómito.
Sentía miedo. No, miedo no: terror. Agitado, se dio cuenta de que sus ojos estaban llorosos. Y es que sentía unas ganas terribles de llorar, de llorar como un chiquillo de seis años. Severus apretó los puños, intentando recuperar el control.
La pesadilla había sido tan vívida que casi sentía dolor físico. En su mente se habían mezclado los recuerdos de las palizas paternas con el de su arresto. Había vuelto a vivirlo todo; el terror, la brutalidad, la impotencia. Oír su alma romperse por dentro, en aquel infierno que llamaban interrogatorio; oír los chillidos de su madre, cuando su padre la pegaba... Soñó que volvía a ser doble agente, y que tenía que esconderlo todo de Voldemort, todo; sus pensamientos y sentimientos más profundos, su amor por Lily, y el miedo, ese miedo tenaz que era ya parte de él... soñó del momento en que Voldemort había torturado a Lucius; la cara de su amigo contraída del dolor... había vuelto a ver las imágenes de cuando estuvo obligado a matar a Dumbledore; y las imágenes de Giscard Goldstein en North Ronaldsay, y las de Edgar Bones... Bones no había durado tanto como Goldstein, pero claro... había visto cómo torturaban y mataban a su familia delante de él... Si Severus no andaba con cuidado, el próximo sería él, o Lily... Y no, no había andado con cuidado, y ahora Lily yacía inerte entre sus brazos, fría, pálida, muerta...
- Severus... estoy a tu lado.
El nombrado giró su cabeza con rapidez, y se encontró con Claude. Tragó saliva. Respiraba como si acabase de correr delante de un dragón hambriento. El terror, el estrés, el dolor, el remordimiento, el cansancio que había estado acumulando y escondiendo bajo capas de oclumancia, en una caja fuerte mental, durante más de veinte años, había salido a flote. El vacío que había sentido en su interior en la primera semana se había llenado de todas las emociones y sentimientos que había negado y reprimido durante la mitad de su vida. Severus Snape se había acabado de romper.
Con un sollozo de angustia, el ex-mortífago se acurrucó en posición fetal y cerró los ojos. De nada servía reprimir sus lágrimas; tampoco tenía fuerzas ni ganas de hacerlo. Sintió cómo Claude se sentaba en la cama y le colocaba la mano encima de la frente, y cómo luego se dedicó a peinarle los cabellos. Y en aquel momento, Severus decidió abandonarse completamente. Sin ningún tipo de reparo, abrazó la cintura del rubio e intensificó su llanto. Los mocos se le escurrían por la nariz y manchaban la túnica del ciego, pero a éste no parecía importarle en absoluto. Claude se estaba limitando a sujetar a Snape con un abrazo firme pero cariñoso, a peinarle el cabello, y de vez en cuando, le plantaba un beso en la frente. Las caricias y el abrazo del rubio eran como un nido de seguridad y de amor del que Severus se benefició con avidez. ¿Hacía cuánto que no había sido consolado, que no se había dejado consolar de aquella íntima manera? Hacía toda una vida...
Severus tardó un largo rato en calmarse, pero cuando lo hizo, se sentía tan vulnerable y tan agradecido que le dio a Claude un gran abrazo apretado. ¿Quién se hubiera imaginado que aquello pudiese pasar? Pero Severus tenía algo muy claro: Claude Leroy era el hombre que necesitaba, el hombre que le podría ayudar a recuperarse.
Porque acababa de darse cuenta que necesitaba recuperarse.
Septiembre de 1999. Morbihan.
Habían pasado casi tres meses desde que Severus se había despertado de su coma, aunque había pasado la mitad de ese tiempo en la cama. Eran mediados de septiembre, pero hacía un calor inusual, como si el verano estuviese tardando en irse. El Slytherin se sentía satisfecho con las cálidas temperaturas, que prefería al frío otoñal. Tomó aire con tranquilidad, hinchándose los pulmones; estaba en un prado cercano a su refugio. No recordaba sentirse tan feliz y despreocupado en toda su vida. Aquello era increíble.
Durante las semanas que siguieron a su derrumbamiento, Severus se había dedicado básicamente a dormir: se despertaba tarde, echaba siesta, se acostaba pronto... ni él mismo podía creerse que estuviese viviendo así, como nunca antes había vivido. Se sentía drogado, liviano, borracho de ocio. Hasta se pillaba a sí mismo, de vez en cuando, sonriendo espontáneamente. ¿Qué le había pasado?
Lo que le había pasado, simplemente, era Claude. Claude y su don para curar las almas en pena. Era un hombre calmado y atento, amable y sabio. Su aspecto andrógino y su voz cantarina le atraían; sus consejos y atenciones le apaciguaban. El ciego era medimago, un especialista que había aceptado el reto de reconstruir el puzzle roto que era Severus. Y lo estaba consiguiendo. Pasaba día tras día con Severus, a veces acompañado de Gabrielle o Joséphine, compartiendo horas y comidas y hasta sueño. Escuchaba con atención cuando Severus quería hablarle, y hablaba con atención cuando Severus quería escucharle. El moreno sonrió débilmente. Ya no tenía ni horarios, ni responsabilidades. Absolutamente ninguna responsabilidad: ni tenía que ser espía de nadie, ni tenía que saldar ninguna deuda, ni tenía que trabajar largas horas soportando a mocosos... ni si quiera le pedía Claude que trabajase a cambio de lo que hacía por él. Nada. ¿Realmente se merecía aquella dicha? Ocio, tranquilidad, serenidad. Sí, eran cosas que no había conocido de verdad, porque nunca los había vivido realmente hasta entonces. Severus volvió a aspirar aire, con calma. "Y, además" se dijo, "el paisaje es maravilloso." Las vistas al mar que tenía la gruta también eran magníficas. Praderas, bosques... todo un abanico de naturaleza que contemplar ociosamente.
Hablar con Claude le había ayudado tanto... para cuando Severus se dio cuenta, ya estaba contándole sus secretos más íntimos a aquel desconocido. El ciego no había tenido que insistir demasiado: después de pasar toda una vida escondiendo sus secretos en lo más profundo de su mente, con capas y capas de oclumancia, su necesidad de hablarle a alguien había roto con las barreras. Igual que un río se desbordaba cuando había fuertes lluvias; las emociones, el miedo, los pensamientos, los deseos, los rencores, las quejas... habían fluido en un torrente de sentimientos. Y el rubio había estado ahí, como una sólida roca que aguantaba la embestida del agua, el ancla que le había ayudado a mantener los pies en la tierra. El barco que le había vuelto a llevar a tierra firme, después de un larguísimo viaje de más de veinte años... el viaje de toda una vida.
Severus lo notaba: estaba cambiando. Respiró hondo y apreció el frescor marino que se mezclaba con el olor a tierra. Todo un coro de pajarillos e insectos cantaban pastorales mientras vivían sus sencillas vidas. El cielo estaba despejado, y la fénix que había estado con Severus desde que se despertó volaba en elegantes círculos encima de él. El mar estaba tranquilo; verde, azul y blanco allá donde la espuma de las olas formaba abanicos. La vida era bella, y él era feliz, y era dichoso por poder apreciar la belleza que lo rodeaba. Severus sonrió lánguidamente. ¿Cómo había podido vivir hasta entonces sin el tiempo y ni el humor de mirar al rededor y regocijarse del puro placer de estar vivo, sano y entero?
Sumido estaba en tales reflexiones, cuando notó la presencia de su ciego benefactor. Severus se levantó del suelo del prado, en donde había estado sentado, y se dirigió hacia el rubio.
- Hola, Claude.- le saludó con tranquilidad.- ¿Qué tal estás?
El rubio sonrió ampliamente.
- Bien, Severus, bien. ¿Y tú?
- Yo también...- "mejor que nunca, de hecho" añadió para sí mismo.
- ¿Te gustaría venir de paseo conmigo?
- ¿De paseo?- repitió Severus tontamente. ¿A qué venía aquello?
- Me gustaría llevarte al bosque donde vive Joséphine... sabes que produce varitas de muy buena calidad, ¿verdad? Tú necesitas una, y creo que ya has recuperado suficientes fuerzas como para volver a empuñar una varita.
Ah, era por eso.
- Sí...- dijo Severus, con la mirada perdida.- El mío estará en alguna esquina de la Casa de los Gritos...
La verdad era que la había echado en falta; la varita propia era algo muy especial para un mago. Y a pesar de que era capaz de hacer algo de magia sin ella, se sentía desnudo. Aunque quizás, el no tener la comodidad de una varita le había ayudado a cambiar de perspectiva; vivir prácticamente como un muggle le hizo fijarse en cosas y fenómenos en los que nunca se había fijado previamente.
- Siento la pérdida de tu varita.- comentó el ciego con sinceridad.- Pero no podemos recuperarla. Y además... ahora eres diferente de cuando tenías once años; ¿verdad? Necesitas una varita adaptada a tu yo de ahora.
Severus asintió con la cabeza. Las palabras de Claude le habían provocado un destello de curiosidad. ¿Qué clase de varita querría estar con él, ahora?
- Y otra cosa...- añadió el rubio.- Allí también se aloja la persona que te salvó.
Severus se puso serio. ¿Quería él conocer al que lo salvó? ¿y por qué se había quedado su salvador en Francia? Si era un miembro de la Orden del Fénix, bien podría haber vuelto a Gran Bretaña, ¿no? ¿y si por alguna maldita casualidad era Lupin? O peor, ¿y si era Potter? Pero no, esa idea era absurda. La duda invadió la mente del Slytherin. ¿Estaba preparado para hacer frente a su pasado, representado por aquel hombre que le había rescatado? Pero... él no era un cobarde. No había escapado ni de Dumbledore, ni de Voldemort, ni de su responsabilidad por la muerte de Lily. No, y no escaparía ahora de su deuda hacia aquel misterioso mago.
- Está bien.- dijo al final.- Iré. Le tengo que dar las gracias por evitar mi muerte... del mismo modo que debo darte las gracias a ti, por evitar que lamentara no haber muerto. Vivo tanto gracias a él como gracias a ti, Claude. No te lo había dicho hasta ahora, lo siento.
El rubio contestó con una de sus eternas sonrisas resplandecientes.
- Es un placer verte con ganas de vivir, mon ami.
Severus sintió una oleada de calor en sus pulmones, y parpadeó rápidamente, intentando esconder el hecho de que se había emocionado con el comentario del ciego.
- Cuando quieras.- comentó. Claude le tendió el brazo, y cuando Severus lo agarró, ambos desaparecieron.
Cuando volvieron a aparecer, lo primero que notó el Slytherin era que estaban en un frondoso bosque, verde y vivo a pesar de la amenaza del otoño. Los pajarillos trinaban y cantaban, y el viento fresco agitaba las ramas de los árboles de vez en cuando. No hacía ni frío ni calor; era un lugar agradable y tranquilo. Severus respiró hondo, deleitándose en el olor húmedo del lugar. Aunque sonase a tontería, aquellos pequeños placeres eran, en parte, lo que le hacían querer seguir vivo.
Avanzaron lentamente por un sendero que apenas se percibía entre el follaje. Tuvieron que tener cuidado para no pegarse contra las ramas y para no enredarse en las zarzas. Severus no dejaba de maravillarse ante la habilidad de Claude para sortear semejantes obstáculos a pesar de su ceguera. Parecía sobrenatural.
Después de cierto tiempo, el rubio alzó la mano para detener al otro mago. Murmuró encantamientos en latín, y delante de ellos, la mágica barrera que había estado invisible vibró en respuesta. Como la protección ya estaba desactivada, atravesaron el muro mágico y cuando hubieron entrado, Claude volvió a poner las defensas en su sitio.
Tardaron un buen rato en llegar al claro donde estaba la casa de Joséphine Delacour-LaFontaine. No vieron a nadie, pero se oían unos golpes secos detrás de la casa. Se acercaron poco a poco hasta la puerta de entrada, y de imprevisto, Joséphine salió de ella. Severus se tensó, pero Claude no.
- Ma très chère Joséphine! Comment vas-tu?
Ambos se pusieron a hablar rápidamente en francés, y Severus no intentó ni fingir que entendía lo que decían. En vez de eso, concentró sus sentidos en el ruido seco que venía de detrás del edificio, y que lo intrigaba.
- ¿Te preguntas dónde está la persona que te salvó?- le preguntó Claude de repente.
Severus giró la cabeza hacia el ciego con rapidez.
- Joséphine me dice que está detrás de la casa, cortando madera. Al parecer, insiste en hacerlo al estilo muggle.- comentó el rubio, con una media sonrisa.- No sabe que vienes.
El Slytherin parpadeó unas cuantas veces, y respondió con cierta seriedad:
- Voy a hablar con él. - y les dio la espalda.
Avanzó decididamente hacia el sitio de donde procedía el ruido a golpe seco. Cuando llegó, Severus se quedó atónito. ¿Quién era el muchacho que estaba cortando leña? Tal y como le había dicho Claude, lo hacía con un hacha entre sus manos. Le estaba dando la espalda, una espalda menuda y delgada, la verdad. Tenía pelo castaño corto, una camisa verde a cuadros remangada hasta los codos y unos viejos vaqueros manchados de hierba. Su camisa estaba empapada de sudor, tanto en la espalda como en los sobacos, y sus brazos propinaban golpes secos a los trozos de ramas y troncos que tenían delante. Resoplaba cada vez que dejaba caer el hacha encima de la leña. Tenía que ser un muchacho joven, no más de dieciséis o diecisiete años. ¿Seguro que era él su salvador?
- Muchacho...
El joven hombre no parecía haberle oído.
- Eh, ¡muchacho!
Esta vez sí que se dio la vuelta. Y cuando se dio la vuelta, Severus se dio cuenta de varias cosas. Primero: no era un muchacho, sino una mujer. Segundo: su asombrada cara le sonaba terriblemente...
- ¿Profesor Snape?- preguntó Hermione con inseguridad, mientras se secaba el sudor de la frente con su antebrazo derecho.
Severus se quedó de de reconocer a la mujer. Era Hermione Granger, perrito faldero de San Potter y la más pesada de sus estudiantes. Pero al mismo tiempo, no parecía ser Hermione Granger. No la Hermione Granger que él había conocido, por lo menos. Para empezar, tenía unas pocas arrugas en los bordes de los ojos y en su frente. Tenía ojeras, el pelo cortísimo comparado a lo que tenía antes, y una cara de gravedad y madurez que no podían ser propias de una jovenzuela de dieciocho años. Aunque, claro... las guerras acortaban la vida de todos, tanto de los muertos como de los supervivientes.
Hermione también estaba examinando a su antiguo profesor. Había cambiado bastante. Para empezar, estaba vestido con una sencilla y relativamente holgada túnica marrón (que se parecía sospechosamente a los que vestía Claude), rompiendo su perenne imagen de murciélago negro. Parecía estar un poco más delgado que antes. Y además, irradiaba una calma que nunca le había percibido; sus arrugas eran menos pronunciadas, su cuerpo se erguía con menos rectitud. Hasta su pelo parecía estar más largo, más limpio y más... canoso. Su piel no tenía el color enfermizo que recordaba Hermione. Y sus ojos... ya no tenía ojeras pronunciadas, y sus ojos eran mucho más expresivos. Y ahora expresaban una genuina confusión. Hermione se quedó mirando a aquellos húmedos ojos, grandes y oscuros como ojos de ciervo, y humedeció los labios, nerviosa. ¿Qué hacía él aquí? ¿Por qué no la había avisado Claude?
- Tú...- dijo Severus, y se calló. Estaba alucinando. ¿Hermione Granger? ¿pero cómo? ¿cuándo? ¿no estaba ella con Potter durante la batalla? Los latidos de su corazón aceleraron:- ¿Eres tú la que me salvó de la muerte?
Hermione parpadeó, y el hechizo de aquellos ojos negros se rompió. La voz de Snape era tan profunda, tranquila y vibrante como recordaba, pero infinitamente más apaciguada y respetuosa. Era un cambio agradable, sin duda. Parecía que Fleur había tenido razón, y que Claude era realmente bueno como psicólogo.
- Sí.- respondió Hermione, sin poder decir nada más. Se llevó un dedo a la boca, y empezó a mordisquear la uña. Sabía a sudor y a resina de árbol.
Notó cómo la cara de Snape pasaba de reflejar asombro a hacer una breve mueca de dolor. Hermione siguió la dirección de su mirada, y se dio cuenta de que los ojos negros de su antiguo profesor estaban anclados en su brazo izquierdo. Estupefacta, Hermione dejó de mordisquear la uña y se fijó en su brazo. Ah, claro. Era el brazo. Las miradas de la bruja y del mago se cruzaron, y por un intenso instante, se entendieron. La cara de Snape reflejaba comprensión, que no piedad. Hermione tuvo la fuerte sensación de que no haría falta explicarle nada, de darle ningún detalle, porque él simplemente lo sabía. Él también había sufrido torturas, peores que la que ella había sufrido; sabía lo que era. Sólo había tenido esa clase de complicidad con Harry y con Luna...
- ¿Quiénes?- preguntó Snape. Aún no habían dejado de mirarse a los ojos.
- Bellatrix Lestrange.- respondió la bruja. Ante aquella respuesta, Severus relajó la cara. Consideraba a Lucius como su amigo, y aunque sabía perfectamente de lo que era capaz... No, soportaba mejor que hubiese sido aquella loca.
Durante largo rato, ninguno de los dos dijo nada, como si estuviesen asimilando la situación, y el profundo relieve que había adquirido la persona que tenían en frente. Al final, Severus rompió el silencio.
- ¿Por qué me salvaste?
La pregunta pareció retumbar como si hubiese eco en aquel sitio. Hermione se mantuvo en silencio, calculando mentalmente cuáles eran las palabras adecuadas para hablar con el mayor tacto posible. Pero Severus no esperó a que respondiera.
- ¿La Orden del Fénix?
Hermione le miró medio atontada.
- No.- respondió, y no dijo nada más. ¿Tendría el coraje de admitir la verdad? ¿Lo aceptaría él?
Una pequeña parte de la antigua irritación del Slytherin afloró en su cara.
- Entonces, ¿quién te ordenó salvarme la vida?- preguntó, intentando no sonar impaciente.
La bruja hundió los hombros y bajó la mirada hasta el pecho de Snape.
- Nadie me dio tal orden.- admitió, con una voz más firme de lo que había esperado tener.
La irritación se esfumó de la cara de Snape, que volvía a mirar atónito a la joven Granger. Hermione casi pudo oír el cortocircuito mental de su antiguo Profesor de Pociones.
- ¿Entonces?- insistió el mago.- ¿Por qué?
Hermione no quería decir la verdad, pero no sabía cómo evitarlo. Así que al final, hizo lo que había estado haciendo los últimos meses: decir parte de la verdad.
- Porque considerábamos que estábamos en deuda contigo.
- ¿Cosiderábamos?- indagó Severus.
- Yo y Harry. Bueno, la verdad, fue Harry el que me convenció para viajar juntos al pasado y salvarte de la muerte. Pero al final decidimos que era mejor que él no viniese.
Severus estaba atónito. ¿Potter, vivo? ¿viajar al pasado? Miró a Granger durante un largo rato, y luego susurró:
- ¿Harry Potter está vivo?
- Sí.
El Slytherin cruzó los brazos. Así que Claude había dicho la verdad.
- ¿No se sacrificó? ¿no dejó que el Señor Tenebroso lo matase?
- Sí.
Snape resopló, irritado.
- ¿Me estás tomando el pelo?
- No.- respondió Hermione, irritada ella también.- Harry era un Horcrux de Voldemort, pero Voldemort no lo sabía. Harry fue hasta quien-tú-sabes para que lo matase, pero cuando éste le envió un Avada Kedavra, mató a su parte de alma en vez de a Harry.
Severus se apaciguó al escuchar la explicación. Las cosas empezaban a tener sentido. Pasado un rato, volvió a indagar:
- ¿Viajar al pasado?
Hermione desvió la mirada hacia la casa mágica.
- Vengo del 2004.- dijo con voz estrangulada.- Mi yo de diecinueve años está en Gran Bretaña.
Severus tomo una gran inhalación. Aquello explicaba que se hubiese quedado aquí, en vez de volver a casa... si era cierto lo que decía. Y también podría explicar el aspecto más maduro de la joven mujer. Sin embargo...
- ¿Decidisteis retroceder cinco años para salvarme de la muerte, porque sentíais estar en deuda conmigo?- preguntó, desconfiado.- ¿Qué deuda?
La bruja ancló una mirada irritada en el rostro de Snape, y respondió:
- Por todo lo que hiciste por nosotros. Por lo que hiciste para derrotar a Voldemort.
La mueca de desdén que tanto había utilizado en el pasado volvió a aparecer en los labios del Slytherin.
- Lo hice por Lily, como vosotros ya debéis de saber. No lo hice por vosotros, ni por la Orden del Fénix, ni por el Bien Mundial.
- Aún así,- respondió Hermione, suavizando su expresión- te debemos mucho. A Harry le afectaron mucho tus recuerdos.
- Ah, ¿sí?- comentó Snape con sorna, pero la joven pudo detectar la pregunta por debajo del sarcasmo.
- Su segundo hijo se llama Albus Severus...
La mueca de incredulidad del Slytherin dio paso a una seriedad momentánea, que intentó disimular con un bufido de desdén. Pero no hizo ningún comentario corrosivo.
Ahora que tenía al hombre delante, Hermione sentía la necesidad de confesarle que habían visto muchos recuerdos de su pasado, y muy íntimos. Aunque sospechaba que aquello no le haría ni maldita gracia.
- Tus recuerdos...
Snape frunció el ceño, apretó los labios y cruzó sus brazos.
- ¿Sí, señorita Granger?
Hermione se quedó muda, mirándole bobamente. Hacía tiempo que nadie la llamaba "señorita Granger". "Hermione", "'Mione", "Profesora Granger"... pero no "señorita Granger". Snape hizo otra mueca de desdén.
- O debería decir, ¿señora Weasley? O quizás, ¿señora Potter?
Severus se dio cuenta de que se había ido demasiado lejos cuando vio la cara dolida de su antigua alumna. Snivellus se enfadó consigo mismo. Delante de una persona que venía de su pasado, se estaba comportando tal y como lo hacía en el pasado. El hombre cerró los ojos y acarició la frente con una mano.
- Lo siento, señorita...- y se enmudeció, no sabiendo cómo hacer para no volver a meter la pata.
- Llámame Hermione.- dijo la bruja, respirando con cierta dificultad.- No soy una señorita. Y a pesar de haber sido la novia de... bueno; simplemente, decidí no convertirme en "señora Weasley". Y Harry es más como un hermano. Y además aquí todos nos llamamos por nuestros nombres.
Hermione se ruborizó ligeramente. ¿Por qué le había dado tantos detalles sobre su vida privada? A Snape le daba igual su vida amorosa. Pero Hermione sabía tanto de la vida personal del propio Snape que... bueno, bien podía compartir algo ella misma. ¿Verdad?
¿Para que sepa que estás libre, y tal?
Cállate, estúpida.
Hermione frunció ligeramente el entrecejo, se dio cuenta de que lo había hecho, se forzó en suavizar su rostro y retomó el hilo de la conversación.
- Tanto Harry como yo vimos tus recuerdos.- decidió omitir a Luna; bastante tendría Snape con ellos dos.- Creemos que le pasaste a Harry más memorias que los que pretendías...
Severus se puso alerta.
- Y...- la voz de Hermione se quebró. No podía; al fin y al cabo no podía...
- ¿Qué visteis?
La joven no tuvo valor para mirarle a la cara. La voz de Snape había sonado preocupada; como si temiese saber qué recuerdos eran los que habían visto. Hermione cruzó sus brazos.
- Demasiado.- respondió, volviendo a morderse una de las uñas.
A Severus le bastó eso para tener una muy buena idea de qué memorias eran los que habían visto.
- Joder.- susurró, y se dejó caer encima de un tronco.
Un Corbeau devant moi croasse es la primera línea de un poema de Théophile de Viau
Playlist de este capítulo:
-Segunda escena de Severus y Claude: On my own de Ashes Remain
-Escena de Severus en el campo: Alive de Sia y Primavera de Vivaldi
-Escena de Severus y Hermione: O Amor em Paz de João Gilberto
